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lunes, 29 de marzo de 2021

#hemeroteca #activismo | La solidaridad es tomar partido: apuntes sobre “La política de todes”

Black Lives Matters en el Orgullo de San Francisco, 2017

La solidaridad es tomar partido: apuntes sobre “La política de todes”.

Podemos seguir rompiéndonos la cabeza discutiendo en internet y en revistas autorreferenciales sobre la cuestión del sujeto, o podemos implicarnos en las luchas reales que están, de hecho, construyendo el sujeto.
Julia Cámara | ctxt, 2021-03-29
https://ctxt.es/es/20210301/Firmas/35011/la-politica-de-todes-holly-lewis-solidaridad-julia-camara.htm 

Hace ya tiempo que los debates sobre el sujeto político enervan a todo el mundo dentro de la izquierda. La derrota del ciclo, la descomposición de la izquierda, una desorientación estratégica generalizada y problemas reales de falta de reconocimiento y autonomía política han derivado en un activismo de feudos emocionales e identitarios, donde lo que se es (o lo que cada cual imagina ser) importa más que lo que se hace. Si a esto sumamos este vivir aisladas, esta desaparición de la política carnal (la de los cuerpos que se encuentran) que durante el último año ha impuesto la pandemia, el resultado es desastroso: el ruido de Twitter parece serlo todo.

Como título inaugural de su nueva etapa, Bellaterra acaba de publicar ‘La política de todes’, de Holly Lewis, un libro que busca respuestas a la cuestión del sujeto ampliando la mirada e introduciendo el debate dentro del marco general de la reproducción social. La intención de la autora de poner en diálogo la tradición de pensamiento marxista con las inquietudes de activistas feministas, LGTBI y antirracistas da forma a una obra muy particular, con algunas apreciaciones discutibles, pero valiente y tremendamente útil para pensar y actuar sobre el presente. Lo que sigue son algunas reflexiones en torno a los falsos debates y a la aparición de posiciones excluyentes, potencial o directamente reaccionarias, dentro de los movimientos sociales y la izquierda. Están motivadas por la lectura del libro, pero también por un montón de horas de asambleas ‘online’, por conversaciones telefónicas con amigas y compañeras, y por un anhelo muy grande de volver a llenar las calles demostrando que ‘lo que se hace’ condiciona y da forma en un proceso no estático a lo que colectivamente somos.

1. El activismo puede ser un camino en el que reconciliarnos con nosotras mismas y crecer en autoestima y confianza, pero no hacemos política para sentirnos mejor ni para calmar nuestras inquietudes morales: nos implicamos para cambiar las cosas. En un momento como el actual, donde parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo y donde los ataques nos llegan tan rápido y por tantos flancos al mismo tiempo, parece tentador abrazar un repliegue al cuidado colectivo como fin en sí mismo, abandonar la disputa pública para refugiarnos en nuestros espacios seguros. Pero esto, como dice Holly Lewis, no tendría nada de político. No siempre las prácticas que más nos reconfortan son las necesarias para transformar el sistema; de hecho, en muchas ocasiones acaban siendo consolidadoras del actual orden de cosas. Hay una contradicción permanente entre la resistencia vital y la superación colectiva, que el feminismo ha sabido ver (no siempre resolver) y que se aplica también a los sindicatos y otras organizaciones. Una contradicción entre construir espacios seguros y ser capaces de romper sus límites para influir sobre el mundo. Recordarnos periódicamente a nosotras mismas que el objetivo final de lo que hacemos no es sentirnos individualmente bien sino acabar con la explotación e instaurar relaciones sociales de justicia y solidaridad (lo único que puede hacernos sentir a todas, colectivamente, bien) es una vacuna necesaria para no acabar confundiendo la terapia personal con la acción política.

2. La clase social no existe como identidad estanca, sino que es el resultado históricamente situado de las relaciones sociales de explotación. La diferencia marxista entre “clase en sí” (la posición social que ocupamos) y “clase para sí” (la toma de conciencia de dicha posición social y sus implicaciones) depende de la existencia de luchas y conflictos reales que nos hagan ver como evidentes los antagonismos de clase. Y en los últimos años, en el Estado español, el mayor proceso de subjetivación de clase (de construcción de un sujeto de clase, de una ‘clase para sí’) ha sido la Huelga Feminista. El antagonismo entre género/orientación sexual y clase puede que sea real en las actitudes de algunos y algunas activistas, pero desde luego no lo es en el entramado de las relaciones sociales. Es imposible encontrar un conflicto relacionado con la opresión de género (la lucha por la depuración de la judicatura, por ejemplo, o por los derechos de las temporeras de la fresa) o con la diversidad sexual (el reconocimiento familiar, el acceso a la atención médica) que no se encuentre articulado por la clase. Y viceversa.

Hace ya tiempo que el feminismo de la reproducción social y otras corrientes señalaron los límites que la metáfora de la intersección tiene para explicar el modo en que funcionan las distintas opresiones. Llevando al extremo la máxima de que lo que no se nombra no existe, la interseccionalidad popularmente entendida parece haber asumido que lo que no tiene un sistema de opresión propio no existe. O lo que es peor: existe pero en menor medida, por detrás de las opresiones ‘realmente importantes’. Esta interpretación acaba llevando a una competencia sin sentido entre niveles de opresión y violencia, donde cualquier afirmación sobre el potencial político de un sector social es sospechosa de despreciar la veracidad del resto de experiencias. Partiendo del trabajo de Lise Vogel, ‘La política de todes’ muestra cómo la clave no está en multiplicar los sistemas de opresión como vía para reconocer la realidad y la importancia de nuestras vivencias de violencia y discriminación, sino en entender el modo en que el sistema capitalista funciona de manera integrada. El género, la raza o la orientación sexual no pueden estar reñidos con la clase porque la clase se construye, entre otras cosas, a través de procesos de racialización y de asignación de género. Y viceversa.

3. No todo lo que nos hace bien y nos da confianza es ‘revolucionario’; tampoco todo aquello que despierte reacciones en contra. Que sea funcional para el sistema tenernos tristes y acomplejadas no convierte en cierto lo contrario: que el dejar de estarlo sea por sí mismo una amenaza para el sistema. La provocación y el desacato a la moral conservadora han sido siempre actitudes necesarias para el activismo LGTBI y, en parte, también para las feministas: nuestra sola existencia ya provocaba esas reacciones. El lema “nuestra existencia es resistencia” ha sido un bote salvavidas para muchísimas personas que se veían y se siguen viendo arrinconadas entre la autorepresión y la exposición a niveles de violencia social fuertísimos. La subversión de las normas de conducta social puede ser algo realizador y divertido o incluso un acto comprometido de consecuencias peligrosas. Pero el escándalo, por mucho que ayude a concienciar a personas concretas y que funcione como catarsis de la autoexpresión, no es en sí mismo una herramienta de transformación de las relaciones sociales de explotación y opresión. 

4. En este sentido, la postura de Holly Lewis sobre una de las piezas centrales del discurso de los feminismos hegemónicos y del sector más radical de los movimientos queer y LGTBI –la familia– es interesante y reveladora. Recogiendo parte de las ideas de la tradición marxista al señalar cómo el capitalismo ha atacado de manera directa la institución familiar cuando le ha sido conveniente (no le es, por tanto, necesaria) y encontrándose en el camino con las críticas de las feministas negras, para las que la familia adopta otras muchas formas aparte de la nuclear y es espacio de resistencia colectiva al racismo antes que lugar de opresión machista, Lewis expone la ambivalencia de una institución que es al mismo tiempo fuente de violencia y de apoyo. Lewis demuestra que, aunque el rechazo a la familia nuclear sea clave para la supervivencia de muchas personas, su cuestionamiento es transgresor pero no revolucionario. Pero esto no debería entusiasmar a los izquierdistas nostálgicos del orden de género: una visión de familia que acepta e incluye como válidos diversos agrupamientos vitales de convivencia en base a la afinidad afectiva (¿no son también las parejas heterosexuales eso?) es mucho más útil a la hora de pensar la familia como espacio de cuidado y de autodefensa frente al sistema.

5. La solidaridad no puede basarse en preceptos morales ni en declaraciones abstractas. “La solidaridad es tomar partido”, nos dice Holly Lewis. No se trata de apelar a la empatía humana universal sino de construir alianzas reales que necesariamente implican el reconocimiento de antagonismos. “La solidaridad no es el fin de la división; es el reconocimiento de la división, de ahí viene el viejo lema sindical: ¿de qué lado estás?”. Podemos seguir rompiéndonos la cabeza durante muchos más años discutiendo en internet y en revistas autorreferenciales sobre ‘la cuestión del sujeto’, o podemos implicarnos en las luchas reales que están, de hecho, construyendo el sujeto. Si, en vez de idealizar un modelo sindical que no existió nunca, algunos pregoneros de la verdadera izquierda echaran un vistazo a las luchas sindicales actuales con más capacidad de empuje colectivo y de acumulación de ‘poder obrero’, se encontrarían con sectores laborales ocupados por mujeres y por personas migrantes; sectores que además juegan un importante papel en la construcción social del género y en los procesos de racialización.

La solidaridad no se ejerce por compasión ni por reconocimiento de un gesto que hacia ti ha hecho el otro, sino por comprensión de que nuestros futuros están enlazados. No hay emancipación sectorial posible. Una política emancipadora, revolucionaria o como queramos llamarla, implica ser capaces de establecer alianzas con el resto de sectores oprimidos y explotados, incluso aunque a priori ellos no comprendan tu situación específica de opresión y violencia o crean que es posible el bienestar universal dentro del capitalismo. La solidaridad no es un premio por haber abrazado la línea correcta.

‘La política de todes’ es un intento de romper con la lógica de la fragmentación para reivindicar una política de la solidaridad activa basada en análisis concretos de las relaciones sociales y de sus manifestaciones económicas (en un sentido amplio), que comprenda que ser queer o trans no es en sí mismo ni revolucionario ni reaccionario, que quien aspire a la emancipación no puede dejar a nadie fuera y que la centralidad de la clase en la lucha política (una clase articulada por procesos de racialización y de asignación de género, entre otros) es táctica, no moral. Una reivindicación práctica de la única guía de actuación que posiblemente merezca la pena.

lunes, 22 de febrero de 2021

#hemeroteca #queer | ¿Una teoría ‘queer’ anticapitalista?

Imagen: Nueva Tribuna

¿Una teoría ‘queer’ anticapitalista?

Antonio Antón | Nueva Tribuna, 2021-02-22

https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/teoria-queer-anticapitalista-feminismo/20210222123139184873.html 

Existe una pluralidad analítica y teórica sobre lo queer. En el plano descriptivo, la propia palabra ha ido adquiriendo distintos significados. En su sentido literal inicial significa lo raro, extraño o no habitual. Hasta mitad del siglo XX se utilizaba para designar a las personas homosexuales de forma despectiva (‘maricón’, ‘bollera’). Pero a partir de las décadas de los sesenta y setenta, con los procesos de liberación sexual y orgullo gay, fue tomando un significado positivo y de afirmación de los grupos homosexuales de gais y lesbianas. En una acepción amplia se refiere a las personas distintas respecto de las normativas e identificaciones mayoritarias heterosexuales y ‘cisgénero’, es decir, a los colectivos LGTBI. ‘Queer’ adquiere un sentido de disidencia o transgresión frente a la normatividad de sexo/género dominante.

No obstante, en la medida que se va produciendo cierta normalización (en EE. UU. y Europa) de la vida y los derechos de las personas homosexuales, particularmente la regulación del matrimonio igualitario, lo ‘queer’ va adquiriendo un sentido más restrictivo. Así, se referiría a lo diferente no solo a la heteronormatividad sino también a la homonormatividad, es decir, quedaría solo lo bisexual e intersexual o, bien, lo transexual y transgénero. De esa forma, la Q de ‘queer’ puede representar al conjunto de LGTBI (a veces con más letras) o solo a personas distintas a esos colectivos o con otras características específicas que hace que se añada la Q.

Desde el punto de vista realista o pragmático, y dadas las grandes dificultades vitales de esos colectivos, la dinámica más transformadora e integradora es poner en primer plano la solidaridad y la defensa de sus derechos inmediatos desde su realidad concreta. Es el sentido del reciente manifiesto de ‘feministas por los derechos de las personas trans’ o la nueva ley para la defensa de sus derechos que está elaborando el Ministerio de Igualdad.

En el plano teórico hay distintos enfoques sobre lo ‘queer’; o sea, hay pluralidad de interpretaciones. La más elaborada es la postmoderna, sobre todo, a partir del pensamiento de J. Butler (ver Judith Butler y la pertenencia al feminismo). Existen posiciones intermedias entre posestructuralismo y estructuralismo marxista. Intentan conciliar, de alguna manera, el feminismo y la teoría ‘queer’ con posiciones anticapitalistas, materialistas o de clase social, desde enfoques marxistas no economicistas o más heterodoxos. Al mismo tiempo, se dan posiciones más realistas y multidimensionales y distanciadas del pensamiento idealista posmoderno y del determinismo esencialista.

Una perspectiva anticapitalista interesante, con sesgos troskizantes, es la de Nancy Fraser (‘Capitalismo. Una conversación desde la Teoría Crítica’ y ‘Los talleres ocultos del capital. Un mapa para la izquierda’) a la que le dedico un capítulo de mi libro “Identidades feministas y teoría crítica” para destacar sus aportaciones y sus límites. Cabe citar también a Lynne Segal (‘¿Por qué el feminismo? Género, Psicología y Política’) al integrar la mirada feminista y de clase social en el marco capitalista o la de Raewyn Connell (‘Género desde una perspectiva global’, junto con Rebecca Pearse). Me voy a detener en el enfoque marxista ‘queer’ de Holly Lewis (‘La política de todes. Feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección’), con la influencia de ideas gramscianas y luxemburguistas, al mismo tiempo que feministas y ‘queer’. Me centro en varios aspectos teórico-políticos relacionados con un marco global y los límites del enfoque no binario y el concepto de normatividad.

El marxismo ‘queer’ de Lewis
Lewis hace una descripción histórica muy amplia e ilustrativa de los procesos feministas y ‘queer’ y su conexión con otros movimientos sociales, en particular, con el marxismo y la lucha anticapitalista. Cabe resaltar tres conclusiones (de las diez que explica) del marxismo ‘queer’, como lo denomina ella, para explicar sus aportaciones e insuficiencias.

La primera dice: ‘El modelo interseccional de la opresión debe ser reemplazado por un modelo unitario y relacional’. Acepta que el feminismo interseccional es un avance respecto del modelo dual de capitalismo/patriarcado (movimiento de clase y de género) pero según ella es insuficiente. Afirma que el racismo y el sexismo son procesos sociales dentro de una matriz material que sería la explotación capitalista. Pero la clase social la asienta en las relaciones económicas de la extracción de valor, según la versión marxista convencional. Así, aunque defiende que su centralidad sería táctica no moral, le sigue dando una prioridad en la articulación de los procesos emancipadores. Pero es la gente trabajadora la que está cruzada por los diferentes tipos de opresiones e identidades, sean de clase, de género o étnico-nacionales… en realidades, interacciones y procesos identitarios complejos y múltiples.

Por tanto, tal como explica E. P. Thompson, la clase social (trabajadora) debería abordarse como una relación sociohistórica y multidimensional de subordinación y desposesión, conformada procesualmente a través de la experiencia de la pugna de las capas subalternas frente a los poderosos, el capitalismo patriarcal o el ‘orden social institucionalizado’ (Fraser). En ese sentido, existen convergencias o intersecciones entre los movimientos económicos-sindicales (mejor que obreros) con otros procesos de lucha (feminista y antirracista) e identificaciones colectivas en la formación de un sujeto, como dice, unitario y relacional.

La segunda conclusión para comentar es la siguiente: ‘ser queer/trans no es reaccionario ni revolucionario’. Aquí lo expone con su autoridad desde su afirmación ‘queer’ o de ‘queerizar’ el marxismo y la cultura en general. Se desliga positivamente del determinismo sexual o de género criticando la idea (también generalizada en el marxismo determinista respecto al carácter revolucionario del proletariado) de que por la realidad de subordinación las personas y grupos sociales generan una conciencia y una actitud determinada, en este caso transgresora respecto a normativas y posiciones sociales dominantes.

Desde el determinismo no se valoran el conjunto de dinámicas estructurales, mediaciones institucionales y de poder y su interacción con las experiencias sociopolíticas y culturales de la gente que condicionan la relación entre realidad objetiva, conciencia y acción, entre estructura y agencia. Con ello la autora diferencia el sexo y el género de una práctica igualitaria-emancipadora que es la que definiría su actitud transformadora y su identidad sociocultural, feminista o ‘queer’, como persona o grupo social solidario y progresista.

Por ejemplo, desde la teoría crítica y relacional podemos distinguir cuatro planos: el feminismo como sujeto sociopolítico y cultural, junto con la conciencia e identificación feminista como sentido de pertenencia colectiva; la realidad del género, en ese caso femenino, con su papel social subordinado y la variedad de feminidades (y masculinidades); sus características biológicas de sexo (cis o trans), y las opciones sexuales heterosexual-homosexual (ocho según la escala de Kinsey, incluyendo formas mixtas y lo asexual).

También desde el movimiento de liberación homosexual se pueden diferenciar los cuatro planos con distintas expresiones: el de la opción sexual, como experiencia vital; el grado de conciencia o identificación expresado a través del ‘orgullo’ gay (o lesbiano); su papel social o estereotipo de género, y los propios colectivos LGTBI como movimiento o actor social específico con una dinámica y un proyecto liberadores y en alianza con el feminismo.

En lo ‘queer’, a falta de cuatro denominaciones distintas los cuatro significados se suelen integrar en el mismo significante, dándole un carácter más polisémico: realidad, conciencia o enfoque y sujeto... ‘queer’, en este caso no binario, indeterminado o distinto a las opciones mayoritarias de sexo, género y actor social. Sin embargo, no profundiza en esa senda de distinguir los distintos planos y analizar su interacción, y todavía le pesa cierta inercia estructuralista.

Igualmente de interés es su idea de rebajar la capacidad transformadora o anticapitalista de la acción contra la normatividad de sexo o de género: ‘El argumento de que el capitalismo prospera gracias a la normatividad ignora el hecho de que también prospera con la diversidad, el pluralismo, la moda y los nichos de mercado’, concluyendo que ‘es algo romántico pensar que puedes cambiar el mundo por medio de la diversidad sexual, la autoexpresión creativa y los vínculos comunales. Pero no puedes’. En ese sentido remarca que las personas trans e intersexuales también están marcadas por el género y que ‘no debieran ser utilizadas como una bandera de posibilidad radical para un futuro nuevo, posgénero’.

Está bien ese escepticismo sobre las posibles potencialidades transformadora de una opción sexual o de género si no van acompañados de un proceso colectivo (e individual) de cambio relacional, institucional y de poder, que es lo fundamental en los procesos igualitarios y emancipadores, en la conformación de sujetos sociopolíticos. En ese sentido, insiste en que ‘la cultura queer no es anticapitalista’ (desde su idea de qué es serlo), y ‘tampoco lo es ‘queerizar’ la cultura’. Por tanto, es positivo su rechazo al mecanicismo.

Sin embargo, es unilateral y excesiva su valoración de que ‘oponerse a la normatividad es un gesto político vacío’. Por un lado, es realista al relativizar la importancia de la normatividad como marco disciplinario del poder (según Foucault) que somete la individualidad y cuya oposición y la ausencia de normas sería central para emancipación individual y colectiva. Por otro lado, vence su inercia determinista de sobrevalorar los cambios estructurales y económicos, infravalorando la autonomía y la mutua interacción de las transformaciones socioculturales, normativas o de prácticas sociales de los propios actores respecto de los cambios político-institucionales; es su apuesta, todavía poco precisa, de ‘queerizar’ el marxismo.

Polarización dialéctica frente a fragmentación postmoderna
La tercera de las conclusiones de Lewis por resaltar es: ‘el binarismo no es el problema y el pensamiento no binario no es la solución’. Comparto la critica a esa idea, eje fundamental para la actual ola cultural posmoderna. Alude a que no solo hay realidades dicotómicas, con el conflicto entre dos polos (por ejemplo entre racismo y antirracismo, o entre el poder establecido y las mayorías populares) sino que el propio relativismo posestructuralista también conforma nuevas polarizaciones, por ejemplo ‘cis’ / trans, binario / diverso o uniforme, normativo (hetero u homo) / ‘queer’. No entro en las diferentes fundamentaciones filosóficas entre el pensamiento dialéctico (polarización de contrarios, actualizado por Hegel, Marx y Laclau), la metafísica racionalista de la uniformidad (o linealidad) y la fragmentación liberal o postmoderna; ni tampoco en la crítica a la virtualidad del justo medio y el centrismo aristotélico (o confuciano) o de las terceras vías socioliberales.

Aquí lo que interesa destacar es que existen realidades con polos en conflicto (o antagónicos), con dinámicas de dominación y subordinación y, por tanto, de igualdad y emancipación, cuya respuesta supone una confrontación para superar la injusticia de la desigualdad y la discriminación y garantizar la igualdad y la libertad.

En particular, estamos hablando de la polarización binaria o dinámica dicotómica entre feminismo y machismo (como orden estructural de poder y privilegios), muy expresivo en consignas como “¡Feminismo pa’ adelante; machismo pa’ atrás!” Ese binarismo antagónico sí refleja una realidad a superar y favorece una estrategia transformadora; el horizonte es que un polo debe vencer al otro y neutralizarlo como grupo de poder dominador, aunque con una alternativa universalista igualitaria emancipadora o de derechos humanos.

A diferencia de esa polarización podemos decir que en otras dicotomías no hay antagonismo, como entre masculinidades y feminidades, heterosexualidad y homosexualidad, normatividad y ‘queer’, incluso entre hombres y mujeres en el plano personal. Por mucho que haya privilegios en los primeros componentes, no son los enemigos irreconciliables de los segundos. Las desventajas hay que atajarlas con firmeza, pero son de diferente carácter cuando hablamos del machismo imbricado con el orden social establecido y la imposición de unas relaciones desiguales. Este sí es el enemigo y no caben opciones intermedias, solo contundencia transformadora y pedagogía activa; sin embargo, el pensamiento no binario no acierta en su análisis y la estrategia de superación. Es decir, de acuerdo con Lewis, el pensamiento no binario no es la solución; tampoco el binario como regla generalizada.

Por tanto, no toda la realidad es lineal, fluida y simplemente diversa y fragmentada, como defiende el pensamiento posestructuralista; ni tampoco uniforme, estática y rígida, como señala el esencialismo, o exclusivamente dicotómico como explica el pensamiento dialéctico rígido.

Los derechos humanos o los valores republicanos de igualdad, libertad y solidaridad aportan una orientación universalista para la acción colectiva y el comportamiento individual. Pero la elección de la confrontación o la cooperación, así como su combinación, dependen del sentido de la realidad y su contexto. No siempre lo mejor es la conciliación o, bien, la pugna. Dicho con las virtudes clásicas: unas veces hay que priorizar la fortaleza (firmeza) y la justicia y otras la prudencia (sabiduría) y la templanza (entereza), por mucho que las cuatro expresen una finalidad ética y hay que saber combinarlas.

El marco para la acción feminista es, por un lado, la polarización (binaria) con el adversario patriarcal-capitalista, siendo problemáticas las vías intermedias o conciliadoras, y, por otro lado, la cooperación (interseccional y unitaria) con los aliados de las capas subordinadas o, bien, con aspectos no antagónicos, como la distinta normatividad sexual o de género. En esos casos son negativas las tendencias sectarias y excluyentes.

No tiene sentido generalizar un método de pensamiento (no binario) y una estrategia (diversa e inclusiva), válidos parcialmente para algunos campos (como la normatividad sexual o de género) a otros ámbitos y aspectos en los que prima la polarización de posiciones y la pugna transformadora como en el movimiento feminista frente al orden social machista. Tampoco está justificado para demostrar la supuesta superioridad intelectual o identitaria, destacando lo aparentemente nuevo (post o trans) y desplazar la relevancia del enorme problema de la desigualdad de género y la importante tarea de fortalecer un feminismo igualitario y una dinámica liberadora de los colectivos LGTBI, críticos y transformadores. En ese sentido, junto con Lewis, hay que diferenciar lo LGTBI y lo ‘queer’, así como la defensa de sus derechos, de una interpretación no binaria y discursiva que es específica solo de una corriente ideológica: la postmoderna.

En definitiva, los procesos de identificación y activación feminista se conforman en base a la dinámica binaria de polarización por el cambio de las relaciones sociales desiguales y dominadoras, expresadas con especial agudeza en la violencia machista y los mecanismos segregadores. El enfoque no binario es incapaz de explicar la profundidad de la realidad desigual y apoyar una estrategia transformadora eficaz. Pero esa polarización binaria absoluta, aplicada a otros campos (de género, sexo u opción sexual, por no hablar de otros tipos de relaciones interpersonales) generan dinámicas sectarias y excluyentes. Más, cuando distintas identidades de género o normatividades sexuales pueden ser legítimas y complementarias y forjar trayectorias unitarias o cooperativas frente a adversarios comunes y aun con disensos y conflictos parciales. La solución es la combinación de esa firmeza transformadora igualitaria-emancipadora con el respeto y la tolerancia a la diversidad y el pluralismo de las opciones vitales de cada persona y grupo social.

En resumen, hay un intento de superación, por una parte, de ideas posmodernas y, por otra parte, del estructuralismo mecanicista y excluyente, a través de un feminismo (o una dinámica ‘queer’) social y relacional, ni determinista ni solo cultural (o idealista). A pesar de los límites de pensadoras interesantes como Holly Lewis, este esfuerzo por superar las deficiencias de esas posiciones extremas esencialistas y posestructuralistas, buscando enfoques más multidimensionales e interactivos constituye una vía fructífera para elaborar un feminismo (y una teoría ‘queer’) transformador, en el marco de una teoría social crítica y realista y una dinámica igualitaria y emancipadora.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

#hemeroteca #queer | La política de todes. Feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección

Imagen: Pikara / Fragmento de la portada de 'La política de todes'

La política de todes. Feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección.

«No hay relaciones productivas ‘independientes’ de las relaciones de género y de la producción de sexualidades, sino que el capitalismo necesita organizar los cuerpos para su supervivencia, y la resistencia a esta organización altera el capitalismo», dice el traductor al castellano del libro de Holly Lewis.
Javier Sáez | Pikara, 2020-12-09
https://www.pikaramagazine.com/2020/12/la-politica-de-todes-feminismo-teoria-queer-y-marxismo-en-la-interseccion/ 

Cuando Bellaterra me ofreció traducir 'La política de todes', de Holly Lewis, pensé que se trataba de un milagro. El subtítulo del libro no podía ser más interesante: “Feminismo, teoría ‘queer y marxismo en la intersección”. Como marxista, feminista y activista queer, era como un regalo a medida. ¡Y encima con un enfoque interseccional! Y en efecto, este libro es un milagro.

La autora se plantea un ambicioso proyecto: no solo poner en contacto y diálogo la tradición marxista, los diversos feminismos y la teoría ‘queer’, sino explicar que estos tres enfoques están interrelacionados de forma estructural. Como un nudo borromeo, parecen tres esferas diferentes, pero en realidad se constituyen mutuamente, y el nudo solo se sostiene por la articulación necesaria de esos tres enfoques. Por la misma razón, el libro muestra que cualquier política de cambio social radical o revolucionario pasa por entender que esas tres perspectivas son indisociables. Dicho en términos más concretos: el sistema de producción capitalista influye y determina la organización de sexos y géneros, y a su vez las políticas feministas ‘queer’ son productoras de cambios profundos y modifican las relaciones de producción. Es decir, no hay relaciones productivas “independientes” de las relaciones de género y de la producción de sexualidades, sino que el capitalismo necesita organizar los cuerpos para su supervivencia, y la resistencia a esta organización altera el capitalismo. Del mismo modo que el colonialismo fue clave en el origen del capitalismo, el sexismo y la opresión de las mujeres y las minorías sexuales es algo imprescindible para esa organización del trabajo que es el capitalismo. Fue el colonialismo el que generó el racismo moderno, y con ello el concepto de raza. El racismo no es un accidente, es algo necesario. La destrucción ecológica no es un accidente, es algo necesario. Del mismo modo, la regulación del cuerpo de las mujeres por el capital no fue un accidente, fue una necesidad (re)productiva. Como dice la feminista marxista Silvia Federici, también citada en el libro de Lewis, la primera máquina que creó el capitalismo fue el cuerpo de la mujer.

El libro rastrea con asombrosa claridad y rigor intelectual la preocupación de Marx y Engels por la relación entre el capitalismo y la posición de las mujeres en el siglo XIX (y el papel de la familia en este sistema), que continúa en el siglo XX con autoras clave como Aleksándra Kollontai y Rosa Luxemburg, hasta el feminismo marxista de los años 70 y 80, que a su vez inspiró en los 90 parte de los movimientos ‘queer’ y su interés por la lucha de clases y el racismo, en relación con la diversidad sexual y de género (Wittig, Butler, Spade, Halberstam, etc.). Este movimiento por supuesto no ha sido solo estadounidense; en España contamos desde los años 90 con una rica tradición de movimientos y activistas queer como Fefa Vila, Carmen Romero, Lucas Platero, Gracia Trujillo, Sejo Carrascosa, etc.

El libro es especialmente actual porque también recoge y analiza la polémica de los años 80 con las llamadas TERF contra los derechos de las mujeres trans (un debate que ha resurgido en España recientemente, con sospechosas similitudes con aquella polémica de los 80 en Estados Unidos), y los malentendidos sobre los movimientos ‘queer’, que a veces se critican como si fueran un mero juego liberal e individualista de elección de identidades, como el que elige un preciado bolso de Gucci cada mañana.

El libro también es actual por otro debate que lleva dando vueltas en los foros de la izquierda desde hace años, la polémica sobre la llamada “política de las identidades diversas” y sus peligros (o su valor) para las luchas políticas, un debate cuya obra más conocida es 'La trampa de la diversidad', de David Bernabé, quien entiende las identidades como algo “individual” que desactiva el conflicto capital-trabajo. El libro de Lewis presenta un enfoque mucho más profundo sobre esta cuestión, mostrando que esas identidades no son esencias inmutables ni posiciones individuales, sino producto de relaciones sociales complejas, relaciones de poder, algo que ha explicado brillantemente el feminismo, y especialmente una de sus corrientes actuales, la teoría ‘queer’.

Pero el libro de Lewis además es un libro incómodo. Es incómodo para ciertos marxistas tradicionales y para ciertos sectores del socialismo y del comunismo, que no han sabido ver el potencial transformador del feminismo, ni han querido reconocer la brutal homofobia de muchas de sus tradiciones como ya señalaban Paco Vidarte y Ricardo Llamas en los años 90, o que despreciaban las demandas de las minorías sexuales como algo “meramente cultural”, en oposición a lo verdaderamente importante, la lucha de clases (como si el feminismo no fuera precisamente eso, una forma de entender que el capitalismo genera subjetividades y “clases” de cuerpos). Es incómodo para cierto feminismo que ha sido indiferente a las opresiones de clase y racistas, y que sobrevivía en espacios de privilegio sin querer abordar las dificultades de las mujeres racializadas (gitanas, negras, latinas, indígenas), pobres, migrantes, obreras, o con diversidades funcionales, sexuales y de género (como el ejemplo citado de las TERF). Y es incómodo para ciertos aspectos de los movimientos LGTBI y de la propia teoría ‘queer’: desde el homonacionalismo que privilegia a las personas LGTBI occidentales y que sustenta el racismo y la xenofobia, hasta el exceso de ciertos enfoques ‘queer’ en lo discursivo y en una visión del poder demasiado abstracta y alejada de las condiciones materiales de la opresión (por ejemplo, las críticas de Lewis a Foucault y al post-estructuralismo, y a ciertos aspectos de la teoría decolonial son interesantes y complejas).

Pero además el libro no deja de recordarnos una y otra vez que son esas «relaciones materiales» las que generan tanto dolor, desigualdad y violencia. Es decir, que el trabajo productivo es el punto estratégico desde el cual se desmonta el capitalismo. Eso no deja de lado a las personas «no productivas», todo lo contrario, el libro explica que son todas esas personas subalternas, excluidas del mercado laboral y oprimidas las que son clave para acabar con ese sistema, ya que juegan un papel de alianzas con las clases trabajadoras, y son un producto de ese mismo sistema. Lo que ahora llamamos “personas vulnerables” no son esencias a priori vulnerables, son productos de un sistema que les hace vulnerables. De hecho muchas personas trabajadoras pueden pasar rápidamente a formar parte de ese lumpen-proletariado «no productivo» (como se ha visto en la crisis de la Covid-19), y pueden ser a la vez migrantes, y LGTB, y tener una discapacidad, y sin duda han experimentado el machismo y la violencia patriarcal si son mujeres.

Por todas estas razones, celebramos la aparición de este libro, una herramienta política de transformación social, que nos recuerda que el machismo, el racismo, la homofobia y la explotación laboral no son fenómenos separados, sino manifestaciones de un mismo sistema, encarnado en cada cuerpo, cuerpos que no son individuales, sino colectivos. La revolución por tanto no pasa por la idea de la liberación “individual”, sino por la de cambiar esa forma de «relación material». Aquí tenemos las pistas para hacerlo.

lunes, 16 de noviembre de 2020

#libros #queer #politica | La política de todes : feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección

La política de todes : feminismo, teoría queer y marxismo en la intersección / Holly Lewis ; traducción de Javier Sáez.

Barcelona : Bellaterra, 2020 [11-16].
323 p.

/ ES / EN* / ENS / Libros / Activismo / Feminismo / Interseccionalidad / Marxismo / Queer
📘 Ed. impresa: ISBN 9788412275018 / 19€

[.es] La política de todes examina desde la teoría de la reproducción social temas como la economía política, la sexualidad, las identidades, las diferentes corrientes del feminismo: sus intersecciones y sus rupturas. Constituyendo un cambio de paradigma en la teoría de género, este libro sostiene que solo una teoría queer materialista unida a las realidades del capitalismo es capaz de crear una verdadera política de liberación que sea a la vez interseccional, transnacional y basada en la experiencia vivida. Este libro tiene la esperanza de poner en diálogo a cuatro grupos: los teóricos marxistas que están intentando entender dónde encaja el género en el esquema de la práctica marxista; las teóricas feministas que desean incorporar el análisis marxista a su trabajo; activistes marxistas que no están familiarizados con la política y el origen del feminismo de la tercera ola y las políticas trans y queer; y finalmente activistas feministas trans y queer que no están familiarizadas con la economía política marxista. Habrá lectores que entrarán en varios de estos grupos y por supuesto habrá otros que se sentirán totalmente ajenos a estos grupos.

«Hace preguntas incisivas sobre la relación entre lo universal y lo particular, entre sexo y género, y entre semejanza y diferencia. En última instancia, es un libro provocativo, ya que nos provoca pensamientos y acciones». Tithi Bhattacharya, Universidad de Purdue

👤 Holly Lewis. Es profesora asistente de filosofía en la Universidad Estatal de Texas, donde enseña filosofía continental, estética y filosofía política. Tiene un doctorado de la European Graduate School, así como una maestría de la Universidad de Pensilvania, donde su investigación se centró en estudios estadounidenses y latinoamericanos con énfasis en mujeres y género.