Mostrando entradas con la etiqueta Elvira Lindo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Elvira Lindo. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de abril de 2023

#hemeroteca #vih #cine | Elvira Lindo y Daniela Fejerman: "Las mujeres que contrajeron el VIH en los 80 han sido invisibilizadas durante años"

Noticias de Navarra / Daniela Fejerman y Elvira Lindo //

Elvira Lindo y Daniela Fejerman · Directoras de 'Alguien que cuide de mí': "Las mujeres que contrajeron el VIH en los 80 han sido invisibilizadas durante años"

'Alguien que cuide de mí’ es el debut en la dirección de cine de la escritora Elvira Lindo, que comparte responsabilidad con Daniela Fejerman. La película, rodada en parte en Pamplona, ya está en salas.
Ana Oliveira Lizarribar | Noticias de Navarra, 2023-04-30
https://www.noticiasdenavarra.com/cultura/2023/04/30/mujeres-contrajeron-vih-80-han-6744090.html

Tres generaciones de mujeres de la misma familia. Abuela, hija, nieta. Las tres actrices de distinta época y estilo. Las tres con dificultades para relacionarse entre sí. Comparten reproches, secretos, dolores... Y también amor, aunque a veces no lo parezca. Magüi Mira, Emma Suárez y Aura Garrido dan vida a estas tres mujeres que protagonizan ‘Alguien que cuide de mí’, en la que también podemos ver a Pedro Mari Sánchez, Víctor Clavijo y Francesc Garrido como tres personajes cruciales en la historia.

La música de esta cinta producida por Tornasol corre a cargo de la pamplonesa Paula Olaz, que también acaba de estrenar ‘Las buenas compañías’, de Silvia Munt. Asimismo, en pantalla aparecen varias actrices y actores navarras/os, además de localizaciones como el Teatro Gayarre y la Escuela Navarra de Teatro, entre otras.

Ha participado en varias películas como guionista e incluso ha aparecido como actriz en algunos títulos, ¿por qué Elvira Lindo decide dar el paso y dirigir en este momento?

Elvira Lindo: –Ha sido particularmente por esta historia. No es que haya decidido dar un paso, es más, a lo mejor este paso después no conlleva otro. Esta era una historia especial para mí y el hecho de que Daniela y yo colaboráramos tan estrechamente en el guión hizo que igual que yo le propuse a ella que dirigiera la película, ella me propuso que la codirigiera. Pasó así, de una manera natural. Esto no va a cambiar mi vida.

¿No va a iniciar una etapa como directora?

E: –No, no. Sinceramente, creo que estas cosas hay que empezarlas más joven (ríe). Hay veces que tienes proyectos puntuales como este y te involucras, nada más.

¿Cómo ha sido la experiencia, qué es lo que más le ha sorprendido, gustado o disgustado? ¿Las repeticiones, las esperas...?

E: –Eso ya lo sabía. Había estado en suficientes rodajes como para conocer lo de las esperas, las repeticiones, la necesidad de trabajar la paciencia... Quizá sí me ha sorprendido mi capacidad de resistencia, de estar ahí trabajando tanto tiempo tan intensamente. Los horarios, el trabajo físico, tomar tantas decisiones, el trabajo colectivo de más de 50 personas coordinadas en todo momento... Creo que hay que tener mucho temple para no perder los nervios y para saber elegir en un momento dado.

¿Qué opina Daniela? ¿La clave para dirigir es tener mano izquierda, es decir, comunicar de una determinada manera?

Daniela Fejerman: –Creo que la clave está en comunicar de manera clara al principio qué historia estamos contando. Porque cuando todo el mundo lo sabe, cada equipo empieza a trabajar creativamente y a dar lo mejor. Y tengo que decir que lo del temple está bien, pero es propio de un estilo de dirección, que es el nuestro, porque luego hay directores que hacen todo lo contrario y su estilo es más autoritario.

¿Cómo ha sido la experiencia de dirigir ‘a dos cabezas’?

E: –Diría que muy natural y con la capacidad para entender, si había que tomar una decisión, quién tomaba la correcta o la que venía mejor. Cuando no tienes un ego patológico que te impide ver que lo que se le ocurre al de al lado es mejor que lo que se te ocurre a ti, es fácil ir en la misma dirección. A mí me parece que ha sido así...

D: –Totalmente.

Este es un proyecto de mujeres, con dos directoras, dos guionistas, tres actrices protagonistas...

E: –Y la autora de la música, del vestuario, la script...

¿Eso se nota?

E: –No sabría cómo decirlo... Tal vez hasta ahora vivíamos una profesión que era muy, muy masculina y ahora se está abriendo a que participen las mujeres desde muy distintos ámbitos, tanto técnicos y creativos. Y está claro que el hecho de que seamos dos mujeres las autoras del guión y las directoras supone que aportamos un punto de vista que tiene algo que ver con nuestra condición, pero creo que una vez que estás metida en un proyecto tienes que colaborar con todo el mundo y ya está.

D: –Cierto. Una cosa es que nos parezca bien y defendamos que los oficios del cine dejen de estar tan masculinizados y entren compositoras, directoras de arte, de fotografía... y la presencia de las mujeres no se limite al vestuario, al maquillaje a la peluquería. Pero más allá de esto, lo que le da una mirada particular a esta historia es que haya una señora que decidió fijarse en un asunto del que no se había hablado, y es qué pasa con las mujeres que en los años 80 contrajeron el VIH.

¿Es ahí donde está la mirada femenina?

E: –Eso es. Como decimos, es justo que las mujeres entren en todos los oficios del cine, eso está claro, pero, en este caso, donde está el punto de vista femenino es en fijarte concretamente en una mujer que vivió intensamente los 80, que ha tenido que pagar las consecuencias de una vida disipada y que al cabo de los años descubre que tiene VIH. Y nosotras nos detenemos ahí porque estas mujeres han sido invisibilizadas durante años, ya que se atendió mucho más a lo que les ocurría a los hombres. Y sí que creo que esto tiene que ver con que somos dos mujeres las que hemos hecho este trabajo.

Es una historia que Elvira tenía escrita, pero no publicada. ¿Era un asunto pendiente?

E: –Siempre pensé en hacer algo sobre una mujer que había contraído el VIH. Yo empecé a trabajar en la radio a los 19 años y me acuerdo perfectamente que a los 20 escuché por primera vez una noticia sobre el virus. Creo que llegó de Estados Unidos y decían que la enfermedad afectaba sobre todo a los homosexuales. Luego se conocieron los primeros casos en España y con llegó ellos el estigma. Si tenías el VIH, o eras drogodependiente o eras gay. Entonces, se relacionaba con el sexo y el vicio y con ese tipo de vida en la que la gente se lanzaba a vivir las experiencias sin ninguna clase de protección. He conocido a gente que ha muerto y gente que ha sobrevivido, y las personas que probablemente no han contado lo que les pasaba por el estigma, la vergüenza son las mujeres.

En la película, Emma Suárez da vida a esta mujer que, además, está inmersa en una relación muy difícil con su madre (Magüi Mira) y con su hija (Aura Garrido). ¿Por qué decidieron que las tres fueran actrices?

D: –En el planteamiento de Elvira ya estaba no solo que fueran actrices, sino también que cada una perteneciera a una época diferente. La abuela había tenido su momento de gloria en el pasado y se siente satisfecha y sin cuentas pendientes en ese sentido. La hija, a la que da vida Emma, ejerció la profesión en unos años, los 80, en los que vivió su juventud a tope, rompiendo la tradición familiar del teatro burgués de repertorio. Ella era muy macarra, salvaje y cañera e hizo cabaret, apostó por los espectáculos provocadores. Y su hija decidió retomar la tradición, aunque con el baño de la modernidad, de manera que el personaje de Emma se queda algo descolgado y le cuesta encontrar su lugar.

E: –Y el hecho de que sean actrices quiere decir que son personas expuestas continuamente al juicio del público. Cualquier profesión creativa lo está, pero en el caso de las actrices esto es mucho más exagerado porque ponen su cuerpo para que las alaben, para que las juzguen o para que las critiquen. Y todo eso genera sus propias ilusiones, fracasos, neurosis y las convierte en interesantes como personajes.

D: –Si todas las mujeres decimos que nos volvemos invisibles a partir de determinada edad, imagínate en el caso de una actriz, que siente que rechazan su cara y su cuerpo.

A la hora de hacer el casting, seleccionaron a tres mujeres de tres generaciones con gran relevancia en sus respectivos momentos.

E: –Con ellas tardamos un poco más porque queríamos que de verdad representaran lo que queríamos mostrar. Magüi representa a esa mujer por un lado burguesa y por otro, excéntrica. Emma conoce perfectamente esa época de explosión de las libertades porque lleva trabajando desde los 15 años. Y en el caso de Aura encarna muy bien a ese tipo de actriz joven, muy solvente y con una preparación más completa. Dicho todo esto, no hay que olvidar que no aflorarían los conflictos que hay entre ellas de no ser por los tres hombres que hay en la historia.

¿Cuál es su peso en la historia?

E: –Tienen mucho peso. A Emma la conocemos porque conocemos al personaje de Pedro Mari Sánchez; a Aura, a través del de Víctor Clavijo, y Francesc Garrido también interviene en la historia de una manera decisiva.

D: –Curiosamente, su parte la escribimos pensando en estos actores en concreto. Y luego tuvimos algunas sorpresas. Por ejemplo, el papel de Pedro Mari Sánchez lo pensamos para él, pero no sabíamos que él había hecho ‘La Gaviota’ de jovencito, que es la obra que Francesc, Aura y Víctor están ensayando en el presente, ¡y tenía una grabación! En general metimos cosas que sabíamos de ellos, como que Víctor tocaba el piano...

E: –Pero no sabíamos que Aura lo tocaba, y resulta que tiene una formación clásica musical. La verdad es que nos hemos encontrado con actores y actrices con muchas capacidades y muy buenos. Y eso ha facilitado mucho las cosas, porque la historia tiene muchos diálogos, muy intensos y muy emocionales y no los podía hacer cualquiera.

¿Y qué me cuentan de la presencia del teatro en la película?


E: –Que el teatro fuera una manera de contar la personalidad y los conflictos de estos personajes era algo muy buscado. Y nos gustaba mucho rodar de esta forma tan pura donde lo que estás viendo es el interior de las personas. Estamos muy satisfechas con esta decisión.

La película llegó el pasado viernes, 28 de abril, a las salas. Es el momento en que sueltan la criatura y la ponen en manos del público. ¿Qué esperan y desean?


D: –Una de verdad lo que desea es que a los primeros que vayan a verla les guste, les emocione, les llegue al corazón, ría, llore y se vayan a casa con la historia dándole vueltas en la cabeza. Y que eso les lleve a hablar de ella. Porque lo que pasa ahora en el cine es que los tiempos de esta cosa tan bonita del boca a boca se han reducido muchísimo. Todo va muy rápido y si el primer fin de semana no va mucho público, fuera.

E: –Las películas se acaban viendo en plataformas, en la tele, pero esperamos que se viva la experiencia en una pantalla grande.

D: –Como espectadores, todos sabemos íntimamente que no es lo mismo ver una película en una sala que en una pantalla de televisión o de ordenador.

E: –¡O de teléfono!

D: –Cuántas veces habremos oído la frase ‘es que esto si yo lo veo en casa, igual no lo acabo’. Porque en casa no tienes la atención ni la concentración necesarias. Puedes parar, levantarte...

E: –Así que lo que esperamos es que tengamos en nuestros primeros espectadores a los prescriptores que lleven a otras personas a las salas de cine. De cualquier manera, las experiencias de tres pases multitudinarios con público que ya hemos tenido han sido muy enriquecedoras y satisfactorias.

D: –La posibilidad de hablar con el público es una experiencia especial y muy bonita.

Elvira, está a la vez con la promoción de su nueva novela, ‘En la boca del lobo’. ¿Cómo hace para compaginar ambas campañas?


–No lo sé (ríe). Desde luego, cuando me concentro en algo pongo toda mi atención ahí y no pienso en la otra. Lo más difícil es que estoy todo el rato con una maleta de aquí para allá. Y hay días en que no sé ni qué ponerme (ríe), me pregunto si habré metido el cepillo de dientes... Son cosas muy prosaicas, pero muy agotadoras, porque es estar como una viajante de tu propia obra.

En la novela también aborda la relación entre una madre y una hija.


–Sí, pero no tiene nada que ver con las relaciones que se ven en la película. Claro, si todo lo categorizamos como relaciones familiares, pues sí, pero es que es la misma vida de los seres humanos. Es como si habláramos de los animales y mencionáramos las camadas. La novela tiende a la fantasía para explicar la realidad y en la película tendemos al teatro, que es otro tipo de fantasía.

domingo, 14 de febrero de 2021

#hemeroteca #trans | Nacer en un cuerpo equivocado

Imagen: El País / Jan Morris

Nacer en un cuerpo equivocado.

Hace dos días un niño trans de once años en Pamplona fue agredido por un grupo de chavales que decidieron castigarle por su condición. Eso es lo que ha de importarnos.
Elvira Lindo | El País, 2021-02-14
https://elpais.com/opinion/2021-02-13/nacer-en-un-cuerpo-equivocado.html 

Hay muchas cosas que una cronista no sabe, pero que quiere aprender, a no ser que decida enrocarse en sus viejos principios como si fueran una tabla de salvación. Algunas de esas realidades que ignora la cronista están estrechamente ligadas a su edad porque su niñez se remonta a los años 60 y se educó en un país sin apenas inmigración en el que negros, latinos, indios o chinos se definían por el retrato jamás individualizado que hacían de ellos las películas americanas. Tampoco había más fervor que el católico, ni más condición que la heterosexual. Éramos un país uniforme. Una de las primeras sorpresas que nos saltaban a la vista cuando respirábamos el oxígeno de un país extranjero era la diversidad callejera; la segunda, la constatación al regresar a España de lo mucho que aquí nos parecíamos unos a otros, de la uniformidad social. Los cambios se han ido produciendo más deprisa de lo que los jóvenes alcanzan a ver porque ellos han crecido en una sociedad compleja, pero creo que la gente mayor reaccionó sin dramáticos aspavientos y con alegría a una realidad mutante. Llegaron la ley del divorcio, la del aborto, las que afectaban a la soberanía de las mujeres, la descriminalización de los homosexuales primero, la aceptación legal del matrimonio homosexual después, por último, la eutanasia. Todo en tan poco tiempo que cabe en la vida de esta cronista nacida en los 60. Pero la realidad sigue desafiándonos más allá de nuestras convicciones y nos exige una posición sincera e individual. Uno de los debates más enconados de estos tiempos está provocado por el proyecto de ley trans. Se diría que hay que escribir cubriendo con matices lo que se piensa. Lejos de mí esa intención. Dejando a un lado mi ignorancia generacional, he tratado de ponerme al día escuchando con amplitud de mente, sin prejuzgar a personas que han vivido un dolor para mí desconocido, a la escritora Jan Morris, por ejemplo, que narró magníficamente el dolor que desde niña le provocaba ser una mujer atrapada en un cuerpo equivocado: “No cambié de sexo —decía en una de sus últimas entrevistas—, realmente absorbí uno en el otro. Hay un debate ahora mismo sobre esto, pero nunca fue blanco o negro. Es una suerte de instinto. Casi una cuestión de espíritu”. Hace dos días, un niño trans de 11 años en Pamplona fue agredido por un grupo de chavales que decidieron castigarle por su condición. Eso es lo que ha de importarnos. Escuchar nos conduce a entender que no es un capricho, ni desde luego una patología, aunque necesita de comprensión en el seno familiar y social. ¿Contempla eso la ley o deja solo al niño y su familia con el peso de la decisión? Eso es lo que me pregunto. No acabo de comprender por qué quienes están en contra de esta ley ofrecen razones tan extraordinarias e improbables, como que alguien se cambie de sexo para ir a una cárcel de mujeres, para entrar en sus baños y violarlas o para cubrir cuotas femeninas de los consejos directivos. ¿De verdad conocen la triste realidad de estos seres humanos destinados a la marginalidad? ¿Alguien cree que las mujeres vamos a ver borrada nuestra condición por integrar a personas históricamente excluidas?

Hay algo que ha dificultado la comprensión de este asunto y quiero decirlo: el lenguaje académico. Los derechos humanos se defienden con el lenguaje del pueblo, comprensible, directo. De qué sirve engolfarse en una jerga destinada a un público universitario. Hemos de hablar para cualquier criatura que se encuentre a disgusto con el sexo con el que nació. El discurso ha de ser comprensible también para su padre, su madre, su entorno, sea este cual sea. Cuanto más oscura y antipática sea la defensa de estos derechos civiles menos efectividad tendrá. Es un porcentaje pequeño de la población que precisa que protejamos su vulnerabilidad, que los acompañemos en un camino tortuoso. De eso se trata.

domingo, 8 de marzo de 2020

#hemeroteca #violenciasexual | Matar a Woody Allen

Imagen: El País / Woody Allen (i) en San Sebastián
Matar a Woody Allen.
Hoy la furia es la expresión con más prestigio de todo el catálogo de sentimientos.
Elvira Lindo | El País, 2020-03-08
https://elpais.com/elpais/2020/03/07/opinion/1583599094_417298.html

Un amigo que anda escribiendo sobre lo distópico desde antes de que ese adjetivo se colara en el lenguaje común me confesó esta semana que siente como que esa distopía que ocupaba sus horas de estudio le ha alcanzado. Lo comparto. La sensación de que en este momento es el futuro el que nos pisa los talones y nos obliga a andar con la lengua fuera, huyendo de todos aquellos temores que nos inculcaron desde Orwell hasta el terrorista antitecnológico Unabomber. Apareces en televisión, por poner un ejemplo, hablando de una novela y los realizadores tienen a bien colocarte de fondo de pantalla el ya familiar dibujito del coronavirus, con lo cual toda tu historia y la de tus personajes se ve infectada por esa enfermedad distópica que nos obliga a saludarnos con el codo, realizar programas sin público y a que cada redactor lleve en el bolsillo su propio capuchón del micrófono. También a considerar estúpido hacer planes para las vacaciones de Semana Santa, que ya están aquí. Hay un sentimiento de alarma, que los medios alimentan, y en este 8 de marzo, en vez de preguntarnos por los logros, retrocesos o anhelos pendientes de las mujeres, hurgamos en las guerrillas existentes dentro del movimiento, reduciéndolo todo a si estamos de acuerdo en un eslogan más o menos afortunado o a si permitimos que los trans compartan una pancarta feminista. Y tú te niegas a definirte en 30 segundos. No por cobardía, sino porque hay matices en cada postura que puedes comprender, y a su vez experimentas la necesidad imperiosa de un debate sereno. Pero el ambiente no ayuda. Hoy la furia es la expresión con más prestigio de todo el catálogo de sentimientos. Si lo que se defiende no se expresa con furia aparece como desinflado, fofo. Es una especie de virus del comportamiento tan contagioso como el de Wuhan.

Infectados por esa enfermedad social de la furia, los empleados americanos de la editorial Hachette salieron a la calle para protestar por la publicación de las memorias de Woody Allen, ‘A Propos of Nothing’. Parece no importar que la justicia haya desestimado dos veces la culpabilidad del director en los abusos que le achaca su hija. No basta con que actores y actrices hayan renegado públicamente de él cuando hasta antes de ayer se rendían babosamente a sus pies; no resulta suficiente castigo el que ya no se estrenen las películas en su país, o que se haya convertido en un apestado social en esa ciudad que en parte inventó. Hay que matarlo. Se trata de la ‘damnatio memoriae’ que se practicaba en la Antigua Roma con los considerados enemigos del Estado, aunque allí, al menos, se esperaba a que el condenado falleciera para borrar todo aquello que lo recordara.

Horas después de que Hachette anunciara la publicación del libro, el hijo herido, Ronan Farrow, comenzó su campaña destructiva en Twitter amenazando a los editores con retirar su propio libro, ‘Catch and Kill’, que narra su esforzada investigación para sacar a la luz los abusos del mafioso Weinstein. Nadie le niega la impecable y tozuda labor de desenmascaramiento que realizó con el gran pope de cine, pero se le adivina, en esa furia sin tregua que se desata en él en cuanto advierte que alguien le abre una puerta a su progenitor, una insólita dureza de corazón, un rencor turbio, una negación del otro como ser humano tan obsesiva que acaba inhabilitándole como juez de esta historia.

La editorial se ha rendido y no publicará las memorias. Colaboran, pues, en borrar las huellas de Allen de su país como se desinfecta un virus muy contagioso. Y no sé quién puede alzarse con esta dudosa victoria, si Mia Farrow, la hija que lo acusa, el hijo herido o cierto feminismo hollywoodiense, que compatibiliza el ‘brilli brilli’ con una falta de compasión implacable. Hay tantas razones hoy para estar asustada, tantas, que destinar la furia a matar a Woody Allen es un síntoma distópico en sí.

sábado, 10 de marzo de 2018

#hemeroteca #feminismo | Hombres enfurruñados

Imagen: El País / Manifestación del 8M en Madrid
Hombres enfurruñados.
Cada mujer acudió a la manifestación con su propio manifiesto en la cabeza.
Elvira Lindo | El País, 2018-03-10
https://elpais.com/cultura/2018/03/10/actualidad/1520700484_402565.html

Cuando ya me encontré con el tráfico cortado en la calle Alcalá camino del punto de encuentro con mis compañeras sentí una profunda alegría. Sí, alegría. Se me aceleraba el corazón al ver a grupos de señoras mayores tomadas del brazo, como así paseaban cuando eran muchachas y tomaban la anchura de la acera; chicas coreando eslóganes llenos de furia y descaro, madres con criaturas a las que tendrían que tomar en brazos a la media hora. Esa visión completa de las edades de la vida te hacía pensar en nuestras madres, que nacieron con el destino escrito; en nuestras contemporáneas, que hemos sido en gran parte luchadoras solitarias, fuertes pero también forzosamente contemporizadoras para poder sobrevivir, y en estas chicas que han decidido acelerar el paso, porque tienen prisa y tienen razón, y nos han obligado a las demás a andar más rápido.

Era tal la sensación de revolución pacífica que se palpaba en el ambiente que me entretuve en pensar cuáles son las razones por las que este movimiento está provocando tanta irritación en algunos hombres que insisten en argumentar, siempre por nuestro bien, por qué vamos por el camino equivocado; es enternecedor cómo se afanan en señalarnos el correcto. Llevan una temporadita de un ‘mansplaining’ tan desaforado que no puedo sino pensar que están aterrados por dejar de ser los gallos del corral. Jamás reconocerían que su pánico es a que se produzca un cambio que modifique su posición en el mundo, tal vez ni tan siquiera han contemplado la autocrítica, pero se intuye el miedo. Y debo reconocer que sus temores son fundados: se trata de arrebatar el poder a quien siente que tiene un derecho natural a monopolizarlo. Como leo y escucho a esos hombres, les presto atención e incluso hay alguno al que aprecio, expondré aquí aquellas afirmaciones que exhiben con mucha autoridad y contundencia pero que denotan una gran confusión:

—Sería absurdo que una jornada como la del 8 de marzo que se ha desarrollado en 170 países obligara a la fidelidad ciega a un manifiesto. Según observé, cada mujer acudió a la manifestación con su propio manifiesto en la cabeza, aún diría más, rumiando su historia íntima y personal, porque son muchas las maneras, de la más agresiva a la más tenue, en las que una mujer ha podido sentir el menosprecio a lo largo de su vida. Así que no os preocupéis por el tema manifiesto: llegadas a este punto nadie nos va a hacer pensar lo que no queremos.

—A los que afirman que fue una movilización pija porque en ella abundaban las mujeres profesionales. Qué hartazgo. Este razonamiento responde a la vieja idea de que en cuanto una mujer es profesional, tiene una carrera o ha ganado algo de dinero ya tiene que andar dando las gracias por no llevar un burka. Nuestra protesta, añaden ahora con retorcimiento, mostró una gran insolidaridad con las mujeres del mundo oprimido. En fin, se trata de dar un rodeo tramposo para mandarte callar.

—A los que dicen que por lo menos inspiraremos a las mujeres de los países árabes: esto es irrisorio y paternalista. Ellas tienen sus propios movimientos feministas liderados por mujeres valientes e intelectuales brillantes (lean el libro ‘El tiempo de las mujeres’, de Ángeles Espinosa).

—A los que para demostrar que tienen en alta consideración a las mujeres recuerdan solo a aquellas que pasaron a la historia por su excelencia. Gracias de corazón, pero los derechos son para las brillantes y para las que no saben leer. Por lo demás, exigir que una mujer sea excepcional para alcanzar un puesto suele ser algo habitual en hombres con una desproporcionada consideración de sí mismos.

—Y cómo olvidar a aquellos que por un lado critican a las mujeres que se manifiestan en Europa, y por otro, se indignan furiosamente con esos países en los que las mujeres no pueden manifestarse. Esto denota, valga la redundancia, tener la picha hecha un lío.

—¿No será que jode bastante que la mayor manifestación que se ha organizado en un país con crecientes problemas sociales haya sido liderada por mujeres?

—Esta misma semana, la Unión Europea alertaba de que la recuperación de la economía no estaba favoreciendo a los sectores más vulnerables: ¿sobre qué hombros creéis que recae fundamentalmente la falta de ayuda, asistencia, trabajo, guarderías, conciliación y desamparo? ¿Quiénes son las cuidadoras silenciosas?

—Estos días hemos visto a muchos hombres explicarnos qué es el feminismo: para enmendarnos la plana o para sobreactuarlo. Un poco de prudencia, por una vez, no vendría mal.

—También sé del miedo de algunos a ver amenazada su masculinidad. Esto merece una encuesta: ¿siente usted que desde que la causa feminista ha entrado en el debate público ha empeorado su vida sexual? ¿Se siente censurado o disminuido en la intimidad?

—Qué pena de aquellos que enfermos de prejuicios no supieron disfrutar de una jornada gloriosa.

Por unos días, el protagonismo cambió de sexo, y de verdad, queridos, qué mal lo habéis llevado algunos. Por mi parte, expreso un deseo: que no decaiga.

domingo, 21 de enero de 2018

#hemeroteca #abusossexuales | Traidora Atwood

Imagen: El País / Fotograma de 'El cuento de la criada'
Traidora Atwood.
La escritora canadiense no ha defendido el abuso, sino la presunción de inocencia.
Elvira Lindo | El País, 2018-01-21
https://elpais.com/cultura/2018/01/20/actualidad/1516476510_553928.html

Que una escritora que podría gozar de un momento dulce como Margaret Atwood salte a la arena y contradiga a algunas de sus fervientes admiradoras tiene mucho mérito. No sé si tiene razón, en estos tiempos nos faltan datos y matices, pero hay que reconocerle arrojo y honestidad. Atwood, la idolatrada autora de ‘El cuento de la criada’, trataba de explicar esta semana en un artículo del periódico canadiense ‘The Globe and Mail’, titulado 'Am I a Bad Feminist?', por qué había sido para ella una cuestión de principios firmar la carta pública en la que se reclamaba a la Universidad de British Columbia una investigación justa en relación a las acusaciones de abuso sexual que habían desembocado en la expulsión del escritor Steven Galloway, hasta el momento director del prestigioso máster de escritura creativa de dicho centro. Nuestro periódico glosó la columna de Atwood, pero yo recomendaría leerla entera, porque el asunto tiene tantos flecos que es casi imposible extraer una frase de un texto que cobra sentido si se lee de principio a fin.

En realidad, el artículo de la canadiense es una pieza más de una larga historia que da para una serie de misterio en la que solo hasta la tercera temporada se sabe si el acusado es culpable. El primer hecho asombroso fue que tanto el presunto autor del abuso como las víctimas firmaron un acuerdo de confidencialidad con la dirección universitaria y todo se ha movido desde entonces en un inquietante clima de secretismo. Tras meses de investigación, un juez afirmó no haber visto indicios de abuso sexual. Esta sentencia enfureció aún más a gente que se revolvió entonces contra aquellos firmantes que habían reclamado transparencia. Atwood dejaba claro que los escritores ni tan siquiera defendían la inocencia del acusado, sino la presunción de inocencia a la que cualquiera tiene derecho. La novelista ponía en duda esa inclinación popular de infausto recuerdo por la cual basta con ser acusado para convertirse en culpable. En este caso, la universidad se puso de lado de los que exigían la expulsión inmediata del docente aunque más tarde emitiera un tímido comunicado solidario.

Como resultado de tan embarullado asunto y de la torpeza de la institución tardará en saberse cómo actuó el señor Galloway con dos de sus alumnas. Porque en los muchos reportajes que ha dedicado al asunto la prensa estadounidense hay desde testigos que lo describen como un tipo arrogante y chulesco a otros en los que se perfila como una persona colaboradora y servicial. La controversia ha provocado tal convulsión en el mundo cultural canadiense que algunos de los primeros firmantes de aquella carta que exigía transparencia se han rendido y han retirado sus nombres, por miedo a ser tachados de cómplices del abuso; Atwood, como feminista, acusada de traidora a la causa. Ella se expresaba en estos términos: “Cuando la ideología se convierte en religión, cualquiera que no imita las actitudes extremistas es visto como un apóstata, un hereje o un traidor… Los escritores de ficción son particularmente sospechosos porque escriben de seres humanos y las personas somos moralmente ambiguas. El objetivo de la ideología es eliminar la ambigüedad”.

No se puede decir que la escritora, de 78 años, viva fuera del mundo, porque cuando al día siguiente tuvo lugar la esperable respuesta airada de algunos lectores, respondió en más de 30 ocasiones con un aplomo pedagógico envidiable. No defendía el abuso, repetía una y otra vez, sino la presunción de inocencia.

Esta historia que aún no ha tocado a su fin trajo a mi mente de nuevo, cómo no, ‘El cuento de la criada’. Como saben, está escrita en 1985 y tal y como ha explicado Atwood, en la creación de tan asfixiante universo confluyeron factores muy diversos: sus visitas a países comunistas del este de Europa, las noticias sobre la caída de la calidad del semen en Occidente y la radical oposición al porno de algunas corrientes feministas norteamericanas. Además del antiecologismo de la era Reagan.

Todo intervino en su creación, aunque por el especial momento que vivimos es lógico que haya imágenes que ahora nos parezcan inspiradas por el terror islámico, la era Trump, o que lo veamos como un alegato contra la gestación subrogada. Creo que la propia autora ha debido de sorprenderse al observar cómo las lectoras jóvenes han actualizado la lectura de su texto hasta convertirlo más que en una distopía, como suele definirse, en una certificación del presente. En mi opinión, no solo formada por la novela, sino por las palabras con las que la autora la prologa tantos años después, Atwood nos está hablando del totalitarismo, del silencio irrespirable que impone, de cómo la exigencia de la pureza acaba transformándose en terror, de cómo el miedo a ser señalado como pecador nos conduce a una delación que de momento nos salva y nos acoge en el bando de los elegidos. Prohibidos quedan el amor, el sexo y la sensualidad, que nada tienen que ver con el abuso de poder y el sometimiento. De eso hablaba Atwood y de no lanzar irreflexivamente contra la cabeza de un acusado la primera piedra.

viernes, 2 de junio de 2017

#hemeroteca #literatura #correccionpolitica | Pequeños pero no tontos

Imagen: El País / 'Manolito Gafotas', por Emilio Utberuaga
Pequeños pero no tontos.
La corrección política se antepone a la calidad literaria en las lecturas recomendadas en las aulas.
Sergio del Molino | El País, 2017-06-02
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/06/02/babelia/1496404972_208595.html

"Me interesa leer tu libro y mis padres se toman todo mal. Creen que tus consejos no son buenos. Aclaro que a mí me encantan, pero (ellos) no creen que sean ficción, creen que todo es real. Ayúdame”. Este es el mensaje de socorro de un lector recibido en el blog de la escritora María Frisa, que mantiene una vía de comunicación constante con su público. Para la autora, es la enésima prueba que demuestra la brecha que existe entre púberes y adolescentes lectores y padres y profesores empeñados en que lean.

Frente al mantra que atribuye una bondad intrínseca a la lectura (a cualquier lectura), se abren fosos que discriminan libros buenos y malos, apropiados o inapropiados, fáciles o difíciles. Todo el mundo está de acuerdo en que hay que fomentar el gusto por la literatura en las aulas. Cómo hacerlo y con qué lecturas, es otra cuestión. ¿Hasta dónde deben intervenir los profesores? ¿Qué libros deben poner los padres fuera del alcance de sus hijos, como si fueran medicamentos o lejía? ¿Cuál es el papel de las editoriales, como primeros filtros en la selección de lecturas? ¿Y la responsabilidad de los autores de infantil y juvenil? ¿Qué hacer cuando un joven pide ayuda al autor de un libro que considera humorístico pero que su padre considera veneno? Son cuestiones tan espinosas como importantes, pues implican censura, formación del gusto y libertad de expresión y de acceso a los contenidos en una sociedad que presume de libre. En definitiva, el tablero donde se juega el futuro de la literatura, la incubadora de la que saldrán los lectores de mañana.

Los programas de lectura en los centros educativos son una parte importantísima de este embrollo. En ellos, las editoriales, los autores, los docentes y los padres cohabitan en una simbiosis que condiciona la forma, el tono y los contenidos de los libros que llegan al mercado. “La independencia editorial prevalece, pero es interesante y deseable escuchar a la comunidad lectora. Nuestros lectores nos ayudan y orientan con sus comentarios y opiniones”, explica Inés Pons, responsable de promoción escolar del grupo Planeta. Se refiere a lo que en argot editorial se llama línea de prescripción, es decir, colecciones literarias diseñadas para su lectura en los centros educativos, que se venden como complemento a los libros de texto a un precio menor que las destinadas a las librerías. Aunque están en retroceso, ya que los centros no compran tantos lotes de libros como antes de la crisis, muchos sellos las mantienen y hay autores que escriben fundamentalmente para ellas, lo que suele conllevar un programa intensivo de charlas a los alumnos.

Un comercial visita los institutos a comienzo de cada curso y ofrece un catálogo de novedades: este era el modelo dominante hasta hace poco, pero, como apunta Rosa Luengo, directora de Edelvives, una de las editoriales más veteranas en texto y libro infantil y juvenil, “cada vez es más habitual encontrarnos con profesorado que no acota la lectura sino que introduce aquello que los jóvenes leen sin que nadie se lo proponga dentro de la escuela, sino que son libros que circulan de otra manera”.

Este sistema ha generado en parte una literatura a la carta, escrita a la medida de las preocupaciones pedagógicas, éticas y estéticas de docentes y, a veces, padres, algo que muchos autores no ven necesariamente mal: “He sido profesora antes que escritora y sé dónde estoy. Pero tampoco veo motivo de escándalo en ello: las personas nos autocensuramos constantemente. A mí no me cuesta nada cambiar la palabra gilipollas por imbécil, si la frase va a ser menos ofensiva para un lector”, explica Ana Alcolea, premio Cervantes Chico y autora de una docena de éxitos que circulan por los institutos de todo el país, como ‘El medallón perdido’ o ‘El secreto del galeón’.

“Las primeras colecciones de literatura infantil y juvenil que aparecieron en nuestro país lo hicieron por la necesidad que los centros tenían de fomentar la lectura en un panorama no muy rico”, apunta Rosa Luengo. Apareció entonces la graduación por edades y se puso el foco en la extensión, el lenguaje y los temas. Colecciones como El barco de vapor, vinculadas a SM y a otras editoriales (de origen religioso, la mayoría) especializadas en texto, marcaron el camino, pero siempre se cruzaron libros transgresores que rompían estos moldes y que se empastaban mucho mejor en el gusto de niños y jóvenes. Libros que, contra todo pronóstico, se abrían paso en las escuelas. Un caso paradigmático es el de 'Manolito Gafotas', de Elvira Lindo. Como recuerda la autora: “Los maestros comenzaron a recomendarlo enseguida. El éxito se debe en gran parte a ellos, que vieron cómo los niños se divertían en la hora de lectura y quisieron aprovechar ese tirón”.

El éxito internacional de la serie permitió a Lindo comprobar las diferencias entre los países que tenían un modelo desarrollado de lecturas escolares y los que, como España, aún estaban montándolo: “Cuando salió Manolito, en los 90 —cuenta Elvira Lindo—, España era un país más relajado, y por tanto, con más sentido del humor. Los padres y los maestros entendían que eran, ante todo, novelas humorísticas. Tuve más problemas en otros países, porque lo políticamente correcto y las consideraciones pedagógicas ya marcaban la literatura infantil. Yo siempre ponía a España como ejemplo de tolerancia. En algunos países europeos se hicieron algunos ajustes, pero en Estados Unidos la censura fue atroz. Censuraron hasta dibujos de Urberuaga”.

Lindo, que sigue yendo a los institutos a hablar de su personaje, cree que las cosas han cambiado mucho desde entonces: “Los autores están condicionados por el que dirán y el temor a un linchamiento. Las editoriales no quieren líos. Los profesores, al prescribir libros, tampoco. No hay nada más desagradable que ser acusado de vulnerar la inocencia infantil. Y a lo mejor acaba siendo hasta bueno: lo ideal será que el niño acuda a la librería y escoja un libro pensando que tiene entre las manos algo subversivo”.

Un panorama más apocalíptico dibuja Roberto del Hoyo, autor de veinte títulos muy leídos en centros de enseñanza catalanes y fundador de la asociación Autores y Autoras en Peligro de Extinción, que trata de agrupar a los profesionales de infantil y juvenil de Cataluña: “Las editoriales intervienen mucho en los libros de lectura. En alguna ocasión me he sentido mal después de ver un libro mío publicado con frases y dichos que jamás habría escrito y que incluso me provocan rechazo”. Para Del Hoyo, la connivencia entre editores, docentes y políticos ha sido nefasta: “Los libros de lectura son un libro de texto más porque la falta de formación de maestros y profesores hace que las mismas editoriales preparen fichas didácticas llenas de ejercicios. Los niños y los jóvenes ya no leen por placer, para aprender de la vida, para crecer como personas, sino para hacer un trabajo o un examen”.

Para Ricard Ruiz Garzón, premio Edebé 2017 por ‘La inmortal’, “es un difícil equilibrio que no todo el mundo lleva con la elegancia que debería”. Este autor cree que se busca “dirigir las lecturas de los alumnos de forma que no se conviertan en librepensadores o librelectores responsables”. Sin embargo, no todo es rígido ni hay una conspiración moralista, ya que “cada poco tiempo un libro que rompe con las reglas previas se abre camino en los centros y vuelve a rediseñarlo todo, y es mejor intentar ser ese libro que los que lo evitan hoy y lo copian mañana”.

Porque los alumnos también influyen. María Frisa, por ejemplo, confiesa que elige los temas de sus siguientes libros casi mediante plebiscito: “Pregunto en las charlas de qué quieren que escriba”. La serie 75 consejos, protagonizada por la niña Sara y ambientada en el mundo escolar, causa furor y, aunque nunca estuvo pensada para su lectura en las aulas, la petición de los alumnos y de profesores conscientes de su éxito, ha hecho de ella una lectura habitual en los programas de fomento. El año pasado, Frisa se vio envuelta en una polémica cuando un grupo de tuiteros la acusaron de promover el ‘bullying’ en uno de los volúmenes de la serie y exigieron su retirada del mercado. Pero, ya antes de que esto sucediera, la autora tuvo algún tropiezo: “Una directora de un instituto de Granada suspendió un encuentro con sus alumnos porque leyó el libro y consideró que era inadecuado, pero es muy raro que esto suceda”.

El llamado caso Frisa planteó de forma virulenta muchos de los problemas acerca de qué deben leer los niños y por qué, y abrió un debate sobre los límites del humor y la autocensura. El 8 de junio se publicará '75 consejos para sobrevivir a las redes sociales', donde la autora, psicóloga de profesión, no solo da su versión de lo sucedido, sino que adapta conceptos de psicología cognitiva para que los lectores se enfrenten al acoso en Internet. “Me autocensuro, evidentemente”, dice Frisa. “Intento rebajar el contenido irónico, claro que me ha afectado mucho todo, ya no escribo igual”.

Hay otra cuestión menos moral, pero igual de importante: ¿deben las lecturas juveniles rebajar su ambición literaria? Niveles de lectura, simbolismo, ironía, complejidad lingüística o de trama, ¿deben sacrificarse en el altar de la legibilidad? En otras palabras: ¿la literatura juvenil debe servirse predigerida? Algunos profesores lo niegan y creen que, en general, se infravalora la capacidad intelectual y la curiosidad de los alumnos: “Cierto es que su competencia lectoescritora no es la que tenían los alumnos en los 80, el mundo ha cambiado, pero son mucho más que lo que los planes de estudio o los libros de texto dibujan. Son capaces de morirse de risa con ‘Manolito Gafotas’ o ‘El pequeño Nicolás’ o el teatro de Alonso de Santos o Mendoza, igual que nosotros. Hay una falla enorme entre lo que son hoy en día los adolescentes y lo que se espera de ellos”, dice Natalia Cueto, profesora de secundaria y bachillerato en el IES Jovellanos de Gijón y tutora lingüística en la UNED.

Esta docente, experta en motivación y animación a la lectura en adolescentes, que imparte cursos sobre la materia en centros de formación del profesorado, rechaza las visiones apocalípticas y pone el foco en el esfuerzo que deben hacer los maestros por “ponerse a la altura” de los alumnos: “El objetivo del placer por la lectura debería presidir la selección y las metodologías, y más tarde incrementar de manera gradual su competencia lectoescritora. No se puede olvidar que viven rápido, hacen ocho cosas a la vez, están acostumbrados a la hiperestimulación y los juegos los adiestran en todo aquello que se aleja de las habilidades necesarias para disfrutar de un buen libro”.

También las editoriales, según Cueto, deberían cambiar la visión que tienen de los adolescentes: “Son capaces de leer poesía, un texto impecable de Muñoz Molina, un discurso de Richard Ford, ‘En lo alto para siempre’ de Wallace, ‘Velocidad de los jardines’ de Tizón, ‘Deseo de ser punk’ de Belén Gopegui o Paracaidistas de Chus Fernández. Las editoriales de juvenil son más Disney que Pixar: hay otra realidad y debería haber un esfuerzo. Entienden el símbolo, la imagen y hasta la epanadiplosis pero ha de trabajarse desde su mundo y en dirección ascendente”.

En la misma sintonía se sitúa Elvira Lindo: “No consideran que la infantil y juvenil sean literatura, no se tiene respeto al género. Siempre hay algo de condescendencia, es como si los escritores de juvenil tuvieran que escribir siguiendo las necesidades educativas que requiere cada edad. Es una pena, porque nosotros leímos lo que nos dio la gana, libros excelentes, malos o regulares, pero uno de nuestros primeros actos de soberanía fue decidir el libro que íbamos a leer. Esta intromisión continua en la vida íntima del niño me parece que no le ayuda a hacerse un adulto”.

Y no solo es una convicción propia de autores. Inés Pons, de Planeta, coincide en apariencia: “En España, al contrario que en otros países europeos, aún muchos profesores creen que la literatura juvenil es de menor categoría que la de adulto. Por eso, programan títulos clásicos que muchas veces reciben el rechazo de los alumnos por estar lejos de sus vivencias y sus expectativas”. Y un último matiz: “Creo que hay buena o mala literatura. Sí veo necesario el corte entre infantil y el resto por una cuestión de competencia idiomática y entorno cognoscitivo, pero a partir de ahí esto es la hamburguesa o el solomillo”, concluye Cueto.

  • Lecturas no obligatorias
  • Manolito Gafotas. Elvira Lindo. Seix Barral.
  • El medallón perdido. Ana Aldecoa. Anaya.
  • La lea i el cargol. Roberto del Hoyo. Baula.
  • La inmortal. Ricard Ruiz Garzón. Edebé.
  • 75 consejos para sobrevivir a las redes sociales. María Frisa. Alfaguara.
  • Deseo de ser punk. Belén Gopegui. Anagrama / Punto de Lectura.
  • Paracaidistas. Chus Fernández. Trea.
  • Velocidad de los jardines. Eloy Tizón. Páginas de Espuma.
  • Debería caérsete la cara de vergüenza. Sergi Pàmies. Anagrama.

viernes, 14 de abril de 2017

#hemeroteca #cofradias | Por los clavos de Cristo

Imagen: El País / Cospedal ante el Santisimo Cristo de la Buena Muerta
Por los clavos de Cristo.
Dónde está el pecado en decir que parecen excesivos los eventos religiosos estos días.
Elvira Lindo | El País, 2017-04-14
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/04/13/actualidad/1492107162_872898.html

Igual que hay un torero (con menos luces de las que debiera dada su profesión) que se pregunta si para ser antitaurino hay que dejar de ducharse, hay una España que “procesiona” (ese verbo) y que se revuelve con furia contra quienes contemplamos abrumados desde lejos la fiebre de los tronos, eligiendo para estos preciosos días primaverales la ciudad más vacía y más libre de tradiciones, salvo las culinarias. Unos ven en nosotros una falta de espiritualidad, otros, una dejación de la defensa de nuestra civilización, que como todos sabemos está amenazada. Pero, a pesar de la supuesta amenaza contra la religión católica y la cultura que de ella se desprende, las calles españolas, de arriba abajo, se llenan de tronos estos días.

El año pasado se me ocurrió hacer un artículo sobre el asunto. Muy agresivamente, como si les fuera la vida en ello, me respondieron aquellos que defienden la paralización de las ciudades durante una semana en favor del fervor católico porque a su entender se trata de una tradición que supera lo religioso y ha de comprenderse como una experiencia cultural; luego están los que, también furiosamente, porque las redes están llenas de apóstoles, afirman que España es en esencia una nación católica y que lo que demuestran estos actos masivos es la fe de un pueblo en Cristo. Es decir, que no se ponen de acuerdo en si prima lo cultural o lo puramente religioso, pero sí en atacar a todo aquel que no se sume y que para colmo tampoco se calle.

A mí lo que me provoca esto es una tremenda nostalgia. Nostalgia, sí. Porque hubo un tiempo, hará no mucho, 15 años tal vez, en que la ironía podía ejercerse contra las creencias de otros sin ánimo a ser lapidado con palabras que quieren ser pedradas. La ironía no era un recurso que convirtiera al cronista en practicante de un oficio de riesgo. Recuerdo haber leído artículos y haberlos escrito sobre el papanatismo de los políticos que se apuntaban los primeritos a encabezar manifestaciones religiosas. Para nuestros representantes era, así lo explicaban, una manera de sumarse al sentir del pueblo. Y ya se sabe que cuando se habla de “pueblo” no se admiten excepciones. Los que nos quedamos fuera somos otra cosa, extranjeros en nuestro propio país, dado que vamos siendo sistemáticamente excluidos de lo que cada partido entiende por “pueblo”. Yo, actualmente, siento que he entrado ya en la categoría de alienígena, aunque por suerte emito señales que otros alienígenas reconocen y estamos formando un grupo la mar de majo, sin llegar a la categoría de colectivo, porque no tenemos nada en común entre nosotros salvo que no somos pueblo, sino individuos cada uno de su padre y de su madre.

Añoro, sí, aquel pasado aún reciente en que la prosa pesaba menos, era más ligera, y se podía una reír hasta de su sombra. En mi caso sin hacer sangre, porque no es mi estilo, pero en estos tiempos de la ira hasta el chiste más blanco te manda a la hoguera si hay quienes lo consideran sacrilegio. Y cualquier cosa te convierte en sacrílega, curiosamente todavía más aquello que se refiere a las creencias, dado que mucha gente ha aceptado definirse por ellas, sean ideológicas o religiosas. Ay, con lo esclarecedor que resulta que las personas se definan por sus virtudes y sus defectos. Pero eso se ha quedado muy antiguo. Recuerdo debates que de pronto parecen caducos porque ya hemos renunciado a traerlos a los foros públicos, a no ser, claro, que un partido los abandere: la pertinencia de los políticos en los actos religiosos o en tradiciones que el presente ha puesto en entredicho. De eso estaban llenos los periódicos entonces; ahora solo se expresa el que grita, pero los que escribimos en un tono sosegado también entonces criticábamos cada Semana Santa o cada verano las abusivas fiestas populares, esas celebraciones imposibles de eludir para el no creyente, para el no aficionado o para el que simplemente desearía disfrutar de su derecho continuamente vulnerado a la tranquilidad.

Las descalificaciones a los que no formamos parte del buen pueblo, sea lo que se dé por bueno en cada momento, son tan ásperas, tan faltonas, que una traga saliva antes de manifestarse, pero hay que hacerlo. Hay que decirle al torero, por ejemplo, que el antitaurinismo no se lleva en las pintas, es un convencimiento ético no estético, y tampoco se reduce, no debería creerlo así, a los que salen a la calle con pancartas; precisamente, esta es la época en que hay más gente callada por detestar la bronca o por no exponerse, y más temas que van convirtiéndose en tabú sepultados por la gresca y el barullo. Lo que debería discutirse se zanja con un improperio. A mí tampoco me gusta la bronca, pero, díganme, por los clavos de Cristo, dónde está el pecado en decir que me parece excesiva la presencia de manifestaciones religiosas en estos días dulces de Semana Santa. No por ello soy menos espiritual. Ni menos limpia (de corazón).

sábado, 11 de marzo de 2017

#hemeroteca #gloriafuertes | Sabe a Gloria

Imagen: El País / Gloria Fuertes
Sabe a Gloria.
En el centenario de su nacimiento, se siente a Gloria Fuertes más cerca que cuando murió.
Elvira Lindo | El País, 2017-03-11
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/03/10/actualidad/1489159175_652640.html

En 1998, cuando murió la poeta Gloria Fuertes, escribí un artículo sobre ella. Sabía muy poco o sabía solamente lo que se refería al aspecto más popular: sus intervenciones en la televisión, la lectura de sus poemas a los niños, su imagen al final icónica y aquella característica voz ronca que marcaba mucho las sílabas, herencia sin duda de ese habla un poco chula de los madrileños de barrio populares del centro. Una no debería escribir artículos poco informados, pero así es a veces el periodismo: te llaman y, ‘bum’, escribes. Ahora sé que hubiera sido deseable haber sabido sobre ella todo lo que conozco ahora, pero lo cierto es que en aquel artículo expresé un deseo, "ojalá que en un futuro alguien señale la importancia de una poeta que ha quedado oscurecida por el personaje televisivo", y a esa tarea me puse tiempo después. He pasado estos años leyéndola de vez en cuando, como se suele leer a los poetas, a sorbos, y sintiendo de pronto que algún poema suyo se me quedaba prendido del corazón y ya pasaba a ser mío para siempre.

Pero ha sido esta semana cuando la he tenido en la mesa de noche con un libro que contiene tanto de su vida como de su obra, y que se podría definir en sus propios términos: "Esto no es un libro, es una mujer". Esta antología de poemas y vida que ha editado con primor Jorge de Cascante, nos trae a Gloria en poemas, en fotos, en dibujos, en correspondencia, en retazos narrados de su vida. Sé que a veces se interpreta (o se malinterpreta) que cuando se nombra a una escritora sólo por su nombre de pila es signo de que la respetamos menos que si nos refiriéramos a ella por su apellido, pero es que no me sale hablar de "Fuertes". No, no me parece ella. Esta poeta del pueblo, en su sentido más noble, esta mujer peculiar, extravagante, libre, que a veces imaginas como alguien siempre rodeada de amigos, expansiva, vividora, y otras te parece como que se replegara en una soledad de la que no puede zafarse, esta mujer, tuvo un nombre grande, Gloria, y ella misma lo utilizó como un escudo en algunos comentarios o poemas muy hondamente autobiográficos.

Ahora, en el centenario de su nacimiento, siento que se la siente más cerca que cuando murió. Esa está siendo mi percepción, observando cómo los lectores más jóvenes la consideran una mujer moderna, atrevida, escritora de unos versos no intelectuales sino vivos, que parece que están tiernos y calientes como un pan recién hecho. Descubres a la Gloria de Lavapiés, a la que soportó una infancia áspera, de hambre y poco cariño, a la Gloria enamorada, a la alegre profesora de Bucknell (Pensilvania), a la mujer a la que le gusta bailar, cantar y beber y que con la bebida sofocaba las penas sentimentales. Su corte de pelo característico, sus múltiples corbatas, sus chalecos, cobran de pronto otra dimensión una vez que nos hemos sumergido en sus poemas, en esos versos donde siempre hace ironía sobre sí misma, muestra simpatía hacia los débiles, los animales, los pobres o las putas y que firme se rebela ante la autoridad. Es la poeta que nos seduce por la expresión de una verdad dolorosa, formulada crudamente, que la convierte de inmediato en compañera y amiga, porque se coloca a la misma altura que el lector, nunca por encima. Qué fácil es querer a Gloria Fuertes cuando leemos un poema como este:

Os digo en prosa:
Nunca pedí dinero,
comida, sangre o ropa.
Empecé a trabajar de niña de niñera.
Fui la criada de mi casa propia.
(Yo misma fui mi propia muñeca)
Luego de mayor,
lo único que pedí prestado
fue amor;
lo devolví con creces,
hoy estoy arruinada.

Cuenta quien ha ordenado el material del libro, Jorge de Cascante, y también quienes han montado la exposición que se inaugura este martes en el centro Fernán Gómez de Madrid, que es difícil que el resultado no sea rico y luminoso porque la poeta lo guardó todo, notas, fotos, cartas, corbatas, objetos, poemas a medio hacer. Leer estos versos que nos hablan al oído y observar unos objetos que nos saltan a la vista es sumergirse en un universo que sabe a Gloria. Solo queda, y este es el momento, que el ayuntamiento de Madrid se anime a homenajearla, bautizando una plazuela de Lavapiés con el nombre de una de sus vecinas más queridas. No diré "ilustres" porque suena muy académico. Una plaza recoleta, con un árbol donde aniden los pájaros, arena que sirva de alfombra a los juegos de los niños, bancos para los abuelos, y donde haya un bar, o dos, o tres, de los que albergan a una poeta nocturna que recala allí a altas horas de la noche a recitar versos recién inventados y beberse una última copa.

sábado, 28 de enero de 2017

#hemeroteca #lesbianismo | Elena, la mujer olvidada

Imagen: El País / Elena Fortún
Elena, la mujer olvidada.
La autora de la saga de 'Celia' escribió una novela autobiográfica que revela su relación con la grafóloga Matilde Ras.
Elvira Lindo | El País, 2017-01-28
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/27/actualidad/1485534991_128796.html

Leo con cierta frecuencia declaraciones quejumbrosas de escritores jóvenes (menos de escritoras): se lamentan de que su generación (¡oh, esa palabra!) no consigue tirar a los viejos e instaladísimos novelistas por el barranco de la jubilación. Tienen razón en que los buenos tiempos, fugaces, en que la literatura proporcionaba estabilidad económica pasaron, pero yerran el tiro si apuntan a sus mayores. Las vacas flacas han llegado para todos. Pero además, compararse insistentemente con los que tienen 20 años más que tú es una perspectiva miope. Hay que mirar más atrás para advertir a qué pocos escritores la literatura otorgó una buena posición y cuántos fueron los que cayeron en el olvido.

Acabo de cerrar las páginas de una novela, ‘Oculto sendero’, de Elena Fortún, que coloca nuestras quejas generacionales en su sitio. Fortún, ya saben, la autora de la exitosa Celia de los años 20 y 30. Una de las escritoras más populares de aquellos días gracias a unos relatos infantiles ricos en chispeantes diálogos, que hoy nos permiten colarnos en esa época y escuchar las voces de los niños, las madres, las chachas, los hombres, ese pueblo llano que no para de hablar. Habrá quien piense, ¿por qué recordar hoy a una escritora para niños? Porque lo hacen en todos los países que cuentan en su haber con una Richmal Crompton, un Mark Twain o un Roald Dahl: sus críticos, menos encorsetados, entienden la inapelable influencia que un escritor para niños tiene en las futuras generaciones. Fortún poseía un oído absoluto, y no hay otra colección que ofrezca diálogos tan vivos como la suya. Escribió, además, ya en su exilio porteño, 'Celia en la Revolución', un volumen asombroso sobre la guerra española que no vio la luz hasta los 80 y que ahora, en su renovada edición, debiera ser lectura recomendada en los institutos. Pero la poderosa razón, la más urgente para no olvidar a Fortún, es esa novela hasta ahora inédita, Oculto sendero, en la que, valiéndose de los trucos de la literatura para ocultar el yo, nos cuenta cómo fue la vida de una mujer rara.

Elena Fortún se disfraza de María Luisa, pero da igual: se trata de ella misma contando la fatigosa existencia de una niña fantasiosa y poco femenina que desde la casilla de salida anda luchando contra lo que de las mujeres se espera. Es la historia de una mujer que quiso ser artista, aunque siempre fuera mirada con escepticismo, y que jamás quiso unir su vida a un hombre, aunque tuvo que hacerlo. Nunca he asistido, como en estas páginas, al descubrimiento, en aquella época tan oscura, de la verdadera condición sexual. La protagonista, María Luisa, siente su rareza gracias al asco, al asco que le da imaginar que tendrá que pasar la vida entregándose físicamente a un hombre. Sufre la incomprensión que padecen las mujeres que no caben dentro del corsé femenino, que tienen inquietudes intelectuales, lo cual se considera como una tara que ahuyenta a esos posibles pretendientes que no las quieren demasiado listas. Mujeres con sueños propios, no heredados. Elena-María Luisa se casará con un hombre de apariencia sensible, que una vez casado será igual de autoritario que otros. Se esperará de ella que atienda la casa, que haga milagritos con el dinero, que no le lleve la contraria y que se preste, como desahogo sexual, cuando a él le plazca. Ella sabe, desde el primer momento, que no desea un cuerpo de hombre, se sabe rara: ama la belleza y la armonía y la vida se le presenta vulgar y estrecha. Detesta esos corrillos en los que las jóvenes hablan de plegarse a los órdenes de los maridos para obtener a cambio algo de paz. Ella quiere ser dueña de sí misma, y es el contacto con otras mujeres que poseen su misma rareza lo que hace brotar un deseo reprimido pero presente desde la infancia: la atracción hacia el mismo sexo. La palabra lesbianismo no se nombra, pero articula esta novela que me deja con una melancolía que tarda en esfumarse. Qué triste es. Recuerdo haber intuido en mi infancia la rareza de algunas mujeres, también me veo a mí misma como niña especial que no cumplía con la encorsetada feminidad que se esperaba, y estoy segura de que hoy, ahora mismo, muchas otras niñas peculiares estarán soñando con un universo distinto al que les tocó en suerte. Termino el libro y en mi mente sobrevuelan dos preguntas: la primera, ¿se enterarán las jóvenes de que esta es una novela que les habla especialmente a ellas?, y la segunda, ¿no querrán los hombres, por curiosidad, asomarse a los pensamientos de esas abuelas o esas madres que escuchaban sin derecho a réplica? Aunque nuestra realidad sea distinta, algo persiste: la condescendencia hacia la opinión de las mujeres.

Imagino a Elena Fortún, de vuelta del exilio, años 50, observando un país deprimente y deprimido, ajena a todo ya, dejando por escrito este pensamiento: “A veces voy por la calle y veo mi sombra en el suelo y pienso que así la veré ya, sola siempre”. Debiéramos, por hacer justicia, acompañarla un poco en su paseo.

Y TAMBIÉN...
La revolución de Celia.

Una exposición en el Museo ABC recoge las ilustraciones del dibujante Serny sobre este personaje infantil y su hermano
Alba Moraleda | El País, 2017-01-07
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2017/01/06/madrid/1483705408_837042.html
La historia más triste de la historia.
La Guerra Civil, de la que se cumple el 80º aniversario, atraviesa la literatura del siglo XX
Javier Rodríguez Marcos | El País, 2016-07-12
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/07/12/actualidad/1468348913_338907.html
Celia cuenta la verdad de la guerra.
La popular niña creada por Elena Fortún relató la crueldad de la contienda civil española sin atender a ideologías. La estremecedora novela se reedita ahora, 30 años después.
Rocío García | El País, 2016-04-11
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/04/11/actualidad/1460387558_759139.html
El libro más clandestino de la autora de ‘Celia’.
‘El camino es nuestro’ refleja la relación entre Elena Fortún y la grafóloga Matilde Ras.
Verónica Figueroa | El País, 2015-02-07
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/23/actualidad/1422045982_840168.html

viernes, 7 de octubre de 2016

#hemeroteca #lenguaje | Coño, esa palabra de moda

Imagen: El País / Amarna Miller en 'Patria'
Coño, esa palabra de moda.
No tengo nada en contra de esa expresión, la utilizo con bastante frecuencia, pero no como reclamo o para llamar la atención.
Elvira Lindo | El País, 2016-10-07
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/07/actualidad/1475841127_116915.html

Hubo un tiempo en el que algunas mujeres achacaban a los hombres la mala costumbre de pensar con la polla. Pensar con la polla era estar prisionero, pero a mucha honra, de los instintos más primarios. De un hombre que pensara con la polla una mujer no se podía fiar. Un hombre que pensaba con la polla no valoraría a una mujer en su conjunto, intelecto y físico, sino que sólo se detendría a valorar si una chica era lo suficientemente atractiva para esa parte del cuerpo con la que pensaba, la polla. Yo conocía a hombres así de transparentes, algunos incluso me hacían gracia por su evidente primitivismo, pero no eran mi tipo. Los había que sostenían que incluso aquellos varones que aparentaban más sofisticación intelectual, a la hora de la verdad, pensaban con esa parte concreta del cuerpo que señala, según la inclinación de su ángulo, lo que un hombre bien constituido piensa.

Fueron muchos años de escuchar aquello de “lo hago porque me sale de la punta de la polla”. Casi de manera inconsciente, algunas, yo creo que las más listas, encontramos a hombres que tenían un pensamiento más sofisticado y tanta capacidad como nosotras de pensar con la cabeza en unos momentos y de dejarse llevar por sus instintos cuando terciaba. De alguna manera, sabiendo elegir, demostramos que hay muchos hombres con los que una relación igualitaria es posible. Los hay. Los hemos tenido como pareja y los hemos criado. Hombres que no tienen ningún interés de mostrarse como especímenes dominados por instintos animales, hombres que no presumen de su potencial, que no piensan continuamente en términos de cacería.

Pero hay un tipo de feminismo ahora que no llego a entender, que tiende a ver a los hombres como a una masa compacta de hormonas, donde unos individuos no se diferencian de otros. Pareciera que estuvieran infectados por ese mal definido como heteropatriarcado del que no pueden escapar. Los pobres. Es ese tipo de feminismo que gusta hablar en plural siempre y afirma “nos matan”, “nos violan”, como convirtiendo a todas las mujeres en víctimas: tanto a las vivas como a las muertas, a las que han sufrido una violación como a las que se han tenido que enfrentar a un simple patoso. Porque hay patosos, sí, pero lo que hay que predicar es la defensa, no el victimismo. Desde los 19 años, como trabajadora me he topado con más de uno, pero he aprendido a pararles los pies, y es una victoria que tengo en el saco. No siempre me han sacado otros las castañas del fuego.

Y hay mujeres que han entendido que la igualdad está en pronunciar tantas veces la palabra “coño” como ellos lo hicieron con sus palabra fetiche, “polla”. Igual que los hombres reducían sus aspiraciones a lo que expresara una parte de su cuerpo, parece que ahora el coño ha tomado el relevo. Consideramos heteropatriarcal que un señor actúe como le sale de la polla, pero nos parece progresista y transgresor hablar de nuestro coño como significante de nuestra libertad. Una actriz porno, Amarna Miller, nos habla de porno feminista y nos explica lo atrasadísima que está España porque, al parecer, lo que cuenta en términos de liberación de la mujer es lo que se realiza con cierta parte del cuerpo. Leo que una joven feminista, Diana López Varela, publica ‘No es país para coños’, para mostrarnos de qué manera aún no hemos conseguido la igualdad: interesante, pero ¿por qué elegir un título reduccionista que vuelve a insistir en esa separación arcaica de las pollas a un lado y los coño a otro? El otro día, una artista plástica señaló que ella era nacionalista de su coño. Bravo.

No tengo nada en contra de esa palabra, coño, la utilizo con bastante frecuencia, pero no como reclamo o para llamar la atención. Debieran saber quienes la usan como si fuera transgresora, que un término audaz que se repite con excesiva frecuencia acaba siendo, simplemente, una vulgaridad, tanto como una película de destape de los setenta, tipo ‘El fontanero, su mujer y otras cosas de meter’, o aún peor, la demostración pueril de un papanatismo ideológico que en dos años suena ineficaz y viejuno.

Tenemos claro que la liberación está ligada al sexo, pero también a la interrupción del embarazo (véase Polonia), a la procreación (los niños no vienen de París, pero digo yo que habrá palabras más delicadas para expresar de dónde salen nuestros hijos), a la igualdad laboral tanto en puestos como en remuneraciones, al trato que se nos da, a la consideración social como iguales. Si siempre sentí algo de vergüenza ante ese lenguaje machorro, invasivo, ordinario, primario, entiendo que las cosas no se cambian usando el mismo estilo. Por mucho que esa palabra, coño, en la intimidad pueda sonar a deseo, a deseo con amor. O sin él.

sábado, 10 de octubre de 2015

#hemeroteca #mujeres | Las palabras hieren

Imagen: El País / Mary Beard
Las palabras hieren.
Mary Beard se ha convertido en una luchadora contra un sistema ante el que nos sentimos desarmadas.
Elvira Lindo | El País, 2015-10-10

http://elpais.com/elpais/2015/10/09/estilo/1444394159_483109.html

El caso de Mary Beard es paradigmático. Lo seguí hace un año, cuando varios medios, The New Yorker, The Guardian o la BBC se hicieron eco de una conferencia que esta prestigiosa investigadora del mundo clásico, profesora de Cambridge, colaboradora del TLS e infatigable divulgadora de la vida en la Antigua Roma, impartió en el British Museum. Tenía por título ‘Oh Do Shut Up Dear’ (‘Venga, cállate, querida’) y en ella la autora hacía un prolijo recorrido a través de la historia de cómo los hombres han tratado de callar la voz de las mujeres. De la ‘Odisea’ a su propia experiencia, porque Mary Beard, una señora de 60 años que lleva casi toda su vida estudiando detalles sorprendentes sobre las sociedades antiguas, se convirtió de pronto en una celebridad televisiva a través de ‘Meet the Romans’, un programa divulgativo que le enseñó con sangre cómo nuestra naturaleza no es menos agresiva que 'la de aquellos viejos imperios que hoy tenemos por más crueles. Su programa provocó un aluvión de críticas insoportable. Lo extraordinario es que esas críticas no se referían al contenido en sí sino a su aspecto físico. Nuestra profesora tiene un aire no diferente al de muchas eruditas entregadas desde su tierna juventud a los asuntos intelectuales: luce una alocada melena blanca, sus dientes son llamativos por su irregularidad, se permite detalles excéntricos en el calzado o las gafas, y, lo que ha resultado más indignante para algunos, muestra un impactante aplomo en su lenguaje corporal. A ella le importa un pimiento no ser bella, pero no así a algunos críticos televisivos que, ignorando las enseñanzas que generosamente pretende difundir, se dedicaron desde el principio a describir la vestimenta poco ‘cool’ de la sabia dama. Con más crudeza aún se refirió a ella la jauría tuitera, en donde los comentarios sobre su supuesta fealdad abundaron.

“Puta apestosa. Seguro que tu vagina da asco”. Este fue uno de los interesantes tuits que la señora Beard cosechó. Lo curioso es que haciendo caso omiso de esa ley no escrita que aconseja a los personajes públicos no mirar lo que de ellos se dice en las redes, esta mujer, que se había educado en el feminismo activo de los setenta, se puso manos a la obra y decidió plantar cara a sus detractores. Alguien la ayudó a localizar al autor de tan hiriente mensaje: era un estudiante, tenía 20 añitos. Beard llamó a su madre y habló con ella. También habló con el autor de una web que colgó una foto de la investigadora con una vagina sobreimpresa en su cara. Charló con ellos y con otros tantos y publicó en su blog la crónica de estas conversaciones que, finalmente, conformaron la interesantísima pieza que leyó en el Museo Británico sobre el silencio impuesto a las mujeres en cuanto tratan de frecuentar territorios tradicionalmente masculinos.

De pronto, esta mujer hiperactiva, brillante, vehemente, se convirtió en una luchadora contra un sistema ante el que las demás nos sentimos desarmadas. El día en que una eminencia de Cambridge llamó al estudiante que la calificó de puta y habló con él y con su madre es para mí tan histórico como esos chistes de romanos, al estilo Monty Python, sobre los que la historiadora ha escrito algún jugoso ensayo. El agresivo tuitero se disculpó de corazón. Su grosería se volvió contra él porque a raíz de que Beard la hiciera pública si se introduce el nombre del estudiante en Google aparece el inolvidable insulto. Una mancha en el currículo. Ella, siempre sorprendente, ha reclamado el perdón para quien aun ofendiéndola tan crudamente mostró arrepentimiento: esas palabras, aun siendo intolerables, no pueden arruinar una vida.

Beard se ha convertido en una figura emblemática para muchas mujeres. La joven poeta Megan Beech escribió un poema, ‘When I Grow Up I want to be Mary B.’ (‘Cuando crezca quiero ser Mary B.’), que ustedes pueden encontrar recitado por su autora en YouTube. Y es que cuando algunas creían que el feminismo activo estaba muerto encontramos que hay muchos motivos para resucitarlo.

Mary B. se miró al espejo e hizo recuento de todos aquellos insultos que estaba recibiendo, “fea, gorda, vieja, puta, maloliente, desagradable, mal vestida, mal follada, machorra…”. Duelen, ¿verdad? Se podría escribir un ensayo sobre las mil maneras de ofender a una mujer. Pero una vez que nuestra heroína afrontó la dureza de los insultos comenzó a relacionarlos con una tradición que viene de antiguo: no se trata de lo que una mujer diga, sino de que hable. Y entonces decidió investigar sobre la naturaleza de quien insulta. ¿Qué pensaría usted de su marido, de su hijo, de su hermano o de su mejor amigo si se enterara de que es autor de tan repugnante prosa? Yo me sentiría desazonada. Y pasaría a explicarle lo que no aprendió de niño: que las palabras hieren.