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jueves, 26 de diciembre de 2019

#hemeroteca #transexualidad #transfobia | Marina Echebarría Sáenz: “Si barren a las transexuales, después irán a por las feministas”

Imagen: ctxt / Marina Echebarría Sáenz
Marina Echebarría Sáenz · Doctora en derecho: “Si barren a las transexuales, después irán a por las feministas”.
Nuria Alabao | ctxt, 2019-12-26
https://ctxt.es/es/20191225/Politica/30268/Nuria-Alabao-Marina-Echebarria-Saenz-LGTBI-Universidad-de-Valladolid-feminismo-Fundacion-Triangulo.htm

Marina Echebarría Sáenz es doctora en derecho, profesora de la Universidad de Valladolid y activista del movimiento LGTBI. Ha participado tanto en el proceso de elaboración de la Ley de Cambio de Sexo Registral del 2007 como en la elaboración de diversas leyes autonómicas. Echebarría ha sido vicepresidenta de la Fundación Triángulo, donde también coordinó un grupo de personas transexuales dentro de la Fundación que tenía fines asistenciales y de representación política.

P. Más allá del surgimiento de partidos de ultraderecha como Vox, estamos asistiendo a una emergencia de posiciones que, dentro del feminismo, se oponen al avance en derechos de las transexuales, ¿por qué se está produciendo esto?

R. Ni la homofobia ni la transfobia son modernas, son muy antiguas y siempre ha habido una forma de homofobia que es la homofobia intelectual, la que intenta racionalizar el rechazo que sienten algunas personas. Es muy curioso ver cómo construyen una especie de revestimiento intelectual para no asumir de frente ese rechazo. Ese discurso teórico es bastante fácil de desmontar y de rebatir, pero tampoco hay una verdadera oportunidad de diálogo, porque no es un debate intelectual, sino que se ha convertido en una discusión de trolls en la que parece que gana la que es más grosera y la que más grita.

Siempre ha habido en muchos partidos personas que dicen no ser homofóbicas pero que tienen ese sentimiento de rechazo. Lo que pasa es que ahora se está dando una confluencia extraña: la del integrismo religioso y la ultraderecha nacionalista con gente que, teóricamente, va de progresista o de feminista. Es un maridaje muy raro pero tampoco es desconocido. En Estados Unidos está dando unos frutos tremendos porque estas feministas están proporcionando, de alguna manera, la vestidura intelectual para justificar leyes de discriminación legal: las de objeción de conciencia religiosa –por las que te pueden excluir de servicios públicos porque consideran que no eres un ejemplo de vida conforme a sus sentimientos religiosos–; o las que sirven para excluirte de los espacios comunes –váteres, vestuarios– utilizando el argumento de que al ser en realidad “un hombre” eres una potencial agresora de mujeres. Con estos argumentos se legitima la exclusión y la discriminación de las leyes, que acaban pasando gracias a esta convergencia rarísima de gente, que presuntamente es feminista, con gente de la ultraderecha más antifeminista que puede existir.

Es un despropósito que un montón de gente se esté centrando en atacar a las mujeres trans, en perseguirlas por redes pensando que eso es el movimiento feminista y que eso es activismo. Es extraño que estén centradas en atacar al 0,01 de la población mientras, que yo sepa, la sociedad patriarcal está ahí enfrente. Supone una distracción brutal del objetivo –que forma parte de una especie de reacción–, porque habíamos identificado el auténtico problema, que era la conceptualización del patriarcado, la definición de la estructura machista de la sociedad. Y cuando empezamos a centrarnos no solo en logros parciales, sino en el problema de base, que es todo el sistema que justifica todas estas discriminaciones, aparece esta cuestión. A mí me parece una distracción, como el tema de la prostitución: divide y vencerás. Divide entre las buenas y las malas mujeres o las que ni siquiera se reconocen como mujeres. A mí me parece que es un intento de segregación y de crear polémicas envenenadas que no puede ser casual. Esto obedece a una estrategia bien pensada y defendida con medios.

P. Respecto al reconocimiento del derecho a la identidad que estos discursos atacan, ¿puede explicar qué implicaciones tiene para una persona transexual cambiarse el nombre y sexo en el DNI?

R. Yo he pasado varios años de mi vida con un documento de identidad que tenía un nombre y un aspecto que lo desmentía totalmente. Y te puedo asegurar que cada vez que vas a hacer un contrato, a pagar con una tarjeta o a hacer cualquier gestión, terminas teniendo que dar explicaciones o con sospechas y dudas y llamando la atención. En realidad no nos damos cuenta, pero este es un país muy policial. ¿Cuántas veces a la semana tienes que presentar tu DNI para realizar una gestión? ¿Cuántas veces se te pide que justifiques quién eres? Vivir con la documentación que no se corresponde con tu identidad es un obstáculo diario para las personas transexuales.

P. ¿Cómo se cambia la identidad registral de una persona trans ahora mismo y cuáles son las demandas que están sobre la mesa?

R. Hoy, para cambiar tu identidad, tienes que tener un certificado psicológico o psiquiátrico que diga que tienes disforia de género y haber pasado dos años de tratamiento hormonal –o acogerte a alguna de las excepciones porque estabas operada de antes, etc.–. Esta es una situación peculiar porque se te pide un diagnóstico que tiene dos fallos. Primero, no tiene ninguna base científica. De hecho, como diagnóstico de una supuesta enfermedad, ha sido abandonado ya, tanto por los redactores del manual de DMS –de diagnóstico de los trastornos mentales– como por la Organización Mundial de la Salud. En segundo lugar, porque un diagnóstico se está utilizando como baremo de derechos civiles de las personas. ¿Desde cuándo tiene que ver tu condición médica o clínica –si lo quieres ver así– con el ejercicio de tus derechos como persona, como mujer en este caso?

Para cambiar esta situación ha habido varios intentos de reforma. En la legislatura pasada hubo tres propuestas. La del PSOE, intentando enmendar la ley del 2007 para despatologizarla. Es decir, que no hicieran falta los certificados médicos para cambiar tu nombre y género en el DNI. Luego había dos proyectos de Podemos que tenían contenidos prácticamente similares: una ley general LGBTI contra la discriminación, que también regulaba la identidad de género, y otra que era más específicamente una Ley de Identidad de Género, pero que también contenía otros elementos. Básicamente tenían el mismo objeto con concepciones distintas. Sin embargo, ninguna de las dos estaba destinada a salir porque, para empezar, hace más de dos legislaturas que no hay una mayoría social clara para regular algunos aspectos de esas leyes que necesitan mayoría de ley orgánica y nadie está haciendo las gestiones para conseguir esa mayoría. Desde luego, Podemos, en la legislatura pasada, se hizo la foto con colectivos pero no demostró ninguna seriedad en la gestión. El PSOE también intentó quedar bien con los activistas y, además, introdujo enmiendas a última hora sobre el no binarismo [las personas que declaran no encajar en las categorías hombre o mujer] pero tampoco hizo los esfuerzos necesarios para sacar su propio proyecto de ley. Al final, los partidos quieren hacerse la foto –hasta el PP cuando nos dice aquello de que no le podemos dar lecciones de derechos humanos–, pero están demostrando una voluntad bastante nula en la implementación de estos principios.

P. ¿Cuáles son los aspectos más destacados de estas leyes que se están discutiendo en el Congreso?

R. Como he comentado, la despatologización es uno: el hecho de que yo no tenga que pasar ante un médico para justificar mi feminidad porque yo ya sé quién soy. Lo único que podría tener sentido, y no sé exactamente porqué, es demostrar que no tengo una patología por la que no esté esquizofrénica o delirante, pero a las demás personas tampoco se les pide para confirmar su estado civil. La segunda sería que por fin diéramos una solución a los problemas de los menores que se quedaron fuera en la ley del 2007. Los menores también tienen su identidad y eso significa que hay que atender a esas situaciones. Además estamos hablando de menores en una situación de especial necesidad de protección y tutela. La cuestión de las extranjeras también es importante. Somos tierra de acogida a la que viene mucha gente que en su país no puede hacer ningún tipo de cambio y que huye para salvar la vida porque están perseguidas por ser trans. Tenemos que acogerlas y darles también un tratamiento a su identidad. Algo más que es necesario trabajar es la no discriminación. Estamos hablando de un colectivo que tiene un nivel de discriminación laboral brutal. Así como hacen falta intervenciones culturales y educativas.

P. ¿En qué otros países hay leyes de identidad no patologizadoras?

R. Hay ya varios que han adoptado leyes en este sentido como puede ser Argentina, Suecia, Malta o Irlanda. Y hay varios que están en camino de hacerlo, no seríamos los primeros. En su día la ley del 2007 fue novedosa porque quitó los tribunales médicos y el requisito de la operación genital para poder hacerse el cambio de sexo registral, pero nos hemos quedado bastante atrás en este tema –todavía hace falta el diagnóstico y la hormonación–. Por supuesto hay todavía muchos países en los que estos temas ni si siquiera son planteables, y lugares en los que todavía se nos criminaliza o se nos mete en la cárcel o incluso se llega a aplicar la pena de muerte. No vivimos en un mundo precisamente acogedor para las manifestaciones de diversidad sexual.

P. ¿Es suficiente el poder cambiar de un género a otro? ¿Qué queda por avanzar, por ejemplo para los que dicen no encajar en ninguna de las dos casillas?

R. Hoy en día una ley ya no tendría que limitarse a facilitar el cambio de sexo, tiene que ir más allá por el hecho de que hay gente que efectivamente no encaja en las dos categorías –hombre-mujer–. Y esto puede ser por cuestiones biológicas: existe el mundo de la intersexualidad [una persona que nace con una combinación de características biológicas masculinas y femeninas al mismo tiempo] del que estamos descubriendo más cosas, para empezar qué es más común de lo que pensábamos. Por otro lado está el tema de la gente que por su psicología no encaja en ninguna de las dos categorías. En Alemania lo han resuelto reconociendo el no binarismo, pero solo el biológico –no el autopercibido–, lo que es una forma de etiquetado también, porque ya está señalando a una persona que tiene una constitución sexual o genética distinta. En otros sitios se está intentando plantear precisamente el reconocimiento de estas identidades no binarias, por la sencilla razón de que no hace falta que el Estado se meta en nuestra ropa interior. Qué sentido tiene esta clasificación estricta, por qué es tan doloroso o peligroso que exista gente que decida no jugar a este sistema de clasificación. Estamos hablando del respeto del derecho a la personalidad que está en la Constitución Española.

P. Uno de los argumentos que se utilizan para agitar el pánico moral es el de “la infancia amenazada” por las leyes de identidad de género. Se dice que se van a resignar quirúrgicamente a niños.

R. Nadie ha pedido que se opere a menores de edad, que de hecho está prohibido por una ley orgánica, la de protección a la infancia y la adolescencia. Estamos hablando de atender a la identidad de los menores y de retrasar la intervención hormonal hasta que esté perfectamente clara su manifestación de identidad. Desde luego nadie ha planteado hacer operaciones quirúrgicas en menores de edad, no hay ninguna ley que proponga esto, con lo cual es un pánico infundado.

Sin embargo, sí que hemos constatado que los menores a los que no se atiende su identidad tienen problemas de escolaridad, de integración e incluso de autolesiones; están más inclinados hacia un posible suicidio y desgraciadamente tenemos bastantes ejemplos. Mientras que aquellos a los que se les permite socializar según su género autopercibido pues tienen una socialización perfectamente normal –si no son atacados u objeto de ‘bullying’–. Quiero recordar que hace poco ha muerto una chica jovencita que ha sufrido siete años terapia de reconversión para dejar de ser lesbiana. Estos siete años de terapia de reconversión le han conducido a la muerte.

En definitiva, no atenderles también es una forma de conducir al desastre a muchos menores. El pánico moral deberíamos sentirlo por aquellos que están dispuestos a discriminar a menores, a fomentar que sean atacados en las escuelas, que finalmente abandonen el sistema escolar y terminen así pronto en una vida de marginalidad como ha ocurrido históricamente.

P. Otro de los argumentos que estamos oyendo en esos ataques es el de que las transexuales pueden ser una amenaza para las mujeres en baños o vestuarios.

R. Hay una estadística que dice que en los sitios que se sigue encarcelando a las mujeres transexuales en prisiones de hombres, hasta un 76% de ellas reciben abusos sexuales. Sin embargo solo conozco un precedente de que una mujer transexual agrediera a sus compañeras en la cárcel. Estamos hablando además de una mujer gravemente psicótica que estaba encarcelada por asesinar a tres o cuatro personas en Gran Bretaña. La agresión se produjo por estos problemas, no porque fuese transexual. Es algo irregular, estamos hablando de un caso. Además, vender la idea de que una mujer transexual por tener o haber tenido en algún momento pene es un agresor potencial... ¿Qué es esto? ¿Dónde está la presunción de inocencia? Al revés sí que ha habido muchos casos de mujeres que han atacado a mujeres transexuales en los baños porque consideraban que no tenían que estar ahí.

Además, ese miedo no tiene sentido, si un hombre quiere agredir en un baño eso puede hacerlo ahora mismo sin declararse nada. Los violadores y los agresores sexuales no necesitan un cartelito para realizar los actos que quieren hacer.

P. ¿Cuáles son los otros argumentos que se usan para este discurso que pretende frenar derechos?

R. Hay varias capas. En una está la desinformación: por ejemplo ese comunicado [del Partido Feminista] hablando de operaciones quirúrgicas a menores, de leyes que legalizan los vientres de alquiler o que atacan la identidad femenina... Pero resulta que en los borradores de ley a los que hacen referencia o los que se han aprobado –y que parece que no conocen– no hay nada de eso. Por un lado hay mucha desinformación y muchos bulos que aparecen primero en canales como 4Chan que es desde dónde salen las mentiras de la ultraderecha y luego se replican.

Luego está en un segundo plano la deformación de los argumentos. Por ejemplo, el coger a la parte por el todo. Usas a una persona no binaria que se manifiesta de una manera muy radical y lo conviertes en el discurso colectivo de todo el movimiento. Eso implica sacar a esa persona de su propio contexto y pretender que sea representativa de todas las transexuales. En un tercer plano está la apelación a la emoción, la apelación a los sentimientos antitrans que están ahí, lo que conecta con el hecho de que mucha gente de repente se siente reconfortada porque alguien se los está revistiendo de argumentos “intelectuales”.

P. Estos discursos contra las personas transexuales y sus derechos –ya sean emitidos desde la extrema derecha o desde el feminismo– ¿pueden aumentar un clima social de odio y por tanto, las agresiones?

R. Estamos constatando día a día un empeoramiento. Estamos comprobando cómo están aumentando los incidentes, los insultos y las agresiones y esto es porque se está excitando a la gente. Se está echando gasolina al fuego de manera insensata por parte algunas dirigentes y de algunos medios, los que está provocando que algunas mujeres se sienten amenazadas, o con ira y legitimadas para hacer cosas, como atacar a las trans, que de otra manera normalmente no habrían hecho. Está subiendo el tono social y nosotras somos una capa muy frágil desde el punto de vista social y lo estamos notando. Claro que sí.

Ha habido incidentes como la expulsión de transexuales de espacios feministas, aunque también se han dado casos de solidaridad perfecta. Hay grupos que se están conformando como auténticos grupos de odio. Estamos viendo plataformas que sueltan exabruptos, chistes, que son verdaderamente terroríficos, como las que dijeron en la Escuela Feminista Rosario de Acuña en Gijón este año. Es un auténtico discurso troll. Y hay gente que inmediatamente encuentra una justificación para ejercer violencia. Es como cuando los dirigentes religiosos te señalan como el pecador, el perverso. Efectivamente no han dicho que te peguen, ni que te maten, pero claro, tienen incidencia en la comunidad a la que se dirigen. Hay un principio de responsabilidad social en el discurso. Y aquí hay gente que está diciendo: “Solo estoy haciendo un discurso teórico”. Bueno, pues las implicaciones sociales de tu discurso teórico se llaman discriminación, se llaman exclusión, se llaman más agresiones. Tienes que responsabilizarte de lo que dices y sus consecuencias, no te puedes quedar enquistada en tu torre de marfil.

P. ¿Hay peligro de división en el movimiento LGTBI por este nuevo clima social?

R. Siempre ha habido peligro de división en el movimiento, entre la L, la G y la T o la I. Siempre ha sido un movimiento que ha tenido tendencias centrífugas. Pero yo creo que todos somos conscientes de que estamos afrontando un movimiento de regreso del péndulo hacia lo conservador. Conseguimos una serie de derechos –tampoco todo lo que pretendemos ni mucho menos-, y ahora viene la reacción. Y somos conscientes de que nos jugamos mucho en esta revancha porque aquí hay un intento de constituir una nueva legalidad que nos pueda discriminar, o de volver a crear una presión social para que no nos podamos manifestar abierta y públicamente. De alguna manera nos ha tocado estar en la primera línea del frente, y en especial a las mujeres transexuales. Y si a nosotras nos barren, pues después irán las feministas, a por el aborto, etc. y continuarán hasta que regresemos a ese modelo social tradicional que tanto gusta a algunos nostálgicos del franquismo.

Nuria Alabao. Es periodista y doctora en Antropología. Es miembro de la Fundación de los Comunes.

martes, 27 de junio de 2017

#hemeroteca #orgullocritico #memoria | 40 años después

Imagen: ctxt / Orgullo Crítico 2015, Madrid
40 años después.
Este 28 de junio muchxs nos sumaremos, un año más, a la manifestación del Orgullo crítico en Madrid, una plataforma de grupos políticos que lleva una década cuestionando el Orgullo oficial, su despolitización y mercantilización.
Gracia Trujillo | ctxt, 2017-06-27
https://ctxt.es/es/20170621/Firmas/13514/ctxt-orgullo-critico-LGBTI-queer-trans.htm

El próximo miércoles, 28 de junio, conmemoramos la primera manifestación del Orgullo. Ese día de 1977 cuatro mil personas se manifestaron por las Ramblas barcelonesas y acabaron corriendo perseguidas por los grises. La revista Triunfo recogió entonces: “La celebración del Día del Orgullo Gay en Barcelona ha sido el detonante que ha puesto en evidencia la cantidad de homosexuales que hay en España y que están dispuestos a salir a la calle”. Esos homosexuales se habían organizado ya en la clandestinidad del régimen franquista en el Movimiento Español de Liberación Homosexual (MELH), primer grupo de activismo sexual creado en 1971, embrión del posterior FAGC catalán de 1975, que convocó aquella primera manifestación.

Las reivindicaciones de los Frentes de Liberación Homosexual que comenzaron a surgir por todo el Estado español eran, en consonancia con su ideología libertaria, la revolución sexual en el marco de una transformación política, cultural y económica; la supresión de la marginación social y sexual, y la lucha contra las instituciones sostenedoras de una cultura represora, como la familia, la Iglesia, la escuela y el Estado burgués, entre otras. Para hablar de liberación era necesario que desaparecieran las categorías de heterosexualidad-homosexualidad, activo-pasivo, masculino-femenino, y la sociedad que las creaba. Estas críticas suenan, leídas hoy, bastante actuales (y vigentes). Se trata de los cuestionamientos de los binarismos sexuales y genéricos que vienen planteando los activismos y teorías feministas y queer desde los noventa, retomando aquellos de los setenta, sea conscientemente o no.

Mucho ha llovido desde entonces, bastante es lo que hemos recorrido, pero también lo que nos queda por batallar, cuarenta años después.

Este 28 de junio muchxs nos sumaremos, un año más, a la manifestación del Orgullo crítico en Madrid, una plataforma de grupos políticos que lleva una década cuestionando el Orgullo oficial, su despolitización y mercantilización (en los últimos años mucha gente llama a este último “desfile”, expresión que refleja muy bien su transformación). El germen del Orgullo crítico fue el Bloque Alternativo para la Liberación Homosexual (BALS) que se organizó en 2007 como respuesta al Europride y que englobaba varios colectivos como el Grupo de Trabajo Queer, Panteras Rosas, Towanda, Liberacción, RQTR, y el colectivo feminista Lilas, entre otros. A lo largo de estos años esta plataforma se ha ido llamando de diferentes maneras, además de Orgullo crítico: indignado, coincidiendo con el comienzo del 15M, o Toma el Orgullo después. Una de las cuestiones que nos planteamos en sus inicios, y así hicimos, fue recuperar la fecha del 28 de junio, cargada de simbolismo activista a nivel internacional, para celebrar nuestra manifestación de protesta frente a la oficial, que en esos años ya comenzaba a estar peligrosamente invadida por una multitud de carrozas de empresas gais, el llamado capitalismo rosa, que nos dejaba poco espacio a los grupos políticos. La fecha recuerda la noche del 28 de junio de 1969, cuando se produjeron los disturbios frente al bar Stonewall, situado en el barrio del Village neoyorquino. La enésima redada policial en bares de gais, lesbianas, travestis y trans hizo saltar aquella noche la rabia de los allí presentes. Las protestas se extendieron a lo largo de tres días por la ciudad, espoleando la reemergencia del activismo de la liberación sexual, en estado de “latencia” durante las décadas anteriores, en Estados Unidos y en otros países como Gran Bretaña, Canadá o Francia. En esa fecha es en la que se siguen celebrando, hoy día, las manifestaciones del Orgullo en multitud de ciudades, y en otras lo intentan; como en Estambul, en las que las autoridades han prohibido la manifestación estos dos últimos años.

Una genealogía, entre otras posibles
Leo estos días muchas referencias a los sucesos de Nueva York de 1969 en textos sobre las celebraciones del Orgullo, pero creo que nuestras genealogías políticas tienen más que ver con aquellas Ramblas del 77 y las manifestaciones que vinieron después que con las revueltas del otro lado del océano, aunque se recurriera a aquella fecha simbólica para convocar la protesta. El régimen franquista aprobó en 1970 la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que incluía a los homosexuales en la lista de “peligrosos sociales”. Que esto sucediera un año después de las revueltas de Stonewall da cuenta de cuál era la situación aquí y el nivel de hostilidad legal y social hacia todo lo que se escapaba del régimen de la heterosexualidad, del machismo, de la familia tradicional y del puritanismo sexual. Para los desviados sexuales, la ley preveía una serie de medidas de “cura” y tratamiento, y con ese fin se crearon dos centros de rehabilitación, uno en Huelva para homosexuales activos (sic) y otro en Badajoz destinado a los pasivos, aunque la mayor parte de las condenas se cumplían en cárceles convencionales. Sobre si algunas lesbianas o mujeres bisexuales fueron a las cárceles no tenemos datos, al menos todavía, pero lo que sí sabemos es que la represión hacia ellas supuso que muchas acabaran internadas en sanatorios psiquiátricos, sometidas a tratamientos de “rehabilitación” también.

En ese contexto, las activistas lesbianas se unieron a los gais, travestis, transexuales y otros peligrosos sociales en las manifestaciones que reclamaban la despenalización de los actos homosexuales, la amnistía, la legalización de sus organizaciones políticas y el fin de las redadas policiales. Con la supresión de la LPRS del artículo referente a los “actos de homosexualidad” en 1979, los Frentes de Liberación Homosexual entraron paulatinamente en un proceso de desmovilización, que discurrió en paralelo al desarrollo de espacios comerciales de ocio para gais (varones), el denominado “ambiente” que empezaba a desarrollarse en grandes ciudades como Barcelona o Madrid. A las activistas lesbianas, el movimiento feminista, aglutinado en torno a importantes y urgentes reivindicaciones como la consecución de la despenalización de los anticonceptivos, del adulterio y el aborto, les ofrecía un corpus ideológico y una plataforma donde organizarse. Muchas se sumaron entonces al feminismo organizado. Las feministas lesbianas compartían con el ideario feminista la reivindicación del derecho al propio cuerpo (tema de actual debate, por cierto), e hicieron suyas las reivindicaciones de las mujeres en general. No será hasta una década después, en 1989, cuando los colectivos de feministas lesbianas orienten una parte de su actividad política a sus propias demandas. Un año antes, en 1988, se había derogado el delito de escándalo público (artículos 431 y 432 del Código Penal) con el que se detenía a parejas por besarse o mostrar su afectividad. La LPRS no desapareció completamente hasta el 23 de noviembre de 1995, aunque desde 1979 se eliminasen varios artículos, entre ellos el referente a los “actos de homosexualidad”.

A comienzos de los años noventa, grupos queer como La Radical Gai o LSD continuarán la estela de radicalidad de los setenta en sus discursos, representaciones, repertorio de acciones y formas organizativas. Lo que espoleó la rabia y la necesidad de reaccionar en esta ocasión fue, sobre todo, la crisis del sida y la espiral de homofobia que trajo consigo. El sida hizo evidentes las diferencias de planteamientos entre esta corriente radical, autónoma, y la más moderada, pragmática, del activismo gay, orientada a ofrecer servicios a la comunidad y a la consecución de avances legales (la ley de parejas de hecho entonces, demanda que se modificaría a finales de la década por la del matrimonio). La pandemia activó, por otra parte, la política de alianzas entre lesbianas y gais (como la de los grupos mencionados más arriba), al igual que sucedió en otros países occidentales.

Es interesante analizar los elementos que comparten los activismos queer con los de liberación sexual de los años setenta, entre ellos la demanda de la transformación social a gran escala y la defensa de la autonomía política, el ubicarse en los márgenes sin perseguir la negociación institucional sino la denuncia en la calle contra las agresiones y la lgtbifobia en sus diversas formas. En esta misma genealogía radical y autogestionada se inscriben muchos grupos que llegaron después, con un ideario queer/cuir y transfeminista, como Bollus Vivendi, Post op en Barcelona, Maribolheras precarias en A Coruña, Migrantes Transgresoras, la Asamblea Transmaricabollo de Sol, el Bloque Andaluz de la Revolución Sexual, y otros tantos por toda la geografía ibérica, a los que hay que sumar la plataforma del Orgullo crítico. Esta última se autodefine, en un texto reciente, como “anticapitalista, autogestionada, transfeminista, asamblearia, antirracista, horizontal, antiespecista, apartidista, anticolonialista, antifascista, anticlasista y anticapacitista”, llamando la atención, como otros grupos queer, sobre fenómenos actuales preocupantes como el pinkwashing o el homonacionalismo.

Recuperar y reconocer esta(s) genealogía(s) radical(es) de la protesta sexual y genérica no significa no tener en cuenta, por otra parte, los cambios legales que también costaron mucho esfuerzo colectivo y que están disponibles para quien quiera disfrutarlos, como el derecho a contraer matrimonio (Ley 13/2005), la Ley 14/2006 sobre técnicas de reproducción asistida que abrió la posibilidad de la filiación con independencia de la opción sexual, o la Ley 3/2007 por la que las personas trans tienen el derecho a registrar su identidad deseada (si bien mantiene la consideración de las identidades trans como algo patológico, una cuestión que es urgente modificar). Sin las movilizaciones en la calle poco habríamos conseguido en estos años, y todas, más moderadas o críticas, han ido sumando. Sin embargo, y contra lo que a veces se argumenta, creo que la contribución de los grupos queer, ya en marcha desde comienzos de los noventa, de todos los que vinieron después, de los Orgullos críticos, etc., ha sido clave para conseguir esos avances. Sin activismos de corte radical los cambios legales y sociales habrían llegado, pero más tarde. El cuestionamiento de la heterosexualidad como régimen sexual y político, con un especial énfasis en cómo la sexualidad intersecciona con otros factores que pueden acentuar discriminaciones, violencias o vulnerabilidades, como la clase social, el género, la raza, la etnia, la diversidad funcional o la situación legal; la movilización frente a la crisis del sida, la batalla en el ámbito cultural frente a invisibilidades y prejuicios, etc., han sido y siguen siendo fundamentales para la mejora de las vidas de las personas que cuestionan las normas sexo-genéricas dominantes, y para la sociedad en general.

En este sentido, creo que es importante, más allá de la mera celebración y/o recuperación del pasado y de estos 40 años de lucha y avance colectivos, que nos preguntemos cómo nos interpelan los activismos de entonces, los de los noventa y los que siguieron, en el momento actual y cómo pueden contribuir a activar contrarrelatos, discursos críticos y nuevas formas de imaginación política, que tanto necesitamos. En esta línea, me parecen de especial interés las relaciones de los activismos de América Latina con los del Estado español (y viceversa), de entonces y de ahora, y las de los movimientos LGBTI-transfeministas en el momento actual con otros o dentro de otras protestas sociales, como ha sucedido con el 15M.

Hoy en día nos siguen sobrando los motivos para salir a la calle, pensando desde lo local pero en términos globales: que no nos agredan ni nos maten, que se respete a nuestras familias, que no se acose a lxs chavales diferentes en los centros escolares (ni al profesorado). Que, como decían lxs activistas en los setenta, nos dejen vivir en paz. Tenemos muchos frentes abiertos, y es necesario continuar con la articulación con otros grupos sociales frente a los recortes y las políticas de austeridad en el contexto actual de crisis del sistema neoliberal. Este conjunto amplio de luchas incluye, entre otras, la despatologización de las identidades trans; el control y/o modificación de nuestros cuerpos y sexualidades; los derechos reproductivos; el VIH/sida; la educación sexual; la lucha por los derechos de ciudadanía para todxs; por los derechos de las trabajadoras del sexo y domésticas; la denuncia de las agresiones homófobas y la mencionada despolitización y mercantilización de la manifestación del Orgullo.

Este año será el Worldpride el que atraerá cientos de miles de personas a Madrid, para el que el Ayuntamiento de Ahora Madrid ha dedicado unas cantidades nada desdeñables de dinero público, no sin polémica (una parte importante de esa financiación ha ido a parar a AEGAL, la asociación de empresarios gais que lleva funcionando desde 2004, para organizar actividades, fiestas, etc.). Algunxs, muchxs, nos uniremos a la manifestación del Orgullo crítico para seguir reclamando, como hicimos hace ya más de una década, que Orgullo es protesta, que nos queda mucho por conseguir y que, en el contexto actual, los cambios obtenidos pueden también perderse. No es que no nos guste la fiesta; como decía la anarquista Emma Goldman, si no puedo bailar no es mi revolución. Pero no nos olvidemos de que esto será realmente una fiesta cuando hayamos alcanzado ese horizonte de libertad y no discriminación que ya demandaban por las Ramblas hace cuarenta años.

Gracia Trujillo es doctora en Sociología, profesora en la UCLM y activista feminista queer. Autora del ensayo 'Deseo y resistencia. Treinta años de movilización lesbiana en el Estado español' (1977- 2007) (Egales), entre otras publicaciones.

miércoles, 31 de enero de 2007

#libros #trans #testimonios | De niño a mujer : biografía de Dolly Van Doll

De niño a mujer : biografía de Dolly Van Doll / Pilar Matos.

Córdoba : Arcopress, 2007 [01-31].

128 p.
/ ES / Libros / BIO / Artistas / Dolly Van Doll / Mujeres trans / Testimonios / Trans

📘 Ed. impresa: ISBN 9788496632103 / 14.00 €
📝 Cita APA-7: Matos, Pilar (2007). De niño a mujer : biografía de Dolly Van Doll. Arcopress.
✅ Rebiun
: https://catalogo.rebiun.org/rebiun/record/Rebiun06212269

Dolly Van Doll, nombre artístico de Carla Follis, nació en Turín (Italia) en 1938, en los albores de la segunda guerra mundial. Vivir la niñez entre bombas, hambre y miedos, puede ser motivo suficiente para marcar a cualquier ser humano y arrastrar ese trauma durante toda una vida, pero Carla, ha conseguido siempre renacer de las cenizas de todas las calamidades con que tuvo que sobrevivir, hasta lograr levantar el vuelo y alcanzar no solo la gloria profesional que le dio su talento artístico, sino conseguir la felicidad trabajada, buscada y lograda como persona.

Carla es un ejemplo de lo que se puede conseguir si pones en ellos todo tu afán y tu esfuerzo. No decaer jamás. No aceptar lo que te impone la vida si en esa imposición no va implícita la felicidad. No rendirse nunca. Trabajó, aprendió, viajó y descubrió que era posible alcanzar sus objetivos. La lucha por llegar a ser lo que ella quería, la hizo aprender a coser, a diseñar, a maquillar, a crear todo lo que después tanta gente ha visto y aplaudido en sus espectáculos. Después de tantos años de figura estelar, y una vez abandonados los escenarios, no ha dudado en desvelar la historia de su vida, contada desde lo más hondo y sincero de su corazón y su memoria.

La vida de Dolly Van Doll, personaje creado por Carla Follis, es un canto a la libertad, a la ilusión, al amor y a la dignidad, porque ser, quien quieres ser y lo que quieres ser, valiéndose solo del tesón y el trabajo es digno de admiración y del aplauso, al que ella está tan acostumbrada. Por todo eso, la biografía de Dolly Van Doll, era necesaria.