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miércoles, 23 de enero de 2019

#hemeroteca #transexualidad #masculinidad | Thomas Page McBee. El boxeador trans que enseñó a abrazar a otros hombres dando golpes sobre el cuadrilátero

Imagen: El Diario / Thomas Page McBee
Thomas Page McBee. El boxeador trans que enseñó a abrazar a otros hombres dando golpes sobre el cuadrilátero.
Se convirtió en el primer boxeador trans para desvincular la masculinidad de la violencia, y demostrar que los hombres también se abrazan dentro y fuera del ring. "Aunque los hombres me han hecho daño, ahora soy percibido como una amenaza y tengo la responsabilidad sobre este cuerpo y su efecto en el mundo".
Mónica Zas Marcos | El Diario, 2019-01-23
https://www.eldiario.es/cultura/libros/boxeador-trans-abrazar-hombres-cuadrilatero_0_859864358.html

Muchos boxeadores se suben a un ‘ring’ para validar su hombría o para evitar partirse la cara cualquier otro día en la calle. Thomas Page McBee (Carolina del Norte, 1981) lo hizo al revés: para entender que la naturaleza violenta no está escrita en las hormonas y demostrar que se puede desvincular de la mentada masculinidad tóxica.

Sobre un cuadrilátero de Madison Square Garden, en Nueva York, McBee descubrió los miedos, las inseguridades y los tabúes de los hombres que boxean y de todos los demás. También de los trans. A él siempre le habían dicho que era distinto y que no debía preocuparse por esos instintos nocivos, pues, al fin y al cabo, no había crecido con ellos. Hasta que un día, después de su transición, en un conato de pelea callejera, supo que podía pegarle dos buenos puñetazos a un matón tatuado, con aliento a licor y dos metros de altura. Es más, no solo podía, sino que quería hacerlo.

A través de una preparación exprés de boxeo, McBee escribe una biografía personal que es a su vez un estudio sobre la masculinidad, los estereotipos frágiles del macho occidental y la necesidad humana -que no femenina- de afecto.

Tras dolorosas y costosas operaciones, años de inyecciones y un proceso psicológico muy complejo, el escritor culminó su transición y comprendió su cambio de rol en la sociedad.

"Aunque los hombres me han hecho daño y han abusado de mí, sé que ahora soy percibido como una amenaza", asume sentado en un hotel del centro de Madrid, donde presenta su libro ‘Un hombre de verdad’ (Temas de hoy) . Él no fue calificado como tal hasta los 30, por eso quiere acabar con esa etiqueta a golpes desde el cuadrilátero, pero sobre todo desde la prosa.

P. ¿En qué momento decidió resolver su "crisis de masculinidad" a través de un deporte de contacto asociado con la violencia?

R. La sombra de nuestra cultura es la violencia. Hasta ese momento, mi relación con la violencia era fingir que no tenía ningún tipo de impulso que fuera en esa dirección. Pero cuando me encontré en aquella pelea callejera, sentí cómo me recorría el deseo de herir a ese hombre que me estaba intentando pegar.

Para mí tenía más que ver con querer afrontar esta violencia que es parte de nuestra cultura y que se espera de mí como hombre, en lugar de fingir que soy ya el hombre perfecto que lo tiene todo controlado. Quería encarar mi peor parte. La pregunta fue: ¿puedo emplearla de una manera que sea productiva en lugar de dañina? Y el boxeo fue el deporte perfecto para descubrirlo.

P. El ‘ring’ no es el escenario típico de una biografía trans. ¿Por qué se centró en un combate ‘amateur’ en lugar del tratamiento hormonal, la operación o el proceso de transición?

R. Al menos en EEUU, las historias de la gente trans han capturado un imaginario que encuentro muchas veces sensacionalista. Por eso intento hablar en mis libros sobre temas universales. Soy consciente de que la gente quiere mantener una distancia prudencial conmigo por este tema, pero mi objetivo es acercarme.

Hace mucho tiempo que quería hacer preguntas sobre la masculinidad. Pero, cada vez que lo intentaba, o no me tomaban en serio o decían cosas como, "es que los tíos son así", o "tú no eres ese tipo de hombre, así que no te preocupes por eso". Durante la pelea callejera, sin embargo, la violencia me amenazó de una manera distinta. Yo también puedo ser violento.

Así, me surgieron muchísimas otras preguntas: sobre el deseo de agredir, sobre cómo funciona la testosterona, si influye o si hay algo innato en las hormonas en términos de violencia (que en absoluto). Por todo lo que descubrí gracias al boxeo, creo que la pelea era el punto de partida más sincero.

P. Más que de una masculinidad tóxica, el libro habla de una masculinidad frágil. ¿Cuál es la conexión que encontró entre ambas?

R. La masculinidad frágil es un componente de la masculinidad tóxica. La definición de masculinidad tóxica es un conjunto de comportamientos socializados que enseñamos a los niños sobre lo que significa ser un hombre. Y una de las lecciones clave es que la masculinidad es un monolito. Para ser un hombre de verdad, debes aspirar a una única manera de ser un hombre. Y, si fracasas, entonces tu masculinidad es frágil.

Ese sentido de la masculinidad está a riesgo de perderse continuamente por factores externos. El miedo a perderla es lo que provoca comportamientos que asociamos con la masculinidad tóxica.

P. A un nivel superficial, es lo que ha intentado transmitir el anuncio de Gillette. Que las nuevas generaciones de niños se identifiquen con una masculinidad no monolítica.

R. Justo. Me parece que lanza un mensaje muy positivo. Hay niños que están sufriendo daño real, como las víctimas de ‘bullying’, que podrían tener una infancia mejor si los adultos ayudasen. El anuncio muestra, a gran velocidad, las maneras primarias que llevan a los niños a ser hombres que hacen daño, igual que aprenden a comportarse con mujeres de forma peligrosa. Pero, para mí, lo mejor es que ofrece intervenciones muy razonables y sencillas que cualquier hombre puede hacer para evitarlo.

P. Sin embargo, las reacciones que ha despertado son poco razonables. ¿Por qué cree que los hombres se han identificado con la masculinidad tóxica en lugar de con la ejemplarizante?

R. Me encanta esa reflexión. Hay un término sociológico que se llama "amenaza de la identidad" y tiene que ver con la respuesta que han tenido ciertos hombres. Surgió a partir de un test falso en el que los sociólogos les decían a un grupo de hombres: "tu resultado en el test ha sido más femenino". Amenazaban su identidad. De pronto, los que salían del test presentaban un perfil conservador, querían comprar coches más grandes o apoyaban invertir más dinero en el Ejército. Características asociadas a la masculinidad tradicional, en definitiva.

Así que, aunque los hombres no puedan explicar por qué reaccionan de forma tan negativa al anuncio, es muy probable que estén experimentando esta amenaza. Se han identificado tanto con la idea socializada de la hombría, que tristemente se han llegado a creer que es su propia identidad.

P. Escribió en 2015 sobre una crisis global de la masculinidad. ¿Cree que estamos peor que entonces? En Europa vivimos el auge de los ultranacionalismos, pero EEUU tiene ahora el Congreso más diverso y feminista tras la victoria de Trump. 
 
R. En los 90 se reconoció por primera vez la masculinidad tóxica como un término que hasta entonces se llamaba masculinidad hegemónica. En 2008, con la gran crisis, esta idea entró en la cultura popular y la gente comenzó a hablar de un libro llamado ‘El final del hombre’, de Hannah Rosin. Aunque hubo su correspondiente histeria por el fin de la masculinidad, lo positivo de que muchos hombres se quedaran en el paro fue que aceptaron más responsabilidades domésticas.

Pero con la elección de Trump, el mundo vivió un gran retroceso. Como dices, aquí aún está pasando. Estamos en un cruce de caminos, donde todo lo que está mal está a plena luz y se ve. Cuando yo estaba escribiendo mi libro sobre la masculinidad antes de las elecciones de 2016, un montón de gente pensaba, "¿por qué estamos hablando de esto?". Ahora es obvio el por qué hablamos de esto, pero lo que vamos a hacer al respecto aún no. Depende de nosotros.

P. Su libro ha sido destacado como uno de los mejores lanzamientos feministas del año. ¿Tuvo que cambiar su rol en el movimiento después de la transición? 
 
R. He tenido que hacer muchos cambios, en muchos sentidos. Mi madre era feminista y yo lo he sido durante toda mi vida. Antes de mi transición, el feminismo me ayudó a entender las cosas que no debería tolerar en el trabajo. Tras mi transición, tuve que hacer lo contrario y rechazar mis privilegios. Eso fue un poco difícil de aprender.

Muchos de los comportamientos que me resultaban útiles antes de la transición, resultan dañinos para las demás ahora. Al ser un hombre que no parece trans, me encuentro en una postura distinta y tengo la obligación de ser un aliado. Pero a la vez, también soy abiertamente trans, y en ese sentido no puedo evitar que mi género esté al frente. Sigo aprendiendo cómo debo actuar, pero el feminismo ha sido uno de los pocos conceptos que ha sobrevivido a lo largo de toda mi vida.

P. Se califica de aliado. ¿Cómo fue ceder ese rol protagónico tras haber sufrido en sus propias carnes un abuso sexual y la violencia machista? 
 
R. Esa puede que fuera una de las partes más complicadas de mi historia. Soy bastante sensible a este tema porque los hombres me han hecho daño y han abusado de mí. Pero por ello no puedo quitarme la responsabilidad de este cuerpo y de su efecto en las demás.

Caminando por el mundo con el aspecto que tengo ahora, soy percibido como una amenaza en ciertos contextos. Y entiendo por qué. Y no es que no me entristezca, pero me hace ser todavía más consciente de que tenemos que curar a los hombres para que las mujeres puedan ir tranquilas sin ver a los hombres como amenazas.

P. Ha presentado el libro junto a James Rhodes, cuyas memorias también abordan un episodio de abuso sexual. Sin embargo, usted lo trata de forma opuesta. ¿Cómo contarlo desde el empoderamiento en lugar que desde el trauma? 
 
R. Mi anterior libro tiene mucho más que ver con la exploración de mi historia familiar. Mi infancia estuvo lejos de ser la ideal, en muchos sentidos. Abusaron de mí, era un niño trans y no estaba en el cuerpo que quería estar. Pero también existieron cosas maravillosas. Como mi madre murió justo antes de que yo escribiera este libro, quizá he reflexionado mucho sobre mi infancia y las cosas que me ayudaron a convertirme en quien soy ahora. Y he llegado a la conclusión de que el equilibrio triunfó.

He tenido mucha suerte de tener la madre que tuve y una familia que me apoyaba. Y, cuanto más mayor me hago, me doy cuenta de que todo el mundo pasa por algún trauma en su vida. Puede que no sea una violación o un abuso. También puede ser una pérdida o la muerte. Teniendo todo esto en cuenta, creo que he tenido muchos recursos, he podido curarme y moverme en esa dirección en lugar de enfocarme en lo malo.

P. Ahora que hay niños y niñas comenzando su transición mucho antes. ¿Qué cree que fue lo mejor y lo peor de haberla completado en la treintena? 
 
R. Lo peor es obvio. Y, aunque me siento muy agradecido por todas las fases de mi vida, no puedo recuperar el tiempo perdido. Fueron muchos años de no saber lo que es sentirse en casa dentro de mi propio cuerpo. Es difícil de explicar, pero realmente yo pensaba que era una sensación común y que nadie se sentía cómodo con su cuerpo. Eso sí que se lo hubiese deseado a mi yo más joven.

Pero no cambiaría la mejor parte: pasar el condicionamiento de género como adulto me dio muchísima ventaja y acortó un proceso que habría sido mucho más largo. El poder explorar y ser capaz de afrontar estas cuestiones acerca de la masculinidad, es muy difícil para los hombres. A mí se me hicieron mucho más obvias porque no tuve una infancia masculina y tuve más urgencia por encararlas.

P. Explica en el libro que muchas de estas contradicciones se dan en sus relaciones con mujeres. ¿Qué fue lo que más tuvo que trabajar con ellas tras la transición? 
 
R. Fue raro porque antes de mi transición vivía en un mundo queer porque las mujeres me veían como una persona masculina, pero no tenía tetosterona. Por ejemplo, yo nunca he sido un buen cocinero, lo cual antes estaba bien. ¿Por qué tenía que saber cocinar? Pero, después de mi transición, ya no está tan bien [risas]. Sentía que tenía que compensar que los hombres no hagan esas cosas aprendiendo a hacerlas, y en eso mi historia no importaba para nada. Al final del día, yo no era más que un hombre que no cocinaba.

Ser un hombre trans es diferente a ser un hombre que no nace trans. Comprendo ciertas experiencias que ha tenido mi mujer y que quizá a un hombre cis le costaría más. Pero generalmente importa más la manera en la que el mundo la trata a ella, y la gran diferencia que existe con cómo me trata a mí. Intento ser muy consciente de todo esto.

P. También aborda lo poco que le costó ganarse el respeto de los hombres tras la transición. ¿Fue duro tener que volver a ganarse el de las mujeres?
 
R. Más bien he tenido que darme cuenta yo de las maneras en las que no me estaba ganando su respeto. Es complicado, porque las mujeres en mi vida sentían empatía por mí como hombre trans. Veían las barreras y los prejuicios hacia la gente trans, así que me dieron mucho margen. Aunque a mi mujer, en concreto, se le da súper bien señalar los comportamientos que no estaban alineados con mis valores [risas].

Prefiero que la gente me haga responsable a que sean condescendientes por mi naturaleza trans, sobre todo las mujeres en mi vida. Les he dejado muy claro que yo quiero su ‘feedback’ y he tenido que demostrarles que, si me afean algo, no tiene nada que ver con ser tránsfobo. Quiero saber cómo puedo ser un mejor aliado, un mejor compañero de trabajo, mejor jefe, mejor amigo, mejor esposo…aunque esto último mi mujer me lo dice sin problemas [risas].

martes, 22 de enero de 2019

#hemeroteca #transexualidad #masculinidad | Page, el primer boxeador transexual, cuenta cómo forjó su hombría sobre el cuadrilátero

Imagen: El Norte de Casteilla / Thomas Page McBee

Page, el primer boxeador transexual, cuenta cómo forjó su hombría sobre el cuadrilátero.

«La masculinidad no es monolítica, pero impera un modelo tóxico del que huyo», dice el escritor y periodista.
Miguel Lorenci | El Norte de Castilla, 2019-01-22
https://www.elnortedecastilla.es/culturas/libros/page-primer-boxeador-20190121184809-ntrc.html 

«Boxear me enseñó a luchar por mi vida, me conectó con ella y me procuró una simpatía por los hombres que no había sentido jamás». «Luchar me enseñó las verdades sobre la múltiple identidad masculina y peleando sentí por primera vez cómo los hombres me cuidaban». Lo asegura Thomas Page McBee, el primer boxeador transexual que combatió en el Madison Square Garden, la catedral del boxeo. Nació como niña, pero «nunca» se sintió atrapado en un cuerpo femenino. No obstante, a los treinta años abordó lo que este periodista, escritor, y boxeador amateur llama «mi transición».

En 2012 se hormonó y se operó y en 2015 subió al ring con anatomía masculina. Perdió el combate, pero ganó «muchas otras cosas», según el positivo balance de este batallador nacido en Carolina del Norte en 1981, que sufrió abusos de su padrastro y vivió su infancia y adolescencia como «un chicazo». Ahora da cuenta de su transformación física, mental y moral en 'Un hombre de verdad' (Temas de Hoy). Reflexiona sobre qué supone ser varón, cuestiona la masculinidad más tóxica, reivindica la conformación cultural del género y niega la máxima del título. «No existe un hombre de verdad», sostiene.

«No nací en el cuerpo equivocado. Siempre fui una persona muy masculina y andrógina y mi madre, que era científica y rompió muchos techos de cristal, me enseñó que el género se define en gran medida por la cultura», dice. «Me sentía cómodo, pero experimenté lo que se llama disforia de género en la treintena. No quería tener que cambiar, pero tuve que aceptar que nací 'trans'. Se hizo más evidente tras mi transición que podía ser más feliz cambiando», explica risueño, acomodado en su virilidad y luciendo su fino y masculino bigote.

Page, que subtitula su libro 'Lecciones de un boxeador que peleaba para abrazar mejor', explica cómo el cuadrilátero fue «una revelación» que cambió su vida. «Siempre me gustó la lucha. Es un gran deporte y muy literario», dice evocando a Norman Mailer o Joyce Carol Oates y conectando el boxeo «con las batallas por los derechos civiles que encarnó Mohamed Ali en el ring».

Además de un lugar cargado de literatura, para Page el cuadrilátero era «un reto, y el sitio adecuado para plantear mil preguntas sobre la masculinidad». «Viví varios episodios de violencia: los hombres quisieron pegarse conmigo en las calles de Nueva York muchas veces y me preguntaba por qué y por la esencia de la masculinidad», dice. «El ring me enseñó mucho sobre la amistad masculina, me descubrió qué tipo de varón no quería ser y que, de no cambiar algo, me convertiría en el tío que quería pegarme», explica.

Socialización masculina
«Si pierdes la posibilidad de de tener una realidad emocional humana, si dejas de hacerte preguntas, te conviertes en un macho como Donald Trump, que nunca leerá mi libro, porque no lee nada». «Ojalá que Obama, que sí es un gran lector, me ponga en su lista de lectura», bromea.

«Soy afortunado por experimentar la socialización masculina y ahora no soy distinto de cualquier otro hombre», asegura. Eso sí, está en lucha consigo mismo para alejarse, con ayuda de su mujer, de lo que Page llama «masculinidad tóxica». «Hallé una manera de ser yo sin caer en esa toxicidad testosterónica de la que huyo», apunta. «No existe un modelo monolítico de masculinidad. Hay muchas maneras de ser un hombre, aunque la mayoritaria se basa en un esquema piramidal en el que los de abajo sostienen a los de la cúspide con la esperanza de ascender al pequeño grupo patriarcal lo controla todo y que nuca llegará», es su análisis.

«Hay que educar a los niños mostrando que el género es una identidad, que todos tenemos un género, pero que encararnos con esa identidad ha de darte la oportunidad de convertirte en un ser humano pleno, y no en uno que sigue las reglas que te imponen y que pueden ser muy dañinas para muchas personas», concluye.

«Como en 'El club de la lucha', la primera y la segunda regla de la masculinidad es no hablar de la masculinidad», apunta. Por eso, cuenta Page cómo para descubrir la suya se metió en lo que los sociólogos denominan 'La caja del hombre'. «No debía mostrar mis emociones, ni ser vulnerable, ni enseñar otro sentimiento que no fuera la ira. No podía mostrar el duelo por la muerte de mi madre y me pregunté si todo lo que había hecho era para quedarme atrapado en un cuerpo masculino», dice. Las respuestas están en su libro.

martes, 15 de enero de 2019

#libros #transexualidad #masculinidad | Un hombre de verdad : lecciones de un boxeador que peleaba para abrazar mejor

Un hombre de verdad : lecciones de un boxeador que peleaba para abrazar mejor / Thomas Page McBee ; traducción de Juan Luis Trejo.
Barcelona : Temas de Hoy, 2019 [01-15].
192 p.
Colección: Temas de Hoy
ISBN 9788499987101 / 17,90 €

/ ES / EN* / BIO
/ Boxeo / Deportes / Estereotipos / Hombres trans / Identidad de género / Masculinidad / Testimonios / Transexualidad

Thomas Page McBee fue el primer boxeador transexual en combatir en el Madison Square Garden, pero este libro no va de eso. McBee nació con cuerpo de mujer, siempre se supo hombre, se operó a los treinta años y entendió que el mundo no volvería a ser igual. Porque cambiar de género lo cambia todo. Y de eso sí que trata este libro. ‘Un hombre de verdad’ es el relato en primerísima persona de esa transición, un testimonio lírico sobre qué significa ser hombre en el mundo actual. Cuando McBee decidió inscribirse en un gimnasio de boxeo para entender la masculinidad a partir de la violencia, se reconoció como ‘amateur’ ante ese deporte y ante las preguntas más elementales sobre su propia identidad. La historia de McBee puede leerse como un reportaje intimista sobre el acoso, el miedo, el rechazo y la aceptación. Pero sobre todo como una defensa de la fragilidad frente a los estereotipos omnipresentes del machito desfasado, con la certeza de que dentro y fuera del ring esta lucha es una sola. La suya, la tuya, la nuestra.

Thomas Page McBee es periodista y boxeador amateur. Exeditor de ‘Quartz’ y experto en masculinidad en ‘Vice’, escribe para medios como ‘The New York Times’, ‘Playboy’ y ‘Glamour’. Actualmente vive en Brooklyn, pero viaja por todo Estados Unidos para dar charlas sobre cuestiones de género. Su primer libro, ‘Man Alive’, fue galardonado con el Premio Literario Lambda y nombrado mejor libro del 2014 por ‘Publishers Weekly’, ‘Kirkus Reviews’, ‘NPR Books’ y ‘BuzzFeed’.

jueves, 10 de enero de 2019

#hemeroteca #transexualidad #masculinidad | Un hombre ‘trans’ sobre el cuadrilátero

Imagen: El País / Thomas Page McBee
Un hombre ‘trans’ sobre el cuadrilátero.
Thomas Page McBee nació en un cuerpo de mujer. Tras costosas cirugías de reasignación sexual, se convirtió en quien es hoy: un escritor que bucea en su biografía para reflexionar sobre el género y la identidad. En su último libro, narra su experiencia como boxeador 'amateur' y cuestiona la relación entre masculinidad y violencia.
Use Lahoz | EPS, El País, 2019-01-10
https://elpais.com/elpais/2018/12/27/eps/1545930274_681257.html

La de Thomas Page McBee es la historia de una doble transformación: la primera de ellas, de mujer a hombre, y la segunda, de hombre a hombre. Una la emprendió al final de la veintena y la culminó hace siete años, en 2012, al recibir, después de haber invertido miles de dólares en complicadas cirugías, de dos visitas a un tribunal de validación, de dos evaluaciones físicas y un certificado médico y de autoinyectarse casi 100 miligramos de testosterona en el muslo cada semana, un nuevo documento de identidad en el que por fin se acreditaba que no era la mujer que había nacido, sino un hombre. La otra transformación la emprendió a partir de ese momento y terminó a finales de noviembre de 2015 en la lona de un cuadrilátero del Madison Square Garden, en Nueva York, cuando peleó en un combate benéfico, porque ese día Thomas Page McBee se convirtió en el primer transexual en competir como boxeador en el santuario del boxeo en Norteamérica. Perdió el combate, pero fue un triunfo vital.

Sobre esas transformaciones, sobre los permanentes cambios de los que se nutre la experiencia del ser humano, sobre el modo en que un cuerpo puede pasar de sentirse amenazado a ser una amenaza, sobre las apariencias y la empatía habla en su libro ‘Un hombre de verdad’ (Temas de Hoy, 2019), un ejercicio confesional y emocionante que ha cosechado elogios de los críticos en Estados Unidos y Reino Unido, y que llega el 15 de enero al mercado español con la aspiración de convertirse en una lectura capaz de vislumbrar una nueva manera de entender la masculinidad y de dar una perspectiva honesta sobre las intersecciones entre la violencia y la identidad. En él se revelan verdades y sentimientos, y se narra no solo el proceso por el cual Page McBee llegó a boxear, sino cómo fue el camino de aceptación y de aprobación de sí mismo en una sociedad hostil.

En un solitario café de Brooklyn una luminosa mañana otoñal, después de haber entrenado en un parque vecino, Thomas Page McBee, un joven de apariencia frágil, muy conversador y cercano, al que cuesta imaginar luchando en un ring, recuerda la tarde de 2014 en la que por casualidad se hizo una pregunta que fue el origen del libro y también el motivo de que acabara entrenando en el reputado gimnasio Mendez de Manhattan: ¿qué lleva a un hombre a golpear a otro? Aquella tarde, Thomas Page McBee tuvo un percance en la calle Orchard del Lower East Side: experimentó la violencia con un tipo que, sin venir a cuento y a causa de un malentendido, le amenazó e intentó agredirle. Ese fue el detonante que llevó a Thomas a convertirse en boxeador, tratar de entender el origen de la violencia, de dónde nace el deseo de un hombre de agredir a otro hombre. “Ahora sé que el chico quería golpearme para defender su lugar en la sociedad”, dice. “Él se sentía amenazado en su masculinidad y solo podía reconquistarla a través de golpear o dominar”.

Una vez tomada la decisión de convertirse en púgil, entre su pasado y su nuevo cuerpo surgieron grietas que le obligaron a construir un puente. “No tengo duda de que mi vida es lo que pasa después de mi transformación”, comenta. “Pero mi pasado siempre está vivo, tengo que afrontarlo de manera que pueda funcionar en mi nueva vida”.

Thomas Page McBee nació por primera vez en Hickory, Carolina del Norte, en 1981. Creció como niña sintiéndose niño, hasta que 27 años después inició el proceso de transformación, por lo que Thomas Page McBee nació por segunda vez en 2012, a los 31 años. Entonces ya era periodista. Se mudó a Nueva York y empezó a colaborar en medios como ‘VICE’, ‘Playboy’, ‘Glamour’ o ‘The New York Times’. Fue editor de la página web de noticias ‘Quartz’. En 2014 publicó ‘Man Alive’, su primer libro, una ­autobiografía en la que relataba su transformación, se enfrentaba a la experiencia de la virilidad desde un punto cero y confesaba la tormentosa relación vivida con su padrastro, los acosos a los que le sometió en la infancia, así como el abordaje, a punta de pistola, que sufrió por accidente a los 29 años. Dos actos de violencia que han marcado su vida y su manera de escribir. El libro fue galardonado con el Lambda, premio literario a obras sobre la comunidad LGTBI.

Cuando Thomas habla de su pasado piensa en su juguete favorito, aquel musculoso He-Man y el castillo de los Masters del Universo, y no puede evitar recordar los abusos sexuales de su padrastro de los cuatro a los nueve años, sin que su madre se llegara a enterar. “Mi camino a la masculinidad se vio oscurecido por la sombra de mi padrastro”, apunta en su confesión. También narra cómo durante toda su adolescencia asumió el apelativo de marimacho que se le concedía (“Eres como un chico, pero mejor”, le confesó una chica a los 15 años). Y cómo se enfrentó al clásico “nací en un cuerpo equivocado”. Cuando se le recuerda que hay quien dice que en la infancia se vive y después se sobrevive, esboza una sonrisa triste y añade: “No en mi caso… Fue duro, aunque también conservo buenos recuerdos. Vi y padecí situaciones oscuras, pero descubrí posibilidades para la escapada. Mi confesión no es un lamento. Por ejemplo, tuve una profesora de secundaria que me animó a escribir poemas y por su culpa soy escritor. También mi madre me animó, leer y escribir se convirtieron en una vía de conexión. Además, en aquella época, o más bien en la adolescencia, tuve la suerte de disfrutar de dos lecturas fundamentales que me ayudaron a comprender el mundo. Una fue ‘A sangre fría’, de Truman Capote, que me influyó mucho. Pero no tanto como el ‘Frankenstein’ de Mary Shelley. Me gusta ese monstruo complicado, vencedor de su padre, que en realidad no es un monstruo, es una persona. Al mismo tiempo, su proceso simboliza a modo de parábola los retos a los que se enfrenta la ciencia”.

En su camino a la masculinidad, en una transformación que incluyó la cirugía de reasignación sexual (también denominada cirugía de afirmación de género), la sociedad que recibió a Thomas Page McBee distaba de ser la ideal, y en muchos momentos quiso escapar de ella como de niño trataba de huir de su padrastro. “En Estados Unidos se educa al niño para ser hombre”, dice, “y lo tóxico no es la masculinidad, sino la manera en que se enseña a serlo. Por ejemplo, enseñar a esconder los sentimientos, a dominar, a no estar conectado con la empatía. Cuando cambié de sexo tuve que aprender a ser un hombre, y aunque entonces me sentí mucho más en armonía con mi cuerpo, no estaba conforme con una sociedad que solo aceptaba una manera de serlo. No obstante, la sociedad está cambiando, porque esto no es un problema biológico o de niveles de testosterona, es un problema de educación. Tenemos que crear más modelos de masculinidad, más opciones de ser hombre”.

Allison Hobbs, en su libro ‘A Chosen Exile’ (‘Un exilio elegido’), una de las referencias de Page McBee, escribió: “Los pobres buscan la aprobación de los ricos; las mujeres, la de los hombres; los judíos, la de los gentiles, y los homosexuales, la de los heterosexuales”. Thomas partió en busca de la aprobación social, pero no para acceder a ningún privilegio, sino para aprender a valerse con los códigos sociales de comportamiento. Por más que se hubiera sometido a una cirugía que reconstruyó y alisó su pecho, que sus hombros se hubieran alineado, sus muslos hubieran perdido volumen y su barba despuntara, en las primeras citas con chicas asegura que su manera de actuar se asemejaba al de una planta al sol. “Me desplazaba hacia aquella parte de mí que de algún modo se veía recompensada”. Por eso se mostraba agresivo, ambicioso, con una actitud tan valiente. “Al principio no conocía bien las reglas”, añade. “Intentaba tener relaciones, pero siempre fracasaba. Creaba confusión. No hacía nada bien. Finalmente aprendí las reglas, y ahí me di cuenta de que tampoco me gustaban”. Hasta que apareció Jess. La primera noche en que conoció a la que hoy es su mujer, Jessica Bloom, sacó a relucir todo un muestrario de dudas y torpezas. Ella le detuvo y le dijo que le atraían las personas y no los cuerpos.

En esa indagación, el abrazo es uno de los grandes temas del libro. El abrazo entre amigos, entre boxeadores, la cantidad de personas que pegan porque no tienen quien las abrace, la soledad como una enfermedad terrible. “Todo esto está muy asociado con la masculinidad”, explica. “Los hombres son menos tocadores que las mujeres y les cuesta más decir que se sienten solos. Yo lo sé por mi experiencia, mi transformación. Ahora la gente me toca menos. Y la soledad encamina al suicidio, y puedo decir que los hombres experimentan más la soledad que las mujeres”.

De este modo, Thomas Page McBee arriesgó su cuerpo para ganarse el derecho a existir en él. Emprendió una aventura para explorar en la pérdida y conocerse a sí mismo, consciente de que no existe un único prototipo de hombre. En esa odisea encontró dos aliados en cierto modo catárticos, el boxeo y la literatura. Hoy considera a los entrenadores que conoció en los gimnasios subterráneos miembros de su familia, y al ver su experiencia en letras y papel siente que ha conectado con la gente a través de la escritura.

“Estoy sorprendido de ver cuánto me ha enseñado el boxeo a ser yo mismo en mi cuerpo. Gracias al boxeo conozco mis fortalezas y mis debilidades. Mi cuerpo no es perfecto, pero lo siento mío. En un ring la violencia es consensuada, no pegas a alguien que no quiere estar involucrado ni que es más débil. Es una decisión conjunta. La literatura, por su parte, es el gran regalo, permite estar en la mente de otra persona y desencadenar lo que siente, vivir en otras emociones. La literatura me hace sentir parte de la familia humana y saber que no hay nada de mí que sea igual en otro”.

A mediodía, el solitario ST Coffee empieza a llenarse de gente. El sol araña el cristal y obliga a Page McBee a torcer la mirada. Observa la pizza que ha dejado a medias, a la que no volverá. Recordamos a Joan Didion, que decía que la inocencia se termina cuando a uno le roban la ilusión de caerse bien a uno mismo. Thomas sonríe y asiente a un tiempo, e insiste en que por ese motivo el libro trata de meterse en la mente de un principiante. “Se supone que los hombres tienen que saberlo todo sin pedir ayuda”, dice, “y la inocencia es sobre todo ser capaz de preguntar, de preguntarse. Para mí es liberador decir: ‘No sé nada de este tema, ¿cómo tengo que actuar, cómo debo actuar?’. Inocencia es cuestionarse, es no dar las cosas por supuestas”.

Thomas Page McBee habla a borbotones y en su discurso mezcla canciones de Paul Simon; escritores ilustres que han utilizado la figura del loco, como Dos­toievski, o la historiadora estadounidense Nell Irvin Painter (“La raza es una idea, no un hecho”) y su constatación de que nadie nace viéndose a sí mismo como hombre, o como estadounidense, o como heterosexual, o como blanco. “Nos convertimos en los cuerpos que somos y el transcurso de la historia nos atraviesa, a toda velocidad, como si se tratase de una enfermedad o de una revolución”. Hegel sostenía que el arte es la individualización de lo universal. Al respecto, Page McBee ha individualizado un problema universal como es la aprobación social y la nueva concepción de la masculinidad. Durante buena parte de ‘Un hombre de verdad’, la palabra más repetida es crisis, en relación con economía, valores, masculinidad. Por encima de ellas planea la intención del autor de contar una historia global a partir de su propia experiencia como hombre transexual al que la mayoría ve como un alien y provocar empatía. “Para muchas personas resulta difícil prescindir de la idea de que el género es una marca de nacimiento. Yo soy una desagradable prueba de que no es así. Si me preguntas en qué consiste exactamente la idea de género, te diré que soy una paradoja porque creo que género es algo que nosotros creamos. Yo he tenido dos transiciones para llegar a ser yo mismo y pienso que ambas son verdaderas. Género es una creación cultural y al mismo tiempo es el primer aspecto de nuestra personalidad porque es lo primero que se ve de nosotros”.

Sarah DiMuccio, una investigadora norteamericana de la Universidad de Nueva York, ofreció en un artículo publicado en la revista universitaria ‘Psychology of Men & Masculinity’ una definición cultural que se avenía bien con los sentimientos de Page McBee. DiMuccio, después de un periodo de investigación en Dinamarca, descubrió que los daneses decían “ser un hombre” en oposición a “ser un niño”, mientras que en Estados Unidos se dice “ser un hombre” como lo opuesto a ser una mujer. Algo con lo que McBee está completamente de acuerdo, porque “si ser femenino es lo opuesto a ser un hombre”, dice, “entonces muchas de las cualidades que los norteamericanos asocian a las mujeres, como la empatía, que es propia tanto de niños como de niñas, no solo se ponen en cuestión durante la infancia, sino que se destruyen”.

La madre de Thomas Page McBee, ajena a los abusos sexuales que infligía su segundo marido, solía decirle: “Tú fuiste mi niño milagroso, tú tienes un corazón de oro”. La relación entre ella y Thomas, la manera en que ambos toman el género como excusa para posponer y a la postre evitar la conversación pendiente, que la muerte (por alcoholismo) de ella se llevó por delante, es uno de los aspectos más conmovedores del libro. “A veces la gente pregunta quién es tu modelo masculino, y yo no tengo un modelo masculino. Mi madre era mi modelo de género porque siempre hizo cosas que se suponía que las mujeres no hacían. Gracias a ella aprendí que los esquemas podían romperse. Ella era científica cuando ninguna mujer lo era, trabajaba para el Gobierno americano cuando las mujeres no trabajaban para el Gobierno americano. Trabajó para General Electrics y se graduó en la universidad. Me permitió y me animó a ser yo mismo. Ahora que soy adulto me doy cuenta de lo afortunado que soy. Cuando falleció, yo había cambiado de sexo tiempo antes y no tuve la oportunidad de crear una nueva relación con ella de hijo a madre; era el mismo, pero ya no era una mujer y ya no tuvimos ocasión de conocernos de nuevo. Reflexiono mucho en lo que podría pensar de mí ahora… Creo que estaría feliz”.

Hoy día, Thomas Page McBee es un hombre recién casado; mantiene una estrecha relación con su hermana pequeña, Clare; se muestra satisfecho al comprobar que las mujeres de su vida piensan que es mejor persona por haberse convertido en el hombre que era, e insiste en que la familia, como el género, es una cuestión de contexto. Ejerce de boxeador ‘amateur’ y periodista en distintos medios, y viaja por Estados Unidos dando charlas y reivindicando la vulnerabilidad de los hombres como un bien preciado de la masculinidad. Su mujer, Jess, tiene en parte la culpa de ‘Un hombre de verdad’ porque aquella noche en que Thomas Page McBee estuvo a punto de recibir una paliza en la calle Orchard, él estaba buscando un restaurante para invitarla a cenar. Cuando se lo contó, ella le calmó diciéndole: “Tu sensibilidad y tu ternura me resultan muy masculinas”.