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viernes, 26 de mayo de 2023

#hemeroteca #nobinario | Las personas no binarias como problema

El País / Andrea Speck //

Las personas no binarias como problema

Los paradigmas tradicionales que nos habían servido para definirnos se hallan en descomposición y, como en cualquier época de transición, las tensiones, las dudas y los disensos son inevitables
Octavio Salazar | El País, 2023-05-26
https://elpais.com/opinion/2023-05-26/las-personas-no-binarias-como-problema.html 

Tal y como bien explica en su último e imprescindible libro Paul B. Preciado, vivimos en un mundo “disfórico”, en el que buena parte de los paradigmas tradicionales que nos habían servido para definirnos se hallan en descomposición o, como mínimo, sometidos a una paulatina erosión. En este contexto incierto y complejo, muchas de las referencias que nos servían como espejo y como sostén están saltando por los aires. Estamos viviendo una fase que Almudena Hernando califica como “poshistoria”, un nuevo escenario en el que se están modificando las maneras de definirnos y de relacionarnos. No es solo que el suelo que pisamos se haya ido volviendo líquido, sino que los trajes que durante siglos nos sirvieron para revestir nuestra identidad se nos han ido quedando pequeños. Como en cualquier época de transición, las tensiones, las dudas y los disensos son inevitables. Ahí está como peligro evidente la reacción conservadora que postula el mantenimiento del orden tradicional, de las categorías biológicas y de las esencias que avalen que quienes tienen posiciones de poder no se vean cuestionados por los cuerpos disidentes. En este sentido, el agravio no es solo cosa de hombres.

Una reciente sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha abierto una singular brecha que, con suerte, podría ser el punto de partida para que nuestro ordenamiento revise las categorías que siguen siendo prisioneras del sistema sexo/género. Un reto al que, por cierto, no ha respondido la reciente y discutida ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI, en cuya tramitación fueron rechazadas las enmiendas que proponían el reconocimiento de las personas no binarias. El tribunal andaluz ha dado la razón a Andrea Speck, una persona alemana afincada en Sevilla, cuya identidad no binaria habrá de figurar en el registro central de extranjería, tal y como consta en su pasaporte alemán. De esta manera, la sentencia abre la puerta para que el Ministerio del Interior amplíe con una tercera casilla la identificación de los sujetos más allá del binomio hombre/mujer. Una opción que ya es posible en varios países europeos, como Alemania, Países Bajos o Austria, así como en Argentina, India o Canadá. La rompedora decisión judicial deja claro que “la Administración, cualquiera que sea su ámbito territorial (local, autonómica o estatal)” ha de disponer “de datos personales de los ciudadanos, incluidos los de países de la Unión Europea, que se correspondan en el presente caso, con los reales de la identidad sexual (o si prefiere la expresión “identidad de género”, emancipada de la realidad meramente biológica de las personas)”.

El caso de Andrea Speck, al que seguramente se sumarán próximamente otras resoluciones judiciales gracias a sujetos que han iniciado esta batalla por el reconocimiento ante los tribunales, nos enfrenta, en cuanto juristas y en cuanto ciudadanos, a una de esas fronteras en las que hoy se mueven los derechos humanos. Me refiero a la relativa a los procesos de identificación con unos esquemas normativos que durante siglos estuvieron petrificados de acuerdo con un orden heterosexista y por supuesto patriarcal, y en virtud de los cuales todas y todos nos hemos sentido obligados a seguir los mandatos de una determinada casilla (que era de salida, pero también a veces trágicamente de llegada). La apuesta revolucionaria que supone hacer saltar por los aires el dualismo que todavía hoy nos encierra en identidades asfixiantes lo es también porque supone cuestionar toda una estructura de pensamiento, y por lo tanto de poder, edificada en torno a lo binario, a los ejes que nos dividen y que dividen la realidad en pares de opuestos, obviando la aplastante realidad de las múltiples aristas, grises y conversaciones que nos definen y que ojalá definieran el universo que habitamos. Tan simple, y tan complejo, como tender puentes en lugar de bombardearlos.

Un mundo de seres andróginos, en tránsito, nómadas, en permanente construcción y diálogo con las contradicciones, fugas y (des)aprendizajes que nos habitan es el horizonte de posibilidad que ahora se abre. Un ecosistema en el que no tengamos miedo a reconocer el monstruo que cada cual lleva dentro y en el que no haya cuerpos equivocados sino imperfectos y plurales, atravesados todos por las heridas que genera la desigualdad de recursos y de potencias. Emancipados al fin del género y sus mandatos. Un reto que nos obligará, pues, a revisar los presupuestos de la subjetividad jurídica, pero también los éticos y epistemológicos. Sin olvidar, claro, que el desigual reparto de recursos atraviesa siempre nuestros cuerpos frágiles. Todo un desafío para el ensanchamiento del principio de igualdad como reconocimiento de las diferencias, y también para un feminismo que sea capaz de pasar de la rebelión a la revolución, lo cual exige, como bien nos enseñó bell hooks, “destruir el dualismo y erradicar los sistemas de dominación”.

Octavio Salazar Benítez es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba y miembro del Comité de Expertos del Instituto Europeo de Igualdad de Género.

sábado, 4 de diciembre de 2021

#hemeroteca #homosexualidad #masculinidad #cine | ‘El poder del perro': la masculinidad atormentada

Público / Fotograma de 'El poder del perro' //

‘El poder del perro': la masculinidad atormentada.

Octavio Salazar Benítez | Público, 2021-12-04

https://blogs.publico.es/otrasmiradas/54322/el-poder-del-perro-la-masculinidad-atormentada/ 

Phil es uno de esos hombres que, con cada gesto, con cada paso, con cada palabra, con cada actitud, parece estar queriendo dejar claro que es un hombre de verdad. Un fiel cumplidor de las expectativas de género y, por tanto, un magnífico actor de la puesta en escena que acaba siendo la masculinidad. Los mandatos de dureza y de autocontrol hacen de él un individuo en guerra contra sí mismo y, por tanto, también en parte, con los demás. El poso de sensibilidad que en él cuesta tanto trabajo adivinar, por más que tengamos el dato de su formación clásica –tal vez les hable a las reses en griego o en latín, cuentan de él para burlarse- y por más que intuyamos que su mirada puede ver lo que otros no ven, es una suerte de remolino interior que lo mantiene siempre en tensión. Ocultando y ocultándose.

Armarizado en su cuerpo de cowboy que encuentra en la suciedad y en la soledad una especie de disfraz con el que protegerse de los otros. El personaje de Phil es un heredero de John Wayne atravesado por los pulsos que un día leímos en la obra ‘En terreno vedado’ de Annie Proulx. El que necesita de la manada. El macho que cabalga y que lucha por huir de los deseos que le bullen por dentro. El que cubre su piel con barro y, al sol, a solas, es capaz de sentir lo que el resto del tiempo se niega. La servilleta sobre su cuerpo de hombre herido que se niega a reconocer su fragilidad. El placer hecho carne en el cuerpo hiper viril que no se permite ni la más mínima quiebra. El que ve en las montañas el animal que le devuelve, como un espejo cruel, su propia rabia. El poder del perro. El tormento de la masculinidad. A la que no le queda más remedio que agujerearse cuando hay otra, la que representa el jovencito Peter. El chico sensible que hace flores con papel, que se esmera en los cuidados y que es la diana de la homofobia con la que los hombres de verdad, como si fueran lobos, marcan su territorio. El de los tipos duros que no bailan, el de quienes cuentan siempre con mujeres en la cocina o en la cama para satisfacer sus necesidades, el de a quienes parecen solo gustarles los colegas de fratría. La homosocialidad frente a la negación de las mujeres como personas. Las criadas, las viudas, las que sufren "un mal que no tiene nombre". La sufriente Rose, la madre hacia la que Peter siente un débito que pareció dejarle en herencia el ‘pater familias’: "Al morir mi padre, yo solo quería que mi madre fuera feliz. ¿Qué hombre iba a ser si no la ayudaba? Si no la salvaba".

Phil y Peter, Peter y Phil, como una especie de renglón perdido de la historia que hace ya años nos contó ‘Brokeback Mountain’, como si fuera casi el reverso, profundo y dramático, de aquel pastiche romántico llamado ‘Call me by your name’. Jane Campion, al igual que hizo en ‘El piano’, vuelve a hablarnos de deseos, represión, sexo e identidad. Y lo hace con la extrema delicadeza de quien va abriendo despacio, sin prisas, la puerta de una casa, para descubrir los tesoros, y también las telarañas, que esconde cada habitación. Con unas imágenes de extrema belleza, un tiempo que discurre con la lentitud propia de un lugar al margen y con una música que a veces nos da punzadas y otras nos lame el rostro, como si fuera un perro juguetón, la guionista y directora nos cuenta una historia de hombres en el precipicio y de emociones que, de tanto hervir en la olla, provocan digestiones dañinas y temblorosas. La furia contenida y la violencia latente, y a tanto explícita, de una virilidad que se alza negando lo que su opuesto, la feminidad, construye en un espacio donde solo cabe sostener la vida. Aunque para ello sea necesario tener una botella de alcohol bajo las sábanas.

‘El poder del perro’, que es una de esas películas que cada vez más de tarde en tarde me reconcilian con el cine con mayúsculas, se ubica a en los años 20 del pasado siglo en Montana. Estamos ante un lugar que podría ser un no-lugar, un escenario creado a lo ‘Dogville’, marcado por una naturaleza que se mueve entre la belleza y el desasosiego, en el que los personajes parecen danzar una coreografía que les obliga a mantener el equilibrio entre lo correcto y lo deseado. Una tensión febril para los hombres que en ese oeste de polvo y sangre, pero también en el presente siglo de olas feministas y agravios masculinos, tratan de cumplir con su papel. Y en el que un joven como Peter, que quizás quiera convertirse en médico para dominar algo más el arte de la curación y los cuidados, además de para ser parte de alguna manera del pacto que lo une al padre, viene a ser como un animalillo salvaje que escapa de los insultos y desafía, a su pesar, a quienes fueron educados para ser depredadores. El delicado tapiz que teje Campion, basándose en la novela de Thomas Savage, es posible y creíble gracias a las espléndidas interpretaciones de todo el reparto y muy especialmente de esos dos hombres condenados a entenderse, interpretados por un impresionante Benedict Cumberbatch y un Kodi Smit-McPhee que bien podría ser la encarnación de la androginia soñada en una sociedad sin géneros. Lo más hermoso de la historia es que esas dos masculinidades, ambas disidentes, acaban encontrándose, reconociéndose, tocándose. La cuerda trenzada que pasa de Phil a Peter. El hombre atormentado que da paso a un hombre nuevo. La emoción, y la imaginación, como testigos. El poder de la ternura. El perro que lame en lugar del que airado ladra como si fuera una montaña a punto de reventar. La mejor manera de darle la vuelta al western como necesario sería dársela a una virilidad que no se atreve a hablarle a los animales en griego o en latín.

lunes, 5 de abril de 2021

#hemeroteca #masculinidad | Octavio Salazar: "A veces le dan más valor a lo que yo digo por ser hombre que a una compañera que lleva toda la vida en el feminismo"

Imagen: El Diario / Octavio Salazar

Octavio Salazar: "A veces le dan más valor a lo que yo digo por ser hombre que a una compañera que lleva toda la vida en el feminismo".

El catedrático e investigador Octavio Salazar publica 'La vida en común. Los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus', donde analiza la oportunidad para replantear el sistema que deja la pandemia.
David Noriega | El Diario, 2021-04-05
https://www.eldiario.es/cultura/octavio-salazar-feminismo-masculinidades-pandemia-hombres_128_7365717.html

El 14 de marzo de 2020 se decretó en España el primer estado de alarma por la pandemia del COVID-19. Durante meses, y hasta hoy, se ha limitado la movilidad con más o menos restricciones y durante semanas solo estuvo permitido salir para lo básico: trabajar si no era posible hacerlo desde casa e ir a la compra. En este largo año, nuestra forma de vivir y de relacionarnos ha cambiado como pocas veces antes lo había hecho. Al catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba e investigador especializado en igualdad de género y nuevas masculinidades Octavio Salazar todo este tiempo le ha servido para replantear en su libro 'La vida en común' (editorial Galaxia Gutenberg) qué sistema queremos tener cuando pase la crisis y qué hombres deberíamos ser después del coronavirus.

P. En el libro hace un resumen de cómo la pandemia ha afectado a los hombres y cómo hemos tenido que cambiar la dimensión pública por esa otra más privada a la que siempre han estado relegadas las mujeres. ¿Cómo cree que nos hemos adaptado a ese espacio cuando hemos construido nuestra razón de ser sobre lo público?


R. Toda esta experiencia que vivimos nos ha podido obligar a revisar las prioridades, las formas de organizar nuestras vidas, cómo nos proyectamos en lo público desconectándonos prácticamente de lo privado, cómo organizábamos los tiempos en función de nuestro trabajo y nuestra proyección profesional. De lo que no tengo datos es de si, efectivamente, nos ha servido de manera positiva o si nuestra memoria es muy corta e, inmediatamente, nos hemos incorporado a la normalidad. Esta crisis podría haber sido una magnifica oportunidad para que hombres y mujeres revisáramos cómo organizamos nuestra convivencia.

P. La pandemia ha hecho más visibles aquellas necesidades que estaban en el imaginario colectivo en un lugar secundario, como los cuidados o la parte emocional. ¿Cree que le hemos dado un valor real o nos hemos quedado en lo simbólico?

R. Más allá de que a nivel personal hayamos valorado muchísimo más lo que tiene que ver con los trabajos de cuidado y los sostenes emocionales, todo eso necesita unos compromisos colectivos y públicos. Ahí es donde no se han dado los pasos que se tenían que dar. Quizás algunas personas se hayan visto obligadas a replantear muchos aspectos de su vida cotidiana, pero no tengo tan claro que desde el punto de vista político se hayan priorizado estas cuestiones ante la urgencia de resolver la situación sanitaria y la económica.

P. Los cuidados también tienen una dimensión económica.

R. Ese es el cambio de paradigma que tendremos que plantearnos. Todas esas dimensiones de la vida que tradicionalmente no hemos valorado porque hemos entendido que no son productivas también son trabajo. Esas esferas tienen que ser prioritarias y estar en el foco central de las políticas económicas de cualquier gobierno. Por ejemplo, ¿qué está pasando en las ciudades? El debate fundamental está siendo la hostelería, los horarios de los bares, cómo pueden utilizar el espacio público... pero no se está debatiendo sobre cómo ese espacio tiene que ser repensado para que todos y todas podamos disfrutarlo de otra manera. No estamos pensando en las ciudades desde una dimensión humana por esa visión productiva economicista, incluso de los entornos urbanos. No está habiendo una reflexión sobre si las ciudades son accesibles, sostenibles, si garantizan niveles de salud e integridad física o si responden a las necesidades de las distintas generaciones que las habitan. Muchas de las medidas que se han ido adoptando durante la pandemia son muy cuestionables desde el punto de vista de cómo se han limitado las necesidades vitales.

P. ¿Cree que esas necesidades se han visto limitadas por la pandemia o que esas limitaciones ya existían?

R. Yo tengo la sensación de que pasa con los dos extremos de la vida: los niños y las niñas y las personas mayores. En el caso de los niños, medimos su interés en función del nuestro y del propio sistema, como si no fueran sujetos que tienen una serie de derechos. Por ejemplo, la escuela se mira para la conciliación, pero no pensando en el papel que tiene en el desarrollo del niño y de la niña. Y a las personas mayores las tratamos de una manera tremendamente proteccionista, como si no fueran sujetos capaces de tomar las decisiones que afectan a sus vidas. Como no son productivos para el sistema económico, no son ciudadanos de primera y están en los márgenes. Cada vez vamos a vivir más años y hay más personas en esa fase, por lo que tenemos que resolver qué lugar ocupan las personas cuando acaban con su edad "productiva".

P. En este verano, la ministra de Igualdad, Irene Montero, propuso un pacto de estado por los cuidados. ¿Lo ve factible?

R. En 2017 el Parlamento aprobó por una amplia mayoría un pacto de Estado contra la Violencia de Género y todavía estamos esperando que se traduzca en alguna medida efectiva. Me parece muy bien que haya un pacto, pero lo que hay que hacer es traducir esos grandes proyectos en medidas concretas, leyes concretas y que en la ley de Presupuestos se concrete que los cuidados son una cuestión prioritaria, que se creen infraestructuras para sostener esos cuidados, que se contrate a personal de manera digna.

P. En los últimos meses ha habido un 'boom' de teletrabajo, que en muchos casos ha terminado por ser una carga más para las mujeres: según diferentes estudios han visto alargadas sus jornadas, su actividad laboral se ha desplazado a la madrugada o han sido relegadas a los peores espacios de la casa. ¿Es el teletrabajo la mejor fórmula para favorecer un reparto más equitativo de las responsabilidades? ¿Hemos perdido una oportunidad de hacerlo?


R. Podría serlo si partiéramos de una situación de igualdad de oportunidades y de cómo nos situamos hombres y mujeres en el mercado laboral y en la corresponsabilidad, pero existe una tremenda asimetría. Desde esa asimetría de género, las mujeres son las que están soportando la peor parte. Sé por varias compañeras del ámbito universitario, sobre todo las que tienen hijos o personas dependientes a cargo, que el teletrabajo se ha convertido en un auténtico infierno, porque no hay separación entre el espacio de trabajo y el espacio de vida. Al estar en casa 24 horas al días, han estado disponibles para trabajar y para cuidar. Eso es una bola tremenda, que ha multiplicado el esfuerzo, la carga y la presión emocional. Para la mujer esto tiene el elemento añadido de que quedarse en casa supone verse condenada de nuevo al espacio privado, a no ser visible en lo público y no poder interrelacionarse y tener presencia.

P. En el libro hace referencia a la situación "perversa" que hace que para que muchas mujeres del mundo "más desarrollado" puedan desempeñar su carrera profesional son otras, en su mayoría mujeres migrantes, las que tienen que trabajar en condiciones cercanas a la servidumbre. Es un discurso de la activista Audre Lorde, que la actriz Daniela Santiago verbalizó el 8M y que generó muchísima polémica, sobre todo en redes sociales. ¿Por qué cree que ese discurso genera polémica dentro del feminismo?

R. Cuando analizamos cuál es la situación de las mujeres y por qué sigue habiendo desigualdad, hay muchos factores que interseccionan con el género y crean situaciones específicas de vulnerabilidad. A veces, desde determinados ámbitos del feminismo –léase académico, institucional o el adjetivo que queramos ponerle– tenemos una mirada muy estrecha sobre las múltiples realidades en las que se encuentran las mujeres. Soy el primero que entono el ‘mea culpa’, porque acabas muy condicionado por el mismo estatus que tú ocupas. Ahora más que nunca es necesario tener presente que hay un factor que tiene que ver con la clase y muchísimas cuestiones que tienen que ver con problemas de recursos económicos o de minorías que tienen más dificultades para conseguir un estatus de ciudadanía o las familias monoparentales, que enfrenan más dificultades. En todo ese contexto, las mujeres están doble o triplemente discriminadas y hay que ir incorporando esas miradas. Yo no entiendo porqué existe esa resistencia o se hacen esas críticas, porque justamente ahora hay que enfocar la cuestión con todas esas perspectivas.

P. La candidata de Más Madrid a las elecciones del 4M, Mónica García, dijo hace unos días que la política española estaba cargada de testosterona. Tampoco es raro ver en sede parlamentaria comentarios machistas, como el sufrido hace poco por la ministra Yolanda Díaz. ¿El clima político actual favorece que las masculinidades tradicionales se perpetúen?

R. Hay grupos políticos que han introducido en su proyecto la lucha contra el feminismo y contra leyes que suponen avances en igualdad. Estamos viendo cómo se convierte en opción política el ataque al feminismo y a conquistas que hasta hace poco tiempo entendíamos consensuadas. Ahora se ha abierto la veda y hay una postura muy exhibicionista del machismo. No hay ningún corte en decir una barbaridad. No solo lo hace un diputado en sede parlamentaria, sino que luego lo dice un ciudadano en Twittter, en un grupo de WhatsApp o en un debate en una cafetería. Parece que está de moda cuestionar a las mujeres y al feminismo y siempre hay una corte que te ríe las gracias. Es un punto muy perverso de involución.

P. ¿Dónde se rompió el ese consenso?


R. Es una reacción frente a los grandes momentos que el feminismo ha tenido en los últimos años, como las convocatorias del 8M, las movilizaciones en campañas como el #Metoo, la conciencia social en torno a las violaciones y las agresiones sexuales... Esta presencia absolutamente determinante del feminismo en la agenda pública ha provocado una reacción de sectores de hombres que ven eso como una amenaza y entienden que su lugar dominante se encuentra en peligro. Si a eso le añades la crisis económica y la situación de inseguridad, se genera el caldo de cultivo para que los discursos viscerales y populistas enganchen a más gente.

P. ¿Estamos los hombres dispuestos a renunciar a los privilegios inherentes a ser hombres?


R. Ahí es donde está uno de los grandes obstáculos con los que se encuentran las mujeres. En el siglo XX, las mujeres se han movido muchísimo con respecto a lo que era su estatus tradicional. No hay más que ver cuál era el papel de las abuelas de las mujeres que viven ahora. Los hombres estamos prácticamente en el mismo sitio respecto a nuestro lugar en la sociedad y nuestra forma de concebirnos como hombres. Ese cambio es muy difícil porque implica cuestionar el modelo tradicional que nos ha privilegiado siempre. Es una tarea difícil en la que tenemos que hacer renuncias y asumir responsabilidades que hasta ahora no hemos asumido. Nadie que está en una posición dominante quiere renunciar a ella tan fácilmente.

P. Siempre hablamos de renunciar a privilegios pero, ¿hace falta más pedagogía sobre lo que los hombres tenemos que ganar con el feminismo?


R. No me gusta enfocarlo como si fuera un juego de pérdida y ganancia, porque parece que estamos en una suerte de dinámica competitiva. Lo que hay que hacer es una pedagogía sobre si realmente queremos una sociedad que funcione democráticamente, de manera plena y donde todos podamos disfrutar mucho mejor de los derechos fundamentales que nos reconocen las leyes. El feminismo también puede ser emancipador para nosotros, porque gracias a él ya no tendremos que ser "tíos de verdad". Vamos a empezar a disfrutar y a desarrollar toda una serie de capacidades y habilidades que nos hemos negado por entender que no eran propias de lo masculino. Eso requiere un trabajo de concienciación progresivo, de mucho debate.

P. En el libro hace hincapié en la necesidad de contar con la visión y recuperar la voz de las mujeres. Sin embargo, aquí estamos: un hombre preguntando a otro hombre por un libro sobre cómo superar esa desigualdad estructural que sufren las mujeres. ¿Dónde está la línea entre ser aliados y el ‘mansplaining’?

R. Me lo planteo todos los días. Estamos en un alambre entre, por un lado, lo importante que es que haya hombres que podamos tener voz en estas cuestiones para llegar a otros hombres que nos pueden tomar más en serio que a las mujeres y, por otro, que ocupemos espacios que les corresponden a ellas. Yo me nutro de lo que piensan las mujeres, de lo que leo, de lo que mis compañeras me enseñan todos los días y con todo eso trato de dirigirme a los hombres. Creo que el papel que tendríamos que tener nosotros en el feminismo es trabajar con nosotros mismos, interpelar a los hombres y asumir ese protagonismo, sobre todo, en aquellos espacios que nos puedan generar incomodidad pero donde tenemos la capacidad de cambiar determinadas cosas.

Muchas veces, los propios medios parece que te prestan más atención cuando eres un tío, a pesar de que estás diciendo algo menos relevante o lo mismo que te dice mucho mejor una compañera. Yo colaboro en Córdoba con asociaciones de mujeres y ayuntamientos. En alguna ocasión desde los colectivos me han dicho: "Es que quiero que vayas tú, porque te toman más en serio". Lamentablemente, temo que es así: le dan más valor a lo que yo digo que a lo que dice una compañera que lleva toda su vida en el feminismo.


Y TAMBIÉN…
Octavio Salazar: urge construir un discurso alternativo a los movimientos anti igualdad.
Laura de Grado Alonso | Efeminista, 2021-02-02

https://www.efeminista.com/octavio-salazar-la-vida-en-comun-discurso-anti-igualdad/

miércoles, 10 de marzo de 2021

#libros #feminismo #memoria | Al amparo del feminismo

Al amparo del feminismo / Amparo Rubiales y Octavio Salazar.

Sevilla : Renacimiento, 2021 [03-10].
532 p.
Serie: Los Cuatro Vientos ; 176.

/ ES / ENS / Libros / Feminismo / Memoria histórica / Mujeres – Historia / Política / Testimonios
📘 Ed. impresa: ISBN 9788418387685 / 24,90 €

[.es] A través de una larga conversación, Amparo Rubiales y Octavio Salazar hacen un recorrido por la memoria feminista de este país, por las grandes cuestiones en materia de igualdad y por algunos de los retos pendientes en democracias que todavía no son paritarias. Todo ello a partir de la experiencia y de la trayectoria –personal, profesional y política– de Amparo: una mujer pionera en muchos espacios públicos, comprometida feminista y socialista, una «joven mayor» que se resiste a dejar de tener voz y presencia como ciudadana. A través de sus experiencias próximas y distantes, y desde la complicidad que como un don les ha regalado el feminismo, la autora y el autor de este singular diálogo repasan cómo dicha propuesta emancipadora penetra en las vidas, en la política, en el Derecho y en la cultura. Un apasionante viaje que es también un recorrido por la historia reciente de nuestro país y por la lucha por la igualdad de las mujeres. «Conversemos, pues, querida Amparo, para que el final nos pille ilusionados y eternamente jóvenes. Hagámoslo sobre la realidad y el deseo, sobre lo vivido y lo por vivir, cobijados siempre por el feminismo que es, para ti y para mí, una forma de vida. Hagamos, como dice Amelia Valcárcel, que lo cotidiano se haga político. Y así, mujer y hombre, con algunos años entre medias, con biografías tan distintas y tan distantes, nos encontraremos en un puente capaz de sumar orillas. Si te atreves a cruzarlo, empiezo a recorrerlo para encontrarte a mitad de camino».

👤 Amparo Rubiales Torrejón. Es feminista y socialista. Nacida en Madrid, pero sevillana de corazón y alma, fue la segunda mujer Doctora en los quinientos años de historia de la Facultad de Derecho de Sevilla. Al comienzo de la democracia fue la primera concejala del Ayuntamiento de Sevilla y primera mujer Vicepresidenta de la Diputación. En las primeras elecciones al Parlamento de Andalucía fue elegida parlamentaria por el PSOE. En el Gobierno que resultó de dichas elecciones fue la primera y única mujer que ocupó una Consejería, la de Presidencia. Posteriormente, fue senadora, diputada nacional, Vicepresidenta del Congreso, primera mujer Delegada del Gobierno en Andalucía y Gobernadora Civil de Sevilla; consejera del Consejo Consultivo de Andalucía y del Consejo de Estado. Abogada, tertuliana en diferentes medios, ha escrito numerosísimos artículos en prensa y el libro Una mujer de mujeres.

👤 Octavio Salazar Benítez. Egabrense, es Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba, ciudad en la que reside desde hace varias décadas. Miembro de la Red feminista de Derecho Constitucional, especialista en igualdad de género y en la revisión de la masculinidad patriarcal, es autor de numerosas publicaciones sobre dichas materias. Entre sus publicaciones más recientes cabe destacar ‘El hombre que no deberíamos ser’ (2018), ‘#WeToo: Brújula para jóvenes feministas’ (2019) y ‘La vida en común’ (2021). Se define como un hombre en proceso de ser feminista, devorador de libros y películas, un jurista heterodoxo y un ciudadano rebelde.

martes, 2 de febrero de 2021

#hemeroteca #masculinidad | Octavio Salazar: urge construir un discurso alternativo a los movimientos anti igualdad.

Imagen: Efeminista / Octavio Salazar

Octavio Salazar: urge construir un discurso alternativo a los movimientos anti igualdad.

Laura de Grado Alonso | Efeminista, 2021-02-02
https://www.efeminista.com/octavio-salazar-la-vida-en-comun-discurso-anti-igualdad/ 

La crisis derivada de la COVID-19 ha supuesto para los hombres la oportunidad de deconstruir los modelos de masculinidad y replantearse su participación en la vida privada y en las tareas de cuidados, según explica el jurista y escritor Octavio Salazar en el ensayo “La vida en común. Los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus”, que publica Galaxia Gutenberg.

En la obra, escrita a modo de “terapia” para poder digerir lo que la sociedad estaba viviendo durante los primeros meses del estado de alarma decretado en marzo, el catedrático de Derecho Constitucional de Universidad de Córdoba (UCO) y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional reivindica la necesidad de “poner los cuidados en el centro de lo público”.

El experto en igualdad de género y nuevas masculinidades, también autor de obras como “El hombre que no deberíamos ser” y “#WeToo: brújula para jóvenes feministas”, aboga, además, por transformar la forma de hacer política para que primen valores propios del feminismo como la horizontalidad, la cooperación o “la ética del cuidado”.

Tras el coronavirus queda un reto, o más bien, “una urgencia”, admite Salazar (Cabra, Córdoba, 1969), la de “construir un discurso alternativo a los movimientos reaccionarios anti igualdad” que cale en los hombres, y sobre todo, en los jóvenes. Algo en lo que los hombres próximos al feminismo, reconoce, “estamos fallando” y “es nuestra responsabilidad”.

P.- La crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha generado muchos cambios, ¿en qué sentido ha puesto en jaque los supuestos de la masculinidad?

R.- Todo lo que hemos vivido en estos meses de pandemia ha puesto en evidencia qué partes eran mas frágiles de nuestro modo de convivencia y qué aspectos de nuestra vida en común estaban peor sostenidos desde lo público. Y al mismo tiempo, desde el punto de vista más personal e individual, todos los cambios pueden ser una oportunidad para que muchos hombres nos replanteemos cuáles son nuestras prioridades, de qué manera organizamos nuestros tiempos, cómo compatibilizamos nuestra vida pública con la vida privada, cuál es nuestro papel en la familia o de qué manera nos corresponsabilizamos con las mujeres.

P.- Durante los últimos años las mujeres se han incorporado al espacio público, pero los hombres, en cambio, no se han incorporado al ámbito privado del mismo modo. Y justamente a esto les ha obligado el confinamiento. ¿Cómo cree que ha influido en ellos?

R.- Un aspecto clave en la construcción de la masculinidad es la permanente necesidad que hemos tenido siempre los hombres de sentirnos activos, productivos y con presencia en lo público. Con la COVID-19 hemos sufrido un parón en ese papel de productores, de proveedores, de hombres públicos y, por lo tanto, esa identidad masculina se ha visto quebrada. Al mismo tiempo el espacio privado, que para nosotros siempre ha sido menos importante, se está convirtiendo en el lugar en el que pasamos más tiempo y nos vemos obligados a desenvolvernos en un espacio en el que antes solo pasábamos de puntillas.

Y luego, eso tiene que ir acompañado de una serie de medidas desde lo público que favorezcan que hombres y mujeres podamos compatibilizar todas esas facetas de nuestra vida. Hasta ahora el Estado se ha desentendido de determinados servicios o prestaciones porque ha visto que las mujeres y las familias sostenían las actividades de cuidados.

P.- En esta incorporación de los hombres a lo privado, ¿considera que, más allá de las tareas domésticas, falta que se responsabilicen de los cuidados emocionales?

R.- Totalmente. El sostén emocional de la familia siempre ha sido tarea de las mujeres y es prácticamente invisible porque no lo identificamos como tareas concretas, como planchar o hacer la comida. Los hombres habitualmente no hemos estado implicados en todas esas tareas que suponen un desgaste, una responsabilidad enorme y muchas veces hasta un sentimiento de culpa cuando sienten que han fallado. Y eso tiene que ver con cómo los hombres siempre nos hemos desvinculado de lo emocional.

En esta pandemia donde hemos sufrido, y seguimos sufriendo, un montón de consecuencias emocionales, creo que puede ser una magnífica oportunidad para que los hombres nos demos cuenta de esa vulnerabilidad que compartimos hombres y mujeres. Y de lo importante que es para cualquier ser humano ese elemento de los vínculos emocionales y del sostén a través de los otros y de las otras.

P.- Ve esta crisis como una oportunidad de cambio y el título del libro “La vida en común” es bastante revelador en cuanto a la alternativa que propone. ¿Cuál es el proceder y los retos a partir de ahora para alcanzar esa vida en común?


R.- Por un lado, hay que hacer un proceso de transformación personal y cada hombre tendrá que plantearse su deconstrucción personal, con su ritmo y sus etapas.

Pero además, hacen falta cambios estructurales que tienen que ver con poner los cuidados en el centro y que deberían convertirse en una tarea prioritaria desde lo público. Esto tendrá consecuencias económicas porque el modelo económico capitalista neoliberal que tenemos va en contra de todo esto. Es un sistema en el que prima el sujeto productivo, competitivo e individualista. Y yo aquí reivindico que somos seres necesitados unos de los otros por nuestra fragilidad y que tendremos que desarrollar políticas en lo social, en lo económico, en lo cultural que pongan la base en esa vida en común.

P.- En relación al papel de lo público y de la política, habla también en el libro de cierta masculinización en la manera de hacer política, ¿Qué papel tienen aquí las nuevas masculinidades para transformar esto?

R.- El poder sigue estando ocupado mayoritariamente por hombres y se sigue ejerciendo de manera muy masculina, con una concepción muy vertical del poder. Los hombres no vemos tanto el poder como una herramienta para transformar la realidad, sino como una especie de conquista, y esa idea es muy patriarcal. Y luego, tenemos una escasa habilidad para poder desarrollar estrategias colaborativas.

P.- En el libro comenta un obstáculo: que no se ha conseguido articular un discurso alternativo fuerte frente al auge de unas masculinidades reaccionarias. ¿Qué hace falta?

R.- La pandemia coincide con un momento global en el que hay una articulación de todas esas masculinidades reaccionarias que están construyendo un discurso anti igualdad que está creciendo en muchísimos países. Es muy fácil que ese discurso cale en hombres que sienten que su rol tradicional ya no sirve y tampoco tienen claro cuál es su rol alternativo o en hombres que no quieren perder su papel privilegiado.

Entonces, yo planteo la urgencia que hay de que seamos capaces de construir una alternativa a todo ese movimiento de masculinidades reactivas. Es fundamental que seamos capaces de lanzar otro tipo de mensajes, de decir que hay alternativas y que podemos construir otro tipo de sociedad mejor para todos y para todas. Y ahí es donde yo creo que estamos fallando los hombres próximos al feminismo.

P.- En su caso, que está muy cerca de los jóvenes, ¿Cómo ve que les está afectando esto?

R.- Hay una muy buena parte de chicos que están perdidos, ven que sus compañeras se posicionan como feministas, con un discurso muy rotundo y que han ido cambiando muchas percepciones de la realidad, mientras una gran mayoría de ellos se encuentran desubicados ante esas transformaciones. Y hay un grupo muy significativo que se siente incluso agredido por el feminismo y el discurso de igualdad lo ven como una especie de guerra contra ellos, entonces reaccionan afirmándose en el modelo más tradicional y machista.

Estamos fallando en cómo llegar a esos chicos y hace falta llegar a ellos. Estos años se ha trabajo mucho en materia coeducativa, se ha trabajo mucho con las chicas para que cambien determinadas concepciones, para que tengan otros modelos y otros referentes, pero con los chicos no se ha realizado el mismo trabajo. Es muy importante hacer este trabajo también con los chicos porque ahí estamos formando a las nuevas generaciones de hombres.

miércoles, 20 de enero de 2021

#libros #masculinidad | La vida en común : los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus

La vida en común : los hombres (que deberíamos ser) después del coronavirus / Octavio Salazar Benítez.

Barcelona : Galaxia Gutenberg, 2021 [01-20].
224 p.

/ ES / ENS / Libros / =Corona / Crisis sociales / Hombres / Masculinidad / Patriarcado
📘 Ed. impresa: ISBN 9788418526121 / 16,90 €

[.es] La crisis social y económica generada por la COVID-19 ha puesto al descubierto muchas de las heridas de un pacto de convivencia en el que los hombres disfrutamos de una posición dominante. La pandemia no ha hecho sino prorrogar lo que la crisis de 2008 y la extensión de las políticas neoliberales ya estaban generando en un mundo cada vez más desigual. La experiencia física y emocional vivida durante el confinamiento que supuso el estado de alarma, y las medidas que en los meses posteriores han limitado nuestras libertades personales y nos han situado en un precipicio personal y político nos alertan de los principales retos a los que se enfrenta un mundo todavía regido por leyes patriarcales y por una cultura androcéntrica. De aquí que esta crisis, justo cuando el feminismo se ha convertido en la teoría y en el movimiento global con más capacidad de movilización transformadora, nos ofrezca a los hombres una magnífica oportunidad para superar los lastres de la masculinidad omnipotente y (re)construirnos desde la dimensión emancipadora de la igualdad. Una transformación que sin cambios estructurales en lo social y en lo político, en la misma definición de la vida que compartimos y en las prioridades de las instituciones que nos representan quedará reducida a una mística de las nuevas masculinidades. Porque el reto, personal y político, es construir un nuevo proyecto de humanidad más sostenible e igualitario, apoyado más en los bienes comunes que en los deseos individuales. Un nuevo contrato, en fin, basado en la vulnerabilidad compartida y en nuestra necesaria interdependencia.

sábado, 15 de junio de 2019

#hemeroteca #violenciamachista | No es violencia intrafamiliar: las palabras importan

Imagen: El País
No es violencia intrafamiliar: las palabras importan.
Estamos en un momento en el que no tendríamos que cuestionar el concepto de violencia de género si no fuera para ampliarlo y definirlo.
Octavio Salazar | El País, 2019-06-15
https://elpais.com/elpais/2019/06/15/mujeres/1560599152_768379.html

El feminismo, además de un movimiento social y de una estrategia política, y de por supuesto una ética y un modo de vida, es un marco de análisis desde el que nos enfrentamos a la realidad y tratamos de encontrar respuestas a determinadas preguntas. Justamente por eso, en las reflexiones que se hacen desde el feminismo son tan importantes las palabras y los conceptos. Porque justamente desde ellos enfocamos la vida con una determinada perspectiva, la que nos ofrece el género, y buscamos soluciones a injusticias que hoy por hoy siguen teniendo como principales víctimas a las mujeres.

Por ello desde el feminismo reclamamos con tanta insistencia no solo un lenguaje inclusivo, sino también una terminología que nos dibuje con precisión de qué estamos hablando, cuáles son las prioridades de lucha y sobre qué parte de la realidad hemos de incidir para construir otro mundo. Conceptualizar es politizar, sentenció hace ya años la sabia Celia Amorós. Y es justo es nivel de compromiso ético y epistemológico el que nos sitúa ante la evidencia de que no todo vale y que las ceremonias de la confusión, sobre todo cuando estamos hablando de igualdad, son sin duda un enemigo a batir.

Desde que en 2004 se aprobara la muy necesaria y pionera Ley contra la violencia de género, han sido insistentes los debates, políticos y jurídicos, en torno a la denominación usada por la norma y sobre la misma definición de ese tipo específico de violencia. Todo ello enmarcado además en un contexto en el que son muchos los sectores que se resisten a reconocer el género como categoría de análisis, por más que esté más que consolidada en el ámbito de las Ciencias Sociales.

Con independencia de que podamos discutir, desde el compromiso con la erradicación de la violencia machista y no desde los intereses partidistas, las luces y sombras de dicho instrumento, lo que nadie puede negar es que, entre otras consecuencias positivas, ha permitido en poco más de una década hacer visible lo que no lo estaba, crear una conciencia social que no existía y consolidar todo un argumentario jurídico en torno a la desigualdad de género absolutamente novedoso y necesario. De hecho, la sentencia del Tribunal Constitucional que en 2008 avaló la constitucionalidad de la ley es prácticamente la única de dicha instancia que introduce una perspectiva de género en el análisis de la desigualdad entre mujeres y hombres.

Sin embargo, a pesar de la ley, y de las políticas públicas desarrolladas posteriormente, los asesinatos machistas se siguen produciendo, las denuncias no dejan de crecer y, de manera alarmante, los más jóvenes se suman a prácticas machistas que alimentan la violencia. Lo cual nos pone en evidencia no tanto las carencias de la norma, sino la hondura de una desigualdad y de la cultura patriarcal que la genera.

Precisamente por todo lo anterior, resulta tan peligroso que un partido político como Vox, y todos los que de manera cómplice le siguen la corriente, incida tanto en cuestionar el concepto de violencia de género y que incluso haya puesto como condición de su apoyo a los presupuestos andaluces que se incluya una partida para atender la que ellos llaman violencia intrafamiliar. Una violencia que, como no podía ser de otra manera, está prevista en el Código Penal, tiene sus cauces procesales oportunos y no es, como a veces parecen defender la ultraderecha, una especie de agujero negro.

Es incuestionable que el marco jurídico de un Estado de Derecho debe proteger a sus ciudadanos y a sus ciudadanas, frente a todo tipo de violencias e inseguridades. Esa es una de las bases del pacto. De hecho, podríamos pensar en los alarmantes datos que nos muestran la cada vez mayor violencia que sufren las personas mayores. Lo que ocurre es que justamente las violencias que padecen las mujeres tienen una singularidad que nos permite individualizarla, dotarla de un marco específico y convertirla en prioridad política.

No solo, que también, por razones meramente estadísticas, sino porque sus orígenes tienen que ver con una desigualdad estructural y con un contexto que no es otro que el eje dominio masculino/subordinación femenina, o lo que es lo mismo, el patriarcado como estructura de poder que se mantiene y reproduce a través de las múltiples violencias, incluida la simbólica, que se ejercen sobre algo más de la mitad de la Humanidad. Una mitad que, a su vez, es atravesada de manera interseccional por otras circunstancias personales y sociales. De ahí que, por ejemplo, las mujeres mayores sean más vulnerables que los hombres mayores, y que por tanto la perspectiva de género deba ser la crucial para abordar cualquier política pública que pretenda prevenir y/o sancionar las discriminaciones que continúan sufriendo ellas.

Escribo estas líneas justo cuando en Córdoba estamos consternados por lo que parece ser el último, de momento, crimen machista. Horrorizados ante las historias que hay detrás del presunto asesino y de las mujeres, porque son varias en su currículum, que han perdido la vida en sus manos. Conscientes de que este es solo el penúltimo caso, al que tendríamos que sumar las crecientes agresiones sexuales múltiples que están sufriendo las chicas jóvenes, los siempre y hasta hace poco invisibles acosos que tanto en el ámbito público como en el privado sufren nuestras compañeras, o las violencias que derivan de la explotación de los cuerpos y capacidades femeninas.

En consecuencia, estamos en un momento en el que no tendríamos que cuestionar el concepto de violencia de género si no fuera para ampliarlo y definirlo tal y como nos lo exige el Convenio de Estambul. Un Convenio que, recordemos, España ratificó en 2014 y que por tanto obliga, como cualquier otra norma de nuestro ordenamiento, a ciudadanos y poderes públicos. Incluidos aquellos que, como los representantes de Vox y de los gobiernos a los que apoyan, no parecen estar nada de acuerdo con dicho tratado.

De ahí que la clave no sería en la actualidad eludir el concepto bajo otros como el que Vox y cómplices han elevado a rango legal sino más bien hacerlo más ancho para incluir todas las violencias machistas que inciden en la dignidad, en la integridad física y moral y, en fin, en el estatus de ciudadanía de las mujeres. Todo lo que no vaya en esa dirección no es más que una estrategia para mantener el orden establecido, o sea, el patriarcal, y para generar una confusión en la ciudadanía que necesita, ahora más que nunca, mucha pedagogía para contrarrestar los insostenibles discursos de los jerarcas.

Y, recordemos, frente a tanto machito enfadado y reaccionario, no nos queda más remedio que transformar la ira feminista en herramienta de transformación política. Empezando por nosotros, la parte privilegiada del pacto, que ahora más que nunca tenemos que abandonar nuestros silencios cómplices.

lunes, 4 de marzo de 2019

#hemeroteca #gestacionsubrogada | Octavio Salazar: "La gestación subrogada convierte al ser humano en una mercancía"

Imagen: Público / Octavio Salazar
Octavio Salazar: "La gestación subrogada convierte al ser humano en una mercancía".
Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba y autor de 'La gestación para otros'.
A. Moreno | Público, 2019-03-04
https://www.publico.es/sociedad/octavio-salazar-gestacion-subrogada-convierte-humano-mercancia.html

El reciente episodio de los padres atrapados en Ucrania ha vuelto a colocar la cuestión de la gestación subrogada sobre la mesa del debate público. Más de un millar de niños nacidos en vientres de alquiler cruzan la frontera de España cada año, en un controvertido asunto de evidente indeterminación jurídica que pone en la picota valores éticos de indudable calado.

El catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba Octavio Salazar acaba de publicar “La gestación para otros”, un exhaustivo estudio jurídico sobre un conflicto que, en su opinión, enfrenta deseos y derechos. Salazar no es un recién llegado en estos territorios. Es autor de media docena de libros y protagoniza una ya larga trayectoria, desde el derecho y el activismo ciudadano, en la defensa del feminismo y la igualdad de género.

P. ¿Por qué “gestación para otros”?

R. La gestación por sustitución no me convence. No se produce una sustitución. El proceso de gestación no se puede sustituir. La mujer embarazada es una y no una máquina. Es un concepto eufemístico. Y subrogar es sustituir en términos jurídicos.

P. Para otros y para otras.
R. Efectivamente. Tenemos que utilizar los dos términos.

P. En su libro, usted niega la mayor: “No existe el derecho a ser padres”.
R. Entiendo que jurídicamente en ningún ordenamiento que yo haya estudiado existe ese derecho como tal. Lo que existe es la protección de la familia, de la maternidad, de la autonomía sexual y reproductiva de las mujeres aunque con muchos límites. Pero no el derecho a la procreación. Eso es un proyecto personal, un deseo, pero no un derecho.

P. Y, según usted, en el reconocimiento de ese supuesto derecho se ampara la gestación subrogada.
R. Claro. Incluso la proposición de ley que presentó Ciudadanos parte de reconocer un derecho a la paternidad y a la gestación por subrogación. Y construir jurídicamente un derecho es exigir que el Estado tenga que garantizarlo.

P. ¿Qué encrucijada ética nos plantea la gestación subrogada?

R. La instrumentalización del ser humano. Entender que puede convertirse en una mercancía. Que se puede comprar y vender todo lo que sirva para satisfacer nuestros deseos en una lógica economicista y del modelo neoliberal. El neoliberalismo se basa en la construcción permanente de deseos. Y hay suficiente consenso para dejar fuera del tráfico mercantil determinadas cuestiones. Todo lo que tiene que ver con el cuerpo humano y con la integridad física del individuo: la venta de órganos, de niños, de personas. Abrir la puerta a este tipo de prácticas es cuestionable. ¿Qué diferencia habría entre eso y vender un niño?

P. ¿Por qué la mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo en el aborto y no en el vientre de alquiler?
R. Lo que se pone en juego es el concepto de autonomía de la mujer para decidir sobre sus propias capacidades y no para que se conviertan en una herramienta para satisfacer los intereses de otros. Es una lógica perversa sobre el lugar de las mujeres en el mundo. A partir de ahí, podemos justificar cualquier práctica explotadora del cuerpo. Hay mucho paralelismo con la prostitución. Y al menor también lo estamos introduciendo en una dinámica muy del mercado: firmamos un contrato, los padres intencionales, la otra parte más vulnerable. Hay cláusulas tremendamente rigurosas hacia la gestante. Y las prácticas de los intermediarios son de intercambio mercantil, de catálogo.

P. Hay quién reprocha paternalismo en vuestra perspectiva.
R. Yo entiendo que el derecho siempre debe tener una función protectora de quienes están en condiciones de mayor vulnerabilidad. Lo que hay es que poner límites a prácticas que pueden resultar atentatorias contra la dignidad del ser humano. Ante esa tendencia invasora de la lógica del mercado, el derecho tiene que poner límites.

P. Hay feministas que entienden la gestación subrogada como una "práctica subversiva" porque rompe el corsé biologicista de la familia.

R. Sí. Dicen que es empoderador para la mujer porque pueden disponer de su cuerpo y lo que ha sido siempre una función social asignada lo convierten en una herramienta para la obtención de beneficio económico. A mí esa lectura me parece muy peligrosa porque justifica prácticas continuistas de una lógica patriarcal. La mujer debe empoderarse a través de otro tipo de prácticas. No es liberador que tenga trabajos precarios, ni trabajos que la exploten o que tenga que usar su cuerpo como un objeto.

P. Su posición sobre la gestación subrogada tiene enfrente también a una parte del colectivo LGTBI.
R. Hay un componente que no hay que olvidar aquí. El hecho de tener hijos con carga genética propia. Esa es una lectura muy patriarcal también de la paternidad. Y frente a la adopción, una diferencia clave es esta. Hay mucha parte del sector masculino que eso lo tiene muy adentro: tener un hijo que continúe tu estirpe.

P. La posición de cierta parte del colectivo LGTBI abre un conflicto con un grupo que ha sido cómplice en muchas batallas.
R. Lógicamente. Tampoco es todo el movimiento LGTBI. Eso también tiene que ver con cómo incorporamos en la sociedad una especie de ideal de felicidad y vida plena que pasa por el hecho de tener hijos. Parte del colectivo gay reproduce esquemas muy heteronormativos: matrimonio, familia, etc. Ahí hay una losa muy continuista de parámetros que me parecen muy conservadores. Normalmente los gais a favor son de determinado nivel económico y estatus. Hablan desde una posición social muy favorable. Mire lo que ha pasado con los niños de Bosé y la pareja. Están en una guerra como si tuvieran una casa a medias.

P. Esa clase de batallas ocurren en todo tipo de familias, sean por gestación subrogada o natural.
R. Claro. Pero mire: el otro día venía en una portada de la revista americana “Parents” dos chicos con dos mellizos por gestación subrogada. Contaban en el reportaje todo el proceso: no sé cuántos embarazos fallidos, no sé cuántos abortos, no sé cuántas donaciones. Es decir: para conseguir la felicidad de estos tipos ha habido varias mujeres invisibles con riesgos físicos. ¿Esto es justificable para conseguir que estos dos chicos sean una familia maravillosa? Eso plantea como mínimo un dilema.

P. Califica usted como “laberinto jurídico” la situación legislativa española. ¿Qué puerta de salida propone?

R. Nuestra ley dice que los contratos son nulos de pleno derecho pero no están prohibidos desde el punto de vista penal. Es decir: no hay legitimidad para sancionar a una empresa que se dedica a gestionar este tipo de prácticas en el extranjero.

P. Usted defiende no solo que España prohíba la gestación subrogada sino que impida que se traigan de fuera.
R. Claro. Es que si no, lo estás permitiendo por la puerta de atrás. Es lo que está pasando ahora. Es una especie de esquizofrenia jurídica. ¿Qué ha pasado con los españoles de Ucrania? Tienes una instrucción de la Dirección General de los Registros y del Notariado que te permite reconocer la filiación de los que vienen de fuera. Es como si aquí está prohibida la venta de órganos y tú te vas a otro sitio y los compras. El ordenamiento jurídico español tendría que clarificar esto.

P. Solo Ciudadanos ha presentado una iniciativa legislativa de regulación.
R. El PSOE se ha posicionado en contra. Y yo he participado en la elaboración del documento.

P. Pero no hay ninguna iniciativa legislativa que prohíba la gestación subrogada.

R. No. No se han atrevido a meterle mano. Podemos se ha posicionado en contra también. Y el PP se posiciona desde una órbita más conservadora y religiosa.

P. Por cierto, la gestación subrogada afronta el rechazo desde posiciones feministas y también religiosas. Extraños compañeros de cama.

R. Eso no invalida la crítica que se le pueda hacer a la maternidad subrogada. También la Iglesia católica está oficialmente en contra de la pena de muerte. Son diferentes conceptos de la dignidad del ser humano, aunque en este punto convergen en ese acuerdo. No creo que eso le quite ni le sume.

P. Usted sostiene que en la gestación subrogada hay una alianza entre el patriarcado y el capitalismo.
R. Las mujeres son las que con más frecuencia son víctimas de trata, se prestan a contratos de gestación subrogada o son objeto de contratos laborales más abusivos. Eso en una dinámica depredadora del sistema capitalista y donde el cuerpo de la mujer sigue en entredicho.

P. ¿Vox es también signo de una nueva contrarrevolución feminista?
R. Como algunas compañeras feministas dicen, es una especie de contrarreforma. Es algo que va cuajando desde hace tiempo. Hace años un estudioso de masculinidades americanas, Michael Kimmel, publicó un libro que se llama ‘Hombres blancos enfadados’. Detectó que un sector de hombres estaban ya cabreados con la igualdad de género. Y eso está detrás de Trump, de Bolsonaro y también de Vox. Está recogiendo el enfado de muchos hombres a quienes se les acaba el privilegio mientras las mujeres avanzan. En lugar de reaccionar de manera inteligente, revisando su propia masculinidad, se acogen a la trinchera.

P. Hace un año asistimos a un tsunami feminista del 8-M y ahora parece que nos encontramos ante el avance de Vox.
R. En EEUU la primera manifestación de reacción ante la elección de Trump fue de las mujeres. Estamos en ese momento ambivalente. El feminismo nunca ha estado tan presente y, al mismo tiempo, tenemos una reacción peligrosa. Las redes sociales son un termómetro muy evidente. Los mensajes son brutales.

P. En su penúltimo libro nos alertaba de 'El hombre que no deberíamos ser'. ¿Cuál es la revolución masculina pendiente?
R. Esa revolución que nos reconcilie con la parte de humanidad que los hombres nos hemos negado siempre. Hemos estado tan obsesionados con ser hombres de verdad, con responder a las expectativas de género, que nos ha llevado a ser tremendamente competitivos, ambiciosos, volcados en lo público. Hemos rechazado nuestra parte emocional más privada. Nos hemos perdido una parte riquísima de la vida y, al mismo tiempo, hemos imposibilitado que ellas participen en instancias donde también deberían estar. Debemos reconocer que somos vulnerables. Que no somos omnipotentes. Al hombre se le educa para la omnipotencia. Y eso es una carga terrible: se nos ha educado para no flaquear nunca. Si descubriéramos que es una carga enorme y tenemos mucho que ganar si aprendemos del feminismo seríamos más felices.

jueves, 13 de diciembre de 2018

#libros #gestacionsubrogada | La gestación para otros : una reflexión jurídico-constitucional sobre el conflicto entre deseos y derechos

La gestación para otros : una reflexión jurídico-constitucional sobre el conflicto entre deseos y derechos / Octavio Salazar Benítez ; prólogo de Ana de Miguel.
Madrid : Dykinson, 2018 [12-13].
288 p.
ISBN 9788491489269 / 26 €

/ ES / ENS
/ Derecho / Gestación subrogada / Neoliberalismo / Patriarcado / Progenitura

Este libro supone un sólido punto de apoyo para comprender en profundidad adónde nos están conduciendo las nuevas tecnologías de la reproducción en un mundo gobernado por el patriarcado y el capitalismo en su versión neoliberal. Un mundo en que, como siempre, quienes tienen poder suficiente no está dispuestos a tolerar ningún límite a sus deseos. A costa de quien sea y como sea.

La función de las mujeres como contenedores reproductivos viene de un largo pasado patriarcal, del poder de los padres. Hoy, sencillamente, estamos asistiendo a una nueva versión del uso de mujeres como “vasijas vacías” para la reproducción. Reproducción de la carga genética de personas que, por razones varias, o pueden o no quieren gestar en sus cuerpos. Estamos hablando de lo que se denomina “gestación subrogada”, “madres sustitutorias” o el nuevo mercado de “vientres de alquiler”. Estas denominaciones como se podrá ver a lo largo del libro no son indiferentes, están determinadas por una posición moral y política ante el caso. – Ana de Miguel

viernes, 6 de abril de 2018

#hemeroteca #masculinidad | Octavio Salazar: “Debemos ‘deconstruir’ la masculinidad hegemónica que llevamos dentro”

Imagen: Público / Octavio Salazar
“Debemos ‘deconstruir’ la masculinidad hegemónica que llevamos dentro”.
Octavio Salazar, autor del libro 'El hombre que no deberíamos ser', es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba y aboga desde las aulas por la reivindicación de la igualdad real entre hombres y mujeres.
María Serrano | Público, 2018-04-06
http://www.publico.es/sociedad/feminismo-debemos-deconstruir-masculinidad-hegemonica-llevamos.html

Octavio Salazar, autor del libro ‘El hombre que no deberíamos ser’ (Planeta) no es nuevo en materia feminista. Como profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba, aboga desde las aulas por la reivindicación de la igualdad real entre hombres y mujeres. “Solo liberándonos de la jaula de la virilidad haremos posible la igualdad real” afirma. En este libro aboga por un manifiesto innovador, el de la revolución masculina. Y aporta 10 claves para este cambio radical que tanto necesita la sociedad actual. En definitiva el escritor, ganador del Premio al Hombre Progresista 2017 adelanta a ‘Público’ cómo “seremos nuevos hombres en una sociedad en la que nosotros dejaremos de ser los poderosos y ellas las subordinadas”.

P. Habla en su libro de una necesaria revolución masculina radical, estructural y no violenta. ¿Qué mecanismos habría que poner en marcha para llevarla a cabo?

R. De entrada, los hombres tendríamos que ponernos delante del espejo y llevar a cabo un proceso de ‘deconstrucción’ de la masculinidad hegemónica que llevamos dentro y, en paralelo, deberíamos asumir la parte de responsabilidad que tenemos de mantener un estado de cosas que continúa discriminando a las mujeres. Ello nos obligaría a renunciar a nuestros privilegios y a revisar un pacto de convivencia que pervive sobre nuestra posición de dominio. Solo liberándonos de la jaula de la virilidad, haremos posible la igualdad real.

P. ¿Puede reconvertirse al varón de toda la vida en un hombre feminista?


R. Sin duda es un proceso largo y complejo, porque todos llevamos un machista en nuestro interior, ya que hemos sido educados y socializados en un contexto patriarcal. Además, las resistencias son enormes porque es un proceso que nos coloca en la incomodidad. De ahí la importancia de que empecemos a trabajar con los hombres para que, como mínimo, vayan adquiriendo lo que podríamos llamar conciencia de género y, a partir de ahí, empiecen a revisarse a sí mismos.

P. ¿Cómo se convirtió usted en abanderado del feminismo?

R. Como me gusta siempre dejar claro, yo estoy en proceso de ser una persona feminista. Me gusta reivindicar el término, mucho más en el momento actual, pero yo también arrastro la carga machista que es tan complicado eliminar del todo. Estoy en ello. Y también me encuentro en dicho proceso gracias a lo que muchas mujeres en mi vida me han enseñado y gracias a lo que el pensamiento feminista ha supuesto de revulsivo frente a lo que para mí también significaba ser un hombre de verdad. Intento cada día ser fiel a ese compromiso ético, y me equivoco también con frecuencia, claro.

P. ¿Un hombre no se puede ser frágil, dubitativo e inseguro sin que eso suponga un problema social?

R. Es que una de las características de la masculinidad tradicional es lo que podríamos llamar esa dimensión heroica que nos obliga a ser siempre fuertes, poderosos, dominantes y seguros. Y eso es una horrible carga para nosotros mismos, nos limita y nos condiciona de manera tan negativa que asumir que somos vulnerables como cualquier ser humano es una auténtica liberación. Eso sí, supone también el coste social de aparecer como una especie de traidor frente a tus iguales.

P. ¿Cómo le afecta a los jóvenes ese modelo nocivo de la masculinidad tradicional?

R. Afectan de forma muy negativa, porque los referentes que los más jóvenes siguen recibiendo, de la televisión, de la música, de los medios de comunicación, de la publicidad o de la cultura en general siguen respondiendo al modelo de macho hegemónico. Reciben esa permanente carga de tener que ajustarse a lo significa hoy en día ser un hombre de verdad. Quien no responde a este modelo no está dentro del canon y resulta raro, traidor o, como se dice de forma coloquial, un ‘mariconazo’. Una cosa que necesitamos urgentemente es crear nuevos referentes culturales para que los chicos jóvenes vean otro tipo de masculinidad y que realmente pueden parecerse a muchos de estos hombres. Pero no hay que trabajar desde que son adolescentes, sino desde las edades más tempranas.

P. El nuevo 'contrato sexual' ha permitido que los ángeles del hogar, las mujeres, pasen a ser dueñas de sus propios proyectos profesionales y personales. ¿Se cumple realmente? ¿No hemos pasado de una sociedad donde la mujer estaba sometida a una superheroína que tiene que llevar todo por delante?

R. Por supuesto, porque nosotros no hemos asumido nuestra parte de responsabilidad en lo privado. Apenas hemos removido ese contrato sexual que coloca a las mujeres en una posición terrible. Por eso la revolución pasa por darle la vuelta a todo un modelo de organización de nuestra sociedad que está hecha a imagen y semejanza de la comodidad masculina. Eso empieza por cómo articulamos la gestión de lo privado y lo personal, de la familia y de los cuidados.

P. ¿Cómo podría darse una realidad equitativa cuando ni las políticas ni los gobiernos permiten la conciliación real?

R. Si no hay una actuación seria por parte de los gobiernos en políticas de igualdad que nada tengan que ver con cómo corresponsabilizar las obligaciones en la vida privada —la vida familiar, los cuidados, todo lo que tiene que ver con los permisos parentales de manera obligatoria e intransferible para los padres— no vamos a avanzar nada. Para que todo esto funcione necesitamos una tarea educativa y formativa que empieza por formar a los mismos profesionales de la educación o de otros ámbitos como el derecho, al ser entidades sociales y responsables de primer orden.

P. Con respecto al rol del hombre violento, señala que está determinado por la construcción social y cultural de lo que implica ser hombre. ¿Cómo podría reducirse la violencia de género cuando en 2017 se han sumado 119.213 mujeres víctimas?

R. Primero, la responsabilidad que los poderes públicos deberían asumir de manera seria y rigurosa con el que es el mayor problema de nuestra sociedad —lo cual pasa, por ejemplo, por dotar a la lucha contra la violencia de suficientes recursos y medios—. Además, las violencias machistas no cesarán mientras que no superemos unas estructuras de poder que continúan siendo patriarcales y, por supuesto un orden cultural basado en el dominio masculino y la devaluación femenina. Y eso pasa por más y mejor educación, por una revisión total de los procesos de socialización y por una Política, con mayúscula, verdaderamente comprometida con la igualdad.

P. Culmina su libro citando a un actor inglés, Bill Nighy, quien reivindica que solo hay una forma de ser caballero y es siendo un feminista. ¿Cómo se puede cambiar esa socialización? ¿Cuánto nos queda para asumir este objetivo?

R. Soy optimista por naturaleza y me gustaría pensar que nos queda poco, pero me temo que los datos de la realidad se empeñan en hacerme pesimista. Es urgente que este país se tome en serio la educación en y para la igualdad, lo cual es una tarea en la que todas y todos (instituciones, familias, medios) tenemos una determinada responsabilidad. Necesitamos otra ética, la que lleva siglos construyendo el feminismo, que nos sirva para redefinirnos y redefinir nuestro modelo de convivencia.

P. ¿Cómo se puede cambiar esa socialización, ese orden de género, donde los hombres siguen siendo los privilegiados?

R. La única manera de ir cambiándolo es en nuestro entorno más personal e inmediato. Empecemos a revolucionar los esquemas y hagamos una revolución en el terreno también laboral. Es nuestra responsabilidad para no mantener el silencio y perpetuar así comportamientos patriarcales y con discriminaciones hacia las mujeres. Y nuestro compromiso también de no mantener nunca una actitud pasiva con lo que pase a nuestro alrededor.

lunes, 29 de enero de 2018

#hemeroteca #masculinidad | Octavio Salazar: "No veo a ningún hombre por la igualdad diciendo que cuida de su abuela enferma"

Imagen: El Diario / Octavio Salazar
Octavio Salazar, escritor y constitucionalista: "No veo a ningún hombre por la igualdad diciendo que cuida de su abuela enferma".
El escritor Octavio Salazar se muestra crítico con los discursos de nuevas masculinidades vinculados solo a la paternidad: "Corremos el riesgo de quedarnos en algo muy superficial". Acaba de publicar ‘El hombre que no deberíamos ser’, una propuesta feminista para dejar atrás al "macho hegemónico". "Los hombres estamos en una jaula de masculinidad competitiva, violenta y dominadora y, si te sales de ahí, eres penalizado socialmente", explica.
Marta Borraz | El Diario, 2018-01-29
http://www.eldiario.es/sociedad/Entrevista-Octavio-Salazar_0_732827065.html

Se define como hombre feminista, padre y constitucionalista ‘queer’. Habla de revolución masculina pendiente, de diferentes formas de ser hombres, de desarraigar los privilegios. Octavio Salazar acaba de publicar ‘El hombre que no deberíamos ser’ (Planeta), una propuesta de hombre frente al espejo en el que no solo se refleja un "macho hegemónico" al que dejar atrás, sino también a un hombre concienciado en permanente cuestión: ¿Los "nuevos hombres" continúan reproduciendo los esquemas de siempre? ¿Estamos simplemente añadiendo prestigio social a nuestro estatus?, se pregunta.

P. ¿Por dónde empezar a renunciar a los privilegios?
R. El primer paso inevitable es tomar conciencia. Difícilmente cambiará la sociedad si los hombres no somos conscientes de que estamos ocupando una posición de privilegio y de que reproducimos la desigualdad en actitudes y comportamientos cotidianos. Esto nos obliga a renunciar a estar en determinados sitios, a no acaparar el discurso en el espacio público, a ser críticos y no quedarnos callados ante actitudes machistas. Muchos hombres hemos ido cómplices del acoso y la violencia por omisión: nos hemos callado o hemos reído las gracias al acosador. Hay que tomarse muy en serio el tema de que no haya mujeres en las mesas, por ejemplo. Hay que ser escrupulosos con los eventos a los que nos invitan y negarnos a participar en mesas en las que no hay un equilibrio .

P. En el libro hace referencia a la llamada "nueva política" para asegurar que "apenas han modificado los esquemas patriarcales"...
R. En la nueva política se siguen reproduciendo esos esquemas, entre otras cosas, con líderes que hacen gala de un determinado modelo de masculinidad. Pablo Iglesias, por ejemplo, tiene una presencia de hombre fuerte y dominador. Es algo que pasa incluso en formaciones con un discurso feminista marcado en las que es común la escenografía de un hombre en el centro rodeado de chicas un paso por detrás de ellos, a las que quitan y ponen casi sin enterarnos. No sirve solo con que haya más mujeres en política, sino con que empecemos a gestionar el poder de otra manera.

P. ¿Los hombres deben ser abuelos antes de ser padres?
R. Es una frase que incluyo en el libro que proviene de una película japonesa. Es algo que he notado a través de mi propia experiencia y la de mi padre. De alguna forma, cuando tenemos nietos, los hombres nos relajamos respecto a los mandatos de género y somos capaces de vivir otro tipo de emociones, dedicarle más tiempo al cuidado, estar pendientes de otros seres humanos... Si es un hombre jubilado ya no tiene la presión en el trabajo ni de "ser un hombre de verdad": el proveedor, volcado en lo productivo, que tiene que ejercer la autoridad en la familia. El Código Civil, por ejemplo, sigue hablando de la diligencia del padre de familia. Muchos hombres cambiamos esto al convertirnos en abuelos, aunque es algo que deberíamos aprender desde pequeños.

P. ¿Y si los hombres no son ni padres ni abuelos? ¿Dónde está el discurso de las nuevas masculinidades más allá del ámbito del hogar y los cuidados?
R. Yo soy crítico con el discurso de las nuevas masculinidades vinculadas únicamente a lo que se han llamado nuevas paternidades porque corremos el riesgo de quedarnos en algo muy superficial. Hay que hablar de cómo se organiza la economía, de política fiscal, de la división público-privado, de desocupar espacios (en la universidad, en la cultura, en los medios...) o de no ser cómplices de actitudes machistas.

Con las nuevas paternidades hay una parte de mistificación de los cuidados o de que cuando lo hacemos nosotros se nos ponga una medallita. Pero nunca se habla de quién cuida a las personas mayores o dependientes. Ahí no veo a ningún hombre por la igualdad diciendo que cuida a su abuela enferma. Existe el riesgo y la perversión de que este tipo de discursos actúen solo como una etiqueta que nos dé a los hombres prestigio social. Hay que ir mucho más allá. Por eso hablo de revolución, porque es darle una vuelta total. Es indispensable ser un padre involucrado en el cuidado, pero no nos podemos solo quedar ahí.

P. A los hombres (también a los concienciados e involucrados en el cuidado) les sigue costando más renunciar a un puesto de responsabilidad para cuidar de sus hijos que a una mujer...
R. Sí. Creo que, en parte, nosotros no lo sentimos como algo esencial al mismo nivel que ellas. Este es un cambio muy profundo. Se trata de modificar toda una cultura del trabajo y darle la vuelta a los esquemas productivos clásicos: nosotros en lo productivo, vosotras en lo reproductivo. Siempre hemos tenido la seguridad de que había mujeres cubriendo esa parte. Es un cambio cultural, que es lento y creo que no se puede hacer a golpe de decreto. Aunque sí hay cosas que se pueden hacer para navegar en esa dirección: permisos de paternidad y maternidad iguales y el resto de medidas de coresponsabilidad, que no se deben aplicar como "acciones positivas" para las mujeres, si no como una obligación para nosotros.

P. ¿Puede un hombre ser feminista?
R. En esta reivindicación no solo podemos estar, sino que debemos estar hombres y mujeres. Ellas son las protagonistas, pero los hombres debemos estar ahí acompañando y siendo cómplices. Si nosotros seguimos perpetuando nuestras posiciones, es difícil que esto cambie definitivamente. Por eso debemos ser feministas y no entiendo los reparos que se ponen a la etiqueta porque si tu eres demócrata, va de suyo ser feminista. Para mí es contradictorio que alguien que defiende los derechos y las libertades, dude en calificarse como feminista.

Eso sí, es importante que reivindiquemos las aportaciones que ha hecho el feminismo porque si no parece que venimos a reafirmar el privilegio. Hay que recuperar la historia, las aportaciones y la autoridad de las mujeres, hay que hacer presente la genealogía feminista.

P. ¿Para qué les sirve a los hombres el feminismo?
R. Nosotros estamos en una especie de jaula de masculinidad competitiva, violenta, dominadora. Y si te sales de ahí eres penalizado socialmente. Hay una especie de policía del género que nos controla y nos llama blandengues, calzonazos o maricas si lo hacemos. Pero vamos a ser mucho más felices si nos salimos de esa jaula. Sería interesante que todos nos amariconásemos un poco, en el sentido más extenso del término y reapropiándome de él, porque hemos construido la masculinidad en negativo, negando lo asociado a lo femenino: eres hombre si no eres mujer. Traicionar ese modelo y amariconarnos es cambiar radicalmente la actitud, asumir lo emocional, aceptar que somos seres vulnerables, dependientes. Todo ese mundo asociado a lo femenino está lleno de posibilidades y nos lo estamos perdiendo.

P. El sociólogo Jokin Azpiazu critica en este artículo publicado en Pikara Magazine que el discurso de nueva masculinidad se suele dirigir a un sujeto muy concreto: heterosexual, cisgénero, con pareja. Y se pregunta dónde quedan aquellos que se salen de la norma...
R. Sí, creo que esto pasa. Al igual que ocurre muchas veces en el feminismo, que se piensa para un determinado tipo de mujer. Por eso es muy interesante lo que se plantea desde las fronteras y que cuando hablemos de masculinidades, lo hagamos en plural, no con un prototipo de sujeto que sigue siendo blanco, heterosexual, padre de familia... Hay que trabajar la interseccionalidad como lo hace el feminismo. Creo que es un reto y un trabajo por hacer.