miércoles, 20 de mayo de 2026

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martes, 5 de mayo de 2026

#hemeroteca #politica #ideologiadeodio | Prioridad nacional o censura LGTBI

María Guardiola, del PP y Óscar Fernández, de Vox, en la sesión de investidura //

Prioridad nacional o censura LGTBI

La única hipótesis 'favorable' a la impresentable aceptación por el PP de discursos racistas es que, a su vez, haya exigido a Vox la renuncia de su ataque al feminismo y la diversidad
Javier Caraballo | El Confidencial, 2026-05-05
https://www.elconfidencial.com/espana/matacan/2026-05-05/prioridad-nacional-racismo-xenofobia-acuerdos-pp-vox-1hms_4349736/
 
Racismo a cambio de feminismo, xenofobia a cambio de respeto a la diversidad. Tras la firma de los pactos de los populares con la extrema derecha, las reacciones de todos los protagonistas dejan traslucir una jugada a tres bandas que, obviamente, no se hace pública, en caso de existir. La hipótesis que sigue a continuación nace de la constatación de que, a diferencia de lo que ha ocurrido en anteriores ocasiones, esta vez ningún dirigente de Vox ha hecho referencia alguna a "los excesos" de la lucha contra la violencia de género ni a "los chiringuitos" que defienden el respeto a la diversidad sexual. Nadie, si se paran a pensarlo, ha sido noticia por algo relacionado con lo anterior y, por supuesto, tampoco figura nada al respecto en los acuerdos firmados por ambos partidos. Las palabras "feminismo", "violencia de género" o "LGTBI" no aparecen ni una sola vez en el acuerdo firmado por el PP y Vox en Extremadura, mientras que "inmigración" o "inmigrante" aparece más de una decena de veces.

Como sabemos, ese pacto de Extremadura fue el primero en firmarse y está considerado como ‘modelo’ para replicarlo en todas las demás instituciones en las que pacten estos dos partidos, a excepción de correcciones y peculiaridades territoriales. Hace tan sólo tres años, en la primera ocasión en la que Vox y el PP se sentaron a negociar, tras las elecciones municipales y autonómicas, fueron frecuentes los acuerdos en los que se incluían apartados concretos al respecto. Por ejemplo: "Sustituir las concentraciones de 'no a la violencia machista' por la de 'no a toda violencia", o este otro de "cumplimiento de la ley de banderas, no colocando banderas LGTBI en balcones y fachadas de instalaciones municipales". Estos dos apartados pertenecen a acuerdos que se firmaron en Valencia, aunque luego se trasladaron a otros puntos de España en los que también figura como inexcusable la aparición de la "violencia intrafamiliar" en sustitución de la "violencia de género". Pues bien, todo eso ha desaparecido ahora de los acuerdos.

Si aceptamos esta variable, la deducción inmediata a la que debe llevarnos es que todo ello es fruto de la negociación previa que tuvo lugar entre dirigentes nacionales de ambos partidos, además de las cúpulas autonómicas. En esa negociación, es lógico pensar que el PP ha sido el partido que ha impuesto que en los acuerdos no haya mención alguna a los asuntos relacionados con el colectivo LGTBI o aquellos que supongan un ataque al colectivo feminista. En el Partido Popular deben de tener muy presente lo que sucedió tras los primeros acuerdos de mayo de 2023: el presidente Pedro Sánchez, hábilmente, disolvió las Cortes Generales porque intuyó que esos acuerdos con la extrema derecha eran un aliciente fantástico para su campaña. Y le salió la jugada, en las elecciones de julio de ese año, el PSOE de Sánchez no ganó en las urnas, pero consiguió que el PP y Vox no sumaran.

Si se repasan muchas de las encuestas de entonces, se verá que ese resultado fue algo extraordinario gracias a la inesperada movilización de una buena parte de electorado de izquierdas que, unos meses antes, se había quedado en su casa. Con este precedente, es lógico pensar que el Partido Popular haya decidido eliminar de los acuerdos aquello que afecta y escandaliza más a su electorado. A cambio, le ha cedido a Vox el concepto de la "prioridad nacional", en el que se sintetiza todo el abanico de prejuicios racistas: desde la ‘violencia de los menas’, como principal problema de la seguridad en España, hasta el colapso de los servicios públicos por la ‘prioridad’ que se concede a los inmigrantes, pasando por el encarecimiento de la vivienda o la dificultad para encontrar un empleo. Cada uno de esos aspectos, constantemente aireados y difundidos por la extrema derecha y ahora asumidos por el PP en los acuerdos, son perfectamente rebatibles, matizables y negables, pero no podemos ocultar que, por desgracia, son creíbles para muchos. Es la cara más amarga de esta era de la posverdad y el engaño masivo.

Dicho de otra forma, los dirigentes del PP han decidido que tenían que elegir a qué valores y principios renunciaban para poder alcanzar acuerdos con Vox y cuáles protegían, y han decidido respetar aquellos que tienen que ver con lo políticamente correcto. También esta segunda variable de la hipótesis tiene un sustento sólido. Hace unos días, El Confidencial desveló que el PP ha encargado una encuesta para conocer qué piensan los votantes de la "prioridad nacional", los suyos y los de los demás partidos.

La sorpresa con la que se han encontrado es que no sólo no provoca escándalo ni desgarro alguno entre los suyos, sino que también entre los votantes del PSOE hay un cuarenta por ciento que comparte lo de la "prioridad nacional". Que nadie tenga la menor duda de que si esa misma encuesta se realiza sobre violencia de género o el colectivo LGTBI el resultado hubiera sido diametralmente opuesto. Por esa razón, según la citada información, en el PP están muy satisfechos con el resultado de la encuesta: "No solo no nos penaliza, sino que nos permite pescar en el votante más centrado del PSOE".

Se decía al principio que esta hipótesis concibe la aceptación de la "prioridad nacional" por parte del PP como una jugada a tres bandas. Serían las siguientes: Primera: en el PP, se resuelve la eterna indecisión sobre si deben gobernar o alejarse de la extrema derecha y aceptan ya, abiertamente, que Vox es su aliado natural. De forma paralela, también Vox gana ante sus votantes al aparecer como autor exclusivo de la ‘prioridad nacional’ y, además, se sacude la imagen negativa de ser un partido que bloquea gobiernos de derecha, en vez de facilitarlos. Segunda: el Partido Popular logra un ‘documento marco’, esta vez sí, que le sirve de modelo para todos los pactos posteriores. Se trata de un documento que no provoca broncas internas ni rechazo entre sus electores. Tercera: a medida que Vox se vaya incorporando a gobiernos municipales, autonómicos y, finalmente, nacional, en el caso de producirse, los dirigentes del Partido Popular confían en que el fenómeno de la extrema derecha en España vaya desinflándose progresivamente.

Como hemos repetido, todo lo anterior es sólo una hipótesis fruto de la deducción y las reacciones habidas tras los acuerdos entre el PP y Vox. Sería, de hecho, la única hipótesis ‘favorable’ para el Partido Popular, desde el punto de la estrategia política. Lo que no es ninguna hipótesis, ni necesita demostración, es que se ha llegado a un acuerdo dejando tirados los principios de aquellos más vulnerables y agitando el inflamable discurso del racismo y la xenofobia en la sociedad española.

Racismo a cambio de feminismo, xenofobia a cambio de respeto a la diversidad. Tras la firma de los pactos de los populares con la extrema derecha, las reacciones de todos los protagonistas dejan traslucir una jugada a tres bandas que, obviamente, no se hace pública, en caso de existir. La hipótesis que sigue a continuación nace de la constatación de que, a diferencia de lo que ha ocurrido en anteriores ocasiones, esta vez ningún dirigente de Vox ha hecho referencia alguna a "los excesos" de la lucha contra la violencia de género ni a "los chiringuitos" que defienden el respeto a la diversidad sexual. Nadie, si se paran a pensarlo, ha sido noticia por algo relacionado con lo anterior y, por supuesto, tampoco figura nada al respecto en los acuerdos firmados por ambos partidos. Las palabras "feminismo", "violencia de género" o "LGTBI" no aparecen ni una sola vez en el acuerdo firmado por el PP y Vox en Extremadura, mientras que "inmigración" o "inmigrante" aparece más de una decena de veces.

lunes, 4 de mayo de 2026

#hemeroteca #cuerpos #deseos | 'Cochinas': hágase en mí según mi voluntad

Una imagen de la serie 'Cochinas' //

'Cochinas': hágase en mí según mi voluntad

Octavio Salazar | Cordópolis, 2026-05-04 

https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/cochinas-hagase-voluntad_132_13193376.html

A estas alturas del siglo XXI, y pese a todos los espacios de autonomía que las mujeres han ido conquistando con relación a sus cuerpos y a sus deseos, la sexualidad continúa siendo uno de esos territorios más resistentes a una transformación feminista o, dicho de otra manera, es uno de esos espacios en los que se sigue evidenciando quiénes durante siglos dictamos las reglas y de qué manera el silencio de las mujeres, en todos los sentidos, ha sido uno de los pilares del patriarcado. Sexismo y edadismo, a los que podríamos añadir también un capacitismo que excluye sujetos y cuerpos que no responden al canon productivo y deseable, continúan siendo firmes aliados en un mundo sostenido por las reglas de un mercado en el que ahora parece imponerse, en palabras de Andrea García Santesmases, un “nuevo contrato sexual”, en el que más que transformar lo normativo no estamos sino reproduciendo las claves depredadoras y masculinizadas que, me temo, no conducen a ninguna liberación (sobre todo para quienes están en posición de vulnerabilidad). En dicho contexto, las herramientas digitales, más que favorecer la apertura a un planeta más ancho y diverso fomentan unos imaginarios construidos por y para los poderosos, de tal manera que en la actualidad sean muchas las personas atravesadas por malestares, violencias y una terrible frustración ante un mundo que, por otra parte, no deja de vendernos el sexo como uno de esos acontecimientos que cotizan alto en la bolsa del “optimismo cruel”.

En un contexto como éste, en el que siento que mujeres y hombres, la sociedad en general, seguimos teniendo tantas conversaciones pendientes en materia de sexualidad, y en el que, no lo olvidemos, los cuerpos y los deseos siguen ausentes de los procesos educativos, es tan de agradecer una serie como 'Cochinas'. Creada por Carlos del Hoyo e Irene Bohoyo, y dirigida por Andrea Jaurrieta, Laura M. Campos y Núria Gago, la serie nos lleva al Valladolid de los años 90, para contarnos el proceso de liberación de unas mujeres que, gracias a la pornografía que en aquellos años circulaba en cintas de videoclub, van descubriendo placeres al tiempo que van tomando conciencia de la soberanía que les ha negado un mundo de maridos machotes. Atravesada por el amor a una cultura cinéfila forjada gracias al VHS y con decisiones tan arriesgadas como empezar cada capítulo con la recreación de la escena de una película porno de aquellas que triunfaban en los primeros años de la democracia, 'Cochinas' tiene el gran acierto de darle la vuelta a los patrones sexistas y convertir en protagonistas a unas mujeres que hasta ese momento no habían hecho sino cumplir con las expectativas clásicas y que, en un ejercicio revolucionario de sororidad, descubren no solo el disfrute que encierran sus cuerpos sino también la libertad que supone saltarse las normas escritas por otros. Los creadores y las creadoras de esta singular apuesta han optado también por mostrarnos a mujeres y cuerpos que se salen de lo normativo, que no responden a las exigencias estéticas de un mercado ahora también de los deseos y del capital erótico, que en algún caso carecen de las capacidades que dictamos como las normales, o que trabajan en empleos precarios y sufridos (al tiempo que sostienen lo doméstico como auténticas heroínas). Un mosaico de seres diferentes en el que no faltan las mujeres viejas, también con derecho a disfrutar del sexo y que, sin embargo, solemos tratar como si fueran menores de edad a las que negamos autonomía y goce. Con unos guiones afilados y divertidísimos, y con un reparto que, en la mejor tradición de nuestro cine, convierte a los personajes secundarios en protagonistas, 'Cochinas' nos hace reír, nos emociona y también nos deja un poso tras su visionado que nos lleva, en este 2026, a seguir preguntándonos por muchas de esas cuestiones que en las primeras décadas de democracia fueron prisioneras de una falsa liberación.

Si bien Malena Alterio y una deslumbrante Celia Morón se merecen todos los premios de la temporada, no se quedan atrás todas esas mujeres diversas que, incluida una felizmente recuperada Josele Román, componen unos de los repartos más brillantes y ajustados de los últimos años. Todas ellas respiran tanta verdad que es imposible no empatizar con sus sueños y frustraciones, de la misma manera que, en otro sentido, lo acabamos haciendo con unos hombres, esos diligentes padres de familia amparados por el Código civil y por tantos usos y costumbres, que no tienen más remedio que asumir que es imposible seguir manteniendo el estatus que heredaron en un mundo hecho a su medida. De ahí que el personaje que interpreta Alvaro Mel, tierno y perdido, bien pudiera ser esa bisagra que conecta el mundo destinado a sucumbir y uno nuevo que todavía hoy está por abrirse en toda su plenitud. Ese en el que al fin hayamos hecho saltar de una vez por todas las costuras de lo normativo y en el que nos hayamos emancipado de unos roles y expectativas que nos limitan y que, con frecuencia, tanto nos hacen sufrir ('a unas' más que a 'otros'). Donde los cuerpos raros, viejos, gordos o con algún tipo de discapacidad pierdan al fin el miedo a lucir su desnudez y en el que las mujeres, sobre todo las mujeres, gocen liberadas de las cadenas con las que tantos dioses quisieron reducir su voz a un eterno “hágase en mí según tu voluntad”.

domingo, 3 de mayo de 2026

#hemeroteca #lgtbi #activismo | Dos maricones, tres lesbianas, una bisexual y la importancia de colectivizarse

Una manifestación del Orgullo Crítico de Madrid //

Dos maricones, tres lesbianas, una bisexual y la importancia de colectivizarse

Paco Tomás | Público, 2026-05-03

https://www.publico.es/opinion/columnas/dos-maricones-tres-lesbianas-bisexual-importancia-colectivizarse.html

A Isabel Díaz Ayuso no le gusta que los gais, lesbianas, bisexuales, trans y demás identidades afectivo-sexuales y de género estemos unidas. Ella, que opina que el Orgullo LGTBIQ+ es “un secuestro mediático” que hay que “estar aguantando” durante todo un mes, que ha legislado contra nosotros permitiendo que las torturas de conversión -o sea, curarnos de nuestra homosexualidad o identidad de género- NO sean delito penal, nos anima a que dejemos de colectivizarnos. Que mejor un gay por aquí, una lesbiana por allá, pero nada de ir juntas a ninguna parte. 

Cuando Ayuso, o cualquier otra persona, dice eso lo que está haciendo es lo mismo que hizo la clase empresarial, a principios del siglo XIX, cuando los obreros comenzaron a organizarse en sindicatos para luchar contra las jornadas laborales inhumanas, los bajos salarios y el empleo infantil. Que los obreros se unieran para luchar por sus derechos fue recibido por los empresarios, en los años de la revolución industrial, como una amenaza a sus ingresos económicos, preocupándose ante la idea de que sus trabajadores, a los que consideraban su propiedad, se atrevieran a reclamar derechos y desafiar su autoridad.

Un individuo es más fácil de someter, de asustar, de coaccionar, que un grupo. Colectivizarse no es otra cosa que darle un peso político a nuestra unión para así, juntes, mejorar nuestra vida. Eso hizo el asociacionismo gay y lésbico en los años posteriores a las revueltas de Stonewall. Negar su existencia y su relevancia en la sociedad actual es invisibilizar una lucha histórica.

Otra cosa es que esa lucha tuviera la repercusión mediática que tiene ahora. Que hubiera jóvenes adolescentes maricas, en los años 70 y 80 en España, que supieran de la existencia de estos colectivos y decidieran unirse a su causa, que no era otra que lograr derechos y libertades para todos ellos. Yo mismo, a finales de los años 80, como chico marica de veinte años, ni siquiera tenía conciencia de la existencia de colectivos LGTB. Ni siquiera existía el concepto de comunidades LGTB porque eso llega en los años 90 al procurar hacer más inclusivo el movimiento homosexual de los 70.

En 1970, Francesc Francino y Armand de Fluviá fundan, en la clandestinidad, la agrupación AGHOIS, que dos años después pasaría a denominarse Movimiento Español de Liberación Homosexual (MELH). A mitad de los años 70 ya existían frentes de liberación en diferentes ciudades españolas, como el FAGC, EGHAM [i.e. EHGAM] o FHAR, e incluso ellos se dieron cuenta de la necesidad de colectivizarse para lograr que su voz se escuchase porque, por separado, no tenían tanta fuerza. Y se creó, en 1977, la COFLHEE, la Coordinadora de Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español. Y hasta 1992 no nace la Federación Estatal de Gais y Lesbianas, porque en ese momento aún no se habían sumado las personas trans ni las bisexuales. 

Recuerdo que, a mediados de los años 90, el diputado Jorge Trías Sagnier, que era el interlocutor del PP con las entidades activistas LGTB en la estéril negociación por una ley de parejas de hecho, le dijo a Pedro Zerolo y a Mili Hernández: “Vosotros sois cuatro y os lleváis muy bien con la prensa”. Que es como decir que sois dos maricones y una bisexual, o dos travestis y tres lesbianas, y punto. Hubo que colectivizarse, salir a las calles en el Orgullo, que vieran todos los que éramos, para que dejaran de ningunearnos.

A partir de ahí se inicia un camino en la lucha por los derechos de las comunidades LGTBIQ+ con importantes logros, como el matrimonio igualitario y la adopción, y considerables errores, como permitir que el capitalismo más voraz devore la reivindicación y convierta nuestra historia -no olvidemos nunca que cada 28 de junio estamos celebrando una revuelta contra el orden establecido- en un simulacro de fiesta de interés turístico regional.

Un sindicato, una cooperativa, una asociación, incluso un club de fans, es una manera de colectivizarse, de crear comunidad. Sentir que estás solo en el mundo es una realidad contra la que lucha esa colectivización. Hasta encontrar esa familia elegida, las personas afines con las que creas tu grupo de amigos con los que salir de fiesta, sentarte en un banco, ir al cine o montar una banda de música, es un modelo de colectivización, porque son gente que te protege y te sustenta cuando las cosas van mal. 

Y eso es algo que el liberalismo, que ya sabéis que es el hijo psicópata del capitalismo, rechaza. De ahí que sea un pensamiento filosófico, económico y político que abogue por el individualismo. Que busque cómplices que crean que su exclusivo bienestar es lo único por lo que merece la pena luchar, que su visión del mundo se reduzca a su estricta costumbre, que si ellos no han pasado hambre esa sea una prueba de que no hay hambre en el mundo, que sus privilegios sean incuestionables, que la empatía no les incumba porque eso les hace endebles y que si un fondo buitre te echa de tu casa, la culpa sea tuya por no haberte esforzado lo suficiente para poder comprarte una.

Pensar que formar parte de una comunidad es asumir un pensamiento único es un grave error. De hecho, somos varias comunidades, con realidades muy diversas, incluso dentro de cada comunidad, con las que a veces se discute al confrontar los distintos puntos de vista. Pero también sabemos que solo el colectivo, la comunidad, el grupo, podrá salvarnos. Porque el individualismo responde a la idea de que solo se progresa desde la competencia, despreciando el interés colectivo. Y dos maricones y una bisexual serían invisibles si no tuvieran alrededor a millones de maricones, lesbianas, bisexuales, personas trans, haciendo piña.