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lunes, 13 de noviembre de 2023

#libros #queer | Orden y peligro : por una deslocalización queer

Orden y peligro : por una deslocalización queer / Pablo Pérez Navarro.
Manresa, Barcelona: Bellaterra, 2023 [11-13].
220 p.

/ ES / Libros / ENS / Queer

📘 Ed. impresa: ISBN 9788419160614 / 19,00 €
📝 Cita APA-7: Pérez Navarro, Pablo (2023). Orden y peligro : por una deslocalización queer. Bellaterra.

¿Dónde, cuándo, cómo, queer? Organizados en tres secciones que dialogan mientras se alejan entre sí, en espiral, los ensayos aquí reunidos cubren un arco temporal que se remonta a los orígenes de los estudios queer, durante los primeros años de la crisis del VIH, y alcanza a la pandemia de Covid-19. El resultado es un libro concebido como un viaje entre pandemias, durante el cual la propia noción de estudios queer se ve afectada, desbordada y, en última instancia, ‘deslocalizada’, en su relación con un heterogéneo conjunto de frentes críticos. Quien busque en él la famosa “agenda queer”, no la encontrará. En su lugar, encontrarán motivos para la reflexión crítica quienes, ante los excesos del dogmatismo, prefieran optar por el valor transformador del disenso.

Pablo Pérez Navarro es doctor en filosofía por la Universidad de La Laguna e investigador del Centro de Estudios Sociales (CES) de la Universidad de Coímbra, Portugal. Ha realizado investigación posdoctoral en varias universidades y sido profesor visitante en programas de posgrado en España, Portugal y Brasil. Durante la pandemia de covid-19 fue profesor visitante de estudios queer y LGTBI en la Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil. Ha publicado numerosos artículos sobre filosofía y estudios queer, abordando temas como las políticas de coalición de la disidencia sexual y de género, el impacto de la crisis pandémica en el orden moral y las biopolíticas del orden público. Es autor del libro ‘Del texto al sexo: Judith Butler y la performatividad’ (Egales, Madrid, 2008) y coordinador de la coletánea ‘Margens da pandemia: queerentenas viadas, boycetas, sapatrans, faveladas’ (Devires, Salvador, 2021). Actualmente, desarrolla el proyecto de investigación Biopolíticas emergentes del parentesco, el género y la reproducción: Triálogos desde el sur, en el ámbito de las acciones Marie Slowodska Curie de la Comisión Europea.

lunes, 4 de mayo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #controlsocial | Pandemia securitaria

Imagen: ctxt / Control en Maryland, Estados Unidos
Pandemia securitaria.
Es posible que nuestra relación con la crisis sanitaria tenga menos que ver con la solidaridad que con los mandatos de una moral de excepción basada en el miedo, la sumisión a la autoridad y la construcción del otro como amenaza.
Pablo Pérez Navarro | ctxt, 2020-05-04
https://ctxt.es/es/20200501/Firmas/31842/coronavirus-estado-de-excepcion-inflacion-securitaria-pablo-perez-navarro.htm

Como en las grandes revoluciones, la pandemia impone su propio calendario. De ahí que parezcan tan lejanas las protestas que, desde Hong Kong hasta Chile, pasando por Irán, Italia, Francia, Ecuador, Líbano o Haití, entre otros lugares, atravesaron el globo en 2019, exigiendo democracia, justicia distributiva o ambas cosas a la vez. El contraste entre las multitudes y las calles vacías se extiende como un velo ‘vintage’ sobre el recuerdo de los levantamientos populares y, también, sobre los estados de excepción declarados para hacerles frente. Torciendo la balanza del lado de los segundos, los estados de emergencia, alarma, calamidad, catástrofe, de sitio y de excepción propiamente dichos han acallado las calles con unos niveles de apoyo social que resultaban impensables, por motivos obvios, hace tan solo unos meses.

Al mismo tiempo, la ubicua presencia de las fuerzas de seguridad nos resulta demasiado familiar, como si no mediaran apenas distancias entre el presente escenario y el de la represión del desorden público. Pensando en esta disonancia, y tomando en serio la tradición de la teoría crítica que, desde Walter Benjamin hasta Jasbir Puar, nos advierte de la vocación de todo estado de excepción por convertirse en norma, cabe preguntar, ¿en qué estado se encuentra la normalización de esta ola global de estados de excepción? Que la crisis sanitaria ha producido un cambio en la percepción social de la labor de las fuerzas de seguridad en los más variados extremos del espectro político parece evidente, pero ¿queda algún espacio de legitimidad para la pregunta por las relaciones entre la represión de la protesta urbana y la securitización de la salud pública? ¿Son los virus, acaso, contrarrevolucionarios?

Securitización global de la salud
Como primera aproximación, cabe señalar que la inflación securitaria de la respuesta sanitaria parece estar lejos de haber sido improvisada. Así lo sugiere el hecho de que en septiembre de 2019 se divulgaran a bombo y platillo las directrices de la Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación ante el riesgo de que la liberación por causas naturales, accidentales o deliberadas de un virus respiratorio letal con alta transmisibilidad pudiese segar millones de vidas y frenar la economía mundial hasta en un 5%. Dos meses después, los diferentes gobiernos iniciaban una suerte de competición a la hora de implementar todo tipo de toques de queda, confinamientos obligatorios, y otras respuestas autoritarias a la crisis de la Covid-19. Vaya por delante, en este punto, que hago mía la reflexión de Eve Kosofsky Sedgwick sobre las epistemologías conspiranoicas cuando señalaba la irrelevancia del origen del sida para la crítica de una política institucional que resultaba, por sí misma, inequívocamente genocida. Aunque en este caso, más que la desidia, llame la atención la amplitud de un enfoque punitivista, ampliamente militarizado y refrendado por los mismos gobiernos para los que (dicho sea de paso) la muerte de cerca de un millón de personas al año por el VIH continúa siendo poco menos que irrelevante.

Por supuesto, es posible que la influencia del citado organismo sea secundaria y que se limite a reflejar algo así como un estado general de la respuesta a las crisis sanitarias. Lo que parece innegable es que sus preocupaciones se corresponden bastante bien con un escenario en el que, mientras el ejército estadounidense despliega sus tropas por toda Europa en coordinación con la OMS, la movilidad de pacientes entre países vecinos enfrenta serias limitaciones por falta tanto de recursos materiales como de acuerdos, según los casos. Los diferentes gobiernos, por su parte, parecen haber tenido pocas dificultades en sumarse a un paradigma securitario en el que encuentran una estrategia de compensación, tanto material como simbólica, a las deficiencias de la respuesta sanitaria propiamente dicha. Lo tardío de las medidas implementadas, en particular, parece uno de los principales motores del grado de autoritarismo dirigido contra la población, que contrasta además vivamente con la timidez demostrada a la hora de poner al sector privado al servicio de la salud pública.

Sobre esas premisas, el estado de excepción ha demostrado su capacidad para extender su inhóspita lógica a la relación social, traduciendo las divisiones sociales en diferentes grados de aislamiento, de exposición al riesgo del contagio u otras violencias implícitas en la dimensión territorial de las cuarentenas. No es un problema limitado a regímenes de trayectoria autoritaria como Hungría o Turquía, donde la extensión del estado de alarma se usa ya como arma para limitar a libertad de expresión y perseguir la disidencia política. Tampoco de aquellos que han decidido traspasar los límites de acción de las fuerzas de seguridad, como Filipinas o El Salvador, donde masificar las prisiones o autorizar a las fuerzas de seguridad a disparar a matar forma parte del menú para proteger a la población de los efectos de la pandemia. Por el contrario, las mutaciones del estado de excepción se amoldan con facilidad al paisaje global de las democracias, resituando a los cuerpos en las intersecciones de diferentes regímenes de excepcionalidad racial, de clase, genérica y sexual. Los días alternos en que hombres y mujeres pueden pisar las calles en Perú o Panamá proporcionan un ejemplo gráfico, entre otras cosas, por su manera de poner en riesgo a una parte de la población trans. Resulta igualmente ilustrativa, en este sentido, la situación de los pueblos indígenas y afrodescendientes de América Latina, que hacen frente a la Covid-19 en condiciones de vulnerabilidad que se ven seriamente agravadas por el despliegue de las fuerzas armadas en sus territorios, como han denunciado ya más de cien organizaciones de Ecuador, Colombia, Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, México, Uruguay, Guatemala, Paraguay, Haití y Bolivia.

En el caso de España, convertida en uno de los centros de la tormenta sanitaria y, también, de la securitaria, la cuarentena con gastos pagados de las turistas del hotel en Tenerife y el hostigamiento policial y las amenazas de desproporcionadas multas a las familias gitanas en la Rioja marcó el tempo de una cuarentena en la que las variables raciales y de clase se adaptan con facilidad a las nuevas coordenadas biopolíticas. Pensemos si no en el contraste entre los vuelos de repatriaciones y las deportaciones tras el cierre de fronteras, así como en las denuncias del incremento de la presión policial en barrios migrantes y periféricos.

Todo ello a la par que el imperio de la ley mordaza ha encontrado una renovación inesperada de su papel en el ordenamiento del espacio público cuyos efectos, como bien sabemos por años de lucha en las calles, distan de distribuirse homogéneamente en el conjunto de la población. Así, en un contexto de restricciones a la circulación sin parangón en el contexto de las cuarentenas europeas –por cuantía de las sanciones y porque hasta los confinamientos más duros contemplaron siempre alguna posibilidad de desplazamiento en las inmediaciones del domicilio– el Ministerio del Interior ha llegado al límite de recomendar la gradación de las sanciones en función de la actitud más o menos resignada de quien recibe la multas, en una insólita celebración del punitivismo moral de la ley mordaza. Sin olvidar, por último, las inéditas fracturas abiertas durante la escalada entre quienes teletrabajan y quienes lo hicieron fuera de casa y también, en la desescalada, según la posición que ocupen en unos cálculos de distribución de riesgos no exentos de grandes dosis de paternalismo estatal.

La lógica belicista ha venido a dotar de un aura de civismo a la estigmatización de diversos colectivos que sufrió en primer lugar la población de origen asiático y de la que el panóptico vecinal para el escrutinio de desplazamientos y actitudes constituye ahora su expresión más sofisticada. A nadie escandaliza ya, como consecuencia, que la policía pueda irrumpir en un domicilio privado donde un grupo de personas se habría reunido para tener sexo mientras que se considera perfectamente legal abandonar el domicilio para congregarse en misa. La ausencia de medidas para mitigar los efectos del arresto domiciliario de la infancia parece igualmente difícil de entender, por su parte, sin tener en cuenta su generalizada percepción como amenaza de transmisión asintomática. Incluso la preocupación por la protección de la tercera edad se ha visto algo más que empañada por la desidia letal de las residencias privadas o las piedras lanzadas contra un autobús que transportaba ancianos a una residencia en La Línea. Poco sorprende, en ese contexto, que se redacten protocolos señalando el valor social de la persona enferma como criterio de admisión en las unidades de cuidados intensivos, invitando al equipo médico a sumarse a la moral de excepción propia de los estados totalitarios. Si algo define al estado de excepción es, precisamente, la quiebra del principio democrático según el cual todas tenemos el mismo valor social o el derecho, al menos, a ser tratadas como si lo tuviéramos.

El espacio de la protesta
Sería un error ignorar las formas en que el espíritu de cooperación se abre paso, contra viento y marea, en el contexto de crisis. Su rastro resulta evidente en la disposición del personal sanitario a trabajar en condiciones penosas y de riesgo por la falta de recursos, en la producción en red de material sanitario o en la organización vecinal para suplir a unos servicios sociales diezmados por los recortes, por citar solo algunos ejemplos. No obstante, es posible que nuestra relación general con la pandemia tenga mucho menos que ver con la solidaridad que con los mandatos de una moral de excepción basada ante todo en el miedo, la sumisión a la autoridad y la construcción del otro como amenaza. Pensemos si no, para ilustrar este extremo, que la cifra de migrantes muertos en el Mediterráneo desde 2014 supera a la de muertes combinadas por Covid-19 entre España e Italia a finales del mes de marzo, sin que ello pareciera quitarnos demasiado el sueño. El contraste entre nuestra tolerancia ante una respuesta institucional que, en un caso, criminaliza los rescates y, en el otro, extrema las precauciones, no habla demasiado bien de nuestra empatía con la población más vulnerable. Lo hace bien alto, más bien, del imperio de una moral de excepción llamada racismo.

Este último contraste guarda relación, en mi opinión, con una dimensión metafórica de la enfermedad y la muerte que, como explica Susan Sontag al respecto del sida, sobrepasa con creces el campo de lo estrictamente sanitario. En el caso de la Covid-19, la amenaza pandémica se presenta como una guerra contra un mal absoluto, divorciada de cualquier punto de referencia por comparación con otras enfermedades, otras pandemias, otros factores de riesgo y otras tragedias humanitarias. La pedagogía epidemiológica brilla por su ausencia en el discurso mediático, contribuyendo a crear una pura y simple sensación de pánico poco dada al pensamiento crítico y muy favorable al refugio autoritario. Como resultado, lo ominoso de la pandemia cercena nuestra capacidad de pensar que las alternativas sean siquiera posibles, compensando así con creces la pérdida de confianza en las instituciones señalada en las directrices de la referida Junta como obstáculo a superar en periodos de alerta sanitaria.

Sin lugar a dudas la desconfianza existe, hunde sus raíces en el ciclo iniciado por la Primavera Árabe y se extiende hasta levantamientos mucho más recientes. Y parece estar, además, de sobra justificada teniendo en cuenta que la violencia estatal desplegada como respuesta a dichas protestas ha venido a respaldar la multitud de procesos de ajustes, recortes y privatizaciones que conducen al estrecho margen de maniobra con que enfrentamos la presente crisis. En ese sentido, el avance de la agenda neoliberal es el telón de fondo que explica la prolongación de la primacía de lo securitario desde los escenarios de protesta hasta los de pandemia. Dicho de otro modo, el autoritarismo desplegado en la defensa del orden público y la securitización de la salud global forman parte de uno y el mismo estado de excepción, que además se extenderá, previsiblemente, durante un austericidio pos-Covid-19 en el que perderemos, literalmente, la cuenta de las bajas. Mientras dure, discutiremos sobre los medios y las estrategias, sobre la mejor forma de protegernos a nosotras mismas y a las más vulnerables de entre nosotras, sobre cómo articular la condena de la violencia con la urgencia de responder ante ella. La batalla decisiva será, sin embargo, la que libremos para recuperar el espacio de la protesta.

Pablo Pérez Navarro
es filósofo, investigador del Centro de Estudios Sociales (CES) de la Universidad de Coímbra (Portugal) y profesor visitante de Estudios Queer/LGTBI - Género y Sexualidades en la Universidad Federal de Minas Gerais.

viernes, 10 de noviembre de 2017

#hemeroteca #queer | Pablo Pérez Navarro: “Al desmantelamiento neoliberal de las humanidades hay que sumarle la endogamia de los concursos públicos”

Imagen: Pikara / Pablo Pérez Navarro
“Al desmantelamiento neoliberal de las humanidades hay que sumarle la endogamia de los concursos públicos”.
Ascensión Marcelino Díaz | Pikara, 2017-11-10
http://www.pikaramagazine.com/2017/11/al-desmantelamiento-neoliberal-de-las-humanidades-hay-que-sumarle-la-endogamia-de-los-concursos-publicos/

Pablo Pérez Navarro es Licenciado en filosofía por la Universidad de Granada y doctor en filosofía por la Universidad de La Laguna. Autor de ‘Del texto al sexo. Judith Butler y la performatividad’, publicado por la editorial Egales en 2008, libro en el que realiza una lectura de la filósofa norteamericana desde la perspectiva de la filosofía del lenguaje. También ha participado en obras colectivas de filosofía, estudios de género y teorías queer como ‘Teoría queer. Políticas bolleras, maricas, trans, mestizas’ (Egales, 2005), ‘Judith Butler en disputa. Lecturas sobre la performatividad’ (Egales, 2012), ‘Conjunciones. Derrida y compañía’ (Dykinson, 2007) o ‘Éticas y políticas de la alteridad’ (Plaza y Valdés, 2015). En la actualidad Pérez Navarro es investigador posdoctoral en la Universidad de Coímbra en Portugal, en donde participa en un proyecto de investigación llamado INTIMATE, que estudia la ciudadanía íntima de personas LGBTQ en Europa del Sur con la finalidad de visibilizar la diversidad sexual, afectiva y relacional tanto en la academia como fuera de ella.

P. ¿Dónde naciste?
R. En Barcelona. Pasé mis primeros tres años de vida allí, en un barrio de San Cugat del Vallés llamado La Floresta. Después mis padres se trasladaron, y a mí con ellos, a La Laguna, en Tenerife.

P. ¿Por qué decidiste estudiar filosofía?
R. Fue una decisión tardía. Aunque siempre se me dieron bien las letras, me encaminaba hacia las ciencias puras. Estudiaba física cuando entré en una crisis vocacional. Sentí la necesidad de reorientarme hacia algo que me pusiera en contacto con la realidad social y pensé que lo podía encontrar en la filosofía.

P. Tu carrera universitaria la realizaste en Granada pero tu doctorado en Canarias, en la Universidad de La Laguna. ¿Qué te impulsó a ello?

R. La Universidad de La Laguna ya la conocía, dado que cursé allí el primer ciclo. Cuando me licencié, tras un año de beca Séneca en la Complutense de Madrid, estaba decidido a escribir una tesis sobre Richard Rorty. Aunque no llegó a ser profesor mío durante la carrera, mi principal referencia sobre ese autor era Gabriel Bello Reguera, catedrático de filosofía moral de la Universidad de La Laguna. Además, La Laguna tenía la ventaja de que podía contar con la casa de mis padres para vivir, cosa que hubiera sido crucial de no haber conseguido la beca para la realización de la tesis.

P. ¿Hubo personas que puedan considerarse tus mentores? ¿Quiénes te apoyaron?
R. No usaría la palabra mentores pero a Gabriel Bello, mi director de tesis, le estoy enormemente agradecido. Primero por animarme a centrar mi tesis en Judith Butler, una autora que no era aún (en España) ni tan leída ni tan reconocida como ahora. Segundo, por la enorme libertad que me dejó para desarrollar la investigación. Por otro lado, Paco Vidarte fue también para mí un gran estímulo intelectual y una gran influencia, además de amigo. Su curso sobre teoría queer me marcó en muchos sentidos. Tras asistir como alumno, me invitó a impartir una sesión en la segunda edición, además de a participar en el libro 'Teoría queer, políticas maricas, bolleras, trans, mestizas'. Su forma de recibir mi trabajo representó, para mí, el primer momento en que sentí la confianza de que lo que yo pudiera tener que decir podría, quizá, interesarle a alguien más.

P. Actualmente estás en la Universidad de Coimbra como investigador posdoctoral. ¿Podrías hablarme de la universidad, de las dificultades o facilidades que encuentras/encontraste para realizar tu trabajo?
R. Dificultades es la palabra que destacaría de tu pregunta. Siento que he podido formarme a lo largo de bastantes años gracias a becas, lo que representa una inversión colectiva en mi formación. Al desmantelamiento neoliberal de las humanidades hay que sumarle la endogamia de los concursos públicos de plazas de profesorado universitario que es, literalmente, de juzgado de guardia. Lo que deberían ser convocatorias abiertas son por lo general oportunidades prediseñadas ad hoc para personas concretas con vínculos muy estrechos con las personas encargadas de convocar las plazas. Por ejemplo, se puede pedir un docente para una asignatura de carácter no específico, del tipo Filosofía contemporánea, y pedir que sea especialista en los autores X, Y y Z sin justificación alguna, simplemente porque la persona “de la casa” tiene publicaciones sobre la improbable combinación de X, Y y Z. Además de perjudicar a la calidad docente, estas prácticas nos dejan prácticamente fuera del sistema a quienes carecemos de padrinxs. Máxime cuando los trabajos sobre teorías queer o estudios de género corren el riesgo de ser puntuados por los tribunales de manera irrelevante.

P. Tu militancia en la Asamblea Transmaricabollo de Sol y en el 15M, ¿ Qué ha supuesto para ti personal y profesionalmente?

R. El 15M me da, poco antes de un período entre dos becas postdoc, de paro, incertidumbre y trabajos basura, la oportunidad de sentirme, en un sentido muy tangible, parte de una colectividad de víctimas de un mismo régimen político-económico. Víctimas que, sin embargo, no nos resignamos a serlo sin presentar batalla. Me reposiciona políticamente en el mundo y me hace consciente de la necesidad de nuevos relatos colectivos desde los que hacer frente a la desoladora propaganda inhóspita y austericida que nos rodea. La Asamblea Transmaricabollo de Sol, más en concreto, me da la oportunidad de encontrarme con otras con quienes convertir mis, a veces, hiperminoritarios posicionamientos teórico-políticos en acción directa.

P. Hablas en la entrevista que te hicieron en el blog ‘Disidente’, de la academia y del activismo, y me gustaría que me hablaras del tema, de si las relaciones entre ambas han mejorado o siguen estando igual.
R. Me siento tan distanciado de ciertos sectores del feminismo español y, en especial, del que ocupa los grandes espacios institucionales en la academia y fuera de ella, que incluso ignoro hasta qué punto son o no tan hostiles e impermeables como en el pasado a la obra de Butler o a los feminismos queer en general. Entiendo que, pese a las hostilidades, el reconocimiento y la influencia del pensamiento de Butler las obliga puntualmente a dialogar desde posiciones de aparente respeto intelectual, cuando preferirían poder haber seguido despreciando sin más las críticas lanzadas desde los feminismos queer al feminismo que ellas representan.

En cualquier caso, pese al desinterés mutuo existente entre feminismos y formas de entender el papel social de la universidad irremediablemente distantes entre sí, existen zonas de fricción que nos obligan, cuanto menos, a cobrar conciencia de estas distancias. Las zonas en conflicto, esas en las que el encuentro es inevitable, varían a lo largo del tiempo (y del espacio) y me atrevo a decir que algo se ha avanzado desde los tiempos de las sex wars hasta hoy. A pocas teóricas se les ocurre argumentar, por ejemplo, en favor de la censura de la industria pornográfica, pese a que los argumentos que utilizan en relación a la abolición del trabajo sexual sean prácticamente los mismos, pues saben que resultaría anacrónico e intolerable en el clima político del presente.

De estas insalvables diferencias entre diferentes culturas feministas, me preocupan especialmente aquellas en las que el discurso hegemónico sostiene decisiones políticas y legislativas que condicionan la vida de amplios grupos de personas. Sobre todo cuando las condiciones de vida de quienes producen esos discursos no tienen nada que ver con las de aquellas sobre las que recaen sus consecuencias. El trabajo sexual o la gestación subrogada son, por poner dos ejemplos, dos áreas de este tipo, en las que el abolicionismo impide que se garanticen los derechos imprescindibles para mejorar significativamente la vida de muchas. Es en estas zonas de conflicto, en las que intersectar la producción académica y la labor activista donde me parece más importante invertir esfuerzos.

P. Tu libro 'Del texto al sexo' gira en torno a la figura de Judith Butler. Quisiera que me contaras cómo llegaste a ella, la primera vez que escuchaste hablar de Butler, cómo fue tu experiencia de lectura de sus libros, del ambiente que rodeaba a su recepción, dónde y a través de quién.
R. Fue muy personal, en el sentido de que fue totalmente fuera del ámbito académico. No sé cómo llegó ‘Gender Trouble’ a mis manos, sólo recuerdo que fue en el último año de carrera. En un primer momento me sirvió para entender que Foucault y Derrida podían tener una relevancia política fundamental respecto a problemas políticos candentes de un modo que contrastaba enormemente con la visión respetuosa pero políticamente descorazonadora que Richard Rorty podía tener de ellos.

Por otro lado, en parte debido a las enormes carencias en materia de pensamiento feminista de los planes de estudio de Filosofía, Butler se convirtió en mi primera gran profesora de feminismo. En cierto modo, supongo que con ella me lancé a la un tanto paradójica tarea de aprender a un tiempo teoría queer e historia del pensamiento feminista.

P. Me gustaría conocer tu opinión, tu visión personal de quién es Butler y qué representa.
R. La conocí muy brevemente en Nueva York. Siempre me ha parecido muy abierta y accesible pese a la saturación social que conlleva su posición. Considero que Butler ha convertido al feminismo en la clave de lectura más intensa y políticamente significativa de la filosofía postestructuralista, por una parte, y que ha convertido a la filosofía postestructuralista en la clave de lectura crítica más productiva del pensamiento feminista, por la otra. Cualquiera de las dos tareas la habría convertido en la filósofa más importante del fin de siglo. Hacer eso rompiendo de paso las barreras que separan al público académico del no académico, inspirando a los activismos y contraculturas de las disidencias sexuales y de género de un modo muchísimo más acusado, si cabe, a como las lecturas de Foucault pudieron acompañar los primeros pasos del activismo de grupos como Act Up, es el difícil de sobrevalorar suplemento que redondea la imagen de su influencia en la cultura contemporánea.

P. Últimamente existe un movimiento muy fuerte para prohibir la prostitución. Tú hablas de trabajadoras del sexo y de putofobia. ¿Cómo ves el asunto?
R. Lo veo, en primer lugar, como una muestra de la vigencia del componente más moralista del ala conservadora de las sex wars. Es decir, como una muestra de la vitalidad de muchas de las premisas del feminismo cultural y de las cruzadas antipornografía de Mackinon, Dworkin y compañía. Como en aquel caso, se victimiza a las trabajadoras del sexo (actrices porno aquellas, prostitutas éstas) hasta privarlas de voz. No sólo se las considera privadas de autonomía cuando toman sus propias decisiones laborales, sino que se las excluye de los procesos de negociación con las administraciones públicas y de prácticamente todos los procesos de formación de discursos en torno a la prostitución.

Además, en segundo lugar, veo este fundamentalmente como un problema de lucha por los derechos de un colectivo de trabajadoras y trabajadores. Me parece gravísimo que una parte importante del feminismo institucional trabaje para bloquear cualquier avance en derechos de ese colectivo, contribuyendo a su precarización, al aumento de los riesgos en sus condiciones de trabajo, a favorecer la explotación por falta de convenios colectivos a los que acogerse, a mantener el estigma sobre aquellas a quien se dice querer proteger. Se trata de un feminismo de vocación salvífica que paradójicamente porta sangre, sudor y lágrimas a su espalda, entre otras cosas porque la incapacidad para diferenciar teórica y políticamente entre trabajo y trata con fines de explotación sexual complica todas las tareas policiales y judiciales de persecución de la trata.

P. Laurentino Vélez Pelligrini arremete muy fuerte contra ti, y otros activistas y teóricos del movimiento queer, llegando incluso al insulto. He leído algunos artículos en Dos manzanas_com y me sorprendió, francamente. He utilizado un libro ('Sujeto de un contradiscurso') suyo para mi máster sobre Butler y me quedé de piedra cuando leí los comentarios en el mencionado blog. ¿Cuáles crees tú que pueden ser las causas de tales ataques?

R. Es algo que nunca pude entender. Solo puedo observar que sus ataques fueron tan generalizados como inexplicables.

P. ¿Podrías hablarme de la relación que mantienes con otrxs teóricxs y activistas como Gracia Trujillo, Javier Sáez, Carmen Romero Bachiller?
R. Con Javi me une ante todo el recuerdo de Paco, con quien compartimos amistad (la de él mucho más cercana y sobre todo prolongada que la mía). Por lo demás. respeto mucho su trayectoria activista y su labor de escritura, traducción, edición y difusión de trabajos en torno a las teorías queer. Con Gracia he compartido espacios de militancia como la Asamblea Transmaricabollo de Sol. Admiro no solo su labor académica y su reconstrucción de la historia del activismo lesbiano en el estado español con una mirada queer, sino, sobre todo, su capacidad para comunicar contenidos teóricos y políticos. Contagia el entusiasmo por lo que hace. Compartimos espacios, amistad personal y proyectos académicos. A Carmen la conozco mucho menos, pero también compartimos asambleas al comienzo del 15M y hemos coincidido en diferentes espacios académicos. Siempre es un placer tanto leerla como escucharla.

P. ¿Podrías hablarme de otrxs personas que consideras importantes y que yo no haya mencionado?
R. Paco Vidarte. Fue uno de los motores de mi interés por la teoría queer, incluso antes de oír hablar de estas. Sus obras menos académicas, como ‘Extravíos’ y sobre todo ‘Homografías’, o incluso sus colaboraciones en algunas revistas, formaron parte de mi actitud político-sexual antes de saber quién era Judith Butler. Hablando de activismo, ha sido fundamental para mí el encuentro con Mónica Redondo, en la Asamblea Transmaricabollo de Sol. He aprendido mucho no sólo de su experiencia como activista, sino de su capacidad para convertir la convicción política en un motor vital de primer orden. Aunque a veces duela. Las larguísimas conversaciones que he mantenido con ella sobre las historias pasadas, presentes y futuras del activismo forman parte de mi manera de pensar. Y, además, es una gran amiga.

Elvira Burgos, de vuelta al plano académico, ha sido para mí uno de los grandes referentes en lo que a la recepción hispanohablante de la obra de Judith Butler se refiere. Nadie ha hecho tanto como ella desde la Filosofía y desde el pensamiento feminista por dar a conocer y valorar la obra de Butler en nuestro país. Fue parte de mi tribunal de tesis y uno de las personas que me animaron a seguir adelante durante su elaboración.

Ya en Portugal, me ha marcado el encuentro con Ana Cristina Santos, artífice y coordinadora del fantástico proyecto INTIMATE, de quien continúo aprendiendo cada día a tejer lazos entre la academia y el activismo. Trasladarme aquí también me ha permitido conocer a João Manuel de Oliveira, que ha sido no sólo un estímulo en mis trabajos recientes sino, además, uno de los amigos que me ha hecho más fácil el tránsito entre los dos países de la península ibérica. Lo mismo que Luciana Moreira, con quien he compartido estos últimos años idas y venidas de trabajo de campo entre Madrid y Coimbra y que ha hecho de esta última una ciudad mucho más cálida de lo que su prolongado invierno pudiera llegar a sugerir.

Aprendí mucho también de María José Guerra Palmero, durante mi doctorado, y de su enorme capacidad para entablar diálogos críticos y sosegados entre corrientes feministas muy diversas.

viernes, 7 de julio de 2017

#hemeroteca #homofobia #gestacionsubrogada | Homofobia y gestación subrogada

Imagen: Orgullos Críticos do Sul / 'Voy a ser mamá'
Homofobia y gestación subrogada.
Pablo Pérez Navarro | Orgullos Críticos do Sul, 2017-07-07
https://orgulloscriticos.wordpress.com/2017/07/07/homofobia-y-gestacion-subrogada-2/

Hace unos días, a través del móvil, en el grupo preparativo de una charla sobre la gestación de moda, otra de las ponentes compartió la imagen de un musculado cuerpo masculino, tatuado y sin camiseta, con un bebé en brazos. La leyenda, sobreimpresa en letras grandes: gaypitalismo. Si la ocurrencia hubiera antecedido a una charla en Hazte Oír, no habría tenido mayor interés. Apenas habría sido una forma ingeniosa de advertir que si les concedes el derecho a las mujeres para gestar para terceras personas, imagínate, alguna podría concebir el bebé de la musculoca del quinto. Qué grotesco.

Solo que aquello no era Hazte Oír, sino un espacio transfeminista. Pese a lo cual, allí estaba aquella imagen, con el aire condescendiente de quien se pasea por su propia casa, asociando la crítica anticapitalista a esta técnica de reproducción asistida con cierta imagen de la paternidad gay. Llegando a fundirlas en un despreciativo lema. La subrogada no sólo es propia de gays normalizados estética y políticamente, gritaba la imagen para anticipar el debate, sino que refleja todos los males, además, del sistema de explotación capitalista. ¿La de quién? Sin duda, la del cuerpo ausente, el de la gestante que parió al bebé que terminó, vía explotación reproductiva, en los brazos de la paternidad sin madres.

Más allá de lo anecdótico, conviene tener muy presente que la crianza de nacimiento sin figuras maternas que permite la gestación subrogada no es algo que inquiete sólo a la homofobia más fácilmente ubicable y reconocible. Ni muchísimo menos. Al calor del debate, no es raro encontrar incluso a feministas de este milenio súbitamente preocupadas por cosas tales como el derecho de los bebés a recibir leche materna. ¿Quién amamantará al bebé del gaypitalismo? Se preguntan. Entre la gestante que no asume relación maternal alguna y las crianzas de nacimiento sin madres, el orden simbólico de la madre salta hecho pedazos.

En la práctica, a un amplio sector de la población feminista y de izquierdas, no digamos ya de la otra, le importa bien poco que más del ochenta por ciento de las subrogaciones las lleven a cabo parejas heterosexuales con problemas de fertilidad. Al menos estas solo sustituyen a una “madre” por otra. Entretanto, llueven artículos, alusiones, y hasta cuñadismos transfeministas, que por supuesto también los hay, explicando que el problema de la subrogada radica en el privilegio masculino para explotar la feminización de la pobreza.

Hay cosas que resultan más sencillas de pensar o, más bien, de dejar de hacerlo, cuando puedes reducirlas a la imagen de un hombre explotando a una mujer. Es la misma regla de tres que hace desaparecer a los chaperos junto a las clientas mujeres, como por arte de magia, de la mayor parte de los debates sobre el trabajo sexual. Con el agravante de que, en este caso, un abrumador porcentaje de subrogaciones corresponden a mujeres que recurren a la capacidad gestante de otras. Tanto se demoniza esa explotación “de género” y la paternidad sin madres que en países como Portugal la coalición de izquierdas acaba de aprobar el uso de la subrogada sólo cuando está involucrada una madre de intención. Como resultado, las parejas heterosexuales pueden subrogar, mientras que solteros y gays afrontan penas de cárcel. Recordemos que sí, en Portugal, los gays podemos casarnos, adoptar y hasta darnos la mano por la calle. Lo que no se puede es subrogar.

Y es que, al igual que ese sorprendentemente desdibujado nexo entre mujeres con y sin capacidad gestante, ya sea solidario, pecuniario o mixto, las familias heterosexuales creadas por subrogación tienen ese don, el de pasar cotidiana y políticamente mucho más desapercibidas. A veces ni los vecinos se preguntan de dónde salió el bebé. Ni los consulados. En la subrogada, como en casi todo, la heterosexualidad amplía posibilidades, abarata costes, agiliza trámites.

No existe, por el contrario, ningún súper poder de invisibilidad para los padres no heterosexuales. A ese bebé no lo ha gestado ni su papá ni su papá, se comenta allá por donde pasan. Hasta el cónsul de California, ese que nunca dijo nada cuando las parejas hetero aterrizaban después de que nacieran sus hijos en suelo americano, se dio cuenta, generando un revuelo administrativo que dura ya casi una década y que acumula toneladas de ensayos de derecho internacional privado. El de California, y el de cualquier otra de esas carísimas latitudes donde permiten subrogar a parejas gays, con mejor o peor suerte. Lugares donde, por cierto, la tan señalada relación de desigualdad económica entre las privilegiadas del norte y las gestantes del sur tiende a invertirse, especialmente si tenemos en cuenta que las gestantes han de demostrar su estabilidad económica para poder serlo y lo poco al norte que queda, para según qué cosas, el sur de Europa.

Claro que esa inversión geográfica no es el único error de matrix que provoca la paternidad sin madres. Leamos si no al juzgado de primera instancia de Valencia, oráculo metafísico del llamado “caso cero” y que, por supuesto, corresponde a una familia homoparental: “ello que al menos formalmente es cierto pues así consta en la certificación californiana, no lo es, ni puede serlo a efectos materiales pues biológicamente resulta imposible, surge con ello la existencia de la duda sobre la realidad del hecho inscrito”. Y así pasamos de la inmutabilidad del ser (“El Ser es, el no Ser no es”, pontificaba Parménides) a la del mater sempre certa est. Inmutabilidad, al menos hasta que el Tribunal Constitucional decida por fin pronunciarse al respecto de si el certificado de nacimiento con dos padres es no válido, y se dilucide si España tendrá o no que seguir el camino de los estados europeos condenados por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos por no respetar las filiaciones establecidas en el extranjero, en nombre del mayor interés del menor.

Podría parecer que este tipo de problemas administrativos solo atañe a esas pocas privilegiadas que se pueden pagar los costes de una gestación subrogada en el extremo norte del norte global. Aunque para eso tengamos que olvidarnos de que muchos se hipotecan a muy largo plazo para poder subrogar y también, por supuesto, de esa pareja gay (oh, casualidad) a la que se separó como medida cautelar de su hija en Almería, en espera de juicio, por subrogar sin pasar por el carísimo exilio reproductivo. Nunca está de más recordar, llegados a este punto, que hemos pasado de 2891 adopciones internacionales en 2010 a tan sólo 799 en 2015, según el Ministerio de Sanidad, y no es por falta de demanda. Por retorcer el rizo, un buen porcentaje de los países de origen excluyen directamente la adopción homoparental. A lo mejor parte de la fijación viene de la conciencia de que, en la práctica, la regulación de la subrogada es la puerta para que la marica del quinto, musculoca o loca a secas, la de clase obrera, pueda de hecho tener hijxs. Que se disparen todas las alarmas, entran Almodóvar y Mcnamara al escenario y suena “voy a ser mamá”.

Relativos privilegios aparte, creo que es precisamente porque se alude con tanta frecuencia en estas lides a “los hombres” (expresión que funciona aquí como eufemismo de gays, que a su vez lo es de maricas que quieren jugar a papás y mamás, como decía Fernando Savater) sin más objeto que el de aliñar la discusión con un poco de homofobia soterrada, por lo que estos debates nos atañen muchísimo más directamente de lo que nos gusta pensar al conjunto de la población elegetebecú.

No sólo por esa homofobia que campa a sus anchas por las desubicadas cruzadas contra el gaypitalismo y en esa eterna mistificación de la gestación y la crianza maternas (que alcanza sobre todo a los gays pero también a las madres lesbianas no gestantes) sino, además, porque no tenemos precisamente buenas relaciones históricas con las imposiciones estatales sobre lo que podemos hacer con nuestros cuerpos en general y nuestros sexos y capacidades reproductivas en particular. El derecho a gestar para otras personas no se puede pensar aisladamente de otros derechos sexuales y reproductivos como el derecho a inseminarse, a hormonarse, a congelar gametos, a donarlos, a esterilizarse, a no hacerlo, a abortar, a las cirugías de reasignación, a criar fuera de los mandatos de la monogamia y a ser o a no ser madre o padre en los términos que cada una decida.

Bastante sabemos de todo ello como para no solidarizarnos, así sea un poco y solo por esta vez, con esa inmensa mayoría de heteros que han recurrido a la subrogada, o que lo harán en el futuro, y que están soportando un ataque de una virulencia creciente y que llega preñado de una cantidad de esencialismos, moralismos, biologicisimos y también, como cohesionándolo todo, de abolicionismos bastante preocupante. Aunque solo sea porque sabemos bien, por experiencia o hipersensibilidad política adquirida, lo que supone que todo el mundo se permita opinar sobre si tu familia es o no lo bastante normal como para considerarla una familia legítima, moralmente aceptable, digna o no de reconocimiento legal y, a la postre, real.

viernes, 5 de mayo de 2017

#hemeroteca #gestacionsubrogada | Abolicionismo y gestación subrogada

Imagen: Público / Concentración de RECAV en Madrid, 2017-05-06
Abolicionismo y gestación subrogada.
Pablo Pérez Navarro | Rebelión, 2017-05-05
https://www.rebelion.org/noticia.php?id=226247

Hace ya unos años que se celebra anualmente, en Madrid, una feria de agencias de gestación subrogada. Este año, la recién creada 'Red Estatal contra el Alquiler de Vientres' (sic) ha convocado una manifestación contra la “transacción” de bebés en el “mercado de mujeres” ante las puertas del evento. Basta pensar en que el público habitual lo componen quienes se plantean recurrir a esta técnica de reproducción asistida, junto a madres y padres que ya lo han hecho y acuden en compañía de sus hijas e hijos, para que la escena resultante recuerde, inevitablemente, a las manifestaciones ante las clínicas en que se practican abortos.

No está de más preguntarse, dada la violencia ética y estética implícitas en la convocatoria, bajo qué banderas se reúnen tantos colectivos por esta causa, qué discursos los aglutinan entre sí, quiénes los producen y, en fin, cuáles son sus referencias comunes en la arena nacional o internacional.

La tarea parece sencilla, ya que la nueva red cuenta con una página web en cuya posición central se nos ofrecen no ya uno, sino hasta dos manifiestos. Uno de ellos es el del colectivo 'No Somos Vasijas', que preside además la lista de los más de cincuenta que suscriben la convocatoria. El otro, la versión en castellano del de la red internacional 'StopSurrogacyNow'.

En el primero se equipara, con el tono casual de quien apela al sentido común, el “control sexual de los cuerpos de las mujeres” que implicaría la gestación subrogada con “la regulación de la prostitución”. Detalle que basta para inscribir este manifiesto, pese a que sus promotoras les guste manifestarse en nombre de “el” feminismo (como si este fuera uno, grande y libre), en una tradición muy específica: el abolicionismo de la prostitución.

El segundo manifiesto despliega, a su vez, una retórica calcada de la del abolicionismo de la prostitución. Más que su argumentario, sin embargo, llama la atención su perturbadora lista de colectivos “signatarios organizadores”, a la que merece la pena dedicar una atención pormenorizada.

Los cinco primeros puestos incluyen al 'The Swedish Women´s Lobby' y a cuatro colectivos pertenecientes al mismo. Basta un vistazo a su agenda política para comprobar que se centra en el “modelo sueco” del abolicionismo de la prostitución. Aderezado en este caso con campañas que, como la elocuente #pornfree , reclaman la intervención estatal contra la difusión de la pornografía. Por lo que se ve, con su abolicionismo simultáneo de la pornografía, la prostitución y la gestación subrogada, el lobby hunde sus raíces en esa moralista deriva del feminismo radical que fue el feminismo cultural, asociado a nombres como los de Andrea Dworkin y Catherine Mackinon. Entre cuyos méritos se cuentan, por ejemplo, el de reunir a miles de mujeres en una marcha contra la pornografía en Nueva York, allá por el año 1979.

A continuación, figura el 'European Women’s Lobby', del que las suecas forman parte. Entre cuyos objetivos se encuentra, cómo no, la lucha por “una Europa libre de prostitución”. Las siguen las francesas de 'LeCorp', que también reclama para sí ambos abolicionismos; al igual que el 'Cercle d’Etude de Réformes Féministes' (CERF) y la coordinadora feminista CADAC, quien celebró la criminalización de los clientes de la prostitución contra la que tanto han luchado los colectivos de trabajadoras del sexo en Francia. Como dato curioso, 'LeCorp' lucha, además, por el mantenimiento “de la distinción entre maternidad y paternidad”. No en balde, entre sus miembros más visibles y notables se encuentra Sylviane Agacinski, histórica crítica de la adopción gay y lesbiana.

Mención aparte merece 'Against Child Trafficking' (ACT), de Holanda. De un modo que recuerda al modo en que el abolicionismo recusa la distinción entre la trata con fines de explotación sexual y el trabajo sexual voluntario, para ACT toda forma de adopción internacional representa “una forma legalizada de tráfico de niños”. Su ‘leitmotiv’: la abolición de la adopción internacional en un plazo de cinco años. Tarea en que lo acompaña de cerca, al parecer, Sakhee Pune, signatario radicado en la India cuya actividad en redes sociales se centra en la difusión de los contenidos producidos por ACT.

Al estadounidense 'Center for Bioethics and Culture', antes incluso que la prostitución, le preocupan cosas como abolir la eutanasia, hacer campaña contra la investigación con células madre o alertar de los riesgos psicológicos que supone nacer como fruto de una donación de esperma; entre otras cuestiones que alinean sus preocupaciones bioéticas con las de El Vaticano. Ideológicamente próximo se encuentra FINRRAGE, una red de difusión de trabajos académicos críticos con los avances de las tecnologías reproductivas. Los más recientes datan de mediados de los noventa. La tecnofobia de este grupo traspasa con comodidad el terreno de lo conspiranoico, como resulta evidente cuando advierten del peligro de que energía nuclear, guerra biológica y tecnologías reproductivas se combinen en malas manos.

Les sigue la 'Women's Bioethics Alliance', cuyas inquietudes bioéticas se concentran, en este caso, en dos temáticas: prostitución y gestación subrogada. Restricción que parece afectar, igualmente, a los 'Scandinavian Human Rights Lawyers'. Sólo que, en su caso, donde dice “derechos humanos” debemos leer: abolicionismo, promoción de los “valores cristianos” y de la “ley natural” (sic).

Como representación italiana encontramos, en primer lugar, a la facción romana del movimiento 'Se Non Ora Quando'. Difunde campañas abolicionistas y parece muy próxima, por las temáticas que la ocupan y las autoras que difunde, en la órbita de la Librería de Mujeres de Milán. Vista la importancia del “orden simbólico de la madre” para el feminismo de la diferencia italiano, apenas si sorprende que una técnica de reproducción asistida que posibilita no ya a una crianza, sino hasta un nacimiento sin figuras maternas, les suscite al menos ciertos recelos. Las acompaña, en segundo lugar, 'Generazione Famiglia', que por su parte combina la lucha por la libertad de expresión con la famosa cruzada contra la “ideología de género”, el matrimonio entre personas del mismo sexo y, así en general, los peligrosos avances del lobby LGTB.

Faltarían tan sólo por mencionar a 'Make Mothers Matter', dedicadas a políticas de desarrollo dirigidas específicamente a madres; 'La Lune', grupo de lesbianas de Estrasburgo cuya página web parece estar fuera de servicio; y EMMA, una revista feminista alemana.

Resulta inevitable preguntarse, desde una perspectiva feminista, por el significado de que la lucha contra la subrogada logre conciliar movimientos reaccionarios tan diversos, y qué relaciones se pueden establecer entre la prohibición de la gestación subrogada y temáticas como la censura de la pornografía o la homotransfobia más galopantes. No menos acuciante, vista la campaña en referencia a la cual se construye la nacional, es la pregunta por cómo llegan tan variados colectivos feministas, además de alguno LGTB, a prestarse a servir como correa de transmisión en nuestro país de tan estimulante coalición.

Posibles respuestas aparte, cabe decir que la continuidad central entre los abolicionismos de la prostitución y de la gestación subrogada se mantiene como hilo conductor de la red incluso aunque obviáramos ambos manifiestos. El breve texto de la convocatoria a la manifestación incluye no una, sino hasta dos comparaciones con la prostitución. No parece, por tanto, demasiado arriesgado afirmar que la lucha contra la subrogada es ya el nuevo paraguas bajo el que se reúne el feminismo abolicionista en nuestro país. Cuestión que no tendría tanta importancia si no fuera porque el abolicionismo constituye ya, paradójicamente, uno de los principales motores de las violencias que pretende, supuestamente, erradicar.

Así, en el terreno del trabajo sexual, es justamente el abolicionismo quien condena a las trabajadoras y trabajadores a la total falta de derechos y a la desprotección jurídica frente a la explotación, quien fomenta el incremento de riesgos y del estigma que la clandestinidad conlleva, quien dificulta la lucha contra la trata al confundirla con el trabajo sexual voluntario y quien ignora, en fin, sistemáticamente sus demandas. Por no hablar de cómo esa confusión se ha convertido en un arma brutal de las políticas anti-inmigración, como hace años que vienen denunciando los colectivos de trabajadoras del sexo en nuestro país.

De modo similar, el abolicionismo de la gestación subrogada se ha convertido en el principal garante de los beneficios de la industria transnacional contra la que se manifiesta, propicia que se subrogue en mayores condiciones de desigualdad económica en diferentes partes del mundo, estigmatiza a las mujeres gestantes al representarlas como “madres” que abandonan o venden a sus hijos, contribuye a la elitización económica del acceso a los derechos reproductivos a la par que, por último, celebra violencias administrativas como la figura del bebé sin papeles de la gestación subrogada o la criminalización de quienes osan subrogar sin pasar por el exilio reproductivo.

Porque, efectivamente, nuestra ley sobre técnicas de reproducción humana asistida, de 2006, declara nulos los contratos de subrogación celebrados en nuestro país. Con independencia de que estos sean altruistas, como los que sí permiten las legislaciones de Inglaterra, Irlanda, Grecia, Hungría o la recientemente aprobada por la coalición de izquierdas en Portugal; o comerciales, como los que son comunes en Rusia, Ucrania y algunos estados de los Estados Unidos, como Chicago o California. Con su prohibición total, España se alinea con Italia, Malta, Francia y Alemania. Es esta diversidad legislativa, y no las ferias de gestación subrogada, quien genera exilios reproductivos muy similares a los de quienes cruzaban hace no tanto tiempo los Pirineos para abortar en Francia; o al que precisan aún hoy, con el consiguiente esfuerzo económico, emocional y administrativo, las mujeres solteras y lesbianas que llegan a España desde esa mayoría de países europeos en que se les niega el acceso a las técnicas de reproducción médicamente asistida.

A la postre, la primera víctima del abolicionismo es la diversidad de los debates en el ámbito del activismo y de la crítica feministas. Solo así se explica que tantos colectivos se reúnan en una red construida en tan gratas compañías y cuyo acto de presentación pasa por reunirse para acusar, entre otros, a otras mujeres (la subrogación sin madres representa apenas un veinte por ciento del total) de participar nada menos que en el “tráfico de niños”. Todo ello mientras, con un paternalismo impropio de cualquier feminismo, niegan la autonomía corporal a colectivos enteros de mujeres, como las trabajadoras del sexo o quienes deciden gestar para terceras personas.

Así las cosas, solo resta confiar en que las sucesivas mutaciones del abolicionismo sirvan como revulsivo para generar alianzas frente a quienes sostienen, justifican, producen o, en el mejor de los casos, ignoran, la violencia estatal dedicada a domesticar los cuerpos ajenos.

Pablo Pérez Navarro. Investigador del proyecto INTIMATE en el Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra.

viernes, 3 de febrero de 2017

#hemeroteca #relacionesnomonogamas | La ley de la monogamia

Imagen: Google Imágenes
La ley de la monogamia.
“Las relaciones no monógamas ponen en evidencia hasta qué punto el Estado sigue una lógica de privilegios y exclusiones que condena a una amplia diversidad de modelos relacionales a la total desprotección jurídica”, opina Pablo Pérez.
Pablo Pérez Navarro | La Marea, 2017-02-03
http://www.lamarea.com/2017/02/03/la-ley-la-monogamia/

Los colectivos formados en torno a la cuestión del poliamor no plantean, por lo general, y a diferencia de lo que sucede con el activismo LGTB, demandas por el reconocimiento legal de las relaciones que se construyen al margen de la norma cultural de la monogamia. Entre otras cosas porque tienden a dar prioridad a otras cuestiones, como la creación de espacios de encuentro y apoyo mutuo o aumentar la visibilidad social de las alternativas a la monogamia. Puede contarse además, para explicar esta aparente falta de interés, con la influencia de algunas influyentes tradiciones no monógamas, como el feminismo anarquista o el amor libre de los años 60 y 70, que rechazaban por completo las injerencias del estado en según qué asuntos, o el desarrollo de habilidades para la resolución de conflictos por completo al margen de la cuestión legal.

Esto no quiere decir, sin embargo, que las relaciones no monógamas no sufran las consecuencias de la desprotección jurídica, ni que muchas de quienes las establecen no eligieran, si pudieran, contar con las protecciones que conlleva el reconocimiento estatal. Sirva como ejemplo, aunque no existen datos similares para el estado Español, la encuesta llevada a cabo por la Loving More Magazine en los Estados Unidos en el año 2012, según la cual hasta el 90% de los 4.062 entrevistados opinaban que las relaciones monógamas y no monógamas deberían ser iguales ante la ley y al menos dos tercios se acogerían al reconocimiento legal si este estuviera disponibles.

Al fin y al cabo, el papel del Estado en este ámbito no es el de otorgar un mero reconocimiento simbólico. Las relaciones que encajan en el “marco monógamo”, en palabras de Brigitte Vasallo, disfrutan multitud de privilegios, empezando por los estrictamente económicos. Estos incluyen, por ejemplo, la posibilidad de hacer la declaración conjunta de la renta, la seguridad que proveen los regímenes económicos matrimoniales, la regulación de las pensiones alimenticias en casos de separación o divorcio, el acceso a pensiones de viudedad o la protección de los derechos de herencia en ausencia de testamento, que por cierto incluye exenciones fiscales en el caso de los matrimonios, por citar solo algunos de los más evidentes.

Existe, además, un amplio conjunto de protecciones frente a situaciones de vulnerabilidad con las que las relaciones no monógamas no pueden contar, empezando por las situaciones extremas previstas por la ley de autonomía del paciente. El derecho laboral incluye, por su parte, junto al derecho a disfrutar los días de permiso por contraer matrimonio, provisiones para momentos estipulados de crisis, como la muerte del cónyuge o de un pariente de este hasta el segundo grado, además de reducciones de jornada para atender a una pareja dependiente, entre otras de las protecciones que, por el momento al menos, resisten a los embates de la Troika y del Ibex 35.

Como particularidad, debe tenerse en cuenta que en las relaciones no monógamas parte de sus miembros pueden en ocasiones formalizar su relación, ya sea como matrimonio o como pareja de hecho, llevando a situaciones asimétricas en las que algunos disfrutan, de un modo recíprocamente “monógamo”, de protecciones de las que están excluidos otros miembros de la relación. Se reproduce así, en ocasiones, la diferencia entre ciudadanos de primera y de segunda a la que conduce el privilegio estatal de la monogamia, incluso en el interior de estructuras relacionales no monógamas.

Por supuesto, otras dimensiones tan importantes del derecho familiar como los derechos de filiación siguen también una lógica estrictamente monógama, lo que expone a los proyectos parentales con más de dos figuras maternas o paternas a las mismas violencias resultantes de la desprotección jurídica que enfrentaban hace tan solo unos años, en nuestro país, las familias homoparentales.

Cabe señalar además que las relaciones simultáneas, por más estables y buenas candidatas a la santificación estatal que puedan ser, no facilitan nunca la obtención de la nacionalidad española de ninguno de sus miembros. Por el contrario, no existe límite al número de personas a las que se puede ayudar a obtener la nacionalidad española a través de la práctica de la monogamia en serie, esto es, a través de sucesivos matrimonios y divorcios. Privilegio este que, en el contexto de la crisis migratoria y de refugiadas, pone en evidencia que la institución de la monogamia opera como una exclusiva variante del asilo político. O, incluso, como una versión secular de la figura histórica de la conversión religiosa, de acuerdo con el modelo por el que, desde la instauración del Código Civil de Francia de 1804, los estados europeos comparten el monopolio de la administración del sacramento del matrimonio.

Así las cosas, es previsible que, en el medio y largo plazos, este tipo de discriminaciones conduzca a múltiples batallas por el reconocimiento estatal de las relaciones no monógamas, siguiendo el camino abierto en países como Brasil, donde se han formalizado ya algunas “relaciones poliafectivas” a través de diferentes fórmulas jurídicas. Entre otras cosas porque el escenario de la crisis, especialmente en los países del sur de Europa, es un importante motor para la búsqueda de cualesquiera protecciones estatales.

Por el momento, los únicos desafíos planteados a ley de la monogamia en el Estado español proceden del ámbito de matrimonios polígamos celebrados en algunos países árabes. Excepción hecha de la concesión puntual de algunas pensiones de viudedad, los tribunales rechazan en general cualquier demanda relacionada con estos, llegando incluso a denegar solicitudes de nacionalidad sobre la base de que la poligamia “repugna al orden público español”. Ciertamente, las leyes en que se sostienen estos matrimonios implican una asimetría formal entre los géneros que resulta incompatible con el sistema legislativo español. Sin embargo, especialmente si tenemos en cuenta que estas sentencias impactan en general con mayor fuerza sobre la parte más vulnerable de estas familias, mujeres y niños, se entiende la argumentación de juristas como Mª Lourdes Labaca Zabala, para quien este tipo de desamparo legal vulnera el precepto constitucional de protección de la familia.

Es más, dada la paradoja de que se trata aquí de ejercer una cierta violencia estatal sobre mujeres a las que se deniegan pensiones o derechos de reunión en nombre de la defensa de su dignidad o de su igualdad ante la ley, cabe preguntarse si lo que se protege no es, más bien, ese orden público al que lo que de verdad le “repugna” son las alternativas a la monogamia, sean estas asimétricas, laicas o religiosas.

En suma, las relaciones no monógamas ponen en evidencia hasta qué punto el Estado sigue una lógica de privilegios y exclusiones que condena a una amplia diversidad de modelos relacionales a la total desprotección jurídica. Se hace pues necesario caminar en dirección a la implantación de fórmulas jurídicas más abiertas y flexibles, que permitan distribuir las responsabilidades recíprocas en torno a aspectos económicos, patrimoniales, laborales o de provisión de cuidados más allá del estrecho margen previsto por la fórmula monógama “una persona, una relación, un contrato”.

El matrimonio podrá convivir entonces con nuevas fórmulas jurídicas o bien ser sustituido por ellas pero debe, en cualquier caso, dejar de ser el único modo en que el estado provee derechos y protecciones que deberían estar siempre al alcance de todas, con independencia de los modelos sexuales, afectivos o familiares en que nos impliquemos a lo largo de nuestras vidas.

* Pablo Pérez Navarro es investigador del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra

jueves, 4 de junio de 2015

#hemeroteca #politica | Plataformas, polifonías y alcaldías pro-derechos

Plataformas, polifonías y alcaldías pro-derechos
Pablo Pérez Navarro | Pikara Magazine, 2015-06-04

http://www.pikaramagazine.com/2015/06/plataformas-polifonias-y-alcaldias-pro-derechos/

Para algunas, pensar el 15M comienza a adquirir tintes de nostalgia revolucionaria. Sin embargo, ahora que las alcaldías de nuestras ciudades se han convertido en el epicentro del terremoto político postelectoral, urge tener presente el modo en que la ola de protestas que ha recorrido medio mundo en los últimos cuatro años hizo de los espacios públicos de las ciudades su centro de operaciones. Tras estos últimos cuatro años de sucesivas luchas, quizá nada sea más útil para orientarnos en la actual sismología política que recordar el modo en que cada plaza ocupada reinventó los asépticos espacios de consumo por los que transitamos en las ciudades que otros se empeñan en diseñar para nosotras.

Y es que, por más que una mirara el mapa de ocupaciones como la de Acampada Sol, quienes por allí anduvieron saben que bastaba doblar cualquier esquina para perderse en su particular territorio. En primer lugar porque estaba inmerso en un proceso de continua transformación, añadiendo una frenética dimensión temporal al espacio de la indignación. Pero también porque el suelo de la plaza bastaba para albergar, en su aparentemente reducida superficie, una densidad de espacios arquitectónicos y políticos de la que ningún mapa podía nunca terminar de dar cuenta. Residía aquí su particular dimensión heterotópica, aquella que Michel Foucault atribuyó a los espacios que cortocircuitan, con un siempre ambivalente impulso utópico, la monotonía tridimensional en que transcurren nuestras vidas.

Fue esta singularidad espacial de las acampadas la que permitió cristalizar sobre los adoquines el “no nos representan”, lanzando una carga de profundidad contra las desgastadas lógicas de la representación política. No había allí lugar ni para su versión idealizada, la que proclama “una persona, un voto”. En la práctica, en las acampadas, cualquier grupo mínimamente organizado de cuerpos podía producir, ocupando su propio espacio en la plaza, alcanzando o bloqueando consensos en las asambleas generales, efectos de largo alcance, en ocasiones por completo inesperados. Fue así como grupos de trabajo dedicados a cuestiones aparentemente “marginales” al heterogéneo movimiento, como Feminismos Sol o la Transmaricabollo de Sol, junto con Feministes Indignades en Barcelona, Setas Feministas en Sevilla y tantas otras lograron un impacto transfeminista y queerificante que transformó, pese a las resistencias, el 15M como un todo.

Gracias sin duda a esa singular lógica política y espacial de la acampada, que unía la ocupación del espacio con la de la articulación de una voz propia, pero también a que ninguna de ellas fue nunca una mera suma de demandas, de posiciones políticas y mucho menos de votos. Antes bien, eran todas, por su parte, una suma de cuerpos asambleados tan densa como la acampada misma: internamente diversas, hasta la más inoperativa de las náuseas en ocasiones, pero justamente por ello tan complejas e irreductibles como para hacer del conflicto permanente una fuente perpetua de recursos con los que reinventar el espacio de las acampadas y, de paso, el de las ciudades en la que estas se habían instalado.
Al final, eso era el 15M: un espacio de desencuentro permanente entre un sinfín de posiciones íntimamente irreconciliables que estaban, pese a todo, condenadas a escucharse hasta poder tomar, de cuando en cuando, decisiones conjuntas. Cualquier parecido de los consensos alcanzados con la propuesta original de cualquier individuo o colectivo fue siempre pura coincidencia. Precisamente por eso el espacio político del 15M, el que se abrió con la ocupación y reinvención del espacio público, siempre ha sido inconmensurablemente mayor que la suma de cada una sus partes. Por eso está abocado al fracaso, en múltiples y variados grados, cualquiera que pretenda traducir en una voz única la hiperbólicamente diversa indignación colectiva. Pese a lo cual, a nadie se le escapa, de la graduación de ese fracaso en la tarea de traducción dependían en gran medida los resultados del pasado domingo. A ella han estado entregados no sólo Podemos, sino también las plataformas ciudadanas e incluso, en su perverso registro neoliberal, Ciudadanos.

Traducir la indignación: Euclides contra el fin de los días
Pocos meses después de la toma de las plazas publicaba su candidatura, en el universo alternativo de las redes sociales, un partido que llevaba al lovecraftiano y apocalíptico dios Cthulhu como cabeza de lista. Su nombre, Partido no Euclidiano (Por el fin de los Días). En la monstruosa composición de su lista, junto con esta insólita vocación por instalarse más allá de la geometría euclidiana –la que nos enseñaron en la escuela, esa en la que la recta es siempre la línea más corta entre dos puntos- refleja quizá mejor que ninguna, en su poética inexistencia, la imposibilidad de una traducción institucional de la hidra de mil cabezas que brotó de los suelos de las plazas de nuestras ciudades. Partiendo de la base de que la hidra es en efecto intraducible o de que, al menos, cualquier traducción deja tras de sí un resto irrecuperable, que en nuestro neoliberalizado mundo real hayan sido las candidaturas ciudadanas las que más cerca han estado -consumándola incluso en ciudades clave- de la toma de las instituciones, haciendo posible lo impensable hace tan solo unos meses, no puede, no debe, ser tomado a la ligera.

Es muy posible que, para empezar, la escala municipalista permitiera reflejar, mejor que ninguna otra, la lucha por recuperar el derecho a la ciudad del que hablara un gran pensador del espacio urbano, Henri Lefebvre, inspirado por las revueltas estudiantiles de mayo del 68. La misma que con tanta claridad ha resonado en la ocupación de las plazas a lo largo y ancho del globo en los últimos años. Como evidente parece, además, que es en las plataformas ciudadanas donde, gracias a su intento –siempre incompleto- de abrir espacios de encuentro y de desencuentro entre multitud de colectivos, ha podido filtrarse con mayor fuerza el impulso utópico del que venimos hablando, junto con la irrenunciablemente polifónica densidad política que lo acompaña. Pese a las prepotencias varias, claro está, de unos partidos que sólo en ocasiones han estado a la altura de la responsabilidad histórica.

Por supuesto, buena parte del movimiento 15M, junto con sus derivas y mutaciones subsiguientes, no podría sentirse más ajena a los procesos electorales. Incluyendo el que ha tomado forma en clave municipalista. No todas las que hacen posible la resistencia política día a día en nuestras ciudades -y sin las que no hubiera sido posibles acontecimientos como el del 15M- se aproximarían a menos de algunos años luz de distancia de las nuevas plataformas. Y, sin embargo, no es menos cierto que las asambleas ciudadanas han abierto, en relación directa con el tejido asociativo de cada ciudad, procesos lo suficientemente inclusivos, arriesgados e impredecibles como para haber logrado desbordar, aquí y ahora, los presumibles límites de lo posible en el campo de la representación política en la ciudad. Pese a los restos intraducibles de cada uno de los movimientos sociales que han participado en su construcción, se han convertido en una suma de voces, también ellas, mucho más fuertes que la simple suma de sus partes.

Del miedo a lo imposible a las alcaldías pro-derechos
Aunque Podemos sea el partido que más peso individual ha tenido en los resultados de las plataformas electorales en las que se ha integrado, al parecer carece de esta vocación por la apertura de espacios plurales de encuentro quien más reclama para sí, en todo el espectro político, la herencia del 15M. El muy euclídeo bautismo geométrico de sus círculos no podía ser, lo sabe bien Cthulhu, más premonitorio. Lejos de concentrarse en tejer redes entre movimientos sociales, la principal tarea de esos círculos que lo asemejan a un “movimiento social” de formas asamblearias no ha sido otra que la de -en el mejor de los casos, en contra de sí mismos-, servir de soporte a la monocorde voz del partido. Con la mirada dividida entre su propia superficie y la cúspide de la pirámide –seamos precisos, del cono-, fueron trazados para que en ellos pudiera suceder cualquier cosa menos lo impensable.

Las diferencias entre geometrías y superficies políticas, planas unas y multidimensionales otras, se refleja, además de en los resultados electorales –achacar a la más o menos habilidosa configuración de las listas las diferencia de más de doscientas mil personas que, habiendo votado Ahora Madrid en las municipales no lo hicieron por Podemos en las autonómicas sería, cuanto menos, extrañamente osado- en un sinfín de diferencias. Entre todas ellas, hay una que me parece especialmente clara para entender el abismal salto que la apertura de espacios políticos abiertos a encuentros no precocinados puede llegar a representar. No es casualidad que en las plataformas de Madrid o Barcelona se hayan llegado a abrir paso las hasta ahora siempre ignoradas demandas, a nivel institucional, de los colectivos de trabajadoras del sexo, ante las cuales se levantaban siempre los más infranqueables muros.

Por su parte, el programa de Ahora Madrid incluye entre sus medidas para la incorporación de la perspectiva de género y el enfoque de derechos humanos la de “desarrollar políticas a favor de los derechos de las prostitutas en colaboración con ellas, de forma que se garantice su integridad física, sus derechos ciudadanos, sus derechos de imagen, sus condiciones laborales y los recursos sociales necesarios para el abandono del ejercicio de la prostitución si así lo deciden”. Mientras que Barcelona en Comú critica sin reparos, por la suya, las infames ordenanzas municipales que, a golpe de multas, generan “mayor vulnerabilidad y desprotección de las mujeres que ejercen la prostitución en la ciudad, tanto de las que lo hacen de forma voluntaria como forzada”, y se compromete a “poner fin a la persecución de las mujeres que ejercen prostitución en la ciudad y combatir la estigmatización y criminalización que sufren”.

Son unos párrafos breves, pero muy contundentes. Entre otras, tienen la rarísima virtud de evitar cualquier confusión entre el trabajo sexual y la trata de seres humanos, y prueban como pocos otros puntos de los programas la permeabilidad de las plataformas al tejido asociativo de sus respectivas ciudades. Un tejido que por supuesto incluye, entre otros colectivos de trabajadoras del sexo, a Hetaira en Madrid y a Prostitutas Indignadas en el imbricado activismo del barrio de El Raval en Barcelona.

Posicionamientos de este tipo son, por contra, inimaginables en el programa de un partido como Podemos, que ni siquiera se atreve a mentar en sus programas el tema del trabajo sexual. Su hipervigilante preocupación por la rentabilidad electoral de sus estrategias comunicativas hace que sean multitud los debates que no pueden siquiera llegar a articularse en su seno: aunque los círculos se hubieran convertido por algún milagro geométrico en un auténtico espacio de convergencia entre luchas ciudadanas, que incluyera por tanto a las de las trabajadoras del sexo, no cabe duda de que el debate habría sido abortado de raíz para evitar frentes críticos, minimizar riesgos, controlar daños. Es este sin duda un camino sin duda más tranquilo, pero por el que se pierde la posibilidad de sumar voces y multiplicar fuerzas para acabar, quién sabe, haciendo posible lo impensable. Al fin y al cabo, quién se iba a creer hace tan sólo unos días que era posible tener en Barcelona y Madrid dos alcaldías pro-derechos.

En fin, confiemos en que quedara el domingo lo suficientemente probado que, si otra política institucional es posible, lo será sólo a partir de la apertura de espacios de encuentro en los que, si bien nunca tendrá cabida más que un fragmento necesariamente incompleto de la indignación que inundó las calles hace cuatro años –declarémosla ya, de una vez por todas, inasimilable-, al menos se aprenda de ella: La unidad de la izquierda será polifónica o no será.

jueves, 29 de enero de 2015

#hemeroteca #derechos | De Charlie Hebdó a la ley contra la LGTBfobia: discursos de odio y censura estatal

Imagen: Pikara
De Charlie Hebdó a la ley contra la LGTBfobia: discursos de odio y censura estatal
Reforzar el poder del Estado para limitar por vía penal o administrativa la circulación de cualesquiera discursos, incluidos los que promueven la islamofobia o la homolesbotransfobia, es un arma de doble filo
Pablo Pérez Navarro | Pikara Magazine, 2015-01-29
http://www.pikaramagazine.com/2015/01/de-charlie-hebdo-a-la-ley-contra-la-lgtbfobia-discursos-de-odio-y-censura-estatal/

“Sí, pero”. El valor de la políticas adversativas

Mucho se ha escrito desde el atentado al semanario. Y mucho se ha criticado a quienes han aprovechado la ocasión para pensar en el papel de la política exterior de las democracias occidentales en la radicalización del terrorismo fundamentalista o en los escurridizos límites entre el uso legítimo de la libertad de expresión y la reproducción de los discursos de odio, islamofóbicos o de cualquier otra índole. Se les critica en ocasiones, a quienes plantean estas cuestiones, por utilizar la reprobable fórmula del “condeno el atentado, pero…”. Como si cualquier cosa que sucediera al este “pero” viniese a justificar, de una u otra manera, lo injustificable: el atentado en sí. Sin embargo, pero, no obstante, incluso una tragedia de esta índole debe convertirse, aunque sólo fuera por el enorme impacto social y mediático que la ha sucedido, en una ocasión para el ejercicio urgente del pensamiento crítico. No deja de tener gracia que quienes critican la fórmula del “sí, pero” pretendan limitar el espacio de lo pensable en esta ocasión a la defensa de la libertad de expresión en general y a la del Charlie Hebdó en particular. Aunque sólo fuera porque el humor satírico del Charlie Hebdó es un gran exponente de la fórmula del “sí, pero…”, incluso en su respuesta a atentados terroristas aún más sangrientos que el del propio Charlie Hebdó.

Sin ir más lejos, una de las portadas más difundidas en estos días es la que representa, tras la matanza de cien militantes de los Hermanos Musulmanes en Egipto, la caricatura de una cualquiera de sus víctimas tratando de protegerse de los disparos con un ejemplar del Corán bajo la leyenda “este Corán es una mierda, no para las balas”. De hecho, esta portada ni se molestaba en incluir la parte del “sí, condeno el atentado” –aunque la demos por supuesto, pues lo contrario sería moralmente abominable- para lanzarse directamente a señalar ese “pero” que ridiculizaba el componente religioso de la política de los Hermanos Musulmanes. Al margen de la opinión que nos merezca esta portada, es crucial que nos demos cuenta de que, en la política de los “peros”, no importa tanto la fórmula en sí como lo que la sigue. Para muestra, ese chiste en el que una apacible abuela le comenta a otra “yo no soy racista, pero quienes más me han oprimido son los hombres blancos, heterosexuales y de clase media”, o algo por el estilo. Y es que sin peros, incluyendo los más incómodos, nos quedaríamos de un plumazo sin pensamiento crítico y, por supuesto, sin sátira política. Sin peros, en definitiva, sólo podríamos pensar en blanco y negro, al estilo del peor de los fundamentalismos.

La construcción de la mirada islamofóbica

Uno de esos peros incómodos, y que más atención ha acaparado, es la cuestión de si Charlie Hebdó es o no, y de qué manera, una revista islamofóbica de izquierdas. No creo que lo sea, al menos, por el motivo aparentemente más obvio: por ser una revista blasfema. No por enseñar la cara –y hasta el culo- de Mahoma. A la vista está que tampoco han escatimado golpes contra otras confesiones. Y, sin embargo, al poner en una balanza las blasfemias cristianas y las islámicas, bien pudiera ser, así a bote pronto, que el lado contra el fundamentalismo islámico pese mucho más que el del resto de religiones. Sería incluso sorprendente si estuvieran, en realidad, todas a la par, dado que la revista se publica en un país donde la población islámica, y no digamos ya el fundamentalismo islámico, es obviamente muy minoritario. Hablamos de una minoría, además, que tampoco ocupa cotas de poder que expliquen la fijación temática con la figura de Mahoma o con la cultura religiosa musulmana en general. Ni siquiera si pensamos en una hipotética influencia retrógrada en la cultura nacional: no fue precisamente el fundamentalismo islámico quien llenó las calles en las protestas masivas contra el matrimonio gay y lesbiano hace apenas un año, ni quien pretendía expulsar a los gitanos del territorio francés.

En cualquier caso, más allá de la quizá reveladora cuestión de las proporciones, y diga lo que diga el papa y nuestra ley española en defensa de las sensibilidades religiosas, una cosa resulta clara: la libertad de expresión resultaría un derecho bastante escuálido si no incluyese el derecho a la blasfemia.

Por lo que a la islamofobia se refiere, más preocupante parece el tratamiento de las víctimas de diferentes formas de terrorismo, en portadas como la ya citada sobre el atentado a los Hermanos Musulmanes, o esa otra, también muy discutida estos días, sobre las niñas nigerianas, negras y musulmanas, víctimas de abusos sexuales caricaturizadas en aquella otra portada en la que gritaban “no toquen nuestras ayudas sociales”. Hay que dejar claro, eso sí, que pese al aire quasi fascista que emanaría de una lectura precipitada de esta última, el efecto buscado sería justamente el contrario, esto es, el de ridiculizar ese discurso arquetípico de la derecha para el cual muy diversas minorías precarizadas y discriminadas no tendrían mayor aspiración que la de convertirse en parásitos del Estado por la vía de las ayudas sociales. En este caso, llevando al absurdo del razonamiento, el semanario hacía escarnio del muy conocido discurso xenófobo para el que hasta la situación más invivible no sería más que un medio para obtener la ayuda de los servicios sociales.

Pero, no obstante, sin embargo, más allá de los objetivos políticos rastreables en portadas como esta, no es baladí la cuestión de la representación paródica de según qué víctimas. No tanto porque las víctimas del terrorismo, ya que no la blasfemia, deban ser, en cuanto tema, un límite natural de la libertad de expresión. Lo preocupante del caso es, más bien, con la sensibilidad de qué víctimas, y de qué audiencias, se permite entrar en conflicto directo, y con cuáles no. De hecho, no parece tan fácil encontrar las viñetas del Charlie Hebdó que hagan sátira política, por ejemplo, a costa de las cuarenta víctimas del terrorista fundamentalista cristiano de Oslo. O de las víctimas de ETA. O de las del atentado del 11S. La portada tras la caída de las torres gemelas, por ejemplo, no recurría a la caricatura de sus víctimas, sino a la de Bin Laden. Nada que ver, por ejemplo, con aquel videoclip electropop de Alma-X, que se burló del poder simbólico, fálico y económico de las torres con un diálogo en el que una le pedía sexo anal a la otra en los momentos que precedían al atentado, y que yuxtaponía las imágenes de los saltos al vacío desde las torres con la “reflexión” de que miles de puestos de trabajo se habían venido abajo. Ni con aquellas drag queens cuyo nombre no recuerdo pero que, en el epicentro del clímax patriótico, bélico y de recorte de derechos civiles tras el atentado, hicieron el tan manido play back de “It´s raining men” mientras proyectaban las imágenes reales de los mortales saltos desde las torres en llamas. La caricatura de Bin Laden pertenecía, sin duda, a un terreno mucho más seguro en lo que al uso de la libertad de expresión se refiere, a una distancia inconmensurable de la portada dedicada a las víctimas del atentado en Egipto.

Charlie Hebdó no llega tan fácilmente a según qué extremos cuando las víctimas en cuestión no son las de “los otros”. Probablemente porque, para empezar, el contexto ideológico más inmediato se lo impide. Pensemos, si no, en un ejercicio de imaginación, en el revuelo diplomático, o hasta jurídico, que se podría haber producido ante una portada que caricaturizase con cualquier fin a las víctimas del atentado del 11M en Madrid. O en el humorista Dieudonné –ideológicamente alineado con la extrema derecha antisemita- que acaba de ser imputado por un tuit en el que decía “Je suis Charlie Coulibaly”; es decir, en el que reclamaba para sí el nombre del terrorista que había acabado con la vida de varios judíos en un mercado Kosher.

Mi posición no es, desde luego, la de que cualquiera de estos ejemplos, empezando por Charlie Hebdó, debiera ser imputable, por indefendibles que puedan resultar. Al contrario, ese camino parece un billete en primera clase hacia el totalitarismo ideológico. Pero sí creo que deben servirnos para reflexionar hasta qué punto al participar, sin cuestionarla, de esa construcción de la mirada en la que las víctimas de ciertos terrorismos son intocables, mientras que otras no lo son en absoluto, no sólo no desafiamos el régimen de representación eurocéntrico, islamofóbico y racista en el que unas víctimas cuentan más que otras sino que lo estaríamos, además, alimentando, justificando y, en definitiva, consolidando.

Libertad de expresión, homofobia y censura estatal

Al fin y al cabo, es muy cómodo defender la libertad de expresión cuando no es nuestra sensibilidad la que se ve directamente atacada por su ejercicio. Y nada significa esa “libertad” cuando se administra a voluntad en función de los intereses políticos concretos de quienes la enarbolan como bandera. Si bien esto resulta evidente en el caso del cinismo de la derecha europea e internacional que se manifestó la semana pasada por las calles de París, la ocasión resulta más que propicia para arriesgarnos a pensar más allá, en relación con las llamadas a limitar la libertad de expresión que se hacen desde escenarios más próximos a la militancia de izquierdas.

Preocupante resulta, en este sentido, el amplio consenso que goza, entre los colectivos LGTB, la recientemente aprobada ley contra la lgtbfobia en Cataluña. Muy en especial respecto al valor de su parte punitiva –el resto, es decir, las medidas para fomentar el trato igualitario de la diversidad sexual en ámbitos diversos como el educativo, el del deporte, la salud o los medios de comunicación, podrían ser una gran herramienta en la lucha contra la lgtbfobia-, que tipifica como faltas administrativas, castigables con multas e inhabilitaciones para cargos públicos, el uso de expresiones vejatorias homofóbicas, bifóbicas y transfóbicas, además de cualquier acción que conduzca a la discriminación o menosprecio de las personas LGTB. Acciones que incluirían la propia difusión de los discursos homofóbicos, y hasta la distribución de ciertos libros, como pone de manifiesto la denuncia –eso sí, aún por resolver-, a El Corte Inglés por vender el libro ‘Curar la homosexualidad’. Denuncia que gozará de las simpatías, muy probablemente, de muchas de las que ahora defienden sin paliativos el “valor occidental” de la libertad de expresión, empezando por la que concierne a las publicaciones más claramente islamofóbicas del Charlie Hebdó.

Por mi parte, y no sólo por las razones con las que argumentaba Judith Butler en ‘Lenguaje, poder e identidad’ que “la censura estatal [del discurso del odio] produce discurso del odio”, y que siempre merece la pena revisitar, creo que la homofobia, la bifobia, la transfobia y, ahora más que nunca, la islamofobia, exigen a la vez mucho más y mucho menos de nosotras. Mucho más, porque ciertos discursos deben salir mucho más caros que la recepción de una simple multa, y no precisamente en términos penales o económicos. Debemos seguir siendo –o, mejor, serlo siempre más que nunca- capaces de organizar respuestas colectivas que, como la que está a punto de conseguir que la homofóbica y casposa letra que la murga Ni Fu Ni Fa preparaba para los carnavales de Tenerife sea retirada, no sólo desautoricen a quien nos pretende agredir con sus palabras, sino que tomen cada discurso de odio como punto de apoyo para señalar y combatir las mil y una formas de discriminación que conforman eso que llamamos “espacio público”.

Pero también exigen mucho menos, ya que reforzar el poder del Estado para limitar la circulación de cualesquiera discursos, para decidir cuáles merecen, y cuáles no, la intervención de la censura en cualquiera de sus formas es siempre un arma de doble, triple o cuádruple filo. Una cultura de lo “políticamente correcto”, que no tolerase, por la vía penal o administrativa, ni Charlies Hebdós, ni obispos de Alcalá, ni Ni Fu Ni Fas, antes o después se volvería contra nosotras, en nombre de la defensa de las sensibilidades religiosas, de la paz social o de la seguridad ciudadana: contra las que se besan al paso del papa, contra las que se manifiestan en capillas como la de Somosaguas, contra las que hacen parodias del PP con capuchas etarras, contra las que cocinan cristos, contra las que se manifiestan frente al congreso, contra las que cuelgan pancartas en la fachada de cualquier edificio; y un largo etcétera que conocemos ya, por desgracia, demasiado bien.

Visto el consenso, la distopía en la que solicitaremos en respetuoso silencio multas administrativas mientras se nos prohíbe manifestarnos ante la sede de quienes publiquen sus revistas satíricas a nuestra costa o nos insulten desde sus púlpitos podría estar preocupantemente cerca. Mucho más urgente sería, en la Europa que conocemos y en la que tan orquestadamente nos preparan, recorrer justamente el camino contrario. El de limitar el papel del Estado a la hora de censurar el flujo de discursos –y de cuerpos- en el espacio público. Incluyendo los que nos ponen como objetivo a diversas minorías, ya sea que procedan de semanarios de izquierda o de derechas, de las murgas carnavaleras o de las jerarquías eclesiáticas. Entre otras cosas para no tener que hacer recuento de leyes mordaza cada vez que salgamos a las calles para hacerles frente. Las políticas combativas y contestatarias pueden exigir más energía, pero tienen la ventaja de que su potencial transformador es de mucho mayor alcance que el de las políticas de la censura. Y quien crea que son compatibles, mal que nos pese a veces, se engaña.