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viernes, 11 de agosto de 2017

#hemeroteca #filosofia #pierpaolopasolini | Libertad sexual, consumismo y elogios: las tres profecías cumplidas de Pasolini

Imagen: El Confidencial / Pier Paolo Pasolini
Libertad sexual, consumismo y elogios: las tres profecías cumplidas de Pasolini.
Cuando murió, tras una brutal paliza y atropello, el primer ministro italiano Guilio Andreotti dijo que "se lo ha buscado". Ahora se publica en español 'Vulgar Lengua'.
Víctor Lenore | El Confidencial, 2017-08-11
https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-08-11/pasolini-profecias-vulgar-lengua_1426999/

Pocos intelectuales contemporáneos pueden presumir del impacto que alcanzó Pier Paolo Pasolini (1922-1975). Cuando murió, tras una brutal paliza y atropello, el primer ministro italiano Guilio Andreotti dijo que "se lo ha buscado". Sea cierta o no la sospecha de un asesinato político, personajes poderosos de todo el espectro social sintieron su desaparición como un alivio. Cuatro décadas después, su obra se mantiene más viva que nunca. Incluso intervenciones que suelen considerarse menores nos dan claves sobre conflictos cruciales de nuestro tiempo. Es el caso del reciente 'Vulgar Lengua' (Ediciones El Salmón), que recoge un encuentro de Pasolini con profesores interesados en sus propuestas de reforma.

En los últimos años, se han publicado 'Sobre el deporte' (Contra), 'Nebulosa' (Gallo Nero) y 'Nueva York' (Errata Naturae). Esta última editorial también se encargó del volumen de miscelánea 'Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas'. Parece que cualquier migaja de su legado (una entrevista, un guión inacabado, columnas sobre el Bolonia FC…) dice más sobre nuestros problemas que la mayoría de ensayos publicados anteayer. Los Teatros del Canal programan en mayo de 2018 'Who is me. Pasolini (Poeta de las cenizas)', montaje de Álex Rigola que imagina una charla con el italiano. ¿Por qué este creciente interés en su obra? Seguramente porque sus lectores tienen claro que acertó en tres profecías fundamentales.

1) El consumismo arruinará nuestras vidas

Una de las ideas fundamentales de su discurso es que el capitalismo contemporáneo es más destructor que el fascismo, ya que dispone medios de dominación más potentes. Mussolini tenía la iglesia y el ejército, mientras que Berlusconi dispondría de la televisión. Así lo explicaba en el año de su muerte. "Hoy, el orden social, en mi opinión, ha cambiado de forma revolucionaria en el seno del propio capitalismo. El consumismo es una forma nueva y revolucionaria de capitalismo, porque posee en su interior elementos nuevos que lo revolucionan: la producción de mercancías superfluas a una escala enorme y, por tanto, el descubrimiento de la función hedonista. El descubrimiento de la función hedonista provoca que este capitalismo nuevo, este nuevo orden social, no quiera seguir teniendo pobres, sino personas pudientes que quieran consumir, no quiere buenos ciudadanos, sino buenos consumidores".

Su tesis política, nacida de la observación cotidiana, consiste en que los marginados sociales estaban mucho mejor antes de la llegada de la televisión y el capitalismo de consumo. "En los arrabales romanos, que es el mundo que yo conozco, y que es el mundo que he retratado en mis novelas de hace diez años, los jóvenes y la gente en general era mucho más feliz que ahora. No sé qué es la felicidad; pero si la felicidad es sonreír, y cantar, y crear con las palabras todos los días un chiste, un chascarrillo, una historieta, entonces eran mucho más felices", apunta en 'Vulgar lengua'.

2) La libertad sexual ha sido falsificada por el capitalismo

Pasolini tuvo que luchar desde joven por su condición de homosexual, una práctica tolerada entre el mundo cultural italiano a cambio de discreción. Su defensa abierta le ganó muchos enemigos. A pesar de todo, protestó cuando las élites fueron abriendo la mano. "Esa libertad sexual por la que yo he peleado tanto, hela aquí, la tenemos a nuestro alrededor, todos los días, es algo espantoso, porque se trata de una falsa tolerancia concedida desde arriba, concedida por ese nuevo modo de producción que quiere que el sexo sea libre porque donde hay libertad sexual hay un consumo mayor. Es así como han nacido los guetos pornográficos en Copenhague", lamenta.

El escritor italiano pensaba que la lucha debía reorientarse. "La tolerancia, la libertad sexual del consumismo, es mucho más avanzada que en mis películas". Odiaba la reducción de los cuerpos a objetos con la etiqueta del precio. "Quiero comenzar de cero, hacer películas donde continúe presente el problema sexual, pero no entendido como pura libertad, porque el consumismo ha adaptado y falsificado esto, sino de una forma más problemática y dramática". Su violenta muerte nos privó de esas películas.

3) Las alabanzas son una forma de desactivación política


Pasolini fue insultado o ignorado por todos los estamentos sociales, desde la iglesia católica al partido comunista. Incluso tuvo choques con su público natural, los jóvenes contraculturales que formaban el grueso de sus seguidores. Queda claro en su artículo 'Lo que dicen las melenas', de 1973, donde muestra su decepción por la mutación del hippismo en algo parecido al hipsterismo. Cuando veía revueltas estudiantiles como las de 1968, se ponía de manera instintiva de parte de los policías, jóvenes proletarios que carecían de la libertad económica de los cachorros de la clase media (obviamente, era una provocación, no pretendía defender la represión estatal, sino empatizar con aquellos "constreñidos a ser siervos por la pobreza").

En vida, estuvo muy atento a los elogios que -de manera consciente o inconsciente- desactivaban su discurso. "No quiero ser un personaje literario (…) Se llevan a un primer plano de mi obra solo los aspectos secundarios, como el lenguaje o la crueldad que existe en mi verdad. Un modo elegante para no detenerse en cambio la cuestión social, que es para mí, en mi intención de artista, la más importante". Pasolini parece estar describiendo un reciente artículo laudatorio de Antonio Muñoz Molina en Babelia. Allí se destaca su condición de artista lúcido, insobornable y certero, pero se esconde la faceta de hombre práctico, dispuesto a actuar una y otra vez contra el sistema. Por ejemplo, boicoteó el premio literario Strega en 1968, por estar "en manos del arbitrio neocapitalista".

¿Quién haría eso hoy contra el Planeta? También destaca su postura de pedir la suspensión de la televisión hasta que se reorientase en favor del desarrollo humano, en vez de hacia los beneficios. ¿Algún columnista se organizaría por esto ahora? Pasolini odiaba el consumo superfluo, hasta el punto de pedir el plato más sencillo en cada restaurante al que iba. ¿Cuántos intelectuales están dispuestos a renunciar a un cenorrio de la industria? Su obra no es solo algo que admirar, sino propuestas vitales que piden diálogo y continuación.

Y TAMBIÉN…
Necesitábamos tanto a Pasolini.

El legado intelectual y cinematográfico del escritor y cineasta italiano está hoy más vigente que nunca. Recordamos su vida y rastreamos su influencia en una generación de directores españoles.
Eulàlia Iglesias | El Confidencial, 2015-11-02
https://www.elconfidencial.com/cultura/2015-11-02/pasolini_1079643/
Abel Ferrara: “Todo el mundo en Roma sabe quién mató a Pasolini”.
El director estadounidense y el actor Willem Dafoe analizan las claves de su filme sobre las últimas 48 horas del legendario escritor y cineasta italiano.
Carlos Prieto | El Confidencial, 2015-03-19
https://www.elconfidencial.com/cultura/cine/2015-03-19/abel-ferrara-todo-el-mundo-en-roma-sabe-quien-mato-a-pasolini_203851/

domingo, 6 de agosto de 2017

#hemeroteca #filosofia #pierpaolopasolini | La verdad a cualquier precio

Imagen: El Mañana / Pier Paolo Pasolini
La verdad a cualquier precio.
Pasolini se dio cuenta antes que nadie de la devastación espiritual que la economía de consumo masivo podría traer consigo.
Antonio Muñoz Molina | El Mañana, 2017-08-06
https://www.elmanana.com/laverdadacualquierprecio-3965341.html

Porque Pier Paolo Pasolini no tenía miedo de nada, ni siquiera lo tenía de aquello que más puede asustar a un literato o a un artista de las últimas décadas, casi del último siglo: que lo acusaran de retrógrado, de anticuado. La ortodoxia de la modernidad, lo mismo en las artes que en la política, es la celebración incondicional de lo que se considera avanzado, lo contemporáneo, lo más nuevo, lo último. Quizás por eso las artes plásticas han adoptado tan jovialmente los papanatismos de la moda, sin más que espolvorearlos con una capa cada vez más ligera y más atolondrada de intelectualidad, y los dirigentes políticos de todos los partidos encargan directamente sus eslóganes a las mismas empresas de publicidad que incitan a comprar teléfonos o coches. Tienes que asegurarte de que te has hecho con el último modelo de algo, un smartphone o el nombre de un artista o la consigna ideológica que más va a llevarse esta temporada. Y como la velocidad de la moda hace imprescindible y hasta inevitable el olvido, no habrá el menor peligro de que nadie te acuse de veleidad o de incongruencia.

Hace unos años, por ejemplo, la ortodoxia de lo último exigía augurar con impaciente alegría la desaparición de los libros en papel y el triunfo del lector electrónico. El mismo espacio que en esa época dedicaban casi a diario los medios al triunfo inminente de esa maravilla tecnológica lo dedican ahora, sin estupor ni autocrítica, a la sorpresa halagadora de que los libros en papel han resistido a la crisis, a la piratería, incluso a la brutalidad de las autoridades culturales españolas. Durante largos decenios, arquitectos y urbanistas predicaron, y desdichadamente pusieron en práctica, el dogma lecorbusiano de la destrucción de la ciudad, en nombre de lo nuevo: los coches, las autopistas, los centros comerciales eran el porvenir. Ahora cantan las virtudes de los espacios caminables, el transporte público, la mezcla de los usos urbanos, las bicicletas. Bienvenidos sean. Pero el mundo sería ahora algo menos inhabitable si las cabezas pensantes de la modernidad urbana no hubieran actuado durante tantos años como si cobraran directamente de las compañías petrolíferas y los fabricantes de coches.

La política
Los partidos políticos españoles no parece que acaben de enterarse, pero la más abrumadora de todas las ortodoxias, la del crecimiento económico ilimitado y el bienestar definido exclusivamente en términos de consumo, está siendo ya puesta en duda por mucha gente: gente joven, sobre todo, que ve derrumbarse sus expectativas de porvenir y está muy alerta a las consecuencias de una prosperidad cada vez más desigual y basada en la explotación de recursos que no son renovables, en el pillaje, el envenenamiento y la destrucción del mundo natural.

Ahora ya se corre algo menos de peligro de ser llamado retrógrado o antiguo o nostálgico si no se aprueba con fervor incondicional cualquier novedad que traiga el sello del progreso. En los años sesenta y los primeros setenta, cuando Pasolini alzó en solitario su voz para poner en duda lo que todo el mundo acataba, para denunciar la parte de devastación y de empobrecimiento espiritual que había en el capitalismo de consumo y en la omnipresencia de la televisión comercial, su heterodoxia enfurecía por igual a la derecha y a la izquierda. Era, para unos y otros, para sus adversarios de siempre y sus camaradas de otro tiempo, un retrógrado, una especie de profeta irritante, un defensor de causas no ya perdidas, sino obsoletas, más molesto aún porque ejercía su disidencia en los años deslumbrantes del milagro económico.

Era comunista y homosexual, pero decía añorar la sensación de lo sagrado y había hecho una película con el Evangelio de san Mateo. Se declaraba marxista, pero sus héroes de clase no eran los obreros de las fábricas, sino los campesinos forzados al abandono de la tierra y a la emigración por el desarrollo capitalista, los pequeños artesanos arruinados por la producción industrial, los marginados y los buscavidas de los cinturones de chabolas de las grandes ciudades. Había conocido la pobreza muy de cerca y era consciente de cómo el desarrollo mejoraba las vidas de la gente trabajadora: el agua corriente, la salud, la buena alimentación, la escuela. Pero se dio cuenta antes que nadie de la devastación espiritual que la economía del consumo masivo podría traer consigo, y del modo en que la televisión comercial estaba acabando con la variedad y la riqueza de las culturas populares, las hablas y las formas de vida.

Derecho a llevar la contraria
En sus últimos tiempos parecía que buscaba desesperadamente explicarse: disipar los malentendidos y las tergiversaciones de lo que decía, defender su derecho a llevar la contraria, aunque estuviera él solo, aunque nadie quisiera aceptar y ni siquiera oír sus palabras urgentes. Unos días antes de que lo mataran, en octubre de 1975, Pasolini participó en un debate público con educadores. “No tengo miedo a exponerme a ser tachado de reaccionario o de conservador”, les dijo: “La verdad debe decirse a cualquier precio”. En voz alta y clara hizo el dictamen del mundo que entonces estaba naciendo, y que ha llegado a su cumplimiento máximo en esta época nuestra: “El consumismo es una forma nueva y revolucionaria de capitalismo, porque posee en su interior elementos nuevos que lo revolucionan: la producción de mercancías superfluas a una escala enorme y, por tanto, el descubrimiento de la función hedonista”. También dijo, provocadoramente, que si de él dependiera clausuraría la televisión y la escuela pública. (La televisión tal como existía, la escuela en su peor sentido, explicó luego, no se sabe si sorprendido o halagado de que no hubieran apreciado su sarcasmo).

Ese debate tan lejano, tan pertinente ahora, lo ha traducido y prologado con solvencia impecable Salvador Cobo, con el mismo título que tiene en italiano, 'Vulgar lengua', en una de esas editoriales combativas y algo recónditas que hay ahora, Ediciones el Salmón. Leídas ahora las palabras airadas de Pasolini cobran una inquietante cualidad de profecías cumplidas. Lo que él vio venir y contra lo que clamó en solitario fue la Edad de la Basura: la basura material de las mercancías superfluas que ahora convierte en vertederos de plástico los fondos marinos y las playas de las islas perdidas; la basura de la televisión que iba a trastornar Italia desde los tiempos de Berlusconi y luego nos contagió a nosotros, y ahí sigue, segregando su grosería como un vertido tóxico incesante, sin que nadie clame en serio contra ella, no vaya a parecer retrógrado, o anticuado, o nostálgico.


PUBLICADO TAMBIÉN EN:
La verdad a cualquier precio.

Pasolini se dio cuenta antes que nadie de la devastación espiritual que la economía de consumo masivo podría traer consigo.
Antonio Muñoz Molina | El País, 2017-06-24
https://elpais.com/cultura/2017/06/20/babelia/1497974929_815747.html

martes, 16 de mayo de 2017

#libros #filosofia | Vulgar lengua

Vulgar lengua / Pier Paolo Pasolini ; prólogos de Salvador Cobo y Antonio Piromalli ; traducción de Salvador Cobo.
Alicante : Ediciones El Salmón, 2017 [05-16].
136 p.
ISBN 9788494321788 / 13 €

/ ES / ENS
/ Capitalismo / Consumismo / Filosofía / Medios

El 21 de octubre de 1975, apenas unos días antes de morir asesinado, Pier Paolo Pasolini participó en una conferencia en la ciudad de Lecce sobre las culturas y lenguas minoritarias de Italia, en lo que sería su última intervención pública. Dialogando con profesores y estudiantes de instituto, Pasolini discute sus dudas y preguntas desplegando los motivos prpiincipales de su herejía desesperada: el genocidio consumista, el trágico destino de los dialectos italianos, el rol de la escuela y la paradoja de la desescolarización, la censura y la tolerancia, o el conformismo de la figura emergente del nuevo clérigo progresista.

‘Vulgar lengua’ recoge, por primera vez en castellano, la transcripción del debate. Contiene, además, el prólogo de la edición original escrito por el organizador del encuentro, Antonio Piromalli; el prólogo escrito por el traductor y miembro de Ed. El Salmón, Salvador Cobo; una pormenorizada bibliografía sobre la relación entre Pasolini y los dialectos, elaborada por Fabio Francione, responsable de la edición italiana y autor a la sazón de la ‘Nota a la edición italiana’; así como un apéndice fotográfico que ilustra la jornada de Pasolini en la ‘Grecìa’, zona de la provincia de Lecce donde se conserva el dialecto ‘griko’ o ‘grecánico’.

Pier Paolo Pasolini conversa con Cosimino Surdo, cantante en lengua grecánica
«Todo lo que ha hecho el capitalismo hasta hace diez años, es decir, la centralización clérico-fascista, no ha hecho un solo rasguño a la diversidad cultural de los italianos. Antropológicamente, un siciliano era un siciliano, un albanés era un albanés y un friulano era un friulano. Nada los había transformado. La llegada de la cultura de masas, de los ‘mass media’, de la televisión, del nuevo tipo de escuela, del nuevo tipo de información y, sobre todo, de las nuevas infraestructuras, es decir, el consumismo, ha llevado a cabo una aculturación, una centralización que ningún gobierno que se declarara centralista había conseguido jamás. El consumismo, que se declara tolerante, abierto a la posibilidad de una descentralización, es, por el contrario, terriblemente centralista. Ha conseguido perpetrar ese genocidio que el capitalismo perpetró en Francia o en Inglaterra tal vez ya en tiempos de Marx, y del que hablara el propio Marx».

Pier Paolo Pasolini (1922-1975), fue un escritor y cineasta italiano. Alcanzó notoriedad tras la publicación de sus primeras novelas y poemarios, que desataron diversas polémicas: ‘Chavales del arroyo’ (1955), ‘Las cenizas de Gramsci’ (1957) y ‘Una vida violenta’ (1960). Su labor como director de cine multiplicó su fama por todo el globo, con películas como ‘Accattone’, ‘El evangelio según san Mateo’, ‘Teorema’ o ‘Saló’. Comunista y antimoderno, Pasolini fue un marxista profundamente heterodoxo, amante de la cultura preindustrial y enemigo de la civilización tecnológica, como lo demuestran sus numerosos artículos críticos con el «neocapitalismo», la televisión o el consumo ya desde finales de los años cincuenta, opiniones heréticas que alcanzarían su culmen en sus libros ‘Escritos corsarios’ y ‘Cartas luteranas’, así como en el debate-conferencia ‘Vulgar lengua’.