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jueves, 29 de agosto de 2024

#hemeroteca #turismo #violencia | Daniel Sancho y la habitación del pánico en la que descuartizó a Edwin Arrieta

La Razón / Daniel Sancho en una imagen de archivo //

Daniel Sancho y la habitación del pánico en la que descuartizó a Edwin Arrieta

La B.6 se ha convertido en la estancia más preciada por los más morbosos. Aquí murió el cirujano y el morbo tan solo sube el precio
Raoul Higuera | La Razón, 2024-08-29
https://www.larazon.es/gente/famosos/daniel-sancho-habitacion-panico-que-descuartizo-edwin-arrieta_2024082966cff63f1dd44000017abeb7.html

Existe un tipo de turismo que centra su interés en aquellos enclaves marcados por la tragedia, donde se han producido muertes violentas con gran repercusión mediática. Tailandia goza desde hace un año de un nuevo punto de encuentro para los amantes del “turismo dark”, como así se denomina. Desde que el pasado año Daniel Sancho asesinase y descuartizase a Edwin Arrieta, son cada vez más los que deciden emplazar sus vacaciones no solo en su isla, sino más concretamente en la habitación B.6 del complejo de bungalós Haad Salad Villa, a orillas de la playa de Salad Beach. La demanda por ocupar dicha estancia ha crecido considerablemente y no precisamente por estar rodeado de un gran encanto natural o por las paradisíacas playas que vaya el complejo.

El pasado mes de agosto de 2023, el hijo de Rodolfo Sancho ingresaba en prisión por dar muerte y cortar en pedazos al cirujano colombiano con el que mantenía una extraña relación sentimental, de amistad y de negocios. Una acalorada discusión terminó por yéndose de las manos cuando el joven chef golpeó hasta la muerte a su compañero de viaje, para después degollarle y cortarle en trozos para diseminar su cuerpo por la isla. Trató de eludir su responsabilidad del crimen, alegando ser la víctima de acoso, amenazas y feos episodios que no ha podido mostrar. En su contra están otras muchas pruebas recabadas en la escena del crimen, conocida ya como la “habitación del pánico”. Un atractivo para los más morbosos.

Cada vez son más los turistas que se interesan por la habitación B.6 del citado complejo hotelero tailandés. No les hace falta demasiadas indicaciones para quedársela, pues la han visto infinidad de veces en televisión, en las imágenes que han trascendido de la reconstrucción de lo sucedido aquella fatídica noche del 2 de agosto de 2023. Como cabría esperar, este aumento en la demanda ha subido el precio, estando fijado antes la estancia en los 15 euros por noche, pasando ahora a los 70 euros por este macabro valor añadido. Sin embargo, pese a que llame más la atención por ser donde vivió sus agónicos últimos instantes Edwin Arrieta, la habitación es un regalo para los sentidos y hace las mieles de los visitantes, al incluir un jardín y un balcón privado.

Eso sí, los responsables del hotel han decidido prohibir que los turistas españoles se hospeden ahí, tras retirarse el precinto policial al acabar las pesquisas, el recabado de pruebas y la posterior limpieza a fondo de la sangre. Una tarea, por cierto, más sencilla de lo que se creía en un primer momento pues, tal y como se ha conocido recientemente, Daniel Sancho plastificó previamente la estancia para que ninguna gota de sangre le delatase. Se preocupó de proteger de manchas las paredes, el techo y el suelo, así como el mobiliario. Lo hizo con el papel transparente que compró en los almacenes de Koh Phangan el día anterior. Así, convocó a Edwin a esa habitación que alquiló él a espaldas de su amigo que, al llegar y ver que estaba todo plastificado, seguramente se temió lo peor. Después se le vio a Daniel salir del cuarto cargando bolsas de plástico y de deporte, que fue dejando esparcidas por la isla. Un punto que juega en su contra a la hora de recibir la sentencia el próximo 29 de agosto, cuando se sentará frente al juez para escuchar el veredicto.

lunes, 26 de agosto de 2024

#hemeroteca #gais #cruising | En busca de sexo anónimo e instantáneo: viaje al templo del ‘cruising’ en Madrid

Cruising en la Casa de Campo de Madrid //

En busca de sexo anónimo e instantáneo: viaje al templo del ‘cruising’ en Madrid

Un centenar de hombres gais acude cada día a la Casa de Campo para mantener relaciones sexuales a pesar de los robos, palizas y enfermedades a las que se exponen
Juan José Martínez | El País, 2024-08-26
https://elpais.com/espana/madrid/2024-08-26/en-busca-de-sexo-anonimo-e-instantaneo-viaje-al-templo-del-cruising-en-madrid.html

Los últimos destellos de sol doran las copas de los árboles de la Casa de Campo, los rabos de los conejos rebotan entre los setos como pelusas de algodón antes de desaparecer en las madrigueras. De fondo, el soliloquio de los pájaros y el silbido del tren invitan a cerrar los ojos y a respirar profundo en actitud contemplativa. En este idílico paraíso, unos 20 hombres deambulan por separado en búsqueda de más hombres. Parecen espectros que salen de los árboles y vuelven a perderse en la vegetación. Todos vienen a lo mismo: cruising, una práctica que moviliza a un centenar de gais diariamente hasta el pulmón verde de la ciudad para practicar sexo anónimo y ocasional. Estudiantes, trabajadores, desempleados, pensionistas, solteros, casados, jóvenes o con nietos buscan en los recovecos del bosque a algún amante efímero. El placer se encuentra fácil y el sexo es inminente, aunque los peligros merodean. Robos, palizas y enfermedades de transmisión sexual son algunos de los riesgos que han narrado a EL PAÍS estos discípulos del cruising durante los días en que este periódico ha hurgado en la meca del sexo instantáneo al aire libre en Madrid.

Para adentrarse en territorio desconocido, los periodistas suelen buscar un 'fixer', una figura esencial que ejerce de traductor de idiomas y de códigos culturales distintos. El término se popularizó en las guerras de Oriente Próximo y, desde entonces —aunque podría pensarse que desde siempre—, son una pieza fundamental del oficio. El ‘fixer’ de este reportaje ha pedido llamarse Camilo, prefiere no ser identificado para “evitar el estigma”. Es un latinoamericano de 30 años, practicante ocasional del ‘cruising’, aunque bastante enterado, la clave para desencriptar los códigos de esta práctica de señales sutiles.

Pronto llega la experiencia inaugural. Era un miércoles como cualquier otro de julio, antes del mediodía, en la zona cero de los encuentros fugaces. “Háblale”, azuza Camilo en su primera intervención como ‘fixer’, apuntando a un señor de sombrero Panamá, lentes de sol, bolso colgado, pantalón de dril, camisa de cuadros blancos y azules y unos 70 años. El ‘fixer’ se aleja para no despertar sospechas. “Buenos días”, dice el reportero. El hombre solo asiente tras unos impenetrables lentes polarizados. Entre dientes, responde que hace ‘cruising’ dos veces por semana y que tiene bastantes experiencias positivas que contar.

Tras unos segundos de conversación, saca una bolsa de plástico verde del bolsillo del pantalón y comienza a desdoblarla. Con ella, improvisa un asiento sobre el suelo y se sienta, sin mediar palabra. El periodista, que cree haber captado el silencio, se despide con el deseo de una buena tarde. Camilo se reincorpora a su lado y le da su primera lección: “¿Viste lo que pasó? Se ha puesto en posición”. Cuesta creerlo. “Volvamos”, reta Camilo. El señor sigue en el mismo lugar, aún sentado sobre el plástico verde.

—¿Qué te gusta hacer?

—¿Qué te gusta que te hagan?— responde el hombre con una pregunta, mientras se quita las gafas.

—¿Te gusta el sexo oral?― intenta descifrar el reportero, instigado previamente por el ‘fixer’.

—Sí, ¿quieres?— ofrece, mientras estira la mano hacia la pantorrilla de su interlocutor.

—No, gracias.

—Bueno, hasta luego.

El ‘cruising’ sigue un patrón claro: mirar, tocar y copular. Frotarse la entrepierna es el símbolo universal. Si el cruce inicial de miradas se prolonga unos segundos, uno de los dos se envía la mano a los genitales ―da igual si es por fuera o por dentro del pantalón―. Cada cual modifica el protocolo en función de sus gustos. Hay quienes se soban los pezones, otros se llevan los dedos a la boca para ofrecer una felación. Si el lisonjeado corresponde, no queda más que acercarse para hacer en el cuerpo ajeno lo que antes en el propio y buscar un lugar para la desnudez. El encuentro pocas veces dura más de 15 minutos. Hablar es solo una opción, que la mayoría descarta, como explica un veterano que busca lo mismo que todos: “La gente aquí no viene por deporte, viene a tocar pollas”. Poco importa que alguien vea: todos van a lo mismo y el voyerismo es tan rutinario como inevitable.

En la Casa de Campo esta práctica está a la vista de cualquier curioso o caminante despistado. Basta con salir de la estación del metro y caminar paralelo a la autovía que conecta con el zoológico. La zona es ideal para la experiencia: está tupida de árboles que forman laberintos y trincheras donde los hombres se desnudan, se agachan, se hincan, se empinan, se reclinan y, finalmente, se limpian.

Las servilletas en el suelo, los pedazos de cartón y los condones añejos que se balancean en las ramas son testigos inertes de lo que se cuece en esos matorrales. Hay para todos los gustos: hombres sin camisa, en ropa deportiva, bañador, camisa leñadora o abuelos en chándal que no dudan en bajárselos hasta las rodillas para revelar a algún fisgón un par de nalgas escuálidas enmarcadas por unos tangas. Un paseo por este lugar basta para comprender el significado del término ‘cruising’ (crucero). Aquí todos navegan, deambulan a una velocidad moderada, casi en automático, sigilosos. Aquí todo parece que pasa lento porque lo que pasa rápido es tan fugaz que no logra percibirse.

Si bien la Casa de Campo es uno de los sitios más populares para el ‘cruising’, está lejos de ser el único. Numerosos foros digitales de la comunidad gay se encargan de geolocalizar y reseñar los lugares públicos para tener sexo: estacionamientos, baños públicos o parques. Las chinchetas más repetidas en estos catálogos revelan que otros puntos frecuentados para la práctica del ‘cruising’ son el El Retiro ―en los alrededores de la estatua del ángel caído―, los baños del intercambiador de Moncloa, o los del centro comercial Príncipe Pío. Los comentarios se centran mayoritariamente en quedadas: “¿Quien baja sobre las 19.00? Quiero comer buenos rabos”, o “Hola, ¿alguien esta tarde allí? Me va el cerdeo, escribirme por privado”, son algunas de las entradas más recientes de la Casa de Campo.

Desde primera hora de la mañana empieza el ajetreo. Los adultos mayores son los primeros en llegar, cuando los oficinistas apuran la tostada matutina. Algunos acuden a pie y otros en coche. Los segundos aparcan en el estacionamiento del zoológico y se apoyan en sus vehículos con la mirada clavada en los setos. Uno es un hombre de 75 años que tiene dos nietos. Viste camiseta polo rosada y pantalones cortos.

―¿Desde hace cuánto viene por aquí?

―Desde que me jubilé hace 11 años.

Acude cada mañana en su coche a este “expositorio de carne”, como él mismo lo define. Se considera “una persona muy respetuosa”, por el simple hecho de que no hace insinuaciones, aunque tampoco las rechaza. “Si alguien me dice ‘¿te la chupo?’, pues me la chupa, ¿qué le voy a decir?”, afirma cruzándose de brazos como si no tuviese más opción. No trae ni un duro por seguridad y no duda en voltearse los bolsillos para demostrarlo. Evita meterse en la arboleda, según dice, “porque roban”. “Me da miedo: yo soy muy mayor para andar con gente tan joven”.

Algunos jóvenes madrugadores llegan equipados con comida, botellas de agua y cartones, un elemento fundamental para evitar el roce de las posaderas con la maleza espinosa o la hierba seca. Se adentran sonrientes en la floresta deseosos de aplacar su libidinosa juventud en alguna zanja con olor a semen.

Quienes sostienen que el ‘cruising’ es una manera fácil de aumentar las pulsaciones, desconocen que los peligros son múltiples. Casi todos tienen una experiencia amarga que contar. El aislamiento, la ausencia policial y la oscuridad son características que hacen posible el cruising, pero también lo convierten en una práctica de alto riesgo. De esto sabe un hombre de 42 años, nacido en Canarias, quien predica una hipótesis. “Donde hay luz, no hay ‘cruising’”. Sabe de lo que habla, lleva varias décadas en este mundo, desde los tiempos en que la sede madrileña para el sexo gay a la fresca era el Templo de Debod. Esta sucursal cerró después de que un restaurante cercano instalara unos reflectores para iluminar la montaña. De ahí aprendió su regla.

Pero donde no hay luz, pasan cosas muy oscuras. Él mismo lo vivió un noche, cuando vio aproximarse a un grupo de 10, “de esos que van de negro y con la cabeza rapada”. Pensó lo peor. Ya sabía que algunos grupos ultras suelen quedar en las zonas de cruising para pegar a homosexuales. El canario, de aspecto muy varonil en el sentido más patriarcal de la palabra, narra que miró a los ojos al líder del grupo por unos segundos: “No sé cómo paso, pero el hombre se detuvo y ordenó a los otros que cambiaran de dirección”.

De los cinco días que El País ha pasado en la zona, solo en uno ha advertido la presencia policial. Tener relaciones sexuales en un lugar público acarrea una sanción administrativa que va de los 100 a 600 euros por exhibicionismo, según el artículo 37 de la Ley Orgánica de protección de la seguridad ciudadana. Si ocurre frente a menores de edad o personas con discapacidad, constituye una infracción penal, castigada con una pena de prisión de seis meses a un año o multa de 12 a 24 meses.

Las infecciones de transmisión sexual (ITS) son el enemigo silencioso. El preservativo no es imperativo, como explica un joven mexicano de 28 años, pelo lacio hasta los hombros y tez morena, quien afirma tener dos condiciones que desaniman a la mayoría de los pretendientes: no recibe dinero y no lo hace sin protección. “Hay personas que tienen VIH y, por maldad, te lo pueden pegar”, alerta otro. Todo esto en medio de un repunte de todas las ITS en la Comunidad de Madrid ―a excepción del VIH―, según el Informe del Estado de Salud de la Población de 2023.

Cuando el deseo se hace carne, la Casa de Campo emerge como el santuario perfecto para la práctica del ‘cruising’, que no por ser gratuito y rápido puede definirse como fácil. Más que una práctica es una tradición que, como todas las relegadas a la clandestinidad, tiene un origen tan difícil de determinar como lo es su final. El sexo al aire libre seguirá practicándose por la comunidad gay en el principal pulmón verde de Madrid, a escasos metros de parques infantiles, de la entrada al zoológico y de la ruta del anillo verde del ciclista. Siempre habrá adeptos del ‘cruising’, amantes de la adrenalina sin decoro, deambulando por la arboleda, o como prefiere decirlo el canario que lo ha practicado más de la mitad de su vida: “Siempre hay un alma perdida”. Dispuesta.

sábado, 16 de abril de 2022

#hemeroteca #masculinidad #masturbacion | La “hermandad fálica”: qué son los clubes de masturbación grupal y por qué los hombres acuden

El País / Sauna, ilustración de George Wesley Bellows, 1917 //

La “hermandad fálica”: qué son los clubes de masturbación grupal y por qué los hombres acuden.

Existen desde hace décadas en las grandes ciudades estadounidenses y uno acaba de abrir sus puertas en Madrid. Sus creadores los describen como lugares donde no se busca sexo, sino una conexión física y espiritual entre hombres, también heterosexuales, que las normas sociales se empeñan en derribar.
Guillermo Alonso | Icon, El País, 2022-04-16
https://elpais.com/icon/bienestar/2022-04-16/la-hermandad-falica-que-son-los-clubes-de-masturbacion-grupal-y-por-que-los-hombres-acuden.html 

Paul Rosenberg es un hombre gay en la cincuentena, una criatura curiosa, producto de los años setenta en un barrio multicultural a las afueras de Chicago. Cuando tenía poco más de 20 años dio por primera vez con un ‘jack off club’, literalmente un ‘club de pajas’. El concepto aparecía en un relato de la revista erótica gay ‘Honcho’. En 1990 descubrió Chicago Jacks, su primer club real de este tipo. Durante un año asistió a todos los eventos. En ellos, hombres adultos de todos los rangos de edad se reunían para masturbarse, o bien en solitario o bien mutuamente. Sin alcohol, sin drogas, sin búsquedas infructuosas, sin juegos de poder, sin negociaciones de quién sería activo o pasivo, sin miedo al sida. Poco después se echó un novio (hoy su marido) y se alejó del club.

Pasaron diez años de vida monógama y Paul quiso volver, tras pactarlo con su pareja, a aquellas experiencias. Como se habían mudado a Seattle y allí no había un club de masturbación para hombres como el de Chicago, decidió crearlo él. Lo llamó Rain City Jacks. Según datos recogidos por la web especializada en esta práctica ‘The Bator Blog’ (‘bators’ es el nombre que reciben en inglés los ‘masturbators’, hombres que disfrutan de la masturbación en grupo), hay en Estados Unidos 18 clubes de este tipo, dos en Australia, dos en Canadá y uno en Reino Unido. En Madrid, un hombre llamado Nacho G., de 43 años, acaba de crear otro.

El nombre del club de Madrid es menos poético que el de Seattle. Se llama ‘Pajas Entre Colegas’. El proyecto lleva años en pie, pero cuando los domicilios particulares se quedaron pequeños para las reuniones Nacho encontró en Alcorcón un antiguo bar de copas de unos 100 metros cuadrados con un aforo para 70 personas. Las paredes están decoradas con grafitis, tiene dos aseos, burros para la ropa, taquillas de seguridad para los objetos de valor, sillones amplios y dos pantallas gigantes que emiten, exclusivamente, vídeos de hombres masturbándose. Hay música, habitualmente jazz suave, e iluminación tenue e indirecta. “Por lo general, cuando algún miembro termina, no se suele ir”, explica Nacho. “Se queda para repetir tantas veces como quiera o pueda durante las tres horas que dura cada evento. Entre orgasmo y orgasmo siempre se charla, como si fuésemos viejos amigos, sin malos rollos. Sin vergüenza”.

La vergüenza es la clave que los discursos de Nacho G. y de Paul Rosenberg intentan derribar. El contacto físico entre hombres, si son heterosexuales, sigue siendo un tabú. ‘Pajillero’ es un término despectivo para definir a un hombre raro, poco agraciado o socialmente inadaptado. La masturbación aún es calificada por la Iglesia como “un acto intrínseca y gravemente desordenado”, mientras el presidente de la Asociación Mundial para la Salud Sexual confirma que hay más masturbación y menos sexo entre parejas que nunca. No se trata solo de la pandemia: el sexo entre jóvenes es una tendencia a la baja desde mediados de la década pasada debido a que cada vez se independizan más tarde y, entre adultos, el desarrollo de la tecnología y las comunicaciones han hecho, según explicó un informe de la Universidad Estatal de San Diego compartido por CNN, que un maratón de series sea más apetecible que un coito.

En estas circunstancias, el discurso de Nacho y Paul se vuelve militante y, sorprendentemente, alcanza hechuras más románticas que sexuales. Defienden, ante todo, una realidad horizontal, igualitaria y segura. “No discriminamos a nadie”, explica Nacho. “No evaluamos a los posibles miembros en función de la edad, la raza, el origen étnico, el tipo de cuerpo, el nivel de condición física o la orientación sexual”. Él mismo se encarga de remarcar que lo que se hace en su club no es necesariamente homosexual, pero sí homoerótico. De hecho, parte de la misión de estos clubes es reivindicar lo homoerótico entre hombres heterosexuales. Nacho lo sabe bien, porque él lo es. Simplemente, explica, es también un hombre que disfruta masturbándose con otros hombres.

”La presencia de hombres heterosexuales en estos clubes es un hecho, yo mismo lo soy”, explica. “Muchos hombres que vienen a nuestros eventos están casados o con novia y son felices con sus parejas. A mi juicio lo que buscan es lo que yo llamo la hermandad fálica. Esto no es nada nuevo, es perenne y universal, al igual que la masturbación masculina. El placer al masturbarte es personal y depende de ti, pero también puede conectarte directamente con otros hombres que disfrutan masturbándose. Buscan disfrutar, compartir esos sentimientos con otros hombres. Si lo piensas, es la alternativa de relación abierta ideal para muchas personas con límites claros de intimidad”. Nacho tiene pareja. “La masturbación en grupo no tiene nada que ver con el sexo y así lo ve mi pareja, como colegas que comparten tiempo de ocio”.

La gran mayoría de los miembros del club se definen como homosexuales, pero Nacho afirma que un 30% de los miembros del suyo no lo son. Paul reduce la cifra de heterosexuales en Rain City Jacks al 10%. “Aunque la mayoría de los hombres que practican estas actividades a menudo buscan más, como la felación y los besos, otros persiguen simplemente una nueva forma de conexión masculina. Y otros consideran la masturbación en grupo como una forma de encontrar placer sexual sin engañar a su pareja romántica”, explica Nacho.

“Hay una historia común que escucho a menudo en el club”, aporta Rosenberg, “que es la del matrimonio sin sexo. Hombres casados que consideran que sus mujeres ya no están disponibles para ellos. Buscan intimidad sexual y argumentan que un club de masturbación no es infidelidad, pues no hay penetración ni hay otras mujeres. Acaban encontrando, más allá del desahogo sexual, un inesperado vínculo masculino, una sensación de fraternidad. Siento una enorme admiración por estos hombres heterosexuales que superan la homofobia cultural que los rodea y se abren a la posibilidad de una intimidad con otros hombres que puede incluir sexo. A muchos les he preguntado y me han dicho que no fantasean con otros chicos cuando se masturban ni han buscado nunca sexo con hombres fuera del club. Simplemente son flexibles, valientes y no ven daño ni vergüenza en venir aquí”.

Rosenberg, desde Seattle, aborda en su discurso otra óptica igual de intrigante: explica por qué muchos hombres gais, aunque haya decenas de aplicaciones y plataformas para conseguir compañeros sexuales, prefieren pagar por pertenecer a un club con reglas muy firmes. “Muchos hombres buscan experiencias sexuales sin riesgo, sin los peligros de practicar el ‘cruising’ (la búsqueda de sexo en lugares públicos por parte de hombres) en cualquiera de sus formas y sin las incómodas negociaciones que conlleva tener sexo por primera vez con otro hombre. Los clubes de masturbación eliminan esos torpes procesos que las opciones fáciles de las ‘apps’ de ligoteo dejan sin respuesta. No hay necesidad de acordar un momento o un lugar, analizar quién tiene sitio o, sencillamente, si serás compatible con la otra persona. En clubes muy concurridos, como New York Jacks o Rain City Jacks, cuando hay 120 hombres presentes en un evento, las posibilidades de que encuentres a alguien que coincida con tus preferencias son altísimas”

Los precios de la membresía van desde los 20 dólares por un mes a los 235 anuales. El club madrileño ha tomado esas mismas cifras, pero pasadas a euros. Las reglas son muy claras. Un poético ‘no lips under the hips’ indica que “nada de labios pasadas las caderas”. O sea, nada de sexo oral. Los miembros pueden besarse mientras se masturban o masturbarse mutuamente, eso sí. Otra regla sagrada es ‘nothing goes inside anybody’s anything’, o sea, “nada va dentro de nada de nadie”, lo cual deja claro que el sexo anal también está prohibido. Un código de color en las pulseras indica si aceptas que otra persona te toque o si prefieres que no lo haga. Sobre las tarifas, Rosenberg argumenta que “se trata de dar valor a las cosas. Las aplicaciones de ligue también cobran si quieres disfrutar de todas sus funciones. Mi club no es gratuito porque no es de servicio público: somos una comunidad de personas que comparten un interés. No queremos a todo el mundo: queremos a chicos que disfruten con lo que ofrecemos y estén dispuestos a pagar 20 dólares por ello”.

Rosenberg asesoró a Nacho a la hora de formar el club. En la web de Pajas Entre Colegas se pueden ver muchos puntos en común con la de Rain City Jacks, como el código de comportamiento. “Estos grupos no surgieron repentinamente, como se cree, tras la crisis del sida”, explica Nacho G. “Los hombres se han estado reuniendo para masturbarse en grupos, grandes y pequeños, desde mucho antes de que comenzara la historia escrita. Muchos hombres de mi edad tendrán recuerdos de cuando se masturbaban con sus colegas. Ellos sabrán de lo que hablo”.

Lo saben. Consultados por ICON de forma anónima, algunos hombres en la frontera entre treinta y tantos y cuarenta y pocos lo recuerdan vivamente. M., de 42 años, es heterosexual y la suya es la historia de muchos otros chicos que descubren el porno cuando internet no estaba en todos los hogares y a plataformas como PornHub le quedaban décadas para nacer: si un amigo conseguía una cinta pornográfica, había que economizar recursos y aprovechar las circunstancias. “Los colegas del barrio quedábamos mucho para hacernos pajas en comunidad. Primero con alguna revista porno, había una especie de costumbre de pasarnos las revistas de unos y otros y quedar en grupo para asomarnos a las páginas y ‘pelárnosla’ como monos. Una vez un amigo encontró a su padre un montón de películas porno debajo de la cama y, en el instituto, por las mañanas, iba pronto a su casa a ver aquellas películas horribles dobladas al español. Lo hacíamos los dos en el sofá, uno al lado del otro, sin mucho problema, hasta que alguien nos dijo que eso era ‘de maricones’. Desde entonces nos pusimos unos cojines a modo de biombo. Hubo un momento en el que, de repente, nos entró la idea de que vernos los penes unos a otros estaba mal”.

P., de 34 años, es homosexual y su historia es parecida: “Un chico francés acababa de venirse a vivir al pueblo y sus padres tenían muchísimas películas porno. No solían estar en casa, así que nos íbamos a su salón de estar a ver títulos como ‘Sexo en las pirámides 2’. Yo aún era bastante joven, así que la gracia del asunto, para mí, estaba en hacer algo secreto que quizá no deberíamos estar haciendo y en cierta idea de competitividad. No por el tamaño, sino por la capacidad de eyacular: los mayores lo hacían, y eso era algo que los distinguía del resto”.

Esta costumbre, claro, desaparece entre generaciones más jóvenes, que no tienen experiencias parecidas. El porno ubicuo y fácilmente accesible ha terminado con esos encuentros, que ya no son necesarios para asomarse a un material adulto y prohibido. Ahora está disponible en cualquier teléfono móvil. “Internet ha fomentado el distanciamiento entre las personas de múltiples maneras, y esta es una de ellas”, comenta Rosenberg. Nacho es más optimista: “Creo que aunque la pornografía esté ahora al alcance de cualquiera, en cada rincón del mundo siempre hay una reunión masturbatoria de dos o más hombres”.

Gabriel J. Martín, psicólogo especializado en sexualidad, ve con buenos ojos los clubes de masturbación para hombres. “Para muchos hombres puede ser demasiado abrumador practicar sexo con otro hombre por varias razones. En primer lugar, personas con nosofobia, pánico a infectarse de una ITS (infección de transmisión sexual). En estos locales pueden disfrutar de una experiencia morbosa con una percepción de máximo control sobre los riesgos que ellos asocian al contacto humano. Para hombres que se encuentran en fase muy aguda de esta fobia, este puede ser un recurso genial para que, poco a poco, vayan perdiendo el miedo y un paso previo a atreverse a relacionarse de una forma más estándar. Por otra parte, los hombres que estén en su proceso de aceptación como homosexuales pueden preferir estos espacios donde pueden ir explorando las sensaciones que les provoca estar junto a otro hombre desnudo sin que sientan demasiado comprometida su identidad. Estar ahí les permite responder a preguntas: ¿Qué soy? ¿Qué me gusta? ¿Dónde me siento cómodo?”.

Rosenberg y Nacho apenas tienen preguntas, solo respuestas, siempre entusiastas. “Nuestra condición humana nos lleva a interactuar de cierta manera, pero las condiciones culturales lo impiden”, critica Rosenberg. “Estamos reprimidos, impedidos para compartir el placer de una manera simple y afirmativa. Liberarnos de esos tabúes ha sido una revelación para muchos de nosotros, especialmente porque no necesitamos ser normativamente bellos, dotados o musculosos para compartir el placer”. Nacho G. lo resume así: “Por venir a un club de este tipo nadie te va a quitar la hombría”. Y Rosenberg finaliza apelando a otros sentimientos: “Hay una generosidad auténtica y espontánea en el hecho de hacer que una persona mayor o discapacitada se sienta incluida en esto, por ejemplo. Es alentador y, sobre todo, es hermoso”.

jueves, 26 de octubre de 2017

#hemeroteca #television | El cínico juego de Bertín sobre la sexualidad de Pablo Alborán

Imagen: El Mundo / Bertín Osborne entrevista a Pablo Alborán
El cínico juego de Bertín sobre la sexualidad de Pablo Alborán.
Esther Mucientes | El Mundo, 2017-10-26
http://www.elmundo.es/television/2017/10/26/59f17a6422601d471f8b4575.html

Pablo Alborán no es un juguete, no es un objeto, no es un anuncio, no es un producto. Pablo Alborán es un artista, un gran músico, pero sobre todo una gran persona. Desde su regreso tras los dos años de asueto que se tomó porque ya no podía más, Pablo ha demostrado que antes que artista es una persona como tú y como yo. Con sus problemas, con sus necesidades, con sus caídas, con sus ascensos... Lo demostró en la primera entrevista que dio en 'El Hormiguero' y lo volvió a hacer anoche en la casa de Bertín Osborne.

Pablo se volvió a abrir, pero sabiendo que tiene que poner límites. Límites que 'Mi casa es la tuya' no puso. Y no durante el programa, que fue como siempre, con el mismo desarrollo de siempre, con la misma estructura, con los mismos gestos, con las mismas actitudes, sino por el cínico e hipócrita juego que hicieron para promocionar y anunciar una de las entrevistas más esperadas. En la promo se dejaba entrever que Pablo Alborán podía revelar secretos que han perseguido y persiguen al cantante desde hace tiempo. Rumores de los que se aprovechan otros.

Jugar así con las leyendas urbanas que persiguen a Alborán le salió bien a Bertín que dejó atrás su mínimo histórico de semanas anteriores y volvió a liderar la noche con un 15,8% de cuota de pantalla. Dirán que ha sido por el cambio en la parrilla y haber vuelto al miércoles. ¡Y un jamón! Fue Pablo y fue ese jueguecito de susurros, cuchicheos y chismes.

Bueno, exactamente desde que una revista le sacó dándose un beso con su "colega" Kike. Desde entonces son muchos los que creen que el Pablo es homosexual. Qué más da, qué narices importa la sexualidad de un artista, qué aporta saber si es hetero o gay cuando lo que importa de Pablo es su música, su voz, su trabajo.

Pero al final son muchos los que viven por los rumores y para ellos. Un run run con el que ha tenido que lidiar desde entonces. Pablo se mantiene callado, en silencio sepulcral, pero con toda la naturalidad del mundo. ¿Por qué leches tiene que dar detalles de su vida íntima? ¿Por qué es famoso? No, señores, no.

Pero las televisiones, las productoras saben perfectamente lo que vende, lo que genera interés en la gente, lo que muchos espectadores buscan, el bien llamado morbo. Y 'Mi casa es la tuya' lo usó, haciendo creer que Pablo iba por fin a revelar lo que muchos esperaban y piensan y opinan. Muy feo, horrible.

De hecho, poco antes de que comenzara el programa las redes sociales mostraban la expectación que había generado la posibilidad de que Pablo Alborán confesara lo que todos esperaba: si es homosexual o hetero o lo que sea.

La promo terminaba con un "como ya lo ha superado, lo voy a contar..." y se terminaba lo que despertó el interés por saber si Pablo Alborán al fin iba a tratar temas que hasta el momento eran tabú. Queda la duda de saber si Pablo se abrió del todo. Creo que no, pero no por nada si no porque sabe lo que tiene que dejar para él.

La confesión con la que publicitaron la entrevista no tenía nada que ver con los rumores que le acechan sino con algo mucho más personal, mucho más doloroso: la enfermedad de su sobrina. "Mi sobrina tuvo una enfermedad, una enfermedad degenerativa, que se llama Perthes, y es una enfermedad rara en la cadera. Estuvo desde los cuatro años hasta los nueve fatal. Muy mal, muy mal, muy mal".

Lo pasó toda la familia mal, pero lo superó y ahora "la niña está estupendamente". Habrá quien crea que esto no es abrirse, pero sí que lo es. Tal vez no contó lo que muchos querían que contara, pero tampoco evitó el tema, y eso que Bertín, en su modo Bertín, fue a por todas y sacar la confesión por la que muchos se pusieron a ver el programa.

Pero Pablo no necesita de esto, porque la entrevista tampoco lo requería, porque tiene tanto que contar, tanto que decir y con tanto interés que el morbo por el morbo no está justificado. Aun así Pablo habló de ese momento, del momento en el que aquella revista le colocó en la palestra por un beso.

Fue en el momento de cocinar cuando Bertín le puso la muleta para que entrara. "¿Oye y en dos años no has encontrado una chavalita?", le soltaba el presentador mientras cortaban ajo y perejil. "¡Ay, cómo te gusta! En estos dos años he encontrado de todo, Bertín. Me lo he pasado muy bien, pero fija, fija, fija no hay. Pero tampoco lo he estado buscando (...) Bueno y ya está que voy a parecer que soy un golfo". Fue el primer intento. Pablo lo supo capear con toda la naturalidad del mundo. ¿Pregunta preparada? Dudo.

"Hay alguna que otra revista que me toca el pie, pero me afecta poco", comenzaba relatando Pablo aquellos rumores de los que hablábamos. "Yo estaba en Ibiza con mi amigo Kike y llevaba una camiseta que ponía 'quiero darme besos con todo el mundo' y como iba a pasármelo bien pues me fui dando besos con todo el mundo, pero en plan cachondeo, ¿sabes?", contó más cabreado por su amigo que por él.

"Me sacaron en la revista dándole un beso a mi amigo Kike, que tiene una niña que también sale en la revista, como si... Y lo peor es que es mentira". Y punto y se acabó. No había más que decir, aunque Bertín lo siguió intentando porque Bertín es así, porque sabía lo que alzaría las audiencias, porque había que sacar "un pepino" a pasear. A ver quién es el que juega. Si hasta lo intentaron con el clásico "yo nunca". Que cuando es que no, es que no.

Y aun así todavía siguieron con las intimidades que Pablo no rehuyó. "Me sentí atraído por una compañera con la que hice un dueto" o "he preferido estar con mis amigos a desfogarme".

Lo peor de todo no son las dudas, ni los rumores, ni los comentarios, que fueron muchos entre los espectadores. Al final lo peor es que de una entrevista en la que Pablo Alborán habló de su trabajo, de su familia, de su infancia, de los dos años en los que decidió renacer, de sus miedos, de la muerte de su abuela, de su amistades, de él en esencia, se quedó sólo el saber si es gay o no lo es o si las preguntas sobre su vida más íntima y privada eran una tapadera para acallar rumores. Sinceramente, me da igual.

Me quedo con su interpretación al piano de 'Prometo' uno de los temas de su nuevo disco; me quedo con su emoción al relatar la muerte de su abuela y como tuvo el valor de cantarla antes de morir; me quedo con el amor que siente por su ahijada, por su hermana, por su hermano y por toda su familia; me quedo con lo primero que hizo tras su retirada: limpiar la nevera; me quedo con que ha vuelto y por la puerta grande, porque gente como él se merecen lo mejor. Dejemos vivir a cada uno como quiere. Sin rumores, sin secretos...

Pese a no ser fanática de su música sí lo soy, especialmente, de Pablo como persona y anoche volvió a demostrar como ya hiciera en 'El Hormiguero', que no tiene por qué ocultar nada y que si lo hace sólo le importa a él y nada más que a él. Dio una lección de saber capear y de saber salir airoso sin defraudar. Eso es de agradecer.

Y TAMBIÉN…
Las medidas declaraciones de Pablo Alborán sobre su vida amorosa.

“No he encontrado el amor pero me lo he pasado muy bien”, desvela el cantante sobre el tiempo en que ha estado alejado de la música.
El País, 2017-10-26
https://elpais.com/elpais/2017/10/26/gente/1509005248_565919.html