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lunes, 15 de julio de 2019

#hemeroteca #trans #educacion | Un oasis contra la transfobia

Imagen: El País
Un oasis contra la transfobia.
Una veintena de escuelas de Ciudad del Cabo apoyan la educación inclusiva en un país en el que más del 50% de estudiantes son discriminados por su identidad de género. Visitamos una de ellas, modélica, de la mano de una de sus alumnas.
Pablo L. Orosa | Planeta Futuro, El País, 2019-07-15
https://elpais.com/elpais/2019/07/10/planeta_futuro/1562754585_137545.html

Antes incluso de tener que enfrentarse a la necesidad diaria de identificarse a través del género, Alex ya era consciente de que no sería lo que por su cuerpo decían que tenía ser. “Con apenas 4 años ya empezó a expresar que quería ser una niña”, cuentan sus padres. Aunque nunca vacilaron a la hora de apoyar a su hija, el primer psicólogo al que acudieron les recriminó su postura. “Nos insistió en que la estábamos malcriando y nos advirtió de que no podíamos permitir que nos manejara”, continúa Marie, tan alta y de tez tan clara coma sus dos pequeñas. Todavía hoy es ese uno de los peores días de su vida. La receta propuesta contra la sexualidad de Alex pasaba por reforzar su conducta masculina: había que cortarle el pelo, vestirla con pantalones de chico y llevarla a un centro escolar cuya solución inclusiva pasaba por hacer que se cambiase en un cuarto de baño solo para ella.

Subrayar la diferencia en lugar de normalizarla.

Durante su particular guerra de los pantalones, Alex encontró la fórmula de vencer la censura. Se ponía las camisetas y chaquetas que le mandaban, pero en talla grande, como si fuesen vestidos. Hasta que aquel silencio administrativo acabó por desbordarse a sí mismo: no tenía sentido seguir forzándola a ser lo que no quería ser.

Solo que ya no se trataba exclusivamente de ella, sino que al encontrarse en edad escolar había que lidiar con compañeros, padres, profesores y burocracia administrativa. En una urbe marcada por la desigualdad social como Ciudad del Cabo (Sudáfrica), donde los cielos de hojalata de Khayelitsha comparten lienzo con las cometas de colores de Bloubergstrand, no resultó sencillo encontrar una escuela primaria para una niña como Alex. Hasta que dieron con un centro en el que aprender a convivir es tan importante como saber sumar o leer.

Un ajedrez gigante y pausas para salir a correr

Es la hora del recreo para los más pequeños y el patio está abarrotado. Los hay que quieren seguir con los cuentos, otros que prefieren corretear a su antojo y otros que piden que los lleven con los animales de la granja.

Martin apenas es capaz de articular una palabra. Pero sonríe. Y Sasha, la joven recién licenciada que se encarga de supervisar sus avances, ríe todavía más. Ellia, la profesora titular de la clase, ríe con ellos. “Es gratificante ver lo que va logrando”, señala Sasha. “Al principio era incapaz de comunicarse. Hace unos meses, Ellia y yo nos miramos y no nos lo podíamos creer: Martin estaba hablando”. El pequeño, que sufre dificultades de desarrollo, no recibió la atención especializada que requiere hasta que llegó aquí: hasta los dos años lo tenían en un sofá sin que nadie hablase con él.

En la escuela primaria de North Pinelands, la roja, como la conocen todos en el barrio, una zona de clase media cercana al hospital Vincent Pallotti donde los jubilados pasan la tarde jugando al tenis, Martin no es alguien especial. “Buscamos crear una educación real para que los chicos se preparen para la vida tal y como es, diversa”, subraya Ann Morton, directora del centro.

Su colegio propone un enfoque educativo alternativo, en formas y en fondo. Aquí los alumnos, algunos con trastorno por déficit de atención con hiperactividad, tienen esterillas para estirarse y permisos controlados para salir al patio cuando están agobiados. Aquí los maestros no permanecen sentados tras un escritorio, sino que disponen de un atril desde el que dirigirse a la clase. Porque en realidad el objetivo es que los alumnos sean sus propios profesores: que busquen respuestas a las preguntas que ellos mismos se van formulando. Hoy, los de último curso no dejan de darle vueltas a los planetas solares.

El éxito de North Pinelands radica en su capacidad de ser real: no se trata solo de que los niños participen de la vida en la comunidad con excursiones a empresas y museos, sino que sea esta la que participe del día a día del colegio. “La escuela está abierta a cualquiera que quiera ayudar”, insiste Morton. Hay un bedel que toca la guitarra, varios asistentes que ayudan a quien quiere chapurrear español y personas con diversidad funcional encargadas de tareas de mantenimiento. Con un total de 450 estudiantes de primero a séptimo curso, la escuela cuenta con un equipo de apoyo con terapeutas ocupacionales y un logopeda, además de profesores especializados en música, arte y lengua xhosa y otra docena más de asistentes. A ellos hay que sumar otros profesionales, cuyo coste es sufragado por los padres, que se encargan de asistir a los alumnos con necesidades específicas durante las clases. Es lo que Sasha hace con Martin. En total, hay hasta 90 personas con labores docentes trabajando en una escuela en la que 46 alumnos requieren una asistencia adicional.

“Hay un enfoque médico de la diversidad, todavía presente en muchos centros educativos, en el que estos alumnos son separados. Para los profesores esta forma de trabajar es más sencilla porque crea grupos homogéneos, pero no es enriquecedor. Lo que nosotros pretendemos es que los niños crezcan aprendiendo unos sobre otros. Lo que va a detener la III Guerra Mundial no son los sobresalientes en matemáticas sino las habilidades para crear comunidad”, insiste Morton. Es por esto que la escuela de North Pinelands no es una escuela ordinaria ni tampoco una escuela para personas con necesidades especiales. Es simplemente una escuela inclusiva.

Educación transgénero, el penúltimo reto
Antes de las vacaciones de 2016, Alex anunció a sus compañeros que a la vuelta del verano ya sería oficialmente una niña. Y no hubo ningún trauma. Sus compañeros lo asumieron con naturalidad y ni uno solo de ellos se volvió a referir a ella como él. “Todo el proceso resulta más complicado para los adultos que para los propios niños, ellos lo aceptan con facilidad”, explica Ronald Addinall, psicólogo especializado de la Universidad de Ciudad del Cabo.

La escuela, que ya había conseguido con éxito la integración de personas con discapacidades físicas e intelectuales y de niños procedentes de entornos religiosos y socio-económicos diversos, llevaba meses trabajando en el que se ha convertido en el último penúltimo reto de la educación inclusiva: la de los menores transgénero. “Lo que hicimos fue pensar al revés: no en como integrarlos, sino en como podíamos adaptarnos los demás a ellos”, subraya Ann Morton. Se instauraron el uniforme unisex y los baños y los equipos deportivos mixtos. Pero sobre todo, la escuela realizó un importante esfuerzo de concienciación y formación dirigido a toda la comunidad educativa: se realizaron charlas con todo el personal, docente y no docente, y después fue comunicado a las familias. “Hubo dos que decidieron quitar a los niños de nuestra escuela. Con el resto no ha habido nunca —y ya han tenido más casos de transiciones de menores transgénero— ningún problema”, recalca la directora.

Después del hogar, “el colegio es el lugar donde los niños pasan más tiempo y donde socializan, por eso es importante que se sientan seguros y valorados. Resulta fundamental que el entorno escolar sea el adecuado y no se convierta en un lugar de miedo que dispare los problemas”, comenta Addinall, quien ha asesorado a más de 400 chicos en su transición de género y ahora colabora con una veintena de escuelas que avaladas por el Departamento de Educación del Western Cape Education Department apuestan por estos programas de educación inclusiva.

Según un estudio realizado en 2016 por Out LGBT, el 56% de las personas transgénero en Sudáfrica sufrieron algún tipo de discriminación durante su escolarización. Aunque el país es uno de los más avanzados del mundo en el la protección de los derechos de la comunidad LGTBI y fue el primero del continente en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, insultos, agresiones, violaciones y persecuciones forman todavía parte del día a día de quien tiene una orientación sexual diferente a la bendecida por la Iglesia. Lo más preocupante, subraya el informe, es que el 76% de las personas transgénero no denuncia los ataques sufridos.

“Gran parte de estos problemas se podrían solucionar creando mecanismos que juzgasen las responsabilidades de universidades y entornos laborales que incumplen la legislación que protege al colectivo trans”, apunta Sandile Ndelu, una de las integrantes del grupo Transgenderforum, que promueve la transformación de la universidad sudafricana. Aunque se alinearon inicialmente con el movimiento #RhodesMustFall (RMF), que exige la descolonización de los programas educativos, el movimiento Transgenderforum ha acabado por desmarcarse al entender que esta lucha estudiantil no incorpora más que de forma retórica sus reivindicaciones y deja a un lado la incorporación de la perspectiva de las identidades de género a los currículos lectivos o en el propio trato al alumnado.

Se centran en cuestiones simbólicas, como la instalación de baños mixtos, que “no hacen más que aumentar las diferencias sociales y de raza que existen entre los estudiantes transgénero”, subraya Ndelu. Mientras universidades vinculadas a la élite económica, como Witwatersrand o Stellenbosch, han podido realizar estas reformas, otros centros de mayoría afrodescediente como Fore Hare, UniZulu o WSU carecen de recursos para llevarlas a cabo.

Un proceso reversible hasta la adolescencia
Demostrada la eficacia de los modelos inclusivos, el reto ahora es hacerlos accesibles a todos. “Escuelas como Pinelands pueden ser un modelo, pero todos los centros pueden hacer pequeños cambios para lograr ser inclusivos con los menores transgénero”, apunta Addinall. Lo primordial es trabajar desde la base, tanto con los colegios como con las familias. “No cualquier niño por ponerse los tacones de su madre o vestirse de hombre quiere decir que esté en desacuerdo con su cuerpo. Todos pasan por una fase de experimentación de su identidad sexual”. Cuando este rechazo es consistente, prosigue el psicólogo, es cuando conviene apoyar la transición social: y cuanto antes mejor. “A medida que se acercan a la pubertad aparecen los cambios físicos que son los que suelen desencadenar los problemas y depresiones”.

Aunque a Alex todavía le quedan unos cuantos años para que comiencen los cambios hormonales, su madre no puede dejar de preocuparse. Llegarán los novios, la universidad, el trabajo... la vida lejos del programa de talento de su escuela y de unos compañeros que han crecido entendiéndola. En el resto del mundo todavía hay demasiada gente que no ha empezado a hacerlo. “Lo que va a venir”, asegura Marie, “es lo más duro”.

Los nombres de este reportaje han sido modificados para preservar su identidad.

miércoles, 29 de junio de 2016

#hemeroteca #lgtbifobia | El refugio del Orgullo

Imagen: El País
El refugio del Orgullo.
El Pride Shelter Trust, en Ciudad del Cabo, acoge a personas LGTB sin hogar y es uno de los pocos refugios volcado en el colectivo del mundo.
Pablo León | El País, 2016-06-29
http://elpais.com/elpais/2016/06/28/planeta_futuro/1467130178_172596.html

Repentinamente, una tarde, Nathaniel tuvo que huir de Nigeria. “Escapé para salvar mi vida”, cuenta este joven de 28 años. Un grupo de vecinos de su localidad se acercó a su casa, mataron a su pareja y él fue marcado como una presa a batir, “un homosexual que había que matar”. Huyó. “Un amigo me había hablado de Ciudad de Cabo y decidí venir”, cuenta el nigeriano, que llegó a la capital cultura de Sudáfrica hace un año como refugiado tras ser discriminado, amenazado y perseguido por ser gay.

“En general, en Africa hay mucha persecución al colectivo LGTB. Y Ciudad del Cabo es un oasis porque es una ciudad abierta y tolerante”, describe Enver Duminy, CEO de turismo de la urbe. “Nuestra Constitución se hizo pensando en las minorías y respeta a todas ellas. Además, fuimos de los primeros países en expandir derechos y reconocer a las parejas del mismo sexo por ley”, añade Duminy. De esa apertura había oído hablar Nathaniel, pero al llegar como refugiado, sin hogar, trabajo ni familia, necesitaba ayuda. “Escapé para salvar mi vida, casi me matan por mi orientación sexual, así que me vine como pude”, relata. Tras un tiempo durmiendo en la calle, fue a pedir ayuda a la oficina de asuntos sociales municipal. “Me dieron una lista de refugios para personas sin hogar y acabé yendo a uno”, resume.

No fue a uno cualquiera sino que se instaló en Pride Shelter Trust, un hogar para personas desamparadas pertenecientes al colectivo LGTB. “Se trata del único refugio para homeless especializado en público LGTB del continente africano y uno de los pocos del mundo”, explica Ian McMahon, uno de los fundadores. El espacio lleva cinco años funcionando, tiene cama para 22 residentes y, desde su inauguración, ha acogido a 800 personas en la cuidada casa, cedida por el Ayuntamiento, a los pies de Table Mountain, en un barrio burgués de Ciudad del Cabo.

“La importancia de tener un refugio para nuestra comunidad es que la mayoría de estos espacios están gestionados por organizaciones religiosas. Allí, los usuarios sufren un doble trauma: primero por verse en la situación de necesitar atención y refugio; después al decir abiertamente que son gais. En algunos casos, además de homofobia por parte de otros acogidos, en algunos casos, son presionados para que intenten curarse y ser heterosexuales”, explica McMahon.

Para Nathaniel la elección fue clara tras ver que se trataba de un lugar especializado en público LGTB. “Aquí [en Sudáfrica] no se vive con el mismo miedo que en Nigeria, pero también hay homofobia. En general, es muy peligroso ser gay en un lugar donde nadie lo es. Pueden agredirte, robarte o incluso matarte. Además, conoces a gente semejante a ti y puedes compartir tus sentimientos", añade el nigeriano. Tras pasar cuatro meses en el refugio, encontró un trabajo en una tienda del centro de la ciudad. Ahora vive en Langa, una de las favelas de la urbe. “Allí nadie sabe que soy gay; no es lo mismo salir del armario aquí que en un suburbio”, aclara.

El refugio, que requiere de unos 20.000 euros anuales para su mantenimiento, se financia con donaciones. “Una de las mayores aportaciones la tuvimos nada más empezar. Un hombre que cuando dijo a su familia que era gay fue repudiado. Al morir, nos legó su herencia y con eso arrancamos”, explica McMahon. También del trabajo de voluntarios. Jerry, sudafricano de 70 años, llegó al hogar hace más de un lustro. “Mi pareja murió en un accidente de tráfico. Su familia me quitó todo y, de repente, no tenia nada”, resume su historia con una cacatúa blanca, Prince, posada en su hombro. “Saluda Prince”, anima al pájaro que repite su nombre sonoramente. “En el refugio me ayudaron a reconstruirme”, cuenta. Desde entonces, se encarga del cuidado de la casa por la que pasan “víctimas de violaciones; malos tratos; rechazo familiar o refugiados de otros países africanos.

“Cuando alguien te cuida tanto en un momento que estás tan al límite, lo que menos puedes hacer es devolver el favor”, explica Nathaniel. Aunque vive a menos de 20 kilómetros del centro, para llegar a la ciudad invierte entre una y dos horas por trayecto. A pesar de ello, una vez a la semana, en su día libre, acude al Pride Shelter Trust como voluntario. Ejerce de jardinero y de manitas: “Es muy importante mantener este lugar y venir a ayudar de vez en cuando igual que me ayudaron a mí cuando no tenía nada”.