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viernes, 29 de noviembre de 2019

#hemeroteca #veganismo #menores | Las familias veganas piden menús escolares libres de crueldad

Imagen: El Diario
Las familias veganas piden menús escolares libres de crueldad.
Asociaciones como FEUMVE han reunido casi 4.000 firmas para que los niñas y niñas dispongan de una opción vegana en los comedores. Pediatras y nutricionistas denuncian el desconocimiento de una realidad cada vez más extendida.
Dani Cabezas | El Caballo de Nietzsche, El Diario, 2019-11-29
https://www.eldiario.es/caballodenietzsche/familias-veganas-escolares-libres-crueldad_6_968763122.html

Noelia es madre de dos niñas de 5 y 9 años que acuden a un colegio concertado de Gipuzkoa. Y como tantos otros escolares, cada día acuden al comedor debido a la extenuante jornada laboral de sus progenitores. Pero hay un problema: ambas niñas son veganas. Una, desde que tenía cuatro años. La otra, desde hace uno.

"Las familias que nos vemos obligadas a usar el servicio de comedor nos encontremos con dos posibles escenarios", cuenta Noelia a El Caballo de Nietzsche. "O bien les quitan los productos de origen animal del plato, dando como resultado una opción sin proteína y poco saciante, o bien les toca resignarse. En el primer caso se ven sometidos a bullying, lo que afecta gravemente a su desarrollo emocional. En el segundo, vuelven llorando a casa porque no quieren comer animales muertos, en palabras textuales suyas".

Lo insostenible de la situación llevó a Noelia, junto a otras madres y padres, a fundar la plataforma FEUMVE (Familias Unidas por un Menú Vegano Escolar). "FEUMVE nació como un simple grupo de Facebook el pasado mes de septiembre", explica Noelia. "Como madre llevaba una lucha prácticamente en solitario recogiendo firmas en Euskadi. Tras cuatro años luchando con el colegio de mis hijas y otros dos compartiendo una petición en change_org y hablando con asociaciones veganas y familias para que me ayudasen en esta lucha, estaba cansada. Me sentía ignorada".

Gracias al apoyo, entre otros colectivos, de varios santuarios de animales que contribuyeron a la difusión de la iniciativa, la plataforma consiguió el pasado mes de octubre reunir 3.700 firmas, que fueron presentadas en el Departamento de Educación del Gobierno Vasco y ante el Ararteko (Defensor del Pueblo). El primero no ha dado respuesta, aunque sí el segundo, que esgrime un argumento que se puede resumir en una frase: el servicio de comedor no es obligatorio. "Vienen a decir que los veganos no tenemos derecho a la conciliación", denuncia Noelia. "O trabajas y dejas a tus hijos sin comer, o trabajas y fuerzan a tus hijos a comer animales muertos, o dejas de trabajar para llevarlos a casa a comer".

El artículo 27 de la Constitución Española, en su punto 3, estipula que los poderes públicos han de garantizar "el derecho que asiste a los padres a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones". Un texto que, junto a otros como el artículo 17 ("Toda persona tiene derecho a la libertad y a la seguridad") o la Ley Orgánica 8/2015, que habla de lo prioritario del "interés superior del menor", se incumple de manera flagrante en casos como estos, tal y como denuncia FEUMVE.

"En los colegios públicos hay un menú ovolacteovegetariano y ovolactovegetariano con pescado", recuerda Noelia. "Una opción, esta última, que se aleja aún más del veganismo que la primera y que ni deberían mencionarla, ya que el pescado no es un vegetal. Este menú se lo inventaron a raíz de una petición que hicieron las familias musulmanas, que presentaron 1.200 firmas. A nosotras, con más del triple, nos ignoran", lamenta.

Para Elsa Gil, psicóloga, la situación que viven los niños y niñas veganas "atenta contra los derechos de estas familias", ya que convierte a los centros escolares en "jueces que imponen o restringen la libertad de crianza, en unos casos negando la opción de menú vegano de calidad y en otros hasta prohibiendo que el menor pueda traerlo de su hogar", explica. "Como sociedad, nuestra forma de pensar está plagada de errores sistemáticos conocidos por la psicología como 'sesgos cognitivos', que afectan todo lo que hacemos. Este modo de actuar es una forma de violencia, una actitud que está incorporada en la sociedad y es reproducida por los sistemas de enseñanza, que buscan una homogeneidad entre su alumnado no atendiendo la diversidad y mostrando una intolerancia hacia la diferencia. Estas políticas educativas abocan al aislamiento a menores que forman parte de un grupo heterogéneo, pero a los cuales no se está atendiendo sus necesidades, intereses y realidades particulares, siendo las mismas facilitadoras de acciones discriminatorias por parte de sus compañeros y compañeras provocando ansiedad, falta de ganas de ir al colegio, problemas psicosomáticos, inseguridad y aislamiento entre los menores veganos".

Lo cierto, tal y como recuerda Miriam Martínez, pediatra, nutricionista y responsable de la web mipediatravegetariano_com, es que aún existen muchos falsos mitos alrededor de la alimentación vegetariana estricta, "tanto entre la población general como entre profesionales sanitarios sin formación específica en este tema, que son la mayoría", apunta. Y aunque "cada vez más los profesionales que se están interesando por este tema, abundan los que creen saber y dan consejos desactualizados, en lugar de remitir a las familias un nutricionista o a médico con formación específica en este área".

Toca recordarlo una vez más: "Sí: cualquier persona, de cualquier edad, puede llevar una dieta 100% vegetal", recuerda Miriam. "Esto no lo digo yo, lo dicen asociaciones científicas como la Academia Americana de Nutrición, la Asociación de Nutricionistas de Canadá o la Asociación Dietética Británica, así como entidades como el NHS (National Health System) del Reino Unido (equivalente al Sistema Nacional de Salud en España). No existe ninguna necesidad de comer carne ni ningún otro producto de origen animal. En realidad, salvo la leche humana para los bebés -o, en su defecto, una fórmula sustitutiva de laboratorio- ningún alimento es imprescindible en la alimentación humana y puede ser reemplazado por otros con similar contenido nutricional".

Más allá de la alimentación, si algo tiene claro la psicóloga Elsa Gil es que la empatía que lleva aparejada el veganismo es enormemente positiva para niños y niñas. "Normalizar la empatía desde la infancia ayuda a construir una mentalidad abierta y solidaria, dado que es una de las cualidades más importantes de nuestra inteligencia emocional", asegura. "Les ayuda a desarrollar relaciones interpersonales más fuertes, mejora las habilidades para resolver problemas, contribuye a afrontar el estrés e incluso previene la depresión".

"La empatía contribuye de manera decisiva a que estos menores adquieran herramientas para trabajar por un mundo más justo: Si una niña o un niño aprende a respetar a los más vulnerables, con independencia de su especie, al ir creciendo extenderá con mayor facilidad esa empatía a su grupo de iguales, creando un clima de respeto en el aula y entre las relaciones personales reduciendo la inestabilidad emocional de los menores. Mostrarán menor agresividad física y verbal, serán más capaces de sentir compasión, gratitud, solidaridad o tolerancia, y adquirirán más recursos para el autocontrol en sus relaciones con la sociedad en su conjunto".

domingo, 11 de agosto de 2019

#hemeroteca #feminismo #censura | No es el feminismo, es la tontería

Imagen: El Diario / C. Tangana
No es el feminismo, es la tontería.
Que dentro de la militancia feminista haya contradicciones, errores, o hasta imbecilidad, no tiene tanto que ver con el feminismo sino con la condición humana.
Luna Miguel | El Diario, 2019-08-11
https://www.eldiario.es/zonacritica/feminismo-tonteria_6_930266966.html

Cancelar un concierto de C. Tangana por letras sexistas es una muy mala idea. Pero decir que son "las feministas" las que han provocado tal censura es una idea igualmente nefasta. Que dentro de la militancia feminista haya contradicciones, errores, o hasta imbecilidad, no tiene tanto que ver con el feminismo sino con la condición humana.

El ejemplo perfecto lo puso Philip Roth (…).

[Inciso, para quien no lo sepa: Philip Roth, escritor estadounidense fallecido hace no mucho, y conocido entre otras cosas por el rechazo que generaba, en un determinado sector feminista de la academia, su literatura plagada de personajes masculinos misóginos. A saber, que hasta una autora como Virginie Despentes se refiere a él como "un verdadero macho" en las entrevistas. Sí, la misma Despentes que quita hierro a las ideas de otros escritores misóginos y polémicos como Michel Houellebecq. Porque al final todo es una cuestión, creo, de filias y de fobias].

(...) Decía que el ejemplo perfecto lo puso Philip Roth cuando en una entrevista con ‘The Paris Review’ le preguntaron por "los ataques feministas que había sufrido su obra", y él zanjó el asunto pidiendo que "no se elevara a eso llamándolo ataque 'feminista'", pues solo se trataba de gente que había hecho una "lectura estúpida" de su obra. Me acuerdo mucho de esta genial respuesta de Roth cada vez que veo a una compañera —como ha sido el caso de Berta Gómez Santo Tomás, editora de La Fronde, entre otras tantas— siendo atacada y cuestionada por defender el carácter ocioso, ¿y gozoso? de la música de C. Tangana y al mismo tiempo mostrarse militante feminista, como si acaso ambas cosas fueran incompatibles. Feministas de cabecera como Luciana Perker, de hecho, llevan mucho tiempo reflexionando sobre la búsqueda de un "feminismo del goce". Y en su libro ‘Putita golosa’ ya se adentró en todos estos planteamientos, tratando de liberar el deseo, buscando "un deseo más justo, equitativo, menos cruento", porque para ella el feminismo también es potenciar la empatía, con el fin liberarse de las armas juiciosas "del amo".

De modo que acusar al feminismo de censor por la mala práctica de unas pocas mentes, por un lado, y acusar a las feministas de malas feministas por gozar de la música de C. Tangana, por otro, no dejan de ser dos maneras de deslegitimar (como lo haría "el amo", sí) una lucha que es mucho más grande e importante de lo que lo son estas polémicas. Venga, hagamos que esto solo sea un bache veraniego y apuntemos un poco más arriba con nuestros dedos revestidos de uñas de gel.

martes, 19 de marzo de 2019

#hemeroteca #violencia | Jacinda Ardern, un liderazgo más humano frente al terrorismo neonazi

Imagen: La Vanguardia / Jacinda Ardern
Jacinda Ardern, un liderazgo más humano frente al terrorismo neonazi.
La primera ministra neozelandesa transmitió no solo un mensaje integrador para con las comunidades musulmanas y contra el odio, sino que trató de convertir sus palabras en actos.
Carles Villalonga | La Vanguardia, 2019-03-19
https://www.lavanguardia.com/internacional/20190319/461097786589/jacinda-ardern-liderazco-contra-terrorismo-neonazi-atentado-nueva-zelanda.html

El atentado terrorista perpetrado por el supremacista neonazi australiano Brenton Tarrant en una mezquita de Christchurch ha sacudido no solo a la sociedad neozelandesa, sino a un mundo occidental cada vez más acostumbrado a ataques violentos de seguidores de la extrema derecha. Ante la tragedia, la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, transmitió no solo un mensaje integrador para con las comunidades musulmanas y en contra del discurso de odio nacionalsocialista creciente, sino que trató de convertir sus palabras en actos.

En primera instancia, Ardern, tras la masacre, acudió a las mezquitas atacadas para mostrar sus condolencias a la comunidad y a las familias de las víctimas. Para hacerlo, se mostró respetuosa con sus creencias y costumbres y acudió con un pañuelo en la cabeza. Durante la visita, la primera ministra habló y se abrazó con varios familiares y miembros de la comunidad musulmana presente en las puertas del centro. Dolida, consternada y afectada, Ardern trató de acompañar a los afectados en los momentos más difíciles de sus vidas.

Buscando respaldo en Trump
En la necesaria batalla contra el nacionalsocialismo y la creciente oleada de ataques terroristas neonazis, Ardern busca la complicidad de otros líderes mundiales. Tras el ataque, y tal y como apunta ‘The Washington Post’, Trump le preguntó a la primera ministra de Nueva Zelanda cómo podría ayudar.

Ella sugirió que ofreciera su “simpatía y amor por todas las comunidades musulmanas”. Pero el presidente de los Estados Unidos pasó el fin de semana en Twitter una vez más condenando a los “invasores” inmigrantes y defendiendo a un presentador de la Fox que acababa de ser suspendido por comentarios islamófobos.

Control de armas y islamofobia en el senado
Las posiciones antimusulmanas de personalidades políticas neozelandesas no han amedrentado a Ardern. Su gobierno anunció hoy cambios en la ley de armas a raíz del atentado de Christchurch.

La reforma legal fue acordada “en principio” por el Ejecutivo, que se reunió en Wellington por primera vez desde la masacre, y sus detalles se darán a conocer en un plazo de diez días desde los ataques, según detalló la primer ministra.

La mandataria evitó precisar, tal como se esperaba, si la reforma incluirá la prohibición de la venta de armas semiautomáticas como las utilizadas en el asalto a las dos mezquitas, al asegurar que hay varias cuestiones que hay que abordar antes.

En los días previos, Ardern había anunciado una “respuesta rápida” tras conocerse que Tarrant compró las cinco armas que utilizó, incluidas dos semiautomáticas, tras obtener el permiso de armas en noviembre de 2017, poco después de establecerse en el país. “Hay muchos neozelandeses que cuestionan que haya armas semiautomáticas disponibles”, aseguró Ardern en rueda de prensa en la que quiso dejar clara la “completa unidad” del gobierno de coalición a la hora de modificar la ley.

Esta reacción responsable tras la matanza contrasta con opiniones como la de Fraser Anning, senador que recibió un huevazo de un joven de 17 años. Anning señaló el miedo a la “creciente presencia musulmana” tras la matanza como chispa de la tragedia, responsabilizando así a la comunidad religiosa. “Los disparos en Christchurch ponen de relieve el temor creciente dentro de nuestra comunidad, tanto en Australia como en Nueva Zelanda, por la creciente presencia musulmana”, declaró.

Ardern recibió el manifiesto de Tarrant
La primera ministra de Nueva Zelanda, además, señaló que, nueve minutos antes del asalto a la primera de las dos mezquitas, su oficina recibió por email el manifiesto en el que Brenton Tarrant justificaba su acción, y que también fue enviado a otros 30 destinatarios, incluidos políticos, instituciones y medios de comunicación.

Según la gobernante, el correo fue puesto en manos de responsables de seguridad dos minutos después de su recepción pero “no incluía ni el lugar ni datos específicos” sobre el ataque.

El manifiesto contenía 74 páginas en las que Tarrant dejaba claro que sus ataques fueron provocados por el odio de los inmigrantes musulmanes, a quienes describió como invasores que amenazaban la integridad demográfica de una nación blanca.

Se ensalzaba a sí mismo como parte de una historia distorsionada más amplia y, por ello, inscribió en sus armas nombres de guerreros medievales de la cristiandad que lucharon contra los ejércitos de los imperios islámicos, así como referencias de batallas y eventos islamófobos.

martes, 27 de noviembre de 2018

#hemeroteca #poblacionmigrante | Los migrantes que han estado tutelados en centros de menores: "Basta de hablar de nosotros sin nosotros"

Imagen: El Diario / Lamiae, Redouan, Iman y Sumon, de la Asociación Exmenas
Los migrantes que han estado tutelados en centros de menores: "Basta de hablar de nosotros sin nosotros".
Nace en Barcelona la 'Asociación Exmenas', la primera impulsada por jóvenes de origen extranjero que han pasado por centros de menores. Quieren conectar a los jóvenes migrantes que se buscan la vida en la calle con las entidades sociales y exigen más ayudas para este colectivo. "¿Cuántos españoles roban? Pues la policía por la calle solo para a los 'menas", denuncia Iman sobre la asociación de estos jóvenes con la delincuencia.
Pau Rodríguez | El Diario, 2018-11-27
https://www.eldiario.es/catalunya/exmenas-colectivo-jovenes-migrantes-extutelados_0_840266123.html

Los adolescentes extranjeros que llegan solos a España, la mayoría de ellos desde Marruecos, han ocupado en los últimos meses portadas de prensa y telediarios en ciudades como Barcelona, asociados a menudo a situaciones de extrema marginalidad. "Todo el mundo habla de nosotros sin nosotros, ¡ya basta!", comenta, contrariado, Redouan Menzou, un joven de 19 años que cruzó el estrecho con 17. Para darse voz, este y otros jóvenes, la mayoría de ellos migrantes y que han pasado años en centros de menores, han decidido crear un colectivo de extutelados: la ‘Asociación Exmenas’.

Han optado por hacerse suyo el acrónimo MENA, con el que la Administración clasifica a los menores extranjeros no acompañados, para demostrar que ellos son mucho más que una etiqueta vinculada a las drogas o a la criminalidad. "Y porque el nombre mola y así lo vamos a dejar", se ríe Lamiae Abassi. En su caso, esta joven de 20 años no llegó sola a España, nació aquí, pero sí pasó varios años tutelada por la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DGAIA). Ahora trabaja de camarera y quiere estudiar Educación.

La Asociación Exmenas la integran una docena de jóvenes como Lamiae, Redouan, Iman El Addid, Sumon Uddin y Abid Moussafir. No todos son estrictamente extutelados. Los hay que ya llegaron mayores de edad, como Abid, con lo que se quedaron directamente en la calle, aunque él encontró un albergue para sin techo hace cuatro meses. Sus trayectorias vitales son muy diversas pero en común tienen dos objetivos: hacer de puente entre las entidades sociales y los jóvenes migrantes que están en una situación de mayor desprotección, y conseguir que en las discusiones sobre los problemas de este colectivo se les tenga en cuenta.

Desde hace ocho meses se vienen reuniendo, casi semanalmente, en pisos, en la calle cuando hace buen tiempo o en locales como el del Espacio del Inmigrante o el de Casa Nostra Casa Vostra, que les han asesorado en el proceso de registrarse como asociación. Hoy se han encontrado cinco de ellos en las oficinas del Servei Civil Internacional de Barcelona para contar sus primeros pasos a eldiario_es.

Entre sus principales preocupaciones está ahora mismo la situación de desamparo en la que se encuentran los migrantes que están en los centros de menores y que, al cumplir los 18, se quedan prácticamente sin ayudas. Este 2018, hasta 700 menores extranjeros tutelados cumplen la mayoría de edad, mientras que la Generalitat tiene solo 500 pisos para ellos y están todos llenos. En 2019 se calcula que serán más de 1.000 los que salgan, debido al aumento de llegadas de menores.

"Cuando cumples los 18, cambia todo. Pasas de estar en un centro en el que tienes comida y te ayudan a buscar cursos, a casi nada", denuncia Redouan. En su caso consiguió un piso de una fundación en Cornellà, que le ayudó a matricularse en un grado de Formación Profesional de mecánica, pero no todos tienen las mismas oportunidades. "Antes de los 18 ya se encargan de decirte que te tendrás que espabilar, y tu piensas que podrás, pero nada te prepara para esa experiencia", resume Lamiae.

Los extutelados que, como Lamiae, han pasado más de tres años en centros de la DGAIA, tienen derecho a una pensión de 660 euros al mes hasta los 21 años. Pero los que estuvieron menos tiempo -ahora mismo, la mayor parte de los menores que llegan con 16 o 17 años- sólo pueden recibirla durante seis meses. "¿Cómo se puede vivir así, sin hablar el idioma, sin poder trabajar y sin piso? Es como si te dijeran, chico, vete a robar o a darle a las drogas", cuestiona Iman El Addid.

Ella, de familia marroquí, es la única que ni ha sido tutelada. Pero com Lamiae y otros jóvenes lleva pateándose barrios como el Raval o sobre todo la zona del Pou de la Figuera, en el Born, para dar conversación y tratar de ayudar a jóvenes magrebíes que han llegado hace poco y no tienen adónde ir. "Nosotros hablamos su idioma, entendemos su proceso, les tratamos de igual a igual, así que es más fácil que se relajen y nos cuenten cuál es su situación", expone.

No tienen nada contra los educadores y las entidades, dicen, de quienes reconocen también su papel, pero explican que la realidad de estos jóvenes no siempre encaja con lo que ofrecen los centros de acogida o los centros de día. Los programas de ayuda a los extutelados, por ejemplo, están ligados a un estricto seguimiento y formación que no todos se pueden permitir cumplir, porque algunos quizás tienen que conseguir dinero como sea para mandarlo a su familia, cuentan.

Desde la Asociación Exmenas tiene claro también que van a combatir el racismo que sufren no solo por ser de países africanos y asiáticos, sino sobre todo por ser extutelados. "Se los pone a todos en el mismo saco", critica Iman, en referencia a que todo el mundo les vincula a los hurtos, a los trapicheos con la droga y al consumo. Si algún joven de este perfil ha robado en alguna tienda del barrio, automáticamente muchos establecimientos se niegan a dejarles entrar, denuncian.

"Esto sienta muy mal, sienta fatal", resume Lamiae. Redouan recuerda la última vez que le paró la policía, en plaza España. "Me pidieron la documentación y que les enseñara el móvil, por si lo había robado... Está claro que fue por mi apariencia", constata. "¿Cuántos españoles roban en este país? Pero por la calle solo se para a los menas", abunda Iman.

miércoles, 13 de junio de 2018

#hemeroteca #sexualidad #masculinidad | Follamos para ser hombres. Los límites de la empatía como puerta de la virilidad

Imagen: ctxt / Fotograma de 'In the mood for love'
Follamos para ser hombres. Los límites de la empatía como puerta de la virilidad.
En el sexo no sólo se plantea una forma de establecer relaciones sociales, más o menos justas, también se dirime una identidad. Trabajar sobre las prácticas sexuales masculinas es trabajar con la identidad del hombre.
Lionel S. Delgado | ctxt, 2018-06-13
https://ctxt.es/es/20180613/Firmas/20137/sexo-empatia-virilidad-masculinidad-roles-feminismo-Lionel-S-Delgado.htm

Hace poco, un amigo me dijo algo brutal: “El sexo es como una tortilla: puede estar seca y el que la cocina posiblemente lo sabe pero, o le gusta así o no sabe cómo hacerla mejor”. Con tan provocadora intervención la conversación giró hacia lo que podemos y lo que nos gustaría hacer como hombres con nuestras relaciones sexuales. Este artículo va de eso.

La impotencia de sabernos al mismo tiempo víctima y verdugo, nos da rabia: por un lado, sabemos que no hemos decidido (del todo) cómo vivir nuestra sexualidad. Una cultura penosa y una dejadez imperdonable por parte de las generaciones que nos educaron incrustaron en nuestro cuerpo unos códigos y una inseguridad que llevamos marcados a fuego. Pero, al mismo tiempo, como hombres sensibilizados que intentan ser “aliados” del feminismo entendemos lo insultante de estar hablando en términos de víctimas cuando es imposible no verse reflejado en alguna de las historias de violencia del #YoTambién o del #Cuéntalo.

No nos sentimos culpables, pero tampoco creemos que seamos víctimas ¿Cómo se habita ese punto medio entre la culpabilidad agnóstica (sé que sigo haciendo las cosas como la mierda) y la exculpación estructural (sé que gran parte de lo que soy se debe a la sociedad)?

Hace poco, Beatriz Gimeno defendía como piedra angular de una sexualidad ética la figura de la empatía, en un artículo que dio mucho que hablar. Es una apuesta sugerente como ideal regulativo o como meta, pero peliagudo por su aparente sencillez: ¿qué puede ser más sencillo que tener sexo con empatía? Pero concebir la sexualidad como si las prácticas fuesen desligables de las subjetividades es discutible. En el sexo no sólo se plantea una forma de establecer relaciones sociales, más o menos justas, en el sexo también se dirime una identidad. Trabajar sobre las prácticas sexuales masculinas es trabajar con la identidad del hombre. Y para esto no hay atajos o trucos: cambiar la forma en la que el hombre folla supone cambiar la propia masculinidad.

El dilema del huevo o la gallina, adaptado a este caso, se pregunta si son las prácticas las que se desprenden de identidades previas –follamos como somos– o si las prácticas crean identidad –somos como follamos–. Seguramente se trate de un proceso bidireccional donde ambos elementos se modifican mutuamente. Por eso, intervenir sólo sobre un factor, por ejemplo sugerir que se folle con más empatía, no soluciona mucho. Al revés: soluciones aparentemente sencillas provocan frustración por no saber/poder ponerlas en marcha.

El sexo y la identidad
Al hablar de sexo es frecuente caer en el voluntarismo –“todo depende de la voluntad”–, como si follar fuese una cuestión de laboratorio –“añado un poco por aquí, quito un poco por allá”–, como si de verdad fuésemos una simple máquina de inputs y outputs que, hechos los cálculos correctos, podemos hacer funcionar de la forma deseada. Eso presupone no solo que tendríamos capacidad de modificar a voluntad deseos, prácticas e ideas, sino también que somos plenamente conscientes de lo que nos pasa o de lo que hacemos, cosa que no siempre es así.

Esto es especialmente discutible para la sexualidad masculina: aunque siempre es arriesgado generalizar debido a las muchas excepciones o casos particulares, puede decirse que tradicionalmente el hombre, al haberse puesto a sí mismo como punto neutro y objetivo, no se ha preocupado sobre cómo ser hombre condiciona su vida. Esta falta de reflexión sobre lo que nos pasa nos vuelve una auténtica ‘caja negra’ para nosotros mismos.

Pero no es por falta de interés. ¡Pensar que al hombre no le interesa reflexionar sobre lo que hace o cómo se siente es estúpido! No somos brutos insensibles. Se trata más bien de una falta de modelos –muchas veces no sabemos cómo hablar– y de una falta de espacios –con quién y dónde hablar–. Como un músculo, la capacidad de leerse uno mismo se atrofia: al hombre le pesa el “analfabetismo emocional”.

Aplicado al sexo, todo esto es muy resbaladizo. Loola Pérez cuestionaba hace poco que la empatía fuese obligatoria o que incluso tengamos responsabilidad sobre el deseo del otro. El revuelo se levantó porque parecía estar defendiendo un tipo de sexualidad masculina que al feminismo le ha costado mucho identificar como fuertemente violenta. Independientemente de si se piensa que hay que establecer “un manual” de la sexualidad feminista o no –yo en esto estoy con Loola Pérez en su rechazo a los códigos del “buen deseo”–, resulta poco discutible que existe un problema con la sexualidad masculina.

Uno puede pensar que el caso de La Manada o de los jóvenes Incel es cosa de “locos”, un distanciamiento para no sentir que tenemos algo de ellos en nosotros. Pero no nos engañemos: la cultura es una niebla en la que nos empapamos todas; compartimos, lo queramos o no, parte del material del que están hechos esos “locos”. Y, o bien pensamos cuánto tenemos de ellos y cómo lo gestionamos, o nos condenamos a no entendernos y a cometer actos de mierda sin saber muy bien cómo ni por qué.

La mujer-símbolo
Decía la asambleísta ecuatoriana Rosana Alvarado (que ya nos suena mucho por ese tremendo himno llamado Lisístrata, de la genial Gata Cattana) que la mujer sigue siendo leída desde la simbología cristiana: “La mujer, si no es prostituta es que es tonta, pero si es que no es ninguna de las dos, lo que sí es seguro es que es mala. Las mujeres no somos ni malévolas, ni malignas, no engendramos el demonio y tampoco somos santas porque nos santificamos cuando llegamos a ser madres”.

Que no pase por alto que se lo está diciendo a hombres. Y es así porque, para el hombre, la mujer sigue siendo eminentemente un símbolo de estatus social –la mujer como Reflejo de mi Posición–, de bienestar emocional –la mujer como salvación–, de triunfo sexual –la mujer como trofeo)–o de atribución de la culpa –la mujer como perdición–. De muchos tipos pero un símbolo al fin y al cabo.

El símbolo fundamental que el hombre lee en la mujer es el de “ser sexual” siendo el sexo para el hombre la puerta por excelencia de acceso a la virilidad. Si la mujer es el acceso al sexo y el sexo es lo que le permite separarse radicalmente de la figura del “niño” y del “homosexual” –dos figuras contra las que luchamos constantemente–, el acceso a la mujer sexualizada es un paso fundamental en la formación de la identidad masculina.

Si bien el sexo/exigencia ritual se sobredimensiona en la juventud, de adultos nos sigue trayendo de cabeza: hoy en día, aunque se haya fracturado (relativamente) la noción del hombre macho/fuerte/exitoso, sigue habiendo en la vida psicológica masculina un miedo omnipresente ligado al fracaso y a la duda sobre su virilidad. Nos esforzamos en demostrar nuestra valía porque no hacerlo supone caer en la decepción, frente a los demás y frente a uno. Esta necesidad de validación es constante, debemos representar el rol masculino siempre como si estuviésemos todos esperando al mínimo fallo para constatar la –fatal y definitiva– caída en “lo homosexual” –como categoría moral–. Por eso necesitamos follar sí o sí: el sexo aparece como una práctica validadora –demarca hombres de no-hombres, exitosos de fracasados, viriles de hombres “fallidos”– que nos cae como una losa.

El follar masculino
Recuerdo haber mentido algunas veces sobre mi última experiencia sexual, y deprimirme por las largas temporadas sin sexo. Recuerdo también mentir sobre el tener novia en la adolescencia, cuando hacer los primeros pinitos en ese campo era un símbolo de distinción. Luego llegó el sexo real y las cosas no mejoraron mucho. Nunca me olvido de una entrevista que le hicieron a Lurdes Orellana, en la cual la sexóloga feminista hablaba de cómo en la sexualidad, frente al imperativo de cuidado del otro que interioriza la mujer, la forma de enfocar el sexo para el hombre es la de “no te voy a ver a ti sino que sólo me voy a ver a mí”.

En el sexo, el hombre habla consigo mismo: el acto sexual es un espejo donde veo (e intento modular) el reflejo que me devuelve la otra persona. Aunque cada caso es distinto, la importancia de cómo nos vemos a nosotros mismos en el sexo es básica: a veces, al hacerla correr hasta el máximo nos vemos como exitosos, dominándola nos vemos fuertes y viriles, mostrándonos cariñosos y sensibles el reflejo es de buena persona. Depende de la persona, depende del momento, depende de la situación, claro; pero, en general, el sexo como espejo lleva el juicio de la validación hasta el encuentro más íntimo.

Esto hace que el disfrute corporal pase a segundo nivel; hablando en plata, el placer neto del cuerpo que extrae el hombre del sexo no es para tanto, y mucho menos si la importancia se coloca en el orgasmo –los 6 segundos más importantes de nuestra cultura sexualizada–. Pero entonces, ¿qué placer extrae el hombre del sexo? Otros. Fundamentalmente tres, según la persona, según el caso y según el momento:
  • Placer egocéntrico (me veo dando placer y eso me causa placer).
  • Placer visual (el sexo como experiencia visual de un cuerpo penetrado que se tuerce, se estira o gime).
  • Placer de rol (representar, consensuadamente o no, una actitud determinada, a veces dando rienda suelta a deseos de dominación o sumisión).
Esto no es necesariamente un problema. Este carácter narcisista e inseguro del acto sexual no lo convierte en un acto de violencia, pero sí que pone obstáculos para el bienestar emocional en lo sexual: el sexo como espejo es frustrante para el hombre. Para la mujer, las consecuencias son diversas y ellas las pueden relatar mejor.

Ante esto, ¿tenemos herramientas para cambiar la forma en la que pensamos/practicamos el sexo? ¿Basta con exigirle al hombre que folle con empatía? ¿Es la falta de empatía el verdadero problema?

Como dice el trabajador social Bob Pease, cambiar las relaciones de género viene por cambiar necesariamente las subjetividades. El sexo, entonces, es diferente a la tortilla: con la tortilla no hay asunto de identidad. Si no eres un chef especializado cuya valoración dependa de la tortilla no te identificas con la tortilla. El sexo, en cambio, habla de nosotros como hombres y por lo tanto, hasta que no apuntemos a nuestra forma de entendernos desde el sexo y la virilidad, seguirá siendo un espejo, un examen, un certificado de hombría.

viernes, 8 de junio de 2018

#hemeroteca #sexo #feminismo | Sí a la empatía (también en el follar)

Imagen: ctxt
Sí a la empatía (también en el follar).
Anita Botwin | ctxt, 2018-06-08

http://ctxt.es/es/20180606/Firmas/20080/sexo-empatia-anita-botwin-porno-feminismo.htm

El sexo siempre ha sido un territorio hostil para las mujeres. Lo ha sido y lo sigue siendo. Los datos hablan por sí mismos. Una violación denunciada cada 8 horas. Tantas de cientos que no se pueden denunciar o demostrar. No sólo violaciones, sino agresiones de todo tipo. Lo vemos cada día en los medios, en compañeras que nos cuentan sus experiencias, en nosotras mismas y nuestros cuerpos. Y eso, amigas, no es mojigatería.

El sexo debe ser cuidadoso y empático. Como una manera más que tenemos los humanos para relacionarnos, el sexo no debe quedar al margen. Cuando vas por la calle y alguien te saluda intentas ser amable, a no ser que no tengas respeto. La empatía es tan sencillo como ponerse en el lugar del otro o la otra. Y perdonad que os joda la historia, pero esta sociedad brilla por ausencia de empatía. La manera que tenemos de relacionarnos es, en muchos casos, egoísta, individualista y por supuesto patriarcalizada. Y eso no es ningún secreto ni simplismo feminista. Desde la sororidad lo digo.

No soy una teórica, tan sólo trato de expresar sentimientos y experiencias comunes a muchas aquí y allá. Relaciones sexuales dolorosas, tórridas, violentas, donde en el mejor de los casos él se corre rápido y te deja en paz. Si no vemos que tenemos un problema educacional en cuanto a la sexualidad es que de verdad tenemos un problema. Todos, quien más quien menos, hemos aprendido de la sexualidad a través del porno y la cultura de la violación. Pues bien, ahí queda bien claro el tipo de sexo que nos venden. Normalmente un sexo de sometimiento hacia las mujeres. ¿Es eso empatía? Permítanme que lo ponga en cuestión.

Los cuerpos y la cosificación son un factor importante para entender nuestras relaciones y cómo nosotras pasamos a un segundo plano en el que poco o nada importa la empatía. El cuidado es cosa nuestra, de las mujeres. El satisfacer a otros es nuestra tarea constante desde que nacemos hasta que morimos.

No me creo capaz de decir si esto es una guerra, pero desde luego no es todo lo contrario. Además, hablamos desde una perspectiva de los privilegios, de este supuesto primer mundo de blancas con trabajo –aunque precario–. Miremos más allá porque quizá sí veamos claro que es una guerra, donde mutilan a niñas, se abusa de ellas y se mercantilizan sus cuerpos.

Que el sexo es, en general, patriarcal me parece obvio. Imaginen cualquier situación en la que un hombre y una mujer se ven por primera vez en un encuentro íntimo. Es muy probable que ella sienta miedo si no le conoce demasiado, que vaya precavida por si acaso, que vaya incluso armada –así es–. Él es muy probable que vaya confiado, si acaso se lleve un chasco si ella no hace lo que esperaba. Que un tipo tenga iniciativa sexual no le convierte en un violador, que no empatice con la mujer con la que se esté acostando y no tenga en cuenta que a ella no le apetece o no quiere determinadas prácticas, sí lo hace. Al menos le convierte en un agresor y alguien que carece de empatía.

No podemos obviar que el deseo es fruto de un aprendizaje previo. La educación sexual recibida, fruto de un porno patriarcal, violento y machista también nos hace a nosotras sentir ciertos deseos que van precisamente en contra de nuestros cuerpos e intereses. Se requiere de un nuevo modelo cultural y educacional que se base en la igualdad, en el respeto y sí, también en la empatía. Desde la sororidad lo digo.

Establecer límites en la sexualidad como en todo en la vida, tomar decisiones y expresar nuestros deseos no nos hace pasivas, sino activas, dueñas de nuestras vidas, de nuestros cuerpos y de nuestro placer. Que el sexo adquiera una pretensión de obligatoriedad es algo ambiguo y subjetivo. ¿Acaso las trabajadoras del sexo –la mayor parte– no lo hacen por dinero y supervivencia?; ¿acaso muchas parejas lo hacen por miedo y por posesión a partes iguales?; ¿acaso otras como en La Manada no lo hacen por temor a que la cosa se ponga peor?

Obviamente existen personas respetuosas, muchas, hombres que cuidan, que respetan, que son capaces de entender nuestros cuerpos y valorarlos, no usarlos a su antojo y su deseo individual. Hombres que han revisado sus privilegios y también su sexualidad, que han deconstruido su masculinidad. También sería conveniente hablar de la sexualidad en la diversidad y en los cuerpos “no normativos”. Reducimos la sexualidad a la genitalidad y la penetración, cuando existen sexualidades tan amplias como personas somos.

Y sobre el debate de la libertad de expresión en este y otros medios, diré que siempre voy a posicionarme a favor, no vayamos a amordazarnos a nosotras mismas. Queda abierto el debate. Eso sí, con empatía y desde la sororidad, hermanas.

Anita Botwin. Gracias a miles de años de machismo, sé hacer pucheros de Estrella Michelin. No me dan la Estrella porque los premios son cosa de hombres. Y yo soy mujer, de izquierdas y del Atleti. Abierta a nuevas minorías. Teclear como forma de vida.

miércoles, 6 de junio de 2018

#hemeroteca #sexofobia #feminismo | Follar con empatía: otra lección puritana que se disfraza de feminismo

Imagen: ctxt / Frresco en Pompeya
Follar con empatía: otra lección puritana que se disfraza de feminismo.
Hablar de “sexo patriarcal” para criminalizar las situaciones donde el varón tiene la iniciativa es un intento muy feo de condenar al hombre como eterno enemigo y crear la idea de que el sexo es territorio hostil para las mujeres.
Loola Pérez | ctxt, 2018-06-06
http://ctxt.es/es/20180606/Firmas/19986/follar-empatia-sexo-patriarcal-feminismo-Loola-Perez.htm

Las limitaciones del feminismo hegemónico en relación al sexo se han puesto sobre la mesa tras ese torbellino denominado #MeToo y más recientemente, en España, a través de la sentencia de la Manada o la puesta en libertad de ‘la Manada de Murcia’. La indignación, que comparto, ha dado paso a un panorama plagado de pánico moral e histeria colectiva del que trato de marcar distancia.

Lejos de abdicar aquí, las vacas sagradas del –ismo de moda echan más leña al fuego y colocan en el imaginario social eslóganes tan zafios como “es una guerra” o mensajes que afirman rotundamente que si no follas con empatía es violación, que sugieren que allí y donde no haya empatía es sexo patriarcal o que la iniciativa sexual masculina es un ejercicio de dominación. Al respecto, me pregunto sobre qué será lo siguiente: ¿sugerir que el coito sin contrato es violación? ¿Habilitar plataformas de consentimiento sexual para que todo quede registrado en una base de datos?

Mis dudas también afloran en cuanto a la expresión “sexo patriarcal” y al uso que se hace de la misma. No voy a negar que en las relaciones sexuales, en la seducción o en la coquetería se puedan dar actitudes machistas o misóginas. Sin embargo, hablar de “sexo patriarcal” para criminalizar aquellas situaciones donde el varón tiene la iniciativa sexual o donde el deseo no es correspondido me parece un intento feo, muy feo, de condenar, por un lado, al hombre como eterno enemigo y crear, por otro, la idea de que el sexo es territorio hostil para las mujeres.

El sexo patriarcal que yo conozco se llama violencia sexual y por tanto, esas situaciones incómodas en las que él se corre y yo no, que muestran la apetencia de él y mi particular desgana o que están sujetas a algún malentendido no tienen cabida aquí. ¿Tanto cuesta entender que cada persona es responsable de su placer? ¿Tan difícil es asumir que el hecho de que un tío tenga iniciativa sexual no es sinónimo de abuso, violación o actitud de dominio? ¿Por qué nos deberíamos sentir agredidas y ofendidas ante la evidencia de que hay amantes hábiles y otros sumamente torpes? ¿Tan débiles somos las mujeres que no podemos lidiar con una experiencia incómoda en nuestra intimidad? ¿Necesitamos protección hasta cuando no nos corremos?

Pretender, en el nombre del feminismo, que los tíos tengan un código de conducta adecuado en el terreno sexual para satisfacer el deseo de las mujeres es, bajo mi juicio, una forma más de control social de la sexualidad. Prefiero la libertad de expresión antes que cualquier autoritarismo bienintencionado, que bajo la promesa de darme seguridad física, quiera colarse en mi cama. Pienso que el camino que debe seguir el feminismo es otro, pues evitar que negociemos, que establezcamos límites, que tomemos decisiones y que expresemos lo que nos gusta y lo que no solo nos relega sólo a una actitud pasiva. Es decir, a la actitud que el patriarcado históricamente ha prescrito en el terreno sexual para las mujeres.

Por supuesto, también tiene miga esto del “sexo con empatía”, como si acaso la empatía tuviera que ser una exigencia para no hacer “sexo patriarcal”. La empatía es una habilidad afectiva, cognitiva y emocional que puede poseer el individuo. Por tanto, no se inscribe como un proceso automático y requiere de cierta destreza para ponerla en práctica en las relaciones interpersonales. La empatía, como muchos sospecharán, mejora cuanto más conocemos a la otra persona. Así, follar con empatía requeriría de contacto, de conocimiento del otro y de cierto grado de compromiso.

En este sentido, yo no niego que se pueda follar con empatía (¡ojo!) del mismo modo que no niego que se pueda follar sin deseo (como hacen muchas trabajadoras sexuales) o que se pueda follar con compasión (¡hay parejas dispuestas a todo!). Considero que lo que diferencia el sexo de la violencia viene marcado por el consentimiento sexual. Lo demás, es un añadido. El peligro está cuando adquiere una pretensión de obligatoriedad o cuando subyace la intención de inscribirse como una ética, como un decálogo de buena conducta. Follar con empatía en el sexo casual es muy difícil e incluso cuando no se trata de un encuentro esporádico, la mayoría de los mortales no follamos para poner a prueba nuestras habilidades de empatía, comunicación y asertividad. ¿No suena esto sumamente ridículo? Quizá el debate sea otro: reconocer que somos sujetos sexuales, que somos seres deseantes y deseados, que nadie es víctima del deseo de nadie, que tu placer no es responsabilidad del otro o que concebir lo políticamente correcto en el sexo nos aburre y deserotiza.

Personalmente, contemplo como la estupidez convive, sin pudor, con el puritanismo en este renovado discurso feminista. Así, avistamos un escenario perturbador donde lo rancio ahora es progre y donde lo progre (o disidente) se condena al ostracismo a través de la manipulación, la difamación y el silencio. En esta tesitura no hay diálogo: Javier Marías es ya siempre el malo, 'Lolita' una peligrosa fantasía masculina, el porno es el máximo exponente de la “cultura de la violación” y ser una zorra, en el sentido que cantaban Las Vulpes, es una expresión machista, si sale de la boca de un tío. La retórica oficial de la élite feminista adquiere cotas de nuevo catecismo: pecados, pecadores y mujeres que solo admiten el calificativo de santas y víctimas protagonizan la ópera de la neurosis, el simplismo y la caliente emotividad.

En el otro lado, habitamos las malas, las malas feministas: las que creemos que Javier Marías, independientemente de las arrugas de su polla, puede tener razón cuando habla de feminismo y mojigatería, que 'Lolita' más allá de una ficción es la historia de una víctima astuta, que el porno es ese erotismo bruto que permite explorar las fantasías sexuales y hacer más interesante la masturbación; y que ser una zorra no pone en jaque nuestra respetabilidad sino que nombra nuestro poder, nuestra capacidad de agencia. Evidentemente hay más, mucho más: detrás de la crítica y la disidencia feminista prolifera una actitud constructiva y comprometida. Esto no es un espectáculo, es un ejercicio de resistencia: no se trata de cambiar de amo, sino de renunciar a ser ovejas. El deseo no cabe en ningún panfleto.

Loola Pérez es graduada en Filosofía e Integración Social. Estudia Sexología y Psicología.

domingo, 27 de mayo de 2018

#hemeroteca #sexo #feminismo | Sexo y empatía. Las bases éticas del follar

Imagen: ctxt
Sexo y empatía. Las bases éticas del follar.
Introducir la empatía en cualquier relación quiere decir preocuparse por el otro o la otra, por su bienestar, y nada de esto está reñido con ningún tipo de sexo (excepto el machista)
Beatriz Gimeno | ctxt, 2018-05-27
http://ctxt.es/es/20180523/Firmas/19815/sexo-feminismo-empatia-sexualidad-machista.htm

A raíz de lo ocurrido con la sentencia de La Manada, en los días (ya semanas) siguientes, hemos hablado y escrito de muchas cosas relacionadas con el feminismo y no estrictamente con la sentencia en sí, que también. Digamos que la sentencia, como antes el 8M, está sirviendo para levantar muchas alfombras y levantarlas incluso de sitios donde hacía años que nadie se ocupaba de barrer. Esta sentencia ha provocado indignación porque antes estuvo el movimiento #MeToo y porque una gran parte de la revuelta feminista de los últimos tiempos tiene que ver con la violencia sexual, es una revuelta contra las violaciones y el acoso, contra la sexualidad machista, en definitiva. Así que por fin se nos presenta la oportunidad al feminismo de hablar más de sexo. Porque el sexo es el elefante blanco que está en una habitación y nadie parece ver. Y no se trata sólo de denunciar, castigar o perseguir, no se trata de aumentar las penas, sino de reflexionar acerca de qué es esa “cosa escandalosa” (parafraseando a Donna Haraway y refiriéndola aquí a la sexualidad patriarcal) y qué relación tiene con la desigualdad social, con las relaciones de género, con el poder, con la política. Es hora de volver a pensar la sexualidad como una construcción política que incide en las relaciones sociales de manera fundamental.

¿Entendemos lo mismo por “sexo”?
Al fin y al cabo parece que hay una discordancia muy evidente cuando un juez ve jolgorio donde otros jueces vieron dolor extremo; cuando los violadores y todos sus palmeros están convencidos de que hubo sexo y cuando las mujeres sabemos que allí hubo una violación. Es evidente que la discordancia sobre lo que entendemos por sexo alcanza incluso al interior del feminismo. De hecho, algunos de los asuntos más polémicos dentro de éste, como la prostitución o la pornografía, tienen que ver con el sexo, con lo que entendemos por sexo y también con lo que entendemos, en definitiva, por sexo ético. En realidad, nadie dentro del feminismo niega que el sexo es un lugar en el que se dilucidan relaciones de poder socialmente construidas. Esta consideración no es nueva, el feminismo de la Segunda Ola, al fin y al cabo, nació como una teoría radical de la sexualidad pero hacía mucho que la sexualidad patriarcal no se ponía en el punto de mira de la mayoría del feminismo como ahora ha ocurrido. Y surgen preguntas necesarias: ¿Cómo influye la construcción sexual masculina y patriarcal en la realidad, en las relaciones entre hombres y mujeres? ¿Qué relación guarda dicha sexualidad con la construcción de la subjetividad masculina? ¿Podemos deconstruir la sexualidad masculina hegemónica? ¿Es necesario follar de otra manera para ser más iguales? ¿Hay una manera justa de follar? ¿Hay una manera ética o la ética no tiene nada que ver con follar?

Cualquier cosa que tenga que ver con la sexualidad requeriría de un libro extenso, pero de manera concisa pienso que no podemos renunciar a tener criterios éticos con respecto a cualquier acto en el que intervenga la voluntad porque somos seres morales; y quizá en el sexo menos que en muchos otros porque la sexualidad es un pilar de nuestra subjetividad, y también porque implica una relación con otro/a(s) persona(s). Sabemos también (y eso no lo niega casi nadie) que la sexualidad patriarcal está muy relacionada con el dominio (la conquista) y no tanto con la reciprocidad o la igualdad. Digamos que la mayoría de la gente asume que hay una ética de mínimos que aplica en el sexo: el consentimiento. Pero en estos momentos han surgido voces feministas que piden que se vaya más allá y han problematizado la propia noción de consentimiento aplicado al sexo. Sin duda que el consentimiento significó un avance en su día teniendo en cuenta que hasta hace poco este era irrelevante y aún lo es en gran parte del mundo. Puede que a la hora de plasmarlo en los códigos debamos referirnos a él como concepto jurídico, pero sí pienso que, al menos desde el feminismo, podemos problematizarlo. Por una parte porque es evidentemente un factor de desigualdad que nos sitúa a hombres y mujeres en lugares diferentes, con subjetividades diferentes, deseos diferentes, modos de follar también distintos y supuestas diferentes necesidades. Somos las mujeres las únicas que consentimos, mientras que ellos desean y actúan; nos follan. Nosotras, así, nos situamos como objeto deseado y pasivo, mientras que ellos son el sujeto activo que, con suerte, pide el consentimiento para el acceso a nuestro cuerpo. El consentimiento, además, puede comprarse con dinero o con otro tipo de bienes, materiales o inmateriales; puede darse incluso a cambio de amor. Puede conseguirse de múltiples maneras pero siempre desde posiciones de poder diferentes: son ellos los que buscan conseguirlo, comprarlo, forzarlo y nosotras las que lo poseemos como un bien con el que negociar. Y alrededor de esta concepción del consentimiento se levanta una construcción inmensa de desigualdad material y simbólica: ellos desean, necesitan, follar; nosotras consentimos (o no) que nos follen.

Entonces, para que follar sea ético ¿basta con el consentimiento (y qué clase de consentimiento) o tenemos que ir más allá si queremos que la sexualidad y lo que lleva aparejado, promueva, refleje, posibilite, eduque en la igualdad entre hombres y mujeres y procure una distribución igualitaria de placeres y bienes simbólicos? ¿Qué tiene que ver todo eso con la empatía? ¿Es necesario follar con empatía para que sea un follar ético e igualitario o eso entorpece la idea que tenemos del sexo? Cuando una tuitera (@magdalenaProust) mezcló sexo y empatía se armó un lío tremendo. Follar con empatía es quitarle toda la gracia al sexo dijeron muchos y muchas. La pregunta entonces es ¿qué es follar con empatía? ¿Es necesario? ¿Es feminista? Creo que sí, que es necesario y que es necesariamente feminista. Y lo es porque la sexualidad masculina hegemónica, al menos en el plano del deseo, se construye, no sobre la cosificación de los cuerpos (que puede ser un elemento del deseo), sino sobre la deshumanización. Y a la hora de interpretar esta construcción sexual, a la sempiterna deshumanización patriarcal le tenemos que unir la ideología neoliberal que impone una interpretación de la relación sexual como algo absolutamente individual y sin consecuencias más allá de dicha relación; que ha borrado de nuestras cabezas la posibilidad de analizar estructuras materiales e ideológicas que construyen la realidad, también la sexual. Introducir la empatía en el follar (o en cualquier otra relación) quiere decir preocuparse por el otro o la otra, por su bienestar, quiere decir tener la capacidad para ponerse en su lugar, y nada de esto está reñido con ningún tipo de sexo (excepto el sexo machista): el sexo casual, el sexo con muchas o muchos, el sexo con desconocidas/os, el sexo fuerte, el sexo incluso voluntariamente cosificador... el sexo como sea, siempre que se sepa que ahí, al otro lado, hay un ser humano, una mujer, con su propio deseo y con el mismo derecho a que dicho deseo sea atendido y respetado. Creo que siempre es mejor no tratar a las personas como un medio que hacerlo, que las relaciones sexuales tienen siempre que incluir preocupación activa por la(s) otra(s) persona(s), por su bienestar, por su placer; que se debe educar a los hombres de manera que ninguno se muestre indiferente frente al malestar sexual de una pareja, para que aprendan a identificar este, para que el bienestar sexual de la otra(s) sea tan importante como el suyo propio. Las mujeres deben también aprender a expresar su deseo, sus malestares, sus preferencias al follar y los hombres tienen que aprender a escucharlas, respetarlas, percibirlas, tenerlas en cuenta... Por tanto, sí, empatía.

Gayle Rubin, con la que coincido en pocas cosas, define muy bien en qué marco deben moverse los encuentros sexuales para que puedan ser considerados éticos. Dice Rubin que los encuentros sexuales tienen que ser juzgados por la manera en la que las partes se tratan una a otra en el nivel de consideración mutua; por la presencia o ausencia de coerción y por la cantidad y calidad del placer que se dan. Esto es la empatía al follar, nada más y nada menos. No hay ética sin feminismo y el feminismo es también una ética. Así que creo que toca, sí, comenzar a exigir a los hombres comportamientos éticos también en el terreno de la sexualidad, lo que en definitiva no es más que asumir y contemplar la plena humanidad de aquella(s) con quien(es) se folla. Parece fácil, pero hay toda una construcción masculina del deseo, de la sexualidad, del follar, que impone lo contrario. Y eso es justo contra lo que se ha levantado el feminismo.