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martes, 25 de abril de 2023

#hemeroteca #feminismo #punitivismo | Una agenda propia para el feminismo de las de abajo

ctxt / Protesta feminista contra la sentencia de La Manada. Bacelona, 2018 //

Una agenda propia para el feminismo de las de abajo

Tanto la ley de paridad como la del ‘solo sí es sí’ han sido redactadas bajo la óptica que da pertenecer a una determinada capa social privilegiada
Nuria Alabao | ctxt, 2023-04-25
https://ctxt.es/es/20230401/Firmas/42741/Nuria-Alabao-violencia-sexual-ley-paridad-feminismo-punitivismo.htm 

Dos de los logros feministas más recientes en el ámbito institucional han sido la ley de paridad, que fija por ley el tanto por ciento de mujeres que tienen que estar en determinados puestos de poder –como consejos de administración, gobiernos y listas electorales–, y la ley del ‘sí es sí’. Aunque esta nueva norma tenga una parte de reparación y asistencia a las víctimas, no podemos olvidar que también se está utilizando para reforzar el Código Penal: incluye nuevos delitos como el acoso callejero, medidas cautelares más duras y dificulta el acceso a beneficios penitenciarios como el tercer grado. Y aunque parece que en principio no era su objetivo, al final está consolidando también penas más altas; tanto el PSOE como Podemos han acabado confluyendo aquí. Este es el resultado final de una ley que se ha justificado por las movilizaciones feministas de estos años.

En las últimas dos décadas, el derecho penal sexual ha pasado a ser uno de los principales campos de experimentación del populismo penal: cada reforma endurece sistemáticamente las respuestas y las aproxima peligrosamente a los derechos penales excepcionales de los delitos de terrorismo, como señalan muchos juristas. Esta parece que no va a ser la excepción en un país que tiene una de las poblaciones carcelarias más numerosas de Europa mientras mantiene índices de criminalidad muy bajos. De manera que, bajo la bandera de la lucha contra la violencia machista, se está legitimando y reforzando el sistema de encarcelamiento, policial y represivo. También se ha defendido esta norma desde el feminismo de base –que se autodenomina “antipunitivo”– ya que contiene una parte asistencial. Sin embargo, nada impedía aprobar las medidas de asistencia –que necesitan presupuesto para implementarse– sin el penal –de aplicación automática y en principio más “barato”, aunque en definitiva implique la ampliación indirecta del presupuesto para sostener la pata represiva del Estado. En realidad, las cárceles y las fuerzas de seguridad del Estado salen caras si se piensa en todo el dinero que se deja de invertir en derechos sociales –también para las mujeres–. Además, tenemos pendiente una reflexión sobre por qué se tendría que condicionar el acceso a algunos de estos derechos que deberían ser universales –vivienda, renta, etc.– al hecho de ser categorizada primero como víctima.

Se dice que la nueva ley de Libertad Sexual está redactada para “proteger a las mujeres”, pero ¿a qué mujeres? Las que piensan en el sistema penal como una solución son las que tienen una experiencia del Estado como protector antes que opresor. No pertenecen a grupos que han sido categorizados como prescindibles, indignos de protección o no ciudadanos. Muchas de las “víctimas” –este también es un estatuto al que no pueden acceder todas– no se sentirán protegidas por esta ley porque no encajan en los estándares de la clase media blanca. Son las que se encuentran en la base de la pirámide social: las migrantes sin papeles, las trabajadoras sexuales, las mujeres trans o las gitanas pobres, y muchas otras que tienen hijos, compañeros o amigos en prisión –o han sido ellas mismas encarceladas–. Es decir, muchísimas mujeres pobres ni tienen fe en la justicia, ni pueden pagarse una buena abogada, ni la policía representa para ellas una imagen de seguridad. Algunas además dependen económicamente de los hombres que las han agredido o comparten hijos con ellos y por eso no denuncian, como ya expliqué en este artículo. Otras tampoco pueden hacerlo, aunque hayan sufrido violencias por miedo a ser expulsadas del país. Los CIES están llenos de mujeres afectadas por estas violencias a las que se suma la violencia que ejercen sobre ellas las instituciones del Estado. Apelar al sistema criminal, reforzarlo, legitimarlo, tiene impactos en las personas más desfavorecidas –racializadas y migrantes– y en las que están más abajo en general. Es una cuestión de clase, como explica Alison Phipps. Los principales problemas de estas mujeres son no tener papeles, no tener vivienda, no tener trabajo ni dinero, y otros muchos asociados con la pobreza y la falta de recursos. Muchas de ellas dicen que haber sufrido violencia sexual solo es uno más de esos problemas, probablemente no el más importante, como explica por ejemplo Laura Macaya en sus charlas a partir de su experiencia atendiendo a mujeres de barrios marginales como El Raval de Barcelona. Quizás esta óptica es difícil de entender para las que no tienen que enfrentarse a estos problemas.

El aumento de penas, los nuevos delitos, las dificultades para excarcelar o sustituir penas de reclusión, pueden acabar perjudicando a estas mujeres y a su entorno, y a los que ya están en el punto de mira. Por ejemplo, sorprendentemente la nueva ley castiga más a los menores, con una pena mínima de reclusión de un año, ¿a quién van a acabar encerrando, a un alumno de Nuestra Señora del Pilar donde estudia la jet-set o a un niño marroquí que migra solo y que únicamente por eso ya es sospechoso? ¿A qué sujetos se va a aplicar el acoso callejero y cómo se puede utilizar ese delito para reafirmar el control del espacio público? (Aunque se haya insistido en que se llame a todo agresión, hay que recordar que podemos estar hablando de conductas de muy diversa gravedad.) Las leyes penales no impactan sobre todos por igual. Con la excusa de proteger a las mujeres se puede acabar legitimado la violencia contra comunidades marginalizadas, como explica Phipps.

No podemos mirar para otro lado ante cuestiones como la brutalidad policial, la violencia sexual endémica en las prisiones o el racismo sistémico que se materializa en las cárceles, ni pensar que vale todo para “proteger” a las mujeres blancas de clase media de la amenaza sexual. Así, la ley de paridad y la del ‘solo sí es sí’ tienen algo en común: han sido redactadas bajo la óptica que da pertenecer a una determinada capa social privilegiada.

Además, no hay que olvidar que en la violencia contra las mujeres se entrecruzan tanto el patriarcado como el capitalismo y el colonialismo. A partir de elementos como la raza o el género, el capitalismo divide y estratifica a las poblaciones para poder explotarlas mejor, sobre todo en el ámbito del trabajo. La violencia sexual sirve para sujetar a las mujeres a esta posición subordinada. Sin embargo, se suele enfrentar esta cuestión únicamente desde el marco de los comportamientos individuales de determinados hombres “malos” a los que hay que castigar penalmente. Normalmente no se habla de cómo la desposesión capitalista y sus consecuencias sociales –desempleo, problemas de salud mental, explotación, etc.– están vinculadas con la reproducción de esa violencia, como explica Phipps. Además, el sistema penal y carcelario es una herramienta de control –para enfrentar las consecuencias del empobrecimiento o para frenar las propias luchas de transformación– y de reproducción de la violencia estructural. En realidad, la prisión es una escuela de violadores, un espacio donde se reafirman los peores aspectos de la masculinidad y el machismo, y donde cuantos más años se pasan más difícil es la reinserción, y por tanto, aumenta la posibilidad de reincidencia. Acabar con la violencia tiene que ver, pues, con apuntar más lejos: con desarmar este orden de dominación, con cambios culturales y estructurales, y por tanto con la lucha por la justicia social, no penal. Así que poner el acento en este tipo de leyes no solo no va acabar con la violencia sexual, sino que con ello podemos estar apuntalando este régimen de desigualdad. La violencia sexual es terror; también lo puede ser la forma en que se aborda y controla, dice Phipps, sobre todo si acaba, como en este caso, en una subida de penas.

¿Repensar nuestras prioridades?
El feminismo no debería quedar atrapado en la cuestión sexual cuando no hay una mirada de clase, como expliqué con más profundidad en este artículo. Centrar nuestras luchas en la cuestión de la violencia, si no forman parte de un proceso de transformación más amplio, nos enreda en debates que nos despotencian. Además, como hemos visto, estas luchas pueden acabar siendo instrumentalizadas para la aprobación de leyes que van en contra de nuestros objetivos. Tenemos pues un reto enorme a la hora de imaginar líneas políticas y propuestas que se desmarquen frontalmente del clima punitivista imperante y de las lógicas que se han infiltrado entre nosotras mismas. Un objetivo prioritario debería ser la mejora de la autonomía económica de las mujeres –sobre todo de las que más lo necesitan–, ya que aquí convergen la lucha contra las violencias y contra la opresión. Mejorar esta autonomía posibilita tener más posibilidades de huir de la situación de violencia o enfrentarla con mayor capacidad, y también aumenta las posibilidades de organizarnos y de impulsar nuestras luchas contra la propia violencia del sistema. Por tanto, tendríamos que apuntar a las políticas de vivienda, de redistribución de renta, de ampliación de la democracia e incluso por la protección de los derechos civiles –la lucha contra la Ley Mordaza, sin ir más lejos–.

El feminismo antipunitivo pone el foco en eliminar aquello que causa violencia y busca alternativas al modelo existente, acordando y fortaleciendo otras formas de comprender y practicar la justicia. La justicia transformativa no es únicamente reparar el daño que la violencia ha causado a la víctima, sino influir sobre las condiciones (materiales y simbólicas, culturales, sociales, políticas, económicas...) que han posibilitado la violencia misma, con el fin de transformarlas. Aquí entraría la propia cárcel y la cultura del castigo, pero también las condiciones de vida.

Hacerse con el capital político del feminismo e instrumentalizarlo para sus propios fines, como hace el feminismo institucional, es más difícil si está construido en términos materiales: no queremos cuotas en consejos de administración, sino acabar con las diferencias radicales de salario y condiciones entre los distintos trabajos, y también terminar, como fin último, con el trabajo asalariado y la propiedad privada. Solo desde este “feminismo situado” y desde los conflictos concretos –en el sindicalismo social, en las luchas de vivienda, en las luchas laborales, etc.– podremos preservar nuestra autonomía como movimiento, dejar de trabajar para el feminismo institucional y de adoptar su agenda como propia –en tiempos de precampaña electoral–. Aunque el debate sobre el consentimiento y su significado ha sido importante para el cambio cultural, cuando se lleva al terreno de la ley penal, en realidad estamos discutiendo un tecnicismo legal –si tiene que haber dos tipos penales como antes o uno solo donde la pena se module a partir de los agravantes como ahora–, porque por más que se repita la propaganda, la ley no invierte la carga de la prueba –por suerte, ya que esto subvertiría todo el sistema de garantías procesales– y seguiremos teniendo que demostrar la agresión. Por tanto, ¿debería ser la discusión de tecnicismos legales del sistema penal una prioridad del feminismo de transformación? ¿Tenemos que ignorar las subidas de penas que se están produciendo o trabajar por acabar con las cárceles? ¿Hay que salir a la calle a defender una ley penal en vez de manifestarnos a favor de una ley de vivienda más garantista justo cuando esta se está negociando? ¿Hay que privilegiar la violencia sexual por encima de otras violencias como la de ser desahuciada o de que te quiten a tus hijos por no tener casa o con quién dejarlos cuando trabajas? ¿Cuál es nuestra agenda y cuáles son nuestras prioridades?

jueves, 16 de febrero de 2023

#hemeroteca #violenciasexual #punitivismo | Del #MeToo al punitivismo

Ara / El #MeToo protagoniza una mani feminista en Estados Unidos //

Del #MeToo al punitivismo

Nuria Alabao | Ara, 2023-02-16

https://es.ara.cat/opinion/metoo-punitivismo_129_4627886.html 

Estos días muchos medios y políticos de derechas se han dedicado a construir un nuevo terror sexual: “¡Se está excarcelando a violadores!”, “¡La seguridad de las mujeres está comprometida!”. Los partidos de gobierno han respondido con campañas de comunicación donde lo que importa es salvar votos o atizarse entre ellos para marcar diferencias ante las inminentes elecciones. Si algo evidencia este caso es un rasgo de la política contemporánea donde la verdad no importa, sino que se construye a golpe de argumentario. El resultado parece que será un nuevo endurecimiento penal en un país que tiene una de las poblaciones carcelarias más numerosas de toda Europa mientras mantiene índices de criminalidad muy bajos.

Este clima de terror público se ha construido sobre una instrumentalización de las víctimas a las que se les ha generado miedo y sentimiento de indefensión, mientras se demoniza a los condenados. Hay gente que está cumpliendo penas por conductas de muy diversa gravedad, pero se ha construido una figura monstruosa que deshumaniza al “agresor” y que sirve para legitimar cualquier mecanismo punitivo. “Que se pudran en la cárcel”, es el mensaje. Pero la cárcel no es la solución para ningún problema social ni sirve para protegernos. La prisión es una escuela de violadores, un espacio donde se reafirman los peores aspectos de la masculinidad y el machismo, y donde cuanto más años se pasan más difícil es la reinserción, y por tanto aumenta la posibilidad de reincidencia.

Pero si el pánico se ha desatado porque se hayan rebajado algunas penas al entrar en vigor la nueva ley, pocos se han atrevido a decir que estas ya eran demasiado altas, mucho más que en los países de nuestro entorno –equiparables a las de un homicidio–. Una víctima no está mejor protegida en función de la duración de la condena que se le imponga a su agresor y tampoco estas van a acabar con el machismo o garantizar la libertad sexual de las mujeres. De hecho, la nueva ley, a pesar de lo que diga la derecha, ya supone un endurecimiento penal porque incluye nuevos delitos como el acoso callejero y dificulta el acceso a beneficios penitenciarios como el tercer grado. Además, al unificar los antiguos delitos de abuso –sin violencia– y agresión –con violencia o intimidación– en un solo tipo penal, muchos juristas han advertido de que esta unificación otorga más poder a los jueces. Ahora disponen de una horquilla de penas más alta en la que entran actos muy dispares en vez de tener dos tipos penales más acotados con penas proporcionales a los hechos. Esto puede dar lugar a mayores arbitrariedades, es decir, que los prejuicios de clase, raza u origen migratorio impliquen penas más altas o bajas para el mismo hecho según quien sea el perpetrador.

Cuando denuncian, las mujeres que han sufrido agresiones no buscan siempre –o no solo– una condena, pero el proceso penal no está diseñado para buscar la verdad o la reparación, sino únicamente para castigar, siempre que los hechos puedan ser probados. No importa pues la verdad sino si se puede demostrar, por eso muchas mujeres no denuncian. Aunque ahora exista una definición concreta de consentimiento esto no va a ahorrar a las víctimas la odisea del juicio y sus revictimizaciones. Mejorar los procesos desde una perspectiva feminista implica revisar cómo se desarrollan las investigaciones previas y el proceso en sí, donde hay mucho margen de mejora. Las soluciones no son fáciles, pero ninguna ley “va a acabar con la impunidad”, como se ha dicho. Sin embargo, esta nueva ley sí incluye medidas de tipo preventivo, políticas sociales y de atención a las víctimas que deberían reivindicarse, como que se pueda acceder a ayudas sin necesidad de denunciar o que se extienda la protección a mujeres que no tienen papeles. Pero apenas se ha oído hablar de estos temas que no caen en la órbita del pánico sexual.

Todo el ruido mediático parece que se va a traducir en otro aumento de penas. Los terrores sexuales siempre acaban desembocando indefectiblemente en engrosamientos penales que perjudican a toda la sociedad y que tienen un evidente sesgo de clase –las cárceles son almacenes de pobres–. Por eso las feministas necesitamos reflexionar sobre la manera en la que queremos transformarla. Si el #MeeToo ha producido cambios culturales imprescindibles, también ha sido instrumentalizado por los partidos que dicen hablar por nosotras cuando legislan mediante lógicas punitivas. Quizás tenemos que decir más alto y más firme: “No en nuestro nombre”.

viernes, 18 de noviembre de 2022

#hemeroteca #punitivismo | La inquebrantable fe en la prisión del feminismo ‘mainstream’

ctxt / Protesta por la sentencia de la Manada. Barcelona, 2018-04-26 //

La inquebrantable fe en la prisión del feminismo ‘mainstream’

Las reacciones a la revisión de condenas provocada por la ley del ‘solo sí es sí’ ponen de manifiesto que hay una identificación entre “hacer justicia” y penas de cárcel más altas. ¿Pero responden a lo que podría ser una verdadera justicia feminista?
Nuria Alabao | ctxt, 2022-11-18
https://ctxt.es/es/20221101/Firmas/41348/Nuria-Alabao-feminismo-punitivismo-mainstream-solo-si-es-si-ministerio-de-igualdad-carcel.htm 

Acaba de estallar un nuevo pánico moral: varias sentencias de casos de agresiones sexuales están siendo revisadas para rebajar penas de manera que se ajusten a lo previsto en la nueva ley del ‘solo sí es sí’. Algunos agresores incluso han sido excarcelados. No hay nada en este país más poderoso que este impulso punitivista generalizado que de vez en cuando se activa y que, en realidad, se estimula y se construye desde los medios. La guerra partidaria resuena también de fondo. El ruido es abrumador, de manera que es difícil entender con claridad lo que está pasando. ¿Una guerra de algunos jueces contra el Ministerio de Igualdad? ¿Una ley que no previó bien las consecuencias de su aplicación? ¿Una herramienta para el sector del PSOE que se opone a la ley trans y que instrumentaliza lo que está pasando pese a que perjudique al feminismo en su conjunto?

Puede que haya algo de todo ello pero de fondo planea es un asunto de gran relevancia para las que creemos que el feminismo puede ser una herramienta de emancipación porque, como consecuencia de este debate, se están legitimando penas más altas en nombre del feminismo, mientras se identifica la rebaja de penas con una “reacción machista”, como ha señalado Clara Serra. Esto es lo que debería preocuparnos. Los discursos que se están reproduciendo estos días, y la propia reacción del Ministerio de Igualdad, reflejan que el marco punitivista está plenamente instalado en el feminismo mainstream. También revela la inquebrantable fe en la cárcel como solución a la violencia sexual y en el castigo como la mejor manera de proteger a las mujeres.

Es llamativo también que al propio Ministerio le cueste defender su propia ley, expresar con vehemencia que puede que algunas penas ahora sean menores, pero que las condenas nunca serán lo más importante para evitar la violencia y que esta ley introduce mejoras significativas. Podrían haber hecho bandera de que, efectivamente, se han rebajado algunas –aunque sean las mínimas, porque las máximas siguen siendo igual de excesivas, como lo son en muchos otros delitos–. La política auténticamente progresista aquí habría sido situarse en una posición antipunitiva tan necesaria cuando sabemos que contamos con unas de las poblaciones reclusas más altas de toda Europa, lo que no tiene ninguna correlación con el bajo índice de delitos en nuestro país. Las penas por este tipo de delito ya son muy altas –mucho más que en los países de nuestro entorno–. Una muestra: se puede imponer la misma pena por un homicidio y una violación –15 años–. Pero como demuestran todas las investigaciones criminológicas, más cárcel no sirve para evitar los delitos. Aparte de los casos mediáticos que se pretenden convertir en paradigmas, la tasa de reincidencia es baja en relación a la de otro tipo de delitos. En cualquier caso, más años de cárcel no implica más seguridad para las mujeres.

El feminismo de base que quiere cambiar la sociedad también se cuestiona las herramientas del Estado penal como reproductoras de la violencia. Pero evidentemente esta nunca ha sido la apuesta del Ministerio de Igualdad, que desde un principio hizo alarde no solo de no rebajar estas penas, sino de que podría llegar a subirlas. En cualquier caso, se ha hecho una propaganda excesiva de la ley como si todo lo pudiese, generando unas expectativas difícilmente alcanzables para ninguna norma. Se dijo, por ejemplo, que “iba a acabar con la impunidad porque considera agresión cualquier relación sin consentimiento”, pero el problema de la prueba permanece sea cual sea la redacción del consentimiento. Tenemos que enfrentarnos a una verdad incómoda para dejar de hacernos trampas: ninguna ley por sí sola va a acabar con la violencia sexual, que es un problema estructural complejo que necesita un abordaje por muchas vías. Desde luego la cárcel no es la única solución. El Código Penal no protege a las mujeres ni a nadie, lo que hace es castigar. No hacía falta, pues, presentar esta ley como una fórmula mágica, sino más bien como una contribución que aporta algunas cosas positivas en varios frentes y que mejora el acceso de las mujeres a los procedimientos de justicia.

Otra cosa difícil de asumir son los ataques del Ministerio a las rebajas de penas en las revisiones de sentencias, cuando estamos hablando del derecho del reo a la aplicación de la norma más favorable y su retroactividad si esta les beneficia. Independientemente de que algunos jueces lo estén usando contra el Ministerio, que es del todo posible, no se puede deslegitimar alegremente un elemento esencial de las garantías procesales. ¿Acaso si estuviesen rebajando condenas a manifestantes o sindicalistas las pondríamos en cuestión?

Estos días asistimos a la construcción de la figura de un “monstruo” –el violador–, que acompaña siempre al estallido de los pánicos morales pero que no justifica el cuestionamiento del Estado de Derecho ni el ensalzamiento de más penas de cárcel. Estas imágenes alimentan la sed de venganza y la idea de que es aceptable encerrar a gente de por vida en condiciones inimaginables. Tampoco está de más recordar que si muchas mujeres no denuncian no es solo porque temen pasar por la odisea y la revictimización que implican los juicios, sino porque la mayoría de las agresiones no las perpetran desconocidos en los portales –la imagen mediática ideal–, sino personas del entorno: amigos, familiares, parejas. No es extraño que muchas quieran evitar que estas personas cercanas acaben en la cárcel, ya sea porque tienen hijos en común, porque dependen económicamente de ellos o por no dañar a seres queridos. Otras no denuncian porque tienen miedo, porque no tienen papeles, porque son prostitutas o trans; la policía no representa necesariamente una imagen de seguridad, sino, en muchas ocasiones, un agente de la violencia que reciben. Los motivos son muchos, pero la cuestión es que la cárcel no va a ser nunca la solución para la mayoría, sobre todo para las que lo tienen más difícil. Tampoco podemos olvidar el sufrimiento de las mujeres que tienen a compañeros, familiares o amigos presos. La pena también les alcanza a ellas de manera indirecta.

Para las mujeres que deciden denunciar y utilizar las herramientas disponibles, la ley aprobada introduce algunas mejoras que se deberían reivindicar, porque todavía queda un largo camino para que los procesos sean lo menos dolorosos posibles y no una odisea que puede condicionar tu vida durante años, como pasó con la víctima de La Manada. La violencia sexual marca la vida de muchas mujeres y niños; estos últimos años lo hemos gritado en todas partes y hemos conseguido un cambio cultural que será difícil revertir. Pero esta lucha justa y necesaria no puede estar basada en la demanda de penas más altas. ¿Todas las personas que hemos sufrido abusos queremos más penas de cárcel? Muchas veces solo se busca la verdad, el reconocimiento de haber sufrido una injusticia, y eso a veces tiene difícil encaje en el sistema penal. Se suele legislar a golpe de efecto mediático y estos últimos años la violencia sexual ha llenado muchas portadas, quizás es un efecto paradójico e indeseado del #MeToo. Todos los políticos quieren representar el dolor de las víctimas, apropiarse su representación. (El nuevo delito absurdo de no comunicar el paradero de un cadáver a un familiar pensado expresamente para el caso de Marta del Castillo es un buen ejemplo de este populismo punitivo).

El marco securitario y de reforzamiento del Estado penal tiene estas dos caras: el neoliberal –que encara los problemas sociales individualizándolos y criminalizando– y el de extrema derecha. Vox precisamente hace apología de la subida de penas y pide la cadena perpetua para los condenados por violación. El feminismo carcelario se alinea con esta gestión securitaria de la pobreza, convirtiéndose en una máquina de guerra que usa las redes sociales y los medios en una economía de la indignación para conseguir leyes punitivas y conservadoras. Parece que entienden el sistema penal como algo que está pensado únicamente para la protección de las mujeres y no para su dominación ni para el sostenimiento del propio régimen de desigualdad. Ellas no se imaginan jamás que puedan acabar en prisión, es decir, se imaginan siempre del lado del Estado y la norma. Pero no podemos olvidar que apelar al sistema criminal tiene impactos en las personas más excluidas (los hombres racializados y migrantes en este caso) y la clase trabajadora en general, que siempre van a estar sobrerrepresentados en las cárceles. En los juicios se amplifican las desigualdades. Por no hablar de aquellos artículos de la ley que criminalizaban el trabajo sexual y que acabaron cayendo por la oposición de los socios de gobierno. Con ese impulso hoy el PSOE está haciendo su propia ley, que contribuirá a la persecución y la clandestinización de las prostitutas. Ojo con la violencia que se ejerce en nombre de la lucha contra la violencia sexual.

Por otra parte, más allá del debate de las penas, se podría haber puesto el acento en defender otros aspectos de la ley que casi ningún medio recoge pero que son importantes para explicar que se pueden hacer cosas más allá de la prisión. Estas serían, por ejemplo, las medidas destinadas a la prevención, así como a proteger a las víctimas, las ayudas económicas y laborales, pero también la previsión de servicios de asistencia especializada. (Aunque son medidas que, como dependen de la asignación presupuestaria, están por desarrollar, se tendrían que poner sobre la mesa cuando se habla de intervención estatal contra las violencias). También ha sido muy importante la previsión de garantía de los derechos de las víctimas en situación administrativa irregular que pretende corregir, al menos un poco, la desprotección de estas migrantes. Pero eso parece que no da votos.

Hay un feminismo de base que, desde hace años, trabaja una línea antipunitiva a la que le queda todavía mucho camino para imaginar y construir otras lógicas, para lograr introducir en el debate público cuestiones como qué significa la justicia feminista –transformativa o restaurativa– y cómo evitar reforzar el sistema penal en nombre del feminismo. “El debate sobre el sistema carcelario está cada vez más presente en el movimiento feminista por diferentes motivos, entre otros: porque la cárcel es un espacio en el que sistemáticamente se conculcan los derechos humanos; porque destruye la humanidad y la dignidad de las personas; porque se ha convertido en una fuente de negocio en nombre de la ‘seguridad’; porque reproduce y afianza las relaciones de poder entre las personas; porque es reflejo de una estructura social violenta; y porque es una ‘escuela’ de machismo y de masculinidad hegemónica y agresiva”, dice este documento del movimiento feminista vasco pensado para abrir debates.

lunes, 4 de abril de 2022

#hemeroteca #transfobia #terf | Dejar descansar el género o abandonar la categoría mujer

ctxt / Acción por los derechos trans ante la Casas Blanca, 2017 //

Dejar descansar el género o abandonar la categoría mujer.

El feminismo ilustrado propone renunciar al concepto de género para frenar los derechos de las personas trans. ¿A quién más excluyen?
Nuria Alabao | Ctxt, 2022-04-04
https://ctxt.es/es/20220401/Firmas/39315/feminismo-Nuria-Alabao-amelia-valcarcel-personas-trans-LGTBIQ-.htm 

“Si todo lo que tenemos que hacer para mantener la tranquilidad de nuestra propia agenda es renunciar a un término, queridas amigas, dejemos que el género duerma en paz un rato”, dijo Amelia Valcárcel en una reciente intervención pública. Esta es la propuesta más reciente del feminismo ilustrado –con importantes posiciones institucionales en nuestro país–, que hoy es transexcluyente. También dijo que las personas intersex “no existen”, que simplemente son “una anomalía”, y que en todas las culturas se han dado únicamente “varones y mujeres”. Todo lo demás deben ser también “anomalías”, cosas que se salen del orden natural. ¿Quién iba a decirnos que de una parte del feminismo del s.XXI saldría una defensa del biologicismo tan del XIX? Pero no olvidemos el trasfondo. Dejar de hablar de género porque resulta “confuso” está orientado a frenar el avance de los derechos de las personas trans, a negar la posibilidad de la autodeterminación de género –que decidan que no son lo que un médico puso en un certificado– e incluso a que las concibamos como “anomalías”. Pero el supremacismo del feminismo ilustrado no se termina en las personas trans, va más allá.

Ya sabemos: el sexo es lo biológico, aunque incluso eso es inestable también, construido en parte culturalmente, ya que la propia definición médica ha ido cambiando a lo largo de la historia, unas veces basándose en las hormonas, otras en la apariencia de los genitales, etc. Precisamente esas definiciones se han jugado en la categorización de las personas intersexuales –cuerpos que no coinciden con lo estrictamente masculino o femenino–, que sufren los intentos de hacerles encajar en estas categorías biológicas excluyentes mediante cirugías y otras formas de violencia. El género, en cambio, se consideró útil para hablar de las construcciones de comportamientos, roles, expectativas y posibilidades vitales edificadas sobre esas “verdades incontestables” de la biología. Parece que a las feministas ilustradas ahora les molesta nuestra victoria: que el feminismo haya desestabilizado tanto el orden de género/sexual (elijan) como para que se normalice cada vez más que haya gente que decida con cuál de esas ficciones normativas se sienten más cómodas. Al contrario de lo que afirma Valcárcel, está ampliamente documentado que las personas que no encajan con el sexo/género asignado han existido siempre, aunque eso ha tenido consecuencias distintas en las diferentes culturas –en muchas de ellas ha sido aceptado de una manera u otra–. En la nuestra implica un alto grado de violencia estructural e interpersonal, por lo que urge tratar de mitigarla con leyes que no patologicen, y contribuyan al cambio cultural que ya estamos presenciando. Es cierto que hay una parte del activismo trans que tiene visiones esencialistas e incluso también biologicistas del sexo/género –como sucede con un segmento del feminismo–, pero en cualquier caso, eso no justifica la oposición a los derechos que reclaman.

Aunque por motivos diferentes, el concepto de género molesta tanto al feminismo ilustrado como a los fundamentalismos cristianos y las extremas derechas, que desde hace tiempo llevan una cruzada contra lo que llaman “ideología de género”. Esto es, contra la posibilidad de que los roles sean construidos y performados, lo que para ellos supone un atentado contra el “orden divino” o “natural” –en la versión laica–. Mediante este concepto se oponen a derechos de las mujeres –sobre todo los sexuales y reproductivos, la educación sexual, etc.– pero también a los de las personas LGTBIQ e incluso a la mera posibilidad de su existencia.

Esta verdad es incómoda para los feminismos transexcluyentes, ya que mediante su oposición al concepto de género las extremas derechas hacen causa común contra los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales: ambos desestabilizan el orden social. Su visión es estructural, más afinada que la de esos feminismos, ya que no ven órdenes distintos, no ven batallas diferentes. Entienden, mejor que algunas feministas, que es parte de la misma guerra. En este contexto y más que nunca, como explica la investigadora Sonia Correa, “la categoría mujer ya no sirve para la lucha feminista”. No se puede pensar en la perspectiva feminista como una perspectiva adherida al cuerpo y a la experiencia de las mujeres o a una esencia femenina, ya que se dejan demasiadas cosas fuera. “Necesitamos mantener una distancia crítica con respecto a las formas de vínculo político con la categoría mujer que no reconocen su inestabilidad y contingencia”, dice Correa. ¿Qué es una mujer? Hace más de un siglo que el feminismo se lo pregunta.

En algo tienen razón las extremas derechas cuando se obsesionan con las cuestiones de género: es cierto que estas son centrales para sujetar la estructura social y legitimar los regímenes de desigualdad. La construcción de lo masculino y lo femenino, pero también la heterosexualidad obligatoria, la imposición de un modelo de familia –y su entrecruzamiento con los sistemas raciales y coloniales– vertebran el orden reproductivo/sexual o de género. Así, las luchas feministas autónomas, pero también las rebeliones de las personas trans y de las disidencias sexuales –las de todos aquellas y aquellos que no se conforman con los lugares asignados en la reproducción–, desestabilizan la estructura social y las legitimidades que lo articulan. Somos una amenaza porque evidenciamos la contingencia de estas desigualdades, que no forman parte del “curso natural” de las cosas, ni del “orden divino” –o civilizatorio, en su versión laica–, sino que podrían no darse. Podría no darse el actual régimen sexual o de género, pero también el racial –íntimamente relacionado– y las desigualdades económicas y de posibilidades de vida que estos órdenes atraviesan. Toda esta estratificación está destinada a dividir a las poblaciones y a justificar su desigual acceso a recursos, a “naturalizar la desigualdad” y, si son contingentes, significa que pueden ser cambiados.

Por eso trans, feministas de base y migrantes –o el Otro musulmán– estamos bajo el mismo foco de las extremas derechas: el orden de género implica definir quién tiene derecho a reproducirse y quién no, qué mujeres están siendo empujadas a reproducir a la nación blanca asumiendo roles tradicionales y quiénes se ven como un peligro por sus “altas tasas de natalidad” –en concreto en Europa, las mujeres musulmanas–. Así, la violencia que se desencadena para sujetar esos cuerpos a un orden de género que se tambalea afecta a las mujeres, pero también a estos otros: personas trans –especialmente–, disidentes del sistema sexo/género y otros sujetos señalados como peligrosos. Estas violencias no se pueden separar.

Por tanto, desde una perspectiva de las visiones más emancipadoras, no podemos pensar un feminismo como exclusivo de las mujeres, de sus cuerpos o de sus experiencias. Nuestro desafío se alinea con las personas trans, con los maricas, las travestis, las butch y las lesbianas, las invertidas, las no binarias, pero también con los hombres que no encajan en sus papeles asignados en ese orden de supremacía o los que quieren desencajarse y marchar junto a nosotras, derribando a nuestro paso esos órdenes –sexistas y racistas–, o al menos, sacudiéndolos un poco, ampliando lo imaginable, lo pensable y lo vivible. Desplazamos los límites que otras se dedican a vigilar. Pero si nuestra rebelión altera el proyecto político y de sociedad de las extremas derechas que quieren impedir los cambios, ¿qué hay en ese viejo orden para que las feministas ilustradas se agarren a algunos de sus pilares como cuando se oponen a la posibilidad de transitar de sexo/género?

Dos formas políticas irreconciliables se oponen aquí: uno busca desestabilizar un orden injusto, si se desmorona, el feminismo autónomo está del lado de las que no tienen tanto que perder. Mientras que ellas –las del feminismo ilustrado, las que están en los consejos de gobierno– piden cuotas de poder para representarnos en la cúspide de ese orden, para hablar por todas aquellas cuyas vidas y problemas no tienen nada que ver con los suyos. Es más, para hablar también por las que necesitan subordinadas, porque eso les permite seguir llevando su nivel de vida, ya sean las que les limpian la casa y les cuidan a los niños, o aquellas a las que se explota en los campos de Huelva. ¿Alguien escuchó a Valcárcel pedir derechos para las trabajadoras domésticas o las migrantes?

Este feminismo ilustrado ha tomado posiciones en las instituciones desde la Transición básicamente con una agenda de paridad liberal –que ha sido compatible con la implementación de políticas neoliberales–. Además de con las cuotas en lugares de poder, está obsesionado con el sexo, la pornografía, la prostitución. Esto es útil porque cuando se pone en el centro de la opresión de género la sexualidad y no la división sexual del trabajo o la explotación económica, el resultado es que nos afecta a todas por igual y que por tanto formamos parte de la misma “clase”: la de las mujeres. Para este feminismo ilustrado sí existe la “mujer universal”, una ficción necesaria para que ellas puedan erigirse en representantes de sus intereses, y decidir qué políticas públicas o qué relación con el Estado necesitamos. Esto le sirve para pedir su cuota entre los beneficiarios de este reparto injusto, mientras dan una vía de legitimidad “feminista” a gobiernos, instituciones y al propio Estado que también sostiene nuestra opresión. Recordemos que también es una máquina de dominación que muchas veces amplía las dominaciones y estratificaciones sociales, y que se encarga de asegurar los poderes dominantes de raza, clase y género, como explica Wendy Brown. Decían que venían a abolir el género, y se han conformado con la palabra, que es menos peligroso, porque realmente, abolir el género implica pensar otras vías para las políticas feministas que no pasen únicamente por la protección estatal.

Por qué no nos representan
Amigas, las feministas ilustradas han dicho que abandonemos el género, y ya sabemos que ellas tienen la “razón” de su parte. No voy a ser yo la que defienda un concepto, me preocupan más las prácticas políticas, porque entiendo que es de ellas de donde nace el pensamiento feminista más potente y transformador y de donde surgen los cambios. Pero, ¿qué propuestas pueden salir de este feminismo ilustrado aparte de las cuotas, la representación, de convertir el feminismo en ideología de gobierno? ¿Puede ser que sirva para oprimir a otras mujeres o pueblos?

Amelia Valcárcel –y otras de esta corriente– son capaces de enunciar que “vivimos en una civilización feminista”, que la “civilización occidental es la primera en la historia que tiene ese rasgo presente”. Es decir, nuestras sociedades son superiores a las demás. A esto Sarah Farris le ha llamado feminacionalismo, un concepto que le sirve para explicar cómo está relacionado con las estrategias discursivas de las extremas derechas europeas que convergen con estas feministas en su supremacismo occidental. También ha explicado cómo esta idea de “liberar a las musulmanas” –que implica su inclusión en el mercado laboral– es funcional para poder aumentar el ejército de trabajo disponible en el sector de cuidados, algo que, indudablemente, les beneficia.

Como explican Ángeles Ramírez y Laura Mijares, para este feminismo la diversidad cultural se reconoce de una manera muy limitada: solo hay una naturaleza humana digna, una sola vida buena, una sola manera de organizarla, y quien no se adapte a esto ha de ser civilizado. Justificaciones clásicas de la empresa colonial. No hay que recorrer mucha distancia desde aquí para legitimar invasiones –como la de Afganistán– en nombre del feminismo, en una vuelta de tuerca del racismo imperialista. Pero además, para estas feministas que se consideran en la cuna de la civilización, solo hay un feminismo bueno –el que ellas representan— y esa superioridad les permite negar a otros sujetos, ya sean trans, trabajadoras sexuales o mujeres musulmanas que quieren liberarse en sus propios términos. Por supuesto, para las ilustradas el feminismo musulmán no existe, o no puede existir, y el velo tiene que se prohibido, incluso en las escuelas. Todas ellas coinciden sorprendentemente en esos puntos. Además, tratan de criminalizar el trabajo sexual –incluso a veces la pornografía– y no reconocen a las trabajadoras sexuales como interlocutoras válidas, niegan que puedan ser feministas, como niegan agencia a las mujeres con velo. Todas tienen que ser salvadas por ellas, es decir, por el Estado –del que en realidad forman parte–.

Este feminismo ilustrado del sujeto único, que entiende la política solo en términos liberales, niega la diversidad y por tanto, las propias claves políticas del ciclo de movilización feminista de los últimos años donde se ha producido una ampliación de los sujetos de lucha, sus demandas y sus debates. Un ciclo de movilización donde el sujeto “mujer” se queda corto. Como explica Raquel Gutiérrez –para América latina aunque en buena parte es aplicable al sur de Europa–, esta emergencia ha desbordado la agenda clásica de paridad liberal y ha dado lugar a movilizaciones de carácter radicalmente autónomo con fuertes componentes de feminismos comunitarios, decoloniales y populares. Por tanto, esta lucha por definir el sujeto del feminismo, y vigilar las fronteras de “la mujer” se entiende mejor si se introduce esta variable que confronta al feminismo liberal/ilustrado a los feminismos populares y de transformación que atacan al sistema. Ese mismo sistema donde las feministas ilustradas ocupan un lugar privilegiado que muchas veces han conquistado usando la propia legitimidad del movimiento.

lunes, 20 de diciembre de 2021

#hemeroteca #feminismo | ¿Un feminismo centrado en la cuestión sexual o en la transformación social?

ctxt / Manifestación 8M en Madrid, 2018 //

¿Un feminismo centrado en la cuestión sexual o en la transformación social?
Resulta complicado organizarse en un movimiento transversal que diga que también son luchas feministas la vivienda, los derechos laborales o civiles, los de los migrantes, los de las trabajadoras domésticas y sexuales...
Nuria Alabao | ctxt, 2021-12-20
https://ctxt.es/es/20211201/Firmas/38179/feminismo-violencia-punitivismo-prostitucion-trans-nuria-alabao.htm 

Es evidente que no se puede hablar de feminismo en singular. Hoy más que nunca existe un movimiento diverso que está cruzado por disputas de clase, intereses divergentes y luchas por el poder. Una de las líneas de fractura más evidente es la que parte de quienes concebimos el feminismo como una herramienta fundamental para retar la actual configuración social injusta y el sistema económico –y que por tanto lo entendemos como parte de un proyecto de transformación más amplio–, y aquellas que piden igualdad dentro de lo existente: su 50% del infierno. Para algunas de estas liberales –o socialdemócratas– el feminismo puede llegar a ser un instrumento para un proyecto personal de ascenso social, justificar invasiones con el objetivo de “liberar a las mujeres” –como en Afganistán– o servir para el refuerzo del sistema penal –como la nueva Ley de Libertad Sexual que incluye una propuesta de criminalización de la prostitución–.

Durante la segunda ola –los 60, 70, parte de los 80– fue cuando se produjeron muchos de los debates y las aportaciones teóricas que todavía llegan al presente. En esos años se produjo un momento de fuerte agitación política y un despliegue extraordinariamente rico de diversos movimientos feministas que pusieron en el centro la cuestión sexual y retaron la división sexual del trabajo y el mandato de domesticidad. Una parte importante de esos feminismos asumió una retórica de liberación y se vinculó con los movimientos de protesta en marcha –aunque también cuestionaron el papel subordinado de las mujeres en ellos–. En esos años, por supuesto, también tuvo un papel relevante el feminismo liberal, el de la igualdad formal, con organizaciones como NOW en EE.UU., donde participó Betty Friedan que en su ‘La mística de la feminidad’ había analizado los problemas de insatisfacción de las mujeres de clase media que no se conformaban ya con ser amas de casa.

Liberal o revolucionario, lo esencial de esos años es la producción de nuevas herramientas políticas. El feminismo abrió líneas de pensamiento novedosas que habían estado excluidas de la política porque habían sido conceptualizadas como pertenecientes al ámbito privado. Los grupos de autoconciencia significan eso: convertir el malestar en algo político porque a partir de lo que nos atraviesa podemos dar cuenta de áreas enteras de desigualdad –explotación– que estaban invisibilizadas. Por ejemplo la cuestión del cuerpo y la sexualidad, que se reivindicó como un ámbito de disfrute y autonomía para las mujeres a la vez que se pedían derechos reproductivos –y se cuestionaba la heterosexualidad y la monogamia obligatorias–. También se empezó a contestar la violencia en un momento en que en muchos lugares la violación dentro del matrimonio ni siquiera se consideraba delito. Precisamente fue a partir de la cuestión sexual que surgió todo un ámbito de producción teórica en Europa –sobre todo en Francia– y en EE.UU. En este último país, Sulamith Firestone y Kate Millet –entre otras– fundan la corriente radical que tuvo una extraordinaria influencia en todo el feminismo posterior. Para ellas, y reutilizando términos marxistas, las mujeres somos una clase y la sexualidad es núcleo fundamental de la opresión que sustenta las relaciones de dominio de los hombres sobre las mujeres. El patriarcado, en palabras de Millet, es la “política sexual de dominación de la mujer” y el principal eje de desigualdad. Desde entonces la cuestión sexual estaría en el centro de la producción teórica feminista.

Las radicales no solo hablaron de subordinación en el ámbito de la sexualidad sino que esta está estrechamente vinculada con la reproducción, por lo que hicieron importantes críticas a la maternidad y a la familia. Aunque esta línea será profundizada por el feminismo marxista o postmarxista. Autoras como Maria Rosa dalla Costa o Silvia Federici analizaron el trabajo de reproducción social –o de reproducción de la mano de obra– como un pilar de la organización capitalista donde se produce la apropiación del trabajo gratuito de las mujeres. Para ellas, el sexo era una parte de esta función más amplia de reproducción social pero no –como para las radicales– el lugar central del que surge toda la relación de subordinación. La violencia sexual se entiende como una manifestación más del patriarcado, como una herramienta que sirve para el sometimiento a esta estructura de dominación.

Feminismo cultural / feminismo marxista
Esas dos líneas de pensamiento llegan hasta hoy y se entremezclan de diversas maneras. Sin embargo, pensar que el origen de la desigualdad está centrado en la cuestión sexual o en la reproducción social, tiene consecuencias divergentes a la hora de hacer política. De hecho, la línea radical derivará en lo que algunas autoras llaman feminismo cultural, muy centrado en la violencia sexual pero también en luchar contra la pornografía y la prostitución. Hoy, buena parte de las que se reivindican como seguidoras de las radicales han derivado en un feminismo de carácter esencialista o identitario que les sirve para oponerse a los derechos de las personas trans o los derechos de las trabajadoras sexuales y que llega a cuestionar la revolución sexual como un logro “que solo sirve a los hombres”. En medio de este ambiente reaccionario, parece que nos toca reivindicar de nuevo la sexualidad como un ámbito de realización y de disfrute para las mujeres.

De la línea postmarxista, sin embargo, se extraen una serie de demandas que son específicamente anticapitalistas y que conectan con las líneas del feminismo histórico más apegadas a las luchas sociales y las cuestiones de clase. Una propuesta que en general ha pretendido recoger los cuestionamientos que los feminismos postcoloniales y negros hicieron del sujeto del feminismo dominado por los intereses y las preocupaciones de las mujeres de clase media occidentales. Para estos feminismos, el universalismo abstracto –“las mujeres son una clase”, “todas estamos igualmente oprimidas por la violencia sexual”– acaba escondiendo las diferencias sociales, raciales y de estatus entre las propias mujeres. El debate actual sobre el sujeto del feminismo, por tanto, no tiene que ver únicamente con lo trans, o lo queer, y si caben o no en el feminismo, sino con una discusión de más de cien años: qué demandas hay que priorizar –¿las sexuales?, ¿las de clase? ¿las anticapitalistas? y quién tiene la capacidad para enunciarlas o liderarlas. E incluso, yendo más allá, si tienen que existir feministas que hagan de mediadoras institucionales o queremos un movimiento más horizontal y democrático capaz de retar el actual estado de las cosas.

Dominación sexual y capitalismo
Sabemos que la violencia sexual tiene una función de sujección de las mujeres a los roles establecidos, pero un feminismo que pone en el centro únicamente esta cuestión –por muy importante que sea luchar contra todas sus manifestaciones– y se olvida de la desigualdad económica o del resto de violencias vinculadas a esta desigualdad jamás será un feminismo emancipador. Sobre todo si acaba legitimando un reforzamiento del sistema penal o el dar más poder a la policía sobre las mujeres –como hacen las demandas punitivistas del trabajo sexual–. Luchar contra la violencia sexual sin conectarla con el resto de violencias estructurales o policiales y pensar que el Estado va a protegernos es olvidarse de que para muchas mujeres, ya sean putas, trans o migrantes sin papeles, ese mismo Estado puede ser el principal origen de la violencia que sufren. El feminismo tiene la tarea de explicar cómo el género atraviesa las violencias institucionales, las que se derivan de ser pobres o de estar en prisión, aquellas vinculadas con la explotación de la naturaleza y el extractivismo o con la explotación neocolonial de los territorios. Un feminismo emancipador tiene el reto pues de enfrentar todas estas manifestaciones de la violencia en su declinación “de género” y también de relacionarlas con las luchas por las condiciones de vida, no son ámbitos separados.

Las cuestiones relacionadas con la sexualidad son capaces de interpelar a las mujeres de clase media que pueden imaginarse fácilmente en el papel de víctimas, también excitan todo tipo de pánicos morales y por tanto, movilizan ampliamente fuera y dentro del feminismo. El peligro de este amplio alcance de los terrores sexuales no es solo el de la tentación punitivista, sino también el de encerrar al movimiento en debates poco transformadores y que lo despotencian. (El terror invocado contra las mujeres trans porque pueden compartir baños o vestuarios es solo un síntoma de esto.) Más complicado resulta organizarse en un movimiento transversal que diga que además de la abolición del género y la violencia sexual también son luchas feministas: la lucha por el derecho a la vivienda, contra la precariedad y por los derechos laborales o civiles, contra la instrumentalización nacionalista e islamófoba del ideal de liberación de las mujeres, por los derechos de los migrantes, de las trabajadoras domésticas y sexuales o contra las prisiones. Si el feminismo no es capaz de hacer eso como movimiento, tendrá que infiltrarse y atravesar los otros movimientos en marcha que apuntan a estas cuestiones.

Abolir la violencia
De EE.UU. aprendemos sobre el método abolicionista que se ha desarrollado para luchar contra el sistema carcelario o la policía. El principio que lo impulsa no es el de reformar estos sistemas, sino el de cambiar la sociedad que los necesita. ¿Cómo sería entonces una sociedad donde no fuera necesaria la violencia machista? Como dice un editorial de la revista Invert Journal –traducido en ‘Las degeneradas trans acaban con la familia’–: “El verdadero abolicionismo de las manifestaciones violentas del género requiere la abolición de las condiciones que lo hacen necesario. No tanto la abolición de los marcadores de género en los pasaportes sino la abolición de un mundo en que las fronteras, las naciones y los pasaportes existen. No tanto la abolición de la violencia doméstica vista como un fenómeno inconexo, sino de una sociedad que requiere de la estructura familiar y la esfera doméstica. No tanto la abolición de la violencia homofóbica, del transfeminicido o la mutilación genital a les intersexuales, sino de todo el sistema de género que sustenta esas miserias. En tanto que el género está mediado por todas las demás formas sociales que abarcan la totalidad del modo de producción capitalista, su abolición no puede darse de forma independiente, sino que es una parte esencial del ‘verdadero movimiento que abolirá el estado presente de todas las cosas’”.

  • Una versión de este artículo fue publicada originalmente en catalán en la revista Nexe nº 47.

sábado, 6 de noviembre de 2021

#hemeroteca #trabajosexual | Quitar poder a la policía, dárselo a las prostitutas

Protesta de trabajadoras sexuales contra la nueva Ley de Libertad Sexual, 2021-11 //

Quitar poder a la policía, dárselo a las prostitutas

Nuria Alabao | Ara, 2021-11-06

https://es.ara.cat/opinion/quitar-poder-policia-darlo-prostitutas-nuria-alabao_129_4174113.html 

En su pugna con su socio de gobierno por la bandera feminista, Sánchez ha salido del último congreso del PSOE comprometiéndose a “abolir” la prostitución. Claro que podrá aprobar leyes punitivas que sancionen el sexo de pago pero no acabar con la actividad, como mucho, meterla aún más bajo la alfombra. El efecto conocido de este tipo de legislación en todos los países donde se ha aprobado ha sido, no la mejora de la vida de las prostitutas, sino el aumento de la clandestinidad de su actividad y por tanto, el incremento de sus dificultades y precariedad –y las de las víctimas de trata–.

Por su parte, el Ministerio de Igualdad ha introducido en la nueva ley de Libertad Sexual artículos que criminalizan el entorno de la prostitución. Las trabajadoras sexuales organizadas han explicado que estos artículos van a dificultarles trabajar de forma autónoma y que pueden acabar desahuciadas. Pero el gobierno no quiere escucharlas y ni siquiera se ha sentado con ellas para saber qué piensan las que van a ser las principales afectadas por esta legislación. Sí lo han hecho PNV, Bildu, JxC, la CUP y En Comú Podem que han pedido que se retiren estos artículos de una ley que se supone va sobre el consentimiento de las mujeres. Solo sí es sí, salvo cuando se cobra por ello. Entonces no se puede –¿o no se debe?– consentir. El mensaje social que se difunde desde el Estado es que una prostituta no puede negociar sus servicios o hacer valer sus derechos. Si no pueden consentir nunca, si todo cliente es un violador ¿cómo podrían denunciar las agresiones sexuales y los abusos que sufren?

Sí, la industria del sexo es patriarcal y en ella se dan situaciones brutales de explotación. Las prohibiciones contribuyen a ello. Históricamente, la mejor manera para luchar contra la explotación ha sido poder organizarse para combatirla y la obtención de derechos laborales. Si apostamos por las penalizaciones, por dar más poder a la policía y los jueces sobre las vidas de las prostitutas, la consecuencia es que no pueden luchar contra esa explotación. También sufrirán más desahucios, multas –las de la Ley Mordaza–, que les quiten a sus hijos o acabarán en la cárcel, encerradas en CIEs o deportadas, incluso las propias víctimas de trata. Lo cierto es que si les preocupa la seguridad de las mujeres el camino es otro: es el de la descriminalización. También en la lucha contra la trata, donde son las fronteras y la falta de derechos de las migrantes irregulares las que empujan a estas mujeres a las redes mafiosas.

Cuando se habla de despenalizar y dar derechos no se habla de regular –como en Alemania– en beneficio de los empresarios del sexo, sino de dar más poder a las prostitutas sobre las condiciones en las que ejercen, que puedan hacerlo con la máxima autonomía, que tengan mayores facilidades también para poder dejarlo. Por ejemplo, en la legislación de Nueva Zelanda, el modelo más completo de despenalización, cuando las trabajadoras sexuales deciden abandonar su actividad reciben inmediatamente la prestación de desempleo. (Y no, en las oficinas de empleo no ofrecen a nadie trabajo sexual.)

Bajo este modelo se despenaliza a la trabajadora sexual, al cliente, a terceras personas como gestores, chóferes y caseros y se regula la industria sexual mediante el derecho laboral. La adquisición y la facilitación de servicios sexuales quedan sometidas a las mismas leyes sobre la explotación, acoso y violación que se aplican en los demás contextos. Evidentemente no es una solución mágica para que los peligros de la prostitución desaparezcan –sobre todo para las migrantes sin papeles– pero desde que se aprobó, las trabajadoras sexuales dicen que tienen mayor capacidad de negociación con los clientes y sus patrones, más posibilidades de autoorganizarse para trabajar solas o con compañeras –y no para terceros– y menor estigma. También se sienten más protegidas por la policía –esa otra institución patriarcal– y sufren menos abusos por su parte.

Nuria Alabao es periodista y antropóloga.

miércoles, 30 de junio de 2021

#hemeroteca #trans #activismo | Dean Spade · Activista trans: “Hay que transferir el presupuesto de policía a cubrir necesidades básicas”

Google Imágenes / Dean Space //

Dean Spade · Activista trans: “Hay que transferir el presupuesto de policía a cubrir necesidades básicas”.

Nuria Alabao / Lucas Platero | ctxt, 2021-06-30

https://ctxt.es/es/20210601/Politica/36470/Dean-Spade-activismo-trans-leyes-policia-sistema-penal-Nuria-Alabao-Lucas-Platero.htm 

Dean Spade es profesor de Derecho en la Universidad de Seattle y fundador del Sylvia Rivera Law Project, que ofrece asesoría legal a personas trans, intersexuales o no binarias sin recursos económicos. También es activista contra la expansión del sistema penal y policial.

La obra de Spade está centrada en desentrañar los principales problemas que tiene el activismo de base que, en los últimos años y con la pandemia, ha crecido enormemente en Estados Unidos. A estas formas organizativas le dedica su último libro, 'Ayuda mutua: Construyendo solidaridad durante esta crisis (y la próxima)' –de próxima aparición en castellano–. "Una vida 'normal'" (Ed. Bellaterra) –publicado en el 2015– es un ensayo sobre cómo la violencia institucional, el racismo, o la criminalización del consumo de drogas influyen sobre las vidas de las personas LGTBI, temas que no suelen ser abordados por el activismo ‘mainstream’ o desde la reforma legal.

P. En España está a punto de aprobarse una nueva ley trans que implica la autodeterminación de género y algunas políticas de apoyo a las personas trans, ¿que impacto tienen estas leyes a la hora de transformar la vida de la gente?

Una de las cosas con la que lidiamos en movimientos sociales es la cuestión de cómo no centrarnos solo en producir leyes, o en introducir cuestiones como los discursos de odio sobre grupos marginados, porque hace que pongamos mucho el foco en el poder del Estado. Es como si solo el gobierno pudiese resolver todos nuestros problemas. Además, refuerza la idea de que lo que dicen las leyes se reflejará automáticamente en la vida de las personas, y la realidad es que hay una gran brecha. Esta brecha surge por las diferencias en el interior de los grupos, dentro de las ciudades o regiones, entre barrios, o por diferencias de cómo los funcionarios del gobierno y otros actores ven a las personas trans con discapacidades, a las inmigrantes o a las personas trans de clase alta. Todas estas diferencias dentro de un grupo hacen que la aplicación de la ley les impacte de manera diferente, porque las leyes son implementadas por personas y tendrán diferentes prioridades bajo diferentes administraciones o bajo diferentes partidos.

Otra preocupación es que cuando se legisla o se cambian las leyes, los gobernantes dicen: “Ahora este grupo de personas es igual”, o “A partir de ahora, será tratado bien”. Dicen haber resuelto los problemas y se intenta desmovilizar a nuestros movimientos. Nuestro trabajo es decir que nada se habrá resuelto hasta que nuestra gente pueda sobrevivir, y la ley no es la herramienta ideal para eso. Lo que realmente necesitamos es una población fuertemente movilizada y movimientos interseccionales radicales en constante resistencia, que busquen realmente el bienestar de las personas bajo las condiciones a las que se enfrentan en el capitalismo o el neoliberalismo.

Creo en el trabajo de reforma legislativa de los movimientos sociales, pero no debería tener un papel central, y además debemos tener un papel crítico.

P. ¿Qué tipo de leyes necesitan las personas trans o cuáles serían realmente transformadoras?

Deberíamos buscar una reforma legal basada en aliviar los peores sufrimientos que enfrentan las personas trans, las que se encuentran en las situaciones más complicadas y peligrosas o que están realmente al margen: las personas trans que están en prisión, las que se enfrentan a la deportación, las más pobres o las más criminalizadas o las personas trans con discapacidad. Observar sus vidas y pensar si las reformas legales que se están considerando van a abordar sus problemas, porque de lo contrario, acabamos creando leyes que lo que hacen es perfeccionar el sistema que las mantiene marginadas. Si al final la justicia es algo a lo que solo se puede acceder si se tiene un empleo con estatus, o si no se está criminalizado y se tiene papeles, o lo que sea. Eso significa que tenemos que fijarnos en el impacto material de las leyes. Queremos evitar leyes que sean solo simbólicas, que no ofrezcan ayudas, que solo sirven a las personas de alto estatus o que lo tienen más fácil, que en realidad es lo que hacen la mayoría de leyes.

Queremos pensar en soluciones legales que vayan más allá de tener escrita la palabra “trans” en ellas. Por ejemplo, en Estados Unidos, cualquier ley que ayude a reducir el número de policías será bueno para las personas trans, porque la policía las persigue; o cualquier ley que ayude a reducir las sanciones penales por ser pobre o consumir drogas, porque así es como la mayoría de ellas terminan en la cárcel. Aparentemente, esas leyes no son para las personas trans, pero en el fondo serían las más beneficiosas. Deberíamos centrarnos en ellas. Por ejemplo, en Estados Unidos, hace décadas que se han aprobado leyes para endurecer las penas por atacar a personas trans por ser trans (delitos de odio). No hay evidencia de que impidan la violencia, y generalmente sirven para incrementar la financiación a la policía y a los fiscales, y cualquier cosa que potencie a la policía y a los fiscales es malo para las personas trans. Tenemos que pensarlo bien: ¿cómo podemos saber si la ley es realmente buena? Analizando si es buena para las personas trans que se encuentran en las situaciones más peligrosas.

P. ¿Entrarían aquí las leyes que penalizan el trabajo sexual?

Exactamente. Esta es una de las formas más importantes de criminalizar a las personas trans. Si podemos descriminalizar el trabajo sexual y reducir el impacto de la policía en la vida de las trabajadoras sexuales, esa sería una reforma legal que ayudaría de verdad a las personas trans.

P. En su último libro habla del apoyo mutuo, ¿se puede combinar con la acción legal o estamos perdiendo el horizonte de dónde intervenir?

Si queremos un cambio que sea liberador, tenemos que hacer una presión importante y sostenida desde los movimientos sociales, necesitamos que participe mucha gente. A veces el problema con la reforma legal es que se lleva adelante únicamente desde algunas ONG, e involucra solo a algunas personas de élite. No es una estrategia muy participativa. Y lo que veo tanto en EE.UU. como en otras partes del mundo es que, aunque tengas buenas leyes, si no tienes una manera de sostener la presión a partir de la movilización, no necesariamente se aplicarán. El verdadero motor del cambio social para las personas trans y para todo cambio social debe ser la movilización de base, por lo que necesitamos organizaciones trans fuertes, pero también debemos estar conectados con otras organizaciones más amplias de trabajadoras sexuales, de descriminalización o de organización de los pobres.

Las redes de apoyo mutuo ahora mismo son lugares donde mucha gente se une a los movimientos sociales. Es donde la gente común viene y participa más que en acciones para cambiar la ley. El trabajo legislativo, cuando proviene de la movilización de base, tiene más calidad, porque sabe cuáles son los problemas materiales cotidianos de las personas vulnerables y, probablemente, también cómo se aplican las leyes existentes, porque si estás haciendo trabajo de apoyo mutuo, conoces de primera mano el problema y cómo funciona actualmente el sistema legal. No cómo figura en la redacción de la ley, sino qué le pasa a la gente en concreto con sus caseros, o con sus trabajos, o qué les dicen cuando van a servicios sociales y qué puede significar realmente el cambio de nombre en el DNI en su vida cotidiana.

P. Usted forma parte del movimiento anti policial en Estados Unidos, ¿qué está pasando?

El año pasado hubo una movilización asombrosa social y antipolicial en todo el país. Tras las muertes de George Floyd y Breonna Taylor, se han producido disturbios en todas partes. Esto ha llevado a la petición de desfinanciar a la policía (‘defund the police’). Hace décadas que trabajo para la abolición de la cárcel y de la policía, y estas ideas nunca habían llegado al ‘mainstream’ como ahora.

En muchísimas ciudades, la gente ha estado luchando en ayuntamientos y otras instituciones para, literalmente, acabar con el presupuesto de la policía, o reducirlo. Ha sido una lucha muy difícil porque en los 40 o 50 años anteriores los presupuestos policiales han aumentado cada año. Es uno de los desarrollos políticos más emocionantes que he visto en mi vida. Las personas queer y trans y también las feministas son una parte importante de estas luchas porque saben que la policía no hace que estemos más seguras. Esto es importante, porque a menudo se usa la excusa de la seguridad de las mujeres para pedir más policía. Donde yo vivo, en Seattle, la policía tiene hasta pegatinas del arcoíris, o han contratado a un policía gay o trans. Así que es realmente importante tener queer, trans y feministas y especialmente personas racializadas diciendo: “Esto no resuelve nuestros problemas, lo rechazamos”.

P. ¿Qué contribuye a reducir la violencia o qué hace que estemos más seguras?

Sabemos que la policía solo añade más violencia a cualquier situación –encierran a la gente, te pegan y puede que hasta te violen...–. Si te pasa algo, la policía llega cuando ya ha sucedido todo. No hace nada para evitar que pase, y cuando aparecen, pueden que te hagan daño. Además, quizás castiguen a quien lo hizo, pero nada cambia –que no lo vuelvan a hacer, por ejemplo–, por lo que no estarás más segura que antes.

Desde los movimientos sociales, estamos planteando otro tipo de preguntas: “¿Qué hace realmente que la gente esté segura?”. Una de las cosas que hace que la gente tenga más seguridad es que tengan acceso a vivienda, a alimentos, a un sistema de salud público. Cuando nos fijamos en las mujeres trans asesinadas en los Estados Unidos, muchas no tenían un sitio seguro donde vivir, lo cual les llevaba a situaciones de peligro o ejercían trabajo sexual de maneras poco seguras, porque no tenían recursos para hacerlo de otra forma. Si queremos seguridad de verdad, tenemos que transferir el dinero de los presupuestos de policía a vivienda, sanidad, cuidados infantiles, etc., a cubrir las necesidades básicas.

La segunda cuestión que ocupa a muchas feministas, movimientos queer y trans es qué condiciones tiene esta persona que son particularmente poco seguras. Nos preguntamos, ¿qué necesita la gente de nuestra comunidad? ¿que les acerquemos con el coche a los eventos o traerlos después? ¿Necesitamos que la comunidad ofrezca formaciones sobre violencia doméstica, sobre cómo apoyar a nuestras amistades cuando están viviendo situaciones violentas...? ¿Qué puede hacer el activismo de base para cambiar las condiciones de vida que hacen que algunas personas de nuestra comunidad sean tan vulnerables?

P. ¿Está relacionado esto con lo que se denomina justicia transformadora o reparadora?

Mucha gente en nuestras comunidades ya hace trabajo de justicia transformadora, que supone pensar cuando pasa algo malo ¿qué podemos hacer? Por ejemplo, si estamos en un círculo social donde una persona asalta sexualmente a otras, ¿cómo podemos hacer para que pare? ¿Qué necesita esa persona, qué tipo de presión hay que ejercer, para que pare? ¿Necesita apoyo? ¿Por qué lo hace? ¿Tiene problemas con las drogas? ¿Necesita apoyo de salud mental? ¿Lo hace porque tiene que cambiar sus ideas sobre el género y la sexualidad, ideas que emanan de una cultura tóxica? ¿Y qué necesitan las personas que han sido agredidas para seguir siendo parte de la comunidad y sentir que tienen apoyo? Ya que no se puede deshacer el daño causado, ¿puede haber alguna manera de sanar y curarse, de restaurar su bienestar?

La policía y los juzgados no ofrecen nada esto. Así que tiene más que ver con cómo respondemos para que deje de pasar y que todas las personas implicadas estén mejor, en lugar de aplicar un castigo. El castigo nunca disminuye el daño causado. De hecho, si una persona viola a otra y la mandas a prisión, puede que siga violando allí. Eso no resuelve ninguna de las causas que hay de fondo.

P. En España vemos un cierto feminismo que está muy encauzado a la introducción de nuevos delitos o incluso que piden un aumento de penas, aunque creemos que no es mayoritario.

En Estados Unidos le llamamos “feminismo carcelario”, y no queremos un feminismo que se construya sobre la petición de más policía y más cárcel. Vivimos un período, que empezó en los 70 y continúa desde entonces, en el que la policía y las prisiones están creciendo muchísimo. Uno de los motivos por los que crece es el de “proteger a las mujeres”. Así, el gobierno empezó a financiar programas para afrontar la violencia doméstica y sexual, pero solo si estaba vinculado a decir que la solución eran más detenciones y más gente en prisión. Después de aplicar esto durante 40 o 50 años no vemos que se reduzca. En el caso de la violencia sexual, incluso la aumenta, porque la policía es una fuente importante de violencia sexual.

Queremos enterrar el feminismo carcelario, y centrarnos en un feminismo que va a las causas de la violencia contra las mujeres, las personas queer y trans, y que quiere acabar con la violencia en lugar de apoyar más policía. Y nos preguntamos ¿por qué la mayoría de personas que sufren violencia en el hogar no la denuncian? Muchas no quieren que sus seres queridos vayan a la cárcel o saben que la policía no les va a creer porque son pobres, no tienen papeles o porque tienen miedo de la policía, porque son queer o trans, y han recibido agresiones policiales o las ha recibido alguien de su comunidad.

La solución tiene que ver con creer que las personas, incluso aquellas que han causado dolor, son parte de nuestra comunidad, y hay que pedirles responsabilidades, pero también devolverles su lugar. El objetivo es ayudarles a que cambien su comportamiento en lugar de expulsarles. ¿Qué hace falta para que asumamos que la gente no es solo aquello tan horrible que hizo? Usemos soluciones comunitarias para hacer que cese el daño.

Son las mujeres de color, inmigrantes o con discapacidad las que han tenido que encontrar estas estrategias. Nunca han podido llamar a la policía, porque saben que, si viene, les van a hacer más daño. Este trabajo práctico ha surgido del feminismo.

P. En las protestas de los últimos tiempos en Estados Unidos ha habido grandes manifestaciones encabezadas por el lema: “Black Trans Live Matter”, ¿cómo se están produciendo estas alianzas entre luchas?

La manera en la que Black Lives Matter está creciendo ha llevado a que la gente organice agrupaciones en todo el país durante los últimos años y antes incluso del 2020 este ha sido un movimiento verdaderamente interseccional. Tienen gente trans, negra, queer, feminista, de apoyo a la causa Palestina… Uno de los objetivos ha sido mostrar las historias de las mujeres negras, de las personas negras con discapacidad… La solidaridad que hay dentro del movimiento ha sido muy orgánica y siempre ha habido un montón de gente trans en lugares de liderazgo en todos los niveles.

Este momento supone una transformación en Estados Unidos desde aquellos movimientos civiles con políticas y estrategias que buscaban la respetabilidad, y que han sido históricamente más patriarcales y más heterosexuales, menos interseccionales. El movimiento Black Lives Matter surge ya desde las mujeres queer, ha sido más confrontativo e inherentemente más queer y trans. Es un momento impresionante y, además, llega en el mismo período del renacer de la resistencia indígena en Standing Rock, de los movimientos feministas indígenas, que son muy inclusivos con lo trans y lo queer… Estamos en un momento de emergencia de los movimientos de base, que son muy interseccionales.

P. ¿Qué opina de la aparente alianza que se está produciendo entre cierto feminismo anti trans y algunas derechas o fundamentalistas cristianos?

Por desgracia, todavía estamos viviendo la reacción contra el feminismo que comenzó en los años 80. En Estados Unidos estamos asistiendo a momentos de reacción anti trans muy específicos. Hay una cantidad sorprendente de leyes que se centran en dificultar o impedir el acceso de los jóvenes trans a la atención sanitaria y al deporte. A pesar del período de las políticas trans y los esfuerzos de las reformas legales que se han producido desde finales de los 90 hasta hoy, en realidad, no hemos conseguido tanto.

Hay una ley federal, de ley de delitos de odio que le da dinero a la policía y luego hay algunas cosas pequeñas que se consiguieron con Obama, pero la mayoría de las personas trans todavía viven en la marginalidad. También ha habido algunas mejoras en la identidad recogida en los DNI, pero todavía hay muchos obstáculos para la supervivencia. Sin embargo, en los últimos cinco años ha habido más apariciones de personas trans en la televisión ‘mainstream’. Así que, a pesar de que no ha habido cambios importantes en el día a día de las personas trans, sí que ha habido una reacción violenta muy significativa de la derecha, que se ha recrudecido.

Alrededor de 2013, comienza un período en el que muchas leyes estatales intentan criminalizar aún más a las personas trans por usar los baños (con los que se sienten cómodos) y ahora se están intentando aprobar muchas leyes estatales diciendo que los jóvenes trans no pueden recibir atención sanitaria específica. También les intentan impedir practicar deportes en las escuelas de acuerdo con su género. Por ejemplo, que las chicas trans no puedan hacer deporte con otras chicas.

Se da una reacción, en forma de guerra cultural, y es interesante cómo ha coincidido con la acción de las TERF (feminismo anti trans), que me recuerda a la década de 1980 cuando los activistas de derechas contra la pornografía se aliaron con las feministas antisexo que estaban en contra del trabajo sexual, de la pornografía y a favor de la censura. Siento que se repite esa coalición. El hecho de que esas personas se consideren feministas, y estén dispuestas a alinearse con la derecha que trata de proteger el patriarcado y el control sobre los cuerpos de las mujeres y del cuerpo queer y trans, es impactante para mí.

domingo, 24 de enero de 2021

#hemeroteca #feminismo | Cuando el feminismo converge con la extrema derecha: por un feminismo antifascista


Cuando el feminismo converge con la extrema derecha: por un feminismo antifascista.

Las que con su discurso o sus propuestas refuerzan el proyecto político postfascista no están de nuestro lado, no son compañeras.
Nuria Alabao | ctxt, 2021-01-24
https://ctxt.es/es/20210101/Firmas/34790/Nuria-Alabao-feminismo-extrema-derecha-antifacismo.htm 

Ya es casi un lugar común decir que el feminismo es un bastión contra las extremas derechas. Incluso en algunos lugares donde estas opciones políticas han alcanzado gobiernos, el feminismo se ha demostrado capaz de condensar la oposición más general a estos regímenes bajo la bandera de los derechos de las mujeres y las personas LGTBI. Es el caso de Brasil, pero también de Polonia, donde las últimas movilizaciones por el derecho al aborto han conseguido sumar a otros gremios como taxistas, asociaciones agrícolas y sindicatos, todos ellos descontentos con el gobierno.

Las cuestiones de género además son centrales en el ideario de los postfascismos y en su visión de la sociedad. Sus ataques al feminismo parten de una defensa de la familia nuclear heterosexual que implica, no nos engañemos, una defensa del capital y la nación: proteger “nuestra” forma de vida. (En Europa, los países donde la gente se considera más nacionalista son también aquellos donde hay menos valores igualitarios, como indican las encuestas.) Por tanto, el feminismo –a estas alturas haríamos mejor en decir “los feminismos”– es una herramienta ineludible para articular contraestrategias discursivas y propuestas contra la extrema derecha. Pero ¿qué feminismo?

El feminismo es plural –lo ha sido siempre– y está cruzado por distintas posiciones ideológicas, conflictos e intereses de clase, muchas veces incompatibles entre sí. Tenemos que abandonar, pues, tanto una propuesta de unidad irrealizable que nos frena como toda idealización del movimiento que nos impide analizar sus tendencias reaccionarias. No solo no compartimos todas el mismo horizonte de emancipación, sino que el feminismo se puede usar para frenar derechos –como en el caso de las personas trans o el de la criminalización de las trabajadoras sexuales–, reforzar las fronteras y el Estado penal y carcelario, justificar la islamofobia y el racismo, impulsar cruzadas neocoloniales o atacar la libertad de expresión. Las que con su discurso o sus propuestas refuerzan el proyecto político postfascista no están de nuestro lado, no son compañeras. A lo sumo, podrá haber una alianza contingente en determinadas cuestiones. En otras, las tenemos en frente.

Día a día vemos como muchas de estas feministas dedican todas sus energías a confrontar a otras feministas que no comparten sus propuestas o a lanzar campañas contra personas discriminadas –trans o prostitutas– en vez de hacerlo contra las peores manifestaciones del patriarcado. Es decir, contra las consecuencias más hirientes de la división sexual del trabajo cuando se entrecruza con la pobreza –o el propio capitalismo–. Podrían luchar contra la falta de derechos de las trabajadoras domésticas o de cuidados; la carencia de alternativas reales para las trabajadoras sexuales; la situación de vulnerabilidad en que quedan las mujeres migrantes sin derechos donde se dan los peores abusos –también sexuales–; la falta de vivienda o de recursos que empujan a muchas mujeres a aguantar situaciones de violencia por falta de alternativas... pero no lo hacen. Problemas que son inextricables del propio avance de las extremas derechas que se impulsan en el miedo y la inseguridad vital. Las soluciones que proponen para muchos de estos problemas, sin embargo, implican prohibiciones, prohibiciones de todo tipo que suelen agravar las condiciones de vida de las mujeres cuyas vidas quedan a universos de distancia de las suyas propias –feministas conservadoras o institucionales–. Muchas dicen sin sonrojarse que las cuestiones de vivienda, de sanidad, de fronteras no son temas que incumben al feminismo. En realidad lo que quieren decir es que no les incumben a ellas, que no forman parte de sus preocupaciones más inmediatas.

Entonces, ¿cuál sería la propuesta de mínimos para un feminismo antifascista? Como punto de partida, sería aquel que no compra ni una coma de la propuesta política de las extremas derechas, sin embargo, en los últimos tiempos hemos visto ciertas confluencias discursivas y extrañas alianzas.

Feministas contra personas trans

Las tendencias conservadoras que han empezado a emerger en la izquierda en los últimos años han llegado a un sector del feminismo donde hemos presenciado un repliegue identitario expresado en la necesidad de construir un enemigo que reafirme esa identidad “mujer”. La cuestión de los derechos de las personas trans ha funcionado perfectamente en este sentido. Las formas de la ofensiva han replicado el estilo argumentativo y el tono conspiranoico y de pánico moral de las extremas derechas mundiales cuando se oponen a los derechos LGTBI, por ejemplo relacionando identidades trans y pedofilia –un clásico de los fundamentalismos cristianos más desatados–. De hecho, hemos podido ver como ese feminismo ha proporcionado una pátina “progresista” a esos fundamentalismos que también se oponen a los derechos de las personas trans, ahora bajo un discurso de “protección a las mujeres”. Como ejemplo el reciente argumentario de Abogados Cristianos que replica punto por punto los elementos discursivos de la ofensiva del feminismo reaccionario contra las mujeres trans.

Es probable que cuando la ley se discuta en el parlamento, veamos más claramente esta conexión como se ha podido percibir en Inglaterra o EE.UU., donde este tipo de feminismo se ha alineado con los fundamentalismos cristianos no solo en cuestiones argumentales, sino que han establecido redes de colaboración directa y aceptado ser financiadas por ellos, como explica Lola Olufemi. El activismo de estas ‘feministas’ ha acabado apoyando las medidas que Trump implementó contra las personas trans y que eliminaron las leyes antidiscriminatorias con consecuencias bien materiales en cuestión de salud, vivienda y posibilidad de acceder a recursos públicos. Un feminismo antifascista, por tanto, no puede ser uno que establezca alianzas tácticas o de cualquier tipo con las extremas derechas.

Feminismo carcelario o punitivista
El énfasis que el movimiento ha puesto en la cuestión de la violencia sexual estos últimos años ha conseguido avances, pero también ha producido ‘daños colaterales’. A partir de la raza o el género, el capitalismo divide y estratifica a las poblaciones para su mejor explotación –fundamentalmente del trabajo–. Alison Phipps explica como la violencia sexual sería una herramienta de este sistema que sirve para sujetar a las mujeres en “su lugar” subordinado. Sin embargo, el feminismo 'mainstream' tiene tendencia a enfocar la cuestión de la violencia desde la óptica de comportamientos individuales de determinados hombres “malos” a los que señala públicamente o a los que se pretende castigar penalmente. Apenas se habla de cómo la economía depredadora del capitalismo y las agresiones sexuales van de la mano, ni de que si se quiere acabar con esta violencia se tiene que apuntar contra el 'statu quo'. Un 'statu quo' que es en sí mismo violento.

Sin embargo, buena parte de las narrativas feministas hacen hincapié en el uso casi exclusivo del Estado para luchar contra la violencia. Esto no es solo indicativo de falta de imaginación política, o de que una parte de ese feminismo ‘mainstream’ integra la estructura de ese mismo Estado, es un claro indicio de qué segmento de clase hay detrás de las demandas de soluciones penales: aquel que tiene una experiencia del Estado como protector antes que opresor. Muchas otras, saben que la policía no está para protegerlas, sino para echarlas de sus casas, meterlas presas o en Cies, acosarlas, multarlas. La experiencia de las prostitutas, por ejemplo, es una donde la policía puede abusar de ellas impunemente –Amnistía Internacional da fe de estos casos–.

Phipps señala que esta cercanía con el Estado significa que el feminismo 'mainstream' tiende a ignorar temas como la brutalidad policial y la violencia sexual endémica en las prisiones, o que estas cuestiones quedan subordinadas al proyecto de proteger a las mujeres blancas de clase media de la amenaza sexual. También se olvida a las supervivientes de la violencia sexual que no encajan en los estándares de la blanquitud burguesa o incluso a aquellas que se considera necesitan ser criminalizadas “por su propio bien”, como son las trabajadoras sexuales. Apelar al sistema criminal, reforzarlo, legitimarlo, tiene impactos en las personas más desfavorecidas –racializadas y migrantes– y en las que están más abajo en general. Es una cuestión de clase.

Phipps advierte además de la violencia que se puede ejercer en nombre de luchar contra la violencia sexual. Así, el feminismo 'mainstream' tiene a dar apoyo a políticas que criminalizan a las trabajadoras sexuales directa o indirectamente y que las hacen más vulnerables a la violencia, especialmente a las migrantes, como explican Juno Mac y Molly Smith. Según Amnistía Internacional, “la desigualdad de género influye considerablemente en que las mujeres comiencen a dedicarse al trabajo sexual, pero la penalización no impide que lo hagan, sino que simplemente hace que su vida sea menos segura”. De hecho, desde hace años, las campañas contra la trata sirven como política antiimigración antes que para liberar a las mujeres de aquellos que las explotan, y muchas de esas víctimas acaban encerradas en Cíes o deportadas. Independientemente de lo que se piense de la prostitución, apoyar políticas criminalizadoras de las mujeres que ejercen –como la reciente propuesta del gobierno de prohibir el alquiler de viviendas a trabajadoras sexuales– implica dar más poder a los explotadores o a la policía sobre la vida de estas mujeres.

Un feminismo no punitivo, es decir, antifascista, aunque pueda usar en algún momento todas las herramientas de lucha disponibles, incluso apelar al Estado, nunca lo hará a costa de empeorar la vida de otras mujeres. Más bien pondrá el foco en terminar con este sistema de desigualdad que se sustenta en la violencia y que la impulsa. Así como con el propio sistema penal, la vía que ha encontrado el capitalismo desatado para encarar los problemas de pobreza y desigualdad que él mismo genera. Los postfascismos solo son una vuelta de tuerca más de este mecanismo.

Femonacionalismo
En este contexto de políticas de escasez, los intentos de control de los cuerpos de las mujeres se entrecruzan con un aumento de las políticas del miedo a los otros que son construidos como el enemigo. Así, las extremas derechas no dudan en cabalgar los discursos de “protección de las mujeres”, “nuestras mujeres” para construir su proyecto de supremacía blanca, señalando a los migrantes o musulmanes como principales responsables de la violencia sexual. Así lo hace Vox constantemente. El islam es señalado como incompatible con los derechos de las mujeres –blancas– mientras las musulmanas son representadas como eternas víctimas sin agencia a las que hay que salvar.

La excusa de la seguridad de las mujeres blancas se lanza contra los grupos marginados e hiperexplotados y sirve para pedir el refuerzo del sistema penal: cadena perpetua o un aumento de penas como falsa solución para la violencia.

Por tanto, un feminismo antifascista no debería apoyar los movimientos estatales de prohibición del velo que apenas consiguen ocultar la islamofobia subyacente, aunque sea bajo la retórica del laicismo. Como en el caso de las personas trans, el feminismo tiene que hacerse cargo de qué discursos está reforzando y cómo será usado como ariete en una lucha contra los migrantes o los otros. Tampoco debería apoyar el aumento de penas ni las soluciones carcelarias. Más bien pondrá en el punto de mira este sistema que reproduce la violencia, y buscará soluciones que reparen el daño mediante la redistribución de la riqueza de forma directa e indirecta. “Defund the police” –Desfinanciar la policía–, el lema que ha popularizado el movimiento Black Lives Matters marca el camino: más recursos en los barrios, menos represión.

Un feminismo antifascista, por tanto, será un feminismo de clase, antipunitivo, antiracista, que ponga en el centro la cuestión de las fronteras. Uno que conlleve un proyecto de emancipación que, en el camino de la igualdad, también mejore la vida de todos. Porque la confluencia argumental o táctica entre conservadurismos y ciertos feminismos que se ha dado ya en otros momentos de la historia implica un claro declive de su potencia como movimiento.