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jueves, 16 de noviembre de 2017

#hemeroteca #mujeres #literatura | Las mujeres y la literatura

Las mujeres y la literatura / Virginia Woolf ; prólogo de Laura Freixas ; traducción de Marta Gámez Márquez y Violeta Sánchez Esteban.
Málaga : Miguel Gómez Ediciones, 2017 [11-16].
172 p.
Colección: Ítaca
ISBN 9788494773013 / 16 €

/ ES / EN* / ENS
/ Literatura - Historia y crítica / Mujeres en la literatura

Que Virginia Woolf es una maravillosa novelista, todo el mundo lo sabe; pero no siempre somos conscientes de que esta maravillosa novelista es también una maravillosa cuentista, diarista, autobiógrafa y ensayista. La calidad de sus ensayos (en el sentido inglés, que incluye los artículos), como los que ocupan estas páginas, es evidente: por algo se han traducido a tantas lenguas, por algo se siguen editando. Pero ¿en qué consiste, exactamente?, ¿cuál es su secreto? Yo creo que es doble. Por una parte, el impecable razonamiento que los sostiene, tan cartesiano, tan bien trabado; por otra, la engañosa suavidad de su envoltorio. ¡Qué estilo tan natural, tan sencillo! ¡Qué elegante ironía! ¡Qué tono coloquial pero mundano, como de charla en un salón!... La frase que mejor define, para mí, los ensayos de Virginia Woolf, es la famosa imagen con que Bernadotte (un militar francés convertido, en 1818, en rey de Suecia) explicaba cómo había que gobernar a los franceses: «Una mano de hierro en un guante de terciopelo». – Laura Freixas

Virginia Woolf (Adeline Virginia Stephen, 1882-1941) fue una figura representativa en la sociedad literaria de Londres. Formó parte del círculo de Bloomsbury, un conjunto de intelectuales británicos destacados en el terreno artístico y social, y se sitúa entre los grandes renovadores de la novela moderna. Pionera en la reflexión sobre la condición de la mujer, la identidad femenina y las relaciones de la mujer con el arte y la literatura, Virginia Woolf perfeccionó en sus obras el monólogo interior mediante el que se pretende representar los pensamientos de un personaje en su forma primigenia, en su fluir inconsciente. Escribió, además de varias novelas, una serie de ensayos acerca de la condición de la mujer en los que destacó la construcción social de la identidad femenina y reivindicó el papel de la mujer escritora.

lunes, 7 de agosto de 2017

#hemeroteca #literatura #historia | Aparición de los negros en las letras españolas

Imagen: Jot Down / 'Bashi-Bazouk', por Jean- Léon Gérôme, 1868–69
Aparición de los negros en las letras españolas.
Santiago Auserón | Jot Down, 2017-08-07
http://www.jotdown.es/2017/08/aparicion-los-negros-las-letras-espanolas/

Durante los siglos XVI y XVII, coincidiendo con el incremento de la trata atlántica, la presencia de esclavos africanos se volvió costumbre en la literatura española. El tipo jocoso del negro músico y lenguaraz surgió en las coplas, se instaló en el escaparate de la vida social que fue el teatro ligero e hizo su aparición en la incipiente novela. Los poetas jugaron a imitar las alteraciones que el «habla de guineo» hacía sufrir al castellano y a reproducir con pies métricos su ritmo musical, contagiados por la viveza de las jergas de germanías en ambientes donde la rítmica sincopada de los africanos despertaba un viejo poso de sonoridades mestizas. En sus obras dejaron constancia de un sorprendente estado de proliferación de la lengua muy distinto del marmóreo ejercicio de erudición aprendido en los colegios jesuitas, relacionado con la movilidad social y con el hechizo expansivo de las modas musicales de la época. Coplas con estribillos marcadamente rítmicos, bailes con nombres propios que retumban con afán de mito efímero, revelan una erótica de la fonación complementaria de la expresión danzante de la libido denunciada por los censores. A lo largo de los dos siglos siguientes a la invención de la imprenta, una marea musical y poética llevó en España la tradición oral hasta su extremo desarrollo. Esa actividad febril amplió el radio de acción de las canciones tanto como era posible antes del advenimiento de la era electrónica. Este es un aspecto de la literatura del Siglo de Oro poco tenido en cuenta hasta la fecha.

La presencia de africanos en la Península llegó a ejercer un influjo que los datos demográficos no explican. Los primeros rastros literarios pueden ayudar a comprender el significado de este hecho un tanto hermético. Los negros y su música aparecen primero, de forma todavía borrosa, en la literatura gallego-portuguesa: don Lopo Lias, nacido probablemente en Lugo, escribió en la primera mitad del siglo XIII una cantiga de escarnio que empieza diciendo: «En este son de negrada / haré un cantar». Está dedicada a un infanzón de Lemos a quien se reprocha su falta de aliño, el vestir un brial de tejido arábigo importado de Sevilla, ciudad recién reconquistada a los musulmanes. «Son de negrada» tiene en ese contexto un carácter particularmente despectivo y se refiere a la música de gente de piel oscura —moros norteafricanos o esclavos negros— que ya en la Edad Media era reconocible como adecuada para cantar coplas de escarnio en lengua de cristianos, aunque fuera con intención de producir un efecto grotesco.

En las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, escritas poco después, la figura del negro aparece como presencia demoniaca. Una de ellas presenta a un monje «bueno, casto y muy fiel», acosado en su lecho por unos simbólicos puercos a las órdenes de «un hombre negro de color» que les incita a que no dejen conciliar el sueño al pobre clérigo. Este pide auxilio a la Virgen, que aparece en hábito de pastora provista de una vara, con la cual dispersa a «aquella compaña del malvado demonio». El tema de la tentación del monje era tradicional en los relatos de los padres eremitas. La cantiga acentúa el tratamiento rústico y elige a un negro como representante de Satanás. Es la primera vez que un negro toma la palabra en nuestras letras, pero no es hombre, sino diablo, y habla gallego-portugués. En el marco de la poesía gallego-portuguesa, la negritud es todavía una presencia distante, son extranjero o alteridad que simboliza el pecado.

Hacia 1335, Don Juan Manuel, sobrino del Rey Sabio, recoge en El Conde Lucanor un cuento árabe destinado a hacerse famoso. Un rey avaricioso e incauto se deja engañar por «tres omnes burladores» y «muy diestros en fazer paños» con la propuesta de financiar un vestido que solamente será visible para «omne que fuesse fijo daquel padre que todos dizían». El rey calcula el beneficio que obtendrá al quedarse con los bienes de los súbditos —previsiblemente numerosos— que no alcancen a ver el tejido milagroso, «ca los moros non heredan cosa de su padre si non son verdaderamente sus fijos». Los tejedores se encierran en un palacio con «mucho oro e plata e seda e muy grand aver» para acabar de urdir el engaño. El rey envía emisarios a comprobar el paño, pero ninguno de ellos se atreve a decir que no lo ve, por no ser acusados de bastardos. Cuando se decide a comprobarlo por sí mismo, los tejedores le muestran la labor, ensalzan cualidades inexistentes, ante lo cual el rey, creyendo que todos los testigos previos han visto lo que él no alcanza a ver, exagera entre los suyos las maravillas del tejido. Llegado un día de señalado festejo, todos aconsejan al monarca que vista el paño maravilloso. Con malicioso esmero, los tejedores hacen de sastres para cortar y coser el traje imaginario, de mayordomos para ayudar a vestirlo. El rey, «vestido tan bien commo avedes oído» —es decir, desnudo— se pasea a caballo por toda la villa sin que nadie ose desengañarle; lo cual —anota el infante socarrón— «le avino bien, que era verano». Hasta que «un negro, que guardava el cavallo del rey e que non havía que pudiesse perder, llegó al rey e díxol: —Señor, a mí no me empeçe que me tengades por fijo de aquel padre que yo digo, nin de otro, e por ende, dígovos que yo so çiego, o vos desnudo ides».

En este cuento se anticipa la obsesión por la limpieza de sangre en la sociedad española. Los tejedores muestran artes y mañas comúnmente atribuidas a los judíos, pero el rey no parece menos avaricioso ni menos dado al engaño. Por agrandar su fortuna, especula con el derecho sucesorio, hace cuentas con el número de vasallos que verán descubierto su falso linaje, provocando la deshonra de sus madres respectivas, pero la misma amenaza vuelve su dedo contra el rey y su corte. La mentira se agranda como alegoría del edificio social completo. Tiene que ser un negro el único que diga la verdad. Carece de motivo para fingir honra, pero detenta el único papel noble del cuento. En la tendencia a identificarse con la verdad, el lector o el oyente sospechan por un momento su igualdad con el esclavo negro. Es la primera vez que un africano habla —y con sentido común— en castellano. Su papel escueto no hubiera podido ser superado, si no fuese porque la verdad nunca aparece tan desnuda como el rey del cuento.

La primera narrativa española hace hablar a un negro en un cuento tomado de los árabes, pero la poesía portuguesa se anticipa en la elaboración del tipo cómico en coplas y representaciones. El Cancioneiro geral de García de Resende incluye dos octavas de Fernam de Silveyra escritas en torno a 1455, en las que un rey de Sierra Leona, con ocasión del enlace entre la infanta doña Juana de Portugal y Enrique IV de Castilla, expresa reconocimiento hacia la corona a la que sirve y ofrece que baile su gente al modo en que se hace en su tierra. El motivo burlesco está supeditado a la alabanza del poder colonial y no transmite veracidad, salvo la posibilidad de que la desnuda gestualidad africana irrumpiese en la celebración de la corte lusa, lo cual parece proporcionar al poeta callado regocijo. También en el Cancioneiro geral, un poema burlesco de Anrique da Mota presenta a un clérigo lamentándose porque se le ha derramado un tonel de vino. Culpa injustamente a su esclava negra y la amenaza con lardearla, es decir, con verter tocino derretido en las heridas provocadas por los azotes, práctica común entre los propietarios de esclavos de la Península. Ella se defiende haciéndose entender en su jerga risible, habla de dirigirse al juez con su reclamación agravada por la sospecha de amancebamiento, hasta que el cura renuncia a la acusación. Un amigo poeta le sugiere que se consuele de la pérdida del vino con la posesión de la esclava. Aquí no solo percibimos acentos más reales, sino cómo la figura de la negra cobra protagonismo, se defiende de la injusticia, afirma su carácter y su posición sirviéndose del motivo sexual, que se insinúa como poderoso implícito.

Rodrigo de Reinosa es el primero que hace hablar a los negros en verso castellano, unas décadas después, con realismo mucho más crudo que los cortesanos portugueses. Viajero aficionado a la música y al festejo de taberna, se familiarizó con el habla de los «rufos» y «marcas» del hampa y con la jerga afroibera en Sevilla, donde los esclavos llegaban habiendo aprendido algo de portugués en los puertos africanos o en Lisboa. El tipo cómico que luego pasa a entremeses y comedias apunta en sus coplas, cuyo interés, más que poético, es documental. Los negros se presentan como objeto de burla por su manera de expresarse, por su baja condición, por su alimentación repugnante, pero a la vez se insinúa a través de ellos la parodia de las costumbres castellanas: un esclavo y una esclava se motejan de «putos negros escarabajosos», con el tratamiento de «don» y «doña» propio de hidalgos, alardeando de la superioridad de sus respectivas etnias y de la alcurnia de sus amos (uno obispo, otro corregidor). Se alude repetidamente a la sexualidad, el negro se envanece de su brío, pretende hacer con la negra «choque-choque». Otras coplas, que «hánse de cantar al tono del guineo», hacen referencia a las bajas tareas en que se ocupa el esclavo para aliviar su miseria. Y en otras atribuidas al mismo autor, una dama se rebaja a pedir a su esclavo prieto que le cante y le conceda trato carnal, mientras su esposo se afana en Tierra Santa. El esclavo se resiste, reprochando a su ama la altivez y la crueldad habituales, pero finalmente accede, no sin antes alardear de músico: «Sé cantar con mil primores / tiples, contras y tenores / que más de veinte cantores / me cobdician la garganta». El autor juega con la burla escabrosa, pero, por encima de todo, pone de relieve la musicalidad del negro. Cuando se complace en imitar su jerga por primera vez en castellano, el «tono» y el baile del guineo son ya populares. El hecho musical precede al interés por las maneras de los negros y en cierto modo trasciende su eficacia cómica.

Gil Vicente escribió sus farsas para divertimento de la corte lusa, algunas de ellas en el castellano de uso protocolario. El clérigo de Beira se representó ante Juan III de Portugal en 1526. Igual que otras farsas vicentinas, consta de una serie de escenas dialogadas, con un personaje que hace de hilo conductor para representar el contraste entre corte y aldea, o entre lenguaje culto y vulgar, con el único objeto de provocar situaciones jocosas. Precedido por su fama de ser «el mayor ladrón del mundo», aparece un pícaro negro que despoja de su vestimenta al hijo de un labrador mientras se baña. Entra en escena cantando, se expresa en jerga afroibera con abundantes invocaciones religiosas, fragmentos deformados del padrenuestro y de la salve. Fingiendo espantarse del robo y del engaño generalizados, apela a la omnisciencia del Todopoderoso de modo caricaturesco: «¡Calla! Rios [Dios] encima é / y a quien furta ele lo ve. / Rios nunca va drumí, / sempre abre oyo así». Un poco más adelante, utiliza los mismos atributos para describir los poderes del maligno: «Mi no hablá burlería, / pos ¿para qué furtá? / Que riabro sempr’etá / abre oyo turo ría». Dejándose llevar por su locuacidad, bajo el lema «mundo, turo cansera» (todo en el mundo es fatiga), el pícaro prieto entona un responsorio en el que la palabra «cansera» se repite al final de cada verso, como antífona africana que al producirse en lengua romance parece anticipar el son montuno. Mientras busca la ropa del labriego entre los matorrales, libra una letanía grotesca, retazos de una salve corrompida mezclados con expresiones escatológicas, monólogo fascinante, semejante al encantamiento brujeril de un babalao. Gil Vicente concede mucho espacio al negro, se sirve de él para expresar humorísticamente su concepción fatalista. El negro acaba haciendo una defensa del robo como única forma de supervivencia, compatible con la fe religiosa más sencilla: «Quen furtá, homble sesuro / y loar a Rios con turo / y Siñó Pirito Santo». Gil Vicente documenta el extraño germinar del sincretismo religioso afrohispano. La jerga del pícaro negro serpentea entre dos lenguas peninsulares y adapta su comportamiento a la práctica común: hurtar mientras se invoca al cielo. Su carácter esquematizado basta para expresar la amarga —pero risible— verdad del mundo.

Las letras castellanas desarrollan ese arquetipo, que poco a poco va adquiriendo carnación humana. Todavía en el segundo cuarto del XVI ocupa poco espacio la negra de la Farsa de la hechicera de Diego Sánchez de Badajoz, pero se muestra llena de buenos sentimientos. A un galán a punto de darse muerte por desengaño amoroso, la negra le arrebata el puñal diciendo: «nunca bono sar morira». Y junta afectuosamente su cara con la de él, pero es brutalmente rechazada por el hidalgo que exclama: «puta negra dasme besos / hacerte he saltar los sesos». Un caballero español puede pecar contra su propia vida, pero no llegar hasta el extremo de aceptar mimos de negra, aunque el impulso que promueve el contacto entre pieles tan dispares fuera solo fraterno. La negra honrilla puede más que la bondad, en el plano moral se invierten las coloraciones. En la Farsa teologal, mientras un teólogo verboso alecciona a un pastor, una muchacha prieta viene cantando un villancico, tañendo alegremente un pichel con el que va a buscar vino para su señor, dando al teólogo motivo de alabanza y regocijo: «O sacro verbo divino / o misterios eternales / que aun a los negros bozales / manifiestas tu camino». El teólogo la requiere, capcioso, pero la negrita se asusta; la retiene por un brazo para que siga cantando, pero ella insiste en escabullirse y amenaza con gritar; le ofrece nueces y el pastor la increpa: «ven acá, negra maldita». Ella se niega a cantar, aunque le dieran higos. El pastor la llama «doña negra de azabache» y le arrebata el jarro de estaño para hacer con él un espantajo: lo ata a su cayado, mete una vela dentro, lo tapa con un papel negro «con ojos y boca, por donde sale la luz de la vela». La brutalidad rústica construye un esbozo de escenografía pagana que poco tiene que ver con sentimientos cristianos. Sánchez de Badajoz compara en un plano de igualdad la moralidad de la negra, del caballero, del teólogo y del pastor. Ella muestra sentimientos que el autor quiere hacer cercanos, mientras en ellos se delatan dobleces crueles que, puestos en escena, resultan exóticos, aunque propios de la gente ibera.

En dos comedias de Lope de Rueda representadas en torno a 1540, la negra aparece como tipo cómico plenamente configurado. En la Comedia llamada Eufemia, el taimado lacayo Polo intenta seducir a la negra Eulalla. Desde la puerta de la calle, la oye cantar y exclama: «¡Qué embebida está en su música!». La esclava da a entender que la música es el don de los negros: «Ofréscomela Dios turo poreroso, criaror na cielos e na tierras». Asoma de mala gana, porque se ha quemado el pelo con hojas de lejía, intentando volverse rubia. Polo la requiebra con hipocresía, le ofrece mentidos regalos y ella desconfía, pretendiendo que podría casar mejor. El afán de mejora social de Eulalla, en razón de sus cualidades físicas («que aunque tengo la cara na morenicas, la cuerpo tienes como un terciopelo dobles») se cruza dramáticamente con la perversa y codiciosa intención de Polo: «¡Pese a tal con la galga! Yo la pienso vender en el primer lugar diziendo que es mi esclava, y ella póneseme en señoríos». Lope de Rueda hace gala de un instinto dramático electrizante, aunque su escritura genere reservas entre los críticos. Cervantes afirmaba su excelencia en el prólogo a la edición de sus propias comedias y añadía un dato interesante: el mismo autor se encargaba con éxito de los principales roles cómicos, entre ellos el de negra. En la Comedia llamada de los engañados se inserta una escena doméstica en la que, en presencia de la joven ama Clavela, la moza Julieta y la negra Guiomar intercambian insultos. Ante las ofensas de la criada blanca, el ama se compadece de su esclava. Aunque se sirve del insulto racista para provocar la risa, Lope de Rueda busca la identificación de su auditorio con el papel que él mismo representa.

Por la misma época, la novela incipiente confirma el relativo grado de inserción de los negros en las capas bajas de la sociedad. El salmantino Lázaro de Tormes «nacido en el río», en una aceña emplazada dentro del cauce, es el prototipo del castellano mísero. Cuando su madre enviuda, recibe como padrastro a un negro mozo de establo y de la unión de ambos nace un hermanito igualmente oscuro que crece desconcertado entre rasgos diversos: «como el niño via a mi madre e a mi blancos y a él no, huya dél con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, dezia: “¡Madre, coco!”. Respondió él riendo: “¡Hideputa!” Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico e dixe entre mí: “¡Quantos deve de aver en el mundo, que huyen de otros, porque no se veen a sí mesmos!”». Más hondo que el efecto burlesco alcanza el espíritu humanista que insinúa la falsedad del sentimiento de superioridad de unos humanos sobre otros. Esa ambigüedad moral caracteriza toda la literatura de negros en España: se inicia con la extrañeza despectiva, se deja atraer por el hechizo musical y evoluciona hacia la conmiseración, aunque sin desligarse de la burla. La minoría negra provoca un efecto revelador de inquietas duplicidades en la realidad española. 

Y TAMBIÉN…
De esclavo a catedrático.
Juan Latino pasó de servir a ser profesor de latín. Escritores como Cervantes lo citan en sus textos.
Ángeles Lucas | El País, 2016-12-30
La puesta en escena de Lope de Vega / Eva María Rodríguez García ; dirigida por Inmaculada Urzainqui Miquelez
Tesis Universidad de Oviedo, Departamento de Filología Española. Fecha defensa: 2014-01-22
TEXTO COMPLETO | RUO – Universidad de Oviedo

lunes, 24 de abril de 2017

#hemeroteca #libros #feminismo | Siri Hustvedt: "A un hombre siempre le resulta castrador dar autoridad a una mujer"

Imagen: El Diario / Siri Hustvedt
Siri Hustvedt: "A un hombre siempre le resulta castrador dar autoridad a una mujer".
La autora estadounidense regresa con ‘La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres’, un ensayo que retrata a partes iguales su interés por el arte, la neurología y el pensamiento literario. "Me parece una locura que alguien considere feminista a Picasso".
Lucía Lijtmaer | El Diario, 2017-04-24
http://www.eldiario.es/cultura/entrevistas/Siri-Hustvedt-entrevista_0_636587028.html

La primera vez que veo a Siri Hustvedt está enmarcada en un portal. Sentada en plena calle, posa con la madurez de los escritores de éxito que son a su vez respetados por crítica y público. La fotógrafa dispara y la escena adquiere un tono simbólico: miro a Siri Hustvedt mirada por una cámara. Las mujeres que miran a las mujeres, pienso, un trasunto de su último libro, 'La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres' (Seix Barral), donde desgrana una serie de ensayos que mezclan sus disciplinas favoritas, arte, ciencia y análisis literario.

La carrera de Hustvedt se despliega especialmente desde 2003. Pese a haber escrito y estudiado diversas disciplinas desde hace más de treinta años, fue con la novela 'Todo cuanto amé' cuando llamó la atención del gran público. Desde entonces, el sempiterno título de 'mujer de Paul Auster' dejó de rondarle con tanta frecuencia, especialmente tras la publicación de 'Elegía para un americano' y 'El verano sin hombres', en los que amor, desamor y los tránsitos de la enfermedad mental la hicieron mundialmente conocida.

Ahora, el regreso de Hustvedt se muestra como un complemento de sus intereses: habla con el mismo entusiasmo y humor sobre migrañas, modelos computacionales y feminismo, todos elementos presentes en su último libro, que presenta en plena vorágine editorial del Día del Libro.

Su último libro es extraño puesto que no es confesional, pero sí tiene algo muy personal. Por ejemplo, el psicoanálisis se pone en valor después de mucha desvalorización por parte de la ciencia.

Soy de un grupo de neuropsicoanálisis desde hace diecisiete años. Una de las premisas es que muchas de las tesis de Freud han sido confirmadas por la neurociencia. Él estudió neurología, era científico, escribió un libro maravilloso sobre la afasia. Creo que se trata de una unión interesantísima. Hay psicoanalistas hostiles a la idea de una unión con la neurociencia, mientras que los neurocientíficos suelen ser más abiertos porque han sido declarados los jefes de la cultura. Se pueden permitir ser benevolentes con los psicoanalistas, que han sido marginados y tienen una posición mucho más difícil.

Usted lo usa varias veces a lo largo del libro para hablar de su propio análisis y cómo le ayuda a escribir.

Se trata de una respuesta poética, pero también analítica a mi propio psicoanálisis que fui adaptando con distintos grupos terapéuticos cuando me pedían que diera conferencias. Pese a que había leído y estudiado psicoanálisis desde la adolescencia, especialmente a Winnicott, lo que me fascinó fue que cuando realicé mi análisis, mi conocimiento previo no fue significativo ni útil. Y no entiendo por qué ese proceso, que es una forma de diálogo, ha sido una gran liberación en mi vida. ¡No entiendo por qué! Pero es así [ríe].

Podría ser porque le obliga a verse desde otro lugar, desde otra perspectiva, que es exactamente lo que hace usted al examinar algunas obras de arte en el libro.

Es verdad. La imaginación es un vehículo para habitar al otro, pero también para habitar otras formas de conocimiento. Puede tratarse de otra disciplina, pero también de otra persona.

El ensayo que da título al libro trata una obra de Picasso, ‘Mujer que llora’, y sirve para explorar cómo las mujeres son vistas en el arte y cómo se crean y centran los discursos alrededor de su percepción. ¿Sabía usted que la última exposición sobre Picasso en Madrid le interpreta como feminista?

Me parece una locura que alguien considere feminista a Picasso. No sé cómo pueden decir eso. He leído muchísimos libros sobre Picasso, la biografía de John Richardson y varios otros. Que no sea feminista no devalúa en nada su obra, y se puede admirar igualmente.

Picasso, para mí, siempre ha sido un innovador estilístico, pero sus sujetos son siempre muy tradicionales, muy clásicos, aunque luego los deconstruyera. Lo comenté con un especialista en Picasso: para él, las mujeres eran objetos sexuales y simbólicos. La subjetividad femenina aparece a veces, por ejemplo, con algún retrato de su esposa, donde se ve que le interesa su vida interior. Pero ¿Picasso feminista? ¡Es absurdo!

La exposición comisariada por Anne Wagner habla de que las mujeres se usan en su obra como armas.

Ah, lo pillo. La pintura se "resignifica", como dicen ahora. Y las mujeres en la guerra también son vistas como víctimas. Tampoco me parece una posición feminista, qué quieres que te diga [ríe].

Su libro también trata a los hombres que no dejan hablar a las mujeres: usted describe un caso muy concreto durante un panel en una universidad. No dejaron hablar a una mujer, aunque de manera sutil. Pero no le dejaron hablar.

Sí, ¡aquella fue una situación terrible! Éramos tres mujeres en un grupo de 15 personas. Fue extraordinario ver cómo sucedía. En ese seminario, a mis 62 años yo era la más joven. Y estos hombres simplemente no veían lo que le estaban haciendo a esa persona. No le dejaban hablar.

¿Qué le parecen los libros que se están escribiendo alrededor de esta temática, como 'Los hombres me explican cosas', de Rebecca Solnit?

Yo tengo una posición mucho más teórica, pero Solnit tiene razón. En mi ensayo sobre Karl Ove Knausgard lo interpreto como un problema de emasculación. Como los hombres se valoran de acuerdo al valor que les otorgan otros hombres. Las mujeres pueden ser ignoradas, incluso aquellas que no son especialmente tímidas. He estado en muchísimas conferencias en las que las mujeres son tímidas y no insisten en sus argumentos. Pero esta persona sí lo hacía y no le dejaban existir.

Su descripción de la situación provocaba furia al leerla.

Lo sé, pero el humor es un buen arma. O te lo tomas como algo absurdo o te enfadas. Por supuesto, cuando lo ves sientes muchísima rabia, pero puedes elegir como tratarlo [ríe].

El ensayo sobre Karl Ove Knausgard es extremo, resume cómo las mujeres son invisibles en literatura porque se consideran un nicho y no suponen competencia para un autor como él.

Yo no creo que Knausgard piense que las mujeres no sepan escribir. Creo que cuando le entrevisté me dijo algo que muchos hombres en literatura sienten: que compiten con otros hombres y que las mujeres, aunque sean brillantes, no son parte del juego. Ese es un problema enorme y suele ser verdad. No se trata de un ataque, quiero entender por qué pasa.

Por ejemplo, cuando un hombre quiere que le firme el libro inmediatamente dice que es para su mujer y que él no lee ficción. A un hombre siempre le resulta castrador dar autoridad a una mujer, es una cuestión de autoría.

De la misma manera, usted alude a un estudio de Goodreads que incide en como los hombres no leen a mujeres y que por tanto siempre son categorizadas como "literatura femenina".


Eso es muy común. Las artes se consideran espacios femeninos y la ciencia masculina. Me suele pasar que los hombres leen mi no ficción y las mujeres mis novelas. Soy un sujeto escindido [ríe].

Además, cuando las mujeres crean personajes, inmediatamente son percibidas como el personaje de sus novelas. Toda novela escrita como mujer se percibe como autobiográfica.

Cuando no escribes literatura confesional, creen que sí lo haces. Siempre pasa, ¡aunque te lo hayas inventado todo! Cuando escribí ‘El verano sin hombres’ todo el mundo incluidos mis amigos pensaron que estaba sufriendo una crisis matrimonial. ¡Y no era así! ¡Simplemente me lo inventé! En cambio, cuando un hombre escribe una y otra vez la misma historia, y es siempre autobiográfica y estupenda, se les lee de otra manera.

Me resulta extrañísimo que se reduzca todo a la autobiografía. Mi conclusión es que el hecho de que la mujer tenga imaginación es siempre problemático.

Su ensayo sobre el porno y Susan Sontag activa la idea de lo radical. Algunas feministas son muy contrarias al porno.

No soy una gran consumidora, como explico en el texto. Lo que no entiendo es que la gente lo considere aburrido o que no les excite. Me sorprende muchísimo, a menos que hablen de algo violento, que sí queda fuera de mi espectro erótico. Pero si se trata del debate feminista, soy de las defensoras de la pornografía, evidentemente siempre que se trate de adultos que la realizan de forma consentida.

Su libro tiene algo de gabinete de curiosidades decimonónico, con un montón de compartimentos que dialogan. A usted le obsesiona la pregunta de por qué no se comunican arte y ciencia. ¿Es el conocimiento demasiado estanco en la actualidad?

El diálogo ha aumentado porque ciertas disciplinas han asumido que necesitan aire, y que ese aire puede venir de otras disciplinas. En las humanidades se han adoptado algunas ideas científicas para los estudios literarios, con mayor o menor éxito. Hay algo de diálogo y charlas interdisciplinares pero son pocas. Yo puedo permitirme el lujo de leer sobre muchísimas cosas porque no tengo que ocuparme de escribir trabajos académicos para mantener mi posición en una universidad, pero es muy poco común.

Usted habla de como la especificidad de internet tiene algo que ver con eso.

La gente sabe más y más sobre menos y menos cosas. Y el conocimiento compartido es prácticamente inexistente. En algunos espacios puedes citar argumentos filosóficos muy importantes y nadie sabe de qué estás hablando.

En el ensayo ‘Historia de los peinados’ realiza una labor antropológica: el pelo se usa como marca de género, pero también como un espacio psicoanalizable de sus propias fábulas y relatos.

Sí, está en el centro de todo. Al fin y al cabo "trenzar" es una metáfora muy antigua para el verbo narrar. La rueca en la mitología noruega se relaciona con narrar. La historia de Rapunzel me fascina. Es maternal, trata sobre el amor de una madre, que más adelante se sustituye: hay una madre original y una sustituta, algo clásico de las fábulas.

He leído que también le obsesiona Goya.

Sí, no puedo parar de mirar sus cuadros.

Y encontró una cara en uno de ellos, ‘Los fusilamientos del Dos de Mayo’.

Sí, los historiadores del arte no están muy contentos con eso. Me pasó también con un cuadro de Vermeer, encontré un pequeño huevo que nadie había visto en ‘La muchacha del collar de perlas’, lo que le daba un nuevo significado como pintura de anunciación. Ahora se la considera como tal, pero nadie me reconoció el mérito.

¿No?

Sé que publiqué sobre eso antes que nadie, pero ya se sabe cómo son los amantes de las jurisdicciones [ríe].

viernes, 7 de abril de 2017

#hemeroteca #literatura #historia | Universidad Veracruzana, pionera en publicar libros de temática gay

Imagen: UV / Presentación del libro de Guillermo Gutiérrez (c)
Universidad Veracruzana, pionera en publicar libros de temática gay.
Los prejuicios morales y sociales han limitado la creación literaria, señaló Mario Muñoz. Guillermo Gutiérrez comentó que la academia mexicana no ha querido abordar e investigar este tipo de literatura.
Paola Cortés Pérez | Prensa UV, 2017-04-07
https://www.uv.mx/prensa/cultura/uv-pionera-en-publicar-libros-de-tematica-gay/

La Universidad Veracruzana (UV) es pionera a nivel nacional en la edición de libros con temática gay, sin embargo aún es un tópico tabú dentro de la academia mexicana, mencionó Esther Hernández Palacios, directora general de Difusión Cultural, durante la presentación del libro ‘Literatura mexicana de temática gay del siglo XIX al XX’, de Guillermo Gutiérrez.

El evento se llevó a cabo en la Galería Universitaria “Ramón Alva de la Canal”, el viernes 31 de marzo, con la participación de Mario Muñoz y el autor, moderados por Hernández Palacios, quien mencionó que el libro está compuesto por una serie de ensayos en los que se detalla y analiza la historia de este tipo de literatura.

“En él se habla de nuestra tradición literaria, un tema que es de interés teórico y literario a nivel internacional; nos debe interesar porque ha estado presente desde hace mucho tiempo en nuestra narrativa.”

En tanto, Mario Muñoz dijo que no se trata de un libro meramente académico, en él se divulga una cultura que cada vez se estudia más.

No obstante, aún es tímidamente abordado por los investigadores, por prejuicios moral y social, mismos que han limitado la creación literaria pues “se piensa que sólo los escritores gay abordan estos temas”, compartió.

“El contexto social es determinante para la gestión literaria, por eso podemos explicar la lenta aparición literaria de una temática en particular”, añadió.

Contó que la primera novela que aborda la temática fue ‘Los cuarenta y uno. Novela crítico-social’, publicada en 1906 y cuyo autor firmó bajo el seudónimo de “Fecundo”; en ella se aborda el escándalo más sonado del siglo XX en México, referente a la redada realizada en la calle de la Paz (hoy Ezequiel Montes), contra un baile de hombres que se realizaba en una vivienda particular, de los cuales 22 estaban vestidos de hombres y 19 de mujeres; entre ellos estaba el yerno de Porfirio Díaz, Ignacio Mier.

Posteriormente, señaló, en 1926 apareció uno de los primeros cuentos de temática gay, atribuido a Jaime Torres Bodet, quien fuera diplomático, funcionario público, escritor, ensayista y poeta mexicano.

Después de un periodo muy largo –dedicado a la literatura revolucionaria, nacionalista y de denuncia–, la literatura no tocó temas tabús: la sexualidad, la homosexualidad, el lesbianismo o el erotismo.

Éstos “eran temas intocables e impronunciables, siempre por la idea de lo anormal, por la moral y ética religiosa.”

En los años sesenta y setenta, indicó, los autores no abordaban estos temas por autocensura, incluso hoy en día son tímidamente abordados por los prejuicios sociales.

De tal manera que este libro es un aporte y punto de partida para la creación literaria con temática gay, porque Guillermo Gutiérrez hace un recorrido histórico-literario, además explica cómo surgieron muchos de los calificativos –incluidos las expresiones ofensivas– que se usan para referirse a los jóvenes que tienen una vida sexual diferente, agregó Muñoz.

Por último, Guillermo Gutiérrez reiteró que la academia mexicana no ha querido abordar e investigar la literatura de temática gay, pero se tienen que desarrollar estudios académicos para ponerla en el lugar que le corresponde, porque existe una vasta producción en el país.

martes, 7 de febrero de 2017

#hemeroteca #filosofia #liteartura | La narración que somos

Imagen: El País / Hannah Arendt
La narración que somos.
Un libro analiza la importancia de la literatura en la obra filosófica de Hannah Arendt.
Manuel Cruz | El País, 2017-02-07
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/02/06/babelia/1486396167_470171.html

Los colaboradores convocados en este libro por Nuria Sánchez Madrid para reflexionar sobre uno de los registros fundamentales de la obra de Hannah Arendt, su relación con la literatura, lo hacen visitando a los autores más relevantes con los que en algún momento de su obra dialogó, implícita o explícitamente, nuestra pensadora: de Homero a Isak Dinesen, pasando por Lessing, Kafka, Proust, Brecht y Hermann Broch (sin olvidar a Auden, al que la compiladora dedica atinadas consideraciones en su introducción). Del encuentro con dichos autores extraen aquellos el destilado correspondiente, pero, más allá de la dimensión que cada colaborador pueda destacar, el denominador común, el hilo conductor de los diferentes textos, es el reconocimiento de la enorme importancia atribuida por nuestra autora a las narraciones literarias, hasta el punto de que podría llegar a afirmarse que ahí reside una de las más fértiles claves de lectura de la totalidad de la obra de Arendt.

Calificamos de enorme la importancia de lo narrativo porque va más allá de la mera constatación de su relevancia gnoseológica, asunto sobre el cual las manifestaciones arendtianas son de una inequívoca rotundidad (“ninguna filosofía, análisis o aforismo, por profundo que sea, puede compararse en intensidad y riqueza de significado a una historia bien narrada”), para adentrarse en el terreno en cierto modo más básico, constituyente, de la definición del ser humano en cuanto tal (así, al comienzo de su trabajo sobre Rahel Varnhagen, destaca Arendt la significativa afirmación: “¿Qué es el hombre sin su historia? Un producto de la naturaleza, nada personal”). Pero tampoco esta última dimensión consigue agotar la formidable potencia de las narraciones, que, finalmente, deben ser consideradas también a la luz de la relación que son capaces de establecer con la vida de los hombres y, más en particular, con su sufrimiento (“todos los sufrimientos se hacen soportables si se ponen en una historia o se cuenta una historia sobre ellos”, escribe en ‘La condición humana’, haciendo suya una frase de Isak Dinesen).

martes, 24 de enero de 2017

#libros #homosexualidad #literatura | Paisaje de varones : genealogías del homoerotismo en la literatura argentina

Paisaje de varones : genealogías del homoerotismo en la literatura argentina / Jorge Luis Peralta.
Barcelona : Icaria, 2017 [01-24].
192 p.
Colección: Akademeia ; 168.
ISBN 9788498887532 / 20 €

/ ES / ENS
/ América latina / Argentina / Historia – Siglo XX / Homoerotismo / Homosexualidad / Literatura – Historia y crítica

La publicación de ‘El beso de la mujer araña’ (1976) de Manuel Puig marcó un hito e inauguró una nueva etapa en la historia de las representaciones de disidencia (homo)sexual en la literatura argentina e hispanoamericana. El fulgurante éxito de la novela de Puig relegó a segundo plano, sin embargo, una serie de textos previos que ya indagaban territorios proscritos por el «buen decir» y la moral dominantes. La recuperación de un conjunto de genealogías marginadas de la historiografía literaria descubre un universo rico en subversiones mucho antes de la «liberación gay» que estalló en los años 70. A partir de los «espacios homoeróticos» que los varones disidentes construyeron —y que propiciaron, a su vez, el desarrollo de subjetividades transgresoras—, este ensayo traza nuevas encrucijadas en torno al erotismo en la literatura argentina de la primera mitad del siglo XX, a través de creaciones y autores —José González Castillo, Roberto Arlt, Bernardo Kordon, Abelardo Arias, Manuel Mujica Lainez, entre otros— que dieron cuenta de cuerpos, espacios y deseos ubicados en los márgenes.

Jorge Luis Peralta es profesor y licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Cuyo y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente se desempeña como becario postdoctoral de CONICET en la Universidad Nacional de La Plata. Sus áreas de investigación son la literatura argentina, los estudios gais y lesbianos y la teoría queer. Ha publicado artículos en revistas nacionales y extranjeras. Coeditó, junto con Rafael M. Mérida Jiménez, los volúmenes ‘Las masculinidades en la Transición’ (Egales, 2015) y ‘Memorias, identidades y experiencias trans. (In)visibilidades entre Argentina y España’ (Biblos, 2015).

ÍNDICE
Introducción
17 / I. Espacio(s) y homoerotismo(s)
37 / II. Territorios esquivos 37
53 / III. Mapas fundacionales
53 / ‘Los invertidos’ (1914): ámbitos secretos de la burguesía
83 / Los años 20: de la homosociabilidad al homoerotismo
110 / Primeras imágenes del yiro: ‘Reina del Plata’ (1946) de Bernardo Kordon
121 / IV. Homotextualidades
126 / El paraíso (im)posible de Abelardo Arias
141 / Los límites de José Bianco
151 / Las zonas del secreto en Manuel Mujica Lainez
173 / Conclusiones
179 / Referencias bibliográficas

martes, 6 de diciembre de 2016

#libros #filosofia #literatura | Hannah Arendt y la literatura

Hannah Arendt y la literatura / Nuria Sánchez Madrid (ed.).
Barcelona : Bellaterra, 2016 [12-06].
200 p.
ISBN 9788472907836 / 13 €

/ ES / ENS / REC
/ Filosofía / Literatura / Literatura – Historia y crítica

Siempre en las caceras de la reflexión de Hannah Arendt, la literatura ocupa un papel destacado para esta pensadora sobresaliente del atribulado siglo xx. No en vano, Arendt considera a la escritura el artefacto más libre de todas las obras mundanas, por cuanto una vez materializada continúa inspirando a los agentes y revelando sentidos insospechados bajo lo que parecía bien conocido. La poesía, el teatro y el relato reconcilian de manera natural la libertad de la acción con los límites de la narración y hacen de la palabra una insondable fuente de sentido. Este volumen se propone obrar como juego de ganzúas frente a los diálogos que Arendt mantuvo a lo largo de su vida con la literatura de Homero, Lessing, Kafka, Proust, Broch, Brecht y Dinesen —y la memoria del mundo que dibujan—, sobre los que se escucha el bajo continuo emitido por Kipling, Faulkner y Auden, quizás los autores que motivarán los más profundos pensamientos arendtianos sobre la condición humana, el tiempo, la acción y la verdad.

jueves, 2 de junio de 2016

#hemeroteca #diversidad | La literatura que se estudia en Yale está hecha solo por hombres blancos

Imagen: El Diario
La literatura que se estudia en Yale está hecha solo por hombres blancos.
Estudiantes de la prestigiosa universidad piden cambiar el programa de la asignatura de literatura inglesa. "Pasar un año alrededor de una mesa donde están ausentes las contribuciones literarias de las mujeres, las personas de color y las homosexuales perjudica mucho a todos los estudiantes, sea cual sea su identidad", plantea la petición.
Alison Flood / Traducción de Jaime Sevilla Lorenzo | El Diario, 2016-06-02
http://www.eldiario.es/theguardian/estudiantes-yale-descolonizar-asignatura-escritores-hombres-blancos_0_522148650.html

Unos estudiantes de la Universidad de Yale han lanzado una recogida de firmas para pedir al departamento de Inglés que elimine la obligación que existe en una asignatura troncal de estudiar a grandes referentes literarios como Chaucer, Shakespeare y Milton, porque consideran "inaceptable que un estudiante de Yale que quiera estudiar literatura inglesa pueda leer solo a autores masculinos y blancos".

La prestigiosa universidad de Connecticut obliga a sus alumnos de inglés a pasar dos cuatrimestres estudiando una selección de autores que considera los "grandes poetas ingleses": "Geoffrey Chaucer, Edmund Spenser, William Shakespeare y John Donne en el primer cuatrimestre; John Milton, Alexander Pope, William Wordsworth y TS Eliot u otro poeta moderno en el segundo".

Su intención, según dice la universidad, "es proporcionar a todos los estudiantes una introducción generosa a los asuntos formales y temáticos permanentes de la tradición literaria inglesa". Los poemas que leen los estudiantes, añade, "abordan preguntas y problemas que resuenan a lo largo de toda la literatura inglesa: el estatus de la lengua vernácula, la promesa moral y los riesgos de la ficción, las relaciones entre hombres y mujeres, la naturaleza del heroísmo, la riqueza de la tradición y el anhelo de crear algo nuevo".

Pero los estudiantes han lanzado una recogida de firmas para pedir a Yale que "descolonice" la asignatura. Quieren que la universidad elimine la exigencia de los grandes poetas ingleses y reoriente sus requisitos para los siglos previos al XIX y el XX "para incluir deliberadamente literaturas relacionadas con el género, la raza, la sexualidad, la diversidad funcional y la etnia".

La petición dice que "pasar un año alrededor de una mesa donde están ausentes las contribuciones literarias de las mujeres, las personas de color y las homosexuales perjudica mucho a todos los estudiantes, sea cual sea su identidad", y que la asignatura "crea una cultura que es especialmente hostil para los estudiantes de color".

Según el Yale Daily News, la iniciativa ha recopilado al menos 160 firmas. La alumna Adriana Miele ha valorado en declaraciones a ese periódico estudiantil que hace falta un cambio en el departamento de Inglés "porque rechaza abiertamente las becas, críticas y análisis legítimos que aceptan muchos otros departamentos académicos de Yale".

En abril, Miele escribió una columna en el Yale Daily News en la que criticó la asignatura porque, aunque "se enseña a los estudiantes cómo analizar las obras literarias clásicas, no se les enseña a cuestionar por qué se han convertido en clásicas, o las implicaciones de los clásicos que oprimen y marginan activamente a las personas que no son blancas ni hombres o que son homosexuales o transexuales...". "Es posible graduarse en una titulación de lengua y literatura inglesa leyendo exclusivamente las obras de hombres blancos (mayoritariamente ricos). Muchos estudiantes no leen a una sola autora en las dos asignaturas fundamentales de la carrera. Este departamento contribuye de forma activa al borrado de la historia", reflexionó Miele.

Algunos miembros de la Facultad de Inglés de Yale han acogido bien la iniciativa estudiantil. La profesora Jill Richards ha declarado al Yale Daily News que "es inaceptable que los requerimientos de dos cuatrimestres para todos los alumnos cubren de forma rutinaria el trabajo de ocho poetas masculinos y blancos".

Pero la recogida de firmas también ha desatado críticas de antiguos miembros de la universidad. La redactora de Slate Katy Waldman, que estudió literatura inglesa en Yale, ha avisado a los estudiantes de que "si queréis estar muy versados en literatura inglesa, tendréis que taparos la nariz y leer a un montón de poetas blancos y masculinos. A un montón. Más de ocho".

"El catálogo es lo que es, y cualquiera que quiera entender cómo evoluciona tiene que aprender a moverse en él", ha escrito Waldman. "No estoy diciendo que sea aceptable que un alumno de inglés se gradúe en la universidad habiendo leído solo a autores hombres y blancos o incluso que el 70% lo sean. Pero no puedes considerarte estudiante de literatura inglesa si no te has detenido en la producción de algunas figuras fundamentales, que también resultan ser (¡ay!) tanto blancos como hombres".

martes, 30 de junio de 2015

#articulos #pedrolemebel | La voz de la “Loca” : crónica y deseo urbano en “La esquina es mi corazón" (1995) de Pedro Lemebel

La voz de la “Loca” : crónica y deseo urbano en “La esquina es mi corazón" (1995) de Pedro Lemebel / María Angélica Franken Osorio
En: Mitologías hoy : revista de pensamiento, crítica y estudios literarios latinoamericanos (ISSN-e 2014-1130), n. 11 (Enero-Junio 2015), p. 122-135. Ejemplar dedicado a: Pasado futuro. Estudios actuales sobre literatura y cultura en América Latina.

/ ES / Artículos / Open Access
/ Chile / Crónicas / Espacios públicos / Homosexualidad / Literatura - Historia y critica / Marginalidad / Pedro Lemebel / Transgresión
TEXTO COMPLETO | UAB
http://revistes.uab.cat/mitologias/article/view/v11-franken-osorio
TEXTO COMPLETO | Dialnet
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5127944

Pedro Lemebel, en su recopilación de crónicas “La esquina de mi corazón” del año 1995, articula a la “Loca” y su comunidad siempre en búsqueda de movimiento y deseo en un mapa urbano de espacios públicos constantemente vigilados por otros, pero que son rediseñados desde la lógica del deseo homosexual y una retórica cursi. El discurso del deseo se establece como estrategia para superar una marginalidad sexual, social y urbana, y desde allí enunciar una crítica a la vida cotidiana, específicamente, al relato neoliberal de los inicios de la transición chilena que dejó al margen a aquéllos que subvierten cada día los discursos y relatos urbanos de un poder heteronormativo.

miércoles, 1 de abril de 2015

#hemeroteca #libros #sexualidad | Sexualidad pagana, sexualidad cristiana

Imagen: Revista de Libros
Sexualidad pagana, sexualidad cristiana
Reseña de: From Shame to Sin. The Christian Transformation of Sexual Morality in Late Antiquity / Kyle Harper
Enrique Otón Sobrino | Revista de Letras, 2015-04-01
http://www.revistadelibros.com/articulos/sexualidad-pagana-sexualidad-cristiana

Solemos representarnos el sexo como una forma de placer. Pero existe también un reverso de la moneda: en su dimensión biológica-personal, el sexo pone sobre el tapete de la vida comportamientos dignos o indignos que tarde o temprano, de una manera o de otra, acabarán por pasar la correspondiente factura. Todas las épocas han intentado eludir los peligros de la sexualidad generando actitudes que oscilan entre la banalización del sexo y su radical negación. Ambas posturas coinciden en rehuir el deber ineludible de hacer verdaderamente humana la vida del hombre. Kyle Harper, catedrático en la Universidad de Oklahoma, se propone a lo largo de las páginas de este libro hacer un recorrido por las concepciones y las experiencias de la Antigüedad tardía, en la que se pasa de una noción pagana del sexo, muy apegada a lo terreno, a otra cristiana, la cual, al situarse en el ámbito de un destino ultraterreno, degrada lo sexual como una ignominia y una infamia. Dibujar con precisión este cambio obliga al investigador a escrutar rincones oscuros de la cultura. La nueva perspectiva cristiana, en la que se apela al libre albedrío y, por tanto, a la noción de pecado culpable, abre un proceso que culmina en la constitución del yo. No se trata, por cierto, de una novedad absoluta. El yo había sido ya perseguido, acendradamente, en la literatura latina, según atestiguan, en cada caso a su manera, la apasionada subjetividad del yo amante de Catulo o el yo culpable de san Agustín.

El autor trata con acierto general los diversos aspectos del conflicto, dentro del cual queda bosquejado un ocaso y un amanecer. En el primero encontraban su último cobijo quienes veían el fin de su mundo de siempre; y en el segundo confiaban los seguidores del Galileo, prestos a anunciar un tiempo totalmente distinto al conocido hasta entonces. Los títulos de las sucesivas secciones de la obra de Harper ofrecen el catálogo de las cuestiones candentes del final de la Antigüedad tardía: «De la ciudad al cosmos» en el prefacio; «La moralidad del sexo en el Imperio Romano» en el capítulo primero; «El libre albedrío y el mundo en la sexualidad del primer cristianismo», en el segundo; «Iglesia, sociedad y sexo en los tiempos del triunfo», en el tercero; «La revolución de la novela en el mundo clásico tardío», en el cuarto, y «Sexo y ocaso en la Antigüedad», como conclusión. Cada parte ofrece un riguroso y detenido análisis de los hechos y opiniones contenidos en las fuentes que han llegado hasta nosotros. Todo ello dentro de un ambiente caracterizado «por su riqueza, caos y vitalidad» y por unos hábitos y unas concepciones del paganismo paulatina y contundentemente impugnados por el cristianismo. La nueva creencia, al defender la dignidad irrevocable de cada sujeto, pasa de ser una aparente «cacofonía» a erigirse en pauta moral del mundo conocido.

Antes de adentrarse en estos terrenos, el investigador apunta cuatro puntos básicos que deben tenerse en cuenta como fundamento de la indagación que vendrá continuación. Primero, el establecimiento de una cronología pertinente, que abarca desde el siglo II d. C. hasta el VII, cuando la Iglesia se siente ya parte de este mundo. Esto supone un retraso respecto a la cronología comúnmente admitida. Segundo, las ideas básicas de la sociedad pagana respecto a la homosexualidad y la prostitución, cuyo tráfico era entonces, como ahora, una floreciente industria necesitada de algún tipo de regulación. Tercero, la creencia en un «Hado» amenazante que chocaba con la insólita propuesta cristiana del «libre albedrío». Y, en cuarto lugar, la novedosa relación entre el comportamiento sexual y la sociedad, con la consiguiente tarea de asignar al eros el puesto que le corresponde en un universo organizado.

Es de justicia reseñar que el trabajo, en su aspecto filológico, ofrece ya en los primeros instantes un cuidado análisis léxico de los diferentes términos que se referían en griego y en latín a los conceptos y conductas estudiados, lo que permite al lector afrontar y ahondar en el significado de la palabra concreta en su situación concreta. A modo de ejemplos, el profesor Harper opone certeramente la parquedad de términos para la noción cristiana del pecado (expresada sólo por “peccare” y “hamartein” en latín y griego, respectivamente) a la abundancia de palabras que significaban honor/deshonor en el ámbito pagano grecolatino: “porneia” es la experiencia sexual fuera del matrimonio; “pudicitia”, la moderación en el uso del sexo e “impudicitia”, el desenfreno sexual; “honestas”, la respetabilidad social; “infamia/ aischyne”, la deshonra exterior e interior del depravado; “sophrosyne”, el señorío y la respetabilidad del que sabe dominar el sexo; “aidos” y “pudor”, el comportamiento honorable o el reproche correspondiente a una conducta merecedora de censura; “timé”, el honor; “atimía”, la deshonra.

La insignificante repercusión del triunfo cristiano en el ámbito de la lengua indica que la nueva doctrina apenas precisó de una sustitución del léxico existente. Ya el autor de la “Epístola a Diogneto” señalaba que el cristianismo solía enriquecer palabras ya existentes con una nueva significación presentida en su acepción originaria. El lector encontrará otras pruebas de las preocupaciones filológicas del autor en multitud de pasajes al servicio de muy distintos propósitos. A modo de ejemplo destacamos el estudio de términos como “philosophein”, que para Aquiles Tacio, el autor de la novela “Leucipa y Ctesifonte”, puede significar en algunas circunstancias «abstenerse del sexo»; o «afrodisíaco», término con que se aludía con frecuencia, en sentido médico, al equilibrio entre los humores del cuerpo humano.

La irrupción de palabras nuevas en el ámbito cristiano pudo deberse al deseo de no dejar al albur de la indefinición términos de grave repercusión social, como “arsenokoitia” (pasión homosexual) y “paidophothoria” (violación de niños). Otro tanto ocurre con las variaciones de significado en algunos términos comunes, como “fornicatio”. Este interés por ajustar el significado se extiende también a vocablos judíos como “zenuth/zonah” («sexualidad desviada»), tanto en su acepción de adulterio como de idolatría. Contra la visión pagana, según la cual algunos seres, como el esclavo o la mujer de vida airada, no gozan en su persona de “pudor”, se alza la cristiana, que apuesta por la dignidad radical de cada ser humano, incluso si es esclavo, punto establecido ya por la “Epístola a Filemón”, de Pablo de Tarso. Se establece así una nueva relación entre la justicia de Dios y el comportamiento del individuo, siempre responsable de los actos que conforman su existencia. Según el autor, este proceso conduce a la humanidad desde una consideración meramente social del amor/sexo, hasta una dimensión teológica, que implica no sólo la noción de pecado, sino también la de la salvación de la persona.

Hay a lo largo de la obra una serie de hilos que, al entrelazarse, van bosquejando el dibujo de una suerte de caja de música en cuyo interior resuenan acordes y disonancias. El primer hilo podría ser el jurídico, cuya importancia estriba en las novedades que van apareciendo en la legislación oficial. Tanto Teodosio II como Justiniano (en 428 y en 535 d. C., respectivamente) establecen una modificación drástica de anteriores nociones que daban por sentado, en general, que del cuerpo de los esclavos y de las prostitutas podía beneficiarse cualquiera que lo deseara, pues carecían en sí mismos de “pudor”. A partir de la nueva óptica, y de forma gradual, van tomándose medidas respecto de asuntos de índole sexual escasamente atendidos hasta entonces.

Así, Harper alude a progresos sobre la “Lex Scantinia”, de la época de Cicerón, que penaba públicamente como “stuprum” sólo la violación de los muchachos nacidos libres y, en la homosexualidad, únicamente el papel pasivo; y sobre la “Lex Iulia de adulteriis coercendis”, que no consideraba adulterio el sexo con doncellas y viudas. De añadidura, Teodosio II, mediante una intervención contundente frente al poder de padres y señores, propone castigar la coerción sexual, gravando además con una tasa el comercio carnal con las mujeres públicas, si bien luego desaparecerá tal impuesto por su evidente inaplicabilidad. Por su parte, Justiniano, bajo el cual se registra la mayor coincidencia entre cristianismo y codificación legislativa, actuó resueltamente contra la homosexualidad y la pederastia. Otros casos son las precisiones formuladas en “Las sentencias de Paulo” acerca del “stuprum” y la “iniuria”, y la protección del “puer praetextatus”. Otras disposiciones, como las de Teodosio I, refuerzan el poder sancionador de los magistrados o del gobernador de la provincia, que hacen valer el interés del Imperio en las conductas sexuales de la “plebs”. Todo ello constituye una clara ilustración de los desplazamientos en esta materia: por una parte, hacia una mayor intervención de los poderes públicos y, por otra, hacia una cierta contención en los comportamientos. Va prosperando, además, una visión del código penal que hacía estribar la razón de los castigos no ya en la edad o en la condición social de los individuos implicados en conductas de este cariz, sino, también, en el sexo de las personas. De otro lado comienzan a observarse, esporádicamente, recomendaciones orientadas a exigir mayor madurez a los casados: se subraya el valor de la castidad en las mujeres y los méritos de la moderación en los varones.

Es claro que estas disposiciones tuvieron un éxito muy limitado. Y de ello son testigos los poetas satíricos y sus escabrosas escenas, cuyas necesarias exageraciones no privan de verosimilitud a la situación que en ellas se refleja. También hay que destacar en este ámbito jurídico las líneas consagradas por el autor a determinadas disposiciones judías, originadas por la necesidad –experimentada también por algún que otro cristiano– de encontrar una concordancia entre la ley del momento y la de Moisés. No menos dignas de mención son las alusiones de Harper a la historia del divorcio, que va cambiando desde las posiciones paganas, centradas en la transmisión de la propiedad, hasta el interés cristiano por evitar la “porneia”, es decir, la grave ofensa a la voluntad de Dios.

Un segundo hilo es el de los testimonios arqueológicos, cuyas imágenes nos hacen casi tocar la realidad y que sorprenden por su plasticidad. Destaca por su valor especial la descripción de la doble escena de la copa Warren: en uno de sus lados está representado sin tapujos un acto homosexual, y en el otro, muy probablemente con los mismos protagonistas, la estremecida presencia del joven esclavo que adivina, al fondo, su destino. Más ejemplos: la triste inscripción que acompaña el collar de Bulla Regia perteneciente a una mujer de la vida; la “dextrarum iunctio” de un relieve funerario, una rara manifestación expresa de la homosexualidad femenina; la estatua erigida en honor de Regilla, que atestigua la gran estima en que empezaba a tenerse la castidad femenina, concebida aún ambiguamente, en palabras del autor, como producto de un dictamen del Destino, o bien como un atributo moral; las lámparas (“erotes” o “symplegmata”) que, con sus pinturas eróticas, a la vista de todos en las tiendas, revelan la naturalidad con que en la vida cotidiana se abordaban estas cosas en el siglo II d. C, pero cuyo comercio experimentará tal decadencia que llegará a desaparecer hacia el año 400 de nuestra era. A este material podrían añadirse, salvando las distancias precisas, los mosaicos vibrantemente eróticos en las alcobas matrimoniales y, finalmente, la sepultura de Pelagia en Jerusalén como prueba de la importancia, más allá de los recintos conventuales, a partir de los siglos IV y V, de las historias de las pecadoras penitentes. No menos oportunas son las citas de textos que se hacen eco de la actualidad del momento. Así, lo dicho por Tertuliano acerca del famoso proceso ante el prefecto Fusciano del joven esclavo violado por su propio padre, o la noticia sensacional, diríamos hoy, sobre la conversión de una célebre actriz, que san Juan Crisóstomo recoge en “Homilía sobre el Evangelio de san Mateo, LXVII”.

Un tercer hilo es el de la discusión filosófico-religiosa durante este período, agobiado bajo el peso del destino escrito en las estrellas. Harper aborda esta cuestión contraponiendo la noción pagana del Hado a la propuesta cristiana de la existencia del libre albedrío. Esta creencia modifica la perspectiva antigua, pues ya el Destino no es el dueño del hombre, sino al revés. La discusión plantea problemas como el del autocontrol del alma, el fatalismo biológico, la responsabilidad por las decisiones asumidas o, finalmente, la irrupción de la libertad, que emancipa al sujeto de una conformidad «mecánica» con el universo. El lector verá pasar ante sus ojos las diferentes etapas de esta cuestión nada baladí, con respuestas como la de los estoicos, quienes propusieron una especie de autocontrol y la consiguiente acomodación a lo que ellos llamaban «vivir conforme a naturaleza». Apenas rebasa esta postura los confines de la especulación se transmuta en una ética marcada por la libertad del sujeto frente a las decisiones de la conciencia, libertad que, en buena doctrina cristiana, habrá de ser más tarde objeto del juicio de Dios.

Entre los paganos va acuñándose una ética señalada por la regulación del deseo y la insignificancia del placer en lo que hace a la posesión del “summum bonum”, hasta el punto de que el “eros” se desprende del hombre y el dominio de la razón, la única capaz de hacer prevalecer la virtud liberada de los imperativos de las fuerzas exteriores. La razón triunfa por más que siga vigente la enseñanza de la escuela estoica acerca del Destino. Harper estudia a filósofos como Musonio, partidario de una exigente moralidad, dentro de la cual se oponen lujuria y autocontrol; o Epicteto, para quien la desafección respecto del placer es un logro del control de sí mismo y de la razón. Por otra parte, aflora un determinismo que –además de sus efectos en la medicina práctica– postula una inexorabilidad en la formación de los tipos humanos, sea al dictado de la mezcla de humores, de las conjunciones de los astros o los horóscopos, según puede verse en las propuestas de Ptolomeo o en las de Fírmico Materno.

Harper estima que, dentro de la Iglesia, será el libre albedrío la piedra de toque en el replanteamiento de la cuestión sexual. El autor señala diferentes propuestas, algunas radicales, como el encratismo absoluto y su resistencia a valorar el matrimonio, debatiéndose siempre entre lo ideal, lo permitido y lo prohibido. Todo radica en la exégesis de dos pasajes, por lo demás auténticos, de Pablo de Tarso: 1 Corintios, 5 y su actitud para con el libertino, sorprendido en flagrante “porneia” al haber desposado a la que fue mujer de su padre; y Romanos 1, 27, donde habla de la condena sin paliativos, dentro de un catálogo de vicios, de la homosexualidad, sea masculina o femenina. Pablo, según Harper, desplaza la tensión, dentro de su referencia a la homosexualidad, desde las palabras «hombre», «muchacho», «esclavo» o «hembra» a las de «varón» y «mujer».

El discurso sigue caminando entre la consideración debida al matrimonio y la postulación de la virginidad como el estado perfecto. Respecto al primero, las posturas varían dentro de una tensión no resuelta entre el mandato de crecer y multiplicarse que intima el “Génesis”, y las interpretaciones de los textos mencionados de Pablo, quien aparece como el propugnador de la continencia. Harper enumera una secuencia de escritos, que en clave cristiana, y a su manera, prolongan debates paganos como el “Erotikos” de Plutarco, con su defensa del matrimonio como apaciguador de la brutalidad del deseo y garante de una felicidad que la pederastia promete y no da.

Harper continúa aludiendo, entre muchos otros, a Metodio, quien en su “Symposium” hace que diez vírgenes proclamen su estado como el único que lleva con plena seguridad a la inmortalidad y la posesión de los tesoros del cielo, en tanto que son meras bagatelas las cosas terrenales como la riqueza, el honor, la noble cuna y el matrimonio, el cual, no constituyendo pecado, aparece como una institución que podemos aceptar por cuanto aprovisiona a los cristianos de nuevos mártires. A san Justino en pos de la rectitud de los cristianos en el estado por ellos elegido, que ve favorablemente la práctica sexual con vistas a la “procreandorum liberorum causa.” A los gnósticos valentinianos, con su triple concepción de la naturaleza humana: una parte espiritual que, por gracia, no puede ser condenada; otra material que no se salva jamás; y la intermedia, cuya suerte pende de la acción humana. Al encratita Taciano, cuya equiparación entre el matrimonio, la violación de los niños y el adulterio, por mor de su odio a la fornicación, es proverbial. A Clemente de Alejandría y su visión desgarrada de un mundo rebosante de indecencia y desorden con su terrible comercio carnal, incluido el de la homosexualidad. A Orígenes, con su espiritualidad cósmica, su renuncia al sexo, sus cautelas respecto del matrimonio, supuesto que éste y la pureza integran formas diferentes de gracia, y su premonición del ascetismo. A san Jerónimo y su particular interpretación paulina, que le hace considerar el matrimonio como un mal menor. A san Agustín, para quien la satisfacción carnal se compadecía sólo con la gente corriente y que, con su teoría acerca del pecado original, plasma una visión peligrosamente pesimista acerca del ser humano, el cual, atrapado en la imposibilidad de vencer al deseo, ve cernerse la pecaminosidad sexual aun dentro del matrimonio. A Pelagio, que propugna, por el contrario, su optimismo acerca de la libertad humana, pero acaba desterrando a la sexualidad en su afán por conservar el supremo bien de una virginidad que trascienda todo deseo. Al autor de las “Consultationes Zacchei christiani et Apollonii philosophi”, partidario de la excelsitud de la virginidad como cosa propia de los “clarissimi”, pues a través de ella alcanzan la posesión de los bienes imperecederos, pero que no condena el matrimonio, el cual, mientras esté orientado a la procreación, puede servir a la salvación de los “mediocres”, cristianos también bautizados. A Joviniano (una figura necesitada de revisión), quien apeó de su pedestal a la virginidad y admitía que el matrimonio podía llevar a una perfección no menor, toda vez que la igualdad radical de los cristianos brota del sacramento inicial, el bautismo.

Ciertamente, todo este meticuloso estudio testimonia en su conjunto las dificultades experimentadas por quienes vivieron aquellos tiempos, propensos en general a una valoración de la virginidad y a un cierto desdén, acaso no intencionado, hacia el estado matrimonial, al que se reconoce como mucho tres aspectos favorables: la fidelidad, la procreación y el vínculo, junto al remedio de la concupiscencia.

El cuarto hilo, la parte del león –como dice el propio autor–, es el de la creación literaria, que se fija –sin descuidar las menciones a discursos y homilías– sobre todo en la novela, género muy en boga en esos siglos, pese a lo reciente de su aparición. Harper cifra la importancia de la narrativa en que posee una inusitada capacidad de encarnar, gracias a las peripecias de sus personajes, las cuestiones cruciales de la época. La novela pagana se afinca en un fondo de creencias vigente y vinculante por entonces: la invencibilidad de la “eleutheria”, la libertad, de la protagonista, constantemente protegida por el destino en su doble condición de persona no esclava y poseedora por ello de una honorabilidad sexual no enajenable, lo cual, al tiempo que ensalza la fuerza del “eros”, garantiza también el orden establecido. La unión inescindible entre libertad y honor sexual, conservado con vistas a la reproducción, queda subrayada en la dramática contraposición “matrona/meretrix”. A la primera, como influida por una «buena estrella», le corresponde la parte favorable del relato, mientras que la segunda corre con la mala: al destino aciago de ser penetrada se suma el hecho de que no posee una buena estrella. Se trata, etimológicamente hablando, de una «desastrada». Dentro de este apartado es de destacar el examen crítico de “Leucipa y Clisifonte”, de Aquiles Tacio (Leucipa, inquebrantablemente casta, terminará, tras muchos azares, como mujer casada) y el recorrido por las “Etiópicas” de Heliodoro, cuyos protagonistas, pese a estar sometidos al poder de las estrellas, creen en la posibilidad de la virtud, y al cabo, por solicitud divina, llegan a la consumación conyugal.

Dentro de la novela cristiana, menciona Harper las “Recognitiones” pseudoclementinas, que combaten abiertamente el poder fatal de los astros y proponen el honor sexual como reivindicación del libre albedrío; o los “Hechos apócrifos de los apóstole”s, en los que la mujer aparece de nuevo como heroína de la castidad. Finalmente menciona Harper la irrupción de narraciones legendarias o noveladas cuya protagonista es la mujer arrepentida que, caída no importa por qué en la prostitución, maquina su salida del burdel para entregarse a una vida de penitencia y ganarse así el perdón divino. Destacan los relatos de Thais, de Pelagia y de santa María Egipcíaca, especialmente el de ésta, que da remate y culmina sus aventuras en un encuentro con la pura por excelencia: la Virgen María.

El autor de este libro, cuyos puntos cruciales hemos mencionado a pinceladas, dada su densidad y amplitud, acompaña su investigación con una buena colección de notas al final y la traducción de los textos elegidos, sin regatear tampoco instantes de sensibilidad: verbigracia, cuando señala el temor de los padres a mandar a sus niños a la escuela. No falta tampoco la ironía, inequívoca en las referencias a la “toga” según sea vestidura del varón o de la prostituta condenada. Las mil y una sugerencias que brotan de sus líneas invitan a nuevas o renovadas consideraciones por parte del lector.

Como colofón de este estudio, Harper dispensa al lector dos reflexiones de enjundia. En primer lugar, el libre albedrío se postuló al tiempo que se exaltaba el omnímodo «poder de regulación de los actos sexuales», al menos por parte de una minoría selecta. Finalmente, se nos invita a reconocer la carga del pasado, que no tenemos más remedio que asumir en el perseverante proceso de culminar nuestra aventura como hombres.

Enrique Otón Sobrino es catedrático de Filología Latina en la Universidad Complutense. Es editor del “Léxico de Valerio Máximo” (Madrid, CSIC, 1977-1991), autor de “Lucrecio” (Madrid, Ediciones del Orto, 2000) y traductor de obras de Séneca y Tibulo.