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martes, 26 de septiembre de 2023

#hemeroteca #gais #testimonios | La cachonda y a veces odiosa vida de Terenci Moix: "Hoy su vida se parecería a la de C. Tangana"

El Mundo / Terenci Moix //

La cachonda y a veces odiosa vida de Terenci Moix: "Hoy su vida se parecería a la de C. Tangana"

La directora Laura Lallana ofrece un retrato emocionante y descarnado en una nueva serie documental sobre el autor de 'El día que murió Marilyn'
Luis Alemany | El Mundo, 2023-09-26
https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2023/09/26/6511aacee85ece80328b4590.html

Hay cuatro momentos que merece la pena contar en ‘Terenci: La fabulación infinita’, la serie documental creada por Álvaro Augusto y dirigida por Laura Lallana y que Filmin estrena este fin de semana. La primera escena es cómica: el novio del escritor, Enric Majó, lo ha abandonado tras 14 años de convivencia. Terenci Moix dice que se va a suicidar. Sus amigos, convocados para ser espectadores de la tragedia, no se lo toman en serio pero disimulan porque saben que, si Terenci se diese cuenta de que se ríen de él, sería capaz de matarse por orgullo. Por fin llega un médico y a Terenci lo meten en una ambulancia. Y, cuando está a punto de tomar el camino del hospital, grita: «Oye, ¡hay que avisar a la agencia EFE!».

En otra escena de la serie, Terenci, que está en la plenitud de su fama pero, a la vez, ha empezado ya secretamente su decadencia, va a un programa de TVE de estética y público veinteañero. Hay espectadores en el plató y está previsto que hagan sus preguntas al invitado. Un chico le dice entonces una impertinencia: ¿cómo puede ser que el autor de libros tan buenos como ‘El día que murió Marylin’ haga novelas tan malas como ‘No digas que fue un sueño’? Terenci se revuelve y responde con gracia al ataque, pero en su expresión se nota que aquel espectador ha dado en la diana, que el ataque le ha dolido porque, en el fondo, tiene razón.

«Ese es uno de mis momentos favoritos de la serie, porque explica maravillosamente las contradicciones de Terenci», dice Laura Lallana. «Un guionista de una ficción no hubiese podido imaginar una escena así. Terenci quería obsesivamente estar bajo el foco y lo logró, pero hubo un momento en el que eso se le volvió en su contra. En ese programa, los jóvenes le escupen en la cara, le dicen que es parte de lo viejo y a él se le cae todo en directo... Pero es que Terenci era como un ‘influencer’, era un artista que no sólo piensa en su obra sino en su personaje. Si hoy viviese, su vida no se parecería a la del escritor que más libros vende en España. Su vida se parecería a la de C Tangana».

En realidad, ‘Terenci: La fabulación infinita’ tampoco habla mucho de literatura, si acaso un par de minutos en los que Luis Antonio de Villena, entrevistado para el documental, cuenta que, en efecto, Terenci decidió hacer novelas no muy buenas que se vendiesen mucho y que eso le atormentaba un poco, pero tampoco tanto. De modo que, cuando se habla de literatura, en realidad, se está hablando de la persona, de su relación con el dinero, de sus ambiciones y de sus fracasos. La directora de la serie dice que no conecta del todo con el lenguaje enrevesado de los libros de Moix, quien murió hace 20 años, y el guionista dice que aprecia en ellos, sobre todo, su valor sociológico. «Sus memorias me parecen importantes. Hay pocos testimonios así de una infancia gay en España», opina Augusto, que también destaca sus textos de memoria y crítica cinematográficas.

Si alguien quiere literatura, tendrá que volver a ‘El mundo es un sueño pop’ (RBA), la biografía que Juan Bonilla escribió hace una década, enfocada en contar su vida a través de sus libros. Bonilla presentaba allí a Moix como un pionero de la autoficción y como un escritor que había construido un equipaje intelectual insólito en su generación. Pero esa teoría no aparece en la serie porque Bonilla no quiso aparecer entrevistado para ‘Terenci: la fabulación infinita’.

¿Se contradicen la serie y el libro? En parte sí y en parte no. La vida que narran es la misma, divertidísima, kitsch y a veces odiosa. En la serie, Terenci aparece chantajeando, mintiendo, vampirizando, derrochando... En el libro de Juan Bonilla también, pero si algo redime al escritor son cuatro o cinco buenas novelas, distintas a cualquier otra obra escrita en España en esa época. En la serie, en cambio, la redención es el perdón de las personas que quisieron a Terenci y que, al cabo de los años, prefieren quedarse con su gracia natural, con su encanto y con la pena que les da pensar en el daño que se hizo a sí mismo con algunas de sus decisiones.

La serie de Filmin tiene material formidable, que eso no lo dude nadie. Aparece Vicente Molina Foix contando su noviazgo primerizo con Moix. Aparecen Nùria Espert y Colita contando con mucha ternura verdades durísimas de su amigo del alma. «Creo que el tiempo ha ido en nuestro favor y ha animado a mucha gente a contar su versión de Terenci», dice Lallana. Aparece Enric Majó y lo explica todo con una voz admirable. Cuenta el encantamiento y cuenta el desamor y dice una frase tristísima con la que termina el segundo capítulo de la serie: «Y entonces, Terenci decidió arruinarme la vida».

«El núcleo del documental es la vida amorosa de Terenci pero no porque lo que nos interese el cotilleo, sino porque creemos que es la mejor manera de acceder al personaje. Es el medio, no el fin», dice la directora de la serie. La tercera y la cuarta escena que merecen ser contadas en su obra son lances de amor. En una, aparece Majó vestido de Tarzán. Moix, pequeño y desaseado, más parecido a Sal Mineo que a James Dean, había visto en Majó a una especie de Dios griego salido de un sueño. El actor era un hombre alto, guapo y bueno y tenía una carrera notable en el teatro, pero Terenci decidió que su reconocimiento no era suficiente y volcó todo su talento y su fama en escribir para él. Cuando su noviazgo empezó a languidecer, Terenci convirtió a Majó en un medio para su fantasía: lo vistió de Tarzán porque el vestido de taparrabos le reanimaba el deseo. ¿Tenía ganas Majó de hacer de Tarzán? No es probable.

«Hubo entrevistas con Enric muy emocionantes, lloramos todos con él. La conclusión a la que llegamos es que Terenci vivió en la creencia de que la idea del amor era más importante que el amante que tenía a su lado. Vivía en un mundo de las ideas y eso atravesaba las relaciones y arrastraba a las personas. Es verdad que él dio mucho, que fue muy generoso con Enric, pero no era verdaderamente consciente de él», dice la directora.

En su serie también habla Pablo Parellada, el último novio de Terenci, un entonces postadolescente que en el libro de Juan Bonilla está retratado como una presencia devastadora en su vida. En la serie, Pablo aparece referido como Pablito y merece más compasión que censura, aunque algunos de sus vídeos domésticos son espeluznantes. En ellos, Pablito hace de Lolita y Terenci, de Humbert Humbert. Al principio, el escritor está en una posición de poder: «¿Eres un niño mimado? ¿Sí? ¿Por quién?», le pregunta en un hotel de lujo de París. Después, Terenci aparece al borde de la humillación. Esa es la cuarta escena estelar de la serie: Pablo riñe a Terenci por un malentendido, lo riñe y juega al ensañamiento. Y Terenci acepta la escena con una expresión de tristeza absoluta.

Sólo falta hablar de política. En ‘El mundo es un sueño pop’ y, más veladamente, en ‘Terenci: La fabulación infinita’ aparece una idea muy sorprendente: Terenci, escritor en lengua catalana de éxito y gay desvergonzado durante la dictadura, nunca chocó verdaderamente con el sistema. Nunca lo detuvieron ni censuraron, siempre lo recibieron en la tele con alegría y le rieron el ingenio... A Terenci, en el fondo, le fue bien en el franquismo. «Porque él estaba en la ficción, no en la realidad. Él estaba en Clark Gable y en Marylin Monroe, no en cambiar el sistema. En sus memorias cuenta que su mayor reproche a Francisco Franco era que el NO-DO le hacía perder el tiempo antes de ver a las estrellas de Hollywood, que eran lo que a él le interesaban», cuenta Álvaro Augusto.

-O sea que, ¿si Franco hubiese tenido la planta de Rock Hudson, lo hubiese visto diferente?

-Eso es. A Franco no lo odiaba porque le limitase la libertad, sino porque era un señor bajo y feo que aparecía con La Collares.

lunes, 9 de octubre de 2017

#hemeroteca #libros #testimonios | Vicente Molina Foix: “Solo amé una vez”

Imagen: El País / Ramón (Terenci Moix) y Vicente Molina Foix en Barcelona en 1965
Vicente Molina Foix: “Solo amé una vez”.
En 'El joven sin alma', el escritor ajusta cuentas con su juventud. Desdoblándose para convertirse en personaje, recrea su relación con Terenci Moix y las alegrías y tristezas de los 'Nueve novísimos'.
Juan Cruz | El País, 2017-10-09
https://elpais.com/cultura/2017/10/09/babelia/1507538057_694863.html

No hay trampas en este libro, aunque haya ficción. ‘El joven sin alma’ (Anagrama) es la historia personal de Vicente Molina Foix. En primera persona, aunque empiece (y acabe) siendo él dos Vicente, afrontados por un espejo inquietante. Los nombres propios (Pedro, Guillermo, Ramón, Ana, Leopoldo) son los nombres que tuvieron entonces, en los años 60 del siglo XX, algunos de los escritores más notorios de la generación del autor que es, él lo dice, “el joven sin alma”. Él tuvo amores con Ramón, que pasó luego a la historia como Terenci Moix. El resto (Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, el citado Terenci, Ana María Moix, Leopoldo María Panero) son los amigos de Vicente. Es una historia, tantas veces triste, de amores y de amistad y de cine y de alegría de un grupo que, en parte, consagró Josep Maria Castellet en ‘Nueve novísimos’.

Pregunta. Eran la 'coqueluche'.
Respuesta. Así lo bautizó Castellet, sí. En el libro se habla de este grupo, del personaje llamado Vicente cuando los encuentra. Es una novela muy de formación porque es la historia de cómo se forma una conciencia: un grupo de personas en el tiempo de un cambio no sólo político, aunque haya política, sino sobre todo moral y personal, de un cambio de vida.

P. Existe un juego literario, el de los dos Vicentes. ¿Quién es Vicente Molina-Foix de los dos?
R. No es un ‘alter ego’, ni un super­ego ni un ego. Hay un narrador que es Vicente, el protagonista del libro y también vividor de lo que se cuenta, un verificador. Lo dice al principio: “Yo no me voy a llamar de ninguna manera”. Y nunca se dice quién es, aunque se sabe que es él mismo. Me gustó hacer este juego, y tiene esta finalidad: que el Vicente con nombre y apellido quiere ser personaje en este libro, no quiere ser autor. Soy autor y personaje.

P. ¿Cuál de los dos vive ahora con usted?
R. Yo sigo siendo el primero, el que tiene la memoria interior de todo aquello, el que retrata todas las cosas; igual que sucede en El abrecartas, aunque yo no lo sabía, ahí no soy yo, soy el que escribe las cartas de todos los personajes. En este caso yo he vivido muchas de las cosas, desde mi encuentro con Cela en mi adolescencia al conocimiento de unas hermanas bellísimas y a mi descubrimiento de un grupo de personas que me cambió la vida cuando entré en contacto con ellas en Film Ideal. Esa es la persona que soy. Pero como el libro no es una memoria ni una autobiografía, sino una novela, una novela romántica, he tenido una enorme libertad.

P. “Sin alma”. El apellido del título es muy terminante. ¿Es así como se ve?
R. Me veo sin alma en el sentido amoroso de la palabra, en el sentimental, porque la novela tiene una parte sentimental muy importante. No me veo como una persona desalmada. El “sin alma” es, además, una manera de hablar de los personajes; disfruté mucho siendo personaje, tratándome de personaje. De todos los personajes de este grupo de seis, Vicente es el que menos ama, el que no sabe amar, el que ama el cine, la amistad, sus vivencias, su ideología, sus abrigos, pero no se entrega amorosamente en una novela en la que todos los demás, excelentes escritores en la realidad conocida, saben amar y de alguna forma viven pendientes del amor. Únicamente en ese sentido se dice “sin alma”.

P. ¿Usted era así?
R. Sí. Yo solamente he amado, lo que se dice amar, una vez en mi vida. Las otras veces no es que hiciera cabronadas, al menos no intencionadamente. No. Yo no sabía amar, o quizá no me interesaba tanto amar durante un periodo. Ese es el joven sin alma. Luego el personaje cambia, claro, en todo caso esa es también otra de las maneras por las que yo los veo unidos; se cuenta en El invitado amargo (que con El abrecartas constituye una especie de trilogía): ahí sí hay amor.

P. Hay muchas referencias a la carencia de alma. Como si fuera una autocrítica.
R. Sí, es una autocrítica. El libro tiene autocrítica en la parte que corresponde. Ahí es muy importante que un Vicente le diga al otro que no mienta. Se habla de un tiempo en que el joven no traiciona, sino que no sabe llegar. No es la historia de una traición ni de una maldad premeditada. Mis amigos estaban suicidándose continuamente por amor… Los demás tomaban cosas y amenazaban con irse de este mundo. Y mi carácter siempre fue un poco más frío, más prudeLnte.

P. ¿Y no hay ego? Escribe usted: “1969. Y todos habían publicado menos yo”.
R. Es una declaración muy verdadera. Ahí me reivindico como un alumno, he sido siempre muy buen alumno. Ahora que ya tengo una edad muy provecta hago una especie de mirada sobre la vida y me doy cuenta de que para mí el elemento creativo, en mi carácter y en mi obra, ha sido el aprendizaje de gente que he tenido la suerte de tener como maestros, algunos mayores, pero algunos de mi edad. Pedro, Ramón, Ana, Leopoldo, Guillermo fueron maestros coetáneos… Luego los he tenido de todas las edades. Y eso de no haber publicado como ellos no eran celos, quizá si lo hubieran sido me hubiera apartado de ellos: la mía era una voluntad de impregnación.

P. Ramón le dice: “Presumido indeciso”. Ana María le espeta: “Vicente, eres un triste, no morirás joven, lo cual no significa que serás un triste para siempre”. Ahí se quiebra el ego…
R. No, el libro no es egocéntrico. Es lo que más he trabajado, no sólo contar la trayectoria de Vicente, sino la vida de este con otras personas. Pedro va a presentar el libro en Barcelona: creo que es la primera vez que un personaje de ficción presenta un libro. Él dice que se ha reconocido cuando habla, aunque no del todo. Es muy importante en el libro Guillermo Carnero, que aún no lo ha leído. Otros por desgracia han muerto. Y para mí era fundamental crear compactadamente esta aventura que nos junta entre 1964 y 1969, el periodo que en realidad cubre el libro con mayor extensión. Y las voces están escritas por mí o, en el caso de algunas de las cartas, reescritas por mí, para darles la verdad que yo mismo me doy a mí mismo. Para darles una densidad que no traicionara su verdad.

P. ¿Y es un libro triste?
R. Es un libro lleno de humor. El arma de construcción masiva de mis libros y de mi vida es el humor; me considero un humorista, si no fuera tan tímido querría dedicarme a ser humorista en la tele. Pero al mismo tiempo hay una tristeza que es consustancial a mi carácter, una especie de pesimismo o melancolía contra la que yo mismo lucho con el humor. No lo quita pero lo palia un poco y lo hace más llevadero.

P. Con todos esos personajes tuvo mucha relación. Con Ramón (Terenci) hay una ruptura dramática. ¿Volvió la amistad o aquella se rompió?
R. Volvió la amistad. Con Ramón tardó tiempo pero volvió; con Pedro y el personaje llamado doctora Mabuse, se produjo el corte que se cuenta. Volvió con Guillermo Carnero, con el que no hubo ningún incidente, simplemente nos separamos por la vida. Y con la persona con la que más crisis hubo fue con quien probablemente fue mi mejor amigo de todos ellos, Leopoldo María. Con Leopoldo viví durante un periodo corto una relación de una intensidad amistosa enorme. Me deslumbró mucho Ramón, me intrigó mucho Ana María, también Pedro con su cultura y su manera de ser. Pero el Leopoldo que yo reflejo en el libro fue verdaderamente la persona más refulgente de aquel periodo. Me deslumbró, pero luego se apagó el fuego.

P. ¿El libro le ha servido para recuperar el alma?
R. Sí, yo creo que me he planteado muchas dudas sobre mí mismo; también coincide que el libro está escrito a una edad en la que uno tiene que hacer balances de todo tipo. Creo que si al lector de este libro, el que no haya leído nada mío antes, le interesara y le intrigara, podría volverse a El invitado amargo, porque ahí se da respuesta a esa pregunta; aquella sí que fue una relación en la que el autor se implicó y luchó mucho. No llegó a suicidarse porque yo no soy del género suicida, y eso es una especie de predisposición, pero tuve un gran sufrimiento.

P. Es la vez que usted amó.
R. Sí, esa es la vez que amé, exacto.

Y TAMBIÉN…
La nata fresca de los clásicos.
Elegiaca y celebratoria, la novela de Vicente Molina Foix narra con intensidad y veracidad la iniciación cultural y sexual de su autor.
Jordi Gracia | El País, 2017-10-09
https://elpais.com/cultura/2017/10/09/babelia/1507539490_935109.html
Molina Foix evoca su educación sentimental de los años 60 en su nueva novela.
EFE | El Diario, 2017-10-09

http://www.eldiario.es/cultura/Molina-Foix-educacion-sentimental-novela_0_695381170.html
Vicente Molina Foix novela la historia de España "en zapatillas".
La España de la posguerra se explica entre la ficción y la narración.
Europa Press | La Vanguardia, 2017-10-09

martes, 23 de febrero de 2016

#hemeroteca #libros #literatura | Leyendo con Vicente Molina Foix

Leyendo con Vicente Molina Foix.
El autor de 'El abrecartas' publica 40 años de lecturas que forman parte de su educación literaria y sentimental.
Juan Cruz | El País, 2016-02-23
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/17/babelia/1455727962_715984.html

Hay algunos libros (‘La verdad de las mentiras’, de Vargas Llosa; ‘Pura alegría’, de Muñoz Molina, ‘Por las fronteras de Europa’, de Mercedes Monmany) que te llevan derecho a la biblioteca, a la librería de fondo, a tu propia estantería. Porque leer procede del entusiasmo, de la alegría que comunican los otros. Al sueño que te regalan para escapar de la realidad. A esos libros, y a muchos más, se une a partir de ahora ‘Enemigos de lo real’ (Galaxia Gutenberg, 2016), un volumen en el que el ilicitano Vicente Molina Foix hace crítica, crónica y recuento de lo que ha ido leyendo a lo largo de una vida dedicada a leer… y a escribir. Es el autor de ‘El abrecartas’ (Anagrama, 2007), que refleja vida y relaciones, en clave de ficción, de su amigo Vicente Aleixandre y de otros personajes de la misma generación, como Miguel Hernández. Esa obra mereció el Premio Nacional de Literatura y, como muchos de los libros que aparecen en ‘Enemigos de lo real’, debió su éxito a lo que libreros y editores llaman boca a boca.

‘Enemigos de lo real’ cubre 40 años de lecturas. Y se inicia con un atrevimiento, pues empezar un libro de lecturas habidas con sendos ensayos sobre Montaigne y Shakespeare pone cuesta arriba a los que hubieran preferido que, al menos, hubiera comenzado por Guillermo Cabrera Infante, que fue su amigo y que, antes de conocerlo, le proporcionó un resplandor que otros de su generación disfrutaron, ‘Tres tristes tigres’. Por supuesto que están Cabrera y ese libro en ‘Enemigos de lo real’, pero a Molina Foix (y al editor, seguramente) le pareció adecuado comenzar con Montaigne y Shakespeare. Este es un libro para empezar a leer. ¿Por dónde debe empezarlo alguien que no sea tan culto como usted?, le preguntamos al autor. Y Molina lo explica: “Empezar por Montaigne y sus lectores, que van desde John Florio hasta Baroja, Gide, Pla o Azorín, y seguir con las casi 100 páginas de Shakespeare, es buen comienzo, pienso. Pero el libro, como me ha dicho que iba a hacer un escritor más joven que yo que lo tenía entre manos, puede leerse a bocados. El menú es largo, y la lectura, como todos los deseos, caprichosa”.

El menú es largo, y sólido, como una comida en países fríos. Y tiene todo tipo de ingredientes. Hay un elemento común, el estilo, el humor; el conjunto produce la sensación de entusiasmo, al estilo de aquella pura alegría de Muñoz Molina. Un menú largo, más de 500 páginas, que comienzan con ese texto sobre Montaigne y que incluye el primer texto de revisión literaria que el autor escribió sobre el cubano Calvert Casey en 1969. En la selección, que incluye textos juveniles y muchos otros en los que interviene el comentarista veterano (más avezado, seguramente, pero igualmente perplejo o feliz ante lo que descubre), se advierte una comunidad de ritmo, de modo que incluso la erudición forma parte de esa música que acompaña sus lecturas. Molina Foix rehúye las notas, pero como los comentaristas anglosajones hace ingresar en ellas numerosos datos que ponen en contexto a los libros y a sus autores, sus pasiones, los hechos reales de sus vidas. Él no sabe, dice ante una pregunta nuestra, “si hay un estilo de ensayo literario Foix, pero si se advierte en ‘Enemigos de lo real’ un modo especial, entre conversacional y fundamentado, de escribir sobre libros y autores, me sentiría muy satisfecho, pues, aun siendo yo un afrancesado cultural en la intimidad, la manera ensayística anglosajona es la que prefiero y más he cultivado como aprendiz y lector”.

Ese estilo no tendrá nombre propio, pero lo que sí hay es ritmo en la diversidad de libros y de autores. Lo que los comunica entre sí es, sin duda, la identidad del lector, la manera de leer de Molina Foix. ¿Cómo se formó? Así narra el autor su origen como lector:

—Las tardes alicantinas de un chico de 12 o 13 años no practicante del fútbol y que, al terminar los deberes del colegio, vio en la biblioteca familiar dominada por los tomazos paternos de derecho y economía unos libros con vistosas portadas. Eran de una colección, La Novela Teatral, heredada de mi abuelo, un hombre teatrero al que no llegué a conocer, y esas fueron mis primeras lecturas, obras de Muñoz Seca, Ibsen, Maeterlinck, no todas entendidas entonces por igual. Quizá esa iniciación casual tuvo que ver con mi gusto de leer teatro, mantenido siempre y reflejado en una parte considerable de ‘Enemigos de lo real’.

El gusto de leer subraya el tono, el ritmo del libro; y como traslada el placer de leer a cada uno de los autores de esta biblioteca personal leída y releída por Molina Foix, incluye autores que forman parte de su educación sentimental y literaria, así como del mundo que lo rodea. Hay, cómo no, amplias referencias a Juan Benet, que fue su maestro, y los lectores que quieran saber cómo eran tanto él como Juan García Hortelano, inseparables en la amistad y en el tiempo, tienen a disposición en este libro el texto ‘Juan Benet: el rollo y la cebolla’, en el que Molina Foix hace crónica de aquella ocurrencia genial del autor de ‘Una meditación’. Benet inventó un artilugio, un rollo continuo, con el que escribió esa novela que el propio Hortelano, jurado del Premio Biblioteca Breve, llevó a sus compañeros que iban a decidir ese galardón. La crónica (‘El verbo se hizo Caín’) de su propia lectura de ‘Tres tristes tigres’, de su también amigo Cabrera Infante, coincide en la descripción del entusiasmo que ese libro para él inolvidable produjo en muchísimos lectores hispanoamericanos.

A esos textos sobre algunos de sus maestros se añaden artículos sobre raros (Lezama, Felisberto), los malditos (‘Las flores del maldito’), entre los cuales elige a Félix Francisco Casanova de Ayala, Hervás, Maenza, Leopoldo María Panero… El texto sobre Panero no sólo es un retrato del poeta, sino de la familia de ‘El desencanto’… Como en la película de Chávarri, esta es una mirada personal sobre un cuadro en el que se mueven a la vez la creatividad, la melancolía y la locura. El índice del libro es una continua invitación a leer o a releer (Paul Bowles, Virginia Woolf, Valle-Inclán, Ortega, Isak Dinesen…). Todos los textos provienen de publicaciones, diarios o revistas literarias. ¿A la hora de hacer la selección se sintió defraudado con libros que revisitó? “No, porque se trata en todos los casos de obras que yo decidía leer, o releer, y considerar”. ¿Y que formaría parte de lo que ya no releería nunca y por tanto no está en este libro? “Los libros que hay que leer, porque están de moda o porque marcan tendencia. Leí muchos de ellos en mi juventud, con gran pérdida de tiempo. Ahora que soy innegablemente mayor doy consejos, a quien me los pide, sobre lo que no hay que leer, lo banal, lo inútil. Lo bueno y útil se abre camino solo”. Y no, dice él, “la selección no es tan exhaustiva. ¡Quedan tantos maestros fuera, de los que nunca he escrito por extenso, o ni siquiera he leído! Respecto al material recopilado del que partí para hacer la selección, alguna cosa, en efecto, ha sido descartada, en particular un prólogo largo a Nerval, sobre el que estuve dudando, pero necesitaba una puesta al día que no me sentí capaz de hacer en ese momento”.

En el lado clásico del libro están Rilke, Henry James, el ‘Quijote’, cómo no, Wilde, Turguénev, Borges, Joyce… En el ámbito del recuerdo y la crítica como combinaciones anglosajonas del estilo de contar la literatura que exhibe Molina Foix, están aquellos textos sobre Benet y Cabrera Infante y, sobre todo, el que escribe sobre Susan Sontag, su amiga, de quien hace un conmovido retrato póstumo. Su trabajo sobre Tony Judt contiene una definición de este tiempo, contada por alguien que dedicó su vida, aun en las impresionantes dificultades de su salud, a entender por qué en nuestro mundo “existe una relación profunda entre el humor y el espanto”.

El menú es largo, como dice Molina Foix, la selección es caprichosa, pero uno sale con la pura alegría de visitar a estos enemigos de lo real como si hubiera leído una novela o, como hace el autor, “un poema o tres cada noche, antes de dormir” para entender de otro modo la realidad manchada por el humor o por el espanto.

El cesto de cerezas
Un libro como este de Vicente Molina Foix es un cesto de cerezas: empiezas y no acabas. En primer lugar, aunque el autor asegura que el comienzo es adecuado para abrir el apetito, es cierto que puedes empezar por Benet, por Cervantes, por Susan Sontag, por Gil de Biedma o por Valèry y siempre encontrarás acomodo a tu gusto. Beatriz de Moura dice que se hizo editora “por el gusto de leer”. Esta cesta que ofrece Molina Foix es un autorretrato de su manera de ser, su gusto por leer. 

Animado por la tradición anglosajona, que reclama amenidad en cualquier recuento, aunque los recuentos sean sombríos, su desafío como lector que recomienda es el de no aburrir jamás al lector, de sentarlo a su lado para que sienta lo que él alguna vez sintió. En este sentido, es muy recomendable empezar (si así les place) por la enorme sorpresa que supuso para él la lectura de ‘Tres tristes tigres’, de Guillermo Cabrera Infante; ese libro inundó de alegría (y de sentido del humor) la hasta entonces aún entristecida literatura hispanoamericana; V. M. F. lo cuenta como una experiencia personal, y así fue para aquella generación en la que se ancla la vida de este enemigo de lo real.

Y TAMBIÉN…
Vicente Molina Foix: “La literatura es rival de lo real”.
Javier López Iglesias | Hoyesarte, 2016-05-04

http://www.hoyesarte.com/entrevistas/escritores/vicente-molina-foix-la-literatura-es-rival-de-lo-real_226001/

martes, 29 de diciembre de 2015

#hemeroteca #fundamentalismos | El mal moderado

El mal moderado.
Ha llegado el momento de pedirles algo más a los creyentes islámicos, a la vez que nos lo pedimos a nosotros mismos. Por encima del credo de cada uno tiene que prevalecer la pertenencia pública a una comunidad civil.
Vicente Molina Foix · Escritor | El País, 2015-12-29
http://elpais.com/elpais/2015/12/17/opinion/1450366822_154204.html

La palabra ha gozado siempre de buena fama, asociada al consejo que le da una madre al hijo un sábado por la noche, “bebe con moderación”, el ministerio del ramo a los conductores del parque automovilístico, “modere la velocidad”, o los curas al pecador genuflexo en el confesionario, “modera tus instintos”. En un pasado que hoy nos parece remoto e inverosímil, el adjetivo se aplicaba también a los políticos catalanes de centro-derecha, pero esa aplicación ha caído en desuso; últimamente se utiliza mucho en la prensa, casi siempre unido al islam.

Es preciso revisar las moderaciones contemporáneas, y entre ellas ninguna más necesitada de una urgente ortopedia que el llamado islamismo moderado, un concepto legítimo en su raíz pero actualmente borroso. Y nada lo ha puesto más en evidencia que los crímenes terroristas que empezaron en enero de este año en París, siguieron en Túnez y Egipto, y ya se verá cuándo acaban. La diferencia entre el yihadista que dispara a mansalva o hace volar por los aires a los inocentes al grito de Alá y aquellos musulmanes que de ningún modo condenan el crimen es evidente, y no hay que insistir más en ella, del mismo modo que nadie sensato pretendía, ni en los tiempos del crimen sistemático de la banda ETA, que los cientos de miles de ciudadanos vascos que no ponían bombas pero miraban a otro lado cuando estallaban en los supermercados tuvieran que ir a la cárcel, aun siendo cómplices, como lo eran. Hoy sin embargo, y desde hace cierto tiempo, a los ejecutantes y colaboradores del terrorismo etarra se les pide, cumplida la pena jurídica, retribución verbal y expiación, y algunos las llevan a cabo. Ha llegado el momento de pedirles algo más a los creyentes islámicos, a la vez que nos lo pedimos a nosotros mismos, pertenezcamos a alguna religión o a ninguna.

La respuesta de condena a la más reciente matanza parisiense por parte de la inmensa mayoría de los musulmanes europeos es sin duda sincera y ha de ser altamente valorada, sobre todo cuando adquiere el relieve de la expresada por el Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), y, en especial, por el imán de la Gran Mezquita de París, que hacía hincapié en el obligado compromiso de acatamiento de sus fieles a los valores republicanos que chocan o se apartan de los mandamientos del Corán. Incluso entre nosotros, la mezquita de la M-30 de Madrid, conocida como semillero de la predicación salafista más extrema (así lo señaló, en una interesantísima y poco difundida entrevista, un alto comisionado religioso del rey de Marruecos de visita en España), se sintió obligada, pocos días después de esa entrevista y de los atentados del 13 de noviembre, a emitir unas declaraciones ‘moderadas’.

Es notorio que sólo desde dentro del islam, es decir, con la convicción de sus practicantes, incluyendo a los más fervorosos, de que por encima del íntimo credo está la pertenencia pública a una comunidad civil, sólo, repito, asumiendo tal actitud, se podrán hacer avances significativos para detener la deriva violenta de los kamikazes que invocan al Profeta mientras asesinan. Entre esos practicantes están, naturalmente, los altos dignatarios y dirigentes políticos mahometanos de una u otra facción religiosa, pertenecientes todos, en distinto grado, a la categoría de colaboradores o socios de los regímenes occidentales. Lo preocupante es que por razones de conveniencia política y alianzas de tipo militar o estratégico, Occidente ha de contar con un Oriente que no pocas veces se dedica a atropellar en su propio territorio los derechos humanos, como es el caso de la Turquía ‘moderada’ (yo la llamaría integrista) de Erdogan, o, de manera extrema, la Arabia Saudí del sultán Salman bin Abdulaziz, monarca festejado por todas las élites y casas reinantes europeas mientras, entre sus últimas fechorías, está la de condenar a muerte sin remisión a un reconocido poeta palestino pero nacido en Arabia Saudí, Ashraf Fayad, comisario internacional de la Bienal de Venecia, cuyo delito fue exponer en su libro ‘Instructions Within’ (‘Las instrucciones, dentro’) sus ideas filosóficas de no creyente, lo que le hizo merecer primero una pena de cuatro años de cárcel y 800 latigazos, y ahora la muerte, por apostasía.

Otros países islámicos con gobiernos ‘moderados’ no llegan a tanto, pero instauran en sus propios confines la intolerancia, la discriminación femenina y la injerencia violenta en la privacidad de los ciudadanos. ¿Sólo ellos? Lo preocupante alcanza lo terrible cuando en esas alianzas democráticas de una guerra contra el terrorismo participan regímenes ajenos a la órbita musulmana y ellos mismos radicalmente ‘no moderados’, como Rusia o —pertenecientes estos a la Unión Europea— Polonia y Hungría. Ahora bien, ¿hasta qué punto somos moderados todos los españoles, o lo son los franceses cristianísimos que votan a Marine Le Pen y las gentes de Gran Bretaña o Suecia que favorecen opciones de odio al diferente, al desposeído, al extranjero? Y la pregunta crucial: ¿puede ser ‘moderada’ la democracia, puede una autoridad gubernamental o religiosa imponer la moderación de los instintos, hacer que la vida privada se conduzca según un código teocrático de la circulación?

No es tolerable una ‘democracia a la carta’, hecha de territorios vedados, de salvedades y bulas prudenciales que permitan en nombre de Dios no ya matar sino simplemente hostigar y recortar brutalmente el vivir libre. La libertad de conciencia es una, común a todos aun siendo plural, y si bien cada persona es responsable de cumplir los principios morales que le sean propios, de ningún modo debe aceptarse que por esos principios y esas creencias un conductor de autobús franco-musulmán se niegue a tomar el volante que acaba de dejar, acabado su turno, una compañera de trabajo, o un ministro islamista se ausente de la manifestación por los muertos de ‘Charlie Hebdo’ y del supermercado ‘kosher’. ¿O es que no todas las matanzas son igual de odiosas?

Así que mi última pregunta es: ¿saldrían a la calle a orar y a llorar, a protestar, a pedir guerra, musulmanes y católicos integristas de Francia si un yihadista suicida explotara su cinturón en medio de una manifestación de mujeres pidiendo el humanísimo derecho al aborto, o si los fusilamientos y bombas del Bataclan hubieran sido en una discoteca gay del Marais, donde abundan, y se mueven con plena libertad mujeres y hombres homosexuales que en países miembros de esta nueva cruzada serían detenidos o lapidados?