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jueves, 14 de abril de 2016

#hemeroteca #simonedebeauvoir | Simone de Beauvoir, el amor de una filósofa feminista

Imagen: Canino / Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir, el amor de una filósofa feminista.
Álvaro Arbonés | Canino, 2016-04-14
http://www.caninomag.es/simone-de-beauvoir-el-amor-de-una-filosofa-feminista/

Tal día como hoy hace treinta años murió Simone de Beauvoir. Por eso reflexionamos no sobre su vida o su obra, sino una intersección entre ambas cosas: cómo su filosofía y su existencia acabaron siendo reflejos recíprocos.

Existe cierta mística asociada al acto de filosofar. Siempre tratando con temas abstractos, en apariencia alejados de la realidad inmediata, no resulta difícil concebir al filósofo como un sujeto extraño, encerrado en su casa o su torre de marfil, demostrando ser tan inútil en la vida cotidiana como brillante en la intimidad. Y no dejaría de ser una soberana estupidez. De todos los nombres de filósofos que han llegado hasta nuestros días, incluso aquellos que tienen fama de haber estado particularmente alejados de la esfera pública —sambenito odioso que tiene que cargar Kant, que si bien era obsesivo en sus horarios, también era un prodigioso analista sociopolítico—, es difícil encontrar uno sólo que se ajuste al prejuicio clásico de la profesión. ¿Por qué? Porque, aunque la filosofía pueda ser abstracta, siempre debe remitir hacia algo: lo que existe. Y para explicar lo que existe antes hay que conocerlo.

Simone de Beauvoir (1908-1986) es el ejemplo perfecto de ello. Su constante activismo social -que le llevó a ser fundadora de la Liga de los Derechos de la Mujer-, la claridad de su escritura -lejos del oscurantismo del cual adolecían otros filósofos cercanos como Jean-Paul Sartre o Maurice Merleau-Ponty-, además de su extensa vida social -a veces hasta llegar al borde de lo escandaloso para los cánones de la época- no sólo sirven para defenestrar esa imagen absurda que tiene el inconsciente colectivo de lo que es el filósofo, sino también para entender su pensamiento. Y el punto cero de su filosofía también es algo que experimentaría en sus propias carnes: la construcción de la identidad.

Cuando menos, todo el mundo conoce el aforismo más famoso de Beauvoir: "no se nace mujer: llega una a serlo". Salvo porque no es un aforismo. Si continuáramos leyendo El segundo sexo (1949) partiendo de esa frase, podríamos saber que "ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino". Para Beauvoir, mujer no es quien nace con ovarios -como bien se encargaba de recalcar su padre al repetirle de pequeña "¡esta niña piensa como un hombre!"-, sino quien es visibilizada como tal. Lo cual no significa sino que, en un rango biológico, son consideradas incapaces: la mujer que no tiene familia es inútil, un trapo, algo que no sirve para nada. Y por extensión, la mujer que no desea casarse tiene dos problemas asociados: ser considerada por la sociedad como menos que mujer (menos aún que lo que está por debajo del ser humano estándar, el hombre) y tener que preocuparse por la posibilidad de no tener sustento económico en el futuro. Porque como es un ser incompleto, tampoco puede trabajar fuera de la casa.

Si a lo largo de la historia apenas si ha habido matrimonios por amor es porque las mujeres rara vez han tenido la posibilidad de elegir, de no temer ya no sólo al ostracismo social, sino la propia posibilidad de no morir de hambre. De ahí que Beauvoir crea que el primer paso de la liberación de la mujer es el trabajo. Aquellas mujeres que puedan valerse por sí misma, que puedan empoderarse ganando un sueldo, sin tener que temer la posibilidad de quedarse sin comida o techo, tendrán más facilidades para tratar con los hombres como iguales. ¿Significa eso que con la igualdad laboral se acaba el problema? Ni mucho menos. El origen de la desigualdad no es la creencia de que el hombre es superior, sino la de que la mujer es inferior; que entre el macho y el castrado, entre el ser completo e incompleto, existe algo intermedio, no del todo formado, que sería la mujer. Algo amorfo, útil, bonito, pero que en ningún caso es un ser completo autónomo como sí es el hombre. Algo que ella dinamitó de forma metódica con su ‘opera magna’.

Todo este marasmo teórico podría hacer pensar a algunos que Beauvoir debió ser una persona horrible que estaba en contra del matrimonio, el amor o los hombres y que, por extensión, deseaba con todas sus fuerzas la castración masiva o la aniquilación total del género masculino. Mas al contrario, y aunque si creía que las relaciones entre personas del mismo sexo debían tener el mismo estatus social que las que ocurrían entre personas de distinto sexo —lo cual incluía no hacer distinción de género alguna, no encasillarse en las preferencias sexuales como en un dogma—, era una firme defensora del amor, aunque no necesariamente del matrimonio.

Más prejuicios derrumbados
Pensemos en otro prejuicio clásico que tienen que soportar aquellas personas adscritas al pensamiento: el filósofo que nunca consigue formalizar ninguna relación. O que, en un ejemplo de egotismo, acaba muriendo virgen. Y si bien ahí está Kierkegaard para alimentar habladurías, Beauvoir está para desmentirlas.

Aunque pasaron toda su vida juntos, Beauvoir nunca se casó con Sartre. No porque él no se lo pidiera, que lo hizo, o porque ella no creyera en el matrimonio, que no lo hacía, sino porque eso habría cambiado radicalmente la naturaleza de su relación. Porque no es casual que habláramos antes de que sus relaciones interpersonales resultaron escandalosas para la época. En su relación siempre fueron bienvenidas terceras personas, otros individuos con los que hacer amistad o tener relaciones sexuales, sin que por ello hubiera nunca problemas de entidad entre ambos. Igual que podían escribir, tomar café o charlar con otras personas, también podían follárselas. Y si esto es un ejemplo de cómo la vida va marcando el pensamiento de cada individuo, también estamos ante un caso particularmente potente de cómo el pensamiento puede marcar los modos de vida: siguiendo cierta terminología filosófica, Beauvoir consideraba su relación con Sartre ‘necesaria’ mientras que todas sus demás relaciones eran 'contingentes’. Mientras que él era el principal, la persona más importante de su vida después de sí misma, los demás eran importantes, pero accesorios.

De ahí su visión del amor. Atravesada de feminismo, con la igualdad en mente, pero en ningún momento negando la posibilidad de que puede existir ese alguien especial, la persona que jamás querrías fuera de tu vida no importa como cambien las circunstancias: "el día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal". Beauvoir amaba con su fuerza, se encontraba en él, se afirmaba a través de él, porque Sartre era necesario, pero eso no le impedía darse a cuantas contingencias deseaba de verdad. Porque eso tampoco negaba la idoneidad que percibía en él.

Esa es la Beauvoir que queremos recordar. No sólo la escritora, la activista o la feminista, sino también la persona, la filósofa cuyo pensamiento atravesó toda su vida como sólo puede hacerlo aquel que está iluminado por la propia experiencia. Porque si alguien durante el siglo XX supo ver más allá, liberarse y crear una hoja de ruta para hacerlo, esa fue Simone de Beauvoir.

viernes, 26 de febrero de 2016

#hemeroteca #cine | Eusebio Poncela: “En el estreno de ‘Arrebato’ les faltó tirarnos piedras”

Eusebio Poncela: “En el estreno de ‘Arrebato’ les faltó tirarnos piedras”.
Yago García | Canino, 2016-02-26
http://www.caninomag.es/entrevista-eusebio-poncela-en-el-estreno-de-arrebato-les-falto-tirarnos-piedras/

No todos los días se tiene el privilegio de hablar con uno de los grandes insumisos del cine español. En nuestra conversación con Eusebio Poncela, aprovechando el estreno de La corona partida, hemos podido hablar con él de Iván Zulueta, de terrorismo, de Eloy de la Iglesia y de cómo la cultura oficial acabó llevándose por delante a lo mejor de los 80 en España.

“…Bueno, cuando me aburra te doy una patada en la espinilla”.


Así de contundente lo aclara desde el principio. Y nosotros, encantados. Porque la oportunidad de hablar con Eusebio Poncela, aprovechando la presentación para la prensa de ‘La corona partida’, es para nosotros un auténtico lujo. Interpretando de nuevo al cardenal Cisneros (un papel que retoma de las series ‘Isabel’ (2011-2014) y ‘Carlos, rey emperador’ (2015-2016), así como de una intervención muy fugaz en ‘El ministerio del tiempo’), el actor nacido en Vallecas en 1947 vuelve a vestirse de púrpura y a exponer su rostro a los espectadores más jóvenes. Unos espectadores que tal vez desconozcan, pobrecillos, el pedazo de currículum de este señor.

Para empezar, Eusebio Poncela ha protagonizado tres de las mejores películas españolas de la historia: la brutal ‘La semana del asesino’ (Eloy de la Iglesia, 1973), uno de los títulos fundacionales del ‘gore’ de aquí, la excelsa ‘Arrebato’ (Iván Zulueta, 1979) y ‘La ley del deseo’ (1987), obra capital de un Pedro Almodóvar que, por entonces, aún molaba. Y sin desestimar las otras gemas que contiene su carrera (como ‘Intacto’ -2001-, por la que recibió su aún única nominación al Goya, o ‘Diario de invierno’ -1988- del siempre áspero Francisco Regueiro), su personalidad reviste el atractivo de un auténtico insumiso que nunca ha parecido tener un hueco claro en el celuloide nacional. Tal vez, podríamos apuntar, porque su industria no se lo merece. En este encuentro, necesariamente breve, dejamos sin tratar múltiples temas de interés, pero las declaraciones que sí tuvimos tiempo de obtener valen su peso en oro.

Yago García (YG): Viéndote como Cisneros aquí en ‘La corona partida’ y en ‘Isabel’, llama la atención el hecho de que interpretas a un personaje al que se ha presentado durante muchísimos años como un héroe, un arquetipo de la ‘España imperial’. Y, pese a ello, en la serie y la película lo presentáis como un sujeto muy turbio…


Eusebio Poncela (EP): No tenía más remedio: era una época turbia, y él estaba en la lista de los más turbios. Pero también era un hombre muy complejo, con cosas extraordinariamente buenas. Un hombre extraordinario, directamente, para lo bueno y para lo malo. Si en realidad él no quería el poder, no quería nada… sus ambiciones eran más bien espirituales, místicas, ‘zenutrias’, ¿me entiendes?

YG: Y, sin embargo, es curioso: eso que tú dices de alguien complejo, con muchas capas y tal, ves a un político español en el Telediario y te dan ganas de decir muchas cosas, pero eso precisamente, como que no.

EP: Es que se ha caído muy bajo… Muy bajo. [Ríe]

YG: A ‘Isabel’ se la toma como ejemplo de la llegada de una cierta televisión ‘de calidad’ a España. Y tú de eso sabes bastante: estoy pensando en ‘Los gozos y las sombras’ (1982) y en ‘Pepe Carvalho’ (1986), que eran series muy ambiciosas…

EP: Sí, eran ambiciosas. Y se hacían muy bien. Yo las recuerdo como algo más… cómo se dice… “artesanal”. La artesanía, digamos, era más fina: había más tiempo, y rodábamos en 35 milímetros. La diferencia es que, ahora, una serie llama más la atención que una película (y no digamos que una película española), salvo si hablamos de peliculones de estos de mucha acción y tal, pero, cuando nosotros hacíamos aquello, el foco de interés era justo al contrario: el cine iba primero. Así pues, ‘Los gozos y las sombras’ fue de las primeras series que llamaron la atención por divinamente realizadas y hechas… Alguna habría antes, pero hablamos de hace 35 o 37 años, cuando no había un ‘background’ de series con ese tipo de poder visual, literario. A lo mejor había y estoy siendo un injusto tremendo, ¿eh? Porque no soy un espectador tremendo de la televisión.

YG: Dices que se hacían “con menos prisa”. ¿Rodar un capítulo de ‘Isabel’ o, ahora, de ‘Águila Roja’ es una experiencia muy agotadora?

EP: No tiene nada que ver. Entonces se empleaban los ‘tempos’ de un rodaje de cine. Para hacer ‘Los gozos y las sombras’ estuvimos, déjame que piense… siete meses rodándola. Y luego, como la sonoridad resultaba defectuosa, hicimos postproducción de audio. Ahora, una temporada de ‘Isabel’ nos la hemos podido ventilar en cuatro meses. Calcula. A mí me ha costado un poquito de esfuerzo adaptarme a todo esto: rodar con tres cámaras, las prisas…

YG: En ‘Canino’ le tenemos verdadera devoción a muchas de tus películas, y la primera de todas es una que nos flipa: ‘La semana del asesino’. Pero la primera que haces es una película colectiva titulada ‘Pastel de sangre’ (1971).


EP: Efectivamente. En esa película participamos muchos que por entonces estábamos empezando. Como Emilio Martínez Lázaro, que ahora es… Bueno…

YG: Que es Emilio Martínez Lázaro.

EP: Que es Emilio Martínez Lázaro [ríe]. También estaba Jaime Chávarri, gente que entonces empezábamos a hacer películas. Pero antes había rodado ‘Fuenteovejuna’, que no la cuento como película porque en su momento pareció más como algo para TV. Mentalmente estaba en otro rollo. Estaba en los setenta, no sé si me entiendes…

YG: Creo que sí. Hablando de ‘La semana del asesino’, digamos que tenemos pasión por Eloy de la Iglesia…


EP: No me extraña. No me extraña nada.

YG: …Y también, en esa película en concreto, nos encanta cómo transgrede un montón de cosas impensables por entonces: la sangre, el canibalismo, poner como protagonista a Vicente Parra, al que el público había conocido por ‘¿Dónde vas, Alfonso XII?’ Para colmo, De la Iglesia te pone en un papel descaradamente gay, algo que siempre nos preguntaremos cómo pasó la censura. ¿En qué pensaba uno viéndose embarcado en algo así?

EP: Eloy era especial, empecemos por ahí. Y yo, en aquella época, cuando estaba empezando, había tenido que hacer varios loros. Pero loros papúas… Estoy hablando de películas espantosas. No muchas, ¿eh? Pero sí algunas. Eloy era muy especial, y te dabas cuenta de que su mundo, su discurso y su ‘antidiscurso’ eran muy especiales. Tuvimos problemas con la Censura, no te creas, pero en general salió bien. Y la producción era un espanto, ya te puedes imaginar, todo muy precario pero siempre estaba Eloy presente, con ese espíritu tremebundo. Y eso es muy importante: si no tienes un jefe, un timonel que no sepa dónde cojones va la película, mal. Y él tenía ese espíritu, pero de verdad. Como las han tenido otros con los que he ido tropezando: estoy pensando en Gillo Pontecorvo, por ejemplo. O en Iván Zulueta. Fue un rodaje peculiar, por decirlo piadosamente. Y siempre me extrañaré de cómo pudo funcionar aquello, porque a mí Vicente Parra no me seducía en lo más mínimo.

YG: Cuando tu función en la trama era, precisamente, seducirle…


EP: Así se logran las cosas a los veintipocos, cuando las haces de una manera un poco… Porque ahora, visto desde la distancia, me pregunto cómo pude hacerlo creíble: Vicente, pobrecito, me espantaba un poco. Sexualmente, quiero decir.

YG: Vaya. Ya que has mencionado a Pontecorvo, te encontramos interpretando a un etarra para él en ‘Operación Ogro’ (1979), sobre el asesinato de Carrero Blanco. Una película que, sólo unos pocos años más tarde, hubiera sido imposible de realizar…

EP: Es que los milagros de los 70 fueron unos cuantos…

YG: Y no interpretas a cualquier miembro de ETA, sino a un personaje inspirado en José Miguel Beñarán ‘Argala’. ¿Cómo se abordaba entonces una tarea así? ¿Con qué mentalidad?

EP: En mi caso particular, yo es que a los protagonistas reales de ‘Operación Ogro’ los conocía en persona. ¿Qué cómo pudo ser? Pues ya ves, cosas de la vida. Un año antes del rodaje, fue. Y entonces ya conocía el ambiente, los tipos de personas que eran, por dónde se movían, esto, lo otro… Para ese papel, Gillo [Pontecorvo] quería a Michelle Placido, no te lo pierdas, pero tenía muy buen ojo para los repartos, y cuando nos conocimos cambió de opinión. Y es que yo venía… de hacer amistades. Y tenía conocimientos. De primera mano, está claro que no, pero tenía conocimientos.

YG: En esos mismos años de ‘Operación Ogro’, cuando el Caudillo está ya bajo tierra, la generación a la que tú perteneces empieza a tener acceso a más medios de producción, a más libertad y a más atención de los medios. Estás tú, está Zulueta, está una Carmen Maura que viene del teatro independiente… Gente que os habéis tenido que tirar los sesenta y los setenta ateniéndoos a lo posible, digamos. Cuando se amplía el panorama, y podéis empezar a asumir trabajos más personales, ¿cómo os lo tomáis?

EP: Para hacer un poquito de historia, como decía César Santos Fontela, el crítico, “estos grandes muchachos estaban refugiados en la tele”. Hablaba, entre otros, de Carmen y de mí, que nacimos el mismo día del mismo mes, con dos años de diferencia: más generación, imposible. Entonces hacíamos teatro clásico en TV, cosas de Schiller, adaptaciones literarias con Pilar Miró para la serie ‘Los libros’ (1974-1977). La primera parte de los setenta, hasta que se muere ‘mi primo’… era un poco rara. Se hacían películas muy malas: de repente nos veíamos en ‘El asesino está entre los trece’ (1976), que ya ves tú. A partir del 75 empezamos a hacer cosas más interesantes: con Gonzalo Herralde (el hermano de Jorge Herralde, el editor de Anagrama) hicimos ‘La muerte del escorpión’ (1976), que no es que fuese redonda, pero apuntaba maneras. Tanto en el teatro como en el cine había más alcance.

YG: Hace ya varios años, hablando de ‘Arrebato’ con Marta Fernández-Muro, abordamos este mismo tema y ella me resumió la idea que circulaba en el rodaje de esta manera: “¿Qué España es aburrida, que es cutre, que es gris? Pues sí, pero no nos importa”. Me interesa saber cómo veíais aquello personas que habías viajado al extranjero, que conocíais la contracultura…


EP: Que la conocíamos y que la vivíamos, además… Pero nos castigaron bastante. En el estreno de ‘Arrebato’ les faltó tirarnos piedras.

YG: La crítica del ABC fue muy cruel: “Zulueta tiene por el cine un gran, obsesivo amor que no es correspondido”.


EP: Los críticos llegaban a decir poco menos que Iván y yo nos teníamos que ir de España. Yo recuerdo haber acompañado a Cecilia [Roth] saliendo del estreno, en el Cine Azul, y haberme ido con ella Gran Vía arriba. Y haberla visto llorando por el camino.

YG: Llama la atención ver cómo funcionáis por oposición (o por contraste, como tú veas) a toda esa cultura española de signo ‘progre’, tan autosatisfecha de su papel como oposición al Franquismo. Una cultura que, cuando llegan los ochenta, se convierte en la nueva cultura oficial…


EP: Oposición y contraste, las dos cosas. Una oposición y un contraste vivo. Pero en los ochenta muchos caímos en trampas terroríficas, me entiendes, enfermamos… y tenías que luchar contra muchísimas cosas muy graves. Pero hemos sobrevivido, lo cual fue bastante difícil. Iván, por ejemplo, siempre odió no haber llegado a los ochenta: ‘Arrebato’ es del 79, y eso le daba muchísima rabia. Él quería que el estreno inaugurase la nueva década. Y, en cierto sentido, la inauguró, y a lo bestia además. Tal vez fuéramos creativos, y estuviéramos más al mando de la situación, pero nos dieron palos por todas partes, siempre.

YG: Y teníais a otra generación, cerca de diez años más joven, empujando por abajo…


EP: Te queda la satisfacción de haber abierto camino en un país que estaba bastante ‘catetizado’. Y, a pesar de todos los castigos, seguimos, porque es que no podíamos hacer otra cosa: si eres auténtico, lo eres y ya está, no hay que darle más vueltas.

YG: Aparte de ‘Arrebato’, de la que se ha hablado tantísimo, está tu segundo trabajo con Zulueta: ‘Párpados’ (1989). Hablamos de una película que es maravillosa, una delicia, pero que sale como especial televisivo y a la cual apenas se le suele dar importancia. ¿Cómo fue la producción y el rodaje de aquella locura?

EP: Fue maravilloso. Fantástico. Ver a Iván preparándolo todo, porque él hacía los decorados, los dibujos y todo sobre la marcha, era ver lo que es un creador de verdad en acción. Porque aquello sale como parte de una serie para TVE [‘Delirios de amor’ (1986)], de manera que había unos plazos e Iván era más bien anárquico. El montaje tenían que quitárselo de las manos. Además, allí trabajé con Marisa Paredes, mi gemela. El otro día, cuando presentamos los Goya ella y yo, alguien nos dijo “yo siempre pensé que erais uno, pero ahora resulta que sois dos”…

YG: Para preparar la entrevista, revisé el videoclip de ‘Matador’, de Los Fabulosos Cadillacs: ahí fue donde muchos descubrimos tu vínculo con Argentina…


EP: Es que tengo una obrita argentina, no sé si lo sabrás…

YG: A eso iba: ya que tienes vínculos personales y profesionales allí, ¿nunca has pensado en mandar a España a tomar viento e instalarte definitivamente por esa zona?


EP: He mandado a España a tomar viento en varias ocasiones, pero ya sabes cómo es el viento: va p’acá y p’allá. Y, luego, no conviene echar por tierra tu memoria personal. Tu memoria eres tú. Y aunque este país sea una catetez, y además imposible de cambiar (porque, como dicen los andaluces, “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”) vuelves y ya… Lo que pasa es que yo he sido siempre aventurero, siempre he sido peculiar en todo.

YG: Para terminar: supongo que conoces la cita de William Blake, aquello de que el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría…


EP: Y excesos he tenido unos cuantos, porque yo siempre le he dado bastante a la golfería, ¿sabes? Entonces, pues aquí estamos, y estoy más de acuerdo que otro poco con don William Blake…

lunes, 8 de febrero de 2016

#hemeroteca #cine | Nueve películas sobre homosexualidad (casi) desconocidas

Imagen: Canino
Nueve películas sobre homosexualidad (casi) desconocidas.
Francesc Miró | Canino, 2016-02-08
http://www.caninomag.es/nueve-peliculas-sobre-homosexualidad-casi-desconocidas/

Solemos pensar a menudo que la homosexualidad en el séptimo arte es una temática de relativa modernidad. Lo cierto es que algunas películas trataron el tema hace casi un siglo, con una apertura y sensibilidad que sorprenderían a muchos. Aquí van diez películas casi desconocidas, que ya trataron la homosexualidad antes que Carol (2015).

La homosexualidad y el cine vuelven a estar en el brasero. ‘Carol’, la última y recién estrenada película de Todd Haynes, cuenta con nada menos que seis nominaciones a los Oscar y narra la historia de amor entre una mujer atrapada en un matrimonio (elegantísima Cate Blanchett), y una joven dependienta de una tienda de juguetes (estupenda Rooney Mara). Antes que ella, otras muchísimas películas hablaron de las relaciones entre personas del mismo sexo. Por ejemplo, estas nueve.

Diferente a los demás (Richard Oswald, 1919)
Aunque el título pueda parecer más o menos desafortunado, estamos hablando de un mediometraje de 1919, es decir, de hace 97 años nada más y nada menos. Se trata de una película muda que narra abiertamente la historia de amor entre un talentoso profesor de violín, interpretado por Conrad Veidt, eterno Cesare en ‘El Gabinete del Dr. Caligari’ (1920), y un alumno fascinado por él (Fritz Schulz). Aunque cierto es que una antropología ‘queer’ del cine tal vez pudiera descubrir alguna película anterior, ésta es canónicamente aceptada como la precursora del subgénero y está considerada la primera película en tratar abiertamente una relación gay. Ambos protagonistas, cierto es, cuentan con todos los tópicos de sobreactuada feminidad de la figura masculina homosexual. Sin embargo, ésta no aparece como un elemento secundario y risible que acentúa la masculinidad de otro personaje principal, que era la tónica de la época. Nada más lejos. Curiosa película, valiosa por su significado y su antigüedad.

Muchachas de uniforme (Leontine Sagan, 1931)
Apenas dos años antes de que Hitler fuese nombrado canciller, la directora austríaca Leontine Sagan narró con fascinante sensibilidad una historia que prefiguraba el peligro del ascenso de la intolerancia al poder. Basada de en la novela de Christa Winsloe e intepretada únicamente por mujeres, cuenta la historia de Manuela (Herta Thiele), una joven que se enamora de su profesora, pero a quién la opresión del internado en el que vive acabará por destruir. ‘Muchachas de uniforme’ no es sólo un canto contra la intolerancia, también una bellísima historia de amor que llevaría a la directora a huir de su país y refugiarse en Inglaterra. En el 58 disfrutó de un remake llamado ‘Corrupción en el internado’ (1958) dirigido por Géza von Radványi.

Bilitis (David Hamilton, 1977)
En su libro de fotografías ‘Dreams of a Young Girl’ (1971), David Hamilton ya estudiaba el erotismo de la naturaleza y la sencillez, así como la extraña atracción que despiertan cuerpos que se sienten bellos y amados. Durante los setenta, el fotógrafo compaginó su obra con un cine experimental entre la erótica y el drama amable. ‘Bilitis’, trata, tal vez con demasiada estilización, el descubrimiento del sexo de dos adolescentes que no saben si se aman pero que tienen claro que se desean. Una declaración de amor al cuerpo femenino, puede que dedicado al deleite masculino heterosexual, pero que sin embargo, goza de una naturalidad y belleza innegables.

Su mejor marca (Robert Towne, 1982)
Mariel Hemingway, nieta de Ernest Hemingway, era Chris Cahill, la protagonista de esta historia de amor entre dos atletas que se preparan para las olimpiadas de 1980. Chris y su compañera de equipo (Patrice Donnelly) empiezan a sentir que son algo más que amigas, tanto más cuando su homófobo entrenador (un tremendo Scott Glenn) las vigila y les complica la vida. Mientras viven su extraño romance, la propia Chris tendrá dudas de su sexualidad cuando se descubra atraída por un nadador. Un triángulo amoroso que trata la homosexualidad abierta y seriamente entre dos jóvenes, sin excesivos romanticismos ni estilizaciones. Quizás algo más que un intento de romper clichés sobre el lesbianismo.

No skin off my ass (Bruce La Bruce, 1993)
La manida etiqueta de ‘enfant terrible’ sí que se ajustaba, en su momento, a lo que el cineasta canadiense Bruce La Bruce representaba con su cine. Mucho más que su hoy denominado sucesor en el trono Xavier Dolan. En esta película, Bruce la Bruce cuenta la historia de un peluquero que fantasea con un skinhead a quién conoce un día en el parque. Sus fantasías van mucho más allá de lo que el propio skinhead parece querer de él, pero eso no frena su deseo. Una especie de drama psicológico punk irreverente con poco romanticismo y mucho erotismo.

El mar (Agustí Villaronga, 2000)
La religión ha sido, siempre, una de las principales barreras a las que un tratamiento y comprensión de la homosexualidad de manera normalizada se ha tenido que enfrentar. Villaronga entabla el discurso de ‘El mar’ a medio camino entre el drama y al crítica social. Manu (Bruno Bergonzini) y Andreu (Roger Casamajor) se conocen cuando tienen diez años, en plena Guerra Civil. Otw década después se reencuentran en una institución dónde tratan la tuberculosis que ambos padecen. Manu, ferviente creyente, verá su credo puesto en duda cuando empiece a entender que él y Andreu son algo más que amigos.

El niño pez (Lucía Puenzo, 2008)
Una de las más extrañas e insólitas películas de esta breve lista: una historia de amor entre dos adolescentes, tocada de violencia, sexo y fantasía. Una película tan rara y llena de giros que, en cierto modo, cualquier sinopsis haría poca justicia a su enrevesada trama. Lala (Inés Efron) y Guayi (Mariela Vitale) son dos adolescentes enamoradas que sueñan con escapar de sus vidas para vivir en Paraguay. Cuando han reunido el dinero suficiente, un crimen y la leyenda de un niño pez que guía a los ahogados hasta el fondo de un lago en el que descansar harán de su viaje una epopeya. Violenta, romántica, directa, poética, tocada de pinceladas de realismo mágico y empeñada en no ubicarse dentro de género alguno.

En 80 días (José Mari Goenaga, Jon Garaño, 2010)
José Mari Goenaga y Jon Garaño, que el año pasado volvían a repetir dueto con más o menos suerte en Loreak (2014), dirigían en 2010 la encantadora ‘80 egunean’: la historia de amor entre dos ancianas. Itziar Aizpuru interpretaba a Axun, una anciana que a los setenta años se reencuentra con su amiga de la infancia, Maite (Mariasun Pagoaga). Entre ellas, toda una vida de experiencias que contarse y una química que sigue intacta. Las dos mujeres descubrirán que la vida ha hecho mella en sus cansados cuerpos. Harta de falsedades y máscaras, Axun descubrirá que Maite es lesbiana y se preguntara si no es una locura amar a los setenta años y, si lo hace, si no es más locura aún descubrirse homosexual. Delicioso drama cómico que, a pesar de su pretendido realismo, cuenta con algún esfuerzo de dudable credibilidad. Y sin embargo, la química entre sus protagonistas y la naturalidad de su actuación (en especial Iztiar Aizpuru), hacen de ‘En 80 días’ una de las más bellas historias de amor tardío filmadas en nuestro país en la última década.

Luna en Brasil (Bruno Barreto, 2013)
Antes de ganar el Pulitzer de poesía en el 56, la poeta estadounidense Elizabeth Bishop escribía en su libro Norte y Sur (1946) “Pierde algo cada día. Acepta la confusión por las llaves perdidas, la hora en blanco. El arte de perder no es difícil de dominar (…) Incluso perderte a ti”. Su historia, en cambio, recorrió el camino contrario a su poesía, puesto que a ella sí le costó superar la pérdida de su pareja, la arquitecta socialista brasileña Lota de Macedo Soares, que se suicidó en el 67 y con quién mantuvo una relación de quince años. ‘Luna en Brasil’ narra la historia de amor entre ambas antes de la depresión de la segunda. Lota, una mujer inspirada y feliz, cambiará el mundo de Bishop y su manera de reflexionar sobre él para siempre. Un drama “basado en hechos reales”, equilibrado y agradable, sobre dos mujeres realmente fascinantes, y en el que brilla con luz propia Miranda Otto.

martes, 29 de diciembre de 2015

#hemeroteca #literatura #mujeres | El año en el que solo leí libros escritos por mujeres

Imagen: Canino
El año en el que solo leí libros escritos por mujeres.
Azul Corrosivo | Canino, 2015-12-29
http://www.caninomag.es/el-ano-en-el-que-solo-lei-libros-escritos-por-mujeres/

En febrero de 2015 me propuse pasar el año leyendo libros escritos exclusivamente por mujeres. Haciendo balance: no he mutado, no me he convertido en un pavo y, además, no me he perdido nada. Tras toda una vida poniéndome en los ojos de los hombres, el consumo continuo de la visión femenina me ha quitado una sed que ni siquiera era consciente de tener.

En la literatura, al igual que en el resto de disciplinas, las mujeres han sido invisibilizadas por los hombres. Hasta hace relativamente poco, debían usar un pseudónimo masculino para poder publicar sus obras, facilitando así la recepción favorable de sus escritos, como Cecilia Böhl de Faber o, más cerca en el tiempo, J. K. Rowling, cuyo uso de las iniciales no es más que una búsqueda de ambigüedad. Incluso hoy, el trabajo de unos y otros no se valora en la misma medida: se cuelga la etiqueta de “literatura femenina” con un tono peyorativo, como en el caso de la novela romántica, totalmente estigmatizada; y los géneros específicos, como el cómic feminista, son prácticamente desconocidos. Nos han hecho creer que la literatura masculina es una narración universal y que la nuestra es particular, excluyente, específica.

No todas las mujeres escriben como mujeres ni para mujeres, pero los obstáculos a los que se han enfrentado a lo largo de la historia han favorecido la aparición de una literatura propia. Primero: las mujeres escriben más sobre mujeres. Conocen sus problemas propios, sus desigualdades diarias y sus recovecos sociales; tienen en cuenta sus intereses y preocupaciones con una sensibilidad que rara vez se encuentra en la narración masculina. En definitiva: conectan con nosotras. Las escritoras introducen más personajes femeninos, más variados y, por lo tanto, más humanos y profundos. Aun así, hay mucha resistencia a compartir el olimpo de los dioses literarios: para los escritores es más cómodo afianzar estereotipos que les ponen a ellos en el centro del cosmos.

Durante este año de lectura exclusivamente femenina, he descubierto otros prismas con los que mirar el mundo. He disfrutado de la construcción de personajes y ha sido refrescante dejar de lado las representaciones esquemáticas y maniqueas de los personajes femeninos. En 2015, no solo ha habido madres, santas, putas, manipuladoras, pérfidas o tontas como único plano; ha habido dudas, ilusiones, miedos, ambiciones, amistades y contradicciones. No he sentido que estuviera renunciando a nada dejando de leer a escritores por unos meses, y he recorrido las historias de estas mujeres con una visión más cómoda, protegida y a gusto entre sus páginas. Un poco como llegar a casa y quitarse el sujetador.

Hombres y mujeres cuentan el mundo desde sus propias vivencias y sensaciones, generalmente desde lugares diferentes, y ya va siendo hora de ponerse en los zapatos de la otra mitad de la población. Fuera de los estereotipos románticos, este año he leído novelas de ciencia ficción maravillosas, como ‘El cuento de la criada’ (1985) de Margaret Atwood, ‘La mano izquierda de la oscuridad’ (1969) de Ursula K. Le Guin o la trilogía ‘Mendigos’ (1991-1996) de Nancy Kress; he releído el terror demencial y exasperante del ‘Frankenstein’ (1818) de Mary Shelley; las vivencias de Amélie Nothomb en ‘Estupor y temblores’ (2002); el canto a la libertad de Charlotte Perkins en el relato ‘El papel pintado de amarillo’ (1892); ensayos dinamitadores como ‘Teoría King Kong’ (2007) de Virginie Despentes o ‘Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres’ (2014) de Rita Laura Segato; el tono ácido e irónico de Caitlin Moran en ‘Cómo ser mujer’ (2013); la ventana hacia la oscuridad del espíritu y los monstruos de ‘Siempre hemos vivido en el castillo’ (1962) de Shirley Jackson; o ‘La historia de Genji’, un manuscrito de Murasaki Shikibu escrito en el siglo XI y dirigido a las mujeres de la realeza del periodo Heian. Todos ellos están disponibles en el Tumblr Biblioteca Feminista.

Hay millones de opciones. Antes de Sylvia Plath estuvo Virginia Woolf, antes de ella estuvo Jane Austen, y antes de ella ya estaba Mary Wollestonecraft, y antes María de Francia o Christine de Pizan. Las voces femeninas, más o menos reivindicativas, siempre han estado ahí. En las editoriales más abiertas a recibir escritoras, el porcentaje de creadoras no suele superar el 25%; en las estanterías de las librerías y en centros educativos y universidades, los autores masculinos siguen copando el grueso de la programación; y la actividad de lectoras y escritoras va asociada a la baja cultura y a la literatura “menor” o subliteratura. Tenemos que luchar por visibilizar y normalizar la presencia de mujeres en la literatura, empezando por conocer su visión en los diferentes géneros para ampliar el espectro de posibilidades. Busquen, lean, recomienden, presten ejemplares, regalen libros escritos por mujeres. En 2016, pueden hacer la prueba.