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lunes, 19 de agosto de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo #stonewall | El caso de Stonewall y cómo nació el movimiento del orgullo gay

Imagen: El Mundo / Marty Robinson, activista gay, un mes después de Stonewall, 1969
El caso de Stonewall y cómo nació el movimiento del orgullo gay.
Gonzalo Ugidos | El Mundo, 2019-08-19
https://www.elmundo.es/yodona/lifestyle/2019/08/18/5d514b36fdddff85178b4623.html

Si a alguien le quedan dudas de por qué el Día Internacional del Orgullo se celebra a finales de junio, en la sexta entrega de nuestra saga del verano queda aclarado. En dicho mes, hace ahora medio siglo, una redada policial en un antro nocturno, santuario de homosexuales y otros 'apartados' de la sociedad más tradicional, fue la mecha que encendió el movimiento de reivindicación de derechos de este colectivo, hasta entonces criminalizado.

La madrugada del 28 de junio de 1969 en Nueva York, la oveja plantó cara al lobo. En palabras del poeta gay Allen Ginsberg fue la noche "en que los maricas perdieron su cara de miedo". Los homosexuales se extrañaron de su propio milagro, pero muy poco, porque la rabia había alcanzado masa crítica y desencadenó una catalítica explosiva, como cuando arrimas la lumbre al gas.

El Stonewall Inn, en el 53 de la calle Christopher del Greenwich Village neoyorquino, había abierto sus puertas en 1967 como club gay nocturno dirigido por la mafia. El clan de los Genovese invertía en estos tugurios 'underground' para vender alcohol manipulado, tabaco de contrabando y ese tipo de delicatessen. El garito no tenía salida de emergencia, el alcohol era de juzgado de guardia -bautizado y encima caro-, y de la higiene mejor no hablar: los vasos se enjuagaban en tinas con agua sucia, como para jugar a la ruleta rusa con la hepatitis. Cutre y ruidoso era, sin embargo, muy popular: el santuario de los que eran demasiado jóvenes, demasiado pobres o demasiado amanerados para ir a otra parte. A las reinas del cuero, pipiolos afeminados de espinilla rebelde, osos de pelo en pecho, drags, cachorros trans y demás forajidos sexuales les parecía guay por su tolerancia, por sus espectáculos y porque era uno de los pocos bares de ambiente en donde se podía bailar. Allí se sentían en su salsa, podían ser ellos mismos, respiraban libertad y compartían su calvario. Se escuchaban historias de gais que por culpa de la pluma habían sido despedidos del ejército y habían terminado sus días como chaperos; de lesbianas que habían perdido su trabajo por un arrumaco y habían fingido que todo estaba bien porque no podían ver la manera de cambiarlo: tenían miedo.

A pesar de que los dueños del Stonewall untaban a la policía con generosos sobornos, no eran raras las redadas so pretexto de que el local violaba la ley con demasiado descaro o, simplemente, para que la pasma sacara más tajada. O porque era año electoral, como el de 1969, y el alcalde quería enjabonarse ante la prensa.

Aquella noche, unos doscientos clientes -trans, drags, boys y hasta tipos convencionalmente trajeados- estaban bailando el frug, un tipo de rock en el que apenas se mueven los pies. Se comían con los ojos a los go-go boys o buscaban plan cuando irrumpió la bofia. Se esperaba lo normal en esos casos: algún que otro grito y algún arañazo al arrastrar a las locas fuera del local para ficharlas por vestirse de mujer. Lo previsible era que la mayoría de los clientes se identificara y se esfumara rápidamente. Pero no fue eso lo que pasó aquella calurosa noche de fin de semana.

En su libro 'Stonewall', cuenta David Carter que Seymour Pine, inspector adjunto de la policía de Nueva York, estaba decidido a cerrar el local que, sin serlo, pretendía ser un bottle bar (un club privado que no servía alcohol pero donde los clientes podían llevar sus botellas). El martes 24 de junio, Pine entró y confiscó todas las botellas, pero cuando se fue, el gerente Michael Fader se jactó de que volvería a abrir al día siguiente. Pine se fue picado, en parte porque sabía que era verdad. De hecho, el bar abrió el miércoles y Pine rumió el contragolpe. Volvió en la noche del viernes 28 al sábado 29 con ganas de guerra y un plan meticuloso: obtuvo una orden de registro, colocó agentes de paisano dentro del bar e invitó a presenciar la operación a los funcionarios municipales y federales concernidos.

A la una y veinte de la madrugada, Pine y su escuadrón del vicio llegaron a las puertas dobles del bar. La música se apagó, las luces principales se encendieron y comenzó el baile cuando la pasma se incautó de veintiocho cajas de cerveza y diecinueve botellas de licor. Eran la prueba de cargo de que el Stonewall no era un bottle bar. Ordenaron a los clientes alinearse contra la pared e identificarse, aquellos cuyo sexo no estuviera claro serían llevados a un reservado para verificarlo. Los intersex y las drags se negaron a acompañar a los agentes al reservado. Otros clientes tenían buenos motivos para no identificarse y empezaron a gritar y a maldecir a los asaltantes. Cuando los iban a llevar a comisaría, Marsha P. Johnson, una negra trans, se opuso con poca diplomacia: lanzó una botella al espejo. Marsha celebraba en el local su 25 cumpleaños y, como muchas mujeres trans, actuaba como drag queen. Su gesto marcó un antes y un después porque su botellazo mostraba el camino a la resistencia: algunos clientes se escabulleron, pero la mayoría se quedó para armar alboroto.

Fuera del local se había concentrado una multitud de unos seiscientos aliados y a Pine no le llegaba la camisa al cuello. Corrió el rumor de que en el interior la poli se había liado a golpes y uno de los espectadores gritó: "¡Poder gay!", alguien comenzó a cantar 'We Shall Overcome' [un tema de gospel que con el tiempo se convirtió en canción protesta] y, dispuestos a vencer, el himno se multiplicó en boca de todos. La policía arrestó a algunos, entre ellos al cantante Dave Van Ronk que, aunque no era gay, conocía bien la violencia policial por haber participado en manifestaciones contra la guerra de Vietnam: "Cualquiera que se enfrentara a la bofia me tenía de su lado, por eso me quedé", dijo resumiendo el credo de tantos.

Cuando sacaron a la primeras locas esposadas, Stormé DeLarverie -lesbiana marimacho, drag king, cantante y guardaespaldas- llevó la tensión a su punto de ebullición luchando cuerpo a cuerpo contra los agentes, que la zurraron de lo lindo. Cuando la metían en el furgón, se volvió hacia la multitud y gritó: "¿Por qué no hacéis algo?". Los gais y sus aliados podían hacer algo, por supuesto, a fin de cuentas eran muchos más que los polis. Una andanada de piedras, monedas, botellas de cerveza, latas, cubos de basura y ladrillos cayeron sobre los guardianes de la ley. Se pincharon neumáticos y se arrancaron parquímetros del pavimento, que usaron como arietes. No lograban identificar qué sentimientos estaban experimentando: oscilaban entre el triunfo y el miedo; pero sobre todo estaban a tope de adrenalina.

Con la pistola desenfundada, la policía tuvo que refugiarse en el bar y los insurrectos le pegaron fuego, hubo que llamar a los antidisturbios y a los bomberos. La escena era tan incendiaria, y al tiempo tan mística, que Sylvia Rivera, una drag queen portorriqueña de 17 años, gritó: "¡Es la revolución!". Fue de las más activas en la pelea, dominaba la técnica de tocar los huevos lanzando botellas. La peña del bar estaba compuesta de blancos, negros e hispanos, y aunque había pocas mujeres trans, lesbianas dyke y drags fueron las más decididas, el auténtico catalizador de los disturbios.

A las cuatro de la mañana, el Stonewall estaba en ruinas y las calles tranquilas. Parecía que todo había terminado; pero de eso nada. El espíritu Stonewall se reactivó la noche siguiente, y la siguiente, y la otra. Los que habían salido del armario no querían volver a entrar. No se había visto nada igual desde el Boston Tea Party.

Unos días después se fundó en Nueva York el Frente de Liberación Gay y, muy pronto, en otras ciudades otros grupos ya estaban predicando el "orgullo gay", enfrentándose a la poli y exigiendo que se cambiaran las leyes. De la noche a la mañana, surgieron cabeceras como 'Come Out', en Nueva York, 'Fag Rag' en Boston, 'Gay Sunshine' en San Francisco, todas con el mismo mensaje: la homosexualidad no era una enfermedad, una "perversión" o una forma inferior de sexualidad, era hora de que los gais dejaran de menospreciarse a sí mismos. Había que acabar con la ocultación de las preferencias sexuales, los hombres y mujeres homosexuales que fingían no serlo entorpecían la lucha, perpetuaban las prácticas discriminatorias de contratación y despido, y nutrían el hampa sórdida de bares gais, chantaje sexual y extorsión policial. El 'Manifiesto Gay' de Carl Wittman comparaba a los "maricas vergonzantes" con los Tíos Tom negros, cipayos que tenían la astucia del proscrito y su camuflaje. Wittman captó la idea, había llegado el tiempo de dejar de huir de "polis chantajistas, de familias que nos repudian o nos toleran, de rufianes que nos maltratan".

Antes de la rebelión en el Stonewall, todas las semanas más de un centenar de homosexuales eran detenidos en Nueva York. Travestirse o las demostraciones públicas de afecto podían resultar en graves acusaciones con cárcel o multa. Ser gay era tan ilegal como robar coches o asaltar bancos. Por eso vivían dentro del armario. El miedo los mantenía a raya, les impartía lecciones de moral. Después de Stonewall, el 'Manifiesto Gay' pedía que salieran a la luz del día: "No os escondáis más, salid".

Y lo hicieron. Salieron en tropel. La perpleja Norteamérica normal se encontró de repente conviviendo con una segunda sociedad gay, un mundo social paralelo que había surgido en todas las grandes ciudades y en muchas de las más pequeñas, que abarcaba a millones de hombres y mujeres. Hacia 1980 en Estados Unidos y Canadá se había desarrollado la minoría homosexual más grande, mejor organizada y más poderosa de la historia del mundo. La edición de 'Gayellow Pages' (páginas amarillas gais) de Nueva York-Nueva Jersey contenía 96 páginas de listas y anuncios que ofrecían a los homosexuales todo tipo de servicios. El nuevo mensaje, proclamado tanto desde las páginas de populares manuales matrimoniales, que explicaban los placeres del sexo, como desde los desplegables centrales del Penthouse, Playboy y Playgirl, era que el sexo ni está ni tiene por qué estar al servicio de la reproducción.

Por supuesto, los bares gais no se convirtieron milagrosamente en paraísos utópicos al día siguiente de los disturbios. El control de la mafia y las redadas de la policía continuaron; pero la poli se lo pensaba dos veces antes de pasarse de la raya. El miedo estaba cambiando de bando. Los humillados y sumisos se habían convertido en activistas irascibles del 'gay power'; los desesperados, en partisanos airados del 'gay pride'. Total, que los gais se soltaron el pelo, que es como tituló el antropólogo Marvin Harris un ensayo sobre la liberación homosexual.

Todavía hoy no es fácil saber lo que produjo aquella alquimia; tal vez la inspiraron los negros y sus movimientos de liberación, tal vez el movimiento feminista, seguramente los gais aprendieron de los hippies a dejar de guardar las apariencias. El cuerpo militar tebano llamado Batallón Sagrado debía su fuerza a la unidad homosexual de sus guerreros, ahí tenían los rebeldes del Stonewall un espejo en el que mirarse para enseñarle los dientes a la bofia. Eso sin olvidar que el calor funde el hielo y la redada en el Stonewall tuvo lugar un fin de semana muy caluroso del verano junto a Christopher Park, territorio de adolescentes sin hogar, sin familia, sin trabajo y sin nada que perder incendiando el barrio. También sumó la chiripa de que, como cientos de neoyorquinos, dos periodistas de The Village Voice, un semanal muy influyente, tropezaron con el motín y la redada se dejó oír de costa a costa. En cualquier caso, había algo en lo que los insurgentes podían estar de acuerdo: todo ocurrió rápida y espontáneamente. En 'El mago de Oz', Judy Garland, icono gay, cantaba 'Over the Rainbow', que evocaba un lugar más allá del arco iris donde los sueños se hacían realidad. Acababa de morir; pero su canción fue el himno de la movida.

Me tropiezo con esta frase de Camus: "En las profundidades del invierno, finalmente descubrí que dentro de mí había un verano invencible". Tal vez fue algo parecido a eso lo que, aquella noche sofocante, descubrieron de golpe los maricas del Stonewall. Aupados al pedestal de su victimismo histórico y de su inocencia manifiesta, conquistaron un largo verano.

viernes, 5 de julio de 2019

#hemeroteca #lesbianismo #stonewall | La verdadera historia de la lesbiana que inició el movimiento LGTBI golpeando a un policía

Imagen: The New York Times / Stormé DeLarverie
La verdadera historia de la lesbiana que inició el movimiento LGTBI golpeando a un policía.
Cuando detuvieron a Stormé DeLarverie, su grito "¿Es que no pensáis hacer nada?" no cayó en saco roto. Así se lanzaron los primeros ladrillos de Stonewall.
Rubén Romero Santos | SModa, El País, 2019-07-05
https://smoda.elpais.com/feminismo/la-verdadera-historia-de-la-lesbiana-que-inicio-el-movimiento-lgtbi-golpeando-a-un-policia/

El 28 de junio de 1969, “una mujer golpeó a un policía”. Así se inicia la narración canónica de la revuelta de la comunidad gay en 1969, los conocidos como disturbios de Stonewall, momento icónico del inicio de la lucha del movimiento LGTB+. Pero para una fecha tan sumamente simbólica y mitificada resulta curioso que, hasta hace relativamente poco, pocos supieran que esa primera mujer –la que golpeó a un policía– era una cantante negra y lesbiana que respondía al nombre de Stormé DeLarverie.

Stormé había nacido en 1920. Era hija de un acaudalado empresario de Nueva Orleans y de una madre negra. En una entrevista en 2001, se definió como “una negra con cara blanca”, motivo por el cual sufrió el acoso de ambas comunidades. Abandonó su hogar a los 15 años para enrolarse en diferentes bandas de jazz. Pronto desarrolló un peculiar estilo dentro y fuera del escenario: sobre él, vestía como un hombre, con un elegante traje oscuro y una pajarita de nudo impecable al que, en ocasiones, acompañaba de un fino bigotito a lo Clark Gable dibujado sobre sus labios; cuando no estaba delante de un micro, vestía como una mujer. En una entrevista para la página web AfterEllen.com, reconocía su condición de pionera en el mundo de la moda: “¡Me empecé a vestir así y después (otras lesbianas) empezaron a imitarme!”.

Tan popular era su carrera artística y tan característica su voz de barítono que incluso recibió los halagos de grandes damas del jazz como Dinah Washington o Billie Holliday. Tan impactante resultaba su estilismo que Diane Arbus, la gran fotógrafa neoyorquina, no pudo dejar de captarla con su objetivo en una instantánea tomada en 1961 con el revelador título: “Miss Stormé de Larverie, la mujer que parece un caballero, N.Y.C”.

Ocho años después, el 28 de junio de 1969, la policía de Nueva York inició una redada en The Stonewall Inn, un bar de ambiente situado en el Village. Por entonces, el transformismo era motivo de arresto, y allí estaba Stormé con su irreprochable atuendo masculino. Pasada la una de la mañana, “una lesbiana marimacho” según se podía leer en el atestado policial, golpeó a un policía. Según Stormé, todo empezó cuando el policía, creyendo que era un hombre, le soltó un “¡andando, maricón!”. Stormé, acostumbrada a luchar por su raza y su orientación sexual durante sus 48 años de existencia, se revolvió contra el insulto reclamando dignidad. El policía no mostró una faz muy dialogante: su porra voló por los aires e impactó en su cabeza y, de nuevo, Stormé no se quedó quieta y devolvió el golpe con un enérgico puñetazo. “A mí me sangraba la cabeza, pero él estaba en el suelo, inconsciente”, contaba en una entrevista en 2001. Cuando se la llevaban esposada y la introducían en el furgón policial, Stormé se dirigió a los que asistían a su detención y les gritó: “¿Es que no pensáis hacer nada?”. Su proclama no cayó en saco roto. Sus vecinos del West Village, sus compañeros y compañeras de orientación sexual, decidieron enfrentarse a la policía durante varias semanas defendiendo su derecho a vivir libremente su sexualidad. El resto es historia.

Después de aquellos días, la memoria del liderazgo de Stonewall recayó principalmente sobre dos activistas transexuales, Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera. El recuerdo de Stormé desapareció. En parte porque nunca quiso atribuirse el mérito, y en parte, porque apenas un mes después de los disturbios, DeLarverie quedó desconsolada tras la muerte de Diana, la que había sido su novia durante 26 años. Abandonó los escenarios y la vida artística. Se instaló en el célebre Chelsea Hotel y se reinventó como agente de seguridad de los bares de lesbianas, ofreciendo protección a las más jóvenes.

Tuvieron que pasar décadas hasta que, reconstruyendo aquellos días para su libro ‘The Gay Metropolis’, en 1997, el escritor Charles Kaiser dio con la pista de la misteriosa “lesbiana marimacho”. El libro la recuperó para el movimiento y, a partir de entonces, se convirtió en todo un referente. Murió en 2014, con 83 años. En su obituario, The New York Times describió sus paseos por la parte baja de Manhattan como los de “una súper heroína gay”. Ella siempre se mostró mucho más modesta al recordar aquel puñetazo que cambió la historia del movimiento LGTB+: “Solo soy un ser humano que ha sobrevivido. Tan solo me he dedicado a ayudar a otras para que también sobrevivan”.

lunes, 2 de julio de 2018

#hemeroteca #lesbianismo | Invisibles

Imagen: El País / Protagonistas de 'The L Word'
Invisibles.
Por más que busquemos en el pozo sin fondo de contenidos televisivos, apenas encontraremos series con protagonistas lesbianas.
Héctor Llanos Martínez | El País, 2018-07-02
https://elpais.com/cultura/2018/07/01/television/1530459539_161506.html

Una mujer lesbiana o bisexual en una serie estadounidense es sinónimo de personaje muerto en un 25% de los casos. Hasta los secundarios de 'Juego de tronos' tienen más posibilidades de sobrevivir. GLAAD, la asociación estadounidense en favor de los derechos LGTB+, lleva años advirtiéndolo en sus informes anuales.

La comunidad acaba de vivir dos hitos en la pantalla, pero ninguno tiene que ver con las lesbianas. Las plataformas de ‘streaming’ se han peleado en los últimos meses por los derechos de emisión de ‘Con amor, Simón’. Su mayor virtud es resultar una película mediocre. Una comedia romántica diseñada para atrapar a espectadores adolescentes, con resortes narrativos propios de los clásicos del género dirigidos por John Hughes. ‘La chica de rosa’ que sopla ‘16 velas’ se ha convertido esta vez en un chico gay. Nada menos que tres décadas después. Lo de 'Pose', que emite HBO España, era más impensable. Sus actrices principales son casi todas transexuales.

Pero, por más que busquemos en el pozo sin fondo de contenidos televisivos, apenas encontraremos series con protagonistas lesbianas. Las pocas que no son invisibles están en la cárcel, como en 'Orange Is the New Black' o en su imitación española ‘Vis a vis’, o viven sumidas en histeria, drama y demás ‘bollotópicos’, como en ‘American Horror Story: Cult’.

Solo el posible regreso de un clásico como ‘The L Word’ o el de la Irene Larra de ‘El Ministerio del Tiempo’ pueden romper la tendencia. Aunque no será por falta de referentes. Tras las protestas de Stonewall que inspiraron la marcha del Orgullo se encontraba Stormé DeLarverie y al lado del activista Harvey Milk estuvo su directora de campaña, Anne Kronenberg. El movimiento ‘queercore’ que transitaba los locales punk del mismo Nueva York ochentero en el que se ambienta ‘Pose’ estaba lleno de lesbianas. Nadie cuenta sus historias.

Es algo que pasa en la televisión más que en ningún otro sitio: si no consumes, no existes. O mueres.