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jueves, 13 de febrero de 2025

#hemeroteca #homofobia #controlsocial | Marlaska se desentendió de advertencias de abusos policiales contra el colectivo LGTBIQ+

Fernando Grande-Marlaska en un encuentro con colectivos LGTBI+ //

Marlaska se desentendió de advertencias de abusos policiales contra el colectivo LGTBIQ+

'Público' ha tenido acceso a una carta dirigida al director de gabinete de Interior, donde se documenta un hostigamiento sistemático por parte de agentes en zonas frecuentadas por el colectivo. Desde el ministerio se limitan a aconsejar que "cualquier ciudadano que se sienta perjudicado por una presunta mala 'praxis' policial, lo que tiene que hacer es denunciar" ante la propia Policía.
María Martínez Collado, Sato Díaz | Público, 2025-02-13
https://www.publico.es/sociedad/marlaska-desentendio-advertencias-abusos-policiales-colectivo-lgtbiq.html

El Ministerio del Interior, encabezado por Fernando Grande-Marlaska, tiene constancia desde hace más de tres meses de que hay personas LGTBIQ+ que afirman sufrir una situación de discriminación y acoso sistemático por parte de la Policía Nacional y Local en Madrid. Más de 50 años después de Stonewall, la historia de represión por tener una sexualidad no normativa parece estar repitiéndose. Este mismo lunes, Público sacó a la luz el testimonio de tres personas tras una investigación del Movimiento Marika de Madrid –que lleva años monitorizando este tipo de casos–. Desde Interior insisten en que "cualquier ciudadano que crea, vea, note o se sienta perjudicado por una presunta mala praxis policial, lo que tiene que hacer es denunciar" ante la propia Policía.

Estos testimonios relatan diferentes episodios de detenciones arbitrarias, cacheos humillantes e infiltraciones de agentes en espacios que creían seguros bajo el pretexto de poner fin al narcotráfico. Para las víctimas, se trata de una caza de brujas que criminaliza sus cuerpos y su existencia misma. A pesar de las reiteradas advertencias y peticiones de intervención, la respuesta del Gobierno, sin embargo, ha sido el silencio o la inacción.

Este medio ha tenido acceso a una carta del pasado 4 de octubre de 2024 dirigida a Lorenzo Martínez, director del gabinete del ministro del Interior, Grande-Marlaska, donde se documenta un hostigamiento sistemático por parte de agentes en zonas frecuentadas por personas LGTBIQ+. La misiva describe registros "invasivos y sin justificación", y el uso de "insultos homófobo por parte de la Policía". "En numerosos casos, incluyen tocamientos en zonas íntimas y, en ocasiones, la desnudez parcial en plena calle, lo que constituye una grave vulneración de la dignidad y los derechos de los ciudadanos", recoge el escrito.

Las historias que expusieron a este medio las víctimas, y que ilustran la existencia de estas actuaciones, revelan un engranaje de control que lleva décadas acechando a las disidencias sexuales. Sus relatos dejan ver cómo detrás de cada operativo policial disfrazado de lucha contra las drogas parece existir un sesgo evidente a la hora de determinar quién es sospechoso. "Están jugando con nuestras vidas y con nuestra intimidad para conseguir hacer detenciones a mansalva", declaraba uno de ellos.

"Mientras que las drogas recreativas tradicionales como el MDMA, la cocaína y la marihuana, generalmente asociadas a patrones de consumo de personas heterosexuales y normativas, disfrutan de un rango de tolerancia muy elevado, las drogas emergentes como el speed, la ketamina, el GHB (llamado éxtasis líquido) y las catinonas (comúnmente conocidas como mefedrona) –habituales entre el colectivo LGTBIQ+– son objeto de una criminalización desproporcionada. Esta diferencia de tratamiento no solo es un ejemplo flagrante de discriminación, sino que también ha dado lugar a la apertura de causas penales injustificadas que, en muchos casos, terminan por truncar la vida de personas inocentes", continúa el texto.

La respuesta que ofreció a esta misiva el departamento de Grande-Marlaska, en un correo fechado a 10 de octubre, fue que se denuncien estas prácticas "ante las autoridades competentes y en la forma y lugares previstos por las leyes procesales". Es decir, "ante el abuso de las fuerzas de seguridad del Estado, se recomienda pedir ayuda a los propios cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado", critica en una conversación con este medio la persona que elevó la queja y que prefiere mantener su nombre oculto por temor a las posibles represalias.

‘Público’ ha preguntado al departamento de Grande-Marlaska por esta situación y el equipo de Interior ha insistido en la necesidad de que cada agraviado presente una denuncia por los cauces "correspondientes" para que se proceda a la investigación "pertinente" y se llegue a las conclusiones que "toquen". En todo caso, insisten, "tiene que investigarse y lo lógico es que se presente primero una denuncia". No hay mención a la responsabilidad política.

La constante sensación de amenaza de ser "abordados, humillados y criminalizados" ha dado lugar a un clima agravado de desamparo en parte del colectivo LGTBIQ+. Activistas y defensores de los derechos humanos critican que se "desvíen recursos valiosos" que deberían ser invertidos en "luchar contra amenazas reales", como la violencia contra esta población.

Estas actuaciones se enmarcan en un contexto en el que están saliendo a la luz no pocos casos de policías infiltrados en movimientos sociales. Una serie de prácticas que ponen contra las cuerdas, entre otras cosas, el derecho a la libre asociación y a la libertad de expresión. El ‘modus operandi’ coincide. El Movimiento Marika de Madrid lleva tiempo monitorizando y denunciando testimonios sobre el comportamiento de los agentes. Algunos de ellos describen cómo los policías se hacen pasar por consumidores o personas que están de fiesta, participando de los ‘chill’ –sesión de sexo en grupo en la que a menudo se consumen sustancias psicoactivas–, para luego aprovechar y detener por narcotráfico a las personas que se encuentran allí con sustancias para el consumo propio.

El problema, a juicio de las víctimas, radica en el tipo de abordaje estrictamente punitivo que se ha diseñado para intervenir las drogas y las adicciones. Todas, por ejemplo, alegaron no haber recibido apoyo emocional ni asistencia social cuando fueron detenidas por llevar sustancias para el autoconsumo; y, aunque existen entidades como el Servicio de Asesoramiento a Jueces y Juezas, e Información al Detenido y a su Familia (SAJIAD), declaran que su acceso es limitado –en todos los sentidos, pues quienes han entablado algún tipo de contacto con la entidad se muestran muy críticos con sus enfoques y "desactualización"–. "A nadie del sistema judicial o policial le importa cómo lo estés pasando durante todo un proceso que es bastante chungo", lamentaba uno de los testimonios que hizo público este medio el pasado martes.

lunes, 4 de noviembre de 2024

#hemeroteca #punitivismo | Análisis del caso de los empresarios de Murcia

La Opinión de Murcia / Protesta 'feminista' en Murcia, 2024-10-06 //

Análisis del caso de los empresarios de Murcia

Hoja de ruta de un feminismo carcelario, conservador y abolicionista de la prostitución
Lucía Barbudo | Zona de Estrategia, 2024-11-04
https://zonaestrategia.net/caso_empresarios_murcia/

Samuel, las menores de Murcia, la chica de Totana, la chica de Bilbao, la mujer de Francia. Peligro y terror sexual; abusos, violaciones: Alcàsser en bucle. Viene bien tener a mano la ‘Microfísica sexista del poder’, de Nerea Barjola, para recordar cómo se enciende el ruido mediático con la postproducción de este tipo de noticias, qué mensajes se están mandando, cómo la sociedad los está encajando y qué estamos haciendo las feministas con eso políticamente, tanto en la calle como en nuestros canales de pedagogía y difusión.

“Todas las niñas de Murcia están en peligro de que les pase lo mismo que a la mía”, decía una de las madres de las adolescentes implicadas en la red de trata de menores en una entrevista. El mensaje, de inconfundible pánico y alerta social, se reenvió a muchos de nuestros móviles, curiosamente, dentro de grupos organizados como feministas. ¿No resulta llamativo que sean precisamente las mujeres, vinculadas, además, a movimientos feministas, las que estén hilando los mensajes siguiendo la secuencia: miedo-Estado/Aparato Judicial/Penal-cárcel? ¿No nos rechina?

Frente a estos relatos de pavor, desamparo y desvalimiento que acompañan la violencia sexual (“La hundió para toda su vida”, “Le rompieron toda su vida”, seguía la misma madre en la entrevista) se han articulado afortunadamente otras contranarrativas menos fatalistas, más empoderantes, generadoras de respuestas emocionales más allá del trauma, que nos argumentan por qué hay vida después de una violación. Quizás el mejor ejemplo sea el desarrollado en la ‘Teoría King Kong’ de Virginie Despentes, donde se resignifica la experiencia de violación para desactivarla como trauma insuperable para las mujeres. Frases como: “Hablo por todas las niñas y madres de Murcia”, hacen eco de un sujeto-víctima único, inamovible, solidificado y generalizado hasta tal extremo que parece que no deja hueco a sobrevivir estas experiencias de otra manera. Generalizar es, en el mejor de los casos, poco honesto, y en el peor, peligroso. “El poder necesita consensos”, escribía Mithu M. Sanyal en su desafiante obra ‘Violación’, en la que se responden interrogantes que muchas veces, si no estamos intelectualmente alerta, ‘feministamente’ alerta, caemos en el peligro de plantearlos como clichés: ideas estereotipadas que repiten un mantra que se nos enquista y no nos deja seguir hacia delante. El guión que el patriarcado ha escrito para nosotras sobre la violación es realmente terrorífico.

La infantilización de las víctimas es también algo que se repite. Las mismas lógicas que se aplicaron con “las ‘niñas’ de Alcàsser” son ahora las que se hacen eco de “las ‘niñas’ prostituidas de Murcia”; indudablemente hay más indefensión en la infancia, más carnaza mediática también, pero es que no eran niñas (la infancia se considera desde los 6 hasta los 12 años), eran adolescentes, menores (entre los 14 y los 17 años), eso sí, pero adolescentes. Y esto no tiene por qué restarle gravedad al asunto. La edad resulta asimismo relevante porque tampoco podemos hablar de pederastia (que se considera una relación sexual no consentida entre una persona adulta y une niñe), al igual que no podemos hablar de empresarios puteros ni de proxenetas (como les encanta decir a las abolicionistas) pues las adolescentes no eran putas. De esta última afirmación se desprende que tampoco es acertado hablar de prostitución, sino de trata de menores con fines de explotación sexual.

El feminismo putófobo saca tajada
Decía Silvia Federici en el prólogo de ‘Microfísica’: “No podemos depender de los medios para que representen nuestra lucha (...) Los medios no son espectadores pasivos”. Solo basta echar un vistazo a cómo la prensa ha abordado el caso de los empresarios violadores de Murcia para darse cuenta de que el frente abolicionista de la prostitución está sacando músculo. Este pasado viernes 25 de octubre, de hecho, la Coordinadora Feminista de València sacaba un cartel con una convocatoria frente a la Ciutat de la Justicia en el que podía leerse: “En solidaridad con las abolicionistas de Murcia”. ¿Por qué en solidaridad con las abolicionistas? ¿No deberían realizarse actos reivindicativos en la calle en solidaridad con las menores y en su apoyo?

Quisiera incidir en el uso malintencionado que se está haciendo de la palabra ‘prostitución’ en este contexto donde lo apropiado es hablar de trata de menores con fines de explotación sexual. Los medios locales de Murcia, los periódicos de La Opinión y La Verdad así como la rama local de eldiario.es, están difundiendo información hablando de ‘prostitución de menores’ en un ejercicio que considero de grave irresponsabilidad periodística. Las feministas llevamos décadas apuntando a la importancia que el lenguaje tiene para la transformación de nuestra realidad política y social. Señores y señoras periodistas, las palabras importan. (in)Fórmense antes de hacer un uso equivocado de ellas, no utilicen sus altavoces mediáticos y la posición de poder que ostentan como formadores de la opinión pública para tergiversar la realidad y estigmatizar aún más a un colectivo que ya está históricamente estigmatizado y criminalizado: el de las trabajadoras sexuales.

La prostitución o el trabajo sexual implica una relación consentida entre adultes y con las menores no hay consentimiento puesto que no hay horizontalidad al no ser una relación entre iguales. Con las menores no podemos hablar de prostitución porque incurrimos en una contradicción de términos. Con las menores debemos hablar de abuso, violación, extorsión y coacción. El movimiento abolicionista del trabajo sexual está utilizando perversamente el caso de la red de trata de menores en Murcia para manipular conceptos.

La cárcel es justicia patriarcal
Muchas tenemos ya desactivado que la policía sea una herramienta útil para la seguridad de las mujeres y las disidencias o para la lucha contra las violencias que sufrimos. Esta desactivación se la debemos a los procesos de politización y al activismo de calle, ya que éste la mayoría de las veces acaba enmarcado en un cordón policial. Ya tenemos hecho el análisis desde nuestros colectivos críticos y disidentes de que ‘A mí me cuidan mis amigas, no la policía’ y que ésta sólo existe para proteger los intereses del gobierno (la Ley Mordaza aún vigente es buena prueba de ello) y que es una forma de ejercer discriminación y violencia institucional contra las personas más vulnerables y desprotegidas. Consecuentemente, la policía ha trabajado históricamente a favor de la represión de minorías marginales tales como las personas migrantes, con un sesgo racista y colonial bastante tocho. Sin embargo, cuando eres blanca o militas entre las filas del feminismo blanco, no es tan fácil llegar a la conclusión de que el sistema penal y el sistema carcelario forman parte de lógicas no sólo heterosexistas y patriarcales, sino también racistas y coloniales. ¿Quiénes conforman la población carcelaria?

Por si esto no está lo suficientemente claro, volvamos al caso de Murcia: ¿quiénes han entrado ya en prisión? Las mujeres acusadas de ser las que captaban adolescentes en las puertas de los institutos y discotecas, así como el hombre que hacía de chofer transportado a las menores, todas estas personas de origen latino.

Decían desde el Movimiento Feminista de Murcia en su nota de prensa: “Desde el Movimiento Feminista no compartimos que la solución a las violencias que soportamos pase por la entrada a ninguna cárcel. Las cárceles no son parte de la solución nunca sino parte del problema. Nos declaramos antipunitivistas y exigimos como alternativa una justicia restaurativa que escuche a las víctimas y las atienda en sus necesidades para reparar el daño.” En esta misma línea, Laura Macaya, referenta del activismo antipunitivista en el estado español, en ‘Conflicto no es lo mismo que abuso’”, afirma: “para pensar otras formas de administrar justicia (...) es imprescindible pensar en procesos que involucren a la persona afectada, pero también a quien comete el daño y a la comunidad.” A este respecto, cinco de las entonces adolescentes declararon que no querían que los empresarios entraran en prisión y que ellas se daban por satisfechas si ellos admitían que estuvo mal lo que hicieron y se comprometieran a no volver a hacerlo nunca más. Sin embargo, tres de las víctimas sí expresaron que querían cárcel para los empresarios, movidas, según la magistrada Concepción Roig, por el pulso que se estaban echando en la calle los movimientos feministas pidiendo el encarcelamiento de los empresarios violadores.

Qué fracaso que, como movimiento regenerativo y pretendidamente transformador, a las personas que nos nombramos disidentes y feministas sólo se nos ocurra hablar con el sistema penal en la boca y mirar hacia las cárceles como solución a nuestras violencias. ¿No es es el mismo perro con distinto collar? ¿De qué manera entonces pensamos, construimos, existimos, somos diferentes y disidentes? ¿Qué estamos proponiendo?

Para las que militamos entre las filas del feminismo antipunitivista y anticarcelario es triste y preocupante que cada vez que sale un caso que implica violencia sexual contra las mujeres se aproveche el ruido mediático para apuntalar la idea de que las cárceles van a acabar con las violencias perpetradas contra las mujeres y otros cuerpos minorizados y/o disidentes. Ni la cultura del castigo, ni el refuerzo vía penal, ni las lógicas carcelarias (está ya más que demostrado que no existe una correlación entre el aumento del número de cárceles y la disminución del número de delitos) deberían estar en nuestro horizonte como un modelo político-social deseable con el que avanzar para transformar la sociedad.

Cualquier discurso que prometa “proteger a las víctimas” –ya sea desde las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, del propio Estado a través de todo su aparataje judicial-penal, sus instituciones y partidos políticos– alimenta la ficción de nuestra vulnerabilidad, acentuando la victimización de las mujeres. Por otro lado, también justifica que se necesiten leyes más duras, más penas, más condenas, más años, más cárcel, más castigo para luchar contra esas violencias.

Me gusta pensar que con cada caso de violencia sexual contra las mujeres y otras disidencias tenemos la oportunidad de empezar a pensar, o mejor dicho, seguir pensando, qué tipo de marcos queremos para convivir con las violencias: si no es cárcel, si no es justicia con forma de juzgado de lo penal, con forma de barrotes, con forma de tortura, entonces, ¿qué hacemos? Con cada “Pocos años me parecen”, retrocedemos a las lógicas dictatoriales de las que creíamos haber salido, a las estructuras del castigo, del punitivismo, a las lógicas ultraconservadoras y autoritarias en la que crece, se desarrolla y nunca muere la represión contra la que tanto luchamos. Con cada “Que se pudran en la cárcel” se nos pudre a nosotras algo por dentro. Se nos pudre la posibilidad de cambiar. Y el no-cambio es, paradójicamente, nuestra cárcel. La cárcel es, desde todos los ángulos que queramos abordarla, justicia patriarcal.

La rabia, la frustración, el enfado, el miedo, el cabreo... ¿legitimar las emociones es realmente equiparable a esgrimirlas ‘per se’ como herramientas útiles para nuestro propio proyecto político-feminista? ¿Es muy descabellado pensar que se están instrumentalizando nuestras emociones para reforzar (desde los medios, desde el Estado) un sistema carcelario-penal que asegura existir para “cuidar” nuestras heridas, para “protegernos”? ¿Nos empoderamos las mujeres y otros sujetos concebidos sociopatriarcalmente como vulnerables pidiendo cárcel, cadena perpetua, castración química? ¿No estaremos delegando en papá-Estado, marido-Estado, confiando nuestra seguridad de nuevo a esas lógicas heterosexistas del Estado-que-castiga-es-el-Estado-que-nos-protege? ¿Acaso no había ya cárceles, sistema penal, leyes, tribunales y jueces cuando los empresarios violaron a las menores hace diez años? ¿Sirvió la existencia de todo ese engranaje punitivo para que se lo pensaran dos veces?

Otros modelos de justicia

En “¿Se puede terminar con la prisión?”, Paz Francés y Diana Restrepo nos invitan a hacer un recorrido crítico de nuestro sistema de justicia penal al tiempo que nos proponen alternativas. Los modelos de ofrecen la posibilidad de aproximarnos a los conflictos desde una perspectiva menos punitiva, centrándonos en las necesidades de la víctima y haciendo uso de esquemas de mediación y diálogo; la asunción de responsabilidad por parte de quien comete el delito es imprescindible para reparar el daño.

Este modelo de justicia incluye procesos de análisis y reflexión, así como la implicación de la comunidad. Si bien la justicia restaurativa resulta menos problemática que la justicia penal por su carácter menos punitivo, para estas autoras la propuesta más radical sería la denominada justicia consensual. Esta fija su potencial transformador en el diálogo y, como su propio nombre indica, en la construcción y consecución de consensos. Este modelo entra en confrontación directa con la cultura del castigo (tan asumida en nuestras sociedades) ya que deja de equiparar justicia con castigo en cualquiera de sus formas. Supone una renuncia a cualquier medida impositiva como son los castigos de cualquier tipo, puesto que el principio fundamental en el que se basa es que el castigo (la cosa punitiva en cualquiera de sus múltiples formatos) alimenta la espiral de la violencia, formando siempre parte del problema y no de la solución. “Las condiciones que permiten que ocurra la violencia deben ser transformadas. Las respuestas estatales y sistémicas a la violencia, incluido el sistema legal penal, no solo no logran promover la justicia individual y colectiva, sino que también toleran y perpetúan los ciclos de violencia”, afirman Francés y Restrepo.

Decía Nina Simone que para ella la libertad era no tener miedo. A ese miedo por las agresiones y las violencias a las que como sujetos configurados vulnerables estamos expuestas, yo le añadiría el miedo a reproducir las estructuras de las que se alimentan en el imaginario colectivo todas esas violencias, el miedo a ser una herramienta más del amo. Desaprender las violencias que tenemos interiorizadas y normalizadas, como es el caso de la defensa del sistema penal-penitenciario, y trabajar colectivamente en otros modelos de aplicación de justicia es nuestra tarea pendiente como movimiento social.

lunes, 21 de octubre de 2024

#hemeroteca #homofobia #crimenesdeodio #justica | La foto de los (presuntos) asesinos de Samuel

Público / Imagen del juicio por el asesinato de Samuel Luiz //

La foto de los (presuntos) asesinos de Samuel

Paco Tomás | Público, 2024-10-21

https://blogs.publico.es/otrasmiradas/87802/la-foto-de-los-presuntos-asesinos-de-samuel/

Una de las últimas polémicas en redes sociales ha tenido lugar tras la difusión de las fotografías de cuatro de las cinco personas que están siendo juzgadas por el asesinato de Samuel Luiz el 3 de julio de 2021 en A Coruña. La publicación -un viral "ahora tú" difundido a través de las historias de Instagram- anulaba la ocultación del rostro de los acusados, algo que suelen hacer todos los medios de comunicación, y mostraba abiertamente las caras de Kaio Amaral, Alejandro Freire, Catherine Silva y Diego Montaña durante el juicio. No muestra la de Alejandro Mínguez. Cosas de la plantilla, que no da para cinco fotos.

La publicación se viralizó y provocó una reacción en la que se cuestionaba esta decisión y se consideraba un error difundir la imagen de aquellos que aún no habían sido condenados. Con conceptos del tipo "nosotros no somos como ellos", se intentaba alertar de la sed de venganza que se manifiesta a través de esa publicación, que surge en una instrumentalización del dolor. Publicar las fotos, en el banquillo de los acusados, de Kaio, Alejandro, Catherine y Diego solo alimenta -según las personas en desacuerdo con la difusión de las fotografías- el instinto punitivista que busca el castigo incluso antes de la sentencia, sin concederle a los acusados la posibilidad de reinsertarse en la sociedad como ciudadanos ejemplares, y generando más odio y violencia en nombre de la justicia.

Ese choque de opiniones me llevó a reflexionar sobre lo que se buscaba publicando en la imagen y sobre los argumentos de quienes se oponían a esa conducta. Y desde la reprobación de la difusión de los rostros de los acusados hay unos razonamientos con los que no estoy de acuerdo.

El primero responde al cada vez más cuestionable principio de inocencia garantizado por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Sabemos que, aunque eso sea un principio jurídico clave en un Estado de Derecho, eso no es así. Basta estar imputado en una investigación para que medios y opinión pública te declaren culpable. Basta entrar en X -antiguo Twitter- para ver cómo todos los días se juzga y se condena socialmente a una persona por un tuit, por un titular, por un chiste. Esas personas podrían ser jurado popular algún día de estos y ya vienen de casa con el veredicto del prejuicio aprendido.

Tapar el rostro de un acusado, desde el primer instante de la detención, responde a dos razones concretas: la presunción de inocencia y que no afecte al desarrollo del caso si, por ejemplo, la víctima tuviera que reconocer al agresor y pudiera verse condicionada por las imágenes difundidas. En el caso de Samuel es evidente que la víctima no puede reconocer al agresor. Y respecto a la presunción de inocencia, claro que hay que esperar a la sentencia, obviamente, pero todos sabemos, incluida la defensa de los acusados, que aquí no estamos enjuiciando la culpabilidad o la inocencia. En la grabación de las cámaras de seguridad se ve la agresión y a sus responsables. Eso permitió su detención. Aquí estamos asistiendo a un juego de tácticas de la defensa para evitar que los cinco acusados cumplan entre los 22 y 27 años de prisión que pide la fiscalía. Maneras de atenuar la condena, no de demostrar su inocencia. Usar el consumo de drogas y alcohol como atenuante o huir del agravante de homofobia. De ahí que ya estemos viendo como Catherine o Kaio acusan directamente a Diego Montaña y a Alejandro Freire. Colaboración con la justicia para obtener un trato de favor. Hemos visto mucho cine judicial como para detectar las estrategias. De ahí que la publicación de las fotos no altere el principio de inocencia.

Las imágenes que se han difundido están extraídas de un juicio abierto. No se ha rebuscado en sus redes sociales para sacar esa foto familiar ni ese retrato perjudicado y malintencionado de una noche de fiesta. Son fotos al alcance de cualquiera. Eso no altera el proceso judicial como sí lo haría la publicación de las fotos del jurado.

Sentir rabia ante un crimen homófobo es nuestro derecho. Nadie puede ni debe arrebatarnos ese dolor. Y manifestarlo abiertamente no es venganza. Venganza es creerte Chuck Norris y tomarte la justicia por tu mano. Cometer un crimen para saldar otro. No publicar cuatro fotos en una historia. Y tampoco compro el argumento de que esa historia -que recuerden que es visible solo durante 24 horas- celebre el castigo desde un desbocado instinto punitivista. La justicia es punitivista. De lo contrario, ningún delincuente estaría en la cárcel y todos estarían haciendo cursillos de buena ciudadanía. Y no teman por el derecho a la reinserción. Está al alcance de todos los ciudadanos españoles. Incluso de los etarras, por mucho que les joda a algunos.

Decimos mucho que feminismo y lucha LGTBI+ van de la mano. Y es cierto. Entonces, ¿por qué cuando se publicaron las fotos, sin pixelado, de los violadores de la Manada nadie señaló que eso estaba mal? ¿Por qué todos conocemos el rostro de Ricardo González, el voto particular que exculpaba a los acusados y que solo vio "jolgorio" donde había una violación? Siento que nadie se atrevería a decir, con razón, que las movilizaciones del "yo sí te creo" que se indignaron ante la condena de nueve años por abuso sexual eran movilizaciones punitivistas que buscaban más castigo en lugar de entender la justicia como un espacio de reinserción. ¿Por qué cuando se habla de homofobia, de transfobia, hay tanto matiz? Incluso dentro de las propias comunidades LGTBI+, especialmente gais, hay corrientes de pensamiento que parecen destilar una superioridad moral -con seguridad yo también la he ejercido en otras ocasiones- que nos encumbra como seres de luz, personas que trasladamos el debate emocional de la calle a la sobriedad académica, si es que eso es posible. Como si las personas y entidades LGTBI+ no llevásemos años haciendo un trabajo pedagógico sobre el peligro estructural que supone el heteropatriarcado. No paramos de explicar que la homofobia también reside en el empleo de la palabra "maricón", independientemente de que quien lo reciba sea o no homosexual o bisexual. La agresión ataca a lo que se percibe de nosotros. Por eso hay violencia homófoba en el colegio, a edades muy tempranas. No porque tengamos deseo sexual -con seis años yo no lo tenía- sino porque el niño agresor, con su adoctrinada manera de ver el mundo, interpreta que no eres un hombre como él. Y eso debe ser castigado.

Todos aplaudimos a Gisèle Pelicot cuando decidió hacer público el juicio a su marido y a los 50 hombres que la violaron. Celebramos la dignidad de la frase "que la vergüenza cambie de bando". Precisamente al rostro visible de los agresores es a lo que se refería Gisèle Pelicot. ¿Por qué cuando nosotros mostramos los rostros de nuestros agresores estamos cometiendo un error? ¿Por qué nuestro miedo no puede cambiar de bando?

Por supuesto que publicar el rostro de los homófobos no acaba con la homofobia. Ni publicar el rostro del violador acaba con los violadores. Ni el del narco acaba con el tráfico de drogas ni el del político corrupto acaba con la corrupción. No somos tan ingenuos. Podríamos pensar, llegados a este supuesto, que o todos los rostros de los delincuentes deben permanecer en el anonimato o ninguno. Opino que la exposición pública ayuda a que la sociedad entienda que violar, agredir, asesinar, humillar, no sale gratis. Y eso no es incompatible con seguir trabajando en combatir la homofobia desde la educación. Pero sí ayuda a que el miedo y la vergüenza cambien de bando.

martes, 21 de mayo de 2024

#hemeroteca #trabajosexual | El Congreso deja caer la ley del PSOE para regular la prostitución

Ana Redondo, ministra de Igualdad, asiste a la sesión plenaria en soledad //

El Congreso deja caer la ley del PSOE para regular la prostitución

Asier Martiarena | La Vanguardia, 2024-05-21

https://www.lavanguardia.com/politica/20240521/9664094/congreso-rechazo-tumba-ley-proxenetismo-prostitucion-psoe.html

“Nos hemos quedado solas”. Eran las 18 horas y aún faltaban cerca de tres horas para su votación. Pero, viendo los rechazos que se iban acumulando, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, tiraba la toalla antes, incluso, de finalizar el pleno en el que ayer se votaba la proposición de ley presentada por el PSOE “para prohibir el proxenetismo en todas sus formas”.

El descalabro socialista fue total. No contó con el apoyo de ninguno de sus socios –Sumar, Junts, ERC, PNV o EH Bildu–. Y concitó críticas por sus formas –“no se ha consensuado con ningún socio ni de coalición ni de investidura”; “es puramente electoralista”; “busca un gran titular”–. Pero también por su fondo –“pone en peligro a las mujeres”; “no dota de seguridad, sino que va a añadir más riesgos”; “ahonda en el racismo estructural”–.

El varapalo final, en forma de votación, quedó grabado en el diario de sesiones con 122 votos a favor, 184 en contra y 36 abstenciones. Destacando la fractura del Gobierno de coalición. La primera de la legislatura en una ley con sello del partido del puño y la rosa si bien la vicepresidenta segunda y coordinadora general de Sumar, Yolanda Díaz, ha desvelado a posteriori que pactó con el jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, el rechazo a esta ley porque “no estaba en el acuerdo de Gobierno” que firmaron los dos líderes políticos. “La norma del PSOE es prohibicionista” y no se arreglan los problemas sociales “prohibiendo", declaró en una entrevista en el canal 24 horas de RTVE.

Tras decaer después de ser presentada en la legislatura anterior, y con la única presencia de Redondo en los sillones azules reservados para los miembros del Gobierno –algo que ya invitaba a adivinar la posterior derrota–, la diputada socialista Andrea Fernández presentó desde la tribuna de oradores una iniciativa de la que destacó su carácter “profundamente punitivista”.

“Con esta ley, lo que pretendemos es castigar el lucro de la prostitución y la tercería locativa, es decir, la cesión de inmuebles para ejercer la prostitución”, defendió Fernández sumando ese castigo al ya contemplado tanto para los clientes como para los proxenetas. Una suerte de adaptación del modelo vigente en otros países como Noruega, Francia o el Reino Unido, en el que se “equipara a la persona prostituida con la víctima de un delito”.

Pero sus argumentos fueron rechazados uno por uno por el conjunto de grupos parlamentarios. Incluido el PP, que en junio del 2022 apoyó la tramitación de un texto casi idéntico. El rechazo actual de los populares fue expuesto por la diputada Ana Isabel Alós, quien incluso llegó a plantear a Redondo la retirada de la proposición de ley para, a cambio, trabajar desde la subcomisión del Pacto de Estado contra la Violencia de Género en la confección de una ley integral de consenso. Sugerencia, por cierto, suscrita por buena parte del arco parlamentario.

Una propuesta más punitiva
El caos que ha ocasionado la iniciativa que el PSOE llevó al pleno sin consensuar previamente con ningún otro grupo quedó plasmado en la votación. Porque la propuesta socialista que empezó dividiendo al feminismo entre abolicionistas y regulacionistas ha terminado uniendo a fuerzas de ideologías antagónicas. Basta repasar el sentido del voto de unos y otros. Al PSOE solamente le apoyó Coalición Canaria, el BNG, UPN y José Luis Ábalos; en la abstención coincidieron Podemos y Vox, mientras que Sumar y PP, junto a las fuerzas nacionalistas, se alinearon en su rechazo a la norma.

Un mosaico ante el que el PSOE simplemente señaló haber sido “un orgullo intentarlo”. “Somos las únicas que nos hemos mantenido firmes en la defensa de los derechos de las mujeres, mientras que muchos grupos parlamentarios han optado por hablar haciendo campaña”, se lamentó Redondo como justificación.

Segundo intento del PSOE
El PSOE ha vuelto a someter esta tarde a debate la reforma del Código Penal para castigar el proxenetismo en todas sus formas. Ya lo hizo la pasada legislatura, cuando se aceptó su toma en consideración gracias a los votos del Partido Popular, pero no se culminó su tramitación.

​La iniciativa que llegaba ahora al Congreso amplía el artículo 187 del Código Penal para castigar con cárcel a todo aquel que “promueva, favorezca o facilite” la prostitución de otra persona “con ánimo de lucro”: con penas de 3 a 6 años de cárcel y multas de 18 a 24 meses si se emplea violencia, intimidación o engaño y penas de dos a cuatro años y multas de 12 a 24 meses si el proxenetismo no implica violencia, aun con el consentimiento de la persona prostituida.

También se incluye en ese artículo el castigo de la tercería locativa, es decir, ganar dinero por destinar un inmueble o cualquier otro espacio de manera habitual para que otra persona ejerza la prostitución, aun con su consentimiento. Aquí la pena sería de dos a cuatro años de prisión y multa de 18 a 24 meses.

Se quiere añadir asimismo un tercer punto al artículo 187 para que quienes pagan por sexo tengan un reproche penal: se castiga con multa de 12 a 24 meses a quien convenga “la práctica de actos de naturaleza sexual a cambio de dinero u otro tipo de prestación de contenido económico”.

Si la persona prostituida fuera menor de edad o se encontrase en situación de vulnerabilidad, quien pague por acceder a su cuerpo se enfrentará a una pena de prisión de uno a tres años y multa de 24 a 48 meses.

En el artículo se precisa que “en ningún caso será sancionada la persona que esté en situación de prostitución”.

Y TAMBIÉN…
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La ley contra el proxenetismo divide al Gobierno y Sumar rechaza la propuesta del PSOE

El grupo confederal denuncia que la iniciativa “ahonda en la división” y divide al feminismo
Asier Martiarena | La Vanguardia, 2024-05-21
https://www.lavanguardia.com/politica/20240521/9661610/ley-prostitucion-proxenetismo-divide-gobierno-sumar-voto-contra-psoe.html

martes, 16 de abril de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: “Legislar el sexo con arreglo al deseo es la vía directa al punitivismo”

Clara Serra: “Legislar el sexo con arreglo al deseo es la vía directa al punitivismo”
En ‘El sentido de consentir’, la filósofa defiende que el concepto de consentimiento es precario y ambiguo. Pese a su utilidad jurídica para hacer leyes, argumenta, no puede convertirse en la receta mágica mientras se obvia una conversación más profunda sobre la ética del deseo.
Patricia Reguero Ríos | El Salto, 2024-04-16
https://www.elsaltodiario.com/violencia-sexual/clara-serra-legislar-sexo-arreglo-al-deseo-es-via-directa-al-punitivismo

Clara Serra //
“Cuando se trata de consentimiento, no hay límites difusos” es la frase que encabezaba una campaña de ONU Mujeres que en 2019 defendía la claridad de este concepto que en España ha acompañado el debate en torno a la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual aprobada en 2022. Pero, para la filósofa Clara Serra, el consentimiento es precario y ambiguo. Esa es la línea base de ‘El sentido de consentir’ (Anagrama, 2024), un libro de poco más de cien páginas donde Serra aborda el origen de esta discusión en los feminismos y esboza su propuesta de un consentimiento jurídico y limitado.

Investigadora, activista y profesora, Serra es una de las voces feministas que ha alertado del punitivismo que conllevan las tesis con las que se ha defendido la ley del solo sí es sí que, pese a tener algunas medidas necesarias, se asienta en una confianza total en el contractualismo en su parte penal que ha conducido a medidas nada emancipadoras para las mujeres, argumenta. Serra cree que ha faltado en este proceso un debate político y profundo sobre el consentimiento. Y que no es tarde para que este debate pueda darse.

P. Tras estos meses de presentaciones desde que en enero se publicó 'El sentido de consentir', ¿dirías que el asunto del consentimiento suscita interés? ¿O es un tema que se da por debatido y cerrado?

Creo que el interés que ha suscitado el libro tiene que ver con varias cosas. En primer lugar, con que a pesar de que el consentimiento ha estado muy presente en los debates mediáticos, creo que no se ha abordado el debate político en su profundidad y eso era uno de los motivos principales para escribir el libro. Mucha gente tiene la sensación de que se ha pasado por encima del debate, de que se ha instalado un cierto mensaje, unos ciertos lemas, pero sin dar más profundidad al asunto y sin abordar sus aristas. Más allá de nuestro contexto en particular, creo que el consentimiento es un tema de nuestro tiempo que desborda por completo las fronteras del contexto español. Ahora está debatiéndose en Francia, o hay unas una serie de propuestas europeas, y creo que la perspectiva dominante que yo discuto en el libro es una perspectiva que Europa va a tratar de proponer a todos los países. Porque hay una perspectiva oficial, que muchos organismos van a asumir y, en ese sentido, el debate va a estar abierto en general en las democracias liberales y en el contexto europeo especialmente.

P. Partes de que el consentimiento, que ha servido de base a decisiones legislativas, es un concepto ambiguo.

Sí, aunque esto tiene varios sentidos. Por un lado, yo discuto un discurso oficial que persistentemente, al mismo tiempo que define el consentimiento, insiste en que es un concepto clarísimo y que todo el mundo entiende igual, cosa que yo quiero plantear que debe ser sometida a crítica. Lo que oculta esa insistencia en la claridad del consentimiento es una batalla política; está encubriendo que hay un debate político en juego y que “consentimiento” puede estar significando cosas diferentes y, por tanto, que en su nombre se pueda estar defendiendo proyectos políticos diferentes, incluso diría que confrontados. En el debate español se ha eclipsado un debate político feminista que nos precede. Una de las primeras cosas que pretendo es sacar a la luz una memoria y una historia feminista donde el consentimiento ha sido objeto de las mayores controversias. Si vamos en nombre del feminismo a “defender”, y lo pongo con todas las comillas, el consentimiento, hagámoslo haciéndole justicia a los debates feministas que nos preceden, donde las posiciones han sido radicalmente contrarias y donde se muestra muy bien que, en nombre del consentimiento, se pueden defender cosas muy distintas. Este es el primer sentido del que yo quiero discutir.

En segundo lugar, una vez delimitadas las diferentes posiciones posibles, yo argumento que el consentimiento merece ser defendido, y tiene que ser defendido, como una herramienta jurídica necesaria y que necesitan las leyes, pero no como una receta mágica. Defender el consentimiento como algo imperfecto, precario, que no sirve para todo y que tiene límites me parece muy legítimo. Parece que, o se defiende el consentimiento y se lo convierte en una especie de panacea que resuelve todo, o se lo impugna por completo. Mi posición es que tiene límites.

En ese sentido, yo discuto dos cosas. Una, un discurso de invalidación del consentimiento ligado a un feminismo que yo creo que es un feminismo abolicionista, podríamos decir, un feminismo de la dominación que considera que las mujeres están siempre secuestradas y nunca saben muy bien lo que quieren. Ese es un feminismo que impugna la voluntad de la trabajadora sexual, pero que yo creo que impugna la voluntad de las mujeres en muchos aspectos. Y, segundo, otra línea por la cual hay discursos actualmente muy ‘mainstream’ que están diciendo que consentir garantiza un sexo placentero, gratificante, deseado, que garantiza un encuentro satisfactorio.

Es una especie de idealización total del consentimiento. A mí me parece que el consentimiento es una delimitación de la violencia. Pero más allá de que el sexo no sea violento, el sexo puede ser malísimo, puede ser una mierda, y no ser violento... Discuto esa especie de sacralización, a mi juicio superingenua, por la cual el consentimiento se ha convertido en una promesa de felicidad, en una lógica hiperneoliberal del contrato, donde parece que la libertad de los sujetos depende de que contratemos cosas.

P. Hemos venido escuchando, explicando, que el consentimiento llega al debate en España como respuesta a la necesidad de adaptar nuestra normativa al Convenio de Estambul de 2011, un documento que sirve de guía en Europa para el abordaje de la violencia contra las mujeres. Pero una de las primeras cosas que haces en el libro es recoger una genealogía del debate que se remonta a varias décadas atrás, hasta los años 90 en Estados Unidos.

Sí, la propia expresión “solo sí es sí”, exactamente así, es una expresión que lleva oyéndose en el contexto norteamericano muchísimo tiempo. La hemos importado, y quería llamar la atención sobre el hecho de que hemos sido poco críticos con esto. Porque las izquierdas y los feminismos tenemos desde hace tiempo una posición crítica con respecto a las culturas que dominan otras culturas por razones coloniales o por razones imperialistas y que se imponen sobre otras, pero ha habido poca crítica sobre qué tipo de cosas se importan en el debate sobre las violencias de la sociedad norteamericana, que está en una situación de dominio cultural. Por ejemplo, el ‘MeToo’, que procede de EE UU, viene de una sociedad muy concreta, con una mirada sobre el sexo muy concreta. Creo que la sociedad norteamericana tiene perspectiva mucho más puritana del sexo que, por ejemplo, las culturas latinoamericanas y creo, por cierto, que el ‘MeToo’ viene de una determinada clase social. Localizar la geografía de las ideas y los viajes de las ideas me parece de lo primero que tendríamos que hacer cuando tenemos este tipo de posiciones. Como decía Rita Segato, el ‘MeToo’ vale en un sentido mientras que en otro sentido puede estar adherido a determinadas posiciones puritanas de una sociedad como la norteamericana que no es la nuestra, no es la sociedad latinoamericana.

El solo sí es sí viene del contexto norteamericano y esto ha sido ocultado. Vayamos allí y miremos entonces cuáles son los debates allí. Y entonces veremos que no es para nada algo que haya tenido una posición uniforme del feminismo. Una gran parte del feminismo norteamericano ha hecho desde hace bastante rato unas críticas muy profundas de esa perspectiva, entendiendo que va acompañado de una serie de cosas dudosamente emancipatorias.

P. Tú reclamas el “no es no” cuando el discurso dominante es el del “sí es sí”. ¿Qué supone ese salto de un lema a otro y por qué tú dices estar más en el “no lo sé”?

Cuando se dice “no es no”, lo que se dice es que tenemos que tener la posibilidad del rechazo, de rechazar una oferta, o un deseo masculino o una proposición masculina. ¿Quiere eso decir que cuando no decimos que no es un sí? No lo creo. Igual es un “no sé”, un “estoy viendo” o un “ya veremos”. Me parece importante que exista para las mujeres la posibilidad de no saber, porque la posibilidad de descubrir cosas en el sexo va ligada a que no se nos pida saber siempre de antemano si sí o si no. El terreno del deseo de la exploración sexual, que es eso a lo que no se nos ha permitido acceder realmente, va de la mano de un cierto relax: igual no lo sé, igual tengo derecho a no saberlo, igual yo no tengo por qué ir al terreno sexual con absoluta claridad y teniendo que clarificar lo que quiero y lo que no quiero. El lema de “solo sí es sí” lo que nos promete precisamente es claridad, se dice que es un lema más seguro para las mujeres porque todo lo que no sea un no clarísimo es un clarísimo sí: pero es que esa clarificación acaba posándose en nuestros hombros y nos hace responsables.

Y es como decir que ahora las mujeres vamos a decir clarísimamente “sí” y que la única manera de que el sexo no sea delito es que la mujer clarifique exhaustivamente su deseo. Y yo estoy muy de acuerdo con algunas autoras que están preguntando si eso es liberador para nosotras o si se nos está haciendo a nosotras ser las depositarias de la responsabilidad de que, para no ser violentadas, para estar a salvo de la violencia, para que el Estado nos proteja, tengamos que llegar a la relación sexual con una transparencia total y pudiendo verbalizar nuestro deseo. Creo que no va por ahí la cosa.

Me parece que es mucho mejor un marco en el que las mujeres podamos decir que no, en el que podamos rechazar, refutar al otro. Me parece importante para que, mientras no digamos que no, no tengamos que decir qué deseamos. Hay que construir un mundo en el que la mujer pueda decir lo que no quiere para que, mientras tanto, pueda no tener que saber lo que se quiere y, por tanto, investigar lo que sí quiere.

¿Pero estamos en un mundo en el que la mujer pueda decir lo que no quiere? Yo creo que aquí está el trabajo político. El mundo está lleno de obstáculos para que las mujeres no podamos expresar libremente una negativa. El análisis feminista ha de partir de esta constatación. En este mundo es muy difícil para las mujeres y para otros sujetos subalternos decir que no. No solamente porque nuestro “no”, a veces, no se tiene en cuenta o no se respeta por condiciones estructurales, sino que en un mundo donde tienes menos poder, donde tienes menos dinero o donde tienes menos estatus somos menos libres para decir que no en el terreno sexual o en cualquier otro.

Ahora bien, me parece imprescindible para las izquierdas plantear si un feminismo de la emancipación es ese que renuncia a la ampliación del campo del no. Porque se nos está vendiendo como progreso y como paso adelante una especie de renuncia y de cambio de tercio. Se dice que es más seguro asumir la imposibilidad del no, y por lo tanto que vamos a cambiar de juego. Me parece bastante preocupante: la libertad de la mujer y de cualquiera va ligada a la posibilidad del rechazo. No creo que tenga ningún sentido decir que tú eres libre de elegir una cosa cuando no eres libre de rechazar otra, sea un trabajo, una familia, un novio, un marido o una tradición. La posibilidad del rechazo para mí es inseparable de la libertad en un sentido emancipador. Se nos dice: asumamos que las mujeres no podemos decir que no y trabajemos en un marco de protección. Eso me parece la renuncia del feminismo de la emancipación. Una vez dices que decir que no es imposible, ya no trabajas por hacerlo más posible. Esto es una derrota. ¿Hay que cambiar el mundo para que decir que no sea más fácil? Sí, pero esto nos compromete con toda una tarea política.

Al mismo tiempo, quiero decir que, aunque a mí me parezca que el marco de la emancipación sexual va ligado a la posibilidad de la negativa, me parece que cuando hay coacción y violencia, esas condiciones han sido truncadas. En determinadas circunstancias, tú ya no eres libre para decir que no. No eres libre para decir que no en un portal donde cinco hombres se te imponen amenazantes. Y no eres libre para decir que no si un tipo que se llama Dani Alves te encierra en un baño y no te deja salir. Y el derecho tiene que saber muy bien reconocer dónde eso ha sido vulnerado.

Lo que me parece preocupante es que el discurso diga, no ya que en el portal de La Manada no se pueda decir que no, sino que en general, en el mundo en el que vivimos, no se puede decir que no, que es lo que presupone el cambio de lema. Allí donde no se puede decir que no, y estoy comprometida con la necesidad de que el derecho identifique a veces esas circunstancias, no sé en qué sentido un sí salva la situación. Allá donde no se puede decir que no, el sí es inválido. El caso de Dani Alves no es una agresión sexual porque ella no haya dicho que sí, el caso de Dani Alves es una agresión sexual porque ese tipo ha construido unas circunstancias y una situación en la que ya no se puede decir libremente ni que no ni que sí.

P. Un problema que identificas es el de mezclar violencia y poder. Se banaliza lo que es violencia porque si todo es violencia nada lo es. En un caso como el de Dani Alves, ¿se puede hacer esa distinción?

Estamos en un contexto en el que cuando sale un caso como ese, un montón de gente sale a decir solo sí o sí. Pero este caso es muy nítidamente claro con respecto al Código Penal precedente; ahí sí hay violencia. De hecho, es un caso más nítido que el de La Manada, donde hubo un debate acerca de si se trataba de una intimidación ambiental o un abuso de poder, de si se entraba dentro de la categoría de intimidación o de prevalimiento. En el caso de Dani Alves, el Código Penal anterior a eso es clarísimo. Si un tipo que te encierra en un baño y tú das muestras de querer salir y el tipo no te deja, es un caso donde hay violencia y es un caso de agresión sexual.

Lo que pasa cuando se confunde el poder con la violencia es no solo que el poder empieza a parecer violento, sino que la violencia empieza a difuminarse y no la localizamos bien. Por eso defiendo el consentimiento, porque ha sido ese criterio que ha servido para delimitar el poder de la violencia. ¿Qué distingue una lógica proderechos a la trata y la explotación de la prostitución? Que en un caso no hay consentimiento y en el otro sí. Y que no haya consentimiento en el caso de la trata quiere decir evidentemente que hay violencia, hay un grado de violencia, o de coacción o de intimidación por el cual esa mujer no está en condiciones de dar un sí libre. Es muy peligroso confundir el poder con la violencia, porque el poder está por doquier. En un análisis feminista estructural, no podemos decir que ninguna de nosotras esté a salvo del poder.

Pero claro, si lo confundimos, entonces la violencia está por doquier. Y, si la violencia está por doquier, entonces todo es asunto del Código Penal, porque evidentemente el derecho penal tiene como objetivo, y ha de tenerlo, la persecución de la violencia, su delimitación y su respuesta. En la lógica de un cierto feminismo, se empiezan a difuminar en poder la violencia con lo cual pasa que la prostitución voluntaria es igual de coactiva y violenta que la trata, y esa distinción carece por completo de sentido.

A ese feminismo le dará igual que en una relación sadomasoquista la mujer diga que ha consentido. Dirán: “No, este sexo es violento y por tanto es delito”. A eso nos lleva la confusión del poder con la violencia. Si queremos no acabar ahí, entonces hay que saber que, en condiciones de desigualdad de poder, no obstante, puede haber consentimiento y por tanto, no violencia. Luego, la desigualdad de poder no puede ser el argumento por el cual se invalida el consentimiento. No se puede decir: “Ella tenía 30 años menos que él, hay una gran desigualdad de poder”. Y a mí me parece que en el debate español hemos ido adoptando una cierta lógica de difuminación entre la violencia y el poder.

P. Diría que las trabajadoras sexuales tienen mucho que enseñar sobre el consentimiento y lo han estado diciendo en todo este proceso. Empezaba preguntándote si el debate estaba cerrado, pero también creo que la propuesta del PSOE para “prohibir el proxenetismo en todas sus formas”. El texto propuesto pasa por reformar el artículo 187 del Código Penal, que actualmente solo castiga la obtención de lucro de la prostitución si ha habido “explotación”, que pasaría a castigarse para quien “promueva, favorezca o facilite la prostitución de otra persona, aun con el consentimiento de la misma”. ¿Qué pueden enseñar las trabajadoras sexuales sobre el consentimiento? ¿Por qué vale todo consentimiento excepto el de ellas?

Se va a volver a abrir, efectivamente. Y diría, además, que va a entrar en el debate el porno, un tema que se está abriendo por el lugar, digamos, más posible, que es el de los menores. Que el porno supone un problema para los menores, es algo con lo que estoy de acuerdo. Pero también creo que algunas posiciones feministas quieren prohibir el porno no porque sea malo para los menores, sino porque consideran que es malo en general. Pero se usa el tema de los menores como una vía de entrada a esas posiciones donde hay también una posición de invalidación del consentimiento de la actriz porno.

Y el tema del trabajo sexual hace emerger este este asunto. La gran paradoja de nuestro momento es esta por la cual todo el mundo dice defender el consentimiento y todo el mundo dice hay que “poner el consentimiento en el centro”, con esta fórmula repetida que sugiere algo así como que el consentimiento no solo ha de ser necesario, sino suficiente. Y estas posiciones las están defendiendo las mismas personas que van a traer una propuesta legislativa de invalidación del consentimiento de las trabajadoras sexuales. Es clamorosa la contradicción.

Yo quería parar un momento y preguntarnos a qué estamos llamando consentimiento. Si una posición va a decir que algo es delito, aun cuando la mujer consienta, lo que está en el centro ahí no es el consentimiento. Será otra cosa. Será considerar que eso es tan malo como para que el consentimiento de la trabajadora sexual dé igual. Será considerar que hay un abuso. Pero el consentimiento no está siendo el criterio.

Por otra parte, estoy de acuerdo en que las trabajadoras sexuales pueden decir sobre el consentimiento es muy interesante para el feminismo, no solamente en el sentido de reclamar la validez de su consentimiento frente al Estado, sino porque creo que una trabajadora sexual nos diría también otras cosas como que cuando una consiente no es porque lo desee profundamente, sino que puede ser por otras cosas, y que puede ser por dinero.

Fijémonos en esto. Es algo que se reclama, pero no es algo que las trabajadoras sexuales conviertan en algo así como lo que lo que da cuenta de su deseo erótico profundo. Te diría una profesional: “No, perdona. Yo defiendo que se valide el consentimiento. Pero después que ningún feminismo me imponga que ese consentimiento tiene además que ser mi profundo deseo.

P. Hablas con ironía de un “consentimiento entusiasta”.

Es que el feminismo que está reivindicando el consentimiento también está diciendo una cosa sobre lo que debería ser el consentimiento de las trabajadoras sexuales con la que tampoco estoy de acuerdo, que es que debería ser entusiasta, que debería ser deseoso, deseante, ligado al placer sexual. ¿Por qué? ¿Por qué el consentimiento o nos lo cargamos o tiene que convertirse en una especie de receta de felicidad y de placer y de deseo profundo? Lo que está ocurriendo es una especie de transmutación del sentido del consentimiento.

El consentimiento en una lógica anterior, en todo texto jurídico se suele nombrar junto a la palabra “voluntad”: se habla, por ejemplo, de la voluntad del paciente en el contexto de un consentimiento informado médico. Y la palabra voluntad nunca ha venido, definida por el deseo. Yo me puedo casar sin ganas, pero nadie se plantea invalidar ese matrimonio por eso. Es como si esa noción de voluntad, que siempre ha sido la del consentimiento, estuviera dando paso a otro sentido de consentir. El sentido de consentir se está transformando, está dando lugar a una cosa que me parece que tiene más que ver con el deseo que con lo que clásicamente podríamos decir que es la voluntad de alguien. Y algunos organismos consideran que esto es un paso adelante: a mí me parece que debe ser discutido.

Soy súper partidaria de que, en general, hagamos las cosas con deseo, y más si se trata del sexo, pero me parece que igual no nos estamos dando cuenta de que este debate lo estamos teniendo en términos legislativos, legales, penales, en términos de políticas del Estado. Si vamos a darle al consentimiento la noción de deseo, que tengamos muy claro que le estamos diciendo al Estado que tiene legislar el sexo con arreglo al deseo de los sujetos. Para mí, esto es la vía directa a una perspectiva punitiva de la ley. Yo no quiero que la ley tenga nada que ver con mi deseo. Yo no quiero que la ley crea que conoce mi deseo. Yo no quiero que la ley me exija conocer mi deseo. Y yo no creo que los sujetos muchas veces lo sepamos, mucho menos que lo sepa un tribunal. Entonces, el debate sobre el punitivismo, a mi juicio, está aquí.

Y más allá del caso español, lo que es problemático es una filosofía que muchas veces va en la letra pequeña. Yo en el libro quiero discutir lo que me parece que son presupuestos filosóficos no explicitados, que están sobrevolando. Es el debate que un feminismo no punitivo, tiene que tener: si la ley pretende legislar delitos en función de los deseos profundos de las personas, les estamos dando un poder ilimitado a las leyes.

P. Acabas concluyendo que el sentido de consentir que se ha impuesto es neoliberal, reaccionario y es punitivista, algo que afirmas en un contexto en el que este debate ha estado liderado por un Ministerio de Igualdad de izquierdas, y además de una fuerza a la izquierda del PSOE. ¿Qué crees que ha pasado para que se imponga esto?

La tarea de la filosofía es recorrer la coherencia de las ideas, y yo he querido mostrar esas líneas. Alerto de la posible deriva. Pero no estoy discutiendo con una ley en concreto, porque me parece que habría que hilar mucho más fino con respecto a los distintos aterrizajes de esto. Dicho de otra manera, una ley puede tener una filosofía y luego, en su concreción, llevarla más o menos a cabo de manera más o menos coherente. Lo que me parece más preocupante de la ley del solo sí es sí es el discurso con el que se ha defendido. Porque si entráramos en la materia de la ley, primero diría que hay una gran parte de lo que esa ley propone que me parece defendible: todo lo que no es lo penal, y que lamentablemente no ha sido de lo que más se ha hablado. Ahora bien, la filosofía que esta ley deja, el discurso con el que se la ha defendido, me parece que conlleva un tipo de perspectiva, a mi juicio, muy peligrosa.

Yo acuso a unas ideas de llegar de conducirnos hacia unos lugares peligrosos. Creo que se ha defendido ciertas cosas sin ser muy conscientes de su origen y de a qué han conducido en otros lugares. Por eso creo que es importante que abramos este debate. No es cosa de arrojar todo por la borda con respecto a una ley de la que no he querido entrar en su contenido, sino una filosofía sobre el sexo, sobre el consentimiento, que tiene consecuencias jurídicas, penales, sociales y políticas de largo alcance. Quizás ese es el debate de los próximos años. ¿Estas puertas que abrimos, a dónde nos pueden llevar?

P. Tú llegas a explicar cómo el consentimiento en Estados Unidos está en el mismo centro de la división del feminismo. ¿Crees que eso es extrapolable al contexto español?

Creo aquí que progresará este debate, pero que no lo ha habido. El feminismo se ha dividido fundamentalmente, al menos a nivel más mediático, por la cuestión trans, aunque a mi juicio estas dos cuestiones están vinculadas. Lo que hay en el fondo de la posición de un feminismo contrario a los derechos trans es una acusación de que las personas trans son esclavas de un sistema y de una ideología de género y, por tanto, no saben lo que quieren, que es la acusación que se les hace a las trabajadoras sexuales. El feminismo del PSOE es muy coherente con respecto a esto.

P. Es decir, que el sí de una trabajadora sexual no vale igual de la misma forma que que no vale el sí de una persona trans.

Exacto. Y también hay una discusión sobre el consentimiento aquí, con respecto a la cuestión trans, la hormonación y muchas decisiones de estas. Hay un feminismo muy coherente que siempre opta por invalidar la voluntad de los sujetos, acusándoles de no saber lo que quieren y ser cómplices del poder y de la estructura, aunque no lo sepan. Ese debate se ha tenido poco con respecto a la violencia sexual y algunas hemos querido hacer ver que algo de ese debate tiene que darse, que una cierta posición de victimización total de las mujeres es peligrosa en el terreno de la de la violencia sexual. Que cuando se asume la imposibilidad de decir que no, se está asumiendo una premisa donde creo que lo coherente es la posición abolicionista: si tú asumes la imposibilidad de decir que no, y eres coherente, tienes que cargarte el sí.

Por eso creo que la única manera de defender la validez del sí de la trabajadora sexual y de muchos otros sujetos es el horizonte en el que esos sujetos puedan decir que no; esa es la cuestión que no ha aparecido tanto en el debate, pero está aquí como un elefante en el salón. La llegada de una ley abolicionista por parte del Partido Socialista, y ahora ya no con Podemos, lo va a hacer emerger mucho más.

P. La salida de tu libro es cercana a otro título, 'Ceder no es consentir' (Ned Ediciones, 2023), de la psicoanalista francesa Clotilde Leguil, que también reflexiona sobre la ambigüedad del consentimiento. Sin embargo, el debate francés es diferente en el sentido de que se plantea en torno al consentimiento sexual de las personas menores de edad. ¿Cómo dialogan vuestros libros?

Hice el prólogo a ese libro y me pareció muy importante advertir de la diferencia de contextos, porque si no podríamos estar transportando posiciones que no son hermanas. La pregunta interesante para los feminismos es esta: si defendemos el consentimiento, ¿cuál es el punto de apoyo para que podamos decir que estamos defendiendo algo que no es encubrir una cesión? Lo que diría el feminismo de la dominación es que todas las que defienden el consentimiento están validando la cesión de las mujeres en poder de los hombres. Hasta ese punto el debate es confrontado. Pero algunas queremos defender el consentimiento sin que se convierta en una manera de encubrir o de legitimar lo que más bien es una cesión ante el otro.

Francia viene de una tradición que no quiso legislar el sexo por considerar que era una intromisión ilegítima del Estado el imponer una edad de consentimiento sexual. Esto no solo lo defendieron Jacques Derrida o Foucault, lo defendió Simone de Beauvoir. Nosotras estamos en un momento en el que, en la sociedad española, donde debatimos del consentimiento de las mujeres, y Francia está en una situación de debate sobre el consentimiento de las mujeres menores de edad. Ojo, porque si lo transportamos podemos estar tratando a las mujeres mayores de edad en España como las menores de edad y eso es una de las cosas que yo quería decir en mi libro, que no puede ser así.

Ahora bien, como diálogo con el libro, Clotilde Leguil defiende la ambigüedad del consentimiento, defiende la oscuridad del consentimiento porque es una psicoanalista y porque sabe que, en realidad, aunque el derecho tenga que tratarnos como sujetos que saben lo que quieren, por ejemplo, cuando firmamos un consentimiento médico, ella sabe, como psicoanalista, que el sujeto es mucho más opaco para sí mismo de lo que la ley reconoce el Estado.

Entonces, a mí me parece valiente que como feministas podamos pensar el consentimiento desde ahí. Y me parece muy problemático que al decir que el consentimiento es complejo o ambiguo se considere que se rechaza. Ambas lo defendemos, pero con sus dificultades. Mi preocupación es más jurídica, y Clotilde Leguil lo piensa desde el psicoanálisis. A ella le da un poco igual que una cosa sea delito o no, y me parece muy importante que esta posición exista. Hay un sentido ético del consentimiento en el que el consentimiento sí que tiene que ver con el deseo. Un sujeto puede decir: “¿Por qué le valió con un frío sí y le dio igual mi deseo?”. Los feminismos se tienen que hacer esta pregunta porque creo que muchos de los malestares del sexo tienen que ver con esto. Ahora bien, lo que creo es que eso no se resuelve en un tribunal y eso no va a poder ser resuelto por la ley penal.

P. En el libro mencionas a El Xocas, el ‘influencer’ que explicó en su canal su “técnica” para ligar, que consistía en tratar de tener relaciones con mujeres “colocadas”. Los comentarios en su canal de Twitch desataron una serie de análisis sobre si esto era delictivo. ¿Dirías que El Xocas es un imbécil y no un delincuente?


Lo que vengo a decir es que, si creemos que todo tipo machista es un delincuente, al final nos va a pasar que si no es un delincuente no es un machista. Y no: es que puede seguir siendo machista y una persona deleznable y una persona que debe ser criticada y ante la que tenemos que tener herramientas las mujeres para identificar lo que no es aceptable, pero no porque me lo valide un tribunal. Si se solapa en el terreno ético y el terreno jurídico, no nos volvemos una sociedad más despierta y más abierta a pensar el patriarcado sino una sociedad más sorda a ciertas cosas.

Una de las cosas que hace la película ‘How to have sex’ es mostrar cómo una de las relaciones sexuales que ocurre, ocurre con ella diciendo que sí, lo que no resuelve que el tipo sea un imbécil y que allí haya pasado algo que no debería haber pasado. Hay formas de tratar mal al otro que pasan por utilizarlo y por desoír su deseo, y esa es una conversación sobre el sexo que tenemos que tener. Lo que me preocupa es que una conversación donde todo está emburruñado nos ha hecho pensar que una herramienta de una ley penal nos va a solucionar estos problemas. Eso no solo no es así, sino que está impidiendo que se abra una conversación que tenemos pendiente y que tiene que ver con la ética de la sexualidad, con el machismo y con la utilización del otro. En una ética feminista de la sexualidad, el deseo del otro es importante, y una gran parte de las maneras de utilizar y tratar mal a la otra persona es pedirle su frío sí y en realidad utilizar a la otra persona de una manera en la que eso genera un daño… pero es que esta es otra conversación diferente a la que hemos tenido en España.

jueves, 15 de febrero de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra, el deseo y la ley del ‘solo sí es sí': “Hay malestares del sexo que no deben resolverse con el Código Penal”

Clara Serra, el deseo y la ley del ‘solo sí es sí': “Hay malestares del sexo que no deben resolverse con el Código Penal”
La filósofa atiende a Infobae tras la publicación de su último ensayo, ‘El sentido del consentir’, donde reflexiona sobre la ley del solo sí es sí y el verdadero significado del consentimiento en una relación sexual
Jose Carmona | Infobae, 2024-02-15
https://www.infobae.com/espana/2024/02/15/clara-serra-el-deseo-y-la-ley-del-solo-si-es-si-hay-malestares-del-sexo-que-no-deben-resolverse-con-el-codigo-penal/ 

Clara Serra //
La filósofa y feminista Clara Serra (Madrid, 1982) pone en tela de juicio el eslogan más sonado del feminismo. En su nuevo ensayo, ‘El sentido del consentir’ (editorial Anagrama), asegura que el ‘solo sí es sí’ tiene rasgos conservadores y aboga por el ‘no es no’. Muy crítica con la ley de diseñada por el Ministerio de Igualdad de Irene Montero, desconfía del “feminismo punitivista” que recurre al Código Penal porque carga aún con más responsabilidad a la mujer, que queda infantilizada.

Serra atiende a ‘Infobae España’ tras la publicación del ensayo, repleto de reflexiones sobre el destino del feminismo, el concepto del consentimiento y las consecuencias de elevarlo a categoría de ley, las dinámicas conservadoras dentro de la izquierda, la prohibición como bandera y la presión que ejerce la derecha sobre los avances feministas.

Pregunta. ¿Crees que tu manera de entender el feminismo ha perdido espacio respecto a la corriente que criticas en tu libro?

Respuesta: Me encuentro con muchísima recepción y escucha. El libro discute críticamente una posición que ha sido muy mayoritaria o que, al menos inicialmente, se recibió con mucho entusiasmo. A pesar de que creo que esa recepción no es el fruto de un debate el libro quiere abrir un debate que, a mi juicio, no ha existido. Ha habido un discurso que ha hablado con mucha potencia desde muchos altavoces, que en principio se ha recibido con entusiasmo. ¿Entonces, si abrimos el debate y nos abrimos a los matices? ¿Y si empezamos a hablar un poco más del consentimiento?

P: Que el feminismo se quiera refugiar en leyes, ese “feminismo punitivo” como lo denominas, ¿No deja de ser una tendencia generalista dentro de la política? El PSOE quería denunciar por delito de odio golpear una piñata de Pedro Sánchez. A veces ya no se acepta ni la crítica al presidente del Gobierno. Da la sensación de que enseguida recurrimos a las leyes. ¿No es cargar demasiada responsabilidad sobre el feminismo cuando en realidad es la sociedad en su conjunto?

R: De hecho, no lo circunscribiría en absoluto al feminismo, corresponde a la izquierda en general y forma parte de una de una inercia mucho más amplia. A veces la izquierda se deja arrastrar y se está perdiendo un punto de anclaje fundamental para la izquierda. Como se meta en esta inercia y en esta deriva, que no es tanto la de legislar porque por supuesto defiendo que tiene que haber una legislación. Reivindico mucho el consentimiento en el sentido en el que creo que es una herramienta para delimitar la violencia en terreno jurídico. Y yo quiero delimitar la violencia en el terreno jurídico. A mí lo que me preocupa es que haya un concepto de violencia expansivo que empiece a aglutinar y a meter en el mismo saco cosas que no creo que deben estar ahí, que tienen más que ver con una desigualdad de poder. La desigualdad de poder que puede haber entre una persona con un cargo alto y una trabajadora, o la diferencia que hay entre desigualdades de edad muy grandes.

Todas esas cuestiones, a mi juicio, no deben ser convertidas en violencia, no deben ser equiparadas a la violencia, porque entonces se borra ese límite. Si todo es violencia, nada lo es. La crítica es a una deriva que ciertos feminismos están incorporando, pero que en otros terrenos ocurre también, por la cual le estamos encomendando al derecho penal tareas que si bien son problemas sociales, no creo que deban ser problemas penales. Y hay muchos malestares en el sexo que creo que no se resuelven con el Código Penal, se resuelven de otras maneras y de hecho creo que no están siendo nombrados y discutidos, precisamente, por la invasión de lo penal en este campo.

P: Dices que no hay que diferenciar el sexo no deseado de la violencia sexual. ¿Se puede llevar a cabo un debate sano en torno al feminismo mientras la derecha es tan beligerante contra cualquier discurso de feminista?


R: Es una manera de verlo, que estamos teniendo cierre de filas contra la derecha y de la extrema derecha. Yo lo plantearía al revés, creo que el cierre de filas nos expone totalmente al neomachismo. O sea, creo que la manera de que extrema derecha no avance posiciones es, precisamente, un feminismo que no haga de la vía penal el tema permanente. Parece que nos estamos oponiendo a ellos, pero en realidad estamos comprando su campo de juego.

Y creo que es lo que pasa cuando la discusión sobre un asunto como la libertad sexual se tiene solo centrado en una ampliación de penas o de fusión de delitos, la ley se convierte en una especie de herida por la que sangras a muerte, porque ya les has dado un poco la razón. Entonces, de pronto hay todo este discurso del pánico total de que hay violadores en la calle, cuando en absoluto ese es nuestro problema y en esas posiciones punitivas de la extrema derecha van a solucionar los problemas de las mujeres. Salir de determinados marcos es el mejor antídoto del feminismo para que no avance la extrema derecha.

P: En tu libro revives el juicio de La Manada. Estas semanas ha sido el juicio de Dani Alves y el tratamiento mediático ha sido muy diferente. Y sin embargo, polémicas como la de ‘Zorra’, la canción de Eurovisión, que dan para pensar que no hemos avanzado tanto.

R: Muchas veces las posiciones conservadoras son precisamente reacción a un avance. Puede estar pasando al mismo tiempo que muchas cosas estén cambiando, que el feminismo haya cambiado mucho el sentido común y al mismo tiempo que emerjan discursos conservadores y reactivos. Y ambas cosas son verdad. Puede ser que en el caso de Dani Alves se haya tratado mejor. Agustín Malon sostiene que la doctrina del consentimiento afirmativo que proviene de Estados Unidos es una manera inadvertida de que cierto feminismo se haya sumado a una cierta reacción conservadora a la libertad de las mujeres. Y estoy bastante de acuerdo.

Algunas propuestas pueden parecer muy de izquierdas y muy liberadoras y no lo son tanto y quizás acaban sirviendo para otra cosa. Hay un discurso del buen sexo, del sexo correcto. Y yo creo que siempre que una sociedad hace eso es porque alérgicamente reacciona a una libertad que desordena la sociedad, porque la sociedad está ordenada cuando las mujeres se dedican a lo suyo, los hombres a lo suyo y en el terreno sexual cada uno tiene su función y su papel.

Este tipo de feminismo, por cierto, es el que reacciona cuando sale la canción ‘Zorra’. Creo que tenemos que entender de dónde viene la doctrina del consentimiento positivo y ese feminismo ha tenido una enorme influencia en el contexto español. Es el mismo feminismo que dice que decir la palabra zorra denigra a las mujeres y que incluso que nos posibilita la retirada de una canción, eso para mí es una posición punitiva, siempre a usa el recurso de la prohibición. Puede ser que la canción no sea un himno feminista. Estoy dispuesta a debatirlo, porque tampoco me lo parece. Lo que no me parece es que la izquierda tenga que ponerse a prohibir cosas con esta facilidad y soltura. Cuando digo que salta enseguida la solución del castigo y de la prohibición es exactamente este ejemplo. Y este feminismo está totalmente en sintonía con el feminismo que yo discuto.

P: Hablas de cómo hay políticas feministas sin escuchar a las feministas, como el despotismo ilustrado.

R: Claro, es que es la misma lógica y yo creo que es conservador. Primero, usa todo el rato una especie de pánico moral. Segundo, nunca reconoce la agencia de la mujer, que para mí no va de decir somos absolutamente libres y no tenemos obstáculos. Para mí, una cantante que canta una canción está en una posición no de objeto. Es un sujeto. Hay que posibilitar que las mujeres en calidad de sujeto también tomen decisiones. Podemos hablar de la trabajadora sexual, pero podemos hablar de la cantante que decide vestirse de una manera o jugar con una palabra, o reivindicarse. Entonces, convertir siempre a la mujer en el objeto víctima total que no ha decidido nada, me parece muy peligroso. Si nos ponemos así, las mujeres pueden votar sin saber lo que votan. Y las mujeres pueden votar siendo controladas por sus maridos. ¿Y por qué las vamos a dejar? ¿Por qué nos dedicamos a invalidar su voto?

P: No es lo mismo una cantante de los años 80 con ropa y discurso sexual, un producto diseñado por un hombre, a una artista urbana actual que usa su sexualidad desde su decisión personal.

R: Zizek tiene una frase que me gustaba mucho: no es lo mismo ser convertida en un objeto por otro que ser tú la que siendo sujeto, se objetualiza. La diferencia es total. Y, de hecho, diría que no sé qué problema hay con que seamos tanto objetos como sujetos. De hecho, creo que en el sexo pasa esto y diría que es algo que le gusta a los hombres y a las mujeres y que no pierdes tu agencia por ser, en parte, un objeto. En el terreno del sexo es claramente donde poder ser un objeto es muchas veces muy liberador. El sadomasoquismo, por ejemplo, explora esto para mucha gente.

P: Dices que no todo desencuentro debe considerarse delito. ¿Se puede aterrizar esa idea frente a quienes dicen que un no significa sí, que el silencio significa sí? Frente a quienes imponen su criterio sin importar el de la mujer.


R: Si un lema tiene cuatro palabras, hay que saber que tiene limitaciones. Pero el lema a reivindicar es el del ‘No es No’. Primero, en el sentido en el que me parece que ese lema marca un buen límite a lo penal. Dice que un que es infranqueable. O sea, es vinculante jurídicamente y penalmente. Si tú te saltas un no, el derecho penal entra y me parece absolutamente necesario. Defiendo que una persona puede decir que no y quererlo y tener deseo por eso. No sé por qué es tan escandaloso. O sea, todos nosotros y nosotras nos hemos enfrentado a veces a desear a una persona y decirle que no por los motivos que sean, porque no puedes ponerle los cuernos a tu pareja o por un millón de cosas.

Claro que puedes desear a alguien y decirle que no, por mucho que se intuya que hay un deseo ahí, Me parece peligroso que el criterio sea el deseo, porque ¿qué quiere decir que yo lo deseara? Tú tienes que hacer caso a esa negativa. Emborrona mucho más las cosas pensar que el ‘solo sí es sí’ clarifica mejor los límites, porque si nos fijamos, el solo sí es sí que ha sido sostenido al calor de casos mediáticos como el de La Manada. Pero, ¿en el caso de Alves o de Carlos Vermut?, en ninguno de estos casos, el ‘solo sí es sí’ aporta ningún límite, no aporta nada en realidad. Cuando una mujer está en una situación de coacción, de amenaza, no importa nada decir que sí.

Imagínate que un día, en un determinado caso mediático, una chica ha dicho que sí. Esto podría ocurrir. El juez, para eximir a la chica de haber dicho que sí, tendrá que reintroducir la fuerza, la intimidación y la amenaza. Es decir, no porque haya una situación donde no se puede decir “no” hay que librar a esta chica de haber dicho “sí”.

P: Me parece que el eslogan ‘no es no’ ha sido regateado por la derecha y el ‘solo sí es sí' es más difícil de vencer.

R: Me parece muy interesante esto, porque yo a esa derecha creo que hay que confrontarla con una batalla cultural. Aparte, esa derecha puede decir lo que quiera, pero nuestra legislación ha puesto siempre el límite. Y cuidado, que cuando yo digo que este marco no me convence, no quiere decir que las leyes del consentimiento previas no tuvieran muchas reformas posibles que hacer, lo que digo es que puede que el marco general de la ley esté bien y que haya muchas mejoras que hacer y sea muy imperfecta. Hay que hacer un combate cultural contra la derecha, pero sería muy preocupante que para dar una batalla cultural cambiemos penalmente a una ley que está peor hecha. Eso sería inquietante.

P: Muchos hombres se han dedicado los últimos años a aceptar cualquier consenso que viniera del feminismo sin cuestionarlo demasiado. Puede que ahora, desde la izquierda, se cuestione el exceso de punitivismo de la ley y antes no se hiciera.


R: Es interesante el cómo los hombres se incorporan al feminismo. Dicen, bueno, mi tarea es apoyar esto, y firman el consenso que haya. En parte es una actitud generosa, pero al mismo tiempo es un poco cómoda, porque en realidad el feminismo es un asunto político y puede haber un campo de desacuerdos tan grande como en cualquier otra cuestión.

Cuando te asomas a la historia del feminismo ves que hasta el derecho al voto ha estado confrontado, imagínate el grado del desacuerdo. Los debates que traigo a colación eran de una confrontación muy profunda, de una escisión muy profunda. Pero al final creo que la manera de comprometerse con el feminismo como asunto político es que los hombres tendrán también que tomar partido por una u otra posición.

P: Dices que el feminismo siempre puso sobre la mesa la fragilidad y la indecisión.


R: A quienes se les está pidiendo algo más es a las mujeres. Se está diciendo que como no es muy seguro el mundo, porque los hombres no respetan un no cuando se lo digamos, vamos a cargar a las mujeres con la responsabilidad y la tarea de estar en condiciones de decir un sí. Cuando a los hombres les pides que busquen el sí de las mujeres, a las mujeres les estás imponiendo otra tarea, que es que tengan que decir transparentemente todo lo que sí que quieren. Y este es el discurso que impera hoy, un discurso muy mainstream de la mujer libre y empoderada. Es esa mujer que dice todo el rato lo que quiere, que exprese lo que quiere, que expresa su deseo, que lo sabe contar... Igual es una carga pesadísima, porque tengo el derecho de no saber exactamente cuál es mi deseo y al mismo tiempo de no ser expuesta a la violencia.

Me parece una trampa esto que se nos está diciendo, que el ‘no’ es muy difícil en el mundo y los hombres no lo van a respetar. Así que venga, decidnos chicas todo lo que sí que queréis para que el otro tenga que buscar lo que quieres. Perdona, no me salen las cuentas. Me has hecho un truco, yo quiero ir al territorio del sexo pudiendo explorar, creo que eso es el sexo para todo. Y, por cierto, menos mal que no sabemos exactamente lo que queremos y que en el terreno del sexo lo podemos descubrir. Menos mal. No me cambies mi seguridad por una anulación completa de mi derecho a explorar, porque yo no veo libertad sexual ahí.

sábado, 20 de enero de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: “La cultura de la violación no se cambia con el derecho penal y el castigo”

Clara Serra, autora de 'El sentido de consentir' //

Clara Serra: “La cultura de la violación no se cambia con el derecho penal y el castigo”
a investigadora y activista feminista publica 'El sentido de consentir', un ensayo en el que cuestiona el cambio de paradigma que supone pasar del 'no es no' al 'solo sí es sí' 
Ana Requena Aguilar | El Diario, 2024-01-20

https://www.eldiario.es/cultura/clara-serra-cultura-violacion-no-cambia-derecho-penal-castigo_1_10853311.html

Ha sido uno de los conceptos estrella de los últimos años: el consentimiento. Alrededor de él se ha disertado, se ha debatido y se han configurado reformas legales. A la investigadora y activista feminista Clara Serra (Madrid, 1982), sin embargo, le parece que la conversación se ha cerrado en falso. En ‘El sentido de consentir’ (Anagrama) recoge algunas de sus reflexiones, que pueden resumirse en una idea fuerza: abandonar el paradigma del 'no es no' para pasar al 'solo sí es sí' ha sido un error. Serra busca explicitar las posiciones feministas que están en juego, de dónde vienen y cuáles son sus posibles efectos.

P. ¿Hemos puesto demasiadas expectativas en el consentimiento como concepto que parecía que iba a arreglarlo todo?

Sí, hemos depositado unas expectativas desmesuradas, pretendiendo que ese concepto nos salve de todos los problemas que nos pueda presentar el sexo. Por ejemplo, esperando que garantice una serie de cosas: la coincidencia con el otro, el placer, el disfrute... que creo que no dependen de este concepto. Por otro lado, también en el libro hago una crítica a otra deriva que subyace, paradójicamente, en los actuales discursos y en el lema del 'solo sí es sí', que es, en realidad, no esperar nada del consentimiento. Es una posición que considera que el consentimiento es un concepto completamente equivocado y, de hecho, descartable incluso a nivel jurídico, porque sería una trampa para las mujeres, ya que en un mundo demasiado violento y con una sexualidad heterosexual patriarcal consentir siempre y en todo caso es ceder ante el poder de los hombres.

Es un discurso que localizo en una corriente de pensamiento cuya autora con la posición más coherente es Catherine MacKinnon. Me parece que es un error tanto no esperar nada del consentimiento y pretender invalidarlo como esperarlo todo y depositar en él unas esperanzas, a mi juicio, mágicas.

P. Dice que esperábamos que el consentimiento fuera a solucionar todos los problemas alrededor del sexo, pero ¿no serían más bien todos los problemas alrededor de la violencia sexual y no del sexo?

Claro, esa es la cuestión. El consentimiento en el aspecto jurídico precisamente nos ayuda a delimitar el sexo de la violencia sexual. Pero las posiciones donde esa distinción es insostenible, como las del feminismo de la dominación norteamericano, que viene a decir que en un mundo tan desigual como el mundo patriarcal toda relación heterosexual conlleva un grado de violencia, la distinción entre sexo y violencia naufraga. Ahí es donde el consentimiento no tiene ningún sentido. Si todo sexo heterosexual es tan desigual, tan desequilibrado, incorpora tanto una dominación de la mujer que ya es en sí mismo violento, te has cargado el consentimiento, lo has invalidado. Yo quiero rescatar el consentimiento precisamente para trazar esa diferencia que creo imprescindible y que hace posible que exista un sexo donde no es que hayamos erradicado la desigualdad de poder (en un mundo patriarcal la desigualdad de poder no ha sido erradicada y efectivamente tenemos relaciones sexuales donde una persona tiene más poder que otra en muchísimos aspectos), pero donde eso no implica ‘ipso facto’ violencia.

Es muy útil llevarlo al terreno del sadomasoquismo, porque ha sido también un frente de disputa entre las feministas. Una de las impugnaciones del sadomasoquismo de la línea abolicionista o de la dominación ha sido decir que hay mucha desigualdad de poder o incluso que se fetichiza o erotiza el poder. Y otra corriente feminista ha dicho: sí, hay una erotización del poder, hay un juego con el poder, hay un juego de roles de poder, pero aun así las mujeres podemos jugar a eso en territorio sexual.

P. Digamos que para una corriente es imposible que nosotras podamos decidir o desear ciertas prácticas porque lo que hagamos siempre estará viciado por lo que nos ha inculcado el patriarcado.

Es la posición de la falsa conciencia. Cuidado, porque con argumentos que podrían desde algún punto de vista leerse como muy próximos al marxismo y que pueden ser muy feministas en el sentido de que ponen mucho énfasis en la estructura de poder, al final acabamos invalidando la voluntad de las mujeres. Me gustaría recordar que hubo una argumentación muy feminista para defender la invalidación del voto femenino: se dijo que porque las mujeres estaban en una relación de desigualdad de poder con los hombres, porque iban menos a la escuela o porque tenían el coco comido por la Iglesia católica, las mujeres no iban a saber cómo era votar feminista y era mejor que no pudieran votar. Cuidado con los argumentos feministas que llegan a una invalidación de nuestra mayoría de edad jurídica. Aunque a día de hoy esa posición feminista con el tema del voto nos resulta muy extraña, es en realidad la que se está defendiendo en el terreno sexual.

P. Critica los relatos entusiastas del consentimiento que dicen que siempre es claro, que si no es un 'sí' evidente entonces es un 'no' rotundo. Defiende la duda, los matices, los 'tal vez' que pueden existir en un 'sí' o en un 'no'. Entendiendo que esa es una conversación intelectual o filosófica posible e interesante, ¿no ve un poco peligroso o difícil de trasladar esos dilemas a las normas concretas y a la manera en que nos relacionamos diariamente con personas?

Lo que quiero decir en el libro es que no necesitamos convertir las cosas en herramientas perfectas y mágicas para que merezcan nuestra defensa. El consentimiento para mí es muy imperfecto, tiene límites, hay cosas que no consigue, que deja fuera, es precario, pero no por eso pierde su valor. Como dices, cuando haces una norma hay que decidir, y creo que las instituciones y los poderes públicos tienen que dar por válida la decisión de los sujetos, en este caso la decisión de las mujeres.

Como feministas que criticamos al sujeto masculino y neoliberal, una mirada crítica es precisamente hacernos cargo de la ambigüedad del conflicto, de la posibilidad, de la duda, de que nunca sabemos tan bien cómo se supone que sabemos las cosas. Pero no solo con el consentimiento sexual. Tú puedes casarte dudando si ese será el mayor error de tu vida, pero no porque tú tengas dudas la institución debería invalidar tu matrimonio. ¿Qué queda por fuera del consentimiento? Para mí es el deseo, que es un territorio que nos lleva a un lugar donde la exploración y el no saber es consustancial. Poder desear con libertad es precisamente no tener que saber siempre de antemano lo que deseas y, por tanto, que nadie te exija transparentar y clarificar tu deseo, que nadie te diga que tienes que ir a la relación sexual sabiendo de antemano qué deseas y qué no, eso es coactivo.

P. ¿Y no es precisamente ese consentimiento más afirmativo que critica en el libro un consentimiento que se exprese en términos del 'sí' lo que puede ayudar a explorar el deseo, a ir constatando un sí a medida que exploras?

Defiendo que hay distintos sentidos de la palabra consentimiento y distintos proyectos políticos feministas en juego. No sé si estamos siendo tan conscientes del cambio que supone el abandono del 'no es no' hacia el 'sí es sí'. El 'no es no' es una cultura del consentimiento, es la posibilidad de decir que no. Creo que es mucho más fácil que el deseo aparezca en el marco del 'no es no', un marco en el que puedes expresar tu voluntad, pero no estás obligada a expresarla todo el rato. Me parece un avance que las mujeres puedan decir en cualquier momento de una relación sexual 'oye, esto me gusta o no'. Lo que no me parece bien es que estén obligadas permanentemente a la expresión verbal y a la explicitación de su deseo.

También creo que cuando muere el territorio para el deseo está muriendo el territorio de la voluntad. En el 'solo sí es sí' la presuposición es que no podemos decir que no, entonces el sí tampoco vale nada. No entiendo que si como feminista dices que no se puede decir que no, te parece que el sí valga algo. Me parece incoherente esta posición en la que un montón de gente dice que ponemos el consentimiento en el centro y, por ejemplo, defiende al mismo tiempo la invalidación del consentimiento de las trabajadoras sexuales. Para mí el 'no es no' es un lema feminista de mucho valor porque en el marco de la posibilidad de decir no existe la validez del sí, y el deseo cabe mucho más.

P. ¿Hay quien está exigiéndole un extra al consentimiento, de manera que si no es un consentimiento no solo decidido sino deseado plenamente no parece que sea consentimiento?

Se está depositando en ese sí afirmativo una especie de plus que es que el consentimiento sea un sí deseante, un consentimiento entusiasta. Así no estamos poniendo el consentimiento en el centro, estamos diciendo que algunos consentimientos nos valen y otros no, y los que nos valen son porque además hay deseo. Entonces el criterio de legitimidad no es el consentimiento, es el deseo. El deseo ha invadido el terreno legal, cuando a la ley le tiene que dar igual si consientes deseosamente o no.

P. Pero sin que entre en el terreno legal, ¿no cree que la reivindicación del deseo sí debe ser algo de lo que el feminismo deba ocuparse, más incluso de lo que lo hace actualmente?

El deseo tiene que ser nuestro lenguaje con una salvedad, que lo sea totalmente retiradas de la ley. Es decir, una vez que validamos que el consentimiento no ha de ser ni entusiasta ni no entusiasta, ni deseante ni no deseante, y que el Estado va a reconocer nuestros 'síes' y 'noes'. Estoy de acuerdo en que el deseo es una ambición feminista, que nuestro sexo sea deseante y placentero, que nuestras relaciones sexuales lo sean, que a nuestras parejas sexuales les interese nuestro deseo. Pero debe ser totalmente distinguido del terreno del derecho penal, de lo que la ley puede esperar. Aquí podríamos entrar en una conversación muy interesante: ¿por qué no volvemos a hablar las feministas de todo eso que queremos más allá de lo penal?

P. Leyendo el libro da la sensación de que no termina de estar de acuerdo con el término 'cultura de la violación' o que si está de acuerdo hay algo acerca de él que le inquieta, ¿qué es?

Es al servicio de qué se pone ese concepto, pero no el concepto mismo. En la medida en la que soy feminista, creo que nuestra cultura sexual reproduce una mirada donde la voluntad de las mujeres es vulnerada. El consentimiento de las mujeres vale poco y por tanto hay una cultura donde la violación está permitida, existe una legitimación de la violencia y en ese sentido el concepto me parece valioso. Pero si es un problema de cultura, de estructura social, no creo que eso se cambie fundamentalmente con el derecho penal y el castigo. Los problemas estructurales nunca se abordan en un tribunal, ahí se juzga a un individuo, a un sujeto particular, pero no tienes al patriarcado sentado delante en el banquillo.

¿Cómo combates la cultura de la violación? La educación, los debates, los artículos que escribimos... me parecen armas más poderosas para cambiar el sentido común y dirigirnos mucho más a lo estructural. Si nos tomamos en serio el concepto estamos diciendo que no solamente nosotras muchas veces no nos damos cuenta de esa cultura, sino que los propios agresores no lo saben distinguir. Lo que estamos diciendo es que un chaval de 14 años, educado en la cultura de la violación patriarcal, no sabe muy bien dónde están los límites. Cuando decimos que el consentimiento está claro, me parece poco compatible con esa perspectiva tan estructural que dice que la sociedad en su conjunto nos adoctrina en un sentido por el cual la violación es lo correcto. Entonces, ese chico piensa una serie de cosas que están mal. La pregunta es: cuando castigas a ese chico, ¿le castigas porque lo hace a sabiendas o pones en marcha leyes porque no lo sabe? Porque si es porque no lo sabe, igual no son las leyes penales lo que hay que cambiar primero.

P. Habla de la polémica que en 2022 se armó alrededor de unas palabras del streamer el Xokas, que contaba cómo sus amigos se mantenían sobrios en las fiestas para intentar ligar con chicas que hubieran bebido. Más allá de que hubiera quien pidió que se le denunciara ante la Fiscalía, ¿no le parece que ese comportamiento que describe de hombres emborrachando o esperando a mujeres borrachas para tener sexo con ellas forma parte de esa cultura de la violación?

Sí, forma parte de una cultura sexista, machista y lamentable, y me alegro mucho de que mi sociedad critique eso, de que haya una reacción. Lo que me parece preocupante es que tendamos a decir que si algo está mal y es machista todo pueda ser delito, ahí es donde nuestra imaginación ha quedado mermada políticamente...

En EEUU algunos discursos defendieron una censura estricta del porno que se hizo con algunos de los mismos argumentos que escuchamos hoy, que es que genera violencia. Así aprobaron leyes no muy compatibles con la libertad de expresión y la libertad sexual

P. ¿Qué le parece el proyecto del Gobierno para regular el acceso de los menores al porno? Ocurre en un momento en que hay preocupación por la edad de acceso y por sus efectos, pero también hay quien cree que el porno, en general, es culpable de la violencia sexual. ¿Hasta qué punto el discurso alrededor del porno está siendo demasiado alarmante, yendo por derroteros parecidos a los que señala en el libro?

El acceso de los menores al porno violento es un problema y que esto nos preocupe es razonable, hay una inquietud de cómo podemos hacer que se limite el acceso. También me parece una pregunta acerca de cuándo los menores acceden a un móvil o a un ordenador donde llegan a un montón de cosas aparte de porno.

Pero este problema también puede ser instrumentalizado. Hay un discurso feminista que prohibiría el porno en general, también para los adultos. En Estados Unidos los discursos con los que yo discuto en el libro defendieron una censura estricta de la pornografía que se hizo con algunos de los mismos argumentos que escuchamos hoy, que es que genera violencia en la vida real. Así aprobaron leyes no muy compatibles con la libertad de expresión y con la libertad sexual de las mujeres. He visto noticias y programas muy sensacionalistas, con discursos del peligro total y del terror sexual con el tema del porno, mal uso de datos o encuestas.

Parece que no hay distinción entre una ficción violenta y la realidad. Muchas veces las personas accedemos a ficciones que interpelan nuestro deseo justamente porque no van a ser llevadas a cabo. No porque en una ficción haya algo que interpela el deseo del sujeto quiere decir que va a salir de su casa y va a cometer ese mismo acto, como cuando vemos una película no quiere decir que vayamos a hacer automáticamente eso.

P. Estos días se conmemoran diez años de la creación de Podemos. Usted fue fundadora y también diputada en la Asamblea de Madrid. ¿Cuál cree que ha sido la contribución de Podemos a las políticas de igualdad? ¿Su irrupción ha mejorado, ha aportado algo nuevo a la manera en que el feminismo y la igualdad se aplican en la política institucional?

Ha habido muchas cosas que han ocurrido estos años que han cambiado nuestro sentido común. Somos un país mucho más feminista que hace diez años y diría que aquí ha habido tanto partidos políticos muy implicados, Podemos, desde luego, como un movimiento feminista muy activo. Recuerdo cuando yo era responsable de Igualdad y ya sentía algo muy vivo fuera de los partidos y de las instituciones. Eso ha tenido sus momentos virtuosos en la alimentación del movimiento, y ha tenido sus momentos un poco peores. El feminismo ha sido muy instrumentalizado, un foco de conflicto entre partidos. Eso ha hecho cierto daño al feminismo y hay que recomponer un movimiento feminista fuerte y también plural, que vuelva a integrar en sus propios espacios un poco más de diversidad, de diferencia, de posibilidad de discrepar. Pero en general hay muchísimas cosas a celebrar.

P. ¿La capacidad de interpelar e incluso de involucrar a los hombres es una de esas cosas a celebrar?


Hay que ser muy cuidadosas y estar atentas a la posibilidad de que los chicos jóvenes ahora mismo estén sintiéndose alejados del feminismo, pero también ha habido una capacidad de hablarles que ha calado entre las generaciones jóvenes. Eso es algo a celebrar y hay que construir a partir de eso. Muchos hombres han pensado 'esto va conmigo, esto me interesa'.

Pero también hay derivas que no comparto. Hay algunos discursos dominantes que no están sabiendo construir más ilusión y deseo en los chavales jóvenes de pertenecer al feminismo y que están siendo, a mi juicio, un poco cómodos en la celebración de que si los hombres están incómodos, pues eso probablemente habla de nuestros éxitos. No comparto esa posición. La incomodidad puede ser políticamente productiva o políticamente nefasta.

P. Es parte de esa crítica acerca de que el feminismo debe ser incómodo para todos los hombres, como si todos estuvieran en la misma posición, tuvieran los mismos privilegios o se comportaran igual, ¿pero no es imposible que no genere algo de incomodidad en todos?


Precisamente, lo que hay que celebrar es que a pesar de que el feminismo traiga una relativa siempre incomodidad para los hombres, ha conseguido también mover a muchos, por lo menos mostrarles muchas más cosas como para que incluso les compensara. Por lo tanto, no ha sido solo incomodidad, ha sido también mostrar que hay un proyecto interesante para ellos. Creo en la capacidad de transformación positiva del feminismo para el conjunto de la sociedad, con la que incluso aunque los hombres tuvieran que perder ciertas cosas, que obviamente sí es así, tienen otras que ganar.