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viernes, 6 de abril de 2018

#hemeroteca #cofradias | Días de pasión

Imagen: El País / Rafael Catalán, Juan Ignacio Zoido e Íñigo Méndez de Vigo, ministros 'pasionarios'
Días de pasión.
El ­ministro que se declara novio de la muerte con tanta convicción es responsable del mayor desguace cultural y educativo del país.
Antonio Muñoz Molina | El País, 2018-04-06
https://elpais.com/cultura/2018/04/03/babelia/1522776469_205363.html

En el retiro voluntario de la Semana Santa me gusta volver a las palabras y a las músicas del relato evangélico. Muchas personas se han ido de Madrid. En la tarde del miércoles va notándose gradualmente que se han ido y se siguen yendo en coche. La mañana del Jueves Santo tiene una santidad laica de recogimiento y silencio. No hace falta afiliarse a ninguna ortodoxia y a ningún credo para mantenerse alerta a la sensación de lo sagrado, que puede intuirse en la quietud de una calle sin tráfico a primera hora de la mañana, en la absolución de tantas obligaciones aplazadas por los días de fiesta. Ha llovido generosamente en las últimas semanas y los días de sol tienen una tersura de aire fresco. Ese es otro motivo de gratitud. En los senderos del parque, tan ásperos hasta hace muy poco, ahora se nota una elasticidad de tierra prieta y fértil bajo las pisadas. Los canales públicos de televisión transmiten procesiones sin descanso y en directo. Los telediarios informan de las procesiones de Semana Santa más extenuadoramente aún que de los partidos de fútbol. Una parte de la vida española parece varada sin remedio en la Contrarreforma, en las exhibiciones públicas de penitencias, de imágenes ensangrentadas de martirios. Como este año la lluvia no ha frustrado ninguna procesión, los informativos no muestran a penitentes llorando sin consuelo por no poder sacar los tronos de su cofradía. Lo que sí hay son testimonios espontáneos de asistentes a las procesiones que informan de la vehemencia de su fervor: “Esto no se puede explicar. Esto hay que vivirlo. Hay que sentirlo”.

Con vítores taurinos y caras arrasadas de lágrimas, chicas jóvenes que ya nacieron en un país descreído con las iglesias desiertas se rompen las manos aplaudiendo a los legionarios que sostienen en alto una imagen de Cristo en la cruz en una procesión de Málaga. Yo me acuerdo de cuando era niño y veía en las procesiones de mi ciudad los tronos escoltados por guardias civiles con mosquetones al hombro.

Pero todo vuelve. Todo vuelve porque nunca se ha ido. Vuelve la religión ostentosa y milagrera de la Contrarreforma católica, la de las exhibiciones públicas de ortodoxia que fueron obligatorias durante el franquismo. Vuelve porque nunca se fue la mescolanza de lo político y de lo eclesiástico, la ocupación irrespetuosa de los espacios públicos, la afirmación jactanciosa de una sola tradición por encima de todas las otras: el espectáculo católico como maciza identidad, unas veces española y otras veces andaluza, o castellana, o de donde sea. El ministro de Justicia y el de Educación y Cultura se persignan ante el Cristo legionario y alzan sus voces para cantar con desmayado entusiasmo ‘Soy el novio de la muerte’. La ministra de Defensa, que también participa en la celebración, ha ordenado que en los cuarteles españoles ondee a media asta la bandera como signo de luto por la crucifixión de Cristo.

Todo son recuerdos. Los peores recuerdos son los de ciertas cosas que se obstinan en no quedarse en el pasado. Me acuerdo de cuando era soldado y en las misas de campaña sonaba el himno nacional en la consagración y teníamos que arrodillarnos quitándonos la gorra y sosteniendo el fusil en un gesto de psicomotricidad tan complicada que se tardaba mucho en aprender, y que se llamaba “rindan armas”. Un soldado español solo rendía su arma ante la hostia consagrada. Hablo de 1979, 1980, otra época. Hablo de ahora mismo. El ministro de Educación y Cultura que se declara novio de la muerte con tanta convicción es responsable del mayor desguace cultural y educativo de un país al que las castas dirigentes bendecidas por eclesiásticos y defendidas a mano armada por los militares mantuvieron durante siglos en una ignorancia tan infame como la pobreza. Mientras el ministro canta su pasodoble festivo y mortuorio, la investigación científica se hunde ante la indiferencia general y el sistema público de enseñanza cada vez puede cumplir menos su tarea ilustradora e igualitaria. Hay desolaciones españolas que no se curan nunca: melancolías civiles que atraviesan intactas las generaciones. La pesadilla de Juan Ramón Jiménez de hace un siglo conserva intacta su realidad, y su pavor: una mesa de campaña en una plaza de toros.

Por fortuna, Madrid es grande y descreída, incluso en la mañana del Viernes Santo. Un taxi para a mi lado en la acera y de él salen, con dificultad y pericia, dos señoras con altas peinetas de carey y mantillas de encaje negro. Allá cada cual. Yo voy escuchando en Spotify la ‘Pasión según san Mateo’. La escucho también en casa, con la opulencia sonora del amplificador y los altavoces, leyendo el libreto, que respeta en gran medida la simplicidad del relato evangélico. Es una costumbre que he mantenido desde hace ya muchos años, desde que compré una grabación histórica dirigida por Furt­wrängler. Algún Jueves o Viernes Santo la he escuchado en directo, en austeras iglesias luteranas de Nueva York. Ahora la versión a la que vuelvo siempre es la de Nikolaus Harnoncourt con el Concentus Musicus de Viena. Dirigida por Furtwrängler, la ‘Pasión según san Mateo’ es imponente como una catedral gótica. La de Harnoncourt no es menos sobrecogedora, pero sí más cercana a la llaneza y el despojamiento del texto evangélico.

Vuelvo a esos capítulos finales a los que se atiene Bach. Hay un sigilo de drama que sucede entre sombras, en descampados nocturnos, un drama íntimo de miedo, de traición, de vergüenza, de huida, de debilidad ante la cercanía terrible del dolor, de incierta esperanza. El corazón de esa noche me ha parecido siempre la deslealtad del discípulo Pedro, que su maestro ha presentido con extraña agudeza: el que se declara tan firme y tan fiel cuando no hay peligro comete a la hora de la verdad una cobardía para la que tal vez habrá perdón, pero no consuelo. No hay otro momento así en la literatura. Tampoco lo hay en la música. En la pintura se ha representado muchas veces. Pero solo Caravaggio llega a lo más hondo de la negrura del miedo y el remordimiento, en una ‘Negación de san Pedro’ que está en el Metropolitan de Nueva York, y que fue uno de los últimos cuadros que pintó en su vida. En el retiro breve de la Semana Santa, escuchando a Bach, leyendo a san Mateo, acordándome de ese cuadro de Caravaggio que he visto tantas veces, agradezco que el arte sea capaz al mismo tiempo de retratar el sufrimiento y consolarnos de él, y además refugiarnos de la intemperie pública.

Y TAMBIÉN…
Carta abierta de un cura a la ministra Cospedal sobre banderas a media asta.

No te puedes imaginar la indignación que me produce cuando veo a los legionarios con la imagen del Cristo yacente.
Joaquín Sánchez, 'el cura de la PAH' | El Diario, 2018-03-29
https://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/Carta-Defensa-Maria-Dolores-Cospedal_6_755284479.html
La Semana Santa de un “cristiano rojo”.
No parece que sea compatible defender las concertinas en la frontera de Melilla y emocionarse en una procesión en Madrid. No es muy coherente defender la ley de Extranjería y decir “amén” después de leer el capítulo 25 del Evangelio de Mateo.
Carlos Sánchez Mato | El Diario, 2018-03-28
https://www.eldiario.es/tribunaabierta/Semana-Santa-cristiano-rojo_6_754934533.html

viernes, 13 de octubre de 2017

#hemeroteca #estereotipos | En Francoland

Imagen: El País / Fotograma de 'Estiu 1993'
En Francoland.
En Europa o América, les gusta tanto el pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos todo lo que hemos cambiado.
Antonio Muñoz Molina | El País, 2017-10-13
https://elpais.com/cultura/2017/10/10/babelia/1507657374_425961.html

Me pasó la última noche de septiembre en Heidelberg, pero me ha pasado igual con cierta frecuencia en otras ciudades de Europa y de América, incluso aquí, dentro de España, en conversaciones con periodistas extranjeros. Muchas veces, en épocas diversas, con una monotonía en la que solo cambia el idioma y el motivo inmediato, me ha tocado explicar con paciencia, con la máxima claridad que me era posible, con voluntad pedagógica, que mi país es una democracia, sin duda llena de imperfecciones, pero no muchas más ni más graves que las de otros países semejantes. Me he esforzado en dar fechas, mencionar leyes, cambios, establecer comparaciones que puedan ser útiles. En Nueva York he debido recordarle a personas llenas de ideales democráticos y condescendencia que mi país, a diferencia del suyo, no admite la pena de muerte, ni la cadena perpetua, ni el envío a prisión de por vida de menores de edad, ni la tortura en cárceles clandestinas.

Fuera de España uno a veces tiene que dar explicaciones de historia, y hasta de geografía. Hasta no hace mucho tiempo, un ciudadano español tenía que explicar, aun sabiendo que había grandes posibilidades de que no se le hiciera ningún caso, que el País Vasco no se parece al Kurdistán, ni a Palestina, ni a las selvas de Nicaragua en las que los sandinistas resistían al dictador Somoza. Uno explicaba que el País Vasco es uno de los territorios más desarrollados y con más alto nivel de vida de Europa; y además que dispone de un grado de autogobierno y hasta soberanía fiscal muy superior a la de cualquier Estado o región federada del mundo. Lo más que se conseguía era una sonrisa cortés, aunque también incrédula.

Una parte grande de la opinión cultivada, en Europa y América, y más aún de las élites universitarias y periodísticas, prefiere mantener una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre. El estereotipo es tan seductor que lo sostienen sin ningún reparo personas que están convencidas de sentir un gran amor por nuestro país. Nos quieren toreros, milicianos heroicos, inquisidores, víctimas. Nos aman tanto que no les gusta que pongamos en duda la ceguera voluntaria en la que sostienen su amor. Aman tanto la idea de una España rebelde en lucha contra el fascismo que no están dispuestos a aceptar que el fascismo terminó hace muchos años. Les gusta tanto el pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos todo lo que hemos cambiado en los últimos 40 años: que no vamos a misa, que las mujeres tienen una presencia activa en todos los ámbitos sociales, que el matrimonio homosexual fue aceptado con una rapidez y una naturalidad asombrosas, que hemos integrado, sin erupciones xenófobas y en muy pocos años, a varios millones de emigrantes.

La otra noche, en Heidelberg, la víspera del ya célebre 1 de octubre, en medio de una cena muy grata con profesores y traductores, tuve que repetir mi explicación, con una vehemencia que me hizo sobreponerme al desánimo. Una profesora alemana me dijo que, según le acababa de contar alguien de Cataluña, España era todavía “Francoland”. Le pregunté, tan educadamente como pude, qué sentiría ella si alguien decía en su presencia que Alemania es todavía Hitlerland. Se ofendió enseguida. Tan calmadamente, tan pedagógicamente como pude, le aclaré lo que no tiene que aclarar nunca ningún ciudadano de ningún otro país avanzado de Europa: que España es una democracia, tan digna y tan imperfecta como Alemania, por ejemplo, y tan ajena como ella al totalitarismo; incluso más, si atendemos a los últimos resultados electorales de la extrema derecha. Si, según su informante catalana, seguíamos en la tierra de Franco, ¿cómo era posible que Cataluña dispusiera de un sistema educativo propio, un Parlamento, una fuerza de policía, una radio y una televisión públicas, un instituto internacional para la difusión de la lengua y la cultura catalanas? El reconocimiento de la singularidad de Cataluña era tan prioritario para la naciente democracia española, le dije, que la Generalitat se restableció incluso antes de que se aprobara la Constitución. Extraño país franquista el nuestro, tan opresor de la lengua y de la cultura catalana, que elige una película hablada en catalán para representar a España en los Oscar.

Quien ha vivido o vive fuera de nuestro país conoce lo precario de nuestra presencia internacional, la asfixia presupuestaria y el mangoneo político que han malogrado tantas veces la relevancia del Instituto Cervantes, la falta de una política exterior ambiciosa a largo plazo, de un acuerdo de Estado que no cambie desastrosamente de un Gobierno a otro. La democracia española no ha sido capaz de disipar los estereotipos de siglos. Los terroristas vascos y sus propagandistas supieron aprovecharse muy bien de ellos durante muchos años, precisamente aquellos en los que éramos más vulnerables, cuando a los pistoleros más sanguinarios se les seguía concediendo en Francia el estatuto de refugiados políticos.

De modo que a los independentistas catalanes no les ha costado un gran esfuerzo, ni un gran despliegue de sofisticación mediática, volver a su favor en la opinión internacional eso que ahora todo el mundo se ha puesto de acuerdo en llamar “el relato”. Lo habían logrado incluso sin la colaboración voluntariosa del Ministerio del Interior, que envió a policías nacionales y guardias civiles a actuar de extras en el espectáculo amargo de nuestro desprestigio. Pocas cosas pueden dar más felicidad a un corresponsal extranjero en España que la oportunidad de confirmar con casi cualquier pretexto nuestro exotismo y nuestra barbarie. Hasta el reputado Jon Lee Anderson, que vive o ha vivido entre nosotros, miente a conciencia, sin ningún escrúpulo, sabiendo que miente, con perfecta deliberación, sabiendo cuál será el efecto de su mentira, cuando escribe en ‘The New Yorker’ que la Guardia Civil es un cuerpo “paramilitar”.

Como ciudadano español, con todo mi fervor europeísta y viajero, me siento condenado sin remedio a la melancolía, por muy variadas razones. Una de ellas es el descrédito que sufre el sistema democrático en mi país por culpa de la incompetencia, la corrupción y la deslealtad política. Otra es que el mundo europeo y cosmopolita en el que personas como yo nos miramos y al que hemos hecho tanto por parecernos prefiere siempre mirarnos a nosotros por encima del hombro: por muy cuidadosamente que queramos explicarnos, por mucha aplicación que pongamos en aprender idiomas, a fin de que se entiendan bien nuestras explicaciones inútiles.

Y TAMBIÉN…
Cuando la historia se cuenta para convencer.
La independencia que no se declaró, el héroe que nunca fue martir y el mito milenario de la nación.
Marta Fernández | El País, 2017-10-16
https://politica.elpais.com/politica/2017/10/13/actualidad/1507911804_253957.html 

viernes, 11 de agosto de 2017

#hemeroteca #filosofia #pierpaolopasolini | Libertad sexual, consumismo y elogios: las tres profecías cumplidas de Pasolini

Imagen: El Confidencial / Pier Paolo Pasolini
Libertad sexual, consumismo y elogios: las tres profecías cumplidas de Pasolini.
Cuando murió, tras una brutal paliza y atropello, el primer ministro italiano Guilio Andreotti dijo que "se lo ha buscado". Ahora se publica en español 'Vulgar Lengua'.
Víctor Lenore | El Confidencial, 2017-08-11
https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-08-11/pasolini-profecias-vulgar-lengua_1426999/

Pocos intelectuales contemporáneos pueden presumir del impacto que alcanzó Pier Paolo Pasolini (1922-1975). Cuando murió, tras una brutal paliza y atropello, el primer ministro italiano Guilio Andreotti dijo que "se lo ha buscado". Sea cierta o no la sospecha de un asesinato político, personajes poderosos de todo el espectro social sintieron su desaparición como un alivio. Cuatro décadas después, su obra se mantiene más viva que nunca. Incluso intervenciones que suelen considerarse menores nos dan claves sobre conflictos cruciales de nuestro tiempo. Es el caso del reciente 'Vulgar Lengua' (Ediciones El Salmón), que recoge un encuentro de Pasolini con profesores interesados en sus propuestas de reforma.

En los últimos años, se han publicado 'Sobre el deporte' (Contra), 'Nebulosa' (Gallo Nero) y 'Nueva York' (Errata Naturae). Esta última editorial también se encargó del volumen de miscelánea 'Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas'. Parece que cualquier migaja de su legado (una entrevista, un guión inacabado, columnas sobre el Bolonia FC…) dice más sobre nuestros problemas que la mayoría de ensayos publicados anteayer. Los Teatros del Canal programan en mayo de 2018 'Who is me. Pasolini (Poeta de las cenizas)', montaje de Álex Rigola que imagina una charla con el italiano. ¿Por qué este creciente interés en su obra? Seguramente porque sus lectores tienen claro que acertó en tres profecías fundamentales.

1) El consumismo arruinará nuestras vidas

Una de las ideas fundamentales de su discurso es que el capitalismo contemporáneo es más destructor que el fascismo, ya que dispone medios de dominación más potentes. Mussolini tenía la iglesia y el ejército, mientras que Berlusconi dispondría de la televisión. Así lo explicaba en el año de su muerte. "Hoy, el orden social, en mi opinión, ha cambiado de forma revolucionaria en el seno del propio capitalismo. El consumismo es una forma nueva y revolucionaria de capitalismo, porque posee en su interior elementos nuevos que lo revolucionan: la producción de mercancías superfluas a una escala enorme y, por tanto, el descubrimiento de la función hedonista. El descubrimiento de la función hedonista provoca que este capitalismo nuevo, este nuevo orden social, no quiera seguir teniendo pobres, sino personas pudientes que quieran consumir, no quiere buenos ciudadanos, sino buenos consumidores".

Su tesis política, nacida de la observación cotidiana, consiste en que los marginados sociales estaban mucho mejor antes de la llegada de la televisión y el capitalismo de consumo. "En los arrabales romanos, que es el mundo que yo conozco, y que es el mundo que he retratado en mis novelas de hace diez años, los jóvenes y la gente en general era mucho más feliz que ahora. No sé qué es la felicidad; pero si la felicidad es sonreír, y cantar, y crear con las palabras todos los días un chiste, un chascarrillo, una historieta, entonces eran mucho más felices", apunta en 'Vulgar lengua'.

2) La libertad sexual ha sido falsificada por el capitalismo

Pasolini tuvo que luchar desde joven por su condición de homosexual, una práctica tolerada entre el mundo cultural italiano a cambio de discreción. Su defensa abierta le ganó muchos enemigos. A pesar de todo, protestó cuando las élites fueron abriendo la mano. "Esa libertad sexual por la que yo he peleado tanto, hela aquí, la tenemos a nuestro alrededor, todos los días, es algo espantoso, porque se trata de una falsa tolerancia concedida desde arriba, concedida por ese nuevo modo de producción que quiere que el sexo sea libre porque donde hay libertad sexual hay un consumo mayor. Es así como han nacido los guetos pornográficos en Copenhague", lamenta.

El escritor italiano pensaba que la lucha debía reorientarse. "La tolerancia, la libertad sexual del consumismo, es mucho más avanzada que en mis películas". Odiaba la reducción de los cuerpos a objetos con la etiqueta del precio. "Quiero comenzar de cero, hacer películas donde continúe presente el problema sexual, pero no entendido como pura libertad, porque el consumismo ha adaptado y falsificado esto, sino de una forma más problemática y dramática". Su violenta muerte nos privó de esas películas.

3) Las alabanzas son una forma de desactivación política


Pasolini fue insultado o ignorado por todos los estamentos sociales, desde la iglesia católica al partido comunista. Incluso tuvo choques con su público natural, los jóvenes contraculturales que formaban el grueso de sus seguidores. Queda claro en su artículo 'Lo que dicen las melenas', de 1973, donde muestra su decepción por la mutación del hippismo en algo parecido al hipsterismo. Cuando veía revueltas estudiantiles como las de 1968, se ponía de manera instintiva de parte de los policías, jóvenes proletarios que carecían de la libertad económica de los cachorros de la clase media (obviamente, era una provocación, no pretendía defender la represión estatal, sino empatizar con aquellos "constreñidos a ser siervos por la pobreza").

En vida, estuvo muy atento a los elogios que -de manera consciente o inconsciente- desactivaban su discurso. "No quiero ser un personaje literario (…) Se llevan a un primer plano de mi obra solo los aspectos secundarios, como el lenguaje o la crueldad que existe en mi verdad. Un modo elegante para no detenerse en cambio la cuestión social, que es para mí, en mi intención de artista, la más importante". Pasolini parece estar describiendo un reciente artículo laudatorio de Antonio Muñoz Molina en Babelia. Allí se destaca su condición de artista lúcido, insobornable y certero, pero se esconde la faceta de hombre práctico, dispuesto a actuar una y otra vez contra el sistema. Por ejemplo, boicoteó el premio literario Strega en 1968, por estar "en manos del arbitrio neocapitalista".

¿Quién haría eso hoy contra el Planeta? También destaca su postura de pedir la suspensión de la televisión hasta que se reorientase en favor del desarrollo humano, en vez de hacia los beneficios. ¿Algún columnista se organizaría por esto ahora? Pasolini odiaba el consumo superfluo, hasta el punto de pedir el plato más sencillo en cada restaurante al que iba. ¿Cuántos intelectuales están dispuestos a renunciar a un cenorrio de la industria? Su obra no es solo algo que admirar, sino propuestas vitales que piden diálogo y continuación.

Y TAMBIÉN…
Necesitábamos tanto a Pasolini.

El legado intelectual y cinematográfico del escritor y cineasta italiano está hoy más vigente que nunca. Recordamos su vida y rastreamos su influencia en una generación de directores españoles.
Eulàlia Iglesias | El Confidencial, 2015-11-02
https://www.elconfidencial.com/cultura/2015-11-02/pasolini_1079643/
Abel Ferrara: “Todo el mundo en Roma sabe quién mató a Pasolini”.
El director estadounidense y el actor Willem Dafoe analizan las claves de su filme sobre las últimas 48 horas del legendario escritor y cineasta italiano.
Carlos Prieto | El Confidencial, 2015-03-19
https://www.elconfidencial.com/cultura/cine/2015-03-19/abel-ferrara-todo-el-mundo-en-roma-sabe-quien-mato-a-pasolini_203851/

domingo, 6 de agosto de 2017

#hemeroteca #filosofia #pierpaolopasolini | La verdad a cualquier precio

Imagen: El Mañana / Pier Paolo Pasolini
La verdad a cualquier precio.
Pasolini se dio cuenta antes que nadie de la devastación espiritual que la economía de consumo masivo podría traer consigo.
Antonio Muñoz Molina | El Mañana, 2017-08-06
https://www.elmanana.com/laverdadacualquierprecio-3965341.html

Porque Pier Paolo Pasolini no tenía miedo de nada, ni siquiera lo tenía de aquello que más puede asustar a un literato o a un artista de las últimas décadas, casi del último siglo: que lo acusaran de retrógrado, de anticuado. La ortodoxia de la modernidad, lo mismo en las artes que en la política, es la celebración incondicional de lo que se considera avanzado, lo contemporáneo, lo más nuevo, lo último. Quizás por eso las artes plásticas han adoptado tan jovialmente los papanatismos de la moda, sin más que espolvorearlos con una capa cada vez más ligera y más atolondrada de intelectualidad, y los dirigentes políticos de todos los partidos encargan directamente sus eslóganes a las mismas empresas de publicidad que incitan a comprar teléfonos o coches. Tienes que asegurarte de que te has hecho con el último modelo de algo, un smartphone o el nombre de un artista o la consigna ideológica que más va a llevarse esta temporada. Y como la velocidad de la moda hace imprescindible y hasta inevitable el olvido, no habrá el menor peligro de que nadie te acuse de veleidad o de incongruencia.

Hace unos años, por ejemplo, la ortodoxia de lo último exigía augurar con impaciente alegría la desaparición de los libros en papel y el triunfo del lector electrónico. El mismo espacio que en esa época dedicaban casi a diario los medios al triunfo inminente de esa maravilla tecnológica lo dedican ahora, sin estupor ni autocrítica, a la sorpresa halagadora de que los libros en papel han resistido a la crisis, a la piratería, incluso a la brutalidad de las autoridades culturales españolas. Durante largos decenios, arquitectos y urbanistas predicaron, y desdichadamente pusieron en práctica, el dogma lecorbusiano de la destrucción de la ciudad, en nombre de lo nuevo: los coches, las autopistas, los centros comerciales eran el porvenir. Ahora cantan las virtudes de los espacios caminables, el transporte público, la mezcla de los usos urbanos, las bicicletas. Bienvenidos sean. Pero el mundo sería ahora algo menos inhabitable si las cabezas pensantes de la modernidad urbana no hubieran actuado durante tantos años como si cobraran directamente de las compañías petrolíferas y los fabricantes de coches.

La política
Los partidos políticos españoles no parece que acaben de enterarse, pero la más abrumadora de todas las ortodoxias, la del crecimiento económico ilimitado y el bienestar definido exclusivamente en términos de consumo, está siendo ya puesta en duda por mucha gente: gente joven, sobre todo, que ve derrumbarse sus expectativas de porvenir y está muy alerta a las consecuencias de una prosperidad cada vez más desigual y basada en la explotación de recursos que no son renovables, en el pillaje, el envenenamiento y la destrucción del mundo natural.

Ahora ya se corre algo menos de peligro de ser llamado retrógrado o antiguo o nostálgico si no se aprueba con fervor incondicional cualquier novedad que traiga el sello del progreso. En los años sesenta y los primeros setenta, cuando Pasolini alzó en solitario su voz para poner en duda lo que todo el mundo acataba, para denunciar la parte de devastación y de empobrecimiento espiritual que había en el capitalismo de consumo y en la omnipresencia de la televisión comercial, su heterodoxia enfurecía por igual a la derecha y a la izquierda. Era, para unos y otros, para sus adversarios de siempre y sus camaradas de otro tiempo, un retrógrado, una especie de profeta irritante, un defensor de causas no ya perdidas, sino obsoletas, más molesto aún porque ejercía su disidencia en los años deslumbrantes del milagro económico.

Era comunista y homosexual, pero decía añorar la sensación de lo sagrado y había hecho una película con el Evangelio de san Mateo. Se declaraba marxista, pero sus héroes de clase no eran los obreros de las fábricas, sino los campesinos forzados al abandono de la tierra y a la emigración por el desarrollo capitalista, los pequeños artesanos arruinados por la producción industrial, los marginados y los buscavidas de los cinturones de chabolas de las grandes ciudades. Había conocido la pobreza muy de cerca y era consciente de cómo el desarrollo mejoraba las vidas de la gente trabajadora: el agua corriente, la salud, la buena alimentación, la escuela. Pero se dio cuenta antes que nadie de la devastación espiritual que la economía del consumo masivo podría traer consigo, y del modo en que la televisión comercial estaba acabando con la variedad y la riqueza de las culturas populares, las hablas y las formas de vida.

Derecho a llevar la contraria
En sus últimos tiempos parecía que buscaba desesperadamente explicarse: disipar los malentendidos y las tergiversaciones de lo que decía, defender su derecho a llevar la contraria, aunque estuviera él solo, aunque nadie quisiera aceptar y ni siquiera oír sus palabras urgentes. Unos días antes de que lo mataran, en octubre de 1975, Pasolini participó en un debate público con educadores. “No tengo miedo a exponerme a ser tachado de reaccionario o de conservador”, les dijo: “La verdad debe decirse a cualquier precio”. En voz alta y clara hizo el dictamen del mundo que entonces estaba naciendo, y que ha llegado a su cumplimiento máximo en esta época nuestra: “El consumismo es una forma nueva y revolucionaria de capitalismo, porque posee en su interior elementos nuevos que lo revolucionan: la producción de mercancías superfluas a una escala enorme y, por tanto, el descubrimiento de la función hedonista”. También dijo, provocadoramente, que si de él dependiera clausuraría la televisión y la escuela pública. (La televisión tal como existía, la escuela en su peor sentido, explicó luego, no se sabe si sorprendido o halagado de que no hubieran apreciado su sarcasmo).

Ese debate tan lejano, tan pertinente ahora, lo ha traducido y prologado con solvencia impecable Salvador Cobo, con el mismo título que tiene en italiano, 'Vulgar lengua', en una de esas editoriales combativas y algo recónditas que hay ahora, Ediciones el Salmón. Leídas ahora las palabras airadas de Pasolini cobran una inquietante cualidad de profecías cumplidas. Lo que él vio venir y contra lo que clamó en solitario fue la Edad de la Basura: la basura material de las mercancías superfluas que ahora convierte en vertederos de plástico los fondos marinos y las playas de las islas perdidas; la basura de la televisión que iba a trastornar Italia desde los tiempos de Berlusconi y luego nos contagió a nosotros, y ahí sigue, segregando su grosería como un vertido tóxico incesante, sin que nadie clame en serio contra ella, no vaya a parecer retrógrado, o anticuado, o nostálgico.


PUBLICADO TAMBIÉN EN:
La verdad a cualquier precio.

Pasolini se dio cuenta antes que nadie de la devastación espiritual que la economía de consumo masivo podría traer consigo.
Antonio Muñoz Molina | El País, 2017-06-24
https://elpais.com/cultura/2017/06/20/babelia/1497974929_815747.html

viernes, 28 de abril de 2017

#hemeroteca #cofradias | Quieren tradición

Imagen: El País / Procesión de la Quinta Angustia, Compostela
Quieren tradición.
El paso del tiempo ha servido para fortalecer prejuicios, no para suavizarlos o borrarlos, y para fomentar las adhesiones irracionales a lo unánime.
Antonio Muñoz Molina | El País, 2017-04-28
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/04/25/babelia/1493130841_061914.html

El letrero aparecía en un lugar prominente en cuanto se entraba en la página web del periódico, con esa pulsación de apetencia ansiosa que gusta tanto a los publicitarios: “Quiero tradición”, “Quiero Semana Santa”. Era un anuncio turístico de la Xunta de Galicia, pero cuando esas dos frases aparecían sin previo aviso era también una afirmación de visceralidad muy propia de estos tiempos: por una parte, la visceralidad de los deseos urgentes del consumo; por otra, la del apego a lo propio, a lo originario, y en último extremo a lo religioso, en su versión más exterior y contrarreformista, más enraizada en el predominio de tantos siglos de la Iglesia católica sobre la vida española, a costa siempre del pluralismo político y la soberanía de los poderes públicos.

Cuando yo era joven la palabra “tradición” tenía un sentido negativo para las personas progresistas, porque venía asociada a lo peor de nuestra historia. Tradición significaba dictadura, oscurantismo, conformidad con lo establecido, atraso. Tradición eran los coros y danzas y los tronos de Semana Santa custodiados por la Guardia Civil en uniforme de gala y los quelonios franquistas desfilando lentamente junto a los clérigos en las procesiones. Tradición era el reverso de todo lo que ansiábamos: era el apego a lo peor del pasado, y lo que nosotros queríamos era el porvenir; era el fanatismo de lo autóctono, cuando nosotros aspirábamos a que nuestro país se abriera al mundo y abrazara las libertades que eran comunes más allá de nuestra frontera; tradición era borrar la historia real y sustituirla por fábulas patrioteras de conquistas gloriosas y resistencia al enemigo exterior; tradición era identificar lo español con lo católico.

Queríamos, y algunos de nosotros lo queremos aún, romper con aquellas tradiciones escleróticas para adherirnos a la gran tradición ilustrada de la libertad de expresión, el pensamiento crítico, el debate abierto y libre, el gobierno de las mayorías, el imperio de la ley, el respeto y la protección a las minorías y a los derechos individuales. El laicismo y la educación pública estaban arraigados desde hacía al menos un siglo en otros lugares del mundo, pero para nosotros, en los años setenta del siglo pasado, eran reclamaciones urgentes, sueños que parecían más prácticos precisamente porque se correspondían con lo habitual en otros países.

Hace 40 años justos, en el gran clamor festivo de las primeras elecciones libres, todo esto parecía accesible. Ahora comprobamos, no sin desolación, que en gran parte seguimos en las mismas, con la diferencia de que ya no hay ninguna fuerza política ni medio de comunicación que reivindique abiertamente los ideales ilustrados y laicos, y de que defenderlos a cuerpo limpio se ha vuelto más difícil y más arriesgado que en cualquier otro momento de las últimas décadas.

Viajo por Andalucía y una lectora veterana me recuerda artículos que yo publicaba en la edición regional de este periódico hace más de 20 años, cuando la dirigía Soledad Gallego-Díaz. En esa época los socialistas llevaban gobernando en España y en Andalucía más de 10 años (en Andalucía eso no ha cambiado). Yo solía escribir aquellas columnas en un estado de estupor que con frecuencia se convertía en abierta indignación. Me causaba estupor y me provocaba cada vez más indignación que las tradiciones más decrépitas del folclorismo y el oscurantismo, en vez de disiparse poco a poco, cobraran más fuerza que nunca convertidas ahora en rasgos obligatorios de una identidad andaluza inventada a toda prisa, e impuesta por la televisión oficial con un gasto de dinero público que se escatimaba para tareas de verdad necesarias, como la dignidad de la enseñanza pública. Me parecía inaceptable que por beatería, conformismo o cinismo electoral las autoridades democráticas desfilaran en las procesiones de Semana Santa con la misma reverencia con que lo habían hecho los mandamases franquistas. Mi lectora se acuerda de un artículo que publiqué en 1996, Andalucía obligatoria. Lo escribí al enterarme de que entre los cursos de capacitación del profesorado que programaba la Consejería de Educación de la Junta había uno consagrado al “espíritu rociero”. Nunca he escrito nada que provocara reacciones más agresivas. Eran tiempos anteriores a las redes sociales, pero ya abundaban las unanimidades ultrajadas: el periódico publicó una carta furiosa firmada contra mí por sesenta y tantos usuarios de los cursos de espíritu rociero, entre ellos un obispo.

Han pasado 21 años desde entonces. Hay cosas que uno escribe y que aspira a que puedan durar, en la medida incierta en que duran las cosas humanas. Hay otras que preferiría que se quedaran obsoletas, que sirvieran si acaso para atestiguar rebeldías que lograron sus objetivos, causas dignas que ya no es preciso seguir defendiendo. Viajando por Andalucía y escuchando a personas razonables que me dicen en privado lo que ya no se atreven a decir en público y ni siquiera en voz muy alta, me doy cuenta de que lo más triste de todo no es que un artículo escrito hace más de 20 años siga teniendo actualidad: es que las cosas, en Andalucía y en cualquier otro sitio de España, probablemente han ido a peor. Lo que hace 20 años fueron unas cuantas cartas al director y algunos anónimos enviados por correo sería ahora un acoso asfixiante en las redes sociales. En 40 años de democracia no ha arraigado ninguna de las tradiciones democráticas que hubieran debido sembrarse desde del principio. Para lo que ha servido el paso del tiempo ha sido para fortalecer prejuicios, no para suavizarlos o borrarlos. En vez del pensamiento crítico, que por naturaleza es individual y tiende a la disidencia, se han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime. Cuanta menos historia se enseña y mayor es la ignorancia del pasado inmediato, más fuerza tienen los orgullos identitarios: cuanto más sagrada es una tradición, más innecesario y hasta peligroso se vuelve el conocimiento verdadero. Sociedades clientelares y estancadas que necesitarían el flujo vivificador de la crítica y el debate abierto se sumen en una conformidad paralizadora, muy adecuada para el mantenimiento de privilegios sociales y hegemonías políticas, en un miedo al arcaico “qué dirán” que es tan dañino para la conciencia como para el despliegue provechoso de las capacidades y las iniciativas que favorecen la prosperidad. No callar es más arriesgado ahora que en 1996, pero es igual de necesario; aunque uno sospeche que, visto lo visto, también es superfluo.

sábado, 26 de diciembre de 2015

#hemeroteca #testimonios | Recuerdos de Carmen Parga

Recuerdos de Carmen Parga.
Esos jóvenes vivieron la II República como una excitación jubilosa, pero todo lo arruinó la gran carnicería de la guerra.
Antonio Muñoz Molina | El País, 2015-12-26
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/12/22/babelia/1450798626_431333.html

Uno nunca sabe donde va a encontrarse con las grandes lecturas, las voces inesperadas que suenan a veces con una extraña realidad en las páginas impresas. Tuve que ir a México, a la feria del libro de Guadalajara, para encontrar una voz española que desconocía, la de Carmen Parga, que murió en 2004, con casi noventa años, después de una vida a la vez común y prodigiosa, una de esas vidas arrebatadas por la fuerza centrífuga de los exilios y las guerras que sin embargo preservan como un germen indestructible de sensatez y serenidad. En Guadalajara alguien me habló de la situación penosa del Ateneo Español de México, y cuando me dijo que su presidenta se llamaba Carmen Tagüeña le pregunté si no sería hija del teniente coronel Manuel Tagüeña, uno de los héroes del Ejército republicano durante la Guerra Civil. La coincidencia avivó la conversación. Yo conocía las memorias de Tagüeña, 'Testimonio de dos guerras', uno de esos relatos en primera persona fundamentales para conocer desde dentro los años que van desde la llegada de la II República en España hasta lo más tenebroso de la Guerra fría, el tránsito de una vida desde la ilusión juvenil de la libertad política y la justicia social hasta el sombrío desengaño en la Unión Soviética de Stalin y en las dictaduras que se llamaron sin sarcasmo “democracias populares”.

Cuando empezó la guerra en España, Manuel Tagüeña, a los 23 años, era un doctor en Matemáticas y Física. En el verano del 36 ya mandaba patrullas de milicianos en la Sierra de Madrid. Su valentía personal destacaba tanto como su sentido de la disciplina y de la estrategia. Dos años más tarde, ascendido a teniente coronel, tuvo a su cargo un cuerpo de Ejército en la batalla del Ebro. Militó en la Juventud Socialista Unificada y luego en el Partido Comunista. En sus memorias el relato pormenorizado de las operaciones de la guerra tiene un poderoso pulso narrativo y al mismo tiempo está despojado de sectarismo ideológico. Tagüeña escribía en México, en 1969, sabiéndose ya muy enfermo, con la seguridad de que el libro solo se publicaría después de su muerte, resuelto a contar la verdad de lo que había vivido y también a que su testimonio no pudiera ser manipulado por la dictadura franquista. Su experiencia en la Unión Soviética, en Yugoslavia y en Checoslovaquia lo habían desengañado del comunismo, pero el desengaño, en lugar de convertirlo en un reaccionario, había acentuado su sentido de la justicia y del valor de las libertades civiles y la soberanía personal. Su curiosidad, su entereza, su voluntad de aprender, asombran tanto como su determinación de no cerrar los ojos ni rendirse al infortunio. Aprendió ruso, francés, inglés, serbocroata, checo. Fue profesor con apenas 30 años en la academia militar Frunze, de Moscú, y asesor del Ejército yugoslavo. Hizo entera la carrera de Medicina en Checoslovaquia. Llegó a México con su familia en 1955, después de trámites y esperas de pesadilla para que le permitieran irse de la Europa comunista, y se ganó la vida en un laboratorio farmacéutico.

En las memorias de Tagüeña hay una presencia discreta y asidua de su mujer, Carmen Parga. Los dos pertenecen a esa generación que retrata mejor que nadie Max Aub en La calle de Valverde: hombres y mujeres que eran muy jóvenes en las vísperas prometedoras de la II República y que vivieron ese tiempo como una excitación jubilosa que no era solo política, porque tenía el impulso de la irrupción personal en la edad adulta, el de las promesas prácticas que ya estaban cumpliéndose y las expectativas racionales o utópicas que quedarían igualmente arruinadas por la gran carnicería y la destrucción de la guerra, y luego del régimen vengativo de los vencedores. Carmen Parga, en la República, a los veinte años, es una de esas muchachas que aparecen en los anuncios de las revistas ilustradas o en las páginas deportivas en huecograbado de los periódicos: delgada, con el pelo muy corto y la raya a un lado, vestida unas veces para ir a la universidad o al trabajo en una oficina y otras para practicar un deporte. Carmen Parga, como Manuel Tagüeña, como los amigos reales y los personajes inventados de Max Aub, tiene la buena suerte biográfica, más acentuada todavía en las mujeres, de ser joven en un tiempo en el que se abren posibilidades políticas y educativas que no habían existido antes. Tagüeña disfruta las ventajas del gran salto en la enseñanza y en la investigación científica que había iniciado Ramón y Cajal y que sostenían sus discípulos. Carmen Parga, a los 20 años justos, pertenece al primer grupo de estudiantes, mujeres en su mayoría, que inaugura el edificio de Filosofía y Letras en la Ciudad Universitaria de Madrid.

Dice Henry James que todos los futuros son crueles. El de los jóvenes de esa generación fue inaudito. Estudiaron con los mejores maestros que ha tenido nunca el conocimiento humanista y científico en España. Disfrutaron de los primeros grandes logros modernos de la cultura popular, el cine sonoro, la radio, los bailes con música de jazz, las piscinas públicas, los deportes. Vivieron por primera vez la posibilidad de una relación igualitaria entre hombres y mujeres, en la vida privada y en el activismo político. Todo ocurrió a una velocidad de la que es difícil darse cuenta: en la primavera de 1939 Carmen Parga y Manuel Tagüeña son dos refugiados que han logrado escapar al cautiverio indigno en los campos de concentración franceses y viajan en un carguero por el golfo de Finlandia, camino de Leningrado.

Pero ahora el libro de memorias que sigo no es el del marido, sino el de la esposa. A los ochenta años, en México, viuda desde hacía mucho y ya jubilada de sus tareas como profesora, Carmen Parga siente la necesidad de consignar por escrito lo que ha contado muchas veces en voz alta a los amigos que le preguntaban por los mundos ya lejanos que ella había conocido. Se lo ha propuesto de vez en cuando, y siempre lo ha postergado. Pero le da remordimiento pensar que algunas de las personas que le pedían que escribiera ya han muerto. Y ahora, urgida por el tiempo, comprende que debe hacerlo, antes que sea tarde, antes de que la desmemoria y la muerte borren sin rastro todo lo que ella ha conocido, lo que han visto sus ojos, la belleza de los ideales y la lucidez de los desengaños necesarios, la exaltación liberadora en el Madrid de la República y el veneno lento del terror en el Moscú de Stalin, el miedo y la alegría de dar a luz a una hija sana y vigorosa en un invierno soviético de guerra y de fríos polares. 'Antes que sea tarde', llamó Carmen Parga a sus memorias cuando se decidió por fin a escribirlas. Leerlas al mismo tiempo que las de Manuel Tagüeña es un ejercicio de restitución de una memoria civil verdadera, no banalizada ni simplificada. Y también una lección tan necesaria hoy como hace un siglo: sin libertad de conciencia y de expresión, sin ejercicio de la crítica y de los controles democráticos, sin respeto a lo singular y a lo minoritario, los ideales más seductores de igualdad y justicia acaban en tiranías monstruosas.

  • Testimonio de dos guerras. Manuel Tagüeña Lacorte. Planeta, 2005. 750 páginas. 29 euros.
  • Antes que sea tarde. Carmen Parga. Compañía Literaria, 2002. 182 páginas. 6 euros.