miércoles, 8 de marzo de 2023

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Historia de vida de Mikel Martín Conde

Republicamos la entrevista realizada en 2014 a Mikel Martín Conde, fallecido recientemente, para el libro MIRADAS ATREVIDAS. Historias de vida y amor lésbico y gay durante el franquismo y la transición en Euskadi, sobre la memoria histórica y realizado por EGHAM y Aldarte.
Pikara Magazine, 2023-03-08
https://www.pikaramagazine.com/2023/03/historia-de-vida-de-mikel-martin-conde/

He de reconocer que yo he vivido mucho.

Soy Mikel Martín Conde, tengo 58 años y aunque nací en Donostia hasta los 29 años viví en Renteria, a donde regresé tras un periodo de 14 años viviendo en Bilbao. Empecé a trabajar a los 15 años, y estuve en diferentes trabajos hasta que con 45 años, hace ya 14 años, enfermé de una derivada del sida y me retiraron del mundo laboral.

Siempre fui un poco revoltoso. Si empecé a trabajar joven fue porque tuve que dejar los estudios de Formación Profesional (FP), debido a mi temperamento. En realidad fue cosa del director del centro que era un fascista. Ya de antes venía a por mí y me acusó de haber sido uno de los provocadores de una huelga de estudiantes. Era el año 1973. El Proceso de Burgos me marcó mucho, muchísimo, y adquirí conciencia política. Total que me largué de la escuela porque allí me hacían la vida imposible. Además, yo venía de una escuela mixta, donde estudiábamos chicos y chicas y ahí me sentía yo muy a gusto. Durante toda mi vida con quienes mejor me he encontrado ha sido con las chicas. Éramos amigas, teníamos confidencias, jugábamos, construíamos nos divertíamos también.

A mí los chicos no me hacían mucha gracia. No me gustaba la manera como se mostraban, como se comportaban. Los veía tan machos, tan masculinos, aquello no era para mí. Y en FP sólo había chicos. El cambio fue tremendo. Yo no me sentía con ellos. Para ellos todo era fútbol, todo se centraba en el deporte y en la competición, y eso a mí no iba, nada, nada. Así es que, empecé a trabajar, hasta que me jubilaron. 

Un chico como los demás
Yo de pequeño no sabía, no tenía conciencia de lo que era ser heterosexual, de lo que era ser homosexual. La sexualidad era algo que me llamaba la atención, por supuesto, la sentía, me provocaba, era algo que quería buscar, algo que notaba. Pero era la sexualidad, no la heterosexualidad, ni la homosexualidad. Me acuerdo perfectamente de que no era un chico como los demás, y por eso recibía muchos insultos, comentarios que luego se han codificado como insultos: “nena”, me decían; “qué nena eres”; “mariquita”, me decían también. Y yo no tenía ni pajolera idea de qué es lo que había detrás de eso. Recuerdo que en la comunidad de vecinos y vecinas todos, sobre todo ellas, las señoras, me trataban en femenino, y yo encantada. Eso no me generaba ningún problema, ninguna culpa. Yo me sentía súper a gusto. Claro, entonces no tenía esa conciencia de heterosexualidad, o de homosexualidad. Yo solo sabía que era diferente, porque notaba que era distinto a los demás chicos, que no era igual que mis hermanos.

Yo tengo dos hermanos, y tres hermanas más. Con todos ellos, y con mi padre y con mi madre compartía yo la vida, además de con primos y primas que vinieron de la emigración, de Extremadura. Yo en ese ambiente notaba que era distinto a mis hermanos, yo sabía, más bien intuía, que no me iba a casar nunca. Mis hermanos hablaban de matrimonio, hablaban de tener hijos y yo tenía esa sensación de que iba a estar siempre solo, de que iba a vivir solo y que no me iba a casar. No sabría decir por qué, pero así era. Quizás fuera por mi carácter, por mi forma de ser. No me gustaba que me manipularan, yo quería ser libre, y para mí el matrimonio era una especie de corsé.

La sexualidad me llamaba la atención, pese a que cuando hablaban de relaciones sexuales siempre tenían que ver con la reproducción, y poco más. El caso es que con 10 o 12 años me iba a la biblioteca del pueblo a mirar libros que hablaran de sexualidad. Allí empecé a ver todo el tema de los cuerpos de hombres y de mujeres en imágenes, en fotografías o en láminas. Y también algunos contenidos sobre cómo se nombraban a los órganos genitales, y de ahí seguido recuerdo que empezaban a pasar imágenes en las que se veía ya el vientre de mujeres embarazadas. Sobre reproducción había mucho, pero de homosexualidad nada. 

Solo maricas y maricones
De niño no recuerdo haber oído nada en torno a la homosexualidad. Solo oía de maricones y de maricas, del hombre del saco, y de los solterones, los ‘mutilzaharrak’. Recuerdo que cuando yo tenía 10 u 11 años en el barrio se hablaba mucho de un señor, que era peluquero y que vivía lejos de nuestro barrio. Mi padre nos llevaba a mis hermanos y a mí a un peluquero de otro barrio que a mí no me gustaba nada. No me gustaba cómo me cortaba el pelo, con esa raya al medio. Un día agarré y yo solito me fui con el otro peluquero, con ese del que todo el mundo hablaba. La verdad es que me sentí muy bien cuando me metí en su casa. Y me dejó el pelo fantástico, como a mí me gustaba. De hecho años más tarde cuando supe que había muerto me dio un palo de la hostia. Habíamos perdido a alguien a quien el pueblo había hecho sufrir. Fue con el tiempo que yo tomé conciencia de lo que había ocurrido con este hombre del que todo el mundo hablaba mal: “Ese maricón que vivía ahí arriba”. Todo sobre él era despectivo, todo era malo. Ser maricón era algo malo, muy malo.

Para entonces yo ya era consciente de que no notaba deseo sexual con las chicas. Con las chicas del barrio jugaba, claro, pero éramos amigas, nada más. Por suerte, donde vivíamos era una zona bastante salvaje, con muchísimo monte y muy pocos vecinos. Alrededor todo era monte, monte y monte. Y muchos árboles. A mí me encantaba tanta naturaleza. Cada año, en mayo, siempre llegaba a casa con ramos de flores y cuando era pequeño jugábamos y nos vestíamos con plantas, con enredaderas que tenían campanillas blancas. Era una gozada, nada que ver con el ambiente del cemento que conocí después.

Cuando llegaba el verano solía ir al ‘baserri’ de un amigo a cortar la hierba, a dar la vuelta a la cuadra, a limpiar; o me juntaba con otro chaval que venía con 30 o 40 caballos. Aquel era un chico muy guapo. Me encantaba aquel chaval, su pelo, como lo tenía cortado, el color del pelo, su cara, la forma de su cuerpo... Bueno, todavía hoy cada vez que lo veo me encanta. Era hijo de un amigo de mi padre. Yo tendría entonces 9 o 10 años y él era como 10 años mayor. De hecho yo me escapaba, no iba a la escuela en verano, desde que venía él con sus caballos, y me iba con él, solo a estar con él. Alguna vez montamos en el mismo caballo los dos. Yo me agarraba a él y era fantástico.

Primeros contactos
Mis primeros contactos físicos con otros hombres fueron en la escuela de Formación Profesional, cuando tenía yo unos 14 años. Antes que eso solo había visto a los chicos mayores del barrio, que tendrían entre 15 y 18 años, masturbarse en el camino viejo. Ahí solíamos ir todos los chicos a pajearnos. Pero el primer contacto que yo tengo con el cuerpo de otro hombre es en la escuela. Fue con un compañero que se sacó la polla y me dejó que se la masturbara. Aquello me gustó, me parecía bonito ver como la polla se pone dura, crece, cambia... Recuerdo que me encantó aquello, lo pasé bien y me gustó.

Cuando íbamos a la playa y paseábamos por la orilla, me encantaba ver a los chicos, mirar sus bañadores. No sabía exactamente por qué, pero se me iba la vista hacia ellos. Los demás chicos hablaban de chicas, de sus tetas, de su culo. A mí me gustaba ver a los hombres, mirarles el paquete, la polla, los genitales... Me encantaba observar a los hombres, mirar esa parte de su cuerpo.

Para entonces yo era consciente de que soy una persona sexual, que mi cuerpo me producía bienes, que me producía placer cuando me masturbaba. Lo que me faltaba y quería era poder compartir ese goce, poder estar con alguien. Era todo un gran interrogante: ¿cómo son?, ¿serán iguales?, ¿distintos?, ¿qué pasará? 

Palabras que hieren
Tengo que reconocer que desde pequeño siempre viví la sensación del sexo como pecado, como algo nocivo, malo. Recuerdo perfectamente que vivía con miedo todo lo que tuviera que ver con la sexualidad. Era una sensación muy compleja, nada lineal. Esa era la información que recibíamos en aquel momento. Y la peor información, la que más temor me producía, la que recibía con mayor temor era la que me trasmitía un cabrón, un cura. ¡Me decía unas barbaridades! Sus palabras las tenía como una losa, me producían una gran angustia, una desazón. Menos mal que en la misma congregación de este señor había otro cura, muy conocido y muy querido en el pueblo, con el que tuve una relación bien diferente. Fue de los curas que en la época dejaron la sotana para ponerse un buzo. Todavía recuerdo la impresión que me dio el día que lo vi en la playa en traje de baño. Tendría yo 13 o 14 años y... fue espectacular lo que mis ojos vieron, el cuerpo que había debajo de aquella sotana, de aquel buzo de currela.

En aquellos primeros años de juventud no pasaba de masturbarme con revistas pornográficas, o de pasar a Hendaya a ver películas X. Durante mucho tiempo el sexo era conmigo mismo, hasta que llegó ese momento en el que, digamos, me ofrecí, nunca mejor dicho, me dejé someter, por un chico. Las caricias, los besos, chuparnos las pollas... todo eso fue encantador. Ahora bien, el sexo anal, la penetración fue más o menos placentera, más o menos buena. Ahí fue donde yo empecé a descubrir otra faceta de mi sexualidad, más adulta, diferente, más desarrollada.

Fue en Donostia, después de una reunión de amigos que tenía que ver con el movimiento de liberación gay. Fue una ocasión en la que solamente nos juntamos chicos. Después de la reunión nos fuimos a comer, anduvimos poteando y ya a la noche fuimos al hostal donde estaba hospedada la gente que había venido de Bilbao. Ahí pasamos la noche, cuatro tíos en dos camas, y esa fue la primera vez que tuve sexo explícito con otro hombre. Yo tendría 21 años.

Ya para entonces en Donostia existía lo que se conocía como La cuesta del culo, en Miraconcha. Aquel no era un mundo abierto, era un mundo dentro de otro mundo. Ahí te encontrabas diferentes bares donde poder encontrar otros hombres: el Master, el Valentino, el Mostacho, el Cul, la Malmesón [La Malmaison]... Había otros dos bares, Txirula y el Maruxa [La Maruja], que quedaban un poco más apartados. He de decir que en aquel momento todo esto fue para mí como una explosión. Yo ya tenía una actitud muy vital y muy reivindicativa. Ya había asumido para entonces que iba a vivir de una forma muy destapada. Muy, muy destapada. De hecho sí que veía un chico en la calle que me hacía tilín, me lo hacía notar, no me cortaba nada: miraba, me fijaba, me paraba, le seguía, o me acercaba directamente a él y lo saludaba. Él podía girar la cabeza, andar cinco metros, o veinte y volver y girarse. O simplemente se quedaba quieto, y en ese estar quieto, en vez de ir en sentido contrario y girarse, lo que hacía era, venir hacia donde yo estaba, y en ese él venir y yo ir, nos encontrábamos.

Yo había empezado a vivir con libertad, o con la libertad que yo decidía tener, y reconozco que igual era muy descarado. Aunque eso sí, siempre respetuoso. Y a la vez, libre. Si a mí un tío me gustaba, yo era el que se acercaba y le decía:

– Hola, ¿qué tal por aquí?, ¿estás de paso?, ¿te apetece que charlemos?, ¿te apetece dar una vuelta?

Y eso, de alguna manera, dejaba muy claro que lo que buscaba era mantener una relación sexual con él. Eso podía ocurrirte, o puede ocurrirte, en cualquier sitio. Con el tiempo me di cuenta que en Donostia había sitios donde los hombres iban directamente a eso. Y digo Donostia porque yo salía de Renteria donde no conocía a nadie de mi edad y me iba a Donostia, a Iruñea o a Bilbao para poder encontrarme chicos. Allí había bares donde poder bailar, beber, cantar, dejarte ver, dejarte tirar los tejos y… al final dependía de las las habilidades de cada cual. Me estoy refiriendo a bares gais, a bares de encuentro de hombres, aunque algunos de ellos se negaban a reconocerse como tales. Recuerdo que hace 33 o 34 años fui a uno de esos bares con propaganda de EHGAM, el movimiento de liberación gay, y me dijeron que ese no era un bar de maricas, que esa propaganda ahí no tenía sentido y no me dejaron ponerla.

Digo maricas porque esa era la terminología que usábamos entonces: maricón y homosexual. Ese era el argot. El término gay yo siempre lo he utilizado como término político, como un término de liberación. Para mí gay sigue siendo un término fundamentalmente liberación.

Luego, poco a poco ya fui dándome cuenta y fui conociendo que también se podía ligar en los bajos de La Concha, al aire libre, sobre todo durante la noche. Había otra zona, en Amara, por el puente de hierro. Con el nuevo puente toda esa zona ha cambiado, pero entonces aquel era un sitio de la periferia de Donostia. Tiempo después me di cuenta que de niño ya había oido hablar de ese sitio como un punto negro, un lugar peligroso al que era mejor no acercarse. Era peligroso porque había hombres.
Soy seropositivo

He de reconocer que yo he vivido mucho, que he sido una persona muy activa en esa parte de mi vida. Por unos años me voy a Bilbao a vivir, conozco Madrid, Barcelona, Valencia. En todas partes he descubierto sitios de ligue, sitios al aire que me encantan. Me encanta el sexo en la naturaleza, entre árboles, rocas... a mí eso me gusta mucho. En mi caso ocurre que un día hace ya un montón de años van y me dicen que soy seropositivo. Fue un impacto, pero yo ya sabía que me podía ocurrir. La verdad no me alteré mucho. Sabía que me podía ocurrir. Por otro lado desde los 15 años yo viví un proceso de vida duro, porque he sido una persona que, aparte de maricón, era una persona luchadora, una persona que quería hacer la revolución. Durante cinco años fui clandestino, antes de cumplir los 16 años, hasta que murió el dictador Francisco Franco, aquel mal nacido. En aquellas circunstancias yo sabía que me podían matar, que me podía morir. Yo era muy consciente de los riesgos que tenía vivir en la clandestinidad y aprendí a no temer a la muerte.

Llegados a este punto, quiero recordar mis años de militancia política porque fue una mis responsables políticas en la organización la que me animó a contactar con EHGAM. Antes de que yo tomara la decisión, ella me animaba a conocer el movimiento de liberación gay. Me acuerdo de ella perfectamente, una compañera a la que he quiero mogollón. Con esto quiero decir que en la organización política en la que yo estaba, el EMK (movimiento comunista de Euskadi), hicimos mucho por la liberación sexual. Fuimos una organización que montamos, dentro de la propia organización, una estructura de gais y lesbianas a escala de Euskadi y del Estado español. Una estructura que a su vez hacía trabajo ideológico dentro de la organización. Estoy hablando de la década de los 80. Pero he de confesar que esto no era así siempre, ni con todas las personas. Una compañera del partido, lesbiana ella, me contaba como otro compañero le llegó a decir que no se preocupara, que algún día encontraría un buen camarada. Eso también ocurría dentro de nuestra organización.

Retomando el tema del vih y el sida, no puedo negar que la pandemia se vivió mal, muy mal en el colectivo homosexual. Se vivió con miedo, con mucho temor, porque se trataba de una enfermedad que esos años era mortal. A pesar de lo que he dicho antes, yo no sé hasta qué punto era consciente de que podía infectarme, porque no lo supe hasta que estuve muy grave. Cuando ya lo supe, lo asumí. Decidí que iba a vivir con ella y que iba a vivir sin miedo, sin esconderme. Decidí hacerle frente, y decidí cuidarme. También decidí convertirme desde ese momento en un agente de salud, en un activista en pro de la salud y en contra de toda sidofobia. Eso por un lado, y por otro, las relaciones sexuales cambian. El contacto con los hombres es diferente, porque ya sabes cómo no tienes que hacerlo y cómo sí. Verbalizar que eres seropositivo a otro hombre es muy difícil, es muy duro. Tu condición te genera miedo, miedo al rechazo, una gran inseguridad frente a la respuesta que te va a dar el otro cuando sepa que eres seropositivo. El rechazo ya lo he vivido. 

Ese culo perfecto
Las cosas han cambiado mucho gracias a los antirretrovirales. Pero no podemos olvidar los inicios y los primeros años de esta enfermedad. Algunos fármacos que nos metimos en aquellas épocas generaron una metamorfosis en nuestro cuerpo. Ya no eres ese culo perfecto, no son esos brazos maravillosos, no es ese pecho fantástico, ni es esa cara preciosa. Todo se transformó. El cuerpo dejó de ser aquella atracción, dejó de ser atrayente para el resto de ojos. También es verdad que, a pesar de que en el mundo gay sigue dominando el culto al cuerpo, últimamente he notado que se está abriendo una cuña y que cada vez se valora más la persona, más allá del cuerpo.

Pero, claro, si eres una persona pública y todo el mundo sabe que eres seropositivo, efectivamente los hombres no van a querer follar contigo. Porque, hoy por hoy, follar con condón no es lo mismo que follar sin condón. Yo creo que es más placentero follar sin, esa es mi experiencia. Pero, siendo seropositivo hay que follar con condón, no hay de otra más allá de lo que cada quien quiera arriesgar en su vida. Yo tengo muy claro que esta situación la quiero vivir con mucha tranquilidad, con mucha naturalidad, intentando ser la persona más feliz del mundo, o al menos tan feliz como los demás, como los no infectados. Trato de engañarme lo menos posible, y de no sucumbir a la sidofobia social, que se transmite incluso entre los seropositivos.

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