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miércoles, 6 de marzo de 2024

#hemeroteca #homoserotismo #arte | La historia de amor imposible de Rodrigo, el artista detrás de la escultura gay que arrasa en ARCO

Rodrigo tras su escultura 'Manuel' //

La historia de amor imposible de Rodrigo, el artista detrás de la escultura gay que arrasa en ARCO
'Manuel', considerada la primera obra de arte 'queer' del arte español, sembró la polémica en la feria de 1983 y vuelve a acaparar la atención cuatro décadas después.
Henrique Mariño | Público, 2024-03-06
https://www.publico.es/culturas/historia-amor-imposible-rodrigo-artista-detras-escultura-gay-arrasa-arco.html

Cuando lo vio por primera vez en una piscina de Madrid, allá por agosto de 1977, Rodrigo quiso hacerlo suyo. No pudo consumar la pasión, porque Manuel era heterosexual, pero sí la adoración que sentía por él. El fruto de aquel amor imposible fue una escultura que llevaba latiendo mucho tiempo. Aquel hombre, simplemente, fue la forma.

Paco Morales lo entrevistó en 1983 con motivo de la exposición de ‘Manuel’ en la segunda edición de ARCO, dirigida por Juana de Aizpuru, quien le pidió a la galerista Fefa Seiquer que se llevase de allí aquella escultura a tamaño natural. Habían pasado seis años desde que empezó a crear la obra, dos hombres y un solo corazón.

Rodrigo Muñoz Ballester nació en Tánger en 1950. En aquella entrevista confesaba que le faltaba una asignatura para terminar Arquitectura, pero que se dedicaba a otros menesteres, "trabajos viles" como murales en bares, aunque luego dejaría su impronta en algunas estaciones del metro madrileño.

No era un artista con mucha obra. "He hecho sólo unos pocos trabajos, muy crispados todos ellos, porque el arte me importa mucho menos que el tiempo que he vivido". Tampoco con dinero. "Hace dos noches no tenía un duro, ahora tampoco y no es que me importe mucho", explicaba.

Desde entonces, reconoce en ARCOmadrid 2024, ha llevado una vida austera, aunque ‘Manuel’ fue vendida en 1983 por 1.800.000 pesetas, la mitad para él, la mitad para la galerista. Ahora cuesta 80.000 euros, unas cuatro veces más que el precio original. "Si ocurre, como si no ocurre". La venta. "Siempre he vivido muy en precario. Sigo igual que hace 41 años, cuando me hicieron aquella entrevista. No he cambiado nada. Hace dos días empezamos a montar la escultura y tenía 45 euros, que destiné a la comida para los gatos y a tomar por saco. Y gracias a que una coleccionista me compró un grabado".

Si ocurre, como si no ocurre.

Porque Rodrigo no conoció la abundancia desde que nació en Tánger, donde su padre trabajaba como jefe de almacén en una ferretería. La guerra civil truncó su sueño de ser abogado y tuvo que dejar la carrera, al igual que su mujer abandonó Farmacia. "Eran gente leída y les encantaba el cine, pero aquello les mandó a la mierda".

Cuando terminó el protectorado español de Marruecos, se vinieron a Madrid con lo puesto y mil pesetas en el bolsillo. Rodrigo tenía siete años. Un matrimonio y cuatro hijos, en el cuarto de una pensión. Luego se mudaron al barrio de Tetuán. Un día, cuando su madre llegó de la compra, él cogió el papel de estraza que envolvía la carne, se echó al suelo de la cocina y comenzó a dibujar sobre aquella superficie ensangrentada. Al terminar, se dijo: "He sido capaz de hacer el mundo. Esto es un chollo". Su primer recuerdo como artista.

"Yo es que no vengo de…", le comentaba al dueño de una galería antes de que se inaugurase la 43ª edición de ARCO, dedicada al mar Caribe. El lugar del que viene, o sea, difiere del origen de los coleccionistas que pululan por la feria hasta este viernes, cuando se abre al público y el paisanaje se torna más heterogéneo. "Mi padre empezó a trabajar en una ferretería de la calle Valencia, en Lavapiés, y éramos tan catetos que estuvimos a punto de irnos toda la familia a Valencia. ¡A Valencia ciudad!".

Ahora vive en Cervera de Buitrago, un pequeño pueblo de la Sierra Norte de Madrid, donde ha instalado su estudio. Manuel, viudo desde hace un mes, en el sur de España, aunque de alguna manera lo ha acompañado todo este tiempo, pues la escultura lo velaba cada noche en su cuarto.

"Rodrigo sueña su cuerpo del que emerge el de Manuel al que contiene, al que abraza, como si se le escapara o como si entrara en él. Son dos figuras que es una. Desde luego solo hay un corazón que, además, se ilumina. Uno vestido y el otro desnudo, detallista hasta la extenuación, una imagen entre soñada y de pesadilla", escribe el comisario Joaquín García Martín en ‘Un acercamiento al arte homosexual en la Transición española’, publicado por la Galería José de la Mano.

De ARCO 1983 a ARCO 2024
En su ‘stand’ luce la escultura del creador tangerino y las obras de otros pioneros del arte gay, como Costus, Carlos Forns, Juan Hidalgo, Roberto González o Julujama. "Hemos recuperado a los artistas que reivindicaron el movimiento LGTBI cuando había que hacerlo, en los años setenta y ochenta, un período complicado de la historia de España", explica José de la Mano, quien considera que ‘Manuel’ es una obra "brutal y trascendental", así como "una de las grandes piezas" del género en nuestro país.

"Más de cuarenta años después, no ha perdido su vigencia formal ni su mensaje, un amor platónico que el artista consigue inmortalizar en una obra de arte que nos va a pervivir a todos", añade el galerista, quien entiende la escultura como un "voy a estar dentro de ti, al lado de tu corazón".

Porque en ella se funden el amado y el artista, aunque Rodrigo matizaba su significado a Paco Morales: "’Manuel’ no es una expresión del desdoblamiento de personalidad, ni la representación del hombre culto y el hombre irracional, ni nada de eso. ‘Manuel’ es el de fuera. El otro soy yo queriendo quedarme así siempre. Por supuesto que hay por ahí un gusto totémico muy fuerte, pero también hay una idea de desmitificar el amor entre hombres...".

Joaquín García Martín recuerda que en 1983 fue la pieza de la que hablaba todo el mundo en ARCO. Ahora, vuelve a ser el centro de atención de la prensa, cuyos artículos han atraído a curiosos y amigos, quienes saludan a Rodrigo y le piden fotografiarse con él, aunque les deja claro que no mirará a la cámara. Posan ante "probablemente la primera obra de arte ‘queer’ del arte español", en palabras del comisario, quien escribe: "Su realización es un acto de amor, su existencia una forma de poseer al ser amado".

¿Pero ha habido otros Manueles? "Yo he tenido muchísimas relaciones, no solo con hombres heterosexuales y gais, sino también con mujeres. De hecho, tengo una hija maravillosa", comenta Rodrigo, quien disfruta "plácidamente" de la segunda vida de su escultura, sorprendido con la expectativa que ha generado Manuel, "y eso que la de entonces ya fue tremenda".

"Juana de Aizpuru se ponía muy nerviosa al verla. Y una abuelita muy pintada se sentaba en una silla plegable y suspiraba: ‘¡Ay, si lo viera Federico!’ Al observarla, le comenté a mi galerista que aquello era una cosa loca, porque hasta venía gente de los manicomios". Entonces, Fefa Seiquer le respondió: "¡Pero si ella es Maruja Mallo y Federico es García Lorca!".

Poco después, Rodrigo estudió Bellas Artes, aunque no terminó la carrera. Cuando aprobó Deontología, Legislación y Valoración, la asignatura de Arquitectura que tenía pendiente, le restregó el título a su padre por la cara. "Me limpié el culo y, con la zurrapa en la papeleta, le dije que ya podía enmarcarla: ‘¡Haz tú las casas, que a mí ya me has jodido la juventud entera!’ De joven era muy burro, porque el pobre de mi padre se mataba en la ferretería para que estudiáramos y nos dio una carrera a los cuatro hermanos".

‘Manuel’ aterrizaba en Nueva York. Un asesor de compras de la Tate Gallery de Londres se hizo con la escultura, hasta que murió de sida y su pareja quiso que volviese a los brazos de Rodrigo. A veces, cuando habla, se le nublan los ojos, del mismo modo que la memoria también puede ser borrosa. Quizás aquella piscina no fuese la del Parque Sindical, sino la del Lago, en la Casa de Campo. La recepción de la escultura en el aeropuerto de Barajas también es novelesca: tras exigirle 600.000 pesetas para entregársela, una fortuna en la época, el jefe del depósito donde estaba almacenada se apiadó de Rodrigo tras conocer la historia y al final no le cobró nada.

El amor imposible entre Rodrigo y Manuel se convirtió en un cómic, publicado por entregas en la revista ‘La Luna de Madrid’, dirigida por Borja Casani, y posteriormente editado en formato libro. "Una escultura es sólo de un millonario", declaraba en la entrevista. "Hay que hacer un cómic para que la gente pueda tener a Manuel en la mesilla de noche: y ojalá en el Ras me saluden cuando entre".

Rodrigo vivía entonces en un piso compartido en la calle San Marcos, barrio de Chueca, cerca del bar de ambiente donde esperaba ser aclamado. Sin embargo, han tenido que pasar cuatro décadas para que volviese a ser el centro de atención. "’Manuel’ es la más bonita historia de amor no consumada del mundo", sentencia Joaquín García Martín. "’Manuel’ es la crónica de la alegría y el dolor de Rodrigo al encontrar y no poder tener al ser amado".

#hemeroteca #homoerotismo #arte | La escultura homoerótica que conmocionó ARCO reclama su lugar en la historia 40 años después

La escultura 'Manuel' del artista Rodrigo //

La escultura homoerótica que conmocionó ARCO reclama su lugar en la historia 40 años después

La obra ‘Manuel’, del artista conocido simplemente como Rodrigo, quitó el sueño a Juana de Aizpuru, fundadora de la feria de arte madrileña, en 1983. Tras décadas fuera del mercado, reaparece en la presente edición como una de las referencias clave en la visibilización gay de la Transición
Borja Bas | El País, 2024-03-06
https://elpais.com/icon-design/2024-03-06/la-escultura-homoerotica-que-conmociono-arco-reclama-su-lugar-en-la-historia-40-anos-despues.html 

Estos días vuelve a latir en ARCOmadrid un corazón que lleva prendido 40 años. Lo comparten dos hombres sumidos en un extraño sueño. Uno asoma del interior del otro. Son el artista, vestido, abrazado a su muso, desnudo. La escultura se llama ‘Manuel’ y está firmada por Rodrigo, a secas. La pieza, un monumento al amor homosexual no correspondido, fue la más sonada de la segunda edición de esta misma feria madrileña, celebrada en 1983. Desde este miércoles hasta el 10 de marzo, regresa a Ifema rescatada por José de la Mano. Fiel a su línea de investigación y recuperación histórica, esta galería madrileña dedica una parte de su stand a los pioneros del arte queer en España durante la Transición. Una reivindicación donde conviven nombres más conocidos como Costus o Juan Hidalgo con otros que han permanecido en segundo plano como Carlos Forns Bada, Claudio Goulart, Roberto González Fernández, Julujama o el que nos ocupa, Rodrigo Muñoz Ballester. Conocido artísticamente como Rodrigo, su amor platónico con Manuel se manifestó también en uno de los cómics más influyentes de la Movida, publicado por entregas de cuatro páginas mensuales en los primeros 12 números de la revista ‘La Luna de Madrid’, entre 1983 y 1985.

El exgalerista, investigador y escritor Joaquín García, que ha ejercido de comisario de esta selección ‘queer’ para José de la Mano, pone en perspectiva el valor de esta obra de Rodrigo. “En los repartos academicistas que se hacen para narrar o resumir la Movida por nombres y disciplinas intentando establecer un canon asimilable, Rodrigo es al cómic lo que Sybilla a la moda, Pérez Villalta a la pintura o Almodóvar al cine”. Reeditado recientemente en un cuidado libro con abundante material de archivo por la editorial Cielo Eléctrico, este cómic mudo cuenta con detalle lo que grita la escultura. En palabras del comisario: “La más bonita historia de amor no consumada del mundo”. La de Rodrigo desde que emergió un día del verano de 1977 de la piscina municipal El Lago, de Madrid, para enamorarse a primera vista de un portento de la masculinidad, Manuel, heterosexual inquebrantable.

Donde Rodrigo buscaba una relación sexoafectiva, Manuel testaba sus límites en eso que hoy conocemos como homosocialidad (o relación de amistad entre dos hombres). Salían juntos a pasear, a bailar, al cine. Por su lado, Rodrigo se desfogaba yéndose de ‘cruising’, a la sauna o a cuartos oscuros. Está todo en sus viñetas. De camino a Ifema para calibrar las luces que iluminan su escultura estos días, nos atiende Rodrigo al teléfono: “Estaba colgadísimo de Manuel. Yo tenía 27 años y él, 24. Era lo que entendemos por un hombre normal, aunque deteste el término, un tío sencillo. Cuando se marchó, yo había vivido un año de amor y él se había dejado querer. Le mandé unos dibujos, que serían el embrión del cómic años después. Pero primero fue la escultura. La empecé el mismo día que volví de visitarle de su pueblo y lo dejé allí con su novia, con plena conciencia de que probablemente no nos volveríamos a hablar ni a ver”.

Antes de la explosión de la Movida, Rodrigo se debatía entre Arquitectura y Bellas Artes, carreras que había estudiado casi hasta el final. Su mano virtuosa trazaba planos para el estudio de Javier Carvajal y completaba el sueldo haciendo ilustraciones a partir de retratos fotográficos. No podía sacarse a Manuel de la cabeza. La imagen de su propio cuerpo emergiendo de su amado se le apareció en un sueño. Empezó la escultura sin tener ni idea de modelar, a partir de unas fotos que había logrado sacarle desnudo. Iba probando materiales: madera, malla metálica, escayola, yeso... y un circuito eléctrico con una lamparita de cuarzo a modo de corazón luminoso. La fue montando a lo largo de los años en el sótano en que vivía de la calle Madera, en un prolongado acto de amor.que vivía de la calle Madera, en un prolongado acto de amor.

Su amigo el pintor Miguel Peña llevó un día a verla a la galerista Fefa Seiquer. Faltaba una semana para la segunda edición de ARCO. La puso presidiendo su ‘stand’. Una obra tan abiertamente homoerótica suponía toda una rareza por entonces. Se convirtió en la atracción de la feria, tal y como recuerda Rodrigo. “Aquello parecía una romería, venga a pasar gente. Los cinco días del evento, puntual a eso de las tres de la tarde, venía una señora mayor pintada como un loro, con su silla plegable, y se sentaba un rato enfrente de la escultura. Y yo la escuchaba decir cosas como: ‘Ay, si esto lo viera Federico’. Y pensaba ‘¿quién es esta chiflada maravillosa?’. Hasta que me dijo mi galerista: ‘¿No sabes quién es? Es Maruja Mallo. ¡Y Federico es Federico García Lorca!”, se ríe.

‘Manuel’ generó conmoción, curiosidad, extrañeza. La leyenda dice que también polémica, que hubo gente que quiso retirarla. No fue para tanto, como recuerda entre risas su autor. “Atormentó particularmente a Juana de Aizpuru [fundadora de ARCO, a quien este año echaremos en falta porque acaba de retirarse]. Lo llamaba ‘el hombre’. Le decía a mi galerista: ‘Quita al hombre, Fefa. Es que me quita el sueño, su imagen no me deja dormir por las noches’. Ella, que siempre fue tan avanzada… Igual le parecía algo al margen de la ‘intelligentsia’ artística, demasiado popular”. Costaba 1.800.000 pesetas (unos 29.000 euros de hoy, si tenemos en cuenta la inflación). Estuvo a punto de venderse un par de veces durante la feria: al diseñador Juanjo Rocafort y al modisto de Marujita Díaz. Las figuras fundidas de Manuel y Rodrigo continuaron su sueño en el almacén de la galerista durante tres años. Hasta que uno de sus compradores habituales, un estadounidense ya algo mayor, asesor de la Tate Gallery, se la llevó primero a Londres y después a Nueva York, donde moriría víctima del sida seis años después. Nadie hoy es capaz de ponerle nombre. Rodrigo lo llama Irwin. Sí recuerda el del novio, Miguel, un guapo argentino parecido a su Manuel.

Y aquí es cuando el investigador Joaquín García subraya su condición simbólica: “Para mí, la escultura ‘Manuel’ es la primera gran obra ‘queer’, en todos los sentidos de la palabra ‘queer’, del arte español. No solo por lo que significa mostrar la historia de amor de dos hombres, no podemos reducir lo ‘queer’ solo a lo homosexual; sino también por esa estética ‘queer’ en el sentido de rara, porque es cronenbergiana: estos señores saliendo uno del cuerpo del otro con una bombilla como corazón compartido tiene mucho de la nueva carne que también estaba explorando David Cronenberg por esa misma época. Todas las acepciones del término ‘queer’ están en ‘Manuel’. Como también está el momento en el que entra en contacto con la tragedia del sida. La propia escultura vive la peripecia del homosexual a lo largo de esos años: desde la frustración sexual de un amor que es casi como una historia de armario hasta el virus, porque el coleccionista que la adquiere se muere de eso”.

Tras el fallecimiento del comprador, el novio heredero de la figura quiso devolvérsela a su legítimo dueño. La dimensión poética del periplo de ‘Manuel’ se amplifica de acuerdo con el relato de su artífice. “Miguel me la mandó a gastos revertidos a Madrid, con un embalaje maravilloso, a la americana, y en el aeropuerto me dijeron que recuperarla me costaría 600.000 pesetas. A mí, que pagaba 20.000 pesetas de alquiler mensual. Así que me dediqué a ir al aeropuerto solamente a pagar los intereses de almacenaje, para que no se deshicieran de ella. Hasta que un día hablé con el jefe de depósito, le conté todo a corazón abierto. Me abrazó y me dijo: llévesela inmediatamente. Imagínate, me eché a llorar como una magdalena”. Desde entonces, allá donde se ha mudado, la figura de Manuel ha dormido a los pies de su cama, alejada de los ojos del mundo.

Hoy Rodrigo tiene 74 años; Manuel, 71. Rodrigo tiene una hija, sobrevive sin dejar de dibujar y está instalado en un pueblo de la Sierra Norte de Madrid. Manuel tiene nietos, enviudó hace un mes tras pasar la vida con su novia de siempre y vive en su pueblo de Granada. Se reencontraron por casualidad con los años, pero apenas mantienen relación, hablan muy de vez en cuando. La última vez que Rodrigo estuvo en ARCO como artista fue en 1998. Su obra más memorable vuelve al mercado por 80.000 euros. Ahora, dice, está preparado para despedirse de su ‘Manuel’, al que da cada día las buenas noches cuando ya se le han dormido acurrucados los gatos y ha echado su rato de lectura. Su abrazo, vaya donde vaya, permanecerá para siempre.