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jueves, 28 de mayo de 2020

#libros #enfermedades #vih | Contagio : la evolución de las pandemias

Contagio : la evolución de las pandemias / David Quammen ; traducción de Francisco José Ramos Mena … (et al.).
Barcelona : Debate, 2020 [05-28].
624 p.
ISBN 9788418006760 / 23,90 €

/ ES / EN* / ENS
/ Crisis sociales / Enfermedades infecciosas / Epidemiología / Salud pública / VIH-Sida

Desde hace años, para los expertos y cualquier persona informada, el estallido de la siguiente pandemia era una cuestión de tiempo, y su origen, evidente: un virus latente en animales que diera el salto al ser humano como el HIV que provocó el SIDA o el H1N1 que causó la gripe de 1918, el ébola, el SARS, el virus de Marburgo o el que produjo la gripe aviar. En esta obra de referencia internacional, David Quammen se sumerge en la historia reciente de esas enfermedades zoonóticas, y persigue su rastro en compañía de los mejores científicos del mundo en la selva centroafricana, las cuevas de China meridional o las azoteas de Bangladés, pero también en los sofisticados laboratorios cuyo personal investiga virus letales bajo las más altas medidas de seguridad. Aunque ‘Contagio’ se lee como un ‘thriller’, repleto de incidentes, pistas e interrogantes, a la vista de la crisis desatada por la aparición del SARS-CoV-2, su lectura no solo resulta apasionante; es imprescindible.

lunes, 18 de mayo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #vih | El mito del Supercontagiador: ¿contagió un asistente de vuelo el sida a miles de amantes?

Imagen: El Confidencial / Gäetan Dugas
El mito del Supercontagiador: ¿contagió un asistente de vuelo el sida a miles de amantes?.
En la leyenda del bautizado como paciente cero del VIH nada fue como se contó; el excelente libro 'Contagio' de David Quammen recupera su historia entre otras muchas.
Daniel Arjona | El Confidencial, 2020-05-18
https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-05-18/contagio-gaetan-dugas-gay-sida-paciente-cero_2596955/

La leyenda dice así. Un asistente de vuelo canadiense homosexual y extraordinariamente promiscuo sacó el virus del sida de África a finales de los setenta y lo diseminó por las principales ciudades de Estados Unidos llegando a apuntarse unos 2.500 amantes. Gäetan Dugas era guapo, rubio y encantador, toda una sensación en aquella edad dorada de las saunas. Cuando los síntomas de una rara enfermedad empezaron a acosarle, Dugas no paró. Según relató el periodista Randy Shilts en su célebre ensayo 'Y la orquesta siguió sonando' sobre cómo el VIH diezmó la comunidad homosexual americana, cuando el asistente de vuelo concluía una relación con un desconocido en la sauna Eight-and-Howard de San Francisco, encendía las luces, mostraba su piel descompuesta por el sarcoma de kaposi y anunciaba: "Tengo cáncer gay. Voy a morir, y tú también". El problema es que todo, o casi todo, resultó ser falso.

En su fascinante libro 'Contagio: la evolución de las pandemias' (Debate) que acaba de publicarse en una España acechada por el covid-19, el divulgador científico estadounidense David Quammen relata una vez más la historia de Gäetan Dugas que sirve como eficaz 'vacuna' contra el sensacionalismo, las malas metáforas o las puras y duras mentiras desnudas que hoy, como ayer, se enseñorean en tiempos de miedo y plaga.

El mito del paciente 0 supercontagiador prendió en marzo de 1984, el mismo mes en que Dugas, aquejado por una neumonía entre otras muchas afecciones oportunistas desencadenadas por la inmunodepresión del VIH, murió a los 31 años tras un fallo renal. Aquel mismo mes un equipo de epidemiólogos de los CDC estadounidenses dirigido por el doctor David M. Auerbach argumentaba que aquella nueva y misteriosa enfermedad que por el momento parecía cebarse con homosexuales, hemofílicos y haitianos, estaba causada por un agente infeccioso transmisible por la sangre y los fluidos sexuales. Los investigadores habían entrevistado a los pacientes la mayoría de ellos residentes en el sur de California y Nueva York o, si habían fallecido, a sus contactos cercanos, y con los resultados habían dibujado un gráfico de 40 esferas interconectadas que mostraba quién se había acostado con quién. En el centro de la red, conectado de manera directa o indirecta con casi todos los demás había una persona etiquetada como "O". Se trataba, como adivinan, de Gäetan Dugas.

¿Paciente "O" o paciente "0"?
Aquella "O" no era más que una letra que formaba parte del código utilizado por los investigadores para facilitar su tarea. Pero un avispado periodista gay, el ya citado Randy Shilts, convirtió la letra en número naciendo así el mito del "paciente cero" que ha llegado hasta hoy, un concepto engañoso y pseudocientífico que supuestamente designaría al primer supercontagiador de una nueva enfermedad zoonótica que recogería la antorcha infecciosa del animal de turno para repartir dolor y muerte al resto de la Humanidad. Pero, como relata Quammen en 'Contagio', si bien es cierto que el imprudente Dugas había infectado a muchos otros, él mismo se había contagiado a su vez y no precisamente en África, ni en Haití. Porque, cómo han demostrado recientes investigaciones, el VIH-1 había llegado ya a Norteamérica (y a Europa) cuando el infausto asistente de vuelo aún era un crío que no había pisado una sauna.

"Aquellas no fueron las primeras víctimas, ni muchísimo menos", afirma Quammen. "Más bien representan puntos intermedios en el curso de la pandemia y señalizan la fase en la que un fenómeno, lento, casi imperceptible, alcanzó de pronto un 'crescendo'. Una vez más, en los términos escuetos de los matemáticos especializados en enfermedades, cuya labor es tan importante para la historia del sida: el R0 para el virus en cuestión había superado el 1,0 con cierto margen, y la epidemia estaba en marcha. Pero el auténtico origen del sida estaba en otra parte, y tuvieron que transcurrir varias décadas y varios puñados de científicos trabajando para descubrirlo".

El autor de 'Contagio' prosigue su investigación en páginas más y más emocionantes que van desplazando hacia atrás el origen de la enfermedad que a día de hoy ha matado a más de 35 millones de personas y para la cual, pese a contar con retrovirales eficaces, aún no existe vacuna. La extrema capacidad mutante del virus del que existen al menos dos versiones bastante diferentes lo ha impedido hasta hoy. Quammen desecha conspiraciones como un muy eficaz 'fake' que a punto estuvo de convertirse en teoría oficial sobre el nacimiento del sida que lo databa en una campaña de vacunación masiva en África en los años 60. Finalmente, y apoyado por la potente herramienta de la secuenciación genética, aparece una fecha mucho más remota de lo esperado: 1908. Aquel año, en alguna aldea del sudeste de Camerún, alguien cazó a un sabroso chimpancé en la selva, se hirió gravemente en la refriega y la sangre contaminada del animal se mezcló con la suya. Aquel cuerpo humano diferente y no preparado iba a convertirse en un inédito festín para un virus hambriento.

Mitos e injusticias
Ochenta años después, en 1988, la intelectual estadounidense Susan Sontag reflexionaba así en 'El sida y sus metáforas' -una extensión de su libro anterior 'La enfermedad y sus metáforas' escrito después de superar milagrosamente un cáncer de mama muy agresivo: "La transmisión sexual de esta enfermedad, considerada por lo general como una calamidad que uno mismo se ha buscado, merece un juicio mucho más severo que otras vías de transmisión, en particular porque se entiende que el sida es una enfermedad debida no solo al exceso sexual sino a la perversión sexual. Una enfermedad infecciosa cuya vía de transmisión más importante es de tipo sexual, pone en jaque forzosamente, a quienes tienen vidas sexuales más activas; y es fácil entonces pensar en ella como un castigo".

Ninguna otra enfermedad como el sida había arrojado un oprobio tan virulento sobre sus primeras víctimas como mostraba la excelente 'Philadelfia' en la que Tom Hanks encarnaba al abogado Andrew Beckett despedido tras declararse seropositivo. En 1991 el hetero Magic Johnson conmocionaba al mundo al anunciar que era portador del sida tras acostarse con centenares de mujeres de todo el país entre partido y partido de la NBA y empezaba a quedar bastante claro que aquello no sólo era cosa de homosexuales o heroinómanos. Ni de africanos pobres pese a los estragos que causaría en el continente su expansión. Pero sólo recientemente una profunda investigación refutaba el injusto estatus de 'paciente cero' adjudicado a nuestro Gäetan Dugas.

Un nuevo estudio publicado en 2016 en 'Nature' y capitaneado conjuntamente por Richard McKay, investigador del Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Cambridge, y Michael Worobey, experto en evolución vírica y director del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Arizona, demostraba que Dugas no había sido en realidad más que un "chivo expiatorio" situado en un estado intermedio no ya de la evolución de la enfermedad en el mundo como hemos explicado sino incluso de la evolución de la enfermedad en el propio EEUU. Desde África el VIH saltaría a Haití en forma probablemente de plasma sanguíneo alrededor de 1967 desde allí a Nueva York en torno a 1971, ciudad que serviría de cabeza de playa para su posterior viaje a San Francisco. Según explicó el propio Worobey en una entrevista a El Mundo, la epidemia pasó desapercibida hasta su desembarco en Nueva York. "En esta ciudad el virus encontró una población que era como yesca seca".

domingo, 19 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica | David Quammen: “Somos más abundantes que cualquier otro gran animal. En algún momento habrá una corrección”

Imagen: El País / David Quammen
David Quammen: “Somos más abundantes que cualquier otro gran animal. En algún momento habrá una corrección”.
Entrevista con el divulgador científico, autor de ‘Contagio’, libro de referencia para entender el coronavirus.
Marc Bassets | Materia, El País, 2020-04-19
https://elpais.com/ciencia/2020-04-18/somos-mas-abundantes-que-cualquier-otro-gran-animal-en-algun-momento-habra-una-correccion.html

Son las cinco de la tarde en Bozeman, pequeña ciudad de Montana (Estados Unidos), donde los espacios son vastos y el distanciamiento social no necesita imponerse a la fuerza, porque forma parte del paisaje desde tiempo inmemorial.

David Quammen, de 72 años, cultiva su jardín cuando suena el teléfono. “Paseamos al perro por el barrio, saludo a los vecinos desde la otra acera y en tres semanas no he estado más cerca de seis pies [dos metros] de otra persona, aparte de mi esposa”, dice a El País este veterano reportero y divulgador científico que hace años recorrió los cuatro rincones del planeta persiguiendo a los virus zoonóticos, es decir, que saltan de los animales a los humanos.

El resultado fue 'Spillover. Animal infections and the next human pandemic' ('Contagio', en la traducción española que la editorial Debate publica el 23 de abril en ebook y el 14 de mayo en papel). El libro fascina y espanta. Por lo que cuenta: el mundo de las infecciones de origen animal. Y por lo que predice: una pandemia humana muy parecida a la del virus que causa la covid-19. Ahora es una de las obras de referencia para entender el ente microscópico que ha paralizado al mundo.

Pregunta. ¿Le sorprende lo que está ocurriendo?

Respuesta. En absoluto. Todo —el virus procedente de un murciélago que después pasa a los humanos, la conexión con un mercado en China, el hecho de que se trate de un coronavirus— era predecible. Es lo que los expertos a los que entrevisté para mi libro me decían.

P. ¿Nada le sorprende?

R. Sí, la falta de preparación de los Gobiernos y los sistemas sanitarios públicos para afrontar un virus como este. Me sorprende y me decepciona. La ciencia sabía que iba a ocurrir. Los Gobiernos sabían que podía ocurrir, pero no se molestaron en prepararse.

P. ¿Por qué?

R. Los avisos decían: podría pasar el año próximo, en tres años, o en ocho. Los políticos se decían: no gastaré el dinero por algo que quizá no ocurra bajo mi mandato. Este es el motivo por el que no se gastó dinero en más camas de hospital, en unidades de cuidados intensivos, en respiradores, en máscaras, en guantes.

P. Sin esta falta de preparación, ¿no estaríamos todos confinados?

R. En efecto. La ciencia y la tecnología adecuada para afrontar el virus existe. Pero no había voluntad política y, por tanto, el dinero, y la coordinación entre Gobiernos locales y nacionales, y entre Gobiernos en el mundo. Tampoco hay voluntad para combatir el cambio climático. La diferencia entre esto y el cambio climático es que esto está matando más rápido.

P. ¿Por qué el murciélago se vincula al origen de tantos virus, desde el SARS hasta el ébola, y también el SARS-CoV-2?

R. Los murciélagos parecen sobrerrepresentados como anfitriones naturales de estos virus peligrosos. Por varios motivos. Primero, están sobrerrepresentados en la diversidad de los mamíferos. Una de cada cuatro especies de mamíferos es una especie de murciélago.

P. ¿Esto significa que hay muchos murciélagos?

R. No es simplemente que haya muchos en cuanto al número, sino que hay una gran diversidad de murciélagos. Y es posible que cada diferente especie de murciélago tenga sus propias especies de virus. Esta diversidad de especies ofrece un margen amplio para la diversidad de virus.

P. ¿Qué otros motivos explican que los murciélagos sean el origen de tantos virus?
R. Los murciélagos viven mucho. Uno del tamaño de un ratón puede vivir 18 o 20 años. Un ratón vive uno o dos años. Los murciélagos anidan juntos en colonias multitudinarias. He visto 60.000 en una cueva, todos apretujados. La longevidad y la masificación son circunstancias óptimas para que los virus pasen sin cesar de un individuo a otro. Y otra cosa: hay pruebas ahora, aunque no es seguro, que indican que los murciélagos tienen sistemas de inmunidad que han evolucionado para ser más hospitalarios ante cuerpos ajenos.

P. Y cada vez están más cerca de zonas urbanas, ¿no?

R. Así es. En particular los grandes murciélagos de los trópicos y subtrópicos. Estamos destruyendo sus hábitats y ellos buscan comida en áreas humanas donde haya huertos y árboles frutales en los parques. Todo esto les acerca a los humanos, lo que, a través de sus heces y su orina, aumenta las posibilidades de que los virus se extiendan directamente o a través de los animales domésticos.

P. ¿Debemos temer a los murciélagos?

R. No, no. Son animales bellos, magníficos, necesarios para la integridad de los ecosistemas. La solución no es quitarnos a los murciélagos de encima sino dejarlos en paz.

P. ¿Cómo?
R. Esta pandemia es una oportunidad terrible para educar, para entender nuestra relación con el mundo natural.

P. ¿Somos responsables los humanos de lo que está ocurriendo?

R. Sin duda. Todos los humanos, todas nuestras decisiones: lo que comemos, la ropa que vestimos, los productos electrónicos que poseemos, los hijos que queramos tener, cuánto viajamos, cuánta energía quemamos. Todas estas decisiones suponen una presión al mundo natural. Y estas demandas al mundo natural tienden a acercar a nosotros a los virus que viven en animales salvajes.

P. ¿Es la revancha de la naturaleza?

R. No lo diría así, porque soy un materialista darwiniano. No personalizo la naturaleza. No creo en una naturaleza con N mayúscula capaz de revancha ni de emociones. Los humanos somos más abundantes que cualquier otro gran animal en la historia de la Tierra. Y esto representa una forma de desequilibrio ecológico que no puede continuar para siempre. En algún momento habrá una corrección natural. Les ocurre a muchas especies: cuando son demasiado abundantes para los ecosistemas, les ocurre algo. Se quedan sin comida, o nuevos depredadores evolucionan para devorarles, o pandemias virales las derrumban. Pandemias virales interrumpen, por ejemplo, explosiones de población de insectos que parasitan árboles. Ahí hay una analogía con los humanos.

P. ¿Somos como estos insectos?

R. No. Somos mucho más inteligentes que los insectos de la selva. Debemos ser capaces de ver lo que se nos viene encima y transformar el choque en un reajuste de nuestra manera de vivir en este planeta.

P. “Ofrecemos más oportunidades que nunca a los virus”, escribe usted.
R. Porque somos más y porque estamos más conectados entre nosotros. Cuando entramos en la selva y capturamos a un animal salvaje —un roedor, un murciélago, un pangolín, un chimpancé—, y este animal tiene un virus, y este virus salta hacia nosotros, y descubre que en nuestro interior puede replicarse, y que puede transmitirse de un humano a otro... Cuando ha ocurrido todo esto, a este virus le ha tocado el Gordo. Se ha metido por una puerta que le ofrece una enorme oportunidad. Porque somos 7.700 millones de anfitriones potenciales para ellos y porque estamos hiperconectados: la peste bubónica mató quizá a un tercio de la población europea, pero en el siglo XIV no podía pasar a Norteamérica ni a Australia. El virus que causa la covid-19 es uno de los virus de más éxito del planeta, junto a la cepa pandémica del VIH. Y nosotros le hemos invitado a tener tanto éxito.

P. ¿Qué ha aprendido en los últimos tres meses sobre los virus?
R. Algo que me sorprende es que, hasta ahora, este virus no está evolucionando demasiado rápido. Algunos científicos, como Trevor Bedford en Seattle, han tomado muestras de varias personas en diversos momentos y en distintas partes del mundo, y han dibujado un árbol genealógico del virus. Han descubierto que los genomas del virus no varían mucho en el espacio y el tiempo. El virus no cambia porque no necesita hacerlo. Está teniendo tanto éxito —yendo de un humano a otro, en todos los países del planeta— que, desde el punto de vista de la evolución, no está sometido a ninguna presión para cambiar: ya le va bien siendo como es.

P. ¿Durante cuánto tiempo puede tener tanto éxito?
R. Hasta que tengamos una vacuna. En este momento, es posible que intente evolucionar. No es que lo intente en realidad, porque no tiene intención, solo es un virus. Pero por selección natural es posible que, accidentalmente, encuentre maneras de esquivar la vacuna. Y entonces empezará la carrera para encontrar vacunas mejores y nuevas. Pero es lo que ya hacemos con la gripe: necesitamos una vacuna nueva cada año porque cambia constantemente.

P. Mientras tanto, ¿el distanciamiento social y el confinamiento tienen un efecto en el virus?

R. Sí. Al confinarnos, le retiramos una oportunidad de extenderse de manera tan amplia e intensa como ha hecho hasta ahora. Una manera de pensar en pandemias es la siguiente. En toda población de víctimas potenciales, hay personas susceptibles al virus. Hay personas infectadas por el virus. Hay personas muertas. Y hay personas que se han recuperado. Y, una vez que se han recuperado, es más difícil que sean reinfectadas. De modo que se llega a un punto en el que el número de muertos es alto, el número de recuperados es alto y el número de infectados puede ser todavía alto, pero el número de personas susceptibles puede ser relativamente bajo y estar disperso. En ese momento, el virus que se encuentra en los infectados no tiene oportunidades de contactar con los susceptibles.

P. ¿Y entonces?
R. En este punto, la pandemia tiende a terminar.