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martes, 4 de abril de 2017

#hemeroteca #memoria | La Ruta del 'Bakalao': la fiesta que nos libró de la heroína

Imagen: Público
La Ruta del 'Bakalao': la fiesta que nos libró de la heroína.
València también tuvo su verano del amor, como la Inglaterra del 89. Duró lo que duran los besos, y se expandió a lo largo de los 40 km de la CV-500 donde, entre arrozales y huertas, los jóvenes se bailaban el fin de semana a la conquista de unas libertades que todavía tenían vetadas.
Sara Calvo Tarancón | Público, 2017-04-04
http://www.publico.es/culturas/herencia-destroy-ruta-bakalao-fiesta.html

Una "microutopía del placer", dijeron de ella. O también, una "revolución contra la nada, nacida de la nada y abocada a la nada". Son palabras de Joan Oleaque, autor de ‘En èxtasi’, uno de los pocos ensayos que hay sobre esos años. Algo pasó en aquellos 40 km de la CV-500 en los que más de 50.000 jóvenes a principios de los ochenta se reunían dispuestos a conquistar la noche y de paso su libertad, por los rincones de las salas de las discotecas que conformaron la Ruta del Bakalao.

"Una de las cosas que más molesta de la Ruta era que los que se divertían fueran de clase trabajadora", lanza el periodista Víctor Lenore. Muchos sitúan el principio del fin en 1993, fecha en la que la DGT empieza a publicar escalofriantes cifras de muertes en accidentes de tráfico en la zona. La campaña mediática para desprestigiarla estaba en marcha. Las redadas policiales se sucedían. Y un jovencísimo Carles Francino ponía voz a un documental, ‘Hasta que el cuerpo aguante’, con el que los padres de los hijos de la transición se escandalizaron.

"Lo que no puede ser es todo trabajo. ¿Nos van a quitar también el sábado y el domingo?", comentan a la cámara los protagonistas del documental. "El fin de semana es para nosotros, dejadnos disfrutar e ir donde queramos", replica una chica, y su compañera la anima: "Es que nos prohíben un montón de cosas y lo prohibido es lo bueno".

Anécdotas hay muchas. Cuentan que los dueños de Chocolate decidieron echar la persiana sin avisar en 2004 y que fueron los propios ‘ruteros’ los que, al sábado siguiente, se congregaron en su parking para seguir la fiesta fuera. A Juan el Nazario, mítico ‘segurata’ de la discoteca, le despertaron a las 3 de la mañana y le tocó el papelón de apaciguar a los cientos de ‘chocolateros’ con el maletero abierto y sus mixtapes de techno a todo trapo que no querían ‘el chape’ de un templo de la música abierto desde los 70. Y lo consiguieron, puesto que la discoteca abrió al siguiente fin de semana.

Lo político de una rave
Para los arquitectos Juan Carlos Castro y Massimiliano Casu, esta anécdota tiene mucho de movimiento político guiado por el deseo y ven en esa colonización del espacio público algún tinte de lo que fue el movimiento transnacional Reclaim the streets, organizadores del Carnaval contra el Capital, por aquello de la reapropiación del territorio con connotaciones lúdicas.

El acceso al ocio es lo que reviste de tinte político a la Ruta según Lenore. Para el sociólogo Isidro López, la forma de vivir la fiesta generaba sobre todo comunidad, al estilo de lo que hizo, en esos mismos años, el movimiento rave en Inglaterra. Aunque allí el paro y la reconversión industrial convirtieron esas raves en auténticos movimientos sociales donde la fiesta se autogestionaba porque no existía la figura del club, como en València.

Con Thatcher, las ‘raves’ inglesas, se convirtieron en un problema de orden público solventado con cargas policiales e incluso penas de cárcel para los organizadores. Aquí en casa, en cambio, "se trató más de llevar hasta el límite la permisibilidad progre", añade López.

"Si Almodóvar quería fiesta de verdad se iba a València"
Destroy, bakalao, ruteros, mescalina. Lo que queda claro es que fue un fenómeno sociocultural sin parangón vinculado a la música electrónica y precursor de la música de club de hoy. "En ninguna discoteca de España ni de Europa ni del mundo sonaba esa música", recuerda el periodista Luis Costa, autor de ‘¡Bacalao! Historia oral de la música de la música de baile en València, 1980-1995’. Esa horquilla de años fueron los buenos para Costa, donde los sonidos más ‘underground’ de la Europa del postpunk, de los nuevos románticos o de la ‘new wave’, salieron de los pubs oscuros de Londres, Berlín o Detroit y llegaron a las salas valencianas ocupadas por más de 2.000 personas que, a fuerza de repetir cada fin de semana jornadas maratonianas de fiesta, se las sabían bailar de memoria.

"En España el ocio estaba reservado para varones de clase media que querían encontrar espacios donde no estuviera su mujer", explica Víctor Lenore. "Con la llegada de la música electrónica, las drogas sintéticas y las discotecas asequibles, los chicos y las chicas se empiezan a relacionar en condiciones de igualdad. Fue un fenómeno interclasista y muy ecléctico en lo musical", aunque también muy marginado, recuerda Lenore. Algo que se ve cuando se compara a nivel de repercusión hoy en día con la Movida madrileña. "Almodóvar, McNamara, Victoria Abril o Ana Curra cuando querían salir de fiesta de verdad se iban a València", sigue Lenore.

"La Movida tiene mucho de amplificación de una escena bastante reducida porque sucede en Madrid y porque se quiere dejar atrás a la España de las luchas de la transición, pero no se puede comparar con la explosión que fue la Ruta del Bakalao en cuanto a gente involucrada", replica López.

Spook Factor, ACTV, Chocolate, Puzzle, The Face o Barraca, sobre todo, Barraca, fueron los locales de moda. Fueron años de ensalzar flyers y quemar ‘cassettes’ de las pinchadas de esas discotecas que se ganaron a base de romper horarios y forzar vatios de sonido la fama de míticas. Muchos asistentes pasaban las cintas al ‘pincha’ antes de la sesión con una ‘pastillita’ pegada, de regalo, recordaba José Manuel Sebastián, periodista de Radio3.

Costa distingue varias generaciones de pinchadiscos: la primera la funda el pionero Juan Santamaría, curtido en las pistas hippies de Ibiza y garitos truculentos de Londres. "Yo iba a las tiendas de discos y les decía, a mí dadme lo que nadie más se quede". Fue el fundador de Zic Zac discos y alimentó la guerra por ser el primero en hacer sonar solo lo más de lo más en las cabinas. Él ocupó la de Barraca hasta que dejó paso a Carlos Simó; ambos terminaron de extinguir la música lenta que se bailaba ‘agarrao’ en esos primeros años ochenta para fomentar el gusto por lo que llamaron, en ese momento, ‘música blanca’, para contraponerla con el funk, tan de moda aquellos años.

Rock y EBM belga, gótico, Krautrock, techno industrial... Toda la nueva ola a la que España y la mitad de Europa todavía daba la espalda, sonaba en València: desde Siouxsie and the Banshees hasta REM, New Order, Soft Cell, Sigue Sigue Sputnik, B-Movie, Visage, Anne Clark o Nitzer Ebb... Grupos como los Stone Roses o los Happy Mondays tocaron en directo, a las tantas de la madrugada, en las pistas de las discotecas a las que llegaron locos por las historias que contaban sobre las pastillas verdes, las ‘mescas’. València tuvo, además, su propia droga.

"La mescalina es una sustancia que está bien vista, incluso se cree que inspira canciones. Se la toma a pitorreo porque el referente anterior es muy duro", narra Joan Oleaque. "Aquí nos salvamos de la heroína gracias a la fiesta", aseguraba Vicente Pizcueta, en aquellos años gerente de Barraca: "Nadie quería estar de muermo; aunque algunos se pasaron de vuelta y siguieron con la heroína, aquí no hizo los mismos estragos que en Madrid o Barcelona", añade Pizcueta. "La ‘mesca’ ha sido la mejor droga que ha habido", afirma Toni 'el gitano', dj de Chocolate. El batería de New Order da buena fe de ello porque cuando tocaron en Pachá, en 1984, se ganó una ‘pasti’ después de una apuesta, según recoge Costa en su libro.

Los 'pinchas' de la Ruta, al Sónar
Simó y Santamaría inspiraron una segunda generación de djs entre los que destaca Fran Lenaers quien, por cierto, encabeza el cartel del próximo Sónar en Barcelona. Todos los nostálgicos son unánimes: Lenaers era -y lo sigue siendo- un virtuoso de los platos: fue el primero que consiguió mezclar dos temas a tiempo real y al mismo ritmo, durante largos periodos de tiempo. Combinaba a la perfección la técnica con un muy buen gusto musical. Quienes pisaron Spook Factory a partir del 86 podrán dar fe.

Para Isidro López, "Lenaers marcó la pauta de lo que musicalmente fue la ruta", con sus sesiones de más de seis horas seguidas en Spook y ACTV y su refinado gusto musical. València, casi sin saberlo, se miraba a los ojos con Bélgica, Inglaterra, Detroit y Chicago: "Es la primera vez que algo que sucede en el Estado español se encuentra a la vanguardia del mundo".

viernes, 27 de enero de 2017

#hemeroteca #testimonios | Chimo Bayo, el hombre que nos taladró el cerebro

Imagen: El País / Chimo Bayo
Chimo Bayo, el hombre que nos taladró el cerebro.
El rey de la Ruta del Bakalao afirma que todos se divertían en armonía, respetaban a sus padres y jamás se drogaban.
Almudena Ávalos | Icon, El País, 2017-01-27
http://elpais.com/elpais/2017/01/26/icon/1485448747_993846.html

Chimo Bayo camufla sus pupilas tras unas gafas azules y viste una camisa de cohetes del mismo espacio exterior del que debe provenir. A los dos minutos de hablar con él te das cuenta de que hay que tener cuidado con no pronunciar nada que le recuerde a sus canciones. Si dices "uno", él suelta, “¡que no pare ninguno!”. Si se te escapa un "siete", salta como un resorte cantando, “¡que nadie se siente!”. Tampoco hay que asustarse si cambia el volumen de su voz exclamando “¡mayday, mayday!” o si grita “¡Jú já!”. “Es un grito de libertad”, explica.

El creador del ‘chiquitán chiquititantantán’ que bailaban Javier Bardem y Penélope Cruz en ‘Jamón jamón’ ha publicado una novela llamada ‘No iba a salir y me lié’ (Roca Editorial), escrita al alimón con la periodista Emma Zafón. En sus páginas, repletas de guiños nostálgicos a la Valencia de los noventa, los autores mezclan ficción y realidad. Pero Chimo cuenta que las mejores anécdotas sucedieron de verdad. “Como el tipo que se construyó un tablero de madera y lo puso encima de su coche para bailar y no tener que arreglar los bollos después de cada farra”.

Veinticinco años después de la Ruta y ya con 55 años, Chimo Bayo (Joaquín Isidoro Bayo Gómez, Valencia, 1961) está acelerado en un hotel en la Gran Vía de Madrid. Quiere salir a fumar. Pide fuego a dos turistas que no entienden nada. Entra en un bar y sale con las manos vacías. Lo intenta en un comercio chino y vuelve con el cigarro encendido. Nuestro fotógrafo dispara la foto que acompaña esta entrevista.

“No quiero dar mala imagen a la gente joven”, dice el autor de ‘Exta sí, exta no’. “Mis letras se interpretan según lo sucio que tengas el cerebro. Mi madre nunca me preguntó de qué iban. Cada uno, que piense de ellas lo que quiera. Yo no he hecho apología de las drogas. No recomiendo a nadie que se ponga hasta arriba aunque con la novela hemos llevado a los personajes al límite. Creo que todos tenemos un demonio dentro y hay que saber llevarlo”, recalca. Entonces habla del camino de la felicidad y de la importancia de leer ‘El arte de la guerra’, de Sun-tzu.

Pero volvemos a la Ruta del Bakalao. Los que la vivieron cuentan que los límites no estaban nada marcados. “Se juntaban rockeros, ‘tecneros’, punkies y gente con traje. Venían de toda España a bailar una música que no sonaba en ningún otro sitio. Yo pinchaba grupos que no se escuchaban ni en sus países de origen”, recuerda.

¿Y por qué se le puso ese nombre? “Lo hicieron los medios de comunicación, despectivamente. Nosotros poníamos electrónica con mucha clase. Cuando decíamos que era un tema con ‘bacalao’ era porque lo petaba. Pero cuando salió en la tele estigmatizado se quedó así para siempre”, cuenta apenado. “Esto era un movimiento hedonista. La gente curraba durante la semana y el finde venía a pegarse la fiesta que le diera la gana sin hacer daño a nadie”.

Ahora es cuando Bayo podría llegar a reconocer que se podía hacer la Ruta sin drogarse. Y lo hace. “Uno de cada mil sí que se drogaba. Pero esto movía a 35.000 personas. Yo no podía drogarme porque tenía que trabajar y luego ir a ver a mis amigos”, cuenta. Chimo defiende el carácter lúdico de ese movimiento incidiendo en que nunca ocurrió nada grave.

“He parado peleas desde el escenario diciendo que o lo dejaban o quitaba la música. Nunca hizo falta que viniera la policía. Veníamos de una educación clásica, de familias completas. Luego llegaron los divorcios con los niños mandando más que sus progenitores. He tenido la suerte de haber recibido una educación clásica. No empecé a salir hasta los 20”. Podría comenzar a brillar en su cabeza una aureola de santo si no fuera porque reconoce que robó el equipo de música del instituto con unos amigos: “Mangué un tocadiscos, dos altavoces y unos discos”.

Escuchando estos discos le entró el gusanillo. “Empecé a comprar vinilos por las portadas. Por eso las mías siempre han sido tan espectaculares. Y sin el apoyo de una compañía de discos que quisiera hacerme famoso. Las canciones han tirado siempre de mí. Tanto que llegué a actuar en Japón para 55.000 personas. Jú já”.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

#libros #cronicas | ¡Bacalao! : historia oral de la música de baile en Valencia, 1980 – 1995

¡Bacalao! : historia oral de la música de baile en Valencia, 1980 – 1995 / Luis Costa.
Barcelona : Contra, 2016 [12-14].
368 p.
ISBN 9788494561252 / 18,90 €

/ ES / Crónicas
/ Comunidad Valenciana / Fiestas / Historia – Siglo XX / Música / Ocio nocturno / Ruta del Bakalao / Sociología / Testimonios

Fruto de un año y medio de trabajo, y de cientos de horas de entrevistas con los principales actores y protagonistas de la escena musical y empresarial, ‘¡Bacalao!’ es el primer libro que aborda de manera exhaustiva, seria y rigurosa el panorama musical y de ocio nocturno valenciano del periodo que se extiende desde principios de los ochenta a mediados de los noventa.

Tras la muerte de Franco, y en plena Transición, España vivió un periodo de esplendor cultural underground que, influido por la eclosión del punk británico, sentó las bases de una nueva escena artística, sobre todo musical, que, en Valencia, a partir de la iniciativa de unos pocos emprendedores y visionarios, fraguó el alumbramiento de algunas de las discotecas más innovadoras y avanzadas de Europa. Allí empezaron a operar los primeros DJ del país, mezclando los vinilos que importaban de Londres o que traían las intrépidas tiendas de discos que empezaron a proliferar en la ciudad. Nacía así una cultura de clubs cuyos bastiones fueron discotecas como Barraca, Chocolate, Espiral, Spook Factory, Puzzle, A.C.T.V o N.O.D.

Los primeros años de espíritu vanguardista y transgresor, y los pioneros conciertos que se organizaron en algunas de estas salas, desembocaron en la consolidación de un modelo de ocio nocturno que explotó el frenesí de una juventud que buscaba encontrar sus propios referentes y halló en el esparcimiento frenético de la noche una forma de liberación. Liberación que propiciaron las drogas —al principio la mescalina, y luego el éxtasis, la cocaína y el speed— que cientos de jóvenes consumían en las diferentes discotecas, algunas de las cuales abrían en horario de ‘after hours’, en un circuito que se podía prolongar ininterrumpidamente durante el fin de semana, y a veces más allá.

Pronto, el fenómeno se tornó masivo, y las fiestas de la llamada «Ruta del Bakalao» o «Ruta Destroy» se hicieron multitudinarias. Brotaron sellos discográficos y productoras que alimentaban la demanda musical de las salas, y los gigantescos parkings que se habilitaron para los coches que allí acudían acabaron por transformarse en prolongaciones de las fiestas que tenían lugar en el interior de los clubs.

Este libro pretende dar cuenta por primera vez de esta historia de nuestra cultura cuyo legado ha quedado desdibujado y deformado por lo que trascendió a través del eco distorsionado de los medios de comunicación. En forma de historia oral, ¡Bacalao! revive tanto aquellos años de frenesí como la música que se produjo y pinchó en aquel tiempo.

lunes, 12 de diciembre de 2016

#hemeroteca #testimonios | Valencia, bakalao y mescalina: hablan los que de verdad estuvieron en la Ruta

Imagen: El País
Valencia, bakalao y mescalina: hablan los que de verdad estuvieron en la Ruta.
Killing Joke o Play Dead tocando para mil personas hasta las cejas, Bez de Happy Mondays viajando esde Ibiza solo para abastecerse de pastillas... Hablamos con Luis Costa, autor del libro.
Òscar Broc | El País, 2016-12-12
http://elpais.com/elpais/2016/12/11/tentaciones/1481489507_852039.html

Españoles, Valencia ha vuelto. Al menos, durante la segunda mitad de este agónico 2016. La publicación de la novela de Chimo Bayo y Emma Zafón, ‘No iba a salir y me líe’ (Roca), ha despertado un titán que llevaba casi treinta años aletargado: la mal llamada Ruta del Bakalao.

A rebufo de este curioso experimento literario, se ha practicado en los medios una autopsia colectiva del cadáver valenciano; una etapa musical que todavía hoy se nos revela como una anomalía de la España de los 80 y que para muchos entusiastas merecía ser explicada por sus propios hacedores, sin recurrir a anécdotas de farmacopea extrema distorsionadas por el paso del tiempo, viejas leyendas o rumores sobre rumores.

Y aquí es donde entra ‘¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia, 1980-1995’ (Editorial Contra). Luis Costa –DJ, periodista y jefe de prensa de la sala barcelonesa Razzmatazz- vio claro que había que acudir a las fuentes originales para escribir la historia definitiva del fenómeno valenciano. “Había poca información sobre el tema. Toda me había llegado sesgada. Era una historia apenas documentada. Hay un ensayo de Joan Oleaque que se titula ‘En Éxtasi’ y algunos documentales, poco más. Así que hice unas primera entrevistas y enseguida vi que tenía algo muy gordo y desconocido”, explica Luis Costa.

En un esfuerzo admirable de coordinación, el autor ha encontrado y entrevistado a prácticamente todos los implicados en aquel ‘boom’ –empresarios, DJs, músicos, periodistas-, para que sean ellos quienes nos muestren, más allá de la nebulosa, las vísceras del monstruo que crearon. Aquí los que hablan son los tipos que oficiaban misas multitudinarias en ‘Barraca’, ‘Chocolate’, ‘Spook’ y otros santuarios de la fiesta. Los que ponían el dinero. Los que trajeron a Stone Roses por primera vez a España. Los maestros del sonido Valencia. Más de 20 entrevistados. Nunca se ha hecho un ejercicio periodístico sobre el asunto de esta envergadura.

Quizás, nombres como Juan Santamaría, Toni “El Gitano”, Kike Jaén, Fran Lenaers o Juanito “Torpedo” os suenan a personajes secundarios de una película de Eloy de la Iglesia. Un par de ellos, de hecho, habrían tumbado al Torete saliendo de fiesta. Sin embargo, se trata de visionarios que, a golpe de chaladura, tozudez y amor por la música de vanguardia, cambiaron por completo el concepto de ocio nocturno en España y alumbraron algo parecido a una cultura de clubs… cuando la cultura de clubs todavía ni se había inventado.

En ‘¡Bacalao!’ hablan ellos y solo ellos construyen el relato más fidedigno y cualificado que hasta ahora se ha volcado en papel sobre la edad dorada de este fenómeno. “En su momento no les hicieron caso, pero piensa que ellos sabían que tenían algo muy especial entre manos y lo protegieron celosamente. Tampoco se dieron mucha bola. Un DJ tan importante como Fran Lenaers no pinchaba fuera de Valencia ni falta que le hacía: no necesitaba salir de allí, tenía la mejor sala, el mejor equipo, el mejor público”, explica el autor.

‘¡Bacalao!’ se recrea en la etapa más efervescente de la ruta, más o menos desde principios de los 80 hasta los primeros compases de los 90. “Es una etapa de una variedad musical sin parangón. Se abarca un abanico de estilos amplísimo en muy poco tiempo”, comenta el autor. Efectivamente, es un periodo apasionante e injustamente maltratado por la historia, que solo parece interesada en el apocalipsis final de la movida: el de la coca, el ‘speed’ y el ‘pitch’ al máximo. En los últimos capítulos, el libro también intenta arrojar una luz sobre las causas de la debacle, pero donde reside su auténtico valor es en la radiografía de los años en los que Valencia le pintó la cara a Madrid y Barcelona.

Porque mientras que en España, la Movida copaba los focos de la modernidad, en Valencia se pirraban por el ‘post punk’, la ‘new wave’ y los sonidos más alternativos anglosajones. Como se cuenta en la obra, hasta en el bar más cochambroso de cualquier pueblecito podías escuchar a Cabaret Voltaire o Suicide. Parece que en los 80, los auténticos modernos no estaban ni en Madrid ni en Barcelona, sino en Valencia. “Escribiendo este libro me he dado cuenta de que Valencia es un enclave muy musical. Es cierto, en cualquier bar de pueblo tenían dos platos y compraban vinilos en las tiendas especializadas, que colocaban miles de copias. Siempre hubo una cultura musical muy avanzada”, explica Luis Costa.

Y la primera etapa de la ruta valenciana adquiere en el libro tintes épicos en lo que se refiere a vanguardia y osadez. Grupos como Killing Joke o Play Dead, adscritos al ‘underground’ en sus país de origen, tocaban en salas con mil personas hasta las cejas de mescalina, que cantaban sus canciones como si fueran himnos. Las bandas anglosajonas alucinaban, especialmente cuando comprobaban que tenían que tocar en dos sesiones imposibles: un concierto a las 2 de la madrugada y otro a las 7 de la mañana. Parece una broma, pero esto ocurría en Chocolate. “Andy Jarman cuenta que cuando leyeron el contrato pensaban que se habían equivocado con los horarios, pero se quedaron a cuadros cuando les dijeron que no”, asegura el autor. “Por eso, muchos grupos acababan como acaban. Había grupos que decían que no sabían quién estaba peor: si ellos o el público.”

Evidentemente, ‘¡Bacalao!’ aborda también el asunto de la química. El capítulo de la mescalina, la cápsula verde que marcó los años dorados de la Ruta y desapareció sin previo aviso en los 90, tiene hasta tintes de ‘Breaking Bad’, pues se habla de un misterioso químico de Barcelona que la fabricaba, y se puede deducir también que el cambio de la mescalina a la zarpa fue cosa las mafias. De todos modos, el libro evita acertadamente el empacho de anécdotas lisérgicas (Nando Dixkontrol escalando las cañerías de A.C.T.V. en busca de la Virgen, Bez de Happy Mondays viajando de Ibiza a Valencia solo para abastecerse de mescalinas) e intenta darle a esta sustancia legendaria la importancia relativa que tuvo. “La mescalina se ha mitificado un poco. No fue tan decisiva. Coincide en un momento en que la juventud empieza a disfrutar de unas libertades inexistentes hasta entonces en España. Y todo era intenso. Se divertían de verdad. Muchísimo. Dicen que era de una calidad superior, que no daba bajón, bueno, todo se mitifica mucho, pero lo atribuyo más al momento que a esa droga en concreto”, comenta Luis Costa.

Ante todo, ‘¡Bacalao!’ evidencia la enorme brecha que hasta ahora había entre el conocimiento popular de los que fuimos ajenos al fenómeno y lo que realmente ocurría en el corazón de la tormenta. Es un libro dignificante, aunque todavía hoy se percibe cierto resentimiento por parte de algunos entrevistados. “Están quemados con la prensa, porque se hizo un uso muy sensacionalista del fenómeno que contribuyó a la masificación y a la proliferación de controles policiales, con la Ley Corcuera que permitía registros exprés”, apunta el autor. Los implicados no quieren ni oír hablar del concepto Bakalao; odian esa K degradante. Y reniegan del concepto Ruta del Bakalao, una expresión excretada por los medios sensacionalistas que los ‘ruteros’ y DJs jamás emplearon.

Es una reluctancia comprensible: el libro, a través de sus protagonistas, constata que Valencia estuvo a un paso de convertirse en una de las primeras capitales de la música electrónica de Europa, pero los medios solo se interesaron por la degradación del movimiento. El documental de ‘Hasta que el cuerpo aguante’, (Canal Plus, 1993) dejó en el imaginario español imágenes aterradoras de críos enzarpados con las mandíbulas fuera de órbita. Los mascachapas como estigma. Y así hasta hoy.

En este sentido, ‘¡Bacalao!’ es la historia de un subidón cósmico y un bajón letal. Es una historia oral trepidante que sería perfecta si Chimo Bayo hubiera accedido a participar en ella. “Contacté con él en marzo. Y durante el tiempo que lo intenté, me dijo que no podía, porque estaba liado. También me explicó que estaba escribiendo su novela. Todo parecía ir bien hasta el momento en que le dije que necesitaba hacer la entrevista ya, porque había que entregar el texto, y entonces me dijo que no. Es una pena, me hubiera encantado tenerle”, asegura Luis Costa. Lo cierto es que en el libro, no hay buenas palabras de los entrevistados hacia Chimo Bayo. Muchos le identifican como el comienzo de la gangrena, el showman que dio sentido a la odiada 'K' de Bakalao. Definitivamente, después de esta lectura, es la hora de ponerle la C que le corresponde.

viernes, 9 de diciembre de 2016

#hemeroteca #testimonios | ¡Bacalao! Así suena la historia oral de la Valencia que fue capital de vanguardias

Imagen: Valencia Plaza / La Barraca Club
¡Bacalao! Así suena la historia oral de la Valencia que fue capital de vanguardias.
¿Y si la ruta pudo derivar en una industria sostenible? El periodista y dj Luis Costa reúne a más de 40 voces en un libro que alumbra el primer legado documental sobre los precedentes durante toda la década de los 70, además de la historia de los 80 y 90 parcialmente conocida.
Eugenio Viñas | Valencia Plaza, 2016-12-09
http://valenciaplaza.com/bacalao-valencia-libro-ruta-luis-costa-contra

En 'Spotlight', la película de Tom McCarthy, uno de sus personajes deja caer la idea de que la revelación sobre el 'sistema de pederastia' en la Iglesia Católica de Boston ha sido posible gracias a que un judío ha acabado dirigiendo el periódico más importante de la ciudad. Salvando las distancias, que son todas, a veces es necesario que un agente exógeno se asome a una realidad para ejercer de testigo documental. Especialmente si esa realidad es turbia (o ha sido enturbiada). Especialmente si esa realidad ha sido manoseada desde dentro con todas las intenciones para ser deformada en todas direcciones.

En este viaje el ‘octavo pasajero’ es el conocido periodista y dj Luis Costa; ‘la Nostromo’ del asunto es la Ruta; el resultado: ‘¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia, 1980-1995’ (Contra, 2016). Él mismo, en el prólogo, advierte que las casi 50 voces propias del fenómeno "tuercen el gesto" cuando suena el término. Con un punto de chulería y -quizá- amor propio a las decenas de entrevistas y cientos o miles de horas de trabajo, Costa no esquiva el sustantivo y cambia la ka por la ce recordando las muchas expresiones del castellano que acabarían sirviendo para definir los años en los que Valencia fue la capital de la vanguardia musical en Europa. El libro documenta que así fue, al menos durante buena parte de los años 80.

‘¡Bacalao!’ es un relato oral en su máximo esplendor. Costa alterna las voces que ha "perfilado" con la técnica periodística. Están crudas (Carles Simó, Juan Santamaría, Toni 'El Gitano', Juan 'Torpedo', Fran Lenaers, Vicente Pizcueta, José Conca, Kike Jaén, Arturo Roger y tantas otras). A cada párrafo de información le precede su autor y para el lector especializado o el valenciano, el libro sirve para ‘empastrar’ -en el gastronómico y mejor sentido del término- un gran número de nombres propios, casi todos, y los lugares y mitos del pasado.

Lo más curioso es que su aportación más preciosa tiene que ver con una horquilla en el tiempo que no se incluye en el título. La década dorada de la ruta, entre los primeros 80 y los primeros 90, es la consecuencia de una serie de influencias en las que son determinantes el rock, la llegada de extranjeros a través del ‘boom’ turístico y el sistema de prescripción a través de vendedores de tiendas de electrodomésticos y cabinas de escucha (de almacenes Vda. Miguel Roca hasta Lanas Aragón a El Corte Inglés). Conciertos de Led Zeppelin en Benidorm, de Triana en Quart de Poblet o de Soft Cell en Llombai son cronológicamente las piedras de toque de un conocimiento musical imprescindible para comprender los riesgos que se asumen musicalmente en las discotecas.

La publicación describe cómo los ‘casales’ falleros destapan la necesidad práctica de que alguien ponga la música, de la influencia de los pases por estilo, los lentos y las rumbas, de un ecosistema de discotecas previo sin rastro documental (Las Vegas, Quart de Poblet; Club 61, Xirivella; Bony, Torrent; Tres Tristres Tigres, Valencia; etcétera) o de los años en los que las ahora icónicas salas de baile no estaban ni medio llenas, silbaban a los dj's y se mezclaban bajo un mismo techo los llamados 'siniestros' con los llamados 'cañeros'. De todo ello hablamos con el autor del volumen:

-Eres de Barcelona, vives y trabajas allí. Por tu edad, tampoco estuviste en la Ruta. ¿Ese punto de vista externo te motivó a iniciar la investigación? ¿Ha sido un obstáculo en algún caso?
-Es algo que había reflexionado previamente. Ninguno de todos los que participan me conocen directamente y lo vi como algo positivo: podía hacer mi aproximación al fenómeno desde fuera. Mi intención era, a partir de ello, tener una visión de lo sucedido poco o nada condicionada. Un relato fresco en ese sentido. Lo que sí puede haber influido a su favor es que todos aquellos con los que he hablado saben que soy periodista, que tengo ciertos conocimientos tanto musicales como del contexto y, sobre todo, que soy dj desde 1994. También ha podido influir que sea el jefe de prensa de Razzmatazz y que, con todo lo dicho, supieran que de alguna forma entendía el entorno en el que se trabaja en una cabina o en la noche. Al fin y al cabo, en el caso de los dj's, hablaban con una persona que conoce el oficio.

-¿Cómo surgió la idea de hacer el libro?
-Desde hacía tiempo tenía ganas de centrar en un libro parte de mis estudios e investigaciones de música. Desde que nació la editorial Contra he reseñado sus libros, nos conocemos y hablamos de la posibilidad de hacer algo juntos. Yo sabía que 'aquí' había un tema con necesidad de ser estudiado y nos cuadraba a ambas partes. Avancé un poco para ver si había la posibilidad de que pudiera convertirse en libro y me di cuenta de que la primera parte cronológica apenas estaba documentada. Pocas entrevistas, algunas sesiones por internet y sin más referencias. A poco que me puse a indagar me di cuenta de que había un tema gordo por resolver.

-¿Por qué ese estilo de narración indirecta? ¿Fue premeditado? ¿Tenías alguna referencia concreta?
-Es un estilo que me encontré por el camino. Es cierto que es un tipo de estructura que me gusta y que he leído en otros libros de música. O por ejemplo en ‘El otro Hollywood: Una historia oral y sin censurar de la industria del cine porno’ (Es Pop, 2008). Cuando hice las primeras entrevistas me di cuenta de que era la mejor opción.

-¿Cómo preparaste ese itinerario de entrevistas?
-Traté de encontrar todas las referencias periodísticas al respecto. También fue fundamental el libro de Joan Oleaque, que como digo es el de referencia (‘En Èxtasi’, Ara Llibres -2004). También el libro autoeditado de David Sáenz (‘La Ruta. Una historia a ritmo de música bacalao’). A partir de ahí hice una lista y, en cualquier caso, estaba claro que todo iba a empezar por Juan Santamaría, Carlos Simó y sus coetáneos. Con sus relatos también me di cuenta de que había una historia musical previa absolutamente desconocida.

-El libro se divide en 'Cara A' y 'Cara B'. Quitando el capítulo de A.C.T.V. en esa segunda parte, ¿querías reflejar de una manera clara la parte de crecimiento y creatividad y la decadencia y final con ese corte?
-Sí, es exactamente eso. Aunque A.C.T.V. esté en esa segunda parte, para mí es la discoteca bisagra para la vanguardia. Es la última gran discoteca, por así decirlo. Es un proyecto que nace para mantenerse en la vanguardia, para seguir arriesgando y generar un foco de atención a nivel europeo. A la vez es de las primeras que va perdiéndose por ese camino. Pese al esfuerzo de sus impulsores, a su gran aportación estética y a su programación genial, se ve atrapada en la rueda colectiva de las salas atenazadas por los controles policiales y la presión mediática y social.

-¿La presión social, mediática y policial, en el orden que se sucediera según el caso, es la que marca el final de la Ruta?
-No. Sin duda es un factor importante, pero no es una consecuencia de esto. Es la consecuencia de muchos factores. Por ejemplo, el cambio generacional de público. Es algo lógico: la gente que lleva 10 años saliendo va dejando de acudir con frecuencia a las discotecas. Aparece un público nuevo que no tiene el ‘background’ musical del primer público. No ha acudido a esos conciertos de grupos extranjeros que tienen en Valencia incluso más repercusión que en su país. No es un público que entiende de dónde viene esa música, cómo ha evolucionado, que baila y disfruta, que llena las salas. Se generó un ecosistema original que se iba retroalimentando y que nutría a nuevas discotecas. Pero ese público languidece por edad y hay un cambio musical importante.

-¿En caída?
-En mi opinión, sí. Se pierde calidad. Las salas no saben reinventarse lo suficientemente rápido o de la manera más inteligente desde el punto de vista de la gestión. Algunos dj's se quedan solos intentando apostar por las vanguardias del ‘hardcore’ porque los jóvenes demandan música más acelerada, pero a Valencia no llega ese ‘hardcor’e más acelerado que está cogiendo el relevo de vanguardia y que suena en Bélgica o Alemania. Valencia pierde esa 'capitalidad' por así llamarla habiendo música tan acelerada como esos jóvenes demandan. Descerebradamente acelerada, diría yo, pero que existe y que no llega a Valencia. Llegan un ‘hardcore’ de tercera o cuarta calidad, el conocido como ‘pitufeo’ porque aparecen las canciones de ‘Los Pitufos Makineros’. Poco después, Valencia se recupera a través de discotecas como Le Club y de repente vuelve a iniciar una actividad de gran nivel, pero ya será una más en Europa. No volverá a ser el centro de atención ni a marcar el ritmo de lo que suena en el continente como sí sucedió durante años, aunque muchos de sus protagonistas no eran de todo conscientes del impacto exterior.

-Antes mencionabas la presión policial, derivada también a causa de las muertes, tanto por accidentes de tráfico como por sucesos derivados del consumo de estupefacientes. ¿Hay una crónica negra en paralelo a la historia de la Ruta?
-No la he advertido como tal, pero creo que no habría problema en seguirla.

-En el libro citas el icono mediático para el periodismo de sucesos que es el incendio de la discoteca madrileña ‘Alcalá 20’. De ahí hasta el ‘crimen de las niñas de Alcàsser’ pasando por otros tantos hechos luctuosos intermedios, ¿cuánto influyen todas estas historias y la propia nueva realidad de los medios de comunicación en España sobre el fenómeno?
-Es cierto que en los medios existe esa apertura a la crónica negra. Es el momento previo a la telebasura que se acuñará con el citado crimen de Alcàsser. Van brotando programas y reportajes cada vez más sensacionalistas que buscan los momentos de impacto y en ‘prime time’. Un ‘prime time’ que había que copar a toda costa, llevándose por el camino lo que se llevara. La Ruta encaja perfectamente en los estereotipos de lo que se puede denunciar. Esa imagen de sodoma y gomorra que transmiten los medios y que también ayuda en cierto punto a ver el fenómeno de una manera más amplia.

-El libro es, seguramente, el bestiario más extenso que se ha compilado de la Ruta, desde los años 70 hasta A.C.TV. pasando por la Movida valenciana o los años de apogeo en Chocolate, Barraca y Espiral. La cantidad de nombres propios es ingente, pero sale a la palestra el de German Bou, autor de 'Así me gusta a mí' o 'Dunne'. ¿Sabías hasta donde calaba su relevancia en el 'Sonido de Valencia'?

-Sí, llegaba más o menos hasta donde suponía. Es uno de los protagonistas de otro de los momentos más potentes de la historia, el de la producción musical. Junto a Meagabeat es quien está a inicios de los años 90 dejándonos otro de los interrogantes en los que abunda el libro: ¿por qué no se estableció una base de producción musical en Valencia como referente en Europa? Tuvo algunas canciones de marca, pero cuando fue a levantar cabeza quedó todo fagocitado por ese ‘hardcore’ de tercera generación del que ya hemos hablado. Bou es el primer productor en España que crea un estudio completo destinado a la electrónica, tanto para la música como para la publicidad. Es, seguro, una de las primeras personas en todo el Estado que maneja ese lenguaje, que es pionero absoluto tecnológicamente, está a la vanguardia y la usa.

-Además del de Bou, ¿hay algún otro nombre que tú consideres que es trascendental en toda esta historia?
-Hay muchos... por ejemplo, el de Juanito 'Torpedo' cuya historia me sorprendió gratamente. Es trascendental el papel de Toni 'El Gitano', más conocido, como puede pasar con Carlos Simó. También me parece un nombre muy relevante el de Quique Serrano, otro pionero capaz de crear una escena, con una apuesta musical muy valiente que genera un público propio (Espiral), un lenguaje propio para sus pistas de baile con difíciles símiles en Europa antes de su existencia, pero sí posteriores. También el caso de José Conca, por ejemplo. Hay nombres totalmente reconocidos como dj's en la Ruta, como puede ser el caso de Fran Lenaers, pero para mí lo que hace Conca en Chocolate está a un nivel altísimo en cuanto a técnica o a selección musical. Hay muchos nombres importantes en el libro por distintos motivos, como pueden ser Arturo Roger o Kike Jaén, pero creo que estos son más conocidos.

-En el prólogo adviertes que Chimo Bayo no ha querido participar. ¿Intuyes por qué?

-No. Estuvimos en contacto. Estaba previsto que participase e incluso me habló hace meses del proyecto de libro que ahora ha publicado. Llegado un día me dijo que no tenía tiempo y que tenía otras prioridades. Yo lo achaco a la falta de tiempo, no puedo intuir nada más.

-Es una constelación de nombres más o menos conocida, pero en referencia a la historia y una vez recopilada, ¿qué es lo que más te ha fascinado?
-Directamente, la propia historia. Es muy potente a nivel estatal y fuera de España. Me ha fascinado como dj la evolución técnica y artística de algo que surge casi como la necesidad de poner discos y cómo evoluciona sin apenas influencia externa. Me fascina la sensación de todo por hacer y por inventar en el mundo de las discotecas, las configuraciones técnicas más rudimentarias o como todo surge de salas en las que ni tan solo había mesas de mezcla. Es también muy importante el relato que tiene que ver con lo que nos influye en este sentido lo que nos llega en verano y por el turismo extranjero. En invierno, como cuentan los protagonistas, las discotecas eran una cosa; en verano, cambia todo y ahí si hay una influencia externa. Hay un triángulo muy interesante que da para una investigación en profundidad: Benidorm, Ibiza y Sitges. Son tres escenarios que sufren escenas de libertad en los 70 que contrastan con la realidad gris del país. Y todo se desata ahí, en esos puntos, que ejercen de principio de todo [de Benidorm por un lado y de Ibiza por otro surgirá la historia del propio Juan Santamaría]. Empiezan a marcar modelos de ocio nocturno y de escena de baile. Santamaría ve allí que el camino es ese y lo lleva a Valencia.

-¿Chocolate, Barraca y Espiral conforman el primer tridente asentado de discotecas con un público masivo y repercutiendo su selección en lo que acaba por escucharse en Europa?

-Cuesta destacarlas porque antes, Santamaría está influyendo ya con salas como Oggi o Metrópolis. La selección que hace es radical y él cuenta cómo, con la sala llena, hay momentos en los que la pista está vacía de gente bailando porque no saben cómo hacerlo. Es una imagen esclarecedora y potente del principio de toda esta historial. Simó cuenta lo mucho que costó mover a la gente en Barraca y cómo nadie le hacía ni puto caso cuando pinchaba a Joy Division (a 'El Gitano' le silbaban por pincharles). Era demasiado pronto para casi todo. Serrano cuenta también lo mucho que le costó mover a la gente el primer año de Espiral. Estamos en la horquilla decisiva, entre 1980 y 1983. Entonces todo empieza a engrasarse con los públicos en Barraca, Chocolate y Espiral, con el trabajo de Torpedo y El Gitano. Para mí esas tres marcan el momento en que confluyen éxito y programación aunque luego hay una discoteca que creo que es igual de importante a nivel europeo: Spook Factory. Llegó más tarde, pero hizo una apuesta muy grande y gracias a que Barraca y Chocolate tuvieron que cerrar un corto espacio de tiempo por una cuestión administrativa [una de las mejores anécdotas del libro contada en su contexto de relevancia] pasó a colarse y a competir al menos al mismo nivel. Aun así, me cuesta destacar alguna... Pacha Auditorium [posteriormente Arena Auditorium] aportaría mucho a la ciudad. La Isla también, ambas con conciertos de altísimo nivel que nutren musicalmente al público y que generan la idea del concierto a primera hora y la discoteca como continuación.

-La relevancia de los conciertos no trasciende casi en ningún momento de la historia de la Ruta conocida, ¿por qué?
-Sigue siendo un espacio misterioso de esta historia. Ha sido imposible encontrar críticas musicales sobre ellos que destacaran rasgos de la cultura, del momento...

-Es más conocida la trascendencia de la mescalina. ¿No te resultó sorprendente que los protagonistas se deshagan en elogios, 30 años después, sobre sus efectos e influencia en todo lo que sucedió?
-A veces pienso si es verdaderamente una inflexión o no. Tengo mis dudas, pero no puedo obviar que para que estas voces hablen así de la mescalina 30 años después... algo sucedía con aquella sustancia. Es importante, como apunta Vicente Pizcueta, entender los vacíos legales del momento. La libertad de horarios, la falta de regulación y la ausencia de códigos sancionadores o evaluadores de las sustancias psicotrópicas. Esto se une a una generación de gente joven en Valencia que empieza a disfrutar por primera vez de verdad de una serie de libertades que no se han vivido antes en España. Es un momento de absoluta intensidad juvenil. Todo es nuevo y uno puede bailar en discotecas súper modernas durante días. Pude ver a The Damned con 20 años y luego a las 7 de la mañana ver a A Popular History of Sign. Ahí es donde la mescalina juega un papel de facilitador de horarios, de unión de públicos y buen rollo... no obstante, puede haber un componente de magnificación en todo el asunto.

-De vuelta al momento de los conciertos, ¿es Toni 'El Gitano' el que logra con sus "dos pases" en Chocolate mezclar a 'siniestros' y 'cañeros? ¿Cuándo sucede esa aparición de las dos tendencias de una manera más clara?
-En Barraca es donde predominan las guitarras con un concepto más pop. De ahí que Simó haga sonar la maqueta de Glamour allí, además de los conciertos que se sucederían. Ese pop inglés está más próximo a Barraca, que acaba por acoger los conciertos de The Stone Roses o Happy Mondays, pirrados por saber qué pasaba en ese sitio llamado Valencia. En Barraca había guitarras más limpias, por decirlo así. Chocolate opta por un menú musical más oscuro. Es la música que pinta Toni, cuya mayor referencia vital cuenta en el libro es Ian Curtis (Joy Division). Pero a la parte más siniestra también suma la más cañera. En 1986 es José Conca el que recoge ese testigo y va introduciendo músicas más electrónicas, como el EBM. En Chocolate, desde la etapa de Toni, ya se ven las dos tendencias muy claras: pintas más góticas y pintas cada vez más extremas. El público está mezclado y, en efecto, es un momento brutal. El público se define. En Spook se va generando un público más luminoso y el propio Lenaers también destaca cómo existen zonas dentro de la discoteca, con gente más punk y gente más pija. Todo está mezclado y la escena de baile se va definiendo en Valencia.

-Y, entre tanto, como factor de confluencia, la mescalina.
-Se van generando públicos y tendencias musicales dentro de las discotecas y la mescalina, según todos relatan, genera una suerte de apertura musical. Dicen que les abre las orejas, textualmente. Los dj's aseguran que pueden arriesgar más musicalmente porque la sustancia hace que acepten otros estilos, otras músicas, que se abran a distintas tendencias. Se preocupan más de bailar que de la etiqueta de la canción.

-Hay una última pregunta que surge a lo largo de la lectura y que quizá puedas responder ahora que has dado voz a una cincuentena de protagonistas de todo aquel periplo: apenas hay nombres o voces de mujer, más allá de lo que añade Ana Curra casi como agente externo a la etapa de la Movida valenciana. ¿La Ruta fue una historia de hombres?
-Pues... me hubiera gustado que no fuese así. Las he echado en falta a lo largo de la investigación y de la escritura y la presencia de Curra, que per se ya es notoria e importante en la música, está justificada, me llena de felicidad, pero desde luego es corta. Y no han aparecido más mujeres al frente de esta historia. En ningún campo: producción, pinchando, en la gestión de empresas, en la venta de las tiendas de discos... durante un largo tiempo, el que aborda el libro y en Valencia, fue un mundo dominado por los hombres. Afortunadamente eso ha cambiado.

Y TAMBIÉN…
25 años de 'Así me gusta a mí', la historia tras la canción que marcó el final de la Ruta.

La intrahistoria de un hito musical.
Eugenio Viñas | Valencia Plaza, 2016-07-14
http://valenciaplaza.com/chimo-bayo-asi-me-gusta-a-mi-ruta
ACTV: historia de la marca que marcó a una generación.
Eugenio Viñas | Valencia Plaza, 2016-03-10

http://valenciaplaza.com/actv-historia-de-la-marca-que-marco-a-una-generacion

miércoles, 26 de octubre de 2016

#hemeroteca #testimonios | Chimo Bayo: "Me considero Patrimonio de la Humanidad"

Imagen: El Diario / Chimo Bayo
Chimo Bayo: "Me considero Patrimonio de la Humanidad".
Hablamos con Chimo Bayo, el DJ de la Ruta del Bakalao que presenta en el centro cultural de Podemos su novela 'No iba a salir y me lié'. "Yo soy apolítico, pero sé si alguien te intenta putear o no". "Cada día me doy cuenta de que tenemos menos poder, la gente de a pie no tiene nada de poder". "La gorra de CCCP me gustó porque era roja y era también por protestar. Tanto NY, tanto NY y tanta hostia".
Vanesa Rodríguez | El Diario, 2016-10-26
http://www.eldiario.es/cultura/libros/entrevista-chimo-bayo_0_573593684.html

"Chiquitán chiquititan tan tan que tun pan pan que tun pan que tepe tepe pan pan pan que tun pan que pen". Corría el año 1991. Chimo Bayo, DJ referente de la Ruta del Bakalao, hacía botar a media España. La otra media trataba de esquivar la crisis que se le venía encima y a la vez inflaba la burbuja que estallaría años después. ¡Hu-Ha! La movida valenciana estaba en pleno apogeo. Miles de jóvenes recorrían los fines de semana sin descanso la carretera de El Saler de discoteca en discoteca en busca de un buen chute de música electrónica aderezada con anfetas y ‘speed’. Pero la masificación del fenómeno y, según Bayo, los políticos, acabaron con la Ruta.

No iba a salir y me lié (Roca Editorial), novela escrita a cuatro manos por Chimo Bayo (Valencia, 1961) y la periodista Emma Zafón (Castellón, 1987), encumbra a los años 90 como "lo mejor y más puro de la historia de España". En el libro, dos ruteros cuarentones se plantean resucitar la Ruta del Bakalao, nostálgicos de aquellos años en los que las drogas y la electrónica lo eran todo para ellos. Ahora están más gordos, más viejos, más tristes y más solos. En su misión para volver a sentirse vivos contarán con la ayuda de DJ Lightman, ‘alter ego’ de Chimo Bayo.

Para sorpresa de los que relacionan bakalas con fachas, el libro se presenta en La Morada de Arganzuela, sede cultural de Podemos donde se ha organizado una jornada con expertos sobre la Ruta del Bakalao. El acto concluye con la actuación de Bayo, que interpreta varios de sus temazos. Cuando le preguntamos por su relación con el partido de Iglesias, Bayo se aferra a su apoliticismo: "No sabía nada".

¿Cuánto de usted hay en DJ Lightman? Además de la forma de vestir y las canciones.


Lightman es el DJ que canta 'Exta-sí, exta-no'. Es muy importante para nosotros que la gente tenga la libertad de elegir lo que es en la novela ficción completa o tiene algo de realidad. Hay muchas personas que lo leerán y dirán ‘esto tiene que ser mentira seguro’. Pero la novela tiene que jugar con eso. Hemos hecho una novela histórica de ficción: de forma que Lightman parezca Chimo Bayo, pero es un personaje también.

Además mete alguna anécdota que no termina de saberse si es leyenda urbana o no, como la historia de 'cierto DJ' que se metía rayas en los discos mientras pinchaba.

Eso me lo preguntaron una vez en una revista y mi contestación fue que soy lo suficientemente inteligente para no estropear un vinilo. Es mi imagen, el estereotipo que hay de mí. Hay gente que me ha conocido y se creía que estaba loco antes de hablar conmigo y luego descubrieron que es mucho peor. (Ríe)

En la novela se refiere a los 90 como "lo mejor y más puro de la historia del país" ¿No está idolatrada esa década en el libro?


Lo mejor yo creo que fue hasta principios de los 90, cuando empezó a moverse la música electrónica. ¿Pero idealizar las cosas? Esto no es una novela que sea nostálgica solo. Yo lo que digo es que no se puede tener nostalgia de algo irrepetible: eso es que te has quedado pillado.

Creo que la gente que vivió esa época fueron unos privilegiados y, después del estigma de tantos años metiéndose con los de la Ruta, tienen que tener el orgullo de decir ‘Yo estuve allí y me lo pasé de cojones’. Que se rompa ya esa barrera de si tomabas esto o tomabas lo otro porque todo el mundo ha tomado, siempre. Toman y el que no tome pues no pasa nada, y el que tome pues tampoco. Mientras no hagas daño a nadie, no pasa nada.

¿Entonces diría que no hubo nada malo en aquellos años? ¿Ni en las drogas?

En esa época no tomaban caballo, tomaban cosas para despertarse y divertirse. Lo compararía con si la gente ahora tiene más empatía que entonces, yo diría que no. La gente tenía más empatía con los demás, tropezabas con alguien y no te pegaban. Ahora parece que están esperando a que tropieces con alguien para ponerse agresivos.

En aquella época no nos insultábamos, si tenías que pegar fuego te lo pegabas a ti mismo y luego pues estabas dos días mal, o lo que fuera.

Se dice que hubo gente que se quedó en el camino, o cuánta gente tomaba, o se quedó colgada, o cuánta gente murió… Yo creo que todos los días muere gente y no hace falta que tomen nada.

Fue una cuestión política porque había demasiada gente divirtiéndose los fines de semana en una ciudad. Pero drogas se han tomado siempre y yo no sé si ahora se tomará más o menos que en aquella época. Todo movimiento social tiene algo de transgresor y eso es importante que exista.

Y yo no le digo a nadie que tome nada, ¿eh? Eso tiene que tenerlo la gente claro, a partir de que son mayores de edad pueden hacer lo que quieran y yo no soy nadie para decirles ni que sí ni que no.

¿Qué mató a la Ruta del Bakalao?

El éxito de tanta gente, la masificación. Brilló con mucha luz, como un momento de hedonismo y claro, cuando al principio éramos 1.500 bien, pero cuando ya eran 35.000 personas en un fin de semana, eso llama la atención.

¿Quiénes fueron más culpables en ese sentido, en acabar con el movimiento? ¿Los medios de comunicación con varios reportajes ya míticos sobre la Ruta -como el de Pérez Reverte o el famoso de Canal + presentado por Francino- o los políticos?

No creo que fueran los medios los que dijeran 'vamos a acabar con esto'. Yo creo que eso se habla en los despachos: 'vamos a ir a por esto, vamos a llamar la atención sobre esto, mientras despistamos de otra cosa'. Ocurre ahora mismo y tú lo sabes. Pasan dos cosas que llenan el Telediario cuando lo realmente importante no se está sacando.

Los medios de comunicación se estaban haciendo en esa época, las ayudas eran importantes, estábamos en un momento de juego y nos tocó a nosotros.

Yo tampoco estaba de acuerdo con que 40.000 personas se estuvieran moviendo todos los fines de semana, pero las primeras épocas para mí fueron cultura y luego con la masificación, a partir del 91, hay demasiada gente. Si hay 100, por lo menos uno o dos es un cabrón.

Diría entonces que la primera parte de la Ruta es la que tiene que ser reivindicada desde el punto de vista cultural.

Siempre. No solamente eran los DJ coetáneos, sino los anteriores, que no tenían técnica pero sí que sabían elegir buena música. Luego poco a poco se creó un estilo de DJ que mezclaba música electrónica con guitarras, ocho estilos diferentes de música, desde los nuevos románticos al ‘acid-house’, al electro, al ‘electronic body music’, a la música industrial, al rock… En una noche tenías todos esos estilos musicales que podías mezclar y éramos DJ de seis-siete horas pinchando.

Ahora a los DJ nos contratan para una hora y 45 minutos y no puedes hacer muchas pruebas. Tienes que ir un poco a lo que tú crees que va a funcionar dentro de ese estilo. Pero en aquella época podías jugar a poner canciones nuevas cada noche, probar mezclas. No es una cuestión solo de chumba-chumba. Aquello, ese estilo de música, tenía sentimientos.

¿Y por qué cree entonces que no pasó con la movida valenciana lo que pasó con la movida madrileña?

(La madrileña) tuvo un apoyo gubernamental. Serían 400 personas, si lo comparas con 35.000 se va un poco de las manos. En Valencia quizá fue un movimiento más social, de buscar la diversión después de la Transición, en un momento en el que la educación de la gente también era diferente a la de ahora.

Aunque haya reconocido que tomaba sustancias durante esa etapa, usted asegura que siempre ha mantenido el control desde la cabina. Como dice en el libro, ¿era el más loco entre los cuerdos o el más cuerdo entre los locos?

Podría ser las dos cosas a la vez. Como DJ, de cara al público he sido el descontrol controlado. El descontrol es el espectáculo, pero al mismo tiempo tienes que estar atento a los volúmenes, a que no salte la aguja, a limpiar cada disco, a que el micro no se acople, a subirte por encima de los platos mientras se mueven los vinilos… Si no hubiera un control sobre eso seguramente me hubiera caído 20 veces, hubiera roto los discos, habría parado la sesión y no podría estar hablando a las siete de la mañana. Es una cuestión de autocontrol.

¿Ha vuelto a visitar los lugares emblemáticos de la Ruta, como El Templo, donde fue el DJ residente y discoteca que se intenta resucitar en la novela?

Hace poco volví, por una canción que sacaré dentro de poco. Hay unos enlaces curiosos: la novela empieza en El Templo y el personaje que me representa es Lightman (hombre-luz); mi última canción se llama ‘Diablo’; Lucifer es el portador de la luz; y ahora la nueva canción que habla del bien y el mal está grabada en El Templo, un escenario postapocalíptico, que es el mismo lugar en el que empieza la novela.

Entras en El Templo, el sitio donde yo hacía ¡HU-HAS! hace 25 años y ves que la destrucción es total. Eso sí, lo han limpiado. Está postapocalíptico pero limpio.

¿Conoce a muchos ‘pacos’ y ‘tonis’ (los protagonistas de la novela)? Ruteros que han envejecido mal, que se han quedado descolgados.


En aquella época eran bastante peleones. Han estado arriba, abajo, pero todos siguen peleando. Muchas de las personas que en esa época eran los más locos, ahora son abogados o tienen notarías… Todos tenemos un pasado, pero no quiere decir que te quedes ahí.

¿Por qué ha escogido La Morada como lugar para presentar su libro?

Yo en ese sentido no he tenido nada que decir. En Barcelona lo presentamos en la Fnac, en Valencia en un centro cultural, y a mí el sitio que elija la editorial me parece bien. Lo importante es que la gente se entere, que funcione la novela y que venga un productor de cine y nos diga que quiere hacer la película.

Lo decía porque aunque sé que no le gusta hablar de política La Morada es la sede cultural de Podemos.

¿Ah, sí? No lo sabía.

Pero organizan un acto con expertos en el que van a hablar de la Ruta, de su libro y luego actúa.

No sabía nada. (Ríe) Es que soy feliz porque yo no me entero de la mayoría de las cosas. Es la primera noticia que tengo es esta. Es la editorial la que escoge estas movidas.

Yo soy apolítico. Lo que sí que sé es si alguien te intenta putear o no. Por ejemplo el gobierno en Valencia podía haber apoyado la cosa cultural y haber dicho: ‘no os paséis tanto’. Pero tirar al carajo un montón de puestos de trabajo y coartar la libertad… No sé qué pretenden, ¿que estemos en casa todo el día? Hay que estar en la calle, pero eso molesta.

Puede chocar porque durante la última etapa se identifica a los bakalas con fachas en chándal con la bandera de España.

Eso seguramente fue en el declive. Como decía, la Ruta buena fue desde el 81 al 92 como máximo.

Se define como apolítico, ¿de hecho la gorra que llevaba de CCCP no tenía tampoco que ver con el comunismo?


No, porque en algunas de esas actuaciones también llevaba la bandera de España. La gorra fue una cuestión de necesidad porque se me enredaba el pelo en el micro, que al principio era un micro con cable, pero de diadema, llevaba los auriculares, llevaba las gafas con luces… Se te enredaba el pelo en todo eso. Y como llevaba el pelo muy largo y ya había tenido una época que me vestía de samurai, se me quedaba hecho una pasta. Pensé que me quedaría calvo en dos días. Y entonces vi la gorra de CCCP.

A mí me gusta ir contracorriente. Todo el mundo llevaba una gorra de los Chicago Bulls, de Nueva York y yo dije, ‘la gorra esta para mí’. En ningún momento tuvo que ver con la política, igual que llevaba lo de CCCP llevaba la bandera de España. Las interpretaciones las puedo comprender, pero en ningún momento perdí el tiempo en esas cosas. La gorra me gustó porque era roja y era también por protestar. Tanto NY, tanto NY y tanta hostia. Y dije: ¡Esta es para mí!

Aunque me ha estado esquivando con el tema de la política, es que en el libro sí que se habla de que los políticos tuvieron responsabilidad en cargarse la Ruta, se habla de la crisis, de la corrupción en Valencia… Y traído a día de hoy, este fin de semana lo más probable es un nuevo Gobierno de Rajoy. ¿Cómo le hace sentir eso?

Cada día me doy cuenta de que tenemos menos poder. Eso es lo que pasa. Que realmente la gente de a pie no tiene nada de poder. Y la democracia es muy bonita, si no votas no tienes derecho a protestar, pero aquí ha votado mucha gente, ha protestado y no le han hecho ni caso.

¿Conoce el tema que hizo el rapero El Coleta junto a El Niño de Elche en el que animaban a votar al Partido de la Ruta?

No me importa. Igual que La Hora Chanante tiene “Los consejos de Chimo Bayo” (pone voz chanante), a mí todo ese tipo de cosas me gustan que se hagan. Lo vi, me reí un rato y ya está. Me considero Patrimonio de la Humanidad, conmigo pueden hacer lo que quieran (Ríe). Soy un poco un símbolo y la gente lo puede coger a su rollo para hacer lo que quieran, no me enfado por esas cosas.

La exposición que montó en Valencia sobre la Ruta, que iconos de la modernidad de hoy pidan la presidencia para usted, que Podemos organice un acto sobre la Ruta… ¿Siente que está cambiando la percepción de aquella época?


La exposición en Valencia en el MuVIM batió todos los récords de asistencia. Si eso no es cultura que venga HU-HA y lo vea (Ríe).

Por eso digo que si no cree que empieza a ver una cierta ‘reparación’.

Nostalgia, pero reparación no creo. Cuando pasa el tiempo te das cuenta de que quizá fue el último movimiento libre que hubo. Ahora todo está politizado.

Yo personalmente me siento muy feliz de haber hecho bailar a millones de personas. A mí me ha costado mucho conseguir que se aprecie como cultura. Siempre, siempre, siempre, me he empeñado en eso.

Su hija también es DJ. ¿Qué consejo de los que le ha dado diría que es el más importante?

Que no haga mucho caso a los amigos, que se busque su estilo y que sea una profesional, que de fiesta se puede ir cuando quiera, pero que cuando está trabajando tiene que ser una profesional. Y eso lo hace bien. Que nunca deje de creer en ella misma.

¿Sigue habiendo hoy Tías Enriquetas?

Sí. Yo reivindico mucho la Tía Enriqueta y ha ganado mucho con el tiempo. Yo me estoy convirtiendo en una Tía Enriqueta (Ríe). Es un homenaje a las señoras mayores que son capaces de coger la bici e irse a por el pan a cuatro kilómetros, llegar y prepararte la cena, lavarte la ropa y tenerla planchada cuando sales, si falta el agua en la mesa se levanta ella. Y se compara con la gente de 20 años que parece que tengan 80 y son incapaces de mover un dedo y lo quieren todo hecho. Es un canto a ¿quién no ha tenido una tía Enriqueta en su vida?

¿A quién mandaría al espacio exterior?

A mí. Volvería allí otra vez.

¿Sabes qué pasa? Que nunca pierdo energía en pensar a quién no aguanto. Me puedo cagar en alguien un día en ‘petit comité’, pero no me obsesiona.

A la apatía por ejemplo sí que la enviaría. A la apa-tía no Enriqueta. (Reímos)

domingo, 23 de octubre de 2016

#hemeroteca #memoria | Orgías y censura: por qué la movida madrileña ganó a la ruta del bakalao

Imagen: El Español / Chimo Bayo

Orgías y censura: por qué la movida madrileña ganó a la ruta del bakalao.
Varios libros buscan los motivos por los que la movida se celebró en medios de comunicación mientras que la ruta fue denostada. El primer fenómeno se entendió como algo cultural y el segundo más bien como una anomalía.
Lucía Lijtmaer | El Español, 2016-10-23
http://www.elespanol.com/cultura/musica/20161021/164734301_0.html

José Luis Moreno-Ruiz publica ‘La movida modernosa. Crónica de una imbecilidad política’ (La Felguera), sobre la movida madrileña. Chimo Bayo la novela ‘No iba a salir y me lié’ (Roca editorial), basada en su propia experiencia como cara visible de lo que fue conocido como la Ruta del Bakalao. El primer fenómeno fue entendido como una explosión cultural que situó a España en el mundo en plena Transición. El segundo, una anomalía en el apartado de “sociedad”, jamás cultura. ¿Por qué la movida se celebró en medios de comunicación, museos y libros, mientras que la ruta fue carne de documental televisivo?

Una cuestión política
José Luis Moreno-Ruiz argumenta en ‘La movida modernosa’ que la movida fue puro oportunismo político socialista, y que se fomentó un espacio acrítico -dejando de lado a todos aquellos artistas que cuestionaron y por tanto quedaron en la marginalidad. “No es casual que los únicos artistas que realmente triunfaran incluso en el arte fueran pop, puro vacío en esa cohabitación entre ‘The Velvet Underground’ y la bolerización de la flamenquería”, argumenta. En cambio, “la Ruta se les fue de las manos y no la pudieron controlar como la movida, que en realidad fue un supositorio del Capitán Garfio para un montón de peter panes rupturistas”, dice.

Moreno-Ruiz aduce también a lo que él define como una “censura mediática” impuesta por el primer gobierno socialista. Las directrices en Radio 3, dónde él trabajaba, eran claras: “si no pinchabas algo de la movida no eras moderno. Se vetaba el rock radical vasco, la música catalana que apuntara a algún tipo de cambio o de disidencia política”. En ese sentido, la movida fue sedante políticamente.

La ruta es definida por todos los que la vivieron como inabarcable. Chimo Bayo, su máximo estandarte, recuerda: “se movían hasta 35.000 personas cada fin de semana, esa era su importancia. Nada en contra de la movida, yo siempre la he respetado, cualquiera que mueva cultura en este país tiene que tener muchos cojones. Pero lo que ocurrió en Valencia no ocurrió en Madrid.”

Moreno-Ruiz apunta hacia el mismo lugar: “la ruta se les fue de las manos y nadie la pudo controlar. Especialmente con el tema de las drogas”. Bayo, creador del himno “Así me gusta a mí” cuyo estribillo animaba a gritar “Exta sí, Exta No” lo define de la misma manera: “Nosotros fuimos demasiado, era pura libertad. Y ansiábamos la búsqueda del placer, te diría que casi el placer nihilista. Éramos hedonistas”.

El parlamentario de la Comunidad de Madrid e investigador Isidro López -coautor junto a Roberto Herreros de ‘El estado de las cosas de Kortatu’ (Lengua de Trapo)- se resiste a encontrar una trascendencia explícitamente política a la Ruta: “fue radical culturalmente, no creo que tanto políticamente, a menos que hablemos en términos de sociabilidad y en temas de género, dónde para las mujeres las discotecas dejaron de ser un espacio de asalto”, argumenta. “Sus homólogos en el Reino Unido y Alemania sí tuvieron un componente de autoorganización y autogestión mucho más relevante”.

Una lógica de clase
Si algo caracterizó a ambos movimientos fue la barrera de clase. Que una gran parte de los grupos de la movida eran de clase media-alta está ampliamente documentado. Isidro López apunta que “la movida fue algo de punkitos de clase media alta que vino muy bien para vender una renovación de imagen de Madrid, pero que en realidad fue algo muy controlado y restringido. El verdadero bofetón cultural fue la ruta”.

José Luis Moreno-Ruiz añade en la movida una fascinación erótica por el extrarradio: “por supuesto, la movida era pija. Era tremendo ver cómo se llevaban a gente marginal a sus fiestas, orgías incluidas. Era normal ir a buscar a gente a los supermercados de la droga para que amenizaran sus reuniones, algo lastimoso”.

El bakalao, en cambio, pese a ser muy variado en su composición social, se estigmatizó como “de catetos ignorantes, aunque no tanto como se dice”, explica López. “Las reticencias tenían que ver mucho más con la peligrosidad que se les atribuía a los eventos”. Chimo Bayo confirma que las multitudes eran heterogéneas: “Allí había de todo. Abogados, arquitectos, mecánicos y recogedores de basura”.

Una narración mediática
La Movida resistió como relato mediático incluso mucho después de los ochenta. Lo que se explicó como el triunfo cultural de la Transición española ha devenido mito, como sus integrantes. “La revisión de la movida ha sido un gran negocio y ha tenido mucho rendimiento económico para mucha gente. Fíjate en Almodóvar, presentándose como 'Emperador de la Movida' en el Baile de la Rosa en Mónaco, el culmen de un despropósito”, explica Moreno-Ruiz.

En cambio, la Ruta, despreciada en su momento, recupera en documentales y libros un espacio que le negaron los medios. “Que la Ruta fue pionera, como lo fue el verano del amor [la eclosión de la cultura rave entre 1988 y 1989] en el Reino Unido fue evidente desde el principio”, explica López. “Pero de la misma manera, por incomprensión y temor a lo desconocido, se hablaba de ella desde la peligrosidad: accidentes de coche, excesos con las drogas...el relato era de los que estaban fuera, intentando relatar algo que pasaba dentro y de lo que no formaron parte”.

jueves, 13 de octubre de 2016

#libros #literatura #cronicas | No iba a salir y me lié

No iba a salir y me lié / Chimo Bayo, Emma Zafón.
Barcelona : Roca, 2016 [10-13].
288 p.
ISBN 9788416700134 / 17,90 €

/ ES / NOV
/ Comunidad Valenciana / Crónicas / Historia – Siglo XX / Música / Ocio nocturno / Ruta del Bakalao / Sociología / Testimonios

Un ‘revival’ literario y musical firmado por el mayor exponente de la época. Una narración descarada, descarnada y emocionante en la que los personajes, viejos asiduos de la movida valenciana, buscan resucitar la Ruta del Bakalao una década después de su desaparición. Un fogonazo a modo de recuerdo despierta a Toni. Sudoroso y aún sobresaltado, mira el reloj del móvil. Mierda. No es 1991 como en su sueño. La Ruta del Bakalao ha muerto y él es un fracasado cuarentón que sobrevive con una exigua prestación de desempleo durante los años de las vacas gordas y la falsa clase alta. En plena vorágine económica, acaba recibiendo el aviso de que uno de sus mejores amigos de juventud ha muerto de una sobredosis. Y es en su funeral cuando coincide con Paco, un viejo amigo que se ha convertido en el deslenguado dueño de un puticlub. Ambos se dan cuenta de que echan de menos la Ruta del Bakalao. El caso es que la nostalgia que sienten acabará dando paso al germen de la idea más kamikaze que han tenido en la vida: resucitar, con la ayuda de un disc jockey la vieja movida en la sala El Templo, la mítica discoteca que centró el desenfreno de esta Ruta Destroy con su música maquinera.

sábado, 1 de octubre de 2016

#hemeroteca #testimonios | Regreso a la Ruta del Bakalao: 20 años de aquellas fiestas locas que duraban 4 días

Imagen: El Español / rutadestroy.com
Regreso a la Ruta del Bakalao: 20 años de aquellas fiestas locas que duraban 4 días.
Nació como movimiento contracultural vanguardista, acabó siendo símbolo de excesos y consumo de drogas de diseño y murió de éxito.
David López Frías | El Español, 2016-10-01
http://www.elespanol.com/reportajes/20160930/159484902_0.html

“Mira nano, de aquel ‘bacalao’ no queda ni la raspa”.

Lo cuenta un antiguo rutero de Sueca, el municipio valenciano en el que empezó la mítica Ruta del Bakalao: el movimiento lúdico-festivo que se convirtió en el emblema del ocio nocturno español a principios de los 90. Hacer la ruta permitía empezar a bailar un jueves en cualquiera de la decena de salas con las que contaba la capital del Turia y no parar hasta el lunes. 72 horas de fiesta. Y acabar destrozado, por norma general.

La Ruta del Bakalao fue el estandarte de la noche española durante una década. Para bien y para mal. En el imaginario popular permanece como una época oscura en la que varias discotecas valencianas se turnaban para abrir sin descanso durante 4 días seguidos, los DJ pinchaban música electrónica y los jóvenes llegaban de todas partes de España, se colocaban con drogas de diseño y se mataban en las carreteras.

Pero la realidad es que esa es sólo la parte relativa a la leyenda negra. La Ruta del Bakalao fue mucho más que eso. Un movimiento independiente, vanguardista y transgresor que trajo a España las últimas novedades musicales del rock internacional, que modificó la forma de entender la fiesta en nuestro país y que acabó muriendo de éxito.

Ahora, 20 años después de su final, El Español se va de ruta. Visitamos los vestigios de aquellos templos de la fiesta, hoy convertidos en ruinas, y hablamos con los protagonistas de aquel boom que puso a Valencia en el mapa del ocio mundial y del que ya no queda nada.

La raspa del ‘bakalao’
Efectivamente, lo que queda de aquel bacalao no es más que la raspa. El panorama actual es desolador. Adentrarse en The Face (mítica discoteca de El Perelló) se convierte en una experiencia siniestra. La sala fue uno de los referentes de la fiesta valenciana en los 90. Tal vez era el más lujoso de todos aquellos templos de ocio levantinos. Una terraza con vistas al mar, una piscina, una arquitectura vanguardista…

Ahora, el recinto está destrozado. En lo que antes fue la pista de baile, los indigentes que ahora la ocupan han atado a un gran perro negro, al lado de mantas sucias y botellas de cerveza. La piscina, por su parte, está llena de cascotes.

En Chocolate (situado en Sueca, a unos 10 kilómetros), tres cuartos de lo mismo. El acceso es sencillo pero peligroso. El suelo de esta sala abandonada está lleno de cristales rotos y lo que queda de las escaleras se cae a pedazos, por lo que subir a la terraza compromete la integridad física del que lo intenta. En las paredes, pintadas nostálgicas. “Aquí bailé yo” o “Aquí viví y conocí a la madre de mis hijos” son algunos de los textos que están escritos con tiza o spray en las paredes.

La macrodiscoteca Puzzle (también en Sueca, a un par de kilómetros de Chocolate) era la más grande de las salas valencianas que conformaron la ruta. Contaba con un aforo de más de 3.000 personas. Ahora está saqueada. Los robos de cobre han sido sistemáticos. Los propietarios han tenido que tapiar los accesos porque les han afanado la instalación eléctrica al completo y hasta los paneles del techo.

¿Qué fue exactamente de la Ruta del Bakalao? ¿Qué factores la catapultaron a la vanguardia del ocio español y qué causas acabaron por matarla y han dejado sus templos en ruinas?

La ruta Destroy
La Ruta del Bakalao (o Ruta Destroy) nace a principios de los 80 como reacción a “una época en la que las discotecas españolas aún tenían moqueta, los camareros llevaban pajarita y se pinchaban canciones lentas, rumbas y funky”. Así lo explica el periodista Luís Costa, que está preparando un libro sobre la Ruta. De esa tesitura se apartan varias salas ubicadas entre las ciudades de Sueca y Valencia. Deciden dar un giro de timón, apostar por un sonido vanguardista e incorporar rock británico, glam o new wave. En las pistas sonaba The Cure, Depeche Mode, The Smiths o Cabaret Voltaire. Música que también se podía bailar, aunque nadie en España hubiese reparado en ello.

La primera en abrir fue Barraca, en 1965. Como su propio nombre indica, la sala era una barraca próxima a la playa. Un belga la acondicionó, colocó una bola disco, dos platos y unas luces, convirtiéndola en una discoteca para parejas. A finales de los 70, un camarero llamado Carlos Simó pasó a ser el DJ residente. Simó, que con el tiempo acabaría siendo el propietario de la discoteca Puzzle, fue uno de los DJ que lo cambió todo: viajaba a Inglaterra cada semana (cuando aún no existía internet ni los vuelos low cost) para traer a España discos que aquí aún no sonaban ni en la radio. Si querías escuchar lo último en rock o new wave, tenías que estar en Valencia. Los sibaritas de la música alternativa llenaban estas sesiones, ávidos de novedades.

El propio Simó recuerda cómo empezó a experimentar con sonidos inéditos en las pistas de baile: “Hasta ópera he pinchado allí. Y la gente lo bailaba igual. Yo cerraba cada sesión con la versión de “My Way” de Nina Simone, que se convirtió en el emblema de la sala. Nadie lo había hecho hasta entonces”. Además, el carisma de Simó empezó a llenar la cabina, más allá de la música que pinchase: cuando un disco empezaba a sonar en la radio y comenzaba a ser considerado ‘mainstream’, el propio Simó lo rompía en directo de forma simbólica.

Entran Chocolate y Spook
El auge de Barraca tuvo lugar en los 80. Y precisamente en 1982 abre, a 500 metros de distancia, la discoteca Chocolate. Pretendía ser la réplica “oscura” a Barraca, incorporando sonidos más góticos y siniestros. En el 84, el empresario de la noche Bernardino Solís inaugura, a algo más de un kilómetro de distancia, la sala Spook Factory. “Mi idea era abrir una discoteca de guitarras”, cuenta Solís, dejando patente lo alejada que estaba su idea inicial de que la sala acabase como una catedral de la música electrónica. Spook Factory adoptó como logo el murciélago del escudo de Valencia a modo de seña identitaria local.

Acababa de nacer la “movida valenciana”. Y lo hizo casi de forma paralela a la “movida madrileña”. Salvando las diferencias, la fiesta levantina podría equipararse como movimiento contracultural a la de la capital. Pero una ha acabado mitificada y la otra satanizada.

Paradójicamente, eran las salas de Valencia las que pinchaban música de mayor calidad, frente al protagonismo de grupos locales amateur de las de Madrid. “Valencia estaba, por calidad de sonido, más cerca de Londres o Manchester que de Madrid. Los mejores grupos internacionales venían a Valencia a presentar sus discos, como hoy van a Madrid y Barcelona”, explica el escritor Carlos Aimeur, autor de “Destroy”, una novela ambientada en la última época de la ruta.

“Eran discotecas de playa que arriesgaban y estaban configuradas para que asistiese un público nada convencional. Los famosos que pasaban por Valencia asistían a aquellas sesiones como el que asiste a un espectáculo excepcional”, resume Joan Oleart, escritor y autor del libro “En Èxtasi”.

30 kilómetros de fiesta
A Barraca, Chocolate y Spook se le fueron sumando otras discotecas que abrieron a lo largo de los 30 kilómetros de la carretera de El Saler: Puzzle (la más grande de todas), ACTV (cuyo misterioso nombre dio lugar a millones de conjeturas), The Face (la de la piscina), Distrito 10 (nombrada en su momento la mejor discoteca de Europa), NOD, Espiral, Heaven, Metrópolis, El Templo, KU, Zona, Acción…

Por toda la escena underground española empezó a correrse la voz de que la fiesta no descansaba en Valencia. Y que el ambiente de respeto y “buen rollo” era la tónica habitual de todas las sesiones. “Las sustancias que consumíamos también influían”, cuenta Javi, un rutero de la época. “Empezó con la heroína, como en toda España durante los 80. El suelo de los lavabos estaba llenos de jeringuillas. Pero sobre todo, la novedad fue la introducción de la mescalina, que era una droga que venía en cápsulas. No nos ponía violentos y contribuía a aquella especie de comunión entre todos los asistentes”, recuerda.

Bacalao de Bilbao
Fue cuestión de tiempo que aquel movimiento se bautizase con un nombre peculiar. Empezó siendo conocida como Ruta Destroy, pero pasó a la posteridad como “Ruta del Bakalao”.

¿De dónde sale el nombre de bacalao?”. Cuenta la leyenda que la denominación la acuñaron en la tienda de discos Zig-Zag. “Había un DJ local que iba siempre a comprar vinilos acompañado de un amigo suyo que, cada vez que escuchaba una buena canción, gritaba “Esto es bacalao de Bilbao”. Esa denominación acabó calando incluso entre los dueños de la tienda. Cada vez que llegaba una novedad potente le decían a los clientes que acababa de llegar 'bacalao del bueno'. Y así se empezó a generalizar”, explica el periodista Luis Costa.

Respecto al concepto “ruta”, el motivo fue que Valencia ya contaba a mediados de los 80 con un puñado de salas separadas entre sí por muy pocos kilómetros de distancia. Aprovechando la laxitud de la ley, las salas se turnaban para abrir en horarios distintos e intempestivos. Desde el jueves por la noche hasta el lunes. Cada una con su horario que permitía, al que se atreviese, no descansar. Por tanto, era posible hacer un itinerario a través de las diferentes salas durante varios días seguidos, encadenando fiesta sin pausa.

Así, Valencia ya contaba con todos los ingredientes que, mezclados, conformaron el cóctel: una música vanguardista, un público entendido en la materia, unas salas alternativas que no cerraban en todo el fin de semana y una generación de cerebros en diferentes ámbitos de la noche que coincidieron en el tiempo y el espacio. Y es que los empresarios del ocio fueron unos visionarios que quisieron convertir a Valencia en la primera zona de ocio diurno de Europa e inauguraron el concepto ‘after hour’.

Los DJ, por su parte, incorporaban lo último en música alternativa y creaban nuevos temas, pasando a ser productores. Gente como Fran Lenaerts (DJ de ACTV, pionero en España en presentar el concepto “mezclas” al incorporar dos platos y coordinar dos canciones juntas), Toni el Gitano, Kike Jaen o Toni Conca se convirtieron en la primera generación de ‘disc jockeys’ legendarios de España. “Fue una especie de generación de oro, un ‘dream team’ de diversas áreas repartido por varias salas, muy próximas geográficamente”, rememora Carlos Simó.

Nace el “parkineo”
También empezaron a cobrar relevancia los pubs y los parkings como espacios festivos. El hecho de que algunas discotecas sólo cerrasen un par de horas antes de volver a abrir, hacía que los fieles de esa sala no quisiesen marcharse a seguir la fiesta a otra discoteca. “¿Qué hacíamos? Meternos en el pub que cada sala tenía al lado. Bares como Torero o Villa Adelina se convertían en el lugar perfecto para hacer ese paréntesis. Y si estabas en una discoteca sin pub, el parking era un buen lugar para socializar. Eso se llamaba ‘parkineo’”, recuerda Javi, el antiguo rutero. O ‘cañero’, que era el otro nombre con el que se conocía a los asiduos a la fiesta valenciana.

“Había gente que se traía tablas de madera dentro del coche. Cuando la discoteca cerraba, la sellaban al portaequipajes del techo y convertían el automóvil en un pódium improvisado donde bailar. Ponían la música a toda hostia y aquello se convertía en una discoteca al aire libre” rememora Javi. La sala que más popularizó el ‘parkineo’ fue NOD, en cuyo aparcamiento incluso se cocinaban paellas.

“Era posible estar 72 horas de fiesta, pero no era imprescindible ni lo hacía todo el mundo. La gente paraba. Incluso había quien se acostaba por la noche bien pronto para levantarse temprano y llegar fresco a la sesión matinal. Los jóvenes paraban para dormir. O para comerse una paella el sábado por la tarde. O para ir a ver los partidos de fútbol del Valencia el domingo”, cuenta el escritor Carlos Aimeur.

Con respecto al equipo ché, un rutero de Sueca recuerda una anécdota: “Había un ‘cañero’ muy popular y conocido que era empleado del Valencia CF. Salía mucho de fiesta y por las noches, en las discotecas, cambiaba entradas “de las más caras” por drogas. Eso provocó que empezasen a aparecer por el palco de Mestalla jóvenes muy pasados de vueltas, con gafas de sol a las tantas de la noche y la mandíbula 'en Cuenca'. Los dirigentes del Valencia CF ‘flipaban’ porque no entendían nada" asegura.

Espanya 92 – Valencia 0
La juventud valenciana se aferró a aquella explosión de libertad post-transición como una seña identitaria. “El valenciano siempre ha sido fiestero por definición. Si no son los Moros y Cristianos, son las Fallas, y si no, la Tomatina y las mil fiestas de los pueblos” subraya Bernardino Solís, fundador de Spook Factory.

Pero además, el sentimiento de pertenencia de la juventud levantina a la Ruta era una respuesta al olvido institucional que España había ejercido contra Valencia. Agonizaban los 80, entraba una nueva década y el resto de grandes ciudades contaban con proyectos faraónicos ilusionantes. En 1992, Madrid iba a ser Capital Europea de la Cultura, Barcelona iba a celebrar unos Juegos Olímpicos y Sevilla la Expo Universal. Lo único que podía celebrar Valencia era la fiesta de cada fin de semana, que se había quedado fuera de aquellos fastos. “Había una pintada muy ilustrativa en varios muros de la ciudad en la que se podía leer: 'Espanya 92 – Valencia 0'. Aquello reflejaba un malestar generalizado”, cuenta Carlos Aimeur.

Valencia sólo tenía la fiesta y se la procuraron ellos solos, sin la ayuda de ningún gobierno. Y estaba a la vanguardia en todos los aspectos. Incluso en materia de drogas. A finales de los 80 empezaron a llegar a la costa levantina las primeras drogas sintéticas que se consumieron en España: el speed y, sobre todo, las pastillas de éxtasis. El efecto era similar pero resultaban mucho más baratas que las cápsulas de mescalina. Al éxtasis le costó muy poco hacerse popular, comerle el terreno a la mescalina y acabar canibalizándola.

Javi, un antiguo rutero que ahora tiene 50 años, lo ilustra bien: “Yo ya no consumo drogas, pero en aquella época las probé todas. Y te digo: las primeras ‘rulas’ (pastillas), las de mescalina, estaban mucho más buenas que las últimas. Las de la primera época valían entre 3 y 5 mil pesetas, pero te comías una o dos y te pasabas toda la noche bailando. No como las ‘chuflas’ (pastillas) de los últimos años, que costaban cien ‘duros’ (tres euros) o un ‘talego’ (seis euros) pero estaban adulteradas. Te tenías que comer siete u ocho y te dejaban destrozado por dentro”.

Exta sí, Exta no
En Valencia se innovaba. Y en ese afán por traer lo último de lo último acabó siendo contraproducente para el espíritu inicial. En materia de música, los DJ empezaron a incorporar sonidos electrónicos, algo que nunca se había bailado en las salas españolas. Prototechno belga, hardcore alemán… Se dejó de pinchar rock, glam y new wave para ofrecer sonidos más industriales, machacones y repetitivos. Todo compuesto por ordenador. Se abandonaron las guitarras y se incorporaron las máquinas. De ahí que el sonido se empezase a conocer como “música makina”, un concepto que luego se desarrolló hasta el límite en las discotecas de Cataluña. La llegada de la música electrónica y la generalización de la técnica de “mezclas” incorporada por Fran Lenaers arraigaron pronto entre la concurrencia, convirtiéndose así en una nueva seña de identidad.

El éxito fue tan rotundo que los propios DJ se empezaron a convertir en productores de sus propios temas. En 1991, Chimo Bayo, residente de la discoteca El Templo, publicó una canción titulada “Así me gusta a mí” que se convirtió en número 1 de ventas en España, Israel y Japón. Un auténtico pelotazo internacional que, a la larga, ha devenido en el himno no oficial de la Ruta del Bakalao.

El estribillo decía: “Exta sí, Exta no, exta me gusta me la como yo”. El consumo de éxtasis, como indica la letra, estaba ya tan generalizado que se había convertido en la última seña de identidad del movimiento. Ya no había heroína ni mescalina, sino nuevas drogas de diseño como bandera, e incluso se les dedicaban canciones.

Las nuevas sustancias comportaron cambios incluso en los patrones de consumo de los asistentes a las sesiones. Los cubatas dieron paso a los botellines de agua por varios motivos: “Nos decían que las pastillas no subían si te las tomabas con alcohol, que había que tomarlas con agua”, rememora Javi, el rutero. Además, el alto poder de deshidratación del éxtasis obligaba a los consumidores a tener agua siempre cerca. Así, la concurrencia se agitaba al son de música electrónica con botellines de agua en las manos. “Los dueños de las discotecas cortaban el agua de los lavabos para que tuviésemos que comprar botellas de agua. Si no tenías dinero te deshidratabas”.

Empieza el declive
A principios de los 90, la fama de la Ruta del Bakalao se había desbordado. Todas las noches llegaban autocares de toda España cargados de jóvenes ávidos de vivir la mítica noche valenciana. Buses procedentes de Cataluña, Galicia, Madrid o Andalucía descargaban a decenas de jóvenes ávidos de nuevas drogas, música de moda y salas que abrían en horarios inusuales.

De contar con unas pocas salas casi clandestinas, Valencia pasó a convertirse en una especie de parque temático de las discotecas, con todo lo que ello conlleva. La movida valenciana se masificó y se hizo incontrolable.

La fama de la Ruta trascendió fronteras. Hasta en el extranjero admiraban a Valencia y su fiesta. Así, en materia de música, la demanda de temas propios para exportar al extranjero era tan grande que se empezaron a producir discos en masa y eso fue en detrimento de la calidad.

Los primeros ‘cañeros’, los que llenaron las salas en los 80 en busca de las novedades de rock internacional y bailaban con la mescalina, ya no salían de ruta. Se habían hecho mayores y no encontraban la música alternativa que les llevó al llenar las pistas. Aquellos pioneros valencianos dejaron de ir de fiesta y ocupó su lugar una nueva generación de jóvenes de todas partes que buscaba música electrónica pasada de revoluciones y pastillas de éxtasis.

Muertes en la carretera
La carretera fue otro de los factores que contribuyó a demonizar la Ruta del Bakalao. El tránsito nocturno por la carretera de El Saler nada tenía que envidiarle al diurno. La masificación trajo consigo consecuencias negativas, como el incremento de la siniestralidad.

Ramón, un policía municipal de Sueca, recuerda la cantidad de accidentes de tráfico que se registraban cada noche en la carretera de El Saler. “El positivo en alcoholemia no era un delito penal como ahora. Lo único que podíamos hacer era inmovilizar el coche hasta que al conductor se le pasase la borrachera. Y es que, paradójicamente, el que tomaba cubatas era el conductor. El ‘tipo sano’ era el que bebía alcohol. El resto de ocupantes del coche iban drogados con pastillas, así que sólo bebían agua. El que tenía que conducir intentaba no drogarse. Pero como también se lo quería pasar bien, bebía. Y pasaba lo que pasaba” concluye el agente.

Este comportamiento temerario tenía consecuencias funestas. Las discotecas estaban ubicadas a las afueras de la ciudad, entre los arrozales. Esos cultivos están rodeados de acequias, estrechas rieras por las que se evacua el agua. “Algunos de los accidentes eran terribles. Recuerdo una noche en la que un Renault 5 ocupado por cinco personas se cayó dentro de la acequia que había al lado de la sala Chocolate. Como el río era tan estrecho, no pudieron salir del automóvil porque las puertas no se abrían por completo al chocar contra las paredes de la acequia. El coche se hundió lentamente ante la mirada de la gente, sin que nadie pudiese hacer nada. El conductor fue el único que logró salir al romper el cristal delantero. Los otros cuatro ocupantes murieron ahogados” rememora el policía de Sueca.

1993: la telebasura mata al mito
Otro de los factores que condenó a la Ruta fue la llegada de los nuevos formatos televisivos. Los canales privados abrieron en España en 1989. A principios de los 90 se empezaron a priorizar los programas que llevasen sucesos, excesos y escándalos. La Ruta era un caldo de cultivo excepcional para ello: jóvenes, drogas, accidentes y fallecimientos. Así, la Ruta se convirtió en una víctima propiciatoria para los reportajes sensacionalistas.

Aquellos impactantes formatos se extendieron como la pólvora. Y aprovechando el tirón, en 1993, Canal+ emite un documental sobre la Ruta del Bakalao en el que refleja todos los tópicos posibles. Presentado por Carles Francino, aquel programa de casi una hora se convirtió en el primer antecedente del actual “Callejeros”. Cámara en mano, los periodistas se adentraban en las discotecas de moda y entrevistaban en los parkings a los ruteros más drogados.

Aquella emisión provocó dos reacciones bien diferenciadas: por una parte escandalizó a los padres; por la otra, provocó que los hijos quisieran formar parte de aquel circo. Empezaron a llegar cada vez más jóvenes a Valencia y la opinión pública ya se había conformado una visión grotesca de lo que sucedía en aquellas discotecas. Los medios de comunicación se aprovecharon: “Ponías la tele y veías la guerra de Bosnia y la ruta del Bakalao, las dos juntas en la sección de sucesos”, rememora Carlos Simó.

En la misma línea se pronuncia Bernardino Solís, que recuerda que después de aquel documental “llegaron canales de televisión de todo el mundo a hacer programas sobre la Ruta. Nosotros estábamos muy interesados en explicarles las medidas de seguridad tan avanzadas que tenía Spook Factory, pero ellos insistían en que sólo querían ver drogas”.

Los controles policiales empezaron a proliferar. “Había que controlar la situación, no digo que no. Pero la policía llegó a excederse. Yo he visto a agentes hombres cacheando a chicas, a jóvenes ruteros desnudos en los parkings por los registros. La gente que iba a las discotecas se convirtió en el objetivo de todas las miradas de la opinión pública”, sentencia Bernardino Solís, con un punto de indignación todavía aunque hayan pasado más de 20 años

Javi, el rutero, lo ilustra de otra forma: “Fíjate si se satanizaría la cosa, que cuando mataron a las niñas de Alcàsser y pusieron en busca y captura a los autores, en la tele y en los diarios empezaban las noticias diciendo que los dos asesinos eran habituales de la “Ruta del Bakalao”. ¡Coño! Imagino que también iban a comprar al Pryca y no por eso lo cerraron”.

Cambio de paradigma
Así, la situación en la que se encontraba el ocio valenciano a mediados de los 90 había cambiado radicalmente con respecto a la década anterior. En Valencia ya no había novedades de rock internacional, ni las discotecas la ocupaban jóvenes locales buscando espacios alternativos. El techno se lo había comido todo y se había extendido por toda España. Musicalmente, Valencia ya no tenía ningún elemento diferenciador. Tampoco quedaba ya mescalina. El éxtasis se había hecho fuerte entre los jóvenes que llegaban de todas partes de España a abarrotar las discotecas, esperando encontrar aquello que los medios de comunicación presentaban como un auténtico infierno nocturno.

Ese cambio de sustancias también provocaba otro tipo de comportamiento en los consumidores. “Cada vez había más peleas”, asegura el policía local de Sueca. "Es que las últimas pastillas no daban tan buen rollo como las primeras" insiste Javi el rutero, intentando encontrar una explicación.

También se incrementó la presión policial, los controles, los siniestros y las multas. La legislación empezó a cambiar a mediados de los 90 y cada vez era más difícil para los empresarios abrir sus salas durante el día. “Nos empezaron a poner trabas. No nos dejaban abrir por las mañanas. En Ibiza, ese modelo se ha respetado y mira qué bien ha funcionado”, explica Bernardino Solís, “pero en Valencia ya estaba todo demonizado”.

El tiro de gracia
Tras el boom mediático, la discotecas de la Ruta cumplieron su ciclo, igual que lo cumplen las discotecas de cualquier otro lugar. La gente se empezó a aburrir, comenzó a decaer la asistencia y muchas salas cerraron. No hay una fecha exacta del final de la Ruta del Bakalao, pero los protagonistas lo cifran en torno a 1996. Hay quien habla de un año antes o de dos años después. Las discotecas no cerraron de golpe, pero el espíritu de la Ruta ya había desaparecido. Las salas de Valencia ya no eran especiales y murieron de éxito. Tanto influyeron en la forma de entender la fiesta en el resto de España que acabaron diluyéndose con las de cualquier otra parte, porque ofrecían lo mismo.

En la actualidad, sólo un par de ellas (Barraca y Spook) abren una vez al mes con fiestas ‘remember’. Las otras míticas, como Chocolate (que posteriormente intentó reabrir con el nombre de Qoqoa), Puzzle o The Face, permanecen en ruinas, llenas de pintadas nostálgicas de aquella mítica fiesta.

Una fiesta que continuó en Cataluña. Las salas catalanas adoptaron la música que entró por Valencia y le dieron una nueva vuelta de tuerca. Aceleraron aún más las revoluciones, pinchaban música cada vez más rápida y el ambiente entre los asistentes era cada vez más violento. Cataluña cogió el relevo de aquel bacalao valenciano del que no quedaron “ni las raspas” y lo explotó durante toda la década de los 90. Pero esa ya, es otra ruta. Otra historia.