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martes, 7 de junio de 2016

#hemeroteca #mujeres #fotografia | El sorprendente caso de Vivian Maier, la niñera fotógrafa

Imagen: El País / Autorretrato de Vivian Maier
El sorprendente caso de Vivian Maier, la niñera fotógrafa.
Colectania expone las obras de la ‘tata', convertida en un fenómeno viral tras su muerte.
Roberta Bosco | El País, 2016-06-07
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/06/07/catalunya/1465252519_137016.html

Cuando murió en una residencia para indigentes de Chicago, Vivian Maier no se imaginaba ni de lejos que en los años siguientes se convertiría en un fenómeno viral, capaz de mover masas dispuestas a guardar largas colas para acceder a sus muestras. De ser una completa desconocida, en cinco años Vivian Maier (Nueva York, 1926-Chicago, 2009), fotógrafa amateur y niñera de profesión, pasó a codearse con los grandes. Se la compara con Diane Arbus y Lee Friedlander y pese a las altas cotizaciones, las copias modernas de sus obras se venden a tal ritmo que muchas ya están agotadas.

Ahora el fenómeno llega a España, de la mano de la Fundación Foto Colectania de Barcelona, que exhibe 79 fotos y 9 películas reunidas en la muestra ‘Vivian Maier. In her own hands’, abierta hasta el 10 de septiembre. “Una gran parte del material no sólo es inédito sino que se ha revelado por primera vez, ni siquiera la propia Maier lo había visto. Era una niñera y pese a que en la casa donde sirvió 17 años había montado un cuarto oscuro en el baño, su posibilidad económica era reducida de modo que sólo hay 5.000 fotografías reveladas de los 120.000 negativos que componen su archivo”, indica Anne Morin, comisaria de la exposición que proseguirá por Italia y Canadá.

“He fotografiado los momentos de vuestras eternidad para que no se perdieran”, escribe Maier a los niños ya crecidos de la familia Ginsburg. Sin embargo, sólo el destino, bajo la semblanza del historiador John Maloof, salvó estos momentos del olvido para entregarlos a la historia del arte. “Era mayor y sin recursos, habría podido destruir su archivo, pero lo guardó en un almacén y cuando ya no pudo pagarlo sus pertenencias se vendieron en una subasta”, explica Pepe Font de Mora, director de Colectania. Así fue como en 2007, Maloof, que buscaba fotos de época para su libro sobre Chicago, compró por 380 dólares la caja de negativos, que hoy se considera una de las colecciones de ‘street photography’ más importantes del siglo XX. “Maloof no la aprovechó enseguida y a los dos años empezó a colgar alguna foto en Internet y a vender piezas suelta por eBay, hasta que el fotógrafo y cineasta Allan Sekula las vio y le avisó de que estaba a punto de desperdigar un patrimonio”, dice Morin.

Como todos los grandes fotógrafos, Maier tenía una mirada especial, capaz de poner en valor imágenes banales y personajes cotidianos. Los panoramas urbanos de Nueva York y Chicago se alternan con las imágenes de sus niños y de la vida diaria que captura con su Rolleiflex. Al pertenecer al silencioso y anónimo ejercito de sirvientes, su presencia invisible le permite franquear el perímetro de cortesía para captar primerísimos planos de señoras burguesas y célebres actores como Kirk Douglas o Audrey Hepburn. Hay muchos autorretratos de su imagen en espejos y vitrinas, que a menudo son utilizados conscientemente para realizar atrevidos juegos de sombras y reflejos. Se la ve mucho más alta y fuerte de la media con una mirada atenta y penetrante, la sonrisa esquiva y el cuerpo oculto tras estrictos uniformes y abrigos amorfos.

“Era una mujer atrevida y peculiar. Cuando recibió una pequeña herencia, tomó un año sabático y se la gastó toda en un viaje alrededor del mundo. Tuvo una vida muy dura. Sus padres se divorciaron siendo pequeña y nunca tuvo la oportunidad de formar una familia y tener sus propios hijos. La fotografía era su manera de relacionarse con los demás pero nunca intentó dar a conocer su obra y nadie ni sus más allegados conocieron su talento”, apunta Morin, recordando que era muy culta y conocía a los grandes fotógrafos de su época, lo cual no le impidió terminar en la pobreza más absoluta. Hija de una familia de emigrantes, pese a ser autodidacta, Maier desarrolló muy rápidamente su vocabulario. Antes de disparar con la Rolleiflex o la Leica, que usaba para las fotos en color, a menudo utilizaba las cámaras Súper 8 y 16 mm para grabar una escena hasta identificar una determinada imagen. “Sus películas nos enseñan como se desplazaba su mirada”, concluye Morin.

Pleitos y conspiraciones
El salto a la fama de Vivian Maier fue tan repentino que dio origen a toda clase de especulaciones. Hubo incluso una teoría de la conspiración, según la cual no había existido nunca y era fruto de una hábil operación de marketing. Lo que si existe es un pleito contra John Maloof, único propietario de un patrimonio de 120.000 negativos, que impresos alcanzan cotizaciones entre los 2.500 y los 5.000 dólares por cada uno de los 14 ejemplares de las ediciones modernas. Luego están las copias vintage, que suben mucho más.

El pleito ha sido interpuesto por el abogado y ex fotógrafo David C. Deal, que habría identificado a un pariente de Maier más directo del que encontró Mallof y con el que llegó a un acuerdo. Debido a las complicaciones de las leyes federales estadounidenses sobre el derecho de autor, la cuestión sigue alargándose desde finales de 2014, sin que Maloof y los demás coleccionistas y galeristas, como la Bulger Gallery de Toronto, hayan visto esclarecida su situación. En una entrevista al New York Times, Maloof aseguró haberse ocupado del legado de Maier de forma éticamente correcta y haber empezado a ganar sólo varios años después de haber gastado mucho dinero para promover su obra y preservar su memoria.

#hemeroteca #mujeres #fotografia | Vivian Maier: El secreto de la niñera fotógrafa

Imagen: La Vanguardia / Audrey Hepburn, fotografiada por Vivian Maier
Vivian Maier: El secreto de la niñera fotógrafa.
Murió pobre y sola, pero su obra, descubierta por azar, se ha convertido en fenómeno viral.
Teresa Sesé | La Vanguardia, 2016-06-07
http://www.lavanguardia.com/cultura/20160607/402329598976/el-secreto-de-la-ninera-fotografa.html

La de Vivian Maier (1926-2009) es una historia tan extraordinaria que parece surgida de la imaginación desbocada de un guionista excéntrico y misterioso que se dejó muchas páginas en blanco. Niñera durante cuarenta años en Chicago, cuando murió, en el 2009, sola y terriblemente pobre, nadie podía ni siquiera sospechar que aquella extravagante anciana que dormitaba en los bancos de los parques y se alimentaba a base de conservas en lata era en realidad una de las grandes fotógrafas americanas del siglo XX, cuyas obras resisten bien la comparación con las de figuras como Diane Arbus, Helen Levitt, Robert Frank o Garry Winogrand.

Celosa y reservada de su privacidad, casi nunca desvelaba su nombre real y utilizó decenas de variaciones del mismo, y mucho menos hablaba de su obsesiva y secreta pasión por la fotografía, que le llevó a reunir un extraordinario conjunto de 120.000 negativos, muchos de ellos sin revelar, que nadie más que ella había visto. Un tesoro escondido que nunca habría sido descubierto de no ser porque, en el 2007, un joven investigador, John Maloof, que buscaba imágenes del Chicago de los años 60, adquirió en una subasta una caja llena de negativos por 400 dólares. Habían llegado hasta allí directamente del desván donde Vivian Maier los había abandonado en los 90 cuando, ya jubilada y sin recursos, se vio obligada a vivir en la calle; fue el propietario quien se deshizo de ellos. A Maloof aquel hallazgo le cambió la vida (las copias de sus imágenes alcanzan los 5.000 dólares en galerías); a su autora no, murió dos años después creyendo que llevaba con ella el secreto a la tumba... Era todo lo que tenía.

¿Cómo habría vivido ella, que escogió la discreción, convertirse en un fenómeno viral? ¿Realmente habría querido que su obra y, con ella, su intimidad salieran a la luz? “Es cierto que ella las guardó para sí, nunca las mostró, pero una cosa es ocultar la obra y otra destruirla. Y ella decidió conservarla, como si hubiera querido dejar una puerta abierta”, señala Anne Morin, comisaria de Vivian Maier. In her own hands, una igualmente extraordinaria exposición en FotoColectania en la que, una tras otra, las más de ochenta fotografías allí reunidas proporcionan el inmenso placer de mirar la vida en las calles a través de su mirada moderna y singular, cargada de talento e intención, siempre al acecho de los estados de ánimo y las expresiones humanas que encuentra casi siempre en quienes, como ella, campan en los márgenes: afro­americanos, niños, ancianos, pobres... Ella misma autorretratándose como un ser extraño detrás de un espejo, reducida a una huella en la gigantesca sombra que se extiende en el suelo (era muy alta, medía 1,80) o en el reflejo de un charco de agua.

En los últimos años se han sucedido en todo el mundo las exposiciones, las ediciones de libros e incluso se realizó un documental, 'Finding Vivian Maier' (John Maloof y Charlie Siskel), nominado al Oscar 2014, que han acrecentado su mito sin conseguir desvelar los misterios que lo alimentan. Hija de padre checo y madre francesa, nació en Nueva York en una familia castigada por la violencia y el alcohol, pero pasó parte de su infancia en una pequeña población de los Alpes franceses, adonde volvería en 1960 como colofón de una solitaria vuelta al mundo (de China a Egipto, pasando por buena parte de Europa) en la que dilapidó la herencia que le acababa de dejar una tía suya. Lo cual dice mucho de su audacia, su curiosidad y lo que le movía. Anne Morin cree que su descubrimiento de la fotografía debió tener lugar en la casa del Bronx de Jeanne Bertrand, artista y fotógrafa, donde trabajaba su madre como niñera. Maier estaba al tanto de la fotografía que se hacía en el momento (visitaba exposiciones y entre las cajas de negativos se encontraban pilas y pilas de perió­dicos y revistas que fue acumulando compulsivamente), “pero ella formaba parte del servicio doméstico y por lo tanto estaba condenada a la invisibilidad y el anonimato. Se buscaba a sí misma a través de la fotografía, pero tenía interiorizado que cualquier otra identidad le habría sido negada”.

Con la cámara colgada al cuello, Maier aprovecha sus paseos con los niños a los que cuida para deambular por las calles con la actitud de una flâneuse. Uno de aquellos niños sería el que décadas después la rescataría de su condición de sintecho y, junto a sus dos hermanos, le pagó un pequeño apartamento hasta su muerte. La nueva vida de Vivian Maier pende ahora de los hilos que maneja John Maloof, su descubridor (en realidad fue Allan Sekula quien le advirtió lo que tenía entre manos al ver las imágenes que vendía a través de internet), custodio y en cierto modo propietario de su obra y de los derechos de autor que se derivan de la misma. Él es quien le está dando una identidad, quien decide qué y cómo se expone, también qué se revela y con qué encuadre, y así construye su obra, ya que su autora, probablemente por falta de dinero, dejó pocas copias impresas.

lunes, 30 de mayo de 2016

#hemeroteca #mujeres #fotografia | Vivian Maier, la niñera que hizo las mejores fotos de Nueva York

Imagen: El Diario / Vivian Maier
Vivian Maier, la niñera que hizo las mejores fotos de Nueva York.
La Mary Poppins oscura que conquistó al mundo con su colección póstuma de fotografías regresa a Madrid en una exposición de la Fundación Canal. Maier murió sola y sumida en la pobreza, sin sospechar que el valor de su obra se pagaría hoy con una larga hilera de ceros.
Mónica Zas Marcos | El Diario, 2016-05-30
http://www.eldiario.es/cultura/arte/Vivian-Maier-nanny-fotos-nueva_york_0_521448035.html

Decía Virginia Woolf que el crepitar de la olla en la lumbre o el llanto desesperado de un bebé son distracciones domésticas que impiden que una mujer desarrolle su talento. Por eso exigía un cuarto propio dentro del hogar. También fue lo primero que pidió Vivian Maier en la casa donde trabajó como niñera durante más de dos décadas. Detrás de esas cuatro paredes se podía haber gestado una figura tan importante como Diane Arbus o Garry Winogrand, pero Vivian decidió esconder los negativos de sus fotografías en montones de archivadores amarillos.

Y así se mantuvieron hasta 2007, cuando John Maloof descubrió toda su obra confinada entre recortes de periódicos y demás detritus de una subasta de poca monta. Este maniático de los muladares encontró un filón entre los coleccionistas de Internet y revendió los archivos con demasiada ligereza. Un descuido que llamó la atención de grandes galerías y de los críticos de fotografía del New York Times. Los expertos reconocieron que Vivian Maier era la mejor cronista del Chicago de mitad de siglo, tanto de los suburbios como de los distritos opulentos. Pero necesitaban algo más que su firma al pie de unas cuantas fotos para construir el mito.

Dos años después, un obituario local haría saltar la liebre y pondría un paradójico fin a su ostracismo mediático. Maloof tiró del hilo de la esquela, contactó con las familias que convivieron con ella y llevó su vida a la pantalla en ‘Descubriendo a Vivian Maier’. Lo curioso del documental es que ninguno de sus patrones conocía el talento que dormía bajo su techo y preparaba el desayuno de sus hijos. "Era solo una niñera, ¡por el amor de dios!", se repiten confusos. La propia Maier murió sola e indigente en 2009, sin sospechar que el valor de su obra se pagaría hoy con una larga hilera de ceros.

La recuperación de su legado ha servido también para alimentar varias teorías sobre su contradictoria personalidad. En el documental de John Maloof, los niños -ya crecidos- admiten que su frialdad podía rozar la indiferencia e incluso la crueldad. "Pero siempre será nuestra 'nanny'". Aunque no conocían su pasión secreta, recuerdan que Maier daba largos paseos por los arrabales de Chicago con su cámara Rolleiflex colgando del cuello. La niñera capturaba momentos fugaces con su lente doble y los convertía en pura vida en blanco y negro.

Lágrimas brotando de una cara sucia y regordeta, bellas mujeres entrando en limusinas, tenderos montando los escaparates de la ciudad, borrachos tirados en las aceras, taquillas de cine o callejones sin salida. Nuestra amateur observaba cada detalle con elegancia y disparaba su dedo a la velocidad del viejo Oeste.

Salvo estas hiperrealistas instantáneas, el resto de su existencia es un pozo negro de dudas. Nunca daba su verdadero nombre en los comercios de Nueva York ni de Chicago, y le gustaba fingir un acento francés -heredado de su madre- aunque era más neoyorquina que los Roosevelt. También recuerdan que su estilo era tan invariable como la cámara que siempre le caía a la altura de las caderas. "Vestía como los trabajadores de una fábrica soviética de los años cincuenta", dicen en el documental sobre sus anchas gabardinas, camisas de hombre y un sombrero de ala caída.

El castigo de la niñera
Algunos piensan que esa estética masculina era una forma de protestar en silencio contra una sociedad sexista que menospreciaba su profesión. El cuidado doméstico siempre estuvo ligado a ciertas mujeres de clase media que se condenaban sin remedio a una vida monástica. En el mejor de los casos se convertían en parte de la familia; en el peor, eran sustituidas. "Maier representa la quintaesencia de una figura de la ficción victoriana, la ‘nanny’, la gobernanta; es decir, una ‘outsider’ a la que se le permite desarrollar un solo don: la capacidad de observación", escribía un crítico. Y por eso, tanto la fotógrafa como la niñera representan esa dicotomía -entre la invisibilidad y omnipresencia- que nos convierte en ‘voyeurs’ de sus espontáneos modelos.

La mayoría de los entrevistados lamentan que Vivian Maier no abandonase la mediocridad para convertirse en una fotógrafa de éxito. El director asegura, sin embargo, que esta vida reservada le permitía ‘estar’ con la gente pero no ‘formar’ parte de ella. Y eso le encantaba. Llenaba sus armarios de cintas magnetofónicas, películas en Super 8, tubos llenos de dientes de leche y recortes de periódicos con los crímenes más sangrientos. Sus antiguos jefes cuentan que estaba obsesionada con la prensa amarilla. En una de sus películas, Maier se trasladó en persona a la escena del asesinato de una madre y su hijo y recorrió los rastros de sangre de esta familia destrozada.

Aunque los niños reconocen que tenía sus momentos de travesura y generosidad, había en ella un halo de oscura depresión. "Tenemos que dejar sitio a los demás. Esto es una rueda en la que te subes y llegas al final. Alguien más tendrá tu misma oportunidad y ocupará tu lugar. Nada nuevo bajo el sol", grabó en una de sus cintas.

Sus imágenes también revelan una fascinación por el deterioro de las ciudades y los estragos de la pobreza. Maloof cuenta en la película que Maier tenía un marcado carácter socialista y feminista. Un rasgo que pronto utilizaron las malas lenguas para especular sobre su presunta homosexualidad. Exponen que su pasión era, en realidad, producto del amor que le profesaba a la pionera de la fotografía Jeanne J. Bertrand, con la que su madre vivió después de que su marido las abandonase.

Los retratos rotos
Igualmente, se ha conspirado mucho con la frontalidad rota de sus autorretratos. Siempre se interponen espejos poliédricos, fragmentos de vidrio, sombras en el suelo o perspectivas imposibles de sí misma. El objetivo de la cámara sería un escudo muy conveniente para quien "solo se llevaba bien con los niños". Tanto es así, que agotó sus días en un apartamento que le pagaron tres de ellos por caridad, cuando ya no le quedaba ni un centavo para malvivir. El triste final de una Mary Poppins llena de secretos escondidos con recelo entre sus negativos y carpetas amarillas. Porque cada vez que alguien compra un Vivian Maier se hace con un pedazo de su vida, no de su trabajo.

Su fantástico legado ha viajado por las mejores salas del mundo y ahora podemos volver a disfrutarlo en la Fundación Canal de Madrid, desde el 9 de junio hasta el 16 de agosto.