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jueves, 27 de enero de 2022

#libros #testimonios | Alejandra Pizarnik : biografía de un mito

Alejandra Pizarnik : biografía de un mito / Cristina Piña, Patricia Venti.

Barcelona : Lumen, 2021 [01-27].
432 p.

/ ES / Libros / BIO / Alejandra Pizarnik / Disidencia / Literatura / Poesía / Testimonos
📘 Ed. impresa: ISBN 9788426407924 / 21,90 €
Cita APA-7: Piña, Cristina, & Venti, Patricia (2021). Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito. Lumen.

[.es] La obra y la influencia de Alejandra Pizarnik no dejan de crecer. Numerosos lectores en todo el mundo mantienen viva su literatura y cada vez más investigadores se dedican a estudiar a la aún hoy enigmática poeta. Cristina Piña escribió una primera versión de esta biografía hace treinta años y ahora, en colaboración con Patricia Venti, publican esta edición ampliada con una enorme cantidad de documentación nueva. Las autoras consultaron los diarios completos de la escritora, depositados en la Biblioteca de la Universidad de Princeton, junto con sus cuadernos, borradores, correspondencia y trabajos plásticos; mantuvieron largas conversaciones con amigos de la poeta y, sobre todo, con su hermana, Myriam; viajaron a París para entrevistar a la familia de los hermanos del padre, uno de los cuales alojó a Alejandra en varias ocasiones en su casa de Châtenay-Malabry. También tuvieron acceso a los papeles de Manuel Mujica Láinez y Silvina Ocampo en Princeton, y a los de Djuna Barnes, en la Universidad de Maryland, vinculados con la poeta.‘Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito’ se suma a la edición de toda la obra de la escritora en el sello Lumen. La biografía más completa de una de las poetas más importantes del siglo XX abre el año de la conmemoración del 50 aniversario de su fallecimiento.

#hemeroteca #testimonios | Alejandra Pizarnik, una vida en el abismo entre la genialidad y la locura

El Español / Alejandra Pizarnik //

Alejandra Pizarnik, una vida en el abismo entre la genialidad y la locura.

Cincuenta años después de su fallecimiento, Cristina Piña y Patricia Venti publican la emotiva biografía de una de las más emblemáticas y enigmáticas poetas del siglo XX.
Marta Ailouti | El Cultural, El Español, 2022-01-27
https://www.elespanol.com/el-cultural/letras/20220127/alejandra-pizarnik-vida-abismo-genialidad-locura/645435836_0.html 

“Van cuatro meses que estoy internada en el Pirovano. Hace cuatro meses intenté morir ingiriendo pastillas. Hace un mes, quise envenenarme con gas”, confesó una cruda y devastada Alejandra Pizarnik en octubre de 1971. No hubo un tercer intento. Cincuenta pastillas de Seconal sódico, ese fue el precio a pagar. Entre sus últimos papeles de trabajo una inquietante frase: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”. Era la madrugada del 25 de septiembre de 1972 y todo se había terminado, “a pesar de la vigilia atenta de quienes tanto la querían”, escriben sus biógrafas Cristina Piña y Patricia Venti. Esa noche cuando, quién sabe si arrepentida, la poeta llamó, nadie contestó al otro lado.

“alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra”

 
Nacida en 1936 descendiente de una familia de inmigrantes de raíces rusas —sus padres habían llegado a Buenos Aires en 1934—, en ‘Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito’ (Lumen), Piña y Venti nos describen a una mujer extravagante y libre, singularmente inteligente y con un gran sentido del humor. Marcada profundamente por una tartamudez en el habla –que más tarde transformará en una voz ronca, carismática y repleta de personalidad-, el asma, el acné y su acuciante sensación de pesar algunos kilos de más hicieron que pasara la adolescencia “matándose de hambre” y sometida a dietas milagro a base de anfetaminas.

“Quienes la conocieron entonces y luego supieron de su adicción progresiva —alguien recordó que siempre se refería a los sucesivos departamentos que Alejandra tuvo en París y después el de Montevideo como 'La farmacia', por el despliegue de psicofármacos, barbitúricos y anfetaminas que desbordaban de su botiquín— insistieron en que, sin duda, uno de los orígenes de la tendencia a “empastillarse” hasta llegar a la muerte está en esos remedios para adelgazar que no solo ella sino todas las “gorditas” de principios de los años cincuenta compraban en cualquier farmacia de barrio”, cuentan las biógrafas.

En busca de la palabra exacta
Con vocación de escritora desde su infancia, Pizarnik se matriculó en Filosofía, Periodismo y Letras, carreras que nunca terminó, y pasó brevemente por el taller del pintor Juan Batlle Planas, hasta decidir dedicarse por completo a la escritura. Influenciada por las lecturas de Sartre, Proust, Gide, Claudel, Joyce, los surrealistas franceses y la vanguardia poética, de aquellos años data su primera novela, ‘La tierra más ajena’ (1955), de la que la poeta siempre renegó por considerarla “demasiado torpe”, hasta el punto de no querer mencionarla nunca cuando citaba el resto de obras.

Sin embargo, fue entre 1960 y 1964 cuando la escritora emprendió un viaje a París que marcó el resto de su vida. Allí desarrolló su carrera como traductora y lectora pero también trabajó como camarera, empaquetadora y niñera durante un tiempo. Absorta en su escritura y en su vida social, en la capital francesa entabló amistad con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, entre otros muchos.

Fue el Nobel, precisamente, quien le consiguió un puesto en la revista ‘Cuadernos’, además de prologar su libro de poemas, ‘Árbol de Diana’, constatación de la madurez poética de la escritora y muestra del exhaustivo trabajo que Pizarnik iba a realizar en cada una de sus obras posteriores. Durante horas y horas había revisado aquel libro. “Cada poema es corregido cinco, seis veces. Hay que encontrar la palabra exacta, la expresión más adecuada. Huir del verso fácil y reconciliarse con el idioma. En dos meses lo termina”, escriben las autoras de esta biografía, que han construido a través de una prolija documentación y unas cuantas entrevistas.

Una atmósfera mágica pero agónica
Y es que, aunque generalmente apasionada en todo lo que hacía, si por algo sintió una devoción particular Pizarnik fue por las palabras y la literatura. “Los libros serán mis únicos hijos, los únicos que deseo, los únicos que me corresponde entregar para embellecer un poco la suciedad de este mundo”, escribió en una ocasión. También de su boca salió una especie de conjuro: “Las mujeres feas nunca vamos a tener suerte en el amor”.

Pizarnik, desde luego, no la tuvo. Precisamente de su etapa en París fue su breve y trágico romance con el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, truncado por el accidente del avión en el que viajaba este, en el que fallecieron además otras 110 personas. Si bien a lo largo de su vida tuvo varias relaciones amorosas, con las personas que más quiso, Silvina Ocampo y Martha l. Moia, mantuvo unas relaciones tormentosas sin final feliz.

“Alejandra podía irradiar, hasta un nivel inigualable, una atmósfera mágica, donde las disonancias y esa especie de despiste general que la caracterizaban adquirían una comicidad maravillosa”, cuentan sus biógrafas sobre la poeta, una especie de “criatura agónica y metafísicamente a la intemperie, fascinada por la muerte y al borde mismo de las experiencias límites del ser” que, al mismo tiempo, era “una muchacha casi salvaje en su corrosivo y encantador manejo del humor”.

De una personalidad extravagante, resulta especialmente atractivo imaginarla con aquella debilidad que relatan por “los papeles exquisitos de colores y texturas únicas, los lápices, las lapiceras y las plumas de escribir, las delicatesen de librería que se convertirían en un rasgo prototípico de sus cartas y tarjetas a los amigos” hasta el punto de que como Olga Orozco afirmó en una ocasión “medio en broma, medio en serio”, se gastó “la prestigiosa Beca Guggenheim que ganó en 1968 en papeles, cuadernitos, biromes y libretitas”.

Un camino hacia el suicidio

Autora de libros de poemas como ‘Los trabajos y las noches’, ‘Extracción de la piedra de locura’, ‘El infierno musical’, entre julio y agosto de 1969 escribió el único texto teatral de su producción, ‘Los poseídos entre lilas’, y cosechó además el trabajo en prosa con ‘La condesa sangrienta’ –“la primera articulación explícita entre la fascinación por la muerte —presente en sus poemas— y la fascinación por el sexo —manifiesta, además de su vida, en sus juegos verbales obscenos— que caracterizan a la autora”-.

Asidua desde antes de ese primer viaje a París a practicar terapia con el psicoanalista León Ostrov, al que le dedicó su poema ‘El despertar’ —“señor / la jaula se ha vuelto pájaro / y se ha volado / y mi corazón está loco / porque aúlla a la muerte / y sonríe detrás del viento / a mis delirios”—, hay quienes opinan que su declive mental llegó tras la muerte de su padre en 1966, aunque ya un año antes había empezado unas sesiones con el doctor Pichon Rivière, “una relación terapéutica absolutamente ambivalente y tan destructiva como positiva”.

Tras un fugaz viaje a París que le dejó una sensación más bien amarga, “Alejandra inició un lento proceso de clausura progresiva que tendría una primera culminación en 1970, con el primer intento de suicidio”, comentan Venti y Piña. Ya de finales de su vida es este fragmento que recuperan las autoras sobre el estado nervioso de la poeta:

“Según cuenta Antonio López Crespo, una noche a Alejandra le pareció que las molestias —de sus vecinos de arriba— eran demasiado intolerables, por lo que subió a golpearles la puerta y, cuando al verla no la dejaron pasar, puso la bota para tratar de vencer su resistencia, pero no pudo entrar. Entonces bajó a buscar una plancha a su departamento y con ella golpeó en tal forma la puerta que le hizo un agujero. Ante esto, el estupefacto y aterrorizado matrimonio mayor llamó a la policía, que cuando llegó, se la llevó a la seccional”.

Un final sin palabras
Esta profunda angustia le llevó a seguir aumentando el consumo de anfetaminas, en búsqueda de esa excitación lúcida para escribir, y de pastillas para dormir, en esa especie de espiral tóxica que no hizo más que agravar sus desequilibrios mentales y depresivos. “Así, los amigos una noche podían escucharla hablar incansablemente, seductora, divertida, lúcida y genial, y al día siguiente percibir que había caído en un pozo de donde nada ni nadie parecía poder sacarla. Una criatura agotada y rota que se aferraba llena de miedo a los demás”.

Hasta que llegó el 25 de septiembre de 1972 y tras Pizarnik no quedaron palabras. “No / las palabras / no hacen el amor / si digo agua ¿beberé? /si digo pan ¿comeré?”. Dicen que tras su muerte, su íntimo amigo López Crespo, a quien la poeta había estado llamando aquella fatídica noche y había dejado algún mensaje implorando su ayuda, estuvo varios días sin poder hablar.

“Como no hubo palabras que respondieran a los llamados telefónicos de Olga al día siguiente, a la una, a la dos, a las cinco, hasta que Olga supuso que Alejandra había cambiado de planes y optó por irse al cine con Valerio y después a comer. Y tampoco las hubo para su amiga Ana Becciu, que debía pasar a buscar unos libros esa tarde y que, cansada de tocar el timbre, recurrió al portero para que le abriera y se los dejara retirar. Después las hubo menos aún: apenas el cuerpo de Alejandra todavía con un hálito mínimo de vida y el caos: un taxi, un hospital, una morgue, los llamados y llantos y silencios que siguieron después”.

“en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve que equivale a mentir
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible”

jueves, 29 de abril de 2021

#hemeroteca #mujeres #testimonios | Alejandra Pizarnik, el mito vuelve

Imagen: El País / Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik, el mito vuelve.

Un libro colectivo celebra a la poeta argentina y se anuncia una biografía con material inédito para el 50º aniversario de su muerte el año que viene.
Raquel Garzón | El País, 2021-04-29
https://elpais.com/cultura/2021-04-29/alejandra-pizarnik-el-mito-vuelve.html 

¿Puede una escritora cambiar de piel medio siglo después de su muerte? Alejandra Pizarnik, sí. Tras la publicación de ‘Árbol de Diana’, su cuarto libro, prologado por Octavio Paz, Pizarnik (Avellaneda, 1936- Buenos Aires, 1972) se convirtió en un nombre inevitable de la poesía del siglo XX. La leyenda de esta poeta de culto, alentada por una muerte trágica a los 36 años una noche en la que los barbitúricos fueron demasiados, no ha parado de crecer con la sucesiva aparición desde 2000 de su poesía, prosa y diarios, al cuidado de la poeta Ana Becciu, albacea de la escritora. Pero los inéditos que se conservan en la Universidad de Princeton subrayan la sensación de que su ‘identikit’ (retrato robot) creativo todavía reserva sorpresas.

Algunas serán desaveladas por ‘Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito’, de Cristina Piña y Patricia Venti, que Lumen anuncia para enero de 2022, antesala de las conmemoraciones por los 50 años de su muerte (se publicará antes, este julio, en Argentina). Entretanto, la vigencia de la poeta en España explica ‘Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces’ (Huso), un libro homenaje editado por Mayda Bustamante, que celebra este 29 de abril los 85 años del nacimiento de la autora de ‘El infierno musical’ con las miradas de 85 escritoras de 15 países diferentes, que dan cuenta de su onda expansiva sobre distintas generaciones. Hay testimonios infrecuentes (el de su hermana Myriam, entre ellos) y aportes críticos valiosos para entender cómo fue cambiando y enriqueciéndose a lo largo de estas décadas la imagen de quien César Aira, flamante Premio Formentor, llamó alguna vez “el último objeto de lujo de la literatura argentina”.

Elige tu propia Alejandra
“Cuando murió el 25 de septiembre de 1972, Alejandra era considerada, esencialmente, una poeta deslumbrante”, cuenta desde Buenos Aires Cristina Piña, su biógrafa, y una de las autoras que participa en ‘Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces’. “Hoy sabemos que fue mucho más: una diarista fascinante, una crítica literaria sagaz y, también, la autora de textos narrativos profundamente transgresores que empezaron a conocerse a partir de 1982”.

Pizarnik cifró su estilo en la brevedad, la distorsión lógica (aprendida en las ‘Voces’ de Antonio Porchia) y en una potencia visual a la vez contenida y brutal que todavía impacta: “He dado el salto de mí al alba. / He dejado mi cuerpo junto a la luz / y he cantado la tristeza de lo que nace”, escribe en el primer poema de ‘Árbol de Diana’ (1962). “Tú eliges el lugar de la herida / en donde hablamos / nuestro silencio./ Tú haces de mi vida / esta ceremonia demasiado pura”, dice en otro de ‘Los trabajos y las noches’ (1965), pasión incandescente en cinco versos.

La pregunta no es ya quién fue Pizarnik como cuando el misterio alrededor de su figura era estruendoso (el combo fragilidad emocional, bisexualidad, suicidio imponía silencios que solo el paso del tiempo permitió procesar), sino qué Pizarnik prefiere el lector. ¿La transgresora que coquetea con la obscenidad en ‘La bucanera de Pernambuco’ o la poeta sublime de “palabras como piedras preciosas” aprendidas en la tradición francesa?

¿La seductora de vitalidad proverbial y conversación deslumbrante, que se codeó en París con Cortázar y en Buenos Aires con el grupo surrealista y el de la revista ‘Sur’ o la adolescente eterna que tras besar al escritor Ricardo Zelarayán, autor de ‘La gran salina’, alegaba que había sido “un beso por prescripción médica” para exorcizar deseos lésbicos?

¿La “pequeña náufraga” azotada por su inadecuación para funcionar en el mundo o la libretista deliberada del “personaje alejandrino” y de su propio mito que pintó Aira en la colección Vidas Literarias de Omega?

¿La artista genial y autoexigente que blandía con precisión samurái un idioma ajeno a su hogar (sus padres eran inmigrantes rusos de origen judío) y que trabajaba hasta 14 horas interviniendo y comentando sus lecturas como documenta el Fondo Pizarnik (772 libros y papeles de trabajo que se encuentran hoy en la Biblioteca Nacional de Argentina) o la que dudaba de “la importancia de ‘ganarse la vida’ una misma”?

Un diamante tiene muchas caras.

Pizarnik para reír
Los textos en prosa de Pizarnik comenzaron a estudiarse a partir de ‘Textos de sombra y últimos poemas’ (1982). Esa antología preparada con material inédito por las poetas Olga Orozco y Ana Becciu, amigas de ella, fue clave. Incluía a la prosista y la dramaturga de ‘Los poseídos entre lilas’ y ‘La bucanera de Pernambuco o Hilda la Polígrafa’. Ese libro descubrió páginas desopilantes, con un registro que va del absurdo a los juegos glosolálicos con el lenguaje y también un regreso a la temática sexual —que Pizarnik había abordado en ‘La condesa sangrienta’—, pero mezclada ahora con el humor, lo popular y la grosería. Estos tonos provocaron rechazo en referentes poéticos de la generación anterior, pero le franquearon la admiración de autores más jóvenes.

“Con la correspondencia, que empezó a publicar Ivonne Bordelois en 1998, aparece otra novedad: un registro afectivo desconocido, que matiza la oscuridad y la angustia de los ‘Diarios’”, sostiene Piña. “Las cartas desmontan la idea de una Pizarnik que solo se preocupaba por ella misma. Es cariñosa y generosa con los amigos como se ve en las que dirige a Antonio Beneyto”, subraya la investigadora. El rol de Beneyto, artista surrealista fallecido en octubre de 2020 de covid, es capital para entender el derrotero de Pizarnik en España, que se aborda en un interesante ensayo de Fanny Rubio, incluido en el libro coral de Huso.

Magnética, Pizarnik puede ser peligrosa, reconoce Piña: “Cuando uno está desarrollando su escritura, ella impregna mucho. Pero no se la puede imitar, como no se puede imitar a Rimbaud ni a Lautrémont: fueron malditos en el sentido de que unieron vida y literatura. Ella también. Para Pizarnik vida y poesía son la misma cosa.”

Un aniversario con novedades
Amante de las libretas y las tintas de colores, Alejandra Pizarnik subrayaba, anotaba y dibujaba sus libros. En 2018, Myriam, su hermana, donó a la Biblioteca Nacional Argentina 122 volúmenes y varias carpetas de trabajo de la poeta, que se sumaron a los 650 libros adquiridos por la institución en 2007. Estas piezas protagonizarán en 2022 los homenajes por el cincuentenario de su muerte. Evelyn Galiazo, directora de investigaciones de la biblioteca y autora de un estudio crítico sobre esos rastros materiales, los define como una "parte esencial" de la obra de Pizarnik, "que en ellos se revela en estado de permanente 'work in progress' (elaboración)".

En 1999, la Universidad de Princeton compró los papeles privados de la escritora que Julio Cortázar, su gran amigo, había recomendado sacar de Argentina. "Ni la prosa ni la poesía ni el diario que conocemos están completos", sostiene la investigadora. "El material de Princeton es esencial y hay mucho inédito", afirma Cristina Piña. Estas novedades, promete, integran su ‘Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito’.