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domingo, 20 de abril de 2025

#hemeroteca #feminismo | Por qué ante el auge de las ultraderechas las mujeres somos más de izquierdas y menos de Venus

Protesta en Berlín el pasado febrero contra la líder del partido ultra AfD //

Por qué ante el auge de las ultraderechas las mujeres somos más de izquierdas y menos de Venus

La brecha de género en la posición ideológica ha aumentado en las últimas décadas, especialmente entre la población menor de 25 años. Es un fenómeno global, que no había ocurrido en otros períodos históricos. Buscamos la explicación más allá del género.
Irantzu Varela Urrestizala | El País, 2025-04-20
https://elpais.com/smoda/feminismo/2025-04-20/por-que-ante-el-auge-de-las-ultraderechas-las-mujeres-somos-mas-de-izquierdas-y-menos-de-venus.html

Cualquiera que trabaje o conviva con jóvenes puede tener la impresión de que ellos son cada vez más machistas —y más de derechas—, y ellas son cada vez más feministas —y más de izquierdas—. Pues resulta que es cierto, en gran parte.

La polarización ideológica entre mujeres y hombres nacidos en torno al 2000 es una realidad que se puede cuantificar. En las elecciones alemanas del pasado febrero, el 35% de las mujeres entre 18 y 24 años votó a Die Linke —la izquierda de ideología socialista—, mientras que el 27% de los hombres de esa edad votó a AfD (Alternativa para Alemania), la ultraderecha germana. Según las encuestas, en Estados Unidos las mujeres de entre 18 y 30 son ahora 30% más “liberales” —entendido como progresistas, que últimamente hay que aclarar los conceptos básicos, que nos los roban— que sus contemporáneos masculinos. En España, según el CIS, Los hombres menores de 25 años se han desplazado más a la derecha que nunca, mientras que las mujeres de esta edad han virado a la izquierda como no lo habían hecho antes. De hecho, según la politóloga Silvia Clavería “los hombres jóvenes se han convertido en el grupo de población más derechizado de toda la sociedad, algo que no había ocurrido nunca”.

“Esta brecha de género en el voto es un dato muy impactante, muy sorprendente, muy nítido, extendido en todo Occidente. No había pasado antes en la historia, por lo menos no así de marcada y de extendida la diferencia”, afirma la abogada y periodista argentina Julia Mengolini, autora del libro ‘Las caras del monstruo’, en el que analiza las claves de la victoria de Milei en Argentina.

O sea, que lo de tu sobrino no es que está viendo los ‘streamers’ equivocados, sino que está formando parte de un fenómeno mundial sin precedentes que hace más real que nunca la afirmación de Angela Davis sobre que el feminismo es la única lucha capaz de frenar el fascismo. ¿Y cuál es la explicación? ¿Los chicos son malos y las chicas buenas? ¿Ellos son cazadores y ellas recolectoras? ¿Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus?

Pues obviamente no. No existen argumentos biologicistas que expliquen comportamientos colectivos, y estamos en 2025 y ya sabemos que el género es una performance. Pero hay explicaciones, claro que sí.

¿Cómo se explica la brecha de género ideológica que recorre el mundo?

Según la filósofa política Jule Goikoetxea, “en el comportamiento electoral de las últimas décadas el voto se divide en base a aquellos ejes que han sabido politizarse”. Según su planteamiento, hace unas décadas las personas de la clase trabajadora votaron a partidos de izquierdas porque la explotación laboral era el eje que partidos y sindicatos habían conseguido politizar, despertando la conciencia de clase. Vamos, que la gente, cuando se hace consciente de violencias y explotaciones que le atraviesan, vota por quienes defienden la lucha que consideran suya. Así, según Goikoetxea, “cuando se consiguen politizar otros ejes, como la violencia estructural contra las mujeres y personas no blancas, la discriminación económica, política y científica que sufre mas de la mitad de la población por ser mujer, migrante, puta, o no blanca, estos sujetos se politizan y votan diferente a aquellos que no se identifican con ese problema, o no sufren dichas violencias y dominaciones”. Aquí parece estar el origen de la brecha: las que viven la discriminación y los que viven el privilegio.

Mengolini, desde otro prisma, considera que “hay una explicación que tiene que ver con la condición histórica de las mujeres, no esencialista, pero sí vinculada a una forma de vivir, a las tareas de cuidado, que nos aleja de esta propuesta de identidad cruel y absolutamente individualista con la que vienen las ultraderechas”. La idea de que a base de enseñarnos a cuidar y a preocuparnos por el bien común, hemos aprendido a rechazar la crueldad y la ley del más fuerte, me convence en parte. Pero ¿por qué ahora?

“Acá pasó algo” —afirma Mengolini—. “¿Qué es lo que pasó? Pues un proceso de politización, encuadrado en el movimiento feminista, que a las mujeres nos vino a proponer un proyecto de mundo más igualitario, de cuidar de los otros y de las otras. Y esto funcionó como un antídoto antifascista”.

Vamos, que somos más antifascistas porque somos feministas y somos feministas porque siempre tuvimos formas comunitarias de cuidarnos entre nosotras. Vendría a ser la nueva “conciencia de clase”. Las mujeres y las disidencias sexuales y de género hemos despertado a una conciencia que explica las violencias que vivimos como parte de estructuras de dominación que nos atraviesan, no como destinos biológicos o estado “natural” de las cosas. Y de ahí no se vuelve. Una vez que eres consciente de las discriminaciones que vives, y de dónde vienen, no puedes votar —ni vivir— como si no te dieras cuenta.

¿Qué papel tiene el feminismo en la izquierdización de las mujeres jóvenes?

El momento histórico en el que las mujeres más se identifican con la izquierda coincide con la extensión de la conciencia feminista, porque en realidad son el mismo proceso, el de construir razones y herramientas para combatir los discursos supremacistas. En palabras de Mengolini, “sin feminismo, las ultraderechas podrían estar ganando por más diferencia, porque la ultraderecha se propone como una propuesta de identidad en una crisis terminal del neoliberalismo. De no estar las mujeres más politizadas gracias al feminismo, tal vez todas hubiésemos comprado esa propuesta de identidad”.

El momento histórico en el que más se alejan las mujeres de las posiciones conservadoras, especialmente de las extremas, también lo explica el despertar masivo al feminismo. Para Jule Goikoetxea, “es el movimiento feminista con todas sus ramificaciones en las casas, en el ocio y en el trabajo quien ha politizado a todas esas mujeres jóvenes”.

El momento histórico en el que las mujeres jóvenes más se distancian —en principio ideológicamente, pero no solo— de los hombres, también está relacionado con la toma de conciencia feminista. “Aquí, —afirma Goikoetxea— pero también en Chile, Colombia, Argentina, Irán, Guinea, cuando ven que “ser mujer” (ser marcada como mujer) implica subalternidad, más pobreza, más precariedad y sufrir violencia sistemática por parte de los hombres, se dan cuenta de que el problema no es simplemente una estructura abstracta de dominación sin responsables, e identifican que tienen un gran problema con ese grupo social llamado “hombres”. Y empiezan a exigir explicaciones y cambios a los responsables. Y los responsables se cabrean. Y la responsabilidad no es personal, es política, da igual que tengan 20 años, porque ellas también tienen 20 años y no paran de sufrir violencia”.

¿Qué papel tiene el feminismo en la derechización de los hombres jóvenes?

Desde algunos sectores de la izquierda se ha acusado al feminismo de “ir demasiado lejos” y haber provocado una reacción en los hombres jóvenes, que los ha llevado a ser más machistas y a acercarse al fascismo. Pero Mengolini no cree que esa dinámica sea relevante. “Yo creo que el que se hizo ultraderechista por una reacción al feminismo son los menos. El núcleo más duro”. Para Goikoetxea, “el feminismo enfada a una gran cantidad de hombres porque les señala como el grupo social y político responsable del sistema patriarcal”. El feminismo ha construido las herramientas para analizar las desigualdades y las armas para empezar a combatirlas, y eso lo notamos nosotras, pero también quienes han vivido hasta ahora impunes y tranquilos en su privilegio.

“¿Cuándo empieza el cabreo?” —dice Goikoetxea— “Cuando empiezan a señalar a los responsables. Entonces, los responsables responden, sea votando, sea disparando, sea privatizando, sea ilegalizando el aborto, las personas trans, la equidad salarial. Eso es fascismo”. Así, parece que los avances del feminismo —que evidentemente pasan por destapar los sistemas de dominación y a quienes se benefician de ellos— serían la erupción que enciende el odio que lleva a algunos hombres considerar el fascimo una opción para huir de la lava. “Pero recordemos algo muy importante —apunta Goikoetxea—: no todos los hombres empobrecidos y explotados votan fascismo, es un determinado perfil muy concreto quien vota una y otra vez fascismo: supremacistas”.

Mengolini tampoco niega una reacción al feminismo “porque se nota que hubo una respuesta organizada a nuestro movimiento feminista, otra respuesta organizada. Nosotras presentamos una especie de programa y ellos contestaron con su especie de programa. El feminismo a nosotras nos resguardó de este tsunami de identidad ultrafascista”.

Las conclusiones serían, entonces, las contrarias a los que consideran que hemos ido tan lejos que nos hemos pasado y algunos hombres se sienten atacados. Más bien sería que hemos conseguido tantos avances, que hemos movido los cimientos que sostienen los palcos del privilegio, y quienes estaban allí sentados se han enfadado. Y así empiezan las revoluciones.

¿Qué influencia tendrían las redes sociales en este proceso?


El mundo no es el mismo desde que en 1991 se presentó la World Wide Web y “se inventó” internet. Y el movimiento feminista supo aprovechar la ausencia de intermediarios, las posibilidades pedagógicas y las potencialidades de alcance casi infinitas, para hacer llegar un mensaje necesariamente complejo a cada vez más mujeres que no tenían muy claro quién es Simone de Beauvoir. Todas nos hemos hecho (más) feministas gracias a internet.

Para Goikoetxea, “la cuarta ola feminista ha sabido usar las redes para movilizar, organizar y cambiar muchas cosas. Si solo hubiera tele y radio, pero no redes sociales, no hubiera sido posible lo que ocurrió con las denuncias en contra de agresores con poder, ni tampoco la denuncia de Jenni Hermoso, que se da en plena politización feminista y sindicalista de los grupos deportivos feminizados”.

Pero lo que ahora llamamos la “manosfera” (o “machosfera” según lo cabreada que te halles) también se apuntó al modem político y ha convertido las redes sociales en Tennesse después de la abolición de la esclavitud: un montón de hombres blancos convencidos de que no tienen todo —el poder, el dinero, las mujeres, el casito, la impunidad— que se merecen y que están dispuestos a todo, violencia incluida, por recuperar lo que —en su relato épico/onírico— les han arrebatado. ¿Quién? Nosotres.

Para Mengolini, “las redes sociales son un elemento crucial para entender esta especie de tormenta perfecta porque tabican nuestras creencias”. Pero la periodista y escritora considera que no es un fenómeno casual: “También existe un sesgo de género en el algoritmo. No puede ser que uno entre a YouTube y lo que más funciona sean los varones hablando con varones. Esto es una amplificación de una situación social que no la inventó el algoritmo, sino el patriarcado, pero que el algoritmo entiende, recoge y exacerba”.

¿Cuáles pueden ser las consecuencias de esta polarización?

Goikoetxea lo tiene claro: “La polarización va de la mano del cambio político. No hay cambios estructurales sin polarización. Lo que ocurre es que suele venir con mucha violencia porque quienes ostentaban el poder antes de ese cambio o de esa nueva politización, se enfadan, se arman, y empiezan a usar la violencia directa, institucional y económica a destajo. Ya lo estamos viviendo”.

Parece un mensaje apocalíptico, en sintonía con los aires de fin de mundo que soplan para cualquiera que esté un poco al tanto de la situación internacional o que tenga una cuenta en el ‘zombie’ de Twitter, actualmente llamado X. Pero yo prefiero quedarme con la idea de que es, sí, el fin del mundo, pero tal y como lo conocemos, y que lo que viene se parecerá más a Venus, y menos a Marte.

En Urano está el apartamento que da título al libro de Paul B. Preciado en cuyo prólogo Virginie Despentes escribe algo que me parece un horizonte: “Por primera vez en mi vida siento que toda esa violencia que resurge no es más que el último gesto desesperado de la masculinidad tradicional abusiva y violadora. La última vez que los oímos gritar y salir a matarnos por las calles para conjurar la miseria que constituye su marco de pensamiento. Creo que los niños nacidos después del año 2000 pensarán que seguir bajo este orden masculinista sería morir y perderlo todo”.

Pues eso, que nosotras a lo nuestro.

miércoles, 10 de abril de 2024

#libros #testimonios | Lo que quede

Lo que quede / Irantzu Varela.
Madrid : Continta me tienes, 2024 [04-10].
250 p.

/ ES / Libros / Autobiografía / Activismo / Crónicas / Feminismo / Lesbianismo / Testimonios

📘 Ed. impresa: ISBN 9788419323231 / 19.95 €
📝 Cita APA-7: Varela, Irantzu (2024). Lo que quede. Continta me tienes.

«Mi cuerpo es una casa encantada en la que me extravío.
No hay puertas pero sí cuchillos y un centenar de ventanas».

Carmen Maria Machado

‘Queda lo escrito, todo lo demás no queda’, escribió Emilia Pardo Bazán, e Irantzu Varela, comunicadora vasca, feminista, bollera y activista gorda, retoma estas palabras y las trasforma en una invitación a adentrarnos en estas memorias autopornográficas en las que nos cuenta cómo ha llegado a ser quien es hoy.

La escritora y monologuista compone esta biografía a través de relatos cerrados que, potentes como disparos, en ocasiones nos queman la piel, nos llenan de rabia y nos dan ganas de quemar cosas. Sin embargo, en sus palabras siempre hay una puerta abierta, el apoyo de las suyas, la ternura con la que habla de sus raíces y por supuesto la intención deliberada de convertir los dolores y violencias propias en movimientos y acciones colectivas.

Varela no se presenta sola, sino que a lo largo del libro convoca un akelarre de mujeres artistas, a través de cuyas citas y referencias podemos aproximarnos al universo más personal y político de la autora. A falta de reparación, o a la espera de ella, ojalá ‘Lo que quede’ sirva como alivio de lo vivido.

Irantzu Varela. Periodista feminista. Coordinadora de Faktoria Lila, creadora de ‘El Tornillo’ en Público TV y colaboradora en ‘Pikara Magazine’ y otros medios de comunicación. Autora de (Ya no) soy esa (Pikara, 2021) y coautora de los volúmenes colaborativos ‘(h)amor4 propio’ (Continta Me Tienes, 2019); ‘(h)amor5 húmedo’ (Continta Me Tienes, 2020); y ‘(h)amor8 gordo’ (Continta Me Tienes, 2023). Impulsora de La Sinsorga, un centro cultural feminista en Bilbao.

viernes, 26 de mayo de 2023

#hemeroteca #lgtbi #politica | Artolazabal no sabe detallar las siglas LGTBI tras ocho años al frente de Políticas Sociales

Beatriz Artolazabal en un acto del PNV //

Artolazabal no sabe detallar las siglas LGTBI tras ocho años al frente de Políticas Sociales

«Lesbianismo... LG gays... LGT trans... Fobia... LGTB... A ver, ya no me acuerdo y la I pues tampoco me acuerdo en este momento». Esta ha sido la respuesta de Beatriz Artolazabal, candidata del PNV en Gasteiz y consejera de Igualdad de Lakua hasta febrero de este 2023.
Naiz, 2023-05-26
Https://www.naiz.eus/eu/info/noticia/20230526/artolazabal-no-sabe-detallar-las-siglas-lgtbi-tras-ocho-anos-al-frente-de-politicas-sociales

El PNV apostó por Beatriz Artolazabal para ser la próxima alcaldesa de Gasteiz, una candidata que ha estado los últimos ocho años al frente de Políticas Sociales (primero en Araba y luego a nivel autonómico). El 14 de febrero abandonó el Gobierno de Lakua, donde dirigía el departamento de Igualdad, Justicia y Políticas Sociales. Tres meses después, no es capaz de detallar el significado de la siglas LGTBI.

En una entrevista en Gasteiz Hoy le han preguntado «¿qué significan las siglas LGTBI?». Y le han pillado. Artolazabal no sabe detallar el significado de estas siglas. «Lesbianismo... LG gays... LGT trans... Fobia... LGTB... A ver, ya no me acuerdo y la I pues tampoco me acuerdo en este momento».

Artolazabal dejó Osakidetza en 2015 porque fue nombrada diputada de Servicios Sociales en la Diputación Foral de Araba. Y en 2016 el lehendakari Iñigo Urkullu a nombró consejera de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno de Lakua. Tras las elecciones de 2020 al Parlamento de Gasteiz, Artolazabal continuó como consejera de Igualdad, Justicia y Políticas Sociales en el tercer Ejecutivo de Urkullu, donde ha estado hasta febrero de este año.

En octubre del año pasado el PNV anunció que Gorka Urtaran, mal valorado en las encuestas, no repetiría como candidato jeltzale a la Alcaldía y que su lugar lo ocuparía Artolazabal. Desde entonces, el partido aprovechó para promocionarla desde actos públicos de Lakua. Prueba de ello es que en enero de este año triplicó su agenda pública con respecto a 2022.

Sin embargo, sus apariciones públicas, por decirlo de algún modo, no siempre se han cerrado con éxito. ETA también ha sido un recurso utilizado en numerosas ocasiones por Artolazabal, llegando a decir que «fue un error; ante Franco se podía ser rebelde con kaikus o mendigoizales». También ha utilizado a la desaparecida organización en plena campaña y también llevó al fango electoral a la cantante Kai Nakai.

Siglo XX
La respuesta a la pregunta sobre las siglas LGTBI tampoco ha pasado desapercibida y las redes sociales se han hecho eco del desconocimiento de la candidata del PNV en Gasteiz. «¿Cómo es posible que esta señora fuese consejera de Igualdad gestionando durante tres años las políticas LGTBI?»

La periodista Irantzu Varela ha querido enviar «un ‘besi’ a todas las mujeres y gente del colectivo LGTBIQ que votáis al PNV y nos condenáis a vivir atascados en el siglo XX».

miércoles, 11 de mayo de 2022

#hemeroteca #queer #feminismo | El feminismo queer es para todo el mundo que, como mínimo, esté abierto a debatir

Naiz / Amaia, Gracia, Nerea e Irantzu //

El feminismo queer es para todo el mundo que, como mínimo, esté abierto a debatir.

La presentación del libro ‘El feminismo queer es para todo el mundo’, de Gracia Trujillo, devino en un debate sobre el estado de la cuestión del feminismo radical, de sus genealogías y sus estrategias, de sus alianzas y perspectivas.
Iñaki Soto | Naiz, 2022-05-11
https://www.naiz.eus/es/info/noticia/20220511/el-feminismo-queer-es-para-todo-el-mundo-que-como-minimo-este-abierto-a-debatir 

En estos tiempos es difícil prever cuanta gente asistirá a una charla una tarde soleada de martes en Iruñea. El local municipal del ascensor de Descalzos se quedó muy pequeño para la charla en la que Gracia Trujillo iba a presentar su libro ‘El feminismo querer es para todo el mundo’. Más de cien personas abarrotaron el local, bastantes en el suelo, y otras muchas se quedaron fuera. La gran mayoría eran jóvenes.

El plantel garantizaba un debate interesante: a Trujillo le acompañaban Nerea Barjola e Irantzu Varela. La excusa, por así decirlo, era el libro, un trabajo divulgativo con el que Trujillo ha querido aclarar conceptos y rememorar genealogías, a la vez que servir de guía a las personas que se acercan por primera vez al feminismo queer. Pero desde el inicio de la charla se vio que no iba a ser un acto promocional.

Ayudaron las presentaciones y preguntas de Amaia Zufia, que utilizó pasajes del libro para plantear debates de actualidad dentro del movimiento: balance, marcos teóricos, alianzas, rupturas, estrategias...

El balance del movimiento feminista en general fue positivo, arrancando con Trujillo valorando que los avances logrados han sido gracias a los diferentes feminismo y sus aportaciones, desde el más institucional hasta el más autónomo que ellas representan.

Se habló de las genealogías, un concepto muy relevante dentro de este feminismo, y se hizo repaso de cómo llegaron cada una de ellas al feminismo y, en concreto, al feminismo queer. Recordaron que los orígenes de este movimiento están en las calles, más que en la academia. El libro, en parte, es una respuesta a los intentos por menospreciar este movimiento, que ha sido crucial en las vidas de muchas personas a la hora de vincularse al feminismo.

En este sentido, pronto se cruzaron los debates que se están dando dentro del movimiento, y en concreto con esa parte del feminismo que es tránsfoba. Las tres ponentes se mostraron indignadas ante algunas de las cosas que se dicen sobre las personas trans y sobre quién puede ser o no feminista. Ahí está el debate del sujeto del movimiento. Barjola dijo no verse representada bajo el concepto mujer, sino bajo el de bollera, y consideró que el sujeto entendido como la mujer biológica siempre ha estado presente en una parte del feminismo en el que ella, precisamente, no se ha sentido incluida. Varela denunció que algunas han decidido no entender las ideas y las luchas de los últimos setenta años, empezando por textos básicos como los de Simone de Beauvoir.

Varela de nuevo fue contundente con los límites de las posibles alianzas. Denunció que si la lucha se para cuando se han logrado las demandas particulares de algunas, si no se está dispuesta a defender los derechos de las personas más vulnerabilizadas, seguramente lo que se está defendiendo no son derechos, sino privilegios. Todas convinieron en que todo lo que no sea sostener todos los derechos para todas las personas no puede ser asumible por un movimiento que tiene que aspirar a cambiarlo todo y de raíz. Para ello plantearon la necesidad de cambiar de paradigma.

Tal y como hace Trujillo en el libro, reivindicaron precisamente esa radicalidad del movimiento feminista queer, la necesidad de ser de izquierdas, y consideraron que seguramente sea hora de mostrarse más contundente ante algunas posturas, tanto por parte de las retrógradas, que están haciendo pinza con los totalitarios, como de la izquierda «rojiparda». Destacaron la importancia de generar sus narrativas y desplegar sus estrategias.

miércoles, 25 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica | Haz balconing del bueno

Imagen: Pikara
Haz balconing del bueno.
Sal al balcón a hablar con tus vecinas y a vigilar a la policía, que solo vas a sobrevivir con la colaboración y la solidaridad de las primeras y el control popular de la segunda.
Irantzu Varela | Pikara, 2020-03-25
https://www.pikaramagazine.com/2020/03/haz-balconing-del-bueno/

Entender los propios privilegios es siempre un trabajo difícil. Porque hay que analizarlos como algo que tú sientes que te mereces, o que te ha caído del cielo, pero que se pone en cuestión cuando lo comparas con lo que tienen -o no- las demás.

Y resulta que tener balcón es un privilegio. Resulta que, esos tres metros cuadrados que llevo unos cuatro años ignorando y usando solo para colgar la ropa cuando hace sol en esta Mordor cantábrica son una suerte. Y en el sistema capitalista, resulta que la suerte casi nunca lo es. Mi privilegio ahora es tener un espacio al aire libre, donde caben un par de sillas y una mesa donde tomar el vermú, donde da el sol -cuando hace sol en esta Mordor cantábrica-, y que da a la calle. Seguramente es mi llave para mantener la cordura. Y, con toda seguridad, se ha convertido en mi espacio más ocupado, y en mi principal espacio de socialización.

Salgo al balcón todo el rato. A tomar el café, a tomarme otro café, a leer, a hacer como que leo mientras tuiteo, a no hacer nada, y a gritar a la gente. Tengo una panadería debajo de casa, a la izquierda, y un supermercado, a la derecha. Y hay cola todas las mañanas en ambas, y yo me paso la mañana mirando a ver si veo a alguien conocido. Y si conozco a alguien -casi siempre- les grito desde el balcón: “¿Qué tal?, ¿todo bien? Pues aburrida, pero qué vamos a hacer”... y así. Y si tengo un poquito -sólo un poquito- de confianza, les pido que me compren algo. Porque tengo síntomas desde el inicio de la cuarentena, estoy en aislamiento y no salgo para nada de nada. Solo al balcón. Como una Rapuntzel distópica y proletaria pido comida desde mi balcón, y la gente conocida me la deja en el descansillo y se lo agradezco a distancia. Y les pago por Bizum.

No salgo al balcón a las ocho, a aplaudir al personal sanitario. Porque soy más de defender la sanidad pública en la calle, en el papel, en el discurso y en la práctica. Por eso no está confirmado que tenga coronavirus, porque la sanidad pública del oasis vasco no hace pruebas desde el día en que me empezaron los síntomas, unos días antes de que se decretara el estado de alarma. Pero me ha dicho mi médica por teléfono que casi seguro que sí. Saldré a aplaudir cuando aplaudamos también a las trabajadoras de hogar, que se han vuelto a quedar fuera de los derechos laborales mínimos, y que sostienen las vidas que el personal sanitario salva.

Sí salí al balcón a la cacerolada contra el rey, porque cualquier ocasión me parece buena para exigir que la jefatura del Estado la ostente alguien que se lo haya ganado. O a quien hayamos votado, al menos.

No salgo al balcón a insultar a la gente que anda por la calle. Porque no soy de insultar, en general, y porque no tengo ni idea de qué hace esa gente en la calle. Y porque no hay apocalipsis ni pandemia que me convierta a mí en policía ni en chivata. No tengo mucha ocasión de ejercer el fascismo balconiano porque en mi calle no pasa casi nadie desde que empezó la cuarentena, más que a la panadería y al súper, a pasear al perro o a pasear al carro de la compra. Pero que siete plagas de virus republicanos (no puede ser que me mate un virus con corona, de verdad) me caigan encima si me pongo a vigilar a mis vecinas.

A ver, que -en parte- lo hago. Desde que empezó la cuarentena he averiguado quién vive en el ático con terraza del quinto: una señora mayor y majísima que pasea cada mañana por ese terrazón que me da tanta envidia. Que el arquitecto del tercero, el que tiene el estudio cerca de la redacción de Pikara, toca canciones de Silvio a la guitarra; que la niña del cuarto es tan adicta a TikTok como yo a Twitter; que la pareja del balcón de enfrente, que se levantaban cada mañana a las siete, tiene dos niñas; y que hay una guapetona que fuma tabaco de liar en el primero. Y que en la calle de al lado hay un nostálgico del punk con unos altavoces como para una rave.

Me he enterado de todo eso pasando horas en el balcón, buscando con la mía sus miradas, para entablar un contacto que nos hace falta ahora que hemos entendido que no somos nada, sólo humanas.

Por eso no grito a las -pocas- personas desconocidas que veo desde el balcón. Porque no sé si le estarán haciendo la compra a una amiga aislada, si van a la farmacia, si van a trabajar, si viven en la calle, si viven en una casa que hace necesario salir a la calle, o en una casa que no da a la calle. No sé si van o vienen, si huyen o van al encuentro, no sé si están haciendo un servicio público o están desobedeciendo. Ni me importa.

Siempre he pensado que ser de izquierdas (o buena persona) se resume en preguntarte si tus actos podrían ser extrapolables a todo el mundo. Pensar en qué pasaría si todo el mundo hiciera lo mismo que haces tú, vamos. Pensar que ni eres más lista, ni más justa, ni más responsable, ni más importante, ni más excepcional que nadie. Que, igual que tú te preocupas de intentar que nadie te contagie y de intentar no contagiar a nadie, probablemente las demás hagan también lo que puedan.

Esta pandemia y las medidas de encierro que ha provocado, nos han colocado ante una realidad que ya nos venía explicando hace siglos la conciencia de clase y que nos ha puesto en el morro el feminismo interseccional: que no todas vivimos igual, amigas. Que tú igual estás aburrida, sin papel higiénico, sin tabaco o te has quedado sin planes. Pero que hay algunas que no tienen comida en la despensa, nada para el alquiler, papeles en regla, una habitación para ellas solas, dinero para pagar por Bizum la próxima compra, trabajo al que faltar, salud mínima, ni balcón. Y esa conciencia lo cambia todo. Entender que las condiciones materiales en las que nos ha pillado este aislamiento nos condicionan de una manera determinante está bien, pero no es como para darte un gallifante. Si no lo sabías de antes, tenías menos conciencia que Maria Antonieta. Pero bienvenida sea. Pero entender que esta situación, las medidas que se están tomando, y las derivas autoritarias y neoliberales que se están atisbando son una prueba de que el capitalismo, ese sistema que opina que es más importante la economía que la vida, no es una alternativa, es una decisión. Y está en tu mano.

Entender que sólo deberías grabar a la policía para denunciar sus abusos de autoridad; su uso desproporcionado de la fuerza y sus actuaciones racistas y contra la pobreza y la marginalidad es algo que no te deberíamos explicar, porque si estás leyendo este artículo es que has pinchado en el enlace de una revista feminista, y -descartados los ‘trolls’ que leen, que no existen- eso implica que eres una persona que sabe que la policía está al servicio del poder, del capital y de las élites, esa gente que sí que te roba, a ti y a todas. Que son sirvientes de un poder que les paga más que a ti para que no te levantes contra quienes se enriquecen a costa de lo que no tienes tú, ni las demás. Que son el último eslabón de las cadenas que garantizan que nos callemos ante la monarquía, la sanidad privada, los empresarios explotadores que regalan mascarillas con las migajas de los impuestos que no pagan y las pruebas del coronavirus a los políticos que desmantelaron la sanidad pública robando.

Así que, si estás leyendo este artículo -y no eres un ‘troll’– sal a tu puto balcón, si lo tienes, a gritar que de esta tenemos que salir con un fortalecimiento de lo público, un cuestionamiento serio de la gestión privada de los servicios básicos, con una jefatura de estado propia de una democracia occidental, no de un país de súbditas nacionalcatólicas. Sal al balcón a hablar con tus vecinas y a vigilar a la policía, que solo vas a sobrevivir con la colaboración y la solidaridad de las primeras y el control popular de la segunda. Sal al balcón a gritar solidaridad, salud pública y república. Y feminismo, que eso sí que es poner la vida, los cuidados y los derechos de las cuidadoras y las explotadas en el centro.

miércoles, 15 de enero de 2020

#hemeroteca #television #heteronorma | La isla de la heteronorma

Imagen: Pikara / Grabación de 'La isla de las tentaciones'
La isla de la heteronorma.
El programa ‘La isla de las tentaciones’ es un catálogo de toda la mierda que nos tragamos en nombre del amor romántico y la heterosexualidad cuando los medios de comunicación son el embudo.
Irantzu Varela | Pikara, 2020-01-15
https://www.pikaramagazine.com/2020/01/la-isla-de-la-heteronorma/

Mónica Naranjo ha devenido en presentadora y está -espero que peleando contra la vergüenza ajena- lidiando con un programa, ‘La isla de las tentaciones’, de esos en los que ponen a un montón de gente que se cree muy lista -porque no lo es- y que se cree muy guapa -porque cree que es lo que importa- en los que la edición de los vídeos permite fingir que estás presenciando historias con el más mínimo interés, cuando estás presenciando el anodino espectáculo de la estupidez humana.

La fórmula es sencilla: cinco parejas “ponen a prueba” su relación, permaneciendo separadas unos días, en una villa caribeña, con un grupo de personas que pretenderán tentarlas. La gracia está en presenciar cómo se tambalea o se consolida la fortaleza de las parejas. O eso parece.

Pero este programa de mierda es un gran cañón de mierda heteruza y reproductora de la peor mierda del “romanticismo” (esa cosa que legitima que querer a alguien significa tener poder sobre esa persona y que causa la mitad de los feminicidios).

Y os cuento por qué.

El programa se basa en una serie de dogmas sacados de la manga de la heteronormatividad, según los cuales todo está bien como está y si no has encontrado a tu media naranja que te trate como a una princesa, cambia de frutero, rarita.

Dogma 1. Lo normal es ser heterosexual
Cinco parejas y las cinco son heterosexuales. Que es casi de agradecer, si lo pienso, porque en estos programas, en las pocas ocasiones en las que aparecen personas que muestren la mínima disidencia sexual suelen ser clichés que cumplen con los estereotipos que asustan a los heteros, pero aspiran al mismo tipo de relaciones que ellos. Maricas y (menos) bolleras emplumadas que dan penica y ternurica porque quieren quererse y casarse, como la gente.

Ni por ampliar audiencias se les ha ocurrido meter a alguna tentadora de heterocuriosas entre ellas o a algún tentador de heteroflexibles entre ellos. No vaya a ser que en directo se nos caiga eso de que a la gente normal le gusta la carne o el pescado (las pollas o los coños, vamos).

Dogma 2. Las personas normales son payas y blancas
Entre las veinte personas “tentadoras” hay varias racializadas -pero no mucho- (más entre ellas que entre ellos, ¡oh, sorpresa!) y migradas, por aquello de ponerle un poco de “salsa” y de «exotismo» a las tentaciones. Pero las personas “normales”, esas que han ido al programa a demostrar que El Amor Todo Lo Puede, son bien blancas, bien payas y bien españolas. Como tiene que ser. Y así queda bien clarito quiénes son las personas decentes, las de casarse y llevar a cenar a casa de tu madre, y quienes vienen “de fuera” a quitarnos lo que es nuestro.

Me encantaría escuchar las quejas de las personas que han creado el ‘casting’, protestando porque no tiene nada que ver con el racismo, que salió así, que el público tiene que sentirse identificado, que no ven colores, ven personas. Bueno, no.

Dogma 3. Los cuerpos normales son delgados y musculosos

Poca gente de la que sale en la tele se parece a las personas que andamos por la calle. Pero es que en este programa, los cuerpos son prácticamente idénticos, sin grasa, sin vello, sin cicatrices, sin diversidades, con las curvas obligatorias y los músculos de enseñar. Eso le quita hasta un poco la gracia, porque resulta difícil explicar diferencias evidentes entre esa cuadrilla de guerreras y guerreros de terracota, que parecen haber salido de una “cadena de montaje”. Como si no hubiera gente gorda, baja, con lorzas, con cicatrices, con brazos lacios, con tripa, sin culo, con pieles lánguidas, con pelos, sin pelo, con prótesis, con chepa. (O con tatuajes bonitos, porque de verdad, qué espantos.) Como si esas personas no se enamoraran, no follaran, no pusieran en peligro la pareja de nadie. Como si nadie quisiera verlo.

Dogma 4. Todas las parejas están en peligro
Vamos, que el amor de tu vida y tu media naranja y mi vida comienza cuando te conocí, pero tu proyecto vital está a unos días en un ‘resort’ hortera con un montón de maromos o maromas de irse al carajo. Todas y todos los participantes están con la mejor persona sobre la faz de la tierra, pero se cagan de miedo de pensar que ese ser maravilloso y celestial pueda pasar unos días tomando el sol y mojitos (porque les van a dar alcohol como si fuera una fiesta en mi casa, ya te lo digo) con gente depilada que va al gimnasio y respira.

La pregunta es ¿pero qué hace esta gente en su vida? ¿No viajan sin su pareja? ¿No salen de juerga por separado? ¿No trabajan? ¿No conocen gente por su cuenta?
La respuesta es no.

Dogma 5. La única alternativa a la monogamia es la traición
No he tenido que consultar a mi bola, ni leer a Deleuze, para entender que, si te vas a un programa en el que vas a conocer a gente por separado y eso te parece una prueba para tu amor, te has planteado que, en algún momento, una de los dos se folle a alguien. Y, a la vez, te parece que eso es lo peor que puede pasar. Entonces, ¿para qué vas? Si crees que existe la posibilidad de que alguna de las dos personas rompa con la exclusividad, ¿de verdad crees que la mejor opción es que lo graben, te lo pongan, y a la vez que tú se entere tu prima la del pueblo, tu vecino, y decenas de miles de personas desconocidas?

¿Has oído hablar del poliamor, de la negociación, de las parejas abiertas, de los pactos construidos entre personas que deciden cumplir sólo lo que han elegido prometer? Pareciera que el programa se ha construido sobre la obligatoriedad de la exclusividad sexual. Pero no es verdad. La gracia está en que quienes no tienen pruebas de que su pareja les ponga los cuernos (o -al menos- no las tienen también sus vecinos) se rían de cómo sufren quienes descubren lo idiotas que fueron cuando se creyeron que su amor -el suyo sí- era eterno.

Dogma 6. Los chicos tienen empresas y las chicas, su belleza
Y las chicas tienen 20 y los chicos 30. Ahora que ya se puede decir que esa chorrada de que las mujeres somos de Venus y no entendemos los mapas y los hombres son de Marte y no escuchan es una horterada, también hay que decir que es una perpetuación -velada pero eficaz- de los estereotipos sobre la masculinidad y la feminidad que están detrás de las desigualdades entre mujeres y hombres y, por tanto, de la violencia machista; lo que mola son los mismos estereotipos, pero con flecos nuevos.

Ellas (me refiero a “las otras”, las señoras que han sido seleccionadas para “tentar” a los incautos enamorados) son el ideal femenino: veinteañeras, modelos, ‘influencers’, presentadoras (de programas inexistentes). Mujeres jóvenes, bellas y complacientes. Con profesiones (a veces inventadas) que garantizan que su belleza es incuestionable. O que no tienen muchas más cualidades, quién sabe. Ellos (me refiero a “los otros”, los señoros que han sido seleccionadas para “tentar” a las incautas enamoradas) son el ideal masculino: treintañeros, empresarios, surferos. Hombres maduros y activos. Chulazos que hacen cosas. ¿Qué más se puede desear?

Por si te quedan dudas, varias de ellas dicen “yo soy una princesa” (y no hay constancia de que, por consanguinidad o como consortes, aspiren a ejercer la jefatura de ningún estado anacrónico) y alguno de ellos dice “soy Thor” (y no hay mazo a la vista).

Dogma 7. Una novia es una propiedad, un novio es un premio
Para ver a un hombre heterosexual comportándose como si la mujer con la que comparte proyecto vital fuera de su propiedad, algunas sólo tienen que abrir un ojo por la mañana. Pero, para las que hemos perdido la costumbre de la cohabitación hetero, o para las que nunca la encontraron, resulta chocante ver cómo chavalotes jóvenes, con su crestita y sus ‘tatoos’, hablan como «cromañones» de “sus” mujeres. Esos seres frágiles e inconscientes de su voluptuosidad, como las orquídeas. A las que ellos tienen que proteger, que no cuidar. Es “su” novia y, como decía Pancho en Verano Azul, cuando se enamoró como un quinceañero (que lo era) de Bea, “que ni el viento la toque”. Pues diría que te has equivocado de programa, chato.

Ellas no. A ellas les ha tocado el premio. Ese tío guapo y fuerte y listo (!), que han tenido la suerte de que las elija, es quien las hace especiales, ‘queribles’, importantes, distintas. Y por eso, uno de ellos, diciéndole a su novia la cosa más romántica que le puede decir un hombre a una mujer (que es, precisamente, la mayor mierda patriarcal que te puede decir un tío), va y le suelta: “No tienes rival”. Que, no os confundáis, amigas, no significa que eres la mejor mujer que hay sobre la faz de la tierra, que eso es una cosa que no te crees ni los primeros días, cuando todo es follar y endorfinas y no tienes ni hambre; sino una expresión misógina y antisororidad como pocas, que viene a decir “tú no eres como las demás”. “Las demás”, o sea “las mujeres”, no molan. Pero tú (y mi madre, ningún machista sin su Edipo), sí.

Dogma 8. Las demás mujeres son tus enemigas, sobre todo las solteras
Porque no hay premio para todas, chicas.

Los chicos majos y buenos y limpios y trabajadores y musculados y tatuados y con los huevos depilados no abundan. Aunque viendo este programa, pareciera que sí. Por eso, que todas lo sabemos, que no hay hombres para todas, la vida es una ‘ginkana’ para encontrar un hombre que te elija para que le chupes los huevos depilados. Y, una vez que lo has encontrado, una batalla como la de Beatrix Kiddo (¿cómo?, ¿que no has visto Kill Bill?) para espantar a todas las lagartas que van a hacer todo lo que puedan para robártelo. Y ser ellas las que le chupan los huevos.

Por eso ya casi todas las “legítimas” (las que pueden demostrar, de momento, que han sido elegidas al menos una vez) han dicho, en referencia a las diez mujeres que han sido seleccionadas para tentar a “sus” electores: “No es su prototipo”. Primero, cayendo en ese error de mierda de confundir “tipo” con “prototipo”, como si tuvieran enfrente a Terminator II. Y, segundo, dando a entender que su propio mayor mérito es responder a las expectativas de su elector, construidas antes de haberlas conocido. Y que su mayor miedo es que aparezca otra que las responda mejor. O que cambie las preguntas.

A ver, ¡par favar!, ¡que una de las parejas se conoció porque ella respondió “correctamente” a un cuestionario de “novia perfecta” que el elector había elaborado!

En resumen, aventuro que este culebrón caribeño, sin personas LGTBI, ni gordas, ni modelos de pareja diversos, ni pelos en el cuerpo, va a acabar con todas esas parejas. Y nos va a ofrecer un espectáculo de normalización del control, de la desconfianza, de la falta de empatía y de los celos. Y, cuando las feministas queramos enseñar nuestros cuerpos diversos, quitarnos o dejarnos los pelos, follar con quien y en los marcos que nos dé la gana, nos preguntarán que qué tiene que ver el feminismo con eso.

Irantzu Varela. Periodista y feminista. Coordinadora de Faktoria Lila, presentadora de Aló Irantzu en Pikara Magazine y creadora de El Tornillo en La Tuerka TV y Público. Lo mejor que le han regalado últimamente es una katana.

martes, 9 de octubre de 2018

#hemeroteca #trabajosexual | Sigamos debatiendo sobre prostitución

Imagen: La Pajarera
Sigamos debatiendo sobre prostitución.
Beatriz Gimeno | La Pajarera, 2018-10-09

http://www.lapajareramagazine.com/sigamos-debatiendo-sobre-prostitucion

Cuando comienzo el enésimo artículo sobre prostitución la sensación es de terrible tedio e impaciencia. No parece haber nada sobre este asunto que no se haya discutido, ni explicado hasta la saciedad. Lo que parece quedar es simplemente una batalla política sobre un debate irreductible en el que ya no queda nada que decir. Hace años escribí un libro sobre prostitución que pretendía ser más un estudio del debate tal como se produce que sobre la prostitución en sí. Describí un debate que, en su mayor parte, se configuraba como irreductible y que percibía la realidad a través de marcos mentales cerrados y muy rígidos que impedían interactuar con nada que viniera de fuera. Muchos otros debates actuales siguen este esquema. Se polarizan en torno a dos marcos ideológicos y mucha gente se adscribe a uno u otro según la idea que tenga de sí misma y antes de reflexionar acerca de la cuestión. No es que las que hemos reflexionado sobre prostitución no tengamos buenos argumentos, que sí que los tenemos, pero lo cierto es que la estructura de marcos mentales rígidos permite a mucha gente posicionarse sin necesidad de mucha reflexión. La configuración del debate alrededor de marcos ideológicos muy cerrados permite que cada uno de ellos parezca englobar en sí mismo un mundo completo y se supone que según lo que pienses acerca de la prostitución así será lo que pienses de otras cuestiones como pornografía, aborto, sexualidad, transexualidad, feminismo, etc. aun cuando esto pueda no ser cierto en su totalidad. Además, la agresividad utilizada se termina usando para hacer una política de tierra quemada en la que no siempre es fácil poner sobre la mesa una idea nueva que pueda desestabilizar el marco. Cualquier desviación puede ser considerada una traición, cualquier reflexión será considerada debilidad o equidistancia, los matices y las complejidades vuelan por los aires. Esto hizo que hubo un momento en que se hacía tan duro seguir debatiendo en un no-debate que muchas lo abandonamos.

Pero desde que comenzó esta nueva ola feminista es muy perceptible un cambio. Es bastante evidente que el debate se ha movido y que se han incorporado al mismo, especialmente al campo del abolicionismo, muchas jóvenes que han puesto sobre la mesa cuestiones fundamentales relacionadas con el cuerpo y la sexualidad pero que, sobre todo, han juntado las piezas y han señalado la estructura de dominación: se llama patriarcado. Y en este sentido creo que es muy importante regresar al debate y hacerlo desde el convencimiento de que el cambio es posible y de que hay feministas con las que tendremos que caminar y con las que queremos caminar. Si yo misma, como muchas abolicionistas, he sido regulacionista ¿por qué no voy a suponer que eso mismo le puede pasar a muchas otras? Renunciar a convencer no es buena idea en ningún debate político, aun cuando eso no significa que se renuncie a las escaramuzas políticas, al eslogan, a la guerra de guerrilla de los ‘hastags’. Pero siempre debe mantenerse abierto un espacio en el que quepa la reflexión, yo no renuncio a eso. En mi caso, cuando comencé a estudiar el debate y el sistema prostitucional en su conjunto no me limité a leer lo que dicen aquellas investigadoras con las que estoy de acuerdo, sino que hice lo contrario, lo que recomienda hacer el sociólogo Gouldner esto es, tratar los propios argumentos como si fueran ajenos. Y así lo he hecho todo este tiempo, siempre leo los artículos abolicionistas pensando en aquellas argumentaciones que pueden ser más débiles y los confronto con lecturas regulacionistas. Y siguiendo con el debate de lecturas que mantengo, quiero analizar aquí dos de los últimos artículos aparecidos porque son muy representativos de las dos distintas maneras de argumentar que he comentado antes.

Leí con interés el de Montserrat Galcerán porque yo utilicé profusamente su libro ‘Deseo y libertad: una investigación sobre los presupuestos de la acción colectiva’ para construir los argumentos del mío. En este caso, su artículo es representativo de un debate que creo que ya está superado. Debatamos, sí, pero no desde la ignorancia de lo que opinamos las abolicionistas o desde la falacia argumentativa consistente en afirmar que decimos lo que no decimos. Por ejemplo, cuando al principio del artículo afirma que el abolicionismo defiende “la abolición porque creen que la prostitución atenta contra el honor de las mujeres, cosifica nuestro cuerpo, nos priva de libertad sexual y va ligada en muchos casos a delitos graves como son actuaciones mafiosas, tráfico de mujeres y niñas y otras barbaridades”. Nunca hemos dicho que la prostitución atente contra el honor de las mujeres (por lo menos no desde el siglo XIX). Hace mucho que ninguna feminista piensa que el honor de las mujeres sea diferente al de los hombres y, desde luego, no hay nada del honor (aun cuando pudiéramos ponernos de acuerdo en definir esta palabra) de las mujeres que esté en juego en la prostitución. Cosifica nuestro cuerpo, sí, como muchas otras cosas en el patriarcado; tampoco utilizamos el argumento de que la prostitución nos priva de libertad sexual y respecto a que la prostitución va unida a actuaciones mafiosas, tráfico y otras barbaridades, esto no lo niega nadie, aunque tengamos diferentes soluciones para combatir dichas barbaridades. Pero nada de eso es lo que nos hace abolicionistas. Estamos contra la prostitución porque es un privilegio sexual masculino que se construye para ellos como un derecho que sostiene sobre sí una enorme estructura simbólica y material que codifica y refuerza significados “fuertes” de género y de desigualdad. Porque enseña a los hombres una manera especialmente desigual de relacionarse con las mujeres; porque la prostitución se ha convertido en una mega industria global cuya materia prima son las mujeres pobres destinadas a satisfacer una demanda alentada ideológicamente y que se ha convertido también en un refugio patriarcal contra los avances del feminismo. Y porque esto tiene consecuencias materiales en las vidas de las mujeres pobres puesto que las destinadas a surtir este mercado tienen que ser mantenidas en la pobreza o de otra manera no habría suficientes para cubrir una demanda en crecimiento. Estamos contra la prostitución porque significa una redistribución radicalmente desigual de los placeres, del valor de los cuerpos, de las categorías de objeto y sujeto; porque cualquier proceso de transformación de la masculinidad pasa por combatir esta institución que no hace sino consolidar y defender, institucionalizando de manera simbólica, legal y de mercado, el privilegio sexual masculino (el que sostiene que los hombres tienen necesidades sexuales que tienen que satisfacer necesariamente). Estamos contra la prostitución porque como dice Bourdieu, la dominación masculina se fundamenta sobre la lógica de los intercambios simbólicos, es decir, sobre la asimetría fundamental entre hombres y mujeres y esta asimetría se fundamenta en diversas instituciones que van cambiando y modificándose según la correlación de fuerzas existente. La prostitución es una de estas instituciones y al contrario que otras, por ejemplo el matrimonio, en lugar de vaciarse de sentido, lo que ha experimentado es un fortalecimiento desde los años 80 del pasado siglo como espacio de reagrupamiento de las masculinidades más vulnerabilizadas, y no solo por el feminismo, sino también por el neoliberalismo. Si a los hombres les quitas todo, al menos dales mujeres, viene a decir Rita Segato. En definitiva, estamos contra la prostitución porque esta institución refuerza el poder de los hombres como clase y es la marca del estatuto subordinado de las mujeres.

Después dice Galcerán que no va a defender la prostitución sino el sindicato que ha pretendido inscribirse hace un par de semanas. Pero algo de defensa de la prostitución tiene que haber ahí cuando el sector reglamentista ha pasado, sin solución de continuidad y sin una mínima explicación, de criticar a la industria del sexo y defender la autogestión de las putas a defender a este sindicato ignorando no solo su posición de ayer mismo, sino también algunas sospechas que sectores desde dentro de la prostitución o del sindicalismo han lanzado contra OTRAS. También ignoran evidencias como que ha habido a lo largo del tiempo varias secciones sindicales de trabajo sexual (CC.OO., CGT) a las que no se ha afiliado nadie nunca. Es curioso como este sector ignora que regular este sindicato en las condiciones actuales lo que significaría de facto sería legalizar a la patronal. Dar derechos a la patronal no redunda en absoluto en derechos para las mujeres que ejercen la prostitución. De hecho, si estuviéramos en el punto cero de las relaciones laborales en otros muchos sectores muchos de los que ahora exigen la regulación del sindicato estarían abogando por no reconocer a la patronal en ningún caso. Autoorganización sí, para combatir a la patronal, no para legitimarla y darle todo el poder, y estamos en una situación en la que podríamos evitar que eso ocurra. Parece que si hablamos de prostitución, para ciertos sectores, no es que no estén en contra, es que casi todo se legitima solo. Debe existir una posición previa, no razonada que explique esta incongruencia y me inclino por pensar que muchas reglamentaristas sucumben a un fenómeno que Slavoj Žižek describe perfectamente como característico de la posmodernidad: que el discurso hegemónico y conservador se hace pasar (consciente o inconscientemente) por antihegemónico para tener más incidencia en un mundo que ha hecho de la transgresión, especialmente en lo que se refiere al sexo, un espacio de consumo ilimitado.

El segundo artículo, de Irantzu Varela, es completamente distinto. De hecho, este es el ejemplo al que hacía referencia al principio de activistas feministas no abolicionistas con las que tenemos que caminar y seguir debatiendo, como ella misma dice en el título de su artículo. No puedo sino decir que comparto mucho del mismo; casi todo excepto las conclusiones. Dice por ejemplo de la prostitución: “(…) sabemos que su existencia está propiciada y legitimada por una visión estructural sobre las mujeres, nuestros cuerpos y nuestra sexualidad, y que no podemos pedirles a las putas que desaparezcan porque sus explotaciones explícitas nos incomodan, si no vamos a luchar de manera frontal contra las estructuras que las han puesto ahí”. Desde luego que no podemos pedirles a las putas que desaparezcan, y mucho menos porque nos incomoden. Las putas no nos incomodan, todas podemos ser putas en el patriarcado (y figuradamente todas lo somos). Nos incomoda el machismo, y el sistema que crea la prostitución y fabrica a las putas.

Quizá nuestra diferente visión radique en el papel que otorgamos a la función de la prostitución respecto a dicha estructura. “Para acabar con la prostitución tal y como la conocemos, hay que acabar con el sistema que convence a los hombres de que han venido al mundo a conseguir todo lo que se les ponga en la entrepierna, y que nosotras hemos venido a dárselo o a que nos lo cojan” escribe Varela. Pues yo digo: exacto, pero digámoslo al revés: “Para acabar con el sistema que convence a los hombres de que han venido al mundo a conseguir lo que se les ponga en la entrepierna es necesario, entre otras cosas, acabar con una institución que existe, precisamente, para garantizarles ese derecho”. Que todos los adolescentes varones crezcan sabiendo que ese es su derecho y que pueden ejercerlo cuando quieran no ayuda a combatir el sistema, me parece, sino al contrario. Es contra ese derecho que luchamos. Siguiendo con el artículo de Varela: ¿Se puede follar por dinero?, pregunta ella. Desde luego, y por muchas más cosas: por dinero, por sentirse querida, por lástima, por miedo, por violencia, por tener una casa, por conseguir un ascenso, por todo eso se puede follar y por muchas más cosas. Pero el problema es que es el patriarcado el que crea las condiciones de posibilidad para que esas sean nuestras opciones, y no las de ellos, que suelen follar por ganas. Para que follemos por dinero es necesario que seamos pobres, para follar por sentirnos queridas es necesario crear el amor romántico, para follar por un trabajo mejor es necesario que sean los hombres los que tienen el poder laboral, para follar por miedo... es necesario tener miedo... y así todo. Pero sigamos hablando, sigamos debatiendo; estamos de acuerdo en lo fundamental.

Finalmente tengo dudas y algunas certezas: que la prostitución es incompatible de muchas maneras complejas con una sociedad sexualmente igualitaria y que tenemos que seguir hablando e iluminando la complejidad a fin de ser capaces de convencer a compañeras y también de desbrozar el camino hacia la igualdad, que es el bien que defendemos las feministas cuando pretendemos acabar con este privilegio. El feminismo abolicionista ha sido capaz de trascender muchos de los argumentos tradicionales para preguntarnos no solo cómo se construye la explotación de las mujeres, sino cómo se construye el mundo social, con qué categorías, cómo se subjetivan quiénes son sujeto y quiénes son construidas como objeto; con qué herramientas sociales, bajo qué condiciones culturales, simbólicas y materiales se construyen las estructuras de dominación y de legitimación de dicha dominación. Este movimiento feminista se ha preguntado por todo esto y ha puesto encima de la mesa las políticas relacionadas con el cuerpo, porque como dice Celia Amorós, la liberación será corporal o no será.

Beatriz Gimeno. Escritora, activista y diputada de Unidos Podemos en la Asamblea de Madrid.