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martes, 7 de diciembre de 2021

#hemeroteca #lesbofobia #testimonios | La fotógrafa Hanna Jarzabek denuncia en Madrid la homofobia que sufren las lesbianas polacas: "Somos monstruos"

El Español / Fotografía de Hanna Jarzabek //

La fotógrafa Hanna Jarzabek denuncia en Madrid la homofobia que sufren las lesbianas polacas: "Somos monstruos".

La artista refleja la discriminación y persecución que sufren con una exposición en Madrid: "Las mujeres lesbianas en Polonia son doblemente discriminidas, por su homosexualidad y por no cumplir con el rol tradicional de madres".
Juan Salinas | El Español, 2021-12-07
https://www.elespanol.com/mujer/actualidad/20211207/fotografa-hanna-jarzabek-madrid-homofobia-lesbianas-monstruos/631937235_0.html 

Hace 30 años, la sociedad polaca festejaba victoriosa la caída del Muro de Berlín y se posicionaba en contra de los totalitarismos. Hoy, una gran parte de esa misma sociedad se ha convertido en lo que los gobernantes del partido ultraderechista Ley y Justicia quiere que sea: Ultracatólica, ultranacionalista, ferviente defensora de la patria y heterosexual. En Polonia, los homosexuales son considerados “enemigos de la nación”, el Gobierno quiere prohibir cualquier tipo de manifestación LGTBI en los espacios públicos.

En ese clima de intolerancia, las mujeres lesbianas son doblemente castigadas: “por ser homosexuales y por no cumplir con su papel tradicional de madres”, así nos lo cuenta Hanna Jarzabek (Brzeg, 1976), la fotoperiodista polaca autora del proyecto ‘Lesbianas y mucho más’, en el cual fotografía a doce parejas de lesbianas que sufren a diario la discriminación y la violencia.

La muestra, que se enmarca dentro de la exposición ‘Polonia-Siglo XX’, nos traslada las historias de lucha personal de estas mujeres que han visto cómo el incremento de la homofobia ha mermado sus derechos. Fotografías que, a pesar de haber sido tomadas hace diez años, están más de actualidad que nunca: “ahora las parejas de lesbianas no se atreven ni a pasear cogidas de la mano, la situación ha ido a peor, la violencia se evidencia cada vez más en las calles”, explica la autora.

Jarzabek ha querido regresar al país que abandonó cuando tenía 20 años para poder retratar historias como la de Weronika -quien siendo adolescente sus padres la obligaron a ir a terapia para así curar su homosexualidad y acabó intentando suicidarse-, desde entonces ha recorrido el mundo con su cámara para fotografiar diferentes realidades en lugares como la Franja de Gaza, Irán o Filipinas. Hace 13 años recaló en España, lugar en el que ha establecido su residencia y en el que encuentra similitudes con su Polonia natal. “En España tendríamos que tomarnos más en serio la posible amenaza de la ultraderecha. Al principio sólo son palabras, luego vienen los hechos”, advierte.

La exposición, que se podrá ver en la sala EFTI de Madrid hasta el 12 de diciembre, también acoge otro de sus proyectos, ‘Patriotic Games’, el cual consta de una serie de fotografías que muestran cómo en las escuelas públicas polacas a los alumnos los militarizan a través de un programa marcial que tiene como fin hacer cantera de buenos patriotas para así asegurarse de seguir preservando esa ideología polaca ultraconservadora. Esa misma que se ha visto expuesta en las últimas semanas en la frontera que separa Polonia de Bielorrusia, escenario de un nuevo enfrentamiento migratorio.

¿Por qué decidiste poner la mirada en las mujeres lesbianas de Polonia?

Hacía años que no regresaba a Polonia y cuando lo hice me impactó mucho ver esa homofobia institucionalizada. La prensa, el Parlamento, los miembros del Gobierno se permitían, por ejemplo, comparar la homosexualidad con la zoofilia. En Polonia, los homosexuales son considerados casi monstruos que constituyen un peligro para la sociedad. Así que quise hacer un proyecto que fuese en contra de toda esta dialéctica. Lo grave es que ahora, casi diez años después de haber realizado el proyecto, la situación ha ido a peor.

Varias ciudades han promovido el lema “zonas libres de LGTBI” y la última campaña presidencial del actual presidente Duda estuvo marcada por el odio y el rechazo hacia la comunidad LGTBI. ¿Cómo es la situación actual?

La violencia en la calle se ha incrementado. Se vive un clima de rechazo brutal contra las personas homosexuales. Algunas de las protagonistas del proyecto ‘Lesbianas y mucho más’ me dicen que ahora no se les ocurre salir a la calle cogidas de la mano, sobre todo las que viven en ciudades más pequeñas, aunque ese miedo también está presente en ciudades grandes como Cracovia o Varsovia. Evitan este tipo de muestras públicas de su orientación sexual.

Como dices, hay ciudades que se declaran “zonas libres de LGTBI”, de hecho, hay un proyecto de ley que quiere restringir lo que llaman “propaganda de la homosexualidad”, la idea es prohibir cualquier tipo de manifestación LGTBI en los espacios públicos. Lo que consuela un poco es que Polonia se rige por las políticas de la Unión Europea, no es como Bielorrusia que se puede permitir otro tipo de leyes, con lo cual, esta especie de protección por parte de la UE hace que no se puedan prohibir las cosas directamente. Aún así, se está instaurando una manera de pensar en la sociedad que a la larga puede ser muy peligrosa.

Sin embargo, estamos viendo como en Europa se está viviendo un ascenso del ultraderechismo en los últimos años...

Polonia representa ese ascenso que se está viviendo en Europa, pero lo que marca la diferencia con respecto a otros países es que una parte de la sociedad polaca rechaza todo este aumento de extrema derecha y son criminalizados por el propio Gobierno polaco. Lo hemos visto en las manifestaciones contra la nueva ley antiaborto, incluso en la frontera con la crisis migratoria. Hay una parte de la sociedad que rechaza las políticas del Gobierno y el propio Gobierno intenta silenciar a esa parte de la sociedad o presentarla como los enemigos de la nación.

Según el Gobierno, ¿cuál es el ideal de persona polaca?

La verdadera identidad polaca debe ser una persona heterosexual, de familia tradicional, católica, ultranacionalista, paramilitar... y todo lo que no corresponde con este ideal se define como enemigo de la nación. Por tanto, la comunidad LGTBI sufre esas consecuencias.

¿Y dónde radica ese odio y rechazo a los homosexuales?


Hace años era un problema inexistente, en el sentido de que no se hablaba de ello. Yo recuerdo que cuando me fui de Polonia con 20 años el tema se evitaba, eso es muy típico de los países de Europa del Este. Después, se empezó a implantar la idea de que la homosexualidad viene de fuera y que es algo que representa un peligro para la identidad nacional.

Ese mensaje, que se vehicula a través de los políticos, y quizá cada vez más en las escuelas, es el que ha provocado que se haya convertido en un pensamiento generalizado de rechazo a la comunidad LGTBI. El propio Gobierno hace campañas en contra de la homosexualidad y muchas personas se las creen y las apoyan. A través del populismo, a la gente se la manipula hasta el punto de odiar a otra persona por el hecho de ser diferente.

¿Por qué eres doblemente discriminada si eres mujer y lesbiana en Polonia?


Porque la sociedad polaca dice que uno de los roles principales de las mujeres es el de ser madres, así que, si eres lesbiana, no podrás cumplir con ese papel tan importante. Por otro lado, la sociedad piensa que las personas homosexuales por definición son pedófilas, con lo cual, sería impensable que una mujer lesbiana pueda cuidar de un hijo. A su vez, el Gobierno utiliza estos discursos para retirar ayudas a organizaciones que luchan contra la violencia machista.

En ‘Lesbianas y mucho más’ retratas la vida de 12 parejas de lesbianas de Polonia. De todas las historias, ¿cuál es la que más te ha marcado?

Una de las que más me marcó fue la historia de Weronika y Kinga. Weronika proviene de una familia muy religiosa. Cuando era adolescente, sus padres la obligaron a ir a terapia para así curar su homosexualidad. A consecuencia de eso, intentó quitarse la vida. Ahora tiene 40 años y todavía los padres se niegan rotundamente a reconocer, aceptar o respetar la orientación de su hija. Esta historia me marcó mucho. Cuando empecé el proyecto pensaba que la gente, cuando descubriese este tipo de historias, les haría reflexionar sobre su homofobia. Por desgracia, me di cuenta de que no es tan fácil, que cuando tenemos enfrente a una persona muy homófoba es muy difícil cambiar sus posiciones.

Algunas de estas mujeres no quisieron participar en el proyecto por miedo a las represalias. ¿Cuáles fueron los motivos?

Eran varias las razones. La principal, la de sufrir el rechazo de su en torno al enterarse de que es lesbiana. Después, a nivel profesional podrían poner en riesgo su puesto de trabajo. Las que decidieron participar en el proyecto tenían trabajos independientes como traductora, freelance, ese tipo de cosas… Así que sabían que no les afectaría tanto en su trabajo.

Tampoco tendrían que afrontar las miradas de los compañeros o recibir un acoso por parte de los jefes. También encontré una mujer que estaba en una relación con una de las chicas que sale en las fotos. Ella no quería participar porque tenía un hijo de su anterior matrimonio heterosexual y tenía miedo de que si revelaba su relación secreta con otra mujer, la familia del ex marido podía utilizar eso en su contra para intentar quitarle la custodia del niño. Por desgracia, eso es muy posible que pase en Polonia.

Hablando de la religión, en Varsovia y otras grandes ciudades se están organizando oraciones públicas contra la “ideología de género” y para disculparse por el pecado de la sodomía. Me llama la atención que en un país de tradición comunista la religión tenga tanto peso en la sociedad.

Precisamente, esto viene de la etapa del régimen comunista. El único sitio donde la gente podía expresar su opinión libremente era en las iglesias, por oposición al poder. La iglesia se arraigó tanto a esos movimientos disidentes que ahora va muy en consonancia con el discurso político. De la misma forma, todavía hoy es muy difícil proclamarse como una persona de izquierdas, los izquierdistas somos considerados casi unos enemigos de la patria, herederos de Stalin.

En tu otro proyecto, ‘Patriotic Games’, documentas los programas militares en las escuelas públicas. Esa idea de patriotismo está muy presente en los valores que se inculcan en las escuelas.

Estos programas están hechos por los paramilitares, organizaciones privadas en gran medida. En ellos se ensalzan una serie de valores como son el nacionalismo y el ultracatolicismo. El lema principal de esta enseñanza es “Dios, honor y patria”. Entienden el deber de defender la patria como el principal fin en su vida. Y en esta ecuación entra toda la lógica anti-LGTBI.

Y esa ideología ultraderechista también se está viendo reflejada en las últimas semanas con lo que está ocurriendo en la frontera con Bielorrusia. ¿Quién tiene la responsabilidad?


La gran responsabilidad es de Lukashenko y Putin ya que crearon un problema artificial. Todos sabemos que estos migrantes fueron traídos por Lukashenko en aviones. Pero la respuesta de Polonia y de la UE me parece vergonzosa. La UE debería tomar una posición más firme porque Polonia lo que está haciendo es no respetar ninguna ley internacional de protección para los migrantes, la convención de Ginebra parece que no existe. Tanto la UE como Polonia deberían ante todo hacer lo posible para responder a una crisis humanitaria y otorgar por lo menos la ayuda más urgente a estas personas, porque dejarlas en un bosque, con temperaturas bajo cero, sin agua ni comida, es completamente inhumano.

Lo que pasa es que en Polonia se utiliza mucho el problema migratorio que hay en la frontera, primero a nivel internacional, porque les permite desviar la mirada de la UE sobre otros problemas de derechos humanos relacionados con Polonia. Y a nivel interno, el Gobierno lucha por reforzar su posición diciendo que estamos entrando en una nueva guerra contra Rusia, lo cual es una amenaza para la nación polaca. Así parece que el Gobierno quiere proteger a la nación, y mucha gente se lo cree. De la misma manera que Lukashenko ha enviado a los migrantes para sus propios fines, el Gobierno polaco no les quiere acoger por pura estrategia. Dicen que no pueden gestionar el número de los refugiados en Polonia, hablan de que son 400.000 refugiados y eso es falso, son alrededor de 4.000, según el último recuento, una cifra que para un país tan grande es casi ridícula. Además, es muy grave que el Gobierno polaco haya instaurado el estado de emergencia para prohibir el acceso a las ONGs y a los periodistas.

Viendo la situación actual, resulta increíble creer que hace 30 años Polonia fuese un país que luchaba contra los totalitarismos y celebraba la caída del Muro de Berlín.

Totalmente. De hecho, ahora es Polonia la que va a construir un muro en la frontera. Con lo que nos costó derribar aquel muro, ahora estamos construyendo otro y nos parece bien. Ojalá gran parte de la sociedad hiciera esta reflexión.

¿Cómo ves el futuro de Polonia de aquí a unos años?

Las últimas decisiones del Tribunal Constitucional contra la ley del aborto consiguieron movilizar a una gran parte de la sociedad, sobre todo a los más jóvenes, que hasta ahora no se implicaban mucho en contra del Gobierno. Tengo muchas esperanzas viendo todas esas manifestaciones multitudinarias. Quiero pensar que la gente joven no va a dejar que le quiten sus derechos. Sin embargo, me da miedo lo que está pasando en la frontera con Bielorrusia. Como te decía antes, el Gobierno está utilizando la crisis migratoria para polarizar a la sociedad implantando el miedo bajo el lema “la nación está en peligro”, un lema que Trump también utilizó.

En España, donde vives ahora, la ultraderecha también ha adquirido bastante notoriedad en los últimos tiempos, ¿ves similitudes?

Sinceramente, me preocupa mucho que un partido como Vox esté en el Parlamento, es muy peligroso dar espacio a este tipo de partidos e ideologías porque siempre se empiezan con las palabras y luego se acaban con los hechos. Hace diez años, jamás hubiera pensado que en Polonia tendríamos un problema con la división de poderes entre el poder judicial y el ejecutivo. Como tampoco hubiera pensado que pudieran dejar morir a una mujer porque los médicos tuviesen miedo a las consecuencias por ayudarla a abortar un feto deformado. Hace diez años esto era impensable en Polonia y ha sucedido.

En España tendríamos que tomar más en serio la posible amenaza que es Vox. Mientras no lleguen al poder no pueden destruir la sociedad democrática, pero una vez que estén allí es muy difícil dar marcha atrás. Su mensaje ultranacionalista cala rápido. Es lo mismo que pasó en Polonia. Me gusta pensar que haciendo una exposición como esta aquí en España, mostrando la realidad de lo que pasa en mi país, estoy ayudando a dar la voz de alarma.

A pesar de haberte marchado hace 25 años, decidiste volver a Polonia a retratar y denunciar lo que ocurre, ¿sientes como que tienes cierta responsabilidad moral con tu país?


Sí, y siento que lo he abandonado. Al haberme marchado, tengo muchas más posibilidades de desarrollarme como persona, puedo tomar decisiones que en Polonia hubiera sido imposible tomar. Pero también tengo una sensación de culpa. Aportar mi grano de arena haciendo este tipo de proyectos me sirven para aliviar esa necesidad de involucrarme con lo que ocurre en mi país.

domingo, 25 de junio de 2017

#hemeroteca #transexualidad #mayores | El género no entiende de edad

Imagen: Naiz / Zenia / Fotografía de Hanna Jarzabek
El género no entiende de edad.
La figura de un hombre maduro que se afirma como mujer transexual, y a veces además lesbiana, cuestiona muchas normas establecidas, produciendo a menudo rechazo e incomprensión. El imaginario colectivo carece de referentes positivos, sobre todo en el caso de las personas que transitan ese camino siendo ya adultas.
Hanna Jarzabek | Zazpika, Naiz, 2017-06-25
http://www.naiz.eus/es/hemeroteca/7k/editions/7k_2017-06-25-07-00/hemeroteca_articles/el-genero-no-entiende-de-edad

Yo era más hombre que muchos de los hombres que andan por la calle. Un verdadero macho que sabía imponerse, con un cuerpo digno de un culturista y los brazos tatuados. Jamás me sentí atraída por los chicos. Siempre me han gustado únicamente las mujeres». Zenia tenía 5 años cuando por primera vez le pusieron una falda. Alguien trajo ropa para su hermana pequeña y ella sirvió de modelo. Lo pasó en grande. No entendía por qué tuvo que quitarse la falda antes de que su padre volviera del trabajo, pero comprendió que solo a escondidas podría sentirse otra vez feliz.

Zenia creció en un barrio en el que las disputas se resolvían a menudo a golpes. Tenía que saber defender su terreno. Pero la lucha más difícil fue la que llevaba dentro, contra la mujer interior que no quería irse. Se enamoró a los 18 años. Pensó que todo iba a ser «normal», pero la mujer que tenía dentro volvió a la carga. Decidió presentársela a su novia y poco a poco la incorporaron a la vida de pareja.

De cara a la sociedad ella era Álex, conductor de excavadoras. En casa surgía Zenia, vestida con sus prendas de chica. «Yo me sentía muy bien con esa ropa. Pero el mundo exterior te manda otro mensaje. Te hace pensar que es algo malo y finalmente dudas de ti misma», explica.

«Muchas mujeres transexuales adultas viven todavía como hombres de cara a la sociedad –explica Rosa M. Almirall, ginecóloga y cofundadora de Trànsit, un servicio que se creó en Barcelona en el 2013 para asistir a las personas transexuales–. En su adolescencia ni se planteaban que algún día podrían vivir de acuerdo con su verdadero género. Asociaban la transexualidad a la marginación, la prostitución o la enfermedad. Estas mujeres han hecho todo un desarrollo profesional y familiar asumiendo el papel masculino. Pero en su intimidad, buscan momentos que les permitan expresar su feminidad y durante años conviven con los dos roles, hasta que llega un momento en que la necesidad de afirmarse es imparable».

Zenia: «Una voz me dijo ‘¡Mátate!’»
En Zenia, esta doble vida desató una espiral de sentimientos muy contradictorios. El bienestar que le procuraba la ropa femenina se entremezclaba con una sensación de culpa: «Intenté hacerme aún más machote. Me tatué los brazos y me dejé perilla. Quería asegurarme de que cuando me pusiera un vestido vería que no cuadraba con mi cuerpo. Que yo era todo un hombre y debía quedarme con eso y seguir tirando».

Un día, mientras conducía la excavadora, se oyó decir a sí misma: «¡Mátate!». Fue el detonante y entendió que tenía que hacer algo. La psicóloga le recetó pastillas contra la depresión. Dos años más tarde, Zenia seguía sin entender lo que le pasaba y, aunque oyó hablar de mujeres transexuales, no se identificaba con ellas. A ella le gustaban las chicas. Un artículo en internet le abrió los ojos: «Por primera vez leí que una mujer transexual puede también ser lesbiana. ¡Finalmente las cosas encajaban!». El sentimiento de culpa iba desapareciendo y Zenia empezó a disfrutar realmente de su feminidad. A veces iba a casa de su amiga Yolanda, con ropa femenina en una bolsa. «Me cambiaba allí y pasábamos el tiempo charlando. La primera vez que le expliqué lo que me pasaba se levantó y me trajo ropa suya».

Cuando sufrió un accidente laboral, se dijo que había llegado el momento de las decisiones. Tomó un mes para reflexionar sobre su vida y se fue a una ciudad donde nadie la conocía. «Por la noche, vestida de mujer, paseaba por las calles para ver cómo me sentía –explica–. Y entendí que no podía fingir más ser un hombre». De vuelta a Barcelona descubrió EnFeme, un espacio privado donde personas como ella pueden expresar su género sin sentirse juzgadas. Allí también conoció a Soraya, una psicoterapeuta que le ayudó a tomar confianza en sí misma. Poco después Zenia empezó el tratamiento hormonal.

El primer golpe vino desde la Unidad de Trastorno de Identidad de Género (UTIG), donde acudió porque quería seguir su tratamiento bajo el control de un endocrinólogo. Necesitaba también un informe de un psicólogo para poder cambiar su DNI. «Después de quince minutos de entrevista, la psicóloga me diagnosticó como travesti-fetichista, solo porque le dije que tenía novia. Me negó todo lo que le pedía. Yo ya sabía muy bien quién era pero, incluso así, salí a la calle muy afectada».

El largo y duro camino legal
La experiencia de Zenia no es algo aislado, es una situación que los colectivos transexuales denuncian desde hace tiempo. Incluso aunque desde el 2007 las personas trans pueden cambiar su DNI en el Estado español sin necesidad de operarse, la ley mantiene un procedimiento psiquiátrico y psicológico obligatorio para otras etapas de la transición. Para poder cambiar el carnet de identidad, acceder a las hormonas o someterse a una operación es necesario obtener un diagnóstico de disforia de género. Según los colectivos transexuales, para elaborar esta diagnosis se usan criterios muy rígidos que definen de antemano un ideal transexual y la realidad de trans, dicen, es tan diversa como la de cualquier otro grupo humano.

«Hay un abanico de posibilidades de cómo puedes ser, desde un hombre supermacho hasta una mujer superfemenina –explica Zenia–. ¿Por qué yo tengo que elegir entre los dos extremos? A mí me apetece quedarme en una de las escalas intermedias. Me gustan las chicas y estoy orgullosa de mi identidad transgénero. Disfruto de lo que tengo femenino y me perdono mi lado masculino. ¿Por qué tengo que pensar que es un problema?».

Zenia pudo cambiar sus papeles y acceder a las hormonas gracias a la ayuda de Trànsit, pero en localidades donde no existe un servicio similar las mujeres trans todavía tienen que someterse a procedimientos psicológicos obligatorios. «El carácter obligatorio de las evaluaciones psicológicas no tiene ningún sentido –subraya Rosa Almirall–. De las personas adultas que acuden a Trànsit, solo un 20% pide un acompañamiento psicológico durante la transición. La gran mayoría tiene muy claro quiénes son y para ellas la evaluación obligatoria resulta muy penosa».

Gracias a la lucha de los colectivos trans, las cosas empiezan a cambiar poco a poco. «En Catalunya, el departamento de Salud anunció en octubre pasado que se adoptará un nuevo modelo de atención a las personas trans –explica Eric Sancho, de Generem!, asociación creada en Barcelona en el 2015–. El cambio incluye, entre otros, que no se hará ningún examen psicológico obligatorio. Ahora es cuestión de determinar el protocolo e implementarlo».

A nivel estatal, a principios de mayo se aprobó en el Congreso un proyecto de la ley de igualdad LGTBI que va en la misma dirección. «Es importante –subraya Eric Sancho– por si hubiera un cambio de Gobierno, porque los partidos ya se han comprometido».

Pero otros cambios son también necesarios. «Hace falta quitar todos los estigmas y estereotipos sobre las mujeres transexuales, que existen también entre los profesionales de salud –matiza Almirall–. La transexualidad puede aparecer en cualquier familia, independientemente de su estatus social, religión o posición política. Cualquier persona se puede encontrar con alguien que quiere hacer la transición. Otra cosa es que se atreva a decirlo. Hay todavía mucha gente escondida».

Tina: «Estoy aquí dentro, ¡sácame de aquí!»
Tina también pasó gran parte de su vida luchando contra su feminidad interior. Hoy tiene 48 años. «Cada momento de mi vida iba acompañado de la idea de no estar en mi papel –explica–. Es como si alguien te hubiese puesto frente a una película: sabes que estás dentro, pero es como si mirases una película. Estás siguiendo un guion que no es tuyo. Hablaba con la gente y, mientras les escuchaba refiriéndose a mí en masculino, una voz dentro de mí decía: ‘¡Que soy yo! ¿No lo ves? Estoy aquí dentro, ¡sácame de aquí!’».

Un día, siendo todavía adolescente, grabó un mensaje en una casete, copió el contenido en un papel y escondió ambos de manera que cualquiera hubiera podido encontrarlo. «Quería que alguien lo oyera, lo leyese, y que ‘la bomba’ explotara. No pensé en lo que iba a pasar después. Solo quería que esto saltase ya y no encontraba otra manera».

Pero la bomba no explotó y Tina tuvo que guardar su secreto muchos años más. Se enamoró a los 18 años y también pensó que todo se iba a arreglar. Pasaron dieciséis años, un divorcio y otra relación. La sensación de que algo no cuadraba volvía cada vez con más intensidad y la mujer que llevaba dentro buscaba una salida. A veces, Tina imaginaba cómo podía ser su vida si dejara libre el ser que vivía en su interior. Pero el horizonte se llenaba rápidamente con los peores presagios: prostitución, marginación: «No tenía ninguna gana de ser prostituta ni de divertir a la gente. Quería mantener mi vida y mi trabajo. Solo quería liberarme de este cuerpo que no era mío».

Muchas mujeres trans prefieren aparcar su transición por miedo a perder su trabajo: el proceso puede durar hasta cuatro años y, durante este tiempo, temen ser expuestas al rechazo. Otras optan por iniciar el tratamiento cuando, por ejemplo, están en paro, sin que nadie lo sepa y así poder construir de cero una nueva vida. Encontrar un trabajo después ya es otra cuestión, dado que la transfobia es muy aguda en el mundo laboral. La Federación Es&bs;pañola de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales estima que el colectivo acusa una tasa de paro de entre el 60% y el 80%.

A Tina un problema de salud le hizo replantearse su vida. Tenía 41 años y se dio cuenta de que le podía pasar cualquier cosa en el momento menos esperado y no quería llevarse su secreto a la tumba. Sabía que la transición iba a ser dura y decidió buscarse «aliados». En cada entorno eligió a una persona a la que se sentía más cercana y habló primero con ella. «Tina me invitó un día a casa a tomar café –recuerda Mari Carmen, una de sus vecinas y su gran amiga– y, con su aspecto masculino, me dijo que, en realidad, era una mujer. Mi primera reacción fue mirar alrededor, por si había una cámara escondida por algún lado».

Aunque hoy lo recuerdan entre risas, al principio cada una de estas discusiones requería mucho valor por parte de Tina. «Hace falta mucha fuerza para imponer al mundo tu verdadero yo. Nadie te apoya, nadie te ayuda y hay muchas que terminan suicidándose. Hace dos años estuve en el entierro de una amiga. Oficialmente era un hombre de 68 años que se colgó y no es verdad. Era una mujer transexual pero nadie lo sabrá jamás».

Faltan todavía muchas cosas para que la situación de estas mujeres mejore. Tener más referentes positivos es seguramente una de ellas. En este sentido, el encuentro con Nati fue decisivo para Tina. «La conocí al principio de mi transición. Es dueña de una peluquería, vive desde hace años muy feliz con un hombre y sus mejores clientes son gitanos que requieren sus servicios para sus bodas. O sea, ¡algo que jamás me iba a imaginar!».

Hace ya 26 años que Tina trabaja en la misma empresa. Desde hace más de un año, como agente cívico (servicio de apoyo a la Policía) recorre los barrios más turísticos o problemáticos de Barcelona. «La gente sigue pensando que una mujer transexual sirve solo para una cosa. Por eso me da tanta satisfacción llevar ahora mi uniforme, para que vean que no estamos en la calle solo para dar precios». Otro freno muy importante que impide a muchas mujeres trans empezar su transición es el miedo a perder a su familia. «La mayoría de parejas de estas mujeres tienen un imaginario muy negativo sobre la transexualidad. A menudo, de entrada, lo rechazan –explica Almirall–. En cuanto a los niños, no todos lo saben y entre los que están al tanto de la situación, solo un 5% la acepta».

Carol: «Fue una suerte que lo entendiese estando jubilada»
Carol tiene 71 años. Cuando decidió «salir del armario», de un día para otro se vio en la calle con dos maletas en la mano. Cuarenta años de matrimonio se terminaron con un divorcio en cuestión de días.

Desde fuera, la vida de Carol parecía solucionada: dos hijos, una casa grande, piscina privada y coches de competición. Trabajaba como comercial de ventas en la empresa de su suegro y, poco a poco, subiendo escalones, llegó a ser director general del consejo administrativo. Pero en su interior la necesidad de afirmar su feminidad crecía con el tiempo. Hasta que llegó un momento en que no pudo más: «Es como con el champán. Cuando sacas el corcho todo explota con fuerza y no lo puedes parar. Estuve toda mi vida viviendo con la creencia de que era un bicho raro. Pero cuando entendí quién era, ya no podía dar marcha atrás».

Desde muy pequeña Carol sentía atracción por la vestimenta femenina y, cuando se quedaba sola en casa, corría a probarse las prendas de su madre y su hermana. Mientras duró su matrimonio se compraba la ropa a escondidas. Poco a poco empezó a contárselo a su mujer. «Ella no estaba de acuerdo ni lo entendía, pero lo toleraba mientras que, de cara al exterior, se mantuviera el secreto. Todo cambió cuando decidí hacer la transición», cuenta. Empezó el proceso hace apenas siete años. ¿Por qué tardó tanto? «Me tocó vivir mi juventud en un ambiente cerrado y muy fascista. Yo misma no sabía lo que me pasaba. E incluso si era el caso, ¿a quién hubiera podido decir que era una mujer transexual? En el mejor de los casos te daban una paliza. En el peor te metían en una celda para que los hombres disfrutaran contigo. Dentro de lo malo, quizás fue una suerte que entendiese todo cuando ya estaba jubilada. Si hubiera sabido antes qué pasaba conmigo, mi vida probablemente habría sido muy diferente. Seguramente nunca habría llegado a ser director general y, a lo mejor, ni siguiera hubiera podido mantener un trabajo cualquiera. Por lo menos ahora no temo por mi porvenir».

Lina y Ali, más allá del género
Por suerte no todas las transiciones conllevan rupturas afectivas tan dolorosas. El ejemplo de Lina y Ali demuestra que es posible dar el paso sin perder la familia. Ellas se conocieron hace más de 24 años. Hasta hace poco Lina, que hoy tiene 44 años, cumplía como podía con su papel de hombre y padre. Por dentro, cuenta, libraba una batalla contra sí misma y solo en carnaval se daba el permiso de salir a la calle vestida de mujer. Finalmente, un día le explicó a su esposa que quería hormonarse y empezar un proceso de transición. «No quiero en mi vida al hombre amargado de antes –dice Ali–. No éramos felices ni sinceras la una con la otra. Ahora Lina disfruta de una nueva juventud y yo me siento como si me hubiera dado una nueva vida».

Todavía quedaba contárselo a su hijo. Un día, mientras Lina jugaba con él, el niño le dio un empujón y, al quejarse, el pequeño le soltó: «Es que tú eres un poco mujercita». La frase dio paso a una conversación que siguió con un documental que vieron los tres juntos sobre transexualidad. «¿Y esto es lo que le ha pasado a papá toda su vida? –suspiró el niño–. ¡Pobrecito, lo que ha sufrido!».

Hoy viven en armonía y Lina afirma ya plenamente su verdadero género. «El camino no es fácil, pero tampoco imposible –dice Ali–. Sé que todavía habrá muchas piedras que evitar y lloros por secar. Pero nuestro amor me da fuerzas para seguir. Más allá de la apariencia y del género, yo solo veo en Lina a la persona más importante en mi vida y eso me basta».

domingo, 14 de febrero de 2016

#hemeroteca #transexualidad | Soy la que soy

Imagen: El Periódico / Zenia. Fotografía de Hanna Jarzabek
Soy la que soy.
Transexuales como Caitlyn Jenner han dado una visibilidad inusitada a un colectivo, a menudo silenciado, que en los últimos tiempos recibe una gran atención de la academia, el cine y el arte. Sin embargo, las mujeres que, como Jenner, inician su transición pasados los 40, se enfrentan al rechazo del entorno, a la precariedad y a unos criterios médicos que, según el colectivo, "patologizan la diversidad".
Hanna Jarzabek | El Periódico, 2016-02-14
http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/transexuales-otras-caitlyn-jenner-4893371

Hasta hace muy poco, Lina, de 44 años, cumplía como podía con su papel de hombre y padre. Pero por dentro, cuenta, libraba una batalla contra sí misma: es triste, pero solo en carnaval se daba el permiso de salir a la calle vestida de mujer. Finalmente, un día le explicó a su esposa, Ali, que quería hormonarse y empezar un proceso de transición. «No quiero en mi vida al hombre amargado de antes -dice, 13 meses después-. No éramos felices ni sinceras la una con la otra. Pero ahora Lina disfruta de una nueva juventud y yo me siento como si me hubiera dado una nueva vida».

En casa, hace poco, Lina seguía viviendo en su papel de hombre. Necesitaba, dice, tiempo para contárselo a su hijo. Un día, mientras jugaban, el niño le dio un empujón y, al quejarse, el pequeño le soltó: «Es que tú eres un poco una mujercita». La frase dio paso a la conversación, que siguió con un documental que vieron los tres juntos sobre transexualidad. «¿Y esto es lo que le ha pasado a papá toda su vida? -suspiró el niño-. ¡Pobrecito, lo que ha sufrido!».

Rígidas indentidades de género
Lina, como las otras protagonistas de este reportaje, forman parte del colectivo 'trans', una comunidad que nunca había tenido tanta visibilidad como ahora: ahí están, por ejemplo, Caitlyn Jenner, que empezó a vivir como mujer en la célebre portada de la revista 'Vanity Fair'; la serie 'Transparent', sobre un hombre que sigue el mismo camino a los 70 años, o 'La chica danesa', que evoca a la primera persona que se sometió a una reasignación de sexo. Sin embargo, que la 'cuestión trans' haya alcanzado la categoría de fenómeno en las industrias del entretenimiento y la moda no es mera anécdota: es el resultado de años de lucha por lo derechos civiles y sexuales de un colectivo aún marginado y estigmatizado, y también del interés creciente que suscita esa 'tierra de nadie trans' cuando el activismo, la academia y el arte están poniendo en cuestión la rigidez de las identidades de género, ese binarismo que gira en torno a lo que se supone que debe ser un hombre y una mujer.

Las aristas de toda esta complejidad las conocen bien las mujeres que aparecen en estas páginas, las cuales, como Caitlyn Jenner, han pasado la mayor parte de su vida viviendo como hombres. La mayoría de transexuales que hoy tienen más de 50 años en su adolescencia ni se planteaban que algún día podrían vivir de acuerdo con su verdadero género. Asociaban la transexualidad a la marginación, las drogas y la prostitución. Muchas incluso creían que estaban enfermas. Durante años, vivieron su feminidad a escondidas. Algunas lograron encontrar el coraje para afirmarse. Pero hay también las que llevaron su secreto a la tumba.

Poner en peligro la familia y el trabajo
De hecho, las transexuales que han vivido como hombres ponen en peligro la familia y el trabajo cuando salen del armario. «La mayoría de las parejas tienen un imaginario muy negativo sobre la transexualidad -explica Rosa M. Almirall, ginecóloga y cofundadora de Trànsit, un servicio que asiste en Barcelona a personas trans-. Y solo el 5% de los niños aceptan la nueva situación». La transfobia es aún más aguda en el mundo laboral. La Federación Española de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales estima que el colectivo acusa una tasa de paro de entre el 60% y el 80%. Muchas mujeres trans prefieren aparcar su transición por miedo a perder el trabajo: el proceso puede durar hasta cuatro años y, durante todo este tiempo, temen ser expuestas al rechazo. Otras optan por iniciar el tratamiento sin que nadie lo sepa y construir de cero una nueva vida. «Todos estos factores son una gran impedimento para decidir el inicio del proceso -añade Almirall-, a lo cuales se suman otros médicos y legales».

Protocolo médico
Desde el 2007, las personas trans en España pueden cambiar su DNI sin necesidad de operarse. Sin embargo, la ley mantiene un procedimiento psiquiátrico y psicológico obligatorio para otras etapas de la transición. Por ejemplo, para obtener un nuevo carnet de identidad, someterse a una operación o acceder a las hormonas, se necesita un diagnóstico de disforia de género [la contradicción entre el sexo y la identidad de género que la sociedad le atribuye]. «Existe un protocolo para ello -explica Teresa Godás, psicóloga de la Unidad de Trastorno de Identidad de Género (UTIG) del Clínic de Barcelona-. Se trata de saber si la persona tiene disforia o un trastorno de personalidad o de identidad de género no especificado".

Según los colectivos transexuales, los cuestionarios que se utilizan están basados en criterios muy rígidos. «La realidad 'trans' es muy diversa. Y el tratamiento de las instituciones no debería nacer de ideas preconcebidas, que normalmente están asociadas a patologías mentales, problemas psicológicos y sociales -critican en Generem!, asociación creada en Barcelona el año pasado-. El diagnóstico se transforma, pues, en un requisito para el acceso a derechos. Pasan por la evaluación de 'ser lo suficientemente trans o no serlo'. A una mujer trans, por ejemplo, se le exige que vaya vestida con ropa que consideran femenina, porque si no es sospechosa de no sentir lo que siente».

Desembolso económico
El proceso también requiere mucho dinero. El tratamiento hormonal -solo cubierto si se logra el diagnóstico- es a menudo insuficiente. Las mujeres 'trans' también realizan electrólisis para eliminar el vello y cirugías para 'feminizar' el rostro y aumentar los pechos, un desembolso desorbitado para un colectivo precarizado. La sanidad pública solo incluye las vaginoplastias (solicitadas por la mitad de las mujeres, según Trànsit, y por la mayoría según la UTIG). En el Clínic hay más de 200 personas en lista de espera, que prioriza a las más jóvenes. Dado que uno de los criterios es que se deben tener entre 18 y 50 años para acceder a la operación, la mayoría de mujeres maduras no serán intervenidas antes de cumplir la edad máxima. «Exigimos vivir el género como queramos y evolucionar con respeto a los tiempos de cada uno -dicen en Generem!-. También pedimos una asistencia menos paternalista, que el servicio de psicología y psiquiatría sea optativo y no obligatorio y que la atención se haga en el CAP y no en unidades específicas: que los servicios estén descentralizados y bien formados. El problema es cómo nos ven, no lo que somos».

domingo, 28 de junio de 2015

#hemeroteca #mayores | Los invisibles. Homosexualidad en la vejez


Imagen: Naiz
Los invisibles. Homosexualidad en la vejez
Entre las personas mayores, la heterosexualidad se da por descontada. En la vejez, los homosexuales desaparecen del imaginario colectivo y se vuelven invisibles. Hoy, los que vivieron el franquismo y lucharon por sus derechos temen la vuelta al armario y piden servicios específicos para evitarlo.
Hanna Jarzabek | Naiz, 2015-06-28
http://www.naiz.eus/es/hemeroteca/7k/editions/7k-2015-06-28/hemeroteca_articles/los-invisibleshomosexualidad-en-la-vejez

“Los que tenemos más de 60 años hemos vivido, si no la guerra, la postguerra y el franquismo, la falta de libertades y la falta de educación en un ambiente abierto y relajado. Ahora nos encontramos con que el ‘armario’ puede abrirnos de nuevo las puertas. Tengo mujer, pero si un día deben ingresarme en una residencia de ancianos, ¿tendría la libertad de expresar mi vida emocional allí?.”

Paulina Blanco es una activista de 65 años. Es parte de una generación que salió a las calles para exigir la equiparación de derechos de las personas homosexuales. En aquel entonces luchaba por conseguir más libertad. Hoy se trata de mantenerla y evitar la “vuelta al armario”. Su preocupación la comparten muchos otros ancianos del colectivo LGTB (Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales), que con un pasado de lucha a sus espaldas, exigen espacios en los que se sientan seguros y respetados.

«Tengo la sensación de que me robaron la vida». Marià vive solo en un piso social. A sus 88 años se apaña como puede sin ninguna ayuda ni asistencia. Estuvo casado pero, desde su divorcio, no tiene relación con sus hijas. «Cuando era joven tuve novias, me parecían dulces, pero siempre me sentí atraído por los hombres. Me esforzaba para apartar de mí este fantasma. Al mismo tiempo, sentía la presión del entorno para que me casase. En aquella época si tardabas con el matrimonio todo el mundo te miraba raro, te hacía preguntas: ¿Qué, no tienes novia? ¡Seguro que sales con alguna chica! Yo salía con un chico y creí que la mejor manera de cortar las habladurías era casarme».

A los 23 años, trabajando de publicista en un laboratorio, Marià llegó a inyectarse un extracto testicular. «Quería hacerme más ‘hombre’. Nunca me consideré enfermo, pero tenía miedo a ser descubierto. En casa, mi padre reprimía cualquier comportamiento mío que a su parecer fuera demasiado femenino. Una vez, en plena calle, me gritó: ‘¡Camina bien, como un hombre’. Llegó a denunciarme por ser maricón y tuve que ir a declarar a la policía.
«Un día, durante el franquismo, la policía me pilló con un chico en la calle. Nos detuvieron y nos pidieron dinero. Dijeron que si pagábamos no nos pasaría nada. Yo estaba ya casado y la idea de que mi mujer se enterase me aterrorizaba. Entonces, saqué dinero del banco y pagué».

Marià se casó en 1960 y al principio «la cosa no fue mal». «Pero lo poco de hombre macho, jefe de una familia, que había en mí se acabó rápidamente. Fue un error mío, y lo pagué. No podía esconder ni cambiar mi verdadera naturaleza. Hablaba en sueños y mi mujer se dio cuenta de qué pasaba. Dijo que no lo entendía pero que iba hacer un esfuerzo para tolerarlo. Esto me hundió. No podía seguir así y me fui. Sin nada, pero me daba igual. Lo único que quería era acabar esta farsa».

Desde entonces, Marià vive solo. No tiene ayuda y hace todo solo: compras, limpieza, la cocina. De vez en cuando, alguien de la Cruz Roja le lleva alimentos. Son ellos también los que le acompañaron al hospital, cuando tuvieron que operarle. «Podría buscarme un cuidador, pero ¿con qué dinero? Tengo una pensión de 426 euros al mes, lo que apenas permite sobrevivir. Además, temo que venga alguien y no me sienta a gusto. ¿Cómo reaccionará cuando vea mi piso, mis libros, mis pinturas, e intuya que soy homosexual? Mucha gente todavía piensa que ser gay es una cosa fea. No podría vivir con eso en mi propia casa».

Tampoco habla de su homosexualidad con sus parientes. «Ni se plantean que podría ser gay y a veces hacen comentarios despectivos». Antes de hablar con cualquiera, Marià necesita ver puede confiar en él, «para que no se aleje de mí o empiece a tratarme con disgusto». «Me gustaría tener pareja, pero ya es tarde para mí. Tengo la sensación de que me robaron la vida, que no pude hacer las cosas como habría querido cuando tenía 20 o 30 años. Estoy cansado y pronto me iré, pero se quedará mi voz y ojalá contribuya a cambiar la mentalidad de la gente».

Transexual, vivió como cualquier otra mujer casada. La comunidad LGTB ha ignorado a la vejez durante muchos años. Hoy, las primeras generaciones que lucharon por la igualdad de derechos llegan a la jubilación y el tema se impone en la agenda del colectivo. «Es necesario ocuparse de esta cuestión –subrayan activistas como Paulina–. En un país donde el cuidado de los ancianos dependientes recae en el 86% de los casos sobre hijos y familia, los servicios de asistencia resultan vitales para nosotros. Muchos no tuvimos descendientes, mientras que otros los perdieron en el proceso de auto-afirmación».

Una de las primeras en dar la voz de alarma fue Beatriz Gimeno, activista y expresidenta de la Federación Española LGTB. En un ensayo de 2002 destaca que muchos de los ancianos homosexuales viven en un contexto en el que la heterosexualidad se da por descontada y se estigmatiza o niega cualquier forma de comportamiento o de identidad no heterosexual. El miedo a la discriminación refuerza el aislamiento de estas personas que a menudo ni siquiera solicitan servicios que necesitan.

El aislamiento y la vulnerabilidad pueden ser aún más agudos en el caso de las personas transexuales. Al recibir cuidados físicos, ya sea en casa, en el hospital o en una residencia para ancianos, estas personas temen la reacción ante su sexo biológico, que no corresponde a su género. A la transfobia se junta la precariedad económica en que viven muchos de ellos. En su juventud, la mayoría se vio obligada a trabajar ilegalmente en el mundo del espectáculo o de la industria del sexo y hoy se encuentra sin recursos y sin derecho a una pensión de jubilación.

Lola empezó trabajar como cantante y bailarina cuando tenía 14 años. Nunca cotizó. Hoy, a sus 64 años, recibe solo una subvención de 426 euros. Vive en un piso cerca de Barcelona y ninguno de sus vecinos sabe que es transexual. Siempre fue muy femenina, lo que probablemente la salvó de palizas que muchas de sus amigas recibieron durante el franquismo. Hoy a nadie se le ocurre pensar que podría ser transexual, ni a ella le parece necesario explicarlo.

Vivió como cualquier otra mujer casada, compartiendo piso con Josep, su pareja durante 40 años, y llegaron incluso a “tener” una hija. «Por accidente», dice Lola, porque la hija de una vecina no quiso conservar su bebé. «Si tú no la quieres, me la llevo», bromeó. «Nos ocupamos de ella durante 15 años, como si fuera nuestra hija. Un día llegó su madre biológica diciendo que la necesitaba de vuelta. Se nos rompió el corazón, pero ¿qué quieres?, legalmente no podíamos hacer nada».

A diferencia de la mayoría de transexuales, la familia de Lola siempre la apoyó mucho. «La primera vez que fui con Josep a visitar a mis padres, me encontré con una cama de matrimonio en mi antigua habitación. ‘¿Qué? –me soltó mi madre– No dormiréis por separado, ¿no?’».

El fantasma de la soledad apareció cuando Josep murió hace dos años. Al dolor de la pérdida se sumaron problemas económicos y nuevos miedos, como el de transfobia, que antes Lola nunca tenía en cuenta.

Rebelde, monja, madre, pareja... «Es importante formar al personal médico y auxiliar que atiende a las personas mayores», subraya Javier Irujo, un trabajador social. El primer paso sería suponer que hay usuarios LGTB entre los ancianos y asumir que no se pueden identificar. «Una vez fuimos a una residencia que acogía a más de 200 personas», dice Paulina, «y cuando preguntamos cuántas personas LGTB había, nos contestaron que ninguna. Nos echamos a reír. ¿Quién podía creer eso?». Estudios como el de Alfred Kinsey (1948) estiman que entre el 5% y el 10% de la población es homosexual. Pero muchos, al entrar en una residencia lo ocultan por miedo a ser rechazados o a que les maltraten, ya sea el personal o los propios usuarios. «En ocasiones, también vuelven al armario en su propia casa», añade Javier. «Cuando contratan a los auxiliares esconden elementos que podrían revelar su orientación o piden a según qué amistades que no les visiten mientras estas personas están en casa. ¿Se imaginan qué estrés supone eso?».

Maite se mudó hace tres años a un edificio de pisos para ancianos. Quería estar cerca de su hija. «Necesita que le eche una mano y a menudo me ocupo de mis nietas. En el edificio tengo buenos vecinos, muy amables, pero no le dije a nadie que soy lesbiana. Estos temas producen aquí un rechazo total. Para muchos somos como tigresas asalta-mujeres. A una vecina le tachan de ‘lesbiana’ solo por llevar pantalones. No tengo ni idea si lo es o no. Pero ojalá esta mujer viniera un día a decirme: ‘Maite, ¡que soy así!’. ¡Qué alegría me daría! ¡Ya no me sentiría tan sola aquí!».

Maite tiene 74 años. Desde pequeña sentía algo especial por algunas amigas, pero no sabía lo que era. «¡Me estás hablando como un chico habla a una chica!», le soltó un verano una muchacha. Era rebelde, se subía a los árboles y a los tejados. Una “machota”, como decía su madre. A los 18 decidió entrar en un convento. «Quizás la idea de compartir la vida con mujeres me atraía. Y nada, ingresé. La comida era escasa y mal preparada. Nos imponían una disciplina pensando que el fervor religioso pasaba por la humillación. Yo me sentía mal y después de algunos meses me fui. Pero lo echaba de menos y entré otra vez, en uno de clausura. Las reglas eran mucho más suaves allí y pasé dentro 8 años muy felices. Pero cuando me enamoré de una compañera empezaron los problemas. Tenía fuertes dolores de cabeza, insomnios, estaba agresiva. Iba a un psicólogo, pero no le podía decir nada. Nunca estaba a solas con él. El único que conocía mis ‘problemas’ era mi confesor. Me incitaba a que me dominara. Yo lo intentaba pero solo obtenía más dolores de cabeza y más insomnio. Finalmente me fui».

Maite pasó por un periodo tumultuoso de experiencias bisexuales. Se quedó embarazada y «arregló» un matrimonio con un señor con dos hijos. «La cosa fue mal. Durante años intentaba ser la mujer y madre perfecta. Luchaba conmigo misma hasta que un día ya no pude más». En las Navidades, con su hijo de 9 años y su hija de 8, se fueron de casa «en bicicleta». «Mi familia reaccionó muy bien. Siempre tuve mucho apoyo en ella. Mi madre me envió una carta: ‘Papá y yo siempre hemos sabido que eras diferente’, ponía.

»Me enamoré de Rosa a primera vista. Ella tenía hijos también, y juntas formamos una gran familia. Fuimos muy felices durante 14 años. En público nos hacíamos pasar por primas. Las dos éramos cuidadoras y temíamos por nuestro trabajo. Pero en el barrio se daban cuenta. A veces llamaban por teléfono y gritaban: ‘¡Tortillera, asquerosa, lesbiana!’. No le dábamos importancia. Como nosotras había muchas. En general, pasábamos desapercibidas, porque a nadie se le ocurría que dos mujeres podían hacer algo». «Muchas mujeres de mi edad siguen así hasta ahora –continúa Maite–. La invisibilidad nos da libertad pero, por otro lado, en muchos sitios no podemos compartir nuestras vivencias. En donde yo vivo no lo puedo hacer y lo echo de menos. Me siento aislada».

«Fumaba negro para ser más ‘hombre’». Algo empieza a cambiar, pero de manera muy puntual. Entre 2008 y 2010, en Barcelona y Madrid se crearon fundaciones LGTB que atienden a los ancianos. La Fundación Enllaç, en colaboración con el Ayuntamiento de Barcelona, organizó un grupo de trabajo y forman personal médico y cuidadores de personas mayores. Pero falta convencer a residencias y centros de atención para que las lleven a cabo. En paralelo, en colaboración con el Departamento de Trabajo Social de la Universidad de Barcelona, están ultimando la primera investigación que se realiza en el Estado sobre LGTB y tercera edad. Según este estudio, «la mayor parte del colectivo quiere servicios específicos, siente que la atención que pueden recibir es poco respetuosa y temen que perder la autonomía les suponga la vuelta al armario», asegura Josep Maria Mesquida, profesor e investigador del Grup de Recerca e Innovació en Treball Social y responsable de la investigación. «Después de una vida llena de lucha –añade Paulina–, de haber pagado impuestos mientras se nos negaban derechos básicos durante muchos años, llegando a la vejez exigimos poder disponer de espacios en donde se tenga en cuenta nuestra trayectoria y se nos respeten los afectos».

El desarrollo de estos servicios necesita apoyo y financiación de la Administración pública. «Ya hemos visto proyectos de construcción de residencias o de complejos de pisos para personas LGTB mayores –destaca Federico Armenteros, presidente de la Fundación 26 de Diciembre en Madrid–. Resultan caros, no hay socios para financiarlos y las administraciones públicas tienen miedo de guetización. Ahora apostamos por un geriátrico LGTB abierto a todo aquel que estuviera de acuerdo con la política del centro. Tenemos sitio, pero nos falta dinero para restaurarlo y adaptarlo. Mientras tanto, pusimos en marcha un centro diario. Hacemos comidas, talleres de costura, teatro. La gente viene porque aquí se sienten menos solos y pueden hablar abiertamente de todo. Estamos en el centro de Lavapiés y vienen no solo los homosexuales. Hay también abuelitas del barrio».

La convivencia en ambientes abiertos existe, pero es todavía la excepción que confirma la regla. «Yo por fin puedo disfrutar del día a día –dice Pako, de 73 años–. Me mudé a un pueblo para estar cerca de mi hija. Tenía mis dudas. ‘¿Y si le causo problemas a ella?’, me decía, ‘¿Si vuelven los comentarios acerca de mi persona?’. Afortunadamente, me equivoqué. La gente aquí me acepta y me siento respetado. Pero creo que es un pueblo especial. Tiene mucha actividad cultural y mucha gente está relacionada con el mundo de arte. Imagino que en otros sitios te puedes convertir fácilmente en la ‘maricona’ del pueblo, y esto sería horrible».

De joven, Pako luchó por no ser homosexual. Siempre quiso tener una familia. Empezó un noviazgo, pero poco antes de casarse le asaltaron las dudas. «Fui a hablar con un cura que conocía desde pequeño. ‘Esto es una barbaridad –le dije– no lo puedo hacer’. Él me aseguró que con fuerza de voluntad podría cambiar. Pronto me di cuenta de que fue un error, pero ya tenía hijos. El tiempo pasaba y la bola se hacía cada vez más grande. Pensaba que con un hombre solo podría tener sexo, y cuando a los 30 me enamoré de uno, la bola estalló».

Tras el divorcio, Pako se sintió liberado. «Pero para mis hijos, que eran pequeños, tuvo que ser traumatizante. ¡De repente te enteras de que tu padre es gay! Con mis hijas tengo ahora una relación fantástica. Con mi hijo mayor la cosa está aún cuesta arriba, pero estoy seguro de que con tiempo todo se arreglará».

«Ahora me siento realmente yo –concluye Pako–. Antes constantemente me controlaba para que no se me notara. No cruzaba las piernas cuando me sentaba. Llevaba las manos en los bolsillos porque cuando hablo gesticulo mucho. Me decía ‘las mueves tanto que se te notará’. Fumaba negro para ser más ‘hombre’. Hasta que un amigo me dijo: ‘Ten cuidado cómo coges el cigarrillo’. ¡Imagínate vivir así! Me costó mucho llegar a donde estoy y jamás volvería al armario. El pasado queda detrás y quiero disfrutar del presente».

domingo, 22 de febrero de 2015

#hemeroteca #mayores | ¿Volver al armario? No, gracias


Imagen: Hanna Jarzabek
¿Volver al armario? No, gracias
Las primeras generaciones de gais, lesbianas y transexuales que lucharon por sus derechos se están jubilando. Tienen constancia de que muchos ancianos vuelven a ocultarse cuando necesitan cuidados y exigen servicios específicos.
Núria Marrón / Fotos: Hanna Jarzabek | El Periódico, 2015-02-22
http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/volver-armario-gracias-3958313

Lola tiene 64 años y ninguna de sus amigas más cercanas sabe que es transexual. «Siempre he sido muy femenina y el tema tampoco ha salido», dice. Qué quieren... Desde que con 14 años empezó a trabajar en un cabaret como cantante y bailarina, la discreción ha sido su aliada. Por pura superviviencia, enseguida intuyó que el vestido nunca debía ser demasiado chillón. Ni el peinado demasiado despampanante. Gracias a esa invisibilidad, cree, se ahorró la persecución durante el franquismo y el rosario de abusos que le han sobrevivido y que sí han sufrido muchas de sus amigas.

A diferencia de la mayoría de transexuales, Lola tampoco tuvo problemas ni en la mili ni con la familia. «La primera vez que fui con mi novio a visitar a mis padres, me encontré con una cama de matrimonio en mi antigua habitación. '¿Qué? -me soltó mi madre-. No dormiréis por separado, ¿no?'». A grandes trazos, Lola, que toma hormonas y no se ha operado, no inventaria grandes reveses en su vida. Sin embargo, hace dos años murió la pareja con la que había convivido durante más de cuatro décadas. Y entró, dice, en un «agujero negro». Al dolor de la pérdida se han sumado un montón de facturas que no sabe cómo pagar, un subsidio de apenas 426 euros, una jubilación inexistente -jamás cotizó por su trabajo en el mundo del espectáculo- y un puñado de preguntas sin respuestas claras. ¿Qué pasará cuando no se pueda hacer cargo de sí misma? ¿Quién la cuidará, si no tuvo hijos? Y, sobre todo: ¿será seguro para ella, esté en su propia casa o en una residencia, que a su alrededor descubran que su sexo es “otro” al esperado?

Formación e investigación
Estas y otras inquietudes que a un heterosexual jamás se le pasarían por la cabeza están entrando a grandes zancadas en el orden del día del colectivo LGTB (lesbianas, gais, transexuales y bisexuales). Durante años, la vejez fue ignorada por la propia comunidad, en parte por su tendencia a glorificar la juventud y, sobre todo, porque durante décadas se centraron en las luchas por la equiparación de derechos. «Olvidar lo que puede padecer esta población es un suicidio», avisó ya en el 2002 la activista Beatriz Gimeno en uno de los primeros ensayos sobre la cuestión. Así que cuando las primeras generaciones que se zafaron del secretismo han empezado a jubilarse, han visto que el tráiler que anunciaba Gimeno era cierto: la tercera edad llegaba a paso ligero sin apenas investigación académica ni, por supuesto, políticas públicas específicas.

Que algo está cambiando, sin embargo, lo demuestra la aparición de fundaciones como Enllaç, que desde el 2008 da apoyo a personas mayores o en situaciones de vulnerabilidad. Esta entidad, junto con el Ayuntamiento de Barcelona, han puesto en marcha un grupo de trabajo e imparten formación especializada a cuidadores para que tengan en cuenta desde sus problemas específicos de salud hasta su fardo emocional.

Además, en colaboración con el Departamento de Trabajo Social de la Universitat de Barcelona, ultiman la primera investigación que se realiza en España sobre LGTB y tercera edad. El estudio radiografía al colectivo a partir de entrevistas a 245 personas mayores de 50 años del área de Barcelona, a las que se les ha preguntado por cuestiones que van desde la salud y la autonomía hasta los cuidados y la violencia. «Una de las conclusiones que emerge con más fuerza es que la mayor parte del colectivo quiere servicios específicos, siente que la atención que pueden recibir es poco respetuosa y temen que perder la autonomía les suponga una vuelta al armario», avanza el profesor e investigador Josep Maria Mesquida, del Grup de Recerca i Innovació en Treball Social, responsable del estudio.

En un país donde el cuidado de los padres dependientes recae en los hijos en más del 86% de los casos, los servicios de asistencia resultan vitales para esta comunidad, ya que muchos o no tuvieron descendientes o -aunque cada vez menos- los perdieron en el camino de reconocerse a sí mismos. La realidad, sin embargo, a menudo llega en forma de puñetazos. Hace años que el grupo Gais Positius denunció los insultos que algunas personas con VIH han recibido en los geriátricos por parte de otros usuarios, y que, en algún caso, había provocado que el afectado acabara refugiándose del clima hostil en un psiquiátrico. También se tiene constancia de algunas residencias que han negado la entrada a mayores seropositivos, amparándose en la normativa que limita el número de pacientes de enfermedades infecto-contagiosas.

El problema de la ocultación
La activista Paulina Blanco, una de las fundadoras de Enllaç, llega a la conversación con unos cuantos agravios más. Los ginecólogos, por ejemplo, siempre dan por supuesta la heterosexualidad y algunas instituciones -en las que por sistema se niega la sexualidad de la gente mayor- han llegado a separar a parejas. Epígrafe aparte, dice, merece el problema de la ocultación: «Una vez, fuimos a una residencia que acogía a más de 200 personas y cuando preguntamos cuántas personas LGTB había nos contestaron que ninguna. Nos echamos a reír. ¿Quién podía creerse eso? -recuerda la activista, de 65 años-. Se estima que entre el 3% y el 10% de la población es gay, pero la mayoría, al hacerse dependiente, lo esconde por miedo a ser rechazado, a que lo maltraten o le hagan el vacío, ya sea el personal o los propios usuarios.

Imagen: Hanna Jarzabek
Pako Boza: "Por fin ya puedo disfrutar del día a día"
http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/pako-boza-por-fin-puedo-disfrutar-del-dia-dia-3958307

Yo no quería ser homosexual. Y luché mucho por no serlo. Ya de muy joven me sentía un bicho raro, que un pecado grave anidaba en mí. Aquello me quemaba por dentro, y más aún por no poder hablarlo con nadie. Una semana antes de casarme, fui a ver a un cura que conocía de pequeño. «Esto es una barbaridad, no lo puedo hacer», le dije. Y él me contestó que no me preocupara, que con fuerza de voluntad lo conseguiría. Y entre que yo no quería ser como era y que la ilusión de mi vida era formar una familia, equivocadamente, le creí.

Pronto, sin embargo, me di cuenta de que mi cuerpo tenía su necesidad. Por entonces ya tenía un hijo, todo se había complicado y no sabía qué hacer. Iba pasando el tiempo y la bola era cada vez más grande. En mi cabeza pensaba que con hombres podía tener sexo, pero nunca amor. Sin embargo, a los 30 años me enamoré de un señor. Y la bomba... explotó.

Tras el divorcio, empecé a ser poco a poco cada vez más yo. Sin embargo, con mis hijos, que eran pequeños, tuve fases de encuentros y desencuentros. Imagínense, ¡enterarte con 12 años de que tu padre es gay! Debe de ser traumático. Afortunadamente, mi relación con mis hijas ya es fantástica. Con mi hijo mayor la cosa aún está un poco cuesta arriba. Para los chicos es un poco más complicado aceptar la homosexualidad masculina. Pero creo que en el futuro todo se arreglará. Seguro que sí.

Mi madre no quería que me divorciara. «De cara a la sociedad y al trabajo, estarás mejor visto si estás casado», me repetía. Y es verdad que entonces el matrimonio era como un certificado de garantía de que todo funcionaba de maravilla, ¿no? Yo le contesté que ya estaba cansado de mentir, pero lo cierto es que ella llevaba razón: por entonces trabajaba en un banco y tuve muchos problemas por ser gay. Jodidos íbamos.

¡Pero menuda liberación quitarme de encima aquel estrés de pensar continuamente cómo miraba y cómo actuaba para que “no se me notara”! Yo gesticulo mucho, parezco más italiano que español, y en aquella época me obligaba siempre a ir con las manos en los bolsillos. «Las mueves tanto que se te va a notar», me repetía. También me cuidaba de no cruzar las piernas al sentarme, cosa que me sale de forma natural. Cada cuatro palabras, decía un taco. Y de muy joven, empecé a fumar tabaco negro, creía que eso me hacía más hombre, hasta que un amigo me dijo: «Vigila cómo coges el cigarrillo». ¿Qué absurdo, no?

Ahora vivo en Cardedeu. Me mudé para estar cerca de mi hija. Y me lo pensé mucho. «Un pueblo», me repetía. ¿Y si le ocasionaba problemas a ella? ¿Y si volvían los comentarios? ¿Y si me convertía en la maricona del pueblo? En la universidad para la tercera edad escuché algún insulto homófobo, no a mí, pero fue desagradable. Aquí, sin embargo, todo es perfecto. La gente me respeta como soy y, además, hay mucha vida cultural. Doy clases de ganchillo en el casal a un grupo de señoras. Como podrán imaginar, no viene ningún hombre, pero digo yo que irá siendo hora ya de romper esquemas, ¿no?

A mí me ha costado mucho llegar hasta aquí y no volveré atrás de ninguna manera. El pasado, pasado está. Ahora por fin disfruto del día a día. ¡Es obvio que estamos mucho mejor que antes! Sin embargo, creo que aún etiquetamos mucho. Que si gay, que si lesbiana, que si hetero. ¿Por qué no hablamos de las personas? Yo soy Pako. Y soy gay, sí. Pero en primer lugar soy Pako.

Imagen: Hanna Jarzabek
Marià Trabal: "Me denunció mi padre por maricón"
http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/maria-trabal-denuncio-padre-por-maricon-3958301

Estuve casado. Y tengo dos hijas, pero perdí el contacto con ellas cuando me separé hace 20 años. Desde entonces vivo solo y ahora, con casi 88 años, me las apaño como puedo en este piso social. Voy a comprar solo. A la biblioteca solo. Y cocino y limpio solo. Alguna vez me veo con una prima. Pero cuando me operaron de un ojo, quienes me acompañaron fueron voluntarios de la Cruz Roja. No tengo ningún cuidador. Mi pensión de 426 euros apenas da para sobrevivir y, además, temo que venga alguien y no me sienta a gusto. Cuando vea mis pinturas e intuya que soy homosexual, ¿cómo reaccionará? Mucha gente aún piensa que ser gay es una cosa fea, y no podría vivir con eso en mi propia casa. Claro que me gustaría tener pareja, pero ya es tarde para mí: tengo la sensación de que me robaron la vida y que no pude hacer las cosas como habría querido.

La vergüenza y el miedo los recuerdo de siempre. De joven tuve novias, y me parecían dulces, pero siempre me sentí atraído por los chicos. Me esforcé mucho en apartar de mí ese fantasma. Tanto que, con 23 años, trabajando de publicista en un laboratorio, llegué a inyectarme un extracto testicular porque, imagínense, sentía que la homosexualidad superaba en mí a la heterosexualidad. No pensaba que estuviera enfermo, pero tenía miedo a que me descubrieran. Un día, durante el franquismo, la policía me pilló con un chico. Nos siguieron, nos detuvieron, y nos pidieron dinero. Si pagábamos, dijeron, no nos pasaría nada. Y así lo hice: estaba casado y me aterrorizaba que en casa se enterasen.

¿Que por qué me casé? Con 20 años me enamoré platónicamente de un chico con el que aún mantengo el contacto. Luego alterné hombres y mujeres, y finalmente dejé a las chicas de lado. No me decían nada. Pero la presión era asfixiante. «¿Cómo? ¿No tienes novia?», te decían ya a los 19 años. Y empezaba el runrún y el dedo acusador. Creo que mi madre nunca supo nada, pero cuando ella murió, en 1955, mi padre se ensañó. Una vez, en plena calle, me gritó: «¡Camina bien como un hombre!». Mis hermanos se casaron y me quedé en casa con él. Me escribía anónimos y llegó a denunciarme por comunista y maricón. Imagínense: ¡tuve que ir a declarara la policía! Después de eso me fui a vivir con mi hermano, que siempre se ha sentido avergonzado de mi homosexualidad, aunque nunca hayamos hablamos del tema. Y cuando gané una beca para estudiar inglés en Londres, huí.

Allí conocí a mi mujer, una italiana con la que me casé en 1960. Supongo que me pareció el atajo más corto para zanjar las habladurías. Duramos bastante, pero yo, lo reconozco, fui un mal marido. Al principio la cosa fue bien. Pero luego, lo poco de hombre macho y de jefe de familia que había en mí se acabó. Es la primera vez que lo digo tan claro. Fue un error mío y lo pagué. Hablaba en sueños y mi mujer se dio cuenta de qué pasaba. Me dijo que no lo comprendía, pero que hacía esfuerzos por tolerarlo. Aquello me hundió y nos separamos. Pero entonces ya era tarde para casi todo.

Me fui sin nada. Y me da igual, porque solo quería acabar. Ahora me siento libre, pero nunca hablo de mi sexualidad con parientes o amistades. Ellos ni siquiera se plantean que yo pueda ser homosexual y a veces hacen comentarios despectivos. ¿Qué por qué doy entonces este paso? No sé. Creo que un día me iré, pero que al menos mi voz se quedará aquí y, ojalá, contribuya a limpiar la mentalidad de la gente.

Imagen: Hanna Jarzabek
Maite Torres: "Mis vecinos no saben que soy lesbiana"
http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/maite-torres-mis-vecinos-saben-que-soy-lesbiana-3958300

“Me estás hablando como un chico lo hace a una chica”, me dijo un verano una muchacha. Yo había tenido algún noviete, pero mi atracción por las chicas había ido creciendo de forma natural. Siempre había sido rebelde, me subía por los tejados, por los árboles. «Machota», me llamaba mi madre. Con 16 años, viví mi primera historia homosexual. Luego llegaron otras. Con chicas. Con chicos. Y luego… luego llegó el convento.

Yo iba a un colegio de monjas y había una de la que estábamos enamoradas. Creo que esa fue la razón por la que entré. ¡Qué se yo! Tenía 18 años y solo pasé allí nueve meses. La comida era escasa, estaba mal cocinada y me dañó el estómago. Además, las reglas eran muy duras: pensaban que el fervor religioso pasaba por la humillación. Yo no estaba bien, y las religiosas decidieron que me fuera. Al poco logré la readmisión y, a los dos años, me fui a otra ciudad. Allí conocí a otra monja, esta vez de clausura, y decidí entrar de nuevo en un convento. Durante ocho años fui muy feliz. Pero me enamoré de mi madre maestra y los males volvieron. Algo en mi naturaleza no me dejaba estar allí. Con el psiquiatra no me sinceré porque jamás me quedaba a solas con él. El único que conocía mis «problemas» era mi confesor, que me repetía que me dominara. Y yo lo intentaba, pero de aquella lucha solo sacaba insomnio y dolores de cabeza. Al final me fui.

Lo pasé fatal. ¿Qué haría con mi vida? Encontré trabajo como enfermera y empecé un periodo tumultuoso con experiencias bisexuales. Me quedé embarazada y arreglé un matrimonio con un señor con dos hijos. La cosa fue mal. A mí él me resultaba desagradable y era violento. Yo intentaba ser perfecta y, durante años, me sumí de nuevo en la lucha. Hasta que una Navidad no pude más. Mi hijo, de 9 años, mi hija, de 8, y yo nos fuimos de allí en bicicleta. «Papá y yo siempre hemos sabido que eras diferente», me escribió al poco mi madre. Qué alivio. Con ella, todo estaba bien. A mi hijo, en cambio, le costó un poco más, aunque ahora puede hablar del tema abiertamente.

Las cosas no eran fáciles. Cuando conocí a Rosa, que también tenía hijos, me enamoré y formamos una gran familia. Durante 14 años fuimos muy felices. Trabajamos muy duro y nos hacíamos pasar por primas, pero en el barrio supongo que se daban cuenta. A veces llamaban por teléfono y gritaban: «¡Tortillera, asquerosa, lesbiana!». La única preocupación era el trabajo. Las dos éramos cuidadoras y temíamos perderlo. ¿Cómo sacaríamos adelante a los niños? Pero como nosotras había muchas. Entonces se consideraba que solo el hombre tenía sexualidad y, de alguna manera, podíamos disfrutar de esa libertad de ser invisibles.

Con Rosa aún somos amigas, vamos juntas de vacaciones y a las reuniones cristianas LGTB. Sin embargo, los secretos han vuelto. En los apartamentos para mayores donde vivo no le he dicho a nadie que soy lesbiana. ¡Aún hay mucha gente que nos ve como a tigresas asalta-mujeres! Eso me hace sentir sola, pero mis vecinos no lo entenderían. Aquí hay una mujer a la que, por llevar pantalones, le llaman «la lesbiana». Ni idea de si lo es, pero ojalá viniera un día y me dijera: «Maite, que soy así». ¡Qué alegría me llevaría! 

DOCUMENTACIÓN
Fotoreportaje “Flores de otoño” publicado en “El Periódico”
Hanna Jarzabek, 2015-02-25

https://hannajarzabek.wordpress.com/2015/02/25/fotoreportaje-flores-de-otono-publicado-en-el-periodico/
El hombre llamado Flor de otoño
Hanna Jarzabek, 2015-02-10
https://hannajarzabek.wordpress.com/2015/02/10/el-hombre-llamado-flor-de-otono/
“Flores de otoño” y otros proyectos – BTV, Barcelona
Hanna Jarzabek, 2015-01-27
https://hannajarzabek.wordpress.com/2015/01/27/flores-de-otono-y-otros-proyectos-btv-barcelona/
La exposición de “Flores de otoño” se acerca: proyecto sobre personas LGTB mayores
Hanna Jarzabek, 2014-11-14

https://hannajarzabek.wordpress.com/2014/11/14/la-exposicion-de-flores-de-otono-se-acerca-proyecto-sobre-personas-lgtb-mayores/
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ENLACES
Centre Civic Jardins de la Pau | Hanna Jarzabek · Las Invisibles

http://imatge.ccjardinspau.org/las-invisibles/
Fundació Enllaç
http://www.fundacioenllac.cat/