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jueves, 15 de abril de 2021

#libros #testimonios #memoria | Jean Genet, mentiroso sublime

Jean Genet, mentiroso sublime / Tahar Ben Jelloun ; traducción de Pedro Gandía.

Madrid : Huerga & Fierro, 2021 [04-15].
186 p.
Serie: La Rama Dorada Ensayo.

/ ES / ENS / Libros / Activismo / Homosexualidad / Jean Genet / Memoria sentimental / Testimonios
📘 Ed. impresa: ISBN 9788412298604 / 16,00 €

[.es] Todo comienza en 1974. Genet se cita con el joven Ben Jelloun para conocerse. Por esa época el autor del ‘Diario del ladrón’ se halla lejos de aquel escritor-presidiario, en el que ya no se reconoce. Hace tiempo que rompió con quienes lo libraron de la cárcel: Cocteau, Sartre... A sus sesenta y cuatro años, apenas escribe. Ya no le interesa la Literatura, “¡Menuda patraña!”. Con este libro, Ben Jelloun nos regala una nueva visión de Genet: más allá de la del mítico escritor, la del hombre ―ni santo, ni comediante, ni mentiroso, ni mártir―, la del militante, siempre al lado de los desheredados, de los desposeídos. Conformando esta imagen, veremos desfilar también por sus páginas a sus amigos Azzedine Kalak y Leila Shahid; a Jacques Derrida y a Giacometti; a sus tres últimos amigos-amantes: Jacky, Ahmed y Mohammed Al Katrani, siempre planeando el recuerdo de Abdallah, el gran amor de su vida, muerto en 1964, y al que nunca pudo olvidar.

👤 Tahar Ben Jelloun (Fez, 1944). El poeta, narrador y ensayista, afincado en París desde finales de 1971, que se hizo célebre por 'El niño de arena' (1985) y su continuación, 'La noche sagrada' (1987), novela galardonada con el Premio Goncourt, nos ofrece en este ensayo una aproximación a este ‘enfant terrible’, o mejor, a esta ‘bestia negra’ ―marginal, asocial, amoral― del Estado y sus instituciones, de la doxa y el pensamiento burgués, figura clave y a menudo mal comprendida de las letras francesas del siglo XX, a través de conversaciones, confidencias y anécdotas de doce años de reencuentros hasta la muerte de Genet en 1986.

lunes, 12 de abril de 2021

#hemeroteca #testimonios #memoria | Mi primer encuentro con Jean Genet, mentiroso sublime

El País / Jean Genet en Cannes, 1957
Mi primer encuentro con Jean Genet, mentiroso sublime.

Tahar Ben Jelloun recuerda en este texto la llamada que, siendo él un joven de 30 años, recibió de un autor consagrado de 64, volcado en la militancia política, cansado de la literatura y de su propia imagen de maldito. Aquel día nació una amistad a la que el autor marroquí ha dedicado un libro, ‘Jean Genet, mentiroso sublime’, que esta semana llega a las librerías de la mano de la editorial Huerga & Fierro.
Tahar Ben Jelloun | Babelia, El País, 2021-04-12
https://elpais.com/babelia/2021-04-12/mi-primer-encuentro-con-jean-genet-mentiroso-sublime.html 

Blanca escarlata, la voz de Jean Genet. El recuerdo de una voz tiene un color; la de Genet tenía algo de luminoso y al mismo tiempo de juguetona. Todavía la oigo. Voz trabajada por el tabaco, un poco ronca, casi femenina, pero una voz sonriente. Con el tiempo se volvió gruesa, calma y siempre presente, urgente. Escribirá en ‘Un cautivo enamorado’: “Como todas las voces, la mía está falsificada, y si no se adivinan las falsificaciones ningún lector es consciente de su naturaleza”.

Yo estaba lejos de advertir sus efectos especiales. Había cierta constancia en aquella voz, un tono que variaba poco. Nunca hablaba en voz alta y, hasta cuando estaba enojado, solo expresaba su exasperación con palabras escogidas. Era natural en él. Pero cuando escribía oía su voz interior, que debía ser diferente de la que utilizaba en público. A veces murmuraba o recalcaba ciertas palabras para hacer sentir mejor su importancia. Las acompañaba con gestos precisos como si dibujara caras y expresiones corporales. La voz de la falsedad. La voz de la verdad. La voz correcta. Pasaba de una a otra sin previo aviso. Procedía, ingenuamente, de un modo tan burdo que producía risa. Mentir es hacer piruetas. Él estaría de acuerdo con lo que decía Cavafis: “La verdad solo pertenece a los vencedores”, y añadía: “La verdad no es suficiente, pero el poeta da testimonio incluso de lo que no ha visto”. Genet no se reconocía “en el hilo de las evidencias” (René Char); lejos de ello, todo le parecía complejo y desconfiaba de todo y de todos salvo de los que amaba. Pasaba así de un exceso a otro y no le incomodaba. Era el hombre de la palabra dada, palabra que daba muy raramente. Del resto, firma, contrato, promesa, le daba por burlarse y reírse.

En ningún momento sentí que su voz era “falsa”, salvo cuando imitaba a la gente. Más de 40 años después, aún la conservo claramente en la memoria. La escucho, regreso al pasado y vuelvo a ver aquella mañana soleada de primavera, el 5 de mayo de 1974; yo tenía treinta años y él la edad que yo tengo hoy, cuando escribo estas líneas: 64 años. Mucho más que sus escritos, a los que vuelvo a menudo, es su voz la que más me acompaña. Para mí era la voz de un hombre verdadero, no la de un mentiroso, de un embustero, de un jugador o de un comediante. Sobre todo no la de un santo.

Me habló por teléfono, y me esforcé en representármelo. Había solo visto una foto suya con los Black Panthers en América. Me acordaba de su nariz de boxeador y de su cabeza calva. No estaba seguro de reconocerlo si me lo encontrara por la calle. Había oído hablar de él cuando se posicionó en favor de los prisioneros negros en América. Fue en julio de 1969, en el Festival Panamericano de Argel. Unos hombres venían de caminar por la luna, y nosotros, incrédulos, preferíamos la compañía de los militantes negros con Angela Davis a la cabeza. Fue allí cuando oí por primera vez el nombre de Genet en boca de Jean Sénac, poeta francés que se hizo argelino, asesinado en 1973 en Argel porque era homosexual, porque era rebelde, porque molestaba a un régimen militar duro y alérgico a la poesía, al pensamiento libre, a la imaginación creadora.

“Me llamo Jean Genet, usted no me conoce, pero yo sí, lo he leído y me gustaría quedar con usted... ¿Está libre para comer?”. Me dije: resulta gracioso, el mundo al revés. ¡Un mito de las letras francesas que me invita a mí! No me lo podía creer. Estaba vagamente al corriente de sus bromas, de sus polémicas, de sus escándalos y de sus obras prohibidas. Cuando estaba escribiendo mi primera novela, ‘Harrouda’, entre 1970 y 1972, descubrí el ‘Diario del ladrón’, que un amigo me había recomendado. “Léelo, habla de Tánger, un Tánger que ni tú ni yo conocimos”. Efectivamente, me quedé sorprendido y al mismo tiempo me intrigó lo que aquel hombre relataba de su viaje de Barcelona a Tánger. Aquella lectura me conmocionó, pero fue una conmoción saludable, formidable.

¡Jean Genet quería conocerme! ¡Por supuesto que estaba libre! Lo habría anulado todo para aceptar su invitación. Fue la única vez en que me habló de usted. El tuteo era en él inmediato, salvo con las personas que quería tener a distancia.

Yo sabía que había leído ‘Harrouda’, aparecida en 1973, en Maurice Nadeau. Había hablado de ella en una emisión de France Culture. Su intervención se publicó en ‘L’Humanité’. Un amigo librero de la Rue de Rennes me lo comunicó algunos días después, pero demasiado tarde para encontrar el diario en los kioscos. Me dijo que Genet se metió con Sartre. “’Harrouda’ de Tahar Ben Jelloun, ‘Une vie d’Algérien’ de Ahmed, ‘Le Cheval dans la ville’ de Pelégri, ‘Le Champ des oliviers’ de Nabile Farès ―había declarado Genet el 2 de mayo de 1974― son los libros que uno tendría que leer para conocer la miseria de los emigrantes, su soledad y sus desdichas, que son también las nuestras. [...] Es necesario que hable, y volveré a hablar de estas voces más lúcidas que lastimeras, ya que nuestros intelectuales, a los que todavía se les llama estúpidamente ‘pensadores’, escurren el bulto; los que supuestamente son los mejores se callan; uno de los más generosos, Jean-Paul Sartre, parece haber cometido un error y complacerse en el mismo. No se atreve a pronunciar una palabra, una palabra que podría ayudar a esas voces de Tahar Ben Jelloun y Ahmed. Pero Sartre ya no es el pensador de nadie, salvo de una pintoresca banda ya desbandada”.

Estas palabras me habían en un principio sorprendido, pues eran inexactas: mi novela no trataba de la miseria de los inmigrantes, sino de la historia de un niño que descubre la sexualidad entre las ciudades de Fez y Tánger. Genet solo había retenido la figura de la madre del niño y la de aquella anciana prostituta convertida en mendiga que los niños apodaban “Harrouda”. A la espera de leer todo el artículo, me dije “he de darle las gracias” y envié una carta bastante banal a Gallimard con mi dirección en el dorso del sobre: “Maison de la Norvège, Cité Universitaire, boulevard Jourdan, Paris XIV”.

Estaba muy lejos de imaginar que me respondería y no podía adivinar que elegiría telefonearme. En la Ciudad universitaria no teníamos teléfono en las habitaciones, solo una campana para avisarnos. Había entonces que bajar a recepción para atender la llamada. Yo estaba en pijama y, mientras me vestía, solo me invadía un temor: que el comunicante no hubiera ya colgado.

Me llamaban raramente. Debían de ser, pensé, mis padres o mi hermano seguramente de paso por París. Cuando tomé el auricular, su primera frase salió de una vez. Ni una sola vacilación, ni el más mínimo silencio entre las palabras. Como aprendida de memoria, como recitada por un comediante sin derecho a equivocarse: “Me llamo Jean Genet...”.

Me pidió que nos encontráramos en el restaurante L’Européen, frente a la Gare de Lyon. Tomé el metro con la emoción de ir a conocer al escritor con el que nunca hubiera esperado encontrarme un día. Pero he aquí que, perturbado por la invitación, me equivoco de estación y me encuentro en la Gare du Nord. Bajé de nuevo al metro volviendo a pensar en las páginas del ‘Diario del ladrón’, un libro que me había dejado noqueado por su virulencia, su crueldad y su audacia. Me acordaba de los escupitajos, de los piojos y de las palabrotas: “Los piojos nos habitaban. Proporcionaban tal animación a nuestras ropas, tal presencia, que, al desaparecer, parecía que estaban muertas. Nos gustaba saber, y sentir, pulular las bestias translúcidas que, sin ser domesticadas, eran tan buenas con nosotros que el piojo de otro nos asqueaba. Las cazábamos, pero con la esperanza de que en el día hubieran nacido las liendres. Con nuestras uñas las aplastábamos sin asco y sin odio”.

Se me había quedado este pasaje en la memoria porque me regresaba con precisión a aquellas noches pasadas en el campo disciplinario del ejército cazando chinches (cuando uno los aplasta, desprenden un olor insoportable) y piojos que se ocultaban en las sábanas, ya que nuestras cabezas eran sistemáticamente rasuradas cada dos días.

Después de haber atravesado todo París en metro, llegué finalmente con mucho retraso. Era un día particularmente soleado, Genet estaba en la acera, con un libro en la mano. Me sorprendió el rosa fresco de sus mejillas, un rosa caramelo. Un bebé risueño, pequeño de talla, camisa de un blanco relumbrante, pantalón beige no muy limpio, gastado chaquetón de gamuza, restos de nicotina en los dedos. Fumaba cigarrillos Panter, el humo olía fatal. Al entrar en el restaurante, creí que hacía bien diciéndole que admiraba su obra. Sin enfadarse, me dijo: “No me vuelvas a hablar nunca más de mis libros; escribí para salir de prisión, no para salvar a la sociedad; he salvado mi piel aplicándome como un buen escolar, ya lo sabes, eso es todo”.

Me quedé sorprendido, un poco desconcertado, sin saber cómo reparar la metedura de pata. Me había hecho ciertas ilusiones y pensaba que un gran escritor no hablaría así de su obra. Era el lado ingenuo de mis inicios en la literatura. Pero confieso que esta reacción violenta, sorprendente, me ayudó enormemente en mi vida y en mi trabajo. Era la primera vez que me encontraba con un escritor que no soportaba que se mencionara delante de él su obra. Resultaba muy raro. Le pregunté por qué. Me miró y me dijo: “¿Qué es lo importante, un hombre o una obra?”. Puso ante mí la obra que tenía en la mano, un libro en árabe. Me dijo: “Son ‘Las mil y una noches’, estaría bien que las tradujeras”. Le respondí que ya había buenas traducciones de aquel libro. No insistió y comenzó a hablarme con más detenimiento: “Vengo de Palestina y, al final, de Jordania y de los campos palestinos. La policía jordana me arrestó y luego me expulsó. Yo hablaba del Septiembre Negro, de la responsabilidad del pequeño rey; en pocas palabras, no fui bienvenido. En fin, tienes que saber que es horrible lo que he visto; sí, horrible, la gente tiene que saber lo que pasa allí. He visto a niños deshidratados, a madres implorar al cielo, a combatientes salir al alba a luchar contra el ocupante; he visto tales cosas que he escrito un texto que me ha pedido Arafat. Ha sido traducido al árabe. No lo tengo, pero me gustaría mucho pasártelo para que me dijeras si está bien traducido, ¿comprendes?, para los palestinos. Las palabras han de ser precisas, sin contrasentidos, es importante”.

Pidió una caña y puré. El camarero le dijo: “Puré, ¿con qué?, ¿carne, pescado?”. “Carne picada”. Me dijo: “En París, no se puede comer un plato de puré. Apenas me quedan dientes, de modo que no puedo masticar la carne, me alimento de puré; pero es necesario que pida carne, o no hay puré. Aunque, tú, toma lo que te apetezca. Eres mi invitado”. Durante el resto de la comida, en ningún momento habló de ‘Harrouda’ ni de su intervención en France Culture; me habló de los campos palestinos, de Hamza, un combatiente palestino que había conocido, de la madre de Hamza, de los niños que jugaban con balones pinchados, de las polvaredas, de la falta de agua, de la dignidad de las mujeres. Insistió sobre este último punto y luego me dijo: “Hay que hacer algo, es necesario que los europeos sepan lo que pasa allí; les prometí que les ayudaría informando a la gente. El otro día recibí una carta de Claude Mauriac de ‘Le Figaro’, me pedía escribir algo sobre ya no sé qué y me daba una página entera, le telefoneé proponiéndole contar mi viaje a Palestina. Marcó un tiempo de espera y luego me dijo: “¡No, lo que te pido es una página literaria!”. Pero ¡yo no tengo nada que ver con eso, con la literatura! Lo que yo quiero es dar testimonio, ¡denunciar! ¡La literatura! ¡Menuda patraña!”.

Hablando lentamente, como si dictara un texto aprendido de memoria, me dijo una frase parecida a la que ahora leo al principio de ‘Un cautivo enamorado’: “En Palestina, más que en otros lugares, me pareció que las mujeres poseían una cualidad más que los hombres. Por muy bravo, valiente, atento con los demás, todo hombre está limitado por sus propias verdades. A las suyas, las mujeres, por otra parte no admitidas en las bases pero responsables de los trabajos del campo, añaden a todas estas una dimensión que parece implicar una risa inmensa”.

Me di cuenta de que, para él, era de las mujeres palestinas de quienes deberíamos hablar con prioridad si tuviéramos que hacer algo juntos. Era incluso la razón secreta de aquella comida. No me decepcionó; al contrario, aquello me estimuló. Yo mismo estaba bastante comprometido con los palestinos en París y acababa de perder a un amigo, a Mahmoud Hamchari, asesinado en su casa al explotarle su teléfono. Los servicios secretos israelíes procedían de ese modo, en aquel tiempo, cuando querían eliminar a tal o a cuál representante de Palestina en Europa. Yo había escrito un poema en su memoria, que se convirtió en un cartel que distribuían los simpatizantes belgas de la causa palestina.

Le propuse de inmediato a Genet encargarme de escribir un artículo sobre el asunto en ‘Le Monde’, donde justamente había comenzado a colaborar. Me miró aturdido y luego me dijo: “No creo que quieran publicar algo que vaya a enojar a sus amigos israelíes”. Estaba convencido, y lo estuvo el resto de su vida, de que los medios franceses estaban “bajo la férula de los sionistas”...

Al día siguiente de nuestro encuentro, visité a Pierre Viansson-Ponté, el redactor jefe de ‘Le Monde’, para el que debía escribir en aquel diario desde que me lo presentara mi amigo François Bott. Viansson me aconsejó que me viera con Claude Julien, que dirigía ‘Le Monde diplomatique’. Lo que hice inmediatamente. Julien era un hombre elegante, cortés y atraído por los demás. Me dijo: “Eso me interesa mucho; le reservo la última página del mes de julio, es muy leída; espero su escrito”.

Comenzó luego un verdadero taller de trabajo con Genet. Venía casi a diario a mi cuarto de la Maison de la Norvège y me hablaba. Yo tomaba notas. Cuando no conseguía imaginarme los lugares, cogía él un bolígrafo y me dibujaba el campo con unos trazos. Quería ser preciso, exacto, y repetía varias veces la misma frase. Yo escribía casi bajo su dictado. Él me releía luego; con un bolígrafo rojo, tachaba las frases que no le gustaban. Venía a durar aquello unas dos horas. Todo lo contrario del ‘Monde des livres’, que me había enseñado a ser rápido pidiéndome a veces un obituario justo antes del cierre. Yo sabía trabajar con urgencia. Había hecho ya reportajes y enviaba mis artículos por telex porque la actualidad no espera. Lo que no le impedía al gran Jacques Fauvert, director de ‘Le Monde’ en aquel tiempo, repetir: “Una información ha de verificarse más de una vez antes de ser publicada, incluso si hemos de aparecer después de los demás”. Eran otros tiempos, otras exigencias.

Ya no me acuerdo cuántas mañanas y tardes trabajamos, Genet y yo, aquel texto. Una mañana muy temprano, él se levantaba a las seis, me llamó simplemente para cambiar una palabra. Me dijo: “¿Sabes?, se trata de los palestinos, hombres y mujeres sin patria; no podemos además maltratarlos con palabras incorrectas o impropias, se merecen nuestras mejores palabras; es por lo que hemos de ser precisos, muy precisos, y no dejar ninguna deficiencia o ambigüedad en el texto”. Debí teclear el artículo una decena de veces en mi vieja máquina de escribir. Él lo releía con un bolígrafo Bic rojo en la mano; subrayaba ciertos pasajes, escribía en el margen, tachaba algunas de sus propias palabras, leía en voz alta y luego me lo devolvía para que lo volviera a teclear. Yo ya no era a sus ojos un periodista, sino un cómplice al que le encargaba transmitir un mensaje. Estaba apasionado, decidido a hacer lo que fuera para dar testimonio de todo lo que había visto allí y de las condiciones inhumanas en las que vivían los refugiados palestinos. Se tomaba su papel tan en serio que había perdido el sentido del humor. Estaba serio, impaciente y, cuando hacía una pausa, despotricaba contra la prensa francesa que daba la espalda a la desgracia de aquel pueblo.

Terminado por fin el artículo, tras innumerables revisiones y correcciones, Genet puso una condición ‘sine qua non’ para su publicación: Azzedine Kalak, el representante de la OLP en París, debía darme su autorización. Y aquí se encontraban ya reunidos en torno al texto, en mi pequeñísima habitación de la Ciudad universitaria: Jean Genet, Azzedine Kalak y Mahmoud Darwich, que, de paso por París, se nos había unido. Yo leía en francés y, seguidamente, traducía al árabe para Azzedine Kalak y Mahmoud Darwich. Estaban orgullosos y conmovidos por toda la atención que les prestaba Genet. Mahmoud lo conocía ya un poco, se habían conocido en Ammán. Iniciamos una conversación entre nosotros cuatro, en una mezcla de francés y árabe. Genet se lo tomaba todo tan en serio que llegó a parecernos un poco demasiado meticuloso, demasiado riguroso, lo que hizo incluso sonreír a Azzedine y a Mahmoud, en particular a este último, dotado de un gran sentido del humor. Frente a ellos, Genet se encontraba totalmente desprovisto del mismo. Pero conservo de aquel encuentro el recuerdo de un general buen humor y de una relación muy fraternal. ¿Cómo podía imaginar entonces que Azzedine Kalak sería asesinado cuatro años después, en aquella misma ciudad y probablemente por los servicios secretos iraquíes? Genet idealizaba sin duda a los palestinos y su causa, pero sabía lo que hacía; no era aquel su primer combate, y su lucha junto con los negros americanos le había enseñado que uno debía ser muy exigente y estar muy vigilante si quería ganar la partida.

Le llevé el escrito a Claude Julien, quien me dijo que estaba muy contento de publicar un texto inspirado por Jean Genet y su lucha en favor de la causa palestina. El artículo apareció en el número de julio de 1974. Tuve muy pocas reacciones a su contenido; en compensación, mis amigos no dejaban de repetirme que frecuentaba a quien ellos consideraban un enorme escritor. Por más que rectificara y dijera que el Genet que conocía era más un militante que un escritor, no dejaban de repetirme que la suerte me sonreía. “No solamente ha escrito sobre ti ―me dijo uno de ellos―, sino que ahora escribe contigo”. Más tarde comprendí hasta qué punto era Genet quien elegía siempre a las personas que frecuentaba y no al revés. Era ilocalizable, inasequible, fuera de alcance. Cuando nos veíamos, hacía todo lo posible por evitar a los que llamaba los “latosos”, una categoría que englobaba a los agentes del fisco como a los antiguos conocidos que esperaban retomar el contacto con él. En cuanto a la amistad, era intratable.

sábado, 25 de agosto de 2018

#hemeroteca #inmemoriam | Fallece el coreógrafo Lindsay Kemp, maestro del Ziggy Stardust de David Bowie

Imagen: El Diario / Lindsay Kemp
Fallece el coreógrafo Lindsay Kemp, maestro del Ziggy Stardust de David Bowie.
Mimo, actor, bailarín, pintor y escenógrafo ha muerto a los 80 años en la ciudad italiana de Livorno. Los primeros espectáculos fueron considerados por el público y la crítica demasiado vanguardistas para la época y no tuvieron mucha aceptación.
EFE | El Diario, 2018-08-25
https://www.eldiario.es/cultura/Fallece-coreografo-Lindsay-Kemp-Italia_0_807369406.html

El coreógrafo, mimo, actor, bailarín, pintor y escenógrafo británico Lindsay Kemp ha fallecido a los 80 años en la ciudad italiana de Livorno (norte), informó hoy la cadena pública italiana Rai.

Nacido en Escocia el 3 de mayo de 1938, será siempre recordado por dirigir el espectáculo de ‘Ziggy Stardust’ para el cantante David Bowie, a quien enseñó a 'exteriorizar' toda su expresividad corporal.

Estudió pintura y diseño en la Escuela de Arte de Bradford, danza con el ballet Rambert y con Sigurd Leeder, y cursó estudios de mimo con Marcel Marceau.

Dio sus primeros pasos en el mundo del espectáculo en teatros marginales de Londres y pronto fundó su propia compañía, la 'Lindsay Kemp Company', en 1965, con la que realizó la primera gira internacional en 1973.

Los primeros espectáculos fueron considerados por el público y la crítica demasiado vanguardistas para la época y no tuvieron mucha aceptación, pero luego llegaron grandes éxitos con 'Flowers' (1968), espectáculo inspirado en la obra de Jean Genet 'Our Lady of the Flowers', que llevó a España en su primer viaje en 1977.

Le siguieron, 'Salome' (1976), 'Mr. Punch's Pantomime' (1975) y 'A Midsummer Night's Dream' (1979), obra con la que alcanzó la fama en Italia en 1980.

Ese mismo año, estrenó en Roma el espectáculo 'Duende', dedicado a García Lorca y en noviembre de 1983 regresó a los escenarios británicos para presentar en Londres 'Nijinsky', mientras que en 1986 puso en escena 'The Big Parade'.

Dos años después, presentó en Italia 'Alice', una versión de las obras de Lewis Carrol 'Alicia en el País de las Maravillas' y 'Alicia a través del espejo'.

Kemp en España
En España, esta obra estuvo protagonizada por Nuria Moreno (hija de Nuria Espert) y fue llevada por los escenarios de Sevilla, Barcelona y Madrid entre los años 1988 y 1989.

Trabajador incansable y creador constante, estrenó en Roma en 1990 'Onnagata', espectáculo al que siguieron otros como 'Cinderella' (1993), 'Variété' (1996), 'Rêves de Lumière' (1997), 'Dreamdances' (1998), 'Elizabeth's Last Dance' (2005) y 'Kemp Dances' (2015).

Como actor, Kemp participó en películas como 'Valentino', 'The Wickerman', 'Sebastiane', 'Jubilee' y 'The Loves of Lady Purple', mientras que como coreógrafo creó el ballet 'The Parades Gone By' para Ballet Rambert, que fue un éxito.

En junio de 1991 recibió en Roma el premio 'Roma-Letteratura '91', que compartió con Rafael Alberti, el actor Arnaldo Foa y el cantautor Umberto Bindi.

#hemeroteca #inmemoriam | Muere el coreógrafo y mimo británico Lindsay Kemp

Imagen: El País / Lindsay Kemp
Muere el coreógrafo y mimo británico Lindsay Kemp.
Su obra y trayectoria están ligadas a sus largas etapas en España e Italia.
Roger Salas | El País, 2018-08-25
https://elpais.com/cultura/2018/08/25/actualidad/1535192433_245456.html

El bailarín, actor, coreógrafo y director escénico británico Lindsay Kemp murió en la noche del pasado día 24 en su casa de Livorno a los 80 años. El mítico artista había nacido en South Shields (un sitio tan honorable como anónimo y que está en la historia porque por allí cerca pasaban las tropas del emperador Adriano en el siglo II) el 3 de mayo de 1938 y siempre le gustaba presumir de su procedencia de una antigua saga de cómicos que se remontaba a los esplendores del teatro isabelino y donde había desde copistas de dramaturgo a saltimbanquis.

Lindsay no necesitaba adornar su biografía para entrar con laureles en el terreno de lo fantástico: su padre, un rudo marino, se perdió en las agitadas aguas del Mar del Norte; su madre, con aquel díscolo niño a cuestas (que ya de pequeño era la diversión del pueblo bailando travestido, maquillado de blanco y en las puntas de sus piececillos sobre las mesas de las tabernas en las riberas del río Tyne) tras su paso por Wokingham (donde Lindsay fue internado en una rígida escuela para hijos de marinos mercantes y de la que fue expulsado) recaló en Bradford (Yorkshire). Entremedias, otra expulsión de la Academia Naval, donde el inspirado vástago fue descubierto representando “Salomé” con un traje de siete velos que se había hecho con papel higiénico; el documento de expulsión dice claramente que la razón punible es “el dispendio de papel de baño propiedad del Imperio Británico”. Por fin en Bradford estudió arte en el College oficial de la ciudad, donde coincidió con el pintor David Hockney, también nacido en Bradford y solamente un año mayor que Lindsay.

Antes, cuando Lindsay cumplió 10 años, su madre lo llevó al cine como regalo de cumpleaños a ver Las zapatillas rojas, de Michael Powell y Emeric Pressburger. El niño siempre quiso hacer el papel del zapatero que encarnaba el bailarín ruso Leonidas Massine. La madre de Lindsay siempre se lamentó y arrepintió de haber llevado a su hijo a ver aquella película: así se sembró la semilla del ballet en su alma y su instinto.

Su primera maestra de danza fue la bailarina austríaca Hilde Holger (Viena, 1905 – Camden, 2001), pionera de modernidad ligada al expresionismo, que una vez huyó del nazismo en Viena por sus orígenes judíos y tras su paso por India recaló en Londres. Kemp siempre reconoció la importancia de esta primera maestra y su influencia, la manera de aportarle el significado del uso de las manos y la ritualidad escénica. Después, estudió los secretos de la pantomima y el control del mimo con Marcel Marceau, el otro pilar estético de su formación. Uno de sus primeros grandes roles fue el de la Reina Gertrudis en la producción de ‘Hamlet’ realizada por la BBC en 1963 con ocasión de los 400 años del nacimiento de William Shakespeare, y que se filmó íntegramente en el castillo de Elsinore. Las fotografías de la caracterización de Lindsay como la Reina Gertrudis son hoy como cartas de adivinación de su futuro dentro y fuera de las bambalinas: “No debemos huir de nuestros componentes trágicos, sino sublimarlos hasta hacerlos parte del arte”.

Entre 1966 y 1968 Lindsay Kemp arma su propia compañía con un grupo de amigos donde había fundamentalmente bailarines, pero también algún actor, acróbatas y hasta un mago amateur. Eran entre 9 y 11 miembros, que así se presentan en el festival de Edimburgo de 1968 causando un notorio revuelo y siendo ya mencionados por la crítica, con una plástica que se imbricaba de lleno en el espíritu de mayo del 68, y en reflejo del Living Theater de Julian Beck y Judith Malina y la singularidad mágica de la compañía The Bread and Puppet Theater de Peter Schumann, ambas compañías estadounidenses que ya habían comenzado a darse a conocer en Europa, principalmente en París y Londres.

Tras algunos primeros años de experimento y trotamundos, en 1974 Kemp estrena ‘Flowers’, basado libremente en ‘Nuestra Señora de las Flores’ de Jean Genet. El revulsivo plástico junto a la profunda y muy seria reivindicación ideológica, le dieron a esta obra enseguida un sitio puntero en el terreno de las vanguardias vivas, y así recorrió el mundo, con polémica y sentando las bases y decálogo de su autor, director y protagonista. ‘Flowers’ fue producido solamente con 500 libras esterlinas, fruto de la herencia de una tía materna. La obra fue de inmediato acusada de obscenidad y durante décadas generó escándalos, cierres de teatros, manifestaciones en contra y artículos virulentos, a la vez que admiración y una legión de imitadores.

Su catálogo recoge, entre otras, obras como ‘Duende’ (1980, con Celestino Coronado y hecha como homenaje a Federico García Lorca), ‘Nijinski. Sueño de un loco’ (1983); ‘Onnagata; Salomé’; ‘Sueño de una noche de verano’; ‘Kemp dances’ (2016) y ‘The big parade’. Creó para el ballet ‘Rambert Parades’ ‘Gone By’ (1975) y ‘Cruel Garden’ (1977, otra vez dedicada a García Lorca), ambas con música original del compositor chileno Carlos Miranda, y apareció, entre otros filmes, en el ‘Sebastiane’ (1976) de Derek Jarman.

Su amor por Bowie
Kemp trabajó con David Bowie a quien amó cuando se llamaba David Jones; juntos pergeñaron una primera obra: ‘Pierrot in Turquoise’, y David, que fue su discípulo coréutico lo reconocía como una fuente de inspiración; Bowie tocó a la puerta de Kemp para despedirse cuando iba a hacerse monje budista, pero Lindsay se lo quitó de la cabeza. Luego aparece en un legendario vídeo de Bowie que es parte de la historia estética de nuestro tiempo: ‘John, I'm Only Dancing’, dirigido por Mick Rock; también fue el director artístico de las presentaciones de Ziggy Stardust en el Rainbow Theatre de Londres en 1972. Voluntarioso, deslenguado, reivindicador de la libertad individual y la diversidad, vivió largas temporadas en España, como sus cinco años en la Plaza Real de Barcelona, donde quiso hacer muchas cosas que no cuajaron, antes de radicarse en Italia (donde al principio gozó del apoyo y protección de Romolo Valli), primero en Roma y finalmente en Livorno, donde fue acogido en un teatro social de Como con un proyecto de laboratorio de performance. Siempre es recordado el estreno de ‘Duende’ en 1980 y ‘Flowers’ en 1982 en el Teatro Parioli de la Ciudad Eterna, un comienzo de admiración que no cesó nunca y que le llevó a cultivar a Vittoria Ottolenghi, la decana de los críticos de danza de Italia y con quien hizo varios programas de televisión. En 2005 y 2006 tuvo apariciones en el programa de Televisión Española ‘La mandrágora’.

En 1986 Lindsay Kemp, declaraba a El País: "Soy un casanova del baile moderno. No tengo límites y mi trabajo consiste en romper fronteras entre los sexos, las razas y las clases sociales. Soy como un gran pájaro y trabajo y hago el amor donde se caen mis plumas, nunca elijo de antemano los sitios. Mi vida no es decadente, sólo que me interesa llevar la decadencia al escenario y al mismo tiempo sacarla de la escena".

Lindsay Kemp recibió muchos premios, pero del que estaba más orgulloso era de el de Doctor Honoris Causa por la Academia de Bellas Artes de Brera de Milán; para él, era haber puesto una pica en Flandes, ser reconocido por una institución de tal solera y prestigio. Su pensamiento era muy claro: "Yo me considero feliz porque puedo desarrollar este trabajo, pues en él hablo de las obsesiones que tengo cada día, de mi estado actual y de mis emociones. Me considero una persona liberada, pero sufro por el sufrimiento que veo a mi alrededor".

domingo, 11 de junio de 2017

#hemeroteca #testimonios | Goytisolo: malas calles, hombres, grifa y soledades

Imagen: El Mundo / Juan Goytisolo con Ibrahim en un café marroquí
Goytisolo: malas calles, hombres, grifa y soledades.
Buscó su identidad sexual en las calles de Barcelona. Coqueteó con un colombiano y con Raimundo.. Después se enamoró de Monique Lange.
Luis Alemany | El Mundo, 2017-06-11
http://www.elmundo.es/loc/2017/06/10/593abc05268e3ecf538b45a4.html

No debió ser fácil querer a Juan Goytisolo, sentir algo más cálido que el respeto temeroso ante esa mezcla escalofriante de distancia altiva y frágil timidez que mostraba al trato. Pero tampoco es fácil dejar de sentir fascinación por una historia llena de contradicciones y de transgresiones que el propio Goytisolo contó en sus dos libros de memorias, saltando en la narración de la primera a la segunda persona.

‘Coto vedado’, su primer libro autobiográfico, apareció en 1985. Es probable que sus primeros lectores apenas recuerden partes del libro, 32 años después, como el relato de las soledades de un muchacho básicamente homosexual en la España de los años 50. Algunas escenas están narradas con tanta crudeza y nitidez que, al leerlas hoy, dan ganas de entregárselas a un cineasta. A André Téchiné, por ejemplo.

Madrid, invierno de 1953. Goytisolo ha dejado Derecho, convencido de que su destino es escribir. Ha terminado ‘Juegos de manos’, su primera novela, y ha salido de Barcelona sin gran cosa que hacer, un poco por hacer tiempo y un poco para alejarse de la semiquiebra de la empresa de su padre, José María Goytisolo Taltavull. En Madrid no tiene ninguna obligación, de modo que sale de juerga. Su barrio es Argüelles y su compañía es una pareja de estudiantes colombianos, borrachuzos y descarados, con facilidad para el sablazo y afición a los prostíbulos. Una noche, Goytisolo sale con Lucho, el preferido de los dos colombianos. Beben tanto que el guión de la noche se vuelve confuso.

Al final de la madrugada, 'algo' inesperado y sin determinar pasa a la puerta de una taberna. Algo grave. Al día siguiente, el rumor de que alguien, aparentemente desconocido, ha abusado de la confianza y la integridad de Lucho llega hasta Goytisolo, aunque el escritor no recuerda nada.

Da igual: la noticia cae sobre él como una sentencia: esa intuición que el joven siempre había guardado en algún rincón de su cabeza ya es una certeza: Goytisolo pertenece a la "tribu de los malditos" de la que hablaba Marcel Proust.

Pero Lucho no tiene nada que reprochar a su amigo barcelonés: no se ha enterado de nada o quizá sea que no es tan inocente. Siguen saliendo juntos, sigue siendo especialmente cariñoso con él. Una noche, se encierran en el reservado de un bar con dos prostitutas. Cenan, beben y, después, empiezan a acariciar y besar a las dos mujeres. El escritor, que siempre tendía a comportarse con desinterés con las mujeres, encuentra combustible para el coraje sexual: Lucho le mira mientras actúa. Y él mira a Lucho.

Días después, al final de otra juerga colosal, Goytisolo mete a su amigo en la cama para que duerma la borrachera. Desde las sábanas, el colombiano le llama, "ven aquí, quédate conmigo", pero Goytisolo, que no ha bebido como su amigo, sospecha que le han tendido una trampa, una prueba que demostrará que es homosexual. Se aleja de Lucho aquella noche y, pocos días después, se va de Madrid y vuelve a Barcelona.

Aquel es el último Goytisolo inocente, el tipo aún formal aunque un poco raro al que sólo le faltan unos días para encanallarse. En casa, le espera un viejo amigo suyo, Carlos Cortés, que ha pasado por la cárcel. Con él, Goytisolo habrá de conocer los bajos fondos: los travestidos, los traficantes, los proxenetas, los chaperos... El descubrimiento le entusiasma. Empieza a frecuentar el Barrio Chino, a fumar grifa y, por primera vez, a encamarse con hombres que encuentra en 'malas calles'. Pero aún no está preparado mentalmente para romper ese tabú. Sus primeros encuentros homosexuales son gélidos, poco satisfactorios. Goytisolo vuelve a pensar que, quizá, él también sea normal.

No tuvo esa 'suerte'. Durante el verano, Goytisolo se aficiona a un bar de la Barceloneta abandonado ante el mar y frecuentado por gente del arrabal: El Varadero. Allí, entre otros personajes pintorescos, reina Raimundo, un gitano analfabeto y ex presidiario, sin domicilio claro ni familia, fuerte, bigotudo y extremadamente viril. La historia de su vida cambia cada vez que Goytisolo la escucha pero su estampa y su carisma le fascinan. El molde de todos los hombres que habrían de atraer a Goytisolo durante su vida estaba guardado en Raimundo. "Nunca me verás con un escritor ni con un hombre educado", le dijo al escritor a Jaime Gil de Biedma, algunos años después.

Raimundo tampoco se acostó nunca con Goytisolo. Una noche, al final del verano de 1953, después de beber durante horas y de despedirse, el escritor se presentó en su chabola pero su amigo lo acostó cariñosamente como a un hermano pequeño que llega a casa bebido. Como Goytisolo había hecho con Lucho en Madrid. Para otoño, Juan estaba camino de París. Aunque, a la vuelta, frecuentó el Varadero durante años, Raimundo desapareció del mapa.

París es otro de los grandes escenarios en la vida de Juan Goytisolo. Pero lo que nos interesa no es el viaje de 1953, propio de un joven pobre, confundido y más interesado por los libros y el comunismo que por la vida alegre, sino el de 1956, el año en el que el escritor barcelonés dejó España para no volver nunca más que como visitante. Uno de los desencadenantes de aquel exilio fue el interés que mostraba por él el comisario Juan Creix (el jefe de la Brigada Político Social en Barcelona), un personaje ambiguo y novelesco que un día empezó a preguntar por los gustos sexuales de Goytisolo.

Saltamos ahora a otro libro, ‘Los Goytisolo’ (Anagrama, 1999), la biografía de la familia que escribió el mallorquín Miguel Dalmau. Allí, el nombre de Monique Lange aparece por primera vez en la página 305 como si fuera Jean Seberg cantando ‘New York Herald Tribune!’ en una película de Godard. Encantadora, sonriente, con el pelo corto, culta, desprejuiciada... Todo lo contrario que las mujeres con las que Juan había conocido e ignorado en España hasta entonces. Dalmau, de hecho, cuenta que, hasta entonces, Goytisolo sólo había tratado con mujeres en los prostíbulos.

Lange era otra cosa. Trabaja en Gallimard, la editorial más prestigiosa de Francia. Su jefe, Dyonis Mascolo, había recibido noticia de la existencia de los libros de Goytisolo y lo había citado para una entrevista y a Monique le tocó recoger a Juan. El flechazo. La felicidad. El sexo. El primer viaje a Barcelona... Y la maldición que, una noche de juerga, deja caer la bruja mala sobre los enamorados.

La bruja mala de esta historia es el escritor Jean Genet y la anécdota ha sido contada mil veces. Genet le dijo a Goytisolo ante su futura mujer: "¿Es usted maricón?". "He tenido algunas experiencias". "¿Experiencias? Así habla un pederasta inglés".

Lange nunca debió de ignorar que a Goytisolo también le gustaban los hombres. Esta semana, Javier Rodríguez Marcos hablaba de la carta en la que el español le explicaba, un poco enrevesadamente, cuál era su conflicto. Lange le contestó con un "te quiero, tengo ganas de verte" y la pareja echó a andar. Pero no todo fue sencillo: ‘Casetas de playa’, la novela más conocida de Lange, presentaba a una mujer, más o menos abandonada en una playa de Normandía, que piensa en su marido, un escritor español exiliado que busca los barrios rojos de París, igual que los toros persiguen el capote de los toreros. El relato es triste, pero el problema no es la transgresión; el problema es el carácter insondable del escritor español, los complejos y tormentos que se intuyen pero que nunca pueden llegar a ser planteados.

Insondable es una buena palabra para explicar a Juan Goytisolo gay, cuya historia empezó como si imitara ‘Los Buddenbrock’ de Thomas Mann, siguió como si fuera una novela de Boris Vian y acabó como en un texto de algún escritor tangerino de los legendarios años 50 y 60. Cuando Monique Lange se murió, en 1996, Goytisolo se instaló en Marrakech. Allí, durante muchos años, se hizo acompañar de Ibrahim, un hombre indescifrable que siempre paseaba en silencio, dos pasos por detrás del escritor, en las salidas por la ciudad. Ibrahim es un hombre grande, viril y bigotudo, algo así como el descendiente de Raimundo, el de la Barceloneta, aparecido al otro lado del Mediterráneo 50 años después.

Una familia con problemas entre hermanos
Tras la muerte de Juan Goytisolo, el libro ‘Los Goytisolo’, que reconstruye el árbol genealógico de la familia catalana, vuelve a estar de actualidad y ayuda a comprender la relación entre los hermanos. Juan, José Agustín y Luis vivieron una madurez con una relación complicada y con la sombra de la enemistad planeando. Ellos tres llegaron a la edad adulta con el pesar de la muerte del cuarto hermano, Antonio, que falleció en el 27 por una meningitis. Era el primogénito y a él le seguía José Agustín, a quien el padre se 'saltó' en la cadena de herederos para alzar a Juan como su hijo predilecto. Así lo contó Goytisolo en el libro: "Fue puenteado, sus ojos oscuros fueron comparados con los ojos claros de Antonio, y a José Agustín se le impidió ser el primogénito. El trato de mi padre hacia él, un trato de indiferencia y de no reconocimiento, explicaría las dificultades y tropiezos psicológicos con los que mi hermano se encontraría a lo largo de su vida". Ni Juan ni Luis acudieron al entierro de José Agustín esgrimiendo distintas excusas. Luis es el único que queda vivo.

miércoles, 7 de junio de 2017

#libros #comic #travestis | Anarcoma : obra gráfica completa

Anarcoma : obra gráfica completa / Nazario.
Barcelona : La Cúpula, 2017 [06-07].
164 p.
ISBN 9788416400683 / 34,90 €

/ ES / Cómic
/ Anarcoma / Barcelona / Homoerotismo / Trans / Travestis

Ha pasado mucho tiempo desde que Anarcoma, el detective travesti, viese la luz en las páginas de la prensa más insolente de los primeros años 80. Aquellas revistas desvergonzadas ya no existen, como no existen las Ramblas, el barrio chino ha sido aniquilado y Barcelona entera es otra ciudad. Pero el mito sigue arañando el pavimento con sus tacones de aguja... Mitad Humphrey Bogart, mitad Lauren Bacall, Anarcoma ‘apatrulla’ los bajos fondos de una urbe desaparecida, inquietante y bulliciosa por la que también rondan los caballeros de la Orden de San Reprimonio, el inefable profesor Onliyú, los hermanos Herr o su deseable oso robótico XM2, una máquina sexual con licencia para matar de placer. ‘Anarcoma’, que se mira tanto en los personajes sórdidos de Jean Genet como en los supermachos de Tom de Finlandia, es un cóctel aromado con las pulsiones macarras del tebeo popular de más baja estofa, la sofisticación del eurocómic de vanguardia y el delirio sin medida del folletín de toda la vida. Un hito del cómic homoerótico que en su día fue sabiamente catalogado por las autoridades alemanas como “perjudicial para la juventud”.

lunes, 5 de junio de 2017

#hemeroteca #testimonios | Juan Goytisolo: La heterodoxia como religión

Imagen: El Mundo / Juan Goytisolo
La heterodoxia como religión.
Luis Antonio de Villena | El Mundo, 2017-06-05

http://www.elmundo.es/cultura/literatura/2017/06/05/59350da2e2704e3b328b4629.html

Era Juan Goytisolo Gay un hombre de aire levemente entre tímido y huraño. Como si temiera, pese a su valentía en tantas disidencias. Lo traté más cuando la publicación de ‘Coto vedado’ (1985), su primer libro de memorias, en cuya presentación participé. Afable, Juan sólo lo era con los incondicionales. El gran heterodoxo no llevaba bien la heterodoxia a su respecto. A mí siempre me pareció muy estrecha su interpretación o valoración de la literatura española (hay que añadir latinoamericanos, como Lezama, ahí más generoso) que iba del Arcipreste a Manuel Azaña, pasando por ‘La celestina’, ‘La lozana andaluza’ y Blanco White. Me dejo muy poco. De su generación hablaba de Gil de Biedma, porque fue un amigo juvenil.

Hermano de escritores, nacido en Barcelona el 6 de enero de 1931, todos sufren la muerte de su madre Julia, en 1938, a causa de un bombardeo franquista. Estudiante de Derecho que lo deja pronto, la disidencia de Goytisolo es antifranquista y a favor de muchas marginalidades, al ser él mismo homosexual. Dentro del realismo crítico de la época, publica su primera novela en 1954, ‘Juegos de manos’, seguida de ‘Duelo en el paraíso’ (1955) o de los cuentos -editados en Buenos Aires- de ‘Para vivir aquí’.

Harto de la España cerrada, se va a París, donde ya se instala en 1956. Tiene mucha suerte porque traba amistad y más, con Monique Lange, una escritora acaso minoritaria, pero mujer con un inmenso poder literario desde Gallimard. Es lógico que Goytisolo le estuviera siempre muy agradecido, pues por ella entra en contacto con su más admirado heterodoxo, Jean Genet, quien incita -incluso con bromas- a Juan para que ‘salga del armario’, como se cuenta en el librito ‘Jean Genet en el Raval’. Entre 1969 y 1975 ejerce como profesor de español en universidades de EEUU. Para entonces (con Benet y Martín Santos) se ha convertido en uno de los renovadores de la novela española con ‘Señas de identidad’ (1966) que inicia una trilogía que ahonda en la ruptura: ‘Reivindicación del conde don Julián’ (1970) y ‘Juan sin Tierra’ (1975), novelas de estilo conciso, lírico, roto, con saltos y cesuras... El camino será perfeccionado en ‘Makbara’ (1980), ‘Las virtudes del pájaro solitario’ (1988) entre otras, hasta el más homoerótico de sus libros ‘Carajicomedia’ de 2000. De 2008 es ‘El exilado de aquí y de allá’, su última obra.

La heterodoxia plural de Juan Goytisolo halla su centro en el mundo islámico, Tánger primero (aunque no era nada devoto de Bowles y compañía) y luego en Marrakech y en su célebre plaza de cuentacuentos, donde se instalará definitivamente en 1996, tras la muerte de Lange. El viaje de Goytisolo al mundo musulmán (véase su serie de televisión ‘Alquibla’ de 1988, dirigida por Rafael Carratalá) se amplía al sufismo, a los derviches giróvagos o al medineo, pero comienza en la antigua naturalidad para las relaciones masculinas. Juan vivía -y ha muerto- con la familia de su antiguo compañero, Abdelhadi, que no había sido el primero.

Supongo que seguiría con no escasa perplejidad la deriva islamista actual, lejos del Islam que conoció en París y en Marruecos a fines de los 60. Ensayista polémico, de ‘Furgón de cola’ (1976) a ‘Lucernario’ (2004), sus modelos hispánicos serán Luis Cernuda, Américo Castro, y antes Blanco White, todo un plantel de disidencias distintas. A partir de 2002, con el Premio Octavio Paz y en 2004 el Juan Rulfo empieza su reconocimiento latinoamericano e internacional de escritor comprometido sin partidos ni etiquetas. En España es muy conocido, pero no premiado. Alguna vez ha desdeñado los premios de aquí, pero el broche total de su carrera será el Cervantes en 2014, aunque años antes había dicho que no lo querría.

Su último opúsculo una pequeña colección de poemas, ‘Ardores, cenizas, desmemoria’ de 2012. Ya un tiempo en silencio ha sorprendido la noticia de su muerte en Marrakech, «por causas naturales» el 4 de junio de 2017. Poco después se ha dicho que será enterrado en Larache en un cementerio ahora civil, donde está Jean Genet y que cobijó a antiguos legionarios españoles. Amor a la marginación y afán heterodoxo siempre se echan de menos.

Juan Goytisolo, escritor, nació en Barcelona el 6 de enero de 1931 y murió el 4 de junio de 2017 en Marrakech.

miércoles, 6 de julio de 2016

#hemeroteca #travestis #memoria | Barcelona, 1931, una manifestación gay recorre las calles

Imagen: El Periódico / La vespasiana de Genet en 1914
Barcelona, 1931, una manifestación gay recorre las calles.
Jean Genet relata en la autobiográfica 'Diario del ladrón' un Día del Orgullo LGTBI muy anterior a la existencia de esta celebración.
Carles Cols | El Periódico, 2016-07-06
https://www.elperiodico.com/es/barcelona/20160706/barcelona-1931-una-manifestacion-gay-recorre-las-calles-5251661

El saber wikipédico sitúa en el 28 de junio de 1969 el kilómetro cero de las celebraciones del orgullo gay. Fue en Nueva York, dicen, porque aquel día los clientes del bar Stonewall Inn, punto de encuentro de la comunidad homosexual, se hartaron de las redadas policiales. Pero, aunque con mucho menos ruido, puede que la primera manifestación gay documentada haya que situarla en verdad en Barcelona y en una fecha indeterminada, probablemente de 1931.

Lo ocurrido lo retrata Jean Genet en su autobiográfica ‘Diario del ladrón’, una de las mejores mirillas que se pueden encontrar en una biblioteca para fisgonear en el Raval más sórdido, en este caso en el de los años 30. El novelista francés recoge en una de las páginas un acontecimiento que le sorprendió. Un grupo de hombres travestidos, al parecer algo muy común en aquella década, fueron a llevar flores a las ruinas de un urinario situado en la parte baja de la Rambla. Mejor, sin embargo, que lo cuente él propio testigo.

El fragmento
“Estaba (se refiere al urinario) cerca del puerto y del cuartel, y la cálida orina de millares de soldados había corroído su chapa de metal. Al constatar su muerte definitiva, las Carolinas, con chales, mantillas, trajes de seda y chaquetillas ajustadas acudieron a ella en solemne delegación para depositar un ramo de flores rojas anudado con un crespón de gasa. El cortejo partió del Paral·lel, torció por la calle de Sant Pau, bajó por la Rambla hasta la estatua de Colón. Eran las ocho de la mañana, el sol iluminaba la escena. Las vi pasar y las acompañé de lejos. Sabía que mi puesto estaba en la comitiva: sus voces heridas, sus gritos de dolor, sus gestos exagerados, se proponían atravesar el espeso desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandiosas: las Hijas de la Vergüenza. Llegadas al puerto, torcieron a la derecha en dirección al cuartel y sobre la chapa herrumbrosa y hedionda del meadero público, sobre su chatarra muerta, depositaron las flores”.

Las Carolinas eran, obviamente, hombres de pelo en pecho, habituales de las vespasianas, ese tipo de urinario de calle que adoptó Barcelona a finales del siglo XIX, inspirados en los modelos originales de París, y que tantos quebraderos de cabeza dieron a las autoridades. En Francia sobrevivieron hasta muy avanzado el siglo XX, pero en Barcelona, que durante un tiempo fue conocida como la ciudad de las bombas, fueron el blanco ocasional de grupos anarquistas y eso precipitó su desaparición. Eran un lugar perfecto para colocar un explosivo y huir. Del que habla Genet, situado en la Rambla de Santa Mònica, sa sabe que saltó por lo aires tres veces solo entre 1904 y 1908, aunque por el relato del autor parece que lo que precipitó su eliminación fue la corrosión del ácido úrico.

La Criolla
Esa, en cualquier caso, no es la cuestión. Lo fundamental, ya que se celebra el Día del Orgullo Gay, es la desinhibición de Las Carolinas, que hoy puede parecer fuera de época, pero que no lo es tanto si rebusca en la historia del Raval de los años 30, cuando locales como La Criolla eran célebres por su ambiente homosexual. Ni siquiera era un lugar de encuentro discreto, como un Stonewall Inn antes de hora. Allí acudía incluso la burguesía barelonesa, no necesariamente a buscar pareja, sino a ver qué se cocía en ese caldero, de prostitutas, drogas, armas y, como le gusta decir a Nazario, maricones.

viernes, 31 de mayo de 2013

#libros #literatura | Jean Genet en Tánger

Jean Genet en Tánger / Mohamed Chukri ; traducción de Rajae Boumediane El Metni
[Jean Genet in Tangier. Español]
Barcelona : Cabaret Voltaire, 2013
160 p.
ISBN 9788494035364 [2013-05] / 18 €

/ ES / AR* / BIO
/ Crónicas / Historia – Siglo XX / Literatura / Marruecos / Muhammad Sukri / Testimonios
Otra ed.: Valencia : Edicions Alfons el Magnànim, 1993
Biblioteca UPV/EHU

https://millennium.ehu.es/record=b1041824~S1*spi

Mohamed Chukri y Jean Genet se conocieron en Tánger en 1968. Sus conversaciones, recogidas en forma de dietario, fueron publicadas por primera vez en Estados Unidos de la mano de Paul Bowles. En 1974, Genet regresó a Tánger, ocasión que inspiró un segundo libro que permanecería inédito hasta 1992. Estas páginas, escritas con sobriedad e inmediatez, son un reflejo de la vida cotidiana de ambos autores (anécdotas, paseos, discusiones de asunto político y literario) y representan un testimonio íntimo y controvertido.

«Leyendo el diario de Chukri, veo y oigo a Genet con tanta claridad como si estuviera viendo una película sobre él. Para lograr semejante grado de precisión refiriendo hechos y palabras, se requiere una visión singularmente penetrante.» William Burroughs

Mohamed Chukri nació en 1935 en Beni Chiker, un pueblo marroquí del Rif. Educado en una familia pobre, la violencia de su padre le obligó a huir y, con tan sólo once años, vivir en las calles de Tánger rodeado de miseria, violencia, prostitución y drogas. A los veinte años, todavía analfabeto, se marchó a Larache a estudiar. Durante esta etapa de formación entró en contacto con la literatura. En la década de los sesenta, Chukri regresó a Tánger, donde siguió frecuentando bares y burdeles, y donde empezó a escribir sus experiencias personales. Su primer relato, “Violencia en la playa”, apareció en la revista Al-Adab en 1966. Sus inquietudes literarias le llevaron a codearse con escritores consagrados como Paul Bowles, Jean Genet y Tennessee Williams, encuentros que quedaron recogidos en sus memorias (“Paul Bowles, el recluso de Tánger” y “Jean Genet y Tennessee Williams en Tánger”). Además de su producción literaria, también tradujo al árabe poemas de Machado, Aleixandre y Lorca, entre otros. Chukri conoció el éxito internacional gracias a su novela autobiográfica “El pan a secas” (1973); censurada por escandalosa en los países árabes, no fue publicada definitivamente en Marruecos hasta el año 2000. “Tiempo de errores” (1992) y “Rostros, amores, maldiciones” (1996), son las otras dos novelas que conforman la trilogía de su vida. Mohamed Chukri murió en Rabat en 2003.

ENLACES
Cabaret Voltaire | Jean Genet en Tánger

http://www.cabaretvoltaire.es/index.php?id=217

miércoles, 5 de enero de 2011

hemeroteka | Jean Genet, castrado por la censura

Imagen: Público
Jean Genet, castrado por la censura
La obra del autor francés fue prohibida por el órgano represor del franquismo y perseguida, como ocurrió con 'Diario de un ladrón', hasta 1976
Peio H. Riaño | Público, 2011-01-05

La formación al margen de la ley y la entronización de una sórdida ópera de presos, soldados, siervos y vagabundos tenía todas las papeletas para quedarse a las puertas de la Dirección General de Propaganda durante la dictadura franquista. Y así tumbó la censura una tras otra, incansablemente, las obras de Jean Genet (París, 1910-1986) que varios de los grandes editores en ciernes trataban de publicar en este país, mientras él se recreaba en la elaboración de un personaje que alardeaba de traidor, ladrón y homosexual. Uno de los más originales y sólidos novelistas franceses del siglo XX fraguaba a finales de los cuarenta una extraordinaria obra sobre criminales y sexo angustioso y España castraba a aquel genio arrebatado, del cual hace unas semanas Francia celebraba los cien años de su nacimiento.

Una vez pasados los fuegos artificiales, aquí el mejor homenaje que se le puede hacer al autor de Querelle de Brest (1947) es recordar cómo la censura le tenía todavía bajo cuchillo en 1974. El 22 de marzo de ese año, uno de aquella tribu que firmaba los expedientes de represión como "lectores", desautorizaba la impresión de 3.000 ejemplares de Diario de un ladrón (escrita hacía 25 años): "Se trata de la misma obra que fue denegada en su día a la editorial Anagrama [cinco años antes de este informe]. Como no han cambiado las circunstancias y el texto es un verdadero canto a las aberraciones sexuales, crimen y vida inmoral, de la que se diría se siente orgulloso el autor, además de contener ataques a España y nuestras instituciones por transcurrir gran parte de la narración en nuestro país, a mi juicio procede tener el mismo criterio de la ocasión anterior y considerar la obra no autorizable".

Si pensamos que en 1946 también se prohibía la importación y publicación del Ulises de James Joyce, no extraña que un ataque tan severo contra las técnicas coercitivas de la familia, el ejército, la escuela, el sistema judicial, la cárcel y la Iglesia pudiera recalar entre las librerías de aquellos años. Sin embargo, es curioso comprobar cómo los censores levantaban la mano ante la trascendencia de la trayectoria reconocida de otros autores como Yukio Mishima (Tokio, 1925-1970), quien compartía con Genet, además de su homosexualidad, su gusto por el teatro antes que la novela. "Es uno de los más grandes escritores japoneses contemporáneos, ha sido publicado en varios idiomas y recomendado por la Unesco[] Un poco nostálgico", escribía en 1962 sobre El pabellón de oro un censor entregado al criterio del máximo organismo internacional del patrimonio cultural.

Tampoco encontraron signos de subversión contra la moral católica del régimen en el Autorretrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde; Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf; La bella y la bestia, de Jean Cocteau, o Una temporada en el infierno, de Rimbaud, a la que señalaron como el retrato de una "vida desequilibrada, apasionada e inquieta". Eso sí, nunca tragaron a Tennessee Williams ni a Truman Capote. De Desayuno en Tiffany's tachan y desautorizan la novela un año después de su publicación mundial por ser "morbosa y deshonesta", donde "el vicio de Lesbia ocupa buen lugar". Tres días después, la lee un nuevo censor: "Nada gana, ni el buen gusto ni la literatura, con esta obra".

Incluso el guión convertido en novela del Evangelio según Mateo, de Pier Paolo Pasolini, pasa el corte en 1965, sobre todo, debido al reconocimiento que tres años antes obtiene la película. "El tema, planteo y resultado de este filme ha sido últimamente discutido en todos los sentidos. En general, y pese a la filiación ideológica del autor, la crítica, incluso la católica, se ha pronunciado en sentido favorable", escribe el censor sobre el libro que llevaba introducción de José Monleón.

Miedo al genio

Algo parecido debieron pensar cada vez que les llegaba una nueva petición de publicación de Diario de un ladrón, de Genet. La primera vez que se encontraron con el texto fue por la solicitud de Jorge Herraldepara publicarlo en su editorial, diez años después de su aparición en Francia. La ficha de expediente del escritor francés demuestra que el verdadero peligro de Genet no eran sus temas, su universo macerado al calor de la voluptuosidad, sino su maestría al contarlo.

Aquellos ilustres cuervos sentenciaron a Genet al olvido para impedir su contagio: "La finalidad de esta obra literaria es la de poner de manifiesto la profundidad, la anchura e incluso la sublimidad, como vividas, de la abyección, de la inmundicia, de la aberración y del crimen, cuando uno se entrega a ellos en cuerpo y alma. Muy bien. Pero el caso es que la obra resulta excesivamente cochina, y como, además, por lo que se refiere a los homosexuales y pederastas (que es lo más frecuente en esta novela), se despiertan muchas vocaciones en nuestro tiempo, creo será mejor anteponer otros valores más sublimes que el valor literario de la obra. NO PUEDE PUBLICARSE".

Sólo una semana más tarde vuelve a confirmarse el juicio contra una de las grandes novelas, en las que Genet apuntaba la estrecha relación entre los delincuentes y las flores, ya que la fragilidad floral procedía de la misma naturaleza que la insensibilidad del criminal. En Diario del ladrón, la violencia, la traición, la histeria y la cobardía son formas de heroísmo. Los ojos del órgano represor lo veían inaceptable pero probable. Lo temieron porque la realidad no le era tan extraña al relato de Genet, y como si el censor ya tuviera constancia de quién era y qué hacía el escritor francés, apuntaba: "Novela típica de Genet. Autobiográfica. Historia de sus tiempos de mendigo, criminal, pederasta, etc, etc. Un canto a la homosexualidad, el delito, la suciedad, la coprofilia, etc, etc. [] y como además todo ello está muy bien escrito y por tanto resulta más convincente, creo que sobran los motivos para no autorizar la traducción de esta obra, sin la que el lector español puede pasar perfectamente".

Contra la homosexualidad

Aquella sociedad feudal ignoró que la obra de Genet fraguó el reconocimiento de Jean Cocteau, de Sartre y Simone de Beauvoir, que lo definió como un matón genial, un ser dogmático y libre. Sartre le dedicó su estudio sobre Baudelaire (1947) y lo consagró en su San Genet, comediante y mártir (1952). En Nueva York, nueva capital universal después de la Gran Guerra, Sartre presentó a Genet como el verdadero genio literario francés y la crítica norteamericana lo situó entre Proust y Céline. Mientras, en España no pasó de escritor maldito cuyo mayor delito a los ojos de la censura fue su abierta homosexualidad en obras como Santa María de las flores (1943), Milagro de la rosa (1946) y Pompas fúnebres (1947).

Y eso no cambió en años. En 1976 lo intenta la editorial Planeta. Las cosas han cambiado o, al menos, en apariencia; el 19 de mayo, el ya Ministerio de Información y Turismo Dirección General de Cultura Popular pasa un informe escrito todavía por una de aquellas siniestras mentes: "Autobiografía novelada de un homosexual. Es un canto constante a las aberraciones sexuales, al crimen y a la vida inmoral. Trata de forma irreverente a la Iglesia católica. Toda la obra es inmoral. A juicio del lector, salvo superior criterio, la obra DEBE SER DENUNCIABLE", sentenciaba en mayúsculas.

Cinco meses después de la muerte del dictador, la censura seguía mordiendo, aunque los trámites entonces ya obligaban a separar el "informe" de las "observaciones". Y los censores se camuflaron en democracia con los vestidos de la retórica, para no mostrar su veneno. Las observaciones se hacían apelando cínicamente a "un punto de vista estrictamente jurídico" para escribir en el último párrafo la sangría más obscena en nombre de la sanidad moral: "Lo conflictivo de la obra se centra en la descripción sin ningún recato del fenómeno homosexual. No existen ciertamente descripciones obscenas o directas; pero todo el libro es una exaltación a la homosexualidad, sin crítica alguna, que hace que su contenido deba considerarse socialmente peligroso e incluso incurso en la figura delictiva del escándalo público".

Con los años y la insistencia pasaron las obras de teatro Las criadas y Estricta vigilancia, de la que en su expediente de 1973 se cuenta que es una obra de teatro "insípida, sin el menor interés, reiterativa e irrepresentable". La censura había puesto el listón de Genet muy alto: en esta pieza ni siquiera se advirtieron "intención política alguna". Les decepcionó hasta cuando no se encontraron con el salvaje Genet.

Tennessee Williams, otro crucificado más

"De las tres obras de teatro que se recogen en este volumen, ‘Un tranvía llamado deseo' figura según los antecedentes como prohibida por la censura de teatro", sentencia el censor que confirmaba la prohibición de esta obra de teatro en 1953. La pieza de Tennessee Williams, Premio Pulitzer en la categoría de Drama en 1948, considerada como una de las obras más importantes de la literatura estadounidense, cuenta la vida altanera de Blanche DuBois, una dama sureña con delirios de grandeza.

Así que aquel censor advertía que el libro que reunía las tres obras podía publicarse, siempre y cuando se suprimieran todas las tachaduras que señalaba en ‘Un tranvía llamado deseo'. Para el siniestro personaje, una lectura tenía menos peligro que una representación teatral, pero los caminos de la censura son inexplicables: "El tema y el tipo central de la trama son francamente duros desde el punto de vista moral. Pero el lector estima que siempre que no se representen en público, sino que sirva exclusivamente de lectura a los aficionados de la literatura, puede autorizarse su publicación".

Insiste con ‘Verano y humo', que también lleva muchísimas tachaduras, en que la censura de teatro se aplique, pero no para el "literato aficionado". Sobre papel puede publicarse. Por otro lado, ‘El zoo de cristal' es calificado como "un problema de clase media inferior, completamente inocuo y puede autorizarse". El lápiz rojo se cernió sobre la obra de Williams por ser considerada "extravagante". La perversión de los censores hizo que también se refugiaran en criterios más allá de la moral para legitimar su actividad.
Fuente
Jean Genet, castrado por la censura
La obra del autor francés fue prohibida por el órgano represor del franquismo y perseguida, como ocurrió con 'Diario de un ladrón', hasta 1976
Peio H. Riaño | Público, 2011-01-05
Imagen: Público
La obra que Miguel Narros no pudo estrenar
El director recupera 'Los negros', de Genet, tras prohibírsele su montaje en 1971
P.H.R.| Público, 2011-01-05

La represión que padeció la novela Diario de un ladrón es comparable a la obra de teatro Los negros. Si para las novelas bastaba con un lector, la censura empleaba artillería pesada en el castigo contra el teatro. Miguel Narros sufrió la criba para representar la obra de Jean Genet. El 5 de noviembre de 1971 obtiene el resultado: prohibida, tal y como figura en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares. Precisamente, casi 40 años más tarde, Narros estrenó la obra el pasado noviembre en Asturias. Ahora la trae a Madrid, a los Teatros del Canal.

"Para los españoles, tan alejados del problema racial, lo que se habla en escena (pues la acción es mínima) no tiene el menor interés. La obra es pesadísima y lo será en grado sumo para el espectador, aumentando esta pesadez el hecho de que carezca de interpretaciones", apuntaba el primer censor. Y añade sus críticas a los "pasajes fuertes" e "irreverentes", y advierte llevar "riguroso cuidado" con las danzas en grupo y vigilar acotaciones como la que se propone: "Se levanta la falda y baila una danza obscena".

Un tercer informe advierte de que podría estrenarse siempre y cuando se evitara "una mayor claridad en la exposición de la tesis". "La obra tiene numerosas tachaduras hechas por el adaptador y caben hacerse otras más", sentencia y confirma la autocensura del momento. El texto estaba tan mancillado que se quedaba en nada sin las alusiones al ejército, al suicidio, a la imposición por las armas del ejército blanco en la colonización.

Pero Narros no fue el primer director incapaz de evitar la censura sobre esta obra. Trino Martínez, en 1963, recibe el primer varapalo de la Junta de Censura Teatral, compuesta por 12 miembros, tres de ellos reverendos. La obra iba a montarse en el Teatro Maravillas de Madrid, dentro del ciclo Teatro de hoy, entre el 18 de junio y el 30 de julio. Pero en el mes de septiembre previo ya se decide su prohibición. Este informe podría pasar como el argumento de una novela de Kafka, similar a El proceso.

Un tal padre Artola niega el montaje, otro de ellos pide que se "retoque" el personaje del explorador: "Hay que quitarle cuanto le clasifica como obispo misionero católico, de suerte que quede como representante de valores espirituales morales, vagamente religiosos". Por si no fuera poco, añade que "convendría suprimir algunas groserías del lenguaje".

Sin embargo, la obra les confunde. Algunos se resisten a prohibirla y otros la defenestran a escenarios privados, a lo que entendían como "teatro de cámara", siempre con cientos de tachaduras por delante. Uno de los vocales informa que "salvo que se hiciesen modificaciones sustanciales a la obra voto por su prohibición". Y en un guiño de arrepentimiento absoluto se lamenta: "Y lo siento, porque la obra me parece estupenda, una obra magistral de las posibilidades actuales de un verdadero teatro poético". Para la historia quedará el gesto de Víctor Aúz Castro, que se planta y escribe: "Dada la índole de la obra, no veo inconveniente alguno en aprobarla". Y marca dos supresiones, muy irónicas en dos páginas: "Puta" y "sexo".

Fuente
La obra que Miguel Narros no pudo estrenar
El director recupera 'Los negros', de Genet, tras prohibírsele su montaje en 1971
P.H.R.| Público, 2011-01-05

martes, 30 de noviembre de 2010

#libros #literatura | Diario del ladrón

Diario del ladrón / Jean Genet ; traducción de M. Teresa Gallego Urrutia y M. Isabel Reverte Cejudo
[Journal du voleur. Español]
RBA, Barcelona : 2010
269 p.
Colección: Narrativas
ISBN 9788498678680 [2010-11] / 22 €

/ ES / FR / NOV / BIO
/ Literatura
Biblioteca UPV/EHU
https://millennium.ehu.es/record=b1640502~S1*spi

“Diario del ladrón” no es tan sólo un diario, pero tampoco se puede considerar únicamente una novela. A caballo sobre la confesión y la crónica, sobre la invención y el deseo, esta obra clave de la producción de Jean Genet arrastra al lector hacia un mundo de vileza y decadencia, admirablemente trascendido gracias a un consciente poderío verbal e imaginativo que el autor maneja con plena conciencia. El protagonista pretende salvarse del mal por el propio mal. «Ética y estética del vicio» bien podría valer como subtítulo de “Diario del ladrón”, expresando así la posición que Genet toma ante la vida, necesariamente enfrentado con una sociedad a la que ni quiere ni puede pertenecer.

«Caído en la abyección, Genet decide asumirla y convertirla en virtud suprema. Su fallida carrera en el robo le condujo no obstante a su condición de gran escritor: a convertirse en esa bomba literaria descubierta por Cocteau y cuya potencia subversiva no tardaría en conmocionar a Sartre». Juan Goytisolo, “Genet en el Raval”

ENLACES
El Boomeran(g) | Diario del ladrón

http://www.elboomeran.com/obra/1078/diario-del-ladron/
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WIKIPEDIA | Jean Genet

http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Genet
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DOCUMENTACIÓN
Diario del ladrón. Jran Genet
Marc Canela | El Placer de la Lectura, 2012-04-00

http://www.elplacerdelalectura.com/2012/04/diario-del-ladron-jean-genet.html
Jean Genet, castrado por la censura
La obra del autor francés fue prohibida por el órgano represor del franquismo y perseguida, como ocurrió con 'Diario de un ladrón', hasta 1976
Peio H. Riaño | Público, 2011-01-05
http://www.publico.es/culturas/jean-genet-castrado-censura.html
La santidad de Genet
Juan Goytisolo / Jean Genet | El País, 2009-01-03

http://elpais.com/diario/2009/01/03/babelia/1230943152_850215.html
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Y TAMBIÉN…
El buen ladrón
Vicente Molina Foix | El País, 2011-03-19

http://elpais.com/diario/2011/03/19/babelia/1300497166_850215.html

viernes, 31 de julio de 2009

#libros #jeangenet | Genet en el Raval

Genet en el Raval / Juan Goytosolo
Galaxia Gutenberg, Barcelona : 2009 [07]
160 p.
Colección: Ensayo
ISBN 9788481098259 / 19,50 €
/ ES / BIO / REC / ENS
/ Barcelona / Jean Genet / Historia - Siglo XX / Literatura / Raval / Testimonios

"Genet me enseñó a desprenderme poco a poco de mi vanidad primeriza, del oportunismo político, del deseo de figurar en la vida literario-social, para centrarme en algo más hondo y difícil: la conquista de una expresión literaria propia, mi autenticidad subjetiva". Esta confesión, extraída del segundo volumen de sus memorias personales, “En los reinos de taifa”, define bien a las claras la importancia que el autor de “Diario del ladrón”, tuvo, tiene y tendrá en la gestación de la obra y en la formación de la personalidad de Juan Goytisolo.

Los diferentes ensayos que componen este libro, escritos a lo largo de varios años, dan testimonio de esta amistad y lo dotan de una coherencia inusitada. Un artículo reciente sobre las andanzas del joven Genet en el barrio barcelonés del Raval, en los años treinta, da paso al capítulo del segundo volumen de memorias de Goytisolo. Una reflexión sobre el Genet más radical acompaña la lectura de uno de sus libros más importantes, 'El cautivo enamorado'. Completa el volumen un valioso documento inédito: un conjunto de cartas de Genet a Goytisolo, escritas entre 1958 y 1974.

SUMARIO
1 / Genet en el Raval
2 / El territorio del poeta
3 / Genet y los palestinos
4 / El poeta enterrado en Larache

El Raval de Juan Goytisolo
El escritor publica un libro con cartas inéditas del autor francés Jean Genet
Rosa Mora | El País, 2009-09-02
http://elpais.com/diario/2009/09/02/cultura/1251842403_850215.html

Jean Genet (París, 1910-1986), escritor maldito, primero, y que se rebeló contra el orden establecido tanto en lo social y político como en lo artístico y moral, marcó en el antiguo Barrio Chino de Barcelona un territorio moral: robo, prostitución masculina, humillaciones... "Caído en la abyección, Genet decide asumirla y convertirla en virtud suprema". 

Lo cuenta Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) en Genet en el Raval (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), que ayer presentó en la capital catalana. 

"Al horror que él sentía por la vanidad literaria le debo mi manera de ser. Genet, que distinguía entre literatura y vida literaria, cambió mi relación con la literatura". Goytisolo le conoció en París en 1955, en casa de Monique Lange, que durante un tiempo fue su esposa y siempre su amiga. 

“Genet en el Raval” reúne cuatro ensayos ya publicados. El primero, que da título al libro, apareció en el suplemento Babelia en enero de este año. “El territorio del poeta” pertenece a su volumen autobiográfico “En reinos de Taifa”; “Genet y los palestinos” procede de “Contra las sagradas formas”, y “El poeta enterrado en Larache” se incluyó en “El bosque de las letras”. 

Leídos en su conjunto dan una visión muy personal de Goytisolo sobre el escritor francés y su obra. “Genet y los palestinos”, por ejemplo, es un sugerente análisis sobre el libro póstumo “Un cautivo enamorado”, que fue incomprendido y rechazado por la crítica francesa. 

El escritor francés estuvo en Barcelona entre noviembre de 1933 y abril de 1934. Fue una experiencia iniciática, cuenta Goytisolo. Le entusiasmaban las “locas” españolas, decía que eran muy audaces. 

Goytisolo relata algunas anécdotas que no tienen desperdicio, como cuando después de mantener sexo con un carabinero le robó su capote, o cómo la primera vez que se vistió de mujer, con un traje de faralaes, se lo pisaron y se rompió. 

Genet recibió, un par de años antes de morir, el Premio Nacional de Literatura francés. "Le gustó aún menos que a mí [se refiere al Nacional de las Letras que le dieron en 2008]. Envió a un niño marroquí que trabajaba en un circo, vestido de acróbata, a recogerlo". 

Juan Goytisolo rechazó recientemente el Premio Internacional de Novela, dotado con 150.000 euros. "Estaba dotado por el régimen libio. Dicen que el dinero no tiene olor, pero para mí sí lo tiene". 

También La Rambla y el Barrio Chino fueron y son un territorio especial para Goytisolo. Empezó a frecuentarlo a partir de 1949. "En la Barcelona de aquella época en la que primaba el nacionalcatolicismo y se oprimía la cultura catalana, las únicas zonas interesantes eran las trastiendas de algunas librerías y el ahora llamado Raval, que era una zona de libertad. Recuerdo las canciones obscenas y anticlericales que se cantaban en el bar Cádiz. Cuando llevé a Monique no podía imaginar que en la España de Franco pudiera existir un islote de libertad como el del Barrio Chino". 

"Cuando estoy en Barcelona no se me ocurre otra cosa que pasear por La Rambla. Durante la última etapa de José María Aznar, cuando atacaba tanto a Cataluña, dije que si seguía así me haría independentista de La Rambla y del Chino". Goytisolo destacó, además, las "extraordinarias fotos de prostitución" que El País publicó ayer [por anteayer]. "No ha cambiado nada. La historia del Chino continúa. Las ordenanzas no sirven para nada". 

La guinda del libro son las cartas escritas por Genet a Goytisolo, entre 1958 y 1974. Son siete y son inéditas. La primera, de 1958, es de armas tomar. La encabeza así: Juana la Maricona, le llama "querido marica" y besa "suavemente sus bellos ojos claros". "Genet se dirigía así a los heterosexuales, con un tono entre peyorativo y burlón. Cuando, como se dice ahora, salí del armario, a Genet le pareció muy divertido y mostró cierta admiración". La tercera, de 1968, sobre la Primavera de Praga, muestra su peculiar opinión: "Ante la catástrofe nacional, el corazón de las putas se parte y vigoriza", dice entre otras cosas. 

"Genet era así en lo cotidiano". También solía llamarle el "concubino de Lange" o el "Hidalgo de Lange". ¿No le da cierto corte que se publiquen cartas como la de 1958? "Si a mi edad tengo vergüenza es que no he aprendido nada en la vida". 

La correspondencia de los años setenta se extravió en algunos de los numerosos viajes de Goytisolo. La séptima carta que se incluye en este libro apareció misteriosamente en la Universidad de Yale. El escritor aún no sabe cómo llegó allí. 

Otra parte de las cartas fue sustraída durante una exposición en Almería. "Se las llevó un cleptómano que tuvo la delicadeza de dejar fotocopias". ¿Ha intentado saber quién fue? "No, yo no hago de policía". 

DOCUMENTACIÓN
“Genet en el Raval”, de Juan Goytisolo: un poeta en el barrio chino
José Ramón Martín Largo | La República, 2013-05-21
http://www.larepublica.es/2013/05/genet-en-el-raval-de-juan-goytisolo-un-poeta-en-el-barrio-chino/
Genet en el Raval
Diego Medrano | El Comercio, 2009-10-24
http://www.elcomercio.es/20091024/cultura/genet-raval-20091024.html
Genet a Goytisolo: "¿Quiere traducir usted los Funámbulos, mi querido marica"
Cartas de “Genet en el Raval”, por Juan Goytisolo
El Cultural, El Mundo, 2009-09-04
http://www.elcultural.es/revista/letras/De-Genet-a-Juan-Goytisolo/25785
Juan Goytisolo publica “Genet en el Raval”
José A. Muñoz | Revista de Letras, 2009-09-02
http://revistadeletras.net/juan-goytisolo-publica-genet-en-el-raval/
Goytisolo ensalza el Raval 'rebelde' donde Genet robó y se prostituyó
El escritor ha presentado en Barcelona su libro 'Genet en el Raval'. En el Raval hay una 'continuidad histórica' con ese Barrio Chino de Genet. Recoge ensayos y correspondencia entre los dos escritores. Jean Genet subsistió mendigando, prostituyéndose y robando en la ciudad.
Rossi García | EFE | El Mundo, 2009-09-01
http://www.elmundo.es/elmundo/2009/09/01/barcelona/1251814219.html
Juan Goytisolo evoca el Barrio Chino de su juventud en “Genet en el Raval”
Europa Press, 2009-09-01
http://www.europapress.es/cultura/noticia-juan-goytisolo-evoca-barrio-chino-juventud-genet-raval-20090901145715.html
Juan Goytisolo repasa la vida de Jean Genet en su nuevo libro
Narra, en 'Genet en el Raval', las aventuras del escritor francés en la Barcelona de los años treinta
EFE | La Vanguardia, 2009-08-30
http://www.lavanguardia.com/cultura/20090830/53775253398/juan-goytisolo-repasa-la-vida-de-jean-genet-en-su-nuevo-libro.html
La santidad de Genet
La prostitución, el robo, la miseria y las humillaciones formaban parte de la cotidianidad en el Barrio Chino de Barcelona, en los años treinta, que Jean Genet narró de manera descarnada en Diario del ladrón. El escritor Juan Goytisolo, que conoció bien al autor francés, repasa la potente influencia que tuvo esa época en su obra posterior.
Juan Goytisolo / Jean Genet | Babelia, El País, 2009-01-03
http://elpais.com/diario/2009/01/03/babelia/1230943152_850215.html
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AUDIOVISUALES
TV3 | Genet al Raval
http://www.ccma.cat/tv3/alacarta/programa/Genet-al-Raval/video/4854431/
CatalanFilmsBD | Genet en el Raval
http://www.catalanfilmsdb.cat/es/producciones/documental-television/genet-en-el-raval/3457
Documental sobre las vivencias del escritor francés Jean Genet en Barcelona, ciudad en la que vivió de 1933 a 1934, cuando él tenía 23 años. A partir del libro homónimo de Juan Goytisolo y de los textos del propio Genet, el documental recorre los lugares que el escritor frecuentó, principalmente el Barrio Chino (hoy “El Raval”) y los cabarets y locales donde se reunían homosexuales y travestidos. Sus experiencias en la Barcelona más marginal de la época marcaría gran parte de su obra ("Querelle de Brest", "Diario del ladrón", "Nuestra Señora de las Flores").
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Y TAMBIÉN…
La Barcelona putrefacta de Jean Genet
Roser Messa Freixas | Cosas de Absenta, 2012-10-28
http://srabsenta.blogspot.com.es/2012/10/la-barcelona-putrefacta-de-jean-genet.html
Sant Genet, homosexual i màrtir
E. Cerdán Tato | El País, 2012-05-30
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/05/30/valencia/1338390648_884734.html
Cuando Genet se prostituía en el Raval
El balcón, de Jean Genet, se desarrolla en un burdel de lujo, donde los tipos más vulgares van a materializar sus fantasías más secretas: ser un juez, ser un general o ser un obispo.
Antonio Astorga | ABC, 2010-04-06
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-06-04-2010/abc/Cultura/cuando-genet-se-prostituia-en-el-raval_124669629586.html
Barcelona, entre Le Corbusier y Genet
El Macba presenta las obras de su colección que reflejan la dicotomía entre los dos creadores y la relación entre práctica artística y espacio urbano
Roberta Bosco | El País, 2012-06-06
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/06/05/catalunya/1338922857_123625.html
MACBA | Le Corbusier y Jean Genet en el Raval
http://www.macba.cat/es/expo-le-corbusier

A partir del derribo de las murallas, Barcelona experimentó un cambio, una transformación social y urbanística, que dio lugar a la construcción de la ciudad moderna, una urbe que desde entonces ha sido practicada y vivida según las experiencias de cada individuo. “Abajo las Murallas” suponía un saneamiento y expansión de una Ciudad Condal que pedía a gritos crecer y evolucionar. Y así fue, cayeron los muros, y Barcelona progresó. Sus límites se fueron expandiendo con el Plà Cerdà y con la anexión de los pueblos del alrededor. Las fábricas humeantes del Raval empezaron a trasladarse al Poblenou, Plaza Espanya… Todos estos cambios urbanos, tienen implicaciones en la distribución y relación que se crea entre las diferentes capas de la sociedad, como por ejemplo la marginalización en zonas muy concretas de las clases más bajas o de los excluidos sociales, como pasó en el Raval, concretamente con esa área, conocida en la década de los años 30, como Barrio Chino o Distrito V. 

La exposición en el MACBA, Le Corbusier y Jean Genet en el Raval, precisamente nos habla de esta dicotomía entre dos formas de ver o experimentar el barrio. Si para Le Corbusier el objetivo es diagnosticar y reformar el Raval erradicando la degradación social, Jean Genet, en cambio, hace una exploración de los aspectos más marginales o abyectos del Barrio Chino, sirviéndose de sus calles como objeto de estudio para sus novelas, como en Diario de ladrón (1949). 

Así pues, la muestra plantea esta tensión entre, la modernidad asociada al racionalismo que percibe la ciudad como un proyecto y esos nuevos géneros periodísticos que hacen una representación de lo popular a través de la experiencia de la calle, creando en cierta manera también, un estigma. 

Este conflicto urbano, entre los principios reformistas del “Pla Macià” (1932-34) de Le Corbusier y la preferencia por lo procedente de las calles por Jean Genet, crea todo un discurso estético alrededor del Barrio Chino o Distrito V. Una oportunidad única de conocer los planteamientos urbanísticos y los entramados sociales de un barrio que fue y es objeto de relatos asociados a la nocturnidad y del submundo de las clases excluidas de la sociedad moderna.