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lunes, 2 de octubre de 2023

#hemeroteca #maricas | Christo Casas: "Hay maricas malas, sucias, de clase obrera que nos resistimos a ser domesticadas"

 Christo Casas, autor de 'Maricas malas' //

Christo Casas: "Hay maricas malas, sucias, de clase obrera que nos resistimos a ser domesticadas"

María Cabré Solé | Revista Mercurio, 2023-10-02

https://www.revistamercurio.es/2023/10/02/christo-casas-maricas-malas/

No sé si es que Christo Casas (Cuenca, 1991) ha echado a volar para tomar distancia y ver con claridad, o es que cuenta desde siempre con esta mirada perspicaz. Pero 'Maricas malas' (Paidós, 2023) no es solamente un ensayo que desvela cosas que pueden comprenderse desde la distancia, sino que también está dotado de la cercanía de quien lo ha vivido. El autor ha aparecido justo a tiempo para presentar promesas orgullosas, autoafirmativas y desafiantes que ponen en jaque la mirada colonizadora. Un incentivo emancipador directo en vena. Que revisa la idea del trabajo como chantaje, del matrimonio igualitario, del VIH y de los prejuicios sobre las maricas, las migrantes, las tullidas, las racializadas, montado sobre la idea, o al menos así lo interpreto yo, de que lo prestablecido no siempre tiene una orientación profunda. Que, a veces, solo es forma sin relieve: una costumbre a revisar.

Este es el ensayo de un nuevo edén: el del mundo tal y como lo conocemos, pero al revés. Más compasivo, más libre y más colorido. El de un lugar que rescata las diferencias de las «maricas malas», las marginadas desde siempre, para darles su lugar.

P. ¿Cómo surgió la idea de escribir ‘Maricas malas’?
La imagen que se tiene de lo que ha de ser un gay o un homosexual desde la sociedad es la de una persona de clase alta, que vive en barrios pijos, que tienen un gusto excelente y exquisito por la decoración carísima, y una cantidad de estereotipos en los que me era bastante imposible encajar por mi condición de clase. Si tenemos en cuenta que, por mera probabilidad estadística, la inmensa mayoría de personas LGTBI son personas de clase obrera, estaba bastante convencido de que las ‘Maricas malas’ éramos mayoría dentro del colectivo, y que había llegado la hora de desmontar ese estereotipo, y es que hay maricas malas, sucias, de clase obrera que nos resistimos a ser domesticadas de alguna manera.

P. ¿Qué hay detrás del concepto de ‘marica’? ¿Es una realidad o una propuesta?

La palabra «marica» tiene muchísima tradición en el idioma español. Viene del siglo XIX, y hacía referencia a aquellos hombres que, como eran afeminados y no podían reproducirse, formaban parte de una clase social inferior, como lo eran los adolescentes, los niños o las mujeres que, aunque fueran de clase obrera, tampoco eran consideradas como trabajadoras porque lo que ejercían eran los cuidados. Mi propuesta es recuperar la perspectiva previa a lo que en los estudios ‘queer’ se llamaría «el giro sexo-centrado». Y es que en los años 70-80, con la revolución sexual, pasamos a construir nuestras identidades a través de con quién nos acostamos, y es aquí donde irrumpe la etiqueta «gay».

En «Ames a quien ames no importa» o «Love is love», el amor está en el centro del discurso, pero realmente la discriminación, el acoso, el insulto o la agresión a las personas LGTBI no se hace por con quién se acuesten, sino por cómo somos. Por la pluma que tenemos, nuestra estridencia, porque molestamos. Por eso propongo recuperar el término «marica», porque vuelve a poner esto en el centro.

P. ¿Basta identificarse con lo marica para serlo?
Esto es quizá lo más controvertido del libro. He querido hacer una propuesta poco identitaria, es decir, que lo que define nuestras identidades no es quiénes somos ni de dónde venimos, sino qué hacemos y hacia dónde vamos. Y aunque esto es un poco ‘spoiler’ del libro, lo que vengo a decir es precisamente eso, que marica es quien quiera serlo. Porque lo que debe unirnos, y configurarnos, es el destino hacia el que nos dirigimos, la propuesta que tenemos, el horizonte que perseguimos. Para mí cualquier persona que persiga el mismo horizonte de emancipación de clase, el mismo horizonte igualitario, el mismo horizonte de libertades, de respeto y de dignidad para todas las personas, independientemente de si son maricas o heteros, blancas o negras o racializadas, de si son capacitadas o discapacitadas… todas las personas que busquen el mismo horizonte son maricas como yo.

P. ¿Y hacia qué horizonte debe mirar lo marica?

Creo que la definición de un horizonte marica es la indefinición. Una queja que hago en el ensayo es que la sociedad cishetero nos obliga a establecer categorías estancas y encajonarlo todo de manera muy definida. Para mí lo más ‘queer’, lo más LGTBI, lo más marica, lo más punk, es romper con ese encasillamiento, esos cajones estancos. Como Víctor García Mora creo —y lo cito en el libro si no me equivoco— que lo ‘queer’ es aquello que se desborda, es aquello que mira hacia un afuera frondoso, dice él; es decir, hacia un mundo abierto de posibilidades infinitas, y que nos permita escoger a cada persona lo que nos acomoda. Aquello que nos haga más felices, individualmente, aunque en el camino hacia allá luchemos de manera colectiva.

P. ¿Y hacia dónde quieres llevarnos con este ensayo?
El activismo LGTBI se ha centrado mucho en destacar el sufrimiento, el dolor, la persecución que padecemos, las discriminaciones, y esto hace parecer que ser una persona LGTBI o ser una persona marica se explica exclusivamente a través del dolor; cuando ser una persona LGTBI es también una fuente de felicidad y de posibles alternativas a lo heterosexual, y también tenemos una vida plena. Hacia donde quiero llevar es a la idea de que los modelos de las personas LGTBI también puedan plantearse imitar los modos de vida o la cultura marica, la bollera, la trans, imitar otras realidades subalternas que les pueden dar también alegría, que pueden ser fuentes de placer para ellas en sus proyectos vitales.

P. En tus perfiles de Instagram y Twitter te defines como maricón de clase obrera. ¿Por qué no lo haces como antropólogo, activista o periodista?

Tengo bastante conflicto con estas definiciones, porque mi sensación es que tendemos a definirnos muy rápidamente por nuestro oficio. Al final, lo que hacen es trasladar en primera instancia cuál es nuestro estatus socioeconómico. Explicar claramente que tenemos una profesión respetada, una profesión con altos ingresos.

Esto me facilita mucho contar una anécdota que me gusta. Cuando me licencié en periodismo, hace ahora 11 años, durante los primeros tres o cuatro años después de terminar la carrera trabajé como camarero. Y lo curioso es que, mientras lo hacía, decía que era periodista, pero realmente era camarero. El hecho de identificarnos con una profesión a menudo nos pone también en un cajón que nos impide establecer relaciones horizontales y de reciprocidad con gente que se dedica a otras profesiones. Creo que nos divide como clase, y en este sentido prefiero mucho más identificarme como maricón o como clase obrera, que son identidades transversales, que pueden interpelar a más gente y que pueden construir puentes.

P. En el ensayo optas por el uso del lenguaje femenino.

Opto por el plural femenino como una apuesta política por el lenguaje. Creo que es necesario un lenguaje inclusivo, un lenguaje que no esté marcado por el género para respetar todas las identidades. Cuando tendemos a utilizar lenguaje sin marca de género, se desvanece esa reivindicación política. Porque podría decir «el alumnado» en lugar de decir «los alumnos y las alumnas», o decir «las alumnas». Pero en el momento en que digo «el alumnado», aunque sea la palabra más correcta para incluir a todos, y una forma que en español ya está aceptada, lo que hago es invisibilizar que estoy rechazando el uso del masculino genérico. Entonces, cuando apuesto por el femenino plural lo que hago es poner sobre la mesa o evidenciar que tenemos un problema con la lengua española desde el momento en que no incluye y no respeta a todas sus hablantes. Además, marica es un término femenino.

P. Criticas eslóganes como «Love is love» o «Ames a quien ames, Madrid te quiere» como ejemplos de ‘pinkwashing’. ¿Cómo podrían desarrollarse políticas más eficaces o reales hacia el colectivo LGTBI?
Yo no tendría ningún problema con el ‘pinkwashing’, siempre y cuando llevara también consigo actuaciones de calado. Por ejemplo, si cada 28 de junio una marca saca ropa con arcoíris o banderas, o saca anuncios con los colores o mensajes como «Love is love», y también realiza políticas activas de defensa de los derechos LGTBI en su plantilla laboral, para mí no hay ningún problema porque hay coherencia. El problema es cuando las empresas usan esto como lavado de cara pero siguen discriminando a sus trabajadoras LGTBI.

Ya que me preguntas por hacer propuestas activas, y ahora aquí viene otro punto del ensayo, considero que las personas LGTBI hemos de ser aliadas del resto de personas que se encuentran en situación de opresión o persecución, incluida, por supuesto, toda la clase trabajadora en su conjunto. Yo creo que seguiría siendo ‘pinkwashing’ si esa empresa tiene un anuncio LGTBI e implementa políticas inclusivas pero fabrica en Bangladesh explotando a la población local de un país del sur global.

P. Afirmas que el matrimonio igualitario es una derrota, porque alimenta esa idea de gay arquetípico.
Este es otro de los temas controvertidos del libro. Es indudable que este ensayo ha sido publicado en un momento en que el clima de opinión y la esfera política española están teniendo un giro hacia la derecha, y estamos normalizando discursos que desplazan el marco de cómo percibimos las políticas y la opinión pública hacia el conservadurismo.

Dicho esto, Didier Eribon, uno de los antropólogos que cito en el ensayo (y que en su caso defiende el matrimonio igualitario porque Francia es un país donde ha costado mucho más conseguirlo e incluso hoy, diez años después de su aprobación, se sigue cuestionado ampliamente), explica que el matrimonio igualitario debe ser un derecho para todos mientras el matrimonio a secas también sea un derecho. Pero una vez esto haya sido aceptado socialmente, hay que exigir un desplazamiento y ser autocríticos con lo que se ha planteado. Es precisamente este desplazamiento lo que plantea mi ensayo. Afortunadamente, en España no estamos en una situación como la de Francia y creo que formamos parte de una sociedad suficientemente madura como para analizar y debatir las consecuencias que ha tenido la perpetuación del matrimonio instrumentalizando a la gente LGTBI; o, remitiendo a la pregunta previa, hablar del ‘pinkwashing’ que se ha hecho del matrimonio instrumentalizando a la gente LGTBI, cuando era una institución criticada por los feminismos o la izquierda en los 80 y 90.

P. Después de leerte me surge la duda de si te gustaría que lo marica absorbiese lo gay, si quieres que lo lidere o simplemente que se acepten como narrativas distintas.
Creo que lo gay nos obliga a las personas LGTBI españolas, concretamente a los maricas, a los hombres que tienen sexo con hombres, a observarnos a nosotros a través de la óptica de Estados Unidos, de la óptica anglosajona. Por el tipo de ocio que consumimos, por el tipo de cultura que nos llega, los productos culturales, las series, las películas, la narrativa ‘bestseller’. Digamos que el eje de las personas que viven en Europa está desplazado hacia Estados Unidos. Entonces, sí que creo que reivindicar la palabra marica es, de alguna manera, volver a conectar un poco con la realidad cultural local. Todas las personas tienen el derecho a definirse desde el lugar y desde la etiqueta que les sea más cómoda, o incluso a deshacerse de todas las etiquetas si les resulta mejor, pero soy de la opinión de que ha llegado el momento de reivindicar lo marica y exigirle respeto, lo cual no tiene por qué desplazar ni absorber lo gay.

P. Comentas que la LGTBIfobia y el clasismo están entrelazados, que son el mismo problema. ¿Pero cómo persuades a quienes poseen ciertos privilegios a renunciar a ellos en beneficio de la igualdad?
La solución más fácil que te daría es «eat the rich». Pero también entiendo que hay otras formas que no requieren de comerse a nadie, a menos que sea una parafilia de la persona que desea ser comida. En todo caso, yo creo que hay herramientas de redistribución que demuestran que aquellas sociedades más igualitarias, o aquellas sociedades donde hay mayor igualdad de oportunidades, redundan en el beneficio común y son positivas para todas. Estoy bastante seguro de que hay gente que tiene tantísimo dinero que no va a saber qué hacer con él en su vida y que va a morir sin haberlo gastado. Realmente hay un fetichismo de la acumulación de riqueza, de la acumulación material. Entonces, se trata más bien de un cambio cultural y de percibir que no necesitamos tanto dinero, ni acumular tanto como creemos, y que redistribuyéndolo tendríamos una sociedad mejor, incluso para las personas que acumulan. Bibliotecas del tiempo, bibliotecas de objetos, modos colectivos de poseer… Es difícil de conseguir, porque como explicaba antes, nos han convencido de que la acumulación y el éxito son sinónimos. Pero estoy seguro de que podemos llegar a este cambio cultural.

P. ¿Puedes compartir ejemplos personales de privilegios a los que hayas tenido que renunciar y las ventajas que has encontrado al hacerlo?
A través de este ensayo, lo que planteo es que hay que cuestionar también el concepto de privilegio, porque hemos llegado a un punto en que se está llamando privilegios a derechos básicos. Tú tienes una casa, ¡qué privilegiado eres! Tú no has estado nunca en el paro, ¡qué privilegiado! Tú tienes derecho a voto y yo no, ¡qué privilegiado! Y no. Estamos llamando privilegios a cosas que son derechos. La diferencia entre un privilegio y un derecho es que el privilegio no debería tenerlo nadie y el derecho debería tenerlo todo el mundo. En el momento en que llamamos privilegio a trabajar, tener un hogar o votar, estamos diciendo que no habría que tenerlo, cuando en realidad se trata de derechos que habría que garantizar.

En mi caso, la experiencia que tengo como hombre blanco ocupando espacios me ha hecho darme cuenta de que en muchas ocasiones había gente que no es que no tuviera opinión o no quisiera expresarla, es que no lo hacía porque mi presencia, por una tradición cultural, les lleva a callarse, como es el caso de mujeres que no expresan su opinión en espacios masculinizados o personas racializadas que no expresan su opinión en espacios muy blancos. ¿Y qué es lo que yo he ganado? Pues simplemente el hecho de escuchar una experiencia diferente a la mía, y la maravillosa sensación de cambiar de opinión me parece ya un motivo para callarse de vez en cuando.

P. En el ensayo haces notar la diferente percepción social entre la prevención del embarazo y la prevención del VIH. ¿Cómo podríamos desafiar los estereotipos de género y las normas sociales para promover una visión más equitativa de ambas formas de prevención?
Sí, en el ensayo hago esta afirmación partiendo del contexto del análisis de lo que viene a ser el discurso médico. En un primer lugar, para conseguir superar estos estigmas que hay hacia la prevención del embarazo o hacia la prevención del VIH, que presento como diferenciados. Incido mucho en que las mujeres que son responsables de su salud sexual y reproductiva son estigmatizadas y tratadas de putas, de zorras o de guarras. Y lo mismo nos pasa a los maricones. Lo que creo que hay que hacer es reformar en primera instancia el discurso médico. ¿Por qué? Porque la medicina, incluso en 2023, está diseñada desde el punto de vista del hombre cisheterosexual. Por poner un ejemplo, los testeos de medicaciones o de tratamientos médicos se siguen haciendo sobre cuerpos de hombres cis y occidentales, y esto ignora por completo la diversidad fisiológica que hay en todos los cuerpos del planeta. En consecuencia, vemos que hay efectos secundarios no previstos, o desdeñados, en los cuerpos de las mujeres o de las personas de otros orígenes que no sean europeo o estadounidense. Creemos que el discurso médico es neutro porque es ciencia, pero lo cierto es que está atravesado por los prejuicios de las personas que hacen la ciencia.

Esto obviamente tendrá también una incidencia en el discurso social porque los médicos, los doctores, los estudios sobre salud, los ministerios, son instituciones que percibimos como autoridad, son personas cuyos discursos respetamos. En el momento en que veamos a una persona que entendemos como autoridad en una materia cuestionar el machismo o el prejuicio homófobo que hay dentro de la medicina, creo que la sociedad en general comenzará a cambiar su perspectiva sobre estos tratamientos.

P. Está claro que hay que seguir combatiendo la homofobia, pero ¿hay otras maneras de hacerlo que no sea desde lo LGTBI?
De hecho, la única manera de hacerlo es no haciéndolo desde allá, porque cuando decimos que la homofobia debe ser combatida por las personas LGTBI, lo que estamos haciendo es obligarlas a llevar la carga de su propia defensa. Y, de algún modo, esto tiene una cara B muy fea. Cuando decimos que las personas LGTBI son las responsables de educar y de evitar la homofobia, lo que estamos asumiendo es que al recibir una agresión homófoba, es también culpa de ellas porque no han sido suficientemente pedagógicas o no han sabido explicarse para evitar esa agresión. Por tanto, yo creo que la mejor manera de combatir la LGTBIfobia es que las personas que no son LGTBI se den cuenta de ella y la combatan entre ellos. Es decir, si tú eres un tío heterosexual y escuchas a un amigo tuyo, o lo ves en el grupo de WhatsApp, diciendo barbaridades sobre las personas LGTBI, intervén.

P. ¿Qué les dirías a las infancias de hoy para que sean más maricas el día de mañana?
La clave no está tanto en qué decirles a las infancias, porque las infancias son tremendamente maricas. Lo que quiero decir es que los niños, las niñas y les niñes, antes de ser educadas en sociedad, hacen cosas tremendamente maricas. Si un niño ve a su hermana jugando con una Barbie y le apetece, lo dice sin ningún complejo a los tres, a los cuatro, a los cinco años. Pero deja de decirlo conforme crece. Los vamos desamariconando conforme los educamos, en el momento en que decimos: «No, tú no puedes jugar con una Barbie porque eso es de niñas»; «No, tú tienes que ir al fútbol y no puedes ir a ‘ballet’»; «No, tú tienes que llevar pantalones y no puedes llevar falda». No se trata tanto de qué le diríamos a las infancias, se trata de desencasillar la infancia en el sentido que antes decía de un horizonte ‘queer’ sin límites. Yo entiendo que le tienes que poner límites como a qué hora se tiene que ir a dormir, pero no aceptar que un niño quiera hacer una cosa que tú consideras de niña, o que una niña quiera hacer una cosa que tú consideras de niño, no es un límite, es un prejuicio que estás imprimiendo en esta niñe, niña o niño, que va a crecer creyendo que aquello que no hacía daño a nadie, jugar con una muñeca, es algo tremendamente malo y perverso. Las infancias, para que sean más maricas, tienen que tener paternidades y maternidades más maricas.

P. «Amariconad el mundo», dice en imperativo el último capítulo, al que luego siguen unas páginas que rebosan de cuidados y ternuras. A quienes puedan pensar que tienes intención de ‘queerizar’ lo cishetero, ¿qué les dirías?
Que sí, que absolutamente tengo la intención de ‘queerizar’ lo cishetero. Creo que durante todos estos años de activismo, aunque se ha pretendido que lo LGTBI parezca más cishetero, nos han llevado algunas frustraciones dentro del colectivo. De alguna manera parece que teníamos que recortarnos nosotros aquellas estridencias, como decía en la pregunta previa de aquel niño que tiene que evitar jugar con una muñeca. Lo mismo ocurre cuando llegas a ser adulto, resulta que tienes que evitar hacer cosas con mucha pluma para evitar llamar la atención en el trabajo. O tienes que evitar especificar en un contrato de alquiler que tu pareja es del mismo género. Todas estas cosas están imbricadas en la deriva de los últimos años que nos ha llevado a parecer más cishetero para ser aceptados. Lo cual me lleva a preguntarme si hoy en día hay menos LGTBIfobia porque la gente es más respetuosa o porque las personas LGTBI parecemos menos LGTBI que antes.

En cuanto a ‘queerizar’ lo cishetero, quiero decir que en el momento en que las personas cishetero desdibujen sus límites, sean estridentes, tengan pluma y encuentren alegría en ello, porque han tenido que renunciar a muchas cosas que les harían felices para llegar a ser cishetero, ya no habrá la posibilidad de que te digan en un contrato de alquiler que no puedes acceder a la vivienda porque «tienes demasiada pluma y aquí buscamos una familia normal»; porque lo normal no existirá, no habrá una persona cishetero con la que compararte para decir «ella es más normal que tú y, por tanto, le vamos a dar el alquiler o el contrato de trabajo a ella».

P. ¿Harry Styles es marica mala o no?
Pues voy a romper una lanza por él porque todo el mundo está cuestionando su sexualidad por cómo va vestido. Y llevar la ropa que te dé la gana como lo hace él, independientemente de cuál sea su género, su orientación afectivo-sexual, es de marica mala.

P. ¿Rosalía?
Pues depende. Por ejemplo, Rosalía con Tokischa es una marica malísima, de las mejores. Me encanta, porque es un videoclip y un tema que habla sobre la sexualidad femenina, la sexualidad entre mujeres. Lésbica o sáfica, totalmente desacomplejada, reivindicando ser tremendamente guarras, cerdas y estar orgullosas de ello. Eso es supermarica. En cambio, Rosalía con Rauw Alejandro, la ruptura… está teniendo una narrativa tremendamente cisheterosexual, de marica buena, de se ha acabado una relación romántica y está supertriste y hay que hacer un drama de ello. Cuando yo creo que lo reivindicativo de una marica mala es que aunque se acabe el vínculo puedes tener una relación maravillosa, alegría, felicidad y promiscuidad con tu expareja.

P. ¿Samantha Hudson?
Es lo más marica mala que existe ahora mismo en el panorama español. Su voluntad férrea de ser estridente, de llamar la atención, de no pasar desapercibida y de decir siempre lo que le dé la gana sin pedir perdón ni permiso, es el modelo de marica mala por antonomasia.

P. ¿Almodóvar?
En el ensayo digo que marica mala no se es, sino que se hace. Y la filmografía de Almodóvar es tremendamente marica mala, y como castellano manchego y maricón, me he educado con ella.

martes, 11 de mayo de 2021

#hemeroteca #lenguaje #machismo | El lenguaje, una habitación propia

Imagen: El Salto

El lenguaje, una habitación propia.

Ni el lenguaje verbal como artificio es machista ni el género gramatical es patriarcal; no se trata de simplificar la cuestión así. Se trata, más bien, de usos habituales y comúnmente extendidos en las lenguas flexivas que, en el plano social, pueden llegar a legitimar y también a deslegitimar, y sobre eso también tiene que pronunciarse la educación lingüística, por la función socializadora que tiene.
Albano de Alonso Paz | El Salto, 2021-05-10
https://www.elsaltodiario.com/opinion/el-lenguaje-una-habitacion-propia

La pizarra de un aula de cualquier centro educativo es todo un universo. Una habitación propia no solo para la persona que ejerce la docencia, sino para el alumnado que aprende del despliegue de recursos iconográficos y verbales que pueblan este espacio simbólico para la enseñanza.

El profesorado ha usado tradicionalmente este instrumento ubicado en una pared como si de un mapa se tratase, una forma de guía para sus explicaciones y a veces como esquematización propia de los saberes, de las formas adquiridas de entendimiento cultural que queremos transmitir.

En uno de esos avatares personales propios de la profesión, recuerdo cuando, durante el curso pasado, una alumna de la ESO me dio un paradigmático toque de atención: había planificado un trabajo en la pizarra en la que pedía a la clase investigar en torno a una serie de autores vinculados a un movimiento determinado. Al finalizar mi explicación, la estudiante me preguntó si era posible también citar a autoras en su trabajo. Otras personas de la clase la secundaron en su duda, y no precisamente en tono de broma. Fue entonces cuando me percaté de que mi habitación propia, mi particular construcción del mundo, no coincidía con la de ese grupo de jóvenes que tenía delante.

Sobre ese espacio vital, esa construcción personal y social a la vez que se aleja de lo articulado a través de la herencia clásica y que nos permite reconstruir el relato único del que hablaba la escritora Chimamanda Ngozi Adichie, pensó también Virginia Woolf en su ensayo 'Una habitación propia' (1929). Dice la escritora en un momento del mismo: “¿Por qué no podrían añadir un suplemento a la Historia, dándole, por ejemplo, un nombre muy discreto para que las mujeres pudieran figurar en él sin impropiedad?”. Creo que el lenguaje inclusivo, en el mundo educativo, viene a reclamar ese nombre, ese espacio.

Afirmaba el psicólogo Jerome Bruner que “la educación debe ser no solo un medio para transmitir la cultura, sino también un proveedor de visiones alternativas del mundo y un fortalecedor de la voluntad de explorarlas”. Sin embargo, esas visiones alternativas del universo parecen chocar contra decisiones como la tomada recientemente por el Gobierno de Francia, al considerar la perspectiva inclusiva de género en el lenguaje un obstáculo para el aprendizaje, legitimando, así, el uso genérico para el masculino gramatical.

Decía un filósofo —también francés— llamado Jean-François Lyotard que “el derecho a decidir lo que es verdadero no es independiente del derecho a decidir lo que es jdusto”. En este caso, las decisiones sobre lo considerado verdadero se están apropiando del terreno de lo justo. Precisamente él hablaba, en ese sentido, del principio de legitimación: “Desde Platón la cuestión de la legitimación de la ciencia se encuentra indisolublemente relacionada con la de la legitimación del legislador”. Es quien construye la norma quien se cree en posesión de un criterio infranqueable; también en materia de lengua.

Efectivamente, ni el lenguaje verbal —como artificio— es machista ni el género gramatical es patriarcal; no se trata de simplificar la cuestión así. Se trata, más bien, de usos habituales y comúnmente extendidos en las lenguas flexivas que, en el plano social, pueden llegar a legitimar y también a deslegitimar, y sobre eso también tiene que pronunciarse la educación lingüística, por la función socializadora que tiene.

Queremos fomentar en las aulas actitudes críticas, pero validamos, en cambio, una perspectiva uniforme de la lengua que se aferra al dictado de lo estrictamente normativo, cuando detrás de las creaciones lingüísticas hay sobre todo conciencia individual, construcción colectiva y pensamiento evolutivo, también de los colectivos que más maltrato histórico han sufrido.

El propio Bruner decía que “el aprendizaje es un proceso, no un producto”, y, sin embargo, proyectamos en el alumnado a través de este comportamiento privilegiado, cada uno desde la construcción que le da su propia habitación cultural, ese producto como una visión parcial de la historia de nuestra lengua en su diacronía.

Con la aceptación indiscutible de esta narrativa monocromática, no invitamos a cada estudiante a reflexionar sobre otras habitaciones propias que también son las suyas, otras inquietudes en torno a ideas lingüísticas que no son tan descabelladas, como por ejemplo la introducción de una nueva marca de género gramatical que supere la visión binaria masculino-femenino, que deja fuera a identidades infrarrepresentadas y sometidas, así, a un proceso histórico de exclusión.

Porque, como decía Mary Wollstonecraft, “el poder de generalizar ideas, de trazar conclusiones generales a partir de observaciones individuales, es la única adquisición para un ser inmortal que realmente merece el nombre de conocimiento”. Y creo que, en ese discurso uniforme pero dicotómico a la vez de rechazo del lenguaje inclusivo, nos estamos olvidando de la observación de esa otra habitación propia que, desde el principio de los tiempos, siempre ha permanecido con su puerta cerrada.

Albano de Alonso Paz. Profesor de Lengua Castellana y Literatura.

lunes, 5 de abril de 2021

#hemeroteca #masculinidad | Octavio Salazar: "A veces le dan más valor a lo que yo digo por ser hombre que a una compañera que lleva toda la vida en el feminismo"

Imagen: El Diario / Octavio Salazar

Octavio Salazar: "A veces le dan más valor a lo que yo digo por ser hombre que a una compañera que lleva toda la vida en el feminismo".

El catedrático e investigador Octavio Salazar publica 'La vida en común. Los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus', donde analiza la oportunidad para replantear el sistema que deja la pandemia.
David Noriega | El Diario, 2021-04-05
https://www.eldiario.es/cultura/octavio-salazar-feminismo-masculinidades-pandemia-hombres_128_7365717.html

El 14 de marzo de 2020 se decretó en España el primer estado de alarma por la pandemia del COVID-19. Durante meses, y hasta hoy, se ha limitado la movilidad con más o menos restricciones y durante semanas solo estuvo permitido salir para lo básico: trabajar si no era posible hacerlo desde casa e ir a la compra. En este largo año, nuestra forma de vivir y de relacionarnos ha cambiado como pocas veces antes lo había hecho. Al catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba e investigador especializado en igualdad de género y nuevas masculinidades Octavio Salazar todo este tiempo le ha servido para replantear en su libro 'La vida en común' (editorial Galaxia Gutenberg) qué sistema queremos tener cuando pase la crisis y qué hombres deberíamos ser después del coronavirus.

P. En el libro hace un resumen de cómo la pandemia ha afectado a los hombres y cómo hemos tenido que cambiar la dimensión pública por esa otra más privada a la que siempre han estado relegadas las mujeres. ¿Cómo cree que nos hemos adaptado a ese espacio cuando hemos construido nuestra razón de ser sobre lo público?


R. Toda esta experiencia que vivimos nos ha podido obligar a revisar las prioridades, las formas de organizar nuestras vidas, cómo nos proyectamos en lo público desconectándonos prácticamente de lo privado, cómo organizábamos los tiempos en función de nuestro trabajo y nuestra proyección profesional. De lo que no tengo datos es de si, efectivamente, nos ha servido de manera positiva o si nuestra memoria es muy corta e, inmediatamente, nos hemos incorporado a la normalidad. Esta crisis podría haber sido una magnifica oportunidad para que hombres y mujeres revisáramos cómo organizamos nuestra convivencia.

P. La pandemia ha hecho más visibles aquellas necesidades que estaban en el imaginario colectivo en un lugar secundario, como los cuidados o la parte emocional. ¿Cree que le hemos dado un valor real o nos hemos quedado en lo simbólico?

R. Más allá de que a nivel personal hayamos valorado muchísimo más lo que tiene que ver con los trabajos de cuidado y los sostenes emocionales, todo eso necesita unos compromisos colectivos y públicos. Ahí es donde no se han dado los pasos que se tenían que dar. Quizás algunas personas se hayan visto obligadas a replantear muchos aspectos de su vida cotidiana, pero no tengo tan claro que desde el punto de vista político se hayan priorizado estas cuestiones ante la urgencia de resolver la situación sanitaria y la económica.

P. Los cuidados también tienen una dimensión económica.

R. Ese es el cambio de paradigma que tendremos que plantearnos. Todas esas dimensiones de la vida que tradicionalmente no hemos valorado porque hemos entendido que no son productivas también son trabajo. Esas esferas tienen que ser prioritarias y estar en el foco central de las políticas económicas de cualquier gobierno. Por ejemplo, ¿qué está pasando en las ciudades? El debate fundamental está siendo la hostelería, los horarios de los bares, cómo pueden utilizar el espacio público... pero no se está debatiendo sobre cómo ese espacio tiene que ser repensado para que todos y todas podamos disfrutarlo de otra manera. No estamos pensando en las ciudades desde una dimensión humana por esa visión productiva economicista, incluso de los entornos urbanos. No está habiendo una reflexión sobre si las ciudades son accesibles, sostenibles, si garantizan niveles de salud e integridad física o si responden a las necesidades de las distintas generaciones que las habitan. Muchas de las medidas que se han ido adoptando durante la pandemia son muy cuestionables desde el punto de vista de cómo se han limitado las necesidades vitales.

P. ¿Cree que esas necesidades se han visto limitadas por la pandemia o que esas limitaciones ya existían?

R. Yo tengo la sensación de que pasa con los dos extremos de la vida: los niños y las niñas y las personas mayores. En el caso de los niños, medimos su interés en función del nuestro y del propio sistema, como si no fueran sujetos que tienen una serie de derechos. Por ejemplo, la escuela se mira para la conciliación, pero no pensando en el papel que tiene en el desarrollo del niño y de la niña. Y a las personas mayores las tratamos de una manera tremendamente proteccionista, como si no fueran sujetos capaces de tomar las decisiones que afectan a sus vidas. Como no son productivos para el sistema económico, no son ciudadanos de primera y están en los márgenes. Cada vez vamos a vivir más años y hay más personas en esa fase, por lo que tenemos que resolver qué lugar ocupan las personas cuando acaban con su edad "productiva".

P. En este verano, la ministra de Igualdad, Irene Montero, propuso un pacto de estado por los cuidados. ¿Lo ve factible?

R. En 2017 el Parlamento aprobó por una amplia mayoría un pacto de Estado contra la Violencia de Género y todavía estamos esperando que se traduzca en alguna medida efectiva. Me parece muy bien que haya un pacto, pero lo que hay que hacer es traducir esos grandes proyectos en medidas concretas, leyes concretas y que en la ley de Presupuestos se concrete que los cuidados son una cuestión prioritaria, que se creen infraestructuras para sostener esos cuidados, que se contrate a personal de manera digna.

P. En los últimos meses ha habido un 'boom' de teletrabajo, que en muchos casos ha terminado por ser una carga más para las mujeres: según diferentes estudios han visto alargadas sus jornadas, su actividad laboral se ha desplazado a la madrugada o han sido relegadas a los peores espacios de la casa. ¿Es el teletrabajo la mejor fórmula para favorecer un reparto más equitativo de las responsabilidades? ¿Hemos perdido una oportunidad de hacerlo?


R. Podría serlo si partiéramos de una situación de igualdad de oportunidades y de cómo nos situamos hombres y mujeres en el mercado laboral y en la corresponsabilidad, pero existe una tremenda asimetría. Desde esa asimetría de género, las mujeres son las que están soportando la peor parte. Sé por varias compañeras del ámbito universitario, sobre todo las que tienen hijos o personas dependientes a cargo, que el teletrabajo se ha convertido en un auténtico infierno, porque no hay separación entre el espacio de trabajo y el espacio de vida. Al estar en casa 24 horas al días, han estado disponibles para trabajar y para cuidar. Eso es una bola tremenda, que ha multiplicado el esfuerzo, la carga y la presión emocional. Para la mujer esto tiene el elemento añadido de que quedarse en casa supone verse condenada de nuevo al espacio privado, a no ser visible en lo público y no poder interrelacionarse y tener presencia.

P. En el libro hace referencia a la situación "perversa" que hace que para que muchas mujeres del mundo "más desarrollado" puedan desempeñar su carrera profesional son otras, en su mayoría mujeres migrantes, las que tienen que trabajar en condiciones cercanas a la servidumbre. Es un discurso de la activista Audre Lorde, que la actriz Daniela Santiago verbalizó el 8M y que generó muchísima polémica, sobre todo en redes sociales. ¿Por qué cree que ese discurso genera polémica dentro del feminismo?

R. Cuando analizamos cuál es la situación de las mujeres y por qué sigue habiendo desigualdad, hay muchos factores que interseccionan con el género y crean situaciones específicas de vulnerabilidad. A veces, desde determinados ámbitos del feminismo –léase académico, institucional o el adjetivo que queramos ponerle– tenemos una mirada muy estrecha sobre las múltiples realidades en las que se encuentran las mujeres. Soy el primero que entono el ‘mea culpa’, porque acabas muy condicionado por el mismo estatus que tú ocupas. Ahora más que nunca es necesario tener presente que hay un factor que tiene que ver con la clase y muchísimas cuestiones que tienen que ver con problemas de recursos económicos o de minorías que tienen más dificultades para conseguir un estatus de ciudadanía o las familias monoparentales, que enfrenan más dificultades. En todo ese contexto, las mujeres están doble o triplemente discriminadas y hay que ir incorporando esas miradas. Yo no entiendo porqué existe esa resistencia o se hacen esas críticas, porque justamente ahora hay que enfocar la cuestión con todas esas perspectivas.

P. La candidata de Más Madrid a las elecciones del 4M, Mónica García, dijo hace unos días que la política española estaba cargada de testosterona. Tampoco es raro ver en sede parlamentaria comentarios machistas, como el sufrido hace poco por la ministra Yolanda Díaz. ¿El clima político actual favorece que las masculinidades tradicionales se perpetúen?

R. Hay grupos políticos que han introducido en su proyecto la lucha contra el feminismo y contra leyes que suponen avances en igualdad. Estamos viendo cómo se convierte en opción política el ataque al feminismo y a conquistas que hasta hace poco tiempo entendíamos consensuadas. Ahora se ha abierto la veda y hay una postura muy exhibicionista del machismo. No hay ningún corte en decir una barbaridad. No solo lo hace un diputado en sede parlamentaria, sino que luego lo dice un ciudadano en Twittter, en un grupo de WhatsApp o en un debate en una cafetería. Parece que está de moda cuestionar a las mujeres y al feminismo y siempre hay una corte que te ríe las gracias. Es un punto muy perverso de involución.

P. ¿Dónde se rompió el ese consenso?


R. Es una reacción frente a los grandes momentos que el feminismo ha tenido en los últimos años, como las convocatorias del 8M, las movilizaciones en campañas como el #Metoo, la conciencia social en torno a las violaciones y las agresiones sexuales... Esta presencia absolutamente determinante del feminismo en la agenda pública ha provocado una reacción de sectores de hombres que ven eso como una amenaza y entienden que su lugar dominante se encuentra en peligro. Si a eso le añades la crisis económica y la situación de inseguridad, se genera el caldo de cultivo para que los discursos viscerales y populistas enganchen a más gente.

P. ¿Estamos los hombres dispuestos a renunciar a los privilegios inherentes a ser hombres?


R. Ahí es donde está uno de los grandes obstáculos con los que se encuentran las mujeres. En el siglo XX, las mujeres se han movido muchísimo con respecto a lo que era su estatus tradicional. No hay más que ver cuál era el papel de las abuelas de las mujeres que viven ahora. Los hombres estamos prácticamente en el mismo sitio respecto a nuestro lugar en la sociedad y nuestra forma de concebirnos como hombres. Ese cambio es muy difícil porque implica cuestionar el modelo tradicional que nos ha privilegiado siempre. Es una tarea difícil en la que tenemos que hacer renuncias y asumir responsabilidades que hasta ahora no hemos asumido. Nadie que está en una posición dominante quiere renunciar a ella tan fácilmente.

P. Siempre hablamos de renunciar a privilegios pero, ¿hace falta más pedagogía sobre lo que los hombres tenemos que ganar con el feminismo?


R. No me gusta enfocarlo como si fuera un juego de pérdida y ganancia, porque parece que estamos en una suerte de dinámica competitiva. Lo que hay que hacer es una pedagogía sobre si realmente queremos una sociedad que funcione democráticamente, de manera plena y donde todos podamos disfrutar mucho mejor de los derechos fundamentales que nos reconocen las leyes. El feminismo también puede ser emancipador para nosotros, porque gracias a él ya no tendremos que ser "tíos de verdad". Vamos a empezar a disfrutar y a desarrollar toda una serie de capacidades y habilidades que nos hemos negado por entender que no eran propias de lo masculino. Eso requiere un trabajo de concienciación progresivo, de mucho debate.

P. En el libro hace hincapié en la necesidad de contar con la visión y recuperar la voz de las mujeres. Sin embargo, aquí estamos: un hombre preguntando a otro hombre por un libro sobre cómo superar esa desigualdad estructural que sufren las mujeres. ¿Dónde está la línea entre ser aliados y el ‘mansplaining’?

R. Me lo planteo todos los días. Estamos en un alambre entre, por un lado, lo importante que es que haya hombres que podamos tener voz en estas cuestiones para llegar a otros hombres que nos pueden tomar más en serio que a las mujeres y, por otro, que ocupemos espacios que les corresponden a ellas. Yo me nutro de lo que piensan las mujeres, de lo que leo, de lo que mis compañeras me enseñan todos los días y con todo eso trato de dirigirme a los hombres. Creo que el papel que tendríamos que tener nosotros en el feminismo es trabajar con nosotros mismos, interpelar a los hombres y asumir ese protagonismo, sobre todo, en aquellos espacios que nos puedan generar incomodidad pero donde tenemos la capacidad de cambiar determinadas cosas.

Muchas veces, los propios medios parece que te prestan más atención cuando eres un tío, a pesar de que estás diciendo algo menos relevante o lo mismo que te dice mucho mejor una compañera. Yo colaboro en Córdoba con asociaciones de mujeres y ayuntamientos. En alguna ocasión desde los colectivos me han dicho: "Es que quiero que vayas tú, porque te toman más en serio". Lamentablemente, temo que es así: le dan más valor a lo que yo digo que a lo que dice una compañera que lleva toda su vida en el feminismo.


Y TAMBIÉN…
Octavio Salazar: urge construir un discurso alternativo a los movimientos anti igualdad.
Laura de Grado Alonso | Efeminista, 2021-02-02

https://www.efeminista.com/octavio-salazar-la-vida-en-comun-discurso-anti-igualdad/

lunes, 8 de marzo de 2021

#hemeroteca #racismo | Lo que aprendemos los plebeyos sobre racismo viendo el caso de Meghan Markle y la familia real británica

Imagen: El Diario / Meghan Markle

Lo que aprendemos los plebeyos sobre racismo viendo el caso de Meghan Markle y la familia real británica.

Aunque al principio la historia de Harry y Meghan nos pueda parecer lejana, en realidad permite ver las consecuencias de unos problemas profundos y comunes relacionados con el racismo que también vivimos los plebeyos.
Moha Gerehou | El Diario, 2021-03-08
https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/aprendemos-plebeyos-racismo-viendo-caso-meghan-markle-familia-real-britanica_129_7286870.html 

"What!" Con los ojos abiertos de par en par, la mandíbula a punto de tocar el suelo y esta frase reaccionaba la presentadora Oprah Winfrey a una respuesta de Meghan Markle. La entrevista, que había levantado grandes expectativas, no defraudó y ocupa titulares por todo el mundo.

Es el último episodio de una historia que en ocasiones ha sido comparada a la de Lady Di, especialmente por el machismo con el que se ha tratado a ambas, pero este caso contiene un elemento que lo coloca en otro nivel: el racismo. Ha sido una constante. Sobre Meghan Markle se ha dicho y escrito de todo: que tiene un "ADN exótico", que salió de Compton (de donde proceden algunos de los raperos negros estadounidenses más importantes) e incluso llegaron a comparar a su hijo con un chimpancé, entre otras muchas lindezas.

De ahí que este caso, que en un primer momento nos puede parecer lejano por ubicarse en los círculos de la realeza británica, lo que muestra son las consecuencias de una serie de problemas profundos y comunes relacionados con la condición racial. Esto es lo que aprendemos los plebeyos sobre racismo viendo el caso de Meghan Markle y la familia real británica.

El valor de una piel
El ya clásico "What!" de Oprah Winfrey llegaba cuando Meghan Markle enumeraba los privilegios de los que posiblemente no disfrutaría su primer hijo, Archie, tales como el título nobiliario. En ese momento hizo una confesión: "En los meses en los que yo estaba embarazada, hubo (...) preocupaciones y conversaciones sobre lo oscura que podría ser su piel cuando naciera".

Para algunos, el color de piel es un indicador social más. A raíz de la boda de Meghan y Harry, Jaime Peñafiel publicó un artículo llevándose las manos a la cabeza porque la reina Isabel II había permitido una boda con una mujer mestiza, lo que en su opinión repercute en que las monarquías “se vulgarizan”.

En España se sigue viendo el color de piel como sinónimo de un estatus, generalmente económico, inferior. Y aunque muchas veces lo es, pocas veces nos preguntamos por qué la condición racial o migratoria determina nuestra situación. Un ejemplo nítido es la representación en las producciones audiovisuales, donde los actores negros casi no se salen de papeles estereotipados como los de manteros, prostitutas o inmigrantes sin apenas conocimientos sobre la vida.

Racismo y clasismo van de la mano
El racismo se puede ver agravado o atenuado por la clase social, pero no lo elimina. Antes de formar parte de la realeza británica, Meghan Markle ya era una actriz de éxito en Hollywood, con su consiguiente nivel económico. Seguramente haya pocas posiciones de poder más importantes en todo el mundo que pertenecer a la familia real británica, pero eso no evitó que el racismo se cruzara por su camino. La opinión pública o los medios de comunicación dispararon una y otra vez con balas raciales para las que el volumen de la cuenta corriente o los títulos nobiliarios apenas sirvieron de escudo.

Bajando este caso a la tierra, nos encontramos cómo la clase y la raza son factores que no se excluyen, sino que se suman. En España tenemos ejemplos como los de las empleadas del hogar, en su mayoría mujeres y migrantes excluidas una y otra vez de los derechos laborales más básicos. En su caso, las dificultades económicas juegan en su contra, lo que por un lado les obliga a aceptar condiciones laborales cercanas a la esclavitud y, por otro, rebajando las capacidades y los conocimientos que traen desde sus países de origen.

Los medios y su responsabilidad en el racismo
En varios momentos de la entrevista, Oprah Winfrey pone el foco sobre el papel de los medios de comunicación. Concretamente, el de los tabloides británicos. Fue uno de los motivos que esgrimieron Harry y Meghan para cambiar su rol en la familia real, y desde luego que hay motivos para ello. De hecho, en uno de los puntos Winfrey repasa la diferencia en el tratamiento mediático entre Meghan Markle y Kate Middleton. Un artículo de Buzzfeed comparaba cómo la misma situación se analizaba de manera distinta si la protagonista era una u otra. Los ejemplos hacen hasta gracia si no fuera por el constante acoso.

Los medios son una de las herramientas más poderosas a la hora de construir nuestra visión del mundo. Por desgracia, puede ser a peor. Hace unos años se creó un proyecto, el ‘Observatori del discurs discriminatori als mitjans de comunicació’, que analizaba cómo el discurso de odio, especialmente racista, se transmitía a través de los medios de comunicación españoles. Trato degradante, deshumanización, uso de la condición racial para criminalizar y otros elementos que resultan en una diferencia mediática.

Los vestigios del colonialismo siguen presentes
La historia de la familia real británica está indisolublemente asociada al colonialismo. En 1884, Francia y Gran Bretaña se repartieron África y desde entonces ocuparon tierras, extrajeron recursos y esclavizaron a una parte importante de la población del continente. Casi un siglo y medio después, los vestigios de aquel momento todavía se pueden palpar. Por poner un par de ejemplos, a día de hoy Isabel II sigue siendo oficialmente la reina de Jamaica, Bahamas o Australia. También su país sigue al frente de la Commonwealth, una institución que reúne a Gran Bretaña con sus antiguas colonias.

Además del imperialismo, las acusaciones de racismo en la familia real británica no son nuevas. En 2004 la princesa María Cristina de Kent, mientras se encontraba en un restaurante, espetó a unos comensales negros que "volvieran a las colonias". Años después acudió a uno de sus primeros encuentros con Meghan Markle con un broche de época colonial y tachado de racista. Felipe de Edimburgo es sospechoso habitual: en un evento con indios británicos dijo a uno de ellos que había venido mucha gente de su familia, a un político británico negro le preguntó de qué lugar exótico del mundo era cuando había nacido en Birmingham y a alguien que llegó de Papúa Nueva Guinea le felicitó por no haber sido engullido por sus habitantes. Las polémicas nunca alcanzaron el nivel de lo que Meghan Markle ha tenido que soportar.

El racismo en el entorno familiar y de las relaciones
El amor puede no entender de colores de piel, pero los ojos juzgan las relaciones con lentes raciales. La reacción a la relación entre Meghan y Harry nos muestra que una unión interracial sigue levantando suspicacias, entre la familia y las amistades, que van desde el cuestionamiento hasta la exotización, el estigma, la fetichización, amén de todos los estereotipos que se dan al margen de este tipo de relaciones. En este reportaje profundicé sobre este tema hablando con tres parejas interraciales.

Haciendo combo con el machismo, siempre se ha presupuesto una intención oculta de Meghan Markle. Hay un momento de la entrevista en la que Oprah y ella se ríen sobre lo ridícula que es esa argumentación. Por desgracia, esta eterna sospecha sigue estando normalizada en nuestra sociedad. Por ejemplo, entre los testimonios del reportaje que publiqué está el de África Ndong, una mujer negra casada con un hombre blanco y que cuenta que a su marido le llegan a decir sobre ella que "seguro que es una puta que ha contratado". A eso se le suma que su hijo Efraín, adoptado y blanco de piel, les hace enfrentarse a comentarios y juicios relacionados con esa condición racial.

#hemeroteca #racismo | Meghan Markle acusa de racismo a la familia real británica y dice que pensó en suicidarse

Google Imágenes / Harry y Meghan con Oprah Winfrey

Meghan Markle acusa de racismo a la familia real británica y dice que pensó en suicidarse.

"En los meses en los que yo estaba embarazada, hubo (...) preocupaciones y conversaciones sobre lo oscura que podría ser su piel cuando naciera", ha asegurado Markle en una entrevista con la presentadora Oprah Winfrey.
EFE | El Diario, 2020-03-08
https://www.eldiario.es/internacional/meghan-markle-acusa-racismo-familia-real-dice-penso-suicidarse_1_7283785.html

La duquesa de Sussex, Meghan Markle, ha asegurado que ciertos miembros de la familia real británica expresaron dudas sobre el color de piel que tendría su primer hijo con el príncipe Enrique y ha revelado que durante ese embarazo tuvo pensamientos suicidas y la Casa Real se negó a ayudarla.

En una entrevista con la presentadora Oprah Winfrey emitida este domingo en Estados Unidos, los duques de Sussex han relatado su experiencia antes de apartarse de la monarquía británica, y Enrique ha lamentado el deterioro de su relación tanto con su hermano, el príncipe Guillermo, como con su padre, Carlos de Inglaterra, de quien dijo que le ha "decepcionado".

"En los meses en los que yo estaba embarazada, hubo (...) preocupaciones y conversaciones sobre lo oscura que podría ser su piel cuando naciera", ha asegurado Meghan. La duquesa precisó que esos presuntos comentarios racistas se pronunciaron en "conversaciones que la familia tuvo" con Enrique, pero se negó a identificar a quienes los articularon, al afirmar que "eso sería muy dañino para ellos".

Cuando se incorporó más tarde a la entrevista, el príncipe Enrique confirmó que la conversación giró en torno a "qué aspecto iban a tener los hijos" que tuviera con Meghan, que es mestiza y con raíces afroamericanas, pero se negó a dar más detalles al respecto. "Es una conversación de la que nunca voy a hablar", afirmó Enrique, quien agregó que fue "chocante".

Meghan, que está embarazada de su segundo bebé y ha anunciado durante la entrevista que se trata de una niña que nacerá este verano, ha dicho que cuando esperaba en 2019 el nacimiento de su primer hijo, Archie, se enteró de que la Casa Real "no quería que fuera un príncipe" ni que "recibiera seguridad". Ha añadido que se sintió abrumada por la idea de que su hijo "no fuera a estar seguro, y que al primer miembro de color de esta familia no se le diera un título de la misma forma que a otros nietos se les daría".

La duquesa de Sussex ha lamentado que pueda haber ese tipo de racismo en la familia real, porque "la Commonwealth es una parte enorme de la monarquía y el 60 o 70 % son gente de color", y añadió que sabe "lo importante que ha sido para ellos ver alguien en esta posición que tiene un aspecto similar al suyo".

"No quería estar viva"
Meghan también reveló que su salud mental empeoró notablemente durante su primer embarazo, y que llegó un punto en el que tuvo que hablar en serio con Enrique porque tenía pensamientos suicidas "muy claros, reales y constantes, que daban miedo": "Simplemente, ya no quería estar viva".

Ha afirmado que acudió a "una de las personas de mayor rango en la institución" de la Casa Real y le "suplicó que le ayudara" a mejorar su salud mental, pero le respondieron "que no, que no podían hacer nada" por ella. "Nunca hicieron nada, así que tuvimos que encontrar una solución", agregó Meghan, en aparente referencia a la decisión de ambos de apartarse de la monarquía y empezar una nueva vida fuera del Reino Unido.

La duquesa de Sussex ha recalcado que, aunque en ese momento no pudo sentirse "más sola", ha recuperado su salud mental y ahora siente que "merece la pena vivir".

Cuando se incorporó a la entrevista, el príncipe Enrique negó otro rumor, el de que no le comunicaron a la reina Isabel su decisión de apartarse de la monarquía. "Yo nunca ocultaría algo así a mi abuela, tengo demasiado respeto por ella", ha indicado, y ha añadido que tienen una buena relación con la reina y hablan con ella por Zoom. En cambio, Enrique reveló que su padre, el príncipe Carlos, dejó de "responderle al teléfono" después de que tomara la decisión de empezar una nueva vida.

"Me siento realmente decepcionado, porque él ha pasado por algo similar. Ha habido mucho dolor", señaló Enrique, quien confió en poder "reparar la relación" con su padre. Sobre su hermano Guillermo, el segundo en la línea de sucesión al trono, dijo que la relación entre ambos consiste ahora en darse "espacio", y que aunque le "quiere mucho", están en "caminos diferentes".

Ha dicho que, aunque su familia dio al principio la "bienvenida" a Meghan, las cosas empezaron a cambiar después de la gira de ambos por Oceanía, en la que quedó clara la popularidad de su esposa, como ocurrió con la visita a Australia en 1983 de Diana de Gales, la madre de Enrique. "Mi mayor preocupación fue que la historia se volviera a repetir", ha remarcado Enrique, quien agradeció contar con Meghan y no tener que pasar "solo" por el proceso de distanciamiento de la monarquía, como le ocurrió a su madre.


Y TAMBIÉN…
Los laboristas piden una investigación sobre las acusaciones de racismo de Meghan Markle a la familia real británica.

El líder laborista, Keir Starmer, dice que las revelaciones de la duquesa de Sussex son "un recordatorio de que demasiadas personas experimentan el racismo en el Reino Unido del siglo XXI". Oprah Winfrey dice que el príncipe Harry le pidió que aclarara que los comentarios racistas no vinieron de la reina Isabel ni de su marido.
Peter Walker / Jessica Elgot | El Diario, 2021-03-08
https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/laboristas-piden-investigacion-acusaciones-racismo-meghan-markle-familia-real-britanica_1_7286295.html
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Lo que aprendemos los plebeyos sobre racismo viendo el caso de Meghan Markle y la familia real británica.
Aunque al principio la historia de Harry y Meghan nos pueda parecer lejana, en realidad permite ver las consecuencias de unos problemas profundos y comunes relacionados con el racismo que también vivimos los plebeyos.
Moha Gerehou | El Diario, 2021-03-08
https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/aprendemos-plebeyos-racismo-viendo-caso-meghan-markle-familia-real-britanica_129_7286870.html

miércoles, 1 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica #racismo | Sobre la portada "Sopa de Wuhan"

Imagen: Google Imágenes
Sobre la portada "Sopa de Wuhan".
Comunicado para ASPO (editorial) y Pablo Amadeo (editor).
Red de Diáspora China en España [et al.], 2020-04-01
https://sites.google.com/view/comunicadosopadewuhan/comunicado

Las voces de la ultraderecha nos preocupan a muchas personas. En tiempos de pandemia las identificamos y sabemos que es reprobable. Es odio. Es racismo. Y es sinofobia. ¿Qué ocurre cuando este discurso viene acompañado de una compilación de escritos de pensadorxs ‘contemporánexs’? Se justifica. Se permite porque se acompaña de unos textos que se leen profundos y reflexionados, se genera un altar de adoración y se lee creatividad tras ese diseño. Que si ‘es una referencia’, que si ‘no hay maldad’, que si 'admítelo, está ingenioso'.

La portada de un libro o de una recopilación de autorxs no es menos importante que su contenido. Si el contenido se presupone analítico, reflexivo y crítico con los ‘tiempos de pandemia’, la portada debería de ser coherente con ese lenguaje. Alimentar un imaginario que sitúa la culpa y el origen en Wuhan, China, es demagogia. Una demagogia que sirve al resto del mundo para descargar el malestar actual en ‘otrxs’. Desde la diáspora china y otras compañeras asiáticas “leídas como chinas” lo sabemos desde enero. Unxs legitiman el racismo y la sinofobia desde el juego político, otrxs lo hacen a través del humor. Pero otrxs también a base de agresiones verbales y físicas, de humillaciones e incluso a puñaladas (como pasó recientemente a un padre y a sus hijxs de seis y dos años en Texas, EEUU).

Esta portada difumina la peligrosidad de reproducir un discurso reduccionista y esencialista, en este caso, a través de una ilustración que refiere a un falso origen masivamente señalado por los medios de comunicación y reproducido en las redes acríticamente. Y para colmo, un juego de palabras simple para un título que genera imaginarios estancos y cosifica el motivo y la culpa a la sopa, se complementa de la imagen -murciélagos- y se sitúa en una geolocalización: Wuhan.

Es probable que ahora no sea momento para aventurarnos a suposiciones ni a establecer narrativas que determinen cómo hemos llegado hasta aquí. Por lo menos, no nos corresponde a nosotras dictaminar la historia. Quizás sería más interesante invertir esfuerzos en pensar cómo sostener o transformar desde donde estamos ahora. Pero si hay algo que al capitalismo colonial occidental le gusta hacer es situar la problemática en una ‘alteridad’ que le aleje de cualquier responsabilidad. Lo perverso es maquillarlo de diseño y creatividad.

¿Qué tan diferente es este diseño y este título, “Sopa de Wuhan”, de Ortega Smith hablando de “virus chino”; o de Santiago Segura desahogándose en el “puto chino que se comió un pangolín semicrudo”?

Ante un período tan sensible, donde se transforman forzosamente nuestras relaciones, nuestras vidas, nuestros espacios, tiempos y motivaciones, quizás algo sensato a hacer -quienes tienen el privilegio de poderse leer una compilación de textos de ‘pensadores contemporáneos’- es cuestionar y problematizar este discurso, y no reproducirlo.

Quizás, así, podremos avanzar hacia una transformación en la manera en que opera la humanidad. Quizás, así, vemos que la localización geopolítica del origen de un virus no nos exime a nadie de la responsabilidad, porque todxs formamos parte del sistema capitalista. Quizás, reconociendo la co-responsabilidad en primera instancia, sería verdaderamente algo transformador.

Una lectura ‘contemporánea’ que nos parece importante -y no compilada en este libro-, es el trabajo que ha realizado el colectivo chuǎng, quienes realizan un análisis histórico y colonial de la pandemia del Covid19, rastreando su relación con la deslocalización -en este caso- de la agroindustria y los saqueos y ocupaciones de las tierras; bajo la lógica capital (si te interesa, puedes leerlo aquí).

Así, terminamos preguntándonos, quiénes y cómo concebimos esa ‘contemporaneidad’, desde qué mirada, desde qué marco de análisis. Por qué se otorga valor discursivo y epistémico a unxs y no a otrxs. Nos preocupa que todavía seamos incapaces de escuchar otros discursos, otras voces que pongan en jaque nuestro conjunto de creencias actuales. Y nos cuestionamos por qué todavía se habla de ‘Oriente’ desde una “contemporaneidad” ‘mayoritariamente occidental’.

Con todo lo expuesto, instamos a la Editorial ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) y el director de arte, diseño y edición Pablo Amadeo a retirar el actual título y diseño y a cambiarlo para que no se perpetúen más los discursos racistas.
  • FIRMAN
  • Red de Diáspora China en España
  • Catàrsia, col·lectivo de asiáticodescendientes (Barcelona)
  • Liwai, acción intercultural (Madrid)
  • Oryza, col·lectivo asiático antirracista (Madrid)
  • Tusanaje (Valencia)
  • Compañía Cangrejo Pro. (Madrid)
  • t.i.c.t.a.c. - taller de intervenciones críticas transfeministas antirracistas combativas (Barcelona)

miércoles, 25 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica | Haz balconing del bueno

Imagen: Pikara
Haz balconing del bueno.
Sal al balcón a hablar con tus vecinas y a vigilar a la policía, que solo vas a sobrevivir con la colaboración y la solidaridad de las primeras y el control popular de la segunda.
Irantzu Varela | Pikara, 2020-03-25
https://www.pikaramagazine.com/2020/03/haz-balconing-del-bueno/

Entender los propios privilegios es siempre un trabajo difícil. Porque hay que analizarlos como algo que tú sientes que te mereces, o que te ha caído del cielo, pero que se pone en cuestión cuando lo comparas con lo que tienen -o no- las demás.

Y resulta que tener balcón es un privilegio. Resulta que, esos tres metros cuadrados que llevo unos cuatro años ignorando y usando solo para colgar la ropa cuando hace sol en esta Mordor cantábrica son una suerte. Y en el sistema capitalista, resulta que la suerte casi nunca lo es. Mi privilegio ahora es tener un espacio al aire libre, donde caben un par de sillas y una mesa donde tomar el vermú, donde da el sol -cuando hace sol en esta Mordor cantábrica-, y que da a la calle. Seguramente es mi llave para mantener la cordura. Y, con toda seguridad, se ha convertido en mi espacio más ocupado, y en mi principal espacio de socialización.

Salgo al balcón todo el rato. A tomar el café, a tomarme otro café, a leer, a hacer como que leo mientras tuiteo, a no hacer nada, y a gritar a la gente. Tengo una panadería debajo de casa, a la izquierda, y un supermercado, a la derecha. Y hay cola todas las mañanas en ambas, y yo me paso la mañana mirando a ver si veo a alguien conocido. Y si conozco a alguien -casi siempre- les grito desde el balcón: “¿Qué tal?, ¿todo bien? Pues aburrida, pero qué vamos a hacer”... y así. Y si tengo un poquito -sólo un poquito- de confianza, les pido que me compren algo. Porque tengo síntomas desde el inicio de la cuarentena, estoy en aislamiento y no salgo para nada de nada. Solo al balcón. Como una Rapuntzel distópica y proletaria pido comida desde mi balcón, y la gente conocida me la deja en el descansillo y se lo agradezco a distancia. Y les pago por Bizum.

No salgo al balcón a las ocho, a aplaudir al personal sanitario. Porque soy más de defender la sanidad pública en la calle, en el papel, en el discurso y en la práctica. Por eso no está confirmado que tenga coronavirus, porque la sanidad pública del oasis vasco no hace pruebas desde el día en que me empezaron los síntomas, unos días antes de que se decretara el estado de alarma. Pero me ha dicho mi médica por teléfono que casi seguro que sí. Saldré a aplaudir cuando aplaudamos también a las trabajadoras de hogar, que se han vuelto a quedar fuera de los derechos laborales mínimos, y que sostienen las vidas que el personal sanitario salva.

Sí salí al balcón a la cacerolada contra el rey, porque cualquier ocasión me parece buena para exigir que la jefatura del Estado la ostente alguien que se lo haya ganado. O a quien hayamos votado, al menos.

No salgo al balcón a insultar a la gente que anda por la calle. Porque no soy de insultar, en general, y porque no tengo ni idea de qué hace esa gente en la calle. Y porque no hay apocalipsis ni pandemia que me convierta a mí en policía ni en chivata. No tengo mucha ocasión de ejercer el fascismo balconiano porque en mi calle no pasa casi nadie desde que empezó la cuarentena, más que a la panadería y al súper, a pasear al perro o a pasear al carro de la compra. Pero que siete plagas de virus republicanos (no puede ser que me mate un virus con corona, de verdad) me caigan encima si me pongo a vigilar a mis vecinas.

A ver, que -en parte- lo hago. Desde que empezó la cuarentena he averiguado quién vive en el ático con terraza del quinto: una señora mayor y majísima que pasea cada mañana por ese terrazón que me da tanta envidia. Que el arquitecto del tercero, el que tiene el estudio cerca de la redacción de Pikara, toca canciones de Silvio a la guitarra; que la niña del cuarto es tan adicta a TikTok como yo a Twitter; que la pareja del balcón de enfrente, que se levantaban cada mañana a las siete, tiene dos niñas; y que hay una guapetona que fuma tabaco de liar en el primero. Y que en la calle de al lado hay un nostálgico del punk con unos altavoces como para una rave.

Me he enterado de todo eso pasando horas en el balcón, buscando con la mía sus miradas, para entablar un contacto que nos hace falta ahora que hemos entendido que no somos nada, sólo humanas.

Por eso no grito a las -pocas- personas desconocidas que veo desde el balcón. Porque no sé si le estarán haciendo la compra a una amiga aislada, si van a la farmacia, si van a trabajar, si viven en la calle, si viven en una casa que hace necesario salir a la calle, o en una casa que no da a la calle. No sé si van o vienen, si huyen o van al encuentro, no sé si están haciendo un servicio público o están desobedeciendo. Ni me importa.

Siempre he pensado que ser de izquierdas (o buena persona) se resume en preguntarte si tus actos podrían ser extrapolables a todo el mundo. Pensar en qué pasaría si todo el mundo hiciera lo mismo que haces tú, vamos. Pensar que ni eres más lista, ni más justa, ni más responsable, ni más importante, ni más excepcional que nadie. Que, igual que tú te preocupas de intentar que nadie te contagie y de intentar no contagiar a nadie, probablemente las demás hagan también lo que puedan.

Esta pandemia y las medidas de encierro que ha provocado, nos han colocado ante una realidad que ya nos venía explicando hace siglos la conciencia de clase y que nos ha puesto en el morro el feminismo interseccional: que no todas vivimos igual, amigas. Que tú igual estás aburrida, sin papel higiénico, sin tabaco o te has quedado sin planes. Pero que hay algunas que no tienen comida en la despensa, nada para el alquiler, papeles en regla, una habitación para ellas solas, dinero para pagar por Bizum la próxima compra, trabajo al que faltar, salud mínima, ni balcón. Y esa conciencia lo cambia todo. Entender que las condiciones materiales en las que nos ha pillado este aislamiento nos condicionan de una manera determinante está bien, pero no es como para darte un gallifante. Si no lo sabías de antes, tenías menos conciencia que Maria Antonieta. Pero bienvenida sea. Pero entender que esta situación, las medidas que se están tomando, y las derivas autoritarias y neoliberales que se están atisbando son una prueba de que el capitalismo, ese sistema que opina que es más importante la economía que la vida, no es una alternativa, es una decisión. Y está en tu mano.

Entender que sólo deberías grabar a la policía para denunciar sus abusos de autoridad; su uso desproporcionado de la fuerza y sus actuaciones racistas y contra la pobreza y la marginalidad es algo que no te deberíamos explicar, porque si estás leyendo este artículo es que has pinchado en el enlace de una revista feminista, y -descartados los ‘trolls’ que leen, que no existen- eso implica que eres una persona que sabe que la policía está al servicio del poder, del capital y de las élites, esa gente que sí que te roba, a ti y a todas. Que son sirvientes de un poder que les paga más que a ti para que no te levantes contra quienes se enriquecen a costa de lo que no tienes tú, ni las demás. Que son el último eslabón de las cadenas que garantizan que nos callemos ante la monarquía, la sanidad privada, los empresarios explotadores que regalan mascarillas con las migajas de los impuestos que no pagan y las pruebas del coronavirus a los políticos que desmantelaron la sanidad pública robando.

Así que, si estás leyendo este artículo -y no eres un ‘troll’– sal a tu puto balcón, si lo tienes, a gritar que de esta tenemos que salir con un fortalecimiento de lo público, un cuestionamiento serio de la gestión privada de los servicios básicos, con una jefatura de estado propia de una democracia occidental, no de un país de súbditas nacionalcatólicas. Sal al balcón a hablar con tus vecinas y a vigilar a la policía, que solo vas a sobrevivir con la colaboración y la solidaridad de las primeras y el control popular de la segunda. Sal al balcón a gritar solidaridad, salud pública y república. Y feminismo, que eso sí que es poner la vida, los cuidados y los derechos de las cuidadoras y las explotadas en el centro.

sábado, 29 de febrero de 2020

#hemeroteca #transfobia | El feliz privilegio de la señora ministra

Imagen: El Periódico
El feliz privilegio de la señora ministra.
Servicios Sociales y Educación podrían elaborar un plan conjunto para la creación de plazas públicas de educación infantil. ¿Por qué no lo hacen?
Lucía Etxebarria | El Periódico, 2020-02-29
https://www.elperiodico.com/es/opinion/20200229/el-feliz-privilegio-de-la-senora-ministra-7866104

Estimada señora Montero:
Compruebo, por sus vídeos, que disfruta Vd. de una posición de privilegio según la cual se puede usted llevar a su hija al trabajo. Sus empleados y empleadas no pueden hacerlo.

Pero... ¿Sabe lo que le hubiera costado hacer una guardería en su ministerio, a imitación de las que hay en el Congreso o en el Ministerio de Trabajo? Nada. En realidad, se amortizaría mediante la cuota abonada por el o los progenitores.

Vd. sabe que España es uno de los países europeos que menor presupuesto destina a educación infantil pública. Que nos situamos a la cola de la Unión Europea en oferta de plazas. Que solo se financian el 6% de las plazas que ocupan los menores de 3 años. Cuando en Dinamarca o Suecia es el 100%, y en Alemania el 40%.

Vd. sabe que, en España, el 70% de los niños menores de cuatro años no acuden a una escuela infantil.

A algunos los cuida una mujer migrante, que cobrará en negro. Y que no podrá recibir una pensión en el futuro porque no habrá cotizado.

A otros los cuida su abuela. Mujeres con artritis, artrosis, dolor de espalda... lidiando con el inmenso cansancio que exige cuidar de un bebé.

A otros los cuida su madre. Porque solo el 1% de los varones deja de trabajar para cuidar a sus hijos, frente al 14% de las mujeres. Son ellas las que se quedan en casa. Ellas las que reducen su actividad profesional. Ellas las que pierden posibilidades de promoción. Por eso hay tan pocas mujeres en cargos directivos. Por eso la maternidad tiene influencia decisiva en la brecha salarial entre hombres y mujeres. Por eso la brecha en España (54% frente al 65%) es la más alta de la Unión Europea.

Ni la madre ni la abuela cobrarán por su trabajo. Los cuidados no remunerados realizados por mujeres en España equivalen a ¡16 millones de personas trabajando gratis! Y suponen unos 180 millones de euros al año en España. 180 millones que no nos pagan. (Sí, yo también cuidé a mi hija gratis).

¿No le parece a usted que hablamos de un sistema económico injusto y sexista? ¿Un sistema que valora más a una élite privilegiada (la que usted representa), que a todas las mujeres que no cobramos un trabajo duro que se espera que hagamos «por amor»?

En el 2008, el Gobierno prometió 300.000 plazas de educación infantil. No lo hizo. En el 2012, prometía un plan estatal de guarderías en los centros de trabajo para facilitar la conciliación. No se cumplió.

Hay 10.000 transexuales en España. Hay 1.250.000 niños menores de cuatro años en España. Con esas cifras en la mano, ¿la nueva ley 'trans' es urgente pero la educacion infantil no lo es?

La ley 'trans' protege la diversidad, lucha contra una discriminación. Pero si el derecho a la educación inclusiva de niños y niñas no incluye a la primera infancia, estamos perpetuando otra discriminación: la de los niños más pobres, que son los que a día de hoy no tienen acceso a ella. Y la de sus madres, discriminadas en el mercado de trabajo ¿Protegemos la diversidad de unos pocos, pero ignoramos la de muchos?

Su ministerio podría elaborar un plan conjunto con Servicios Sociales y Educación para la creación de plazas públicas de educación infantil, para que las plazas asequibles fueran un derecho.

Podría.

El hecho de que la Educación Infantil no esté al alcance de las familias más desfavorecidas en España (debido a las plazas escasas, las ayudas insuficientes y los costes inasumibles) debería importarle a Vd.

Debería.

Debería importarle a una ministra que se dice de Igualdad, a una ministra que se dice de izquierdas.

Que se dice.

viernes, 6 de diciembre de 2019

#hemeroteca #queer #trans | ¿Quién teme a lo queer? – Tu cuerpo no es sagrado

Imagen: 20 Minutos / “Las Cosas del Cuerpo 09” por TechNopal
¿Quién teme a lo queer? – Tu cuerpo no es sagrado.
Víctor Mora / 1 de cada 10, 20 Minutos, 2019-12-06
https://blogs.20minutos.es/1-de-cada-10/2019/12/06/9051/

Confundir a los verdugos con sus víctimas es una enfermedad moral, un remilgo estético, o una siniestra señal de complicidad.—Primo Levi

¿De verdad crees que tu cuerpo no puede caer en un espacio otro, distinto, fuera del privilegio? ¿De verdad crees que tu cuerpo no puede ver de pronto que todo se desmorona y tiene que comenzar de nuevo? ¿De verdad no crees que pueda verse desahuciado, en la calle, en el exilio, negociando como pueda en el ostracismo un precio, en un margen precario, en un estadio ilegal y proscrito, o muerto en el mar/cementerio de la vergüenza? ¿De verdad crees que tu cuerpo es sagrado?

Tu cuerpo no es sagrado. Tu cuerpo es un sintagma contingente a merced del relato, como todos los cuerpos históricos, como todos los sintagmas de carne social. Tu cuerpo es tan vulnerable como todos los que somos parte y todo de la política.

Y la vulnerabilidad no es, como lo invulnerable, dado por naturaleza; al contrario son condiciones que necesitan producirse artificialmente; convengamos, social, cultural y políticamente. El espacio de la precariedad, de las “minorías”, de los márgenes y las periferias, son espacios epistémicos creados, convencionales. Son expresiones del poder que después, evidentemente, estructuran la materia y trascienden lo simbólico. Y no es que el lenguaje ‘se vuelva carne’, es que la señala y manipula. La moldea y condiciona su existencia. La producción de relatos marca los cuerpos, que son siempre el nuestro, y los coloca en un lado, en un punto concreto para la interpretación social. La interpretación/traducción del cuerpo atravesado por relatos nunca es, pues, arbitraria, siempre estará mediada por la inercia de la convención, por sus tensiones y tránsitos. Por sus cambios de dirección.

Habitamos la frontera, habitamos el espacio frondoso que nos deja el relato y nos deslizamos a veces hacia lugares desconocidos de lectura. Nuestro cuerpo es/puede ser leído como usurpador, como enemigo, como parásito, como el mal. Como el polizón ilegal que ocupa una parte del mapa que no le pertenece, que es avistado por la vigilancia policial de la supremacía y que es perseguido, arrestado, condenado, desaparecido o muerto, en pro siempre de la seguridad (nacional, religiosa, política). Seguridad que no es otra que la propia salvaguarda del relato y la defensa de su dirección. Y si hoy habitas la parte o el todo de ese privilegio, ¿de verdad no crees que puede cambiar?

Tu cuerpo no es sagrado. Es un contenedor de significados y causas, que devienen consecuencias y cambios posibles de trayectoria. Y aunque lo creas, ¿no comprendes que tu habitar privilegiado se construye en base a la opresión de otros cuerpos, que tu geografía ‘primermundista’ es una herencia colonial con implicaciones presentes?

Asistimos de un tiempo a esta parte al auge de la expresión extrema de ‘la guerra de los lobos’ de Hobbes, del ‘todos contra todos’ que se supone que somos los cuerpos humanos en libertad. Asistimos al avive del odio/miedo como estrategia política para la destrucción de la convivencia, que es el totalitarismo. El fascismo emerge envalentonado, como adalid del orden frente al caos, como cruzada reguladora frente al desvarío de la libertad. Argumentos inexistentes y falsos debates que crecen en momentos de crisis, ya lo sabes, ya lo sé.

El fascismo habla de ‘pureza’ contra el mestizaje y lo híbrido. Habla de ‘orden y jerarquía’ contra la pluralidad y el derecho equivalente. Construye un patrón válido y homogéneo, y crea enemigos disidentes, nos llama peligrosos, destructores, terroristas; y se disfraza de víctima amenazada por lo que nosotras consideramos nuestra vida, nuestra lucha, nuestra libertad. Pero, ¿cuál es esta guerra de/contra/entre/por los cuerpos?

Estas semanas hemos asistido también a ataques frontales contra lo ‘queer’ y las personas ‘trans’ desde medios e instituciones (¡ay!) de izquierdas, que no voy a referir aquí. Textos que nos nombran, como hace el fascismo, como el sujeto enemigo que los convierte en víctimas de una supuesta (y utópica fantástica) dictadura ‘queer’. No cito sus textos (¿para qué?) sino que interpelo a sus autoras, Falcón, Fraga, Prats… ¿de verdad creéis que somos la amenaza? ¿De verdad creéis que vuestro cuerpo sagrado está amenazado por nuestras vidas precarias? No. Prefiero referir a otros textos, a autoras que hablan del lenguaje y su manipulación interesada para crear enemigos donde hay experiencias vulnerables y potenciales alianzas por objetivos comunes. Prefiero hablar de Trujillo y su recuperación del movimiento ‘queer’ que nace “en las calles como un activismo radical, autónomo, anticapitalista, antirracista, orientando su acción a las micropolíticas maricas, bolleras y trans en los barrios y los centros sociales, y a trabajar junto a otros sujetos y luchas subalternas (okupas, por ejemplo, o movimientos vecinales)”; o la entrevista a la activista Silvia Agüero Fernández, que explica que “no hay parte buena y parte mala, hay imaginario payo y realidad gitana”; o la imprescindible Irantzu Varela que habló en uno de sus vídeos esta semana sobre la acusación de violencia feminista: “Ni una sola persona ha sido linchada, ejecutada, apaleada, torturada, secuestrada o desaparecida, jamás, en nombre del feminismo (...) y hay quienes consideran que estamos buscando crear un supremacismo que sustituya una opresión por otra.” Es decir, discursos como este texto, que ponen la atención en la manipulación del lenguaje y sus consecuencias políticas. ¿Cuál es, en realidad, la guerra de los cuerpos?

Es que la guerra no es tal guerra, o no es, al menos, una batalla de fuerzas equivalentes. Porque en las cruzadas del privilegio sólo hay ofensivas contra cuerpos inermes, que no disponen de la institución ni el ejército para defenderse. Y por más que muchas nos acusen de hegemónicas a las vidas ‘queer’ y ‘trans’, bien sabemos, hasta vergüenza me da escribirlo, que no es así. Y también sabemos, o deberíamos saber a estas alturas, que la libertad no es efectivamente ‘tal libertad’ hasta que todas seamos libres, porque somos comunidad y dependemos unas de otras, porque somos conjunto social y político, porque somos red. Que el proyecto revolucionario es para todas o no es, y que mi cuerpo no es libre hasta que todos lo sean. Y que tu cuerpo, ese que crees sagrado, es tan contingente como el mío y como el de la puta trans de la calle de abajo, como el del que corre con la manta porque le persigue la policía, y como el del crío exiliado encerrado en un centro de extranjería.

Mi libertad no acaba donde empieza la del otro, ese es el falso argumento de la jerarquía totalitaria. Mi libertad ‘empieza’ donde ‘empieza’ la de los demás. Responde, alíate y lucha por objetivos comunes. Combate a tu enemigo real.