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miércoles, 8 de enero de 2020

#hemeroteca #machismo #lgtbifobia | Machismo y LGTBIfobia en la políticas pública

Imagen: Pikara / Ilustración de Emma Gascó
Machismo y LGTBIfobia en la políticas públicas.
¿La diversidad sexual y de género debe estar asociada a igualdad de género o es conveniente ubicarla con las políticas de inmigración, discapacidad u otras? ¿La lucha contra la violencia de género debe incluir a la LGTBIfobia o no debe hacerlo?
Teresa Maldonado | Pikara, 2020-01-08
https://www.pikaramagazine.com/2020/01/machismo-y-lgtbifobia-en-la-politicas-publicas/

El feminismo nos enseña muchas cosas; por ejemplo, esta: que la construcción social del género en las sociedades patriarcales consiste, entre otras cosas, en la adjudicación sistemática de unas características psicológicas muy concretas a los seres humanos en función de que sean reconocidos (1) al nacer como hembras o como machos. Es el famoso “no se nace mujer, llega una a serlo” con el que arranca el segundo volumen de ‘El Segundo Sexo’, publicado por Simone de Beauvoir hace ahora setenta años. A partir de unos datos definidos como “naturales” (los genitales, que a su vez pueden coincidir completamente o no con el sexo cromosómico) los géneros masculino y femenino se encarnan en las personas concretas produciendo hombres y mujeres (2). El sistema sexo-género (o patriarcado) es una estructura social de distribución binaria de las personas en compartimentos estancos y excluyentes que las clasifican o bien como hombres, o bien como mujeres. A cada una de estas categorías se asocian luego una serie de características psicológicas complementarias que deberán conformar la estructura psíquica de los individuos para que puedan ser aceptados socialmente y considerados “normales”. Dicotomías muy variadas (como los pares pensamiento/emoción, actividad/pasividad, agresividad/docilidad, abstracción/practicidad, objetividad/subjetividad, espíritu/materia y un larguísimo etcétera) se encabalgan y combinan entre sí definiendo unos contornos muy identificables que delimitan con nitidez qué-debe-ser-un-hombre y qué-debe-ser-una-mujer (3).

Se trata, por tanto, de una organización binaria de la rica e inabarcable variedad humana, que tiene muchas consecuencias. La primera es que no existe en el patriarcado la posibilidad de que ningún ser humano quede fuera de una de esas casillas clasificadoras, o que transite de una a otra, o que se instale en algún punto intermedio, o que pueda ocupar las dos, o que pueda crear una tercera. Las personas andróginas, las sexualmente ambiguas o indefinidas son percibidas en el patriarcado como sospechosas e inquietantes. Por ello, aquellas cuyo sexo biológico no es evidente o claro en el momento del nacimiento son forzadas inmediatamente a ocupar una casilla o la otra, a veces incluso mediante intervenciones quirúrgicas que eliminen lo que se interpreta como insoportable ambigüedad anatómica. Esta es ya una primera forma de violencia LGTBIfóbica que obliga a las criaturas intersexuales a introducirse en uno de los compartimentos binarios, interviniendo médicamente en el mismo cuerpo si ello es considerado preciso por el ‘establishment’ médico al servicio del orden patriarcal.

Pero el orden patriarcal no se limita a establecer la obligatoriedad de unas identidades y sus correspondientes expresiones de género binarias, dicotómicas y complementarias. Añade una normatividad igualmente estricta en relación a la correcta orientación del deseo. Por eso se habla también de “heteropatriarcado”, porque la norma heterosexual, junto con la concepción de la homosexualidad, el lesbianismo y la bisexualidad como desviaciones de lo-que-debe-ser son ingredientes fundamentales para el mantenimiento del estado de cosas.

En esa construcción que divide a la humanidad en varones-hombres y hembras-mujeres, que obliga (o por lo menos empuja) a unas y otros a la heterosexualidad (y en la que las personas trans, por definición, no existen) las mujeres son siempre la parte desfavorecida. Una distribución más o menos inflexible de espacios, tareas y —como he apuntado ya— hasta conductas y modos de ser (4) establece que unos son femeninos y propios de las mujeres y otros masculinos y propios de los hombres. La desigualdad y la injusticia de género se manifiestan y afectan a las mujeres de múltiples maneras. La violencia machista que algunos hombres ejercen sobre las mujeres y que llega en los casos más extremos a la violación o al asesinato son algunas de sus expresiones más crudas.

Pero la violencia machista no se reduce a la que sufren las mujeres por parte de los hombres, a pesar de que esta es cuantitativa y cualitativamente una buena porción de aquella. La violencia patriarcal se ceba también con todas a aquellas personas que de una forma u otra desoyen e incumplen el llamado mandato de género: los hombres femeninos, las mujeres masculinas, las personas identificadas al nacer como hombres que se auto-identifican y/o expresan como mujeres (o al revés) y quienes tienen un deseo orientado hacia las personas de su mismo sexo/género. La violencia machista en su versión de violencia LGTBIfóbica también llega muchas veces al asesinato o a la inducción al suicidio, como sucede en el caso de muchas criaturas trans, gais, lesbianas, bisexuales o intersexuales que son sometidas a ‘bullying’ y acoso en sus centros educativos.

A menudo, los medios de comunicación, algunas oenegés que trabajan la diversidad sexual o el antirracismo y determinadas campañas institucionales asocian la violencia que sufren las personas LGTBI por el hecho de serlo a formas de rechazo o intolerancia cultural, étnica o religiosa que están en el origen de otros delitos de odio como los racistas. Pero la violencia LGTBIfóbica, los delitos de odio contra gais, lesbianas, bisexuales, personas trans o contra personas que simplemente tienen un comportamiento o una actitud que desde los parámetros patriarcales no se considera apropiada es una violencia esencialmente patriarcal, que tiene el mismo origen que la que sufren las mujeres a manos de hombres por el solo hecho de serlo. Es una violencia correctiva y punitiva contra quien no cumple con lo que el sistema sexo/género, el patriarcado, como sistema de poder que es, establece como obligatorio.

Cierto que las palabras ‘homofobia’, ‘lesbofobia’, ‘transfobia’, ‘bifobia’ o ‘LGTBIfobia’ muestran un evidente paralelismo semántico con ‘xenofobia’ (5). En los comportamientos que todas esas palabras señalan hay componentes de rechazo, odio y temor hacia el otro, hacia el diferente. Y cierto también que es necesario garantizar el respeto a los derechos humanos de todas las personas al margen de origen, etnia, cultura, creencias, religión, ideas políticas, sexo, expresión de género u orientación sexual, edad, situación administrativa u otras circunstancias. Especialmente en un momento en el que están aflorando en diversas partes del globo síntomas que indican que podríamos estar ante una involución, con el auge a escala mundial de las ultraderechas que ponen el foco, precisamente, tanto en la igualdad de género y la diversidad sexual, como en las personas migrantes. Sin embargo, podemos afirmar —no sé si añadir ‘todavía’—que las actitudes racistas, sexistas, xenófobas o LGTBIfóbicas son consideradas de forma mayoritaria como indebidas en una sociedad que se quiere (o se jacta de ser) abierta, plural, respetuosa con la diferencia e inclusiva de la diversidad humana. Hay que recordar también que los derechos de las mujeres son derechos humanos, como lo son los derechos de las personas migrantes y/o racializadas, o los derechos de gais, lesbianas, bisexuales, personas trans e intersexuales.

De acuerdo. Pero todo ello no debe hacernos olvidar que, a diferencia de lo que ocurre con la xenofobia, que puede ir asociada o no a machismo y misoginia, en la LGTBIfobia hay siempre una gran dosis de ambos, de misoginia entendida como rechazo no sólo a las mujeres sino a todo lo considerado femenino, de desprecio por el “hombre” que se comporta como una “mujer”, de reprobación contra la “mujer” que se comporta como un “hombre” y, en definitiva, de repudio hacia quien desobedece los mandatos de género y se sale de la cuadrícula.

La necesidad de defender los derechos humanos de todas las personas no debe llevarnos a malinterpretar la génesis de la LGTBIfobia ni a ocultar su vínculo con la misoginia, el machismo y la opresión de las mujeres en las sociedades patriarcales. La pareja de gais blancos que recibe una paliza callejera “por” no ocultarse (6) está sufriendo la homofobia igual que todas las personas negras sufren el racismo de forma cotidiana. Y si se tratara de una pareja de lesbianas negras que son agredidas por el hecho de serlo (obviamente, por el hecho de ser ‘todo lo que son’ a la vez) sería ridículo poner a funcionar el bisturí analítico para discernir cuántos de los golpes responden al racismo y cuántos se explican por la lesbofobia de los agresores (estoy pensando en un caso que en el que los agresores son varones heterosexuales blancos, a la vez lesbófobos y racistas). Se da además la circunstancia de que con una altísima frecuencia los individuos y los colectivos racistas son también homófobos (lesbófobos, transfobos, etc.), y al revés. Todo ello lleva a la constatación, como ya he señalado, de que es necesario intervenir para perseguir esas vulneraciones de derechos y re-educar a esos individuos de una forma integral desde una perspectiva general de derechos humanos (también lleva a insistir por parte de las instituciones en un mensaje de respeto a la diversidadd y a perseguir policial y judicialmente a colectivos expresamente racistas o LGTBIfóbicos).

Pero no por ello deja de tener sentido un ejercicio de análisis que ubique cada vulneración de derechos humanos en el lugar correspondiente, evitando el ‘totum revolutum’. Un análisis que revele a qué responde cada una de esas vulneraciones. Hacerlo es fundamental a la hora de establecer un diseño institucional u otro en el organigrama de los departamentos de las instituciones públicas. ¿La diversidad sexual y de género debe estar asociada a igualdad de género o es conveniente ubicarla con las políticas de inmigración, discapacidad u otras? ¿La lucha contra la violencia de género debe incluir a la LGTBIfobia o no debe hacerlo? ¿Las estrategias que puedan diseñarse para combatir el machismo (y en particular la violencia machista) en los centros educativos deben incluir como objetivo erradicar el ‘bullying’ homofóbico o es mejor que no lo hagan y se limiten a considerar la violencia que sufren las chicas por parte de algunos chicos?

En los contextos institucionales, ubicar la defensa de los derechos humanos de las personas LGTBI junto con la defensa de los derechos de las mujeres o, en cambio, identificarlos más bien con la lucha contra el racismo (o con la defensa de los derechos de las personas con discapacidad) no es una disquisición teórica y abstracta sin más implicaciones, sino que tiene consecuencias prácticas. Bien: las feministas no somos unánimes al respecto. Algunas, por las razones que vengo señalando, defendemos que las políticas LGTBI deben ser una parte de las políticas de género, y que la lucha contra la violencia de género debe incluir a la LGTBIfobia (7).

Otras feministas manifiestan cierta prevención ante este planteamiento. Temen que las políticas LGTBI (siglas en las que la “G” es o ha sido mucho tiempo el referente predominante) puedan fagocitar o detraer recursos y atención a la igualdad de género centrada en las mujeres. Señalan que poner el foco en la violencia que sufren las criaturas LGTBI podría eclipsar la que sufren todas las niñas, o muchas de ellas. Otras veces, ante el enfoque que vincula estrechamente las políticas de igualdad de género con las de diversidad sexual, aflora el reparo de que esa perspectiva podría ocultar la misoginia y/o el machismo de algunos hombres gais (8).

En mi opinión esos peligros existen. Por eso es imprescindible hilar fino para que sean posibilidades que no lleguen a materializarse: que la diversidad sexual y de género esté incluida en o estrechamente vinculada a la igualdad/desigualdad de género no debería suponer nunca detraer recursos ni atención de las políticas de igualdad de género que buscan acabar con la desigualdad entre mujeres y hombres. Tampoco en lo que toca a la lucha contra la violencia machista de hombres hacia mujeres (9).

Reconocer la existencia de esos peligros y, a la vez, defender la vinculación de la igualdad de género con la diversidad sexual y de género pone de manifiesto dos cosas: la complejidad del mundo en el que vivimos y la necesidad de afinar mucho la acción política institucional.

Notas de la autora:
  1. Otras feministas dirían aquí “identificados” o “catalogados”, pero yo prefiero decirlo como lo he puesto.
  2. He utilizado los términos “hembras” y “machos” para remarcar que se trata de identificar unas características fisiológicas, aunque en castellano es común también usar el sustantivo “varón” para designar a los machos de la especie mamífera que somos. Pero, en realidad, se designa a los bebés como niños o niñas, es decir, futuros hombres y futuras mujeres. Además, con las últimas tecnologías de imagen prenatal, esta identificación se lleva a cabo antes del nacimiento, lo que implica que la maquinaria de producir género también se pone en marcha antes de ese momento.
  3. Convendría hacer aquí un comentario sobre el planteamiento de Judith Butler y sus seguidoras, según el cual no sólo el género sino también el sexo sería una construcción social. No puedo extenderme ahora en ello, pero no quiero dejar de apuntar que, en todo caso, sexo y género no pueden ser construcciones sociales en el mismo sentido. Todo dato biológico se inserta en una retícula interpretativa previa, para los animales humanos no hay acceso directo a la naturaleza, sino siempre una relación mediada, interpretada. Pero eso no lleva inevitablemente a concluir que “no hay hechos, sólo hay interpretaciones” como hace Nietzsche, o Foucault siguiendo sus pasos, o que tan construcción social es el sexo como el género, como hace Butler en la estela de ambos. Me he referido a ello en alguna ocasión como excesos hiperconstructivistas del feminismo, cfr. por ejemplo: Teresa Maldonado, “Ciencia, religión y feminismo”, Isegoría/45 (2011).
  4. Una distribución de tareas, espacios y modos de ser que es inflexible en distintos grados en función de las condiciones sociohistóricas y las coordenadas geográficas concretas en las que se inserte el patriarcado en cada momento.
  5. Cuando hago referencia a la LGTBIfobia o a la violencia LGTBIfóbica estoy incluyendo en ella todas las formas odio y rechazo contra lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales y, en general, contra lo que a veces se llama disidencia sexual y/o de género. Por supuesto, no pretendo que nada de lo que digo se sustraiga al debate y a la discusión colectiva como, según Amelia Valcárcel sucede cada vez que se utilizan palabras que acaban en “fobia” (lo defendía en un artículo el 20 de julio en ‘El País’ titulado “Cuidado con las palabras que terminan en fobia”). Al margen del profundo desacuerdo que mantengo con ella y con otras feministas en relación a su consideración de la transexualidad, coincido en que asistimos a una inflación del sufijo que puede ser muy problemática.
  6. Las comillas responden a que ese “por” sólo puede apuntar al ‘motivo’, no —obviamente— a ninguna ‘razón’ por la que serían agredidos. El motivo explica lo que ha ocurrido; la razón, en cambio, lo justificaría.
  7. Y la violencia intragénero, añadiría también (o a una parte de la violencia intragénero, al menos, dependiendo de la definición de la misma que asumamos), pero esto precisaría de matizaciones en las que no puedo entrar ahora.
  8. Hay otro tipo de reparos que vendrían de la mano de lo que se viene llamando feminismo terf (de ‘Trans-Exclusionary Radical Feminists’, es decir, feministas radicales que excluyen a las personas trans), con las que no es el caso entrar ahora a polemizar. Son planteamientos que hasta hace muy poco eran bastante minoritarios en nuestro entorno, por lo menos de forma pública, pero que en los últimos meses han ocupado, por desgracia, un gran espacio en redes sociales y medios feministas. A pesar de que otras teóricas los defienden, uno de los locus classicus de tales posiciones es ‘La herejía lesbiana’, de Sheila Jeffreys. En algunos lugares ha llegado a haber incidentes de cierta gravedad en relación con esta postura, como los del orgullo de 2018 en Londres. No es mi objetivo con este artículo terciar en ese debate, pero, obviamente, está presente de forma tangencial.
  9. Siendo conscientes de que no es equiparable la situación concreta de todas las mujeres, ni la de todos los hombres (ni, por lo demás, la de todas las lesbianas, o los gais, o las personas trans, o intersexuales) y que por ello las políticas de género deben tener en cuenta la posición concreta de los grupos en situación de mayor vulnerabilidad y los cruces de las múltiples discriminaciones.

sábado, 4 de enero de 2020

#hemeroteca #feminismo | Perdonen las molestias, estamos cambiando el mundo

Imagen: El Salto / Jornadas Feministas en Durango
Perdonen las molestias, estamos cambiando el mundo.
El feminismo se ha ganado a pulso su reconocimiento y su prestigio.
Tere Maldonado | El Salto, 2020-01-04
https://www.elsaltodiario.com/feminismos/perdonen-las-molestias-estamos-cambiando-el-mundo

Después de las Jornadas Feministas de Euskadi, numerosos medios de comunicación nos están pidiendo a las organizaciones y activistas feministas valoraciones y análisis en forma de entrevistas o artículos. Este hecho pone de relieve, por sí solo, cuánto ha cambiado el mundo. Cuánto hemos cambiado el mundo las feministas.

Cuando nacieron las jornadas, por primera vez en 1977 y por segunda en 1984, nadie nos pedía valoraciones. Claro que en las filas del feminismo siempre hubo periodistas; ellas contribuyeron a crear la narración de lo que el feminismo era y hacía, contaron de forma solvente nuestros logros y nuestras dificultades, dieron cuenta del rechazo que el feminismo siempre suscitó entre los sectores más reaccionarios. Pero lo hacían a contracorriente, en publicaciones militantes muy minoritarias o arriesgándose a una bronca del jefe de redacción correspondiente —nunca se trataba de una jefa—. La prensa mainstream, que era prácticamente la única, tomaba partido claramente en contra de nuestros objetivos e, incluso, de nuestra mera existencia como movimiento organizado. No daba cuenta de las movilizaciones que organizábamos (algunas muy considerables, como las de la lucha por el aborto en el juicio de las 11 de Basauri o la movilización antimilitarista contra la fábrica de armas de Eibar), o lo hacía de forma sesgada, sensacionalista o manifiestamente hostil.

Eso ya no es así. El feminismo ha conseguido cambiar los consensos vigentes sobre muchas cosas. Se ha ganado a pulso un reconocimiento y un prestigio que, si bien es hoy cuestionado por algunos sectores recalcitrantes, no lo es mayoritariamente, o lo es de una forma muy matizada. Nadie puede decir aquello de que la mujer que accede a un puesto de trabajo se lo está quitando a un hombre o que la labor prioritaria de toda mujer es ser madre. Hay quien piensa y dice esas cosas, y otras peores, pero ahora la carga de la prueba está de su lado, no del nuestro. Por eso resulta tan indignante el posicionamiento de PNV y PSOE hace unos días en el Parlamento vasco; su postura contraria a una propuesta de la izquierda que buscaba que se cumpliese la ley y que la Tesorería de la Seguridad Social actualizara las bases de cotización de las empleadas de hogar y de cuidados conforme al salario mínimo interprofesional vigente. Hace tres décadas no habría podido indignarnos siquiera: mencionar los derechos de las empleadas de hogar era sencillamente impensable.

O pensemos en “la moral sexual”. No se discute ya si las relaciones sexuales prematrimoniales son legítimas o no. Pero no porque haya acuerdo al respecto, sino porque la propia expresión “relaciones prematrimoniales” está obsoleta, presupone cosas que ya no pueden presuponerse: que toda persona que mantiene relaciones sexuales se casa antes o después. Por más que haya muchas personas que sigan limitando la sexualidad al matrimonio heterosexual —cosa que es totalmente legítima mientras no pretendan imponérselo al resto— la actividad sexual de la población está tan relacionada hoy con el matrimonio como pueda estarlo con la peluquería o la ingeniería. 

Por eso, podemos afirmar, sin triunfalismos, que la lucha feminista ha sido muy exitosa. Ha hecho posible opciones vitales que antes eran impensables para millones de mujeres. Ha conseguido disputar la definición de lo que está bien y lo qué está mal al catolicismo conservador y retrógrado, hegemónico durante siglos. Exitosamente. Ha creado conceptos que han sacado a la luz lo que estaba oculto: trabajo doméstico, feminización de la pobreza, techo de cristal, acoso sexual... Ha introducido sus prioridades en la agenda de gobiernos y organismos de todo el planeta.

Aún así, el mundo en el que vivimos está muy lejos de ser tan igualitario y justo como pretendemos las feministas. Y sigue siendo ingente la tarea que tenemos por delante. Hacer balance positivo o negativo es cuestión de énfasis, de que pongamos el acento en todo lo que falta por hacer o en lo mucho conseguido, de que nos fijemos en los cambios habidos en la renta, subjetividad, ocupaciones, intereses, reconocimiento de las mujeres o de los hombres: nuestras vidas son muy diferentes a las de nuestras abuelas, pero las de los hombres se parecen todavía demasiado a las de nuestros abuelos. Y, por primera vez en mucho tiempo, a la asunción cosmética de algunos postulados feministas por parte del neoliberalismo, se añade ahora la reacción antifeminista y sin complejos de la ultraderecha. Estamos preparadas para hacer frente a ambas.

miércoles, 22 de agosto de 2018

#hemeroteca #machismo #antifeminismo | Machismo y antifeminismo

Imagen: El Diario / Manifestación 8M en Valladolid
Machismo y antifeminismo.
Al revés de lo que sucede con el machismo, el antifeminismo es siempre explícito y no puede ser inconsciente o inadvertido para el sujeto que lo defiende
Teresa Maldonado | ctxt, 2018-08-22
http://ctxt.es/es/20180822/Firmas/21271/Teresa-Maldonado-feminismo-machismo-antifeminismo.htm 
 
El machismo y el antifeminismo no son ‘exactamente’ lo mismo. Identificar los matices que los distinguen creo que puede ayudarnos a clarificar algunos debates y a entender algunas cosas que (nos) pasan. Cierto que ambos fenómenos convergen en los mismos sujetos con mucha frecuencia, pero son cosas por lo menos analíticamente diferentes. La mayoría de individuos, grupos, prácticas, costumbres o instituciones que son machistas suelen tener también componentes anti-feministas, pero parece más adecuado reservar el adjetivo antifeminista para calificar a individuos o grupos de tales que se expresan consciente y explícitamente en contra del feminismo como planteamiento político articulado.

A pesar de que a veces se habla de “la ideología machista”, el machismo es más actitudinal que programático; tiene que ver con una actitud vital que incluye desde acciones, conductas y ademanes, hasta aspectos de la personalidad u opiniones no especialmente sistematizadas; conductas y opiniones no sólo sostenidas por hombres, cierto, también en ocasiones son mujeres quienes las ponen en práctica (coincide en esto con el antifeminismo, que también puede ser enarbolado por mujeres). Pero el machismo puede darse en alguien que desconozca completamente la existencia del feminismo y sus planteamientos en favor de la igualdad de género, aunque es verdad que esto –no tener noticia del feminismo– resulta cada vez menos probable. Por supuesto, también puede ejercer de machista alguien que conoce y rebate (o intenta rebatir) los planteamientos feministas, seguramente es lo más habitual. Pero lo chocante es que encontramos machistas bastante evidentes también entre personas, generalmente hombres, que conocen mínimamente el feminismo, algunas de sus aportaciones, de sus análisis… ¡y los aceptan! –o eso dicen. El colmo de la paradoja: puede haber y hay hombres que ponen en marcha por ejemplo el mecanismo de ‘mansplaining’ para subrayar la importancia del feminismo de formas profundamente machistas por el paternalismo, la condescendencia o la arrogancia que despliegan (pensaremos que inconscientemente) ante personas, generalmente mujeres, perfectamente conscientes de esa importancia y que conocen bastante más a fondo que el disertador en cuestión los desarrollos teóricos feministas, sus vericuetos, laberintos y complejidades. Esto sucede. Igual que sucede que hay personas, generalmente hombres, que conociendo y aceptando en un plano intelectual general algunos análisis feministas, resultan ser –precisamente desde un punto de vista feminista– unos impresentables en determinados aspectos de la vida privada.

En este punto es crucial la consideración feminista de que “lo personal es político”. El famoso eslogan alude –entre otras cosas– a la coherencia personal entre lo que suscribimos en el plano teórico y la práctica concreta que desplegamos en nuestra cotidianeidad; sería conveniente que estos feministas recién convertidos le dieran una vuelta al asunto. Hay talleres y cursos. En el fondo de este fenómeno, además de una incapacidad de autocrítica notoria, lo que hay es un desconocimiento supino de la profundidad y el alcance del sistema sexo/género en la configuración de las identidades, de lo que somos. Luego retomaré este asunto.

Conocer la existencia del feminismo y mínimamente sus desarrollos teóricos es un prerrequisito para ser antifeminista. Aunque no sea lo más habitual, en pura teoría puede darse el caso de una persona que en sus actitudes y conductas cotidianas no sea especialmente machista y, sin embargo, tenga una postura (intelectual, filosófica, política) netamente antifeminista; por ejemplo, porque desde una defensa de la complementariedad de los sexos no acepte la necesidad de promocionar el valor de la igualdad. Una persona así, generalmente un hombre (antifeminista, pero no brutal o especialmente machista) podría ejercer un machismo de baja intensidad como el de la caballerosidad en el trato hacia quienes el machismo considera el “sexo débil”; es un machismo de menor intensidad, desde luego, que el presente en un asesinato machista o en una violación. Muchas actitudes masculinas perdonavidas, condescendientes, paternalistas o de defensa enfática y sobreactuada de “las mujeres” podrían encuadrarse aquí. Es evidente que estas actitudes se acercan mucho a las de algunos (supuestamente) pro-feministas (pero realmente) machistas que veíamos más arriba. (¿El machista de izquierdas converge con el antifeminista de derechas?).

Caben también, claro, las otras combinaciones: no tener noticia del feminismo y no ser particularmente machista; o –por supuesto– conocer bien el feminismo, suscribirlo de pé a pá y no tener actitudes ni opiniones machistas. No hace falta extenderse sobre estas variantes tan poco problemáticas.

He mencionado antes la consideración feminista de que lo personal es político. No es ajeno a todo este embrollo que el feminismo, a diferencia de otros movimientos sociales y políticos, apunta a ‘nuestras vidas y nuestros cuerpos’ de una forma muy directa. Cierto que la cuestión de la coherencia vital no atañe sólo al feminismo: sería muy poco serio declararse decrecentista y tener dos coches o viajar semanalmente en avión; anticapitalista y especular en bolsa; ecologista y usar sólo agua embotellada. Pero durante mucho tiempo se ha fraguado un imaginario según el cual la tarea política tenía que ver con organizar el mundo o, mejor dicho, la parte pública del mundo, y no la vida privada. Ha sido el feminismo el que ha esgrimido eslóganes como el de las compañeras latinoamericanas en los años 80 y 90 exigiendo “democracia en el país y en la casa”. O aquél otro que pedía “obrero, trabaja, no seas patrón en casa”. Ha sido el feminismo el que expresamente ha conectado lo público y lo privado como espacios, ambos, de sustancia política, poniendo de manifiesto que el poder opera también en el ámbito privado.

Este ejercicio de redefinición de lo político ha añadido complejidad al asunto. Según el enfoque feminista, susceptible de análisis político es no sólo aquello que hacemos (que puede y suele ser regulado legalmente) sino también aquello que somos, nuestra identidad y subjetividad (estrechamente vinculado con lo que hacemos pero más difícil de regular en términos legales –aunque el patriarcado se sirve de otros medios para establecer cómo-debemos-ser). Si a esto añadimos el interés trasformador que define al feminismo, se percibe con nitidez la complejidad añadida a la que me he referido: siempre es más fácil dejar de hacer que dejar de ser; también empezar a ‘hacer’ algo que no habíamos hecho nunca antes es más sencillo que empezar a ‘ser’ lo que nunca habíamos sido: repartir en casa las tareas domésticas (cosa que cada vez hacemos más) es más fácil que dejar de ser un hombre prepotente en el trato con las mujeres. O un baboso en contextos de ligoteo. Es más fácil hablar a favor del feminismo con superioridad de macho alfa que dejar de ser un macho alfa. Es más fácil, siendo varón, disfrazarse de mujer en carnaval que ser discreto y dar un paso atrás o permanecer calladito en determinadas circunstancias en el espacio público. Es más fácil (y más vistoso) para un hombre de izquierdas heterosexual combatir de boquilla el antifeminismo expreso de la derecha que pararse a percibir (para poder combatir) el propio machismo en el trato con las mujeres o los gays. Es más fácil para algunos hombres dar lecciones de feminismo que pasar a un discreto segundo plano y aceptar que las mujeres sean las protagonistas, no (sólo) por compensar la deuda histórica –digamos– sino porque en un altísimo porcentaje, de feminismo, en general y muy a menudo en particular, ellas saben más. Bastante más, incluso. Y a veces toca callar y aprender. Y no se hunde el mundo.

Al revés de lo que sucede con el machismo, el antifeminismo es siempre explícito y no puede ser inconsciente o inadvertido para el sujeto que lo defiende. Hoy es muy raro encontrar antifeminismo explícito en la izquierda. No siempre fue así: en sus orígenes el feminismo fue descalificado por la izquierda masculina como burgués y destructor de la unidad de clase, por enfrentar a mujeres y hombres de la clase obrera y querer establecer además una alianza ‘antinatura’ (decían) entre mujeres obreras y burguesas. A este respecto hay que recordar el detalle de que fueron los varones de la clase obrera quienes establecieron un pacto interclasista con los patronos acordando con ellos el salario familiar que sacaría a las obreras de la fábrica y las llevaría al hogar para encargarse de “sus labores”, o sea, de atenderlos a ellos y a su prole a cambio de manutención. Un aspecto de la historia no demasiado conocido ni difundido, estudiado, entre otras, por Heidi Hartmann y Carole Pateman.

Como digo, los varones de izquierda suelen ser hoy menos antifeministas que machistas, pero (y este es otro aspecto crucial) tenderán casi siempre a no reconocer su machismo. Sin que se trate necesariamente de una decisión consciente, les sale más a cuenta ser machistas sibilinos que antifeministas explícitos (eso es una conquista feminista: a un varón de izquierdas mostrarse explícitamente antifeminista no le sale hoy gratis ni barato, le acarrea multitud de críticas y rechazo de su entorno; y no siempre es fácil llevar eso a cuestas, por muy ‘machomán’ que pueda ser el sujeto en cuestión). De forma similar, la derecha es muy a menudo machista, pero sobre todo es expresa y característicamente antifeminista (o lo ha sido hasta hace poco: a partir de ahora, el éxito de la movilización feminista va a tener como consecuencia que sea menos habitual la defensa de posiciones explícitamente antifeministas [1]). También la derecha reniega por lo general de su machismo, como –por cierto– de su clasismo: salvo en casos de fanatismo extremo, el machismo y el clasismo no son actitudes que los sujetos acepten con gusto de sí mismos [2].

Respecto al machismo, hay otra cuestión un tanto colateral pero muy relacionada con todo esto: la tendencia (antifeminista, por cierto) que ha venido presentando al feminismo como “lo contrario del machismo”, entendiendo por tal “lo mismo que el machismo pero al revés”, de manera que serían ambos igual de odiosos e indefendibles. Obviamente, esta infundada apreciación (creo que hoy en franco retroceso) simplemente buscaba desacreditar al feminismo, aunque ha tenido que hacerlo, ojo, dando por supuesto que el machismo es sin discusión indefendible. El eslogan feminista de muchos carteles en las manifestaciones del 8M lo veía y lo contestaba con gracia: “ni michismi, ni fiminismi”. Todo el mundo debería saber ya que el feminismo no es machismo al revés, sino lucha organizada y argumentada contra el machismo. El feminismo, más que lo opuesto del machismo es lo que se opone al machismo. Matiz crucial.

‘Feminismo’ es el nombre de un planteamiento político teóricamente muy articulado y elaborado, que denuncia y busca combatir teórica y prácticamente el machismo en todas sus manifestaciones y grados. Pero también tiene y tuvo el feminismo que rebatir –sobre todo en sus inicios– los planteamientos antifeministas que pretenden cuestionarlo y acallarlo. Porque una vez que el feminismo echa a andar, el sistema de poder que llamamos patriarcado pone a trabajar toda su maquinaria de auto-legitimación para desacreditarlo; nótese, sin embargo, que lo hace básicamente por la vía de ridiculizar y deslegitimar a las feministas (que si somos feas y ese tipo de cosas tan sesudas) ya que argumentos le cuesta más encontrar.

En resumen, el feminismo se opone tanto al machismo como al antifeminismo; siempre que hay avance feminista, hay antifeminismo reactivo; machismo lo hay, haya feminismo o no, en todas partes (en la izquierda, en la derecha y en el centro, arriba y abajo, en Oriente y en Occidente, en el Norte y en el Sur, en la población paya y en la gitana, en la autóctona y en la migrante, en la familia tradicional y en la comuna hippy, en el barrio rico y en el barrio pobre, en el independentismo y en el unionismo, en el chalet adosado y en la casa ‘okupada’, en las instituciones del Estado y en los movimientos antisistema); los planteamientos expresamente antifeministas son, ‘hoy en día’, más difíciles de encontrar en la izquierda que en la derecha; en general, antifeministas hay menos –obviamente– según el feminismo va gozando de mayor éxito social [3].

El feminismo, además de cosas más importantes como contribuir a humanizar la vida de todas las personas, se ha caracterizado por haber ideado eslóganes muy potentes, muy imaginativos, llenos de contenido, paradójicos muchas veces, de esos que hacen pensar un rato. A algunos de ellos me he referido ya en las líneas precedentes. Quiero mencionar uno más, para terminar: el que afirma que “no hay nada más parecido a un machista de derechas que un machista de izquierdas”. ¿De verdad todavía hay quien lo ponga en duda? Pues eso parece.

Teresa Maldonado es directora general de Promoción de la Igualdad y No Discriminación, Área de Políticas de Género y Diversidad del Ayuntamiento de Madrid.

Notas

1. Conviene aquí, sin embargo, distinguir derecha liberal y derecha conservadora. La derecha liberal es mucho menos antifeminista que la conservadora; puede hasta suscribir expresamente alguna versión light del feminismo liberal. En cambio, la derecha conservadora (generalmente vinculada a concepciones religiosas más o menos integristas y/o fundamentalistas) tiene en el antifeminismo explícito una de sus señas de identidad, tal y como se ha podido comprobar desde el minuto cero en las declaraciones con las que el nuevo líder de la derecha española sin complejos ha ido marcado territorio. Aun así, si no estoy equivocada, ha preferido denostar lo que los Obispos y otros agentes ultraconservadores denominan “ideología de género” más que declararse en oposición frontal al feminismo con ese nombre: eso hoy le sale caro hasta a la derecha más recalcitrante.

2. [Mínimo excursus]: tampoco el racismo, cuando es actitudinal y no programático, suele ser reconocido. Pero en la palabra “racismo” convergen lo que estoy llamando actitudinal y lo programático o doctrinario. La ultraderecha despliega actitudes y afirmaciones (doctrina, programa) racistas, aunque pocas veces dice literalmente “somos racistas” o “defendemos el racismo” (dice otras cosas como “los inmigrantes nos invaden” o “los gitanos no quieren integrarse”, ese tipo de falsedades racistas. Por seguir con la analogía: frente al “clasismo” (que es, insisto, más que un programa una actitud por lo general no reconocida y hasta re/negada) el término “anticomunismo”, en cambio, se referiría principalmente a lo que estoy llamando programático y suele ser expresa y orgullosamente defendido por la derecha.

3. No sólo eso: a raíz del enorme éxito de las movilizaciones del último 8M, hemos asistido a una considerable proliferación a diestra y siniestra (inconcebible hace bien poco) de personas autoproclamadas feministas. Eso representa un indudable éxito del feminismo a la vez que pone de manifiesto un peligro obvio en el que ahora no voy a entrar. Por lo demás, parece que los pocos aunque ruidosos antifeministas expresos compensan su escaso número con una increíble competición por mostrarse cada cual lo más fanático y extremista posible, en una patética versión del clásico adolescente masculino “a ver quién la tiene más larga”.

lunes, 1 de febrero de 2016

#hemeroteca #educacion | J’accuse

J’accuse.
Soy profesora de Filosofía en secundaria desde hace años. La asignatura de filosofía busca generar una reflexión crítica respecto al mundo en que vivimos y tiene un carácter claramente interdisciplinar.
Teresa Maldonado · Profesora de Filosofía en Enseñanza Secundaria. Hezkuntza Laikoa | Naiz, 2016-02-01
http://www.naiz.eus/eu/iritzia/articulos/jaccuse

Muchas veces hacemos referencia a cuestiones que el alumnado ha trabajado en otras asignaturas (sean la genética, el arte en el Renacimiento, los mitos clásicos o las obras de Shakespeare). La alusión a materias trabajadas en otras clases hace que el alumnado perciba la interconexión entre unas y otras disciplinas, rompiendo el encasillamiento estanco en el que la necesaria especialización sitúa las distintas ramas del saber en el sistema educativo.

En ocasiones conseguimos hacer algunas cositas colaborando distintos departamentos. Personalmente, me he dedicado a perseguir por pasillos y aulas a compañeras y compañeros de otras asignaturas para que me contaran qué habían visto de la Ilíada en Cultura Clásica, o qué se supone que debían saber en tal curso sobre neuronas y sinapsis, por ejemplo.

Con una flagrante excepción: nunca me he atrevido a interactuar con el profesor o profesora de religión. Y ello no tiene que ver con mi decidida militancia pro-escuela laica y en contra de la presencia de la asignatura de religión en el currículum. Es verdad que tengo muy clara esa posición. Pero esa no es la razón por la que nunca me he acercado al profesor de religión para preguntarle qué es lo que han visto en su asignatura sobre la mística o sobre el concepto católico de pecado. Nunca lo he hecho debido a un impulso (semi)inconsciente de salvar la cara a quienes imparten la asignatura de religión, contribuyendo a tapar algo que todo el mundo sabe, aunque nadie lo diga.

La mención a la religión en general y al cristianismo en particular aparecen muy a menudo en Filosofía. Pues bien, estudiantes que llevan del orden de una década asistiendo semanalmente a clase de Reli no saben nada, nunca, sobre: el pecado original, la expulsión del paraíso, la consideración de la carne y la sexualidad el cristianismo, el perdón, la redención, Jesucristo y los apóstoles, el milagro del pan y del vino, la incredulidad de Santo Tomás, la ira de Jesús en el Templo convertido en mercado, la consideración católica sobre el divorcio… Nada.

Cuando preguntas en clase qué han visto en Natu sobre la evolución de las especies, o en Lite sobre el Barroco, hay quien recuerda más y quien menos. Pero cuando con la misma naturalidad, les preguntas qué han visto en Reli sobre el relato del primer fratricidio, o sobre el mandato cristiano de hacer el bien al prójimo, las risitas de quienes cursan esa (pseudo)asignatura pasan en segundos a convertirse en un reconocimiento franco y en voz alta de lo que todo el mundo sabe: «Cómo vamos a saberlo –vienen a decir– si en reli no se hace nada». El despropósito es de tal calibre que espanta cómo ha podido normalizarse año tras año ante la pasividad de todo el mundo. A semejante despropósito se añade ahora que la Lomce en su versión vascongada, Heziberri, concede desde este curso en Bachillerato cuatro horas semanales (¡cuatro!) a la asignatura de Religión, mientras han desaparecido de facto optativas como Antropología y Psicología.

Alguien puede pensar que esta acusación es injusta para con el profesorado de religión que sí imparte el programa para el que ha sido contratado, pero no estoy hablando de esos casos, si es que hay alguno, que tampoco lo dudo. No sé si en todos, pero desde luego en demasiados institutos es un secreto a voces que en clase de religión lo que se hace es ver películas (incluyendo títulos como «Torrente, el brazo tonto de la ley»), una detrás de otra y muchas veces sin hacer después ningún tipo de reflexión. Lo saben el alumnado, los claustros, las direcciones, las inspecciones y las jefaturas de las delegaciones de educación.

La asignatura de Religión se ha convertido en un coladero para que personas nombradas por los obispos accedan al sistema educativo en condiciones de gran ventaja y privilegio respecto al resto de aspirantes a docente. Mucha de esa gente no tiene ninguna intención de impartir el programa para el que es contratada. La ficción de que Reli es una asignatura como otra cualquiera no puede sostenerse ni un minuto más. Aunque finjamos compulsivamente lo contrario, todo el mundo sabe que no lo es. ¿Se imaginan que el resto de docentes hiciéramos algo ni parecido? ¿Dejar de lado el programa de la asignatura, ver películas y poner unas notas altísimas? Lleva años sucediendo.

Quienes estamos comprometidas en la lucha por una escuela pública, de calidad y laica, seguiremos haciendo todo lo que esté en nuestra mano para que la asignatura de Religión salga del currículum. Pero mientras por desgracia esté en él ¡que aprendan algo, por Dios bendito!