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domingo, 23 de febrero de 2025

#hemeroteca #trans #testimonios | Nacha Sánchez, mujer trans: “No teníamos otra opción de vida que la del espectáculo o la de prostituirnos”

Nacha Sánchez en Berlinale //

Nacha Sánchez, mujer trans: “No teníamos otra opción de vida que la del espectáculo o la de prostituirnos”

Entrevista a Nacha María Sánchez Sánchez, superviviente del elenco de la película 'Vestidas de azul', documental de culto sobre mujeres trans en los años 80, estrenado en la Berlinale
Rosa Die Alcolea | Artículo14, 2025-02-23
https://www.articulo14.es/cultura/nacha-sanchez-mujer-trans-no-teniamos-otra-opcion-de-vida-que-la-del-espectaculo-o-la-de-prostituirnos-20250222.html

Mercury Films recupera y promueve el largometraje documental Vestida de azul, dirigida por Antonio Giménez-Rico que, hasta su incorporación en el catálogo de FlixOlé, permaneció durante décadas “maldita” debido a la limitada distribución que se hizo tras su paso por la gran pantalla. La película se estrenó en 1983 con cierto éxito de público y críticas no muy positivas. A partir de ahí, Vestida de azul fue cayendo en el olvido poco a poco con el paso del tiempo… hasta hoy. La 75ª del Festival de Cine de Berlín, recientemente celebrado, la ha incluido en su sección “Berlinale Classics” y puede verse en el catálogo de FlixOlé.

Para la comunidad LGTBI se convirtió en un film de culto, ya que se trata de una película pionera a la hora de reflejar a las personas transexuales, especialmente por ser la primera que refleja sus problemas diarios con honestidad: el rechazo de la familia, el difícil acceso al mercado laboral, el abuso policial y la prostitución como única vía de supervivencia.

Nacha Sánchez, una de las seis mujeres protagonistas, relata que en aquella época no tenían “otra opción de vida que la del espectáculo o la de prostituirnos”, sobre la Ley Trans, opina que es un “apoyo maravilloso para todas nosotras, que los médicos te puedan recetar hormonas, que nos traten como nos sentimos” y expresa con esperanza que “las universidades ya tienen más capacidad para entender y tratar a las personas trans” y “hay trabajos en los que hoy por hoy, gracias a Dios, ya se nos acepta”.

P. La película retrata a seis mujeres trans en los años 80. Algunas también erais en ese momento travestis y/o transformistas. ¿Puedes explicar los matices de los tres conceptos: mujer transexual, travesti y transformista?

Las personas que salimos en el documental, las seis (también la que ha des-transicionado, que se llama Josette) en aquella época éramos todas travestis, pero Josette era una chica trans también, después, reculó y echó para atrás. La diferencia es que un travesti es un señor que por la noche se traviste con ropa de mujer y de día tiene una vida normal de hombre. Un transformista es simplemente alguien que verdaderamente está dedicada al espectáculo, no tiene nada que ver, puede ser una persona que ni siquiera sea homosexual, no tiene por qué ser un homosexual o un transformista, son artistas. Y las transexuales somos las personas que damos un paso hacia adelante y cambiamos nuestra manera de vivir y ya directamente mañana, tarde y noche, somos mujeres o intentamos o luchamos justo por conseguir tener un aspecto femenino y un aspecto como el de una mujer, puesto que nos hormonamos y nos intervenimos a cirugías y a cosas por el estilo para llegar a nuestros logros.

P. La película se produce en 1983, ocho años después de la muerte de Franco, es un contexto muy complicado para la libertad de expresión en España. Parece que hubo dificultades para la distribución de la película, una vez exhibida en cines. ¿Cómo contactó con vosotras Antonio Giménez-Rico para hacer la película y qué motivación os transmitió sobre el proyecto?

Sí, fue un momento muy duro y muy cruel porque acababa de morir Franco y estábamos en un momento de transición. Antonio Giménez-Rico tenía la idea de no hacer un documental, sino de hacer un largometraje de ficción, pero al ver cómo éramos personalmente nosotras, decidió que era mucho mejor para lo que él quería comunicar, directamente grabarnos sin ningún tipo de guion, espontáneamente que le fuéramos contando nuestras vidas. Y una por una le expusimos cómo vivíamos, de qué vivíamos y qué hacíamos y así fue como resultó ‘Vestida de azul’, en el 1981 la grabamos, luego se dio a conocer en el 82 y en el 83, es cuando llegamos al Festival de Cine de San Sebastián.

P. En el documental se da a entender que las opciones que teníais las mujeres trans en esa época se reducían a trabajar en el mundo del espectáculo o ejercer la prostitución. ¿Crees que ha habido una evolución real en este sentido hasta el momento actual? ¿Tenéis ahora más opciones económicas y sociales? ¿cómo lo has vivido tú?

Verdaderamente, en aquellos tiempos no teníamos opción a nada. Como bien digo en todos los reportajes que hago, quien vale para artista puede también valer para la prostitución, por supuesto, eso depende de las necesidades de cada uno. No teníamos otra opción de vida que la del espectáculo o la de prostituirnos.

Cada una adoptaba una manera de vivir, dependía de su condición. Muchas personas valen para ser artistas y no valen para ser prostitutas, y muchas prostitutas no valen para ser artistas. La profesión de prostituirse es un poquito dura y muy difícil, y sigue estando muy mal mirada por la sociedad, pero no dejo de puntuar que para mí es un trabajo cotidiano, es un trabajo sexual, nada más, no tiene nada que ver ni con el amor, ni con ese tipo de historias normales y cotidianas de un ser humano hacia otro. La prostitución es simplemente un trabajo: lo hemos hecho por necesidad, no se nos daba un trabajo en ningún sitio.

P. ¿Qué opinas de la Ley Trans aprobada en febrero de 2023? Especialmente, ¿cómo valoras que la Ley Trans de 2023 eliminara la obligación de informes médicos para llevar a cabo la operación de cambio de sexo?

Yo creo que un cambio de sexo es algo que debe estar bajo vigilancia médica, por supuesto, para que vean que esa persona que se decide a tener un cambio de sexo, que lo haga correctamente y después no tenga ningún tipo de problemas mentales ni cosas por el estilo. La edad, verdaderamente yo creo que uno debe tener un conocimiento mínimo de lo que quiere hacer, que a las personas tan jóvenes se les vaya instruyendo y se les vaya ayudando con documentos y cosas por el estilo me parece muy bien, y si las familias aceptan el ir hormonándolo o hormonándola, porque ahora, gracias a Dios hay mucha visibilidad también de chicas que ahora son chicos, me alegro, ya era hora que también se visibilizaran, todas juntas somos más fuertes.

Y sobre la Ley Trans, creo que es un apoyo maravilloso para todas nosotras que los médicos te puedan recetar hormonas, que nos traten como nos sentimos; ya no digamos mujeres, porque mujeres se nace, pero al menos que nos traten femeninamente y nos ayuden como debe ser. Y verdaderamente, si pides ayuda ahora mismo, hay ayudas económicas en el país, por ejemplo, a las personas que ya tienen una edad, y las universidades ya tienen más capacidad para entender y tratar a las personas trans y darles la posibilidad de estudiar. También hay trabajos en los que hoy por hoy, gracias a Dios, ya se nos acepta.

miércoles, 6 de marzo de 2024

#hemeroteca #homoserotismo #arte | La historia de amor imposible de Rodrigo, el artista detrás de la escultura gay que arrasa en ARCO

Rodrigo tras su escultura 'Manuel' //

La historia de amor imposible de Rodrigo, el artista detrás de la escultura gay que arrasa en ARCO
'Manuel', considerada la primera obra de arte 'queer' del arte español, sembró la polémica en la feria de 1983 y vuelve a acaparar la atención cuatro décadas después.
Henrique Mariño | Público, 2024-03-06
https://www.publico.es/culturas/historia-amor-imposible-rodrigo-artista-detras-escultura-gay-arrasa-arco.html

Cuando lo vio por primera vez en una piscina de Madrid, allá por agosto de 1977, Rodrigo quiso hacerlo suyo. No pudo consumar la pasión, porque Manuel era heterosexual, pero sí la adoración que sentía por él. El fruto de aquel amor imposible fue una escultura que llevaba latiendo mucho tiempo. Aquel hombre, simplemente, fue la forma.

Paco Morales lo entrevistó en 1983 con motivo de la exposición de ‘Manuel’ en la segunda edición de ARCO, dirigida por Juana de Aizpuru, quien le pidió a la galerista Fefa Seiquer que se llevase de allí aquella escultura a tamaño natural. Habían pasado seis años desde que empezó a crear la obra, dos hombres y un solo corazón.

Rodrigo Muñoz Ballester nació en Tánger en 1950. En aquella entrevista confesaba que le faltaba una asignatura para terminar Arquitectura, pero que se dedicaba a otros menesteres, "trabajos viles" como murales en bares, aunque luego dejaría su impronta en algunas estaciones del metro madrileño.

No era un artista con mucha obra. "He hecho sólo unos pocos trabajos, muy crispados todos ellos, porque el arte me importa mucho menos que el tiempo que he vivido". Tampoco con dinero. "Hace dos noches no tenía un duro, ahora tampoco y no es que me importe mucho", explicaba.

Desde entonces, reconoce en ARCOmadrid 2024, ha llevado una vida austera, aunque ‘Manuel’ fue vendida en 1983 por 1.800.000 pesetas, la mitad para él, la mitad para la galerista. Ahora cuesta 80.000 euros, unas cuatro veces más que el precio original. "Si ocurre, como si no ocurre". La venta. "Siempre he vivido muy en precario. Sigo igual que hace 41 años, cuando me hicieron aquella entrevista. No he cambiado nada. Hace dos días empezamos a montar la escultura y tenía 45 euros, que destiné a la comida para los gatos y a tomar por saco. Y gracias a que una coleccionista me compró un grabado".

Si ocurre, como si no ocurre.

Porque Rodrigo no conoció la abundancia desde que nació en Tánger, donde su padre trabajaba como jefe de almacén en una ferretería. La guerra civil truncó su sueño de ser abogado y tuvo que dejar la carrera, al igual que su mujer abandonó Farmacia. "Eran gente leída y les encantaba el cine, pero aquello les mandó a la mierda".

Cuando terminó el protectorado español de Marruecos, se vinieron a Madrid con lo puesto y mil pesetas en el bolsillo. Rodrigo tenía siete años. Un matrimonio y cuatro hijos, en el cuarto de una pensión. Luego se mudaron al barrio de Tetuán. Un día, cuando su madre llegó de la compra, él cogió el papel de estraza que envolvía la carne, se echó al suelo de la cocina y comenzó a dibujar sobre aquella superficie ensangrentada. Al terminar, se dijo: "He sido capaz de hacer el mundo. Esto es un chollo". Su primer recuerdo como artista.

"Yo es que no vengo de…", le comentaba al dueño de una galería antes de que se inaugurase la 43ª edición de ARCO, dedicada al mar Caribe. El lugar del que viene, o sea, difiere del origen de los coleccionistas que pululan por la feria hasta este viernes, cuando se abre al público y el paisanaje se torna más heterogéneo. "Mi padre empezó a trabajar en una ferretería de la calle Valencia, en Lavapiés, y éramos tan catetos que estuvimos a punto de irnos toda la familia a Valencia. ¡A Valencia ciudad!".

Ahora vive en Cervera de Buitrago, un pequeño pueblo de la Sierra Norte de Madrid, donde ha instalado su estudio. Manuel, viudo desde hace un mes, en el sur de España, aunque de alguna manera lo ha acompañado todo este tiempo, pues la escultura lo velaba cada noche en su cuarto.

"Rodrigo sueña su cuerpo del que emerge el de Manuel al que contiene, al que abraza, como si se le escapara o como si entrara en él. Son dos figuras que es una. Desde luego solo hay un corazón que, además, se ilumina. Uno vestido y el otro desnudo, detallista hasta la extenuación, una imagen entre soñada y de pesadilla", escribe el comisario Joaquín García Martín en ‘Un acercamiento al arte homosexual en la Transición española’, publicado por la Galería José de la Mano.

De ARCO 1983 a ARCO 2024
En su ‘stand’ luce la escultura del creador tangerino y las obras de otros pioneros del arte gay, como Costus, Carlos Forns, Juan Hidalgo, Roberto González o Julujama. "Hemos recuperado a los artistas que reivindicaron el movimiento LGTBI cuando había que hacerlo, en los años setenta y ochenta, un período complicado de la historia de España", explica José de la Mano, quien considera que ‘Manuel’ es una obra "brutal y trascendental", así como "una de las grandes piezas" del género en nuestro país.

"Más de cuarenta años después, no ha perdido su vigencia formal ni su mensaje, un amor platónico que el artista consigue inmortalizar en una obra de arte que nos va a pervivir a todos", añade el galerista, quien entiende la escultura como un "voy a estar dentro de ti, al lado de tu corazón".

Porque en ella se funden el amado y el artista, aunque Rodrigo matizaba su significado a Paco Morales: "’Manuel’ no es una expresión del desdoblamiento de personalidad, ni la representación del hombre culto y el hombre irracional, ni nada de eso. ‘Manuel’ es el de fuera. El otro soy yo queriendo quedarme así siempre. Por supuesto que hay por ahí un gusto totémico muy fuerte, pero también hay una idea de desmitificar el amor entre hombres...".

Joaquín García Martín recuerda que en 1983 fue la pieza de la que hablaba todo el mundo en ARCO. Ahora, vuelve a ser el centro de atención de la prensa, cuyos artículos han atraído a curiosos y amigos, quienes saludan a Rodrigo y le piden fotografiarse con él, aunque les deja claro que no mirará a la cámara. Posan ante "probablemente la primera obra de arte ‘queer’ del arte español", en palabras del comisario, quien escribe: "Su realización es un acto de amor, su existencia una forma de poseer al ser amado".

¿Pero ha habido otros Manueles? "Yo he tenido muchísimas relaciones, no solo con hombres heterosexuales y gais, sino también con mujeres. De hecho, tengo una hija maravillosa", comenta Rodrigo, quien disfruta "plácidamente" de la segunda vida de su escultura, sorprendido con la expectativa que ha generado Manuel, "y eso que la de entonces ya fue tremenda".

"Juana de Aizpuru se ponía muy nerviosa al verla. Y una abuelita muy pintada se sentaba en una silla plegable y suspiraba: ‘¡Ay, si lo viera Federico!’ Al observarla, le comenté a mi galerista que aquello era una cosa loca, porque hasta venía gente de los manicomios". Entonces, Fefa Seiquer le respondió: "¡Pero si ella es Maruja Mallo y Federico es García Lorca!".

Poco después, Rodrigo estudió Bellas Artes, aunque no terminó la carrera. Cuando aprobó Deontología, Legislación y Valoración, la asignatura de Arquitectura que tenía pendiente, le restregó el título a su padre por la cara. "Me limpié el culo y, con la zurrapa en la papeleta, le dije que ya podía enmarcarla: ‘¡Haz tú las casas, que a mí ya me has jodido la juventud entera!’ De joven era muy burro, porque el pobre de mi padre se mataba en la ferretería para que estudiáramos y nos dio una carrera a los cuatro hermanos".

‘Manuel’ aterrizaba en Nueva York. Un asesor de compras de la Tate Gallery de Londres se hizo con la escultura, hasta que murió de sida y su pareja quiso que volviese a los brazos de Rodrigo. A veces, cuando habla, se le nublan los ojos, del mismo modo que la memoria también puede ser borrosa. Quizás aquella piscina no fuese la del Parque Sindical, sino la del Lago, en la Casa de Campo. La recepción de la escultura en el aeropuerto de Barajas también es novelesca: tras exigirle 600.000 pesetas para entregársela, una fortuna en la época, el jefe del depósito donde estaba almacenada se apiadó de Rodrigo tras conocer la historia y al final no le cobró nada.

El amor imposible entre Rodrigo y Manuel se convirtió en un cómic, publicado por entregas en la revista ‘La Luna de Madrid’, dirigida por Borja Casani, y posteriormente editado en formato libro. "Una escultura es sólo de un millonario", declaraba en la entrevista. "Hay que hacer un cómic para que la gente pueda tener a Manuel en la mesilla de noche: y ojalá en el Ras me saluden cuando entre".

Rodrigo vivía entonces en un piso compartido en la calle San Marcos, barrio de Chueca, cerca del bar de ambiente donde esperaba ser aclamado. Sin embargo, han tenido que pasar cuatro décadas para que volviese a ser el centro de atención. "’Manuel’ es la más bonita historia de amor no consumada del mundo", sentencia Joaquín García Martín. "’Manuel’ es la crónica de la alegría y el dolor de Rodrigo al encontrar y no poder tener al ser amado".

#hemeroteca #homoerotismo #arte | La escultura homoerótica que conmocionó ARCO reclama su lugar en la historia 40 años después

La escultura 'Manuel' del artista Rodrigo //

La escultura homoerótica que conmocionó ARCO reclama su lugar en la historia 40 años después

La obra ‘Manuel’, del artista conocido simplemente como Rodrigo, quitó el sueño a Juana de Aizpuru, fundadora de la feria de arte madrileña, en 1983. Tras décadas fuera del mercado, reaparece en la presente edición como una de las referencias clave en la visibilización gay de la Transición
Borja Bas | El País, 2024-03-06
https://elpais.com/icon-design/2024-03-06/la-escultura-homoerotica-que-conmociono-arco-reclama-su-lugar-en-la-historia-40-anos-despues.html 

Estos días vuelve a latir en ARCOmadrid un corazón que lleva prendido 40 años. Lo comparten dos hombres sumidos en un extraño sueño. Uno asoma del interior del otro. Son el artista, vestido, abrazado a su muso, desnudo. La escultura se llama ‘Manuel’ y está firmada por Rodrigo, a secas. La pieza, un monumento al amor homosexual no correspondido, fue la más sonada de la segunda edición de esta misma feria madrileña, celebrada en 1983. Desde este miércoles hasta el 10 de marzo, regresa a Ifema rescatada por José de la Mano. Fiel a su línea de investigación y recuperación histórica, esta galería madrileña dedica una parte de su stand a los pioneros del arte queer en España durante la Transición. Una reivindicación donde conviven nombres más conocidos como Costus o Juan Hidalgo con otros que han permanecido en segundo plano como Carlos Forns Bada, Claudio Goulart, Roberto González Fernández, Julujama o el que nos ocupa, Rodrigo Muñoz Ballester. Conocido artísticamente como Rodrigo, su amor platónico con Manuel se manifestó también en uno de los cómics más influyentes de la Movida, publicado por entregas de cuatro páginas mensuales en los primeros 12 números de la revista ‘La Luna de Madrid’, entre 1983 y 1985.

El exgalerista, investigador y escritor Joaquín García, que ha ejercido de comisario de esta selección ‘queer’ para José de la Mano, pone en perspectiva el valor de esta obra de Rodrigo. “En los repartos academicistas que se hacen para narrar o resumir la Movida por nombres y disciplinas intentando establecer un canon asimilable, Rodrigo es al cómic lo que Sybilla a la moda, Pérez Villalta a la pintura o Almodóvar al cine”. Reeditado recientemente en un cuidado libro con abundante material de archivo por la editorial Cielo Eléctrico, este cómic mudo cuenta con detalle lo que grita la escultura. En palabras del comisario: “La más bonita historia de amor no consumada del mundo”. La de Rodrigo desde que emergió un día del verano de 1977 de la piscina municipal El Lago, de Madrid, para enamorarse a primera vista de un portento de la masculinidad, Manuel, heterosexual inquebrantable.

Donde Rodrigo buscaba una relación sexoafectiva, Manuel testaba sus límites en eso que hoy conocemos como homosocialidad (o relación de amistad entre dos hombres). Salían juntos a pasear, a bailar, al cine. Por su lado, Rodrigo se desfogaba yéndose de ‘cruising’, a la sauna o a cuartos oscuros. Está todo en sus viñetas. De camino a Ifema para calibrar las luces que iluminan su escultura estos días, nos atiende Rodrigo al teléfono: “Estaba colgadísimo de Manuel. Yo tenía 27 años y él, 24. Era lo que entendemos por un hombre normal, aunque deteste el término, un tío sencillo. Cuando se marchó, yo había vivido un año de amor y él se había dejado querer. Le mandé unos dibujos, que serían el embrión del cómic años después. Pero primero fue la escultura. La empecé el mismo día que volví de visitarle de su pueblo y lo dejé allí con su novia, con plena conciencia de que probablemente no nos volveríamos a hablar ni a ver”.

Antes de la explosión de la Movida, Rodrigo se debatía entre Arquitectura y Bellas Artes, carreras que había estudiado casi hasta el final. Su mano virtuosa trazaba planos para el estudio de Javier Carvajal y completaba el sueldo haciendo ilustraciones a partir de retratos fotográficos. No podía sacarse a Manuel de la cabeza. La imagen de su propio cuerpo emergiendo de su amado se le apareció en un sueño. Empezó la escultura sin tener ni idea de modelar, a partir de unas fotos que había logrado sacarle desnudo. Iba probando materiales: madera, malla metálica, escayola, yeso... y un circuito eléctrico con una lamparita de cuarzo a modo de corazón luminoso. La fue montando a lo largo de los años en el sótano en que vivía de la calle Madera, en un prolongado acto de amor.que vivía de la calle Madera, en un prolongado acto de amor.

Su amigo el pintor Miguel Peña llevó un día a verla a la galerista Fefa Seiquer. Faltaba una semana para la segunda edición de ARCO. La puso presidiendo su ‘stand’. Una obra tan abiertamente homoerótica suponía toda una rareza por entonces. Se convirtió en la atracción de la feria, tal y como recuerda Rodrigo. “Aquello parecía una romería, venga a pasar gente. Los cinco días del evento, puntual a eso de las tres de la tarde, venía una señora mayor pintada como un loro, con su silla plegable, y se sentaba un rato enfrente de la escultura. Y yo la escuchaba decir cosas como: ‘Ay, si esto lo viera Federico’. Y pensaba ‘¿quién es esta chiflada maravillosa?’. Hasta que me dijo mi galerista: ‘¿No sabes quién es? Es Maruja Mallo. ¡Y Federico es Federico García Lorca!”, se ríe.

‘Manuel’ generó conmoción, curiosidad, extrañeza. La leyenda dice que también polémica, que hubo gente que quiso retirarla. No fue para tanto, como recuerda entre risas su autor. “Atormentó particularmente a Juana de Aizpuru [fundadora de ARCO, a quien este año echaremos en falta porque acaba de retirarse]. Lo llamaba ‘el hombre’. Le decía a mi galerista: ‘Quita al hombre, Fefa. Es que me quita el sueño, su imagen no me deja dormir por las noches’. Ella, que siempre fue tan avanzada… Igual le parecía algo al margen de la ‘intelligentsia’ artística, demasiado popular”. Costaba 1.800.000 pesetas (unos 29.000 euros de hoy, si tenemos en cuenta la inflación). Estuvo a punto de venderse un par de veces durante la feria: al diseñador Juanjo Rocafort y al modisto de Marujita Díaz. Las figuras fundidas de Manuel y Rodrigo continuaron su sueño en el almacén de la galerista durante tres años. Hasta que uno de sus compradores habituales, un estadounidense ya algo mayor, asesor de la Tate Gallery, se la llevó primero a Londres y después a Nueva York, donde moriría víctima del sida seis años después. Nadie hoy es capaz de ponerle nombre. Rodrigo lo llama Irwin. Sí recuerda el del novio, Miguel, un guapo argentino parecido a su Manuel.

Y aquí es cuando el investigador Joaquín García subraya su condición simbólica: “Para mí, la escultura ‘Manuel’ es la primera gran obra ‘queer’, en todos los sentidos de la palabra ‘queer’, del arte español. No solo por lo que significa mostrar la historia de amor de dos hombres, no podemos reducir lo ‘queer’ solo a lo homosexual; sino también por esa estética ‘queer’ en el sentido de rara, porque es cronenbergiana: estos señores saliendo uno del cuerpo del otro con una bombilla como corazón compartido tiene mucho de la nueva carne que también estaba explorando David Cronenberg por esa misma época. Todas las acepciones del término ‘queer’ están en ‘Manuel’. Como también está el momento en el que entra en contacto con la tragedia del sida. La propia escultura vive la peripecia del homosexual a lo largo de esos años: desde la frustración sexual de un amor que es casi como una historia de armario hasta el virus, porque el coleccionista que la adquiere se muere de eso”.

Tras el fallecimiento del comprador, el novio heredero de la figura quiso devolvérsela a su legítimo dueño. La dimensión poética del periplo de ‘Manuel’ se amplifica de acuerdo con el relato de su artífice. “Miguel me la mandó a gastos revertidos a Madrid, con un embalaje maravilloso, a la americana, y en el aeropuerto me dijeron que recuperarla me costaría 600.000 pesetas. A mí, que pagaba 20.000 pesetas de alquiler mensual. Así que me dediqué a ir al aeropuerto solamente a pagar los intereses de almacenaje, para que no se deshicieran de ella. Hasta que un día hablé con el jefe de depósito, le conté todo a corazón abierto. Me abrazó y me dijo: llévesela inmediatamente. Imagínate, me eché a llorar como una magdalena”. Desde entonces, allá donde se ha mudado, la figura de Manuel ha dormido a los pies de su cama, alejada de los ojos del mundo.

Hoy Rodrigo tiene 74 años; Manuel, 71. Rodrigo tiene una hija, sobrevive sin dejar de dibujar y está instalado en un pueblo de la Sierra Norte de Madrid. Manuel tiene nietos, enviudó hace un mes tras pasar la vida con su novia de siempre y vive en su pueblo de Granada. Se reencontraron por casualidad con los años, pero apenas mantienen relación, hablan muy de vez en cuando. La última vez que Rodrigo estuvo en ARCO como artista fue en 1998. Su obra más memorable vuelve al mercado por 80.000 euros. Ahora, dice, está preparado para despedirse de su ‘Manuel’, al que da cada día las buenas noches cuando ya se le han dormido acurrucados los gatos y ha echado su rato de lectura. Su abrazo, vaya donde vaya, permanecerá para siempre.

jueves, 28 de septiembre de 2023

#hemeroteca #trans #memoria | Memorias sinvergüenzas

Revista polaca Ekran, 1983-11-18 //
Memorias sinvergüenzas

Alejo Duclós | Zinemaldia, Diario del Festival, SSIFF, 2023-09-28

https://www.sansebastianfestival.com/2023/diario_del_festival/1/21320/es 

La trigésimoprimera edición del Festival de San Sebastián, celebrado en 1983, tuvo en su Sección Oficial a competición el estreno de ‘Vestida de azul’ de Antonio Giménez Rico. Estuvieron presentes en la première mundial del documental cuatro de las seis protagonistas: Loren, Eva, Nacha y Josette, quienes desfilaron por la misma alfombra roja que transitaron figuras como John Travolta, Helmut Berger, Patricia Highsmith y Graciela Borges. El diario "La Voz de Euskadi" las describía así: “Vienen pidiendo guerra, con pantalones ceñidísimos durante el día, lentejuelas y tacones, casi zancos, para la noche. Están dispuestas a demostrar que en Donostia hay mucho reprimido”.

El estreno y la rueda de prensa tuvieron una gran asistencia, con numerosos periodistas y espectadores curiosos ante la rebeldía y valentía de las protagonistas. Los titulares las definieron como “corral de gallinas” o “nido de víboras”, pero ellas aprovecharon su poco habitual altavoz mediático para señalar la violencia policial, el hambre, la discriminación y las demás problemáticas a las que se enfrentaban siendo mujeres trans (en su mayoría trabajadoras sexuales) en la España de los 80. En "La Voz de Euskadi" se rescataban las palabras de Nacha, una de las protagonistas: “Yo quería decir que los travestis somos personas normales y que no es ningún delito ser de esta forma y creo que lo he conseguido al intervenir en la película”.

A pesar de las críticas que tachaban el film de “oportunista” o “poco discreto”, el tiempo le devolvió su reconocimiento como uno de los pioneros en retratar a la comunidad trans dentro de la cinematografía española. Con la preciosa fotografía de Teo Escamilla (también productor del film), el director presenta a sus personajes con una mirada sincera y desprejuiciada a través de entrevistas, ‘reenactments’ y mucha improvisación. Sus protagonistas debaten acerca de las leyes opresoras de la época, como la parcialmente vigente ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social que las patologizaba y censuraba, la precariedad del mundo del espectáculo, las operaciones de reasignación de sexo, las rivalidades entre el propio colectivo, el consumismo, sus deseos, sueños y anhelos, sus historias familiares y su agudo instinto de supervivencia. Sus propias vidas dieron cuenta de la fragilidad a la que estaban expuestas, falleciendo la mayoría del grupo a los pocos años del estreno del documental.

Su paso por San Sebastián fue un hito importante en los años de renovación y democratización que experimentó el Festival a partir de 1978, que indudablemente, ajustó cuentas en la representación de las realidades del colectivo LGBTQIA+. En el cuadragésimo aniversario de su estreno, las historias de Loren, Eva, Nacha, Josette, Tamara y Renée volverán a ser contadas en la continuación de la aclamada miniserie Veneno (Javier Ambrossi y Javier Calvo, 2020). Basada en el ensayo homónimo de la escritora Valeria Vegas "Vestida de azul. Análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la transición española" (2019), se rendirá homenaje a estas mujeres que se atrevieron a vivir y a contar sus vidas con libertad vestidas de azul.

Hoy a las 12.00 conversarán en la sala Z de Tabakalera Juan [i.e. Julen] Zabala (EGHAM) [i.e. EHGAM], el director Ian de la Rosa y la actriz Lola Rodríguez para celebrar el 40º aniversario del estreno de Vestida de azul y la inminente llegada de la segunda temporada de la serie Veneno. Las invitaciones gratuitas están disponibles en la web del Festival, en las taquillas del Zinemaldi Plaza y en la taquilla de Tabakalera. Personas acreditadas: a través del sistema online de reserva de entradas.

Nota de IGLU: Finalmente también participó Nacha Sánchez, una de las mujeres trans que participaron en el documental ‘Vestida de azul’.

viernes, 21 de enero de 2022

#hemeroteca #homosexualidad #comic | El rescate de 'Manuel', el cómic maldito que en 1983 normalizó la homosexualidad: “Fue un bofetón a la sociedad”

EPE / Ilustración de 'Manuel' //

El rescate de 'Manuel', el cómic maldito que en 1983 normalizó la homosexualidad: “Fue un bofetón a la sociedad”.

Una nueva edición rescata la trascendencia de la obra de Rodrigo Muñoz Ballester en el cómic español. Publicado por etapas sirvió para normalizar las relaciones homosexuales.
Eduardo Bravo | EPE, 2022-01-21
https://www.epe.es/es/cultura/20220121/rescate-manuel-comic-maldito-1983-13126092 

En noviembre de 1983, nace ‘La Luna de Madrid’, la revista que va a captar como nadie La Movida. Está en el lugar y el momento oportuno. Entre sus ejemplares destaca un cómic obra de Rodrigo Muñoz Ballester. Se titula ‘Manuel’ y se convierte rápidamente en un fenómeno entre los lectores. Abordar el amor entre dos hombres a través de la lírica, la pulcritud y el dibujo academicista. Fue un bofetón a lo establecido.

Casi 40 años después, la editorial Cielo Eléctrico acaba de reeditar el cómic que revolucionó el género a principios de los años 80, tanto por su virtuosismo en el dibujo, como por su naturalidad al abordar la relación sentimental entre dos hombres. "Para mí es una de las obras más importantes de cómic español. Podríamos hablar de ‘Paracuellos’, de Carlos Giménez; de ‘Raya’, de Micharmunt; de ‘Estrella Lejana’, de Daniel Torres; y de ‘Manuel’, de Rodrigo. A pesar de ello, tengo la sensación de que el propio Rodrigo no es consciente de la importancia de su trabajo. Creo que para él es algo más personal que artístico", comenta el experto en cómics Álvaro Pons.

Rodrigo Muñoz Ballester recuerda cómo surgió: "Dibujar ‘Manuel’ no fue algo premeditado. Por ello, en todo este tiempo no me he dado cuenta de lo importante que ha sido. Empecé a valorarlo el otro día en la cama, cuando me puse a leer esta nueva edición. Vi la página en la que aparece la habitación de la casa, en la que incluso hay un dibujito de un cuadro de Antonio López de la Gran Vía. Ahí pensé: “¿Pero cómo pudiste hacer esto?”. Todo dibujado con un Rotring, que es súper duro y que rasga el papel... En el fondo, solo quería contar mi historia", reconoce el autor en su casa de la sierra madrileña.

La historia de Manuel comenzó un día de verano de 1976 en la piscina de Lago de la Casa de Campo de Madrid. Allí, Rodrigo vio por primera vez a Manuel y se quedó prendado. Después de varios chapuzones e intercambiar algunas palabras, el artista le propuso que se fueran a tomar algo juntos. "Habíamos quedado en las gradas de la piscina. Me fui a las gradas, no le vi, y esperé un ratito. Pensé: 'Bueno, lo normal es que un chicazo así pase por completo de un tío rarete que le habla de no sé qué...'. Y cogí, como siempre, con este carácter melancólico depresivo que tengo, y me fui al metro", recuerda Rodrigo en una entrevista mantenida con el artista Pepe Murciego que, junto a otros materiales como bocetos y cuadernos de notas, se incluye en la nueva edición de ‘Manuel’.

Justo en el momento en el que iba a entrar en el vagón, Rodrigo dejó a un lado el derrotismo y pensó que tal vez ese chicazo sí habría acudido al encuentro. Esperanzado, dejó marchar el convoy y, con el corazón en un puño, regresó a la piscina donde, efectivamente, le esperaba Manuel. A partir de entonces, los dos hombres comenzaron a hacer planes juntos. Quedaban en un bar, iban al cine, a discotecas de la popular cadena Consulado, hasta establecer una relación desigual, en la que Rodrigo se sentía claramente atraído por un Manuel que no le correspondía.

Para canalizar esa pasión, Rodrigo decidió volcar en un cómic aquellas cosas que vivían juntos, al tiempo que aprovechaba el dibujo para fantasear con las que le gustaría que sucedieran. "Así, entre nosotros, no sabía que estaba haciendo un cómic. Yo no estaba en ese gremio. Ni siquiera sabía de cómics. A mí siempre me gustó Vázquez, no Ibáñez, sino Vázquez, porque hacía las Hermanas Gilda, pero poco más", recuerda Rodrigo que, cuando ya llevaba varias páginas dibujadas, decidió presentárselas a la revista ‘El Víbora’, que rechazó su publicación. Poco tiempo después de esa negativa, Borja Casani le propuso publicar ‘Manuel’ en una revista que estaba a punto de lanzar: ‘La Luna de Madrid’.

Un bofetón a lo establecido

A partir de noviembre de 1983, el trabajo de Rodrigo comenzó a aparecer mensualmente en ‘La Luna’ a razón de cuatro páginas por número. Desde las primeras entregas, ‘Manuel’ fue todo un fenómeno entre los lectores, por abordar el amor entre dos hombres a través de la lírica, la pulcritud y el dibujo academicista.

"Publicar un cómic como ‘Manuel’ a principios de los 80 era un bofetón a la sociedad. Era una historia que nadie se hubiera atrevido a llevar al papel, y mucho menos a publicar, porque esos temas solo estaban en el ‘underground’. Aunque en el ambiente de La Movida no era algo tan extraño, porque había una visibilización del homosexual, imagínate sacar eso del centro de la ciudad y llevarlo a Vallecas. O a Guadalajara, a Ávila o a Soria. Que saliera en ‘La Luna de Madrid’ también era importante porque, si bien era la voz de La Movida, la revista tenía una intención generalista", explica Álvaro Pons, que ve diferencias claras entre ‘Manuel’ de Rodrigo y otros cómics de temática gay como ‘Anarcoma’, de Nazario Luque.

"Aunque gráficamente hay ciertas conexiones, la intención es diferente. Rodrigo hace una historia de amor, mientras que la de Nazario es una representación del mundo homosexual reivindicativa, provocadora y que busca establecer un nuevo discurso. Nazario pega un golpe en la mesa para decir “aquí estamos nosotros”, Rodrigo no. De hecho, la importancia de ‘Manuel’ para el colectivo gay se ha visto a posteriori. El mejor ejemplo de ello es que, igual que de Nazario vas a encontrar muchos artículos, de Rodrigo, si no son inexistentes, los podrás contar con los dedos de una mano. Eso indica que, aunque es una obra que daría para tesis doctoral, es muy poco conocida y ni siquiera se publicó fuera de España".

Rodrigo ratifica el análisis de Pons. Si bien reconoce que "me ha llegado el testimonio de mucha gente que me admira y a la que le ha gustado ‘Manuel’, cosa que respeto y valoro muchísimo", tampoco oculta que "cuando me han querido sacar del agujero con la bandera arcoíris, no me he sentido cómodo. Aunque no podemos olvidar que hace 200 años nos quemaban en la Plaza Mayor por ser quienes somos, no soy militante. Por eso, aunque entiendo el descaro de las propuestas LGTBI, si me preguntas si me gustan, te responderé que no, pero como tampoco me gusta la gente que va a misa", zanja el autor.

Una obra transmedia

La fascinación de Rodrigo por ‘Manuel’ hizo que, además del cómic, el artista decidiera crear una escultura a la que dedicó seis años de trabajo y que se presentó en la segunda edición de ARCO, celebrada en el antiguo palacio de exposiciones de la Castellana en febrero de 1982. Durante el tiempo que permaneció abierta la feria, al ‘stand’ de la galerista de Fefa Seiquer en el que estaba expuesta la escultura, se acercó todo tipo de público. Desde monjas, a familias con niños que le colocaban gorros de papel en la cabeza, sin olvidar una anciana que, mientras observaba la pieza, repetía: "¡Ay!, si lo viera Federico, ¡ay!, si lo viera Federico". El Federico al que se refería en su lamento no era otro que García Lorca y, la anciana en cuestión, la pintora Maruja Mallo.

"Venía todas las tardes a las 15:30 con una silla plegable. Aparecía toda emperifollada, pintada y a mí me parecía un loro —recuerda Rodrigo—. Se sentaba allí y me provocaba mucha curiosidad, hasta que un día me dijeron: “¡Pero si es Maruja Mallo!”. Me lo pasaba genial viendo las reacciones que provocaba la escultura. Solía esconderme para espiar qué hacía la gente con esa pieza que era diferente a las demás, porque no tenía tanto que ver con la Movida como con la imaginería religiosa".

"La escultura le aporta al tebeo una perspectiva totalmente diferente —comenta Álvaro Pons—. Cuando la ves, te das cuenta de que el proyecto es mucho mayor porque, además de una historia de amor, hay una transmedialidad, si quieres llamarlo así, hacia otro objeto artístico. De hecho, creo que es el único caso en el que hay esa relación entre el cómic y la escultura. Además, en las anteriores ediciones de ‘Manuel’, la de ‘La Luna’, la de Ediciones Libertarias y la de Sins Entido, no quedaba tan claro que el cómic estuviera relacionado con la creación de la escultura. Eso solo se ha podido ver ahora gracias a la edición de Cielo Eléctrico".

Después de ser expuesta en ARCO, la escultura de ‘Manuel’ fue adquirida por un coleccionista —a la sazón asesor de la Tate Gallery de Londres— que la llevó consigo a la capital británica, primero, y, posteriormente, a Nueva York, ciudad en la que falleció en 1992. Cuando eso sucedió, la pareja del comprador, consciente del valor emocional de la pieza, decidió devolvérsela a Rodrigo.

La obra llegó a Barajas en un enorme contenedor que permaneció en las instalaciones de la compañía aérea durante varios meses. Para liberarla, la empresa exigía el pago de 600.000 pesetas [3.606 euros] en concepto de gastos de transporte y almacenaje, una cantidad desorbitada para la época y de la que Rodrigo carecía. "Los empleados me decían: 'No va a poder sacarla nunca. ¿Por qué no habla con el jefe de almacén?'. Entonces me llevaron allí, a la oficina, y no se me ocurrió otra cosa que sentarme enfrente del jefe de almacén y contarle todo […]. De pronto se levanta, me abraza, y me dice: 'Llévesela inmediatamente'", recuerda Rodrigo que, hoy en día, tiene la escultura de Manuel a los pies de su cama.

Por su parte, las páginas originales del cómic fueron adquiridas por el IVAM por un precio que no acaba de estar claro. "A mí me pagaron 18.000 euros, pero luego me contaron que, en realidad, el museo había pagado por ellas 60.000", relata Rodrigo, que no se explica ese descuadre de cifras, en caso de que sea cierto.

40 años de amor
Durante varios años, Rodrigo perdió el contacto con Manuel que, por asuntos laborales, se había radicado en Granada. "No supe nada de él hasta la famosa huelga de Sintel, que era la empresa donde entró a trabajar cuando dejó de vivir en Madrid". En 2001, los trabajadores de esa compañía subsidiaria de Telefónica decidieron acampar en la Castellana para defender sus puestos de trabajo y, durante 187 días, convivieron, cocinaron y durmieron en los jardines que se extienden desde la plaza de Cuzco al estadio Santiago Bernabéu.

"Un día, escuchando la cadena SER, oigo: 'Ahora vamos a hablar desde el campamento de Sintel, con el turuta Manolico de Granada, y no sé qué…'. Yo estaba trabajando en una pieza […] y me quedé así… Reconocí su voz, no le había cambiado. Entonces, cuando lo escuché, me dije: 'Mañana voy a verlo'", recuerda Rodrigo que, a la mañana siguiente, se arregló, cogió el autobús número 27 y llegó hasta el campamento, donde preguntó por Manuel que, nada más verlo, le reconoció.

Los amigos se pusieron al día de lo sucedido en esas dos décadas y, antes de despedirse, Rodrigo le soltó una frase que hubiera extrañado a cualquiera que conociera el cómic: "Manuel, antes de morir, tenemos que echar un polvo". A pesar de que durante años los lectores habían pensado que Manuel y Rodrigo habían mantenido relaciones sexuales, ha tenido que ser la edición de Cielo Eléctrico la que, de nuevo, explique que su relación no pasó de la amistad y el platonismo.

"Cuando se publicaba en ‘La Luna’, la gente me paraba en los bares y me decía que a ver cuándo se iban a acostar los personajes. Al final, accedí a incluir esa escena porque era lo que tocaba, pero, aún así, está todo contado como si fuera una especie de ensoñación", relata Rodrigo que, a pesar del éxito de ‘Manuel’, nunca pensó en continuar la historia. "No, jamás lo haré. Luis Gasca, el crítico de cómics que era muy simpático, me decía: 'Tienes que hacer que Manuel coja el SIDA', pero yo nunca hubiera hecho eso. En realidad, nunca más haré un cómic en mi vida".

Desde que se reencontraron allá por 2001, Rodrigo y Manuel han seguido en contacto. Cada 1 de enero, por ejemplo, se llaman con motivo del cumpleaños del segundo. Aunque hace pocas semanas que han hablado, ninguno de los dos ha hecho referencia a la reedición del cómic. "Manuel no ha dicho nada. Ahora está jubilado, cuida de su mujer, tiene nietos, se retrata con ellos, como cualquier otra persona. No sé cómo le aterrizan este tipo de historias", explica Rodrigo con ese pudor del que tampoco se atreve a preguntar.

miércoles, 24 de febrero de 2021

#hemeroteca #gais #testimonios | Tennessee Williams, el genio que vivió a la sombra de la locura y tuvo una muerte absurda

Imagen: La Nación / Anna Magnani y Tennessee Williams, 1960

Tennessee Williams, el genio que vivió a la sombra de la locura y tuvo una muerte absurda.

La Nación, 2021-02-24

https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/tennessee-williams-el-dramaturgo-que-vivio-a-la-sombra-de-la-locura-y-tuvo-una-muerte-absurda-nid24022021/

Se cumplen 28 años de la muerte del gran dramaturgo norteamericano Tennessee Williams. Una muerte ridícula para un genio que aportó como nadie a la cultura universal.

El 25 de febrero de 1983, un trabajador del hotel Elysée de Nueva York lo encontró tirado en el piso de su habitación, ya sin vida. El informe forense reveló que, por esas desgracias del azar, Williams, de 71 años, murió asfixiado con el tapón de un envase de gotas para los ojos que, al parecer, intentó abrir con los dientes.

Se llamaba Thomas Lanier Williams III aunque todos lo conozcan como Tennessee, la nueva identidad que adoptó para olvidar su infancia y su juventud marcadas por un padre alcohólico y violento, una madre ama de casa sumisa y abnegada y por la enfermedad psiquiátrica –esquizofrenia- de su hermana Rose, a quien adoraba. El biógrafo de Williams, Lyle Leverich, escribió que sus dos devociones eran “su carrera como escritor y su hermana Rose”.

Nacido el 26 de marzo de 1911 en Columbus, Mississippi, toda su obra estuvo marcada, justamente, por la violencia masculina y por la locura tal como se puede desentrañar de su drama más emblemático y exitoso, ‘Un tranvía llamado deseo’, por el que Williams entró en las grandes ligas del teatro y también del cine de la época.

Junto con el ambiente opresivo de su hogar, durante la infancia Tennessee contrajo difteria, una enfermedad que no solo lo dejó en cama durante casi un año sino que también explica la pequeña contextura física de la que luego su padre se burlaría tratándolo como “menos hombre” y contribuyendo al rechazo conjunto de la sociedad hacia su homosexualidad. Pero a pesar de ser un período difícil, Williams pudo superarlo con la escritura gracias a una máquina de escribir que le regaló su madre. A los 16 años, fue reconocido con el tercer puesto en un concurso de ensayos que tenía como premisa escribir sobre si una buena esposa podía ser una buena amiga. Los cinco dólares de premio le valieron a Williams para seguir alimentando su pasión y así abrir una puerta de escape a la vida pueblerina a la que parecía estar destinado.

Alentado por su evidente talento para la escritura, en 1929, Williams comenzó a estudiar periodismo en la Universidad de Missouri. Inclinado hacia la literatura, durante dos años escribió poesía, cuentos, ensayos y sus primeras piezas teatrales. Sin embargo, su padre nuevamente entró en escena y en 1931 lo obligó a abandonar la universidad y lo llevó a la fábrica de zapatos donde él trabajaba para que ocupara su tiempo en cuestiones “de hombre”.

Sin perder la esperanza de un futuro distinto, Williams se propuso escribir un texto completo por semana para mantenerse activo. El rechazo de su padre hacia sus inquietudes artísticas y la frustración de no poder dedicarse a lo que era su vocación provocaron que a los 24 años sufriera un colapso nervioso por el que estuvo hospitalizado durante un tiempo. Al regresar al hogar, se encontró con que el estado mental de su hermana Rose había empeorado significativamente. Frente a este panorama sombrío, Williams abandonó su casa con la firme convicción de no regresar y evitar así la sombra de la enfermedad mental que cubría a su familia.

A mediados de los años treinta, su hermana fue internada por tiempo indefinido en un psiquiátrico donde recibió terapia de electroshock y finalmente fue sometida a una lobotomía. Preocupado por ofrecerle una vida digna, durante ese período Williams puso todos los medios para vivir de la escritura y así poder pagar los costos hospitalarios. En 1938 terminó sus estudios de Filosofía y Letras y se trasladó a Nueva York.

De una forma u otra, toda su obra quedó marcada por la tragedia de Rose. ‘El largo adiós’, escrita en 1940, es la más evidente: cuenta la historia de un joven escritor que se aleja de una hermana delirante. Cuatro años más tarde, la Metro Goldwyn Mayer lo contrató como escritor con un sueldo de 250 dólares por semana durante seis meses. Durante ese tiempo, escribió su primer éxito de Broadway: una obra completamente autobiográfica llamada ‘El zoo de cristal’ por la que recibió las mejores críticas de la prensa neoyorquina. Pero no fue hasta 1947 que alcanzó la gloria con el estreno de ‘Un tranvía llamado deseo’, que no solo lo llevó a su máximo apogeo sino que le permitió cumplir su deseo más ferviente: el poder hacerse cargo por completo de la salud de su hermana. Con temas autobiográficos también, Tennessee declaró que “si la escritura es honesta no puede ir separada del hombre que la ha escrito”. La obra ganó dos premios Tony y un Pulitzer.

Lo que vino después fue una década de genialidad durante la que estrenó siete obras: ‘Summer and Smoke’ (1948), ‘La rosa tatuada’ (‘The Rose Tattoo’, 1951), ‘Camino Real’ (1953), ‘La gata sobre el tejado caliente’ (‘Cat on a Hot Tin Roof’, 1955), ‘La caída de Orfeo’ (‘Orpheus Descending’, 1957), ‘Garden District’ (1958) y ‘Dulce Pájaro de Juventud’ (‘Sweet Bird of Youth’, 1959). Además, ganó otros dos premios Pulitzer, tres premios del Círculo de Críticos Dramáticos de Nueva York y un Tony. Muchas de sus obras llegaron al cine.

Williams vivió una existencia amable tan solo durante veinte años de su vida. El vacío y la tristeza se intensificaron después de la muerte de su pareja, el actor Frank Merlo, lo que incrementó la depresión ya existente – a la sombra de la locura familiar- que lo llevó a incrementar su adicción al alcohol y a consumir sustancias prohibidas.

A partir de los sesenta, su trabajo no destelló como antes. Si bien presentó siete nuevas obras dramáticas, todas recibieron malas críticas. Su último estreno duró cuarenta funciones en un teatro mediano de Chicago. Sucedió en 1982 cuando, dicen, dejó de escribir. Un año después murió asfixiado solo en una habitación de hotel. Nunca dejó de visitar a su hermana que murió en 1996.

miércoles, 3 de febrero de 2021

#hemeroteca #gais #memoria | Ocaña, un mito cultural contestatario y exhibicionista

Ocaña, un mito cultural contestatario y exhibicionista.

José Pérez Ocaña, icono de la resistencia antifranquista, era un culo inquieto. Desplegaba con encanto sus dotes de «homosexual estrafalario que pintaba cuadros» aunque, a veces, su obra quedaba eclipsada por su histrionismo.
Álex Ander | Pikara, 2021-02-03
https://www.pikaramagazine.com/2021/02/ocana-el-contestatario-y-exhibicionista-mito-cultural/ 

Esté donde esté, el artista plástico y ‘performer’ Ocaña debió liarla parda tras escuchar que el Pleno del Ayuntamiento de Sevilla había aprobado dedicarle una calle. Un reconocimiento merecidísimo porque el andaluz, icono de resistencia de la dictadura franquista, fue siempre un gran embajador de su tierra a pesar de lo regular que muchos se lo hicieron pasar en su pueblo natal.

José Pérez Ocaña nació en el sevillano municipio de Cantillana en marzo de 1947 y tuvo la mala fortuna de verse obligado a crecer en la España rural en los duros años de la posguerra. Es obvio que la sociedad heteronormativa y de valores pacatos que le rodeaba no casaba bien con sus ademanes femeninos y su gran creatividad. «Desde que tenía como cinco años, estaba siempre dibujando», recuerda Jesús, su hermano mellizo. «Nuestro maestro en la escuela, como muchos maestros de la época, le pegaba una hostia a Ocaña cuando se ponía a dibujar en vez de estar escuchando lo que él le decía. La primera vez, yo igual me contenía, pero ya la segunda mandaba a tomar por culo al maestro, y entonces el hombre salía detrás de los dos. Eso era así casi a diario».

Algunos vecinos de Cantillana se burlaban habitualmente de Ocaña. De niño solía hacer el amor con amiguitos suyos en algún pajar del pueblo y perdió a su padre siendo un crío. «Mi pueblo era entonces rico en algodón y mi hermano, con diez años o así, solía salir a cogerlo. Los campesinos se metían con él y entonces Ocaña [a modo de venganza] se meaba en las garrafas de agua que ellos tenían para beber cuando daban de mano», explica Jesús. Así se las gastaba aquel muchacho tímido y sensible que adoraba a los niños y se comportaba habitualmente con bastante madurez. «En mi pueblo había un cura que era un elemento y que abusaba de los niños. Una vez, con quince años, Ocaña cogió a ese cura y le dijo ‘Si yo me entero que vuelves a abusar de un niño, vas a ver lo que es bueno’. Y ya entonces se acabó aquello», recuerda nítidamente su hermano.

Lo cierto es que Ocaña lidió como pudo con aquella incomprensión y con la educación represiva que presidía entonces su vida pueblerina. Sin embargo, tras hacer la mili en Madrid, cogió un día sus bártulos y huyó de Cantillana con destino a Barcelona, donde ya se había instalado su hermano Jesús. Allí, como muchos otros jóvenes españoles de la época, se topó con una ciudad relativamente moderna que, al menos para él, supuso un auténtico oasis de libertad donde poder desarrollarse plenamente como persona y artista. «Desde 1972 hasta 1976, estuvo pintando con brocha gorda, y ganaba mucho dinero. Una parte se la mandaba a mi madre y el resto se lo quedaba él para sobrevivir”.

Ocaña vivió durante años en una pequeña buhardilla que alquiló en la Plaza Real, en el llamado Barrio Gótico, donde tenía un altar con una imagen de la Virgen de la Asunción llena de flores en el balcón. Por otro lado, ya prácticamente desde que aterrizó en la Ciudad Condal se puso a pintar cuadros sin parar. Empezó pintando paisajes, escenas costumbristas y vírgenes sevillanas, trasladando a menudo a sus coloridos lienzos los fetiches de la religión andaluza. Al poco, fue también incorporando a su repertorio imágenes de todos aquellos personajes que conformaban la escena marginal barcelonesa que empezaba a observar a diario.

Un día de diciembre de 1975, para darse a conocer, Ocaña se encasquetó un traje de ángel, colocó un lienzo frente al Liceo y se puso a pintar. Se pueden imaginar que no pasó mucho tiempo antes de que el 'showman' se convirtiera en un personaje esencial de la escena underground barcelonesa. Su buen amigo el dibujante de cómic Nazario recuerda sus llamativas performances callejeras y ha sido incapaz de olvidar sus duros enfrentamientos con la policía franquista de la época. Cuenta que, en una ocasión, para celebrar una verbena de San Miguel, Ocaña y él salieron del brazo y travestidos camino del lugar donde se celebraba la juerga. Como aún no había público, decidieron darse una vuelta por la zona de las Ramblas y el Café de la Ópera, cuya terraza —según Nazario— estaba «siempre llena de maricones, intelectuales y artistas». Aquel día actuaba de señorita de compañía, mientras que su amigo improvisaba o recitaba poemas de García Lorca, consiguiendo atraer rápidamente la atención de los allí presentes: «De pronto, [Ocaña] me pegó un fuerte tirón del brazo diciéndome ‘¡Nena, la Urbana!, e hizo amago de quitarse de en medio. Yo sentí que me cogían del brazo y me pedían que lo acompañara. Era un guardia urbano y cuando otro quiso hacer lo mismo con Ocaña, él huyó Rambla abajo perseguido por otros urbanos. A mí me metieron en el coche que tenían por allí aparcado y, poco después, trajeron a rastras a Ocaña, que se resistía gritando. Lo esposaron y lo metieron en el mismo coche donde yo estaba».

Puñetazos y patadas
La Guardia Urbana los condujo entonces hasta la comisaría y los metió en una celda. «Al rato», continúa explicando Nazario, «trajeron a dos más que nos contaron cómo todo el público que había en la terraza de la Ópera y alrededores había comenzado a tirar botellas, sillas y mesas a los otros coches de la Urbana cuando vieron que nos llevaban detenidos. Pronto, lo que llamaron motín, se había convertido en una pelea cuerpo a cuerpo con los policías. No tardó en irrumpir en la celda un grupo de guardias que se calzaban guantes de cuero y comenzaron a ensañarse con nosotros dándonos puñetazos y patadas. Su blanco favorito fue Ocaña, al que no habían quitado las esposas, como si hubiera sido el causante de la revuelta. Nos dejaron maltrechos tirados por los suelos, doloridos y cagados de miedo. Poco después, se nos saltaron las lágrimas a todos cuando se comenzaron a oír los gritos de una manifestación que pedía la libertad de Ocaña, Nazario y José [otro chico detenido, al que llamaban Osito]. Pasaron debajo de la ventana de la celda en donde estábamos encerrados. Luego nos enteraríamos que la manifestación se había formado espontáneamente por el público que estaba en la Ópera, al que se habían añadido muchos maricones y travestis que hacían la carrera por Santa Mónica. Casi de madrugada, nos condujeron a la célebre comisaría de Vía Layetana, en donde la policía nos fichó y nos encerró en un calabozo con otros presos. Poco después, volvieron y nos cogieron a Ocaña y a mí y nos metieron en otra celda. Por la mañana, nos llevaron al Palacio de Justicia, donde el hermano de Ocaña nos trajo ropa de ‘paisano’. Decían que había un motín en la cárcel Modelo, por lo que retrasaron nuestro traslado. Cuando llegamos a la galería, tenían a todo el mundo encerrado en sus celdas y aún se podía oler la peste de las colchonetas que habían quemado. Allí estuvimos tres interminables días. No sabíamos que serían tres. Fuimos juzgados por ataque a la autoridad y condenados. Por ahí conservo la sentencia».

A pesar de que los palos y las detenciones se convertirían en el pan suyo de cada día, Ocaña fue siempre un tipo contestatario y provocador que defendía a través de sus performances los derechos de las personas homosexuales, en una época en la que hacerlo era más que atrevido. «La desinhibición y absoluta falta de prejuicios de las que gozaba Ocaña no sólo se hacían patentes en sus 'shows', performances y esos escandalillos que tanto le gustaban, sino también en sus relaciones con la gente. Quiso y respetó (y fue querido y respetado, por ende) tanto al íntegro y prestigioso abogado comunista Josep Solé-Barberà, quien le sacó de más de un apuro legal, como a María de las Ramblas, una deslenguada, vivaracha y desdentada exprostituta a quien mimó y protegió todo lo que pudo, que fue mucho”, explica el artista y guionista de cómics José Miguel González Marcén, más conocido por su alias Onliyú.

El madrileño comenta que Ocaña participó con entusiasmo en las Jornadas Libertarias celebradas en Barcelona en julio de 1977. La celebración de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura franquista, apenas unas semanas antes del mencionado acontecimiento, creó un dilema al sevillano, que no tenía claro si realmente merecía la pena votar o no. “Nadie del entorno de Ocaña habíamos votado”, explica Onliyú. “Algunos procedíamos de lo que llamábamos la extrema izquierda (que considerábamos que lo de votar no hacía sino perpetuar el poder de la burguesía); otros, se tenían por anarquistas de pro (que no iban a votar nunca porque el poder era asambleario); y, unos terceros, no se habían enterado de que había habido elecciones. Entre estos últimos se hallaba Ocaña, que estaba en otras cosas el día ese. Pero a él eso de votar le parecía bien, estaba en un sinvivir y no entendía por qué estábamos tan en contra. A pesar de que confundiera UCD, bien con una marca de galletas, bien con el acrónimo de alguna cadena de televisión extranjera que seguro le iba a entrevistar cualquier día, seguía pensando que eso de la democracia estaba bien”. En este sentido, Nazario también apunta que el comportamiento «descaradamente homosexual, su travestismo y su cohorte de maricones y chulos conformaban una especie de militancia gay que estaba muy lejos de proponerse. Ninguno de nosotros pensamos jamás militar en el recién nacido FHAR [Frente homosexual de acción revolucionaria], teniendo muchos amigos que sí lo habían hecho, como tampoco se nos ocurrió militar en la CNT, aunque todos nos considerábamos libertarios».

Activismo político a un lado, también resulta evidente que Ocaña fue ignorado por buena parte de la crítica y el público durante años. Con el tiempo, sin embargo, su trabajo fue despertando el interés de varios galeristas, quienes le dieron la oportunidad de exponer algunas de sus obras y propiciaron un sustancial aumento de sus ingresos. «Ocaña estaba convencido de que, para vender su obra, primero tenía que ser conocido por la sociedad a la que pretendía vendérsela», explica Nazario. «Utilizó su histrionismo, su gracejo andaluz, sus ocurrencias y su versatilidad como hombre/espectáculo, para atraerse al público de su entorno, en general (público de las Ramblas, del mercado de la Boquería, del Café de la Ópera), y a ese público a cuyas fiestas era invitado, como si de un cuadro flamenco se tratara, para amenizarlas. Allí desplegaba sus dotes de homosexual estrafalario que pintaba cuadros. Algunos de aquellos ‘burgueses’ de la zona alta de la ciudad mostraban curiosidad por conocer la obra de aquel sevillano tan divertido; acudían a su casa para conocer de cerca la guarida del artista y, de camino, el artista los enredaba para que adquirieran alguna de sus obras. Para cuando hace su gran exposición en la galería Mec-Mec, ya los medios, algunos artistas y parte de aquella burguesía a la que había pretendido engatusar, acudieron en tropel para contemplar la exposición como si de una performance se hubiera tratado».

El histrionismo de Ocaña
La espera había merecido la pena para el de Cantillana, que acabó mostrando sus singulares cuadros en galerías de distintas ciudades españolas, aunque obtuvo su mayor éxito de público —más de sesenta mil visitas— con la exposición ‘La primavera’, patrocinada por el Ayuntamiento de Barcelona y exhibida en la capilla del Hospital de la Santa Cruz. Según Nazario, Ocaña sostenía la teoría de que «no sólo su extravagancia atraería a los espectadores/posibles compradores, sino el envoltorio con que procuraba mostrar su obra». Y fue esto lo que le llevó a incluir con frecuencia en sus creaciones «referencias andaluzas en forma de angelotes y viejas realizados en papel maché y pintados, cruces de mayo, velatorios, farolillos y una tal cantidad de flores y oropeles que atiborraban la galería y entorpecían la visión de lo que realmente deseaba que fuera visto: su obra». En otras palabras, su trabajo quedaba muchas veces eclipsado por su histrionismo. «Así, las cámaras solo tenían ojos para retratar sus disfraces, sus bailes, sus cantes, sus muñecos y sus decorados como si aquellos fueran realmente su obra artística (que lo eran) y no sus pinturas».

Los amigos de Ocaña comentan también que el sevillano no tenía horario para trabajar. «Era incansable, y a veces llegaba por la mañana a casa mostrando lo que había pintado la noche anterior», afirma Nazario. «Una mañana, se presentó con la cabeza de un angelito que había modelado con su propia mierda (a la que luego había dado varias capas de barniz para disimular el olor). Podía pintar con la cama repleta de chulos; con el gato arañando el lienzo; vestida con un roquete de monaguillo; con el disco de Lole y Manuel o de Édith Piaf a toda pastilla, o con la comida pegándose en la cocina. Su gracia, sus bromas y socarronería atraía a los hombres que, en muchas ocasiones, se dejaban trajinar cayendo en sus redes. Decía que ligaba más por pesada que por sus encantos. Pero no era verdad: sus encantos hacían que los chulos no solo no le cobrasen, sino que, enviados a hacerle favores a alguna amiga ‘intelectual’ rica, volvían con el dinero conseguido y lo invitaban a comer en un restaurante».

Nunca le faltaron los amoríos a Ocaña. Aunque, tal y como señaló en alguna que otra entrevista el propio artista, las relaciones de pareja monógamas no estaban hechas para un espíritu libre como él. «Siempre estoy libre. Las relaciones de dependencia son muy enajenantes. Odio el contubernio. Mis amores son de semanas o meses. Soy totalmente infiel», dijo una vez a un periodista. Era un culo inquieto y atrevido que siempre estuvo buscando crecer personal y profesionalmente. Por eso, aceptó encantado la oferta de la revista ‘Party’ para posar desnudo en sus páginas interiores. O esa otra del barcelonés Ventura Pons, que le propuso protagonizar ‘Ocaña, retrato intermitente’ (1978), un documental de culto —que fue seleccionado en el Festival de Cannes— donde el director de cine mostraría la realidad de la Barcelona de la transición, al mismo tiempo que daría a conocer al público a la persona detrás del transgresor artista, y otorgaría visibilidad a cuestiones como la identidad queer, el travestismo o la hipocresía burguesa. “De que Ocaña era ambicioso no cabe la menor duda”, apunta Onliyú. “Él mismo contaba a quien quisiera oírle que se proponía ser ‘la reina más reina de todas las reinas’, quiera decir eso lo que sea. Le encantaba que le fotografiaran, que le adularan y hasta que le veneraran. Pero había, como si dijéramos, una cierta ciclotimia en su ambición. Y, a veces, le daba todo lo mismo”.

Y como todo en la historia del genuino Ocaña ha de ser espectacular, cabe señalar que ya solo el episodio de su temprana muerte daría para una película tragicómica. En el verano de 1983, el artista regresó a su pueblo para descansar unos días. Estando allí, se animó a participar en un desfile infantil organizado por la Asociación de la Semana de la Juventud. Ocaña apareció en el evento disfrazado de sol, con un elaborado vestido de papel y tela que él mismo había fabricado. Ya al final del recorrido, las bengalas que adornaban el disfraz se incendiaron accidentalmente y prendieron el traje, causándole quemaduras de primer y segundo grado. «Los tratamientos para curar las quemaduras no tuvieron en cuenta la fragilidad del hígado a consecuencia de la hepatitis [que había tenido] (él no dijo nada y los médicos no lo descubrieron), por lo que se sucedieron las complicaciones, muriendo a los pocos días en el hospital [García Morato] de Sevilla», apostilla Nazario. «El fotógrafo que había hecho un seguimiento de la comitiva que había recorrido el pueblo con chicos disfrazados con gigantes y cabezudos, al visitar a Ocaña, que estaba en su casa a la espera de que llegara una ambulancia que lo condujera al hospital de Sevilla, fue increpado por el artista mitómano diciéndole: ‘¿Me has hecho fotos cuando estaba ardiendo?’. El chico le respondió que había tirado la cámara y había corrido a auxiliarle. La gran diva, frustrada, respondió: ‘Pues chico, ¡te has perdido la foto de tu vida!’. Ella debió querer decir ‘de nuestras vidas’ pero, discretamente, omitió el plural».

domingo, 8 de marzo de 2020

#hemeroteca #musica #memoria | Las Vulpes, 37 años después: la autora de 'Me gusta ser una zorra' recuerda cómo una canción hizo temblar al país

Imagen: El País / Parte de las integrantes de 'Las Vulpes'
Las Vulpes, 37 años después: la autora de 'Me gusta ser una zorra' recuerda cómo una canción hizo temblar al país.
La guitarrista y autora de la canción 'Me gusta ser una zorra' rememora para ICON la polémica suscitada por su actuación en TVE en 1983, cuando hablar públicamente de la libertad sexual y el placer de la mujeres era un escándalo nacional.
Jaime Lorite | Icon, El País, 2020-03-08
https://elpais.com/elpais/2020/03/06/icon/1583482433_220535.html

El sábado 23 de abril de 1983, cuatro adolescentes actúan bajo el rótulo “Las Vulpess” en el programa musical ‘Caja de ritmos’, de Televisión Española. La canción que interpretan se llama ‘Me gusta ser una zorra’ y es una traducción (muy) libre de 'I wanna be your dog', de The Stooges. Por si el título no fuese lo suficientemente descriptivo, la letra proclama las militantes preferencias de una mujer por el placer carnal antes que por los cuentos del amor romántico. El tema se emite sin censura pasado el mediodía, después de que ellas rechazaran la petición de modificar su contenido. También sin pitidos en las palabras malsonantes, a pesar de que inicialmente se les había transmitido lo contrario.

Las consecuencias: ninguna, en principio. Hasta que, cuatro días después, el diario ABC dedica al incidente una página, firmada en nombre del periódico, con el título "Ya basta". En ella, se reproduce la letra de la canción de forma íntegra y se acusa al ente público de haber “transgredido ampliamente los límites constitucionales” por dar espacio a un mensaje que “degrada a la sociedad española, subleva al padre de familia, indigna al ciudadano responsable, quebranta la intimidad del hogar” y que vincula “al submundo de la patología sexual”, hasta llegar a aseverar: “Sin duda, hay campañas en marcha de descristianización de la sociedad y corrupción de la juventud”. La fantasía definitiva de un grupo punk, en resumen.

El programa se cancela. El fiscal de la Audiencia Territorial de Madrid interpone una querella por escándalo público contra Carlos Tena, conductor de ‘Caja de ritmos’, Loles Vázquez –alias Anarkoma Zorrita–, autora de la letra, y Mamen Rodrigo –Evelyn Zorrita–, cantante. Tres años después, el caso es sobreseído. Y casi cuatro décadas después, la compositora y guitarrista Loles Vázquez (55 años, Bilbao), hoy auxiliar de enfermería, recuerda en ICON cómo cuatro jóvenes vivieron, en primera fila, una lucha política que acabó en la tribuna del Congreso de los Diputados.

¿Por qué cree que causó tanto escándalo la emisión de ‘Me gusta ser una zorra’: por el momento político, por el lenguaje o, sencillamente, por machismo?
Por machismo está claro, pero sobre todo fue una cosa política. Querían atacar al PSOE, que en ese momento estaba en el gobierno, y a Televisión Española. No hubo escándalo hasta que ABC transcribió la letra en el periódico, porque con el sonido en directo no se había entendido bien. Estuvo claro. Saltó incluso al hemiciclo.

¿Imaginaban que podría pasar algo así antes de grabar la canción?
Esperábamos alguna reacción, pero nada fuera de lo común. Alguna carta de un grupo católico, alguna asociación o algo así. Lo de siempre. No aquel montaje grande. Cuando grabamos la canción, nos dijeron que las palabrotas iban a salir censuradas con un pitido. Y luego no se censuró. A nosotras, como somos del norte, la única palabra que nos parecía fuerte era “cabrón”. Si te pones, también puede parecer fuerte lo de “meter un pico en la polla”, pero vamos... Por eso, al final supongo que decidieron no censurar. Atacaron diciendo que era un espacio infantil, pero realmente era más juvenil, cerca de la una del mediodía. Como digo, no hubo escándalo hasta que lo armó ABC.

¿Y cómo experimentan cuatro adolescentes punkis de Bilbao una polémica nacional?

Me acuerdo de mi padre llamándome y diciendo “¡La que habéis liado!”. Después de lo de ABC, nos llamaban de las radios y de todos los medios. Nos vino muy grande. Pero no solo fue eso. Aquí en Madrid tuvimos que grabar [el sencillo con los temas ‘Me gusta ser una zorra’ e ‘Inkisición’] a todo correr, la discográfica nos engañó, nunca cobramos un ‘royalty’. Nos timaron completamente. Nos prometían una gira, nos daban fechas de conciertos, pero llegábamos a las discotecas donde teníamos que tocar y estaban cerradas o en obras. No podíamos actuar. Pero a la vez teníamos miedo de incumplir el contrato, por si encima teníamos que acabar pagando nosotras. En otros sitios conseguíamos actuar, pero venían autobuses llenos de fachas y nos tiraban botellas. Por eso nos acabamos separando al poco tiempo.

¿Se sintieron apoyadas, al menos, dentro del entorno del punk o en el País Vasco?
Hay que tener en cuenta la época. Es verdad que luego surgieron grupos vascos como La Polla Records, Cicatriz o Kortatu, pero nosotras fuimos la avanzadilla. No había escena aún. Escena como tal había en Madrid, pero estaba terminando. Así que no pudimos tener apoyo. Y de otros grupos punkis tampoco. A Eskorbuto en una entrevista les preguntaron por nosotras y dijeron, como con sorna, que todo lo que tocábamos se convertía en oro, daban a entender que éramos unas vendidas, que ganábamos dinero y por eso no éramos auténticas. Creo que fuimos un poco primerizas. Si hubiéramos surgido un poco más tarde, con el rock ‘radikal’ vasco, podría haber sido diferente. Pero no nos miraba bien nadie. Para los de Herri Batasuna también representábamos el capitalismo, el americanismo, lo anglosajón. Los partidos vascos, incluido el PNV, no querían rock en sus fiestas. Para ellos era algo de fuera.

En los últimos años, varios artistas han ido a juicio por el contenido de sus canciones. ¿Podrían Las Vulpes haber corrido la misma suerte hoy?
No hemos cambiado tanto. La falta de democracia que había entonces todavía continúa, aunque no sea al mismo nivel. A nosotras nos pasó lo mismo después en Radio Nacional de España, que emitió un fragmento de una actuación nuestra en el Rockola. Teníamos una canción criticando a la Policía, en la misma línea del rock ‘radikal’ vasco que vino después de nosotras, porque era lo que vivíamos socialmente. Y tiraron también el programa donde se emitió. Ahora seguimos muy al quite de lo que dicen los actores y los cantantes, la libertad de expresión está todavía amenazada. Hay que seguir teniendo mucho cuidado.

¿Qué le parece que la canción sea escuchada hoy como un himno feminista?
Es curioso, porque nosotras nunca nos consideramos abanderadas del feminismo. Recuerdo que, por aquella época, nos entrevistaron de una revista de mujeres y nos pusieron verdes. No estaban de moda los leggins, como ahora, pero nosotras nos comprábamos medias, las rompíamos, llevábamos minifaldas... Y claro, nos ponían de putas para arriba, decían que íbamos provocando. A nosotras no nos parecía que estuviéramos reivindicando nada. Hay que decir que yo tenía 15 años cuando empezamos el grupo y 17 o 18 cuando salí. Solo éramos amigas, de la misma cuadrilla que los de Eskorbuto o los de Zarama, y queríamos tener también nuestro propio grupo. No pretendíamos nada. Era nuestra vida, lo pasábamos bien, nos gustaba el rock, pasar el rato en el local de ensayo e ir a conciertos. Sin más.

La canción tomaba como base ‘I wanna be your dog’, de The Stooges. ¿Era por algo en concreto?
Iggy Pop [exlíder de The Stooges] era mi ídolo, tenía dos posters suyos en mi cuarto. Cogimos ‘I wanna be your dog’ porque era una canción sencilla. Nosotras no éramos habilidosas, estábamos empezando. El estribillo estaba claro. Si Iggy Pop decía “quiero ser tu perro”, pues nosotras teníamos que ser “zorras”. Escribí la letra pensando en las relaciones, en esos chicos que te vienen diciendo que te quieren mucho el primer día que te ven. Nosotras los mandábamos a la porra. A los que te venían con que tenían mucho dinero porque eran ejecutivos, pues también a la mierda. En general, a todos los que te venían de primeras hablando de amor.

¿Y qué tenían contra Lou Reed para querer meterle “un pico en la polla”?

La frase [“Quiero meter un pico en la polla / A un cerdo carroza llamado Lou Reed”] era por una entrevista a Lou Reed que había leído, donde le preguntaban por Johnny Rotten [el pseudónimo de John Lydon, cantante de Sex Pistols] y él respondía: “A ese maricón yo le metería un pico en la polla”. Ya está. No había más.

¿Le sorprende que la canción siga siendo tan famosa?
Pues sí. Yo recuerdo que ya había desconectado completamente de la música, y que pensaba que lo nuestro era algo de lo que nadie se acordaba, cuando de repente me encontré en internet con todos esos artículos, con gente que decía que había crecido escuchándonos, jóvenes que hablaban de la canción... Me sorprendió mucho.

¿Por qué desconectó de la música?
Por mi vida personal. Había dejado de tocar y de componer porque no me hacía ningún bien. Todo lo que componía era triste, muy tétrico, así que era mejor para mí estar apartada.

¿No tuvo actividad fuera de Vulpes?
Poca cosa. Me fui a Barcelona a vivir un tiempo y estuve con gente de teatro. También formamos un grupo llamado Aves de Rap-iña, de rap. Ahora quiero escribir mis memorias, estoy en ello. Y ni me planteo salir a la carretera otra vez, estoy retirada.

En 2003 dieron varios conciertos y, tres años después, publicaron un disco largo. ¿Cuál fue el motivo de esa reunión y por qué no tuvo continuidad?
La reunión fue por el aniversario de la muerte de mi hermana [Lupe Vázquez, Pigüy Zorrita], que había sido nuestra batería. Se cumplían diez años. Aparte, nos sentíamos mal por no haber llegado a hacer nunca el disco, nos separamos apenas 15 días antes de cuando teníamos que grabarlo. Queríamos demostrar que no éramos un grupo de una sola canción, que habíamos hecho más que ‘Me gusta ser una zorra’. Queríamos ser algo más. Luego, cuando tocaba salir a defender el disco, me quedé embarazada. Cosas que pasan. Con las ansias de escenario me planteaba montar una nueva banda, pero había que hacer crecer a ese niño y luego llegó la crisis. Yo había trabajado siempre en hostelería, ya que estudié una carrera de Técnico de Empresas y Actividades Turísticas por la Universidad de Deusto, pero a mi vuelta a Euskadi tuve que reinventarme estudiando Auxiliar de Enfermería para entrar en el mercado laboral de nuevo. En este país no se vive del ‘rock & roll’.

En ese disco hay algunas canciones como ‘Punkis de plástico’ o ‘Deja tu sitio’ que son muy críticas con la escena. ¿Estaban defraudadas por la evolución de toda esa música emergente de los ochenta en País Vasco y Madrid?
Creo que todos los de ambas escenas hemos seguido en paralelo a lo que éramos entonces. Para nosotros, los de Madrid no eran punkis. En Euskadi estábamos viviendo las cargas policiales, ibas a cualquier sitio y tenías que protegerte. También estábamos viviendo a ETA. En Madrid estaban de fiesta, eran hijos de gente del cine que no tenían problema para llegar a fin de mes. Nuestras vidas eran totalmente diferentes. Los de la Movida Madrileña nos parecían pijos que se querían divertir. Y estuvieron bien en su momento, en la Transición. Pero no crecimos igual, no podíamos identificarnos con ellos. Para nosotros el punk era lo que se hacía en Londres, no esa cosa como de colorines de Madrid, que no la entendíamos. Nos parecía que tenían facilidades para todo. De todas formas, nosotras cuando veníamos a Madrid no nos juntábamos con ellos, sino con gente que estaba más en la tercera fila de la Movida. Gente, por ejemplo, de sitios como Vallecas. Había un movimiento en Madrid que no era tan cercano a la televisión, ni a todo ese colorismo.

¿Sigue teniendo contacto con Mamen Rodrigo [Evelyn Zorrita, cantante] y Begoña Astigarraga [Ruth Zorrita, bajista]?
Desgraciadamente vivimos en diferentes pueblos de Euskal Herria y nos vemos solo en homenajes. Begoña, después de ser madre, estudió Periodismo y hoy escribe para el diario Deia. Y Mamen continuó en la música con el grupo Puro Chile, pero también es madre de dos hijos y lo tiene más como ‘hobbie’ que como algo profesional. Sacó unas oposiciones en Correos.

¿Cree que hay grupos de mujeres que, en cierta manera, hayan recogido el testigo de las Vulpes, con mensajes también desafiantes?
Sí, ahora hay más. En aquella época desgraciadamente éramos la excepción, no se formaban grupos así salvo que algún productor buscase cuatro chicas para algo puntual. Después ha habido más facilidad, también porque ha llegado más música, se ha podido acceder a más grupos de fuera. Por eso las mujeres se empezaron a animar más a ir a conciertos y a formar sus propios grupos. De todas formas, mi intención al principio no era hacer una banda de chicas exclusivamente, pero no me quedó otra ya que mis hermanos eran mayores que yo y no me tomaban en serio para tocar con ellos en M.C.D. [sus hermanos Niko Vázquez y Bernar Vázquez son, respectivamente, bajista y batería originales de la banda]. Estoy muy de acuerdo con una frase de Joan Jett: “La guitarra no se toca con la vagina”. De una manera muy Vulpes, yo añado que tampoco con la polla.

¿Y le parece que el movimiento feminista ha tenido algo que ver también en esa normalización?
Sí, seguro que sí. Las mujeres están más integradas, llegan a más sitios. Y eso que antes mucha gente se reía de las manifestaciones. Tengo que decir que a mí, en su momento, también me pintaron una idea del feminismo que tenía al hombre demonizado, como si fuese lo peor del mundo acostarse con hombres y solo pudiéramos tener relaciones con mujeres para ser verdaderamente feministas. No es así. Con el tiempo se ha ido entendiendo que no es así, que sencillamente trata de que todos somos iguales.

viernes, 27 de diciembre de 2019

#hemeroteca #identidades | El “independentismo” leonés: ¿por qué los leoneses no se sienten castellanos?

Imagen: La Razón / Acto de Unión del Pueblo leonés
El “independentismo” leonés: ¿por qué los leoneses no se sienten castellanos?
Numerosos vecinos de León, Zamora y Salamanca consideran la comunidad de Castilla y León una región inventada e impuesta sin consultarles.
Ángel Luis de Santos | La Razón, 2019-12-27
https://www.larazon.es/castilla-y-leon/20191227/73j34fde2ndgbbat7stnebovwi.html

Frente al ruido constante que genera el conflicto en Cataluña o en el País Vasco, la situación de la comunidad autónoma de Castilla y León ha permanecido siempre en un segundo plano, fuera del ámbito público la mayoría de las veces, pero como un sentimiento latente que siempre ha estado ahí. El mero hecho de que sea la única autonomía unidad con una "y" ya da idea de que no estamos ante una unidad sino ante la conjunción de dos realidades, dos sentimientos, dos identidades que se corresponden con las de los dos viejos reinos de Castilla y de León.

Castilla y León es, tal y como la conocemos hoy en día, un “invento” del estado autonómico que surge de unir en 1983 de nueve provincias: las tres que, tras la división territorial de 1833, por la que se crearon las provincias, se adscribieron a la Región de León y seis adscritas a Castilla la Vieja, exceptuando en este último caso las provincias de Santander (actual Cantabria) y Logroño (ahora La Rioja).

Tras la muerte de Franco, surgieron organizaciones regionalistas, autonomistas y nacionalistas como Alianza Regional de Castilla y León (1975), Instituto Regional de Castilla y León (1976) o el PANCAL (1977). Posteriormente tras la extinción de estas formaciones surgió en 1993 Unidad Regionalista de Castilla y León. Paralelamente surgieron otras de carácter leonesista como Ciudadanos Zamoranos (1975), Grupo Regionalista Salmantino GRES (1976) y el Grupo Autonómico Leonés GAL (1978).

Estas tres organizaciones formalizaron el Movimiento Leonesista (ML), que creó el Consejo General de las Comarcas del País Leonés, y estableció la Fiesta de Las Comarcas en Valorio los terceros domingos de mayo. Desde el ML se crea, como instrumento político, el Partido Regionalista del País Leonés (Prepal), que propugnaba la creación de una Comunidad Autónoma del Reino de León, integrada por las provincias de Salamanca, Zamora y León.

Sin embargo, y aunque se produjeron en León diferentes manifestaciones, algunas numerosas, a favor de la opción ‘León solo’, con abundante apoyo popular, finalmente se optó por la opción de unir ambas realidades en una sola.

Según afirma José María López de Uribe en su blog Uribex, la comunidad de Castilla y León “se creó mediante decreto en 1983, sin referendum alguno y con la inclusión, por la fuerza, de una región y una provincia. Fue la última autonomía creada en España. Y con enorme polémica que hoy, al menos en una parte de ella, sigue más que vigente”. Y añade: “La Castilla de la que se habla hoy es una nación inventada. Castilla-La Mancha, no es la Castilla fetén; es en realidad el Reino de Toledo de la Corona de Castilla y de León. La Castilla original, la Vieja, no hubiera querido jamás perder el puerto (Santander) y la Vega (Logroño) para quedar sometida a la ‘Comunidad Autónoma de la provincia de Valladolid y Anexas’. Burgos es la capital de Castilla. León es otra región. Y nosotros los leoneses, y muchos castellanos, ya no soportamos estar en una Administración autonómica inútil de un engendro ingobernable”.

Otro conocido defensor de la “independencia” de León es el escritor leonés Julio Llamazares, que escribía en un artículo que, “independientemente de lo que uno piense de la autonomía ‘castellano-leonesa’, que, como todos sabemos, fue impuesta por los partidos políticos (en ningún momento se le preguntó a la gente), lo que está claro es que, como su nombre indica, es la unión de dos regiones preexistentes: Castilla la Vieja (lo que quedó de ella tras independizarse de las antiguas provincias de Santander y Logroño, hoy Cantabria y La Rioja) y León. Por lo tanto, o se utiliza el término administrativo ‘castellano-leonés’ para todos o a los habitantes y las ciudades de la antigua Castilla la Vieja se les llama castellanos y a los del Reino de León leoneses, en especial a los de la provincia de León, que no sólo nunca fueron castellanos, sino que mayoritariamente se oponen, como indican todas las encuestas, a la autonomía actual. Para entendernos: aunque Cataluña y Aragón hubieran sido unidas en una sola autonomía heredera de la Corona de Aragón, los de Barcelona seguirían siendo catalanes y los de Zaragoza aragoneses”.

Partidos como Unión del Pueblo Leonés, cuya moción hoy han apoyado PSOE y Podemos, tiene como objetivo “que la Región Leonesa adquiera la condición de Comunidad Autónoma que los artículos 2 y 143 de la Constitución de 1978 concede”.

Los distintos partidos “leonistas”, el Prepal, el Partido Autonomista Leonés - Unidad Leonesista o el propio UPL, lograron en las últimas elecciones municipales y autonómicas de mayo de este año cerca de 30.000 votos, fundamentalmente en León, donde alcanzó el 10% del total.

viernes, 8 de marzo de 2019

#hemeroteca #transexualidad #memoria | Las vidas de las mujeres transexuales que se perdieron antes de este 8M

Imagen: Valencia Plaza / Fotograma de 'Vestidas de azul'
Las vidas de las mujeres transexuales que se perdieron antes de este 8M.
'Vestidas de azul: Análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la Transición española'. Valeria Vegas analiza cómo la Transición se olvidó de liberar a las minorías y pone en valor las historias humanas que sufrieron la marginalidad.
Álvaro G. Devís | Valencia Plaza, 2019-03-08
https://valenciaplaza.com/las-vidas-de-las-mujeres-transexuales-que-se-perdieron-antes-de-este-8m

Antonio Giménez-Rico quiso hacer una películas sobre mujeres transexuales en 1983, y se encontró con la cruda realidad que mostró en ‘Vestidas de azul’, presentada en el Festival de San Sebastián y que actualmente es más película maldita que de culto. Giménez-Rico se adelantó tanto, con su sensibilidad a la hora de acercarse a las historias humanas que componen el documental, que el cine y la sociedad aún no le ha alcanzado.

La periodista valenciana Valeria Vegas parte del trabajo de Giménez-Rico para analizar el papel que se le dio a las mujeres transexuales en la Transición tanto en el cine como en los medios de comunicación. Su militancia pasa por reivindicar las vidas de las transexuales que tuvieron que pasar por todo aquello que ahora condenamos, y lo hace a través de un exhaustivo análisis titulado ‘Vestidas de azul. Análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la transición española’, publicado por la editorial Dos Bigotes.

- Antonio Giménez-Rico se arriesga a contar unas historias y de repente se encuentra un realidad que las supera, ¿no?
- Sí, totalmente. Es un documental que se adelantó mucho a su época, en el año 83, cuando había mucho prejuicio y mucha mofa hacia el colectivo transexual en el mundo del cine. Luego eso se convierte en moralina. Y 'Vestidas de azul' no tiene ni una cosa ni la otra. Al final, aunque todas sus protagonistas venían del mundo de la prostitución o del espectáculo, cada una tenía detrás una historia: una luchaba por la integración, otra se resignaba a la exclusión, otra hablaba sin tapujos de la prostitución... Todas tenían mucho que contar aunque fuera de manera velada.

- También es interesante que el propio director, que ya incluyó en un guion anterior el que ha acabado siendo el primer personaje trans del cine español, no compartiera directamente esos conflictos pero sí se quisiera acercar para aprender de ellos.
- Antonio Giménez-Rico no es un director de la rama Eloy de la Iglesia - Almodóvar - Fernando Colomo, que tenían una visión muy moderna y muy de género. En su caso, da la casualidad de que su guion para 'Días de viejo color' pasa la censura y crean ese primer personaje trans del que hablas. Es sorprendente porque muestra una empatía muy interesante sabiendo que su cine no busca ser moderno. Él cuenta que le interesaba mucho contar estas historias porque era muy asiduo a acudir a los shows de transformistas, que era la novedad y todo el mundo del espectáculo acudía a estos.

- A ti te pasa algo similar. Descubres la película cuando te la pone La Veneno en su casa, y de repente te encuentras con una serie de historias que en parte también te explican a ti.
- Esa película sabía que existía, pero no había manera de verla. No está editada en DVD ni en ninguna plataforma online. A pasado de presentarse en el Festival de San Sebastián a ser una película maldita. Yo no la pude ver hasta 2006, cuando La Veneno, que la tenía en VHS, me dijo que era extraordinario. El primer visionado me dejó muy impactada por su realismo. Ya cuando se estrenó emocionó mucho tanto a sus protagonistas como al público en general, ese punto de verdad que tiene hace que no haga falta ser transexual para empatizar con ella.

- ¿Qué ha significado a nivel personal esta investigación a partir de la propia película?
- Me ha llevado muchísimo trabajo este libro, porque llegar a las protagonistas y a sus familiares ha sido una labor de busca y captura. Luego, la película nos plantea ahora cómo se ha tratado en el cine y el periodismo algo tan humano como la transexualidad.

- ¿Y qué has descubierto? ¿Cómo te has sentido?
- Mientras escribía el libro, estaba casi sumida en una depresión al ver lo gris que eran las cosas en esa España. No eres consciente hasta que te pones a investigar y te topas con los artículos tránsfobos y los titulares sensacionalistas. Al final llegué a la conclusión de que la Transición Española fue muy liberadora para las mayorías, pero para las minoría no había ni libertades ni concesiones. Para los cis género heterosexuales, el derecho al divorcio fue un gran avance, pero hasta el año 83 todavía era delito la operación de reafirmación sexual y existía la Ley de Desorden Público que permitía detener a estas mujeres de manera arbitraria.

- Una de las situaciones de la película que muestra como una de las mujeres tiene problemas incluso con su DNI...
- Sí, una de ellas cuenta como llevaba ocho meses sin DNI porque la policía se lo había roto. Y leyendo entre líneas, tenía la intención de silenciar y oprimir la identidad de una persona. De hecho, murió sin un carnet ajustado a su identidad, murió hombre porque no conoció la Ley de Identidad de Género en 2007.

- ¿Tienes las sensación de que, cuando se habla de la transexualidad, se 'deja hacer', que es algo diferente a 'empatizar'?
- Sí, es cierto que ese dejar estar no sirve en términos prácticos. La empatía no puede llegar si ni siquiera entiende la diferencia entre condición sexual (de quién te enamoras) e identidad sexual (quién te sientes). Por eso, en la primera parte del libro, me dedico a hablar de terminología y de cómo han ido evolucionando las leyes... Actualmente sufrimos más por ignorancia que por falta de empatía. Hasta hace poco, para la sociedad, un transexual era un homosexual más radical.

- En los últimos años, con la nueva ola del feminismo, se ha avanzado en la reivindicación de la mujer cis pero se está pasando por alto que la revolución y el cambio tiene que ir mucho más allá, ¿no?
- Totalmente. La mujer transexual está doblemente discriminada, primero como mujer y segundo lo ha elegido, y la sociedad lo traduce como si fuera un castigo voluntario. Hay un modelo de mujer transexual muy parcial que ha legitimado el cine pero la gente ahora no cree que haya pluralidad en nuestra condición.

- Estos personajes de los que hablas están muy ligados a la comedia, que de manera natural estereotipa. En la balanza entre la libertad de expresión y la responsabilidad de lo que refleja el arte, ¿hacía dónde habría que recaer?
- Hasta hace cinco años, los medios masivos no tenían una ética deontológica para las noticias sobre transexualidad, y el cine no hace tanto que ha empezado a construir personajes con cierta profundidad. Esto hacía que la gente empatizase porque se mostraban payasos.

- Ahora estamos en otro momento: ‘Girl’ de Lukas Dhont es un buen ejemplo de ello. Han cambiado los códigos y las sensibilidades.
- También 'Una mujer fantástica' y otras, eso es un avance. Pero hemos llegado a esta situación a cambio de 35 años de silencio y maltrato. No podemos ser pesimistas y pensar que no hemos evolucionado, pero yo quiero contar también las historias de las víctimas, las que no han disfrutado estos cambios. Mi lucha es esta.

- La transexualidad no escapa de los roles de género que se han construido desde la sociedad patriarcal...
- Así es. Las personas transexual no dejan de formar parte de la sociedad imperante. Lo que es femenino y lo que no: hay quien considera que ser rubia es más femenino que ser morena, por poner un ejemplo absurdo y frívolo. Un tacón o la longitud del pelo no determina el grado de feminidad.

- Tu anterior libro fue una biografía de La Veneno, también has hecho un documental sobre la primera madre transexual que consiguió adoptar en España... ¿Vas a seguir este camino de reivindicación personal?
- Con este libro cierro la trilogía y prefiero centrarme en otras cosas. No descarto volver porque es un tema que aún tiene que estudiarse.

- Aunque tú descanses, ¿piensas que hace falta seguir contando historias? ¿Qué asignaturas pendientes tenemos los medios de comunicación?
- El problema es que cuando los medios se centran en una única historia, como el caso reciente de la Miss Universo, como si fuera algo único. Se debería hablar constantemente de deportistas trans, abogadas, farmacéuticas... Las hay, las conozco. Y no por ser farmacéuticas, sino porque estas personas han tenido que llegar a una facultad e integrarse en un trabajo. Hay muchas historias más allá del debate de la belleza. También falta reivindicar este pasado que muestra el libro y el documental ‘Vestida de azul’.