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lunes, 20 de mayo de 2024

#hemeroteca #inmemoriam | El legado de Roberta Marrero: artista y activista LGTBIQ+ que ha muerto a los 52 años

Roberta Marrero, diploma del Día de la Escritora, homenaje del Gobierno de Canarias //

El legado de Roberta Marrero: artista y activista LGTBIQ+ que ha muerto a los 52 años

El viernes, Roberta Marrero puso fin a su vida de forma voluntaria. Tras su muerte, personalidades como Carla Antonelli y la escritora Alana S. Portero han lanzado mensajes en su recuerdo. Roberta fue una escritora, ilustradora, actriz y 'dj' con una prolífica obra que dedicó a la defensa de los derechos del colectivo LGTBIQ+. Roberta Marrero, sobre la transexualidad: "Puedes joderle la vida a tu hijo, pero no vas a hacer que cambie".
María Villar Villar | Divinity, 2024-05-20
https://www.divinity.es/cooltura/20240520/mundo-cultura-roberta-marrero-magaz1n3_18_012528118.html 

Roberta Marrero se despidió el viernes 17 de mayo con un mensaje claro: "Os quiero a todos". Con esta expresión de amor, la artista decidía poner fin a su vida a los 52 años en Madrid. Era su amiga, profesora y gestora cultural Inés Plasencia quien daba la noticia: "Sin palabras pero con la necesidad de contaros, desde nuestro máximo respeto y amor, y sobre todo, desde nuestro dolor, que Roberta Marrero ha decidido marcharse”.

Marrero nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1972 y fue la encarnación de lo que se entiende hoy en día como "artista multidisciplinar". Comenzó a ser conocida como 'dj', pero más adelante desplegó otras facetas de su talento: se convirtió en escritora, ilustradora y actriz y dejó para siempre un gran legado en forma de obra que luchó por los derechos del colectivo LGTBIQ+.

[Entre sus creaciones destaca su literatura, donde combinó su buena pluma con características ilustraciones en 'Dictadores', en 2015. Al año siguiente publicó 'El bebé verde' una obra muy personal en la que cuenta sus vivencias durante su niñez y su juventud trans. "Sufrir bullying en el colegio es una mierda. Si no mueres a causa de una paliza, creces odiando. Tu autoestima acaba hecha pedazos y es necesario mucho trabajo para reconstruirla”, explicaba en el libro. En 2018, publicó 'We can be heroes. Una celebración de la cultura LGTBQ+' y con toda esta bibliografía -y la que vino después- se convirtió en un referente para el colectivo LGTBQ+. "Se nos pone en tela de juicio cuando nos soltamos la melena y eso es LGTBifobia. Cuanto más visibles somos, más violencia generamos", confesó.]

Toda su producción literaria dio lugar a que en 2022 el Gobierno de Canarias le dedicara el Día de la Escritora, por su talento y su labor en pro de la libertad y solidaridad dentro de la comunidad LGTBIQ+. Cuando recogió el diploma por este reconocimiento dijo lo siguiente, en referencia al colectivo trans: “siempre hemos tenido voz entre nosotras, lo nuevo es que ahora tenemos el altavoz”.

A pesar de su prolífica producción literaria, Marrero también destacó en otros campos como con sus obras plásticas que expuso en importantes pinacotecas. Formó parte de exposiciones como 'David Bowie Is' en el museo Victoria&Albert de Londres y 'Piaf', en la Biblioteca Nacional de París. En estos momentos la artista llegó a asegurar que no le gustaba demasiado la palabra 'visibilidad' y que se trataba más de 'abrir cajas', algo por lo que ella ha hecho mucho en lo que al colectivo trans se refiere. Sin embargo, también apuntó, con un enfoque optimista, que queda mucho por hacer. Según subrayó la activista, lo bueno del actual momento histórico es que "se están abriendo más cajas" porque aún quedan muchas por abrir, como las de la discapacidad o los gitanos, es decir, las de "todos los que no éramos hombres blancos heterosexuales y sin discapacidad".

Mensajes en su recuerdo
Han sido muchos los rostros del colectivo y del mundo de la cultura que han querido lanzar un mensaje en recuerdo de Marrero. Los primeros sus editores, Inés Plasencia y Víctor Mora: “En el limbo de las poetas ya brilla una nueva súper estrella”, han publicado. La política Carla Antonelli también se ha querido unir al ensalzamiento de su figura: “Hoy nuestra amiga, icono, artista, escritora, diva, todo eso y un increíble ser humano nos ha dejado. Se ha ido, ha querido irse porque ha decidido que ya no quería vivirla más. Porque tal vez no se lo pudieron fácil a pesar de ser una mujer de fuego, a pesar todo eso se ha ido, porque quiso o la obligaron”. La también escritora Alana S. Portero se despedía así de su colega: "Adiós, amiga. Toda la luz. Te vamos a querer siempre, Roberta. Siempre”.

sábado, 18 de mayo de 2024

#hemeroteca #inmemoriam | Muere Roberta Marrero, artista, escritora y referente LGTBIQ+, a los 52 años

Roberta Marrero //

Muere Roberta Marrero, artista, escritora y referente LGTBIQ+, a los 52 años

La autora de libros como ‘El bebé verde’, ‘Todo era por ser fuego’ y ‘Derecho a cita’, convertida desde hace años en icono cultural, se suicida tras dejar escrito en una nota: “Os quiero a todos”
Pablo León | El País, 2024-05-18
https://elpais.com/cultura/2024-05-18/muere-roberta-marrero-artista-escritora-y-referente-lgtbiq-a-los-52-anos.html 

Roberta Marrero (Las Palmas de Gran Canaria, 1972-2024) se ha despedido repartiendo amor: “I love you all”. Os quiero a todos, dejó escrito en su nota final esta artista, dibujante, poeta, escritora… Un icono cultural —conocida primero como dj, y más tarde como creadora y activista— y un referente del colectivo LGTBIQ+. “El + nos ha dado mucho: nos ha dado tranquilidad inclusiva sin tener que estar siempre nerviosas por si nos hemos olvidado de alguna letra”, argumentaba con una sonrisa Marrero, que falleció la noche del viernes. Se quitó la vida a los 52 años.

Autora de ‘Dictadores’ (Hidroavión, 2015), donde llamó la atención con sus dibujos a diversos tiranos históricos; destacó poco después, en 2016, con ‘El bebé verde’ (Lunwerg), novela gráfica en la que narró su niñez yhttps://elpais.com/cultura/2024-05-18/muere-roberta-marrero-artista-escritora-y-referente-lgtbiq-a-los-52-anos.html juventud trans: “Sufrir ‘bullying’ en el colegio es una mierda. Si no mueres a causa de una paliza, creces odiando. Tu autoestima acaba hecha pedazos y es necesario mucho trabajo para reconstruirla”.

Una historia autobiográfica que, en palabras de ella misma, “hablaba de una realidad que no está muy explorada: personas trans contando nuestra propia historia sin victimismo, pero sin endulzar”. Un camino narrativo también investigado por autoras como Alana S. Portero, Camila Sosa Villada; o Valeria Vegas. “La gente indomable sigue existiendo, pero no sale en los medios, nosotras salimos porque hablamos bien, porque no somos putas. Es así de horrible, pero somos las buenas fieras”, le decía Marrero a Portero hace poco, en una entrevista en Eldiario.es.

Siempre reivindicativa —igual que incisiva y culta—, Marrero defendía que “lo marica tiene un origen callejero”. Y alertaba ante el aburguesamiento del colectivo LGTBIQ+: “Considero que es peligroso; te hace olvidar que eres una minoría”. “El Orgullo es como la Navidad gay: durante un par de semanas todos somos muy inclusivos y defendemos derechos, pero luego a algunos se les olvida”, criticaba el postureo inclusivo.

Marrero defendía también una visibilidad LGTBIQ+ hedonista, aunque escueza a algunos sectores de la sociedad: “Se nos pone en tela de juicio cuando nos soltamos la melena y eso es LGTBifobia. Cuanto más visibles somos, más violencia generamos. Hay mucha gente que se piensa que ya vivimos en un oasis y eso no es verdad. Hay que seguir luchando”, recordaba. Ella no dejaba de hacerlo.

En 2018, publicó 'We Can Be Heroes. Una celebración de la cultura LGTBQ+' (Lunwerg), en la que visibilizó referentes que han sido parte del colectivo: “Hay mucha gente de nuestro colectivo que no conoce los hitos de nuestra historia”. En los últimos dos años había lanzado sendos poemarios atravesados por ella misma, por su vida, sus vivencias y experiencias: ‘Todo era por ser fuego. Poemas de chulos, trans y travestis’ (Continta me tienes, 2022); y, el más reciente, ‘Derecho a cita’ (Continta me tienes, 2024). “Una confesión real, con elementos de ficción, recursos literarios, pero son poemas bastante confesionales”, describía.

En uno de sus poemas, Marrero avisaba sobre la muerte: “Si me encuentras muerta / cúbreme de flores”. “Haz una foto de mi cadáver / y ponla en un marco de plata, / enciende una vela en mi memoria. / Esta noche en este mundo / me maquillaré y me peinaré cuidadosamente”, escribía.

“En el limbo de las poetas ya brilla una nueva súper estrella”, han publicado Inés Plasencia y Víctor Mora, editores y amigos de Marrero, en sus redes sociales. “Hoy nuestra amiga, icono, artista, escritora, diva, todo eso y un increíble ser humano nos ha dejado. Se ha ido, ha querido irse porque ha decidido que ya no quería vivirla más. Porque tal vez no se lo pusieron fácil a pesar de ser una mujer de fuego, a pesar todo eso se ha ido, porque quiso o la obligaron”, ha escrito la política Carla Antonelli, senadora por Más Madrid y canaria como Marrero. “Adiós, amiga. Toda la luz”, la ha despedido Alana S. Portero: “Te vamos a querer siempre, Roberta. Siempre”.

sábado, 9 de julio de 2022

#hemeroteca #trans #testimonios | Roberta Marrero: “Algunas personas no podemos permitirnos el lujo de no poner el cuerpo”

Roberta Marrero: “Algunas personas no podemos permitirnos el lujo de no poner el cuerpo”
La artista firma un poemario que da vueltas sobre la identidad, la depresión o la violencia contra las mujeres trans. Ella lo llama “poesía sucia”.
Patricia Reguero Ríos | El Salto, 2022-07-09
https://www.elsaltodiario.com/culturas/roberta-marrero-poes%C3%ADa-todo-era-ser-fuego-chulos-travestis-trans 

Roberta Marrero //
Cuerpos trans incorruptos, reliquias de neovaginas o de tetas de silicona, vidas (trans)gredidas y cristos (trans)figurados son algunas de la imágenes que el poemario ‘Todo era por ser fuego’ (Continta me tienes, 2022) arroja a la cara. Roberta Marrero (Canarias, 1972) firma este poemario que da vueltas sobre la identidad, la depresión o la violencia contra las mujeres trans. Ella reivindica que en sus poemas hay también deseo, alegría o amor, y es verdad, aunque tras la lectura lo que permanezca sea el dolor de las heridas.

En 2015 publicó su primer libro, ‘Dictadores’, donde convierte los rostros del totalitarismo en collages pop. En 2016 vio la luz la novela gráfica ‘El bebé verde’, un repaso a su infancia que empieza con una criatura que advierte: “No nací hombre ni mujer, nací bebé”. En 2018 publicó ‘We can be heroes’, donde recoge aportaciones a la cultura de referentes LGTBIQ+. Ha utilizado la música, las artes visuales y la escritura. La apuesta de su última obra es por la poesía. “Poesía sucia”, en sus palabras.

P. En tu poema ‘Canarias marica’ hay una imagen en la que Ivana la peluquera y otras mujeres trans atraviesan unas plataneras a hombros de sus chulos. Es una imagen que lleva fácilmente a otra de la novela ‘Las malas’, de Camila Sosa, que arranca con una manada de travestis avanzando por un parque de Buenos Aires. ¿Las comparaciones son odiosas?
Esa imagen es real, eso es lo que nos contaba Ivana, la peluquera: es real o ella la contó como que lo era. Sí, las comparaciones son odiosas, pero es normal que cualquier escritora trans que salga ahora sea comparada con Camila Sosa, porque ella es la Shakespeare de las trans. Tiene el [premio] Sor Juana Inés de la Cruz y es muy famosa a nivel mundial. Pero este poema es del 2016, antes de que salieran ‘Las malas’. No pasaría nada si me hubiese animado a escribir sobre lo trans después de leerla, pero es un tema que uso desde hace años.

P. Esa imagen misma tiene reminiscencias religiosas, parece que esos chulos fueran costaleros. Y hay muchos más poemas de tu libro que recurren a esta imaginería. ¿Por qué acudir a una religión que limita a las mujeres, más aún a las mujeres trans?
Cuando escribo, lo hago de una manera bastante inconsciente. No pienso demasiado en lo que estoy haciendo ni en lo que estoy escribiendo. Siempre digo que lo que hago es escritura automática, que es cuando a una médium se le mete un espíritu por dentro y escribe en un papel lo que el espíritu le dicta. Tuve educación católica y, aunque no soy practicante, sigo siendo católica porque nunca apostaté. El rito católico está dentro de mi imaginería visual y de mi cultura sentimental. A mí el rito, independientemente de lo que signifique la Iglesia Católica, me parece un rito bello. Me parece un rito que tiene algo de pagano: los mártires, la cosa escatológica, la sangre, las tetas de Santa Águeda, San Sebastián, el erotismo. Es decir, la imaginería católica tiene muchas visiones y muchas lecturas. Tampoco soy la primera persona que utiliza este recurso. Por ejemplo, Jean Genet ya lo hacía en ‘Nuestra Señora de las Flores’. ¿Por qué no reapropiarnos de algo que se supone que nos niega?

No es algo tan extraño. El documental ‘¡Dolores, guapa!’, que se estrenó en cine hace un par de meses, habla sobre la relación entre el colectivo LGTB y la Semana Santa Sevillana. Hay muchas más cosas que unen al colectivo LGTB con la religión católica que cosas que lo separan, porque una cosa es lo que la Iglesia pueda decir de nosotras y de nosotros, y otra lo que los curas hacen en las pequeñas parroquias. Por ejemplo, estuve hace poco haciendo una residencia en el Museo TEA de Tenerife y cerca hay una iglesia a la que van las mujeres trans que hacen la calle por la zona. Van vestidas de mantilla y hacen misa en latín. Yo no llego a esos extremos, no creo en ningún dios, pero sí que me parece que la imaginería católica forma parte de mi acervo cultural y lo uso igual que uso una película de Disney de los años 30.

P. Hay un poema en el que dices que quieres una foto de tu primera comunión vestida de princesa, pero utilizas para la portada de tu libro tu foto de comunión vestida de niño...
No lo pensé mucho. Cuando digo esto, parece que soy tonta y que nunca pienso en nada, pero es que prefiero trabajar por impulso. Es como el uso de la de la imaginería católica: si lo haces aposta pensando que a alguien le pueda escandalizar, se nota que es un pegote. Cuando lo haces de una manera espontánea y natural, queda bonito. La imagen vestida de primera comunión me parecía una imagen potente para la portada de un libro, sobre todo porque, si no sabes que soy yo, ves un niño vestida de primera comunión con el subtítulo “poemas de chulos, trans y travestis”. Me parece que refleja bastante bien toda esa imaginería religiosa que se se usa dentro. Es bastante ‘camp’, porque es una imagen de estudio con ese fondo de falso cielo detrás. Me parece incluso hasta una imagen un poco satánica, porque yo no solo soy admiradora de la imaginería católica, sino que también soy admiradora de lo oculto. Entonces, como fan de Aleister Crowley o de Kenneth Anger, usar esa imagen antes de que se pierda la inocencia y convertirte en esa adulta tan compleja que mama de dos mundos crea algo también de ‘dandy’. Obviamente es una decisión que ahora llamaríamos política. Es quitar el hierro a que las personas trans usemos las fotos de antes, las fotos de cuando éramos pequeñas.

P. En el relato sobre lo trans suele haber un pasado al que parece que no se quiere hacer referencia —por ejemplo, se habla del nombre anterior como ‘deadname’— y sin embargo tú lo pones en primer plano. ¿Es una reconciliación con la infancia?
Nunca he estado muy peleada con eso. Sobre todo porque empecé a tomar hormonas muy joven, con 18 años y no tengo muchas fotos de antes. No es una reconciliación, es más... ¿una reivindicación? No sé. Me parece una imagen que es hermosa.

P. Hoy el concepto más extendido y que se entiende como respetuoso es “personas trans”. Cuando se habla de lo trans, sin embargo, tú reivindicas un término que es “travesti”. ¿Por qué?
Eso sí que es influencia de Camila Sosa Villada, es influencia de ‘El archivo de la memoria trans argentina’, es influencia de Pedro Lemebel, es influencia de estas corrientes trans que nos llegan de Latinoamérica, que a mí me parecen las más potentes que hay ahora mismo, en las que se usan ambos términos como hago yo en el poemario: se usa el término trans y se usa el término travesti. Me parece que si lo usamos nosotras y las personas que pertenecen a nuestro círculo la palabra adquiere otro significado completamente distinto. Es decir, igual que usamos “maricón” o “bollera”, que han sido siempre insultos, pero cuando lo decimos nosotras los significamos de otra manera, me parece que con la palabra “travesti” pasa lo mismo. Además, utilizo “las” travestis, porque la gente heterocís siempre dicen “los” travestis... Están muy empeñados en llamarnos en masculino. No entiendo por qué. Decir “las travestis” tienen esa cosa de reivindicación del insulto, de reivindicación de un pasado bastante reciente. En realidad, el término “trans” en España parece que lo llevamos usando toda la vida, pero cuando Sonia Rescalvo fue asesinada en el 91 —hay un poema dedicado a ella— todos los medios de comunicación decían “travesti”. Ningún medio de comunicación decía “mujer trans”. Hay un poema, que es el poema ‘Navaja’, en el que se explica.

P. Ahí dices que es una palabra más pictórica...
Sí, es más pictórica también. Ahora que lo pienso, es una cierta reacción a todo este feminismo transexcluyente en el que parece que la palabra mujer es sacrosanta, intocable. Parece que hay que pasar por el término mujer de puntillas. Entonces, a lo mejor también es una manera de poner una cierta distancia en la que nosotras manejemos un término y nos diferenciamos. Me van a decir que soy una TERF por decir esto, ya ves todo lo que le dijeron a la Jedet [la actriz de ‘Veneno’ fue acusada de ser transexcluyente por decir que “las mujeres y las mujeres trans no son lo mismo”]. Somos mujeres y hombres, pero “travesti” es un término que está bien.

P. En los últimos años hemos visto una creciente violencia en redes contra las personas trans. ¿Llega hasta ti esa violencia?
No es nada nuevo. Las personas trans, sobre todo las que tenemos más edad, hemos estado expuestas a violencias desde muy jóvenes. Es decir, yo nací en el 72 y en el 82 tenía diez años. Hay toda esta mitología de que España en los 80 era un sitio muy progre, muy moderno. Te digo yo que no. A lo mejor lo era en Madrid o en Barcelona, en cuatro sitios, pero España en general era un sitio bastante oscuro. A nivel de calle y de día las cosas han empezado a cambiar, como en el 2000 y pico. Desde entonces puedes ir más tranquila porque está mal visto que alguien te insulte por la calle. De todos modos, yo no tengo Twitter y toda esta violencia a mí no me llega porque no la quiero leer, no me apetece hablar de TERFs, me apetece hablar de tías chulas y de mujeres guays. Creo que se nos ha ido de las manos, no solamente con las personas trans. Mira lo que pasó con Verónica Forqué. Que la gente piensa que decir que Verónica Forqué se pudo llegar a suicidar por la presión que sufría en redes es una exageración, pero si eres una persona que está deprimida y abres un portátil y te encuentras setenta mil millones de mensajes diciendo que eres lo peor, eso tiene una influencia en ti. Creo que se nos ha ido de las manos en general y que el ‘bullying’, que antes era una cosa que pertenecía al patio del colegio se ha extendido a la edad adulta y a las redes.

P. ¿Las que se llaman feministas radicales son ‘bullies’ sueltas por las redes?
A ver si tú lo que haces todo el día es estar metiéndote con personas que ni conoces por razones totalmente subjetivas... eso es ejercer violencia.

P. Vamos a volver a tu poemario. El prologuista, Víctor Mora, dice que tu voz es la herida. ¿Eso es lo que haces? ¿Escribes desde la herida?
Supongo que escribo desde un montón de sitios. El libro anterior, que fue ‘We can be heroes’, es del 2018 y este es del 2022. En esos cuatro años tuve una depresión clínica y pasó una pandemia mundial. Mientras escribía esos poemas estaban dando coletazos todavía esas dos cosas tan tremendas. De hecho, hay un poema que habla de la depresión que se llama ‘La casa’. Hablo desde la herida, hablo desde el deseo, también hablo desde la falta del deseo, hablo desde la complejidad del deseo, hablo desde la identidad, hablo desde qué significa ser mujer, hablo desde qué significa ser trans, hablo desde el sitio de alguien que insultan por la calle, hablo desde la alegría en algunos casos. Hablo desde muchos sitios y uno de los sitios es la herida. Además, el poemario se abre con varias citas, entre ellas una de Alejandra Pizarnik que dice algo así como que todos estamos heridos.

P. Uno de los dolores que hay en este poemario es el dolor por las mujeres trans asesinadas. Lo mencionas varias veces y además hay un poema a Sonia Rescalvo, una mujer asesinada por la agresión de un grupo de neonazis en Barcelona en 1991. ¿Falta hacer memoria de las mujeres trans?
Sí que falta. Ayer justamente me terminé un libro sobre arte y VIH de Andrea Galaxina y decía que el colectivo de las mujeres trans en Estados Unidos es uno de los más castigados por el VIH, pero que su representación en el mundo del arte en Estados Unidos es muy poca —el ensayo está bastante basada en el arte que se hizo en Estados Unidos durante la pandemia del sida—. Pero, claro, las mujeres trans no tenían los recursos que tenían por ejemplo, los hombres gays cis blancos para poder contar sus historias, porque estaban en la más absoluta otredad. Estaban en otro sitio en el que lo único que podían hacer era intentar sobrevivir. Toda esa memoria está perdida.

Hay un afán ahora, como por ejemplo por parte del ‘Archivo de la memoria trans argentina’, de recuperar esa memoria, en este caso de las mujeres trans durante la dictadura política y antes de la dictadura política. Siempre hemos tenido voz, pero nunca hemos tenido un altavoz. El altavoz que se nos ha puesto delante a las mujeres trans es absolutamente reciente. ‘El bebé verde’ que escribí en el 2015 está publicado más en la fecha en la que se empieza a poner a más mujeres trans en los medios de comunicación contando nuestras historias en primera persona. Además, date cuenta que ahí es cuando las TERF han explotado, porque cuando estábamos calladas y en la penumbra de la sociedad no molestábamos a nadie. Es bastante representativo que toda esta violencia en redes haya empezado cuando hemos empezado a tener más visibilidad. Me hace mucha gracia cuando dicen que las trans estamos intentando borrar mujeres, es decir, ¡nosotras no tenemos el poder de borrar absolutamente a nadie! Es como si los norteamericanos blancos le dijeran a los latinoamericanos que quieren borrarles porque están contando sus historias.No hemos sido totalmente excluidas porque siempre ha habido personas que han contado sus historias a lo largo. Es decir, Christine Jorgensen, que fue una trans norteamericana, fue muy famosa en los años 50. O Lili Elbe, que es la mujer trans en la que se inspiraron para hacer ‘La chica danesa’, escribió sus memorias en los años 30. Pero siempre eran cosas muy puntuales.

P. A lo largo de tu carrera artística has usado la música, el arte visual, el cómic... ¿Que es lo que te permite hacer un poemario?
Creo que ya hacía tiempo que estaba usando lo poético en mi obra. En el libro del año 2018, ‘We can be heroes’, hay un montón de dibujos que están llenos de palabras. Hay un dibujo de Marsha P. Johnson que está totalmente manuscrito alrededor. Cogí ese dibujo, transcribí lo que estaba manuscrito a un papel y vi que era un poema, que es el primer poema que abre ‘Todo era por ser fuego’. Entonces me di cuenta de que ya estaba escribiendo poesía de manera inconsciente. La poesía me parece interesante porque te permite decir cosas muy complejas en un espacio bastante corto. Si yo fuera a hablar en un libro de todo lo que hablo en ‘Todo era por el fuego’ —de la represión, de la familia, del público, de la niñez, de la identidad, del deseo— sin usar lenguaje poético, escribiría un libro de 3.000 páginas. Sin embargo, usando el lenguaje poético puedes hablar de eso en pocas páginas.

P. ¿Cómo llega a convertirse el libro?
Tenía varios poemas ya escritos y pensé que me gustaría publicarlos, pero sabía que no los iba a publicar con mi editorial anterior, con Lunberg, porque está especializada en libros ilustrados y yo no quería que hubiera ningún tipo de ilustración. Tampoco creo que los temas que trato y el lenguaje que uso en el poemario sean los más indicados para ese lugar. Este libro es más callejero, el más arrabalero que los libros anteriores, más sucio. Se habla de semen, de chulos. Se lo propuse yo a las chicas de Continta y ellas, que eran fans de mi trabajo, me dijeron que sí en enseguida.

P. ¿Tu poesía es arrabalera y sucia?
Por lo menos es lo que a mi me gustaría pensar. Luego también hay poemas que son más deudores de la poesía de Baudeleire, por ejemplo, y son menos arrabaleros. Pero todos estos poemas en los que se hace alusiones a las canciones populares, que no pop, de Rocío Jurado, de Mocedades, las referencias a Pedro Lemebel, el lenguaje callejero de los chulos, de las travestis, de las navajas a mí me parece bastante más callejero que los libros anteriores. Piensa, además, que la última palabra del libro, que pertenece al epílogo de Celeste es “semen”. Este es un libro que se cierra con la palabra semen.

P. Tus libros están plagado de referentes. En este poemario está Rigoberta Bandini y La Jurado, Lemebel o Jean Genet, por citar solo algunos. ¿Es este libro un glosario de tus referentes?
Yo soy una enferma de la cultura, llevo consumiendo cultura desde que tengo 14 años, incluso antes, porque cuando era muy pequeña leía cómics de superhéroes y de superheroínas, y eso también es cultura. Estoy todo el rato leyendo, descubriendo cosas. Si escribiese otro poemario ahora, habría otras referentes completamente distintas. Son todas las que están, pero no están todas las que son.

P. Dices en uno de tus poemas que te queda cuerpo que poner cuerpo. ¿Dónde quieres poner el cuerpo ahora?
Honestamente, en mi cama con un libro.

P. ¿Deshonestamente?
La verdad es que yo estoy un poco cansada de poner el cuerpo. Tengo 50 años, llevo cinco décadas poniendo el cuerpo. Yo puse el cuerpo desde muy pequeña, porque antes de que yo supiera lo que me pasaba ya parece que lo sabían todos los niños a mi alrededor y estaba el insulto constante todo el rato. Llega un momento en que te cansas. Lo que pasa que para algunas personas no poner el cuerpo es un lujo que no nos podemos permitir. A mí me encantaría no poner el cuerpo, ser invisible y pasar totalmente desapercibida por lo menos cuando quiero. Pero para las personas trans no es tan fácil. Es verdad que con la edad tengo más ‘passing’ que el que tenía cuando era más joven y cuando ya quieres tener mucho ‘passing’ te pones una mascarilla y ya no te mira absolutamente nadie.

P. Cuanto más ‘passing’ tienes, menos cuerpo hay que poner...
El cuerpo cuanto más difícil es de leer para los que te rodean, más lo pones. Es eso. Es decir, los cuerpos que no entran dentro de lo que se supone que es la norma, los cuerpos negros, los cuerpos gordos, los cuerpos disca, los cuerpos trans. Todos esos cuerpos, y muchos otros más, se ponen aunque no quieras, porque la gente te lee de una manera incómoda. Son cuerpos que pueden causar cierta incomodidad a tu alrededor. Entonces, aunque tú no lo quieras poner, lo tienes que poner. Si escribes poesía y eres trans, cuando estás en una entrevista ya estás poniendo el cuerpo.

P. ¿Es absurdo por mi parte pensar que por ser una mujer trans tienes que tener una opinión sobre la ley trans que el 28 de junio fue vista en segunda vuelta por el Consejo de Ministros y ahora se tramitará en el Congreso?
Honestamente, y voy a pecar de mala trans, como yo me amparé en la ley 3/2007 y tengo mi DNI cambiado y todo… No le he prestado demasiada atención. Soy muy mala trans y muy mala compañera. No tengo ninguna opinión al respecto porque no la he seguido mucho más allá de las cosas de las que te enteras, aunque no quieras. Sí que tengo una opinión sobre las leyes en general y es que las leyes están muy bien, pero las leyes nos amparan hasta cierto punto. Obviamente es mucho más fácil y mucho más sano tener un DNI con tu nombre y con tu identidad, pero eso no significa que inmediatamente vaya a acabar la transfobia en la sociedad, exista la ley que exista. Yo creo que la transfobia en este caso, tiene unos mecanismos que están muy arraigados socialmente. No va a ser tan fácil borrar esos mecanismos. Cuando dices esto, parece que soy una persona negativa. No soy una persona negativa. Soy una persona trans que vive su realidad todos los días.

viernes, 8 de octubre de 2021

#hemeroteca #queer #libros | ‘¿Quién teme a lo queer?’

Twitter Víctor Mora / La Neomudéjar //

‘¿Quién teme a lo queer?’ [reseña].

Alberto Poza | 1 de cada 10, 20 Minutos, 2021-10-08

https://blogs.20minutos.es/1-de-cada-10/2021/10/08/hoy-recomendamos-quien-teme-a-lo-queer/ 

‘¿Quién teme a lo queer?’ es un ensayo que hay que leer como si fuera una película de ciencia ficción. Una en la que les personajes han perdido la memoria y se enzarzan en batallas tribales por ocupar el lugar central de representación política en un futuro utópico (queer) que no termina de llegar. La historia transcurre en un mundo que ya no existe, en un lugar ordenado por categorías que cada vez son más incapaces de representar y hacer felices a los cuerpos que lo habitan.

Naturalmente —¿naturalmente?— estos cuerpos se rebelan contra las categorías que los oprimen mientras que, casi sin saberlo, declaran su amor a otras formas de opresión. En muy pocas páginas, Víctor Mora nos coloca a todes en escena, a quienes temen a lo queer y a quienes creíamos encarnarlo. Aparecemos todes al borde del precipicio, tal y como nos habían hecho imaginarnos, batallando en los márgenes del presente por el monopolio de la utopía queer: Los LGTBeros sobre las carrozas de sus patrocinadores, las feministas con el puño cerrado blandiendo rosas como espadas, y les ‘queers’ de uñas afiladas amenazando con ‘veneno pa’ tu piel’. Y en mitad de este jaleo —perdonadme el spoiler— Víctor Mora nos abre el archivo.

Antes de la publicación de este ensayo ‘ya podíamos intuir quién teme a lo queer’. Nos habían hecho imaginarnos en bandos como si esto fuera una guerra y sabíamos que desde algunos sectores del feminismo y del movimiento LGTBI+ había reticencias hacia la teoría queer—o temores si queremos— precisamente porque lo queer propone desnaturalizar las categorías sobre las que estos movimientos se han construido. Unas categorías que aunque invisibilizan las realidades que no llegan a nombrar, evidentemente son muy queridas para aquellos colectivos a los que han acercado a su liberación. Lo que quizá no habíamos intuido con tanta facilidad —o habíamos preferido olvidar— es qué teme lo queer.

Afortunadamente, justo después del interludio —porque este ensayo tiene interludio y artistas invitadas— en la segunda mitad del texto, se abre el archivo de sentimientos de los movimientos disidentes y por la liberación sexual para ofrecernos respuestas y advertirnos de que lo queer no es inmune a la tendencia hacia la rigidez que hemos visto en otros movimientos sociales. Basta una mirada atrás para ver cómo lo queer va poco a poco solidificándose en formas que le impiden alcanzar todo su potencial subversivo, formas de las que el matrimonio igualitario o un orgullo/pride totalmente sometido al mandato del capital son sólo un par de ejemplos evidentes. Este ensayo nos viene a decir que, quienes creíamos encarnar lo ‘queer’ parece que también hemos cultivado, sin querer ser del todo conscientes, una especie de amor hacia ciertas formas estables de ordenar nuestras vidas que, aunque son poco liberadoras, nos son muy apreciadas y nos sujetan a nuestros privilegios impidiendo que éstos se universalicen. Y es que, ¿quién no ha querido, después de una adolescencia gris, participar de la ficción del amor romántico, o incluso casarse? Que levante la mano quien nunca se ha querido imaginar amado dentro de la forma del amor romántico monógamo. Y si alguien ha levantado la mano, que la sostenga alzada sólo si ha concebido la posibilidad de una relación íntima y romántica que no requiera de encuentros sexuales. Efectivamente, todes nos equivocamos constantemente y encontramos la felicidad’ in hopeless places’ que diría Rihanna. Al final, lo que teme lo ‘queer’ es lo mismo que teme cualquiera de quienes aparecemos en esa escena bélica con la que arranca este texto, porque ningune quiere caer por el precipicio, que caerse de boca en el futuro, y perder por completo las formas que organizan nuestra vida, da miedo.

El uso que hace Víctor Mora del archivo de sentimientos convierte este ensayo ya no en uno de los mejores repasos que se le han dado a la teoría queer en castellano: con profundidad teórica, asequible, pedagógico y con la mayoría de sus fuentes bibliográficas citadas en español y/o de autores nacionales, sino que también consigue hacer del texto un mapa utópico hacia un futuro posible para les que están por llegar. '¿Quién teme lo queer?' alimenta un uso crítico de la memoria, nos recuerda que no estamos solos, nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad y nos permite seguir imaginándonos llenos de esperanza al borde de ese precipicio que hay a los márgenes del presente.

jueves, 16 de septiembre de 2021

#libros #queer | ¿Quién teme a lo queer?

¿Quién teme a lo queer? / Víctor Mora ; prólogo de Carmen González Marín ; interludio de Gracia Trujillo.

Madrid : Continta me tienes, 2021 [09-16].
216 p.

/ ES / ENS / Libros / Cuerpas / Feminismo / Filosofía / Queer / Transfeminismo
📘 Ed. impresa: ISBN 9788412377378 / 16,95 € 

Lo queer es la tentación desorientada de leernos, en última instancia, como cuerpos vivos. Una afirmación utópica de redistribución, una apuesta por la horizontalidad radical y una tentativa de reapropiación del texto. – Víctor Mora

El escritor y activista Víctor Mora presenta en este ensayo una aproximación a lo queer, sus orígenes, derivas y potencialidades, desde una perspectiva teórica a la vez que encarnada con sus propias vivencias en colectivos y movimientos sociales. A lo largo de estas páginas, la voz del autor se entremezcla con las palabras de pensadoras como Judith Butler, Paul B. Preciado o Susan Stryker, para trazar un recorrido por la genealogía de un concepto entendido a modo de utopía necesaria de reparación y justicia con los cuerpos ‘no llorables’.

Este libro es una puesta en escena de consideraciones sobre lo queer y algunos de sus problemas, un espacio en el que se entiende «problema» como algo no resuelto que, lejos de constituir un callejón sin salida, ofrece la posibilidad de seguir pensando. Este libro es un volcado a texto que parte de la puesta en común de experiencias y aportaciones teóricas que a lo largo de los años se han dado en encuentros híbridos, en asambleas, talleres, itinerarios del activismo y otros lugares de convergencia en los que se imbricaba el análisis teórico, el relato de vida y la práctica política.

Un horizonte hacia el que caminar, lejos de los binarismos sexo-genéricos, donde el amplio espectro de diferentes cuerpos, identidades y expresiones de género, sexualidades, etc. puedan desarrollarse y vivir libremente.


👤 Víctor Mora Gaspar (Valencia, 1981). Doctor internacional en Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura por la UAM; master en Teoría Crítica y graduado en Humanidades por la UC3M. Escritor y activista, miembro de la Asociación Internacional de Estudios de Memoria Memorias en Red, del Centro Iberoamericano de Estudios sobre Sexualidades y del colectivo Sección Invertida. Su libro ‘Al margen de la naturaleza’ (Debate, 2016) fue reconocido con el I Premio Pilar Azcárate (2015) y con el I Premio Nacional Sagasta de Ensayo (2016). Recientemente ha coordinado el volumen colectivo ‘40 años después’ (Egales, 2019). Además de publicar en revistas académicas (‘Historia Autónoma’, ‘Filosofía Italiana’, ‘Dossiers Feministes’, etc.), es coordinador del espacio de carácter divulgativo ‘1 de cada 10’ para el periódico 20 Minutos, en el que escribe sobre lo queer desde 2018.

martes, 10 de diciembre de 2019

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Víctor Mora: «La trampa es seguir pensando que debemos movilizarnos solo para apoyar las causas de aquella categoría a la que pertenecemos»

Imagen: Google Imágenes / Víctor Mora
Víctor Mora (escritor): «La trampa es seguir pensando que debemos movilizarnos solo para apoyar las causas de aquella categoría a la que pertenecemos»
Aashta Martinez | Dos Manzanas, 2019-12-10
https://www.dosmanzanas.com/2019/12/victor-mora-escritor-la-trampa-es-seguir-pensando-que-debemos-movilizarnos-solo-para-apoyar-las-causas-de-aquella-categoria-a-la-que-pertenecemos.html

Hace 41 años que la homosexualidad fue despenalizada —o, mejor dicho, excluida de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social— en España. Un hito lo suficientemente importante como para que la fecha sea conmemorada de múltiples formas. Por esa razón, Víctor Mora acaba de publicar ‘40 años después’ (Egales), una obra colectiva que el escritor y activista coordina junto a Geoffroy Huard y en la que un grupo de activistas e investigadores analizan de forma crítica estas cuatro décadas transcurridas desde la despenalización de la homosexualidad en nuestro país. Dosmanzanas ha charlado con el autor valenciano sobre su libro.

P: La despenalización de la homosexualidad no significó el fin de la represión de gais, lesbianas y trans. De hecho, la policía siguió deteniendo a ‘invertidos’ y ‘travestis’ (como les llamaban entonces) y a cualquier otro sujeto que pudiera ser sospechoso de ‘escándalo público’, ley vigente hasta 1988. ¿Cuál crees que fue el verdadero punto de inflexión en esa lucha?

R. La despenalización, el 26 de diciembre de 1978, fue desde luego un punto de inflexión. Sin embargo, creo que lo fundamental llega antes, en 1970, cuando por un lado entra en vigor la LPRS y, por otro, comienza el activismo organizado en la clandestinidad. Es esa toma de conciencia como colectivo lo que sentará las bases de una transformación social. Comenzarán a formarse frentes de liberación homosexual en distintas ciudades y a organizarse la protesta. Creo que esa es la clave originaria que ha permitido después la proliferación de asociaciones y asambleas que han ido haciendo frente a la situación precaria de ‘alegalidad’ en la que la exclusión de la homosexualidad como elemento punible dejó a las invertidas, travestis y trans. Ya no éramos ilegales ‘per se’, como dices, pero se seguía persiguiendo la conducta disidente de la norma, por expresión del género o del deseo, y estábamos aún lejos de ser consideradas sujetos de derecho.

El largo camino hacia el reconocimiento, que aún continúa, comenzó ahí, con la toma de conciencia de que somos colectivo. Un camino que se inicia por inspiración de lo que estaba ocurriendo en otros contextos, como el norteamericano o el francés, con los que se tejieron también alianzas; y que después ha ido mutando y ocupando ramas diversas del mapa político.

P. El franquismo sentó sus bases ideológicas sobre el predominio de la masculinidad hegemónica. Hasta el punto de que, tal y como señalas en uno de tus libros, una de las palabras que más repitió Franco en sus discursos durante el Régimen fue ‘viril’. ¿Por qué fue utilizado durante el franquismo el homosexual para definir por oposición al hombre (o a lo que, según algunos, debería ser un hombre)?

R. El franquismo se asienta sobre una misoginia estructural que impregna su relato político, social y cultural. Es el ‘machismo orgánico’ del que habla Olmeda en ‘El látigo y la pluma’. La virilidad era una cuestión de Estado que llegaba para imponer el orden frente al caos social, que asociaba al auge del feminismo, a la creciente visibilidad de los invertidos y también (entre otras cosas) a las vanguardias artísticas. El fascismo es en síntesis la muerte contra la vida, ‘lo seco contra lo húmedo’ que diría Litell (es decir, lo rígido frente a lo que fluye y lo único frente a lo ‘diverso’). Lo ‘viril’ en el franquismo es la imposición de esa pretendida rigidez que se simbolizaba como dices en la masculinidad. Una teoría que debía valerse de oposiciones absolutas. por tanto, lo opuesto al ideal viril era lo femenino o afeminado, sinónimo de debilidad y crisis. Por tanto sí, en lo social, el mal hombre era el hombre femenino, y su extremo era el homosexual.

Comienza a penalizarse como tal en 1954, con la inclusión de la homosexualidad como objeto punible en la Ley de Vagos y Maleantes, justo después de haber firmado el Concordato con el Vaticano, una amalgama ideológica totalitaria que devino en el llamado ‘nacionalcatolicismo’. La institución eclesiástica tuvo todo que ver en la construcción social del género, y también la producción científica de psiquiatras como Vallejo Nágera o López Ibor. Discursos en principio nada relacionados, como el de la medicina y la religión, se hermanaron para definir lo femenino como enemigo interno. El homosexual era un traidor social y un peligro de salud pública por su ‘contagiosidad’.

P. Es evidente que en estos años transcurridos desde 1978 se ha avanzado bastante en materia de derechos LGTBI. Las mujeres transexuales del Régimen franquista, por ejemplo, estaban en cárceles de hombres, porque no se hacía distinción entre orientación e identidad de género (la identidad era algo totalmente desconocido y que, por tanto, no se contemplaba). ¿Cómo definirías la evolución de la lucha social y política de las personas trans en estas últimas décadas? ¿Dirías que sigue habiendo mucho desconocimiento en lo que a la identidad de género se refiere?

R. Sigue habiendo desconocimiento, pero eso apunta a dos objetos. El primero es que desde luego hay quien habita el negacionismo sobre las experiencias trans y vive anclado en los tiempos en los que ‘no existían’ para el discurso hegemónico, y no eran vidas que debieran ser consideradas. El segundo es que seguimos investigando y cuestionando el género, su espectro pragmático y sus posibilidades, entonces no hay ‘una verdad’ sobre lo trans como no hay una verdad sagrada sobre ninguna cuestión, porque toda cuestión es móvil, avanza y va transitando con el tiempo. Eso es algo que aprendes con los testimonios y las entrevistas, no hay una experiencia trans o queer que sea igual a otra, atravesada por lo transgeneracional, lo transcultural o los marcos de tránsito geopolítico. Lo que es incuestionable es que se ha avanzado en materia de derechos y en el reconocimiento de las realidades trans, sin duda, como es incuestionable también que lo indiscutible es (o debiera ser) el respeto y respaldo público y privado a la autodeterminación y a la escucha de cada experiencia. En el franquismo la negación era tal que se llamaba a las mujeres trans ‘invertidos con pechos’, y se las consideraba invertidos con ‘alto grado de homosexualidad’, porque no existía la diferencia entre identidad y orientación, y se explicaba todo mediante el binarismo más implacable. Hoy sigue ocurriendo, no nos hemos desprendido de lo binario como forma de acceso al mundo, aunque se vaya abriendo la brecha poco a poco. Y creo que lo alarmante respecto a las vidas trans, como vengo diciendo en varias columnas de ‘Quién teme a lo queer’, son los ataques, ya no de la extrema derecha que reproduce los fantasmas franquistas, sino de sectores conservadores y reaccionarios de un feminismo autodenominado radical, que pretende retrotraer el discurso feminista a los esencialismos biológicos y a patrones realmente peligrosos, frente a los que tenemos que ser contundentes.

P. Sin duda. Tu nuevo libro demuestra que la historia de las personas LGTBI no es una historia lineal desde aquel mes de diciembre de 1978, ya que la represión continuó como constante, incluso hasta nuestros días. ¿Cuáles dirías que han sido las principales estrategias y formas con las que la represión ha continuado?

R. Precisamente porque la historia no es lineal creo que no hay que conceder crédito a entender nada como ‘progreso’, como si hubiera un camino trazado que estuviera claro en el que avanzamos o retrocedemos. No, la historia nunca se repite, siempre cambia de escenario y paisaje político, siempre cambia según se escribe. La represión se ha mantenido, pero no creo que como ‘constante’. Ha ido cambiando de estrategias y hemos atravesado escenarios muy distintos en estos 40 años. Vivimos la institucionalización de algunas asociaciones, nos enfrentamos a retos como la crisis del SIDA y la consecuente transformación de la colectividad, la protesta y la demanda. Hemos asistido igualmente a una proliferación de narrativas audiovisuales LGBT+ que también han hecho que cambie el panorama, así como al reconocimiento de derechos como el matrimonio igualitario o la ley de identidad trans. Todo ello nos ha dejado un panorama nuevo que precisa de nuevos análisis, no es tan sencillo como un avance y un retroceso. Las estrategias de la opresión también han tenido que desempolvarse y buscar nuevos modos de control social. Creo que hoy en día destaca la victimización de los sectores conservadores frente a lo que llaman ‘dictadura de lo políticamente correcto’, por resumir, y que directamente busca criminalizar toda forma de protesta. Que los verdugos hayan usurpado el lugar simbólico de las víctimas es la estrategia más llamativa actualmente.

P. Manuela Carmena, que ha escrito el prólogo del libro, asegura que el colectivo LGTBI debe permanecer en estado de alerta, «más aún en un tiempo en el que nos llegan ecos que nos transportan a tiempos pasados y amenazan con un viento de regresión, de intolerancia que amenaza todo lo conseguido». ¿Pintan bastos para las personas LGTBI en España? ¿Debería preocuparnos el increíble auge del populismo en el siglo XXI?

R. Debe preocuparnos el auge del fascismo en España. Pintan bastos para todas, porque la trampa es seguir pensando que debemos movilizarnos solo para apoyar las causas de aquella categoría a la que pertenecemos. Ese es uno de los problemas del colectivo, que parece que tiene una G muy grande y que además no contempla más allá de las siglas, y también que muchas veces se resiste a comprender que se trata de una lucha contra todas las formas de opresión. Eso lo transmitió muy bien Sylvia Rivera en el Orgullo de Christopher Street en 1973, cuando las gais blancas burguesas la abucheaban y le gritaban que se bajara del escenario apenas unos años después de Stonewall. Sylvia Rivera les gritaba ‘¿Qué hacéis aquí? ¿Qué hacéis que no estáis en las cárceles, apoyando a los presos, a los marginados, a los pobres?’. Ese es también nuestro problema. Hasta que no asimilemos que el ‘a por ellos’ es a por todas, no podremos avanzar en materia de derechos LGBT+, porque no se trata de proteger a una sigla frente a otra dentro de ese paraguas, se trata de tejer una red que comprenda que el feminismo es un agente de transformación social total, queer, antirracista, transfeminista y contra la supremacía. ¿Qué hacemos aquí? ¿Nos preocupa que Vox pida los nombres de educadores LGBT+ en los institutos, o que niegue nuestras familias y nuestros derechos básicos? Por supuesto que sí, pero ¿qué hacemos aquí? ¿Qué hacemos que no estamos además protestando frente a los CIES, frenando desahucios, pidiendo los derechos de las putas y exigiendo sanidad pública universal y derechos equivalentes para todas? No se trata de fiscalizarnos ni de caer en la trampa del ‘todos contra todos’. Se trata de comprender que frente al fascismo somos todas cuerpos vulnerables y que tenemos que aliarnos colectivamente de forma más amplia, diversa y solidaria. Pintan bastos para todas.

viernes, 6 de diciembre de 2019

#hemeroteca #queer #trans | ¿Quién teme a lo queer? – Tu cuerpo no es sagrado

Imagen: 20 Minutos / “Las Cosas del Cuerpo 09” por TechNopal
¿Quién teme a lo queer? – Tu cuerpo no es sagrado.
Víctor Mora / 1 de cada 10, 20 Minutos, 2019-12-06
https://blogs.20minutos.es/1-de-cada-10/2019/12/06/9051/

Confundir a los verdugos con sus víctimas es una enfermedad moral, un remilgo estético, o una siniestra señal de complicidad.—Primo Levi

¿De verdad crees que tu cuerpo no puede caer en un espacio otro, distinto, fuera del privilegio? ¿De verdad crees que tu cuerpo no puede ver de pronto que todo se desmorona y tiene que comenzar de nuevo? ¿De verdad no crees que pueda verse desahuciado, en la calle, en el exilio, negociando como pueda en el ostracismo un precio, en un margen precario, en un estadio ilegal y proscrito, o muerto en el mar/cementerio de la vergüenza? ¿De verdad crees que tu cuerpo es sagrado?

Tu cuerpo no es sagrado. Tu cuerpo es un sintagma contingente a merced del relato, como todos los cuerpos históricos, como todos los sintagmas de carne social. Tu cuerpo es tan vulnerable como todos los que somos parte y todo de la política.

Y la vulnerabilidad no es, como lo invulnerable, dado por naturaleza; al contrario son condiciones que necesitan producirse artificialmente; convengamos, social, cultural y políticamente. El espacio de la precariedad, de las “minorías”, de los márgenes y las periferias, son espacios epistémicos creados, convencionales. Son expresiones del poder que después, evidentemente, estructuran la materia y trascienden lo simbólico. Y no es que el lenguaje ‘se vuelva carne’, es que la señala y manipula. La moldea y condiciona su existencia. La producción de relatos marca los cuerpos, que son siempre el nuestro, y los coloca en un lado, en un punto concreto para la interpretación social. La interpretación/traducción del cuerpo atravesado por relatos nunca es, pues, arbitraria, siempre estará mediada por la inercia de la convención, por sus tensiones y tránsitos. Por sus cambios de dirección.

Habitamos la frontera, habitamos el espacio frondoso que nos deja el relato y nos deslizamos a veces hacia lugares desconocidos de lectura. Nuestro cuerpo es/puede ser leído como usurpador, como enemigo, como parásito, como el mal. Como el polizón ilegal que ocupa una parte del mapa que no le pertenece, que es avistado por la vigilancia policial de la supremacía y que es perseguido, arrestado, condenado, desaparecido o muerto, en pro siempre de la seguridad (nacional, religiosa, política). Seguridad que no es otra que la propia salvaguarda del relato y la defensa de su dirección. Y si hoy habitas la parte o el todo de ese privilegio, ¿de verdad no crees que puede cambiar?

Tu cuerpo no es sagrado. Es un contenedor de significados y causas, que devienen consecuencias y cambios posibles de trayectoria. Y aunque lo creas, ¿no comprendes que tu habitar privilegiado se construye en base a la opresión de otros cuerpos, que tu geografía ‘primermundista’ es una herencia colonial con implicaciones presentes?

Asistimos de un tiempo a esta parte al auge de la expresión extrema de ‘la guerra de los lobos’ de Hobbes, del ‘todos contra todos’ que se supone que somos los cuerpos humanos en libertad. Asistimos al avive del odio/miedo como estrategia política para la destrucción de la convivencia, que es el totalitarismo. El fascismo emerge envalentonado, como adalid del orden frente al caos, como cruzada reguladora frente al desvarío de la libertad. Argumentos inexistentes y falsos debates que crecen en momentos de crisis, ya lo sabes, ya lo sé.

El fascismo habla de ‘pureza’ contra el mestizaje y lo híbrido. Habla de ‘orden y jerarquía’ contra la pluralidad y el derecho equivalente. Construye un patrón válido y homogéneo, y crea enemigos disidentes, nos llama peligrosos, destructores, terroristas; y se disfraza de víctima amenazada por lo que nosotras consideramos nuestra vida, nuestra lucha, nuestra libertad. Pero, ¿cuál es esta guerra de/contra/entre/por los cuerpos?

Estas semanas hemos asistido también a ataques frontales contra lo ‘queer’ y las personas ‘trans’ desde medios e instituciones (¡ay!) de izquierdas, que no voy a referir aquí. Textos que nos nombran, como hace el fascismo, como el sujeto enemigo que los convierte en víctimas de una supuesta (y utópica fantástica) dictadura ‘queer’. No cito sus textos (¿para qué?) sino que interpelo a sus autoras, Falcón, Fraga, Prats… ¿de verdad creéis que somos la amenaza? ¿De verdad creéis que vuestro cuerpo sagrado está amenazado por nuestras vidas precarias? No. Prefiero referir a otros textos, a autoras que hablan del lenguaje y su manipulación interesada para crear enemigos donde hay experiencias vulnerables y potenciales alianzas por objetivos comunes. Prefiero hablar de Trujillo y su recuperación del movimiento ‘queer’ que nace “en las calles como un activismo radical, autónomo, anticapitalista, antirracista, orientando su acción a las micropolíticas maricas, bolleras y trans en los barrios y los centros sociales, y a trabajar junto a otros sujetos y luchas subalternas (okupas, por ejemplo, o movimientos vecinales)”; o la entrevista a la activista Silvia Agüero Fernández, que explica que “no hay parte buena y parte mala, hay imaginario payo y realidad gitana”; o la imprescindible Irantzu Varela que habló en uno de sus vídeos esta semana sobre la acusación de violencia feminista: “Ni una sola persona ha sido linchada, ejecutada, apaleada, torturada, secuestrada o desaparecida, jamás, en nombre del feminismo (...) y hay quienes consideran que estamos buscando crear un supremacismo que sustituya una opresión por otra.” Es decir, discursos como este texto, que ponen la atención en la manipulación del lenguaje y sus consecuencias políticas. ¿Cuál es, en realidad, la guerra de los cuerpos?

Es que la guerra no es tal guerra, o no es, al menos, una batalla de fuerzas equivalentes. Porque en las cruzadas del privilegio sólo hay ofensivas contra cuerpos inermes, que no disponen de la institución ni el ejército para defenderse. Y por más que muchas nos acusen de hegemónicas a las vidas ‘queer’ y ‘trans’, bien sabemos, hasta vergüenza me da escribirlo, que no es así. Y también sabemos, o deberíamos saber a estas alturas, que la libertad no es efectivamente ‘tal libertad’ hasta que todas seamos libres, porque somos comunidad y dependemos unas de otras, porque somos conjunto social y político, porque somos red. Que el proyecto revolucionario es para todas o no es, y que mi cuerpo no es libre hasta que todos lo sean. Y que tu cuerpo, ese que crees sagrado, es tan contingente como el mío y como el de la puta trans de la calle de abajo, como el del que corre con la manta porque le persigue la policía, y como el del crío exiliado encerrado en un centro de extranjería.

Mi libertad no acaba donde empieza la del otro, ese es el falso argumento de la jerarquía totalitaria. Mi libertad ‘empieza’ donde ‘empieza’ la de los demás. Responde, alíate y lucha por objetivos comunes. Combate a tu enemigo real.

lunes, 2 de diciembre de 2019

#libros #homosexualidad #despenalizacion | 40 años después : la despenalización de la homosexualidad en España. Investigación, memoria y experiencias

40 años después : la despenalización de la homosexualidad en España. Investigación, memoria y experiencias / Víctor Mora y Geoffroy Huard (eds.) ; prólogo de Manuela Carmena.
Barcelona [etc.] : Egales, 2019 [12-02].
301 p.
Colección: G.
ISBN 9788417319779 / 20 €

/ ES / ENS / REC
/ Despenalización / España / Homofobia / Homosexualidad / LPRS / Memoria histórica / Transición

Se suele afirmar que la homosexualidad fue despenalizada en España en 1978. En realidad, el 26 de diciembre de 1978 la homosexualidad fue excluida de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Esta exclusión fue posible gracias a las múltiples manifestaciones y protestas que, desde al menos 1977, pedían su derogación. Sin embargo, esta exclusión no significó la despenalización o el fin de la represión de gais, lesbianas y transexuales. La policía siguió deteniendo a «invertidos» y «travestis» (como se decía entonces), a putas, chaperos y a cualquier cuerpo que pudiera ser sospechoso de «escándalo público», ley vigente hasta 1988.

Hoy, 40 años después de la exclusión de la homosexualidad de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, este volumen colectivo mira críticamente este periodo para reivindicar la memoria sexual y de género de nuestro país. Compuesto por textos de activistas e investigadorxs que analizan este recorrido de la historia reciente, y también por testimonios en primera persona de aquellxs que sufrieron la represión sexual durante la dictadura y la transición a la democracia.

Este libro demuestra que la historia de gais, lesbianas y transexuales no es una historia lineal desde la «despenalización» de 1978, pues la represión continuó como constante, incluso hasta nuestros días, con estrategias y formas diversas. Este volumen colectivo no solo pretende volver sobre la historia de la represión sexual durante la dictadura franquista y la posterior transición, sino que pretende ser una herramienta crítica y testimonial que sirva como continuación de una lucha que está lejos de haber terminado.

viernes, 26 de abril de 2019

#hemeroteca #lgtbi #politica | ¿Quién teme a lo queer? – Ciudadanía: homogeneidad vs (queer)

Imagen: 20 Minutos
¿Quién teme a lo queer? – Ciudadanía: homogeneidad vs (queer).
Víctor Mora | 1 de cada 10, 20 Minutos, 2019-04-26
https://blogs.20minutos.es/1-de-cada-10/2019/04/26/homogeneidad-vs-queer/

Al borde de unas elecciones en las que la extrema derecha es una ‘opción’ y en las que el sector conservador se enuncia violento y “sin complejos” para la competición, espanta ver cómo se lanzan a lo público, sin ambages, mensajes contradictorios a/sobre colectivos vulnerables. Parece una carrera de doble fondo en la que por una parte se utiliza la imagen simbólica de la vulnerabilidad para blanquear al partido que sea, y por otra se restan derechos y se ataca la diversidad en los programas. Frente a esto, creo que hoy es urgente tomar distancia y alejarse de lo concreto. Urge hacer vista de pájaro para sortear el ruido y comprender que lo que se plantea son dos modelos para la ‘ciudadanía’. Formas para la convivencia que pasan por ideas de sociedad excluyentes. ¿Qué quiere decir esto?

Por lo que respecta al espectro del colectivo LGBTI+ (que suele tratarse además como un ‘todo’) hemos sido testigos de notables tentativas de instrumentalización. Muy llamativos (y muy comentados) fueron los intentos de blanqueo de Ciudadanos para suavizar su filofascismo (en la concentración de la Plaza Colón) o su neoliberalismo implacable (mediante la propuesta de capitalización del Orgullo como ‘fiesta de interés turístico’). Tampoco es extraño que esto suceda desde una formación política como ésta, a la que poco/nada importan los derechos sociales sino la traducción de todo movimiento en ‘movimiento/producto de mercado’. En última instancia parecen indicarnos que, mientras sea capitalizable, nuestra existencia no sólo es posible sino que es bienvenida.

Y más allá de este nivel sanguinario/liberal que contempla a las personas, experiencias y cuerpos como valores negociables de mercado, creo que la más llamativa de las manipulaciones, de lejos, es la que lanzó a redes hace pocos días Vox, el partido de extrema derecha que tiene en su programa elementos como la defensa de la “familia natural” (es decir, cisnacionalheteronormativa) como la única reconocible por el Estado, por ejemplo. Afirmaron no tener nada en contra de “los gais” (¡ay!) pero también que ‘éstos no están representados por ninguna otra bandera que no sea la de España.’ Y esta es la clave del modelo de ciudadanía que se propone: el de la homogeneidad. Una corriente que expone las diferencias como causas de ruptura y quiebra social, y que pretende aglutinar todas las diferencias bajo un mismo símbolo, bajo una misma bandera, en este caso. La de Vox es la afirmación del extremo, pero que representa a toda una corriente conservadora y de tendencia homogeneizante que pretende construir el concepto de ciudadanía en esa dirección. ¿Qué significa que tengamos que identificarnos ‘todes’ bajo un mismo símbolo, además, concretamente bajo una ‘bandera’?

Brigitte Vasallo, en su imprescindible ‘Pensamiento monógamo. Terror poliamoroso’, escribe sobre los momentos de cambio político en un contexto determinado y el abuso que puede hacerse de estos grupos cuando se abre la puerta a las posibilidades de transformación social. Los define como
momentos de posibilidad de existencia de las minorías, siempre y cuando no pongan la diferencia sobre la mesa. Es más, son momentos en los que interesan las voces de los grupos minorizados para poder crear una masa mayor. Pero sólo a través de representaciones dóciles de esos grupos.

Es decir, que esa diferencia sea integrada bajo el paraguas del proyecto homogeneizador que se plantea, ya sea para ser capitalizable como producto, ya sea para sumar volumen a aglutinadores abstractos como la ‘nación’, o la ‘bandera’. Nunca interesa la diferencia como potencial transformador, cuando su valor es justo ese: que apunta hacia nuevas direcciones de exploración para ampliar los conceptos de ciudadanía y democracia. La diferencia nunca es una amenaza, sino una vía de posibilidad transformadora. Por eso, quien pretende poner condiciones a la existencia, quien pretende decirnos que ‘eh, sí, claro que puedes existir, siempre y cuando sea bajo esta bandera, bajo estas disposiciones y en este formato’, es evidentemente el mismo que más pronto que tarde querrá reformarnos, corregirnos y colocarnos de nuevo en el espacio del error social. Y, ¿por qué? Pues porque la homogeneidad social que se configura simbólicamente en nociones como la ‘españolidad’, la ‘nación’, la ‘tradición’, etc., es una afirmación política imaginaria, es un ‘todo’ inexistente que en absoluto refleja la realidad; al contrario, más bien, trata de imponerse como ‘desiderátum’ totalitario para el control y el legítimo ejercicio de la violencia, desde los sectores más fanáticos de la derecha, contra la diversidad.

Desde luego que la izquierda no es perfecta, eso ya lo sé y ya lo sabes tú también. Desde luego que no te convence cien por cien, pero es que no se trata de eso, no se trata de que militemos en cada partido ni de que vayamos proclamando todas y cada una de sus consignas por las calles. Se trata de apostar por un espacio político en el que se pueda seguir debatiendo y negociando de forma permanente nuevos límites para la ciudadanía. Se trata de defender el lugar democrático de la diferencia, y la búsqueda constante de nuevos escenarios de enunciación política, más justos para todos los cuerpos y las experiencias que conforman la amalgama diversa y múltiple que es la sociedad. Y el espacio de debate se gestiona desde la izquierda, eso también lo sabemos.

Habites tú esta diferencia o no, sea ésta tu vulnerabilidad o no, sabes que un gobierno de aquellos que quieren la ‘homogeneidad’ nacional sólo va a traer la paulatina marginación (cuando no cosas peores) de todo aquello que no encaje en la (siempre estrecha) idea de nación, en la siempre incompleta y excluyente idea de ‘lo social homogéneo’.

El concepto de ciudadanía ha de trabajar y construirse en dirección opuesta a la homogeneización. Ha de ser plural, abierto, elástico y moldeable, susceptible de ser cuestionado. La ciudadanía ha de ser el espacio donde todos los cuerpos y sus alianzas se encuentren reconocidos, donde se dispongan los elementos necesarios para la enunciación de toda realidad y su desarrollo. Eso es (debe(ría) ser) la democracia. Un sistema político de convivencia que garantice la posibilidad de reconocimiento permanente, de trabajo por la ampliación constante de conceptos como el de ‘ciudadanía’.

viernes, 19 de abril de 2019

#hemeroteca #ideologiadeodio | ¿Quién teme a lo queer?: Interpelación y vida política, la emoción en tiempos precarios

Imagen: 20 Minutos / 'Queer Intersections / Southern Spaces', Eric Solomon, 2018
¿Quién teme a lo queer?: Interpelación y vida política, la emoción en tiempos precarios.
Víctor Mora | 1 de cada 10, 20 Minutos, 2019-04-19
https://blogs.20minutos.es/1-de-cada-10/2019/04/19/la-emocion-en-tiempos-precarios/

Me descubro esta mañana pensando: ‘qué sentido tiene hoy, ahora, hablar sobre lo queer, sobre deconstrucción antinormativa, sobre imaginar cosas con palabras, sobre fronteras simbólicas, tránsitos, posibilidades… ¿qué sentido tiene?’.

Me censuro sin querer, casi de forma automática, y me digo que no procede. Que lo que tengo que hacer es escribir sobre la ultraderecha y sus locuras reaccionarias, sobre la última frase descabellada de tal Obispo o tal aspirante a parlamentaria, etc. Y no sé si me equivoco pero creo que esto es algo que nos pasa a todes, a menudo y en muchos contextos. Pero, ¿por qué?

Habitamos un mapa deliberadamente polarizado y cargado de crispación, algo que sabemos y experimentamos casi cada día con mayor o menor grado de violencia (en el discurso, me refiero, de momento). Se verbalizan amenazas directas contra colectivos vulnerables y se acusa a otros (o a los mismos) de ser la causa de peligros que azotan a la sociedad (o a abstractos aún mayores como la ‘nación’). Algunos de esos despropósitos nos obligan a enfrentar argumentarios que suponíamos superados. Como si se nos golpeara en la cara con una tesis cubierta de polvo, sacada de un archivo cerrado (que creíamos ‘bien cerrado’), se imponen en el debate afirmaciones totalitarias ‘sin complejos’ como piezas del tablero político que exigen ser escuchadas. Un tablero que además es pedagógico, que crea ejemplos, que legitima discursos y que genera un efecto llamada.

Y no sabemos cómo ha pasado, pero de pronto ya no se trata de discutir sobre el avance en leyes desde las posiciones que manejamos (para, por ejemplo, las luchas feministas o LGBTI+), sino de atender con urgencia a delirios como los de Cayetana Álvarez de Toledo o el Obispo Reig Pla. Delirios que no sólo desestabilizan las posiciones sino que bloquean los caminos dialécticos, ponen un palo en la rueda (o la revientan) y fuerzan al retroceso. Y quizá nos ha pasado en nuestras asambleas o en redes, y sin saber muy bien cómo nos hemos implicado en la dinámica de la crispación que imponen. Por defensa propia o, tal vez, por interpelación directa.

Yo me reconozco habiendo dado alguna que otra ‘respuesta de derribo’ (desde la rabia, sí), que además era equiparable en tono y volumen. ¿Hay otra forma de responder a una amenaza como esta, frente a quien quiere llevarnos a terapia y nos considera enfermas, o frente a quien cuestiona las violaciones y las denuncias por maltrato? Quizá no. Pero también reconozco la ambivalente sensación posterior a esa respuesta crispada; como si mi voz hubiera sido engullida por un ruido general, y diluida por una dinámica devoradora de argumentos de debate. ¿Qué ocurre en este proceso? ¿De verdad estamos ‘debatiendo’? Cuando hablamos de esto entre nosotres, en asambleas, encuentros o en los espacios de intimidad y confianza, nos reconocemos agotades porque sí, es verdad, la crispación polarizada es agotadora; y las lógicas de esa polarización se cuelan y nos contaminan con frecuencia. Pero lo que nos agota no es debatir, al contrario, el debate siempre alimenta y hace crecer. Pero es que en el contexto de la polarización lo que se suprime, de hecho, es el ‘debate’. Se interpela a la emoción directamente, a base de hachazos, a base de miedo/odio y desde posiciones reaccionarias que, lejos de alentar el diálogo, nos obligan precisamente a ‘reaccionar’.

Y reaccionamos, respondemos con virulencia y al mismo nivel, con la amarga sensación, no obstante, de haber perdido un asalto. ¿Qué ocurre en esta (no)dialéctica cotidiana? ¿Cómo se gestiona y qué consecuencias puede tener?

Hannah Arendt decía en ‘Los orígenes del totalitarismo’ que el odio abundaba en el ambiente prebélico de las primeras décadas del siglo XX, y que poco a poco tomó un papel decisivo en la vida social y cultural:

Nada ilustra mejor tal vez esta desintegración de la vida política como este odio vago y penetrante hacia todos y hacía todo, sin un foco para su apasionada atención y nadie a quien responsabilizar de la situación.

No quiero decir que vayamos de cabeza a la guerra, pero sí señalar que hace tiempo que habitamos la batalla del discurso, la lucha por el significado. El significado de nuestra identidad y sus riesgos, de nuestras posibilidades de relación, de los derechos y las vías de expresión y existencia como sujetos de la democracia. Y debemos afrontar como cierto que el clima de la crispación y la manipulación emocional son la base para la destrucción paulatina de esa vida política. Vida que ha de nutrirse siempre de debate, discusión, profundización intelectual y búsqueda de consensos permanentes para la convivencia y el cuidado de todo cuerpo que forma parte de la polis.

La descomposición de la política se define por bloquear las vías de posibilidad, es decir, por incendiar los pasos del diálogo hasta reventarlos y generar un corpus en el que sólo quepa una solución. Hoy tenemos la impresión de habitar un suelo absolutamente polarizado y de hacer equilibrios sobre la frontera del conmigo o contra mí. Quizá la praxis manipuladora de la crispación nos haya contaminado más de lo que creemos, y se inmiscuya incluso en nuestros activismos, nuestra charla cotidiana, o en el juicio sobre el contenido de lo que tenemos que escribir o compartir.

Cuando vivimos estados precarios (austericidio, desahucios, diversofobia, xenofobia, racismo social e institucional, etc.) nos vemos forzades a la gestión permanente de lo inmediato. Lo precario obliga a habitar un espacio estrecho donde no cabe la distancia crítica o la construcción de posibilidades. La toma de decisiones se ve sometida a ese marcaje injusto que nos fuerza permanentemente a reaccionar. La precariedad en el debate persigue los mismos objetivos: la reacción en estado de emergencia; inmediata, emocional, crispada. Una reacción que contribuye a reproducir la misma lógica precaria del no-debate, de la estrechez y la no-construcción. En definitiva, es una estrategia para la destrucción paulatina de la vida política.

Habitar un estadio de defensa constante nos obliga a no profundizar, a no tomar distancia reflexiva y comprender el problema de la violencia en su totalidad; y también nos hace no ver (o desatender) el daño que este misma precariedad provoca. Y por supuesto, que reaccionamos a los ataques, hay que hacerlo y es urgente. Pero también debemos cuidar y atender el espacio emocional que habitamos, cuando se nos somete a la crispación. Y creo que quizá, en este escenario, es más importante que nunca trabajar por abrir la estrechez de lo precario. Es importante no ceder más terreno de debate.

Reunirnos, hablar, escribir, construir e imaginar nuevas vías para problemas complejos; revitalizar la política en su expresión dialógica, viva y en crecimiento constante. Debemos responder siempre, y lo haremos con contundencia. Pero no caigamos en la inercia tramposa que nos hace desatender las vías del diálogo y su profundidad. Porque es ahí, debatiendo y luchando por mantener la amplitud de los espacios discursivos, donde hemos conseguido imaginar horizontes, tejer redes, expresarnos, reconocernos, crecer y, en definitiva, ser más libres.

martes, 12 de marzo de 2019

#hemeroteca #queer #interseccionalidad | ¿Quién teme a lo queer? – Contra la pureza (interseccional / queer o no será)

Imagen: Oprimide
¿Quién teme a lo queer? – Contra la pureza (interseccional / queer o no será).
Abanderar y poner sobre la mesa una de las categorías o dinámicas que nos definen resulta fundamental para visibilizar problemas y combatir las opresiones, pero no debemos caer en la trampa esencialista que reduce nuestros cuerpos, expresiones y prácticas a un elemento, y que nos define por oposición excluyente.
Victor Mora | Oprimide, 2019-03-12
https://www.oprimide.com/quien-teme-a-lo-queer-contra-la-pureza-interseccional-queer-o-no-sera/

Escuchamos con frecuencia hablar de lo ‘interseccional’ y, en lo que refiere a lo ‘queer’ (como teoría y, desde luego, como práctica política), la interseccionalidad es un eje imposible de obviar para explicarnos como cuerpos atravesados por un mundo de significados en movimiento. Pero, ¿qué es ‘interseccional’ y por qué es importante recordar que es una clave fundamental para tejer alianzas?

En ‘Sister/Outsider’ Audre Lorde definía la ‘diferencia’ como un lugar, como una casa en la que era posible encontrarse y compartir experiencias, sin que para entrar fuera necesario habitar las mismas categorías. La ‘casa de la diferencia’ en Lorde es, precisamente, el espacio donde poder encontrarnos sin tener que escoger entre una de las marcas con las que nos han convertido en ‘diferentes’. Es decir, sin tener que elegir cuál de las opresiones que atraviesan nuestro cuerpo es ‘más importante’, protagonista o es directamente excluida en según qué espacios de activismo.

Cuando Audre Lorde hablaba de sí misma, recordaba que se identificaba con múltiples marcas que por defecto la asumían como parte de distintos grupos definidos como ‘diferentes’; y su propio cuerpo se encontraba atravesado por elementos distintos y cada uno de ellos podía ser motivo de exclusión:

“En mi condición de feminista, negra, lesbiana, socialista, de cuarenta y nueve años, madre de dos hijos, uno de ellos varón, miembro de pareja interracial, suelo encontrarme incluida en diversos grupos definidos como diferentes, desviados, inferiores o sencillamente malos.”

Cada una de esas categorías, en función del contexto, los espacios y relaciones que el cuerpo habite, se manifiesta con intensidad variable, y condiciona nuestro relato de manera distinta. Es decir, dependiendo del paisaje contextual, cada una de esas marcas (mujer / negra / feminista / madre / lesbiana…) cobrará una relevancia particular, una importancia protagónica o secundaria. Será inevitable causa de combate, de resistencia, o quizá motivo de pedagogía encarnada o, tal vez, en espacios de seguridad, un elemento tan común que se volverá invisible.

Contra la pureza, contra lo ‘esencial’, que siempre debería hacernos sospechar, Lorde mostraba su cuerpo atravesado por múltiples intersecciones. Un cuerpo en fuga que escapaba de toda marca que la quisiera en exclusiva. No sólo negaba la necesidad de jerarquía, sino que problematizaba toda definición categórica con su existencia misma. El cuerpo atravesado en intersección transita contextos pragmáticos que, nuevamente, recolocarán sus marcas para otorgarle significados otros. ¿Tiene sentido “escoger” una de esas marcas como principal? La reflexión de Audre Lorde sirve como pregunta desestabilizadora de las lógicas exclusivas de la identidad. ¿Soy antes negra que lesbiana, marica que trans, sorda que vieja? Lorde avanza la necesidad de encontrar un espacio donde podamos encontrarnos y poner en común las experiencias de la intersección sin necesidad de definirnos de forma esencialista y excluyente con una sola categoría en oposición al resto. Esa es la casa de la diferencia, ese el espacio que se reivindica como red colectiva desde donde tejer nuevas alianzas para trabajar por objetivos comunes.

No se trata de ignorar la importante emergencia de cada una de esas categorías como tales categorías de enunciación. No se trata de olvidar (por favor, no olvidar) las razones históricas por las que a partir de categorías oprimidas emergieron sujetos políticos, para combatir precisamente las relaciones de poder que las habían definido como marginales. Lo interseccional trata, al contrario, de reconocer todas las dinámicas que nos atraviesan, para ver qué diálogos y relaciones establecen entre sí y con el mundo. A ser sensibles, también, a aquello que nos hace habitar el privilegio (por ejemplo cis, por ejemplo blanca, por ejemplo esta voz que tengo que se escucha aquí y ahora…) y que no somos capaces de ver porque no han generado resistencia/violencia/disidencia en nuestro desarrollo cotidiano, en nuestro contexto pragmático.

La noción de mestizaje, de identidad fronteriza atravesada por intersecciones como estas, hace visible la imposibilidad de esa especie de ‘pureza esencialista’ que se pretende desde sectores conservadores, y también desde ciertos activismos, a mi juicio equivocados. Insisto en que no se trata de decir que ensalzar una de esas intersecciones en un momento y contexto no sea absolutamente necesario, lo es. Abanderar y poner sobre la mesa de forma individual y también colectiva y organizada, una de las categorías o dinámicas que nos definen, como las generadas por racismo, sexismo, clasismo, etc., resulta fundamental para visibilizar problemas y combatir las opresiones que marcan específicamente esos ejes. Pero debemos evitar caer en la trampa esencialista que reduce nuestros cuerpos, expresiones y prácticas a un elemento, y que nos define por oposición excluyente.

Lorde propone habitar ‘la casa de la diferencia’. Es una invitación a vislumbrar esas disidencias otras (en mi cuerpo, en todo cuerpo), y a no atender (necesariamente, siempre) a lo que ‘marca la diferencia’, sino a comprender que la condición misma de habitar la diferencia puede ser el indicio de reconocimiento que nos falta; puede ser el umbral de la solidaridad de la que demasiado a menudo carecemos.

Como otras imprescindibles / inapropiables (Anzaldúa, Moraga…) Lorde anticipa que frente a la imposible jerarquía y a la imposible ‘esencia’, el horizonte de lo posible dibuja lo corporal mediante formas otras de escritura. La narrativa de la identidad es atravesada, por el cuerpo y sus prácticas híbridas, múltiples, que no (nunca) aspiran a la pureza. Al contrario, lejos del cuerpo puro y adscrito a una línea de identidad demarcada y limitada por las lógicas normativas, el cuerpo corrupto, mestizo, atravesado y móvil (cuerpo queer), es el cuerpo en fuga permanente, que se escapa como fluido por las fisuras del sistema que se pretende sólido, pero está lleno de fallas.

El hecho de que una intersección no nos haga habitar el marco de la opresión, no quiere decir que no nos afecte, eso es falso: condiciona hasta la asfixia el contexto en el que vivimos. Y no se trata de banalizar unas experiencias frente a otras, no se trata de correr más ni de colocar ‘mi diferencia’ en jaque frente a la tuya. Lo interseccional ofrece un mapa nuevo de redistribución y lectura de las experiencias, y nos increpa a ser capaces de leernos y escucharnos fuera de las lógicas de la competición. No se trata de quién tiene una colección mayor de daños, se trata de comprender cómo interactúan esos ejes entre sí y para con otres, y qué hacemos respecto a esas relaciones. Se trata de imaginar nuevas formas de narrarnos, individualmente, en colectividad y puestas en contexto.

La intersección camina en dirección contraria al esencialismo. Todo eje de intersección es una pieza narrativa, y la visión de quiénes somos es la lectura de su conjunto, de sus relaciones y su potencial de posibilidades.