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sábado, 1 de diciembre de 2018

#hemeroteca #diversidad #politica | Daniel Bernabé: "En general, el que vive de una forma individual es un desgraciado"

Imagen: Público / Daniel Bernabé
Daniel Bernabé: "En general, el que vive de una forma individual es un desgraciado".
El autor de 'La trampa de la diversidad', habla con 'Público' sobre el sorprendente éxito de su ensayo que ya va por la sexta edición. Los estragos del neoliberalismo en la izquierda, el individualismo vinculado a los mercados de consumo y las guerras culturales de la izquierda y la derecha ocupan el espacio central de esta entrevista.
Alejandro Tena | Público, 2018-12-01
https://www.publico.es/culturas/daniel-bernabe-general-vive-forma-individual-desgraciado.html

La izquierda siempre ha tenido una enorme necesidad de debate. Un ímpetu activo por el análisis. De esa clásica mirada crítica nació 'La trampa de la diversidad', un libro atrevido que pese a las críticas ha conseguido convertirse en uno de los ensayos de mayor éxito de 2018.

Su autor, Daniel Bernabé, viene de Fuenlabrada. Se ha acercado al corazón de Malasaña para hablar con Público sobre su libro, sobre las críticas y sobre los peligros sociales que esconde el neoliberalismo. El escritor y periodista, columnista habitual de La Marea, se sienta en una pequeña terraza de la histórica plaza del Dos de Mayo. El camarero trae dos cervezas. La grabadora se ha encendido y su voz crítica comienza a sonar.

P. ¿A qué se debe la buena acogida del libro?

R. Pues mira, evidentemente, el libro puede tener sus valores propios, pero, más allá de ello, es un libro que se lee fácil, es un libro directo y accesible. No es por mí, que no soy un tipo conocido, tampoco por la editorial. Eso indica que, antes de que saliera el libro, existía un tipo de preocupación de inquietud que el libro ha cubierto de alguna forma.

P. Sin embargo, ha provocado debates y críticas dentro de la izquierda ¿cómo lleva eso?

R. Bueno, con diferencias. Una cosa son los artículos y otra cosa son las campañas de desprestigio a través de las redes sociales. Este verano lo llevé muy mal, lo digo con total sinceridad. Lo llevé muy mal porque tenía que defenderme constantemente de cosas que yo no había escrito. Una vez que el libro comienza a venderse bien y a convertirse en un éxito a nivel comercial y que, además, determinados medios de comunicación prestigiosos, como Pepa Bueno en la Cadena SER, te invitan y te prestan su espacio, lo empiezas a llevar mejor. Dicho esto, ha sido complicado y duro. Respecto a las criticas académicas y más intelectuales, lo he llevado con cierta paciencia, porque creo que ha habido gente que no ha sabido comprender el libro.

P. ¿No han sabido o no han querido?
R. Buena precisión. Vamos a dejarlo en que ha habido gente que no ha sabido. Este es un libro que resulta incómodo porque plantea un cambio en la forma de entender como la izquierda tiene que enfrentarse a los problemas. Unas formas que lleva practicando desde hace veinte años. Quizá, por eso es incómodo.

P. También ha recibido comentarios halagadores de personajes conservadores como Juan Manuel de Prada.
R. Sí. Sé que esto que voy a decir es complicado de entender en un contexto de blancos y negros y de una vulgarización de la política, pero Juan Manuel de Prada es un conservador muy particular o, al menos como el me dijo, no es un conservador como tal. Él es un tradicionalista, es católico y es antineoliberal. En ese sentido nos parecemos, porque se pueden parecer perfectamente una persona de izquierdas como yo y una persona conservadora. Al final, determinados valores que tienden más a una cierta ordenación lógica de la sociedad, en contra de esta acracia económica en la que estamos inmersos, los pueden compartir determinadas personas que se sitúan en espectros políticos diferentes.

Por ejemplo, en una población vino a verme una concejala del PP a la presentación de mi libro. La señora al final vino y me dijo: "Oye, el caso es que algunas cosas que decías me parecían que tenían cierta lógica". Yo le dije: "Mira es que tú eres conservadora, no eres neoliberal". Le pregunté: "¿A ti te parece bien que desahucien a la gente de sus casas" y la señora me decía que no. "¿A ti te parece bien que el capital extranjero venga y se lleve a las empresas españolas?", además se lo planteas así y les matas. Hay una cierta nostalgia de un mundo ordenado en el que había una serie de valores, los cuales yo no comparto, que el propio neoliberalismo se está cargando. El neoliberalismo está yendo en contra de su propio orden liberal antiguo. Esto quiere decir que también hay muchas personas de derechas que no están sabiendo ver lo que está ocurriendo.

P. ¿Qué es la trampa de la diversidad?

R. Este no es un libro contra la diversidad. Lo he dicho en las cinco mil entrevistas y en el propio libro. La diversidad es un hecho que ocurre en nuestra sociedad. Ahora, como cualquier hecho, puede ser analizado y reinterpretado y enfocado hacia ciertos intereses. En este caso, toda la hegemonía cultural del neoliberalismo ha utilizado un cierto gusto por la diversidad para polarizarnos, atomizarnos y meternos en diversos compartimentos estancos que lo que nos impiden es trazar relaciones comunes y buscar un sujeto político común, que es algo básico para cambiar la sociedad. Se puede tener dinero y medios o puedes tener mucha gente. Evidentemente si tu no formas parte del poder no puedes tener dinero y medios y tienes que buscar a mucha gente que te apoye y eso es muy difícil de lograr cuando cada uno está en su compartimento estanco. Este libro no niega que existan problemas específicos para diferentes colectivos o para las mujeres, lo que afirma es que hay que buscar una serie de fortalezas comunes que hemos perdido.

P. El libro analiza desde una perspectiva crítica el papel de la izquierda en la sociedad actual, pero ¿es capaz de plantear alternativas?
R. No es ni mi objetivo, ni mi misión, en el sentido de que no soy un teórico y tampoco un activista. Yo soy periodista y escritor y mi función es contar lo que veo. Respecto a las alternativas, al final lo que planteo es que no podemos hacer política en el terreno del ámbito neoliberal aceptando sus reglas. Hay que plantear un escenario de guerra asimétrica donde se busquen las afinidades que antes teníamos y hemos perdido.

P. ¿Cuáles son esas afinidades?

R. Aquellas que están relacionadas con el conflicto entre el capital y el trabajo, porque al final esas son las que afectan a nuestra vida cotidiana de una forma más directa. Hay otras cuestiones que afectan también, pero que compartimos en menor medida. El hecho de que se hayan abandonado estas afinidades tiene mucho que ver con que la izquierda perdió sus herramientas y sus métodos para transformar la sociedad y se dedicó a gestionar lo que había, abandonando los sujetos políticos tradicionales por los sujetos políticos de la diversidad.

P. También habla de un pensamiento individualista sustentado en el consumismo.

R. Lo que intento es explicar que esto no se da de un día para otro. Es un viaje que lo que viene a decir es que nuestra relación con la política en los últimos cuarenta años ha cambiado y ha pasado a ser cada vez más consumista y aspiracional. Un modo que tenemos de relacionarnos con la política es simplemente como una forma de agregar algo a nuestra identidad, lo que nos impide hacer política en base a lo común, en favor de una política declarativa. Somos aquello que decimos en cuanto lo decimos, es decir, nos fijamos mucho en lo simbólico y en lo que únicamente nos afecta a nosotros. Con lo cual, llega un momento en el que es muy difícil buscar afinidades y herramientas de cambio concreto. Obviamente que sigue habiendo gente que sigue haciendo una política más comunitaria, pero este es un libro de tendencias que va apuntando hacia donde va el asunto.

P. La tesis de la mercantilización de la diversidad recuerda un poco a la teoría de Naomi Klein de 'La doctrina del shock'. ¿Se podría decir que este modelo de diversidad es una especie de latigazo o descarga que adormece a la gente?
R. Más que un shock, es lo contrario; una seducción.

P. ¿Un shock positivo?
R. Sí. La gran tragedia de nuestra época es que tenemos una ansiedad enorme por la representación. Por una representación cada vez más específica. Esto hace que nos sintamos muy poco afines a categorías generales y universales que engloben a mucha gente. Sentimos que esas categorías no nos valen y que definirse como clase trabajadora es algo vulgar. Tratamos de distanciarnos y decir "óomo voy a parecerme yo a ese". Entonces tenemos que ir diseccionando y buscando, casi como customizando, nuestra identidad en base a la política. Eso es estupendo, en el sentido de que nos sentimos representados, pero es tremendamente poco útil para construir afinidades. ¿Cómo construimos movimientos de masas, que son los que durante el siglo XX cambiaron las sociedades, cuando la gente es incapaz de juntarse o llorar con el que tiene al lado?

P. Este individualismo no sólo repercute en los procesos políticos, también ha cambiado el tejido social de los barrios, el apoyo mutuo y el contacto vecinal ¿no cree? Se me viene a la cabeza la mujer que se suicidó el otro día en Chamberí antes de ser desahuciada: nadie la conocía, vivía sola, sin familia...
R. Vivimos en una contradicción permanente. Tenemos una ansiedad enorme por convertirnos en individuos, específicos y aislados, pero no nos damos cuenta de que en esta sociedad la soledad es muy cara a todos los niveles, no sólo al económico. Es muy caro a nivel emocional y vital. Nunca ha sido tan caro vivir solo. ¿Por qué? porque nunca ha salido tan caro en el sentido de que en épocas anteriores al capitalismo y en etapas de desarrollo capitalista, sí podía haber huecos incluso para aquellos individuos excepcionales de clases más bajas. Hace poco veía una película de Michael Caine que venía a contar esto en los años sesenta. Cómo individuos de clase obrera, él mismo, aprovecharon el momento para crecer. Hoy en día es imposible. Es imposible porque está cerrado por completo, entre otras cosas, porque la potencia capitalista no tiene capacidad para desarrollar sus factores productivos. Con lo cual, a lo único que se dedica es a la especulación y para especular tienes que tener mucha pasta desde el principio. Toda esta mierda que nos han vendido de los emprendedores y las startups son todo mentira. Todo mentira. Nunca nos cuentan los emprendedores de dónde vienen y hacia dónde van. Nos han metido una ideología, una moral, una ética del individualismo que resulta que nos es imposible llevar a cabo. En general, el que vive de una forma individual es un desgraciado. Este es un barrio [Malasaña] lleno de desgraciados. He vivido aquí y sé de lo que hablo. Todo profesionales culturales que no van a ninguna parte. Gente que vive en unas condiciones realmente precarias. Tú debes saber bien de lo que hablo, con todo el tema de la comunicación y el periodismo. Al final no hay espacio como había antes para llevar una carrera periodística a buen nivel. Hay una gran contradicción entre ambos términos, entre lo que creemos que podemos ser, que es lo aspiracional, y lo que realmente somos.

P. Interpreta esto como una gran victoria de la derecha, pero ¿qué papel tiene la izquierda en toda esta decadencia?
R. La izquierda durante el siglo XX tiene un papel articulador. Es decir, las identidades son una mezcla compleja, entre lo material —lo que realmente se es— y una serie de mediaciones culturales. La izquierda también mediaba culturalmente, creando identidad y redes en las que la gente se podía integrar eficazmente y podía vivenciar su ideología. Es decir, tu eras comunista en cuanto que hacías comunismo diariamente; en tu barrio, en tu trabajo, en tu sindicato... No eras un comunista atomizado en Twitter. Tu vivencia de la política te hacía poder tener redes y poder desarrollar una conciencia mayor. Esto ocurría en multitud de sitios y algunas ciudades muy concretas del norte de Inglaterra, incluso en los ámbitos futbolísticos, donde estaba muy unido todo: sentimiento de clase obrera y de pertenencia a un club de fútbol. El problema es que la izquierda renuncia a eso y no se pregunta por qué la clase trabajadora le ha dejado de votar, centrándose en la clase media, a la cual ve como un granero de votos que puede tornarse hacia un lado o hacia otro. De ahí viene el mito de que el centro es el que decide las elecciones, cuando realmente quién decide las elecciones es la abstención. Lo que ocurre es que nadie se fija en la abstención y se da por normal que en España haya, en las últimas elecciones, once millones de personas que no fueron a votar. El PP sacó, si no me equivoco, siete millones de votos. Quien decide las elecciones no es el centro, como nos han hecho creer los politólogos, periodistas y analistas, quien las decide es la abstención. Es decir, la clase trabajadora que se siente absolutamente enajenada de la política. Por cierto, la ultra derecha va a hacer mella ahí. Ya lo está haciendo.

P. Podemos renunció a hablar de clase obrera y adaptó el discurso de clases a la época, hablando de un frente entre 'los de arriba' contra 'los de abajo' ¿Cree que si hubieran apelado a la clase obrera desde el principio habrían alcanzado mayor éxito político?
R. No. Esto no va de discursos. La política no es una ecuación cerrada en la que si yo digo 'X' consigo 'Y'. Pensamos que es así, pero no lo es. Izquierda Unida, si te fijas en sus campañas de finales de los noventa en adelante, son muy parecidas a las de Podemos, pero el contexto era diferente y los líderes eran diferentes. En esta pregunta que me haces, en el fondo, lo que se dirime es la cuestión de "o nos adaptamos a lo existente porque nos es imposible cambiarlo y nuestra única forma de actuar sobre la sociedad es poder tener una fuente de rutinas narrativas que nos consigan meter en el juego" o "planteamos una guerra asimétrica y nos salimos de su juego". Es verdad que no habría tenido un resultado mejor por apelar a la clase obrera en su discurso. Pero no va de eso, va de poder articular una política en base a experiencias comunes cotidianas. Ahí es dónde realmente se hace algo diferente donde el neoliberalismo no te puede robar la tostada. Si no, eres un producto más, lo que pasa es que te vendes de una forma diferente. Podemos tuvo cierto éxito, pero fue un éxito muy reversible, porque en el momento en el que al poder se le pasa toda esta tostada de la crisis y consigue poner en funcionamiento toda esa maquinaria, rápidamente revierte el asunto. Ahora, con el ascenso de la ultra derecha, ya no parece buena idea aquello de "no somos ni de izquierdas ni de derechas".

P. En estos cambios sociales y políticos, usted apunta a la industria tecnológica como una especie de factor decisivo a la hora de difuminar la conciencia de clase y potenciar el pensamiento individualista, ¿no cree que también tiene elementos positivos de cara a lo colectivo? El 15M, la Primavera Árabe o el movimiento actual de los 'Chalecos Amarillos' se ha gestado a través de las redes sociales.
R. Me acuerdo que tras el atentado del 11M salieron cientos de libros que hablaban del valor de los SMS para cambiar nuestras vidas. Visto hoy, nos suena hasta pueril ¿no?. Que podamos comunicarnos de una forma rápida tiene que tener importancia, sí. Tanto como que la ultra derecha ha aprovechado las redes sociales y la mensajería instantánea tipo Whatsapp de una forma más útil que la izquierda. Esto es así porque su mensaje es destructivo y de odio, mientras, el mensaje de construcción propio de la izquierda se presenta mucho más difícil de explicar a través de un mensaje de texto o un tuit. En ese sentido, tras 20 años de Internet popular, la suma de resultados es enormemente negativa. Funcionábamos mejor cuando nos organizábamos sin este tipo de cacharros. No digo que se pueda prescindir de eso, es imposible a estas alturas. Pero en los 70 se funcionaba de puta madre y no había ningún cacharro. La gente se organizaba en base a dos cuestiones sencillas: una ideología muy fuerte y unos métodos de participación permanente. Ahora tenemos una lógica de participación permanente en base a la nada. Todo el rato estamos participando, escribiendo opiniones, poniendo tuits. Nunca antes habíamos escrito tanto, pero lo hacemos de una forma muy fraccionada con la que es imposible enterarse de nada.

La velocidad y la rapidez también han sido confundidas con la vulgarización del mensaje y la falta de autoridad. Esto es importante porque la izquierda no se atreve a decir estas cosas, pero nos hace falta autoridad intelectual. No puede valer lo mismo la opinión sobre el holocausto de un centro de estudios de Mauthausen que la opinión que tenga un paleto de Wisconsin en Youtube. Pero desgraciadamente las dos opiniones parecen tener el mismo valor. Un chaval o una chavala puede recibir estas dos opiniones en la misma línea y el mismo nivel de autoridad y esto es muy problemático.

P. ¿Y cómo se lucha contra ello?

R. Puedes luchar contra ello utilizando las mismas armas... Ahora ¿tu como explicas la guerra de Siria? Es un tema hipercomplejo. ¿Se puede explicar como funciona el imperialismo, la guerra y las olas de refugiados de manera rápida? Yo no sabría hacerlo. Pero es muy fácil decir "los moros nos vienen a invadir" y jugar con esa idea tradicional. Yo creo, sin desmerecer a los youtubers que lo intentan explicar, que la única manera de luchar contra esto es integrar a la gente en la vida real. Es decir, es mucho más difícil que te creas esas mentiras cuando participas en actividades sociales, militas en un sindicato o en un partido político, que cuando estás tu solo. Al final, vamos otra vez hacia la atomización de la actividad política que pretende cambiar conciencias, pero de uno en uno. Ellos pueden hacerlo porque al final juegan en casa. Juegan con todos los prejuicios existentes en nuestra sociedad, pero la gente que quiere cambiar esto tiene que saber que es muy difícil hacerlo en su terreno de juego y con sus herramientas. Hemos pecado de arrogantes al pensar que podemos aprovechar a nuestro favor las cosas que surgen del neoliberalismo.

El Twitter, por ejemplo, no ha tenido nada positivo para la sociedad. Es más, lo único que ha hecho ha sido que nos encerremos en grupos de afinidad donde determinadas personas te dicen lo que quieres oír, propiciando que tu percepción del mundo sea muy sesgada. Me acuerdo que tras las elecciones generales salieron muchos chavales y chavalas jóvenes que no habían podido tener antes una experiencia política y que se preguntaban cómo era posible que Podemos hubiera perdido las elecciones, porque toda la gente que conocían eran afines. Claro, es que hay mucha más gente que tú no conoces, que no están en tus redes sociales o que, directamente, no están en las redes sociales.

P. Llaman la atención conceptos que utilizas como infantilización o puerilidad de la izquierda o la 'uberización' de Podemos ¿a que se refiere con ello?

R. El otro día iba por este barrio, que llevo en él desde que tengo 17 años, y empiezo a ver patinetes por todos lados. Entonces, en un tono provocador, digo que me cago en los patinetes y que, de Zipi y Zape, hemos pasado a ser los adultos los que llevemos estos patinetes. Semanas después de que yo escribiera sobre el tema, empieza a haber cierto movimiento que denuncia que las cosas no van bien con este tema. Por una cuestión: hemos eliminado el factor trabajo de la ecuación. Esos patinetes los coge la gente, se los lleva y los carga en su casa por cuatro duros. Es decir, una auténtica 'uberización' de las relaciones laborales. De esta forma, termina por desaparecer el factor trabajo de las empresas. ¿Por que a la gente le gusta? porque dicen que es un medio de transporte verde. Eso es la infantilización de la sociedad, que con que te pongan una etiquetita te creas que estás haciendo un bien por el mundo en el que vives. Ya está bien de eso.

Con la política está pasando un poco lo mismo. Carmena, que es una señora muy querida aquí, pero con su actitud de que ella es la que elige a los mejores está dando la sensación de que lo que dirige es una empresa. ¿Hacia quién responde ella? Porque nos quejábamos mucho en el 15M de los partidos políticos, pero al menos un partido tenía unas reglas de respuesta a sus direcciones ,¿frente a quién responde Carmena? Mi problema es que esta gente venía hablando de participación como algo esencial y al final ellos mismos se lo han cargado al decir que no se someten a primarias. Las primarias me importan un bledo, pero ellos son los mismos que insistían en que las primarias lo eran todo y ahora no las quieren. Me parece alucinante que nadie proteste por ello. A mí no me importa que la gente cambie de línea ideológica, pero me gusta que me expliquen las razones.

P. Quizá porque no hay un respaldo ideológico detrás.

R. Sí lo hay. Siempre hay ideología. Nadie carece de ideología, pero esta es una ideología de un progresismo muy particular que se dedica a crear grandes espectáculos como la inauguración de Gran Vía, que no tiene ninguna función social, más que generar un aumento del comercio porque la gente compra andando por la calle. Se nos vende como movilidad sostenible. Otra cosa es que estemos en un momento muy infantil donde con cuatro etiquetas nos puedan convencer de este tipo de memeces, que es lo que son. Que no nos vendan que es mejor para la gente. Es mejor para la gente que se nacionalice la banca, eso sí es mejor para la gente.

P. Habrá quien piense que sí hace falta un cambio para una ciudad más sostenible y sin contaminación.

R. Desde que han cerrado la fábrica de Coca-Cola en Fuenlabrada toda esa bebida entra en Madrid en camiones. Los trabajadores estuvieron calculando, creo que con ayuda de Ecologistas en Acción, la contaminación que se añadía a la ciudad con la entrada de camiones y vieron que aumentaba un tanto por ciento muy importante. Solamente con ese detalle te das cuenta de que estas medidas tienen un valor únicamente simbólico, en el sentido de que se hacen para fingir delante de tu electorado que sigues siendo progresista, porque ya no te queda nada más que hacer. Si eres incapaz de enfrentarte a Montoro con la deuda, si eres incapaz de enfrentarte a los mecanismos económicos que rigen esta ciudad como los precios del alquiler, ¿qué es lo que te queda? Esta es la política del sobrante, que consiste en hacer de nuestra debilidad virtud. Sé que es un discurso duro y desasosegante, pero es el que hay.

P. También habla de lo políticamente correcto y pone al cómico Ignatius Farray como ejemplo, ¿cree que el mercado de la diversidad ha dinamitado las posibilidades de un debate constructivo?
R. El problema en el debate es que la diversidad se ha sobrerrepresentado. Como no se pueden alterar las estructuras económicas nos hemos dedicado a insistir en otras políticas. Esto ha creado una sensación de hipocresía que nos puede hacer pensar: "no puedo decir esto, pero luego sí que va a seguir ocurriendo en el fondo". Me parece necesario el nombrar a la gente como quiera ser nombrada. No es de recibo utilizar un lenguaje machista o racista, eso que quede claro. Ahora, lo que yo digo es que si eso no va acompañado de medidas reales de cambio, al final se crea ese hueco asqueroso para que la derecha aproveche este asunto y salga con "lo políticamente incorrecto". Llegado un momento me es muy difícil mantener un discurso cuando constantemente este espacio progresista está permanentemente jugando a las guerras culturales, que son muy perjudiciales para los grupos que dicen defender. Lo que no es normal es que nos comportamos como la derecha. El espacio progresista hace lo mismo que la derecha con Dani Mateo y la bandera. La diferencia es que ellos tienen capacidades de coacción, van a un juzgado y te denuncian, y además ellos asustan, mientras que los progresistas no tienen ni medios de coacción ni asustan. Para jugar a las guerras culturales hay que tener las mismas capacidades, si no, mal asunto. La derecha no pierde ni una sola guerra cultural cuando se mete en ellas, cada vez que se mete nos arrasa porque, encima, la izquierda cede. Un ejemplo, los titiriteros. ¿Por qué no se les defendió?

P. En el plano cultural se ha mostrado muy crítico con O.T ¿Por qué?
R. Evidentemente prefiero que en un programa se hagan cantos a la tolerancia antes que se insemine el orgullo blanco. No tengo mayor problema con Operación Triunfo, que lo vea quien quiera y que lo disfrute quien quiera, pero que lo hagan como un programa de entretenimiento. El problema es cuando se empiezan a ver, haciendo de la debilidad virtud, unos grandes valores en un programa que es básicamente un negociazo para una empresa de contenidos televisivos privada. Una empresa que lo que hace es utilizar unos valores positivos para blanquear su espacio que en el fondo está preñado de valores neoliberales. A mí me molesta que haya partidos de izquierdas que aplaudan OT. Ahora ya no, en esta segunda edición no tanto y, sinceramente, aunque suene arrogante, creo que mi artículo algo tuvo que ver. Hay mucha gente en este país que se deja los cuernos en el ámbito de la literatura y de la música que no recibe ningún tipo de ayuda. Me sorprende la ceguera de los partidos de izquierdas de este país de no ser capaces, con sus cuentas, de recomendar una vez a la semana un libro o un disco de gente que no tiene las capacidades comerciales de llegar al gran público.

P. ¿Puede tener que ver con el hecho de que los partidos estén inmersos en una sociedad mercantilizada y eso, al final, es publicidad gratuita?
R. Cuando los líderes políticos hablaban de OT, a ellos les importaba un bledo el programa. Ellos, en el fondo lo que querían es normalizarse. Como no tienes capacidad para cambiar la sociedad lo que haces es parecerte a ella. Quien se puede parecer a la sociedad es Albert Rivera o Pablo Casado, que sí tienen capacidades para actuar sobre la sociedad. Ellos han conseguido transformar la realidad en base a sus líneas. Cuando la izquierda se quiere parecer a la sociedad, lo que hace es cimentar esa sociedad y darle cierta de legitimidad. De esta forma lo que pasa es que no se quiere tocar nada porque no quieres parecer contrario a los gustos de la gente. ¿Dónde están los cantos a la hegemonía y a Gramsci que se hacían unos años atrás en los partidos de izquierdas? Al final no se han cambiado ninguno de los resortes culturales de la sociedad sino que ha habido una adaptación. OT es una anécdota pequeña pero, en el fondo, resume muy bien cuál es nuestra relación con la política: hacer pensar que todo va bien porque en un programa de televisión se reconocen a los homosexuales. Es un problema porque en este país, los homosexuales que lucharon por ser reconocidos, no eran los mismos que están patrocinando la cabalgata del orgullo con Idealista. Era gente que se partía la cara y luchaba de una forma organizada. Para esa gente, todos mis respetos, pero lo que tenemos hoy son personajes que se aprovechan de la condición LGTB para hacer un negocio. No tengo que respetarles por una condición de clase.

domingo, 19 de agosto de 2018

#hemeroteca #educacion | Que todos queden atrás

Imagen: Deia / Rodaje de 'Mientras dure la guerra', de Alejandro Amenábar
Que todos queden atrás.
Arturo Pérez-Reverte | XLSemanal, 2018-08-19
https://www.xlsemanal.com/firmas/20180819/perez-reverte-todos-queden-atras.html

Me lo comenta Javier Marías después de cenar, cuando se fuma el segundo cigarrillo en la terraza del bar Torre del Oro, en la Plaza Mayor de Madrid. Estamos sentados, disfrutando de la noche, cuando me habla del artículo que tiene previsto escribir uno de estos días. ¿Te has dado cuenta –dice– de que en los últimos tiempos está de moda destruir la imagen de cuantos hombres ilustres tenemos en la memoria? Pienso un poco en ello y le doy la razón. Pero no sólo en España, respondo. Ocurre en toda Europa, o más bien en lo que aún llamamos Occidente. Destruir a quienes fueron respetables o respetados. Derribar estatuas y bailar sobre los escombros. Es como una necesidad reciente. Como una urgencia.

Javier menciona nombres. No se trata ahora tanto, dice, de reivindicar a las muchas mujeres a las que la historia dejó en la oscuridad, ni de atacar a las conocidas, pues con ellas se atreven menos –aunque les llegará el turno–, como de ensombrecer biografías masculinas. Alfred Hitchcock, indiscutible genio del cine, pasó hace poco por eso: misógino, sádico, despótico. La película con Anthony Hopkins lo dejaba, además, como un idiota. De Gaulle tuvo lo suyo hace unos años, y ahora le toca a Churchill. El más brillante político de la Segunda Guerra Mundial, el que hizo posible que Europa resistiera a los nazis, aparece como un cretino en las películas que se han hecho sobre él.

Mientras damos un paseo antes de despedirnos, le paso revista a España. No se trata ya de Churchill, Hitchcock o De Gaulle, pues no los tuvimos; pero sí de quienes destacaron por sus actos o talla intelectual. Cierto es que en demoler reputaciones aquí tenemos solera: Olavide, Moratín, Jovellanos, Blasco Ibáñez, Unamuno, Chaves Nogales y tantos más. Incluso quienes fueron decisivos en la historia reciente: Suárez, Fraga, Carrillo, González. Pocos escapan a la máquina de picar carne, la necesidad de restar méritos, de rebajarlos según la tendencia, como dice Javier, de ‘no admirar nunca a nadie’. No se trata tanto de desmitificar como de destruir. Nada existe que no pueda ser violado, como decía Cicerón. Nadie merece ya respeto por su inteligencia o biografía. Cualquier analfabeto apesebrado en una formación política, cualquier cantamañanas nacido ayer, cualquier director de cine o periodista ágrafos hasta el disparate, cualquier tarugo con Twitter, cuestiona sin complejos a quienes ni podría rozar en talento, honradez o prestigio. Y acto seguido, centenares de imbéciles, tan ignorantes como él, asienten con la estólida gravedad de los tontos solemnes.

Tengo una teoría personal sobre eso. Y digo ‘personal’, así que no hagan responsable a Javier –en bastantes líos lo meto ya–, sino a mí. Del mismo modo que antes se admiraba a hombres y mujeres por su mérito, ahora unos y otros molestan. El talento incomoda como nunca. Los mediocres, los acomplejados, los bobos, necesitan que la vida descienda hasta su nivel para sentirse cómodos, y es destruyendo la inteligencia y ensalzando la mediocridad como están a gusto. En España, el talento real está penalizado. Convierte a quien lo posee en automáticamente sospechoso. De ahí a la nefasta palabra ‘élite’, tan odiada, sólo media un paso, claro. Y la palabra ‘fascista’ está a la vuelta de la esquina.

¿Creen que exagero?… Echen un vistazo a los colegios, a los niños. Lo he escrito alguna vez: todo el sistema educativo actual está basado en aplastar la individualidad, la inteligencia, la iniciativa, el coraje y la independencia. En destruir a los mejores, con reproches incluidos a los padres: Luisa no habla con sus compañeras y prefiere leer, Alberto levanta demasiado la mano, Juan no juega al fútbol ni se integra en trabajos de equipo. Etcétera. Todo se orienta a rebajarlos al nivel de los más torpes, convirtiéndolos en rebaño sin substancia. No se busca ya que ‘nadie quede atrás’, sino que ‘todos queden atrás’.

Ganarán los mediocres, no cabe duda. Suyo es el futuro, y se nota mucho. A ellos pertenece un mundo que los imbéciles –ni siquiera hay malvados en esto–, asistidos por sus cómplices los cobardes, fabrican a su imagen y semejanza. Por eso es tan admirable el tesón de quienes resisten: chicos, profesores, padres. Los que se mantienen erguidos y libres en estos tiempos de sumisión, rodillas en tierra y cabeza baja. Los que siguen necesitando referentes a los que admirar, nutrirse de libros, cine, ciencia, historia, literatura y cuanto sirva para obtener vitaminas con las que sobrevivir en el paisaje hostil que se avecina. Lecciones inolvidables de inteligencia y de vida.

miércoles, 8 de agosto de 2018

#hemeroteca #activismo | La clase siempre vuelve

Imagen: ctxt / Ilustración de La boca del logo
La clase siempre vuelve.
Lo más útil para combatir la neoliberal fragmentación de identidades no es decretar la existencia de una clase a la que haya que subordinar luchas o demandas, sino pensar la articulación de las diferencias sin someterlas a una unidad previa.
Jorge Lago | ctxt, 2018-08-08
http://ctxt.es/es/20180808/Firmas/21123/Jorge-Lago-Espa%C3%B1a-clase-15M-identidad-politica-izquierda.htm

A nadie se le escapa que las cosas no son como muchos y muchas queríamos. Que, en resumen, el cambio político se ha quedado paralizado o, si acaso, transfigurado por una nueva y aparente resurrección de la socialdemocracia. Las esperanzas puestas en una profunda transformación del régimen político nacido del 78, esas que se hicieron fuertes en el 15M y parecía que Podemos y las confluencias estaban en disposición de convertir en cambio institucional, se han quedado suspendidas en el aire.

Dicho esto, no tengo intención aquí de discriminar la naturaleza de este cambio, si estamos ante una política cosmética de gestos o frente al reconocimiento pragmático de los límites de la acción institucional en el actual marco europeo. Creo que hay una pregunta previa que debe ser aclarada. Una pregunta que, de paso, permite enfrentar el riesgo no menor en el que creo que nos encontramos: el de una regresión (sentimental, ideológica, intelectual, incluso anímica) ante la distancia melancólica que se cuela entre lo que pudo ser y lo que (no) está siendo. Una regresión, en fin, a una suerte de pre-15M.

Como si nada hubiese pasado desde entonces, como si no hubiésemos llegado más lejos, quizá, que nunca. Como si nada de lo intentado valiese ya, y hubiese que volver al sentido que proporcionaban las viejas certezas (impotentes quizá para el cambio político, pero que proporcionan seguridad en un mundo incierto y demasiado abierto y cambiante). Volver a los viejos repartos de posiciones y a los viejos juegos de oposiciones que ordenaban el mundo y la experiencia: izquierda vs. derecha, material vs. discursivo, economía vs. cultura, clase vs. identidad, unidad vs. diversidad, y suma y sigue. Este riesgo de regresión o ‘revival’ no es, como decía, menor, porque puede convertirse en una profecía autocumplida, como tantas en la historia de las luchas por la emancipación y el cambio social: convertir la actual parálisis o retroceso del cambio en pura y simple imposibilidad.

Dos son las vías de esta regresión ante la constatación melancólica del cambio interrumpido: la vuelta a lo demasiado pequeño, o su aparente contrario, y el regreso a un enemigo demasiado grande contra el que luchar. La primera supone la celebración de la fragmentación y la diversidad de posiciones, demandas, luchas o reivindicaciones (en)cerradas sobre sí mismas, donde lo particular se convierte en horizonte único de lo político. La segunda se desplaza de manera inversa aunque, como veremos, con consecuencias similares. Se trata de un retroceso a la idealización de lo inmenso; detrás o debajo de cada lucha, injusticia, dolor o reivindicación se encuentra la sombra gigante de la necesidad y de la historia: el sistema, el capitalismo global que todo lo puede -la determinación en última o primera instancia de toda acción concreta–, la economía o, incluso, la ley del valor como comodín para toda explicación o análisis.

Fragmentación de identidades demasiado diversas como para encontrarse y articularse políticamente las unas con las otras, por un lado; existencia de una trama invisible que las organiza y explica sin actores ni voluntades, por el otro. En la primera regresión, la política desaparece como acción compartida, mientras en la segunda se reduce a simple derivación de leyes, lógicas y movimientos no elegidos ni decididos por nadie. Una irreductible heterogeneidad social imposible de articular y con la que generar horizontes de sentido colectivos; o una unidad ya dada de antemano del orden y el sentido: la de la clase, la economía, las condiciones materiales… que solo necesitan ser reconocidas para que todos recobremos el sentido.

Pero se trata, quizá, de dos caras de una misma moneda: no se tocan entre sí, no se ven ni dialogan la una con la otra, no parecen poder reconciliarse o encontrarse nunca, pero forman parte indisociable de lo mismo. Porque esta involución a lo inmensamente grande acaba construyendo para sí una identidad radicalizada, desconectada del sentido común, portavoz de una verdad que, sin embargo, no parece ser compartida más que por una minoría. Tan minoritaria, me temo, como todas esas identidades fragmentadas, diversas, atomizadas y neoliberalizadas que no aciertan a encontrar elementos comunes para actuar conjuntamente. A la despolitización siempre se llega por dos vías.

La hipótesis de la que parto es clara: lo más útil para combatir la neoliberal fragmentación de identidades, y el riesgo de su reafirmación melancólica actual, no es decretar la existencia de una clase o realidad material subyacente a la que haya que subordinar luchas o demandas, sino pensar la articulación de las diferencias (de deseos, demandas, necesidades, posiciones y luchas) sin someterlas a una unidad previa (que, por todo lo demás, se nos presenta históricamente como mayoritariamente masculina y blanca).

Para que la articulación política de lo heterogéneo pueda ser pensada es seguramente necesario deshacer alguna que otra premisa del marxismo y la izquierda tradicionales (y aquí habría que distinguir entre marxismos, también entre marxismo y Marx, así como problematizar y diferenciar internamente a esa izquierda que está lejos de converger en una unificación teórica o programática). Por ahora tan solo señalaré que la premisa de la unidad (de la clase, lo social, del sujeto político o de las identidades colectivas, incluso de la misma historia) genera demasiados problemas teóricos y, sobre todo, prácticos: hay siempre algo ya unido antes de empezar a actuar, y ello a pesar de que sus portadores lo sepan. Mientras, el análisis no solo descubre esa unidad oculta de lo social, sino que da por sentada su potencia política a pesar de que no suceda porque nadie la actúa.

El punto de partida de este 'revival' no es, pues, el de una heterogeneidad o diferencia que deba ser articulada o trabajada políticamente, sino el de una unidad oculta que debe ser desvelada. El matiz no es menor: o la política es una construcción siempre precaria y contingente, un salto hacia adelante, una apuesta, incluso una hipótesis que solo se verifica en los efectos que genera, o es, por el contrario, el resultado de desvelar una verdad oculta para los sujetos, pero no para los analistas / intelectuales / periodistas / dirigentes del partido elegidos.

Así que la fragmentación o diversidad de luchas puede pensarse como una desviación de una unidad (pre)existente pero no (re)conocida por los sujetos de esas luchas o, y me parece más plausible, como fruto tanto de una ausencia (la de un sujeto político capaz de articular y trabajar esa heterogeneidad) como de un rechazo (el de estas identidades diversas y fragmentadas a subordinarse o subsumirse bajo una unidad previa e impuesta: la de la clase). Es decir, como rechazo a un diagnóstico y una práctica políticas que piensan y nombran a esas luchas como subalternas en lugar de agregarlas, articularlas o contaminarse con ellas.

Es por ello posible pensar la muy posmoderna fragmentación de luchas e identidades no solo como una consecuencia del neoliberalismo (del individualismo salvaje, de la ideología del hacerse a sí mismo, de la ruptura de todo vínculo comunitario, de la ausencia de sentimientos de pertenencia compartidos) sino también (y este también es importante, no se trata de sustituir una causa por otra sino de entender su interrelación) de las enormes dificultades que han tenido las izquierdas para pensar la heterogeneidad social sin esa pulsión inmediata de imponerle una unidad previa a la que amoldarse.

La enorme potencia política de la clase durante el siglo XIX y XX se debe quizá al acierto en construir entorno a sí misma una unidad de diferentes luchas, pero quizá convenga aceptar que lo hizo gracias a cabalgar una doble contradicción o tensión que hoy ha perdido, pero que otros sujetos políticos pueden mantener. En primer lugar, la tensión generada por ser una parte que se pretende el todo (con el evidente riesgo de subordinar al resto, sí, y de negar la diferencia, también, pero con una potencia histórica indudable para convertirse en el referente de muchas otras luchas, demandas, aspiraciones… hasta confundirse con el pueblo o la nación misma). De representar, por tanto, una totalidad sin ser ni mucho menos el todo. Quizá convenga recordar que la única gran revolución que se hizo en nombre de la clase obrera, la rusa, tuvo lugar en una sociedad fundamentalmente agraria y que, por tanto, la clase obrera, del todo minoritaria entonces, operó como principio vertebrador, como construcción discursiva, movilizadora, agregadora o, si se prefiere, como significante entorno al que articular demandas heterogéneas de un cuerpo social en absoluto unificado.

Y, en segundo lugar, la tensión constitutiva que se deriva de afirmar la posición de los sujetos en lucha (la identidad y posición de clase, su reconocimiento como sujeto político y productivo) y el deseo (revolucionario si se quiere) de acabar con esa posición (la superación del trabajo asalariado como relación social general). Una tensión, por tanto, definida por la reivindicación de lo que se es en una lucha para dejar de serlo. Sin esta tensión, sin esta polaridad entre el ser y su negación, la lucha se convierte en un cierre sobre sí misma de la identidad explotada o dominada. En una afirmación identitaria sin horizonte de salida. Y esto es lo que la crisis de los movimientos, sindicatos y partidos comunistas expresan, creo, en el final de esta doble tensión, y en el consiguiente y trágico repliegue identitario que supone. Veamos:

La clase pierde progresivamente el componente metonímico de la afirmación universalista (es decir, pierde eficacia la operación por la que aparece como una parte que representa al todo o, dicho de otra forma, deja de articular al resto de demandas, luchas o intereses sociales al pretender ser su única y directa expresión). Y lo hace, además y de forma altamente sintomática, en el momento en que las estructuras sociales occidentales, lejos de conducirse hacia una polarización en dos bloques monolíticos y enfrentados, se diferenciaban y diversificaban de forma acrecentada. Así las cosas, la clase acaba siendo una parte con crecientes dificultades para hablarle y hegemonizar al resto. El ejemplo de la caída de los gobiernos populares a ambos lados del telón de acero en la segunda posguerra mundial es especialmente dramático y ejemplificador: gobiernos de coalición entre partidos comunistas, agrarios, republicanos, socialdemócratas que son finiquitados por orden de Moscú, poniendo fin a una efímera pero crucial experiencia de unidad de la diferencia o, si se prefiere, de articulación de la heterogeneidad social. El Partido como expresión paralela de la clase y del todo social. Que esta reducción de la heterogeneidad social a la homogeneidad totalizante de la clase fuese paralela a una negación de la democracia y el pluralismo es, claro, sintomático: sin reconocimiento de la diferencia no hay necesidad democrática.

En cuanto a la tensión entre la afirmación de la identidad de clase y su superación o negación (ese horizonte revolucionario que implicaba la desaparición del trabajo asalariado como principio vertebrador del orden social), queda, también, hecha añicos: todo un imperio (soviético) se erige en nombre del trabajo como único horizonte de vida, al tiempo que al otro lado del telón de acero la regulación keynesiana o socialdemócrata hacía de la dupla trabajo/consumo la vía única para el reconocimiento y la pertenencia ciudadanas. Lejos quedaba, pues, la búsqueda de un más allá de la explotación capitalista, es decir, de la fijación de los tiempos de vida a los espacios productivos (al tiempo que quedaban subalternizados, feminizados y/o marginados los tiempos dedicados a la reproducción o a un ocio y disfrute no compensatorio del mundo del trabajo). Creo que en este punto conviene situar la sintomática incapacidad de los partidos y sindicatos comunistas para entender y trabajar políticamente los distintos 68’, así como los feminismos y los nuevos movimientos sociales. De entender, en síntesis, el rechazo tanto a la disciplina fordista como a un tiempo de vida subsumido en la sola biografía pautada por el trabajo asalariado. También, claro, en el rechazo a seguir esperando una revolución (que no llegaba nunca) para reclamar igualdad, reconocimiento, derechos o, simplemente, una vida que fuese digna de ser vivida.

Con la pura afirmación de clase y su institucionalización, bien como Estado obrero (la clase, el Partido y el Estado confundidos en una santa trinidad), bien como Estado del Bienestar (que socializa los ingresos de los trabajadores al precio de sujetarlos de por vida al trabajo y subalternizar o invisibilizar toda otra forma de pertenencia, reconocimiento y actividad), desaparecía esa otra dimensión constitutiva de la lucha de clases: afirmarse, sí, pero para dejar de ser. Que el neoliberalismo haya sabido atrapar y movilizar el deseo ambivalente de afirmarse y negarse (en esa huida hacia adelante del construirse, inventarse, hacerse permanentemente a sí mismo) no debería hacernos olvidar que esa dimensión del deseo fue previamente abandonada por una parte sustantiva de las izquierdas. ¿Derrota por incomparecencia? Quizá.

Excesiva síntesis de un proceso mucho más complejo esta que vengo de hacer para advertir, clamar o simplemente señalar que, antes de volver a un diagnóstico y una mirada (la clase, la economía, lo material, la verdad) que ya hizo aguas hasta ahogarse (y de hacerlo ignorando la enorme literatura académica y militante que desde al menos los 70 viene procudiéndose sobre el tema), conviene seguir pensando desde esta doble tensión contradictoria o ambivalente: la imposibilidad y necesidad paralelas de lo universal, es decir, el reconocimiento de que el todo, la unidad u homogeneidad social nunca están dadas y son el resultado de una articulación política siempre incompleta y precaria pero necesaria; la afirmación y negación paralelas de la identidad de todo sujeto político emancipador, es decir, emanciparse de tu propia posición e identidad en lucha al tiempo que la afirmas en el transcurso de esa lucha.

Esta doble tensión solo se mantiene y actualiza como resultado de la virtud y la acción políticas, no como traducción/desvelamiento de una verdad material subyacente. Articular políticamente distintas demandas, deseos y necesidades de sujetos heterogéneos que, además, están atravesados por una disyuntiva o brecha constitutiva: afirmarse al tiempo que negarse. Este es, creo, el asunto.

Pero para pensar esta articulación política es necesario deshacer otras dificultades teóricas y prácticas que atraviesan el actual 'revival' de la clase y lo material. De entrada, la que separa la economía de la cultura. ¿Habría luchas culturales que no afectan a la economía y luchas económicas no asentadas en batallas culturales? ¿No hay un componente cultural y económico indisociable en la conformación de las identidades sociales –de clase, género, raza, barrio o pandilla–? La economía es una lógica no cultural que se rige por principios… ¿de qué clase? ¿naturales? ¿económicos –viva la tautología–? ¿Ideológicos? Entonces, ¿qué? Igual conviene pensar la economía como la objetivación, cristalización y naturalización de relaciones de fuerzas, batallas culturales e ideológicas, victorias hegemónicas de unos grupos sociales sobre otros. Sin duda bajo una matriz de relaciones o modo de producción, pero en permanente transformación y sin centro ni, por tanto, ley estructural que todo lo determine y explique.

Y más preguntas: ¿funciona la distinción entre condiciones materiales y culturales? ¿Acaso no duele la desigualdad de reconocimiento y no solo la meramente económica? ¿No es material el dolor? ¿Solo si afecta al trabajo o el salario pero no a la identidad sexual y racial, o al deseo y las aspiraciones o proyectos de vida? ¿Es cultura o economía el anhelo de mejorar tus condiciones de vida? ¿O el de que tus padres, obreros, quieran que vayas a la universidad y corras el riesgo de convertirte en clase media, movidos por esa tensión entre la dignidad de ser obrero y el deseo de trascender, aunque sea a través de tus hijos, esa misma condición obrera? ¿Son traidores de clase? ¿La clase media es un mero invento capitalista para desactivar a la clase obrera? ¿En serio? Igual la distinción economía/cultura no funciona, o distingue menos de lo que aclara.

Veamos otro ejemplo: las luchas feministas, ¿no tienen capacidad de poner en cuestión el reparto de tiempos productivos y reproductivos, articulándose con otras demandas como la de una renta básica o la reducción del tiempo de trabajo? ¿Son las luchas feministas culturales o materiales? Igual la fragmentación supuestamente causada por las llamadas batallas culturales no tiene que ver con que sean simplemente “culturales”, sino con el tipo de “cultura” que interpelan y la “economía” que implican. ¿Las medidas del nuevo Gobierno son meramente culturales y por eso incapaces de transformar profundamente la estructura social y su actual reparto de posiciones? ¿O el problema es que corren el riesgo de recortar la potencia que tiene la posible articulación entre las luchas feministas y las de los pensionistas, estudiantes, gais y lesbianas, ecologistas, taxistas o precarios de Über?

Más allá de la batalla cultural no está, pues, la pura y dura economía, está una batalla política (es decir, cultural y económica) más ambiciosa, que vaya siempre un paso más allá de las reivindicaciones aisladas y concretas puestas en juego en cada momento. Esa es, creo, parte de la lección hegemónica del feminismo: su potencia no solo para marcar la agenda política y mediática, para poner encima de la mesa la necesidad de un reconocimiento siempre negado y tan material como cualquier otro dolor social, para mostrar que la igualdad, como la unidad, no se decreta por leyes o vanguardias sino que se construye. Sino para, como decía antes, articularse también con otras demandas y luchas, como la del reparto de los tiempos productivos y reproductivos, el cuestionamiento de la centralidad del trabajo asalariado en la conformación de la identidad, para poner en el centro del vínculo social los cuidados y las relaciones no mediadas por la mercancía, para dialogar y agregar en sus luchas reivindicaciones (tan simbólicas como materiales) por la renta básica o la reducción del tiempo de trabajo. Es decir, para desbordar la artificial, y seguramente inoperante, separación entre lo cultural y lo económico.

Y la lucha de los pensionistas, ¿no encierra también un cuestionamiento posible de la centralidad del trabajo asalariado para contabilizar las pensiones y, más aún, para dar sentido a una biografía? ¿Acaso no tienen las actuales luchas la potencia de pensar la pensión con independencia del trabajo realizado y el salario obtenido a lo largo de una vida? De desvincular, por tanto, las cotizaciones pasadas de las condiciones de vida y el cuidado debido en el presente. Si esto es así, hay elementos sustantivos para, de nuevo, pensar en común las luchas de mujeres y pensionistas, y de hacerlo yendo más allá del paradigma socialdemócrata de la regulación salarial y la universalización de los servicios públicos.

Se puede (se debe) avivar la ola de cambio político afirmada a partir del 15M, sortear su parálisis actual, sin regresiones y cierres en falso. No va a ser fácil, pero si nos hacemos trampas al solitario, será imposible. Como sostenía Judith Butler hace ya casi 20 años: “Los mismos movimientos que mantienen a la izquierda con vida son justamente a los que se culpa de su parálisis”.

Jorge Lago. Sociólogo, profesor, investigador y editor.

viernes, 3 de agosto de 2018

#hemeroteca #activismo | La trampa de “La trampa de la diversidad”

Imagen: Diario Córdoba / Ptotesta feminista contra la senetencia a la Manada, Córdoba, 2018-04-26
La trampa de “La trampa de la diversidad”.
Juan Carlos Monedero | Comiendo Tierra, Público, 2018-08-03
https://blogs.publico.es/juan-carlos-monedero/2018/08/03/la-trampa-de-la-trampa-de-la-diversidad/

Este es un libro con algo de rencor de clase. ¿Y qué? ¿O es que no tienen rencor de clase -de clase dirigente- Pablo Casado o Albert Rivera y por eso quieren gobernar España? ¿No le vendría bien un poco de rencor de clase obrera a Pedro Sánchez cuando le dice al Ibex 35 ¡tranquilos que vais a seguir como siempre!? La hegemonía neoliberal no consiente que saques pecho con una mirada alternativa. Son los mismos que te gritan '¡Paracuellos!' cuando dices que qué hace un genocida con un mausoleo y también cuando hay una huelga de taxis. O que dicen que tienen derecho a comprarse un vientre. Será porque les funciona.

No es verdad que éste sea un libro contra la diversidad, sino contra la diversidad como trampa. Esto es, “cómo un concepto en principio bueno es usado para fomentar el individualismo, romper la acción colectiva y cimentar el neoliberalismo.”. Es decir, cómo cosas que a priori son positivas, como el esfuerzo o la excelencia son usadas por los pijos y los fachas para encubrir la explotación y la desigualdad de oportunidades. Cómo hemos regalado a la derecha la posibilidad de blanquear el egoísmo o la competitividad o cómo los derechos humanos pueden haberse convertido en la excusa para pisotear en muchos lugares del mundo los derechos humanos. Y también cómo la diversidad puede convertirse en una serie de televisión con cientos de temporadas donde estás enganchado al tiempo que te desconectas del mundo real. Porque eres tú quien le ha dicho a Netflix cómo te gustan las series y por eso las hace especial para ti.

El libro tiene la virtud de abrir un debate, lo que siempre es bueno, aunque también tiene el riesgo de que alimenta el más rancio comunismo de partido, ese que quiere vivir en la utopía inexistente del pasado, cuando había, supuestamente, “buenos obreros”. Es normal que la lectura que va a hacer mucha gente de este libro es que hay que regresar al pasado, ese en donde existía una clase obrera que iba al paraíso. Esa nostalgia la tiene también el autor y aunque dice que no es posible ni deseable, las conclusiones están servidas y son contradictorias: seamos cuidadosos con la fragmentación que hace la defensa de la diversidad, o exploremos alguna suerte de regreso al pasado. Ahí ha saltado el Coordinador General de Izquierda Unida, señalando que las hipótesis de este libro podrían llevar a “posiciones políticas inadecuadas”.

El libro tiene cuatro errores grandes y un descuido:

(1) el error del economicismo (hasta el surgimiento de Lutero explica Bernabé por el desarrollo del capitalismo), cuando el determinismo económico no lo defendía ni Marx. “Destrozaron nuestra identidad obrera y la rellenaron con una variedad diversa y fragmentada de identidades”. Y hay que preguntar ¿quién hizo eso? ¿No le estaremos concediendo demasiado poder a no se sabe muy bien qué tipo de Fu-man-chú que anda conspirando detrás de las puertas? ¿No será la cosa un poco más compleja? Claro que los capitalistas obran según el metabolismo del capitalismo. Pero aún no somos robots programados.

(2) el de no explicar las razones complejas de la crisis de la izquierda desde los 70 y basarlo todo en una conspiración del capital contra los logros de la clase obrera. Bernabé usa la palabra conspiración y eso le resta swing intelectual a sus argumentos. El ecologismo, el feminismo, el cristianismo de base, la crítica a cualquier poder, el pacifismo, la defensa de la libertad sexual, el decolonialismo son todas demandas a las que la izquierda tenía profundas dificultades para responder y se refugiaron en los movimientos sociales y cambiaron a los partidos.

(3) el error de no mencionar la creciente complejidad social, muy vinculada al desarrollo tecnológico y a los procesos de individuación y secularización. Las mujeres ya no llevan luto, los niños tienen derechos, ya no hay viudas alegres, no hay que llegar virgen al matrimonio, se intenta que el trabajo sea algo más que recibir un salario, somos más cosmopolitas, etcétera. La complejidad social es la que hace a los Estados nacionales muy grandes para gestionar algunas cosas y muy pequeños para gestionar otras. La globalización no puede despacharse como un truco del capital. Vamos, que estamos en el siglo XXI y la URSS se disolvió en 1991.

(4) por último, y quizá el error más injusto del autor, no entender que una parte importante del mundo que tenemos se ha logrado gracias a las luchas obreras, a los triunfos, a las victorias populares. Porque la correlación de fuerzas nunca está totalmente al lado del capital. Es decir, el mundo que tenemos tiene el rostro también de nuestras victorias, no solamente de nuestros fracasos. Es el error repetido del estructuralismo, que fía todo a estructuras rígidas y omnipotentes y renuncia a los actores sociales.

Y queda el descuido, que es despreciar todas las reflexiones que desde hace algunas décadas están buscando la síntesis superadora entre el reconocimiento y la redistribución, por ejemplo, los trabajos de Boaventura de Sousa Santos (cita Bernabé a Nancy Fraser, pero se le resiste citar a alguien que bordee el canon marxista). O toda la discusión acerca de los derechos de ciudadanía, civiles, políticos, sociales e identitarios, y cómo, frente a las ideas iniciales de autores como Marshall, estos derechos vienen juntos, no son jerarquizables y se pueden perder.

No son pocas las ocasiones en que en el libro se tira de brochazo y cae en el mecanicismo (como cuando dice que no puedes hacer de la opción sexual una identidad militante anticapitalista completa. ¡Claro que hay gente que puede ser homosexual 24 horas al día y mucho más en el caso del feminismo!). Esta parte del libro creo que es una manera de hacer un discurso más claro, no porque el autor beba de las fuentes estancadas del marxismo-leninismo soviético. Porque el autor sabe que él estaría en la cárcel de vivir en el Moscú de Stalin y tonto no es. Pero es que Bernabé está cabreado con la pérdida de una conciencia que metió tras la Segunda Guerra Mundial el miedo a los burgueses y con eso trajo lo más decente de las sociedades occidentales. Cabreado con que le hayamos regalado cuando se hundió la Unión Soviética de nuevo todo lo logrado a nuestros verdugos y tiramos al niño con el agua sucia. Llevamos un cuarto de siglo pidiendo perdón y Aznar, Blair o Bush, responsables de poner en marcha la guerra de Irak, donde se ha asesinado a un millón de personas viven gloriosamente, ensalzados y millonarios. Ensalzados hace nada por Pablo Casado, que se la pasa insultando a la izquierda y sus aledaños.

El problema de todo, dice Bernabé paradójicamente, es la conciencia (como venimos planteando desde hace algún tiempo, especialmente en nuestras sociedades saturadas audiovisualmente), en su caso, la conciencia perdida. El fin de la clase obrera vino de la mano del auge de las clases medias, que en realidad no lo eran del todo pero lo eran aspiracionalmente a través de modelos de consumo que eran los que marcaban el lugar deseado en el mundo. Es el auge del youtuber descerebrado frente al combativo joven recién llegado al mundo laboral. La competencia (cuando las clases medias son un producto de la cooperación obrera a través de los sindicatos y los partidos de izquierda), la productividad personal, el mundo como una lucha, el individualismo, valores funcionales al capitalismo financiero, se convierten en valores para los sectores populares. Que hacen running hasta morir (te haces fotos corriendo hasta cuando eres Presidente del Gobierno), pueblan los gimnasios, se endeudan, consumen cocaína, se creen mejores que sus colegas de trabajo y sus vecinos, votan a Ciudadanos o al PP o, añadiría yo, se creen los más rojos de todo el pueblo aunque sean vagos redomados y le echen la culpa de todo a que son unos incomprendidos porque se empeñan en defender la pureza de la radicalidad incontaminada.

La gente que critica Bernabé es esa para la que hicieron ese anuncio que rezaba: “La privación de sueño es la droga que has elegido. Tú debes de ser un emprendedor”. Como dice Bernabé: “No pasa nada por trabajar 12 horas al día, no dormir, no comer, porque tú no eres un vulgar trabajador, sino un emprendedor que compite con otros para alcanzar el éxito”. Como para no estar cabreado.

Llevamos algunos tiempo preocupados intelectualmente por dos cosas. Una, la confusión en un mundo donde han desaparecido los marcadores de certeza (es lo que conté en El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión). Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas y en esa incertidumbre surgen los gramscianos monstruos. O dicho de otra manera, cómo el neoliberalismo no es un modo de producción sino un sentido común. Y por eso es tan complicado luchar contra él. La otra, la falta de mirada global de los problemas, la ausencia de ideologías integradoras, la supervivencia intelectual concentrada en el árbol cuando ni se ve ni se entiende el bosque. Lo que nos obliga a los politólogos a dibujar las constelaciones, el dibujo que une a las estrellas y propone un sentido, aunque sea en forma de archipiélago que une las islas dispersadas.

Esa fragmentación actual es la diversidad exacerbada que critica Bernabé. La pretensión, tan frívola, de concentrar todos los esfuerzos en una parcela de la vida dando por seguros que las demás parcelas van a seguir independientemente de nuestras acciones. Creer que nuestras identidades, tan relevantes para la emancipación, estás separadas de las demás identidades, entre ellas la de clase que condiciona (no determina: condiciona) todas las demás. Llevo tiempo intentando entender la parte de verdad que tienen todos los que protestan (porque protestan con un instinto que nace de la experiencia, de la praxis, aunque la teoría quiera decirles que están equivocados) e intentando ver cómo esas demandas no satisfechas pueden construir un cuerpo social transformador. Laclau propuso unir las demandas insatisfechas vaciándose y ligándose a un significante igualmente vacío. Boaventura de Sousa Santos, invitando a todas las demandas a traducirse entre ellas para encontrar el hilo que las una (que no puede ser otro que la idea de emancipación). Bernabé no es muy amable con todas esas peleas y les recuerda todos y cada uno de sus errores. Que es donde se pasa de frenada. No termina de ver que poner nombres a las cosas es mandar. Y que las luchas por reconceptualizar el mundo quitándoles el diccionario a los poderosos son un gran avance. Peca aquí de ese mal endémico de la izquierda que cree parecer más profunda cuanto más malhumorada está y pinta todo con contornos más oscuros. Paralizar al personal con discursos apocalípticos suele ser una conducta egoísta que, otra vez paradójicamente, es contrarrevolucionaria.

Es normal que este libro se haya ido en su interpretacion a los extremos (incluidos los necios que hablan sin habérselo leído). Pero las quejas ante las críticas tienen algo de exageradas (en la academía son cotidianas). Los ataques no son una rareza que se ha ganado este trabajo de Bernabé. Los periodistas creen que las cosas existen solo cuando les pasa a ellos. Por ejemplo, cuando les acosan desde los medios. Quizá por eso Bernabé no ha entrado, al analizar la diversidad, ni en el fútbol ni en el nacionalismo. Muy prudente.

Hay una lectura que es la que ha provocado la airada respuesta de Alberto Garzón a este libro, porque ha vuelto a dar aire a los que quieren vivir en el gueto de los que siempre tienen razón en el pasado. Esa provocación de meter el dedo en el ojo a las emancipaciones que no priman las cuestiones de clase está en el libro. Faltaría, sin embargo, ahondar un poco más en qué significan las clases sociales hoy (lo ha hecho Erik Olin Wright en 'Comprender las clases sociales') o dar alguna explicación de por qué se equivocan los jóvenes que no quieren tener el trabajo de sus padres. Porque seguramente hacen bien. De la misma manera que no explica las dificultades de militar y las ventajas de delegar. La militancia reclama misioneros patológicos, que decía Lorca, y es más sencillo que compartas más cuanto menos sean los objetos de la militancia. Es prácticamente imposible que un partido convenza hoy al 100% ni a sus votantes ni a sus militantes. Y pertenecer a una organización que no te convence completamente es un problema que no se resuelve a los que no abrazan esa nostalgía militante que expresa Bernabé (y que seguramente ni él cumple).

Bernabé dice que los pobres se han hecho clase media aspiracional. Es un problema si eso te aliena, pero no lo es si eso te hace avanzar. Si él ha podido estudiar -como yo- seguramente es porque nuestros padres tenían esa aspiración de que sus hijos prosperaran más que ellos. Por ejemplo, yendo a la universidad. De lo contrario, estaríamos repitiendo la tontería de que los padres quieren que sus hijos vivan con sus mismas penurias en pisos de 40 metros cuadrados. Y si hay cerca un vertedero o una fábrica contaminante mejor. Más allá de la ironía, eso no se sostiene, y menos en un contexto, además, donde ya no existe una alternativa simbólica al sistema capitalista como cuando existía la URSS. ¿No obliga eso a ser, de alguna manera, reformistas? ¿No debiéramos preguntarnos cuánto reformismo puede lograr cambios revolucionarios?

Bienvenido este libro. Porque nos regaña por discutir mucho de la cabalgata de Reyes y menos de la deuda externa, por convertir la política en un producto que quiere agradar, en una marca que tiene que gustar aunque sea impostando la voz y acariciando a todo el mundo. Bienvenido porque deja claro el intento de blanquear ideas como “competitividad” o “egoísmo” escondidas en la defensa de las opciones sexuales, de los animales o de la igualdad de las mujeres. Seamos al tiempo cuidadosos porque su enunciación de los riesgos de la diversidad obligarían a llamar otra vez a Paco Frutos a que viniera a liderar la izquierda. En cualquier caso, de su discusión, sin duda, vamos a salir todos más listos. “Si quieres llevar a un tonto a la ruina -dice Nassim Taleb- dale información”. Con tanta información debemos ser muy cuidadosos.