Mostrando entradas con la etiqueta 1981. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1981. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de noviembre de 2025

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Vigo, o la disidencia sexual en la Transición que no sale en los libros

Primera manifestación por la Libertad Sexual en Galicia, Vigo, 1981 //

Vigo, o la disidencia sexual en la Transición que no sale en los libros

La lucha por los derechos de homosexuales y trans encontró en los 70 un refugio en la ciudad gallega y un sustento en locales de la playa de Samil, bajo las anchas alas de Karina Fálagan, amiga de políticos y comisarios
Silvia R. Pontevedra | El País, 2025-11-28
https://elpais.com/espana/galicia/2025-11-28/vigo-o-la-disidencia-sexual-en-la-transicion-que-no-sale-en-los-libros.html

El 25 de junio de 1981, mientras las pancartas fabricadas con sábanas avanzaban por la Rúa do Príncipe en Vigo, el abogado laboralista Xabier Mañón subió a su despacho, junto a esa Porta do Sol donde ahora, cada año por estas fechas, pega un nuevo estirón un cono de luz que se anuncia como “el árbol de Navidad más alto de Europa”. Desde allí, en plena Transición democrática de una ciudad todavía sin leds virales, Mañón pudo inmortalizar con su cámara un acontecimiento mucho más luminoso: la cantidad de gente que secundaba la que fue primera manifestación del Orgullo Gay de Galicia y también a los muchos curiosos que se agolpaban en los márgenes. Todo transcurría pacíficamente, como si la ciudad asimilara con naturalidad la expresión pública de algo tanto tiempo a la sombra, perseguido y castigado como escándalo público, un delito que no se derogó hasta el 88.

Aquella marcha cívica “supuso una brecha irreparable en el muro de silencio con el que la dictadura escondía la existencia de la diversidad”, valora uno de los paneles que conforman la exposición La disidencia sexual en Galicia. Huellas para un tiempo nuevo, impulsada por el Consello da Cultura Galega en el edificio Redeiras de la Universidade de Vigo hasta el 5 de diciembre. En esa jornada histórica “se difundió el mensaje de que existían personas que vivían fuera de la norma sexual y de género, y de que la verdadera democracia no iba a llegar hasta que lo hiciese para ellas”. Tras desfilar por el centro urbano, la comitiva se citó para pasar la tarde en el parque de Castrelos. Allí, entre la euforia colectiva, algunos gais y lesbianas aprovecharon para salir del armario, incluso a ojos de familiares a los que habían invitado sin advertirles de nada.

Era un paso adelante, sin retorno en un asunto que, no obstante, continúa “pendiente” e “interesa a la sociedad en su conjunto”, recalca la muestra coordinada por Carme Adán y comisariada por la historiadora y activista del movimiento LGBTIQ+ Daniela Ferrández. Esta investigadora lleva años poniendo el foco en los movimientos de liberación sexual que, precisamente, no entran en el foco. Historias humanas lejos de las grandes capitales, que son las que aparecen en los libros. La exposición versa sobre el final del Franquismo y la Transición, recoge publicaciones, testimonios, fotos, documentación varia, y casos muy antiguos de personas que decidieron vivir conforme a lo que sentían a pesar de la represión dominante.

Manolo Santiso, registrado como mujer al nacer, fue detenido en 1939 en Carral (A Coruña) e ingresado en un reformatorio femenino por vestir, trabajar, fumar y hacer cosas “de hombres”, tales como ir a la taberna. Nada que ver con la relación libre que casi nueve siglos antes habían elegido vivir en Rairiz de Veiga (Ourense) Pedro Díaz y Munio Vandílaz. El suyo se considera el primer matrimonio homosexual documentado en la Península Ibérica. El 16 de abril de 1061, Vandílaz y Díaz asumían su compromiso “todos los días y todas las noches, para siempre“, y lo formalizaban en un escrito legal ”para conocimiento de los demás". “En lo relativo a la casa”, recogía el documento, “somos iguales en trabajo, en acoger visitas, en cuidarla, decorarla y gobernarla, así como plantar, edificar y trabajar en la huerta”. 

En la manifestación del 81, celebrada en Galicia cuatro años después de la primera en Barcelona, participaron los colectivos gais de Vigo, Santiago y A Coruña, aunados por la coordinadora gallega; asociaciones de vecinos; el Movemento Comunista de Galicia; la Asamblea Nacional-Popular Galega; y hasta el Comité Anti-Otan de la ciudad, los únicos cuya pancarta no reivindicaba la libertad sexual: “Yanquis fuera, ni OTAN ni bases”. Y aquel acontecimiento social protagonizado por los que habían vivido escondidos durante la dictadura encontró su eco en la prensa, pese a que no hacía más que un par de años, en 1979, que un compañero, el reportero Federico Puigdevall, había sido inhabilitado por seis años, condenado a un mes de prisión y al pago de 20.000 pesetas, por retratar desde el 77 la vida de las transexuales que trabajaban en locales de la playa de Samil. Los jueces de la Transición (en la Audiencia Provincial y el Supremo) vieron en su información gráfica un claro caso de “escándalo público” que dañaba la “moral colectiva”, y lo apartaron del oficio de periodista.

Sin embargo, tanto en sus reportajes en ‘El Pueblo Gallego’ y ‘Galicia Deportiva’ como en los que firmaba un joven Fernando Franco —hoy toda una institución ciudadana que a finales de los 70 escribía para la revista viguesa ‘El Pope’— se entrevistaba a artistas trans. Y se relataban con un lenguaje nada encorsetado los graves escollos sociales y las penurias vitales que padecían Paola, Milena, Raquel, Violeta, Gamba y Dalia Flores, con función en la sala de fiestas Riomar, encadenadas al mundo del espectáculo porque no encontraban otra forma de sustento.

Se habían conocido en Le Carrousel de París antes de la muerte de Franco, donde habían accedido a hormonas y en algunos casos a cirugías. Pero al fin habían podido volver a España, y llevaban un año por Vigo, aprovechando el creciente interés de los empresarios y el morbo del público por estos números musicales entre marabúes y lentejuelas. En las entrevistas, recordadas por Ferrández en su trabajo ‘Voces desde el gueto: vidas trans, oportunidades de supervivencia y esperanzas de cambio en el Vigo de la Transición’ (Cuadernos de Historia Contemporánea, Ediciones Complutense) se sinceraban con los reporteros: ellas preferían ser “modistas”, “oficinistas” o “dependientas”, pero ¿quién contrataría a una transexual?. Seguían sin tener un DNI acorde a su físico y todavía daba coletazos la franquista Ley sobre peligrosidad y rehabilitación social, que en 1971 había reemplazado a la Ley de vagos y maleantes. En las entrevistas, ellas se mostraban esperanzadas de que, desaparecido el dictador, todo esto se resolvería enseguida.

Estos cronistas del Vigo nocturno también narraron la primera fiesta gay que se celebró públicamente en Vigo, la primera del noroeste peninsular, que tuvo lugar en 1978 al amparo de una rotunda mujer con sombrero de ala ancha: Karina Fálagan. La empresaria de la noche, una especie de animal mitológico que se autoproclamó “Alcaldesa del Atlántico”, acababa de pasar por aquellas fechas de regentar el club Lady Hamilton, donde conoció los secretos de infinidad de políticos que lo frecuentaban, a lograr la concesión de un terreno municipal para montar el Jonathan Livingston Seagull, un restaurante y local de ‘striptease’, variedades y alterne en el arenal más famoso. Samil se sitúa a unos seis kilómetros de la fachada marítima del centro urbano, donde existía otro polo gay y encuentros entre los setos de los jardines de Montero Ríos (citados desde 1975 por guías internacionales como Spartacus International Gay Guide y All Lavender International Gay Guide).

En su trabajo, Ferrández considera a Karina Fálagan “una de las figuras centrales” en la configuración de ese territorio acotado de Samil en el que se respiraba cierta “benevolencia comprensiva” por parte de la policía de Vigo, donde no solía haber arrestos. Allí, según los testimonios que recoge la historiadora, esa mujer que presumía de ser amiga de Fraga y fue militante del PP protegía a la “gente del mundo gay”, probablemente gracias a esas relaciones que aseguraba tener con políticos y comisarios. La primera fiesta gay, celebrada en el Jonathan, fue para Ferrández, como la inauguración de su nuevo “jardín” de lo “prohibido”. La presentadora era la transexual Dalia Flores, y actuaron La Maruja, Paco España, el travesti Francis —asesinado un año después por la policía en Euskadi— y Manolito (o Manoli) Soler, natural de Vigo. “A algunos políticos, en medio de sus copas y sus cachondeos, les demostré que no era una inepta”, contaba Fálagan al desaparecido rotativo vigués ‘El Pueblo Gallego’: “Personas que están ahora en Madrid, a nivel alto, han sido clientes míos, incluyendo algún ministro actual”.

domingo, 7 de febrero de 2021

#hemeroteca #gais #memoria | Antes de los Javis ya estuvieron los Costus: Enrique Naya y Juan Carrero, la carismática pareja de la Movida que vuelve

Antes de los Javis ya estuvieron los Costus: Enrique Naya y Juan Carrero, la carismática pareja de la Movida que vuelve.
Enrique Naya Igueravide y Juan José Carrero Galofré revolucionaron la capital con su pintura figurativa, plagada de iconos pop, sincretismo ideológico y un desconcertante mensaje (a)político. Una exposición en Madrid recupera ahora su legado.
Ianko López | Revista Vanity Fair, 2021-02-07
https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/los-costus-enrique-naya-juan-jose-carrero-artistas-vida-obra/48688

De todos los relatos pequeños que integran el gran relato una y otra vez contado de la Movida, puede que el de Costus sea el más fecundo. Porque atraviesa una década fundamental en la historia de nuestra modernidad, y porque los hitos que lo jalonan –superación, auge, caída, enfermedad, muerte– responden sin desvíos al patrón demandado por la mitología del ‘show business’. De hecho, sorprende que no exista todavía un ‘biopic’ sobre esta pareja de pintores. O, por ser más específicos, que los Javis no se hayan interesado en dirigirlo, ya que podrían a través de ellos contar su propia historia con la ventaja extra de un final trágico. Pero luego iremos a eso.

El próximo 15 de febrero se inaugura en la galería madrileña Maisterravalbuena una exposición con obras de Costus, lo que para sus asiduos resultará sorprendente. Digamos que la apoteosis de ‘chochonismo’ que allí nos espera no es lo que suele encontrarse en este local de la calle Doctor Fourquet, más acostumbrado a artistas conceptuales europeos como A Kassen y Maria Loboda o a la exquisitez formal de Marisa Fernández y Jerónimo Elespe. Cuando le manifiesto mi pasmo a Pedro Maisterra (propietario de la galería junto con Belén Valbuena) él defiende su opción sin vacilaciones: “La exposición es un acercamiento al hecho cultural de la Movida. Además, la obra de Costus está en lugares más importantes de lo que se piensa. Pocos saben, por ejemplo, que el retrato que le hicieron a Carmen Polo forma parte de la colección ICO”.

Enrique Naya Igueravide (Cádiz, 1953 - Badalona, 1989) y Juan José Carrero Galofré (Palma de Mallorca, 1955 - Sitges, 1989), ‘in arte’ Costus, se conocieron en Cádiz, donde a mediados de los años setenta eran dos estudiantes de arte que encajaban mal con aquel entorno de provincianismo costero y familias conservadoras: ambos eran hijos de militares, e incluso un tío de Enrique estaría después involucrado en el golpe de Estado del 23-F.

Así que, convertidos en pareja sentimental, se fueron a Madrid, donde sí tenían su lugar, o se lo hicieron ellos. Llegaron en el momento justo para que su pintura figurativa, plagada de iconos pop, fuera saludada con entusiasmo en ciertos corrillos. Su enorme piso-estudio de la calle Palma, en el barrio de Malasaña, operó como central de operaciones de la Movida para alojar una especie de fiesta perpetua donde la gente entraba y salía a su aire, y entre tanta ida y venida ocurría de todo. “Era como una Factory a lo castizo”, sentencia Pedro, y hay poco que objetar a la comparación porque por aquel entonces la Factory de Andy Warhol era la medida de todas las cosas, el alfa y el omega de lo moderno. Y de eso iba el asunto en Casa Costus.

Por cierto, que la autoría del nombre de Costus es objeto de una disputa tan encarnizada como la de ‘La dama de armiño’. Muchos la atribuyen a Francisco Umbral, aunque el crítico musical Jesús Ordovás ha afirmado que fue él quien primero los llamó así. Julio Pérez Manzanares, autor de la biografía ‘Costus: You Are a Star’, señala en cambio a Fabio McNamara. “Costus” por costureras, porque Juanjo y Enrique trabajaban en sus cuadros sin descanso y con tanto mimo como las ‘petites mains’ sobre un modelo de alta costura. Julio añade otro dato interesante para comprender el fenómeno: “Fabio los llamaba las Costus, así, en femenino, pero ellos decidieron cambiarlo al masculino, porque a partir de cierto momento no se identificaban tanto con ese ‘las’”.

La Casa Costus puede apreciarse en todo su esplendor en ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’, primer largometraje de Almodóvar, y de hecho los artistas aparecen en una escena rodada allí junto a Carmen Maura, Alaska y el propio Fabio, mientras pintan algunos de los cuadros que –este dato interesará especialmente a los fetichistas– podrán verse en la exposición de Maisterravalbuena.

Ricardo Carrero, hermano de Juan, vivió un tiempo con la pareja, y hoy gestiona la página web dedicada a su memoria. Al habla por teléfono, evoca cuando, a finales de los setenta, Alaska fue de visita al chalé que su familia tenía en una urbanización de la costa gaditana: “Teníamos de vecinos a todos los terrys, los osbornes y los domecques. Pues allí vino Olvido, y nos fuimos con ella al mercadillo de los gitanos, y la que se armó porque ella llevaba unos leotardos no sé si de cebra o de pantera. Le dijeron de todo. Ellos eran los más modernos que había. ¡Y no sabes lo que era salir a ligar con Juan! Llegábamos a los sitios y todo era pase, pase, nos sacaban botellas de champán y nos rodeaban los chulos, que podías elegir al que quisieras. Siempre digo que los niños de hoy deberían estudiar la generación de la Movida como estudian la del 98 o la del 27”.

Poco después se fijó en ellos el galerista Fernando Vijande, que acababa de partir peras con su socia americana, Gloria Kirby, y estaba a punto de inaugurar en un garaje de la calle Núñez de Balboa su nueva galería, hecha a imagen y semejanza de lo último de Nueva York. Vijande estaba deseoso de extraerle todo el jugo a aquello que estaba pasando en Malasaña y alrededores sin mucho orden ni concierto y que era la primera manifestación genuina de modernidad en el país tras cuarenta años de dictadura. Buscaba su propia transvanguardia italiana y sus estrellas neopop neoyorquinas, y los encontró juntos y revueltos en aquella pareja gaditana llena de carisma.

Así que fue toda una declaración de intenciones que la primera exposición de Galería Vijande, inaugurada el 16 de octubre de 1981, se llamara ‘Chochonismo’ ilustrado y corriera a cargo del colectivo de artistas llamado Costus. Aquella fue una fiesta para recordar en la cosmogonía de la Movida, y también un inventario viviente de sus usos y costumbres. Todo el que fuera alguien –o que soñara con serlo– estaba allí. ¡Las paredes se llenaron de folklóricas, chulos y fauna del ‘¡Hola!’ en poses solemnes y colores ultrasaturados. Había muebles de la Casa Costus, y obras de Fabio y de Carlos Berlanga, y el catálogo oficial incluía un texto de Alaska, que, bajo el seudónimo de Angustias, se metía en la piel de una mujer que escribía una carta a un consultorio sentimental porque el hombre del que estaba enamorada no le hacía caso (Julio Pérez Manzanares me cuenta que no se trataba por completo de un ejercicio de ficción, ya que una Olvido Gara de 18 años vivía su particular calvario amoroso por culpa de Eduardo Benavente, líder del grupo Parálisis Permanente, que moriría dos años después).

Ese día supuso al mismo tiempo la cumbre de los Costus y el inicio de su cuesta abajo. Aunque en el catálogo se anunciaba una próxima exposición titulada ‘El Valle de los Caídos’, Vijande nunca volvería a exponer su obra. Y aún hoy no está claro por qué a Enrique y Juan les dio boleto su Mefistófeles del barrio de Salamanca. Pedro Maisterra lo atribuye a dinámicas normales entre artistas y galeristas (algo debe saber del tema tras casi dos décadas en la profesión): “Puede que se produjera un desencanto mutuo y que hubiera que tomar decisiones. De hecho Costus no son los únicos artistas que expusieron una sola vez con Vijande. Lo mismo le pasó a Juan Muñoz, con el que también tuvo su desencuentro”.

Pero algo más debió de pasar, porque a continuación los artistas se las arreglaron para pelearse con casi todos sus amigos, y la situación en Madrid se les volvió complicada. Julio Pérez me lo resume así: “Le entraron las típicas paranoias de artistas. Vijande se había quedado toda su obra, y tuvieron que ponerse a trabajar de cero y muy presionados. Además, empezaron a pensar que todo el mundo a su alrededor estaba allí por la jarana, y que no les dejaban pintar al ritmo que necesitaban. Y por último vieron que amigos suyos como Alaska o Almodóvar alcanzaban de repente mucho éxito mientras ellos iban más lentos. Un poco por todo, las cosas saltaron por los aires”.

Buscando nuevos aires precisamente se fueron a México, donde vivía Luis Sanguino, escultor del Valle de los Caídos –y tío de Juan–, muy bien relacionado en las altas esferas del país norteamericano. Pero esas altas esferas no debieron saber cómo manejarse con unas estrellas glam de acento gachupín, así que al cabo de unos meses regresaron a la casilla de salida.

En 1987, un lustro después de lo previsto, inauguraron al fin su anunciada El Valle de los Caídos, solo que no en la galería de Vijande, sino en la Casa de Vacas del Retiro. En esta serie, en la que habían estado trabajado durante todo aquel tiempo, pintaban a sus amigos (Fabio, Alaska, Bibiana Fernández/Bibi Andersen, o Lucía Dominguín junto a una Bimba niña) en un estilo expresionista que había entregado cierta fracción de frescura a cambio de una nueva solemnidad y un desconcertante mensaje político. Político a fuerza de militantemente apolítico. Este sincretismo ideológico lo encarnaba mejor que ninguna otra imagen un Tino Casal posando melena al viento ante la cruz del monumento franquista y portando una gran bandera roja: el cuadro se llamaba precisamente “Caudillo”. Y lo subrayaba el propio Enrique Costus en una intervención televisiva trufada de frases de antología: “Un día fuimos al Valle de los Caídos en un estado sobrenatural [risas], y los fachas tienen allí enterrado al dictador, el pobrecito”. O también: ”Nuestro pasado está ahí, que no lo borren”. Y por último: “Además, a nosotros [el franquismo] no nos afectó, porque éramos pequeños. Yo hijo de militar y él hijo de marino, pues qué voy a decir del franquismo yo”.

Y toca en este punto retomar el asunto de los Javis: agitar en la coctelera monjas y electro latino (‘La llamada’) o presentar el mundo de la telebasura desde una dinámica de atracción-repulsión (‘Veneno’) para deslizar la idea de que todas las opciones vitales son igualmente válidas no es nada demasiado nuevo. Más aún: podría defenderse que por su voluntad por agradar a un amplio espectro, su preocupación por ofrecer una imagen moderna e icónica y su papel de anfitriones de un microcosmos que aspira a ser percibido como la modernidad de su tiempo, los Costus fueron un claro precedente de los autores de ‘Paquita Salas’. La hipótesis no le suena mal a Pérez Manzanares: “Incluso hay una sensibilidad similar. Grace Kelly y Carmen Polo son para los Costus lo que Paquita para los Javis: iconos del pasado que rescatan pero al mismo tiempo contemplan con cierta condescendencia. De todos modos esto es muy paradigmático de algunas parejas artísticas gais. Pienso en Pierre et Gilles o Gilbert and George, que están dentro de la misma línea genealógica”.

El último año y medio de su vida fue especialmente complicado. Ricardo Carrero había alquilado con unos amigos un gran chalé en El Puerto de Santa María (lo que allí se conoce como “un recreo”), pero los amigos fallaron y en su lugar entraron Enrique y Juan, llevando consigo su ajuar de modelos, muebles y obras de arte. Ellos se instalaron en la planta baja y Ricardo en el primer piso.

Al poco tiempo, Enrique empezó a dar señales de que algo no funcionaba bien. “No sabíamos aún que tenía el VIH, pero se ponía malo cada dos por tres y discutía con todo el mundo”, recuerda Ricardo. “Estaba muy petardo, tanto que hasta yo me enfadé con él y me alquilé un piso”. Juan comenzó a acariciar la idea de separarse y se buscó una casa en Sitges. También salió varios meses de gira con Tino Casal –su función consistía en simular que tocaba los teclados y agitar su melena dorada mientras sonaba la música pregrabada–, dejando a Enrique solo y aislado en El Puerto. Un día se puso tan mal que hubo que ingresarlo en Cádiz, donde le hicieron pruebas, y entonces llegó el diagnóstico médico.

“A partir de aquello Juan se volcó en Enrique, y se fueron los dos a vivir a Sitges”, prosigue Ricardo. “Pero el dueño de la casa se había enterado de la enfermedad por la prensa y había cambiado la cerradura. Se fueron a un juzgado y les dijeron que tenían todo el derecho a entrar, así que llamaron a un cerrajero y allí se quedaron”. Enrique Naya fallecería por causas derivadas del VIH en la primavera de 1989. Un mes más tarde, Juan Carrero se quitaba la vida. “Él era portador sin desarrollar la enfermedad. Pero al ver el deterioro que había sufrido Enrique debió de decirse, yo de pasar también por esto ‘ni mihita’”.

Ricardo no ha olvidado el día en que conoció a Enrique, por 1974. Juan se lo había presentado como un amigo. “Le pregunté, Juan, ¿tú tienes algo con Enrique? Me dijo que sí. Y yo le dije, pues yo también soy gay. Parece increíble: éramos hermanos, vivíamos juntos, dormíamos en el mismo cuarto, pero no lo habíamos hablado nunca porque en aquellos tiempos de eso no se hablaba. Fue un día mágico, porque desde entonces no solo fuimos hermanos. Éramos amigos”.

lunes, 21 de septiembre de 2020

#libros #feminismo #negritud | ¿Acaso no soy yo una mujer? : mujeres negras y feminismo

¿Acaso no soy yo una mujer? : mujeres negras y feminismo / bell hooks ; traducción de Gemma Deza Guil.

Bilbao : Consonni, 2020 [09-21].
280 p. 
/ ES / EN* / Libros / Feminismo / Interseccionalidad / Mujeres negras / Negritud / Racismo / Sexismo 
📘 Ed. impresa: ISBN 9788416205561 / 22,50 €

[.es] Esta es una de las primeras grandes obras de la escritora y activista bell hooks. Publicada originalmente en 1981, ha ido ganando reconocimiento como un trabajo influyente en el pensamiento feminista. Este ensayo clásico se traduce ahora por primera vez al español. En él se examina la opresión que las mujeres negras han sufrido y siguen sufriendo desde el siglo XVII hasta la actualidad. En ‘¿Acaso no soy yo una mujer?’ hooks explora varios temas recurrentes en su trabajo posterior: el impacto histórico del sexismo y el racismo en las mujeres negras, los roles de los medios de comunicación y del sistema educativo en la representación de la mujer negra, la idea de un patriarcado capitalista-supremacista blanco y el desprecio por cuestiones de raza y clase dentro del feminismo. hooks insiste en que las luchas por poner fin al racismo y al sexismo están entrecruzadas y enfoca su escritura en la interseccionalidad de raza, capitalismo y género. A partir de la publicación de este libro, hooks se ha convertido en una eminente pensadora política y crítica cultural que inicia su reflexión desde su firma: bell hooks es una combinación de los nombres y apellidos de su madre y su abuela escritos en minúscula, según ella, porque mayúsculas deben ser las ideas, criticando así la costumbre capitalista de sobrevalorar los nombres propios.

bell hooks es una escritora, feminista y activista que trata en sus escritos aspectos de raza, clase social y género. Abanderada de la interseccionalidad, es autora de numerosos clásicos feministas y en 2014 se fundó el ‘bell hooks institute’ en su honor. Entre sus libros destacan: ‘Feminist Theory’ (Pluto, 2000), ‘El feminismo es para todo el mundo’ (Traficantes de Sueños, 2000), ‘Talking Bac’k (Routledge, 2014) y ‘Breaking Bread’ (Routledge, 2016). En la actualidad ejerce como profesora de lengua inglesa en el City College de la City University of New York.

miércoles, 26 de octubre de 2016

#hemeroteca #vih #historia | Nueva York fue el epicentro de la epidemia del VIH en EE UU

Imagen: Sinc / Campaña de 1989
Nueva York fue el epicentro de la epidemia del VIH en EE UU.
Desmentida la supuesta identidad del ‘paciente cero’.
Sinc, 2016-10-26
https://www.agenciasinc.es/Noticias/Nueva-York-fue-el-epicentro-de-la-epidemia-del-VIH-en-EE-UU

El VIH-1, causante de la mayoría de infecciones por el virus del sida en el mundo, saltó desde el Caribe a Nueva York alrededor de 1970, lo que provocó la pandemia posterior. Así concluye un estudio que incorpora análisis históricos y genómicos y aclara el error en la identificación del hombre conocido como 'paciente cero'.

Investigadores de la Universidad de Arizona (EE UU) y de Cambridge (Reino Unido) han reconstruido los orígenes de la pandemia del sida gracias a una nueva técnica que permite analizar el material genético de muestras de suero de pacientes con VIH tomadas antes de que se conociera la enfermedad.

Para los científicos, este método ofrece una visión sin precedentes de los inicios de la epidemia en América del Norte. El hallazgo ayudará a entender mejor cómo se mueven los patógenos a través de las poblaciones y diseñar estrategias más eficaces para hacerles frente.

La técnica molecular desarrollada para el proyecto, cuyos resultados se publican esta semana en la revista 'Nature', permite recuperar el material genético de muestras de tejido de más de 40 años de edad y descifrar la secuencia genética del VIH, en concreto el subtipo VIH-1 que inició el brote en América del Norte.

Los análisis filogenéticos estiman el salto a EE UU en 1970 y colocan el virus ancestral en Nueva York, lo que sugiere que este fue el eje fundamental a partir del cual el VIH se abrió camino a través del continente.

El equipo de Michael Worobey, experto en la evolución del virus, y Richard McKay, académico especializado en la historia de la salud pública, trabajó para descubrir los secretos que rodean a la epidemia del sida tal como ocurrieron.

Los datos confirman los hallazgos previos que describen las rutas por las que el virus entró y se propagó a través de EE UU, y confirman que la región del Caribe fue el escalón a partir del cual el VIH pasó a EE UU.

“Ser capaz de mirar hacia atrás en el tiempo y reconstruir la pandemia del VIH es alentador”, apunta Worobey. "Ahora podemos ver un futuro en el que, incluso aunque el virus no se elimine por completo, podría frenarse cualquier nueva transmisión en grandes áreas del mundo".

La pandemia silenciosa
Mediante el cribado de más de 2.000 muestras de suero recogidas de hombres de EE UU entre 1978 y 1979 –las cuales se habían degradado por el paso del tiempo–, la técnica permitió a los investigadores recuperar ocho secuencias casi completas de ARN del genoma viral, lo que supone el genoma de VIH más antiguo en Norteamérica.

Con la información genómica completa, los investigadores observaron que, una vez que el VIH cruzó el Atlántico desde África, se extendió rápidamente a través del Caribe y, de allí, a EE UU. Sin embargo, la epidemia pasó desapercibida hasta que llegó a Nueva York, el epicentro de la pandemia, donde apareció alrededor de 1970.

A partir de ahí, el VIH se propagó a San Francisco y, presumiblemente, a otros lugares de California, donde los pacientes de sida fueron reconocidos por primera vez en 1981. "En la Gran Manzana el virus se encontró con una población que era como yesca seca, lo que supuso una rápida epidemia que llamó la atención por primera vez”, explica Worobey.

"Esa información está grabada en el ARN del virus a partir de 1970", apunta. "Nuestro análisis muestra que los brotes en California que hicieron saltar la alarma y condujeron al descubrimiento del sida eran en realidad la secuela del brote anterior en la ciudad de Nueva York".

A partir de los datos genéticos, el equipo fue capaz de construir árboles evolutivos de las diferentes cepas de VIH y de cómo se propagaron a través de EE UU. Los datos subrayan que a finales de los años 70 el VIH se había diversificado genéticamente casi al nivel actual.

Un ‘paciente cero’ erróneo
Los autores también analizaron el genoma completo del hombre con VIH conocido como ‘paciente cero’. Gaétan Dugas (1952–1984), un canadiense que trabajaba como asistente de vuelo para Air Canada, fue nombrado así en el libro de Randy Shilts ‘And the band played on’, que documentaba el brote del VIH en EE UU. Sin embargo, el análisis genómico indica que no hay pruebas biológicas ni históricas para la creencia generalizada de que él desencadenara la epidemia en Norteamérica.

Aunque desde hace tiempo se sospechaba que el VIH ya estaba infectando a las personas en EE UU antes de 1981 –año en que el sida fue reconocido–, la sincronización y los movimientos anteriores del virus en el país eran un enigma hasta ahora.

Todo esto requería técnicas moleculares que hicieran posible recuperar y restaurar el material genético de muestras ya antiguas, pero los métodos analíticos existentes no permitían tratarlas.

"La metodología estándar –como la detección de anticuerpos mediante pruebas serológicas en sangre– puede decir si una persona tenía VIH, pero no es capaz de obtener cualquiera de las secuencias de genes de VIH. Para hacerlo, se necesita el ARN del virus", indica Worobey, director del departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la institución americana.

Los ensayos de biología molecular desarrollados en este trabajo podrían conducir a pruebas más sensibles que detecten antes el virus en las personas que no son conscientes de que se infectaron recientemente. "La detección temprana y una mejor alineación de las diversas opciones preventivas son clave para acabar con el VIH", concluye.

Referencia bibliográfica:

Michael Worobey, Thomas D. Watts, Richard A. McKay, Marc A. Suchard3, Timothy Granade, Dirk E. Teuwen, Beryl A. Koblin, Walid Heneine, Philippe Lemey & Harold W. Jaffe. 1970s and ‘Patient 0’ HIV-1 genomes illuminate early HIV/AIDS history in North America. ‘Nature’. DOI 10.1038/nature1982
http://nature.com/articles/doi:10.1038/nature19827