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sábado, 2 de julio de 2022

#hemeroteca #lgtbi #nobinario | La hora de los jóvenes que quiebran las fronteras del género binario: “Yo sé quién soy”

El Diario / Alba, Grey y Martí //

La hora de los jóvenes que quiebran las fronteras del género binario: “Yo sé quién soy”.

La juventud que no se identifica ni como hombre ni como mujer, sino como persona no binaria, es una realidad cada vez más visible enmarcada en un proceso más amplio de cuestionamiento del género que está atravesando a la 'Generación Z'.
Marta Borraz | El Diario, 2022-07-02
https://www.eldiario.es/sociedad/hora-jovenes-quiebran-fronteras-genero-binario_1_9133557.html

Él, ella, ‘elle’... A Martí Sabaté, de 16 años, no le importa demasiado qué pronombre utilicen los demás para mencionarle, pero tiene claro que no se identifica ni como hombre ni como mujer. Kiwi (15) no se llama de esta forma en su DNI, pero prefiere que se refieran a ella por este nombre elegido, aunque no todo el mundo lo hace. Para Alba es “realmente conflictivo” que le digan que es una mujer. “Porque no lo soy, simplemente”, afirma a sus 27 años. Grey (22) acaba de terminar Trabajo Social en la Universidad de Vigo y asegura que aunque a sus padres “les sigue costando” entender quién es, una de las primeras cosas que le dijeron es “que lo importante es que fuera feliz”.

Son personas identificadas como no binarias, un espectro de identidades que suelen englobarse en el paraguas trans y que están fuera del dualismo habitual. No se sienten hombres ni tampoco mujeres o fluctúan entre ambos, han asumido el pronombre neutro 'elles' y buscan ser reconocidas por el entorno que les rodea. Lo que encarnan es disruptivo para un mundo que todo lo divide en masculino o femenino, son objeto de debate incluso en el movimiento feminista y aún resultan ajenas e incomprensibles para una gran parte de la población, pero la realidad es que la identidad no binaria resuena cada vez con más fuerza en la ‘Generación Z’, la de los nacidos entre 1994 y 2010.

En clase de Kiwi hay otras cuatro personas no binarias más. “Primero me di cuenta de que me gustaban las chicas, pero nadie me había explicado que, simplemente, puedes no tener género”, recalca usando indistintamente pronombres masculinos y femeninos. Con ‘elle’ no se siente representada, aunque lo emplea con naturalidad para hablar de los demás, pero sí prefiere un nombre neutro. Parte de su entorno sigue usando el que le pusieron al nacer, algo que “a veces” le incomoda porque “es bastante femenino”. Quienes sí le llaman Kiwi son sus amistades o su profesora de dibujo, que el primer día de clase preguntó si alguien quería ser tratado de otra forma a como aparecía en la ficha. “Es como mejor me siento”, afirma.

A Alba, 12 años mayor y nacida en un pueblo de Pontevedra, la experiencia le hace eco. “Ha sido bastante complejo, cuando era ‘pequeñe’ me miraba al espejo y no me reconocía, siempre ha habido algo que no encajaba hasta que en 2015 encontré lo no binario, fue una liberación porque me hace sufrir que me categoricen como mujer”, asiente. Martí, por su parte, califica de “alivio” entender “que había esta posibilidad” tras una infancia “cargada de dudas”, de sentir que “algo no cuadraba” en eso de “ser chico”. “Está claro que se puede ser un hombre y no responder a los estereotipos de género, pero yo no me siento identificado ahí”, cuenta este joven de Barcelona.

Una opción cada vez más real y viable
La juventud no binaria es aún una inmensísima minoría. Según un estudio de la Agencia de Salud Pública de Barcelona, un 1,9% de los estudiantes de secundaria se identifican así. Sin embargo, quienes están cerca de ellos observan que estas identidades son cada vez más comunes. “Los imaginarios han cambiado y abrir este espectro da la opción de situarse ahí, cosa que hace diez o 15 años no era una opción tan real y tan viable. Son personas a las que el género asignado les genera malestar, no es su sitio y les está oprimiendo y empiezan un proceso de romper con él”, señala Elena Longares, responsable en Barcelona de ‘Cruïlles’, el servicio de acompañamiento a jóvenes LGTBI+ del Centre Jove d'Atenció a les Sexualitats (CJAS).

La experiencia que tiene con quienes atiende el servicio es que “suelen tener claro que son trans, cómo quieren que se refieran a ellos y cómo relacionarse con el mundo. La sociedad te da solo dos opciones y cuando empiezan a indagar se les abre un espectro enorme y a partir de ahí pueden no encorsetarse”, dice Longares. Bárbara Sáenz y Ruth Arriero, que forman Serise Sexología y recorren las aulas impartiendo talleres de educación sexual, describen un doble relato: “Hay quienes se identifican como personas no binarias y detallan un sentir muy profundo y muy personal y quienes se oponen a los mandatos de género y no se sitúan en ninguna categoría”.

De entre los escasos datos que hay sobre el tema, destaca el último informe de 2020 del Instituto de la Juventud, en el que, como novedad, se preguntó a los jóvenes dónde se ubicaban en una escala en la que un 10 se reconocen como una persona “100% masculina o femenina”. Aunque los términos no son los que suelen usarse para referirse a la identidad de género, este era el objetivo de la pregunta. Los resultados apuntaron a que el 25%, uno de cada cuatro de los menores de 30 años, no se identifican al 100% ni con una ni con otra categoría. Longares cree que ahí no solo habrá personas no binarias, sino también jóvenes que se sitúan fuera de la dualidad hombre-mujer porque “cuestionan los roles, estereotipos o expresiones de género tradicionales”.

Ana Ojea, impulsora del grupo de apoyo LGTBI del IES Politécnico de Vigo, lo denomina “la gran revolución” para referirse a una “ruptura y un cuestionamiento del género como un binario” que cree que “está creciendo muy rápido” entre los jóvenes. El grupo está formado actualmente por unos 30 alumnos y aproximadamente siete son no binarios. “La adolescencia es un momento de plena búsqueda y muchos conciben la identidad como algo menos estanco y monolítico que antes y el género como un continuo, aunque a veces no sepan dónde ubicarse”, añade la docente, que una de las cuestiones que trabaja con el alumnado es intentar “reducir los niveles de presión que sienten a veces para encontrar cómo nombrarse”.

Es exactamente lo que describen jóvenes como Kiwi o Martí, que no llegan a la mayoría de edad, cuando se les pregunta por su identidad: “Sé que no soy un hombre, pero tampoco me siento mujer. El género es un constructo social y creo que la identidad puede cambiar, es bastante fluida, puede que no siempre estés en el mismo punto y no siempre es lo mismo que pone en tu DNI, es algo personal, igual que a quien le gustan los chicos, las chicas o los dos”, dice Kiwi. Martí ahonda en el mismo planteamiento: “La idea que se ha estandarizado es la de hombre o mujer y aquí se termina la cosa, pero no es así”, apunta.

Un proceso heterogéneo

Si en algo coinciden las experiencias de la juventud y el diagnóstico de las expertas es en que cada proceso es único y no hay una hoja de ruta impuesta. Hay personas no binarias que pueden tomar decisiones sobre la apariencia física, el pelo, la vestimenta...lo que se conoce como la expresión de género. O no. Otras elegirán nombres neutros con los que se sientan más cómodas y preferirán usar el pronombre elle. O no. Y puede que algunas sientan rechazo o incomodidad con partes de su cuerpo y otras que no. Bárbara Sáenz, de Serise Sexología, explica que existen “muchas formas de vivirlo dependiendo del propio autodescubrimiento” y apuesta, sobre todo, por “no generalizar”.

Ya en el primer año de carrera, Grey se acogió al protocolo para personas trans de la Universidad de Vigo, que permite al alumnado modificar su nombre en las listas aunque no lo hayan hecho en el Registro Civil. Es así como, poco a poco, se fueron enterando sus compañeros de clase. En 2020 dio un paso más y, ya con 20 años, lo modificó en el DNI, algo que puede hacerse sin necesidad de aportar ningún informe. Lo que actualmente está sujeto a requisitos médicos es la modificación del sexo, algo que la futura 'ley trans' que pronto comenzará a tramitar el Congreso, prevé revertir para hacerlo depender únicamente de la voluntad de la persona.

La norma, aprobada por el Gobierno en segunda vuelta la semana pasada, dejó finalmente fuera a las personas como estos jóvenes, que sí estaban contempladas de alguna manera en el primer borrador del Ministerio de Igualdad: permitía omitir la mención al sexo en los documentos oficiales y mandataba al Ejecutivo para que en un año evaluara las posibilidades de reconocer el género no binario. Grey, que utiliza los pronombres ella y ‘elle’, apenas le da importancia a que aparezca el sexo en su DNI, pero sí reclama que “se incluya a todas las realidades en una ley LGTBI” porque “el hecho de que se nos nombre, es una forma de existir”.

Entornos que se resisten
El cómo les mira, percibe y nombra la sociedad es otra de las cuestiones que les atraviesa. Y, por eso, están en plena cruzada contra los roles y estereotipos de género que asocian a cada uno colores, formas, maneras o estilos. “Es complejo porque llegan a decirte que cómo vas a ser no binaria vistiéndote así, por ejemplo con un vestido. Va más allá, nos empeñamos en categorizar lo que vemos en función de si es de chico o de chica, pero esto es una vivencia interna”, dice Alba.

Grey confiesa que hay quienes no saben dónde ubicarle ni cómo dirigirse a ella porque varía “entre una expresión femenina y masculina”, algo que cree que evidencia “hasta qué punto la sociedad está construida sobre un código social binario”. De hecho, ha logrado reconciliarse con su feminidad ahora y gracias al ‘drag king’ que hace con distintos grupos y colectivos en talleres y performance y que consiste en interpretar roles de género masculinos. “Me ha ayudado a darme cuenta de que todo es válido y a entender que no pasa nada por ponerme una ropa u otra porque no depende de la vestimenta, sino de los ojos con la que nos mira la sociedad”, añade la joven.

Pero, además, la juventud no binaria suele tener que lidiar con entornos que en ocasiones les rechazan o no les comprenden. Ojea asegura que el alumnado no binario que hay en el instituto “se topa con bastantes resistencias familiares a nivel de acompañamiento y entendimiento”. Los padres de Alba “lo están todavía asimilando”, pero la joven cree que en cierta medida “es comprensible” porque “aún no hay apenas referentes”, mientras que Kiwi, a sus 15 años, observa una brecha generacional muy condicionada por el acceso a las redes sociales, donde “encuentras mucha información y respuestas”.

Sin embargo, muy a pesar de las resistencias, ninguno renuncia a sí mismo. “No está normalizado y hay comentarios que banalizan e incluso ridiculizan nuestra identidad, pero yo sé quién soy”, manifiesta Martí. Kiwi no rechaza el término no binario, pero solo lo dice si le preguntan, prefiere no ponerse ninguna etiqueta. “Lo que he visto que suele pasar es que se hace parte de tu personalidad, aunque no quieras. Y, claro, yo prefiero que la gente no me vea a mí en función de eso, prefiero que me vean como Kiwi, al que le gusta dibujar, la música y participar en el punto lila feminista del instituto”, zanja.

sábado, 5 de diciembre de 2020

#hemeroteca #identidades | Lo que ‘nosotres’ tenemos que decir


Lo que ‘nosotres’ tenemos que decir.

Agénero, no binario, fluido, bigénero... Son menos de un 5% de la población y reclaman el reflejo de su presencia en leyes y documentos oficiales. La teoría ‘queer’ ha venido a reventar la concepción de género tradicional ligada a los genitales. Así viven su identidad quienes están fuera de la dualidad hombre o mujer.
Pepe Barahona y Fernando Ruso | EPS, El País, 2020-12-05
https://elpais.com/elpais/2020/12/04/eps/1607072645_532834.html

Vero se reconcilió con su feminidad al renunciar a ser solo mujer. La joven se mueve con una mutabilidad sorprendente entre lo masculino y lo femenino, virando involuntariamente con el lenguaje, los gestos, las poses y jugando con su pelo y la ropa. Tiene 28 años y es género fluido, una de las posibilidades que se enmarcan dentro del amplio abanico de las identidades ‘trans’ no binarias, todo aquello que está fuera de la dualidad hombre o mujer. “El no binarismo, el tercer género, ¿es artificial?”, se pregunta sarcástica. Y responde: “Sí, tan artificial como ser hombre o mujer”.

El conflicto forma parte de la vida de Vero desde su adolescencia. La idea de sentirse mujer nunca acabó de encajarle y empezó a —como ella lo llama— masculinizarse, aferrándose a roles asociados a hombres; primero con la ropa, luego con el tabaco, el peinado, los andares e incluso la postura al sentarse. Así, su apariencia cuadraría con su orientación sexual; una forma de justificar, al menos ante el exterior, su atracción por las mujeres. Pero aun así algo seguía sin encajar.

Un conato de disforia, de rechazo a su propio pecho, a punto estuvo de llevarla por un camino de bloqueadores hormonales y testosterona que aflorasen al hombre y sepultasen a la mujer. Años después se alegra de no haber tomado ese camino. “Porque todo hoy hubiese sido distinto”, razona la joven, licenciada en Historia del Arte y diseñadora de arquitecturas efímeras.

Vero mantiene una relación estable con un chico. Explica que su orientación, pansexual —atracción por lo masculino o lo femenino cisgénero, transexuales o no binarios—, nada tiene que ver con su identidad de género. Nació con vulva, pero se siente ambivalentemente mujer y hombre. Varía entre uno y otro en función de la compañía, del tema de conversación o sin explicación alguna. Simplemente fluye, de ahí su género: fluido.

Como muchos otros no binarios, Vero prefiere el invierno al verano. A más capas de ropa, más posibilidades tiene de readaptar su vestimenta al género, siempre en transición. Entallado y colorido, mujer; suelto y oscuro, hombre. “Huyo del neutro”, recalca, “me gusta que la ropa fluya conmigo”.

“Si de la ecuación quitas el pene y la vagina, y los atributos físicos, solo quedan los roles, razona Vero. “¿Qué haces?, ¿quién eres? Yo soy género fluido y voy variando”, resuelve la joven o, dependiendo del momento, el joven.

El término género fluido —‘genderfluid’ en inglés— empezó a acuñarse a principios de 2000 por activistas ‘queer’, una teoría que entiende los géneros como una construcción social, una ficción cultural, que marginaliza y excluye a lo no normativizado. La comunidad LGTBI se apropió de esta voz, adaptada al español como ‘cuir’ y usada antes peyorativamente para referirse a ellos. De extraño o peculiar, hoy la palabra ‘cuirgénero’ ha pasado a englobar dos conceptos: transgénero, que su género no es el mismo que le asignaron al nacer, y no binario, que “tiene difícil encaje en las categorías hombre o mujer y que tienen asociadas ser masculinos o femeninos”, explica el profesor Lucas Platero Méndez, activista LGTBI e investigador posdoctoral del departamento de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Alguien no binario, aclara Platero, “es quien dice que no es binario”. No hay más. “Son personas cuyas vivencias exceden las normas cotidianas y que tienen una mirada propia sobre su cuerpo, las relaciones que establecen y su estar en el mundo, de manera que buscan maneras habitables de poder ser y obtener reconocimiento de su entorno”, amplía el investigador.

Existen diversos estudios que fijan distintas prevalencias en la población general. En uno hecho en Bélgica, la ambivalencia de género o el no binario se daba en un 1,8% de quienes fueron asignados varones al nacer y en un 4,1% de las señaladas como mujeres. En otra investigación holandesa, el 4,6% de los inscritos como hombres en el nacimiento y el 3,2% de las mujeres en la misma situación se identificaban como ambivalentes con su identidad. Ese mismo estudio significaba que el 1,1% de los determinados como ellos y el 0,8% como ellas afirmaban tener una identidad de género incongruente.

“La diversidad de formas de entender el género no hace sino reactualizar la importancia que tiene el género y el sexo en nuestra sociedad”, asegura el profesor Platero. “Entender que hay condicionamientos sociales que dan forma al género no es lo mismo que decir que dicha construcción social no tiene un peso en la vida, aunque seas una persona disidente de tales normas. Saber que es una construcción social no te exime de la discriminación o del castigo por salirte de ellas”.

“Los géneros sobran”, afirma rotundo Sam, agénero, ‘queer’ y pansexual de 24 años. “Los usamos a modo de cajas en las que quedarnos encerrados y en las que hay que seguir unas normas de obligado cumplimiento”, sigue, “y lo que habría que eliminar es la importancia que se le da al género, no el género en sí”, añade. Sam es profesor de inglés y tiene un discurso muy didáctico. “Cuando hablas de helados, la gente piensa en chocolate o vainilla, pero hay más sabores; y eso mismo respondo cuando me preguntan que qué es ser agénero”, explica. “Porque yo no soy ni chocolate ni vainilla”, zanja.

Se define como una persona no binaria agénero transmasculino. No binario porque no se enmarca en la dualidad de chico o chica, agénero porque no se identifica con ningún género y transmasculino porque su estilo de vestir —“socialmente hablando”, explica— se suele identificar más con los hombres que con las mujeres. “Si naces con pene eres un hombre y te gustan las mujeres y las cosas masculinas; si tú naces con vulva eres una mujer, te gustan los hombres y las cosas femeninas y ahí tienes tu ‘starter pack’. Cuando empiezas a hacer la deconstrucción te das cuenta de que ese paquete inicial no tiene por qué ser así, hay muchísimas opciones y vertientes. Entonces yo separaría la genitalidad de la identidad, de la sexualidad y de las preferencias románticas”. Sam nació con vulva. En la adolescencia, probó a acentuar sus rasgos de mujer para intentar acomodar su apariencia a lo que le dictaban sus nuevas compañías. “Y fue horrible”. “Te puedes poner un disfraz”, en referencia a su ropa femenina, “un día, pero si te ves obligado a llevarlo acaba generando rechazo; y así me sentía cuando trataba de vestirme de mujer”.

Pasó por el quirófano para hacerse una mastectomía que le supuso “un antes y un después”. Pidió un préstamo a un banco y se operó. Cambió. “Solo entonces volví a tener esa sensación de bienestar con mi cuerpo como antes de que se me desarrollase ese pecho”, apunta.

Con su cambio físico también empezaron las preguntas —esta vez no suyas, pero sí de otros—, a las que respondía sin reservas. Ha tenido peleas, ha recibido insultos, pero se considera afortunado si se compara con las historias de otros como él. Convencido activista queer, reparte su teléfono en bares a quienes “de forma sincera y no como una anécdota de una noche de fiesta” demandan más información sobre el género no binario.

En torno a los 15 años y en mitad de una tormenta de preguntas sin respuesta se topó con el término agénero. “Encajó, vi que pegaba con lo que me pasaba”, recuerda Sam. Pero por falta de energías para enfrentarse lo dejó en pausa. Volvió a él un par de años después. “La etiqueta se ajustaba y, cuando descubrí que había otros como yo, ¡que existíamos!, sentí una enorme libertad”, recuerda.

En España, el ‘genderqueer’ se topa de bruces con la Administración, en la que se impone la definición únicamente dentro de la dualidad hombre o mujer. Existen precedentes como los de Australia, la India, Alemania o Argentina, donde o reconocen la existencia de un tercer género o permiten el uso de un sexo no determinado, la identidad de género autopercibida, en los documentos oficiales.

El Gobierno maneja un anteproyecto de ley consensuado con la Plataforma Trans Estatal —que aglutina a la mayor parte del colectivo— que incluye el reconocimiento de las personas no binarias para que dentro del derecho a la autodeterminación de género puedan elegir sin hacer referencia al sexo en los documentos oficiales, que deberán ofrecer la posibilidad “no binario”. Parte del feminismo pide que se paralice por considerar que la autodeterminación de género amenazaría las leyes que evitan la discriminación de las mujeres. Mientras, la realidad de las personas no binarias seguirá sin existir en el ámbito legal. Pese al limitado alcance de algunas normas autonómicas, la actual ley obliga a quienes quieran cambiar su género a dos años de tratamiento hormonal y a tener el diagnóstico de disforia de género, condición que patologiza al colectivo. Y pese a cumplirlo, solo podrán elegir entre hombre o mujer.

Mel Constain nació en Colombia hace 27 años y vive en Andalucía. La legislación de esta comunidad sí reconoce la posibilidad de cambiar el nombre registrado al nacer por el sentido, pero solo en los ámbitos en los que tiene las competencias, como el educativo o el sanitario. Con la ley en la mano, Mel solo puede cambiarse el nombre, un farragoso trámite burocrático que depende de que un juez acepte el nuevo nombre para que se identifique con uno de los dos sexos: o chico o chica. “Es una lucha continua para que te reconozcan”, critica Mel, que rechaza el proceso de hormonación. “¿Para qué? Si tampoco me identifico con ser un hombre”, zanja. “Exige mucha energía, y quiero emplearla para disfrutar mi identidad; a fin de cuentas, cualquier escenario legal actual no se ajustará a lo que necesito”.

Mel ejerce como ‘psicólogue’, en versión neutra, y es no ‘binarie’. En su discurso es habitual el uso de la “e” para evitar masculinos y femeninos. “Mis espacios seguros suelen ser aquellos en los que se habla con la e, porque ahí se me identifica como no binaria, se me reconoce y no se me etiqueta como mujer u hombre”, defiende. Elle —el pronombre con el que se encuentra a gusto— cambió su nombre a algo neutro. “Somos superbinaristas, todo está clasificado entre lo masculino y lo femenino, y el lenguaje está para adaptarse a la sociedad, está para que las personas construyan, creen cosas nuevas”, apunta Mel, que ha investigado durante sus estudios sobre el género no binario y que divulga lo aprendido como activista y ‘sexólogue’.

Augura que con el género no binario ocurrirá como con el lenguaje apropiado para hablar de la discapacidad. “Antes, a las personas con diversidad funcional se las llamaba subnormales, ¡algo impensable hoy! ¿Por qué a ‘nosotres’ se nos cuestiona el tratarnos en la identidad que nos sentimos?”.

Insiste Mel en que aunque la adolescencia sea la fase en la que ‘todes’ exploraron, “el sentirse no binario siempre ha estado ahí”. “No es una construcción posterior, no es una ideología, aunque tiremos de las teorías ‘queer’”, sigue; “hemos pasado por una conflictividad interna, pero es algo común a todos; es un sentirse, como los ‘trans’ binarios o las personas ‘cisgénero’”. “No se decide tener una identidad con estigmas por gusto”, zanja.

El miedo al rechazo es una tónica constante entre las personas no binarias, aunque no todas responden igual ante él. Platero describe varias reacciones en su estudio "¡Faltan palabras! Las personas ‘trans’ no binarias en el Estado Español": desde el aislamiento, el regreso al armario o el hacer un uso instrumental de la identidad posible menos incómoda (o más útil) para cumplir con los objetivos.

La de Nel es otra opción posible: hacer activismo de su no encaje. “Me gusta atraer miradas y que les exploten las cabezas”, reclama. “Me pongo falda, me maquillo, voy con falda y vello en las piernas; soy un hombre, por mi transición con las hormonas, pero incorporo en mi vestuario prendas de mujer”, explica este joven malagueño de 20 años. Le gusta pensar que las utopías son solo el futuro, algo que ahora parece inalcanzable, pero llegará. No le preocupa que el lenguaje neutro todavía no esté en la calle, de hecho, le parece “muy ‘crazy’” que quienes le rodean, al verle, sepan cómo catalogarlo sin duda. Él prefiere el trato masculino, aunque sea género no binario. Nació con vulva y no le incomoda el pecho, que —como defiende— forma “parte de esa mezcla” que lo hace ser como es. “Y me encanta”, subraya.

Supo de su condición no binaria a los 13 años, cuando se topó con una escultura de Hermafrodito, mitad hombre y mitad mujer. Desde entonces está fascinado por ese ser mitológico, “tan lejano a la ficción y a lo que aspiraba a ser”. Se enorgullece al contar que, de todo el proceso, son sus abuelos, octogenarios, quienes más le han apoyado. “Me hago la ropa, ahora mismo una falda, con mi abuela y a mi abuelo le hace ilusión tener un nieto”, explica este estudiante de bachillerato de Artes.

Pese a su juventud, ya ha visto algunos avances. La psicóloga que lo trató por primera vez le obligó a definirse: A o B, hombre o mujer. Ahora, a esos niveles, ya se conoce el tercer género, en parte gracias al activismo de jóvenes como él. “Todos somos, como dice la teoría ‘queer’, seres individuales y llegará a un punto en el que las etiquetas no servirán de nada”, vaticina. “El género no binario será algo normal, una opción más; quizá yo no lo vea, pero si alguien llega a verlo: ‘¡Felicidades a todos, lo hemos conseguido!”.

sábado, 7 de julio de 2018

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | Uge Sangil: “Hemos conseguido un Orgullo que reivindica desde la celebración”

Imagen: El País / Uge Sangil
Uge Sangil Presidenta de la FELGTB: “Hemos conseguido un Orgullo que reivindica desde la celebración”.
"Vivo en la otra acera, pero no es porque me apetezca".
Emilio de Benito | El País, 2018-07-07
https://politica.elpais.com/politica/2018/07/06/actualidad/1530877285_094001.html

Todavía se emociona cuando recuerda su primer pregón del Orgullo como presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) el pasado miércoles. "Cuando hablé del acoso escolar, vi a mucha gente ya grande llorar". Dice "grande" y no "mayor" con un inconfundible acento canario, porque Uge Sangil nació hace 49 años en La Palma, y, después de una dilatada carrera de activista, es desde el 16 de abril presidenta de la federación.

Este sábado presidirá la manifestación estatal del Orgullo LGTB (de Atocha a Colón en Madrid), y en su despacho una gran pizarra marca la cronología del evento –"llegada de la alcaldesa, recepción de políticos"– y, en la pared, unos papeles adhesivos establecen el lugar de cada uno de los políticos y activistas en la pancarta de cabecera. Como es habitual (solo hubo una excepción el año pasado) no habrá nadie del PP. "Ni les hemos invitado. Se comprometieron a apoyar la ley de igualdad de trato y no discriminación, pero este año no solo no la votaron en el Congreso, sino que presentaron una enmienda a la totalidad", explica convencida.

Coincidente con su llegada al cargo, la manifestación recupera un tema que ya protagonizó la marcha de 2005: los trans. Este año, el lema es ‘Por la liberación trans. Conquistando la igualdad’. Sangil no dice transexuales. Explica que trans es "un término paraguas" donde, aparte de los transexuales propiamente dichos, se incluye a los agénero o a quienes son, como ella, no binarios. Esa T es la prueba de que la sucesiva visibilización de identidades y orientaciones no heterosexuales no es "un ejercicio teórico". Detrás de cada una (la I de intersexual, la Q de ‘queer’...) "estamos personas". "Nosotras no vivimos en el binomio hombre o mujer, y no nos sentimos ni una cosa ni otra".

Habla siempre de sí misma en femenino, porque, además, es lesbiana. Pero cuando habla de todos, encadena las tres terminaciones: "pequeños, pequeñas y ‘pequeñes’; nosotros, nosotras y ‘nosotres’". Se nota que viene del feminismo y las teorías ‘queer’. Y se define como "esa del pelo blanco con nombre no binario", ese Uge cuya e final no remite ni a lo masculino ni a lo femenino. "Antes hablaba muy poco de mi identidad, pero ahora lo hago cada vez más", afirma. "Es importante que los jóvenes vean que no están solos, que tengan referencias". Pero insiste en que no quiere dejar de decir que es lesbiana. "Creo en la lucha de las mujeres y en su visibilidad. Pero yo soy más que eso", se reivindica. Y cree que esa condición puede ayudar en su lucha. "Desde el heteropatriarcado no nos dejan avanzar, pero puede que desde las identidades diversas podamos ayudar a romper con la esclavitud que nos quieren imponer".

Sangil tiene claro el sentido de la manifestación. "Somos el único Orgullo de los importantes del mundo que mantiene la reivindicación con la fiesta. Y es que seguimos sintiendo que queda mucho por hacer. Seguimos siendo maltratadas, pegadas, nos matan en muchos países, en muchas sociedades se nos considera enfermas o desviadas. Hace unos días conseguimos un poquito, que el CIE-11 [la clasificación internacional de enfermedades de la Organización Mundial de la Salud] nos quite de enfermos mentales. Pero, a cambio, nos define como incongruentes de género. Y no somos incongruentes. Incongruente es la sociedad cuando no entiende que yo defino lo que soy. Seguimos sintiendo que queda mucho por hacer. Puede ser que los hombres gais tengan muchos derechos reconocidos, pero con las mujeres lesbianas y las trans no pasa lo mismo. Cada año cuando se publican las listas de las personas del colectivo LGTB más incluyentes, casi todo son gais; la presencia de mujeres lesbianas, bisexuales y trans es cero".

Tampoco duda del valor de la fiesta de estos días en Madrid (y las semanas pasadas en muchísimos lugares de España). "Este colectivo es alegre y orgulloso, orgullosa, ‘orgullose’. Tenemos la resiliencia muy alta. Y también necesitamos divertirnos, mostrarnos como somos, enseñar nuestras plumas orgullosas. Porque nosotras somos como somos. Y tal y como somos, amamos. Y tal y como somos, sentimos".

"Vivo en la acera de enfrente, pero no es porque me apetezca"
Especializada en la educación en la diversidad, la presidenta de la FELGTB, Uge Sangil, se ríe cuando se le recuerda que hay quien piensa que eso que ella hace es propaganda de la homosexualidad para convertir a los niños. "La época del electrochoque ya pasó, y no se convirtió a nadie en heterosexual", dice. "Educar es aprender a respetar y a ver la diversidad. Es importantísimo empezar cuando niños, porque el niño, la niña, el ‘niñe’, tienen una mente abierta. En esas edades es más fácil aceptar la diversidad, que aprendan que no somos distintos ni anormales, sino diversos, y que así nos enriquecemos unos a otros. Pero eso no se puede hacer solo en la educación reglada, sino en la no reglada y en familia. Si no, es imposible conseguir lo mismo".

"Cuando hablamos de nosotros, hablamos de derechos humanos y de la diversidad del ser humano. Nadie que no se sienta gay, lesbiana o trans va a serlo ni va a cambiar. No es algo que se pueda cambiar. Es algo interno que tú sientes, pero que no puedes hacer sentir a otra persona", afirma.

Y añade un argumento práctico: "No es fácil vivir una orientación o una identidad que no sea heterosexual. Yo vivo en la acera de enfrente, pero no es porque me apetezca. Es porque no me han dejado vivir en la otra”.

domingo, 22 de abril de 2018

#hemeroteca #lgtbi | Uge Sangil: "La gente que se indigna por que vayamos al Orgullo en bañador, con plumas o purpurina tiene miedo a la libertad"

Imagen: El Diario / Uge Sangil
Uge Sangil, nueva presidenta de la FELGTB: "La gente que se indigna por que vayamos al Orgullo en bañador, con plumas o purpurina tiene miedo a la libertad".
Uge Sangil ha sido elegida como nueva presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) por los próximos tres años. Asegura que no volverán a invitar al PP a la cabecera del Orgullo, a la que asistió el año pasado: "Nos ha engañado". "En el colectivo LGTBI no se debe tratar solo de incluir letras, sino abrir brazos y miradas hacia otras culturas, religiones e identidades".
Marta Borraz | El Diario, 2018-04-22
https://www.eldiario.es/sociedad/Uge-Sangil-FELGTB-homofobia-Orgullo_0_762924240.html

La Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) ha dado el pistoletazo de salida a una nueva etapa. La mayor entidad LGTBI de España y una de las organizadoras del Orgullo que a principios de julio llena las calles de Madrid ha elegido a la activista Uge Sangil como nueva presidenta, un cargo que deja atrás Jesús Generelo y por el que también han pasado históricos como el socialista Pedro Zerolo, los activistas Boti García Rodrigo y Toni Poveda o la hoy diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid Beatriz Gimeno.

Sangil, lesbiana y antigua portavoz de Educación de la federación, asegura que afronta el cargo con "ilusión y responsabilidad" y define como próximos retos la aprobación de la Ley LGTBI que tramita el Congreso de los Diputados, el reconocimiento y la visibilidad de las personas trans y la defensa de los derechos LGTBI más allá de nuestras fronteras. Eso sin olvidarse de esa homofobia sutil y casi invisible que sigue marcando el día a día de muchas personas. La norma, dice, "sigue siendo heterosexual".

Hay quien dice que en España no hay nada que reivindicar y los derechos LGTBI ya están conseguidos. ¿Qué falta?
Faltan muchas cosas. Cuando vas a los colegios te das cuenta de que todavía hay mucha homofobia y bifobia encubierta, que no se palpa con facilidad. A los niños y niñas les preguntas sobre los gays, lesbianas o trans y te dicen que no pasa nada, pero cuando escarbas un poco, aflora. Y ves a los chiquillos LGTBI cómo bajan la cabeza y se ruborizan porque son incapaces de salir del armario o porque están sufriendo acoso. Es obvio que ha habido un cambio importante, pero en el día a día se nos sigue mirando como algo distinto o como algo raro, como lo otro. Todavía hay muchísima gente en el armario.

¿Qué pasa en el ámbito laboral?
La gente no se permite el lujo de decir en el trabajo que es gay, lesbiana, bisexual o trans. Tenemos tremendamente interiorizado el miedo. El empleo es uno de los ámbitos en los que más te retraes o más te escondes por miedo a lo que pueda pasar.

¿Ha perdido el Orgullo LGTBI la esencia reivindicativa que tenía en sus inicios?
Yo creo que ha cambiado de modelo. Lo importante es que el mensaje sigue llegando y por eso nosotros seguimos trabajando nuestro Orgullo. Durante estos últimos años hemos tenido diferentes reivindicaciones y el año en el que fue la bisexualidad, se habló de ello en España. Eso también es importante, que el mensaje vaya calando. Seguimos saliendo a la calle con alegría, queremos salir de ahí, de ese sufrimiento, siendo nosotras mismas y esta es la forma que tenemos de expresarnos y de vivirlo.

Cada año se repiten los mismos mantras: "Que reivindiquen lo que quieran, pero ¿por qué tienen que ir así? Con maquillaje, purpurina y dando el cante" es uno de los habituales...
Yo creo que las personas que dicen esas cosas tiene miedo, pudor y temor a mirarse a sí mismas. La gente que se indigna por que vayamos en bañador, bikini, con plumas, con purpurina o como quiera cada persona al Orgullo tiene miedo a la libertad. Yo pienso que el que mira siente ese 'yo no soy capaz'. La forma de expresarse es algo propio y personal. Oye, sal a la calle y hazlo como quieras, sé libre. Vivimos en una sociedad muy encajonada y a la gente le da miedo exponerse. Nosotros nos sentimos libres así: soy gay, soy bollera, ¿y qué pasa?

El PP interpuso un recurso de inconstitucionalidad contra el matrimonio igualitario en 2005 y el año pasado estaba en la cabecera de la manifestación del Orgullo. Fue algo muy criticado.
Es difícil de explicar y no se nos entiende bien, pero yo creo que la crítica es comprensible. Fue un voto de confianza ante la Ley LGTBI que presentamos y que queríamos que entrara en el Congreso porque en las negociaciones previas que habíamos tenido habíamos visto disponibilidad. Confiamos en que nos iban a apoyar, pero nos han engañado y no solo no votaron a favor de la toma en consideración, sino que presentaron una enmienda a la totalidad descafeinada y sin contenido. Yo lo tengo claro: me engañas una vez, no me engañas dos. Tendrían que cambiar muchas cosas para invitarles otra vez. De momento es un 'no' y quitaría la palabra de momento. Es un 'no' porque no se lo merecen.

Además de elegirla como presidenta, la FELGTB ha sustituido en su nombre la palabra "transexuales" por "trans". ¿Por qué ese cambio?
La FELGTB tiene que ser una federación inclusiva. Vamos a utilizar el término 'trans' como término inclusivo, como paraguas de todas las realidades que existen. Y ahí podemos hablar de transexualidad, de la que siempre hemos hablado, pero también de las personas agénero, no binarias y otras diversidades. Es una realidad que está en la calle y sobre la que se nos estaban pidiendo posiciones. Es el paso que tenemos que dar para incluirnos todas, todos y ‘todes’. No podemos dejar a nadie fuera de esta casa.

¿La FELGTB es feminista?
Sí, por supuesto. Las personas LGTBI no podemos luchar sin tener en cuenta y caminar juntas con el feminismo. La lucha del movimiento comenzó desde el feminismo y no podemos olvidar quién nos aplasta. No solo a las mujeres les aplasta el patriarcado, a las personas LGTBI también. Esto es así porque rompemos con la norma y no respondemos a ella. Nos aplasta esa misma sociedad que no quiere que nos salgamos del redil y que nos condena a ser de segunda clase, nos quita el poder y nos relega. Creo que a los hombres gais en cierta manera también les oprime el patriarcado porque se les obliga a ser algo que no son. Además de esa imposición social de que tienen que estar perfectos, ser musculados... es como 'vale, entras, pero tienes que ser de esta manera'. También hay mucha plumofobia. Es que al final la imposición de roles de género afecta a la comunidad LGTBI.

¿Hay plumofobia también dentro del propio colectivo LGTBI?
Sí. Ser gay, lesbiana, trans o bisexual no te impide que seas homófobo. La homofobia interiorizada existe. A mí me han educado en una sociedad donde tengo que rechazar lo que soy, por lo tanto también soy homófoba, bífoba y tránsfoba. Es algo que todas nos tenemos que trabajar día a día. Aunque a mí me encanta la pluma.

¿Es la G la letra más visible de la sigla LGTBI?
Sí. Son hombres y tienen privilegio, son más visibles. Aunque también ahí intercede la clase. La sociedad ha dado un lugar a algunos con un determinado estatus social. O sea que el patriarcado tiene mucho que ver, pero también el capitalismo y la clase social. Pero es verdad que las lesbianas o las personas trans sufrimos una doble o a veces triple discriminación. Estamos mucho más invisibilizadas y nos faltan referentes. Mucha gente puede enumerar a hombres gays más o menos conocidos, en nuestro caso no tanto.

¿Tiene que hacer el colectivo LGTBI autocrítica con el tema racial?
Por supuesto. Debemos tener muy en cuenta que no es lo mismo ser mujer lesbiana blanca que ser mujer lesbiana negra, por ejemplo. Hay que hacer una autocrítica constructiva en el sentido de incorporar miradas. En el colectivo LGTBI no se debe tratar solo de incluir letras, sino abrir brazos y miradas hacia otras culturas, religiones e identidades. Las etiquetas son para visibilizar realidades, pero dentro de seas realidades hay mucha diversidad. Y no solo racial, también tenemos que hablar de diversidad funcional o discapacidad.

jueves, 1 de marzo de 2018

#hemeroteca #libros #testimonios | Una tormenta ‘agénero’ llamada Soy una Pringada

Imagen: El País / Estíbaliz Quesada
Una tormenta ‘agénero’ llamada Soy una Pringada.
Estíbaliz Quesada ha recogido todos sus traumas adolescentes para convertirlos en agudas puñaladas que asesta desde YouTube, Flooxer y, ahora, un libro.
Jordi Costa | El País, 2018-03-01
https://elpais.com/elpais/2018/02/27/icon/1519744605_638789.html

Ella escribe: “El colegio. El colegio. Menudo puto infierno. Si en vez de ser una niña blanca en una clase de un barrio suburbano hubiese sido una niña judía en un campo de concentración, no hubiese notado la diferencia”. Y también: “Los inicios de la adolescencia son peores que una posguerra”. Estíbaliz Quesada AKA Soy una Pringada pega estas puñaladas de agudeza en su primer libro, ‘FREAK’ (Ediciones Hidroavión), donde desgrana sus memorias.

O lo que es lo mismo, todo el capital de dolor acumulado durante tan solo 22 años de existencia (nació en Baracaldo), en sostenido exilio interior de un mundo incuestionablemente idiota y convencido de que todo puede aprenderse en un tutorial de Internet. Todo menos la lucidez que derrocha esta estrella digital que más de un día debió soñar con montar un Columbine en su instituto antes de encontrar en YouTube una tribuna privilegiada para lanzar, en pequeñas dosis, su gran y sonoro "no" a lo divino y lo humano.

Por algunas de sus frases podrían pujar célebres monologuistas dispuestos a hacer de la autoflagelación cómica a micrófono abierto un arte o un lucrativo ‘modus vivendi’. Y, sin duda, más de una estrella del realismo sucio daría un brazo por haber escrito un relato tan preciso y brutal como ‘Grandma dearest’, el capítulo del libro donde Soy una Pringada rememora la figura de su abuela suicida.

En la era de los ‘influencers’, los maestros del ‘unboxing’ y los ‘challengers’, Esti es puro fuego del infierno, una tormenta agénero en forma de niña poseída dispuesta a convertir el odio –a los magos, a los campamentos de verano o a Carlota Corredera– en una de las malas (pero bellas) artes.

Con varios clásicos ‘youtuberos’ en su haber –atención a 'Tarde de mierda', vídeo con el que celebró sus 600 suscriptores: hoy tiene alrededor de 180.000 en YouTube y 53.000 seguidores en Twitter– y en su imparable afán de devorar el Universo, la Pringada, dj y monstruo sagrado, ya ha terminado de rodar su propia serie para Flooxer. Lo suyo es la arrolladora resurrección de la contracultura más feroz en estos tiempos color gris vainilla.