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sábado, 23 de octubre de 2021

#hemeroteca #esclavitud #memoria | La memoria borrada de la esclavitud en España

El País / Juan de Pareja //
La memoria borrada de la esclavitud en España.

La esclavitud fue una práctica muy habitual en España y sus colonias. Pese a su magnitud, son escasas sus huellas en el imaginario colectivo. Muchos historiadores y creadores llenan ahora con sus trabajos ese vacío.
Guillermo Altares | Babelia, El País, 2021-10-23
https://elpais.com/babelia/2021-10-23/la-memoria-borrada-de-la-esclavitud-en-espana.html 

En el prólogo del ‘Quijote’, Miguel de Cervantes escribe: “Pues al cielo no le plugo / que salieses tan ladino / como el negro Juan Latino” para elogiar el manejo de la lengua de este erudito. Se trata de un esclavo negro que daba lecciones de gramática al nieto del Gran Capitán, que acabó siendo catedrático de Gramática en el siglo XVI. El Museo Metropolitano de Nueva York alberga un retrato pintado por Velázquez en 1650 de Juan de Pareja, un artista que a su vez acabó siendo un pintor importante y del que se conservan dos obras en el Prado. Fue también el esclavo del autor de ‘Las meninas’, aunque finalmente lo liberó. La esclavitud está por todas partes en la cultura española hasta el siglo XIX, como forma parte también de los ritmos del flamenco. Cuba, cuando todavía era España, fue el último territorio de Europa en abolirla. Sin embargo, aunque ocupa un lugar cada vez más prominente en la investigación académica y en las librerías, el recuerdo de la esclavitud no existe en el espacio público español.

En muchos otros países europeos el debate, impulsado por el movimiento Black Lives Matter, ya no está solo en que desaparezcan de las calles las estatuas de grandes esclavistas —como ocurrió en Barcelona con el marqués de Comillas, al que Martín Rodrigo y Alharilla ha dedicado el ensayo ‘Un hombre, mil negocios’ (Crítica)—, sino en visibilizar una historia de sufrimiento y explotación. En Burdeos, desde 2019 una estatua de la esclava Modeste Testas recuerda que fue uno de los principales puertos de Francia para la trata del país. En Nantes se inauguró en 2012 un monumento a la abolición de la esclavitud, presente en muchos rincones de la ciudad, como por ejemplo en las fachadas de las casas nobles que dan al río Loira, en forma de esculturas con la cabeza de negros. Simbolizan de dónde venía la riqueza de las familias propietarias de aquellos edificios. En España, donde puertos como Cádiz o Barcelona fueron centrales en la trata atlántica, esa memoria no existe.

“En el ‘Lazarillo’ está la esclavitud, también en el ‘Quijote’. Cuando te das cuenta la ves por todas partes”, explica Aurelia Martín Casares, catedrática de la Universidad de Málaga experta en este tema y autora, entre otros libros, de’ Juan Latino. Talento y destino. Un afroespañol en tiempos de Carlos V y Felipe II’ (Editorial Universidad de Granada). Martín Casares relata que empezó a trabajar en estos temas hace 20 años y que entonces no estaba presente en casi ningún libro de historia. “La memoria de la esclavitud fue silenciada. Nadie pensaba que la población esclava en el Siglo de Oro era tan importante. Ahora es cuando se empieza a tomar conciencia del racismo, de lo que ha supuesto esa historia en el mundo hispano”, sostiene. Cree que uno de los motivos de ese olvido es que no existe en la Península una población de descendientes negro­afri­canos, a diferencia de EE UU, de las colonias holandesas, danesas o de Cuba. En total, los expertos calculan que cerca de 11 millones de seres humanos fueron secuestrados y llevados como esclavos a América. Centenares de miles más murieron durante la travesía.

“La población esclava no se autorre­produce por nacimientos. En todas las épocas las tasas de natalidad son bajas por sus condiciones de vida”, prosigue esta investigadora. “La esclavitud se reproduce por comercio, solo se mantiene donde llegan barcos negreros. Cuando la trata se paraliza o se abole, desciende drásticamente el número de esclavos. Desaparecen las huellas de estas personas esclavizadas, no se ven, sus descendientes son asimilados. También hay que tener en cuenta que en el Cádiz de la modernidad muchos esclavos proceden del Imperio Turco o del norte de África. Estos se integran sin dejar huellas visibles en la población contemporánea”.

“Francia, Inglaterra o Países Bajos han hecho todo lo posible para visibilizar las tratas y dejar claro que se responsabilizan de lo ocurrido”, señala por su parte Fabia Guillén, profesora en la Universidad de Pau y miembro del Ciresc (Centre International de Recherche sur les Esclavages, EHESS-CNRS), en París. “No fue nada fácil y hubo resistencias, pero en conjunto se admite la participación en las tratas negreras. Un aspecto fundamental que puede haber favorecido tal reconocimiento es el carácter colonial de esas tratas y formas de esclavitud. Tanto Inglaterra como Francia o Países Bajos fomentaban aquellas formas de alienación en sus respectivas colonias, muy lejos de los ojos de la metrópoli. Muy distinto parece ser el caso de España y, asimismo, Portugal e Italia, que no conocieron la ley del suelo libre y fueron partícipes de tratas y esclavización no solo en el mundo colonial, sino en su propio suelo desde la Antigüedad hasta por lo menos 1820 (para España). Puede entenderse el malestar y la dificultad a la hora de tener que mirar en el espejo una imagen poco halagüeña de su propia actuación histórica”.

Pero este olvido oficial no se corresponde en absoluto con lo que ocurre en el mundo de la cultura. Solo en los últimos meses se han publicado, aparte del libro de Martín Rodrigo y Alharilla, ‘La esclavitud en el sur de la península Ibérica’ (Catarata), de Rafael M. Pérez García y Manuel F. Fernández Chaves (coordinadores); ‘Negreros. Españoles en el tráfico y en los capitales esclavistas’ (Catarata), de José Antonio Piqueras; ‘Barco de esclavos. La trata a través del Atlántico’ (Capitán Swing), de Marcus Rediker; o ‘El ritmo perdido. El influjo negro en la canción española’ (Anagrama), reedición de un ensayo de Santiago Auserón sobre la huella de las músicas africanas en los ritmos españoles, como el flamenco.

Ese mismo tema aparece en el documental ‘Gurumbé’, del jerezano Miguel Ángel Rosales, o en el filme 'Cachita, la esclavitud borrada', que Álvaro Begines acaba de estrenar en diferentes plataformas. Uno de sus personajes es el esclavista malagueño Pedro Blanco, que protagoniza la novela histórica 'Mongo Blanco' (2019), de Carlos Bardem, que aparece en el filme, mezcla de documental y recreación ficcionada. El Museo de América, en Madrid, acoge hasta febrero la exposición 'La esclavitud y el legado cultural de África en el Caribe', organizada por el CSIC, una muestra que recorre las distintas culturas, lenguas y pueblos de África y la esclavitud en América, desde el siglo XVI hasta su total abolición en 1886 (Cuba) y 1888 (Brasil).

“Los únicos países que no han hecho nada por la memoria de la esclavitud son Portugal y España”, asegura Martín Rodrigo y Alharilla. “¿Por qué? Una de las hipótesis es que en Francia, Gran Bretaña y Holanda hay una población afrodescendiente importante y se ha empujado desde la sociedad civil. En España, no ha sido una causa tan importante y las asociaciones existentes no han tenido la misma influencia. Si las cuestiones de memoria histórica vinculadas a la Guerra Civil y a la posguerra no se han resuelto aún y generan debate político, esta cuestión tampoco. Y es una anomalía, porque fue el último país europeo en abolir la esclavitud en sus territorios”.

La esclavitud en España empieza en la Antigüedad y se prolonga hasta finales del siglo XIX. La primera expedición esclavista directa entre África y América se produce en 1518 y los primeros cautivos llegan en 1520. El último territorio al que llegan esclavos es la isla de Cuba. Son 350 años, sin tener en cuenta la esclavitud en la Antigüedad y la Edad Media. Sin embargo, como explica Aurelia Martín Casares, en el siglo XIX en la Península la esclavitud era un fenómeno bastante marginal. “En 1817, un tratado firmado por Fernando VII con Gran Bretaña prohíbe el comercio de esclavos, pero respeta la esclavitud existente. En el siglo XIX tan solo pueden ser denominadas como auténticas sociedades esclavistas en el mundo occidental el sur de Estados Unidos, el área caribeña y Brasil (donde un tercio de la población eran esclavos en torno a 1860). Por supuesto en África subsahariana y en el mundo árabe sigue existiendo la esclavitud, incluso hasta bien entrado el siglo XX. En general, en la España del XVIII ya no había demanda. Se convierte en un ‘servicio’ suntuario, de aristócratas y ricos, no se trata ya del patrón generalizado del XVI en que cualquiera podía comprar un esclavo o una esclava. En la España del siglo XIX no hubo un movimiento abolicionista de grandes dimensiones, no creo que su influencia marcara el final de la esclavitud, aunque algo contribuyó. No obstante, sí había una ‘sociedad abolicionista’, revistas abolicionistas... El abolicionismo estuvo ligado al sufragismo y la lucha por el voto de las mujeres”.

El profesor de la Universidad Autónoma y coordinador del Equipo Madrid de Investigaciones Históricas, José Miguel López, autor de ‘La esclavitud a finales del antiguo régimen’ (Alianza), subraya que ese olvido está presente “en las calles y en las instituciones” porque no se ha hecho un trabajo de borrado sistemático de personajes que hicieron su fortuna con la esclavitud. “Vivimos una desmemoria completa: Carlos III tuvo 20.000 esclavos”, prosigue este investigador que ha querido buscar “la historia de gente sin historia”, como el último esclavo censado en Madrid, en 1830, que trabajaba para una cervecería. Aunque la esclavitud acaba en España en 1837, el proyecto de ley nunca llegó a aprobarse y muchos investigadores sospechan que hubo esclavos hasta mucho más tarde, solo que escondidos como criados o traídos ilegalmente. Incluso, López sostiene que esa misma práctica —camuflar esclavos como sirvientes— se mantuvo hasta el siglo XX en el Sáhara Occidental.

Precisamente ese enorme olvido colectivo es lo que llevó a Álvaro Begines a rodar su película, en la que mezcla la recreación de historias relacionadas con la esclavitud y la trata con entrevistas a diferentes expertos. “Estaba leyendo un ensayo y señalaba que en el siglo XVI había muchos esclavos en Sevilla, que Lope de Vega sostenía que la ciudad era como un ajedrez: uno blanco y uno negro. Nunca me había planteado que hubiese tantos, empecé a estudiar y me di cuenta de que existían muchos estudios de historiadores. Es entonces cuando me planteé dirigir un documental que abriese los ojos sobre esa realidad. Muchos potentados se enriquecieron con la esclavitud. También el clero y la nobleza”.

Una de las historias que cuenta ‘Cachita’ es la de Cándida la Negra, una antigua esclava que vivió en El Puerto de Santa María (Cádiz) hasta mediados del siglo XX —falleció en 1951— y que demuestra hasta qué punto la esclavitud alcanza la historia de España más reciente. El historiador Manuel Pacheco la conoció a finales de los cuarenta, cuando ya era una anciana, y le dedicó un artícu­lo de investigación titulado “Una cara de la esclavitud: la apasionante historia de ‘Cándida la negra’”. Joaquín García de Romeu publicó en 2018 una novela sobre ella, ‘La última negra’.

Llegó en un cargamento de mujeres de Cuba, seguramente fletado por Antonio López, marqués de Comillas. Se trataba de hijas huérfanas de esclavas que eran exportadas a la Península “para satisfacer los deseos más oscuros” de sus compradores, explica el filme. El barco naufragó en la costa y ella salvó la vida, fue rescatada por un campesino y luego se emparejó con un gitano con el que no tuvo descendencia. Todo esto ocurre en la segunda parte del siglo XIX, cuando la trata ya era ilegal en la Península. La historia de Cándida la negra refleja la cercanía de la esclavitud, pero también las dificultades a las que se enfrentan los investigadores, porque una parte importante de la trata se hizo de forma clandestina, como ocurría con la llegada de barcos esclavistas a Cuba.

La recuperación de la memoria también puede ofrecer sorpresas desagradables: en febrero de 2018 el Tesoro del Reino Unido publicó, con el escándalo consiguiente, que cuando se abolió la esclavitud en 1833 pagó indemnizaciones a los dueños de esclavos (básicamente compró su libertad a sus dueños). No terminó de pagar a los esclavistas hasta 2015, de tal forma que los descendientes de esclavos estuvieron pagando indemnizaciones con sus impuestos a los que esclavizaron a sus padres, que no recibieron ningún tipo de compensación por sus sufrimientos. La memoria nunca es fácil. Tal vez por eso sea tan importante. Como escribe Santiago Auserón en el capítulo ‘El canto esclavo’ de su ensayo: “La presencia de la negritud y su influjo musical en el Viejo Continente pertenece a una clase especial de sucesos que en la historia de España se han visto abocados a hundirse en el olvido, de suerte que nuestra memoria colectiva está como artificialmente labrada por algunos vacíos significativos”.

lunes, 21 de mayo de 2018

#hemeroteca #libros #testimonios | Cándida ‘La Negra’, la última esclava de Cádiz

Imagen: El País / Joaquín G. Romeu
Cándida ‘La Negra’, la última esclava de Cádiz.
Una nueva obra ahonda en la historia de supervivencia de Cándida Huelva, una africana llegada por mar que vivió en El Puerto hasta mitad del siglo XX.
Jesús A. Cañas | El País, 2018-05-21
https://elpais.com/cultura/2018/05/07/actualidad/1525693705_475822.html

Cándida ‘La Negra’ es realidad y mito a la vez. Vivió entre dos mundos, nació esclava en 1845 en la colonia portuguesa de Luanda y murió libre 110 años después en El Puerto de Santa María (Cádiz). Su tez negra en una ciudad desacostumbrada a esta raza la convirtió en historia viva y, a la vez, leyenda onírica para muchos niños que, de los años 20 a los 50, escuchaban a sus padres decir “duérmete ya, que viene Cándida ‘La Negra’”. Esa anciana alta, de toquilla, mandil y cesto cargado de picón fue, con toda probabilidad, la última esclava de Cádiz. La que conoció el yugo y la libertad, dos continentes y dos siglos, pero murió en 1951 en la más estricta pobreza dejando tras de sí grandes incógnitas sobre su vida.

La señora humilde, enlutada y afable que aún hoy los más mayores de El Puerto recuerdan, en verdad, se llamaba Cándida Huelva. Ahora, una novela intenta aportar nuevas hipótesis sobre su llegada a Cádiz, a camino entre la historia oficial y los testimonios orales. De paso, ‘La última negra’, del abogado y escritor Joaquín G. Romeu (El Puerto de Santa María, 1968), construye un relato de ficción en el que retrata su asentamiento como esclava negra, liberada y sin recursos, en una sociedad gaditana marcada por la pujante burguesía industrial y la “doble moral de la época”.

Para cuando el historiador local Manuel Pacheco conoció a Cándida, a finales de los 40, ella ya era una anciana. Él, un niño impresionado por saber que la única persona de color que vivía entonces en El Puerto era la protagonista de las advertencias nocturnas de su madre. En 2006, Pacheco fue el primero en desentrañar “los misterios que la envolvían” y escribir sobre su vida en el artículo de investigación “Una cara de la esclavitud: la apasionante historia de ‘Cándida la negra’”. En él, relata cómo Huelva arriba a las playas de El Puerto cuando era una adolescente, a mediados del siglo XIX, náufraga tras una tempestad que dio al traste con el barco en el que viajaba como mano de obra esclava. Un campesino anciano la encuentra y la lleva con él a su domicilio en la calle Lechería, 5 (actual Cervantes), donde vivirá hasta su muerte.

No le fue fácil a Pacheco reconstruir su venida. Recurrió a fuentes orales que conocieron los hechos narrados por la propia protagonista y antes de que, de anciana, decidiera no volver a hablar de ellos. En los Padrones Municipales de 1940 a 1950 queda constancia de cómo ella testimonió que nació el 2 de mayo de 1845 en Luanda. Por aquel entonces, la actual capital de Angola todavía era un punto de comercio de esclavos. Siguiendo el antroponímico de éstos, el apellido solía indicar etnia, procedencia o amo. En el caso de Cándida, en sus primeros años en El Puerto, solo figura Huelva por lo que Pacheco traza una vinculación con las familias adineradas onubenses que aún tenían esclavos.

El historiador plantea una maniobra de enajenación, dado el valor que tenían “las jóvenes muchachas por su posibilidad de descendencia y nueva venta”. Pero Joaquín G. Romeu recuerda que, desde 1837, la esclavitud estaba prohibida en España, solo consentida en sus territorios de ultramar de Cuba y Puerto Rico o en los de las colonias de la vecina Portugal. Por eso, en su novela plantea, más bien, la vinculación de Cándida al tráfico ilegal de esclavos que grandes navieras desarrollaban aprovechando la línea de vapores de correos entre Cádiz y La Habana.

Es justo la conexión que explotaba Antonio López, marqués de Comillas, y actualmente puesto en solfa por ser un posible traficante negrero. Romeu cree “más factible” que, en una maniobra de descarga de mercancías en El Puerto, Cándida lograse escapar para vivir como una ciudadana libre. Mas allá de una u otra hipótesis, lo cierto es que la presencia de una mujer de raza negra en la ciudad no pasó desapercibida. Desde que la ‘Compañía Gaditana de Negros’ comerciaba con ellos en el siglo XVIII, en El Puerto no veían a una persona de color.

La vida de Cándida no fue fácil. Tras convivir con el anciano, se empareja con un gitano, antiguo viticultor y piconero con el que no hay constancia que tuviese hijos. Sin embargo, no se casa con él hasta la década de los 40, cuando los jesuitas la obligan a bautizarse como Cándida Huelva Jiménez y a legalizar su matrimonio, tal y como aparece la unión reflejada en el padrón. Para ese entonces, los portuenses ya estaban acostumbrados a ver a Cándida ir y venir por los alrededores del Mercado, vestida de negro, tapada con una toquilla, con mandil al talle y un cesto de picón apoyado en la cintura. Así la inmortalizaron, acompañada de un vecino, en la única foto que se conserva de ella.

Huelva se dedicaba también a las faenas domésticas en casas de familias pudientes de la ciudad, hasta que el final le llegó por un accidente cuando tenía ya 110 años. El 22 de enero de 1951 fallece tras una larga agonía. Llevaba 20 días ingresada en el Hospital de San Juan de Dios, después de quemarse las piernas y los glúteos con un brasero de picón. Moría la Cándida real, pero como reconoce el abogado, persistió el mito “en un personaje propio de la intrahistoria de Unamuno”. “Es una historia que desde el prisma de hoy puede resultar reivindicativa, aunque dudo que ella misma tuviese conciencia de ello. Solo quería sobrevivir, comer todos los días y eso ya, en aquellos años, era toda una gesta”, remacha Romeu.

viernes, 17 de noviembre de 2017

#libros #literatura #testimonios | La última negra

La última negra / Joaquín García de Romeu.
El Éjido, Almería : Círculo Rojo, 2017 [11-17].
256 p.
Colección: Novela.
ISBN 9788491834328

/ ES / NOV
/ Cándida Huelva / Esclavitud / Historia – Siglo XIX / Historia – Siglo XX / Literatura / Población negra / Puerto de Santa María

A mediados del siglo XIX, aparece en una playa de la localidad costera del Puerto de Santa María (Cádiz), una joven negra. La versión oficial es que la misma había naufragado de un barco de esclavos que se dirigía a Huelva. Dicha historia se mantuvo inalterable hasta nuestros días a pesar de que en aquellos años no había tráfico de esclavos en Huelva, y los únicos existentes estaban en ultramar. Paralelamente a estos hechos, don Antonio López López, futuro marqués de Comillas, comenzó el desarrollo de su incipiente imperio naviero. La leyenda atribuye la fortuna del futuro marqués al tráfico ilegal de esclavos. Teniendo en cuenta que Cádiz era la base desde la que La Habana se conectaba con el continente, es más factible otra versión de los hechos. Pero cada cual puede sacar sus propias conclusiones.