Mostrando entradas con la etiqueta Epiceno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Epiceno. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de febrero de 2018

#hemeroteca #lenguaje #sexismo | No es sexista la lengua, sino su uso

Imagen: El País / Alhambra Nievas arbitrando un partido entre Noruega y Finlandia
No es sexista la lengua, sino su uso.
El idioma español sufre acusaciones comprensibles desde la óptica del feminismo, pero tal vez injustas.
Álex Grijelmo | Ideas, El País, 2018-02-24
https://elpais.com/cultura/2018/02/23/actualidad/1519389008_808351.html

El feminismo de hombres y mujeres que obran de buena fe ha progresado a costa del lenguaje, porque sus reivindicaciones constituyen un fin superior que no debe detenerse ante daños secundarios que ni causan víctimas ni son irreversibles.

Y realmente no se pueden equiparar la protesta ante el abuso del feminismo en tal o cual palabra y la lucha frente a los maltratos, las vejaciones, la discriminación, la ocultación o los salarios que sufren las mujeres.

Así pues, situarse en la defensa del idioma supone, en la práctica, enfrentarse a la causa feminista. Y criticarla en ese terreno sería como censurar a los bomberos por usar sus hachas para derribar la puerta cerrada y salvar así a las víctimas que se hallan desvanecidas en el interior entre las llamas. Qué importa la integridad de la puerta si se trata de rescatar a seres humanos. Qué importa la integridad del idioma si se trata de una lucha justa.

Por tanto, se puede comprender y compartir esa corriente del feminismo que fuerza las palabras para lograr una conciencia general que a su vez consiga cambiar la situación; del mismo modo que no se criticaría a los bomberos en la tesitura referida... salvo que el portero del inmueble les hubiera dado una llave.

Con una llave, los bomberos seguirían allanando un domicilio sin permiso expreso de los dueños, pero en tal caso nadie juzgaría violenta esa acción.

El uso habitual del hacha contra la lengua ha llevado a muchas personas bienintencionadas a considerarla como un sistema construido por el varón, y por tanto masculino; y por tanto machista y discriminatorio. Se arroja así una sombra de rechazo sobre ese patrimonio cultural, una maquinaria compleja cuando se analiza y sencilla cuando se usa; una lengua que, paradójicamente, llamamos “materna”.

Y eso que en España no se ha distribuido una circular del Gobierno que, como sí sucedió en Francia en noviembre pasado, condene el lenguaje inclusivo en los documentos de la Administración; ni la Academia española ha criticado, cosa que sí hizo la francesa, la flexión en femenino de los nombres de profesiones y oficios. Más bien todo lo contrario.

Pero quién sabe si muchos adolescentes interesados en la filología, la psicolingüística o la filosofía de la lengua no se habrán desviado de su vocación al toparse con esos denuestos. Si se desprestigia el idioma, se desprestigia todo lo que a él va asociado.

Acusan de machismo a la lengua española, sí, pero el mismo sistema que no ha dado duplicaciones como “corresponsal” y “corresponsala” ha acogido sin problema “guardián” y “guardiana” o “capitán” y “capitana”, o “bailarín” y “bailarina”. Quienes tienen formación en filología saben que esas decisiones lingüísticas se deben a razones históricas o etimológicas, a veces incluso aleatorias, pero no sexistas.

Idioma y realidad
La lengua no es la realidad, sino una representación de la realidad. Tenemos la palabra “padre”, que representa a un hombre, y el término “madre”, que representa a una mujer. Pero si una amiga nos dice “mis padres no están” y yo sé que sus padres son un hombre y una mujer, la palabra “padres” los representa a ambos, y no cabe invisibilidad alguna de la madre: la realidad conocida influye en el lenguaje y lo modifica.

Si cuento que “en el concurso de belleza de las fiestas participaron veinte jóvenes”, quien me escuche pensará en veinte mujeres a pesar de que no hay marca de género en ese mensaje. Sin embargo, si escribo “entre sólo tres policías detuvieron a los diez terroristas”, en la palabra “policías” se habrá visto a tres hombres (lo mismo que sólo habrá varones en la palabra “terroristas”), aunque tampoco se ofrezca ninguna pista gramatical al respecto. Esto sucede por la influencia de la realidad en la percepción de las palabras que la representan: abundan los concursos de belleza femenina, hay más policías varones que policías mujeres y son escasas las terroristas. Cuando la realidad cambie, esas mismas palabras representarán la realidad cambiada. Es la realidad la que cambia la lengua. La lengua en sí misma sólo puede avisar para que la realidad cambie.

Por ejemplo, hace años pudo producirse ocultación de la minoría femenina en una expresión como “los diputados españoles”, pero ahora ningún ciudadano ignora que en “los diputados” entran hombres y mujeres. Por la misma razón, si asistimos a una conferencia sobre 'Los derechos de los españoles y las españolas', sabemos que son los mismos para ambas colectividades. Pero no sucederá lo mismo si la charla se titula 'Los derechos de los saudíes y las saudíes', pues nuestro conocimiento de la realidad hará que pensemos en derechos diferentes. Una misma estructura sintáctica da resultados distintos. ¿Por qué? Por culpa de la realidad. Cambiémosla.

Las duplicaciones han servido de mucho en la comunicación feminista, han influido en la conciencia general; pero en muchos terrenos la realidad puede hacerlas ya inservibles, por superadas; o, peor aún, contraproducentes por cansinas. El peligro consiste en que esa sensación se dé antes de tiempo: es decir, que el cansancio llegue antes de cumplirse los objetivos que la duplicación pretende.

No obstante, sí cabría combatir algunos usos asimétricos en la lengua sin derribar el sistema con el hacha. Es decir, usando la llave.

Además de reducir la reiteración de duplicaciones para evitar el cansancio y el rechazo, se podría decir, por ejemplo, “la persona” en vez del genérico masculino “el hombre” o “los hombres”. Y también “la abogacía” en lugar de “los abogados”, o “la juventud” en lugar de “los jóvenes”. La filóloga feminista Mercedes Bengoechea ha elaborado una relación de casos así que vale la pena atender.

Género
También se puede dar una reacción contraproducente con la insistencia en la nueva acepción de la voz “género” alumbrada hace 23 años —tras la conferencia de Pekín— mediante una mala traducción de la voz 'gender', que a su vez funcionaba en inglés como eufemismo de “sexo” por influencia del puritanismo victoriano.

Una silla tiene género, pero no sexo. Los géneros gramaticales agrupan el masculino, el femenino, y el neutro (antaño se incluyeron también el epiceno y el común). Pero la biología sólo acoge el sexo masculino y el femenino (sin que eso excluya el sentimiento de cada cual y el cambio del uno al otro). Así, la confusión entre género y sexo es fuente de grandes malentendidos.

Además, el vocablo “género” (admitido ya por la Academia en el sentido sociológico) altera su polaridad según el contexto: en “violencia de género”, esta voz sustituye a “machista” y refleja una idea firmemente peyorativa. Sin embargo, la locución “políticas de género” puede equivaler a “políticas de igualdad”, y del tal modo ese “género” adquiere un tinte positivo, como sucede también en “conciencia de género”. Por tanto, esta palabra es en esencia positiva unas veces y negativa otras, lo cual dificulta su valor como idea omnicomprensiva del problema.

Por otro lado, la locución “violencia de género” se percibe como algo técnico, incluso suave; un término sociológico que se distancia de los hechos; mientras que el concepto “machista” se condena a sí mismo como algo temible y reprobable, y sería una buena llave para abrir la casa en llamas.

Accidente gramatical
El género es un accidente gramatical. La lengua española no se muestra muy coherente respecto al género. Las palabras terminadas en o suelen ser masculinas, pero tenemos “la contralto”, “la canguro”, “la modelo”, “la sobrecargo”, “la mano”… Las palabras terminadas en a suelen ser femeninas, pero decimos “el día”, “el pirata”, “el pediatra”, “el fisioterapeuta”. La e también se reparte, como en “la esfinge” y “el jefe”. Algunas palabras tienen un solo género que vale para los dos sexos (los nombres epicenos), como “la persona”, “la criatura”, “la víctima”, “la jirafa”, “la ballena” y otros muchos nombres de animales. Y usamos los femeninos “su santidad”, “su majestad” o “su excelencia” para referirnos a varones. Y, por supuesto, algunas palabras en femenino engloban a hombres y mujeres (“la judicatura”, “las más altas personalidades”…), lo mismo que al revés (“el profesorado”, “los altos cargos del partido”). Y además hemos fosilizado expresiones con una extraña concordancia masculino-femenino, como “a ojos ciegas” o “a pies juntillas”. Realmente, no se puede decir que el genio del idioma se haya dedicado mucho a que el género se corresponda estrictamente con el sexo.

Sin embargo, la corriente feminista ha hecho causa del asunto, y ha logrado que se abran paso alternativas a términos comunes para el masculino y el femenino, como “juez” (“el juez” y “la juez”, pero ahora “la jueza”), o “líder” (“la lideresa”); si bien eso no ha alcanzado a otros como “modelo” (“el modelo”, “la modelo”) o “atleta” (el “atleta”, “la atleta”)...

Al mismo tiempo, en teórica contradicción con el caso de “juez”, se desecha el desdoblamiento de “el poeta” y “la poetisa”, y no parece haber polémica con “el sumiller” y “la sumiller” o “el mártir” y “la mártir”, entre otros muchísimos ejemplos posibles.

Es decir, en unos casos se pretende el desdoblamiento, en otros la simplificación y en otros no hay ninguna lucha al respecto. En justa correspondencia con el desorden gramatical.

El mejor árbitro es una mujer
Por otra parte, el tan denostado genérico masculino ofrece sus compensaciones. La final de Copa de rugby masculino, disputada el pasado 30 de abril, fue arbitrada por la granadina Alhambra Nievas, que está considerada “el mejor árbitro del mundo”. Y al decir “Alhambra Nievas es el mejor árbitro del mundo”, estamos dándole un papel preponderante no sólo entre las mujeres sino también entre los hombres. El masculino genérico no la hace desaparecer, sino que agranda su importancia. Por tanto, como sostienen las profesoras y feministas Aguas Vivas Catalá y Enriqueta García Pascual, no se debe confundir la ausencia con la invisibilidad.

Cuestiones de uso
Catalá y García Pascual han escrito también: “Lo que hay que analizar no es el sexismo en el lenguaje, sino el sexismo en el uso del lenguaje”.

He aquí algunos casos, entre otros muchos posibles, en que sí se produce un claro sexismo al usar las palabras, a menudo de forma inconsciente.

El salto semántico. Expresión que acuñó Álvaro García Meseguer, autor del primer gran ensayo sobre el sexismo lingüístico en España. Por ejemplo: “Los ingleses prefieren el té al café. También prefieren las mujeres rubias a las morenas”. De ese modo, “los ingleses” reúne a hombres y mujeres; pero en la siguiente oración desaparecen éstas de aquel genérico.

Visión androcéntrica. Se da cuando el papel de la mujer se subordina en el lenguaje al protagonismo del hombre, incluso estando situada al mismo nivel profesional.

Así, hemos podido oír: “Brad Pitt llegó acompañado por Angelina Jolie”. Podría decirse al revés, “Angelina Jolie llegó acompañada por Brad Pitt”; pero sería mejor comentar que “Angelina Jolie y Brad ­Pitt llegaron juntos”. Cuando llegaban juntos, claro.

Del mismo modo, si una empresa recomienda a sus comerciales llevar corbata, está eliminando de un plumazo a las comerciales.

Partículas discriminatorias. A estas tendencias sexistas se suma otra más emboscada aún, y que opera con las conjunciones adversativas y concesivas: “Trabaja muy bien, aunque está embarazada”, o “es una mujer, pero muy competente”.

Asimetrías en los nombres. Ocurren cuando se cita a las mujeres por el nombre y a los hombres por el apellido. El nombre de pila acerca al personaje y refleja un tono familiar; el apellido le otorga un trato más respetuoso. Esa asimetría se dio en este titular: “Destituyen al senador que acusó a Dilma de corrupta”.

El uso sexista se produce asimismo al colocar un artículo femenino delante de los patronímicos de mujeres artistas: “la Pantoja” o “la Callas”, que no tienen su correspondencia en “el Bisbal” o “el Serrat”. También en el caso de políticas como “la Thatcher” o “la Cifuentes”.

Y al denominar las obras de pintores o escultores de fama, se dice “un picasso”, “un miró”; pero no “un khalo” (un cuadro de Fidra Khalo).

Se dan asimetrías igualmente en expresiones arraigadas, como “una mujer de vida alegre”; que se diferencia de “un hombre de vida alegre”, además de la ya conocida diferencia entre ser "un zorro" o "una zorra".

En medio de todos estos problemas referidos al uso, está apuntando en él un fenómeno que permite albergar ciertas esperanzas: el femenino genérico. Pero no forzado, sino natural.

Anoté algunos casos durante los Juegos de Londres, todos ellos en boca de varones: un entrenador y distintos periodistas de la cadena SER: “Jugamos tranquilas, ¿eh?” (seleccionador del equipo femenino de balonmano, durante un tiempo muerto). “¡Si ganamos, estamos clasificadas!” (un periodista, sobre el equipo femenino de waterpolo). “Si estamos entre las siete primeras vamos a ser oro” (sobre la regatista española Marina Alabau en windsurf). “Somos terceras después de las rusas” (sobre el equipo de natación sincronizada). “Hemos pecado un poco de inexpertas” (tras una derrota en waterpolo femenino). Y más recientemente: “¡Hoy podemos ser campeonas de Europa de bádminton!” (Carolina Marín).

Conclusión
Quizá resuman todo lo dicho hasta aquí las palabras escritas por Aguas Vivas Catalá y Enriqueta García Pascual: “Se puede ser feminista sin destrozar el lenguaje. Pero difícilmente se puede evitar un uso sexista de la lengua sin ser feminista”.

Y también lo que defiende la profesora feminista María Ángeles Calero, partidaria de que se deshaga desde la escuela la falsa relación entre género y sexo: El género se debe considerar como un mero accidente gramatical.

Un accidente, esperemos, sin daños personales.
  • Bibliografía
  • Calero, María Ángeles. Sexismo lingüístico. 1999. Narcea.
  • Catalá, Aguas Vivas; y García Pascual, Enriqueta. Ideología sexista y lenguaje. 1995. Galaxia d’Edicions. / ¿Se puede ser feminista sin destrozar el lenguaje? Igualdad y sexismo en la comunicación. 2013. Universidad de Valencia.
  • García Meseguer, Álvaro. ¿Es sexista la lengua española? 1994. Paidós. / Género y comunicación. Un análisis lingüístico. 2002. Conferencia en el Congreso Nacional sobre la Mujer y los Medios de Comunicación.
  • Bengoechea, Mercedes. Nombra en femenino y masculino. En ‘La lengua y los medios de comunicación’. 1999. U. Complutense / Historia (española) de las primeras sugerencias para evitar el androcentrismo lingüístico. 2000. ‘Rev. Iber. de Discurso y Sociedad’. Vol. 2
  • Bengoechea, M. y Calero, Mª Á. Sexismo y redacción periodística. 2003. Valladolid. Junta de Castilla y León.

domingo, 11 de febrero de 2018

#hemeroteca #lenguaje | Feminismo y gramática

Feminismo y gramática.
¿Entenderá y aceptará Irene Montero que "portavoz" tiene dos géneros, masculino y femenino, y que esos dos géneros se manifiestan en la concordancia y en la selección del artículo precedente?
Pedro Álvarez de Miranda | El País, 2018-02-11
https://elpais.com/elpais/2018/02/10/opinion/1518289605_377728.html

He visto el vídeo de Irene Montero. “Mañana —dice en él ante un micrófono— hay un acto [...] con diferentes portavoces y portavozas del grupo parlamentario confederal...”. No se percibe en la diputada ninguna vacilación en el momento en que enlaza copulativamente las dos formas sustantivas ya célebres, y sí, instantes después de hacerlo, una levísima sonrisa y cierto brillo en la mirada, propios de quien está pensando en ese momento: “La que voy a armar”.

Y vaya si la ha armado. Se ha recordado estos días, y en efecto es muy similar, aquella ocasión en que otra joven política soltó, también provocadoramente, lo de “los miembros y miembras”. Invito a recuperar las correspondientes imágenes y se podrá comprobar que la entonces ministra Bibiana Aído también se estaba tronchando de risa por dentro ante lo que acababa de decir.

Uno casi se alegra de que se produzcan estas excentricidades, si llevan a los ciudadanos a reflexionar un momento sobre el complejo funcionamiento de su lengua, y si dan pie a hacer un poquito de pedagogía. Intentémoslo, del modo más sencillo posible.

Los nombres que designan persona (o, más ampliamente, seres animados) podemos dividirlos en tres grupos. Unos (grupo A) “flexionan”, es decir, tienen distintas terminaciones para el masculino y el femenino (‘el ministro / la ministra’, ‘el presidente / la presidenta’, ‘el jefe / la jefa’, ‘el profesor / la profesora’, etc.). Otros (grupo B), aunque tienen una forma única, sí tienen también ‘dos géneros’, masculino y femenino, solo que esos dos géneros se manifiestan exclusivamente a través de la concordancia, empezando por la que el artículo refleja (el artista / la artista, el modelo / la modelo, el cantante / la cantante). Un tercer grupo (C), muy interesante, es el de los llamados nombres epicenos: tienen un ‘único’ género (masculino o femenino) y una ‘única’ concordancia, pero pueden referirse a individuos de uno u otro sexo. Por cierto, muchos de ellos son de género ‘gramatical’ femenino, por más que puedan referirse a hombres y mujeres: ‘una persona’, ‘una criatura’, ‘una víctima’...; entran aquí también bastantes nombres de animales: ‘lince’, ‘gorila’, ‘cocodrilo’... Este tercer grupo lo dejaremos ahora al margen, porque el litigio en lo que se refiere a la adscripción de ‘portavoz’ se produce entre los grupos A y B. Pero permítaseme mostrar tan solo de pasada que en este texto: “El atracador apuñaló al cajero, Manuel Pérez; la víctima quedó tendida en el suelo”, un sustantivo femenino, ‘víctima’, que incluso arrastra a concordar consigo al participio ‘tendida’, se refiere a un individuo de sexo masculino. Magra compensación, es cierto, a la prevalencia inclusiva del masculino. Pero compensación al fin. Que ayuda a no identificar “género gramatical” y “género natural”, es decir, sexo.

La lengua española tiende a la flexión, es decir, a la pauta que marca el grupo A. Pero la casuística es muy compleja, y, por más que la mayoría de los que terminan en ‘-o’ flexionan, hay unos pocos que no lo hacen: ‘miembro’, ‘modelo’, ‘piloto’, ‘genio’, ‘testigo’ (salvo en situaciones que buscan la hilaridad, como la estupenda escena en que Chus Lampreave, en una película de Almodóvar, proclamaba ser “testiga de Jehová”). Nótese, incidentalmente, que la tendencia a la flexión en los sustantivos en ‘-o’ es tan acusada que puede llegar a arrastrar a ella a formas resultantes de un acortamiento: así, no son imposibles ‘endocrina’ (frente a ‘la endocrino’) u ‘otorrina’ (frente a ‘la otorrino’), en las respectivas formas apocopadas de ‘endocrinólogo / endocrinóloga’ y ‘otorrinolaringólogo / otorrinolaringóloga’.

Irene Montero actuó con cierta lógica gramatical al ensayar la flexión en un sustantivo terminado en ‘-z’, a la vista de los precedentes que la lengua le ofrecía como posibles modelos, es decir, a la vista del comportamiento de otros sustantivos terminados en la misma consonante. Hay, que yo sepa, cuatro: ‘juez’, ‘aprendiz’, ‘rapaz’ y ‘capataz’. No hay duda de que ‘rapaz’ flexiona (‘rapaz / rapaza’), pero sí la hay en los casos de ‘aprendiz’ (me inclino resueltamente por ‘aprendiza’, pero veo en el ‘Diccionario panhispánico de dudas’ de la Academia un ejemplo de ‘la aprendiza’), ‘capataz’ (véase la entrada correspondiente del ‘DEL’) y por supuesto en el célebre de ‘jueza / la juez’, en el que la vacilación parece irremediablemente enquistada, enquistamiento, todo sea dicho, en el que a la Academia le cabe alguna responsabilidad. Pero este caso daría para otro artículo.

Pues bien, vamos ya con el de ‘portavoz’. ¿Por qué pese a ser consustancial la flexión con lo que antes se llamaba el “genio” de la lengua —y hoy muchos llamarían su ‘ADN’—, por qué, digo, resulta imposible un femenino ‘portavoza’, incluso para quienes resueltamente apoyamos en general los mecanismos flexivos y en particular la pertenencia al grupo A de los nombres terminados en ‘-z’ (‘rapaza’, ‘aprendiza’, ‘capataza’, ‘jueza’)? Muy sencillo: porque ‘portavoz’ es un nombre compuesto, resultado de la unión de una forma verbal (de ‘portar’) y el sustantivo (femenino, por cierto) ‘voz’. La palabra no es morfológicamente opaca para el hablante, sino muy transparente: todos reconocemos en ella la presencia del sustantivo ‘voz’, y sabemos que este sustantivo (como los miles y miles de ellos que, sean del género que sean y terminen como terminen, designan cosa y no persona) no podrán nunca flexionar.

¿Entenderá y aceptará Irene Montero que ‘portavoz’ sí tiene efectivamente, y eso es lo esencial, ‘dos géneros’, masculino y femenino, y que esos dos géneros, en la imposibilidad de manifestarse por medios flexivos, se manifiestan en la concordancia y en la selección del artículo precedente? De hecho, si quería dejar constancia de su rechazo a la muy cómoda y económica predisposición del masculino —masculino ‘gramatical’, no ‘sexual’— para actuar como género no marcado, podría haber dicho (yo no lo haría, ni le aconsejo que lo haga, en evitación de una prolijidad engorrosa) “los y las portavoces” o “los portavoces y las portavoces”. Debe de ser frustrante la pretensión de sacar punta a estas cuestiones desde el feminismo en lugar de reflexionar serenamente sobre ellas desde el terreno en que solo cabe dilucidarlas, que es el de la gramática. Qué se le va a hacer. Así es la lengua, cuyas normas (o preferencias ‘normales’) emanan del uso de ‘los’ hablantes (con masculino que en la mente de todos en absoluto excluye a ‘las’ hablantes), no de la Academia, ni de los gramáticos. Haber escrito yo ahí “los y las hablantes” o “los hablantes y las hablantes” no sería más feminista, solo más prolijo. Y haber escrito “los hablantes y (las) hablantas” sería algo peor: un disparate y una memez.

Pedro Álvarez de Miranda es catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Real Academia Española.

sábado, 10 de febrero de 2018

#hemeroteca #lenguaje | El lenguaje lo sufre todo

Imagen: El País / Irene Montero
El lenguaje lo sufre todo.
Da la sensación de que ciertos partidos están señalando tanto lo que desean, que acaban concentrados en su propio dedo.
Álex Grijelmo | El País, 2018-02-10
https://elpais.com/elpais/2018/02/09/opinion/1518197386_243671.html

La lengua española lleva mucho tiempo siendo torturada por la política, para ver si así confiesa sus culpas. La Constitución ya forzó el término “nacionalidades” en aras del consenso; pero nadie dice “este año ha nevado mucho en mi nacionalidad”. A eso se unió la bienintencionada decisión de suprimir del castellano los topónimos tradicionales de Cataluña (ojo: los tradicionales, no los inventados por el franquismo), y decimos “Girona” y “Lleida” mientras los catalanohablantes siguen mencionando, legítimamente, “Saragossa”, “Lleó”, “Conca”, “Terol”… Los eufemismos se suman a esa tortura; y a ellos se añaden, con opuesta voluntad, las duplicaciones de género (ahora “portavoces y portavozas”) o hasta la conversión de epicenos en femeninos.

La solidaridad al contemplar los problemas de la mujer lleva a muchos ciudadanos a decir “la jueza” y “las juezas”. Esa ‘a’ que marca el femenino no añade información, pero denota la intención ideológica de fondo; y es comprensible.

Esta corriente, por cierto, ha mostrado gran interés en “jueza” o “concejala”, pero ninguno en otros femeninos igualmente posibles, como “corresponsala”, “estudianta” o “ujiera”; al tiempo que desdeña las duplicaciones de las que sí dispone el idioma, como “poeta” y “poetisa”, pues se pretende unificar en “poeta” las dos alternativas y usar una sola forma para los dos géneros, justo lo contrario de lo que pasa con “juez” y “jueza”.

La insistente campaña duplicadora ha contribuido, sí, a formar una conciencia general. Pero incluso las más exitosas campañas publicitarias caducan algún día y son retiradas para no cansar al público y resultar contraproducentes. De hecho, la machacona duplicación del género (si fuera esporádica y más simbólica en un discurso se digeriría mejor) agota seguramente a muchas personas, y tal vez les hace pensar si no se atenta ya contra su inteligencia cuando alguien dice “los diputados y las diputadas de mi grupo”; porque todos los españoles saben que los grupos están formados por diputados y diputadas, y la duplicación parece decirles que no se han enterado.

Del mismo modo, la frase “fui a una boda y no dejé de gritar ‘vivan los novios’” activa de inmediato la imagen de un hombre y una mujer que se casan, pero ahí sí sería necesario advertir de que los contrayentes eran por ejemplo un novio… y un novio. No se puede pensar en la aplicación de la lengua sin reflexionar también sobre cómo los contextos compartidos (y cambiantes) influyen en los mensajes.

Ciertos partidos hacen tanto hincapié en el léxico que, a fuerza de mirar el escaparate de su lenguaje, olvidamos lo que se debería despachar en su mostrador: leyes que mejoren la vida de las mujeres y anulen la brecha salarial, dotaciones contra la desigualdad, más servicios sociales...

Ésas son las iniciativas que hacen falta. Ahora bien, requieren capacidad de pacto entre fuerzas afines que puedan formar mayorías para sacar adelante las soluciones. Pero da la sensación de que esos partidos están señalando tanto lo que desean, que acaban concentrados, ellos mismos, en su propio dedo.