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miércoles, 6 de marzo de 2024

#hemeroteca #homoserotismo #arte | La historia de amor imposible de Rodrigo, el artista detrás de la escultura gay que arrasa en ARCO

Rodrigo tras su escultura 'Manuel' //

La historia de amor imposible de Rodrigo, el artista detrás de la escultura gay que arrasa en ARCO
'Manuel', considerada la primera obra de arte 'queer' del arte español, sembró la polémica en la feria de 1983 y vuelve a acaparar la atención cuatro décadas después.
Henrique Mariño | Público, 2024-03-06
https://www.publico.es/culturas/historia-amor-imposible-rodrigo-artista-detras-escultura-gay-arrasa-arco.html

Cuando lo vio por primera vez en una piscina de Madrid, allá por agosto de 1977, Rodrigo quiso hacerlo suyo. No pudo consumar la pasión, porque Manuel era heterosexual, pero sí la adoración que sentía por él. El fruto de aquel amor imposible fue una escultura que llevaba latiendo mucho tiempo. Aquel hombre, simplemente, fue la forma.

Paco Morales lo entrevistó en 1983 con motivo de la exposición de ‘Manuel’ en la segunda edición de ARCO, dirigida por Juana de Aizpuru, quien le pidió a la galerista Fefa Seiquer que se llevase de allí aquella escultura a tamaño natural. Habían pasado seis años desde que empezó a crear la obra, dos hombres y un solo corazón.

Rodrigo Muñoz Ballester nació en Tánger en 1950. En aquella entrevista confesaba que le faltaba una asignatura para terminar Arquitectura, pero que se dedicaba a otros menesteres, "trabajos viles" como murales en bares, aunque luego dejaría su impronta en algunas estaciones del metro madrileño.

No era un artista con mucha obra. "He hecho sólo unos pocos trabajos, muy crispados todos ellos, porque el arte me importa mucho menos que el tiempo que he vivido". Tampoco con dinero. "Hace dos noches no tenía un duro, ahora tampoco y no es que me importe mucho", explicaba.

Desde entonces, reconoce en ARCOmadrid 2024, ha llevado una vida austera, aunque ‘Manuel’ fue vendida en 1983 por 1.800.000 pesetas, la mitad para él, la mitad para la galerista. Ahora cuesta 80.000 euros, unas cuatro veces más que el precio original. "Si ocurre, como si no ocurre". La venta. "Siempre he vivido muy en precario. Sigo igual que hace 41 años, cuando me hicieron aquella entrevista. No he cambiado nada. Hace dos días empezamos a montar la escultura y tenía 45 euros, que destiné a la comida para los gatos y a tomar por saco. Y gracias a que una coleccionista me compró un grabado".

Si ocurre, como si no ocurre.

Porque Rodrigo no conoció la abundancia desde que nació en Tánger, donde su padre trabajaba como jefe de almacén en una ferretería. La guerra civil truncó su sueño de ser abogado y tuvo que dejar la carrera, al igual que su mujer abandonó Farmacia. "Eran gente leída y les encantaba el cine, pero aquello les mandó a la mierda".

Cuando terminó el protectorado español de Marruecos, se vinieron a Madrid con lo puesto y mil pesetas en el bolsillo. Rodrigo tenía siete años. Un matrimonio y cuatro hijos, en el cuarto de una pensión. Luego se mudaron al barrio de Tetuán. Un día, cuando su madre llegó de la compra, él cogió el papel de estraza que envolvía la carne, se echó al suelo de la cocina y comenzó a dibujar sobre aquella superficie ensangrentada. Al terminar, se dijo: "He sido capaz de hacer el mundo. Esto es un chollo". Su primer recuerdo como artista.

"Yo es que no vengo de…", le comentaba al dueño de una galería antes de que se inaugurase la 43ª edición de ARCO, dedicada al mar Caribe. El lugar del que viene, o sea, difiere del origen de los coleccionistas que pululan por la feria hasta este viernes, cuando se abre al público y el paisanaje se torna más heterogéneo. "Mi padre empezó a trabajar en una ferretería de la calle Valencia, en Lavapiés, y éramos tan catetos que estuvimos a punto de irnos toda la familia a Valencia. ¡A Valencia ciudad!".

Ahora vive en Cervera de Buitrago, un pequeño pueblo de la Sierra Norte de Madrid, donde ha instalado su estudio. Manuel, viudo desde hace un mes, en el sur de España, aunque de alguna manera lo ha acompañado todo este tiempo, pues la escultura lo velaba cada noche en su cuarto.

"Rodrigo sueña su cuerpo del que emerge el de Manuel al que contiene, al que abraza, como si se le escapara o como si entrara en él. Son dos figuras que es una. Desde luego solo hay un corazón que, además, se ilumina. Uno vestido y el otro desnudo, detallista hasta la extenuación, una imagen entre soñada y de pesadilla", escribe el comisario Joaquín García Martín en ‘Un acercamiento al arte homosexual en la Transición española’, publicado por la Galería José de la Mano.

De ARCO 1983 a ARCO 2024
En su ‘stand’ luce la escultura del creador tangerino y las obras de otros pioneros del arte gay, como Costus, Carlos Forns, Juan Hidalgo, Roberto González o Julujama. "Hemos recuperado a los artistas que reivindicaron el movimiento LGTBI cuando había que hacerlo, en los años setenta y ochenta, un período complicado de la historia de España", explica José de la Mano, quien considera que ‘Manuel’ es una obra "brutal y trascendental", así como "una de las grandes piezas" del género en nuestro país.

"Más de cuarenta años después, no ha perdido su vigencia formal ni su mensaje, un amor platónico que el artista consigue inmortalizar en una obra de arte que nos va a pervivir a todos", añade el galerista, quien entiende la escultura como un "voy a estar dentro de ti, al lado de tu corazón".

Porque en ella se funden el amado y el artista, aunque Rodrigo matizaba su significado a Paco Morales: "’Manuel’ no es una expresión del desdoblamiento de personalidad, ni la representación del hombre culto y el hombre irracional, ni nada de eso. ‘Manuel’ es el de fuera. El otro soy yo queriendo quedarme así siempre. Por supuesto que hay por ahí un gusto totémico muy fuerte, pero también hay una idea de desmitificar el amor entre hombres...".

Joaquín García Martín recuerda que en 1983 fue la pieza de la que hablaba todo el mundo en ARCO. Ahora, vuelve a ser el centro de atención de la prensa, cuyos artículos han atraído a curiosos y amigos, quienes saludan a Rodrigo y le piden fotografiarse con él, aunque les deja claro que no mirará a la cámara. Posan ante "probablemente la primera obra de arte ‘queer’ del arte español", en palabras del comisario, quien escribe: "Su realización es un acto de amor, su existencia una forma de poseer al ser amado".

¿Pero ha habido otros Manueles? "Yo he tenido muchísimas relaciones, no solo con hombres heterosexuales y gais, sino también con mujeres. De hecho, tengo una hija maravillosa", comenta Rodrigo, quien disfruta "plácidamente" de la segunda vida de su escultura, sorprendido con la expectativa que ha generado Manuel, "y eso que la de entonces ya fue tremenda".

"Juana de Aizpuru se ponía muy nerviosa al verla. Y una abuelita muy pintada se sentaba en una silla plegable y suspiraba: ‘¡Ay, si lo viera Federico!’ Al observarla, le comenté a mi galerista que aquello era una cosa loca, porque hasta venía gente de los manicomios". Entonces, Fefa Seiquer le respondió: "¡Pero si ella es Maruja Mallo y Federico es García Lorca!".

Poco después, Rodrigo estudió Bellas Artes, aunque no terminó la carrera. Cuando aprobó Deontología, Legislación y Valoración, la asignatura de Arquitectura que tenía pendiente, le restregó el título a su padre por la cara. "Me limpié el culo y, con la zurrapa en la papeleta, le dije que ya podía enmarcarla: ‘¡Haz tú las casas, que a mí ya me has jodido la juventud entera!’ De joven era muy burro, porque el pobre de mi padre se mataba en la ferretería para que estudiáramos y nos dio una carrera a los cuatro hermanos".

‘Manuel’ aterrizaba en Nueva York. Un asesor de compras de la Tate Gallery de Londres se hizo con la escultura, hasta que murió de sida y su pareja quiso que volviese a los brazos de Rodrigo. A veces, cuando habla, se le nublan los ojos, del mismo modo que la memoria también puede ser borrosa. Quizás aquella piscina no fuese la del Parque Sindical, sino la del Lago, en la Casa de Campo. La recepción de la escultura en el aeropuerto de Barajas también es novelesca: tras exigirle 600.000 pesetas para entregársela, una fortuna en la época, el jefe del depósito donde estaba almacenada se apiadó de Rodrigo tras conocer la historia y al final no le cobró nada.

El amor imposible entre Rodrigo y Manuel se convirtió en un cómic, publicado por entregas en la revista ‘La Luna de Madrid’, dirigida por Borja Casani, y posteriormente editado en formato libro. "Una escultura es sólo de un millonario", declaraba en la entrevista. "Hay que hacer un cómic para que la gente pueda tener a Manuel en la mesilla de noche: y ojalá en el Ras me saluden cuando entre".

Rodrigo vivía entonces en un piso compartido en la calle San Marcos, barrio de Chueca, cerca del bar de ambiente donde esperaba ser aclamado. Sin embargo, han tenido que pasar cuatro décadas para que volviese a ser el centro de atención. "’Manuel’ es la más bonita historia de amor no consumada del mundo", sentencia Joaquín García Martín. "’Manuel’ es la crónica de la alegría y el dolor de Rodrigo al encontrar y no poder tener al ser amado".

#hemeroteca #homoerotismo #arte | La escultura homoerótica que conmocionó ARCO reclama su lugar en la historia 40 años después

La escultura 'Manuel' del artista Rodrigo //

La escultura homoerótica que conmocionó ARCO reclama su lugar en la historia 40 años después

La obra ‘Manuel’, del artista conocido simplemente como Rodrigo, quitó el sueño a Juana de Aizpuru, fundadora de la feria de arte madrileña, en 1983. Tras décadas fuera del mercado, reaparece en la presente edición como una de las referencias clave en la visibilización gay de la Transición
Borja Bas | El País, 2024-03-06
https://elpais.com/icon-design/2024-03-06/la-escultura-homoerotica-que-conmociono-arco-reclama-su-lugar-en-la-historia-40-anos-despues.html 

Estos días vuelve a latir en ARCOmadrid un corazón que lleva prendido 40 años. Lo comparten dos hombres sumidos en un extraño sueño. Uno asoma del interior del otro. Son el artista, vestido, abrazado a su muso, desnudo. La escultura se llama ‘Manuel’ y está firmada por Rodrigo, a secas. La pieza, un monumento al amor homosexual no correspondido, fue la más sonada de la segunda edición de esta misma feria madrileña, celebrada en 1983. Desde este miércoles hasta el 10 de marzo, regresa a Ifema rescatada por José de la Mano. Fiel a su línea de investigación y recuperación histórica, esta galería madrileña dedica una parte de su stand a los pioneros del arte queer en España durante la Transición. Una reivindicación donde conviven nombres más conocidos como Costus o Juan Hidalgo con otros que han permanecido en segundo plano como Carlos Forns Bada, Claudio Goulart, Roberto González Fernández, Julujama o el que nos ocupa, Rodrigo Muñoz Ballester. Conocido artísticamente como Rodrigo, su amor platónico con Manuel se manifestó también en uno de los cómics más influyentes de la Movida, publicado por entregas de cuatro páginas mensuales en los primeros 12 números de la revista ‘La Luna de Madrid’, entre 1983 y 1985.

El exgalerista, investigador y escritor Joaquín García, que ha ejercido de comisario de esta selección ‘queer’ para José de la Mano, pone en perspectiva el valor de esta obra de Rodrigo. “En los repartos academicistas que se hacen para narrar o resumir la Movida por nombres y disciplinas intentando establecer un canon asimilable, Rodrigo es al cómic lo que Sybilla a la moda, Pérez Villalta a la pintura o Almodóvar al cine”. Reeditado recientemente en un cuidado libro con abundante material de archivo por la editorial Cielo Eléctrico, este cómic mudo cuenta con detalle lo que grita la escultura. En palabras del comisario: “La más bonita historia de amor no consumada del mundo”. La de Rodrigo desde que emergió un día del verano de 1977 de la piscina municipal El Lago, de Madrid, para enamorarse a primera vista de un portento de la masculinidad, Manuel, heterosexual inquebrantable.

Donde Rodrigo buscaba una relación sexoafectiva, Manuel testaba sus límites en eso que hoy conocemos como homosocialidad (o relación de amistad entre dos hombres). Salían juntos a pasear, a bailar, al cine. Por su lado, Rodrigo se desfogaba yéndose de ‘cruising’, a la sauna o a cuartos oscuros. Está todo en sus viñetas. De camino a Ifema para calibrar las luces que iluminan su escultura estos días, nos atiende Rodrigo al teléfono: “Estaba colgadísimo de Manuel. Yo tenía 27 años y él, 24. Era lo que entendemos por un hombre normal, aunque deteste el término, un tío sencillo. Cuando se marchó, yo había vivido un año de amor y él se había dejado querer. Le mandé unos dibujos, que serían el embrión del cómic años después. Pero primero fue la escultura. La empecé el mismo día que volví de visitarle de su pueblo y lo dejé allí con su novia, con plena conciencia de que probablemente no nos volveríamos a hablar ni a ver”.

Antes de la explosión de la Movida, Rodrigo se debatía entre Arquitectura y Bellas Artes, carreras que había estudiado casi hasta el final. Su mano virtuosa trazaba planos para el estudio de Javier Carvajal y completaba el sueldo haciendo ilustraciones a partir de retratos fotográficos. No podía sacarse a Manuel de la cabeza. La imagen de su propio cuerpo emergiendo de su amado se le apareció en un sueño. Empezó la escultura sin tener ni idea de modelar, a partir de unas fotos que había logrado sacarle desnudo. Iba probando materiales: madera, malla metálica, escayola, yeso... y un circuito eléctrico con una lamparita de cuarzo a modo de corazón luminoso. La fue montando a lo largo de los años en el sótano en que vivía de la calle Madera, en un prolongado acto de amor.que vivía de la calle Madera, en un prolongado acto de amor.

Su amigo el pintor Miguel Peña llevó un día a verla a la galerista Fefa Seiquer. Faltaba una semana para la segunda edición de ARCO. La puso presidiendo su ‘stand’. Una obra tan abiertamente homoerótica suponía toda una rareza por entonces. Se convirtió en la atracción de la feria, tal y como recuerda Rodrigo. “Aquello parecía una romería, venga a pasar gente. Los cinco días del evento, puntual a eso de las tres de la tarde, venía una señora mayor pintada como un loro, con su silla plegable, y se sentaba un rato enfrente de la escultura. Y yo la escuchaba decir cosas como: ‘Ay, si esto lo viera Federico’. Y pensaba ‘¿quién es esta chiflada maravillosa?’. Hasta que me dijo mi galerista: ‘¿No sabes quién es? Es Maruja Mallo. ¡Y Federico es Federico García Lorca!”, se ríe.

‘Manuel’ generó conmoción, curiosidad, extrañeza. La leyenda dice que también polémica, que hubo gente que quiso retirarla. No fue para tanto, como recuerda entre risas su autor. “Atormentó particularmente a Juana de Aizpuru [fundadora de ARCO, a quien este año echaremos en falta porque acaba de retirarse]. Lo llamaba ‘el hombre’. Le decía a mi galerista: ‘Quita al hombre, Fefa. Es que me quita el sueño, su imagen no me deja dormir por las noches’. Ella, que siempre fue tan avanzada… Igual le parecía algo al margen de la ‘intelligentsia’ artística, demasiado popular”. Costaba 1.800.000 pesetas (unos 29.000 euros de hoy, si tenemos en cuenta la inflación). Estuvo a punto de venderse un par de veces durante la feria: al diseñador Juanjo Rocafort y al modisto de Marujita Díaz. Las figuras fundidas de Manuel y Rodrigo continuaron su sueño en el almacén de la galerista durante tres años. Hasta que uno de sus compradores habituales, un estadounidense ya algo mayor, asesor de la Tate Gallery, se la llevó primero a Londres y después a Nueva York, donde moriría víctima del sida seis años después. Nadie hoy es capaz de ponerle nombre. Rodrigo lo llama Irwin. Sí recuerda el del novio, Miguel, un guapo argentino parecido a su Manuel.

Y aquí es cuando el investigador Joaquín García subraya su condición simbólica: “Para mí, la escultura ‘Manuel’ es la primera gran obra ‘queer’, en todos los sentidos de la palabra ‘queer’, del arte español. No solo por lo que significa mostrar la historia de amor de dos hombres, no podemos reducir lo ‘queer’ solo a lo homosexual; sino también por esa estética ‘queer’ en el sentido de rara, porque es cronenbergiana: estos señores saliendo uno del cuerpo del otro con una bombilla como corazón compartido tiene mucho de la nueva carne que también estaba explorando David Cronenberg por esa misma época. Todas las acepciones del término ‘queer’ están en ‘Manuel’. Como también está el momento en el que entra en contacto con la tragedia del sida. La propia escultura vive la peripecia del homosexual a lo largo de esos años: desde la frustración sexual de un amor que es casi como una historia de armario hasta el virus, porque el coleccionista que la adquiere se muere de eso”.

Tras el fallecimiento del comprador, el novio heredero de la figura quiso devolvérsela a su legítimo dueño. La dimensión poética del periplo de ‘Manuel’ se amplifica de acuerdo con el relato de su artífice. “Miguel me la mandó a gastos revertidos a Madrid, con un embalaje maravilloso, a la americana, y en el aeropuerto me dijeron que recuperarla me costaría 600.000 pesetas. A mí, que pagaba 20.000 pesetas de alquiler mensual. Así que me dediqué a ir al aeropuerto solamente a pagar los intereses de almacenaje, para que no se deshicieran de ella. Hasta que un día hablé con el jefe de depósito, le conté todo a corazón abierto. Me abrazó y me dijo: llévesela inmediatamente. Imagínate, me eché a llorar como una magdalena”. Desde entonces, allá donde se ha mudado, la figura de Manuel ha dormido a los pies de su cama, alejada de los ojos del mundo.

Hoy Rodrigo tiene 74 años; Manuel, 71. Rodrigo tiene una hija, sobrevive sin dejar de dibujar y está instalado en un pueblo de la Sierra Norte de Madrid. Manuel tiene nietos, enviudó hace un mes tras pasar la vida con su novia de siempre y vive en su pueblo de Granada. Se reencontraron por casualidad con los años, pero apenas mantienen relación, hablan muy de vez en cuando. La última vez que Rodrigo estuvo en ARCO como artista fue en 1998. Su obra más memorable vuelve al mercado por 80.000 euros. Ahora, dice, está preparado para despedirse de su ‘Manuel’, al que da cada día las buenas noches cuando ya se le han dormido acurrucados los gatos y ha echado su rato de lectura. Su abrazo, vaya donde vaya, permanecerá para siempre.

viernes, 21 de enero de 2022

#hemeroteca #homosexualidad #comic | El rescate de 'Manuel', el cómic maldito que en 1983 normalizó la homosexualidad: “Fue un bofetón a la sociedad”

EPE / Ilustración de 'Manuel' //

El rescate de 'Manuel', el cómic maldito que en 1983 normalizó la homosexualidad: “Fue un bofetón a la sociedad”.

Una nueva edición rescata la trascendencia de la obra de Rodrigo Muñoz Ballester en el cómic español. Publicado por etapas sirvió para normalizar las relaciones homosexuales.
Eduardo Bravo | EPE, 2022-01-21
https://www.epe.es/es/cultura/20220121/rescate-manuel-comic-maldito-1983-13126092 

En noviembre de 1983, nace ‘La Luna de Madrid’, la revista que va a captar como nadie La Movida. Está en el lugar y el momento oportuno. Entre sus ejemplares destaca un cómic obra de Rodrigo Muñoz Ballester. Se titula ‘Manuel’ y se convierte rápidamente en un fenómeno entre los lectores. Abordar el amor entre dos hombres a través de la lírica, la pulcritud y el dibujo academicista. Fue un bofetón a lo establecido.

Casi 40 años después, la editorial Cielo Eléctrico acaba de reeditar el cómic que revolucionó el género a principios de los años 80, tanto por su virtuosismo en el dibujo, como por su naturalidad al abordar la relación sentimental entre dos hombres. "Para mí es una de las obras más importantes de cómic español. Podríamos hablar de ‘Paracuellos’, de Carlos Giménez; de ‘Raya’, de Micharmunt; de ‘Estrella Lejana’, de Daniel Torres; y de ‘Manuel’, de Rodrigo. A pesar de ello, tengo la sensación de que el propio Rodrigo no es consciente de la importancia de su trabajo. Creo que para él es algo más personal que artístico", comenta el experto en cómics Álvaro Pons.

Rodrigo Muñoz Ballester recuerda cómo surgió: "Dibujar ‘Manuel’ no fue algo premeditado. Por ello, en todo este tiempo no me he dado cuenta de lo importante que ha sido. Empecé a valorarlo el otro día en la cama, cuando me puse a leer esta nueva edición. Vi la página en la que aparece la habitación de la casa, en la que incluso hay un dibujito de un cuadro de Antonio López de la Gran Vía. Ahí pensé: “¿Pero cómo pudiste hacer esto?”. Todo dibujado con un Rotring, que es súper duro y que rasga el papel... En el fondo, solo quería contar mi historia", reconoce el autor en su casa de la sierra madrileña.

La historia de Manuel comenzó un día de verano de 1976 en la piscina de Lago de la Casa de Campo de Madrid. Allí, Rodrigo vio por primera vez a Manuel y se quedó prendado. Después de varios chapuzones e intercambiar algunas palabras, el artista le propuso que se fueran a tomar algo juntos. "Habíamos quedado en las gradas de la piscina. Me fui a las gradas, no le vi, y esperé un ratito. Pensé: 'Bueno, lo normal es que un chicazo así pase por completo de un tío rarete que le habla de no sé qué...'. Y cogí, como siempre, con este carácter melancólico depresivo que tengo, y me fui al metro", recuerda Rodrigo en una entrevista mantenida con el artista Pepe Murciego que, junto a otros materiales como bocetos y cuadernos de notas, se incluye en la nueva edición de ‘Manuel’.

Justo en el momento en el que iba a entrar en el vagón, Rodrigo dejó a un lado el derrotismo y pensó que tal vez ese chicazo sí habría acudido al encuentro. Esperanzado, dejó marchar el convoy y, con el corazón en un puño, regresó a la piscina donde, efectivamente, le esperaba Manuel. A partir de entonces, los dos hombres comenzaron a hacer planes juntos. Quedaban en un bar, iban al cine, a discotecas de la popular cadena Consulado, hasta establecer una relación desigual, en la que Rodrigo se sentía claramente atraído por un Manuel que no le correspondía.

Para canalizar esa pasión, Rodrigo decidió volcar en un cómic aquellas cosas que vivían juntos, al tiempo que aprovechaba el dibujo para fantasear con las que le gustaría que sucedieran. "Así, entre nosotros, no sabía que estaba haciendo un cómic. Yo no estaba en ese gremio. Ni siquiera sabía de cómics. A mí siempre me gustó Vázquez, no Ibáñez, sino Vázquez, porque hacía las Hermanas Gilda, pero poco más", recuerda Rodrigo que, cuando ya llevaba varias páginas dibujadas, decidió presentárselas a la revista ‘El Víbora’, que rechazó su publicación. Poco tiempo después de esa negativa, Borja Casani le propuso publicar ‘Manuel’ en una revista que estaba a punto de lanzar: ‘La Luna de Madrid’.

Un bofetón a lo establecido

A partir de noviembre de 1983, el trabajo de Rodrigo comenzó a aparecer mensualmente en ‘La Luna’ a razón de cuatro páginas por número. Desde las primeras entregas, ‘Manuel’ fue todo un fenómeno entre los lectores, por abordar el amor entre dos hombres a través de la lírica, la pulcritud y el dibujo academicista.

"Publicar un cómic como ‘Manuel’ a principios de los 80 era un bofetón a la sociedad. Era una historia que nadie se hubiera atrevido a llevar al papel, y mucho menos a publicar, porque esos temas solo estaban en el ‘underground’. Aunque en el ambiente de La Movida no era algo tan extraño, porque había una visibilización del homosexual, imagínate sacar eso del centro de la ciudad y llevarlo a Vallecas. O a Guadalajara, a Ávila o a Soria. Que saliera en ‘La Luna de Madrid’ también era importante porque, si bien era la voz de La Movida, la revista tenía una intención generalista", explica Álvaro Pons, que ve diferencias claras entre ‘Manuel’ de Rodrigo y otros cómics de temática gay como ‘Anarcoma’, de Nazario Luque.

"Aunque gráficamente hay ciertas conexiones, la intención es diferente. Rodrigo hace una historia de amor, mientras que la de Nazario es una representación del mundo homosexual reivindicativa, provocadora y que busca establecer un nuevo discurso. Nazario pega un golpe en la mesa para decir “aquí estamos nosotros”, Rodrigo no. De hecho, la importancia de ‘Manuel’ para el colectivo gay se ha visto a posteriori. El mejor ejemplo de ello es que, igual que de Nazario vas a encontrar muchos artículos, de Rodrigo, si no son inexistentes, los podrás contar con los dedos de una mano. Eso indica que, aunque es una obra que daría para tesis doctoral, es muy poco conocida y ni siquiera se publicó fuera de España".

Rodrigo ratifica el análisis de Pons. Si bien reconoce que "me ha llegado el testimonio de mucha gente que me admira y a la que le ha gustado ‘Manuel’, cosa que respeto y valoro muchísimo", tampoco oculta que "cuando me han querido sacar del agujero con la bandera arcoíris, no me he sentido cómodo. Aunque no podemos olvidar que hace 200 años nos quemaban en la Plaza Mayor por ser quienes somos, no soy militante. Por eso, aunque entiendo el descaro de las propuestas LGTBI, si me preguntas si me gustan, te responderé que no, pero como tampoco me gusta la gente que va a misa", zanja el autor.

Una obra transmedia

La fascinación de Rodrigo por ‘Manuel’ hizo que, además del cómic, el artista decidiera crear una escultura a la que dedicó seis años de trabajo y que se presentó en la segunda edición de ARCO, celebrada en el antiguo palacio de exposiciones de la Castellana en febrero de 1982. Durante el tiempo que permaneció abierta la feria, al ‘stand’ de la galerista de Fefa Seiquer en el que estaba expuesta la escultura, se acercó todo tipo de público. Desde monjas, a familias con niños que le colocaban gorros de papel en la cabeza, sin olvidar una anciana que, mientras observaba la pieza, repetía: "¡Ay!, si lo viera Federico, ¡ay!, si lo viera Federico". El Federico al que se refería en su lamento no era otro que García Lorca y, la anciana en cuestión, la pintora Maruja Mallo.

"Venía todas las tardes a las 15:30 con una silla plegable. Aparecía toda emperifollada, pintada y a mí me parecía un loro —recuerda Rodrigo—. Se sentaba allí y me provocaba mucha curiosidad, hasta que un día me dijeron: “¡Pero si es Maruja Mallo!”. Me lo pasaba genial viendo las reacciones que provocaba la escultura. Solía esconderme para espiar qué hacía la gente con esa pieza que era diferente a las demás, porque no tenía tanto que ver con la Movida como con la imaginería religiosa".

"La escultura le aporta al tebeo una perspectiva totalmente diferente —comenta Álvaro Pons—. Cuando la ves, te das cuenta de que el proyecto es mucho mayor porque, además de una historia de amor, hay una transmedialidad, si quieres llamarlo así, hacia otro objeto artístico. De hecho, creo que es el único caso en el que hay esa relación entre el cómic y la escultura. Además, en las anteriores ediciones de ‘Manuel’, la de ‘La Luna’, la de Ediciones Libertarias y la de Sins Entido, no quedaba tan claro que el cómic estuviera relacionado con la creación de la escultura. Eso solo se ha podido ver ahora gracias a la edición de Cielo Eléctrico".

Después de ser expuesta en ARCO, la escultura de ‘Manuel’ fue adquirida por un coleccionista —a la sazón asesor de la Tate Gallery de Londres— que la llevó consigo a la capital británica, primero, y, posteriormente, a Nueva York, ciudad en la que falleció en 1992. Cuando eso sucedió, la pareja del comprador, consciente del valor emocional de la pieza, decidió devolvérsela a Rodrigo.

La obra llegó a Barajas en un enorme contenedor que permaneció en las instalaciones de la compañía aérea durante varios meses. Para liberarla, la empresa exigía el pago de 600.000 pesetas [3.606 euros] en concepto de gastos de transporte y almacenaje, una cantidad desorbitada para la época y de la que Rodrigo carecía. "Los empleados me decían: 'No va a poder sacarla nunca. ¿Por qué no habla con el jefe de almacén?'. Entonces me llevaron allí, a la oficina, y no se me ocurrió otra cosa que sentarme enfrente del jefe de almacén y contarle todo […]. De pronto se levanta, me abraza, y me dice: 'Llévesela inmediatamente'", recuerda Rodrigo que, hoy en día, tiene la escultura de Manuel a los pies de su cama.

Por su parte, las páginas originales del cómic fueron adquiridas por el IVAM por un precio que no acaba de estar claro. "A mí me pagaron 18.000 euros, pero luego me contaron que, en realidad, el museo había pagado por ellas 60.000", relata Rodrigo, que no se explica ese descuadre de cifras, en caso de que sea cierto.

40 años de amor
Durante varios años, Rodrigo perdió el contacto con Manuel que, por asuntos laborales, se había radicado en Granada. "No supe nada de él hasta la famosa huelga de Sintel, que era la empresa donde entró a trabajar cuando dejó de vivir en Madrid". En 2001, los trabajadores de esa compañía subsidiaria de Telefónica decidieron acampar en la Castellana para defender sus puestos de trabajo y, durante 187 días, convivieron, cocinaron y durmieron en los jardines que se extienden desde la plaza de Cuzco al estadio Santiago Bernabéu.

"Un día, escuchando la cadena SER, oigo: 'Ahora vamos a hablar desde el campamento de Sintel, con el turuta Manolico de Granada, y no sé qué…'. Yo estaba trabajando en una pieza […] y me quedé así… Reconocí su voz, no le había cambiado. Entonces, cuando lo escuché, me dije: 'Mañana voy a verlo'", recuerda Rodrigo que, a la mañana siguiente, se arregló, cogió el autobús número 27 y llegó hasta el campamento, donde preguntó por Manuel que, nada más verlo, le reconoció.

Los amigos se pusieron al día de lo sucedido en esas dos décadas y, antes de despedirse, Rodrigo le soltó una frase que hubiera extrañado a cualquiera que conociera el cómic: "Manuel, antes de morir, tenemos que echar un polvo". A pesar de que durante años los lectores habían pensado que Manuel y Rodrigo habían mantenido relaciones sexuales, ha tenido que ser la edición de Cielo Eléctrico la que, de nuevo, explique que su relación no pasó de la amistad y el platonismo.

"Cuando se publicaba en ‘La Luna’, la gente me paraba en los bares y me decía que a ver cuándo se iban a acostar los personajes. Al final, accedí a incluir esa escena porque era lo que tocaba, pero, aún así, está todo contado como si fuera una especie de ensoñación", relata Rodrigo que, a pesar del éxito de ‘Manuel’, nunca pensó en continuar la historia. "No, jamás lo haré. Luis Gasca, el crítico de cómics que era muy simpático, me decía: 'Tienes que hacer que Manuel coja el SIDA', pero yo nunca hubiera hecho eso. En realidad, nunca más haré un cómic en mi vida".

Desde que se reencontraron allá por 2001, Rodrigo y Manuel han seguido en contacto. Cada 1 de enero, por ejemplo, se llaman con motivo del cumpleaños del segundo. Aunque hace pocas semanas que han hablado, ninguno de los dos ha hecho referencia a la reedición del cómic. "Manuel no ha dicho nada. Ahora está jubilado, cuida de su mujer, tiene nietos, se retrata con ellos, como cualquier otra persona. No sé cómo le aterrizan este tipo de historias", explica Rodrigo con ese pudor del que tampoco se atreve a preguntar.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

#libros #comic #homosexualidad | Manuel

Manuel / Rodrigo Muñoz Ballester.

Madrid : Cielo Eléctrico, 2021 [12-15].
212 p. : il.

/ ES / Libros / Cómic / Homosexualidad / Testimonios
📘 Ed. impresa: ISBN 9788412083385 / 39,50 €

[.es] ‘Manuel’ cuenta la gestación de una escultura a partir de la emoción surgida del encuentro entre dos personas: el propio Rodrigo y Manuel. La historia, dibujada sin texto a lo largo de 50 páginas fue publicada por primera vez en la revista ‘La Luna de Madrid’ en capítulos de cuatro páginas mensuales durante el año 1984. Su publicación supuso un hito histórico en el incipiente proceso de liberación de las relaciones afectivas que tuvo lugar en aquellos trepidantes años y hoy continúa siendo un mito de esa representación. Como álbum tuvo dos ediciones en 1985 y 2005. La escultura resultante se presentó y vendió en la primera edición de Arco en 1983 en el stand de la Galería Seiquer de Madrid.

En esta nueva edición que proponemos se incluyen, acompañando a la narración visual original, materiales inéditos de la obra tanto de su versión gráfica como escultórica: bocetos preparatorios, fotografías y maquetas previas, así como otros elementos que contextualizan al artista y a la época: diarios y agendas, artículos aparecidos en prensa, entrevistas y materiales diversos, que completan definitivamente la historia de ‘Manuel’.

👤 Rodrigo Muñoz Ballester (Tánger, 1950). Licenciado en Arquitectura, Rodrigo, se ha dedicado por completo al trabajo artístico como escultor y, sobre todo, como dibujante. Desde sus comienzos en la emergente escena artística del Madrid de los años ochenta, destacó tanto por la calidad de sus dibujos como por su emocional y minucioso registro de la ciudad, sus edificios y sus habitantes. De su trabajo ha dejado una huella espectacular en el espacio público: los grandes murales que iluminan las estaciones de metro del Aeropuerto de Barajas, Colombia, Nuevos Ministerios y Reyes Católicos.