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martes, 24 de abril de 2018

#hemeroteca #filosofia | Judith Butler: "Yo quiero ser más débil"

Imagen: CCCB / Judith Butler
Judith Butler: "Yo quiero ser más débil".
Esperanza Escribano | El Salto, 2018-04-24
https://www.elsaltodiario.com/gsnotaftershave/judith-butler-yo-quiero-ser-mas-debil

Tiene el semblante serio. Su afilada nariz y las cejas forman una T perfecta. Lleva el pelo gris, ni corto ni largo y un traje de chaqueta y pantalón negro ajustado a su talla. No es ni hombre, ni mujer y es las dos cosas a la vez. Qué importa. Judith Butler está por encima de esa división con la modestia suficiente como para asumir que ese binarismo no va a desaparecer porque ella sea la punta de lanza de su disputa en la actualidad. Estuvo la semana pasada en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) para hablar de la ética de la no-violencia y de si somos o no adultos, pero siempre desde el género. ¿Qué aprendimos con ella?

“No me ahorro incomodidades”, dijo nada más erigirse frente al altar de su conferencia. Empezó concluyendo: “al final, es el Estado el que de forma violenta viene a decirnos quiénes son los violentos”. Para después descomponerlo todo y llevarnos a otro lugar. Marina Garcés, filósofa (de guerrillas) la había presentado con referencias obvias a lo que ha estado pasando en los últimos meses en Cataluña. Así que con los aforismos y la actualidad claras, descendió a los conceptos más básicos para que todas las que nos dábamos cita allí nos deconstruyéramos juntas para volver más sólidas.

Para entender la no-violencia, una teórica de las identidades tenía que empezar por preguntarse quiénes éramos nosotras. Las que estábamos allí una tarde de abril en el hall del CCCB. Somos humanas y “algo hay que nos une para estar todas allí” porque de lo contrario, no estaríamos, pero seguramente no podríamos considerarnos ni de la misma región, ciudad o Estado ni aunque lo fuéramos. Lo que estaba claro es que no éramos autosuficientes, porque esa teoría del hombre que lo es ya es, de por sí, ridícula y sexista.

Primer punto clave. Los hombres en islas que no necesitan a nadie ni a nada son un absurdo. La teoría que así los presenta “olvida que las personas no nacen adultas”. Nacen niñas y pasan de unas manos a otras, literalmente, hasta que aprenden a comer, caminar o hablar, cosa que tardan años en hacer. Esta reflexión tan a todas luces obvia no existe en el contrato social bajo el que nos relacionamos. Nuestras leyes y normas sociales se basan en ese modelo en el que somos seres individuales y adultos que no dependen unos de otros y nunca lo han hecho. Pero es esa dependencia la que nos hace iguales. Necesitar a los otros para ser quienes somos, porque igual que de pequeños necesitamos que nos alimenten y nos sujeten para estar de pie, de mayores necesitamos supermercados, fabricantes de cocinas, pavimentos y semáforos para lo mismo. ¿Quién puede entonces pensar que somos autosuficientes?

Si a estas alturas seguís el hilo, cosa que la misma Butler se preguntaba en la charla, ya estáis a punto de entender esta deriva. Siguiente punto clave. La única manera de sobrevivir es ser conscientes de la dependencia. La única manera de asegurar que vivamos en igualdad es aceptar la dependencia y hacernos aún más dependientes. Sólo si los gobiernos saben, pero sabiéndolo de verdad, que dependen unos de otros, pueden luchar contra el cambio climático, que es global. Si yo contamino en mi país, lo estoy haciendo en todo el mundo. Este agua contaminada llegará a todo el mundo. El aire que contamine otro país en la otra parte del mundo lo llegaremos a respirar aquí.

Tomar decisiones globales es difícil. Pero es hacia ahí hacia donde tenemos que avanzar. Y sólo hay una forma: aceptar la dependencia y con ella, la vulnerabilidad. Es difícil convencerse de que ser vulnerables es bueno cuando vivimos en un sistema capitalista que busca que seamos expertos en todo para no tener que pedir ayuda a nadie. Pero si lo que queremos es ser iguales y avanzar juntos, sólo puede ser aceptando que dependamos unos de otros por igual. Saber que necesitamos al otro y el otro a nosotros es la única manera de avanzar sin pisar cabezas, básicamente. Y esta es la verdadera clave de todo.

Se trata de depender de otros y de que otros dependan de nosotros. De lo contrario, estaríamos hablando de colonización. El problema no es ser vulnerables, es que alguien explota esa vulnerabilidad. Que el Estado nos abandone política y económicamente es la traducción de esa explotación. Y a la vez, lo que nos une a las personas de otras partes del mundo con las que no compartimos normas ni sistema legal, pero sí el abandono. Somos todas bastante igual de vulnerables, admitámoslo.

En ese abandono, en esa posibilidad de que aquello de lo que dependemos se comporte de forma no predicha, de una forma que no podemos controlar y nos haga daño es donde nace la agresión. Y la mejor manera de combatir esa violencia no es cuidándonos más, es dependiendo más, siendo más vulnerables. De la misma manera que lo más efectivo para luchar contra la violencia es la no violencia, la resistencia. Porque siendo vulnerables, defendiendo los cuidados, es como acabaremos con esa “masculinidad indiferente” que mata para defenderse. Le pondremos fin cuando todos aprendamos que matar al otro es matarnos a nosotros mismos, porque todos cuidamos de todos y dependemos de todos. Suena inocente pero, ¿no es ser sociales y apoyarnos unos en otros lo que nos diferencia del resto de animales? ¿No hay declaración más feminista que reconocer la interdependencia?

La dependencia limita la destrucción y potencia la ética, que es de lo que había venido a hablarnos Butler. Hay que repetirlo más porque, de momento, cargárselo todo es lo más normal del mundo. Quienes protestan son los vulnerables que se han aliado y constituyen la resistencia. Y al sentirse abandonados es cuando han entendido que la no violencia es la mejor manera de luchar contra la violencia. Resistirse es también un acto violento, porque se lucha casi siempre contra un poder legal y hace falta que ocurra la violencia para oponerse a ella. Para resistir, para oponerse sin violencia hay que cultivar el odio y aprender a transformarlo. A Butler le dijeron que esa afirmación era débil. Entonces, la T de su semblante serio cambió dando lugar a una sonrisa y contestó: “eso es lo que quiero, ser más débil”. Ahí es donde reside la fuerza. Y cuanto antes lo sepamos, mejor.

viernes, 20 de abril de 2018

#hemeroteca #interdependencia | Judith Butler: “Es más fácil mantener la lucha cuando sabes que no estás solo: dependemos de los demás”

Imagen: Catalunya Plural / Judith Butler
Judith Butler: “Es más fácil mantener la lucha cuando sabes que no estás solo: dependemos de los demás”.
Yeray S. Iborra | Catalunya Plural, 2018-04-20
http://catalunyaplural.cat/es/la-resistencia-no-es-pasiva-sino-una-existencia-activa-y-una-forma-de-decirle-al-otro-no-me-vas-a-destruir/

Judith Butler, filósofa post-estructuralista, ha patentado desde los años noventa casi todo lo que sabemos sobre feminismos y teoría queer, pero desde hace un tiempo ha ampliado su pensamiento a la filosofía política y la ética. Su teoría sobre la interdependencia, que recibió un aplauso entusiasta del CCCB, pone a dialogar perspectiva de género, ecologismo y clase. Desde la interdependencia auspicia nuevos modelos de solidaridad y de resistencia, un llamamiento a la lucha por los derechos sociales desde la no-violencia.

“Gracias por venir a mi charla”. Judith Butler (Cleveland, 1958) predica con el ejemplo: los cuidados no están solo en el mundo de las ideas, sobre su atril desde hace casi tres décadas, también los pone en práctica fuera de la tarima. La americana, que abraza un té como si éste tuviera propiedades milagrosas (afrontará una tarde maratoniana de conversaciones con la prensa), hace ni veinticuatro horas que ha agitado al auditorio del Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) –lleno hasta los topes– y su teatro, con casi 300 jóvenes haciéndole preguntas, pero es ella la que despacha cumplidos.

Si bien el trato cercano tiene poco o nada que ver con la figura de rockstar con la que se le ha relacionado, su proyección no tiene igual en la academia (ni fuera de ella): la cola para ver su conferencia el martes daba casi la vuelta a la manzana e incluso se habilitó una sala con streaming en el CCCB para seguir la charla. La gente, además, quedó para verla en las librerías de la ciudad. ¿Pero de qué venía a hablar Butler en el ciclo “Somos adultos”? De algo sencillo pero paradójicamente en el olvido: el uno sin el otro, no somos nada.

Butler ha patentado desde los años noventa casi todo lo que sabemos sobre feminismos (y sobretodo sobre teoría queer), pero desde hace un tiempo ha ampliado la paleta de su pensamiento a la filosofía política y la ética. Su teoría sobre la interdependencia, que recibió un aplauso entusiasta del CCCB (aquí la conferencia completa) y en las redes sociales, pone a dialogar perspectiva de género, ecologismo y clase. Desde la interdependencia auspicia nuevos modelos de solidaridad y de resistencia, un llamamiento a los derechos sociales desde la no-violencia.

P. La idea que sostuviste en tu conferencia, la interdependencia, combina teoría de género, clase y ecologismo. Pero básicamente nos dice algo sencillo: no somos nada sin el otro.
R. Así es. Llevo años intentando desarrollar una forma de pensar en quién somos sin el individualismo. Eso implica no usar de forma instrumental a la otra gente, ni tampoco el medio ambiente. Trato de repensar nuestra pertenencia social, que no es necesariamente nacionalista o determinada por el territorio, sino que tiene un fuerte carácter global.

P. El martes decías: “Nacemos dependientes, y eso nos hace iguales”. ¿En qué punto se manifiestan entonces las desigualdades?
R. Los niños son dependientes, radicalmente dependientes de los cuidados. ¿Y quién cuida a quien necesita ser cuidado? ¿Qué género? La división laboral de los cuidados, de los trabajos en la casa, es muy clara… La desigualdad de género se manifiesta desde muy pronto. Pero esa división, esa desigualdad, se mantiene en muchas más formas en la vida: cuando las mujeres entran al mercado de trabajo ya son trabajadoras, pero no reconocidas. Y por tanto, cuando acceden al empleo, están devaluadas desde el inicio.

P. Desde el principio se construye el patriarcado. La gran “ficción”, decía usted. El hombre como auto-suficiente y la mujer como apoyo.
R. Lo que es divertido, y tenemos que verlo con cierto humor, es que el hombre que es autosuficiente es dependiente y que la mujer que da apoyo tiene que ser fuerte para dar ese apoyo, por lo que hasta cierto punto realmente tiene que ser autosuficiente. Hay un diálogo irrenunciable.

P. Si un hijo matara a su madre estaría matándose a si mismo en cierto sentido. Es fácil de ver con ese ejemplo, uno de los más aplaudidos en su lectura. ¿Por qué esa correlación no se da con el resto de personas? ¿No dependemos igual, en esencia, el uno del otro?
R. Es muy real que no podemos nada sin el otro. El niño y la madre nos permiten ver que la dependencia existe. Y que hay quien la quiere negar, a quien le enfada. La realidad es que todo lo que hacemos en nuestra rutina, desde beber agua hasta ir caminar por una carretera, depende de la gente haciendo su trabajo en empresas o instituciones. Personas que se aseguran que el agua sea bebible, el aire respirable o las calles transitables. Pero bebemos tan rápido, respiramos tan rápido o caminamos tan rápido que muchas veces olvidamos que dependemos de los otros para esas actividades, dependemos de las estructuras sociales. Además, bajo nuestra economía esas estructuras han sido vendidas a empresas privadas. ¿Quién cuida el agua, el aire o el asfalto? Todo lo hemos vendido. Y tenemos que preservarlo, así como los servicios públicos. Las democracias sociales están basadas en ellos: pensar los unos en los otros, hacer un mundo habitable.

P. Nos dicen las teorías liberales que debemos ser independientes. ¿Usted propone lo radicalmente opuesto, que aceptemos que somos dependientes?
R. Sí. Pero no es ser dependiente de cualquier forma. Bajo el régimen liberal mucha gente ha incrementado su dependencia con los bancos, contrayendo una deuda enorme. [Ríe] Una deuda que nunca podrá pagar y que definirá su vida. Eso le permite al banco una persecución, arrebatar una casa, e incluso privar de libertad, llevar a alguien a la cárcel.

P. ¿Esta interdependencia nos tiene que llevar a repensar la solidaridad?
R. La solidaridad siempre es bonita, o a veces –al menos– lo es. Hay ejemplos buenos de ella. Pero me gustaría decir que la solidaridad también incluye conflicto y poder. No tienes que amar necesariamente a la gente con la que estás en solidaridad. Solidaridad no siempre es amor, puede ser odio e indiferencia. Y otros sentimientos destructivos. Especialmente cuando hay intereses. Tratar de seguir siendo solidario cuando hay un conflicto o agresión no es fácil, pero a veces es muy necesario.

P. ¿Qué otras opciones hay para articular políticamente esta interdependencia?
R. Si las provisiones básicas de vida están mercantilizadas, los movimientos de resistencia de privatización o contra el monopolio del capitalismo y la destrucción del medio ambiente harán llamamientos de cómo debemos pensar el mundo fuera de este mercado.

P. Dice que somos interdependientes, también entre regiones. ¿Tiene sentido seguir pensando en independencias nacionales hoy día?
R. Hay muchas razones por las que las naciones se forman y porqué estas son importantes en la historia de la decolonialización. Pero a la vez cada región está conectada la una a la otra por las fronteras, los mercados y las poblaciones… Vecindad. Siempre hay relaciones entre naciones. Por lo que las naciones se definen en parte por las relaciones con otras naciones. Nunca son autosuficientes. Entiendo porqué la gente está interesada en la independencia, pero las naciones dependen totalmente del reconocimiento de las otras naciones para existir como tal. Hay una interdependencia desde el principio.

P. ¿Entonces hay que intensificar los acuerdos entre regiones o buscar esa independencia? Sabe usted que en Catalunya se vive un proceso en la segunda línea.
R. Los americanos siempre nos hemos sentido muy libres de ir a cualquier parte del mundo y decir lo que deben hacer. No quiero ser otra americana machacona. [Ríe] Pero le contaré, tómelo medio en broma, lo que una vez hablaba con un periodista israelí. ‘Nos vamos a divorciar de los palestinos. Construiremos una pared así… Es un absoluto divorcio, no tenemos nada que hacer con ellos’, me comentaba él. Mi respuesta fue que el problema con el divorcio es que, lamentablemente, te lleva a una relación a largo plazo. Un divorcio no es acabar con una relación, sino al contrario, es entrar en otra, y en su peor versión. No pasa siempre, pero en general sí. Tu seguirás necesitando intercambio, por tiempo, con tu relación.

P. Usted dice que los Estados, las leyes, pueden ser violentas. ¿Conoce los hechos alrededor del referéndum del 1-O?
R. Sí.

P. El Estado dice que hubo violencia en algunas movilizaciones ciudadanas. ¿En qué momento un acto de resistencia pasa a ser un acto de violencia?
R. Hay que tener cuidado y ver quién decide qué es violencia. Los actos no violentos, como votar, deberíamos estar de acuerdo todos en esto, o una protesta, o cantar una canción… No son violencia. Si alguien es acusado de violento por haber votado o aceptado un resultado tras una votación, o por dar una visión política en contra del estado nacional, o cantar una canción contra la monarquía… Deberíamos preguntarnos realmente si el término violencia está siendo mal usado. ¿Es violencia? ¿O más bien una forma de objeción que amenaza el poder del Estado? Necesitamos volver atrás y decir que esto no es violencia, terrorismo… Esto es una decisión democrática. Solo el Estado puede usar la violencia, por lo que al final criminaliza formas de violencia que son resistencia y que pueden ser un problema para él porque afectan al mismo poder. Necesitamos saber siempre quién está nombrando la violencia y para qué.

P. ¿Esa criminalización del Estado puede ser una excepción para la acción directa?
R. Yo acepto que la confrontación física es parte de un movimiento de resistencia, cuando la resistencia es contra el Estado. No es un método violento. Tu puedes resultar herido por el Estado, por la policía –y siempre hay lugar para la defensa propia– pero es posible desarrollar métodos para confrontar. Y son diferentes al ataque.

P. El cuerpo es el primer lugar para contener esa rabia, aseguraba el pasado martes.
R. En los movimientos de resistencia, las personas forman barreras humanas. Los cuerpos como barrera. Y reciben la fuerza, la violencia. Pero amarrando los brazos son fuertes. Hay confrontación, pero paran el golpe juntos. Al final todos están soportando a los otros a lo largo de la barrera. Eso es un ejemplo de los cuerpos sintiendo la violencia pero no actuando de forma violenta.

P. Esa resistencia no violenta, ¿no lleva a la frustración a los grupos de presión?
R. Los movimientos no violentos sienten frustración y opresión, y las acciones violentas siempre son opciones cuando sienten fuertemente la frustración. Pero si eres parte de los movimientos de solidaridad tienes una red en la que puede transformar esa frustración en algo más grande: la paciencia radical. Convertir algo en una lucha de largo alcance. Hay luchas que necesitan un largo tiempo, como el feminismo. O los derechos LGTBI. El calentamiento global. Palestina. Todas luchas de largo recorrido. ¿Cómo estás en ellas, cómo las vives? Hay que aprender a no actuar en base a imposibles, porque hay que mantener una mirada de largo alcance, con perspectiva. E ir renovando la lucha, los objetivos.

P. Si sentimos la injusticia, ¿no hay algo de violencia hacia uno mismo si la dejamos pasar?
R. La resistencia no es pasiva sino una existencia activa, y una forma de decirle al otro: no me vas a destruir. Voy a seguir aquí. No me vas a mover. Voy a hacer una demanda política. Tu me estás amenazando con tu violencia, pero no voy a correr. Porque voy a persistir. Esta es una posición fuerte. Es la posición final.

P. Aunque escasea la paciencia hoy día…
R. Si te violentas, te convierten en el criminal que ellos ya pensaban que eres. Deben haber movimientos de solidaridad y un ‘ethos’ que mantenga la resistencia colectiva para sentir que somos parte de una estructura más grande, que no estamos solos. Es más fácil mantener la lucha cuando sabes que no estás solo. Dependemos de los demás.

jueves, 19 de abril de 2018

#hemeroteca #ecofeminismo | Un modelo ecofeminista frente a los recortes

Imagen: El Salto
Un modelo ecofeminista frente a los recortes.
Desde hace muchos años, el ecofeminismo viene denunciando que circunscribir la realidad en toda su complejidad a una ecuación binaria es limitado y reduccionista. Dependemos de los recursos naturales, de los ecosistemas, de la biosfera y también necesitamos cuidados en los primeros años de nuestra vida, en la vejez y en la enfermedad.
Yolanda Fernández Vargas | El Salto, 2018-04-19
https://www.elsaltodiario.com/saltamontes/un-modelo-ecofeminista-frente-a-los-recortes

Simone de Beauvoir en su libro ‘El segundo sexo’ profundizó sobre la condición femenina, que ha sido definida a lo largo de la historia por y para los hombres. Situadas en una posición subordinada y asimétrica dentro de estas relaciones de poder, hemos sido caracterizadas como lo otro, como el no ser. Los hombres, sin embargo, han sido mostrados como seres trascendentes, porque dominan a la naturaleza, toman decisiones, actúan, mientras que las mujeres somos seres inmanentes, apegadas a lo cotidiano y a los cuidados.

Esta construcción social binaria ha ido conformando el imaginario colectivo cultural del pensamiento hegemónico occidental, en donde la naturaleza, lo femenino y la mujer, es decir lo Otro ha sido representado con características inferiores, expropiables y moldeables, pues sólo se nos ha reconocido desde la inferioridad. Este pensamiento androcéntrico divide y describe toda la complejidad de la realidad en pares dicotómicos, opuestos y jerarquizados: cultura/naturaleza, hombre/mujer, razón/emoción, público/privado, ciencia/saber tradicional, trabajo productivo/trabajo reproductivo; otorgando mayor valor a aquellos considerados tradicionalmente como masculinos, e invisibilizando y minusvalorando el mundo simbólico femenino.

Desde hace muchos años, el ecofeminismo viene denunciando que circunscribir la realidad en toda su complejidad a una ecuación binaria es limitado y reduccionista. En esta equiparación de las mujeres con la naturaleza, además de despojarlas de su capacidad de raciocinio y pensamiento, las coloca a ambas en una posición subalterna y olvida de manera palmaria y vital que somos seres interdependientes y ecodependientes. Dependemos de los recursos naturales, de los ecosistemas, de la biosfera y también necesitamos cuidados en los primeros años de nuestra vida, en la vejez y en la enfermedad. Es imposible vivir en soledad.

Esta evidencia durante muchos años ha sido resuelta por el sistema patriarcal a través de la división sexual del trabajo, privatizando la supervivencia y relegándola al espacio doméstico, en donde han sido confinadas las mujeres desde la revolución industrial. Allí, fuera de la mirada pública, las mujeres mayoritariamente se han visto obligadas a asumir esas funciones, no porque estén mejor dotadas genéticamente para realizarlas, sino porque es el rol que el patriarcado les ha asignado.

El mal desarrollo
Vivimos la paradoja de un modelo económico y una lógica del mercado que propugna y defiende un sistema de crecimiento ilimitado, con unos recursos naturales finitos. Este mal desarrollo como lo define Vandana Shiva, genera tensiones y desigualdades sociales entre el norte y el sur globalizado y tiene consecuencias desastrosas para la naturaleza y para las mujeres, que son consideradas como materia prima. ¿Cómo se ha conseguido si no el tan alabado desarrollo económico?, es evidente que se ha logrado con la sobreexplotación del trabajo gratuito y oculto de las mujeres y el dominio y subordinación de la naturaleza, condiciones esenciales para producir las reglas actuales de producción y consumo.

El sistema patriarcal, apoyado y ayudado por el sistema capitalista, ha declarado la guerra a los cuerpos humanos y a los territorios y los ha puesto al servicio del capital. Estos cuidados y recursos naturales no son contabilizados en el PIB, magnitud macroeconómica sobre la riqueza económica de un país. Los cuidados, a pesar de ser necesarios para la supervivencia no son tenidos en cuenta por este indicador económico. No es economía, ni siquiera se considera un trabajo. El nacimiento de un río, el aire sin contaminar tampoco hacen caja. Sin embargo, las catástrofes ambientales producen intercambios monetarios y el trabajo de las empleadas en el hogar sí es tenido en cuenta, aunque sea precario y sin garantías laborales.

Sólo así se explica que desde organismos como el FMI se hable de riesgo de longevidad o coste del envejecimiento, alertando de que hay que reducir el importe de las pensiones, porque ese aumento de la esperanza de vida es un coste enorme para los gobiernos, las empresas, aseguradoras y particulares, lo cual amenaza la estabilidad de las finanzas públicas.

No podemos vivir de espaldas a la crisis ecológica y a la crisis de los cuidados. Las políticas de austeridad o austericidio que inciden fundamentalmente en el ámbito social, sanitario y educativo, terminan por afectar la responsabilidad laboral de las mujeres y a revitalizar los roles de género debido a la derivación de los cuidados que antes eran cubiertos o apoyados por el Estado hacia nosotras, incrementando las brechas de género. Los recortes en servicios públicos o dependencia vuelven a encerrar dentro del entorno doméstico el bienestar de las personas e intentan asignar a las mujeres una responsabilidad, que no nos corresponde asumir en solitario.

Nuestra incorporación al mercado trabajo y a un modelo masculino del reparto del tiempo y el espacio ha tenido como efecto la doble jornada o la externalización de las tareas domésticas, que normalmente recae sobre otras mujeres. Con lo cual, lo que hacemos en este mundo globalizado desde los países más desarrollados es transferir los cuidados de unas mujeres a otras, que normalmente vienen de otros países menos desarrollados, estableciendo lo que se denominan cadenas globales de cuidados.

Poner la vida en el centro
La ocupación de los territorios del sur por megaproyectos de empresas transnacionales, ya sea extractiva o de infraestructuras, persiguen únicamente la acumulación de poder y ganancias de las grandes corporaciones, y ocultan en gran medida, la vulneración de los derechos de las mujeres y la explotación de la naturaleza. Esta lógica del sistema capitalista heteropatriarcal despoja a la población indígena de los bienes comunales y de una forma de vida sostenible repercutiendo más en las mujeres, pues destruye en muchos casos las fuentes de ingresos que tenían.

La ausencia de los medios de subsistencia se suma al deterioro ambiental del territorio, a la desaparición de tierras dedicadas a la agricultura y de las formas de vida tradicionales y a la ruptura del tejido social y redes de apoyo que daban soporte a la solidaridad comunitaria. La mercantilización de los servicios de agua, electricidad, sanidad y educación antepone la obtención de lucro sobre su función social y amplios sectores de la población, con ingresos muy escasos, no pueden acceder a ellos. Todo esto afecta de una manera más directa a las mujeres, que tienen peores condiciones socioeconómicas y menor disponibilidad de recursos.

Necesitamos, por tanto, pensar la realidad de nuestro mundo actual con las claves que nos proporcionan el feminismo y el ecologismo: cambiar el paradigma y dejar de considerar al mercado como medida de valor y poner en el centro de las políticas públicas la sostenibilidad de la vida.