miércoles, 13 de junio de 2018

#hemeroteca #sexualidad #masculinidad | Follamos para ser hombres. Los límites de la empatía como puerta de la virilidad

Imagen: ctxt / Fotograma de 'In the mood for love'
Follamos para ser hombres. Los límites de la empatía como puerta de la virilidad.
En el sexo no sólo se plantea una forma de establecer relaciones sociales, más o menos justas, también se dirime una identidad. Trabajar sobre las prácticas sexuales masculinas es trabajar con la identidad del hombre.
Lionel S. Delgado | ctxt, 2018-06-13
https://ctxt.es/es/20180613/Firmas/20137/sexo-empatia-virilidad-masculinidad-roles-feminismo-Lionel-S-Delgado.htm

Hace poco, un amigo me dijo algo brutal: “El sexo es como una tortilla: puede estar seca y el que la cocina posiblemente lo sabe pero, o le gusta así o no sabe cómo hacerla mejor”. Con tan provocadora intervención la conversación giró hacia lo que podemos y lo que nos gustaría hacer como hombres con nuestras relaciones sexuales. Este artículo va de eso.

La impotencia de sabernos al mismo tiempo víctima y verdugo, nos da rabia: por un lado, sabemos que no hemos decidido (del todo) cómo vivir nuestra sexualidad. Una cultura penosa y una dejadez imperdonable por parte de las generaciones que nos educaron incrustaron en nuestro cuerpo unos códigos y una inseguridad que llevamos marcados a fuego. Pero, al mismo tiempo, como hombres sensibilizados que intentan ser “aliados” del feminismo entendemos lo insultante de estar hablando en términos de víctimas cuando es imposible no verse reflejado en alguna de las historias de violencia del #YoTambién o del #Cuéntalo.

No nos sentimos culpables, pero tampoco creemos que seamos víctimas ¿Cómo se habita ese punto medio entre la culpabilidad agnóstica (sé que sigo haciendo las cosas como la mierda) y la exculpación estructural (sé que gran parte de lo que soy se debe a la sociedad)?

Hace poco, Beatriz Gimeno defendía como piedra angular de una sexualidad ética la figura de la empatía, en un artículo que dio mucho que hablar. Es una apuesta sugerente como ideal regulativo o como meta, pero peliagudo por su aparente sencillez: ¿qué puede ser más sencillo que tener sexo con empatía? Pero concebir la sexualidad como si las prácticas fuesen desligables de las subjetividades es discutible. En el sexo no sólo se plantea una forma de establecer relaciones sociales, más o menos justas, en el sexo también se dirime una identidad. Trabajar sobre las prácticas sexuales masculinas es trabajar con la identidad del hombre. Y para esto no hay atajos o trucos: cambiar la forma en la que el hombre folla supone cambiar la propia masculinidad.

El dilema del huevo o la gallina, adaptado a este caso, se pregunta si son las prácticas las que se desprenden de identidades previas –follamos como somos– o si las prácticas crean identidad –somos como follamos–. Seguramente se trate de un proceso bidireccional donde ambos elementos se modifican mutuamente. Por eso, intervenir sólo sobre un factor, por ejemplo sugerir que se folle con más empatía, no soluciona mucho. Al revés: soluciones aparentemente sencillas provocan frustración por no saber/poder ponerlas en marcha.

El sexo y la identidad
Al hablar de sexo es frecuente caer en el voluntarismo –“todo depende de la voluntad”–, como si follar fuese una cuestión de laboratorio –“añado un poco por aquí, quito un poco por allá”–, como si de verdad fuésemos una simple máquina de inputs y outputs que, hechos los cálculos correctos, podemos hacer funcionar de la forma deseada. Eso presupone no solo que tendríamos capacidad de modificar a voluntad deseos, prácticas e ideas, sino también que somos plenamente conscientes de lo que nos pasa o de lo que hacemos, cosa que no siempre es así.

Esto es especialmente discutible para la sexualidad masculina: aunque siempre es arriesgado generalizar debido a las muchas excepciones o casos particulares, puede decirse que tradicionalmente el hombre, al haberse puesto a sí mismo como punto neutro y objetivo, no se ha preocupado sobre cómo ser hombre condiciona su vida. Esta falta de reflexión sobre lo que nos pasa nos vuelve una auténtica ‘caja negra’ para nosotros mismos.

Pero no es por falta de interés. ¡Pensar que al hombre no le interesa reflexionar sobre lo que hace o cómo se siente es estúpido! No somos brutos insensibles. Se trata más bien de una falta de modelos –muchas veces no sabemos cómo hablar– y de una falta de espacios –con quién y dónde hablar–. Como un músculo, la capacidad de leerse uno mismo se atrofia: al hombre le pesa el “analfabetismo emocional”.

Aplicado al sexo, todo esto es muy resbaladizo. Loola Pérez cuestionaba hace poco que la empatía fuese obligatoria o que incluso tengamos responsabilidad sobre el deseo del otro. El revuelo se levantó porque parecía estar defendiendo un tipo de sexualidad masculina que al feminismo le ha costado mucho identificar como fuertemente violenta. Independientemente de si se piensa que hay que establecer “un manual” de la sexualidad feminista o no –yo en esto estoy con Loola Pérez en su rechazo a los códigos del “buen deseo”–, resulta poco discutible que existe un problema con la sexualidad masculina.

Uno puede pensar que el caso de La Manada o de los jóvenes Incel es cosa de “locos”, un distanciamiento para no sentir que tenemos algo de ellos en nosotros. Pero no nos engañemos: la cultura es una niebla en la que nos empapamos todas; compartimos, lo queramos o no, parte del material del que están hechos esos “locos”. Y, o bien pensamos cuánto tenemos de ellos y cómo lo gestionamos, o nos condenamos a no entendernos y a cometer actos de mierda sin saber muy bien cómo ni por qué.

La mujer-símbolo
Decía la asambleísta ecuatoriana Rosana Alvarado (que ya nos suena mucho por ese tremendo himno llamado Lisístrata, de la genial Gata Cattana) que la mujer sigue siendo leída desde la simbología cristiana: “La mujer, si no es prostituta es que es tonta, pero si es que no es ninguna de las dos, lo que sí es seguro es que es mala. Las mujeres no somos ni malévolas, ni malignas, no engendramos el demonio y tampoco somos santas porque nos santificamos cuando llegamos a ser madres”.

Que no pase por alto que se lo está diciendo a hombres. Y es así porque, para el hombre, la mujer sigue siendo eminentemente un símbolo de estatus social –la mujer como Reflejo de mi Posición–, de bienestar emocional –la mujer como salvación–, de triunfo sexual –la mujer como trofeo)–o de atribución de la culpa –la mujer como perdición–. De muchos tipos pero un símbolo al fin y al cabo.

El símbolo fundamental que el hombre lee en la mujer es el de “ser sexual” siendo el sexo para el hombre la puerta por excelencia de acceso a la virilidad. Si la mujer es el acceso al sexo y el sexo es lo que le permite separarse radicalmente de la figura del “niño” y del “homosexual” –dos figuras contra las que luchamos constantemente–, el acceso a la mujer sexualizada es un paso fundamental en la formación de la identidad masculina.

Si bien el sexo/exigencia ritual se sobredimensiona en la juventud, de adultos nos sigue trayendo de cabeza: hoy en día, aunque se haya fracturado (relativamente) la noción del hombre macho/fuerte/exitoso, sigue habiendo en la vida psicológica masculina un miedo omnipresente ligado al fracaso y a la duda sobre su virilidad. Nos esforzamos en demostrar nuestra valía porque no hacerlo supone caer en la decepción, frente a los demás y frente a uno. Esta necesidad de validación es constante, debemos representar el rol masculino siempre como si estuviésemos todos esperando al mínimo fallo para constatar la –fatal y definitiva– caída en “lo homosexual” –como categoría moral–. Por eso necesitamos follar sí o sí: el sexo aparece como una práctica validadora –demarca hombres de no-hombres, exitosos de fracasados, viriles de hombres “fallidos”– que nos cae como una losa.

El follar masculino
Recuerdo haber mentido algunas veces sobre mi última experiencia sexual, y deprimirme por las largas temporadas sin sexo. Recuerdo también mentir sobre el tener novia en la adolescencia, cuando hacer los primeros pinitos en ese campo era un símbolo de distinción. Luego llegó el sexo real y las cosas no mejoraron mucho. Nunca me olvido de una entrevista que le hicieron a Lurdes Orellana, en la cual la sexóloga feminista hablaba de cómo en la sexualidad, frente al imperativo de cuidado del otro que interioriza la mujer, la forma de enfocar el sexo para el hombre es la de “no te voy a ver a ti sino que sólo me voy a ver a mí”.

En el sexo, el hombre habla consigo mismo: el acto sexual es un espejo donde veo (e intento modular) el reflejo que me devuelve la otra persona. Aunque cada caso es distinto, la importancia de cómo nos vemos a nosotros mismos en el sexo es básica: a veces, al hacerla correr hasta el máximo nos vemos como exitosos, dominándola nos vemos fuertes y viriles, mostrándonos cariñosos y sensibles el reflejo es de buena persona. Depende de la persona, depende del momento, depende de la situación, claro; pero, en general, el sexo como espejo lleva el juicio de la validación hasta el encuentro más íntimo.

Esto hace que el disfrute corporal pase a segundo nivel; hablando en plata, el placer neto del cuerpo que extrae el hombre del sexo no es para tanto, y mucho menos si la importancia se coloca en el orgasmo –los 6 segundos más importantes de nuestra cultura sexualizada–. Pero entonces, ¿qué placer extrae el hombre del sexo? Otros. Fundamentalmente tres, según la persona, según el caso y según el momento:
  • Placer egocéntrico (me veo dando placer y eso me causa placer).
  • Placer visual (el sexo como experiencia visual de un cuerpo penetrado que se tuerce, se estira o gime).
  • Placer de rol (representar, consensuadamente o no, una actitud determinada, a veces dando rienda suelta a deseos de dominación o sumisión).
Esto no es necesariamente un problema. Este carácter narcisista e inseguro del acto sexual no lo convierte en un acto de violencia, pero sí que pone obstáculos para el bienestar emocional en lo sexual: el sexo como espejo es frustrante para el hombre. Para la mujer, las consecuencias son diversas y ellas las pueden relatar mejor.

Ante esto, ¿tenemos herramientas para cambiar la forma en la que pensamos/practicamos el sexo? ¿Basta con exigirle al hombre que folle con empatía? ¿Es la falta de empatía el verdadero problema?

Como dice el trabajador social Bob Pease, cambiar las relaciones de género viene por cambiar necesariamente las subjetividades. El sexo, entonces, es diferente a la tortilla: con la tortilla no hay asunto de identidad. Si no eres un chef especializado cuya valoración dependa de la tortilla no te identificas con la tortilla. El sexo, en cambio, habla de nosotros como hombres y por lo tanto, hasta que no apuntemos a nuestra forma de entendernos desde el sexo y la virilidad, seguirá siendo un espejo, un examen, un certificado de hombría.

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