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martes, 9 de octubre de 2018

#hemeroteca #trabajosexual | Sigamos debatiendo sobre prostitución

Imagen: La Pajarera
Sigamos debatiendo sobre prostitución.
Beatriz Gimeno | La Pajarera, 2018-10-09

http://www.lapajareramagazine.com/sigamos-debatiendo-sobre-prostitucion

Cuando comienzo el enésimo artículo sobre prostitución la sensación es de terrible tedio e impaciencia. No parece haber nada sobre este asunto que no se haya discutido, ni explicado hasta la saciedad. Lo que parece quedar es simplemente una batalla política sobre un debate irreductible en el que ya no queda nada que decir. Hace años escribí un libro sobre prostitución que pretendía ser más un estudio del debate tal como se produce que sobre la prostitución en sí. Describí un debate que, en su mayor parte, se configuraba como irreductible y que percibía la realidad a través de marcos mentales cerrados y muy rígidos que impedían interactuar con nada que viniera de fuera. Muchos otros debates actuales siguen este esquema. Se polarizan en torno a dos marcos ideológicos y mucha gente se adscribe a uno u otro según la idea que tenga de sí misma y antes de reflexionar acerca de la cuestión. No es que las que hemos reflexionado sobre prostitución no tengamos buenos argumentos, que sí que los tenemos, pero lo cierto es que la estructura de marcos mentales rígidos permite a mucha gente posicionarse sin necesidad de mucha reflexión. La configuración del debate alrededor de marcos ideológicos muy cerrados permite que cada uno de ellos parezca englobar en sí mismo un mundo completo y se supone que según lo que pienses acerca de la prostitución así será lo que pienses de otras cuestiones como pornografía, aborto, sexualidad, transexualidad, feminismo, etc. aun cuando esto pueda no ser cierto en su totalidad. Además, la agresividad utilizada se termina usando para hacer una política de tierra quemada en la que no siempre es fácil poner sobre la mesa una idea nueva que pueda desestabilizar el marco. Cualquier desviación puede ser considerada una traición, cualquier reflexión será considerada debilidad o equidistancia, los matices y las complejidades vuelan por los aires. Esto hizo que hubo un momento en que se hacía tan duro seguir debatiendo en un no-debate que muchas lo abandonamos.

Pero desde que comenzó esta nueva ola feminista es muy perceptible un cambio. Es bastante evidente que el debate se ha movido y que se han incorporado al mismo, especialmente al campo del abolicionismo, muchas jóvenes que han puesto sobre la mesa cuestiones fundamentales relacionadas con el cuerpo y la sexualidad pero que, sobre todo, han juntado las piezas y han señalado la estructura de dominación: se llama patriarcado. Y en este sentido creo que es muy importante regresar al debate y hacerlo desde el convencimiento de que el cambio es posible y de que hay feministas con las que tendremos que caminar y con las que queremos caminar. Si yo misma, como muchas abolicionistas, he sido regulacionista ¿por qué no voy a suponer que eso mismo le puede pasar a muchas otras? Renunciar a convencer no es buena idea en ningún debate político, aun cuando eso no significa que se renuncie a las escaramuzas políticas, al eslogan, a la guerra de guerrilla de los ‘hastags’. Pero siempre debe mantenerse abierto un espacio en el que quepa la reflexión, yo no renuncio a eso. En mi caso, cuando comencé a estudiar el debate y el sistema prostitucional en su conjunto no me limité a leer lo que dicen aquellas investigadoras con las que estoy de acuerdo, sino que hice lo contrario, lo que recomienda hacer el sociólogo Gouldner esto es, tratar los propios argumentos como si fueran ajenos. Y así lo he hecho todo este tiempo, siempre leo los artículos abolicionistas pensando en aquellas argumentaciones que pueden ser más débiles y los confronto con lecturas regulacionistas. Y siguiendo con el debate de lecturas que mantengo, quiero analizar aquí dos de los últimos artículos aparecidos porque son muy representativos de las dos distintas maneras de argumentar que he comentado antes.

Leí con interés el de Montserrat Galcerán porque yo utilicé profusamente su libro ‘Deseo y libertad: una investigación sobre los presupuestos de la acción colectiva’ para construir los argumentos del mío. En este caso, su artículo es representativo de un debate que creo que ya está superado. Debatamos, sí, pero no desde la ignorancia de lo que opinamos las abolicionistas o desde la falacia argumentativa consistente en afirmar que decimos lo que no decimos. Por ejemplo, cuando al principio del artículo afirma que el abolicionismo defiende “la abolición porque creen que la prostitución atenta contra el honor de las mujeres, cosifica nuestro cuerpo, nos priva de libertad sexual y va ligada en muchos casos a delitos graves como son actuaciones mafiosas, tráfico de mujeres y niñas y otras barbaridades”. Nunca hemos dicho que la prostitución atente contra el honor de las mujeres (por lo menos no desde el siglo XIX). Hace mucho que ninguna feminista piensa que el honor de las mujeres sea diferente al de los hombres y, desde luego, no hay nada del honor (aun cuando pudiéramos ponernos de acuerdo en definir esta palabra) de las mujeres que esté en juego en la prostitución. Cosifica nuestro cuerpo, sí, como muchas otras cosas en el patriarcado; tampoco utilizamos el argumento de que la prostitución nos priva de libertad sexual y respecto a que la prostitución va unida a actuaciones mafiosas, tráfico y otras barbaridades, esto no lo niega nadie, aunque tengamos diferentes soluciones para combatir dichas barbaridades. Pero nada de eso es lo que nos hace abolicionistas. Estamos contra la prostitución porque es un privilegio sexual masculino que se construye para ellos como un derecho que sostiene sobre sí una enorme estructura simbólica y material que codifica y refuerza significados “fuertes” de género y de desigualdad. Porque enseña a los hombres una manera especialmente desigual de relacionarse con las mujeres; porque la prostitución se ha convertido en una mega industria global cuya materia prima son las mujeres pobres destinadas a satisfacer una demanda alentada ideológicamente y que se ha convertido también en un refugio patriarcal contra los avances del feminismo. Y porque esto tiene consecuencias materiales en las vidas de las mujeres pobres puesto que las destinadas a surtir este mercado tienen que ser mantenidas en la pobreza o de otra manera no habría suficientes para cubrir una demanda en crecimiento. Estamos contra la prostitución porque significa una redistribución radicalmente desigual de los placeres, del valor de los cuerpos, de las categorías de objeto y sujeto; porque cualquier proceso de transformación de la masculinidad pasa por combatir esta institución que no hace sino consolidar y defender, institucionalizando de manera simbólica, legal y de mercado, el privilegio sexual masculino (el que sostiene que los hombres tienen necesidades sexuales que tienen que satisfacer necesariamente). Estamos contra la prostitución porque como dice Bourdieu, la dominación masculina se fundamenta sobre la lógica de los intercambios simbólicos, es decir, sobre la asimetría fundamental entre hombres y mujeres y esta asimetría se fundamenta en diversas instituciones que van cambiando y modificándose según la correlación de fuerzas existente. La prostitución es una de estas instituciones y al contrario que otras, por ejemplo el matrimonio, en lugar de vaciarse de sentido, lo que ha experimentado es un fortalecimiento desde los años 80 del pasado siglo como espacio de reagrupamiento de las masculinidades más vulnerabilizadas, y no solo por el feminismo, sino también por el neoliberalismo. Si a los hombres les quitas todo, al menos dales mujeres, viene a decir Rita Segato. En definitiva, estamos contra la prostitución porque esta institución refuerza el poder de los hombres como clase y es la marca del estatuto subordinado de las mujeres.

Después dice Galcerán que no va a defender la prostitución sino el sindicato que ha pretendido inscribirse hace un par de semanas. Pero algo de defensa de la prostitución tiene que haber ahí cuando el sector reglamentista ha pasado, sin solución de continuidad y sin una mínima explicación, de criticar a la industria del sexo y defender la autogestión de las putas a defender a este sindicato ignorando no solo su posición de ayer mismo, sino también algunas sospechas que sectores desde dentro de la prostitución o del sindicalismo han lanzado contra OTRAS. También ignoran evidencias como que ha habido a lo largo del tiempo varias secciones sindicales de trabajo sexual (CC.OO., CGT) a las que no se ha afiliado nadie nunca. Es curioso como este sector ignora que regular este sindicato en las condiciones actuales lo que significaría de facto sería legalizar a la patronal. Dar derechos a la patronal no redunda en absoluto en derechos para las mujeres que ejercen la prostitución. De hecho, si estuviéramos en el punto cero de las relaciones laborales en otros muchos sectores muchos de los que ahora exigen la regulación del sindicato estarían abogando por no reconocer a la patronal en ningún caso. Autoorganización sí, para combatir a la patronal, no para legitimarla y darle todo el poder, y estamos en una situación en la que podríamos evitar que eso ocurra. Parece que si hablamos de prostitución, para ciertos sectores, no es que no estén en contra, es que casi todo se legitima solo. Debe existir una posición previa, no razonada que explique esta incongruencia y me inclino por pensar que muchas reglamentaristas sucumben a un fenómeno que Slavoj Žižek describe perfectamente como característico de la posmodernidad: que el discurso hegemónico y conservador se hace pasar (consciente o inconscientemente) por antihegemónico para tener más incidencia en un mundo que ha hecho de la transgresión, especialmente en lo que se refiere al sexo, un espacio de consumo ilimitado.

El segundo artículo, de Irantzu Varela, es completamente distinto. De hecho, este es el ejemplo al que hacía referencia al principio de activistas feministas no abolicionistas con las que tenemos que caminar y seguir debatiendo, como ella misma dice en el título de su artículo. No puedo sino decir que comparto mucho del mismo; casi todo excepto las conclusiones. Dice por ejemplo de la prostitución: “(…) sabemos que su existencia está propiciada y legitimada por una visión estructural sobre las mujeres, nuestros cuerpos y nuestra sexualidad, y que no podemos pedirles a las putas que desaparezcan porque sus explotaciones explícitas nos incomodan, si no vamos a luchar de manera frontal contra las estructuras que las han puesto ahí”. Desde luego que no podemos pedirles a las putas que desaparezcan, y mucho menos porque nos incomoden. Las putas no nos incomodan, todas podemos ser putas en el patriarcado (y figuradamente todas lo somos). Nos incomoda el machismo, y el sistema que crea la prostitución y fabrica a las putas.

Quizá nuestra diferente visión radique en el papel que otorgamos a la función de la prostitución respecto a dicha estructura. “Para acabar con la prostitución tal y como la conocemos, hay que acabar con el sistema que convence a los hombres de que han venido al mundo a conseguir todo lo que se les ponga en la entrepierna, y que nosotras hemos venido a dárselo o a que nos lo cojan” escribe Varela. Pues yo digo: exacto, pero digámoslo al revés: “Para acabar con el sistema que convence a los hombres de que han venido al mundo a conseguir lo que se les ponga en la entrepierna es necesario, entre otras cosas, acabar con una institución que existe, precisamente, para garantizarles ese derecho”. Que todos los adolescentes varones crezcan sabiendo que ese es su derecho y que pueden ejercerlo cuando quieran no ayuda a combatir el sistema, me parece, sino al contrario. Es contra ese derecho que luchamos. Siguiendo con el artículo de Varela: ¿Se puede follar por dinero?, pregunta ella. Desde luego, y por muchas más cosas: por dinero, por sentirse querida, por lástima, por miedo, por violencia, por tener una casa, por conseguir un ascenso, por todo eso se puede follar y por muchas más cosas. Pero el problema es que es el patriarcado el que crea las condiciones de posibilidad para que esas sean nuestras opciones, y no las de ellos, que suelen follar por ganas. Para que follemos por dinero es necesario que seamos pobres, para follar por sentirnos queridas es necesario crear el amor romántico, para follar por un trabajo mejor es necesario que sean los hombres los que tienen el poder laboral, para follar por miedo... es necesario tener miedo... y así todo. Pero sigamos hablando, sigamos debatiendo; estamos de acuerdo en lo fundamental.

Finalmente tengo dudas y algunas certezas: que la prostitución es incompatible de muchas maneras complejas con una sociedad sexualmente igualitaria y que tenemos que seguir hablando e iluminando la complejidad a fin de ser capaces de convencer a compañeras y también de desbrozar el camino hacia la igualdad, que es el bien que defendemos las feministas cuando pretendemos acabar con este privilegio. El feminismo abolicionista ha sido capaz de trascender muchos de los argumentos tradicionales para preguntarnos no solo cómo se construye la explotación de las mujeres, sino cómo se construye el mundo social, con qué categorías, cómo se subjetivan quiénes son sujeto y quiénes son construidas como objeto; con qué herramientas sociales, bajo qué condiciones culturales, simbólicas y materiales se construyen las estructuras de dominación y de legitimación de dicha dominación. Este movimiento feminista se ha preguntado por todo esto y ha puesto encima de la mesa las políticas relacionadas con el cuerpo, porque como dice Celia Amorós, la liberación será corporal o no será.

Beatriz Gimeno. Escritora, activista y diputada de Unidos Podemos en la Asamblea de Madrid.

martes, 30 de enero de 2018

#hemeroteca #feminismo #politica | Municipalismo feminista

Imagen: El Salto
Municipalismo feminista.
Un municipalismo radical entiende que se llega a las instituciones públicas locales para abrirlas a una cogestión con la ciudadanía.
Montserrat Galcerán | El Salto, 2018-01-30
https://www.elsaltodiario.com/opinion/municipalismo-feminista

Municipalismo es una palabra de moda. Más aún cuando se acercan las elecciones de 2019 y todo el mundo se prepara para grandes coaliciones que aúnen los significantes más notorios del momento: municipalismo, gobierno de izquierdas, ciudades del cambio y, si todavía cabe, feminización de la política. Y me pregunto: ¿qué añade el feminismo a toda esa amalgama? ¿En qué es feminista la política municipalista?

Antes que nada hay que señalar que el municipalismo feminista representa una crítica radical a la gestión habitual del poder que, no por casualidad, es extremadamente masculina, está basada en el dominio de la fuerza y de la autoridad, sustentada en una estructura vertical en la que el poder emana de arriba a abajo de modo que, aunque la soberanía resida en la base, ésta se expresa a través de un personaje carismático situado en la cúpula. En el mejor de los casos la base elige a la cúpula pero ésta es la que luego designa a su vez a los órdenes intermedios. De esta forma se consigue que el líder encarne el poder colectivo distribuyéndolo de arriba abajo. Es una mezcla entre expresión o representación con gestión desde arriba.

El municipalismo radical critica esta asunción, pues entiende que se llega a las instituciones públicas locales para abrirlas a una tendencial cogestión con la ciudadanía. En eso se diferencia de un municipalismo táctico para el que la toma de los municipios es una etapa para llegar al poder del Estado. Para éste se trata de demostrar capacidad de gestión en los ayuntamientos como forma de manifestar una competencia que avalara la gestión a nivel de Estado y de catapultar personalidades cuya imagen, engrandecida por esa gestión, servirá para afianzar la carrera hacia las instituciones estatales. Así entienden el municipalismo algunos partidos políticos, mientras que para nosotras el poder local es una esfera propia con características específicas que alberga la posibilidad, inherente a ellas, de iniciar procesos de transformación basados en una agencia directa de los implicados/as. Tal vez en la sociedad del espectáculo aquella versión sea más realista y pragmática. Tal vez, pero en ese caso, olvidémonos de cualquier transformación de envergadura.

Y ¿qué ocurre con la configuración de candidaturas y el proceso que lleva a ellas? Desde el municipalismo táctico no es importante que el proceso sea amplio y que en él estén presentes las diferentes fuerzas que operan en la ciudad; lo importante es que la candidatura gane y que una vez en el gobierno se asegure una gestión que será también de arriba abajo puesto que ésta es la dinámica de las estructuras municipales. Es una pérdida de tiempo construir candidaturas plurales, que incluso pueden dificultar la gestión, en vez de equipos arracimados en torno al líder o lideresa. Por el contrario para nosotras es fundamental que el equipo recoja la pluralidad de agentes porque esa pluralidad de puntos de vista es una riqueza social y política que puede apuntalar una gestión crítica con los poderes imperantes. Por eso hay que hacer primarias con sistema proporcional. Ese es el único que garantiza la presencia de las minorías activas. Por supuesto que exigen un esfuerzo de democratización en las propias estructuras institucionales y en la toma de decisiones, pero ése es justamente el paso necesario para una mayor presencia de la ciudadanía en la gestión de la ciudad.

Entre los diversos sistemas proporcionales, el Dowdal es el que mejor protege a las minorías, razón por la que seguiremos defendiéndolo. En un artículo recién publicado (18.I.2018) de Jorge Martinez Crespo, titulado ‘El Sr. Dowdall y la señora democracia’, se analiza esta opción a partir de una simulación de cuál hubiera sido la configuración de la candidatura de Ahora Madrid en 2015 con los diversos sistemas proporcionales. La conclusión es que, si se hubiera aplicado un sistema menos proporcional (el Borda), tres concejales de las listas minoritarias no habrían salido, dos mujeres –Yolanda Gonzalez y Rommy Arce– y un hombre –Carlos Sánchez Mato. ¡El Ministro Montoro se habría evitado un contrincante de altura y habríamos perdido un buenísimo concejal!

¿Será casualidad?, ¿tendremos algo que decir al respecto la feministas municipalistas o nos basta con defender la paridad y las listas cremallera? ¿Qué novedad aportamos nosotras al municipalismo ‘tout court’?

Igual que municipalismo, feminismo es una palabra de moda. Las mujeres estamos siendo objetivo de conquista política, objeto de seducción y a la vez mascarón de proa de todo tipo de políticas. La aparición pública de tantísimas mujeres reclamando un rol activo en la sociedad y provistas de una papeleta de voto se traduce en una contienda por apropiarse esos votos, para lo cual nada mejor que propiciar un cierto tipo de imagen femenina que haga de señuelo. Dado que la política de la representación funciona a través de ciertas identificaciones, se propulsa el tipo adecuado de personaje que transmita el mensaje adecuado para potenciarla.

Excepto las más duras de la derecha, muchas de estas mujeres no pondrían reparos en llamarse feministas. En todos los plenos municipales los diversos partidos rivalizan en proponer declaraciones institucionales contra la violencia, a favor de las mujeres o para conmemorar el 8 de marzo. Si nos preguntamos qué nos une a todas nosotras encontramos cuestiones compartidas como el rechazo de la violencia, la defensa genérica de los derechos de las mujeres, una concepción laxa de la libertad,… ¿qué nos separa? El que nosotras ponemos el acento en la contribución, en tanto que mujeres libres, a una transformación social que tiene en los gobiernos locales una de sus palancas. Este es el cruce que nos caracteriza.

Se trata, pues, de plantear qué tipo de transformación social es la que queremos propiciar y por qué pensamos que el nivel local es útil para ello, tanto o más útil que otros niveles. Démosle la vuelta al asunto: ¿podríamos pensar un municipalismo que no tuviera esa dimensión feminista? Sin duda que podríamos, si hiciéramos caso omiso de la dimensión de género prolongando la idea de que el poder es neutro en cuanto al género. Craso error: en cuanto profundizamos un poco en las políticas públicas descubrimos el sesgo de género, entre otras cosas porque sus beneficiarias son fundamentalmente mujeres, dado que, a su vez, son las mujeres las más empobrecidas y las más necesitadas, las que atienden mayoritariamente a los niños, enfermos o dependientes a los que se dirigen dichas políticas. También una mayoría de trabajadores públicos son mujeres.

O dicho de otra forma, gran parte de las políticas públicas a nivel local tienen que ver con cuestiones de la reproducción social básica tales como los problemas de escolarización y atención en las escuelas, programas de servicios sociales para personas en situación de vulnerabilidad, cuestiones ligadas al estado de las calles y vías públicas, movilidad urbana, vivienda... Todas ellas implican atención a las condiciones cotidianas de vida y a las tareas del mantenimiento y la reproducción social en las que las mujeres ocupamos un lugar relevante. Y sin embargo no visualizamos que nuestras políticas se dirigen prioritariamente a mujeres ni les damos el lugar que les corresponde.

Desde el municipalismo entendemos que el poder local puede servir para propiciar un acercamiento a los problemas de la ciudad entendiéndola como un espacio de convivencia y de reproducción de la vida. El poder local tiene que conquistar condiciones de vida digna para sus habitantes procediendo a políticas de redistribución y de empoderamiento de los agentes locales. Frente a la concepción neoliberal que ve en la ciudad una plataforma de negocio o la posición de C’s que solo visualiza mujeres independizadas y exitosas, nosotras queremos promover la implicación de las mujeres en el tejido social que nos ayuda a sostener la propia reproducción y el mantenimiento de la vida.

Pero, lamentablemente, ese empoderamiento de las mujeres también puede hacerse en clave reaccionaria e incluso neofascista. La precariedad, la crisis, la pobreza y las malas condiciones de vida se ceban en mujeres con condiciones de vida muy difíciles, que las inclinan a suscribir discursos de corte xenófobo y puritano. Algunas mujeres de nuestros barrios, ante las dificultades de la convivencia cotidiana, se dejan arrastrar a conclusiones simplificadoras: achacar los problemas a los migrantes, a jóvenes mal criados, a trabajadores perezosos...; está surgiendo una especie de mujerismo neofascista que lee esos problemas con unas lentes distorsionadoras: defiende los derechos de las mujeres pero ve una amenaza contra ellos en culturas consideradas menos propicias, como la musulmana, o en políticas no suficientemente punitivas.

Cuanto más implicadas estemos las mujeres, menos proclives seremos a dejarnos arrastrar por esos discursos estereotipados y más capacidad tendremos para encauzar nuestras energías en una transformación de nuestras ciudades y barrios que proteja la reproducción social. El municipalismo feminista se separa de discursos genéricos y se sitúa en esta senda.

Montserrat Galcerán es catedrática de Filosofía y fue elegida concejal por Ahora Madrid en 2015.