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lunes, 5 de abril de 2021

#hemeroteca #masculinidad | Octavio Salazar: "A veces le dan más valor a lo que yo digo por ser hombre que a una compañera que lleva toda la vida en el feminismo"

Imagen: El Diario / Octavio Salazar

Octavio Salazar: "A veces le dan más valor a lo que yo digo por ser hombre que a una compañera que lleva toda la vida en el feminismo".

El catedrático e investigador Octavio Salazar publica 'La vida en común. Los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus', donde analiza la oportunidad para replantear el sistema que deja la pandemia.
David Noriega | El Diario, 2021-04-05
https://www.eldiario.es/cultura/octavio-salazar-feminismo-masculinidades-pandemia-hombres_128_7365717.html

El 14 de marzo de 2020 se decretó en España el primer estado de alarma por la pandemia del COVID-19. Durante meses, y hasta hoy, se ha limitado la movilidad con más o menos restricciones y durante semanas solo estuvo permitido salir para lo básico: trabajar si no era posible hacerlo desde casa e ir a la compra. En este largo año, nuestra forma de vivir y de relacionarnos ha cambiado como pocas veces antes lo había hecho. Al catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba e investigador especializado en igualdad de género y nuevas masculinidades Octavio Salazar todo este tiempo le ha servido para replantear en su libro 'La vida en común' (editorial Galaxia Gutenberg) qué sistema queremos tener cuando pase la crisis y qué hombres deberíamos ser después del coronavirus.

P. En el libro hace un resumen de cómo la pandemia ha afectado a los hombres y cómo hemos tenido que cambiar la dimensión pública por esa otra más privada a la que siempre han estado relegadas las mujeres. ¿Cómo cree que nos hemos adaptado a ese espacio cuando hemos construido nuestra razón de ser sobre lo público?


R. Toda esta experiencia que vivimos nos ha podido obligar a revisar las prioridades, las formas de organizar nuestras vidas, cómo nos proyectamos en lo público desconectándonos prácticamente de lo privado, cómo organizábamos los tiempos en función de nuestro trabajo y nuestra proyección profesional. De lo que no tengo datos es de si, efectivamente, nos ha servido de manera positiva o si nuestra memoria es muy corta e, inmediatamente, nos hemos incorporado a la normalidad. Esta crisis podría haber sido una magnifica oportunidad para que hombres y mujeres revisáramos cómo organizamos nuestra convivencia.

P. La pandemia ha hecho más visibles aquellas necesidades que estaban en el imaginario colectivo en un lugar secundario, como los cuidados o la parte emocional. ¿Cree que le hemos dado un valor real o nos hemos quedado en lo simbólico?

R. Más allá de que a nivel personal hayamos valorado muchísimo más lo que tiene que ver con los trabajos de cuidado y los sostenes emocionales, todo eso necesita unos compromisos colectivos y públicos. Ahí es donde no se han dado los pasos que se tenían que dar. Quizás algunas personas se hayan visto obligadas a replantear muchos aspectos de su vida cotidiana, pero no tengo tan claro que desde el punto de vista político se hayan priorizado estas cuestiones ante la urgencia de resolver la situación sanitaria y la económica.

P. Los cuidados también tienen una dimensión económica.

R. Ese es el cambio de paradigma que tendremos que plantearnos. Todas esas dimensiones de la vida que tradicionalmente no hemos valorado porque hemos entendido que no son productivas también son trabajo. Esas esferas tienen que ser prioritarias y estar en el foco central de las políticas económicas de cualquier gobierno. Por ejemplo, ¿qué está pasando en las ciudades? El debate fundamental está siendo la hostelería, los horarios de los bares, cómo pueden utilizar el espacio público... pero no se está debatiendo sobre cómo ese espacio tiene que ser repensado para que todos y todas podamos disfrutarlo de otra manera. No estamos pensando en las ciudades desde una dimensión humana por esa visión productiva economicista, incluso de los entornos urbanos. No está habiendo una reflexión sobre si las ciudades son accesibles, sostenibles, si garantizan niveles de salud e integridad física o si responden a las necesidades de las distintas generaciones que las habitan. Muchas de las medidas que se han ido adoptando durante la pandemia son muy cuestionables desde el punto de vista de cómo se han limitado las necesidades vitales.

P. ¿Cree que esas necesidades se han visto limitadas por la pandemia o que esas limitaciones ya existían?

R. Yo tengo la sensación de que pasa con los dos extremos de la vida: los niños y las niñas y las personas mayores. En el caso de los niños, medimos su interés en función del nuestro y del propio sistema, como si no fueran sujetos que tienen una serie de derechos. Por ejemplo, la escuela se mira para la conciliación, pero no pensando en el papel que tiene en el desarrollo del niño y de la niña. Y a las personas mayores las tratamos de una manera tremendamente proteccionista, como si no fueran sujetos capaces de tomar las decisiones que afectan a sus vidas. Como no son productivos para el sistema económico, no son ciudadanos de primera y están en los márgenes. Cada vez vamos a vivir más años y hay más personas en esa fase, por lo que tenemos que resolver qué lugar ocupan las personas cuando acaban con su edad "productiva".

P. En este verano, la ministra de Igualdad, Irene Montero, propuso un pacto de estado por los cuidados. ¿Lo ve factible?

R. En 2017 el Parlamento aprobó por una amplia mayoría un pacto de Estado contra la Violencia de Género y todavía estamos esperando que se traduzca en alguna medida efectiva. Me parece muy bien que haya un pacto, pero lo que hay que hacer es traducir esos grandes proyectos en medidas concretas, leyes concretas y que en la ley de Presupuestos se concrete que los cuidados son una cuestión prioritaria, que se creen infraestructuras para sostener esos cuidados, que se contrate a personal de manera digna.

P. En los últimos meses ha habido un 'boom' de teletrabajo, que en muchos casos ha terminado por ser una carga más para las mujeres: según diferentes estudios han visto alargadas sus jornadas, su actividad laboral se ha desplazado a la madrugada o han sido relegadas a los peores espacios de la casa. ¿Es el teletrabajo la mejor fórmula para favorecer un reparto más equitativo de las responsabilidades? ¿Hemos perdido una oportunidad de hacerlo?


R. Podría serlo si partiéramos de una situación de igualdad de oportunidades y de cómo nos situamos hombres y mujeres en el mercado laboral y en la corresponsabilidad, pero existe una tremenda asimetría. Desde esa asimetría de género, las mujeres son las que están soportando la peor parte. Sé por varias compañeras del ámbito universitario, sobre todo las que tienen hijos o personas dependientes a cargo, que el teletrabajo se ha convertido en un auténtico infierno, porque no hay separación entre el espacio de trabajo y el espacio de vida. Al estar en casa 24 horas al días, han estado disponibles para trabajar y para cuidar. Eso es una bola tremenda, que ha multiplicado el esfuerzo, la carga y la presión emocional. Para la mujer esto tiene el elemento añadido de que quedarse en casa supone verse condenada de nuevo al espacio privado, a no ser visible en lo público y no poder interrelacionarse y tener presencia.

P. En el libro hace referencia a la situación "perversa" que hace que para que muchas mujeres del mundo "más desarrollado" puedan desempeñar su carrera profesional son otras, en su mayoría mujeres migrantes, las que tienen que trabajar en condiciones cercanas a la servidumbre. Es un discurso de la activista Audre Lorde, que la actriz Daniela Santiago verbalizó el 8M y que generó muchísima polémica, sobre todo en redes sociales. ¿Por qué cree que ese discurso genera polémica dentro del feminismo?

R. Cuando analizamos cuál es la situación de las mujeres y por qué sigue habiendo desigualdad, hay muchos factores que interseccionan con el género y crean situaciones específicas de vulnerabilidad. A veces, desde determinados ámbitos del feminismo –léase académico, institucional o el adjetivo que queramos ponerle– tenemos una mirada muy estrecha sobre las múltiples realidades en las que se encuentran las mujeres. Soy el primero que entono el ‘mea culpa’, porque acabas muy condicionado por el mismo estatus que tú ocupas. Ahora más que nunca es necesario tener presente que hay un factor que tiene que ver con la clase y muchísimas cuestiones que tienen que ver con problemas de recursos económicos o de minorías que tienen más dificultades para conseguir un estatus de ciudadanía o las familias monoparentales, que enfrenan más dificultades. En todo ese contexto, las mujeres están doble o triplemente discriminadas y hay que ir incorporando esas miradas. Yo no entiendo porqué existe esa resistencia o se hacen esas críticas, porque justamente ahora hay que enfocar la cuestión con todas esas perspectivas.

P. La candidata de Más Madrid a las elecciones del 4M, Mónica García, dijo hace unos días que la política española estaba cargada de testosterona. Tampoco es raro ver en sede parlamentaria comentarios machistas, como el sufrido hace poco por la ministra Yolanda Díaz. ¿El clima político actual favorece que las masculinidades tradicionales se perpetúen?

R. Hay grupos políticos que han introducido en su proyecto la lucha contra el feminismo y contra leyes que suponen avances en igualdad. Estamos viendo cómo se convierte en opción política el ataque al feminismo y a conquistas que hasta hace poco tiempo entendíamos consensuadas. Ahora se ha abierto la veda y hay una postura muy exhibicionista del machismo. No hay ningún corte en decir una barbaridad. No solo lo hace un diputado en sede parlamentaria, sino que luego lo dice un ciudadano en Twittter, en un grupo de WhatsApp o en un debate en una cafetería. Parece que está de moda cuestionar a las mujeres y al feminismo y siempre hay una corte que te ríe las gracias. Es un punto muy perverso de involución.

P. ¿Dónde se rompió el ese consenso?


R. Es una reacción frente a los grandes momentos que el feminismo ha tenido en los últimos años, como las convocatorias del 8M, las movilizaciones en campañas como el #Metoo, la conciencia social en torno a las violaciones y las agresiones sexuales... Esta presencia absolutamente determinante del feminismo en la agenda pública ha provocado una reacción de sectores de hombres que ven eso como una amenaza y entienden que su lugar dominante se encuentra en peligro. Si a eso le añades la crisis económica y la situación de inseguridad, se genera el caldo de cultivo para que los discursos viscerales y populistas enganchen a más gente.

P. ¿Estamos los hombres dispuestos a renunciar a los privilegios inherentes a ser hombres?


R. Ahí es donde está uno de los grandes obstáculos con los que se encuentran las mujeres. En el siglo XX, las mujeres se han movido muchísimo con respecto a lo que era su estatus tradicional. No hay más que ver cuál era el papel de las abuelas de las mujeres que viven ahora. Los hombres estamos prácticamente en el mismo sitio respecto a nuestro lugar en la sociedad y nuestra forma de concebirnos como hombres. Ese cambio es muy difícil porque implica cuestionar el modelo tradicional que nos ha privilegiado siempre. Es una tarea difícil en la que tenemos que hacer renuncias y asumir responsabilidades que hasta ahora no hemos asumido. Nadie que está en una posición dominante quiere renunciar a ella tan fácilmente.

P. Siempre hablamos de renunciar a privilegios pero, ¿hace falta más pedagogía sobre lo que los hombres tenemos que ganar con el feminismo?


R. No me gusta enfocarlo como si fuera un juego de pérdida y ganancia, porque parece que estamos en una suerte de dinámica competitiva. Lo que hay que hacer es una pedagogía sobre si realmente queremos una sociedad que funcione democráticamente, de manera plena y donde todos podamos disfrutar mucho mejor de los derechos fundamentales que nos reconocen las leyes. El feminismo también puede ser emancipador para nosotros, porque gracias a él ya no tendremos que ser "tíos de verdad". Vamos a empezar a disfrutar y a desarrollar toda una serie de capacidades y habilidades que nos hemos negado por entender que no eran propias de lo masculino. Eso requiere un trabajo de concienciación progresivo, de mucho debate.

P. En el libro hace hincapié en la necesidad de contar con la visión y recuperar la voz de las mujeres. Sin embargo, aquí estamos: un hombre preguntando a otro hombre por un libro sobre cómo superar esa desigualdad estructural que sufren las mujeres. ¿Dónde está la línea entre ser aliados y el ‘mansplaining’?

R. Me lo planteo todos los días. Estamos en un alambre entre, por un lado, lo importante que es que haya hombres que podamos tener voz en estas cuestiones para llegar a otros hombres que nos pueden tomar más en serio que a las mujeres y, por otro, que ocupemos espacios que les corresponden a ellas. Yo me nutro de lo que piensan las mujeres, de lo que leo, de lo que mis compañeras me enseñan todos los días y con todo eso trato de dirigirme a los hombres. Creo que el papel que tendríamos que tener nosotros en el feminismo es trabajar con nosotros mismos, interpelar a los hombres y asumir ese protagonismo, sobre todo, en aquellos espacios que nos puedan generar incomodidad pero donde tenemos la capacidad de cambiar determinadas cosas.

Muchas veces, los propios medios parece que te prestan más atención cuando eres un tío, a pesar de que estás diciendo algo menos relevante o lo mismo que te dice mucho mejor una compañera. Yo colaboro en Córdoba con asociaciones de mujeres y ayuntamientos. En alguna ocasión desde los colectivos me han dicho: "Es que quiero que vayas tú, porque te toman más en serio". Lamentablemente, temo que es así: le dan más valor a lo que yo digo que a lo que dice una compañera que lleva toda su vida en el feminismo.


Y TAMBIÉN…
Octavio Salazar: urge construir un discurso alternativo a los movimientos anti igualdad.
Laura de Grado Alonso | Efeminista, 2021-02-02

https://www.efeminista.com/octavio-salazar-la-vida-en-comun-discurso-anti-igualdad/

sábado, 23 de enero de 2021

#hemeroteca #libros #feminismo | Rebecca Solnit: «Para ser feminista tienes que apoyar los derechos trans, porque ambos son derechos de género y derechos humanos»


Rebecca Solnit: «Para ser feminista tienes que apoyar los derechos trans, porque ambos son derechos de género y derechos humanos».

En febrero llega a España el primer libro de memorias de Rebecca Solnit, ‘Recuerdos de mi inexistencia’. La ‘inventora’ del término ‘mansplaining’ nos habla de cultura de la cancelación y misoginia.
María Sánchez Díez | SModa, El País, 2021-01-23
https://smoda.elpais.com/feminismo/rebecca-solnit-memorias/ 

La anécdota forma parte ya de la mitología feminista. La escritora Rebecca Solnit se encontraba en una fiesta cuando entabló conversación con un hombre que insistió en explicarle en qué consistía un libro que ella misma había escrito. El episodio, inmortalizado en 'Los hombres me explican cosas', desencadenó en la creación del término ‘mansplaining’, la tendencia de algunos hombres de aleccionar a las mujeres, con independencia de si saben algo sobre un tema o no. Hablamos sobre 'Recuerdos de mi inexistencia', unas memorias sobre cómo encontró su voz como escritora y feminista en un mundo donde muchos hubieran preferido que se quedara callada.

P. En ‘Recuerdos de mi inexistencia’ habla de cómo la sociedad espera de las mujeres jóvenes que pasen inadvertidas y no ocupen espacio ni hagan ruido.
R. Para las mujeres, particularmente las jóvenes, la existencia misma se ve como una forma de agresión, una agresión descortés. Lo cortés es que se borren a sí mismas. Y eso puede significar alejarse de la esfera pública, la política, de la participación en diferentes ámbitos de la vida, o incluso en una conversación. O participar, pero para servir a los hombres en lugar de a ti misma, a tu género o a tus propias ideas. Como mujer, constantemente recibes mensajes para borrarte o ser castigada: por aparecer, por competir, por pensar que mereces ser miembro.

P. Una de las formas más comunes de violencia de género es el intento de silenciar. Con el MeToo se rompieron los diques. ¿Espera algún tipo de reacción a este movimiento?
R. Cuando veo el miedo y la rabia de la misoginia, veo que lo que estamos haciendo importa, que es poderoso y que, en muchos sentidos, está teniendo éxito. Algo que siento que las mujeres jóvenes no reconocen lo suficiente es que el matrimonio, cuando yo era joven, estaba diseñado esencialmente como una relación inherentemente desigual en la que la mujer entregaba su identidad y su poder, incluido el poder financiero y la autonomía corporal, al esposo, que adquiría poder sobre otro ser humano. Eso ha cambiado mucho en los últimos 35 años.

P. En España estamos viviendo un enfrentamiento en el seno del movimiento feminista a cuenta de las feministas trans-excluyentes. ¿Cuál es su postura?
R. Es como si estuviéramos luchando contra el enemigo imaginario mientras dejamos que el enemigo real haga daño. ¿Podemos centrarnos en el hecho de que casi toda la violencia de género, la violencia sexual, viene de hombres cisgénero, y dejar de preocuparnos por las mujeres trans? La cultura queer ha sido liberadora y el feminismo y la liberación queer son inseparables. El feminismo siempre ha tratado de redefinir el género porque la feminidad se definió como la incapacidad de ser un participante pleno en el mundo. Para ser feminista tienes que apoyar los derechos trans, porque ambos son derechos de género y derechos humanos. Creo que ninguna rama del feminismo es legítima si no apoya otras ramas de los derechos humanos.

P. Otra idea que atraviesa su obra es que hay una guerra contra las mujeres que la sociedad se resiste a llamar como tal. Usted insiste en dar nombre a esa violencia.
R. Una vez las ideas están en el mundo, son como los genios de ‘Las mil y una noches’: muy difíciles de volver a meter en la botella. Puedes quitarle a las mujeres los derechos reproductivos por ley, pero no necesariamente puedes convencerlas de que no merecen tener derechos reproductivos. Para mí el feminismo ha sido fascinante porque gran parte de su trabajo ha consistido en identificar problemas. Un problema es como una enfermedad: los epidemiólogos intentan entender cómo funciona, los investigadores médicos tratan de identificar qué bacteria o virus lo causa. Y luego le das un nombre.

P. ¿Entonces por qué todavía existe tanta resistencia a reconocer la misoginia?
R. En parte es porque mucha violencia contra las mujeres es odio que se parece al amor: es sexual, íntima. Cuando las cosas van bien, hacer el amor, tener una relación romántica, estar casado y en una familia es bueno. Pero estas cosas pueden volverse violentas, coercitivas. Y eso es más difícil de identificar, tiene lugar en privado. Pero sobre todo es porque la mayoría de las sociedades del mundo han considerado que los hombres tienen derecho a dominar a las mujeres. Una parte de esa dominación es educada y matizada. Tiene lugar en el aula, en la universidad, en el parlamento y en la ley. Otra parte, sobre todo cuando fallan esas otras formas de dominación, es violenta.

P. ¿Cómo se siente por haber contribuido con el término ‘mansplaining’ al vocabulario feminista?
R. No creé la palabra, pero el ensayo que publiqué en la primavera de 2008 inspiró a una bloguera a crearla. He de admitir que los primeros años no estaba segura de cómo me sentía al respecto porque se emplea de forma muy amplia y de maneras que no siempre siento que sean precisas. Creo que me preocupaba demasiado la fragilidad masculina. Pero luego una joven estudiante de posdoctorado en la Universidad de Berkeley me dijo: «Hasta que no tuvimos esta palabra, no pudimos identificar una experiencia que todas tenemos. Y hasta que no pudimos identificar esa experiencia, no pudimos repudiarla y responder de manera significativa. Necesitábamos esta palabra». Desde entonces, la he aceptado plenamente.

P. ¿Cómo cree que deberíamos manejar, como sociedad, nuestra relación con el arte deliberadamente sexista o con el legado de artistas ‘cancelados’ que han aterrorizado a las mujeres?
R. Se puede ver todo el proyecto del patriarcado como 5.000 años de cancelación de las mujeres. Personas que están muy felices de atacar y tratar de silenciar a otros se vuelven muy frágiles cuando les toca a otros tener opiniones. Se remonta al patrón de que algunas personas importan más que otras, por lo tanto, el patriarcado, el tratar de cancelar a las mujeres, no es una cancelación y no es un problema: las mujeres que intentan cancelar a los misóginos lo son. Ni siquiera están tratando de cancelar a nadie ni quemar libros o películas. Solo están diciendo: «Esta es una obra de arte de mierda porque tiene valores de mierda». O: «Es de una persona que ha hecho cosas de mierda».

P. Recuerdo el lío que se montó cuando criticó Lolita de Nabokov.
R. El arte no es trivial e irrelevante. Verte asesinado una y otra vez, degradado o sencillamente fuera de la historia ha tenido un gran impacto. Tenemos personas de color, personas queer, mujeres, etc., que hablan sobre cómo lo que vieron en las películas, lo que leyeron en los libros que les asignaron, lo que escucharon en la música pop moldeó su sentido de sí mismos. El arte importa. Nos define. Podemos avanzar siendo muy conscientes de cómo queremos ser definidos y quién es el ‘nosotros’ que lo definirá. Es un proyecto emocionante. No es una tragedia esta mierda sobre la cancelación de los hombres. Y un buen punto que hizo la feminista Rebecca Traister en 2017 fue el de no pienses en estos hombres cuyo arte tal vez no veamos tanto. Piensa en todas las mujeres cuyo arte nunca vimos por lo que estos hombres les hicieron, impidiendo que circulara su obra, lo que ciertamente me pasó a mí.

P. Escribe que la feminidad es «un acto de desaparición constante, una eliminación y un silenciamiento para dejar más espacio a los hombres». ¿Puede la moda resistirse a los mandatos machistas y convertirse en herramienta para la igualdad?
R. Algo que siempre ha sido un problema para mí es lo que llamo discapacidad voluntaria: tacones altos, ropa ajustada, cosas que no permiten que las mujeres se muevan libremente. ¿Cómo sería una moda que de ninguna manera incapacitara a quien la lleva, que no la apriete ni la constriña, que no obstaculice su libertad de movimiento?

P. ¿Cuáles son las consecuencias del patriarcado para los hombres?
R. Hay un pasaje hermoso de la feminista negra Bell Hooks que dice que el primer acto de violencia que el patriarcado requiere de los hombres es contra ellos mismos. Ser hombre requiere represión. Hay tantas cosas que no puedes decir, que se supone que no debes sentir o desear. Veo la masculinidad como una renuncia monástica: ni siquiera te pueden gustar ciertos colores. Los hombres están tremendamente oprimidos y a veces se culpa a las feministas de no liberarlos. No creo que sea trabajo de una mujer liberar a los hombres, pero creo que el feminismo tiene todo para ofrecer a los hombres ya que, al redefinir los roles de las mujeres, necesariamente redefine los roles de hombres y los abre.

miércoles, 22 de agosto de 2018

#hemeroteca #machismo #antifeminismo | Machismo y antifeminismo

Imagen: El Diario / Manifestación 8M en Valladolid
Machismo y antifeminismo.
Al revés de lo que sucede con el machismo, el antifeminismo es siempre explícito y no puede ser inconsciente o inadvertido para el sujeto que lo defiende
Teresa Maldonado | ctxt, 2018-08-22
http://ctxt.es/es/20180822/Firmas/21271/Teresa-Maldonado-feminismo-machismo-antifeminismo.htm 
 
El machismo y el antifeminismo no son ‘exactamente’ lo mismo. Identificar los matices que los distinguen creo que puede ayudarnos a clarificar algunos debates y a entender algunas cosas que (nos) pasan. Cierto que ambos fenómenos convergen en los mismos sujetos con mucha frecuencia, pero son cosas por lo menos analíticamente diferentes. La mayoría de individuos, grupos, prácticas, costumbres o instituciones que son machistas suelen tener también componentes anti-feministas, pero parece más adecuado reservar el adjetivo antifeminista para calificar a individuos o grupos de tales que se expresan consciente y explícitamente en contra del feminismo como planteamiento político articulado.

A pesar de que a veces se habla de “la ideología machista”, el machismo es más actitudinal que programático; tiene que ver con una actitud vital que incluye desde acciones, conductas y ademanes, hasta aspectos de la personalidad u opiniones no especialmente sistematizadas; conductas y opiniones no sólo sostenidas por hombres, cierto, también en ocasiones son mujeres quienes las ponen en práctica (coincide en esto con el antifeminismo, que también puede ser enarbolado por mujeres). Pero el machismo puede darse en alguien que desconozca completamente la existencia del feminismo y sus planteamientos en favor de la igualdad de género, aunque es verdad que esto –no tener noticia del feminismo– resulta cada vez menos probable. Por supuesto, también puede ejercer de machista alguien que conoce y rebate (o intenta rebatir) los planteamientos feministas, seguramente es lo más habitual. Pero lo chocante es que encontramos machistas bastante evidentes también entre personas, generalmente hombres, que conocen mínimamente el feminismo, algunas de sus aportaciones, de sus análisis… ¡y los aceptan! –o eso dicen. El colmo de la paradoja: puede haber y hay hombres que ponen en marcha por ejemplo el mecanismo de ‘mansplaining’ para subrayar la importancia del feminismo de formas profundamente machistas por el paternalismo, la condescendencia o la arrogancia que despliegan (pensaremos que inconscientemente) ante personas, generalmente mujeres, perfectamente conscientes de esa importancia y que conocen bastante más a fondo que el disertador en cuestión los desarrollos teóricos feministas, sus vericuetos, laberintos y complejidades. Esto sucede. Igual que sucede que hay personas, generalmente hombres, que conociendo y aceptando en un plano intelectual general algunos análisis feministas, resultan ser –precisamente desde un punto de vista feminista– unos impresentables en determinados aspectos de la vida privada.

En este punto es crucial la consideración feminista de que “lo personal es político”. El famoso eslogan alude –entre otras cosas– a la coherencia personal entre lo que suscribimos en el plano teórico y la práctica concreta que desplegamos en nuestra cotidianeidad; sería conveniente que estos feministas recién convertidos le dieran una vuelta al asunto. Hay talleres y cursos. En el fondo de este fenómeno, además de una incapacidad de autocrítica notoria, lo que hay es un desconocimiento supino de la profundidad y el alcance del sistema sexo/género en la configuración de las identidades, de lo que somos. Luego retomaré este asunto.

Conocer la existencia del feminismo y mínimamente sus desarrollos teóricos es un prerrequisito para ser antifeminista. Aunque no sea lo más habitual, en pura teoría puede darse el caso de una persona que en sus actitudes y conductas cotidianas no sea especialmente machista y, sin embargo, tenga una postura (intelectual, filosófica, política) netamente antifeminista; por ejemplo, porque desde una defensa de la complementariedad de los sexos no acepte la necesidad de promocionar el valor de la igualdad. Una persona así, generalmente un hombre (antifeminista, pero no brutal o especialmente machista) podría ejercer un machismo de baja intensidad como el de la caballerosidad en el trato hacia quienes el machismo considera el “sexo débil”; es un machismo de menor intensidad, desde luego, que el presente en un asesinato machista o en una violación. Muchas actitudes masculinas perdonavidas, condescendientes, paternalistas o de defensa enfática y sobreactuada de “las mujeres” podrían encuadrarse aquí. Es evidente que estas actitudes se acercan mucho a las de algunos (supuestamente) pro-feministas (pero realmente) machistas que veíamos más arriba. (¿El machista de izquierdas converge con el antifeminista de derechas?).

Caben también, claro, las otras combinaciones: no tener noticia del feminismo y no ser particularmente machista; o –por supuesto– conocer bien el feminismo, suscribirlo de pé a pá y no tener actitudes ni opiniones machistas. No hace falta extenderse sobre estas variantes tan poco problemáticas.

He mencionado antes la consideración feminista de que lo personal es político. No es ajeno a todo este embrollo que el feminismo, a diferencia de otros movimientos sociales y políticos, apunta a ‘nuestras vidas y nuestros cuerpos’ de una forma muy directa. Cierto que la cuestión de la coherencia vital no atañe sólo al feminismo: sería muy poco serio declararse decrecentista y tener dos coches o viajar semanalmente en avión; anticapitalista y especular en bolsa; ecologista y usar sólo agua embotellada. Pero durante mucho tiempo se ha fraguado un imaginario según el cual la tarea política tenía que ver con organizar el mundo o, mejor dicho, la parte pública del mundo, y no la vida privada. Ha sido el feminismo el que ha esgrimido eslóganes como el de las compañeras latinoamericanas en los años 80 y 90 exigiendo “democracia en el país y en la casa”. O aquél otro que pedía “obrero, trabaja, no seas patrón en casa”. Ha sido el feminismo el que expresamente ha conectado lo público y lo privado como espacios, ambos, de sustancia política, poniendo de manifiesto que el poder opera también en el ámbito privado.

Este ejercicio de redefinición de lo político ha añadido complejidad al asunto. Según el enfoque feminista, susceptible de análisis político es no sólo aquello que hacemos (que puede y suele ser regulado legalmente) sino también aquello que somos, nuestra identidad y subjetividad (estrechamente vinculado con lo que hacemos pero más difícil de regular en términos legales –aunque el patriarcado se sirve de otros medios para establecer cómo-debemos-ser). Si a esto añadimos el interés trasformador que define al feminismo, se percibe con nitidez la complejidad añadida a la que me he referido: siempre es más fácil dejar de hacer que dejar de ser; también empezar a ‘hacer’ algo que no habíamos hecho nunca antes es más sencillo que empezar a ‘ser’ lo que nunca habíamos sido: repartir en casa las tareas domésticas (cosa que cada vez hacemos más) es más fácil que dejar de ser un hombre prepotente en el trato con las mujeres. O un baboso en contextos de ligoteo. Es más fácil hablar a favor del feminismo con superioridad de macho alfa que dejar de ser un macho alfa. Es más fácil, siendo varón, disfrazarse de mujer en carnaval que ser discreto y dar un paso atrás o permanecer calladito en determinadas circunstancias en el espacio público. Es más fácil (y más vistoso) para un hombre de izquierdas heterosexual combatir de boquilla el antifeminismo expreso de la derecha que pararse a percibir (para poder combatir) el propio machismo en el trato con las mujeres o los gays. Es más fácil para algunos hombres dar lecciones de feminismo que pasar a un discreto segundo plano y aceptar que las mujeres sean las protagonistas, no (sólo) por compensar la deuda histórica –digamos– sino porque en un altísimo porcentaje, de feminismo, en general y muy a menudo en particular, ellas saben más. Bastante más, incluso. Y a veces toca callar y aprender. Y no se hunde el mundo.

Al revés de lo que sucede con el machismo, el antifeminismo es siempre explícito y no puede ser inconsciente o inadvertido para el sujeto que lo defiende. Hoy es muy raro encontrar antifeminismo explícito en la izquierda. No siempre fue así: en sus orígenes el feminismo fue descalificado por la izquierda masculina como burgués y destructor de la unidad de clase, por enfrentar a mujeres y hombres de la clase obrera y querer establecer además una alianza ‘antinatura’ (decían) entre mujeres obreras y burguesas. A este respecto hay que recordar el detalle de que fueron los varones de la clase obrera quienes establecieron un pacto interclasista con los patronos acordando con ellos el salario familiar que sacaría a las obreras de la fábrica y las llevaría al hogar para encargarse de “sus labores”, o sea, de atenderlos a ellos y a su prole a cambio de manutención. Un aspecto de la historia no demasiado conocido ni difundido, estudiado, entre otras, por Heidi Hartmann y Carole Pateman.

Como digo, los varones de izquierda suelen ser hoy menos antifeministas que machistas, pero (y este es otro aspecto crucial) tenderán casi siempre a no reconocer su machismo. Sin que se trate necesariamente de una decisión consciente, les sale más a cuenta ser machistas sibilinos que antifeministas explícitos (eso es una conquista feminista: a un varón de izquierdas mostrarse explícitamente antifeminista no le sale hoy gratis ni barato, le acarrea multitud de críticas y rechazo de su entorno; y no siempre es fácil llevar eso a cuestas, por muy ‘machomán’ que pueda ser el sujeto en cuestión). De forma similar, la derecha es muy a menudo machista, pero sobre todo es expresa y característicamente antifeminista (o lo ha sido hasta hace poco: a partir de ahora, el éxito de la movilización feminista va a tener como consecuencia que sea menos habitual la defensa de posiciones explícitamente antifeministas [1]). También la derecha reniega por lo general de su machismo, como –por cierto– de su clasismo: salvo en casos de fanatismo extremo, el machismo y el clasismo no son actitudes que los sujetos acepten con gusto de sí mismos [2].

Respecto al machismo, hay otra cuestión un tanto colateral pero muy relacionada con todo esto: la tendencia (antifeminista, por cierto) que ha venido presentando al feminismo como “lo contrario del machismo”, entendiendo por tal “lo mismo que el machismo pero al revés”, de manera que serían ambos igual de odiosos e indefendibles. Obviamente, esta infundada apreciación (creo que hoy en franco retroceso) simplemente buscaba desacreditar al feminismo, aunque ha tenido que hacerlo, ojo, dando por supuesto que el machismo es sin discusión indefendible. El eslogan feminista de muchos carteles en las manifestaciones del 8M lo veía y lo contestaba con gracia: “ni michismi, ni fiminismi”. Todo el mundo debería saber ya que el feminismo no es machismo al revés, sino lucha organizada y argumentada contra el machismo. El feminismo, más que lo opuesto del machismo es lo que se opone al machismo. Matiz crucial.

‘Feminismo’ es el nombre de un planteamiento político teóricamente muy articulado y elaborado, que denuncia y busca combatir teórica y prácticamente el machismo en todas sus manifestaciones y grados. Pero también tiene y tuvo el feminismo que rebatir –sobre todo en sus inicios– los planteamientos antifeministas que pretenden cuestionarlo y acallarlo. Porque una vez que el feminismo echa a andar, el sistema de poder que llamamos patriarcado pone a trabajar toda su maquinaria de auto-legitimación para desacreditarlo; nótese, sin embargo, que lo hace básicamente por la vía de ridiculizar y deslegitimar a las feministas (que si somos feas y ese tipo de cosas tan sesudas) ya que argumentos le cuesta más encontrar.

En resumen, el feminismo se opone tanto al machismo como al antifeminismo; siempre que hay avance feminista, hay antifeminismo reactivo; machismo lo hay, haya feminismo o no, en todas partes (en la izquierda, en la derecha y en el centro, arriba y abajo, en Oriente y en Occidente, en el Norte y en el Sur, en la población paya y en la gitana, en la autóctona y en la migrante, en la familia tradicional y en la comuna hippy, en el barrio rico y en el barrio pobre, en el independentismo y en el unionismo, en el chalet adosado y en la casa ‘okupada’, en las instituciones del Estado y en los movimientos antisistema); los planteamientos expresamente antifeministas son, ‘hoy en día’, más difíciles de encontrar en la izquierda que en la derecha; en general, antifeministas hay menos –obviamente– según el feminismo va gozando de mayor éxito social [3].

El feminismo, además de cosas más importantes como contribuir a humanizar la vida de todas las personas, se ha caracterizado por haber ideado eslóganes muy potentes, muy imaginativos, llenos de contenido, paradójicos muchas veces, de esos que hacen pensar un rato. A algunos de ellos me he referido ya en las líneas precedentes. Quiero mencionar uno más, para terminar: el que afirma que “no hay nada más parecido a un machista de derechas que un machista de izquierdas”. ¿De verdad todavía hay quien lo ponga en duda? Pues eso parece.

Teresa Maldonado es directora general de Promoción de la Igualdad y No Discriminación, Área de Políticas de Género y Diversidad del Ayuntamiento de Madrid.

Notas

1. Conviene aquí, sin embargo, distinguir derecha liberal y derecha conservadora. La derecha liberal es mucho menos antifeminista que la conservadora; puede hasta suscribir expresamente alguna versión light del feminismo liberal. En cambio, la derecha conservadora (generalmente vinculada a concepciones religiosas más o menos integristas y/o fundamentalistas) tiene en el antifeminismo explícito una de sus señas de identidad, tal y como se ha podido comprobar desde el minuto cero en las declaraciones con las que el nuevo líder de la derecha española sin complejos ha ido marcado territorio. Aun así, si no estoy equivocada, ha preferido denostar lo que los Obispos y otros agentes ultraconservadores denominan “ideología de género” más que declararse en oposición frontal al feminismo con ese nombre: eso hoy le sale caro hasta a la derecha más recalcitrante.

2. [Mínimo excursus]: tampoco el racismo, cuando es actitudinal y no programático, suele ser reconocido. Pero en la palabra “racismo” convergen lo que estoy llamando actitudinal y lo programático o doctrinario. La ultraderecha despliega actitudes y afirmaciones (doctrina, programa) racistas, aunque pocas veces dice literalmente “somos racistas” o “defendemos el racismo” (dice otras cosas como “los inmigrantes nos invaden” o “los gitanos no quieren integrarse”, ese tipo de falsedades racistas. Por seguir con la analogía: frente al “clasismo” (que es, insisto, más que un programa una actitud por lo general no reconocida y hasta re/negada) el término “anticomunismo”, en cambio, se referiría principalmente a lo que estoy llamando programático y suele ser expresa y orgullosamente defendido por la derecha.

3. No sólo eso: a raíz del enorme éxito de las movilizaciones del último 8M, hemos asistido a una considerable proliferación a diestra y siniestra (inconcebible hace bien poco) de personas autoproclamadas feministas. Eso representa un indudable éxito del feminismo a la vez que pone de manifiesto un peligro obvio en el que ahora no voy a entrar. Por lo demás, parece que los pocos aunque ruidosos antifeministas expresos compensan su escaso número con una increíble competición por mostrarse cada cual lo más fanático y extremista posible, en una patética versión del clásico adolescente masculino “a ver quién la tiene más larga”.

sábado, 10 de marzo de 2018

#hemeroteca #feminismo | Hombres enfurruñados

Imagen: El País / Manifestación del 8M en Madrid
Hombres enfurruñados.
Cada mujer acudió a la manifestación con su propio manifiesto en la cabeza.
Elvira Lindo | El País, 2018-03-10
https://elpais.com/cultura/2018/03/10/actualidad/1520700484_402565.html

Cuando ya me encontré con el tráfico cortado en la calle Alcalá camino del punto de encuentro con mis compañeras sentí una profunda alegría. Sí, alegría. Se me aceleraba el corazón al ver a grupos de señoras mayores tomadas del brazo, como así paseaban cuando eran muchachas y tomaban la anchura de la acera; chicas coreando eslóganes llenos de furia y descaro, madres con criaturas a las que tendrían que tomar en brazos a la media hora. Esa visión completa de las edades de la vida te hacía pensar en nuestras madres, que nacieron con el destino escrito; en nuestras contemporáneas, que hemos sido en gran parte luchadoras solitarias, fuertes pero también forzosamente contemporizadoras para poder sobrevivir, y en estas chicas que han decidido acelerar el paso, porque tienen prisa y tienen razón, y nos han obligado a las demás a andar más rápido.

Era tal la sensación de revolución pacífica que se palpaba en el ambiente que me entretuve en pensar cuáles son las razones por las que este movimiento está provocando tanta irritación en algunos hombres que insisten en argumentar, siempre por nuestro bien, por qué vamos por el camino equivocado; es enternecedor cómo se afanan en señalarnos el correcto. Llevan una temporadita de un ‘mansplaining’ tan desaforado que no puedo sino pensar que están aterrados por dejar de ser los gallos del corral. Jamás reconocerían que su pánico es a que se produzca un cambio que modifique su posición en el mundo, tal vez ni tan siquiera han contemplado la autocrítica, pero se intuye el miedo. Y debo reconocer que sus temores son fundados: se trata de arrebatar el poder a quien siente que tiene un derecho natural a monopolizarlo. Como leo y escucho a esos hombres, les presto atención e incluso hay alguno al que aprecio, expondré aquí aquellas afirmaciones que exhiben con mucha autoridad y contundencia pero que denotan una gran confusión:

—Sería absurdo que una jornada como la del 8 de marzo que se ha desarrollado en 170 países obligara a la fidelidad ciega a un manifiesto. Según observé, cada mujer acudió a la manifestación con su propio manifiesto en la cabeza, aún diría más, rumiando su historia íntima y personal, porque son muchas las maneras, de la más agresiva a la más tenue, en las que una mujer ha podido sentir el menosprecio a lo largo de su vida. Así que no os preocupéis por el tema manifiesto: llegadas a este punto nadie nos va a hacer pensar lo que no queremos.

—A los que afirman que fue una movilización pija porque en ella abundaban las mujeres profesionales. Qué hartazgo. Este razonamiento responde a la vieja idea de que en cuanto una mujer es profesional, tiene una carrera o ha ganado algo de dinero ya tiene que andar dando las gracias por no llevar un burka. Nuestra protesta, añaden ahora con retorcimiento, mostró una gran insolidaridad con las mujeres del mundo oprimido. En fin, se trata de dar un rodeo tramposo para mandarte callar.

—A los que dicen que por lo menos inspiraremos a las mujeres de los países árabes: esto es irrisorio y paternalista. Ellas tienen sus propios movimientos feministas liderados por mujeres valientes e intelectuales brillantes (lean el libro ‘El tiempo de las mujeres’, de Ángeles Espinosa).

—A los que para demostrar que tienen en alta consideración a las mujeres recuerdan solo a aquellas que pasaron a la historia por su excelencia. Gracias de corazón, pero los derechos son para las brillantes y para las que no saben leer. Por lo demás, exigir que una mujer sea excepcional para alcanzar un puesto suele ser algo habitual en hombres con una desproporcionada consideración de sí mismos.

—Y cómo olvidar a aquellos que por un lado critican a las mujeres que se manifiestan en Europa, y por otro, se indignan furiosamente con esos países en los que las mujeres no pueden manifestarse. Esto denota, valga la redundancia, tener la picha hecha un lío.

—¿No será que jode bastante que la mayor manifestación que se ha organizado en un país con crecientes problemas sociales haya sido liderada por mujeres?

—Esta misma semana, la Unión Europea alertaba de que la recuperación de la economía no estaba favoreciendo a los sectores más vulnerables: ¿sobre qué hombros creéis que recae fundamentalmente la falta de ayuda, asistencia, trabajo, guarderías, conciliación y desamparo? ¿Quiénes son las cuidadoras silenciosas?

—Estos días hemos visto a muchos hombres explicarnos qué es el feminismo: para enmendarnos la plana o para sobreactuarlo. Un poco de prudencia, por una vez, no vendría mal.

—También sé del miedo de algunos a ver amenazada su masculinidad. Esto merece una encuesta: ¿siente usted que desde que la causa feminista ha entrado en el debate público ha empeorado su vida sexual? ¿Se siente censurado o disminuido en la intimidad?

—Qué pena de aquellos que enfermos de prejuicios no supieron disfrutar de una jornada gloriosa.

Por unos días, el protagonismo cambió de sexo, y de verdad, queridos, qué mal lo habéis llevado algunos. Por mi parte, expreso un deseo: que no decaiga.

viernes, 29 de diciembre de 2017

#hemeroteca #lenguaje #aporofobia | “Aporofobia”, palabra del año para la Fundéu BBVA

Imagen: El País
“Aporofobia”, palabra del año para la Fundéu BBVA.
El neologismo da nombre al miedo a los pobres y fue acuñado por la filósofa Adela Cortina.
Ferran Bono | El País, 2017-12-29
https://elpais.com/cultura/2017/12/29/actualidad/1514541360_496844.html

"Aporofobia", el neologismo que da nombre al miedo, rechazo o aversión a los pobres, ha sido elegida palabra del año 2017 por la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia Efe y BBVA.

Tras elegir "escrache" en 2013,"selfi" en 2014,"refugiado" en 2015 y "populismo" en 2016, el equipo de la Fundación ha optado en esta ocasión por "aporofobia", un término relativamente novedoso que alude, sin embargo, a una realidad social arraigada y muy antigua.

La voz "aporofobia" ha sido acuñada por la filósofa española Adela Cortina en varios artículos de prensa y en libros en los que llama la atención sobre el hecho de que solemos llamar "xenofobia" o "racismo" al rechazo a inmigrantes o refugiados, cuando en realidad esa aversión no se produce por su condición de extranjeros, sino porque son pobres.

"Pues qué voy a sentir, alegría, claro, aunque su significado no tiene nada que ver con la alegría sino con un fenómeno negativo", ha comentado esta mañana Cortina desde su casa en Valencia, al enterarse por este periódico de la elección de su neologismo. "Pero me parece oportuno que se ponga sobre el tapete que este fenómeno existe, dándole un nombre. Me llama la atención cuando se dice que hay que darle un nombre a las tormentas, por ejemplo, o a los ciclones, porque la gente se previene así frente a ellos. Pues el rechazo al pobre, el relegarlo socialmente, también hay que prevenirlo así, porque es lo más contrario a la dignidad de las personas y es un desafío contra la democracia. No puede ser que una parte de la población desprecie a otra y los considere inferiores", explica por teléfono la catedrática de Ética de la Universitat de València.

El término se le ocurrió hace unos 20 años. "Lo incluía en alguna columna de periódicos, cuando se hablaba de los problemas en el Mediterráneo, que eran de xenofobia hasta cierto punto, porque el turismo es la principal riqueza de España y cuando se trata de estos extranjeros, no hay xenofobia, hay hospitalidad. Sin embargo, cuando vienen refugiados, inmigrantes, sí que se produce ese rechazo, o con los propios gitanos más pobres y excluidos, a pesar de que son más antiguos que muchos payos en España", añade.

De modo que Cotina buscó en un diccionario de griego y junto los dos términos; áporos (el que no tiene recursos) y fobia. Y en un artículo del año 2000, publicado en El País, la colaboradora de este diario invitaba a la RAE a que lo incluyera en su diccionario, Precisamente, la nueva versión digital del DRAE, que se presentó la pasada semana, ha incorporado aporofobia. "El término ha ido ganado terreno: muchas organizaciones solidarias que organizan jornadas lo emplean y en el Observatorio del Ministerio del Interior, que analiza los casos de xenofobia, homofobia y otros también lo ha incluido", señala la experta en ética. El término también ha sido bien acogido entre estudiantes de Máster y Postgrado y recientemente en una charla en el Instituto Cervantes de Nueva York. "Allí, lo han traducido como aporophobia", apunta.

Esta es la quinta ocasión en la que la Fundéu BBVA da a conocer su palabra del año, escogida entre aquellos términos que han estado presentes en mayor o menor medida en la actualidad informativa durante los últimos meses y tienen, además, interés desde el punto de vista lingüístico.

Antes de la elección definitiva la Fundación, dio a conocer una lista con doce candidatas que deben cumplir varios requisitos. Por un lado, que sean términos que hayan estado, en mayor o menor medida, presentes en el debate social y en los medios de comunicación. Por otro, que, por su formación, significado o dudas de uso, ofrezcan interés desde el punto de vista lingüístico y hayan sido, por tanto, objeto a lo largo del año de alguna de las recomendaciones de uso del idioma que publica diariamente la Fundéu BBVA. Finalmente, se intenta que las elegidas sean de uso general en todo el ámbito hispanohablante y no solo en algunas zonas concretas.

Con esos criterios, el equipo de la Fundación eligió este año, además de aporofobia, aprendibilidad, bitcóin, destripe, machoexplicación, noticias falsas, odiador, soñadores, superbacteria, trans, turismofobia y uberización.

#hemeroteca #lenguaje #aporofobia | Aporofobia, la palabra del año

Imagen: El Mundo / 'Aporofobia', palabra del 2017 para Fundéu
Aporofobia, la palabra del año.
El término, que define el rechazo, miedo o aversión a los pobres y fue acuñado por Adela Cortina, ha sido admitida por la RAE y se ha convertido en la palabra del año para la Fundéu.
El Cultural, El Mundo, 2017-12-29
http://www.elcultural.com/noticias/letras/Aporofobia-la-palabra-del-ano/11607

El término aporofobia fue acuñado por la filósofa española Adela Cortina hace 22 años por analogía con xenofobia y compuesto de manera canónica a partir del griego –‘á-poros’ significa 'sin recursos' o 'pobre', y fobos, 'miedo'-. Surgió de la necesidad de resaltar la situación de pobreza como motivo preponderante de la exclusión de los extranjeros. Su creadora lo empleó por primera vez para titular una columna en ABC, y posteriormente en el diario El País en el año 2000, momento en que se planteó la posible aceptación por parte de la RAE. Además del Manual de español urgente de Fundéu, una de las primeras fuentes en recoger este nuevo concepto fue Wikipedia. Finalmente fue incorporada este año al Diccionario de la lengua española de la RAE en su última revisión. Adela Cortina desarrolló el concepto de manera más amplia en un libro titulado ‘Aporofobia, el rechazo al pobre’, en el que trata la predisposición de los seres humanos a este rechazo y propone soluciones, además de definir y contextualizar el término.

Para Cortina esta elección supone "marcarse un tanto" al tratarse de una palabra "de creación española" sin equivalentes en otras lenguas. La filósofa presentó este mes la palabra en el Instituto Cervantes de Nueva York en una conferencia titulada ‘Aporophobia, adaptación del término al inglés’. "La tendencia a la aporofobia es universal, y esta expresión debería saltar del español a otros idiomas", señala.

La aporofobia ha estado presente en todas las grandes noticias políticas del continente europeo, "con el auge de los populismos, desde Marine LePen en Francia, los casos de Holanda o Austria, hasta la actitud del gobierno de Angela Merkel ante la crisis de refugiados", apunta Cortina.

Aporofobia ha sido seleccionada de entre una lista de 12 términos, elegidos siguiendo unos criterios de interés "tanto desde el punto de vista lingüístico como desde el informativo", tal como explica Javier Lascuráin, coordinador general de Fundéu. Este interés informativo "no quiere decir que la elegida sea la palabra que haya sido más usada en los medios de comunicación, sino que sirve para poner sobre la mesa la realidad que describe", matiza Lascuráin. Las candidatas de este año confirman que más que los medios de comunicación, son las redes sociales las que marcan el uso, para después incorporarse paulatinamente a los medios generalistas.

Entre estas 12 propuestas Fundéu ha incluido neologismos como turismofobia -aversión o rechazo al turismo- o uberización -en referencia al auge de las plataformas de economía colaborativa como Uber- y adaptaciones de voces inglesas como aprendibilidad (‘learnability’), noticias falsas (‘fake news’), machoexplicación (‘mansplaining’), destripe (‘spoiler’), bitcóin, odiador (‘hater’) y soñadores (‘dreamers’). Completaban la lista superbacteria -sin tilde ni guion o espacio- y trans, como acortamiento de los adjetivos transexual y transgénero.

Aporofobia se ha impuesto por tener "fecha de creación y autor conocidos, pero también por su fuerte significado social", apunta Lascuráin. "Quizá no sea la palabra más oída de entre las candidatas, pero las actitudes de aporofobia sí han estado presentes en muchas noticias del año, en los muros que se levantan, en las migraciones forzadas. Detrás de ello, además de xenofobia, hay mucho de aporofobia". Su elección como palabra del año "ha ayudado a ponerle nombre a una realidad que nadie había bautizado".

Adela Cortina ha calificado esta labor de Fundéu de activismo lingüístico. "Ahora que ya tenemos el término, supone un primer paso para desactivar estas actitudes".

Y TAMBIÉN…
'Aporofobia': por qué odiamos a los pobres.

La filósofa Adela Cortina diagnostica el nuevo mal de nuestra época: el odio a los pobres. Es la 'aporofobia'.
Pedro Simón | Papel, El Mundo, 2017-07-25
http://www.elmundo.es/papel/historias/2017/07/25/5975b27746163f4d658b4593.html

lunes, 16 de octubre de 2017

#hemeroteca #lesbianismo #musica | Genderlexx: "Hay líneas rojas. Si el que programa es un machirulo, no vamos a tocar"

Imagen: El Salto / Genderlexx
Genderlexx: "Hay líneas rojas. Si el que programa es un machirulo, no vamos a tocar".
Clau, Juls, Marto, Rebe y Roma son Genderlexx, una banda de bolleras que presenta este mes su último disco.
Loren Bacap | El Salto, 2017-10-16
https://www.elsaltodiario.com/musica/genderlexx-grupo-punk-bolleras-tanta-rabia

‘Tanta Rabia’, el nuevo disco de Genderlexx, editado por Potencial Hardcore, ya está en la calle. Las canciones de este grupo llevan tres años ‘cuirificando’ los barrios y las provincias.

Temas como “Homofobia”, “Espacios” o “Tu opinión” versan sobre las experiencias personales de las componentes de la banda, íntegramente formada por bolleras, como se definen Clau, Juls, Marto, Rebe y Roma. En noviembre participarán en el Femme Rebellion Fest que se celebra en Alemania. El 22 de octubre actúan en Madrid en la Sala Republik junto a Eat my fear y Toys Sarasas.

¿Cómo se formó el grupo?
Rebe: todas queríamos ser parte de un grupo así.
Marto: era cuestión de tiempo que nos conociéramos. Éramos las bolleras [de Madrid] que teníamos que acabar formando este grupo.
Rebe: Fue gracias a una iniciativa de Core Tres que creó una página en Facebook para mujeres músicas en Madrid. La gente se fue apuntando por estilos pero me di cuenta de que faltaba el queer-punk. Yo me apunté como batería y Clau como guitarrista. Clau conocía a Marto [guitarrista] y a Roma [cantante].. Yo conocía a Rak, la primera bajista. Quedamos en La Hoguera Transfeminista. Luego Rak fue sustituida por Juls.

¿Qué objetivo tenéis como grupo?
Rebe: representar todo lo que hemos querido ver sobre un escenario, sentirnos grupo y sentirnos público. Era una necesidad que teníamos dentro de nosotras.
Marto: sí, ver tías encima de un escenario, pero no sólo tías... Ver bolleras cantando sobre cosas de bolleras. Afortunadamente hay más grupos. Pero cuando formamos Genderlexx sentíamos que estábamos muy poco representadas.

¿Qué es “sentirse grupo y sentirse público”?
Marto: Todas venimos de diferentes escenas pero necesitábamos identificarnos de alguna manera con lo que pasaba encima del escenario. Y en nuestros conciertos se genera un espacio muy seguro, con pogos de tías... Una vez tocamos en Albacete y una persona punki y muy joven nos dijo lo emocionante que había sido para ella vernos en su espacio de ocio habitual mientras esperaba a que viniese a buscarla su madre.
Rebe: También hacemos un poco de control sobre eso, estando pendientes de los comportamientos ofensivos que puedan tener hombres cis que se encuentren entre el público.
Juls: Es una cuestión de referentes. Llevamos toda la vida yendo a conciertos sin identificarnos con lo que sucedía sobre el escenario, ni con las personas que tocaban, ni con las letras que cantaban. Hay pocas mujeres en el punk, o se las reconoce poco, y muchas de las letras que llevábamos escuchando desde los 13 años eran muy machistas. Como chicas que habíamos estado en la escena de repente hacer música que nos representase nos parecía fundamental.

¿Cómo escribís las canciones?
Rebe: Es un trabajo individual. Venimos de diferentes estilos y todas las ideas que trae cada componente del grupo se acogen desde el diálogo. Es muy bonito.
Marto: Ya hemos conseguido encajar los estilos y gustos de todas, que no es fácil. Una viene del post-punk, otra del ska, otra del punk... Y eso no es fácil, pero hay un poquito de todas.
Rebe: Hay que tener en cuenta que el grupo se formó a partir de la identificación como bolleras y no tanto de una identificación estilística.

¿Qué problemas os genera el hecho de ser un grupo íntegramente formado por bolleras?
Marto: Pues la falta de representación o que se cuestione la calidad de nuestra música por ser tías y bolleras. Esto último me parece un claro ejemplo de mirar desde el privilegio masculino heterosexual. Una vez un tipo me dijo que etiquetarse era muy de grupo de chicas. Como tocamos mucho en nuestros espacios nos libramos de muchos de esos problemas, pero de todas maneras a todas nos han hecho ‘mansplaining’ o comentarios machistas de cualquier tipo.
Juls: En espacios afines no suelen pasar muchas cosas pero cuando tocas en una sala los técnicos de sonido suelen estar muy desubicados y ser muy condescendientes.
Rebe: Yo creo que problemas como bolleras a la hora de tocar en una sala no tenemos. Tenemos los mismos que tiene cualquier banda de mujeres, pero como tenemos muy claro lo que queremos, hacemos piña. Por ejemplo, si un tío molesta entre el público paramos y le echamos. Si alguno hace un comentario paternalista se lo hacemos ver entre todas. Al final recurrimos a los cuidados entre nosotras.
Juls: Al fin y al cabo somos un grupo de tipas en un entorno ocupado principalmente por hombres cis y heteros. Así que ya somos “el grupo de chicas que hacen punk”. Pero nosotras además hacemos canciones sobre ser bolleras, sobre las luchas en las que participamos y nos atraviesan y entonces caen en el “¿Por qué sois tan bolleras?”, básicamente un desprecio a la temática de nuestras canciones y a nuestra identidad.
Marto: a ver, el tema es que no nos encontramos con muchos problemas por ser bolleras porque fuera de la red transfeminista nadie nos hace ni caso.
Rebe: nuestra invisibilización es la invisibilizacion normativa y aún así hemos encontrado puertas abiertas dentro de las diferentes escenas punk.
Juls: También existen escenas en las que a lo mejor no queremos entrar. Dentro de un punk más mainstream nuestro discurso podría ser demasiado rompedor, anticapitalista y agresivo y a lo mejor no queremos estar ahí. Nosotras nos sostenemos y apoyamos en nuestra red transfeminista y dentro de la escena punk estamos abriendo brechas.
Rebe: Estamos llegando a otros lugares gracias al esfuerzo de muchas compañeras a la hora de introducir el feminismo en espacios libertarios, por ejemplo. Ese trabajo favorece la visibilidad de proyectos como el nuestro y que los problemas sean menores.
Juls: Además, últimamente hay muchas más tipas subiéndose al escenario y creo que las artistas, desde diferentes escenas, estamos haciendo piña y eso se ve reflejado en un par de festivales que aúnan varios estilos como el Mad Grrrl Fest o ¡Al escenario, prima!. Hay compas raperas, traperas, cantautoras y cada vez más bandas de punk.
Rebe: A veces nuestra agresividad y el discurso de nuestras canciones pueden tocar el privilegio a quienes organizan conciertos o incluso a bandas con las que podríamos compartir cartel. Hay a según qué grupos a los que no les interesa crear vínculos con quien les tocan los privilegios. Criticamos las categorías rígidas de género y clase y al identificarnos como grupo de bolleras, algunas pueden sentir que estamos cuestionando su paradigma de mujer. Pero también hay festivales afines a nuestras posturas, anticapitalistas o transfeministas, como por ejemplo el Mad Grrrl Fest, donde se crean redes entre personas con identidades diferentes.
Juls: Tenemos un estilo muy punk y letras cañeras sobre la experiencia de ser bollera y crecer siendo bollera y esto no es del agrado de todos los oídos. Los promotores comerciales no nos van a llamar. Para empezar porque piensan que esto no tiene público, cuando nuestra experiencia nos dice que la gente con la que hemos organizado eventos ha flipado con la cantidad de público que convocamos. Pero eso también provoca que recurramos a la autogestión.
Rebe: Sí, y contamos con el apoyo de plataformas como Core Tres o CuirMadriz y colectivos transfeministas de todo el Estado español que se han puesto en contacto con nosotras para invitarnos a tocar.
Marto: Ningún promotor “convencional” nos ha llamado jamás. Pero hay líneas rojas. Si el que programa es un machirulo, no vamos a tocar.
Juls: O que haya habido una denuncia feminista al espacio o la sala.
Rebe: Solemos tocar con gente afín política e ideológicamente. No somos un grupo de relleno.
Juls: Siempre nos han llamado desde la red transfeminista del Estado español. Espacios donde nosotras nos sentimos seguras y a gusto. La música es nuestra contribución a una lucha en la que nos encontramos inmersas en muchos frentes. Poner el cuerpo sobre el escenario es nuestra arma política.
Rebe: Dentro del grupo hay diversidad de opiniones sobre si deberíamos tocar en espacios de otro tipo, espacios no tan afines a nosotras...
Juls: Sí, pensamos que hay que estar en la boca del lobo, poniendo el cuerpo, soltando la rabia. Entrar en otros ambientes donde no nos conocen pero nuestro discurso puede llegar al público. Por ejemplo dentro de la propia escena punk de Madrid los grupos de tipas escasean.
Marto: Cuando hablamos de tocar en espacios que no nos pertenecen hablamos de resistencia. Tocar en un espacio que no es afín como grupo de tías y bolleras puede ser agotador e incluso peligroso ya que existe la posibilidad de que surjan un montón de problemas.

(Todas, bromeando) Si nos llamasen del Viña Rock tocaríamos.

¿Qué satisfacción personal os proporciona estar en Genderlexx?
Marto: Como grupo, ya nos conocemos y nos queremos. Estar en un concierto con un pogo de tipas, con gente descamisada en un espacio seguro en el que la gente se lo pasa bien... ¡Ése es el concierto al que me gustaría ir de público!
Rebe: Creo que en estos tres años de Genderlexx todas nos hemos abierto y hemos crecido gracias a que hemos propiciado unas dinámicas de grupo a las que no estábamos acostumbradas en otras bandas a las que hemos pertenecido.
Marto: hemos creado una red de aprendizaje y cuidados entre nosotras. También tenemos la percepción de que toda la gente de nuestro entorno se involucra y colabora para montar conciertos o ayudarnos en lo que sea, como esa gente quiere que Genderlexx “suceda” y eso es muy bonito, porque estamos y nos sentimos muy arropadas.
Rebe: Y esa red de cuidados se extiende fuera del entorno más cercano porque cuando vamos a dar un concierto fuera de Madrid, por ejemplo, tenemos casa donde dormir. Existe como una red estatal de solidaridad transfeminista.
Marto: Yo que no venía de la escena punk, y que no conocía a casi nadie, he hecho un montón de amigas en el camino.
Juls: El punk tiene dinámicas muy patriarcales mientras que Genderlexx funciona como una familia en la que nos cuidamos y escuchamos. Puede haber días que no ensayamos porque alguien necesita apoyo y hablar de algo que ha ocurrido. Al estar tan politizadas, hay compas que se sienten muy identificadas porque hablamos de cosas que les atraviesan, lo que ayuda a tejer redes. Cuando tocamos en cualquier sitio no lo consideramos un espacio de ocio sin más, sino un espacio donde compartir, conocer y crear alianzas.

¿Qué otros grupos y artistas con una identidad tan fuerte como la vuestra recomendaríais?
Juls: Viruta, La Tía Carmen, Alicia Ramos...
Marto: La Ira, La Furia...
Rebe: Presas del Producto, Troika.

viernes, 10 de febrero de 2017

#hemeroteca #feminismo | El tacón de Aquiles (o de Dani)

Imagen: Pikara / Dani Rovira en la gala de los Premios Goya 2017
El tacón de Aquiles (o de Dani).
El feminismo se demuestra andando, pero que un hombre se ponga tacones para caminar no es la solución: ¿y si se echa a un lado?.
Javier Sáez | Pikara Magazine, 2017-02-10
http://www.pikaramagazine.com/2017/02/el-tacon-de-aquiles-o-de-dani/

Hace unas semanas pudimos ver en la gala de los Premios Goya cómo el presentador de la misma, Dani Rovira, salía a escena con unos zapatos de tacón, con el fin de denunciar la gran desigualdad entre hombres y mujeres que se da en el mundo del cine, y en la propia selección de candidaturas a los Premios Goya.

Aparte del error que supone querer simbolizar la lucha por la igualdad con unos tacones, a mí lo primero que me vino a la mente fue lo siguiente: “A ver, majo, si lo quieres es favorecer la igualdad, ¿por qué no te quitas tú de presentar la gala -tres años seguidos- y dejas tu sitio a una mujer?”.

Días después escuchaba unas declaraciones de Íñigo Errejón (“el debate de Podemos no puede ser el de dos gallos de corral”) y de Miguel Urbán (“hay que acabar con la telenovela de machos alfa en la que yo también participo”). Con todo mi cariño hacia Miguel, cuyas tesis políticas comparto al cien por cien, me volví a hacer la misma pregunta: “Vale, muy bien, pero entonces ¿por qué no os quitáis los tres machos alfa de en medio (Pablo, Íñigo y Miguel), renováis cargos, y abrís un proceso donde sean las mujeres quienes lideren Podemos?”.

Lo mismo siento con mis compañeros de formación, Izquierda Unida. Valoro mucho el trabajo de Alberto Garzón, o en el pasado el de Julio Anguita. Incluso me alegro de escuchar en boca de Alberto la palabra “heteropatriarcado”, aunque aún tenga que explicar a algunos de mis compañeros de militancia, con una pizarra y un mapa, qué es esa palabreja. Pero de nuevo, la misma pregunta: ¿Cuándo vamos a quitarnos los hombres del candelero/gallinero de la izquierda? ¿Por qué no pueden liderar Podemos Clara Serra, Beatriz Gimeno, o Carolina Bescansa? ¿O Marina Albiol, Eva Abril, o Begoña Marugán, en el caso de Izquierda Unida? Son personas valiosas, brillantes, peleonas, activistas, con una interesante trayectoria y un profundo compromiso social, político y feminista. Y, por supuesto, hay muchísimas más mujeres que podrían liderar estas formaciones perfectamente; las que he mencionado son sólo algunos ejemplos de mujeres que conozco y admiro.

También hemos escuchado en estos últimos meses el debate de ‘feminizar la política‘. En mi opinión la expresión más acertada sería ‘hacer más política feminista’, no sólo ‘poner más mujeres’, como si éstas fueran floreros, o sujetos pasivos que se ‘dejan poner’, y a las que autorizamos (los hombres). No se trata de hacer la política ‘femenina’ (que vaya usted a saber lo que es eso), sino de hacerla feminista. No se trata de hacer listas cremallera, sino de cambiar la bragueta completamente, de hacerla feminista de arriba abajo (lo de la bragueta feminista me ha quedado muy queer, pero voy a dejarlo ahí). Y sobre todo, se trata de que los hombres de izquierdas asumamos la militancia feminista como el primer elemento de nuestra lucha, no como el último de la agenda, como suele pasar, ni pensando que eso de la igualdad es que haya ‘un espacio de mujeres’.

Éste es el tacón de Aquiles de la izquierda, no asumir que los hombres debemos dar un paso al lado, reconocer nuestros privilegios, escuchar a las mujeres, abandonar el mansplaining, dejar de acaparar la palabra y los puestos de poder y de dirección. Tenemos que analizar los espacios y los discursos, no aceptar estar en mesas o tertulias donde la mayoría somos hombres, no aceptar los lugares de poder que nos viene dados ‘de serie’ por nuestra condición de varones, cuestionar el patriarcado y nuestras complicidades con él. Ser feminista es mucho más que eso, pero por algo se empieza.

El feminismo se demuestra andando, pero ponerse tacones para andar ese camino no es la solución.