domingo, 7 de agosto de 2016

#hemeroteca #homosexualidad | Ernesto Meccia: "Los gays mayores están más preparados que otros para envejecer"

Imagen: Clarín / Ernesto Meccia
Ernesto Meccia: "Los gays mayores están más preparados que otros para envejecer".
Claudio Martyniuk | Clarín, 2016-08-07
http://www.clarin.com/opinion/gays-mayores-preparados-envejecer_0_1627037438.html

La homosexualidad estaba connotada: era acosada y despreciada. Algo del orden de la transgresión a “lo normal” le daba cierta intensidad y una sensación de aventura. El sida la diezmó. Pero ya hace seis años que existe el matrimonio igualitario y el mundo gay devino cool. El sociólogo Ernesto Meccia lleva dos décadas explorando los recorridos y cambios de aquellos homosexuales que han ido madurando, hallando otros caminos eróticos y experimentando una nueva época, un tiempo que Meccia llama “posthomosexual”.

¿Qué rasgos se pueden mencionar respecto del pasaje a la vejez de las personas no heterosexuales?

Sabemos poco. El cine nos ha transmitido escenas decadentes de la vejez no-heterosexual. Fijémonos en Fellini o en el Visconti de “Muerte en Venecia” o en Daniel Tinayre. Aparece un ser que envejece aislado, deprimido y desesperado. El envejecimiento traería más crisis a una personalidad que ya se pintaba conflictuada. Pero algunos estudios muestran lo contrario. Para los gays adultos mayores, la vejez no implicaría crisis, como sí ocurriría en el caso de sus pares heterosexuales. Estos, por ejemplo, cuando enviudan, tendrían que aprender a moverse solos, muchas veces sin la ayuda de los hijos, en esta sociedad de ritmo febril. Tendrían que aprender por primera vez a hacerle frente a la adversidad. En consecuencia, la crisis de entrada a la vejez sería importante. En cambio, debido a la discriminación y al rechazo familiar, los gays adultos mayores (que fueron jóvenes en los años 50, 60, 70) se vieron obligados desde siempre a moverse solos y a hacer frente a tormentas de todo tipo. Por ello, sentirían que en la vejez nada ha entrado en crisis, o al menos nada importante. Las tormentas ya pasaron. Envejecen, por así decir, “curtidos”. Están más preparados que otros para envejecer.

¿Cómo cambia la deriva cotidiana con el correr de los años? ¿Qué pasa cuando lo erótico, que a veces es central, se apaga?

Nos han enseñado, y mucho más a los varones, que lo erótico se centra exclusivamente en lo genital. Es más, la reputación masculina pasa la mayor parte de las veces por el capital sexual presumiblemente disponible. Horripilante pero real. La “cultura peneana” forma parte de esa ideología corporal que quita de la imaginación un conjunto de posibilidades de erotismo. Sin embargo, otra vez, los estudios dudan. Argumentan que la imaginación genitalista es más propia de los varones heterosexuales que de los gays. A diferencia de aquellos, éstos se darían maña para utilizar otras partes del cuerpo como zonas erógenas incorporando, además, instrumentos accesorios para la excitación. Y esto no es algo nuevo. Foucault en su último período estadounidense había descubierto en los bares sadomasoquistas esta “protesta” contra el reduccionismo genital en gays de todas las edades.

En su investigación, ¿qué balance hacen los sobrevivientes del sida?

Mis entrevistados, que pertenecen a las generaciones diezmadas por la epidemia, hablaron muy poco sobre el tema. Me sorprendió. Pero el silencio no supone el olvido, sino ante todo la imposibilidad de procesar un trauma extremo. Ante la crueldad y la inhumanidad de las experiencias traumáticas, las víctimas pueden preferir no hablar porque en las situaciones de opresión aprendieron lo conveniente que era guardar silencio; saben que hablar puede llevarlos a nuevos malos entendidos. Y puede ser que las víctimas no elijan no hablar sino que no sepan cómo hacerlo, que no hayan encontrado todavía la forma. Pero ha sido tan tremenda la crueldad que la suma de las profanaciones al yo pudo haber delineado una subjetividad escéptica respecto a que pueda existir un lenguaje capaz de representar tanto desconsuelo. De esta forma, el sufrimiento queda intransferido y permanece en silencio.

¿Qué es la posthomosexualidad?

Es sinónimo de “gaycidad”. Es un conjunto de manifestaciones sociales, culturales, jurídicas y políticas que guardan relaciones positivas respecto al reconocimiento de esta orientación sexual. Se caracteriza por la “des–diferenciación”, por un proceso de atenuación en la marcación de las diferencias entre heterosexuales y no-heterosexuales. La des-diferenciación asegura la disminución del grado de otredad amenazante que tenía la homosexualidad. Producto de una lógica cultural mayor, hoy gays y lesbianas –bajo la cláusula del “pero no tanto”- pueden ser considerados a la vez como iguales y diferentes a los heterosexuales.

¿Cómo se manifiesta?

Se manifiesta en desenclaves espacial, relacional y representacional. El primero hace referencia al cese del uso por parte de los gays de ciertos territorios “guetificados” de la ciudad; el segundo, a la ampliación de los círculos de las relaciones sociales, y el tercero, a la diversificación del repertorio de imágenes con las que pueden autodefinirse. En el viejo régimen homosexual, al contrario, la vida de los homosexuales estaba “enclavada” en un territorio, empezaba y terminaba en relaciones entre “los del palo” y estaba regulada por predicaciones médicas, psiquiátricas y religiosas ferozmente diferencialistas.

Señas particulares
Ernesto Meccia. Licenciado en Sociología, Magíster en Investigación y Doctor en Ciencias Sociales (Universidad de Buenos Aires). Profesor de la UBA y de la Univ. Nacional del Litoral. Desde hace dos décadas investiga la homosexualidad masculina. Publicó los libros “La cuestión gay. Un enfoque sociológico” (Gran Aldea, 2006), “Los últimos homosexuales” (Gran Aldea, 2011) y “El tiempo no para. Los últimos homosexuales cuentan la historia” (Eudeba / Ediciones UNL, 2016).

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