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martes, 16 de abril de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: “Legislar el sexo con arreglo al deseo es la vía directa al punitivismo”

Clara Serra: “Legislar el sexo con arreglo al deseo es la vía directa al punitivismo”
En ‘El sentido de consentir’, la filósofa defiende que el concepto de consentimiento es precario y ambiguo. Pese a su utilidad jurídica para hacer leyes, argumenta, no puede convertirse en la receta mágica mientras se obvia una conversación más profunda sobre la ética del deseo.
Patricia Reguero Ríos | El Salto, 2024-04-16
https://www.elsaltodiario.com/violencia-sexual/clara-serra-legislar-sexo-arreglo-al-deseo-es-via-directa-al-punitivismo

Clara Serra //
“Cuando se trata de consentimiento, no hay límites difusos” es la frase que encabezaba una campaña de ONU Mujeres que en 2019 defendía la claridad de este concepto que en España ha acompañado el debate en torno a la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual aprobada en 2022. Pero, para la filósofa Clara Serra, el consentimiento es precario y ambiguo. Esa es la línea base de ‘El sentido de consentir’ (Anagrama, 2024), un libro de poco más de cien páginas donde Serra aborda el origen de esta discusión en los feminismos y esboza su propuesta de un consentimiento jurídico y limitado.

Investigadora, activista y profesora, Serra es una de las voces feministas que ha alertado del punitivismo que conllevan las tesis con las que se ha defendido la ley del solo sí es sí que, pese a tener algunas medidas necesarias, se asienta en una confianza total en el contractualismo en su parte penal que ha conducido a medidas nada emancipadoras para las mujeres, argumenta. Serra cree que ha faltado en este proceso un debate político y profundo sobre el consentimiento. Y que no es tarde para que este debate pueda darse.

P. Tras estos meses de presentaciones desde que en enero se publicó 'El sentido de consentir', ¿dirías que el asunto del consentimiento suscita interés? ¿O es un tema que se da por debatido y cerrado?

Creo que el interés que ha suscitado el libro tiene que ver con varias cosas. En primer lugar, con que a pesar de que el consentimiento ha estado muy presente en los debates mediáticos, creo que no se ha abordado el debate político en su profundidad y eso era uno de los motivos principales para escribir el libro. Mucha gente tiene la sensación de que se ha pasado por encima del debate, de que se ha instalado un cierto mensaje, unos ciertos lemas, pero sin dar más profundidad al asunto y sin abordar sus aristas. Más allá de nuestro contexto en particular, creo que el consentimiento es un tema de nuestro tiempo que desborda por completo las fronteras del contexto español. Ahora está debatiéndose en Francia, o hay unas una serie de propuestas europeas, y creo que la perspectiva dominante que yo discuto en el libro es una perspectiva que Europa va a tratar de proponer a todos los países. Porque hay una perspectiva oficial, que muchos organismos van a asumir y, en ese sentido, el debate va a estar abierto en general en las democracias liberales y en el contexto europeo especialmente.

P. Partes de que el consentimiento, que ha servido de base a decisiones legislativas, es un concepto ambiguo.

Sí, aunque esto tiene varios sentidos. Por un lado, yo discuto un discurso oficial que persistentemente, al mismo tiempo que define el consentimiento, insiste en que es un concepto clarísimo y que todo el mundo entiende igual, cosa que yo quiero plantear que debe ser sometida a crítica. Lo que oculta esa insistencia en la claridad del consentimiento es una batalla política; está encubriendo que hay un debate político en juego y que “consentimiento” puede estar significando cosas diferentes y, por tanto, que en su nombre se pueda estar defendiendo proyectos políticos diferentes, incluso diría que confrontados. En el debate español se ha eclipsado un debate político feminista que nos precede. Una de las primeras cosas que pretendo es sacar a la luz una memoria y una historia feminista donde el consentimiento ha sido objeto de las mayores controversias. Si vamos en nombre del feminismo a “defender”, y lo pongo con todas las comillas, el consentimiento, hagámoslo haciéndole justicia a los debates feministas que nos preceden, donde las posiciones han sido radicalmente contrarias y donde se muestra muy bien que, en nombre del consentimiento, se pueden defender cosas muy distintas. Este es el primer sentido del que yo quiero discutir.

En segundo lugar, una vez delimitadas las diferentes posiciones posibles, yo argumento que el consentimiento merece ser defendido, y tiene que ser defendido, como una herramienta jurídica necesaria y que necesitan las leyes, pero no como una receta mágica. Defender el consentimiento como algo imperfecto, precario, que no sirve para todo y que tiene límites me parece muy legítimo. Parece que, o se defiende el consentimiento y se lo convierte en una especie de panacea que resuelve todo, o se lo impugna por completo. Mi posición es que tiene límites.

En ese sentido, yo discuto dos cosas. Una, un discurso de invalidación del consentimiento ligado a un feminismo que yo creo que es un feminismo abolicionista, podríamos decir, un feminismo de la dominación que considera que las mujeres están siempre secuestradas y nunca saben muy bien lo que quieren. Ese es un feminismo que impugna la voluntad de la trabajadora sexual, pero que yo creo que impugna la voluntad de las mujeres en muchos aspectos. Y, segundo, otra línea por la cual hay discursos actualmente muy ‘mainstream’ que están diciendo que consentir garantiza un sexo placentero, gratificante, deseado, que garantiza un encuentro satisfactorio.

Es una especie de idealización total del consentimiento. A mí me parece que el consentimiento es una delimitación de la violencia. Pero más allá de que el sexo no sea violento, el sexo puede ser malísimo, puede ser una mierda, y no ser violento... Discuto esa especie de sacralización, a mi juicio superingenua, por la cual el consentimiento se ha convertido en una promesa de felicidad, en una lógica hiperneoliberal del contrato, donde parece que la libertad de los sujetos depende de que contratemos cosas.

P. Hemos venido escuchando, explicando, que el consentimiento llega al debate en España como respuesta a la necesidad de adaptar nuestra normativa al Convenio de Estambul de 2011, un documento que sirve de guía en Europa para el abordaje de la violencia contra las mujeres. Pero una de las primeras cosas que haces en el libro es recoger una genealogía del debate que se remonta a varias décadas atrás, hasta los años 90 en Estados Unidos.

Sí, la propia expresión “solo sí es sí”, exactamente así, es una expresión que lleva oyéndose en el contexto norteamericano muchísimo tiempo. La hemos importado, y quería llamar la atención sobre el hecho de que hemos sido poco críticos con esto. Porque las izquierdas y los feminismos tenemos desde hace tiempo una posición crítica con respecto a las culturas que dominan otras culturas por razones coloniales o por razones imperialistas y que se imponen sobre otras, pero ha habido poca crítica sobre qué tipo de cosas se importan en el debate sobre las violencias de la sociedad norteamericana, que está en una situación de dominio cultural. Por ejemplo, el ‘MeToo’, que procede de EE UU, viene de una sociedad muy concreta, con una mirada sobre el sexo muy concreta. Creo que la sociedad norteamericana tiene perspectiva mucho más puritana del sexo que, por ejemplo, las culturas latinoamericanas y creo, por cierto, que el ‘MeToo’ viene de una determinada clase social. Localizar la geografía de las ideas y los viajes de las ideas me parece de lo primero que tendríamos que hacer cuando tenemos este tipo de posiciones. Como decía Rita Segato, el ‘MeToo’ vale en un sentido mientras que en otro sentido puede estar adherido a determinadas posiciones puritanas de una sociedad como la norteamericana que no es la nuestra, no es la sociedad latinoamericana.

El solo sí es sí viene del contexto norteamericano y esto ha sido ocultado. Vayamos allí y miremos entonces cuáles son los debates allí. Y entonces veremos que no es para nada algo que haya tenido una posición uniforme del feminismo. Una gran parte del feminismo norteamericano ha hecho desde hace bastante rato unas críticas muy profundas de esa perspectiva, entendiendo que va acompañado de una serie de cosas dudosamente emancipatorias.

P. Tú reclamas el “no es no” cuando el discurso dominante es el del “sí es sí”. ¿Qué supone ese salto de un lema a otro y por qué tú dices estar más en el “no lo sé”?

Cuando se dice “no es no”, lo que se dice es que tenemos que tener la posibilidad del rechazo, de rechazar una oferta, o un deseo masculino o una proposición masculina. ¿Quiere eso decir que cuando no decimos que no es un sí? No lo creo. Igual es un “no sé”, un “estoy viendo” o un “ya veremos”. Me parece importante que exista para las mujeres la posibilidad de no saber, porque la posibilidad de descubrir cosas en el sexo va ligada a que no se nos pida saber siempre de antemano si sí o si no. El terreno del deseo de la exploración sexual, que es eso a lo que no se nos ha permitido acceder realmente, va de la mano de un cierto relax: igual no lo sé, igual tengo derecho a no saberlo, igual yo no tengo por qué ir al terreno sexual con absoluta claridad y teniendo que clarificar lo que quiero y lo que no quiero. El lema de “solo sí es sí” lo que nos promete precisamente es claridad, se dice que es un lema más seguro para las mujeres porque todo lo que no sea un no clarísimo es un clarísimo sí: pero es que esa clarificación acaba posándose en nuestros hombros y nos hace responsables.

Y es como decir que ahora las mujeres vamos a decir clarísimamente “sí” y que la única manera de que el sexo no sea delito es que la mujer clarifique exhaustivamente su deseo. Y yo estoy muy de acuerdo con algunas autoras que están preguntando si eso es liberador para nosotras o si se nos está haciendo a nosotras ser las depositarias de la responsabilidad de que, para no ser violentadas, para estar a salvo de la violencia, para que el Estado nos proteja, tengamos que llegar a la relación sexual con una transparencia total y pudiendo verbalizar nuestro deseo. Creo que no va por ahí la cosa.

Me parece que es mucho mejor un marco en el que las mujeres podamos decir que no, en el que podamos rechazar, refutar al otro. Me parece importante para que, mientras no digamos que no, no tengamos que decir qué deseamos. Hay que construir un mundo en el que la mujer pueda decir lo que no quiere para que, mientras tanto, pueda no tener que saber lo que se quiere y, por tanto, investigar lo que sí quiere.

¿Pero estamos en un mundo en el que la mujer pueda decir lo que no quiere? Yo creo que aquí está el trabajo político. El mundo está lleno de obstáculos para que las mujeres no podamos expresar libremente una negativa. El análisis feminista ha de partir de esta constatación. En este mundo es muy difícil para las mujeres y para otros sujetos subalternos decir que no. No solamente porque nuestro “no”, a veces, no se tiene en cuenta o no se respeta por condiciones estructurales, sino que en un mundo donde tienes menos poder, donde tienes menos dinero o donde tienes menos estatus somos menos libres para decir que no en el terreno sexual o en cualquier otro.

Ahora bien, me parece imprescindible para las izquierdas plantear si un feminismo de la emancipación es ese que renuncia a la ampliación del campo del no. Porque se nos está vendiendo como progreso y como paso adelante una especie de renuncia y de cambio de tercio. Se dice que es más seguro asumir la imposibilidad del no, y por lo tanto que vamos a cambiar de juego. Me parece bastante preocupante: la libertad de la mujer y de cualquiera va ligada a la posibilidad del rechazo. No creo que tenga ningún sentido decir que tú eres libre de elegir una cosa cuando no eres libre de rechazar otra, sea un trabajo, una familia, un novio, un marido o una tradición. La posibilidad del rechazo para mí es inseparable de la libertad en un sentido emancipador. Se nos dice: asumamos que las mujeres no podemos decir que no y trabajemos en un marco de protección. Eso me parece la renuncia del feminismo de la emancipación. Una vez dices que decir que no es imposible, ya no trabajas por hacerlo más posible. Esto es una derrota. ¿Hay que cambiar el mundo para que decir que no sea más fácil? Sí, pero esto nos compromete con toda una tarea política.

Al mismo tiempo, quiero decir que, aunque a mí me parezca que el marco de la emancipación sexual va ligado a la posibilidad de la negativa, me parece que cuando hay coacción y violencia, esas condiciones han sido truncadas. En determinadas circunstancias, tú ya no eres libre para decir que no. No eres libre para decir que no en un portal donde cinco hombres se te imponen amenazantes. Y no eres libre para decir que no si un tipo que se llama Dani Alves te encierra en un baño y no te deja salir. Y el derecho tiene que saber muy bien reconocer dónde eso ha sido vulnerado.

Lo que me parece preocupante es que el discurso diga, no ya que en el portal de La Manada no se pueda decir que no, sino que en general, en el mundo en el que vivimos, no se puede decir que no, que es lo que presupone el cambio de lema. Allí donde no se puede decir que no, y estoy comprometida con la necesidad de que el derecho identifique a veces esas circunstancias, no sé en qué sentido un sí salva la situación. Allá donde no se puede decir que no, el sí es inválido. El caso de Dani Alves no es una agresión sexual porque ella no haya dicho que sí, el caso de Dani Alves es una agresión sexual porque ese tipo ha construido unas circunstancias y una situación en la que ya no se puede decir libremente ni que no ni que sí.

P. Un problema que identificas es el de mezclar violencia y poder. Se banaliza lo que es violencia porque si todo es violencia nada lo es. En un caso como el de Dani Alves, ¿se puede hacer esa distinción?

Estamos en un contexto en el que cuando sale un caso como ese, un montón de gente sale a decir solo sí o sí. Pero este caso es muy nítidamente claro con respecto al Código Penal precedente; ahí sí hay violencia. De hecho, es un caso más nítido que el de La Manada, donde hubo un debate acerca de si se trataba de una intimidación ambiental o un abuso de poder, de si se entraba dentro de la categoría de intimidación o de prevalimiento. En el caso de Dani Alves, el Código Penal anterior a eso es clarísimo. Si un tipo que te encierra en un baño y tú das muestras de querer salir y el tipo no te deja, es un caso donde hay violencia y es un caso de agresión sexual.

Lo que pasa cuando se confunde el poder con la violencia es no solo que el poder empieza a parecer violento, sino que la violencia empieza a difuminarse y no la localizamos bien. Por eso defiendo el consentimiento, porque ha sido ese criterio que ha servido para delimitar el poder de la violencia. ¿Qué distingue una lógica proderechos a la trata y la explotación de la prostitución? Que en un caso no hay consentimiento y en el otro sí. Y que no haya consentimiento en el caso de la trata quiere decir evidentemente que hay violencia, hay un grado de violencia, o de coacción o de intimidación por el cual esa mujer no está en condiciones de dar un sí libre. Es muy peligroso confundir el poder con la violencia, porque el poder está por doquier. En un análisis feminista estructural, no podemos decir que ninguna de nosotras esté a salvo del poder.

Pero claro, si lo confundimos, entonces la violencia está por doquier. Y, si la violencia está por doquier, entonces todo es asunto del Código Penal, porque evidentemente el derecho penal tiene como objetivo, y ha de tenerlo, la persecución de la violencia, su delimitación y su respuesta. En la lógica de un cierto feminismo, se empiezan a difuminar en poder la violencia con lo cual pasa que la prostitución voluntaria es igual de coactiva y violenta que la trata, y esa distinción carece por completo de sentido.

A ese feminismo le dará igual que en una relación sadomasoquista la mujer diga que ha consentido. Dirán: “No, este sexo es violento y por tanto es delito”. A eso nos lleva la confusión del poder con la violencia. Si queremos no acabar ahí, entonces hay que saber que, en condiciones de desigualdad de poder, no obstante, puede haber consentimiento y por tanto, no violencia. Luego, la desigualdad de poder no puede ser el argumento por el cual se invalida el consentimiento. No se puede decir: “Ella tenía 30 años menos que él, hay una gran desigualdad de poder”. Y a mí me parece que en el debate español hemos ido adoptando una cierta lógica de difuminación entre la violencia y el poder.

P. Diría que las trabajadoras sexuales tienen mucho que enseñar sobre el consentimiento y lo han estado diciendo en todo este proceso. Empezaba preguntándote si el debate estaba cerrado, pero también creo que la propuesta del PSOE para “prohibir el proxenetismo en todas sus formas”. El texto propuesto pasa por reformar el artículo 187 del Código Penal, que actualmente solo castiga la obtención de lucro de la prostitución si ha habido “explotación”, que pasaría a castigarse para quien “promueva, favorezca o facilite la prostitución de otra persona, aun con el consentimiento de la misma”. ¿Qué pueden enseñar las trabajadoras sexuales sobre el consentimiento? ¿Por qué vale todo consentimiento excepto el de ellas?

Se va a volver a abrir, efectivamente. Y diría, además, que va a entrar en el debate el porno, un tema que se está abriendo por el lugar, digamos, más posible, que es el de los menores. Que el porno supone un problema para los menores, es algo con lo que estoy de acuerdo. Pero también creo que algunas posiciones feministas quieren prohibir el porno no porque sea malo para los menores, sino porque consideran que es malo en general. Pero se usa el tema de los menores como una vía de entrada a esas posiciones donde hay también una posición de invalidación del consentimiento de la actriz porno.

Y el tema del trabajo sexual hace emerger este este asunto. La gran paradoja de nuestro momento es esta por la cual todo el mundo dice defender el consentimiento y todo el mundo dice hay que “poner el consentimiento en el centro”, con esta fórmula repetida que sugiere algo así como que el consentimiento no solo ha de ser necesario, sino suficiente. Y estas posiciones las están defendiendo las mismas personas que van a traer una propuesta legislativa de invalidación del consentimiento de las trabajadoras sexuales. Es clamorosa la contradicción.

Yo quería parar un momento y preguntarnos a qué estamos llamando consentimiento. Si una posición va a decir que algo es delito, aun cuando la mujer consienta, lo que está en el centro ahí no es el consentimiento. Será otra cosa. Será considerar que eso es tan malo como para que el consentimiento de la trabajadora sexual dé igual. Será considerar que hay un abuso. Pero el consentimiento no está siendo el criterio.

Por otra parte, estoy de acuerdo en que las trabajadoras sexuales pueden decir sobre el consentimiento es muy interesante para el feminismo, no solamente en el sentido de reclamar la validez de su consentimiento frente al Estado, sino porque creo que una trabajadora sexual nos diría también otras cosas como que cuando una consiente no es porque lo desee profundamente, sino que puede ser por otras cosas, y que puede ser por dinero.

Fijémonos en esto. Es algo que se reclama, pero no es algo que las trabajadoras sexuales conviertan en algo así como lo que lo que da cuenta de su deseo erótico profundo. Te diría una profesional: “No, perdona. Yo defiendo que se valide el consentimiento. Pero después que ningún feminismo me imponga que ese consentimiento tiene además que ser mi profundo deseo.

P. Hablas con ironía de un “consentimiento entusiasta”.

Es que el feminismo que está reivindicando el consentimiento también está diciendo una cosa sobre lo que debería ser el consentimiento de las trabajadoras sexuales con la que tampoco estoy de acuerdo, que es que debería ser entusiasta, que debería ser deseoso, deseante, ligado al placer sexual. ¿Por qué? ¿Por qué el consentimiento o nos lo cargamos o tiene que convertirse en una especie de receta de felicidad y de placer y de deseo profundo? Lo que está ocurriendo es una especie de transmutación del sentido del consentimiento.

El consentimiento en una lógica anterior, en todo texto jurídico se suele nombrar junto a la palabra “voluntad”: se habla, por ejemplo, de la voluntad del paciente en el contexto de un consentimiento informado médico. Y la palabra voluntad nunca ha venido, definida por el deseo. Yo me puedo casar sin ganas, pero nadie se plantea invalidar ese matrimonio por eso. Es como si esa noción de voluntad, que siempre ha sido la del consentimiento, estuviera dando paso a otro sentido de consentir. El sentido de consentir se está transformando, está dando lugar a una cosa que me parece que tiene más que ver con el deseo que con lo que clásicamente podríamos decir que es la voluntad de alguien. Y algunos organismos consideran que esto es un paso adelante: a mí me parece que debe ser discutido.

Soy súper partidaria de que, en general, hagamos las cosas con deseo, y más si se trata del sexo, pero me parece que igual no nos estamos dando cuenta de que este debate lo estamos teniendo en términos legislativos, legales, penales, en términos de políticas del Estado. Si vamos a darle al consentimiento la noción de deseo, que tengamos muy claro que le estamos diciendo al Estado que tiene legislar el sexo con arreglo al deseo de los sujetos. Para mí, esto es la vía directa a una perspectiva punitiva de la ley. Yo no quiero que la ley tenga nada que ver con mi deseo. Yo no quiero que la ley crea que conoce mi deseo. Yo no quiero que la ley me exija conocer mi deseo. Y yo no creo que los sujetos muchas veces lo sepamos, mucho menos que lo sepa un tribunal. Entonces, el debate sobre el punitivismo, a mi juicio, está aquí.

Y más allá del caso español, lo que es problemático es una filosofía que muchas veces va en la letra pequeña. Yo en el libro quiero discutir lo que me parece que son presupuestos filosóficos no explicitados, que están sobrevolando. Es el debate que un feminismo no punitivo, tiene que tener: si la ley pretende legislar delitos en función de los deseos profundos de las personas, les estamos dando un poder ilimitado a las leyes.

P. Acabas concluyendo que el sentido de consentir que se ha impuesto es neoliberal, reaccionario y es punitivista, algo que afirmas en un contexto en el que este debate ha estado liderado por un Ministerio de Igualdad de izquierdas, y además de una fuerza a la izquierda del PSOE. ¿Qué crees que ha pasado para que se imponga esto?

La tarea de la filosofía es recorrer la coherencia de las ideas, y yo he querido mostrar esas líneas. Alerto de la posible deriva. Pero no estoy discutiendo con una ley en concreto, porque me parece que habría que hilar mucho más fino con respecto a los distintos aterrizajes de esto. Dicho de otra manera, una ley puede tener una filosofía y luego, en su concreción, llevarla más o menos a cabo de manera más o menos coherente. Lo que me parece más preocupante de la ley del solo sí es sí es el discurso con el que se ha defendido. Porque si entráramos en la materia de la ley, primero diría que hay una gran parte de lo que esa ley propone que me parece defendible: todo lo que no es lo penal, y que lamentablemente no ha sido de lo que más se ha hablado. Ahora bien, la filosofía que esta ley deja, el discurso con el que se la ha defendido, me parece que conlleva un tipo de perspectiva, a mi juicio, muy peligrosa.

Yo acuso a unas ideas de llegar de conducirnos hacia unos lugares peligrosos. Creo que se ha defendido ciertas cosas sin ser muy conscientes de su origen y de a qué han conducido en otros lugares. Por eso creo que es importante que abramos este debate. No es cosa de arrojar todo por la borda con respecto a una ley de la que no he querido entrar en su contenido, sino una filosofía sobre el sexo, sobre el consentimiento, que tiene consecuencias jurídicas, penales, sociales y políticas de largo alcance. Quizás ese es el debate de los próximos años. ¿Estas puertas que abrimos, a dónde nos pueden llevar?

P. Tú llegas a explicar cómo el consentimiento en Estados Unidos está en el mismo centro de la división del feminismo. ¿Crees que eso es extrapolable al contexto español?

Creo aquí que progresará este debate, pero que no lo ha habido. El feminismo se ha dividido fundamentalmente, al menos a nivel más mediático, por la cuestión trans, aunque a mi juicio estas dos cuestiones están vinculadas. Lo que hay en el fondo de la posición de un feminismo contrario a los derechos trans es una acusación de que las personas trans son esclavas de un sistema y de una ideología de género y, por tanto, no saben lo que quieren, que es la acusación que se les hace a las trabajadoras sexuales. El feminismo del PSOE es muy coherente con respecto a esto.

P. Es decir, que el sí de una trabajadora sexual no vale igual de la misma forma que que no vale el sí de una persona trans.

Exacto. Y también hay una discusión sobre el consentimiento aquí, con respecto a la cuestión trans, la hormonación y muchas decisiones de estas. Hay un feminismo muy coherente que siempre opta por invalidar la voluntad de los sujetos, acusándoles de no saber lo que quieren y ser cómplices del poder y de la estructura, aunque no lo sepan. Ese debate se ha tenido poco con respecto a la violencia sexual y algunas hemos querido hacer ver que algo de ese debate tiene que darse, que una cierta posición de victimización total de las mujeres es peligrosa en el terreno de la de la violencia sexual. Que cuando se asume la imposibilidad de decir que no, se está asumiendo una premisa donde creo que lo coherente es la posición abolicionista: si tú asumes la imposibilidad de decir que no, y eres coherente, tienes que cargarte el sí.

Por eso creo que la única manera de defender la validez del sí de la trabajadora sexual y de muchos otros sujetos es el horizonte en el que esos sujetos puedan decir que no; esa es la cuestión que no ha aparecido tanto en el debate, pero está aquí como un elefante en el salón. La llegada de una ley abolicionista por parte del Partido Socialista, y ahora ya no con Podemos, lo va a hacer emerger mucho más.

P. La salida de tu libro es cercana a otro título, 'Ceder no es consentir' (Ned Ediciones, 2023), de la psicoanalista francesa Clotilde Leguil, que también reflexiona sobre la ambigüedad del consentimiento. Sin embargo, el debate francés es diferente en el sentido de que se plantea en torno al consentimiento sexual de las personas menores de edad. ¿Cómo dialogan vuestros libros?

Hice el prólogo a ese libro y me pareció muy importante advertir de la diferencia de contextos, porque si no podríamos estar transportando posiciones que no son hermanas. La pregunta interesante para los feminismos es esta: si defendemos el consentimiento, ¿cuál es el punto de apoyo para que podamos decir que estamos defendiendo algo que no es encubrir una cesión? Lo que diría el feminismo de la dominación es que todas las que defienden el consentimiento están validando la cesión de las mujeres en poder de los hombres. Hasta ese punto el debate es confrontado. Pero algunas queremos defender el consentimiento sin que se convierta en una manera de encubrir o de legitimar lo que más bien es una cesión ante el otro.

Francia viene de una tradición que no quiso legislar el sexo por considerar que era una intromisión ilegítima del Estado el imponer una edad de consentimiento sexual. Esto no solo lo defendieron Jacques Derrida o Foucault, lo defendió Simone de Beauvoir. Nosotras estamos en un momento en el que, en la sociedad española, donde debatimos del consentimiento de las mujeres, y Francia está en una situación de debate sobre el consentimiento de las mujeres menores de edad. Ojo, porque si lo transportamos podemos estar tratando a las mujeres mayores de edad en España como las menores de edad y eso es una de las cosas que yo quería decir en mi libro, que no puede ser así.

Ahora bien, como diálogo con el libro, Clotilde Leguil defiende la ambigüedad del consentimiento, defiende la oscuridad del consentimiento porque es una psicoanalista y porque sabe que, en realidad, aunque el derecho tenga que tratarnos como sujetos que saben lo que quieren, por ejemplo, cuando firmamos un consentimiento médico, ella sabe, como psicoanalista, que el sujeto es mucho más opaco para sí mismo de lo que la ley reconoce el Estado.

Entonces, a mí me parece valiente que como feministas podamos pensar el consentimiento desde ahí. Y me parece muy problemático que al decir que el consentimiento es complejo o ambiguo se considere que se rechaza. Ambas lo defendemos, pero con sus dificultades. Mi preocupación es más jurídica, y Clotilde Leguil lo piensa desde el psicoanálisis. A ella le da un poco igual que una cosa sea delito o no, y me parece muy importante que esta posición exista. Hay un sentido ético del consentimiento en el que el consentimiento sí que tiene que ver con el deseo. Un sujeto puede decir: “¿Por qué le valió con un frío sí y le dio igual mi deseo?”. Los feminismos se tienen que hacer esta pregunta porque creo que muchos de los malestares del sexo tienen que ver con esto. Ahora bien, lo que creo es que eso no se resuelve en un tribunal y eso no va a poder ser resuelto por la ley penal.

P. En el libro mencionas a El Xocas, el ‘influencer’ que explicó en su canal su “técnica” para ligar, que consistía en tratar de tener relaciones con mujeres “colocadas”. Los comentarios en su canal de Twitch desataron una serie de análisis sobre si esto era delictivo. ¿Dirías que El Xocas es un imbécil y no un delincuente?


Lo que vengo a decir es que, si creemos que todo tipo machista es un delincuente, al final nos va a pasar que si no es un delincuente no es un machista. Y no: es que puede seguir siendo machista y una persona deleznable y una persona que debe ser criticada y ante la que tenemos que tener herramientas las mujeres para identificar lo que no es aceptable, pero no porque me lo valide un tribunal. Si se solapa en el terreno ético y el terreno jurídico, no nos volvemos una sociedad más despierta y más abierta a pensar el patriarcado sino una sociedad más sorda a ciertas cosas.

Una de las cosas que hace la película ‘How to have sex’ es mostrar cómo una de las relaciones sexuales que ocurre, ocurre con ella diciendo que sí, lo que no resuelve que el tipo sea un imbécil y que allí haya pasado algo que no debería haber pasado. Hay formas de tratar mal al otro que pasan por utilizarlo y por desoír su deseo, y esa es una conversación sobre el sexo que tenemos que tener. Lo que me preocupa es que una conversación donde todo está emburruñado nos ha hecho pensar que una herramienta de una ley penal nos va a solucionar estos problemas. Eso no solo no es así, sino que está impidiendo que se abra una conversación que tenemos pendiente y que tiene que ver con la ética de la sexualidad, con el machismo y con la utilización del otro. En una ética feminista de la sexualidad, el deseo del otro es importante, y una gran parte de las maneras de utilizar y tratar mal a la otra persona es pedirle su frío sí y en realidad utilizar a la otra persona de una manera en la que eso genera un daño… pero es que esta es otra conversación diferente a la que hemos tenido en España.

miércoles, 6 de marzo de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: «Abogo por sacar el deseo de lo penal»

Clara Serra //

«Abogo por sacar el deseo de lo penal»
Lucía Tolosa | Ethic, 2024-03-06

https://ethic.es/2024/03/entrevista-clara-serra/

Sostiene la pensadora Geneviève Fraisse que el consentimiento es una bella figura de nuestra complejidad humana, entre sombra y luz. La filósofa Clara Serra (Madrid, 1982), autora de varios libros como ‘Leonas y Zorras’ o ‘Manual ultravioleta’, y actual investigadora en la Universidad de Barcelona, recupera la idea de la intelectual francesa en su último ensayo, ‘El sentido de consentir’, en la colección Nuevos Cuadernos de Anagrama, donde analiza filosóficamente el concepto del consentimiento y cuestiona la asunción del «solo sí es sí» en detrimento del «no es no». Serra, que se trasladó a la ciudad condal tras finalizar su etapa política en la Asamblea de Madrid, invita a los lectores a reflexionar sobre las fisuras y las paradojas del consentimiento.

P. En su ensayo defiende que la sexualidad, como el deseo, es un lugar opaco donde existen infinitos matices. ¿Estamos usando el consentimiento como un contrato rígido para solucionar todos los problemas?

El consentimiento es el criterio jurídico que permite delimitar la violencia sexual, ahí no puede haber matices. Lo que defiendo es que un campo penal que garantice la distinción entre la violencia y el sexo se consigue más con un «no» que con un «sí». En un contexto de intimidación, el sí no significa nada y debe ser invalidado. Cuando en un caso mediático como la violación de ‘La Manada’ se utiliza el lema del «solo sí es sí», me parece un error, porque el hecho de que una mujer diga que sí coaccionada por cinco hombres no sirve jurídicamente para delimitar nada. Abogo por sacar el deseo de lo penal para que la justicia proceda con clarificación y para que no penalice a las víctimas. Recuerdo un juicio en el que el juez ponía en duda la violación porque la mujer había lubricado, y otro reciente de un menor en el que se remarcaba que había tenido una erección. Da igual que haya habido deseo si no hay capacidad de consentimiento. Si intentamos clarificar el deseo y meterlo en el terreno penal, enturbiamos todo.

P. ¿El deseo es una noción incómoda para el consentimiento?

Es importante no mezclar ambos conceptos, porque el deseo excede la lógica del contrato que requiere el consentimiento. Si depositamos demasiadas expectativas en el consentimiento como si este fuera a salvarnos de un sexo incómodo, desagradable o incluso doloroso, estamos idealizando una herramienta que no sirve para eso. Si defiendo el lema del «no es no» es, entre otras cosas, porque resguarda mucho más el deseo. Te permite decir que no a ciertas cosas, pero no te obliga a saber de antemano qué es lo que quieres. Cuando nos obligan a emitir un «sí» alto y claro se nos impone la carga de saber lo que deseamos con exactitud. Hay una idea del deseo muy neoliberal en el hecho de concebir el sexo como un contrato donde ambas partes tienen todo estipulado.

P. ¿Considera que la Ley del Solo Sí es Sí, con la que ha sido muy crítica, impone una visión neoliberal del sexo y las relaciones?

Una ley es un texto jurídico complejo, en el libro me centro en la parte filosófica. Creo que la ley, que tiene cosas valiosas y otras mejorables, evidencia una corriente de fondo y una mirada sobre la sexualidad que desborda por completo cualquier texto jurídico. Hoy en día impera un discurso neoliberal sobre el sexo que yo localizaría en la pretensión de garantizar un pacto sexual donde se da por hecho que el sujeto es autosuficiente, porque se conoce a sí mismo, sabe lo que quiere y expresa en todo momento cómo obtener placer, y por lo tanto interactúa con otros de una manera fácil. Esta idea es muy naif, porque el deseo implica inevitablemente una oscuridad y vincularse con alguien supone asumir una incertidumbre. A menudo desconocemos lo que deseamos y lo descubrimos a través del otro, y en esa exploración no podemos recurrir al consentimiento para garantizar que nuestras relaciones sean plenamente deseadas. Una mujer puede consentir y después tener una relación sexual malísima y desagradable.

P. Esto conecta con la tesis de la psicoanalista y filósofa Clotilde Leguil, que afirma que en todo encuentro sexual estamos expuestos a un trauma o daño, y que debe ser abordable lejos de los tribunales.

Una parte de esos posibles daños tienen que ser competencia del Estado siempre y cuando se atribuyan a la violencia sexual, debemos ser protegidas de ese peligro. Sin embargo, una de las derivas de cierto discurso neoliberal es tratar de asegurarnos que las relaciones sociales pueden estar exentas de cualquier riesgo. Se dice que el amor no debe doler, pero ¿cómo no va a doler? El amor duele, igual que la amistad, porque estamos poniendo en manos de otro una parte importante de nosotros mismos, y ahí el Estado no puede protegernos. Clotilde Leguil es una autora que me gusta porque, como psicoanalista clínica, sabe que muchos de los traumas de sus pacientes nunca serían validados por un tribunal, pero eso no erradica el malestar, la decepción o la angustia. No podemos asumir que todo daño se resuelve con recetas penales, me gustaría que el feminismo recuperase espacios éticos donde abordar estas cuestiones, lugares donde plantearse qué supone la traición o la utilización del otro, sin necesidad de recurrir al Código Penal.

P. Critica las corrientes puritanas que juzgan el deseo de las mujeres, y pone de ejemplo la frase que se repitió a raíz del caso de La Manada: «Ninguna mujer desearía acostarse con cinco desconocidos en un portal». ¿Se está moralizando el terreno sexual?

Para una parte del feminismo, si una relación es consentida pero no es deseada, deberíamos considerarla agresión sexual, y eso puede empantanar todo. Asumir que el criterio para que algo no sea violencia es que haya sido deseado, le damos al Código Penal la capacidad de acceder a nuestros deseos y nos puede conducir a una deriva peligrosa. Lo feminista no es limitar nuestro deseo, sino permitirnos hablar y escribir de ello sin sentir culpa o vergüenza. Cuando se afirma que el deseo de las mujeres garantiza un límite a la violencia, se presupone la bondad del deseo femenino, como si no pudiera ser igual de agresivo que el del hombre, se nos limita y además se nos impone la obligación de desear bien. Lo más interesante de liberar el deseo de la obligación de ser bueno es precisamente reivindicar que existe también la voluntad. Una mujer adulta debe tener la posibilidad de elegir sin que nadie la juzgue.

P. Menciona en su ensayo la película ‘Elle’, donde una mujer sufre una agresión sexual y posteriormente fantasea con una violación. ¿No es conflictivo que la cultura patriarcal y la desigualdad emerja en la sexualidad?

El deseo está atravesado por el poder, tiene sombras y refleja a veces las dinámicas de poder, por eso no debe de ser el criterio jurídico para juzgar un delito de violencia sexual. En la película queda claro que la protagonista ha sido violada, pero lo interesante es que a medida que avanza la trama, ese sexo violento al que no ha consentido se vuelve deseado por ella. Puede resultar incómodo ver a una mujer independiente y poderosa deseando ser dominada, pero eso no invalida la agresión inicial que ha sufrido. De hecho, cuando elige denunciar a su violador, está anteponiendo a su deseo el hecho de que hayan violado su voluntad. Hay que permitir que las mujeres se enfrenten a sus propias contradicciones, aceptar que pueden tener deseos que conecten con fantasías ocultas que están condicionadas por relaciones de poder, y por tanto darle voz a su voluntad. En un mundo patriarcal, tanto la voluntad como el deseo tienen sombras, pero nadie debe decidir por nosotras. Si queremos conservar la noción jurídica de violación, esta solo puede ser entendida como una vulneración de la voluntad, no una violación del deseo. Lo contrario es invalidar nuestra mayoría de edad.

P. Últimamente se habla de la relación entre la pornografía y la violencia sexual. ¿Qué opina de la iniciativa del Gobierno para regular el acceso de los menores al porno?

Me preocupa que vayamos a un debate social en el que la cuestión de los menores empiece a ser un argumento para la prohibición del porno también para los mayores de edad. Hay una parte del feminismo que quiere prohibirlo porque le parece que es dañino y que configura una sexualidad violenta, y ahí discrepo. Cuando se aboga por censurar el porno para evitar cualquier violencia, pienso que ese era el argumento por el cual una parte de la izquierda, incluso del feminismo, quiso prohibir el voto a las mujeres. Se decía que las mujeres eran muy conservadoras, que tenían una manera tradicional de mirar al mundo y que votarían lo que les dijera el cura o el marido. Aunque las mujeres voten a la derecha o condicionadas por su entorno, tienen derecho al voto porque nadie puede decidir por ellas. Con el porno sucede lo mismo, un adulto es capaz de distinguir entre realidad y ficción.

P. ¿En este debate tendría que estar más presente la educación sexual?

A veces buscamos arreglar cualquier problema de forma ingenua cuando decimos que con educación sexual se resuelve todo. Me gusta lo que sostiene Agustín Malón, un sexólogo que ha escrito un libro sobre el consentimiento y que ha reflexionado mucho sobre el tema de los menores. Creo que tiene razón cuando dice que no hay una política realmente seria de educación sexual en España y que la izquierda se engaña un poco con esta solución, como si fuéramos a instruir a los jóvenes en la sexualidad sin hacer previamente una selección ética y moral de lo que debe ser un sexo malo y un sexo bueno. ¿Vamos a hablar de sadomasoquismo a los menores de edad? Lo dudo mucho. Hay que tener en cuenta que el sexo también tiene algo de secreto y pudoroso, y es normal no querer hablarlo con tus padres o en clase, y es algo que cada adolescente va conociendo cuando le toca. Tenemos un problema de acceso al porno con los menores, pero hay que preguntarse cómo lo abordamos.

P. En los últimos años, por cuestiones como la Ley Trans o la prostitución, parece que el movimiento feminista está cada vez más dividido. Sin embargo, si se echa la vista atrás, los debates han existido siempre.

El feminismo siempre ha tenido distintas corrientes que se han enfrentado políticamente, en el tema de la prostitución y en muchísimos más, y me parece que esas peleas han sido fundamentales. Ahora llamamos feministas a señoras que se pelearon hasta el punto de poner en cuestión si había que dar el voto a las mujeres. Lo que veo negativo no es el desacuerdo sino la hostilidad, y esta no la ubicaría en el feminismo sino en un síntoma de nuestra época y nuestra sociedad. Hay una gran polarización y cabreo político que desemboca en linchamientos y descalificaciones que no llevan a ningún lado, pero eso no es causa del feminismo. La sexualidad siempre ha sido un campo de desacuerdo.

P. ¿Diría que el movimiento feminista ha sido instrumentalizado políticamente en los últimos años?

Ha sido secuestrado por un clima político de mucha pelea institucional, y viciado por la derecha y la extrema derecha. Las críticas ultrapunitivas distorsionan el debate y han llevado a la sociedad a creer en la solución de una ley penal dura y con un discurso alarmista. Insisto en que la reflexión es cómo restaurar espacios donde pongamos el foco en lo ético, las demandas feministas no tienen que terminar en una reforma penal. El lema «hermana yo sí te creo» es necesario, pero en un proceso penal no se va a creer a nadie, se va a obligar a todo el mundo a demostrar los hechos y se va a poner en cuestión y en tela de juicio a quien acusa. En una terapia, como afirma Clotilde Leguil, lo que necesita una persona que ha sufrido un trauma sexual es tener delante a alguien que crea su historia, pero en un juicio esto no puede ni debe de ser así. La acusación debe ser sometida a crítica y se va a buscar cualquier debilidad y fallo que sobresalga.

P. En el ámbito legal, una parte del feminismo critica el machismo que impera en la judicatura y las vías revictimizadoras del sistema penal. El lema «hermana yo sí te creo» pasa por dar credibilidad a la víctima.


El sistema penal no es el lugar donde dirimir este tipo de cuestiones. El código penal está pensado para ver si se mete a un sujeto en la cárcel con todas las garantías, y si la víctima lo pasa mal en el proceso, le da exactamente igual. La jurista Carme Guil, que preside la sección española del Grupo Europeo de Magistrados por la Mediación (GEMME España), promueve, entre otras cosas, la «justicia restaurativa». Muchas veces se pone en cuestión la palabra de las mujeres, y ahí es donde podríamos poner el foco, en crear nuevos espacios de escucha y acompañamiento. Para resolver los prejuicios machistas, creo que la educación es mucho más útil que los delitos penales.

P. Precisamente, con las acusaciones al director Carlos Vermut, ha habido reacciones que ponían en cuestión la palabra de las denunciantes y se ha criticado que recurran a los medios de comunicación en lugar de a los tribunales. ¿Ve problemática esta elección?

Me pareció interesante un hilo del juez Joaquim Bosch donde explicó que la condena penal no es la única respuesta posible, que una víctima puede preferir simplemente que se conozcan los hechos y se produzca un reproche social, y están en su derecho porque existe en nuestro ordenamiento jurídico la posibilidad de defenderse de una acusación falsa. Sin embargo, la denuncia pública es, a veces, un síntoma de que otras cosas fallan. El ‘Me Too’ evidencia bien el estallido del resultado de años de silencio, de impunidad y colaboración, y se ve claramente que no han existido los mecanismos para abordar bien la cuestión. Cuando estos casos salen, como el de Vermut, siempre me siento un poco incómoda porque no solo están expuestas las personas a las que se acusa, sino también las que denuncian. Aunque sean anónimas, ellas van a leer lo que la sociedad opina de sus testimonios. Si pensamos a partir de casos particulares de personas con nombres y apellidos, estamos jugando con una materia muy sensible.

P. En el libro menciona el término «cultura de la violación», un concepto que causó polémica cuando lo utilizó la exministra Irene Montero en el Congreso para referirse al PP. ¿Ve problemático el uso del concepto?

Es útil y a la vez problemático cuando se lleva a cierto extremo. Es innegable que existe una cultura donde se legitima la violencia y se vulnera la voluntad de las mujeres, y en ese sentido el uso del concepto es necesario, porque demuestra que estamos ante un problema estructural que tiene que ver con un sistema y con una educación colectiva. El problema es que, si lo llevamos al extremo, asumimos que estamos ante un problema que solo tiene que ver con la estructura social y que el individuo no tiene elección. Hay que colocarse en una posición intermedia, en la que, al mismo tiempo que analizamos esto como un problema estructural, seguimos considerando que el sujeto tiene una elección y por tanto una responsabilidad. En este sentido, el agresor debe responder ante la justicia, pero no vamos a cambiar el mundo llevándole a juicio. Si el problema es estructural, el derecho penal no va a solucionarlo, porque los problemas estructurales no se pueden abordar en un tribunal. Me parece un poco preocupante poner tanto énfasis en que estamos ante un problema cultural y a la vez apostar radicalmente por la solución penal. La solución está esperándonos en otro sitio.

P. ¿Qué soluciones podrían plantearse para paliar la «cultura de la violación»?

La penal desde luego que no, y creo que volcar todo en los castigos es la constatación de que no la estamos cambiando mucho. El derecho penal individualiza la culpa y la exterioriza con respecto al cuerpo social, por tanto, es ineficaz para combatir las desigualdades de poder. Si estamos ante un problema estructural, creo que en el terreno de la educación o del debate hay muchas más opciones de cambiar la mirada colectiva. La derecha siempre ha defendido que los problemas se solucionan con recetas penales precisamente porque ignora lo estructural y piensa que no hay condiciones que llevan a las personas a hacer ciertas cosas. Siguiendo esta lógica, el individuo que comete delitos es enteramente responsable porque es la causa de esos males. Para la derecha, un robo no tiene nada que ver con la pobreza, simplemente es un suceso aislado. La izquierda entiende que existe la desigualdad económica y el patriarcado, por eso no tiene sentido creer que un problema social puede abordarse en un juzgado. Si el problema es cultural, la solución no puede ser penal.

jueves, 15 de febrero de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra, el deseo y la ley del ‘solo sí es sí': “Hay malestares del sexo que no deben resolverse con el Código Penal”

Clara Serra, el deseo y la ley del ‘solo sí es sí': “Hay malestares del sexo que no deben resolverse con el Código Penal”
La filósofa atiende a Infobae tras la publicación de su último ensayo, ‘El sentido del consentir’, donde reflexiona sobre la ley del solo sí es sí y el verdadero significado del consentimiento en una relación sexual
Jose Carmona | Infobae, 2024-02-15
https://www.infobae.com/espana/2024/02/15/clara-serra-el-deseo-y-la-ley-del-solo-si-es-si-hay-malestares-del-sexo-que-no-deben-resolverse-con-el-codigo-penal/ 

Clara Serra //
La filósofa y feminista Clara Serra (Madrid, 1982) pone en tela de juicio el eslogan más sonado del feminismo. En su nuevo ensayo, ‘El sentido del consentir’ (editorial Anagrama), asegura que el ‘solo sí es sí’ tiene rasgos conservadores y aboga por el ‘no es no’. Muy crítica con la ley de diseñada por el Ministerio de Igualdad de Irene Montero, desconfía del “feminismo punitivista” que recurre al Código Penal porque carga aún con más responsabilidad a la mujer, que queda infantilizada.

Serra atiende a ‘Infobae España’ tras la publicación del ensayo, repleto de reflexiones sobre el destino del feminismo, el concepto del consentimiento y las consecuencias de elevarlo a categoría de ley, las dinámicas conservadoras dentro de la izquierda, la prohibición como bandera y la presión que ejerce la derecha sobre los avances feministas.

Pregunta. ¿Crees que tu manera de entender el feminismo ha perdido espacio respecto a la corriente que criticas en tu libro?

Respuesta: Me encuentro con muchísima recepción y escucha. El libro discute críticamente una posición que ha sido muy mayoritaria o que, al menos inicialmente, se recibió con mucho entusiasmo. A pesar de que creo que esa recepción no es el fruto de un debate el libro quiere abrir un debate que, a mi juicio, no ha existido. Ha habido un discurso que ha hablado con mucha potencia desde muchos altavoces, que en principio se ha recibido con entusiasmo. ¿Entonces, si abrimos el debate y nos abrimos a los matices? ¿Y si empezamos a hablar un poco más del consentimiento?

P: Que el feminismo se quiera refugiar en leyes, ese “feminismo punitivo” como lo denominas, ¿No deja de ser una tendencia generalista dentro de la política? El PSOE quería denunciar por delito de odio golpear una piñata de Pedro Sánchez. A veces ya no se acepta ni la crítica al presidente del Gobierno. Da la sensación de que enseguida recurrimos a las leyes. ¿No es cargar demasiada responsabilidad sobre el feminismo cuando en realidad es la sociedad en su conjunto?

R: De hecho, no lo circunscribiría en absoluto al feminismo, corresponde a la izquierda en general y forma parte de una de una inercia mucho más amplia. A veces la izquierda se deja arrastrar y se está perdiendo un punto de anclaje fundamental para la izquierda. Como se meta en esta inercia y en esta deriva, que no es tanto la de legislar porque por supuesto defiendo que tiene que haber una legislación. Reivindico mucho el consentimiento en el sentido en el que creo que es una herramienta para delimitar la violencia en terreno jurídico. Y yo quiero delimitar la violencia en el terreno jurídico. A mí lo que me preocupa es que haya un concepto de violencia expansivo que empiece a aglutinar y a meter en el mismo saco cosas que no creo que deben estar ahí, que tienen más que ver con una desigualdad de poder. La desigualdad de poder que puede haber entre una persona con un cargo alto y una trabajadora, o la diferencia que hay entre desigualdades de edad muy grandes.

Todas esas cuestiones, a mi juicio, no deben ser convertidas en violencia, no deben ser equiparadas a la violencia, porque entonces se borra ese límite. Si todo es violencia, nada lo es. La crítica es a una deriva que ciertos feminismos están incorporando, pero que en otros terrenos ocurre también, por la cual le estamos encomendando al derecho penal tareas que si bien son problemas sociales, no creo que deban ser problemas penales. Y hay muchos malestares en el sexo que creo que no se resuelven con el Código Penal, se resuelven de otras maneras y de hecho creo que no están siendo nombrados y discutidos, precisamente, por la invasión de lo penal en este campo.

P: Dices que no hay que diferenciar el sexo no deseado de la violencia sexual. ¿Se puede llevar a cabo un debate sano en torno al feminismo mientras la derecha es tan beligerante contra cualquier discurso de feminista?


R: Es una manera de verlo, que estamos teniendo cierre de filas contra la derecha y de la extrema derecha. Yo lo plantearía al revés, creo que el cierre de filas nos expone totalmente al neomachismo. O sea, creo que la manera de que extrema derecha no avance posiciones es, precisamente, un feminismo que no haga de la vía penal el tema permanente. Parece que nos estamos oponiendo a ellos, pero en realidad estamos comprando su campo de juego.

Y creo que es lo que pasa cuando la discusión sobre un asunto como la libertad sexual se tiene solo centrado en una ampliación de penas o de fusión de delitos, la ley se convierte en una especie de herida por la que sangras a muerte, porque ya les has dado un poco la razón. Entonces, de pronto hay todo este discurso del pánico total de que hay violadores en la calle, cuando en absoluto ese es nuestro problema y en esas posiciones punitivas de la extrema derecha van a solucionar los problemas de las mujeres. Salir de determinados marcos es el mejor antídoto del feminismo para que no avance la extrema derecha.

P: En tu libro revives el juicio de La Manada. Estas semanas ha sido el juicio de Dani Alves y el tratamiento mediático ha sido muy diferente. Y sin embargo, polémicas como la de ‘Zorra’, la canción de Eurovisión, que dan para pensar que no hemos avanzado tanto.

R: Muchas veces las posiciones conservadoras son precisamente reacción a un avance. Puede estar pasando al mismo tiempo que muchas cosas estén cambiando, que el feminismo haya cambiado mucho el sentido común y al mismo tiempo que emerjan discursos conservadores y reactivos. Y ambas cosas son verdad. Puede ser que en el caso de Dani Alves se haya tratado mejor. Agustín Malon sostiene que la doctrina del consentimiento afirmativo que proviene de Estados Unidos es una manera inadvertida de que cierto feminismo se haya sumado a una cierta reacción conservadora a la libertad de las mujeres. Y estoy bastante de acuerdo.

Algunas propuestas pueden parecer muy de izquierdas y muy liberadoras y no lo son tanto y quizás acaban sirviendo para otra cosa. Hay un discurso del buen sexo, del sexo correcto. Y yo creo que siempre que una sociedad hace eso es porque alérgicamente reacciona a una libertad que desordena la sociedad, porque la sociedad está ordenada cuando las mujeres se dedican a lo suyo, los hombres a lo suyo y en el terreno sexual cada uno tiene su función y su papel.

Este tipo de feminismo, por cierto, es el que reacciona cuando sale la canción ‘Zorra’. Creo que tenemos que entender de dónde viene la doctrina del consentimiento positivo y ese feminismo ha tenido una enorme influencia en el contexto español. Es el mismo feminismo que dice que decir la palabra zorra denigra a las mujeres y que incluso que nos posibilita la retirada de una canción, eso para mí es una posición punitiva, siempre a usa el recurso de la prohibición. Puede ser que la canción no sea un himno feminista. Estoy dispuesta a debatirlo, porque tampoco me lo parece. Lo que no me parece es que la izquierda tenga que ponerse a prohibir cosas con esta facilidad y soltura. Cuando digo que salta enseguida la solución del castigo y de la prohibición es exactamente este ejemplo. Y este feminismo está totalmente en sintonía con el feminismo que yo discuto.

P: Hablas de cómo hay políticas feministas sin escuchar a las feministas, como el despotismo ilustrado.

R: Claro, es que es la misma lógica y yo creo que es conservador. Primero, usa todo el rato una especie de pánico moral. Segundo, nunca reconoce la agencia de la mujer, que para mí no va de decir somos absolutamente libres y no tenemos obstáculos. Para mí, una cantante que canta una canción está en una posición no de objeto. Es un sujeto. Hay que posibilitar que las mujeres en calidad de sujeto también tomen decisiones. Podemos hablar de la trabajadora sexual, pero podemos hablar de la cantante que decide vestirse de una manera o jugar con una palabra, o reivindicarse. Entonces, convertir siempre a la mujer en el objeto víctima total que no ha decidido nada, me parece muy peligroso. Si nos ponemos así, las mujeres pueden votar sin saber lo que votan. Y las mujeres pueden votar siendo controladas por sus maridos. ¿Y por qué las vamos a dejar? ¿Por qué nos dedicamos a invalidar su voto?

P: No es lo mismo una cantante de los años 80 con ropa y discurso sexual, un producto diseñado por un hombre, a una artista urbana actual que usa su sexualidad desde su decisión personal.

R: Zizek tiene una frase que me gustaba mucho: no es lo mismo ser convertida en un objeto por otro que ser tú la que siendo sujeto, se objetualiza. La diferencia es total. Y, de hecho, diría que no sé qué problema hay con que seamos tanto objetos como sujetos. De hecho, creo que en el sexo pasa esto y diría que es algo que le gusta a los hombres y a las mujeres y que no pierdes tu agencia por ser, en parte, un objeto. En el terreno del sexo es claramente donde poder ser un objeto es muchas veces muy liberador. El sadomasoquismo, por ejemplo, explora esto para mucha gente.

P: Dices que no todo desencuentro debe considerarse delito. ¿Se puede aterrizar esa idea frente a quienes dicen que un no significa sí, que el silencio significa sí? Frente a quienes imponen su criterio sin importar el de la mujer.


R: Si un lema tiene cuatro palabras, hay que saber que tiene limitaciones. Pero el lema a reivindicar es el del ‘No es No’. Primero, en el sentido en el que me parece que ese lema marca un buen límite a lo penal. Dice que un que es infranqueable. O sea, es vinculante jurídicamente y penalmente. Si tú te saltas un no, el derecho penal entra y me parece absolutamente necesario. Defiendo que una persona puede decir que no y quererlo y tener deseo por eso. No sé por qué es tan escandaloso. O sea, todos nosotros y nosotras nos hemos enfrentado a veces a desear a una persona y decirle que no por los motivos que sean, porque no puedes ponerle los cuernos a tu pareja o por un millón de cosas.

Claro que puedes desear a alguien y decirle que no, por mucho que se intuya que hay un deseo ahí, Me parece peligroso que el criterio sea el deseo, porque ¿qué quiere decir que yo lo deseara? Tú tienes que hacer caso a esa negativa. Emborrona mucho más las cosas pensar que el ‘solo sí es sí’ clarifica mejor los límites, porque si nos fijamos, el solo sí es sí que ha sido sostenido al calor de casos mediáticos como el de La Manada. Pero, ¿en el caso de Alves o de Carlos Vermut?, en ninguno de estos casos, el ‘solo sí es sí’ aporta ningún límite, no aporta nada en realidad. Cuando una mujer está en una situación de coacción, de amenaza, no importa nada decir que sí.

Imagínate que un día, en un determinado caso mediático, una chica ha dicho que sí. Esto podría ocurrir. El juez, para eximir a la chica de haber dicho que sí, tendrá que reintroducir la fuerza, la intimidación y la amenaza. Es decir, no porque haya una situación donde no se puede decir “no” hay que librar a esta chica de haber dicho “sí”.

P: Me parece que el eslogan ‘no es no’ ha sido regateado por la derecha y el ‘solo sí es sí' es más difícil de vencer.

R: Me parece muy interesante esto, porque yo a esa derecha creo que hay que confrontarla con una batalla cultural. Aparte, esa derecha puede decir lo que quiera, pero nuestra legislación ha puesto siempre el límite. Y cuidado, que cuando yo digo que este marco no me convence, no quiere decir que las leyes del consentimiento previas no tuvieran muchas reformas posibles que hacer, lo que digo es que puede que el marco general de la ley esté bien y que haya muchas mejoras que hacer y sea muy imperfecta. Hay que hacer un combate cultural contra la derecha, pero sería muy preocupante que para dar una batalla cultural cambiemos penalmente a una ley que está peor hecha. Eso sería inquietante.

P: Muchos hombres se han dedicado los últimos años a aceptar cualquier consenso que viniera del feminismo sin cuestionarlo demasiado. Puede que ahora, desde la izquierda, se cuestione el exceso de punitivismo de la ley y antes no se hiciera.


R: Es interesante el cómo los hombres se incorporan al feminismo. Dicen, bueno, mi tarea es apoyar esto, y firman el consenso que haya. En parte es una actitud generosa, pero al mismo tiempo es un poco cómoda, porque en realidad el feminismo es un asunto político y puede haber un campo de desacuerdos tan grande como en cualquier otra cuestión.

Cuando te asomas a la historia del feminismo ves que hasta el derecho al voto ha estado confrontado, imagínate el grado del desacuerdo. Los debates que traigo a colación eran de una confrontación muy profunda, de una escisión muy profunda. Pero al final creo que la manera de comprometerse con el feminismo como asunto político es que los hombres tendrán también que tomar partido por una u otra posición.

P: Dices que el feminismo siempre puso sobre la mesa la fragilidad y la indecisión.


R: A quienes se les está pidiendo algo más es a las mujeres. Se está diciendo que como no es muy seguro el mundo, porque los hombres no respetan un no cuando se lo digamos, vamos a cargar a las mujeres con la responsabilidad y la tarea de estar en condiciones de decir un sí. Cuando a los hombres les pides que busquen el sí de las mujeres, a las mujeres les estás imponiendo otra tarea, que es que tengan que decir transparentemente todo lo que sí que quieren. Y este es el discurso que impera hoy, un discurso muy mainstream de la mujer libre y empoderada. Es esa mujer que dice todo el rato lo que quiere, que exprese lo que quiere, que expresa su deseo, que lo sabe contar... Igual es una carga pesadísima, porque tengo el derecho de no saber exactamente cuál es mi deseo y al mismo tiempo de no ser expuesta a la violencia.

Me parece una trampa esto que se nos está diciendo, que el ‘no’ es muy difícil en el mundo y los hombres no lo van a respetar. Así que venga, decidnos chicas todo lo que sí que queréis para que el otro tenga que buscar lo que quieres. Perdona, no me salen las cuentas. Me has hecho un truco, yo quiero ir al territorio del sexo pudiendo explorar, creo que eso es el sexo para todo. Y, por cierto, menos mal que no sabemos exactamente lo que queremos y que en el terreno del sexo lo podemos descubrir. Menos mal. No me cambies mi seguridad por una anulación completa de mi derecho a explorar, porque yo no veo libertad sexual ahí.

sábado, 20 de enero de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: “La cultura de la violación no se cambia con el derecho penal y el castigo”

Clara Serra, autora de 'El sentido de consentir' //

Clara Serra: “La cultura de la violación no se cambia con el derecho penal y el castigo”
a investigadora y activista feminista publica 'El sentido de consentir', un ensayo en el que cuestiona el cambio de paradigma que supone pasar del 'no es no' al 'solo sí es sí' 
Ana Requena Aguilar | El Diario, 2024-01-20

https://www.eldiario.es/cultura/clara-serra-cultura-violacion-no-cambia-derecho-penal-castigo_1_10853311.html

Ha sido uno de los conceptos estrella de los últimos años: el consentimiento. Alrededor de él se ha disertado, se ha debatido y se han configurado reformas legales. A la investigadora y activista feminista Clara Serra (Madrid, 1982), sin embargo, le parece que la conversación se ha cerrado en falso. En ‘El sentido de consentir’ (Anagrama) recoge algunas de sus reflexiones, que pueden resumirse en una idea fuerza: abandonar el paradigma del 'no es no' para pasar al 'solo sí es sí' ha sido un error. Serra busca explicitar las posiciones feministas que están en juego, de dónde vienen y cuáles son sus posibles efectos.

P. ¿Hemos puesto demasiadas expectativas en el consentimiento como concepto que parecía que iba a arreglarlo todo?

Sí, hemos depositado unas expectativas desmesuradas, pretendiendo que ese concepto nos salve de todos los problemas que nos pueda presentar el sexo. Por ejemplo, esperando que garantice una serie de cosas: la coincidencia con el otro, el placer, el disfrute... que creo que no dependen de este concepto. Por otro lado, también en el libro hago una crítica a otra deriva que subyace, paradójicamente, en los actuales discursos y en el lema del 'solo sí es sí', que es, en realidad, no esperar nada del consentimiento. Es una posición que considera que el consentimiento es un concepto completamente equivocado y, de hecho, descartable incluso a nivel jurídico, porque sería una trampa para las mujeres, ya que en un mundo demasiado violento y con una sexualidad heterosexual patriarcal consentir siempre y en todo caso es ceder ante el poder de los hombres.

Es un discurso que localizo en una corriente de pensamiento cuya autora con la posición más coherente es Catherine MacKinnon. Me parece que es un error tanto no esperar nada del consentimiento y pretender invalidarlo como esperarlo todo y depositar en él unas esperanzas, a mi juicio, mágicas.

P. Dice que esperábamos que el consentimiento fuera a solucionar todos los problemas alrededor del sexo, pero ¿no serían más bien todos los problemas alrededor de la violencia sexual y no del sexo?

Claro, esa es la cuestión. El consentimiento en el aspecto jurídico precisamente nos ayuda a delimitar el sexo de la violencia sexual. Pero las posiciones donde esa distinción es insostenible, como las del feminismo de la dominación norteamericano, que viene a decir que en un mundo tan desigual como el mundo patriarcal toda relación heterosexual conlleva un grado de violencia, la distinción entre sexo y violencia naufraga. Ahí es donde el consentimiento no tiene ningún sentido. Si todo sexo heterosexual es tan desigual, tan desequilibrado, incorpora tanto una dominación de la mujer que ya es en sí mismo violento, te has cargado el consentimiento, lo has invalidado. Yo quiero rescatar el consentimiento precisamente para trazar esa diferencia que creo imprescindible y que hace posible que exista un sexo donde no es que hayamos erradicado la desigualdad de poder (en un mundo patriarcal la desigualdad de poder no ha sido erradicada y efectivamente tenemos relaciones sexuales donde una persona tiene más poder que otra en muchísimos aspectos), pero donde eso no implica ‘ipso facto’ violencia.

Es muy útil llevarlo al terreno del sadomasoquismo, porque ha sido también un frente de disputa entre las feministas. Una de las impugnaciones del sadomasoquismo de la línea abolicionista o de la dominación ha sido decir que hay mucha desigualdad de poder o incluso que se fetichiza o erotiza el poder. Y otra corriente feminista ha dicho: sí, hay una erotización del poder, hay un juego con el poder, hay un juego de roles de poder, pero aun así las mujeres podemos jugar a eso en territorio sexual.

P. Digamos que para una corriente es imposible que nosotras podamos decidir o desear ciertas prácticas porque lo que hagamos siempre estará viciado por lo que nos ha inculcado el patriarcado.

Es la posición de la falsa conciencia. Cuidado, porque con argumentos que podrían desde algún punto de vista leerse como muy próximos al marxismo y que pueden ser muy feministas en el sentido de que ponen mucho énfasis en la estructura de poder, al final acabamos invalidando la voluntad de las mujeres. Me gustaría recordar que hubo una argumentación muy feminista para defender la invalidación del voto femenino: se dijo que porque las mujeres estaban en una relación de desigualdad de poder con los hombres, porque iban menos a la escuela o porque tenían el coco comido por la Iglesia católica, las mujeres no iban a saber cómo era votar feminista y era mejor que no pudieran votar. Cuidado con los argumentos feministas que llegan a una invalidación de nuestra mayoría de edad jurídica. Aunque a día de hoy esa posición feminista con el tema del voto nos resulta muy extraña, es en realidad la que se está defendiendo en el terreno sexual.

P. Critica los relatos entusiastas del consentimiento que dicen que siempre es claro, que si no es un 'sí' evidente entonces es un 'no' rotundo. Defiende la duda, los matices, los 'tal vez' que pueden existir en un 'sí' o en un 'no'. Entendiendo que esa es una conversación intelectual o filosófica posible e interesante, ¿no ve un poco peligroso o difícil de trasladar esos dilemas a las normas concretas y a la manera en que nos relacionamos diariamente con personas?

Lo que quiero decir en el libro es que no necesitamos convertir las cosas en herramientas perfectas y mágicas para que merezcan nuestra defensa. El consentimiento para mí es muy imperfecto, tiene límites, hay cosas que no consigue, que deja fuera, es precario, pero no por eso pierde su valor. Como dices, cuando haces una norma hay que decidir, y creo que las instituciones y los poderes públicos tienen que dar por válida la decisión de los sujetos, en este caso la decisión de las mujeres.

Como feministas que criticamos al sujeto masculino y neoliberal, una mirada crítica es precisamente hacernos cargo de la ambigüedad del conflicto, de la posibilidad, de la duda, de que nunca sabemos tan bien cómo se supone que sabemos las cosas. Pero no solo con el consentimiento sexual. Tú puedes casarte dudando si ese será el mayor error de tu vida, pero no porque tú tengas dudas la institución debería invalidar tu matrimonio. ¿Qué queda por fuera del consentimiento? Para mí es el deseo, que es un territorio que nos lleva a un lugar donde la exploración y el no saber es consustancial. Poder desear con libertad es precisamente no tener que saber siempre de antemano lo que deseas y, por tanto, que nadie te exija transparentar y clarificar tu deseo, que nadie te diga que tienes que ir a la relación sexual sabiendo de antemano qué deseas y qué no, eso es coactivo.

P. ¿Y no es precisamente ese consentimiento más afirmativo que critica en el libro un consentimiento que se exprese en términos del 'sí' lo que puede ayudar a explorar el deseo, a ir constatando un sí a medida que exploras?

Defiendo que hay distintos sentidos de la palabra consentimiento y distintos proyectos políticos feministas en juego. No sé si estamos siendo tan conscientes del cambio que supone el abandono del 'no es no' hacia el 'sí es sí'. El 'no es no' es una cultura del consentimiento, es la posibilidad de decir que no. Creo que es mucho más fácil que el deseo aparezca en el marco del 'no es no', un marco en el que puedes expresar tu voluntad, pero no estás obligada a expresarla todo el rato. Me parece un avance que las mujeres puedan decir en cualquier momento de una relación sexual 'oye, esto me gusta o no'. Lo que no me parece bien es que estén obligadas permanentemente a la expresión verbal y a la explicitación de su deseo.

También creo que cuando muere el territorio para el deseo está muriendo el territorio de la voluntad. En el 'solo sí es sí' la presuposición es que no podemos decir que no, entonces el sí tampoco vale nada. No entiendo que si como feminista dices que no se puede decir que no, te parece que el sí valga algo. Me parece incoherente esta posición en la que un montón de gente dice que ponemos el consentimiento en el centro y, por ejemplo, defiende al mismo tiempo la invalidación del consentimiento de las trabajadoras sexuales. Para mí el 'no es no' es un lema feminista de mucho valor porque en el marco de la posibilidad de decir no existe la validez del sí, y el deseo cabe mucho más.

P. ¿Hay quien está exigiéndole un extra al consentimiento, de manera que si no es un consentimiento no solo decidido sino deseado plenamente no parece que sea consentimiento?

Se está depositando en ese sí afirmativo una especie de plus que es que el consentimiento sea un sí deseante, un consentimiento entusiasta. Así no estamos poniendo el consentimiento en el centro, estamos diciendo que algunos consentimientos nos valen y otros no, y los que nos valen son porque además hay deseo. Entonces el criterio de legitimidad no es el consentimiento, es el deseo. El deseo ha invadido el terreno legal, cuando a la ley le tiene que dar igual si consientes deseosamente o no.

P. Pero sin que entre en el terreno legal, ¿no cree que la reivindicación del deseo sí debe ser algo de lo que el feminismo deba ocuparse, más incluso de lo que lo hace actualmente?

El deseo tiene que ser nuestro lenguaje con una salvedad, que lo sea totalmente retiradas de la ley. Es decir, una vez que validamos que el consentimiento no ha de ser ni entusiasta ni no entusiasta, ni deseante ni no deseante, y que el Estado va a reconocer nuestros 'síes' y 'noes'. Estoy de acuerdo en que el deseo es una ambición feminista, que nuestro sexo sea deseante y placentero, que nuestras relaciones sexuales lo sean, que a nuestras parejas sexuales les interese nuestro deseo. Pero debe ser totalmente distinguido del terreno del derecho penal, de lo que la ley puede esperar. Aquí podríamos entrar en una conversación muy interesante: ¿por qué no volvemos a hablar las feministas de todo eso que queremos más allá de lo penal?

P. Leyendo el libro da la sensación de que no termina de estar de acuerdo con el término 'cultura de la violación' o que si está de acuerdo hay algo acerca de él que le inquieta, ¿qué es?

Es al servicio de qué se pone ese concepto, pero no el concepto mismo. En la medida en la que soy feminista, creo que nuestra cultura sexual reproduce una mirada donde la voluntad de las mujeres es vulnerada. El consentimiento de las mujeres vale poco y por tanto hay una cultura donde la violación está permitida, existe una legitimación de la violencia y en ese sentido el concepto me parece valioso. Pero si es un problema de cultura, de estructura social, no creo que eso se cambie fundamentalmente con el derecho penal y el castigo. Los problemas estructurales nunca se abordan en un tribunal, ahí se juzga a un individuo, a un sujeto particular, pero no tienes al patriarcado sentado delante en el banquillo.

¿Cómo combates la cultura de la violación? La educación, los debates, los artículos que escribimos... me parecen armas más poderosas para cambiar el sentido común y dirigirnos mucho más a lo estructural. Si nos tomamos en serio el concepto estamos diciendo que no solamente nosotras muchas veces no nos damos cuenta de esa cultura, sino que los propios agresores no lo saben distinguir. Lo que estamos diciendo es que un chaval de 14 años, educado en la cultura de la violación patriarcal, no sabe muy bien dónde están los límites. Cuando decimos que el consentimiento está claro, me parece poco compatible con esa perspectiva tan estructural que dice que la sociedad en su conjunto nos adoctrina en un sentido por el cual la violación es lo correcto. Entonces, ese chico piensa una serie de cosas que están mal. La pregunta es: cuando castigas a ese chico, ¿le castigas porque lo hace a sabiendas o pones en marcha leyes porque no lo sabe? Porque si es porque no lo sabe, igual no son las leyes penales lo que hay que cambiar primero.

P. Habla de la polémica que en 2022 se armó alrededor de unas palabras del streamer el Xokas, que contaba cómo sus amigos se mantenían sobrios en las fiestas para intentar ligar con chicas que hubieran bebido. Más allá de que hubiera quien pidió que se le denunciara ante la Fiscalía, ¿no le parece que ese comportamiento que describe de hombres emborrachando o esperando a mujeres borrachas para tener sexo con ellas forma parte de esa cultura de la violación?

Sí, forma parte de una cultura sexista, machista y lamentable, y me alegro mucho de que mi sociedad critique eso, de que haya una reacción. Lo que me parece preocupante es que tendamos a decir que si algo está mal y es machista todo pueda ser delito, ahí es donde nuestra imaginación ha quedado mermada políticamente...

En EEUU algunos discursos defendieron una censura estricta del porno que se hizo con algunos de los mismos argumentos que escuchamos hoy, que es que genera violencia. Así aprobaron leyes no muy compatibles con la libertad de expresión y la libertad sexual

P. ¿Qué le parece el proyecto del Gobierno para regular el acceso de los menores al porno? Ocurre en un momento en que hay preocupación por la edad de acceso y por sus efectos, pero también hay quien cree que el porno, en general, es culpable de la violencia sexual. ¿Hasta qué punto el discurso alrededor del porno está siendo demasiado alarmante, yendo por derroteros parecidos a los que señala en el libro?

El acceso de los menores al porno violento es un problema y que esto nos preocupe es razonable, hay una inquietud de cómo podemos hacer que se limite el acceso. También me parece una pregunta acerca de cuándo los menores acceden a un móvil o a un ordenador donde llegan a un montón de cosas aparte de porno.

Pero este problema también puede ser instrumentalizado. Hay un discurso feminista que prohibiría el porno en general, también para los adultos. En Estados Unidos los discursos con los que yo discuto en el libro defendieron una censura estricta de la pornografía que se hizo con algunos de los mismos argumentos que escuchamos hoy, que es que genera violencia en la vida real. Así aprobaron leyes no muy compatibles con la libertad de expresión y con la libertad sexual de las mujeres. He visto noticias y programas muy sensacionalistas, con discursos del peligro total y del terror sexual con el tema del porno, mal uso de datos o encuestas.

Parece que no hay distinción entre una ficción violenta y la realidad. Muchas veces las personas accedemos a ficciones que interpelan nuestro deseo justamente porque no van a ser llevadas a cabo. No porque en una ficción haya algo que interpela el deseo del sujeto quiere decir que va a salir de su casa y va a cometer ese mismo acto, como cuando vemos una película no quiere decir que vayamos a hacer automáticamente eso.

P. Estos días se conmemoran diez años de la creación de Podemos. Usted fue fundadora y también diputada en la Asamblea de Madrid. ¿Cuál cree que ha sido la contribución de Podemos a las políticas de igualdad? ¿Su irrupción ha mejorado, ha aportado algo nuevo a la manera en que el feminismo y la igualdad se aplican en la política institucional?

Ha habido muchas cosas que han ocurrido estos años que han cambiado nuestro sentido común. Somos un país mucho más feminista que hace diez años y diría que aquí ha habido tanto partidos políticos muy implicados, Podemos, desde luego, como un movimiento feminista muy activo. Recuerdo cuando yo era responsable de Igualdad y ya sentía algo muy vivo fuera de los partidos y de las instituciones. Eso ha tenido sus momentos virtuosos en la alimentación del movimiento, y ha tenido sus momentos un poco peores. El feminismo ha sido muy instrumentalizado, un foco de conflicto entre partidos. Eso ha hecho cierto daño al feminismo y hay que recomponer un movimiento feminista fuerte y también plural, que vuelva a integrar en sus propios espacios un poco más de diversidad, de diferencia, de posibilidad de discrepar. Pero en general hay muchísimas cosas a celebrar.

P. ¿La capacidad de interpelar e incluso de involucrar a los hombres es una de esas cosas a celebrar?


Hay que ser muy cuidadosas y estar atentas a la posibilidad de que los chicos jóvenes ahora mismo estén sintiéndose alejados del feminismo, pero también ha habido una capacidad de hablarles que ha calado entre las generaciones jóvenes. Eso es algo a celebrar y hay que construir a partir de eso. Muchos hombres han pensado 'esto va conmigo, esto me interesa'.

Pero también hay derivas que no comparto. Hay algunos discursos dominantes que no están sabiendo construir más ilusión y deseo en los chavales jóvenes de pertenecer al feminismo y que están siendo, a mi juicio, un poco cómodos en la celebración de que si los hombres están incómodos, pues eso probablemente habla de nuestros éxitos. No comparto esa posición. La incomodidad puede ser políticamente productiva o políticamente nefasta.

P. Es parte de esa crítica acerca de que el feminismo debe ser incómodo para todos los hombres, como si todos estuvieran en la misma posición, tuvieran los mismos privilegios o se comportaran igual, ¿pero no es imposible que no genere algo de incomodidad en todos?


Precisamente, lo que hay que celebrar es que a pesar de que el feminismo traiga una relativa siempre incomodidad para los hombres, ha conseguido también mover a muchos, por lo menos mostrarles muchas más cosas como para que incluso les compensara. Por lo tanto, no ha sido solo incomodidad, ha sido también mostrar que hay un proyecto interesante para ellos. Creo en la capacidad de transformación positiva del feminismo para el conjunto de la sociedad, con la que incluso aunque los hombres tuvieran que perder ciertas cosas, que obviamente sí es así, tienen otras que ganar.

miércoles, 17 de enero de 2024

#libros #consentimientosexual | El sentido de consentir

El sentido de consentir / Clara Serra.

Barcelona : Anagrama, 2024 [01-17].
136 p.

/ ES / Libros / ENS / Consentimiento sexual / Deseo sexual / Feminismo / Sexo

📘 Ed. impresa: ISBN 9788433922052 / 12.90 €
📝 Cita APA-7: Serra, Clara (2024). El sentido de consentir. Anagrama.


El consentimiento se ha convertido en un concepto clave en las relaciones sexuales. De entrada, parece claro y perfectamente perimetrado. Pero ¿es realmente así? Este texto reflexiona sobre los matices, las fisuras y las paradojas que lo acompañan. ¿Se puede verbalizar el deseo con absoluta claridad, sin ambigüedad alguna? La autora explora el camino recorrido entre el «no es no» y el «solo sí es sí» desde las perspectivas filosófica, histórica y política y, a contracorriente del discurso dominante, defiende no dejar de lado el primero en beneficio del segundo.

😏 Clara Serra (Madrid, 1982) es investigadora, activista feminista y exdiputada de la Asamblea de Madrid. Actualmente es investigadora en el Centro de Investigación Teórica, Género, Sexualidad de la Universidad de Barcelona (ADHUC). Fue responsable del Área de Igualdad de Podemos desde sus inicios hasta 2017. Es autora del libro ‘Leonas y zorras. Estrategias políticas feministas’ y coordinadora del texto colectivo ‘Alianzas Rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad’.

miércoles, 9 de febrero de 2022

#hemeroteca #feminismo | Contra la extrema derecha: un feminismo para todo el mundo

El País / Ilustración de Eulogia Merle //
Contra la extrema derecha: un feminismo para todo el mundo.

Tenemos una imprescindible tarea por delante. Y no pasa por considerar ajenos los malestares masculinos, mucho menos darlos por sentados o incluso celebrarlos como el efecto colateral que da pruebas de nuestros éxitos; hay que entenderlos y dotarlos de sentido.
Clara Serra | El País, 2022-02-09
https://elpais.com/opinion/2022-02-09/contra-la-extrema-derecha-un-feminismo-para-todo-el-mundo.html 

En las recientes elecciones chilenas parece ser que las mujeres han supuesto un voto decisivo para el triunfo de las izquierdas. Quizás no debería extrañarnos. Chile ha sido, junto con Argentina o México, uno de los principales escenarios latinoamericanos en los que el feminismo ha sido capaz de convocar movilizaciones masivas y multitudinarias. Como en el contexto español, la hegemonía del feminismo ha tenido un profundo calado social durante los últimos años y eso puede tener, obviamente, significativos efectos electorales. Al mismo tiempo, una encuesta reciente en nuestro país daba lugar a titulares inquietantes que afirmaban que, en caso de que votaran solo los hombres, la extrema derecha podría ganar las elecciones. Los hombres que votan a Vox representan un 76% de su electorado, lo que quiere decir que son más del doble que sus votantes mujeres. Existe una enorme brecha de género en clave electoral y va más allá de nuestro propio contexto. De hecho, uno de los rasgos más característicos del voto a las nuevas extremas derechas es su altísima masculinización. ¿Cómo leer esta realidad? ¿Son las nuevas derechas, en gran parte, una reacción a las demandas de igualdad de las mujeres? ¿Explicarían estos años de avances feministas la violencia con la que se ha levantado la reacción?

Estas preguntas son hoy urgentes, pero, para abordarlas, necesitamos salir del identitarismo en el que están encalladas algunas perspectivas feministas. Bajo los marcos de un feminismo que siempre esté a la defensiva con el desdibujamiento de su sujeto identitario —es decir, de las mujeres—, las cuestiones relativas a la masculinidad suelen ser entendidas como un asunto que nos es ajeno y que les compete por completo a otros. Ese desentendimiento, defendido a menudo como una victoria, es, en realidad, una gran renuncia. Supone abandonar un problema social que justamente el feminismo está en condiciones de pensar con lucidez y de abordar eficazmente. La tentación de una mirada esencialista es, incluso, naturalizar la reacción masculina, darla por descontada, no necesitar siquiera explicarla, convertirla en un hecho inevitable. ¿Hasta qué punto no son todos esos hombres que votan a Vox la consecuencia automática del hecho de que los estamos destronando? Ladran, luego cabalgamos. Y así, por este camino, la reacción masculina a la que asistimos en nuestros días podría, incluso, acabar siendo una prueba de lo mucho que estamos avanzando. Este tipo de perspectivas son peligrosamente acríticas y cierran la puerta a la posibilidad de hacernos estas preguntas: ¿qué les pasa hoy a los hombres? ¿Qué malestares masculinos está politizando Vox? ¿Qué cosas no estamos nombrando? ¿Cómo podemos convencer a los hombres? ¿Cómo podemos ayudarles a cambiar? 

bell hooks, recientemente fallecida, fue una pensadora feminista que se opuso fuertemente a “la ideología separatista que anima a las mujeres a ignorar el impacto negativo del sexismo en los hombres” y defendió que el feminismo es para todo el mundo. “Cuando el feminismo contemporáneo se encontraba en su momento más intenso, muchas mujeres insistían en el hecho de que estaban cansadas de poner su energía en los hombres y que querían poner a las mujeres en el centro de todas las discusiones feministas. (...) Las pensadoras feministas que, como yo misma, queríamos incluir a los hombres en los debates (...) éramos feministas en quienes no se podía confiar porque nos preocupaba el destino de los hombres” (‘El deseo de cambiar’, Bellaterra, 2021). La cuestión es que un feminismo capaz de dar respuesta a esa reacción masculina que parece estar capitalizando la extrema derecha es, en efecto, un feminismo preocupado por el destino de los hombres. Un feminismo que está en condiciones de desarmar al enemigo justamente porque no consolida los bandos que trata de dibujar el enemigo.

Decir que el feminismo tiene cosas buenas que ofrecer a los hombres y que lucha también contra las servidumbres que los oprimen a ellos no es poner en duda la existencia de los privilegios masculinos. De hecho, revertir las desigualdades de género es inseparable de combatir una estructura de dominación a la que todas y todos estamos igualmente sujetos. Y son justamente esos discursos feministas que ponen siempre el acento en los privilegios que los hombres tienen que perder, y nunca en las libertades que los hombres tienen que ganar, los que asumen unos marcos compartidos con la reacción: o ellas o nosotros. Esta lógica de suma cero, donde si unos ganan es siempre a costa de que otros pierdan, forma parte del ‘corpus’ ideológico que sostiene al patriarcado. Como dice bell hooks, el relato de que el dominio sobre las mujeres reporta siempre privilegios, éxitos y beneficios a los hombres es justamente funcional para el adoctrinamiento masculino, que debe ocultar todos los fracasos y malestares que el patriarcado les depara a los hombres. “La idea de que los hombres tenían el control, el poder, y estaban satisfechos con su vida antes del movimiento feminista contemporáneo es falsa” (bell hooks, 2021) y es justamente la reacción la que pone a funcionar ese mito. No lo compremos. El patriarcado genera soledad, silencio, incomunicación, violencia, suicidios y muertes en la población masculina y el feminismo debe politizar en clave transformadora todos esos malestares. Si no, lo hará la extrema derecha. ¿Cómo es posible que sean voces reaccionarias las que hablan de los altos índices de suicidios masculinos, de los accidentes mortales de tráfico o de las muertes violentas que padecen los hombres? ¿Cómo puede ser que los males que justamente el patriarcado genera en los hombres sean usados como un argumento contra el feminismo y no a su favor?

Salir de los marcos identitarios implica pensar que el malestar de los hombres no es solo un efecto de los avances del feminismo. Michael Kimmel sugiere que para entender la emergencia de proyectos reaccionarios racistas, homófobos y machistas hay que rastrear los miedos masculinos en una sociedad en la que la precariedad económica ha hecho especialmente imposible que los hombres puedan cumplir con los imperativos de la masculinidad tradicional. ¿A qué tipo de fracasos están hoy abocados quienes han sido educados para ser padres de familia que proveen de protección y estabilidad a los suyos? ¿Es posible seguir siendo un hombre ‘de verdad’ en un contexto de empobrecimiento generalizado de la población, desempleo y permanente amenaza de pérdida de estatus social? La tesis de Kimmel es que las nuevas extremas derechas americanas, preludio del triunfo de Trump, supieron politizar esa frustración masculina, propia de nuestras sociedades capitalistas tardías, orientándola contra chivos expiatorios: las mujeres feministas, las personas LGTB o las personas migrantes.

Frente a quienes buscan falsos culpables, tenemos una imprescindible tarea por delante. Y no pasa por considerar ajenos los malestares masculinos, mucho menos darlos por sentados o incluso celebrarlos como el efecto colateral que da pruebas de nuestros éxitos, sino entenderlos —que, por supuesto, no es lo mismo que justificarlos— y dotarlos de sentido. Politizar el malestar masculino contra los de arriba, cambiar los bandos y hacer del feminismo una lucha donde hombres y mujeres combatamos juntos tanto los mandatos de género y sus violencias como el neoliberalismo y sus violencias es uno de los principales retos de todo proyecto político que pretenda enfrentarse con éxito a la emergencia de las extremas derechas. Podremos avanzar en ese camino con una política que renuncie a refugiarnos en la confortable identidad que nos garantiza un feminismo solo de y para las mujeres. Combatir hoy a la extrema derecha, así como la precariedad y los miedos de los que se alimenta, requiere apostar decididamente por un feminismo para todo el mundo.