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lunes, 27 de enero de 2025

#libros #homosexualidad #historia | Historia de la homosexualidad masculina en España

Historia de la homosexualidad masculina en España / Francisco Vázquez García (ed.).

Madrid : Catarata, 2025 [01-27].
240 p.
Serie: Mayor ; 1029.

/ ES / Libros / ENS / REC / España / Gais / Historia / Homosexualidad masculina / Memoria histórica

📘 Ed. impresa: ISBN 9788410671485 / 18.50 €
📝 Cita APA-/: Vázquez García, Francisco (ed.). Historia de la homosexualidad masculina en España. Catarata.


Un recorrido por los avatares de la homosexualidad masculina a través de la historia española desde la Antigüedad. Este libro no sería posible en otra época de la historia de España. Esta obra ofrece un exhaustivo y revelador recorrido a través de los avatares, persecuciones y transformaciones que ha sufrido la homosexualidad masculina en nuestro país desde los tiempos de los reinos visigodos hasta la actualidad. A lo largo de estas páginas se desentrañan los contextos sociales, políticos y culturales que han ido moldeando la vivencia y la percepción de la homosexualidad y se invita al lector a reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro de esta realidad en constante transformación.
Autoría: Francisco Vázquez García, Germán Navarro Espinach, Juan Pedro Navarro Martínez, Richard Cleminson, Javier Fernández-Galeano, Geoffroy Huard.
😏 Francisco Vázquez García es catedrático de Filosofía en la Universidad de Cádiz. Ha publicado ampliamente sobre historia cultural de la sexualidad. Es también editor de Historia de la homosexualidad masculina en Occidente (Los Libros de la Catarata, 2022) e Historia de la homosexualidad femenina en Occidente (Los Libros de la Catarata, 2023).

lunes, 26 de septiembre de 2022

#libros #homosexualidad #historia | Historia de la homosexualidad masculina en Occidente

Historia de la homosexualidad masculina en Occidente / Francisco Vázquez García (ed.).

Madrid: Los Libros de la Catarata, 2022 [09-26].
272 p.
Colección: Mayor ; 906.

/ ES / Libros / ENS / REC / Historia / Homosexualidad / Homosexualidad masculina / Identidades / Subcultura

📘 Ed. impresa: ISBN 9788413525464 / 20,00 €
📝 Cita APA-7: Vázquez García, Francisco (ed.). Historia de la homosexualidad masculina en Occidente. Los Libros de la Catarata.


[.es] Esta historia de la homosexualidad masculina en Occidente está inserta siguiendo los avatares de los grandes procesos de la historia social y política. No existe una historia unitaria y, por tanto, universal de la homosexualidad. Esta historia se ha construido desde un enfoque “integracionista”, que sigue los avatares de la homosexualidad insertándolos en los grandes procesos de la historia social y la política, combinando de forma equilibrada el análisis de las prácticas, de las representaciones y de los discursos, entrecruzando fuentes múltiples y alternando las exploraciones geográficas e histórico-etnográficas y la historia de los conceptos (teológico-morales, filosóficos, científicos) y de las imágenes (plásticas, literarias, publicitarias).

‘La Historia de la homosexualidad masculina’ en Occidente se ha organizado a partir de tres grandes ejes. En primer lugar, el estudio de las prácticas de control y persecución desplegadas por las diversas instituciones sociales y etapas históricas. En segundo lugar, las formas de resistencia que apuntaron a crear espacios vivibles, un medio propio y eventualmente una subcultura o un movimiento de contestación en cada época. Finalmente, se trata también de captar las formas de identidad, de subjetividad conformadas en esta relación agónica entre la acción de poder y los desafíos de la libertad del individuo. El resultado es una ambiciosa obra de la que se han pulido sus aristas más estrictamente académicas y que ha buscado el lenguaje accesible necesario para el mayor entendimiento. 

Autoría: Francisco Vázquez García, Juan Martos Fernández, Rafael M. Mérida Jiménez, Javier Ugarte Pérez, Francisco Molina Artaloytia, Richard Cleminson, Javier Fernández Galeano, Geoffroy Huard.
  • ÍNDICE
  • INTRODUCCIÓN. POR UNA HISTORIA MULTIVERSAL / Francisco Vázquez García
  • CAPÍTULO 1. HOMOSEXUALIDAD EN GRECIA Y EN ROMA / Juan J. Martos Fernández / Consideraciones generales. Homosexualidad en Grecia. Homosexualidad en Roma. Conclusión
  • CAPÍTULO 2. EL HOMOEROTISMO MASCULINO EN LA EUROPA MEDIEVAL / Rafael M. Mérida Jiménez / I. EL CONTEXTO EUROPEO. Las voces de los verdugos. Tolerancia e intolerancias. Las regulaciones del pecado nefando. Los discursos científicos. Los documentos literarios. II. LA EDAD MEDIA IBÉRICA. La ‘excepcionalidad’ legal. Las representaciones literarias iberorrománicas. El legado hispanoárabe e hispanohebreo. Reflexiones finales.
  • CAPÍTULO 3. EL HOMOEROTISMO MASCULINO EN LA EDAD MODERNA / Javier Ugarte Pérez y Francisco Molina Artaloytia / Estructura material y rivalidades geopolíticas. El homoerotismo como sodomía. La sodomía entre 1490 y 1640. La sodomía entre 1640 y 1790. Excursus: sobre la teología de lo innombrable. Ecos sodomíticos en los discursos contemporáneos y reflexión final.
  • CAPÍTULO 4. LA HOMOSEXUALIDAD MASCULINA EN EL SIGLO XIX / Richard Cleminson / Introducción. Colonialismo, sexualidad y ‘lo primitivo’. El ocaso del Antiguo Régimen, la naturaleza y el Código Napoleónico. Molly culture e identidad en Inglaterra. Rumanía, la latinidad y la sodomía. La vieja Lisboa en la periferia. París y la nueva medicina legal. Nuevos centros urbanos y la tolerancia en Ámsterdam. Occidente, la ambivalencia y Rusia. La izquierda, Estados Unidos y la frontera canadiense. ¿Sexualidades mediterráneas? ‘Fornicación antinatural’ en Escandinavia. Oscar Wilde contra el colonialismo. Conclusión
  • CAPÍTULO 5. LA HOMOSEXUALIDAD MASCULINA EN OCCIDENTE DURANTE EL SIGLO XX / Javier Fernández Galeano y Geoffroy Huard / Introducción. El nacimiento del término ‘homosexual’: entre medicalización y penalización. El desarrollo de las subculturas urbanas. La apología de la inversión a principios del siglo XX. La preeminencia de la psiquiatría durante la Primera Guerra Mundial. El periodo de entreguerras: vaivenes de tolerancia y persecución. La emancipación homosexual en las metrópolis. Los primeros atisbos de activismo homosexual durante el periodo de entreguerras. Los triángulos rosas: homosexuales en la Alemania nazi. Las asociaciones homófilas: de la posguerra a la revolución gay. Stonewall y la liberación gay. La pandemia de sida y la lucha por la supervivencia. La igualdad como horizonte: de los años noventa hasta hoy. Conclusiones. Un siglo de luchas: de la condena a la igualdad legal.

lunes, 8 de junio de 2015

#hemeroteca #fotografia | ‘The Black Mark’, metalero y homosexual

Imagen: Hoyesarte
‘The Black Mark’, metalero y homosexual
Ylenia Álvarez | Hoyesarte, 2015-06-08

http://www.hoyesarte.com/evento/2015/06/the-black-mark-metalero-y-homosexual/

“The Black Mark” es mucho más que un documental fotográfico. Habla de la escena homosexual en el metal extremo y supone rizar el rizo, en parte, de lo endogámico. Habla de una minoría dentro de una minoría. Comprueba cómo se desarrolla, cómo crece y cómo se mueve. Para su autor, Aitor Saraiba (Talavera de la Reina, 1983) –más conocido en el plano del dibujo–, es además una búsqueda de identidad, un encontrarse en el aquí y en el ahora. Para el que lo contempla ajeno, un descubrimiento en forma de proyecto antropológico.

En total, 51 imágenes elegidas entre más de 500 que pueden visitarse en la Twin Gallery de Madrid, en el marco de PhotoEspaña, hasta el 11 de julio. También algunas esculturas de cerámica basadas en las fotos, tres lienzos y un libro que se editará a partir de todo el material. Es el resultado de tres años de trabajo y diferentes viajes por Noruega, Portugal, Francia e Inglaterra. Todo en analógico y en blanco y negro. Atemporal. Muy hilado estéticamente. Con mucho poder.

En su anterior reportaje, “Let me kiss you”, Saraiba también se adentraba en terrenos musicales. Lo hacía entonces sobre los fans de Morrissey y él era más bien un espectador, una persona que hacía las fotos de algo que creía que era interesante. Ahora, con “The Black Mark”, se embarra por completo y cuenta el retrato de su propia vida. “Es la primera vez que hago algo en lo que me involucro tanto. Trata un tema del que no se habla, y si alguna vez se hace, ni yo ni nadie de mi entorno nos vemos reflejados y por eso sentí la necesidad de hacerlo”.

Reivindicación y crítica
Saraiba quería reflejar otra realidad, otro perfil frente a los miles y miles que existen, y hacer también una crítica al ‘hombre homosexual establecido’, “al que sale en televisión como Jesús Vázquez o Boris Izaguirre, que tienen todo mi respeto, pero que son un tipo de gente con la que nunca me sentí identificado”, explica.

No se siente fuera del ambiente gay. Ha creado su entorno. No sale por Chueca, ni compra las marcas que se supone que debería comprar. Tampoco escucha a Madonna. Sus tíos eran los heavys del barrio y creció escuchando metal. De pequeño quería ser como el cantante de Metallica, ir lleno de tatuajes, de pendientes y llevar camisetas con calaveras. Reconoce que faltan espejos y referentes. “La gente joven necesita más. El mundo homosexual que te presentan, el de las masas, es sólo uno y creo que este proyecto puede abrir el debate sobre cuántos prismas desconocemos sobre la homosexualidad”.

“The Black Mark” puede dividirse en dos tipos de fotos, uno más de paisaje, del festival en sí, y otro más de retratos en primera persona. Todos hombres, metaleros, homosexuales. Cada instantánea está muy medida y por ello el proyecto ha exigido muchas horas, ir a un sitio y que no salga ninguna foto, ir a otro y que tampoco. “Es un trabajo que tiene algo de monje, de buscar y de esperar”.

Con él, el artista quería reivindicar el formato analógico y demostrar cómo todavía hoy se puede hacer algo con poco. Le encanta Instagram, y hasta se declara un adicto, pero cree que no debemos olvidar que hay otros formatos. Tenía que ser, además, en blanco y negro, como en blanco y negro son las portadas de los discos de estos grupos y también sus camisetas: “Todo es de estos colores porque no hay dinero, se hace barato y fotocopiado y así se crea una estética de lo roto, de lo viejo, de lo cutre y de lo que no importa que es inmortal. La foto en blanco y negro es atemporal y algunas parece que son de hace 20 años”.

“Los doblemente marcados”
El logotipo del documental “The Black Mark” es de Christophe Szpajdel, un diseñador famoso dentro del metal extremo que publicó hace años un libro llamado “The Lord de Logos” y que ha hecho logotipos para todas las grandes bandas. Saraiba le conoció en un festival en Portugal, le contó la idea, y él accedió a hacerle el logo por 20 euros. “Es algo muy bonito y muy underground. Te das cuenta de que cuando te mueves por esos círculos las cosas son mucho más sencillas, más baratas y más accesibles”. Imita al de una banda de black metal, y con él el artista hizo parches que ha ido dando a todos los hombres gays que ha ido conociendo en festivales: “Me parecía divertido crear como un nuevo símbolo de la homosexualidad que no tuviera arco iris y que supusiera empezar desde cero”.

El proyecto ha ayudado así a visibilizar a una comunidad con una idiosincrasia particular que viene de una estética muy marcada. La ha retratado y la ha dotado de un símbolo. Entre el metalero y el gay hay muchos puntos en común. Curioso que, según confiesa el propio Saraiba, nunca se haya sentido rechazado por alguien que escucha este tipo de música por su condición sexual, y que en cambio se haya sentido mucho más rechazado por el mundo homosexual por escuchar metal y llevar cazadora de cuero.

“La gente que pertenece a la escena underground han sido los niños marginados de los barrios. Son los frikis de la clase, de su casa, y tienen una simpatía hacia otros marginados. En cambio, la comunidad homosexual ahora mismo está superdeteriorada, en el sentido de que no estamos nada unidos y la televisión y los medios de comunicación han vendido una imagen con la que el 90% no nos sentimos identificados”.

Una escena constante
“The Black Mark”, como no podía ser de otra forma, tiene una banda sonora natural que lo acompaña. Grupos como Immortal, Burzum, Emperor, Gorgoroth o Bathory, la banda de la que toma el nombre en referencia a un disco suyo de mediados de los 80 que se llama “Under the shine of the Black Mark”. Un guiño y a la vez una referencia al doble sentido de la expresión “la marca negra”: “Es como decir que esta gente está más que marcada”.

En relación a la situación actual del heavy, Saraiba cree que en festivales España ha perdido todo lo que tenía, sin embargo “no hay ningún público más fiel que el del metal” porque es el que de verdad hace que no muera. “Hablamos de grupos que no son fugaces como The Strokes o Franz Ferdinand, que tienen dos o tres discos y no vuelven a tocar en el Palacio de los Deportes nunca más. La escena metal es algo muy constante, y quizás lo que falla es que la gente en España tiene una cultura musical nula”.

Para él hay que partir de eso. España no es un país como Inglaterra o como Estados Unidos donde la gente tiene una cultura musical muy rica. “Aquí sólo un 20% de la población, independientemente de la música que le guste, va más allá. Recuerdo cuando era pequeño lo difícil que era conseguir música. Entonces incluso se cambiaban los discos. Es muy triste que hoy día que todos tenemos acceso a todo no se consuma en condiciones”.

lunes, 16 de marzo de 2015

#hemeroteca #ambiente | Exploramos los rincones oscuros de los saunas gays de Bogotá


Exploramos los rincones oscuros de los saunas gays de Bogotá 
Acá adentro estamos los exiliados del mundo exterior. Los que nos encerramos en los baños de los centros comerciales mientras ustedes observan vitrinas, los que nos escondemos entre los matorrales de los parques mientras pasean a sus perros. Los outsiders, los perversos. Celebramos aquello que nos une y nos convoca aquí adentro. Nuestro sexo es estéril y asusta, porque se agota en el instante y no produce mano de obra ni soldados, ni sirvientas.
Julio VC. Londoño Á. | Vice México, 2015-03-16
http://www.vice.com/es_mx/read/exploramos-los-rincones-oscuros-de-los-saunas-gays-de-bogota-0000534-v8n2

"El secreto. Cualidad seductora, iniciática, de lo que no puede ser dicho porque no tiene sentido, de lo que no es dicho y, sin embargo, circula... Todo lo que puede ser revelado queda al margen del secreto. Pues no es un significado oculto, no es la llave de nada, circula y pasa a través de todo lo que puede ser dicho igual que la seducción corre bajo la obscenidad de la palabra". —Jean Baudrillard

"El objetivo del seductor no es tanto la conquista o la consumación, sino la pluralidad de posibilidades que se le ofrecen". —Michel Maffesoli

La sensación al cruzar el umbral es la de una Alicia a través del espejo. La luz, la calle fría, la sequedad del aire, la presión de la ropa son reemplazadas por la penumbra, el vapor, la humedad y la desnudez emancipadora del interior. Lo más difícil, al principio, es no saber qué hacer con las manos. Tu único agarre al mundo conocido, al aceptado, al normado, es una toalla diseñada especialmente para desatarse. Estás al límite, "entre dos espacios, donde los principios antagonistas se enfrentan y el mundo se invierte", diría Bourdieu.

Me he decidido a visitar por segunda vez un sauna gay luego de pasar una tarde solitaria frente a la computadora. Él —mi sexo fijo y psicoanalista en casos eventuales— anda de vacaciones. Para subirme el humor he repetido hasta el cansancio "La concejala antropófaga", ese cortometraje cachondo y perfecto de Almodóvar, al que siempre regreso para escuchar que "el deseo es el principal motor de una sociedad mejor". Luego de una deriva de hashtags, likes, spams, algo fácilmente digerible, gay_cumshots, reviso la guía gay de Colombia que me ofrece siete saunas en Bogotá, de los cuales solo conozco el Bagoas, un club ubicado al norte de la ciudad que se precia de ser la única casa de baños para hombres de la capital que abre 24 horas los fines de semana.

Por recomendación de un amigo que andaba preocupado por mi relación —cuatro años y aún vírgenes en asuntos orgiásticos— y luego de que mi editor, coincidencialmente, lo sugiriera como experimento periodístico, decidí visitar el Bagoas junto a mi novio, Daniel, hace un mes. Él solo tenía en su marco de referencia una experiencia desafortunada en un video gay en Medellín, que me había descrito como un lugar sórdido, de pasadizos húmedos y asfixiantes, que olía a mierda y desinfectante e incitaba a todo menos al sexo. Por mi parte, a mis 24 años, mis únicas referencias sobre "ese tipo de lugares" eran dos retratos antónimos: "El baño turco" de Ferzan Özpetek y el laberíntico Rectum de "Irreversible".

Eso y los desafortunados retratos ofrecidos por la prensa nacional, que hace unos meses había informado sobre el cierre de Dark Club, uno de los pocos lugares dedicados al BDSM en Bogotá. Aun cuando la noticia en realidad iba sobre la venta de cocaína y las condiciones de insalubridad del sitio, el escándalo para uno de los periodistas era que en la ciudad existieran establecimientos "donde ofrecen sadomasoquismo para sus clientes", como si se tratara de una nueva modalidad de "paseo millonario" o una sala de "chuzadas" del Ejército.

Es entendible entonces que de camino al Bagoas mis pensamientos flotaran por aguas sórdidas y pornográficas. Escenas con cadenas, lenguas lamiendo botas, fisting y penetraciones dobles, una guerra librada por ejércitos de hombres desnudos en éxtasis de popper y perico. Y lo que es peor, no podía sospechar más allá de mis prejuicios sobre el tipo de sujetos que frecuentaban esos ambientes: sátiros ancianos con erecciones perpetuas que practicaban sexo anal sin protección con puticos efebos en un caldo de corridas infecciosas.

Cuando Daniel y yo estuvimos frente al garaje enrejado de una casa de dos pisos en el barrio Quinta Camacho, dudamos de la dirección. No había señales ni carteles que delataran al Bagoas. Apenas dos carros parqueados, las ventanas sin luces, la calle silenciosa, fría, típica de una zona residencial del norte de Bogotá a las 11 de la noche. Mientras nos fumábamos un porro y evaluábamos la posibilidad de irnos, la puerta se abrió. Salió un hombre de unos treinta y tantos años, de rostro tranquilo, y tras él el sonido de un pop fácil, lejano. El tipo miró a lado y lado de la calle, como intentando evitar ser descubierto. Empujó la reja sin seguro y se fue.

Pensé que a último minuto iba a arrepentirme. Hasta ese momento no había digerido el asunto de mi propia desnudez, mi puesta en público, el ritual previo de deshacerme del pudor que me generarían los ojos de otros puestos sobre mi diminuto esqueleto. Luego me refugié en el comodín de anonimato que significaba ser un visitante pasajero.

La imagen del segundo círculo del infierno se evaporó esa noche entre la variedad de cuerpos y las múltiples posibilidades de deseos, mientras jugaba con Daniel a adivinar vidas y elaborar un bestiario: los búhos ancianos que satisfacían su deseo con solo ver; las hordas de lobos de gimnasio que se arrinconaban en la penumbra alrededor de una presa pasiva, tan consciente de su rol que no había lugar a la violencia; los pollos con caras de universitarios, inexpertos y curiosos, que se entretenían con solo tocar... Me sorprendió la honestidad del lugar, en el que el consenso es ley: nadie obliga, nadie hiere, todos disfrutan. Al final, tuve la sensación de que todos estábamos convocados allí por algo en común que trascendía lo sexual, eso que el sociólogo Michel Maffesoli llama la celebración de lo divino social, de la comunidad, o tal vez algo menos aprehensible.

Un mes después, con la ansiedad entre las piernas después de una semana de soledad y aislamiento, me encuentro frente a Cómplices Spa, a unas cuadras de mi casa, en el corazón del Centro Internacional de Bogotá.

Cuando abrieron el sitio en el 99 era solo un video gay (en este mundo, un video es un local con cabinas y cuartos oscuros en el que se proyectan películas porno y, básicamente, se folla). Según me relató después el administrador —un cuarentón diligente retirado del ejército que decidió montarlo junto a un compañero de filas— no llevaban ni tres meses cuando la policía realizó un allanamiento. "Nos sacó los clientes. Entraron y atropellaron a la gente. Instauré una demanda en contra del Estado, el Ministerio de Defensa, la Policía Nacional. Después vinieron y pidieron disculpas. Yo les demostré, por conocimiento que tengo, que sí fue un allanamiento ilegal sin orden, sin inspección, sin juzgado".

Luego adquirieron la casa que quedaba justo detrás para construir la zona húmeda. Demoraron ocho años para poder asegurar el negocio. Ni siquiera los bancos les abrían créditos por tratarse de un sitio dirigido a un público gay. "Siempre sacan evasivas por los prejuicios que hay, la mojigatería". Pero la mayor resistencia vino por parte de los vecinos. La Seccional de Investigación Criminal de la Policía (Sijin) les hizo seguimiento por cerca de veinte días por denuncias de supuestos robos, explotación de menores y grabación de material pornográfico al interior del lugar. Aunque este y otros casos se han cerrado a favor del negocio, el administrador mantiene un archivo grueso de las denuncias y tutelas, reservadas para casos eventuales. Sobre si los vecinos se enteraron por conocimiento propio o a causa de una avivada y curiosa imaginación, lo que se pueda concluir es simple rumor.

En realidad, ahora en la puerta de Cómplices, a escasas cuadras de una de las universidades privadas más prestigiosas del país, me doy cuenta de que no hay nada especial que lo delate entre los apartamentos y negocios que lo rodean. No es una casa tradicional como el Bagoas, pero podría pasar por una bodega, las oficinas de alguna firma publicitaria o un búnker de inteligencia militar. Las ventanas están vedadas, algunos clientes entran y salen mirando a todos lados.

El plus del sitio es que al mismo tiempo es bar, sauna y video. Se puede pagar la tercera parte de la entrada para permanecer en el bar-video, o acceder al tour completo y llegar hasta el fondo, a la zona húmeda. Curioseo un rato por el bar. En el lobby, las caras ebrias y movidas de una suerte de Toulouse-Lautrec acompañan desde la pared a un viejo solitario que me mira desde un sofá. Camino al fondo, los orinales sin puertas, la barra vacía de un bar cualquiera a las cinco de la tarde y una zona de internet. Nada especial, hasta que reparo en una puerta casi imperceptible que conduce a una serie de cabinas iluminadas apenas por unos televisores viejos: bareback, creampie, blowjob, facial. La figura de un hombre me vigila desde la oscuridad, al final del pasillo. Paso a su lado y le pregunto por la entrada al sauna y me indica que debo subir las escaleras.

La cosa mejora gradualmente en el segundo piso, que resulta ser un híbrido entre salón kitsch de recepciones para quinceañeras y una locación almodovariana. Un mundo transitorio de baldosines tipo ajedrez y paredes rosadas con cuadros de hombres desnudos, aunque los clientes aquí permanecen vestidos. Cruzo una mirada con un chico de unos 25 años sentado en un diván, pantalones ajustados, camisa a cuadros y mostacho incluido. Merodeo un rato y entro al juego de un grupo de hombres mayores de 40 que caminan uno tras otro por el gran corredor, salen a fumar a la terraza o se sientan en las salas de televisión para ver las noticias o la telenovela.

Se me hace extraña tanta compostura, tanta asepsia en el trato, tanto olor a ambientador de pastilla. Las únicas voces que me llegan son las de un grupo de hombres con pintas de ejecutivos que hablan en el balcón interno que sirve de panóptico para el bar. El resto no cruza palabra, sino miradas, chocan entre sí, pero no alcanzo a presenciar ni un beso. Por un momento tengo la sensación de estar en un centro de reposo para esquizofrénicos en crisis que vagan y buscan algo que no logro comprender.

Hasta que al fin entiendo. Cuando veo las cortinas confirmo que en estos saunas nada pasa en las zonas iluminadas; acá, "las prácticas orgiásticas", como apuntó Maffesolí en sus aproximaciones sociológicas, transcurren "en las tinieblas o en la penumbra". He ahí la razón de las telas pesadas que los hombres traspasan constantemente y que delimitan algunos cuartos creando lagos de oscuridad. Camino por un pasillo antes de aventarme a atravesar alguna. Hay un grupo de chicos más jóvenes que parecen estar menos ansiosos pero activan el radar cuando alguien pasa. Sonríen entre ellos y luego regresan los ojos sobre sus celulares si no les interesa. Y en el caso contrario, una simple sonrisa o una mirada intensa mientras se corre la cortina son suficientes para invitar a un encuentro.

Al traspasar las cortinas la sensación de noche es perpetua. Vuelve mi curiosidad por presenciar algo, y no digo observarlo porque aquí dentro queda mucho a la imaginación de los otros sentidos. ¡Moagk! ¡Moagk! El sonido de las chupadas a mi lado, luego algo —quizá una mano— hurga en mi pantalón. Me acostumbro a la oscuridad y descubro la silueta arrodillada de un hombre calvo que intenta desabrochar mi cremallera con una mano, mientras con la otra masturba a un fantasma que aparece a mi lado. Alguien entra y enciende la luz de un celular para tantear el terreno. El animal inseguro termina por pausar toda la acción de la habitación con la luz, y revela la escena de un hombre alto y delgado en taparrabo siendo penetrado por un viejo panzón y más pequeño. Le toco el hombro al calvo en señal de "suficiente" y busco la salida al corredor. Por ahora solo quiero jugar al voyeur. Las manos intentan retenerme pero se pierden nuevamente en la penumbra.

Al fin encuentro la puerta de acceso a la zona húmeda.

Mientras me entregan el taparrabo y las llaves del casillero, puedo ver a los voyeurs del video observar por los vidrios que separan ambos mundos, ansiosos por pescar algún pedazo de piel. A partir de este instante he adquirido pasaporte de anónimo y la ropa comienza a estorbar. No es cuestión de libido, sino un pacto adquirido con los otros. La toalla, el taparrabo o la desnudez absoluta por la que optan algunos clientes terminan por instalar una igualdad, si no de oportunidades, por lo menos de posibilidades.

Entre los casilleros alcanzo a notar una señal de tránsito que dice "uno a uno". Resulta ser la pista para una habitación escondida tan premeditadamente que termina por ser obvia. Después de un túnel pequeño entro a un agujero negro. La oscuridad es más absorbente que las penumbras del video. La música del bar se hace casi imperceptible. Ciego, tanteo con mis manos al frente para no ir a tropezar con alguien, pero parece que no hay nadie.

Sobre esta habitación me hablará luego el administrador cuando me relate la anécdota de un hombre que llegó hasta su oficina —gafas de sol y sombrero, aunque no me lo crean—, para pedirle que encendiera la luz. El día anterior había perdido un anillo de oro en este cuarto oscuro. Solo pedía punto en boca, total reserva. "Era un caballero de avanzada edad. Nos dijo: 'mire, se me cayó en la parte oscura, yo soy tal persona'. Era un clérigo. Una persona de la iglesia de un rango alto. Uno ve que todos necesitamos de un espacio, tenemos una fantasía y necesitamos a veces cumplirla. Yo tengo aquí muchísimos clientes de las comunidades religiosas. Respetables y bienvenidas todas esas vainas acá. Por eso existen estos negocios, porque la gente puede venir y expresar lo que no puede hacer afuera (...) el día que la sociedad sea capaz de enfrentar los gustos y respetar a las personas por lo que son y no por sus preferencias sexuales, ese día se acabarán muchísimos problemas. La gente vive estresada tratando de demostrar lo que no es".

Pasa un momento hasta que descubro los barrotes con mis manos. Creo que he llegado al centro de la habitación. Como si activara una alarma, una mano llega del otro lado hasta mi entrepierna, accesible bajo la tela del taparrabo. Intento palpar el cuerpo al que pertenece, los vellos en el brazo, la tela sobre el hombro. La habitación resulta ser un puente entre el mundo de los vestidos y el de los desnudos. Comienzo a sentirme de una raza diferente. Le permito que juegue un rato pero ya tuve suficiente del video. Quiero ver más.

Regreso a mi deriva por el segundo piso de la zona húmeda. En las duchas abiertas algunos clientes se dan el último baño para regresar a sus respectivas y revestidas vidas. Al fondo me encuentro con un laberinto de cabinas con televisores, una puerta entreabierta y un hombre recostado bocabajo en la colchoneta y sin taparrabo, la señal inequívoca de una ofrenda pasiva a la espera de un lobo activo que decida devorarla. Estas cabinas también tienen su anécdota, alguna vez un tipo le pidió permiso al administrador para romper la regla, entrar vestido y cumplir su fantasía de ser penetrado mientras llevaba una faldita de colegiala.

Una de las cabinas está cerrada. Me mueve la curiosidad de ver qué hay detrás de la puerta. Empujo y cede. En la habitación de un metro cuadrado, un cuarteto de cuerpos sudorosos se dan la batalla por la gran corrida: al fondo un maduro canoso se la clava a un veinteañero delgado, mientras los más cercanos a la puerta —en rango de edad similar a la de sus roommates—, optan por una felación clásica. Los únicos que no notan mi presencia son los dos gringos incipientes que cabalgan a pelo en la pantalla del televisor que me ilumina la escena. No me animo a seguir, comienzo a sentirme un cobarde, a pesar de que alcanzo a distinguir una sonrisa de complacencia silenciada por una verga.

Bajo las escaleras siguiendo el vapor del eucalipto. Algunos hombres desfilan hacia el sauna y los dos jacuzzis, en el extremo trasero de la casa. Paso de largo el primero, he estado demasiado seco.

Como si se tratara de una regla tácita instalada a último momento, entro en el jacuzzi donde un grupo de cinco chicos en edades similares a la mía cruzan miradas sin mediar palabra. Si bien hay música de fondo, la sensación de silencio es mucho mayor que en el video, a pesar de las risas de tres hombres maduros que comparten el otro jacuzzi, justo al frente. De vez en cuando voltean la cara para olisquear qué tan cocinados estamos los pollos de la alberca vecina. Al igual que en el Bagoas, me doy cuenta de que estas áreas comunes e iluminadas sirven más para evaluar posibles ligues que para tener sexo.

Pero a diferencia del Bagoas, aquí parece haber más carne joven. Seguramente por las universidades que circundan la zona y las promociones y descuentos que ofrece el sitio para los "pollos", que aunque no escasean tampoco son la media del lugar. Según me contó Arkángel, un exmasajista del Bagoas que conocí por Hornet —el Tinder gay— días después de mi visita, el 70% de los hombres que frecuentan los saunas está entre los 30 y los 35 años, en su mayoría ejecutivos con algo de poder adquisitivo. Los pollos, en cambio, son un bien que se agota fácilmente y abandonan rápido el lugar. Según Arkángel, porque suelen gastar en la entrada lo que llevan encima, y solo cuentan con la buena voluntad de los extraños.

En la piscina, un moreno de hombros anchos y rasgos costeños ha comenzado a rozarme el pie aprovechando la pantalla de agua. Me mira de vez en cuando y luego me coteja con los otros. Lo dejo que siga su ruta hasta alcanzar mi muslo, y mientras tanto descubro una cara conocida. Un chico con cuerpo de nadador de unos 25 años, que Daniel y yo habíamos estado persiguiendo la otra noche en el Bagoas. Lo habíamos clasificado como Tiburón, porque lo encontramos flotando en el agua fingiendo que dormía y en toda la noche no hizo más que evitar a cualquiera que se le acercara.

Uno de los hombres del otro jacuzzi sale del agua y revela su barriga de oso en decadencia con una capa de vellos grises. Cruza hacia el territorio de los pollos para intentar un ataque. Hace parte del tercer grupo que me había descrito Arkángel, los búhos, señores entre los 45 y 55 años que vienen a matar el tiempo intentando cazar algo. Entra al agua y se sienta a mi lado, obligando al moreno a retirar su pierna. Evado su mirada, que siento sobre mi cuello. Echa un vistazo a los demás, pero vuelve sobre mí, que parezco casi un adolescente.

—¿Hola, cómo te llamas?

Aunque me lo dice al oído, presiento que los otros chicos alcanzan a escuchar desde sus esquinas. No estaba preparado para que alguien preguntara mi nombre, y me siento como un espía descubierto.

—Martín —invento al paso, con un hilo de voz que delata que no he hablado en toda la noche.

—¿Y cuántos años tienes, Martín?

—21 —de repente quiero seguirle el juego, saber hasta dónde llegará.

Luego de preguntarme a qué me dedicaba me confiesa que él solía ser negociante. No da más detalles. Solo que ahora es pensionado y tiene 55. Sospecho que también se ha restado años. Luego del breve diálogo cree haber logrado su cometido. Entonces me propone subir, aclarando que es activo. Subir significa encerrarnos en una cabina. Ante mi negativa me advierte que puede ofrecerme algo a cambio: 30.000 pesos es su apuesta inicial.

Salgo indignado de la piscina, no tanto por el gesto del hombre como por la cifra, que apenas alcanza para cubrir el costo de la entrada. "No hay santos", recuerdo la frase de Ricardo Darín en “Nueve Reinas” mientras camino hacia el turco, "lo que hay son tarifas diferentes".

Arkángel me había hablado de este tipo de situaciones. No sin algo de reserva, al advertirme que no era una cuestión que comprometiera a los establecimientos. Era un contrato aparte, un negocio cerrado en cualquier bar o restaurante. Ante mi pregunta de si veía en eso cierto rasgo de prostitución me contestó: "llamarlo prostitución como tal no creería. Sí y no. Prostitución sería como si yo todos los días estuviera en un sauna distinto y viviera de eso. Pero sí creo que no falta el que venga y diga: 'de aquí me voy a levantar mínimo una cerveza o algo más. Al menos que me lleve hasta la casa o a comer'".

En el turco solo encuentro a tres hombres esperando por la ducha fría. Hay poca actividad acá adentro y he perdido la concepción del tiempo. Quizá vayan siendo las nueve, una hora para el cierre, y el lugar se esté vaciando de clientes. Pero un gran ventanal tras la ducha del turco me revela un lugar que no había previsto.

Salgo de allí, no quiero perderme nada de esta casa. Busco la puerta que resulta estar justo al frente del sauna. Un gran corredor me ofrece dos vías: una piscina romana coronada por un león que bota agua por la boca, o seguir hasta el fondo, que se difumina por el vapor. Opto por lo más próximo, animado por dos hombres tatuados que se besan bajo el león. En el instante en que me sumerjo veo pasar al Tiburón caminando por el pasillo hacia el fondo desconocido. Tras él ha entrado también el viejo negociante a dar la revancha. Se me acerca sin entrar al agua y su tarifa sube 10.000 pesos.

Pero me decido por conocer el último rincón de la gran casa y salgo del agua. Atravieso la cortina de vapor hacia el fondo. Hay otra serie de cabinas, todas vacías, y al frente una hilera de sillas plásticas ocupadas por varios chicos. Zona de ligue fácil, supongo. El Tiburón vigila desde la pared del fondo, le lanzo una mirada de anzuelo pero, sorprendido, se la acepta al negociante que ha estado tras de mí. Supongo que aquí adentro hay oferta para todos y el Tiburón buscaba algo con más sangre.

Ambos rodean la pared y se pierden en el vapor y la oscuridad, revelándome que se trata de un muro falso. ¿Aún hay más fondo?

Apenas hasta ahora soy consciente de la geografía de mi recorrido, del gran laberinto que es esta casa. Bogotá ha quedado allá afuera y yo estoy en el centro de un remolino. Me entrego a la penumbra del cuarto oscuro que esconde la pared, mientras los hombres de las sillas entran y me empujan hacia el fondo. Abandono la última soga que me une al exterior, mi taparrabo. No hay nada que mirar, el cuarto es un caleidoscopio que responde al tacto.

Las formas varían a medida que me acerco al centro. Mi ego se desvanece en un magma confuso. Soy testigo táctil del rito del caos. Acá adentro estamos los exiliados del mundo exterior. Los que nos encerramos en los baños de los centros comerciales mientras ustedes observan vitrinas, los que nos escondemos entre los matorrales de los parques mientras pasean a sus perros. Los outsiders, los perversos. Celebramos aquello que nos une y nos convoca aquí adentro. Nuestro sexo es estéril y asusta, porque se agota en el instante y no produce mano de obra ni soldados, ni sirvientas.

Aquí formamos una masa compacta. El vapor y la penumbra aligeran el peso de nuestro secreto.

miércoles, 25 de febrero de 2015

#hemeroteca #libros | Aprende a cocinar con los ositos

Aprende a cocinar con los ositos
Mikel López Iturriaga | El Comidista, El País, 2015-02-25

http://blogs.elpais.com/el-comidista/2015/02/aprende-a-cocinar-con-los-ositos.html

La sola idea de un libro de cocina dirigido a personas con una determinada orientación sexual da un poco de grimilla: ¿no es una monumental bobada que gays, bisexuales o bicuriosos guisen diferente que los heteros? Los recetarios publicados en el pasado en esa dirección confirman la absurdez de tal temática: aunque el rollo “camp” de “The gay cookbook”, publicado en los sesenta en EEUU, pueda tener su gracia, intentos más modernos como el megacursi “Cocina para gays” daban ganas de volver al armario por pura vergüenza, cuando no de someterse a electroshocks para borrar de ti cualquier posible rastro de homosexualidad.

Por eso conviene aclarar desde el principio que “Cooking with the bears” no es un libro de cocina “para” osos, sino de recetas hechas por osos. La comida es una excusa para entrar en la intimidad de algunos miembros de esta subcultura gay, que se caracteriza por su rechazo a los códigos estéticos del hombre homosexual musculado, depilado y vestido de Dolce&Gabbana. Los ositos son peludos, barbudos, gordezuelos y mullidos; el cliché dicta que lleven vaqueros y camisas de leñador, aunque su facción más “leatherona” no haga ascos al cuero. En cuanto a sus hábitos alimentarios, por sus lorcillas podemos presumir que no andan comiendo lechuga ni van contando las calorías como los adictos al gimnasio con los que comparten preferencia sexual.

El autor del libro, el fotógrafo italiano Angelo Sindaco, quiso entrar en el universo osuno por la cocina. "La idea me vino a la cabeza hace dos años", cuenta a El Comidista. "Quería explorar un mundo que es casi desconocido, sobre todo entre el público heterosexual, usando una clave universal: la comida. Lo que hice fue dar una gran patada en los huevos a la aséptica idea de los libros donde encuentras chefs superestrella o mujeres que reflejan el estereotipo de los años cincuenta de las amas de casa".

En “Cooking with the bears”, osos solitarios o en pareja comparten recetas caseras muy basadas en la tradición italiana, como la lasaña siciliana, los bucatini a la amatriciana o los tagliatelle a la boloñesa. También hay apetecibles variantes de clásicos como la "caponata alternativa", más los previsibles postres contundentes como el "cielo de mascarpone" o el “Guinness cake”. "Viajamos por toda Italia, y estuvimos en las cocinas más bonitas y más horribles que puedas imaginar", recuerda Sindaco, "pero la comida siempre fue de primera". De una forma un tanto irónica, pues no estamos precisamente ante un libro de ensaladitas, el subtítulo anuncia "recetas saludables por hombres peludos". "En Italia decimos que lo que no mata, engorda. Eso significa que mientras lo disfrutes, está bien. Y por cierto, ¡la pasta es muy sana!".

La carga erótica de la obra es evidente desde su portada. En las fotos no faltan las carnes desnudas, las poses provocativas y los evidentes guiños al sexo, pero siempre desde una perspectiva humorística. "Es más que nada un libro provocador. Hay gente que se escandaliza: '¿parejas gays peludas cocinando juntas? ¿ESTÁS LOCO?'. Ése era el objetivo. Otros lo encuentran erótico, bien por ellos. Andrea Signori, uno de mis mejores amigos, fue una gran ayuda para enfocar el proyecto. Pasamos meses -y largas cenas- discutiendo cómo desarrollarlo sin caer en los estereotipos eróticos gays. Es curioso que muchas mujeres estén comprando el libro en todo el mundo y apoyándolo con entusiasmo".

El estilo fotográfico de “Cocinando con los osos” dista mucho de las sobreproducidas puestas en escena habituales en los libros de cocina. Sindaco lo relaciona con el punk, y no le falta razón: las vajillas cuquis, los mantelitos de cuadros y las cocinas de casa en la Provenza dejan paso a escenarios mucho más crudos, menos amables y hasta podríamos decir que guarrillos, pero definitivamente más vivos y reales. En este sentido, el fotógrafo se niega a retocar sus imágenes, que son "100% sin photoshop". "Lo hago porque soy una mierda retocando. Si la foto no es buena, ya habrá suerte la próxima vez. Y definitivamente no soporto a los tíos que me dan la tabarra con el rollo 'película versus digital'. Yo uso cualquier cámara en cualquier condición, incluso mi teléfono cutre. Prefiero preocuparme del proceso creativo".

Más allá del sexo y la comida, lo que hace verdaderamente especial a “Cooking with the bears” es que cuenta historias humanas como la de Enzo, empleado en una cadena de fast food y coleccionista de Barbies; Ilario, jugador de rugby y cocinero oficial de su familia, o Mauro, conductor de ambulancias y modisto vocacional. Personas que han aceptado sus cuerpos como son y se han atrevido a rechazar los modelos de belleza imperantes. Como dice Angelo Sindaco, "gente increíble de una u otra forma".

ENLACES
Angelo Sindaco | Cooking with the bears

http://www.angelosindaco.com/cooking-with-the-bears/
Drago | Cooking with the bears
https://www.dragolab.com/en/shop/cooking-with-the-bears/

sábado, 7 de febrero de 2015

#hemeroteca #documentales #cuba | La orgía de los repudiados: así es el refugio sexual de los gays cubanos


Imagen: PlayGround
La orgía de los repudiados: así es el refugio sexual de los gays cubanos
Las paredes de este búnker cuentan historias de sexo, rituales y violencia
Guiem Alba | PlayGround, 2015-02-07
http://www.playgroundmag.net/articulos/reportajes/orgia-repudiados-refugio-sexual-cubanos_0_1477052284.html

No es lo mismo tener sexo en tu casa o en el lugar que creas seguro y conveniente que estar obligado a sexuar en un lugar oscuro, sucio e inseguro; que además no escoges, sino que más bien te escoge a ti... porque no tienes otra opción".

Son palabras de Damián Sainz, un joven cubano que tuvo que aprender a ser gay lejos de la gente. Ahora es el director de 'Batería', un documental en fase de financiación, que quiere dar a conocer la realidad oscura en la que viven muchos gays cubanos.

Hablamos con Damián sobre una realidad muy distinta a la oficial.

El documental se centra en uno de esos lugares de encuentro sexual gay: un antiguo búnker militar, que antaño tenía una batería de cañones apuntando al mar. Por eso, los historiadores lo conocen como 'Batería No. 1'.

Hoy, Batería es un lugar húmedo y sucio; un laberinto abandonado y, en ocasiones, peligroso. Aun así, no son pocos los hombres que merodean todos los días por allí. Buscan sexo o, simplemente, socializar.

"He conversado con hombres en Batería para los que este lugar es su único espacio. No solo para tener sexo, también para encontrar amigos, conversar, estar tranquilos, mirar el mar", cuenta Damián.

Para estos hombres, el búnker no forma parte de Cuba. Batería es un mundo aparte donde desarrollar su naturaleza auténtica, una naturaleza reprimida.

"Hay hombres que se sienten inferiores por el hecho de ser gays, y algunos de ellos ni siquiera reconocen que lo son. Se ven a sí mismos como hombres que de vez en cuando están con hombres pero, en la casa y en la ciudad es donde está el mundo real: el de la familia tradicional, el de la mujer y los hijos".

"Uno puede encontrarse gente de todo tipo: desde médicos hasta limpiabotas, pasando por vendedores o cineastas", dice Damián. Hay incluso un antiguo testigo de Jehová.

Son personas de todas las edades. Muchos de ellos son pobres, otros simplemente se visten con su peor ropa para evitar que les atraquen.

"Allí se habla mucho con el cuerpo. El rostro dice mucho de lo que deseas, lo que aprecias y lo que desprecias. Una ceja arqueada puede decir más que muchas palabras", cuenta Damián.

Si paseáramos por Batería a solas, un rápido vistazo a sus paredes pronto nos confirmaría que el sitio está lleno de vida. En una esquina, alguien ha escrito: "Una pinga [pene] es lo más bello que ha creado la naturaleza".

Este es solo uno de los muchos mensajes escritos en el búnker, y no todos son tan agradables, otros destapan esperanzas y profundos sufrimientos. Los hay de todo tipo, desde "Los domingos temprano te espero" hasta "No puedo más".

Las frases llamaron la atención de Damián. "Hay gente que deja su número de teléfono, nombres, dejan frases, cuentan lo que quieren y lo que buscan. Es como una especie de GayRomeo en las paredes de una fortaleza en ruinas", dice, y añade que "te puedes encontrar con mensajes muy fuertes: acusaciones a la policía por maltrato, amenazas, advertencias sobre el peligro del contagio de enfermedades sexuales...".

Pero lo que de verdad emocionó a Damián fueron las pinturas que llenan las paredes cochambrosas de arte color carne. En ellas aparecen miembros sexuales y hombres teniendo sexo.

Nadie sabe qué artista las creó: son las pinturas rupestres que ilustran las paredes de la cueva con el relato de la realidad diaria.

Las pinturas son la representación del sueño compartido por muchos hombres que frecuentan el búnker. Imaginan que están en una sauna homosexual, en un paraíso caribeño o en un DisneyWorld gay.

Pero la realidad es muy distinta.

La marginación de los homosexuales cubanos es una consecuencia de la cultura militar de la Revolución Cubana: "El ideal de hombre revolucionario estaba más cerca al del soldado, al héroe, al macho inquebrantable. Cuba se veía a sí misma en guerra constante frente al imperialismo enemigo y se esperaba de los cubanos estar al pie de la lucha. La Habana era un campamento militar, y ya sabemos cómo históricamente el universo militar ha mirado la homosexualidad".

Paradójicamente, algunos espacios militares como Batería se han convertido en el refugio de la homosexualidad reprimida.

La homosexualidad ya no está castigada por el Estado, pero las consecuencias de años de persecución aún perduran. La norma social sigue siendo la heterosexualidad, y eso genera la violencia sutil que lleva a muchos gays a encerrarse en una burbuja para abrir su sexualidad.

Cuando la sociedad te asfixia, tú te vuelves su enemigo. Ese es uno de los motivos por los que Batería puede llegar a ser un lugar muy peligroso.

Así lo vivió Yanis, un chico de 23 años, la primera vez que visitó el lugar. "Fue víctima de un robo con violencia, cuando el mismo hombre que lo penetró hasta correrse le puso un cuchillo en el cuello", cuenta Damián.

Los robos y las violaciones cierran el capítulo negro del búnker, un lugar donde muchos gays descubren por primera vez lo que significa el sexo. Aunque algunos jueguen a imaginar que están en un lugar mejor, en el fondo todos querrían poder expresarse sexualmente fuera de una cueva.

Pero, como alguien escribió en una de las paredes: "La calle es de los revolucionarios". 

ENLACES
Facebook | Batería
https://www.facebook.com/baterialapelicula
Verkami | Película
http://www.verkami.com/projects/10638-bateria

domingo, 1 de febrero de 2015

#hemeroteca #turquia | El lenguaje secreto de la comunidad LGBT de Turquía

Imagen: Global Voices
El lenguaje secreto de la comunidad LGBT de Turquía
Este artículo y un reporte de radio de Dalia Mortada para The World in Words originalmente apareció en PRI.org el 14 de enero del 2015 y es republicado como parte de un acuerdo para compartir contenidos.
Public Radio International / Traducido por Claudia Mercado Rejón | Global Voices, 2015-02-01
http://es.globalvoicesonline.org/2015/02/01/el-lenguaje-secreto-de-la-comunidad-lgbt-en-turquia/

Sevval Kilic mide alrededor de 1,80. Su cabello, en varios tonos de castaño, cuelga hasta la mitad de su espalda, y sus ojos, delineados por largas pestañas, se parecen a almendras perfectamente dibujadas.

Ella tiene una de las más grandes sonrisas que jamás he visto, y es contagiosa. Parece mucho más joven de sus 40 años, y le gusta recordar los viejos días cuando ganaba buen dinero.

“En mi tiempo”, recuerda, “yo compraba. Yo compraba como loca… zapatos, sólo zapatos….” ella interrumpe el relato para reír. Eso fue en los 1990, cuando Sevval vivía en un barrio famoso por sus burdeles ilegales. Tenía 19 cuando se mudó.

Ahora, la tranquila calle en el centro de Estambul luce como lo hacía en los 1990. Pero los sonidos que invaden la calle son completamente diferentes.

Una señora que limpia sus ventanas en el tercer piso toma un descanso para charlar con un vecino que le grita hola desde la calle. No está, cómo alguna vez lo fue, llena de chicos eligiendo su aventura sexual para la noche. No hay silbidos provenientes de las ventanas como hace un par de décadas, como el que Sevval usaba para atraer clientes: “Psh psh, psh psh, este es el camino”, explica Sevval, “o sfoot sfoot.” Sólo un pequeño y sutil sonido para atraer la atención de los chicos.

En Turquía, la prostitución es legal con una licencia y los burdeles estatales tienen un severo proceso de registro. Pero Sevval y sus colegas no están calificadas: el estado no aprobó, y aún no aprueba, a las mujeres transgénero ni a los hombres homosexuales. Sevval no había completado su transición para convertirse en mujer cuándo se registró en su burdel.

De hecho, ella llegó sólo con su ropa masculina. Una de las mujeres más experimentadas la apoyó. “Ella cuidó de mí como una verdadera madre. Me lavaba, me alimentaba, me vestía, me enseñó todo acerca del trabajo, sobre la discreción”, comenta. La discreción incluía usar un lenguaje secreto, o como lo llamarían los lingüistas, un argot, conocido como lubunca.

Sevval y sus colegas usan lubunca cuando hablan sobre su trabajo en frente de los clientes o los policías. Usa frases y gramática del turco, pero ciertas palabras se reemplazan. Las palabras que Sevval usó fueron relacionadas a su trabajo. Hay términos para cabello y maquillaje, posiciones sexuales y diferentes tipos de clientes. “Digamos que hay un cliente rico y una chica grita: ¡es un cliente de 100 doláres!. Eso se conoce como bir but baari, explica Sevval.

Bir es la palabra turca para “uno” y “but” significa muslo o cuarto trasero, como un gran corte de carne. “Bari” es como decir “al fin”. Estas son todas palabras turcas, pero la forma en que se combinan significa algo que nunca entendería a menos que sepa lubunca.

Otras palabras de esta jerga vienen de diferentes idiomas. “Algunos de los elementos centrales del lubunca vienen de otros idiomas de las minorías que no han sido muy usados en algún tiempo”, explica Nicholas Kontovas. Kontovas es un lingüista socio-histórico que ha estudiado los orígenes del lubunca. Él explica que la mayoría de las palabras provienen del romaní, el lenguaje de la etnia roma, o gitanos, que viven en Turquía.

Hay palabras del griego, kurdo y también del búlgaro. Kontovas explica que los individuos de esas comunidades han sido, en mayor o menor escala, segregados por la sociedad turca, así que tienden a vivir en los mismos barrios de la ciudad. Por eso el lubunca tiene un matiz extranjero.

Kontovas dice que las palabras del lubunca están íntimamente ligadas con estos barrios y con lugares de reunión dentro de ellos. La palabra turca para el baño estilo otomano, por ejemplo, es hamam. En lubunca, es tato que deriva de la palabra romaní para templado. “El hecho de que haya una palabra para hamam es muy revelador. Las variedades del lenguaje gay que fueron usadas anteriormente, al menos lo que está registrado, fueron usadas predominantemente en los hamams, que es donde la prostitución masculina ocurrió durante el imperio Otomano”, dice Kontovas.

Por supuesto, el lubunca ha evolucionado. Los términos para los órganos sexuales y las posiciones se han vuelto muy creativos, y no son apropiados para publicarse. Los términos para coquetear son también muy astutos. Badem alikmak, equivale a echar un ojo. Badem, significa almendra, es una obvia referencia a la forma del ojo”, describe Kontovas. “Hay otra cosa que es genial, que es badem sekeri, y significa “dulce de almendra”, y es agradable a la vista”, añade.

Es muy similar al polari, el argot homosexual británico que hizo furor en los 1960, cuando ser homosexual aún era criminalizado en el Reino Unido. Un ejemplo del polari sería: “Bona to vada your dolly old eek.” Eso significa: “Es agradable ver tu bella cara”. Eventualmente, después de que la homosexualidad fue despenalizada en el Reino Unido, el argot cayó en desuso. Kontovas dice, “el uso del polari empezó a declinar mucho, así que la gente tuvo que grabarlo e ir a archivos a buscar en las grabaciones y preguntar a miembros viejos de la comunidad”. Mientras más gente use el lubunca, la posibilidad de que este pueda desaparecer, como el polari, parece poco probable. Así como el polari, el lubunca existe porque es necesario. No sólo es probable que el trabajo de homosexuales y transgénero continúe siendo ilegal, sino que el uso del lubunca ha crecido en los últimos años. Más miembros de la comunidad LGBT, especialmente hombres homosexuales, han adoptado el uso del argot. A veces lo usan para presumir, para declarar que son parte de la comunidad gay mientras mantienen este secreto al público. Y ser transgénero o trabajador sexual puede ser mal visto aún en la sociedad LGBT. Turgay Bayindir, por ejemplo, se declaró gay en la universidad, pero él no sabía nada sobre la comunidad. Escuchó a sus nuevos amigos usar el lubunca por diversión, pero él no lo entendía. “Al inicio me sentía incómodo, especialmente porque está asociado con mujeres transgénero que son prostitutas”, recuerda Turgay, diciendo que eso era considerado degradante. Pero él se sobrepuso al prejuicio después de aprender un poco más del lubunca y por qué cierta gente necesitaba usarlo. La palabra “lubunya” es usada frecuentemente por hombres homosexuales y mujeres transgénero para describirse a sí mismos, y se ha colado en el vocabulario de Turgay. Él dice que puede que no sea una cosa tan mala si el lenguaje secreto se hace menos secreto. “Creo que la exposición general sería buena y también haría que la comunidad lubunya tuviera menos temor de la gente cuando comiencen a conocer el lubunca”, dice. Aún así, debido a que ciertas palabras se han hecho populares, han dejado de ser usadas en la comunidad de prostitutas. Sevval, que abandonó el trabajo sexual para convertirse en activista después de su cirugía de cambio de sexo, dice que no reconoce ya muchas palabras. “Las chicas inventan nuevas palabras, incluso yo no las entiendo. En el 2015, las chicas hablarán algo más”, dice. “Esto evoluciona, tal vez la sociedad evolucionará también, de forma que el lubunca pueda ser usado por diversión y no sólo porque es necesario”.

VERSIÓN EN CATALÁN
El llenguatge secret de la comunitat LGBT de Turquia

[Aquest article forma part de l'acord de col·laboració entre Global Voices i VilaWeb]
VilaWeb, 2015-02-04
http://www.vilaweb.cat/noticia/4229885/20150204/llenguatge-secret-comunitat-lgbt-turquia.html
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Y TAMBIÉN...
Estrasburgo falla contra Turquía y dictamina que exigir la esterilización de las personas transexuales viola la privacidad
Juli Amadeu | Dos Manzanas, 2015-03-13

http://www.dosmanzanas.com/2015/03/estrasburgo-falla-contra-turquia-y-dictamina-que-exigir-la-esterilizacion-de-las-personas-transexuales-viola-la-privacidad.html 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

#books #bears | Cooking with the Bears : Healthy Recipes by Hairy Men

Cooking with the Bears : Healthy Recipes by Hairy Men / Angelo Sindaco
Roma : Drago, 2014 [12]
176 p.
ISBN 9788898565061 / 40 €

/ EN / ENS
/ Cocina / Comunidades homosexuales / Estereotipos / Fotografía / Homosexualidad masculina / Osos / Testimonios

Realized by Angelo Sindaco, “Cooking with the Bears – Healthy Recipes by Hairy Men” is the first cook-book dedicated to the Bears’ world. From Gramigna with Sausages to Guinness Cake, from Folktronic Spaghetti to Alternative Caponata, the 32 recipes collected in this cook-book have been selected by as much members (or couples of members) of the Bear community, portrayed by Angelo Sindaco while preparing their dishes. The book features a foreword by Mike Enders, founder of AccidentalBear.com, benchmark for gay art, culture, fashion and, most of all, music.

“They say you should lock your food up in closed containers while camping in bear country to keep uninvited bear guests from crashing your campsite, but if these are the kind of bears they’re talking about, we’d set up a four-course candlelit meal to lure them by the hundreds.” (Matthew Tharrett, Queerty.com)

Angelo Sindaco said, with his photographs, different worlds (the skinhead movement, music, sports), without taking a look at the political or ideological but rather returning intimate portraits and direct, that knows how to seize the soul, the spirit, the style of his subjects.

LINKS
Drago | Cooking with the bears

https://www.dragolab.com/en/shop/cooking-with-the-bears/
Facebook | Cooking with the bears
https://www.facebook.com/cookingwithbears
Angelo Sindaco | Cooking with the bears
http://www.angelosindaco.com/cooking-with-the-bears/
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DOCUMENTACIÓN
Aprende a cocinar con los ositos
Mikel López Iturriaga | El Comidista, El País, 2015-02-25

http://blogs.elpais.com/el-comidista/2015/02/aprende-a-cocinar-con-los-ositos.html

domingo, 30 de noviembre de 2014

#articulos #estereotipos | Globalización y diversidad sexual, gays y mariquitas en Andalucía

Globalización y diversidad sexual, gays y mariquitas en Andalucía / Rafael Cáceres Feria · UPO, José María Valcuende del Río · UPO
En: Gazeta de Antropología (ISSN-e 2340-2792), v. 30, n. 3 (Noviembre 2014). UGR. Ejemplar monográfico dedicado a: “Cuerpos, sexualidades y poder”
/ ES / Artículos / Open Access
/ Andalucía / Comunidades homosexuales / Diversidad sexual / Estereotipos / Globalización / Homosexualidad masculina / Identidad sexual / Pluma / Sociología
TEXTO COMPLETO | Gazeta de Antropología
http://www.gazeta-antropologia.es/?p=4621
TEXTO COMPLETO | Digibug · UGR
http://digibug.ugr.es/handle/10481/33814

La globalización en el ámbito de la sexualidad ha provocado procesos de expansión de determinados modelos de homosexualidad masculina. A partir de las investigaciones que hemos realizado en Andalucía (España), pretendemos cuestionar la uniformidad del modelo gay, como el inevitable final de un recorrido histórico que llevará a la homogeneización de las identidades sexuales. Realizaremos una revisión de la literatura científica al respecto, para centrarnos posteriormente en el modelo social construido en torno al hombre afeminado andaluz.

jueves, 31 de enero de 2013

#libros #cultura | El amor de los muchachos : homosexualidad & literatura


El amor de los muchachos : homosexualidad & literatura / Adrián Melo
Buenos Aires : Ediciones Lea, 2012 [otra ed. 2005]
345 p.
Colección: Filo y contrafilo
ISBN 9789876346351 [2013-01]
/ ES / ENS
/ Cultura gay / Historia / Homoerotismo / Homosexualidad masculina / Homosexualidad y literatura

¿Cuáles son las imágenes literarias de los hombres que aman a otros hombres que han perdurado en el tiempo? ¿Qué motivos, personajes y temas artísticos sirvieron para representar la vida de los que fueran nombrados en distintos momentos históricos –por discursos científicos, religiosos, médicos, literarios, periodísticos, por el saber de la época o por los propios actores sociales interesados–: “pederastas”, “afeminados”, “sodomitas”, “ganímedes”, “invertidos”, “oscares”, “uranistas”, “homosexuales”, “mariquitas”, “locas”, “gays”, “queer”, entre otras denominaciones? ¿Qué metáforas se utilizaron para designar y simbolizar el amor entre varones en Occidente desde la Antigüedad hasta las puertas del siglo XXI? ¿De qué manera estas representaciones artísticas han dado cuenta de la imagen social del amor y el sexo entre hombres y de aquellos que lo practican, de la vida cotidiana de los mismos, de las formas de amar, pensar y sentir y de las políticas sexuales que debieron afrontar los varones amantes de otros varones? Desde que Homero y Ovidio relataron la muerte del poeta Támiris y del bello Jacinto, los primeros muchachos enamorados según la mitología griega, pasando por los amores trágicos medievales de Eduardo II narrados por Marlowe, la descripción de los favoritos de Leonardo y Miguel Ángel en el Renacimiento, hasta los monstruos y fantasmas de la modernidad imaginados por Mary Shelley, Bram Stocker y Henry James; y las tragedias homoeróticas del siglo XX transcurridas en escenarios tan dispares como la Venecia de Thomas Mann, el Buenos Aires de Puig o el New York de David Leavitt; la literatura del amor de los muchachos ha dado cuenta de las ideas, los prejuicios, los rechazos y los imaginarios sociales en torno a la homosexualidad. Este libro trata de éstas y otras cuestiones e historias en torno al erotismo entre varones. Compañeros de colegio, marineros, soldados, obreros, policías y presidiarios pueblan sus páginas como correlato de obsesiones que perduran a lo largo del tiempo. Y se ven involucrados nombres como William Shakespeare, Marcel Proust, Andre Gide, Jean Genet, Michel Foucault, Copi, Néstor Perlongher, entre tantos otros.

Buenos muchachos
El amor de los muchachos es un valioso aporte a la historia de las relaciones entre literatura y homosexualidad masculina. Un recorrido entusiasta por diversas épocas y culturas que se muestra eficaz a la hora de analizar los iconos más dilectos de la cultura gay.
Mariana Enriquez | Página 12, 2005-07-03
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-1634-2005-07-09.html

El subtítulo del libro de Adrián Melo es algo engañoso. Su exhaustiva recorrida por las representaciones de la homosexualidad se acerca bastante más a la historia o la sociología, y los textos en ocasiones sirven como excusa o ejemplo. Es decir que no se trata de un análisis literario sino más bien de una iconografía y racconto de la cultura gay en sentido amplio: conviven El banquete de Platón junto a Batman y Robin, Juan Castro con Michael Cunningham y Matthew Sheppard con Oscar Wilde. En su aproximación juguetona y desprejuiciada, Melo está más cerca de la popular Historia de la literatura gay de Gregory Woods que de un texto de crítica literaria. Y esto tiene dos efectos; el primero, agradable, es que la lectura es amena y didáctica en el mejor sentido. El segundo, problemático, es que con frecuencia cae en generalizaciones, cierta falta de rigurosidad y agrupamientos arriesgados y discutibles.

Los dos capítulos centrales del libro son “Tragedia” y “Las primaveras del homoerotismo”. En el primero, Melo repasa la historia de la homosexualidad con ejemplos literarios desde la antigüedad hasta la década del ‘80 (el auge del sida) y cierra con un apartado dedicado a la Argentina. En el segundo plantea una suerte de dialéctica represión-liberación asociada a políticas sexuales y obtiene muy buenos retratos de época, como el dedicado a la República de Weimar.

Pero todo está sobrevolado por un exceso de romanticismo: el hombre gay es condenado o goza de edades de oro alternativamente sin que jamás exista una mirada crítica, ni de los textos literarios ni de las circunstancias. Así, San Francisco y Tánger son mecas de placer maravillosas, Oscar Wilde es un mártir valiente, y por poco se iguala el crimen de Eduardo II con el crimen de odio del joven Matthew Sheppard en los años ‘90 del siglo XX. Pasolini muere por “el amor de uno de esos jovencitos por los que quería dar la vida”, y la violación y asesinato que ejecuta el personaje de Leopoldo en The Buenos Aires Affair de Manuel Puig es “quizás un placer tan apasionado y tan intenso que lo lleva a matar”. El tema del sida, tratado exhaustivamente y con ejemplos notables, parece sin embargo un asunto exclusivo de hombres gays (a las mujeres, por ejemplo, ni siquiera se las menciona). Se trasluce en el texto de Melo un programa político reivindicatorio que es por supuesto válido, pero la mirada es bastante ingenua: a esta altura tanto el corpus literario como el movimiento gay están maduros y preparados para una aproximación menos idealizada y más rigurosa, a la altura de su calidad y logros. De la misma manera, la exaltación insistente de la belleza de los jóvenes parece encerrar a la literatura gay en un ideal recortado arbitrariamente: el deseo homosexual tiene objetos mucho más diversos que el recurrente efebo que puebla estas páginas.

De cualquier modo, es saludable que “El amor de los muchachos” ofrezca al lector no iniciado pertinentes resúmenes y largas citas de los textos mencionados, siempre relevantes y en ocasiones muy hermosas. También que se incluyan capítulos dedicados a los prisioneros homosexuales durante el nazismo, y al sida, sin perder de vista que una lectura de la literatura gay es necesariamente política. Incluso son interesantes las inclusiones de la figura de Juan Castro y otras citas a la cultura de masas. Y hay una vivacidad y un entusiasmo que revelan la lectura voraz del autor, un entusiasmo que contagia. Incluso sus conclusiones arriesgadas invitan a la discusión, porque no hay en Melo un tono definitivo: El amor de los muchachos es un manual, una guía, incluso un desfile de personajes y textos que funciona muy bien como homenaje honesto y hoja de ruta para ampliar lecturas y miradas.

VISTA PREVIA
Google Books | El amor de los muchachos
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