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viernes, 28 de junio de 2019

#hemeroteca #queer #identidades | Qué es ser ‘queer’

Imagen: El País / Orgullo en Portland, Oregón, 2019-06-16
Qué es ser ‘queer’.
¿Puede este término, que fue un insulto y está históricamente ligado a la subversión, servir como paraguas para todas las identidades LGTBIQ+?
Raquel Seco | El País, 2019-06-28
https://elpais.com/elpais/2019/06/28/ideas/1561722405_001524.html

Un panfleto circuló de mano en mano en la manifestación del Orgullo de Nueva York de 1990. Rezaba: “Cuando muchas lesbianas y homosexuales nos despertamos por la mañana, nos sentimos ‘enfadadxs’ y ‘asqueadxs’, no ‘gay’ [alegre, en uno de los significados de la palabra en inglés]. Así que elegimos llamarnos ‘queer’. Es una forma de recordarnos a nosotros mismos cómo nos percibe el resto del mundo. Es una forma de decirnos que no tenemos por qué ser personas ingeniosas y encantadoras que llevan vidas discretas y marginadas en el mundo heterosexual”. Queer Nation, una organización que luchaba contra la homofobia y la pandemia del VIH, firmaba el manifiesto, que ha pasado a la historia como una de las primeras reivindicaciones de la palabra ‘queer’.

El recorrido de ‘queer’ hasta aquella explosión de orgullo y reivindicación fue largo: en el siglo XVI, en inglés el término significaba raro, peculiar, extraño, y se vinculó al ámbito sexual desde el siglo XIX, principalmente referido a hombres. Uno de los primeros documentos al respecto es una carta del marqués de Queensberry, John Douglas, en 1894, en la que usó 'queer' con tono peyorativo para insultar a los homosexuales tras descubrir que su hijo tenía una relación con Oscar Wilde —el escritor acabó investigado y condenado por “conducta inmoral”, y tuvo que exiliarse a Francia—. Desde entonces se utilizó como insulto homófobo. No fue hasta las últimas décadas del siglo XX cuando el término empezó a ser reivindicado, entre otros, por Queer Nation, y cruzó fronteras más allá del mundo anglosajón. Aquel panfleto de 1990 continuaba: “Cuando se usa con otros gais y lesbianas, [‘queer’] es una forma de proponer que cerremos filas, y que olvidemos (temporalmente) nuestras diferencias individuales porque nos enfrentamos a un enemigo común más insidioso. ‘QUEER’ puede ser una palabra dura, pero también es un arma astuta e irónica que podemos robar del homófobo y usar contra él”.

Desde entonces, la teoría ‘queer’ ha tratado de explicar qué es ‘queer’ (en español, a veces escrito 'kuir' o 'cuir'), quién, cómo, o por qué se usa y a qué se refiere. El debate sigue abierto, porque el término se caracteriza por su fluidez y escapa las etiquetas. La pensadora Eve Kosofsky Sedgwick lo definió en los noventa como “una red abierta de posibilidades, lapsos, solapamientos, ausencias y excesos de significado cuando los elementos que constituyen el género o la sexualidad no son (o no pueden ser) forzados a un significado monolítico”. Refiriéndose solo al aspecto sexual, la antropóloga cultural Gayle Rubin retrató la división entre sociedad ‘respetable’ y ‘los otros’ con un diagrama (el “círculo mágico”, lo llamó) que sitúa en el centro las prácticas aceptadas (heterosexuales, monógamas...) y fuera las homosexuales, las promiscuas, las marginadas... eminentemente ‘queer’.

Pero el término engloba mucho más. Eleri Anona Watson, fundadora del Queer Studies Network (red de estudios ‘queer’) de la Universidad de Oxford, añade al teléfono: “Lo ‘queer’, para mí, no es definible en absoluto. Es un término indomable, radical, cambia con el tiempo y nadie se lo puede apropiar, desde el punto de vista filosófico y práctico. Ahí es precisamente donde reside su poder”.

Así que el viejo insulto ha mutado y se ha propagado sin parar en el último siglo y medio, y hoy su uso es común en el mundo académico y entre jóvenes. Los departamentos de estudios ‘queer’ se multiplican en las universidades y, en los medios, actrices, músicos y otros famosos salen del armario definiéndose no como homosexuales, sino como ‘queer’, y explicando que se sienten más cómodos con una definición fluida de su sexualidad. ¿Podría seguir creciendo el concepto hasta servir como paraguas para todas las identidades no heteronormativas? En un ensayo de la revista 'The Atlantic' el pasado febrero, el periodista Jonathan Rauch defendía que la letra Q (de ‘queer’) engloba “todas” las minorías sexuales, mientras que LGTBIQ+ (lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, intersexuales y ‘queer’) acaba inevitablemente excluyendo a algún colectivo y, además, resulta confusa.

No todos están de acuerdo. Hay voces contrarias a usar ‘queer’ como etiqueta estándar: subrayan que las siglas, aunque no representen literalmente cada una de las identidades de género y orientaciones sexuales, sí lo pretenden, y de ahí que a menudo al final de la secuencia de letras se incluya un “+”.

Además, quienes rechazan acabar con las siglas apuntan que el concepto ‘queer’ está umbilicalmente unido a una subversión política. “Suelo decir que ‘queer’ se refiere a no heterosexuales a quienes les ‘pone’ el anticapitalismo. No lo digo totalmente en serio, pero tampoco totalmente en broma”, comenta Florence Ashley, activista ‘trans’ y académica en la Universidad McGill de Montreal. Lo ‘queer’, subraya Ashley, tiene que ver con el rechazo a las “políticas de lo respetable” enraizadas en el capitalismo neoliberal. “El movimiento gay de masas dice que merecemos ser aceptados porque somos iguales, excepto en que nos acostamos con otro tipo de personas. Pero el movimiento ‘queer’ sostiene que debemos ser aceptadas porque somos humanas y porque tenemos razón: el sistema es injusto”. Ella cree que el uso único de ‘queer’ no ayudaría a diferenciar entre orientación sexual e identidad de género —algo que ya demasiada gente no hace— e invisibiliza todavía más a la comunidad ‘trans’. “Hemos luchado tanto porque esa letra T se uniera a las otras siglas, ¿y ahora vamos a ser ignoradas porque algunos piensen que ­LGTBIQ+ es demasiado largo?”

Efectivamente, lo ‘queer’ es esencialmente radical, coinciden distintos activistas y académicos, y definirse como tal y ser a la vez políticamente conservador, o misógino, o transfóbico... es, simplemente, contradictorio. Lo ‘queer’ “es un movimiento de disidentes de género y sexuales que resisten frente a las normas que impone la sociedad heterosexual dominante, atento a los procesos de normalización y de exclusión internos a la cultura gay: marginalización de las bolleras, de los cuerpos transexuales y transgénero, de los inmigrantes, de los trabajadores y trabajadoras sexuales...”, escribió el filósofo Paul B. Preciado, autor de 'Un apartamento en Urano' (Anagrama).

También hay quien teme que, dejando de usar las siglas LGTBIQ, se borren luchas que deben ser reconocidas. Hay identidades (mujer o bisexual, por ejemplo) que aglutinan a las personas para pelear por sus derechos, señala Begoña Martínez-Pagán, profesora de Literatura Feminista y LGTBIQ+ en la Universidad de Murcia. “Son categorías inventadas, líneas en la arena, pero que sean artificiales no implica que la gente no tenga derecho a reivindicarlas si sienten que les otorga poder. La diferencia está en si alguien te asigna una categoría desde fuera para señalarte como ‘otro’”.

En los países anglófonos una parte de la comunidad gay —aquellos que fueron peyorativamente señalados e insultados como ‘queer’— siente que esta palabra todavía les duele y desconcierta. “Categóricamente gay”, declaraba el titular de un artículo de Slate en el que el periodista Jim Farber, que salió del armario en los setenta, admitía estar perdido en esta era de fluidez. Farber se pregunta: si casi cualquier persona progresista puede encontrar la manera de identificarse como ‘queer’, ¿qué significa la palabra exactamente? “Me suena a algo que borrará la historia homosexual —mi historia— ahogándola en inclusividad para ampliar su alcance”, reflexiona. “Quizá este sea un factor inevitable del progreso. Al fin y al cabo, cualquier movimiento acaba siendo irrelevante si tiene éxito”.

sábado, 16 de enero de 2016

#hemeroteca #transexualidad | Laerte Coutinho: “No me incomoda mi historia masculina”

Imagen: El País / Laerte Coutinho
Laerte Coutinho: “No me incomoda mi historia masculina”.
La viñetista brasileña asumió a los 57 años su transexualidad. La artista, víctima de la intolerancia en su país, se ha convertido en un referente en la lucha de este colectivo.
Raquel Seco | El país, 2016-01-16
http://elpais.com/elpais/2016/01/13/estilo/1452687971_322515.html

La primera vez fue un paseo corto. Laerte Coutinho (São Paulo, 1951) se puso una falda y una blusa y caminó hasta un café de su barrio. Notó miradas, oyó silbidos, algún insulto a sus espaldas, pero no fue tan grave como esperaba. “Creía que sería atacada, ridiculizada”. La viñetista brasileña, muy conocida después de cuatro décadas de trabajo en periódicos, llevaba un año usando ropa femenina en un club de travestismo cuando, en 2010, salió del armario en una entrevista y decidió que no volvería a entrar. Su primera experiencia a la luz del día fue aquel paseo hasta el bar de la esquina.

Pregunta. ¿Cómo vivió aquella primera experiencia?
Respuesta. Yo estaba aterrada. Pero mi miedo estaba justificado. En Brasil, 689 transexuales fueron asesinados entre 2008 y 2014 (datos de la ONG Transgender Europe). Es la cifra más alta del mundo, claro está que no tenemos datos de todos los países. Aunque las cosas están ahora un poco mejor. Hasta 1997 en Brasil estaban prohibidas las cirugías de reasignación de sexo y hoy varios hospitales públicos las practican. También es posible cambiar legalmente de nombre… eso sí, demostrando algo llamado trastorno de identidad.

P. Sin embargo, Brasil parece un país liberado sexualmente.
R. Son nuestras paradojas de un país muy dispar y ambiguo. Convivimos con grandes liberalismos y extremas represiones y agresividad hacia la población LGBT, las mujeres, los negros, las minorías…

P. ¿Por qué tanta intolerancia?

R. Sufrimos una ola de conservadurismo político que trata de restringir el concepto de familia a uniones de hombres y mujeres o de hacer todavía más difícil la interrupción del embarazo. Tenemos un Congreso lleno de empresarios blancos ricos que no representa a la sociedad.

Laerte defiende su lucha tanto en la Asociación Brasileña de Transexuales, que ayudó a crear, como en el periódico Folha de S. Paulo, donde publica viñetas a diario. En 2013 posó desnuda en la revista Rolling Stone.

P. Usted se vio envuelta en un altercado cuando le recriminaron que usara el baño de señoras en una cafetería y el gerente le pidió que entrara en el de caballeros.
R. El baño es una cuestión crucial. Uno puede permitir que un transexual circule en el mismo espacio social, pero el baño es tabú. Los conservadores han llegado a proponer un tercer baño: para gente extraña. Para alienígenas (bromea). Un columnista de la revista Veja, Reinaldo Azevedo, me acusó de representar las microdictaduras de minorías y se refirió a mí como un hombre que va por ahí vestido de mujer.

P. Pero casos como este ¿son una excepción o es lo normal?
R. En general me tratan con mucho respeto y cariño. Me sorprende constatar eso en un país que mata travestis de forma bárbara y trata a las mujeres de la misma manera. Me pregunto sí soy una privilegiada por ser blanca, periodista y conocida.

P. ¿Cómo reaccionaron sus lectores ante su cambio de género?

R. Cuando hice la transición estaba en mi momento de más popularidad y no perdí lectores. Me convertí en la cara de la transexualidad en Brasil. Es importantísimo que existan modelos positivos. Yo nunca los tuve de joven.

P. ¿Le molesta si alguien se dirige a usted como un hombre?
R. No demasiado. Mis hijos y mis amigos de hace décadas usan el masculino. No tengo problemas porque son personas que amo, con las que tengo una historia. No siento la necesidad de decir: de ahora en adelante mi nombre es Sonia.

P. ¿Por qué Sonia?
R. Lo escogí en 2009, sin pensarlo mucho, mirándome al espejo. Pero la gente me sigue llamando Laerte. No he dejado de ser lo que siempre fui. Un periodista hasta los 60 años y después una mujer, una persona transexual que también es periodista y viñetista. No me incomoda mi historia masculina. Lo que tengo es un gran aprecio por mi identidad femenina. Cada vez más.

martes, 9 de abril de 2013

#hemeroteca #matrimonio | ¿Está América Latina preparada para el matrimonio gay?

Imagen: El País
¿Está América Latina preparada para el matrimonio gay?
Argentina y algunos Estados de México y Brasil hacen de avanzadilla progresista a pesar de la influencia de la Iglesia católica y las corrientes homófobas. Los activistas ven las bodas igualitarias como una ola imparable que acabará por conquistar el continente.
Raquel Seco | El País, 2013-04-09
Con información de: Alejandro Rebossio / Francho Barón / Jacqueline Fowks / Elizabeth Reyes / Ewald Scharfenberg
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/04/09/actualidad/1365464495_808499.html

“Esto ya no es una discusión sobre si se va a aprobar el matrimonio igualitario o no en distintos países. Es un debate sobre cuándo se va a aprobar”. Así de confiado se muestra David Razú, impulsor de la ley de matrimonio homosexual de Ciudad de México, la más temprana de América Latina. En plena discusión con respecto del Tribunal Supremo de Estados Unidos, el sur del continente se presenta dividido entre el progresismo y las posturas conservadoras. Los más avanzados —Ciudad de México y Argentina— ya han ido por la vía legislativa. Otros como Uruguay, Brasil y Colombia, se preparan para una previsible aprobación, y los activistas de algunos Estados de México y Brasil han conseguido que los tribunales reconozcan su derecho. Mientras, Venezuela y Perú se niegan a dar pasos hacia la igualdad de derechos.

Donde todo empezó, en el Distrito Federal, dice Lol Kin Castañeda que le “quiebra” recordar los días posteriores a la legalización, el 21 de diciembre de 2009. Tras meses de trabajo, la Asamblea Legislativa de la capital aprobó la iniciativa y a ella y su esposa les llegó una avalancha de mensajes. “Una chica de 16 años me escribió. A los 13 se había dado cuenta de que era lesbiana y tenía miedo de contárselo a su madre. Cuando salió del armario, le dijo: “Lo sabía desde hace tiempo. Pensaba que ibas a sufrir, pero hoy escuché la entrevista de dos personas que se aman y son felices”. Las mujeres de las noticias eran Lol Kin y Judith, que hoy llevan nueve años juntas (seis casadas).

Con aquella decisión México sorprendió al mundo. En DF, desde 2006 estaban vigentes las sociedades de convivencia, que no variaban el estado civil de los integrantes ni permitían, por ejemplo, tomar decisiones médicas. La capital fue la primera ciudad de América Latina en reconocer los matrimonios igualitarios, de los que ha celebrado unos 2.000. Adelantó a Argentina, que ofició la primera boda en diciembre de 2009 después de que los cónyuges presentaran un recurso de amparo. Allí la ley no se aprobó hasta 2010, aunque el proceso fue rapidísimo, cuestión de meses. La ley de divorcio de 1985, en cambio, se había discutido durante año y medio, recuerda Renata Hiller, investigadora de sexualidad de la Universidad de Buenos Aires. Una vez sancionada, la norma no tuvo grandes dificultades en implementarse, asegura: “La sociedad argentina estaba y está preparada […] Ningún grupo político propone una marcha atrás, como el PP en España, aun habiendo sido aprobada con mayoría muy ajustada". En julio de 2012, a los dos años de sancionada la ley, más de 6.000 parejas del mismo sexo se habían casado en Argentina. Eso sí, “la aplicación es desigual y hay regiones donde visibilizarse como gay o lesbiana sigue siendo difícil”, subraya. A finales de marzo una joven pareja fue golpeada en una fiesta privada en el municipio de San Isidro, a las afueras de Buenos Aires. "El Papa es argentino, no puede haber ‘putos’ argentinos", dijo el agresor.

En México, contradiciendo el tópico de un país conservador y machista, otros Estados han dado pasos significativos. Los activistas encontraron un vacío legal en Quintana Roo, que no especificaba que el matrimonio fuese entre personas de sexo opuesto. Oaxaca celebró su primer matrimonio homosexual este 22 de marzo después de que la Suprema Corte amparara a dos mujeres, Coahuila está discutiendo el asunto, y en el municipio de Cuauhtémoc (Colima), de unos 30.000 habitantes, la alcaldesa ya ha oficiado tres bodas, tiene tres más programadas y 10 peticiones. “Me atrevería a decir que un 80% de la gente apoya el matrimonio gay en el municipio, uno de los más conservadores del Estado”, asegura Indira Vizcaíno, la edil del izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD). Pero no todo es color de rosa: en enero de 2010 una encuesta de María de las Heras aseguraba que solo el 22% de mexicanos respaldaba la igualdad de derechos para las parejas del mismo sexo. Ese mismo mes, la Procuradoría (Fiscalía) General presentó un recurso de inconstitucionalidad sobre el matrimonio y la adopción, rechazado por la Suprema Corte. Y meses más tarde, el expresidente Felipe Calderón intentó impugnar un amparo para que la pareja de Lol Kin pudiera afiliarse a la Seguridad Social como cónyuge.

Uruguay, Brasil y Colombia se preparan
Uruguay, Brasil y Colombia ya están a punto de incorporarse a los países avanzados en derechos LGBT. En el primero todavía no hay matrimonio igualitario, pero solo por la lentitud del sistema. El 3 de abril el Senado aprobó el proyecto de ley con una mayoría abrumadora. Ahora tiene que volver a Diputados, donde se calcula que el 10 de abril se aprobará. “Los discursos de igualdad prenden bien en una sociedad laica y que tiene una tradición fuerte en avance en los derechos civiles”, opina Diego Sempol, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República y miembro del colectivo gay Ovejas Negras. Uruguay fue uno de los primeros en permitir el voto femenino y el divorcio por la sola voluntad de la mujer, ha aprobado la despenalización del aborto y el Parlamento tramita un anteproyecto para legalizar el consumo de marihuana.

También en camino está Brasil, donde el Supremo dictaminó en 2011 que los gais tienen derecho a contraer matrimonio. La Comisión de Derechos Humanos del Senado aprobó el año pasado un proyecto de ley de matrimonio civil, pero aún debe ser aprobado por el Senado y el Congreso, con una nutrida bancada de diputados católicos y evangélicos. Sin embargo, jueces de Estados Alagoas, Bahía, Ceará, Sergipe, Espíritu Santo, Piauí, Sao Paulo, Paraná, Mato Grosso do Sul y el Distrito Federal han dado luz verde al matrimonio civil. A pesar de su arraigada tradición cristiana, en Brasil la libertad sexual está muy presente en la sociedad. Los colectivos de gais y lesbianas tienen en Río de Janeiro o Sao Paulo dos de sus bastiones latinoamericanos.

Otro país que pone de su parte es Colombia, que no ha reglamentado, pero que cursa un proyecto de ley aprobado en primer debate a finales de 2012. Le esperan tres más para convertirse en ley, algo que debe ocurrir antes de julio. La Corte Constitucional lo ordenó hace dos años. "Si no lo hace, en junio iremos a juzgados y notarías a casarnos", explica Marcela Sánchez, directora de la ONG Colombia Diversa. Por ahora, declaran sus uniones libres ante notario para hacer valer el derecho a seguridad social, pensión y herencia, reconocidos en el tribunal desde 2007. La opinión pública está dividida sobre sus derechos: una encuesta de Ipsos Napoleón Franco de 2012 revela que el 58% de los jóvenes entre los 18 y 24 años no apoya el matrimonio igualitario y, en general, el 66% de los ciudadanos lo desaprueba.

Nada que ver con la fronteriza Venezuela. “El régimen chavista se vende como progresista”, dice Tamara Adrián, abogada activista LGBT y miembro del secretariado mundial de ILGA (International Lesbian, Gay, Bisexual, Trans and Intersex Association), pero tiene una gran cantidad de evangélicos muy activos. Si a eso se le suma el militarismo y el desprecio absoluto por cualquier crítica en el área de los derechos humanos, resulta en intolerancia y falta de respeto”. La Corte Constitucional negó en 2008 que la “protección a la familia” se aplicase a parejas del mismo sexo. “Yo pienso igual que la mayoría de los venezolanos, que no lo vemos bien, pero es un estado de opinión, lo cual no significa que estemos en contra de lo que piensen ustedes”, dijo prudentemente en su momento el fallecido Hugo Chávez. El opositor Henrique Capriles ha hablado a favor del reconocimiento de derechos de pareja, pero desde luego no del matrimonio. Y en cuanto a visibilidad, los barrios de la oposición son más tolerantes, en opinión de Adrián.

En Perú, un proyecto de ley sobre patrimonio compartido reposa congelado desde 2010 en el Congreso, aunque “no crea familia, únicamente reconoce copropiedad y no da capacidad de heredar”, explica Giovanny Romero, presidente del Movimiento Homosexual de Lima. “Cada semana es asesinada una persona homosexual en Perú pero nuestro Congreso se niega a debatir una ley para prevenir estos crímenes y agravar las sanciones bajo el vil pretexto de que es el primer paso de una estrategia rumbo al matrimonio”, comenta. El clima de opinión hacia la comunidad LGBT es predominantemente hostil en Lima. Un eje de la campaña para revocar a la alcaldesa Susana Villarán este enero era su intención de reconocerles derechos, ordenanza municipal mediante. Una encuesta de Ipsos Apoyo en 2011 registra un 76% de peruanos en contra de legalizar la unión civil entre personas del mismo sexo, un 82% contra el matrimonio y un 88% contra la adopción, uno de los puntos más polémicos en todos los países y que en Perú está fuera de toda discusión. En Colombia tampoco se permite la adopción, aunque la Corte Constitucional avaló en mayo de 2012 la de dos niños por parte de un periodista estadounidense al que el Instituto de Bienestar Familiar le quitó la custodia al conocer su orientación sexual.

Los expertos suelen coincidir en que, en general, la legalización de las bodas homosexuales en España en 2005 ha ayudado a la causa en América Latina. “Supuso un empuje muy fuerte, importantísimo. Derribó el mito de que los países católicos e hispanos tienen otra cultura y no aprueban estas leyes”, dice el politólogo mexicano Genaro Lozano. “Fue un parteaguas. La España católica, que hace poco era muy conservadora, consigue pasar de un solo golpe todo el esquema de matrimonio igualitario. Sienta un precedente muy importante, para el mundo pero sobre todo para América Latina”, opina el legislador David Razú.

Y el futuro, para algunos, pinta esperanzador. “La aprobación en México y Argentina tuvieron un eco tremendo. Pero ya se está volviendo parte del escenario internacional de reformas y cada vez estas noticias tienen un impacto menor”, apunta Razú. “Los movimientos civiles parecen escandalosos en un primer momento y se van volviendo habituales. ¿Quién podría hoy, en su sano juicio, defender la prohibición de bodas interraciales?”, agrega. Lo mismo opina la venezolana Tamara Adrián: “Es como el voto de la mujer, la abolición de la esclavitud o la eliminación de la segregación racial. Las mismas razones, las mismas causas, los mismos efectos”. “Ninguna sociedad está preparada para el matrimonio igualitario, así como ninguna lo estuvo para la abolición de la esclavitud y el voto femenino […] Discutir si la sociedad está preparada para reconocer los derechos humanos de lesbianas, trans y gais equivale a cuestionar nuestra humanidad”, apostilla el activista peruano Giovanny Romero.

lunes, 21 de marzo de 2011

#hemeroteca #machismo #lenguaje | Lento adiós al piropo

El País / Lento adiós al 'adiós, guapa' //

Lento adiós al piropo.
La lisonja fugaz y pública pierde adeptos a medida que crece la concienciación en materia de igualdad. El límite entre el halago y el ataque verbal sigue generando debate. El halago por la calle es propio de sociedades extravertidas. "Se creen con derecho de acceso a la mujer", dice un experto. El hombre suele hacer estas alabanzas cuando está acompañado. Los piropos pueden hacerse para ensalzar o para denigrar. A veces muestran más la impotencia por poseer, que el deseo de hacerlo. Un halago público no puede considerarse por sí mismo sexista.
Raquel Seco | El País, 2011-03-21
https://elpais.com/diario/2011/03/21/sociedad/1300662001_850215.html

Lo de "¡guapa!" cada vez se escucha menos. La escena del albañil (o el taxista, ejecutivo o peatón) que piropea a una mujer en la calle, con más o menos intensidad y acierto, sigue presente en las calles españolas, pero en menor grado que en generaciones anteriores y, sobre todo, con cada vez menos aceptación. A medida que han evolucionado los papeles de hombres y mujeres -que se educan, conviven y se relacionan con mucha más fluidez que antes-, el piropo ha dejado de ser "la única puerta por la que un hombre se dirigía a una desconocida" -como lo describe Hermógenes Domingo, miembro del grupo Prometeo de Hombres por la Igualdad- y ha pasado a convertirse en una herramienta más excepcional y delicada, que fácilmente puede halagar u ofender.

En general, "los piropos han cambiado, y las expresiones sexistas se cuidan mucho más que hace 20 años", apunta Nina Infante, presidenta del Fórum Feminista. "Tenemos leyes, una cultura que va impregnando nuestro sentir. Yo creo que se nota el cambio en positivo. Pero todavía hay demasiadas expresiones, piropos, dichos, chistes, que van conformando un pensamiento discriminatorio que debemos erradicar", afirma.

El arraigo de estas expresiones, aun así, es evidente: "A los hombres jóvenes les gusta decir piropos a una mujer guapa que pase por la calle (...). [Ella] debería no hacer caso y mantener una cara neutra, para no animarlos. Después, puede reírse y contárselo a sus amigos", explica un artículo actual sobre costumbres típicas españolas en la página web de viajeros Trip Advisor. El lingüista alemán Werner Beinhauer ya hablaba en los años treinta de "comentarios lisonjeros con los cuales un hombre español alaba la belleza femenina".

¿Por qué se da en ciertos países y no en otros? La palabra viene del sustantivo griego pyros, que significa fuego. "Los piropos son como fuegos artificiales", compara Esther Forgas, catedrática de Lengua española en la Universitat Rovira i Virgili, "y estas expresiones se dan en sociedades extrovertidas porque se trata de una explosión hacia fuera". Aquellas sociedades que tienen tradición de piropo, como las mediterráneas y árabes, tienden asimismo a la hipérbole, al empleo habitual de la retórica y los juegos de palabras y a la proliferación de metáforas en el lenguaje, señala Forgas.

La aceptación del piropo sí ha cambiado, aunque todavía tiene la capacidad de hacer sonreír o sonrojar, como cuenta Ana Álvarez, que trabajó en la edición y montaje del corto Mi señora (2003): "En general me río. No hay que echarle tanta leña al fuego", opina sobre quienes se toman los comentarios como un ataque. "En una escuela de teatro a la que iba, teníamos una obra y las taquillas estaban en el pasillo donde pasaban los obreros. Nos pillaban a menudo en ropa interior. Había que verlos, mirando para abajo, abochornados. Cuando pasábamos por la calle, vestidas, gritaban desde lo alto de la obra. Allí se sentían en su lugar". El cortometraje en el que trabajó Álvarez versa precisamente sobre el piropo y ha ganado multitud de premios. Todavía hoy se proyecta en talleres para la prevención de la violencia de género.

Mi señora retrata a un hombre que se deshace en piropos más o menos originales, primero -y auténticas barbaridades después- hacia una desconocida que pasa por la calle. Es una historia totalmente real: "Me la contó una amiga. Me dejó alucinado el descaro del tipo. Además, pasó en medio de un atasco y nadie dijo nada", explica el director, Juan Rivadeneyra, quien cree que en el piropeo "hay una línea muy fina" entre el ataque y el halago y pretende, con su obra, hacer pensar sobre lo que considera una sociedad mayoritariamente "patriarcal". Siempre espera que quienes vean su corto piensen después en cómo se sentirían si la destinataria de los gritos fuese una novia, una madre o una hermana, porque el corto trata sobre la posesión de las personas. "El título no es casual, Mi señora. Es lo mío, no se toca. Pero yo sí puedo tocar lo de los demás, porque no es mío", reflexiona. "Y además, todos los hombres lo pensamos", añade Rivadeneyra.

Por lo general, el emisor del piropo "considera a la mujer un terreno, un objeto al que puede acceder libremente", señala Hermógenes Domingo. "De manera inconsciente creemos que tenemos una especie de derecho de acceso a una mujer que vaya sola o a un grupo de mujeres que camina por la calle sin compañía masculina". La mujer sigue pareciendo un destinatario mudo. O ni eso, según algunos expertos. Esther Forgas destaca que el piropeador no suele hablar para que le escuche (o para que le responda) la destinataria del mensaje, sino principalmente "por una necesidad de expansión, para un lucimiento personal", es decir, para que lo oigan los demás. "Generalmente, el hombre no dirige un piropo a una mujer si está solo, sino más bien cuando se encuentra acompañado de otros hombres, o donde pueden oírlo otros hombres", corrobora Domingo.

El piropo es todavía a menudo "lo que se espera del hombre, al menos cuando está en grupo", asegura la psicoanalista Clara Bermant. Y Esther Forgas añade: "Destacan de manera muy evidente los roles diferenciados de los dos sexos: hombre activo y mujer pasiva. Se espera que la mujer no conteste. De hecho, si lo hace, se pierde la gracia".

La manera de recibir el piropo, su calificación de halago o de ataque verbal sexista, coinciden los expertos, depende de tantos factores que prácticamente habría que estudiar caso por caso: "Habría que ver quién lo hace y quién lo recibe, qué, cómo, en qué momento...", subraya Nina Infante, del Fórum Feminista. Hermógenes Domingo distingue el piropo agresivo, "dañino, incluso insultante", que no tiene intención de halago, de los comentarios "benévolos", pero precisa que incluso estos últimos encierran, según él, una visión parcial de la mujer: "Suelen ir dirigidos casi exclusivamente al aspecto físico, estético. Se le da un valor exacerbado a ese aspecto en las mujeres. Lo hacen también las propias mujeres. A un hombre no se le suele decir 'qué guapo estás". "La mayoría de piropos cosifica o animaliza a la mujer", señala Esther Forgas.

La psicoanalista Clara Bermant tiene una opinión distinta. "Hay que distinguir entre el piropo con intención elogiosa y el comentario con función violenta y ofensiva. No creo que en todo lo que se dice con ánimo erótico haya intención de molestar. Los comentarios hostiles (no los considero piropos) apuntan a la fragmentación del cuerpo de la mujer, como "qué culo tienes" o suponen un ánimo exhibicionista a la destinataria, y lo que muestran, más bien, es más la impotencia del hombre por poseerlas que el deseo de hacerlo", asegura. Además de la intención de quien piropea, quien decide el sentido no es el emisor, sino la receptora: "El piropo es una expresión del lenguaje, está vinculado al juego de palabras, por lo cual está presente el malentendido, el equívoco".

La percepción suele ser distinta dependiendo del género: "En el corto Mi señora, los espectadores hombres no perciben las faltas de respeto asociadas a los nuevos valores de igualdad ("¿tú cómo no llevas un hombre al lado para lucirte?"), valores que las mujeres ya tiene incorporados y nosotros no. Eso sí, todos entendemos que utilizar palabras malsonantes ("vaya culo que tienes") es ya un insulto, algo que no se le hace a una desconocida en la calle", explica Hilario Sáez, de Hombres por la Igualdad, que proyecta el corto en sus talleres sobre violencia de género.

"Hay estudios sobre cómo los piropos no siempre tienen función de elogiar la belleza femenina, sino que se pueden hacer con el objetivo de denigrar a las mujeres, marcar diferencias de poder... Por ejemplo, en el caso de los jefes que acostumbran a piropear a sus subordinadas", dice Virginia Acuña, lingüista especializada en lengua y género. "Se podría decir que el piropo, de por sí, no se puede considerar abiertamente sexista, pero en muchos casos sí que puede formar parte importante de comportamientos sexistas", puntualiza.

La aceptación del piropo, coinciden muchos expertos, ha cambiado. Es el caso de las usuarias de Hollaback, una red social que se está extendiendo por varios países del mundo y que pretende denunciar el acoso a mujeres, un concepto que incluye los "comentarios lascivos", pero también los casos de "persecuciones, tocamientos, masturbación pública...", aclaran desde la organización. Nació en EE UU en 2005 y ya se ha implantado en Reino Unido, Francia, República Checa, Argentina, México e India, países en los que las internautas cuelgan sus historias (incluso, si se atreven, con foto de la persona que las molesta) y las localizan en un mapa interactivo. El portal reivindica el derecho a que las mujeres se sientan "seguras, confiadas y sí, incluso atractivas, sin convertirse en la fantasía de algún pervertido". ¿La diferencia entre un piropo y el acoso? "Si lo sientes como tal, es acoso", sintetiza Inti Maria, coordinadora en Buenos Aires.

Hollaback sirve, además de para alertar de estas situaciones y subrayar que el acoso sigue existiendo en todo el mundo, para otorgar capacidad de respuesta a las mujeres: los fundadores usan el verbo to empower (lo que se ha dado en llamar "empoderar", algo así como "dar poder"). La traducción de Hollaback es, de hecho, una especie de "Hola a ti también", la respuesta femenina ante una situación que puede ser menos frecuente, pero que sigue teniendo la capacidad de dejar muda a la receptora.
 
La voz de la zalamería
Esther Forgas, catedrática en Lengua Española que coordina el posgrado de Feminismos, masculinidades y equidad de género de la Universidad Rovira y Virgili, clasifica en cuatro los factores lingüísticos que suponen un caldo de cultivo para que el piropo haya enraizado en nuestra sociedad:

Primero, el carácter expansivo o extravertido de la sociedad, compartido con los pueblos del Mediterráneo, que lleva a un uso generalizado de la exclamación y el apóstrofe.

En segundo lugar, la tendencia a la exageración y a la hipérbole, propia de la lengua española ("Me hielo de frío", "me muero de sed").

Un tercer elemento a tener en cuenta sería la tendencia a la retórica y los juegos de palabras. El español juega con el lenguaje (comparaciones inéditas, chistes, invención de nuevas palabras), se toma libertades con él. "No le tiene respeto, en definitiva, como aseguraba el hispanista alemán Werner Beinhauer", dice Forgas.

Por último, es una lengua con tendencia metafórica. Junto con la mayoría de lenguas semíticas y mediterráneas, en España metaforizamos, utilizamos parábolas, refranes... En la metáfora se toma como ejemplo algo compartido y conocido por la sociedad para definir otra idea de distinto, por ejemplo: "Nena, con estas pestañas no vayas por El Retiro, que están de poda".