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martes, 26 de junio de 2018

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | Sobre banderas y dioptrías

Imagen: Pikara / Ilustración de Gorka Olmo
Sobre banderas y dioptrías.
Asier Santamari(c)a | Pikara Magazine, 2018-06-26

http://www.pikaramagazine.com/2018/06/sobre-banderas-y-dioptrias/

Que el Pride huele un poquito a mierda lo vamos teniendo claro muchas. Muchas de las que hacemos un análisis político radical de nuestro entorno. En mi calle, por ejemplo, han puesto una columna de globitos arcoíris a Multiópticas. Multiópticas, que fue pionera del movimiento de liberación gay en los sesenta, junto a Silvia Rivera o Marsha P. Johnson. Humor absurdo, sí. Tan absurdo como mezclar dioptrías con banderas.

No hace falta ser un lince. Es obvio que si algunos agentes privados se visten de nuestros colores estos días no es porque estén concienciados con nuestra causa. Porque nuestra causa no ocupa sólo una semana al año y para mostrar interés, hay muchos más días. El Pride genera un rédito económico. Asumámoslo. Los derechos de gais y lesbianas están “de moda”. Nuestra lucha revolucionaria se ha convertido en un producto multicolor adaptado al consumo rápido y atractivo a la vista con dioptrías. Estando el debate del matrimonio gay cerrado en España y el de los derechos trans aún en el baúl de los recuerdos (uuuh), el Pride no necesita de ninguna excusa para presentarse como lo que es: una fiesta despolitizada, orquestada por entidades privadas y ayuntamientos con intereses electoralistas.

Es curioso, además, ver cómo algunos políticos que votaron en contra de nuestros derechos, nos utilizan como argumento para deslegitimar gobiernos enemigos. Lavado (de cara) en rosa o ‘pinkwashing‘, que lo llaman. Pongamos un ejemplo: “Que guay es Israel por no matar maricones, a diferencia de la homófoba Palestina”. De pronto, las violaciones de Derechos Humanos sionistas se nos olvidan. Rizando el rizo, el año que viene Eurovision se celebrará en Jerusalén y veremos el muro de segregación decorado con nuestra bandera.

Tiempo al tiempo.

Y es que yo cada vez lo tengo todo menos claro.

Antes creía que el sistema me rechazaba por mi diversidad. Ahora siento que lo que quiere es capitalizar mi vida, a través de ella. Cada vez hay más ‘realities’ de Drag Queens y divas del pop trasnochadas cazando fans a la desesperada con el dichoso arcoíris.

Cada vez tengo menos claro que haya algo revolucionario en comerse un culo, un coño o una polla a destiempo. Puede que lo fuera hace cincuenta años, cuando además de transmaricabollos éramos Vagos y Maleantes. Ya, no. No hay nada de revolucionario en subirse a una carroza y desfilar por las calles con cada vez menos pluma y más abdominales.

Cada vez me doy más cuenta de que el Pride nos invita a pensar que el heteropatriarcado ha abierto sus fronteras, cuando lo único que ha hecho ha sido desplazarlas a Chechenia, Siria o Melilla. Ya no somos periferia. Ahora nos dejan ser centro. Extremo centro. Que se lo digan al AFD, el partido ultranacionalista alemán que tiene a una lesbiana de lideresa. O a Maroto, que invitó a su boda a políticos de su partido, los mismos que habían votado en contra de que pudiera casarse. Carrozas de extremo centro y muerte en las fronteras.

Durante este año se celebró en Bilbao una reunión para postular la candidatura de nuestra ciudad al EuroPride 2019. Una fiesta más grande, con más gente e, indudablemente, más cara. Ahora se acaba de celebrar el Pride, un evento semiprivado en nuestro nombre y a nuestra costa, que genera unos beneficios que no se reparten entre nosotras. Justo una semana antes del 28J, que es una fiesta sin ánimo de lucro, autogestionada y con décadas de trayectoria.

A mí me gusta un jaleo como a la que más y tampoco termino de entender por qué os parece excluyente reivindicar y pasarlo en grande. “Si no puedo bailar, no es mi revolución”. Y vaya que lo hacemos en cada 28J, en nuestra fiesta (que no es semiprivada), que es de TODAS, también vuestra. ¿De verdad que pudiendo hacer ambas cosas, celebrar y agitar conciencias, preferís bailarle el agua al H&M y a Netta?

Vacío de contenido, de pronto el Pride celebra el amor, a secas. “Love is Love” como eslogan es precioso, pero también es un juego de sombras chinescas. Nadie oprime al amor. Oprime la diversidad, sin corazón de por medio. No nos matan por enamoradas, nos matan por bolleras. Yo el amor lo celebro en el sofá de mi casa con mi mano derecha y un disco de Bebe. O en el ‘Love Parade’, si me apuras. Pero el amor ya tiene sus propias fiestas y, lo siento Cupido, esta no es una de ellas. Si salimos a la calle es para decirnos que nos queremos DIVERSAS.

Sé que a muchas os podré estar pareciendo una borde. Una radical. Una resentida. Y quizás sea todo eso un poco. Borde porque no os veo indignadas cuando admiten en nuestras fiestas a cuerpos que nos oprime durante al año. Radical porque la raíz de esta fiesta fueron revueltas callejeras violentas en las que también se bailó. Y resentida porque voy a acabar este texto leyéndoos un poco la cartilla.

A ti, persona Pro-Pride: sé consecuente si quieres sacar tajada a nuestra costa. No te lo prohíbo, faltaría más. No soy nadie para hacerlo. La premisa del capitalismo es que todo es capitalizable, incluida nuestra lucha. Pero me gustaría que, al menos, se te cayera un poquito la cara de vergüenza. Porque estás ondeando una bandera para hacer billetes y la ondeas bien fuerte para que nadie se dé cuenta.

Piensa.

En todo este caos, piensa en quién te representa.

Si “La Pluma”, un espacio transfeminista que ocuparon hace poco en Chueca, en contra de la gentrification del Pride; o los sicarios bienpagaos de “Desokupa”, que las echaron poco después a la fuerza y al grito de “maricones”, delante de una policía quieta, a cuatro días del 28J y, repito, en pleno centro de Chueca. Sueños rotos, como los dedos de alguna compañera.

Si te ves más en nosotras que en Multiópticas (o cualquier otra empresa), entonces, querida amiga, elige una fiesta que nos enorgullezca.

viernes, 23 de febrero de 2018

#hemeroteca #mariconeo | “Hasta luego, Maricarmen”

Ilustración de Belial Naranjo Martín
“Hasta luego, Maricarmen”
Cuando nos llaman ‘maricas’, no nos están llamando ‘homosexuales’ sino ‘no hombres’. El insulto nace de la interacción entre la misoginia y esa máquina de normalización que es el “convertirse en un hombre”.
Asier Santamari(c)a | Pikara Magazine, 2018-02-23
http://www.pikaramagazine.com/2018/02/hasta-luego-maricarmen/

Suelo aclarar que soy marica, ante todo, porque me lo han llamado de niño. Durante muchos años, constantemente y en todas partes, pero sobre todo en la infancia y adolescencia. Somos subproductos. Deshechos. Sois vosotros quienes nos bautizáis. En un primer momento lo viví como una condena. En el patio del colegio había niños, niñas y un marica. No entendía por qué, pero todo el mundo parecía ser capaz de detectarme. Ya fuera en el enésimo campamento de verano, en las clases de inglés, en el pueblo o el hotel de la playa. Yo era “el marica”. Aunque cambiase la obra, yo acababa siempre encasillado en el mismo papel. Como un mal actor. O uno que personifica un rol demasiado bien.

Sentí que había llegado la confirmación cuando, por primera vez, me masturbé pensando en otro hombre. Tras esa paja, lloré durante varias horas. En efecto, soy marica. ¿Profecía (auto)cumplida? El insulto se había tornado en carne. El insulto, imprimado en mí también de formas más inocuas, como cuando familiares y amigas me respondían “Yo siempre lo supe” a mi confesión preadolescente. Solo que no me decía marica, sino “gay”, y así lo hice durante mucho tiempo.

Después de mis muchos desencantos con el mundillo homosexual, acabé por naufragar en el submundo transmaricabollo. Aquí he aprendido a matar a ese gay heteroimpuesto para abrazar al maricón que, al parecer, siempre había sido. Pero si bien la homosexualidad es un concepto sencillo, “marica” aún se me escapa. Y miradme, aquí estoy, escribiendo sobre Identidades Maricas y sin saber definir la propia palabra. Sin embargo, creo tener claro a qué categoría se adscribe la palabra “Marica”, al menos para mí.

Marica es mi identidad de género. Vayamos de nuevo al principio.

No creo haber sido socializado como “chico”. No correctamente, al menos. Cuando estaba rodeado de ellos, me sentía raro, y ellos también. En esta sociedad ordenada en torno a la genitalidad, yo era un elemento disfuncional. Porque la genitalidad, llamada ahora “sexo”, se vincula a unas actitudes, a un funcionar, llamado “género”. Y en mí, esa continuidad estaba más rota que en los demás. Todo elemento disfuncional es disruptivo. Genera tensiones. Así como lo hace toda norma.

Creo sinceramente que mis compañeros de clase de 8 años no me estaban llamando homosexual cuando me llamaban marica. A esas edades, el concepto de “orientación sexual” aún no está siquiera asentado en el léxico de les niñes. Es imposible que, a los ocho años, esos niños me estuvieran imaginando follando con hombres. Tampoco me vale que marica sea un “insulto genérico que ha perdido su significado inicial”. Marica es el insulto último. El peor. Porque, ¿sabéis que nos están llamando cuando nos llaman maricas?

Nos están llamando No-hombres.

El espacio de privilegio se constituye a base de delimitar las otredades. Es decir, ser blanca no significa nada en sí mismo. Ser blanca es no ser asiática, no ser romaní, no ser latina. No ser negra. De ahí que nos llamemos blancas. Porque delimitamos la otredad y nos separamos lo máximo de ella para ejercer nuestro privilegio. Somos rosadas, anaranjadas, morenas. Pero nos decimos blancas para decirnos No-Negras.

Como maricón os digo que el proceso de socialización de los niños es una gran máquina de producción de futuros hombres. Un goteo constante de juegos competitivos con ganador y perdedor. Una revisión constante sobre qué prendas y qué colores son aptos y no aptos. El niño va matándose para convertirse en un hombre. Dejando cosas tras de sí que envidia y añora. No es casualidad que tantos machirulos aprovechen los limbos sociales como carnaval o despedidas de soltero para ponerse el vestido más entallado y las tetas falsas más desproporcionadas que encuentre. Convertirse en hombre es aprender a performar hombre, y para ello hay que delimitar y evitar todo lo que no es.

En ese juego de “convertirse en hombre”, los maricones somos un recordatorio constante de ese proceso de hombrificación. Somos los que bailamos, los que cantamos, los que lloramos, los que dejamos libres nuestro cuerpo para comunicarnos más ricamente. Los que peinamos, maquillamos, acariciamos o hablamos de sentimientos. Toda esa diferencia genera tensiones en esa máquina de normalización que es el sí de los niños. Por todo eso, creo que cuando a los 8 años me empezaron a llamar marica, me estaban llamando No-Hombre. Porque era importante para ellos enmarcarme en una otredad. Sacarme de ese lugar de privilegio como castigo a mi rebeldía. Una rebeldía que quizás ellos no se atreviesen a ejercer.

Y ese proceso no acaba nunca. No son solo niños de 8 años los que llaman Marica a otros, ya sea para enmarcarlos como otredad o para reconducirlos a la masculinidad hegemónica de la que ellos también son partícipes. Todos lo hacen. Ya sea para delimitar la otredad (“Ese es marica”) o para reforzar ese proceso colectivo de hombrificación cuando otros hombres tienen conductas que no les son propias (“No seas maricón”). ¿Queréis un ejemplo histórico?

En la España de los años veinte, el nombre de mujer más habitual era Maricarmen. Desproporcionadamente habitual. En algún momento de genialidad dentro de ese proceso de normativización, algún hombre le diría a otro “No seas No-Hombre” de una forma muy acorde a los tiempos. Le diría no seas mujer. No seas Maricarmen.

No seas Maricarmen.

No seas Marica.

Sí, queridas amigas. De ahí venimos las mariconas. De vosotras. De mi abuela Maricarmen. De mi tía y madrina, Maricarmen. De ahí vengo yo, la Santamari(c)a. De la interacción entre la misoginia y esa máquina de normalización que es el “convertirse en un hombre”. Y por eso he decidido abrazar esa palabra. Porque para delimitarme en la otredad “no-hombre”, me están insultando con “mujer”. Con Maricarmen. Con mi tía o mi abuela, a las que adoro y admiro.

Lo que antes era el gran insulto es ahora un gran recordatorio de que la lucha marica es una lucha profundamente adscrita a la lucha feminista. Porque empoderarnos como maricas es empoderarnos en nuestra feminidad. Es aunar nuestras otredades “no-hombre” y nuestras fronteras para cercar a esos machunos desde la periferia y decirles con absoluto convencimiento que somos muchas. Que estamos juntas y que vamos a seguir tocándonos, peinándonos, maquillándonos, bailando, llorando, gesticulando y hablando de sentimientos. Y que lo vamos a hacer porque, aunque no lo crean, eso nos vuelve infinitamente más fuertes que ellos.

Hasta luego y gracias, Maricarmen.

jueves, 30 de marzo de 2017

#hemeroteca #serofobia | El virus del estigma

Ilustración de Mikel Arranz
El virus del estigma.
La aplicación para ligar Grindr ha incluido una nueva casilla en los perfiles de sus usuarios: estado serológico y fecha en la que se hizo el último test. Lo que subyace en este gesto es una incitación a la confesión.
Asier Santamari(c)a | Pikara, 2017-03-30
http://www.pikaramagazine.com/2017/03/el-virus-del-estigma/

  • VIH: Virus de Inmunodeficiencia humana
  • PVVIH: (Persona Seropositiva) Persona que Vive con VIH.
  • SIDA: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. Una PVVIH sin tratamiento, llegará a este estadio de la enfermedad.
  • Carga viral: Número de copias del virus en sangre. De ella deriva la capacidad de infectar.
  • TAR (Terapia Anti-Retroviral): Fármacos contra el VIH que reducen la carga viral. Su objetivo es conseguir una carga viral indetectable
  • Indetectable: Persona que vive con VIH en cuya sangre no se contabilizan copias del virus (a efectos prácticos, menos de 20 copias por mm3). Estas personas NO tienen la capacidad de infectar.
  • Relación serodiscordante: Relación entre personas con estados serológicos distintos

Una vez oí que para un marica ligar es como buscar trabajo porque o bien lo encuentras online, o bien te recomienda una amiga. Como persona que tuvo ya sus primeros escarceos a través de la web, nunca seré plenamente consciente de hasta qué punto las aplicaciones de citas gays han condicionado mi discurso sexual y mis prácticas y afectos. Por ello, entiendo esta tecnología como una de las principales máquinas de subjetividad homosexual, especialmente para las nuevas generaciones como la mía.

Hace pocos meses, Grindr, la más conocida de ellas, nos sorprendía con una nueva categoría informativa a incluir en nuestro perfil. Ahora, además de altura, peso, edad o preferencia sexual heteronormativa (activo-pasivo), los usuarios podrán indicar su estado serológico públicamente, unido a la fecha en que se realizaron el último test.

Previo a cualquier análisis, llama la atención que sumergido entre datos tan generales y fácilmente contrastables se incluya algo tan específico como una prueba serológica. Lo que subyace en esta nueva categoría identitaria no es otra cosa que una incitación a la confesión. Una confesión que, adscrita a diferentes discursos, deriva en normalización o marginalización. Indicar el seroestado como un dato análogo al peso, la edad o la altura, cuando objetivamente esta información pertenece a un registro muy distinto, busca imprimir el factor “seropositividad” en nuestra economía sexual. Dicotomizarnos en positivos y negativos, convertir un virus en una identidad.

Un virus es una frontera entre lo vivo y lo no-vivo. Un ente simple pero en constante cambio, que penetra insidiosamente en todo aquello que toca con la inconsciente misión de replicarse, perpetuarse y extenderse. Hoy quiero hablaros de dos virus diferentes pero interrelacionados. Uno circula en el torrente sanguíneo y ataca a las células de nuestro sistema inmune. El otro se vehiculiza a través de discursos, capturando nuestras identidades, prácticas y afectos. Su nombre es serofobia, o fobia a la “seropositividad” (y, por ende, a las personas que viven con VIH).

Una revista de mi ciudad supuso un vehículo más de este último virus cuando recomendó a las maricas bilbaínas la abstinencia, la monogamia y la masturbación como prácticas sin riesgo para el VIH. Siguiendo la línea discursiva de Grindr, advertía a los lectores de que las personas con VIH “pueden mentirte, sobre todo si quieren tener relaciones contigo”. En este punto me gustaría aclarar que el seroestado es información confidencial, que nadie tiene derecho a preguntarnos por él y, lo que es más importante, que nadie tiene ninguna obligación moral de confesárnoslo. Ante una pregunta ilegítima, no hay verdad ni mentira. Tan solo hay serofobia. Permitidme explicaros por qué:

Ya desde su inicio, la comunidad científica trató de establecer una relación, o incluso una causalidad, entre el SIDA y la homosexualidad. El primer nombre de la epidemia, de hecho, fue GRID (Gay Related InmunoDefficiency). No es exagerado decir que les trataron de apestados, dado que la prensa estuvo durante años utilizando el concepto “Peste Rosa” para referirse a la pandemia de VIH. Este intento obedece a una lógica heteropatriarcal que entiende, consciente o inconscientemente, la homosexualidad como un ente patológico, anormal. El VIH es el principal eje de la medicalización homosexual en la actualidad, pero antes se había intentado desde la anatomía en el siglo XIX o la psiquiatría en el XX. Prueba inequívoca de esta patologización es el concepto Grupo de Riesgo, al que pertenece todo varón homosexual por el mero hecho de serlo, más allá de sus prácticas. El hecho objetivo es que, en números brutos, la mayoría de las infecciones de VIH en el mundo se dan en encuentros sexuales heterosexuales, pero el discurso epidemiológico prefiere confinar el virus en nuestros cuerpos anómalos, antaño pecaminosos.

Una vez enmarcada la serofobia dentro de la homofobia estructural, hablemos de sus dinámicas propias. Tal y como he aclarado previamente, una PVVIH indetectable es una persona portadora del virus pero que, gracias a la terapia antirretroviral, ha conseguido que no puedan contabilizarse copias del VIH en su sangre. Sobre el papel, esta persona no podría infectar. A menudo, cuando expongo esta evidencia científica, recibo miradas de asombro e incredulidad. Seguimos concibiendo colectivamente a la persona que vive con VIH como una suerte de bomba de relojería, siempre volátil, a punto de estallar dañándose a sí mismo y a sus familiares o amantes. La misma revista bilbaína, de hecho, explicaba poco antes de recomendar la abstinencia que el VIH no se transmite por teléfonos, muebles o duchas. Tal es el delirio colectivo, tal es la histeria. Estos dos virus, en constante interacción, han construido toda una retórica de muerte y culpa. Pero podemos protegernos del VIH con autocuidado y de la serofobia con información.

Por autocuidado entiendo asumir que la responsabilidad última para con tu propia salud sexual reside en ti. Aprende a protegerte de los riesgos, y a disfrutar en la seguridad. Intenta entender el condón como un agente de autoprotección, no como un inhibidor de placer heteroimpuesto.

Además, es importante destacar que la inmensa mayoría de las nuevas infecciones se deben a personas que no conocen su estado serológico. La mejor forma de autocuidado colectivo es hacernos la prueba rápida de VIH periódicamente y motivar a nuestros amantes y amigas a hacérsela también. Es gratuita y podemos realizarla en la Seguridad Social, farmacias o asociaciones de nuestras zona.

Desde la premisa de que la información nos ayuda a evitar que la serofobia infiltre en nuestra economía sexual, te invito a preguntarte cuánto sabes realmente del VIH. ¿Conoces, por ejemplo, el estudio Partner? En él, se reflejan dos años de seguimiento de 1166 parejas serodiscordantes, en las que el miembro con VIH sería, además, indetectable (es decir, sin carga viral en sangre). Al final del estudio, el cómputo total de relaciones sexuales sin preservativo ascendía a 58.000 (siempre en el marco de esta pareja) y se aclaró que NINGUNA de las 1166 había adquirido el virus a través de su pareja . Esto, trasladado a la bioestadística, indica que la posibilidad de adquirir el virus desde una PVVIH indetectable es cercana a cero (es imposible llegar al 0 absoluto ya que la bioestadística se mueve en intervalos de confianza). Aquí el artículo completo, para aquellas que no me creáis o queráis saber más.

Existe, además, una herramienta terapéutica muy útil para prevenir infecciones de VIH. Se llama Profilaxis Post-Exposición. Muchas nos habremos visto en la situación de un condón que se rompe, o de haber tenido sexo bajo los efectos de sustancias y no recordar si las medidas de protección que utilizamos fueron las correctas. Ante esto, aún podemos tomar cartas en el asunto y autocuidarnos. La próxima vez que te ocurra, acude rápidamente a Urgencias y solicita la PEP (una profesional sanitaria evaluará el riesgo real de transmisión que ha habido y si la terapia es, por tanto, pertinente). Consiste en un mes de terapia antirretroviral que reduce en un 98%la probabilidad de adquirir el virus aún cuando te hubieras expuesto a él. Además, si consideras que el médico de urgencias no te ha asesorado bien, puedes pedir ayuda en las muchas asociaciones especialistas en VIH y SIDA que existen el Estado. Ellos podrán interceder por ti, su labor es encomiable y está muy poco valorada dentro del colectivo. Además, te animo a que te hagas eco de este recurso terapéutico. No muchas personas lo conocen y, dado que pierde su eficacia pasadas 72 horas (aunque lo mejor es empezar antes de las primeras 24), para cuando la persona afectada acude a una consulta de ETS, suele ser ya demasiado tarde.

Hay un último factor que imprima directamente en la construcción social del VIH y es su naturaleza infecciosa. Esto interacciona de forma muy interesante con la construcción judeocristiana de la enfermedad en un marco de opresión sexual sistematizada. Colectivamente entendemos aún la enfermedad como un castigo divino, aunque no seamos plenamente conscientes de ello. Esa construcción fue reinterpretada a través de Job, el justo doliente, un personaje bíblico al que Dios hace enfermar como una “prueba de fe”. Esta otra retórica nos permite darle significado a enfermedades moralmente “aceptables” como el cáncer infantil. Sin embargo, la transmisión sexual del VIH parece legitimar ese “castigo divino” previo al justo doliente, lo que nos mueve constantemente a enunciar este virus en términos de “culpa y vergüenza”. Y este problema es extensible al resto de las ITS (Infecciones de Transmisión Sexual). Las enfermedades no tienen culpables. Culpar a alguien por una enfermedad es como culparle por que llueva en su jardín. Nuestra postura ante la serofobia nunca será radical a menos que vaciemos de prejuicios al virus y eliminemos esa frontera entre las patologías dignas e indignas. Hasta que entendamos que una persona con VIH no tiene ni más ni menos culpa que una niña con leucemia.

Me gustaría terminar este artículo con unas líneas que me dedicó un amigo activista especializado en VIH: “El activista VIH que mejor interviene en la materia, de la manera más efectiva, sana y saliendo totalmente ileso, es aquel que mayor distancia interpone entre la infección y él mismo”. Me pregunto si sería posible que fuésemos todas un poco activistas contra la serofobia. Que interpusiésemos distancia entre la infección y nuestro discurso propio y colectivo. Que empezásemos a concebir la lucha contra la serofobia como una tan o más urgente que la lucha contra el virus. Que dejásemos de identificar a las personas por un microorganismo que habita en unas pocas células de su cuerpo. Que nos diésemos cuenta de que follar con personas que viven con VIH es, simple y llanamente, follar con personas.

Asier Santamari(c)a. Una sodomita subversiva, estudiante de Medicina y activista en IntifadaMarika.

viernes, 3 de marzo de 2017

#hemeroteca #endohomofobia | Abstenerse locazas

Imagen: Pikara / Ilustración de Adrián Pinilla
Abstenerse locazas.
Asier Santamari(c)a | Pikara, 2017-03-03
http://www.pikaramagazine.com/2017/03/abstenerse-locazas/

Que tire la primera piedra la que jamás ha llamado loca a un maricón. El que al ver esa feminidad impostada, teatral, casi paródica, no se ha sentido silenciosamente cómodo. Cómodo, porque cuando lo artificial se hace explícito, lo escondido (pero igualmente artificioso) se disfraza de natural. Performar el género conscientemente y en todo su espectro es mi acto de resistencia favorito. De resistencia y de ataque. Estoy fuera de mí y, por ello, me llaman “loca”.

Siempre me fascinó la figura del loco en la literatura. Ese ser ambiguo y deformado al que nadie toma en serio y que utiliza el desprecio colectivo para decir lo que nadie puede. Todo su discurso es rechazado por el filtro de la cordura impuesta. Loco es el que hace locuras. Loca, la que hace mariconadas. Y si, como decía Foucault, el loco es el mayor cuestionamiento a la razón, entonces la loca es el mayor cuestionamiento al heteropatriarcado. Pobre heteronorma, que sin saberlo, nos empodera al insultarnos.

Me encanta ser marica. Y cada vez más. Desde la marginalidad de mi identidad, me permito a mi misme berrear contra un sistema que me quiere dócil, musculado, masculino y casado. Y lo hago saboreando mi subversión, gastando el dinero del ‘gym’ en viajes, poniéndome pelucas y follando con amantes en vez de con novios.

Nací en el 95 y, a diferencia de muchas otras que vinieron antes de mí, siempre supe lo que era un homosexual. Encendía la televisión y podía buscar referentes. Sin embargo, la aparente visibilidad ocultaba un mensaje, no tan explícito, pero igualmente imprimado. “Tu sexualidad no te define. Tan sólo eres un hombre que se acuesta con hombres. Eres normal”.

No fue hasta hace un par de años que se saltaron las costuras de mi traje de homosexual. Leyendo a Preciado, descubrí que esta palabra, aparentemente neutra y amable es, en realidad, una categoría médico-jurídica, surgida a mediados del Siglo XIX. La identidad homosexual surge en el contexto de un nuevo discurso sexual en el seno de una sociedad capitalista e industrial en la que los individuos debían ser categorizados en torno a su capacidad reproductiva, y dado que dos peras, o dos manzanas, nunca dan lugar a más trabajadores precarios, nos fue asignada esa identidad. Los antiguos griegos no eran homosexuales. Intentar utilizar este término para describir sus prácticas y afectos es tan estúpido como erróneo. ¿Y mi identidad? ¿Y mis prácticas y afectos? ¿Verdaderamente iba a permitir que juristas y clínicos de hace más de 300 años les pusieran un nombre adscrito a mi capacidad reproductiva?

Sintiéndome traicionado, empecé a buscarme de nuevo y comencé mis andaduras en el activismo LGTB. En esos lugares descubrí que el vestido de Gay sí que me entraba, porque ésta etiqueta es política y subversiva, producida por mujeres trans, putas, chaperos, travestis y minorías étnicas en Estados Unidos. Todas ellas, conmigo, unidas y en formación de ataque. Gay y homosexual no son sinónimos de la misma forma que “Discapacidad” y “Diversidad funcional” no expresan palabras, sino conceptos antagónicos. Uno, médico-jurídico; otro, subversivo y empoderante. Pero gay es una palabra tan bella como desvirtuada. Atrás ha quedado la guerra de Stonewall, o Sylvia Rivera o Marsha P. Johnson, o tantas otras locas anónimas que fueron encarceladas, torturadas y violadas. Ahora hay gays sentados en congresos y oficinas, gobernando sobre los úteros de las mujeres y mandando tropas a Siria. Funcionarios homosexuales que nos hacen creer que el matrimonio igualitario es el último lugar de nuestro activismo, y que en un insultante ejercicio de cinismo, invitan a sus bodas a los mismos compañeros de partido que votaron en contra de que ejercieran ese derecho. No. Este traje no puede ser el mío.

Recuerdo ahora una de mis primeras excursiones al ambiente. Aún menor, rezumante de feromonas, acabé hablando con un chico en la barra de un bar. Tras intercambiar teléfonos y un par de besos cómplices, se levantó y descubrí sendos tacones en sus pies. Me sentí humillado. “Me gustan los hombres”, me repetí a mí mismo durante todo el viaje de vuelta. Al llegar a casa, me escribió. Nunca llegué a contestarle.

Dice el funcionariado homosexual que la normalización es la meta. Y lo dice no solo con su discurso, sino con sus prácticas, afectos e identidades. “No me gustan las locas” o “Gente masculina y normal” son dos mantras que religiosamente se recitan en chats, aplicaciones de citas o barras de bar. Sexualidades basadas en la genitalidad que intentan implantar en el culo del pasivo una vagina disfuncional, y en su cuerpo, un amago de mujer. La normalización de la identidad homosexual en este sistema pasa necesariamente por replicar roles heteropatriarcales, con la particularidad que la transfobia estructural y la misoginia genera. La masculinidad es una vez más la identidad válida y legítima, mientras que la feminidad, la mariconada, ya no es sólo expresión de sumisión; es también, y sobre todo, artificio.

Es ahora, perdide entre estos desvaríos transfeministas, cuando me reencuentro con esa figura del loco y vuelvo, feliz, a la marginalidad que nos parió a todas. Después de matar al homosexual y llorar sobre la tumba del gay normalizado, me supe Marica. Y en este nuevo disfraz, os grito a todas: ¡QUE VIVA LA LOCA!

Asier Santamari(c)a y Adrián Pinilla son impulsores de Intifada Marika