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sábado, 27 de junio de 2020

#hemeroteca #lgtbi #28J | Stonewall, una noche que la comunidad LGTBI no quiere olvidar

Jóvenes en la entrada del Stonewall Inn //

Stonewall, una noche que la comunidad LGTBI no quiere olvidar

El 28 de junio de 1969, tras la redada de la policía en el célebre bar de Nueva York, se iniciaron una semana de revueltas que se conmemoran cada año con el día del orgullo gay
Carlos Sala | La Razón, 2020-06-27
https://www.larazon.es/cataluna/20200623/e64l2kmupbbt5ispo52k7w7tvy.html

A la 1.20 horas de la madrugada del 28 de junio de , seis agentes de la policía entraban en el bar Stonewall, un local del Greenwich VIllage de Nueva York donde homosexuales, lesbianas, transgénero, y travestis se reunían para beber y bailar. Apagaron la música y encendieron las luces al grito de: “¡Policía, tomamos el control del local!”. Había 205 personas allí dentro y todas quedaron en silencio. Algunas intentaron huir, pero la policía tenía controlada las salidas. A las demás se las obligó a formar filas en la pared y a identificarse. Redadas de ese tipo eran constantes y todas seguían el mismo patrón. Pero aquella noche nada fue como siempre.

La redada oficial era clausurar el local debido a no tener licencia de alcohol. Stonewall, como muchos locales similares, estaban regidos por la mafia, que conocía de antemano el calendario de aquel tipo de redadas. Sin embargo, aquella noche era diferente. Nadie hacía avisado. Además, la ley municipal prohibía que ningún hombre vistiese más de tres prendas femeninas, así que de pronto el objetivo de la redada pasó a ser la detención de los travestis y personas transgénero.

En el local había dos hombres y dos mujeres, policías de paisano, que llegaron antes al local de incógnito en busca de confirmar que se vendía alcohol, algo que sabían de sobra, y la presencia “indecente” de personas transgénero. Pasada la una de la madrugada, cuando el pequeño local estaba lleno, (un viernes noche de verano), con la intención de mandar un claro mensaje, llamaban desde el teléfono público instalado en la parte de atrás del local para que se iniciase la redada.

Los protocolos dictaban que las mujeres policía llevasen a las personas vestidas de mujer al lavabo y certificar su sexo. Si éste resultaba ser masculino, eran arrestadas. Nunca se habían atrevido a contravenir las instrucciones de la policía, pero aquel día fue distinto. De pronto, los hombres se negaron a enseñar sus identificaciones y las mujeres no aceptaron que se las llevase aparte a ningún lado. La policía, confusa, no estaba acostumbrada a que se pusiese en duda su autoridad, sobre todo en estos colectivos. Decidió que detendría a todo el mundo e hizo llamar a furgones policiales para arrestos colectivos. “Mi primer miedo fue que me arrestaran. Aunque mi mayor temor era que saliese mi foto al día siguiente en el periódico con el vestido de mi madre”, recordaba Mary Ritter, una joven transexual que aquella noche celebraba su 18 cumpleaños y el fin del instituto. “Yo conocía lo que se contaba que les pasaba a los queer en la prisión... así que imagina”, añadiría.

El local tenía dos salas de baile y se intentó separar a los gays de los transgénero y travestis. Empezó a hacer desfilar a la gente fuera del local a la espera de que llegaran las furgonetas. La sorpresa fue que el boca oreja había hecho que la noticia de la redada corriese por el barrio y ya había más de un centenar de personas observando lo que ocurría y dando ánimos a los que estaban dentro. La policía retrocedió mientras hacía inventario y confiscaba el alcohol. Incluso pretendían llevarse el jukebox que servía de banda sonora. Así que se empezó a dejar marchar a los que no iba a detener. La sensación de injusticia empezó a crecer. ¿Por qué estos sí se podían marchar y los otros no? En lugar de marcharse a su casa, los liberados se quedaron con los recién llegados y la atmósfera de unidad dentro de la comunidad LGTBI fue in crescendo.

Cuando todavía no eran las dos de la mañana, el arresto de una mujer, que salía esposada del local, provocó las primeras reacciones de rechazo. Ella intentó zafarse, asegurando que las esposas le hacían daño. Un policía la agredió y a partir de aquí los ánimos se descontrolaron. “¡Por qué no hacéis nada!”, gritó a los que miraban la detención. Otro punto de fricción empezó cuando una mujer travestida agredió con su bolso a un policía que la estaba empujando. “No me toques”, gritaba. La policía, de pronto, ya no era intocable.

Empezaron a volar monedas hacia los policías, después fueron botellas de cerveza, hasta que empezaron a lanzarse contenedores de basura. Los agentes, que todavía no entendían lo que estaba pasando, en inferioridad numérica, no pudieron más que refugiarse en el local y esperar a que llegaran los refuerzos. Pero ya era tarde, un nuevo movimiento había nacido. Por primera vez, la comunidad LGTBI se daba cuenta que, unida, era una fuerza poderosa y podía hacer recular a sus perseguidores. “Creo que todos sentimos de forma colectiva que ya habíamos aguantado suficiente este tipo de humillación. No hubo nada que lo provocase, ninguna acción o palabra, sino una acumulación de mierda que esa noche superó a todos y explotamos. Cada uno de los que estábamos allí sabíamos de forma inconsciente que no había marcha atrás, era el momento de reclamar lo que nos habían negado todo este tiempo... nuestra dignidad”, recordaba el activista Michael Faber.

En aquellos momentos había mucha gente en las inmediaciones de la calle Christoph, donde estaba el Stonewall Inn. Allí estaba, por ejemplo, Holly Woodland, actriz warholiana y la mujer transvestida que inspiró a Lou Reed su “Walk on the wildside”. También estaba el crítico y escritor Edmund White, el músico folk y mentor de Bob Dylan, Dave van Ronk. O artistas como el escultor Martin Boyce, el pintor Richard Segalman, el creador kitch Thomas Lanigan-Schmidt o el escritor John O’Brian. “Los gays nunca habían sido una amenaza para la policía. Se esperaba que fuéramos débiles, incapaces de defendernos. Pero ahí estábamos, peleando y atacándolos”, rememoraba éste.

Además, junto toda aquella confusión, dos mujeres transgénero empezaron a liderar la revuelta, empezando a lanzar ladrillos a los furgones blindados de la policía. Eran la portorriqueña Sylvia Rivera y la afroamericana Marsha P. Johnson, amigas desde 1963 y activistas a favor de las mujeres transgénero cuya vida estaba tan al límite que se les llamaba “ratas callejeras” por su capacidad de supervivencia a pesar de todo. “Fue el mejor día de mi vida”, afirmaba Rivera. “Recuerdo ver desfilar a los drags más ostentosos y extravagantes en fila, acercándose al local, gritando todo tipo de cosas. Todo tenía una aureola cargada de energía, en una de las noches más calurosas que recuerdo”, comenta Joey P, uno de los primeros homosexuales que liberaron.

Los cánticos ahora conocidos como “¡Gay power!” empezaron a oírse y el espíritu de fiesta fue creciendo, a la par que los roces empezaron a crecer y los nervios sustituyeron a los comentarios jocosos. Cuando llegaron los refuerzos, ya nada era una broma. Las inmediaciones del Stonewall ahora estaban repletos y empezaron a haber las primeras cargas. A las cuatro de la madrugada, la situación estaba controlada, el silencio volvía a imperar en la calle, y la policía había regresado a sus comisarías. 13 personas fueron detenidas, una docena tuvo que ser hospitalizada y cuatro policías fueron heridos. Todo lo que había en Stonewall quedó destrozado, el teléfono público, los lavabos, los espejos, la máquina de tabaco, el jukebox, no se sabe si por los clientes o la propia policía. Y, aun así, el local abrió al día siguiente.

Pero el recuerdo de aquella larga noche no paraba de crecer. La prensa informó en primera página de lo sucedido y la noticia se convirtió de interés nacional. Ahora que la comunidad LGTBI veían lo que podían conseguir juntos, no iban a dar marcha atrás, y aquella misma tarde se inició la primera manifestación por defender sus derechos. “¡Poder gay! No es maravilloso... ya era hora de que hiciésemos algo para darnos valor”, dijo el poeta beat Allan Ginsberg, que vivía en la misma calle de Stonewall. Aquella noche, él no había estado, pero sí fue al día siguiente. “Los chicos eran tan hermosos, habían perdido la mirada herida que todos los maricones teníamos hace diez años”, afirmó.

Cada día hasta el 3 de julio se reprodujeron este tipo de protestas, hasta que empezó a tener eco en otras ciudades americanas. Más de 50 años después, su alcance es ahora universal y cada 28 de junio se celebra el día del orgullo gay para no olvidarlo nunca.

martes, 8 de diciembre de 2015

#hemeroteca #inmemoriam | Recordando a Holly Woodlawn, estrella de The Factory, y musa de Lou Reed

Imagen: I-D Vice / Holly Woodlawn
Recordando a Holly Woodlawn, estrella de The Factory, y musa de Lou Reed.
"Valió la pena, las drogas, las fiestas, fue fabuloso”.
Wendy Syfret | I-D Vice, 2015-12-08
https://i-d.vice.com/es_mx/article/recordando-a-holly-woodlawn-estrella-de-the-factory-y-musa-de-lou-reed

En 1972, Lou Reed lanzó ‘Walk On The Wild Side’, una canción sobre la cultura trans, el trabajo sexual, el sexo oral y la rebeldía adolescente. A pesar de ser subversivo para la época, el hipnótico contrabajo del track y sus letras inmersivas lograron recibir amplia reproducción en la radio.

Mientras que cada verso se refiere a un habitual superestrella del Factory de Andy Warhol distinta, Holly Woodlawn, el tema de la viñeta de apertura, es el personaje con la que la canción está eternamente ligada. Ella es la que vino de Miami, Florida, se fue de aventón a través de los EE.UU., y se depiló las cejas en el camino.

La verdadera Holly era una actriz transgénero que se escapó de casa a los 15 años, después de años de bullying. Al llegar a Nueva York en 1962, cambió su nombre a Holly como referencia a su heroína Holly Golightly, después agregando el apellido Woodlawn que tomó de una señalización que vio en un episodio de ‘I Love Lucy’. Después de conocer a Andy Warhol en una proyección de ‘Flesh’ en The Factory, protagonizó dos de sus películas ‘Trash’ y ‘Women in Revolt’.

Escribió sobre su experiencia en su libro de memorias ‘A Low Life in High Heels: The Holly Woodlawn Story’ de 1994. Al describir su llegada a la mayoría de edad poco ortodoxa, dijo: "A los 16 años, cuando la mayoría de los chicos estaba estudiando para los exámenes de trigonometría, yo me estaba prostituyendo, viviendo en las calles, y preguntándome cuándo volvería a comer".

A pesar de sus conflictos a temprana edad, su actuación en Trash le atrajo reconocimiento como actriz. Continuó actuando hasta su muerte esta semana, a los 69 años. Más recientemente apareció en el popular programa de televisión ‘Transparent’.

En una entrevista en 1970 con ‘The Village Voice’ describió cómo gran parte de su memorable interpretación fue su propia creación: "Paul Morrissey dijo: 'Haz esto, haz aquello, fabuloso', y así le siguieron añadiendo a mi parte. Trabajé seis días por $25 dólares por día. A excepción de la última escena, todo se hizo en una sola toma. La ropa, el diálogo, todo era mío porque el personaje que interpretaba era yo. He estado en esas situaciones".

A pesar de ser inmortalizada en las letras de Lou Reed y en las películas de Warhol, Holly no se dejó atrapar en el ‘hype’. En una entrevista con la activista transgénero Penny Arcade, dijo: "No sé si éramos artistas, estábamos haciendo lo que estábamos haciendo... Simplemente estábamos viviendo nuestras vidas... Éramos unos fracasados: no podías conseguir trabajo, todos estábamos en asistencia social".

Pero en un reciente artículo de The Guardian dijo que todo había valido la pena: "¡Me sentía como Elizabeth Taylor! No me di cuenta de que no solo no habría dinero, sino que tu estrella brillaría solo dos segundos y eso era todo. Pero valió la pena, las drogas, las fiestas, fue fabuloso".

#hemeroteca #inmemoriam | La vida salvaje de la musa transexual de Warhol y Lou Reed

Imagen: La Vanguardia / Holly Woodlawn
La vida salvaje de la musa transexual de Warhol y Lou Reed.
Muere Holly Woodlawn, protagonista de la canción ‘Walk on the Wild Side’.
La Vanguardia, 2015-12-08
http://www.lavanguardia.com/cultura/20151208/30669716353/holly-woodlawn-warhol-lou-reed.html

Haroldo Danhakl nació en Puerto Rico. Llegó a Nueva York a los 16 años. Fue en la ciudad de los grandes rascacielos donde se convirtió en Holly, Holly Woodlawn. En pocos años era ya una auténtica musa transexual capaz de hechizar a artistas y músicos de la talla de Andy Warhol y Lou Reed. Hoy, a sus 69 años, ha fallecido en Los Angeles a causa de un cáncer.

Hija de un soldado, se crió en Miami. Cuando se muda a Nueva York, y cambia su identidad, escoge su nuevo nombre, Holly Woodlawn, combinando el de la protagonista de ‘Breakfast at Tiffany’s’ y el del cementerio Woodlawn del Bronx.

Bailarina y modelo, aunque nunca se operara para cambiar su sexo, protagonizó los años de más efervescencia cultural de Nueva York. El propio Reed la inmortalizaría para siempre en su canción ‘Walk on the Wild Side’.

“Holly vino de Miami, Florida / Atravesó los EE UU haciendo autoestop Se depiló las cejas de camino / Se afeitó las piernas y entonces él era ella”, canta Lou Reed en un tema que se convertiría en himno y emblema de una época en la que los excesos eran una forma de revolución urbana.

Holly Woodlawn representó los años salvajes de una ciudad indomesticable: sexo, drogas y rebelión se daban la mano en una juventud que no parecía tener fin.

Paul Morrissey también se interesó por el fascinante personaje. Tanto, que le invitó a uno de sus películas, ‘Trash’, filmada en 1970.

Woodlawn no fue la estrella de un día. Después de sus colaboraciones con Morrissey y Warhol se centró, ya en los finales de los ochenta, en el cabaret. El éxito fue constante. Así lo explica en la biografía que publicó en 1991 bajo el título de ‘A Lowlife en Highheels’.

No todo han sido flores y glamour en su larga trayectoria. Sus últimos años, con la salud ya deteriorada, estuvo cerca de la indigencia. Cuando estaba a punto de ser expulsada de un hospital por no poder pagarlo, una campaña de algunos de sus antiguos fans y amigos consiguió que viviera sus últimos días con dignidad.

lunes, 7 de diciembre de 2015

#hemeroteca #inmemoriam | La chica de la canción que (casi) todos saben silbar

Imagen: El Español / Holly Woodlawn
La chica de la canción que (casi) todos saben silbar.
Fallece en Los Ángeles la actriz transexual Holly Woodlawn, musa de Lou Reed en su mitica canción 'Walk on the wild side'.
Carlos Fuentes | El Español, 2015-12-07
http://www.elespanol.com/cultura/20151207/84991527_0.html

Hay musas imposibles que sobreviven a su historia efímera. Holly Woodlawn fue una de ellas. Hace 40 años inspiró una de las canciones emblemáticas de su época, acaso un retrato apresurado de su generación: 'Walk on the wild side'. Aunque antes de aquellos versos melancólicos de Lou Reed muy pocos sabían de su existencia y, desde entonces, poco más se supo de ella. O de él, porque en realidad Holly fue primero Haroldo Santiago, nacido hombre en el pueblo rural de Juana Díaz, al sur de Puerto Rico, y emigrado pronto al otro lado del mar en busca de un chance para vivir su vida soñada en Estados Unidos.

Hay que tener suerte para que alguien escriba una canción con tu vida. Para que la letra ejerza de foto fija de un instante. Y que tu historia se agarre como el buen primer párrafo de una novela superior, apenas dos frases: "Holly came from Miami, Fla. Hitchhiked her way across the USA"... aunque la historia real de Haroldo Santiago Franceschi Rodríguez Danhakl tampoco es excepcional. Antes al contrario, por desgracia, fue una vida bastante habitual para toda una generación de jóvenes latinoamericanos, sobre todo los caribeños, que comprobó pronto que los aires nuevos de la izquierda más o menos revolucionaria se olvidaban de ellos. No es casualidad que Holly Woodlawn, cuando fue primero Haroldo Santiago, hubiera nacido el mismo año que Guillermo Rosales, el suicida cubano poeta del desarraigo. Ni que coincida en el tiempo, y en los sueños, con el paradigma literario del exilio latino hacia la tolerancia de la diversidad. De la diversidad sexual, se entiende.

Holly Woodlawn no estaba aquí para escribir novelas sangrantes como Reinaldo Arenas, pura herida abierta en la Cuba comunista que declaró la guerra a la pluralidad sexual y encerró la dignidad en campos de trabajo forzado. Ni tampoco para ser carne de novela, en la senda abierta por otro cubano, Carlos Montenegro, con su novela de 1938 Hombres sin mujeres, hito pionero de la literatura de temática homosexual en América Latina.

El sueño americano de Holly
No, los sueños de grandeza Holly Woodlawn no se detenían en la punta del muelle. No estaba Holly para conformarse con un sucedáneo doméstico. Su sueño era el sueño americano de tantos, y estaba al otro lado del mar. Allí donde un gay podría vivir como dios manda.

Holly Woodlawn nació, ya se dijo, en 1946, el sábado 26 de octubre. De madre latina y de padre, ex soldado, de origen alemán. Pero pronto voló del nido. La adolescencia ve crecer a Haroldo Santiago en las calles de Miami, donde también rápido cambió de nombre por Holly en un guiño al personaje de la novela de Truman Capote Desayuno con diamantes. Aunque el paraíso artificial de Miami pronto se hizo pequeño. En 1962 tomó rumbo norte, destino Nueva York. Así se lo contó hace ocho años a The Guardian: "Tenía quince años y suspendía siempre en el instituto porque estaba demasiado ocupada yendo de fiesta. Ese verano debía ir a clases de recuperación, pero no tenía ningunas ganas. Así que me reuní con algunas queens cubanas, vendí unas joyas y todas fuimos juntas para Nueva York".

El desembarco no fue fácil. Holly Woodlawn durmió primero en las calles hasta que por amigos sobrevenidos consiguió acomodo en una casa de Queens. Ya se hacía pasar por mujer, empezó a tomar hormonas y encontró pareja masculina con la que normalizar una doble vida. Entre semana, además, ejercía como modelo ocasional, vestida ya de mujer, para marcas de gama alta como Saks Fifth Avenue. "Durante seis o siete años nadie supo que yo era un chico", recordó mucho después. Se trataba de resistir, sobrevivir la ciudad y esperar una oportunidad surgida de la noche, el arte y la farándula. En 1968 se produjo su primer encuentro con Andy Warhol, apóstol de la revolución pop con sede en The Factory. Una ocasión de oro: Warhol y su troupe de excéntricos estaban en pleno traslado de local y Holly Woodlawn aterrizó en la sexta planta del edificio Decker como si jugara en cancha propia. No se equivocó. Al año siguiente Paul Morrissey escribió para ella un papel, breve pero crucial, en Trash y generó un primer gesto. George Cukor promovió su candidatura a "mejor actriz" aunque, escándalo efímero aparte, la batalla quedó en nada para todos los que, como en la canción, soñaban con tener los senos de Madonna y las piernas de Cher.

15 minutos de fama
No eran tiempos, aún, para la guerra pública; sí para disfrutar del reconocimiento de la sociedad, o al menos de tu parte de la sociedad. Contaba, divertida, sus encuentros con Mick Jagger o Federico Fellini en los salones de la alcurnia arty, y reivindicaba su carrera de actriz sin ambages. A principios de los años 70, ya con el aval de su primer trabajo en Trash, Woodlawn se hizo con varios papeles teatrales y en cine repitió con Morrissey en aquel trío de actrices trans en Women in revolt (1971), las mismas con las que comparte letra en la famosa canción de Lou Reed. Fue durante su estancia en la ciudad cuando coincidió con Reed y el resto de The Velvet Underground, asiduos también de la factoría Warhol y aspirantes a un peldaño en la escalera hacia los cielos. "Me sentía muy feliz al convertirme en una estrella Warhol, ¡me sentía como Elizabeth Taylor!", recordó en su apartamento de West Hollywood al repasar el libro de memorias ‘A low life in high heels’.

El cuarto de hora de fama en Nueva York le duró a Holly Woodlawn hasta que la policía mandó parar. Primero, por hacerse pasar por la mujer del embajador de Francia ante la ONU, lo que provocó una excarcelación breve pero, sin duda más importante, confirmó a nivel administrativo su verdadera identidad civil: aún hombre, ya con el cuerpo de mujer. Continuó como pudo en la escena teatral, sección musical, de Nueva York, intercalando estancias temporales en San Francisco y en la casa de sus padres en Miami. Ya en los años 90, muerto Andy Warhol, se convirtió en una de sus embajadoras con apariciones en documentales sobre el artista pop, conferencias y homenajes. La última década del siglo llegó su reivindicación por parte de la generación de chicas riot grrrl, un mínimo revolcón musical con Lucid Nation y un par de películas livianas de temática gay o ¡de vampiros!

Asentada definitivamente en el barrio gay de West Hollywood, las apariciones de Holly Woodlawn fueron cada vez más esporádicas. El último verano trascendió su enfermedad, cáncer de hígado derivado al cerebro, y fue entonces cuando el declive se hizo imparable. La actriz fue obligada a abandonar su apartamento para ser recluida en un hospicio tras una colecta entre amigos. Apenas arropada por algún viejo aliado, Holly Woodlawn murió a los 69 años después de vivir la vida que quiso. Un viaje por el lado más bestia de la vida que Albert Pla hizo rumba hace veinte años y que Manuel Vilas acaba de utilizar como vía de escape en su libro Wild Side España. Siempre con aquel estribillo adhesivo que por no necesitar, no necesita ni letra. Seguro que usted lo recuerda: Du du dú, du du du dú...