viernes, 14 de julio de 2017

#memoria | De la intemperie al resguardo del archivo: tiempo, espacio y memoria de la disidencia sexual

Imagen: El Diario / Orgullo Crítico de Madrid
De la intemperie al resguardo del archivo: tiempo, espacio y memoria de la disidencia sexual

Julen Zabala Alonso
Bibliotecario de la Universidad del País Vasco UPV/EHU. Ex activista de EHGAM

El activismo LGTBI+ cuenta ya con una historia de cuarenta años en nuestro país. No sería deseable que las nuevas generaciones olvidaran cómo se empezó a dar visibilidad a la causa. Mirar al pasado es recuperar la memoria colectiva. Y antes de que sea demasiado tarde debemos ponerla a buen resguardo, tarea marcada por la subjetividad de los propios testimonios y que constituirá, sin duda, un archivo de carácter fragmentario; pero contamos con herramientas para establecer unas bases mínimas y poder crear una red que documente y complete la memoria de nuestro activismo. Analizamos algunas experiencias concretas: “International Gay Information Center” de la Biblioteca Pública de Nueva York; los testimonios de “Miradas atrevidas”, recopilados por Aldarte y EHGAM; “Gure genealogia feministak”, crónica del Movimiento Feminista vasco; o el Centro de Documentación Virtual LGTBI del Gobierno Vasco. Finalmente presentamos el proyecto “IGLU Biblioteka”, archivo y documentación queer, LGTBI+ y transfeminismos.

El activismo LGTBI+ cuenta ya con una historia de cuarenta años en nuestro país. Y, como ha sucedido en el resto de movimientos sociales, su evolución ha sido un largo camino de encuentros y desencuentros. En los comienzos, además, tuvo que enfrentarse con urgencia a grandes obstáculos e incomprensión social y casi sin alianzas.

No sería deseable que las nuevas generaciones olvidaran cuál ha sido este pasado, no tan lejano, y recordaran cómo se empezó a dar visibilidad a la causa: solicitamos la derogación de la legislación sobre “vagos y maleantes” y la despenalización de la homosexualidad y seguimos combatiendo el “escándalo público” y luchando por la legalización del propio movimiento de liberación. Tuvimos que aprender a compartir nuestra desesperación en los tiempos más oscuros del sida. Nos hicimos más fuertes luchando contra cualquier discriminación, abordando los derechos y la igualdad legal. Y aquí seguimos, desde la acera de enfrente, en el combate por la igualdad real y la erradicación de la lgtbifobia, defendiendo la diferencia y un largo etcétera, al que especialmente en los últimos años se han sumado las perspectivas queer y transfeministas.

Mirar al pasado es recuperar la memoria colectiva. Y antes de que sea demasiado tarde debemos poner a buen resguardo esta memoria, rescatándola del olvido. Recoger los testimonios de aquel primer activismo es una labor, sin duda, urgente. Aunque sea una tarea marcada por la subjetividad de los propios testimonios y por constituir, casi por definición, un archivo de carácter fragmentario, deberíamos establecer unas bases mínimas para crear una red lo suficiente sólida que documente y complete la memoria de nuestro activismo.

Precisamente este año, en el que se cumplen los 40 años de la primera manifestación por la liberación sexual, celebrada en Barcelona el 26 de Junio de 1977, sólo once días después de las primeras elecciones democráticas en la Transición y duramente reprimida por las Fuerzas del Orden, y en el que el Orgullo de Madrid ha celebrado el World Pride, hemos asistido a una verdadera explosión de artículos y otras actividades (exposiciones, conferencias, encuentros…) en recuerdo de estas cuatro décadas de activismo. Algunas de estas informaciones no han aportado demasiado, pero otras sí nos han presentado testimonios interesantes para nuestra memoria colectiva[1].

TIEMPO

Parece que fue ayer y la verdad es que las cosas han cambiado muchísimo. La juventud de hoy en día difícilmente podrá darse cuenta de lo que era desarrollar un primer activismo en la clandestinidad, prácticamente sin medios y, además, casi sin alianzas de ningún tipo. Tuvimos que enfrentarnos a grandes dificultades, pero, sobre todo, comenzar a dar la cara, en casa, en la calle, en los medios, en todas partes.

Una de las características de toda nuestra historia, y que afecta directamente a cualquier labor de archivo, ha sido la continua división y enfrentamiento, diferentes disensiones y abandonos que nos han ido marcando. Ya lo sufrió aquel primer FAGC con la escisión de la CCAG. Desde perspectivas encontradas se han ido marcando estrategias divergentes. Pero hay que reconocerlo como parte de nuestra historia. Como consecuencia de este constante enfrentamiento mucha documentación se ha perdido para siempre.

Desde aquellos grupos históricos que conformaron la COFLHEE, de los que solo quedan como testigos el propio FAGC en Catalunya y EHGAM en Euskal Herria, el activismo y el asociacionismo se ha multiplicando, creándose un sinfín de colectivos. Incluso llegó un momento en que casi cada persona transexual contaba con su propia asociación. También hay que tener en cuenta los avatares de las lesbianas, que pasaron a participar principalmente en grupos autónomos o, en mayor parte, en los colectivos feministas. La misoginia que rápidamente se apoderó del primer movimiento de liberación gay hizo que tanto transexuales como lesbianas fueran por su lado.

Parece que fue ayer, pero las divisiones siguen estando presentes. En un reciente artículo en el que mujeres transexuales daban su testimonio[2] y, tristemente, reconocían que “si vas a una de las organizaciones ya te miran mal en la otra”, que “hay un odio increíble entre las asociaciones” y que “las asociaciones segregan”. Lo dicho, que parece que no pasa el tiempo.

Tampoco parece que ha pasado el tiempo para personajes como Javier Marías que sigue sin entender nada al poner la excusa de la conmemoración del centenario de Gloria Fuertes, para criticar al feminismo que está rescatando del olvido y de la más absoluta clandestinidad (la misma de aquellos inicios del activismo por la liberación sexual) la figura y la obra de tantas y tantas mujeres, reivindicando, además, otra genealogía posible, reivindicada por el movimiento “herstory”[3]. No podemos predecir qué quedará de la escritura de Marías, pero en nuestro imaginario siempre tendrá un lugar preferente aquella sentencia con sabor a Gloria: “Fui al metro decidida a matarme. Pero al ir a sacar el billete ligué, y en vez de tirarme al tren me tiré a la taquillera".

El tiempo pasa, es verdad. Pero, por increíble que parezca, han tenido que pasar 40 años para que veamos imágenes ‘en movimiento’ de aquella primera manifestación que dio visibilidad a homosexuales, lesbianas, transexuales y travestis, a quienes, no olvidemos, todavía se les podía aplicar, junto a otras gentes de malvivir, aquella maldita ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Sumamos, de esta forma, un nuevo testimonio audiovisual a las conocidas imágenes de Colita[4]. También en las conmemoraciones de este año hemos podido conocer imágenes de la marcha celebrada en Vallecas el 25 de Junio de 1981, fotografías de Antonio Suárez[5].

Todo esto nos da a entender que todavía no lo hemos visto todo y que quedan muchos ‘armarios’ por abrir, aquí y en cualquier lugar. Así, también estos días se ha dado a conocer una filmación de 18 segundos en la que figuran varias mujeres que fueron esclavas sexuales durante la Segunda Guerra Mundial por parte del ejército japonés en Corea[6].

Pero, por si esto nos pareciera poco, en una cueva de Rentería (Gipuzkoa) se han descubierto unos grabados paleolíticos de un carácter único en la Península[7]. El yacimiento en cuestión era de muy difícil acceso y, según dicen, se mantiene intacto, gracias a las condiciones estables de temperatura y humedad, nada más y nada menos que desde hace 14.000 años. Podríamos decir que se trata de un ‘cuarto oscuro’ perfecto. Junto a la representación de bisontes y caballos se puede observar -¡ni más ni menos!- una gran vulva de un metro de altura y otro órgano femenino de menor tamaño. Según dicen, estos santuarios están relacionados con rituales de fertilidad y se trataría, quizás, de sitios de encuentros para poblaciones escasas, algo así como ‘lugares de ligoteo’.

Pero, a pesar del tiempo pasado, aquel paleolítico nos puede parecer mucho más ‘moderno’ que algunas de las actividades humanas de la actualidad. De conocer el sentido de esas vulvas, HazteOír no dudaría en mandar su ‘autobús del odio’ a las puertas de la cueva. Tampoco se quedaría corta la fiscalía de Sevilla que sigue empeñada en criminalizar a las feministas que ‘procesionaron’ el ‘coño insumiso’ el Primero de Mayo de 2014[8]. Pues, eso, que en cuestión de vulvas no hacemos sino retroceder en el tiempo.

ESPACIO

Volvamos a nuestros archivos. Nuestra memoria necesita, tal y como decía Virginia Wolf, ‘una habitación propia’. Contar con un espacio es fundamental, tal y como está reclamando, con más énfasis si cabe en los últimos tiempos, Marisa Mediavilla para la Biblioteca de Mujeres[9] que con tanto esfuerzo y dedicación ha ido formando durante décadas y que las administraciones siguen relegando a un sótano, bastante oscuro y semiclandestino.

Para diseñar este espacio propio tendremos que tener en cuenta nuestra genealogía, nuestras divergencias y los avatares de nuestra historia. Habrá que reflexionar cómo hacerlo, pero es una labor que nos apremia, porque todavía contamos con muchos testimonios de quienes nos precedieron. En este sentido, debe ser un espacio acogedor y confortable, como el que Federico Armenteros y quienes con él colaboran han sabido crear desde la Fundación 26 de Diciembre: no podemos ni debemos olvidarlos; no podemos permitirnos, tal y como denuncian, un “orgullo sin memoria”[10].

En la actualidad están proliferando diversas experiencias denominadas ‘bibliotecas humanas’, en las que en vez de documentos son las personas las que nos ofrecen sus testimonios. Este sería un buen método a incorporar al diseño de nuestros archivos. Una experiencia parecida son los testimonios de “Miradas atrevidas: historias de vida y amor lésbico y gay durante el franquismo y la transición en Euskadi”, que constituyen un libro y un documental, recopilados por Aldarte y EHGAM y publicados en 2014[11].

La ocupación del espacio, dentro de nuestro activismo, siempre ha constituido un problema. Así lo podemos comprobar desde aquella primera manifestación de Barcelona: "La presencia de los grises hacia la mitad de las Ramblas hizo que la gente se empezara a dispersar, y quien hizo de escudo y nos protegió fueron transexuales y travestis, a quienes no habíamos dejado ocupar la cabecera de la manifestación porque nos preocupaba la imagen", lamenta Empar Pineda[12]. Triste inicio, pero hay que reconocerlo, como hace Empar: a gente como Ocaña y a transexuales y travestis se les apartaba, aunque luego fueran las que dieran la cara. La historia de Stonewall volvió a repetirse y, lamentablemente, se vuelve a repetir, si n que parezca que nada hayamos aprendido.

No ha faltado tiempo para que la homonorma putafóbica criticara al bloque denominado “Lxs Inapropiadxs”, formado por “trabajadorx sexuales, aliadas migrantes, sudakas, negras y gitanas”[13], por participar en la marcha del Orgullo de este mismo año en Barcelona, precisamente cuando se conmemora los 40 años de aquella primera manifestación. Compartir un espacio que sea “interseccional”, tal y como se ha venido a llamar, no es tarea fácil, pero lo que no podemos permitir es levantar muros y establecer fronteras en nuestros territorios: serán lugares atravesados, infectados, heridos, dolorosos incluso, pero así lo llevamos en nuestra genealogía, como ‘marca de la casa’ que habitamos.

Para recibir premios por comparar a la población refugiada con las invasiones bárbaras ya tenemos a Arturo Pérez-Reverte, que, sin rubor alguno, afirma[14]: "sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros" y no duda en pronosticar que la migración convertirá a los barrios en “polvorines”, pues no hay para todos "ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables".

Que se queden con sus premios, con sus fronteras y con sus espacios confortables. Pero es que las crisis migratorias, además, nos demuestran todo lo contrario: increíbles testimonios de lucha y superación de dificultades. Un par de ejemplos son suficientes: la terrible historia de Giusep cuyo padre le pegaba a diario para que dejara de ser gay en Argelia[15] o la larga travesía de Sahir y Mushtak para conseguir asilo en Holanda, aunque al primero se lo rechazan porque su apariencia no demuestra que es ‘suficientemente’ gay[16].

¿Cómo no van a tener cabida en nuestros espacios las putas, las precarias, las vulnerables, las diversas funcionales, las migrantes, las refugiadas, las intergeneracionales, las mayores, las transgresoras, las racializadas, las infectadas, las transtornadas? Frente a quienes quieren negar su espacio a aquellxs inapropiadxs, tenemos el ejemplo de que otro orgullo es posible y que reconoce la lucha contra la precariedad de Las Kellys[17] en la misma ciudad, Barcelona.

Podemos, por supuesto, diseñar nuestros espacios de modos muy diferentes: como si fuera un ‘cuarto oscuro’ clandestino, como un ‘gueto’ de los ochenta o como un barrio más guay ‘gayfriendly’ y mercantilizado. Las diferencias en los resultados pueden ser de lo más obvio, como las que se dan entre las experiencias de la documentación ‘Gay Information Center’[18], recogida en las colecciones digitales de la Biblioteca Pública de Nueva York y las perspectivas del Centro Digital de Documentación Virtual LGTBI[19] del Gobierno Vasco: en la primera las imágenes quedan absolutamente integradas en la colección digital mientras que las del centro vasco forman su propia colección, bastante escondida, aislada y sin relación con otra documentación digital. La contextualización y la integración son factores importantes que hay que tener en cuenta.

En ocasiones basta ocupar un espacio con la mirada. Antes nos decían, y seguramente ahora también ocurrirá más allá de los ‘espacios Grindr’, que las maricas teníamos un sexto sentido para detectar iguales únicamente con la mirada y que funcionaba no sólo en los espacios ‘liberados’, el denominado ‘ambiente’ sino en cualquier espacio público. Esto mismo es lo que ha sacado a la luz el itinerario que ha preparado el Museo del Prado bajo el nombre ‘La mirada del otro’[20]. A veces, como en este caso, no es necesario ocupar o crear nuestro propio lugar, sino conseguir con la otra mirada ver lo que siempre ha estado allí.

Y en otras ocasiones podemos renombrar un espacio y hacerlo nuestro, sin más. Se trata, sin duda, de una apropiación transgresora como la que ha hecho Javier Sáez con la propuesta de Metro LGTBIQ de Madrid: “Digamos que me sentía en un territorio muy heterocentrado, es decir, en lo que yo suelo llamar un 'heterritorio'. Y pensé: ¿y si mariconizamos, bollerizamos, transgenerizamos, queerizamos el Metro?”. Su mapa es una representación personal, una topología de afectos. Su forma de decir, somos y estamos. “No disponemos de espacios públicos donde se habla de la lucha LGBTI, de personas que llevan 30 años o más luchando, peleando, siendo perseguidas o arriesgándose por la igualdad. No se habla de nosotrxs en el sistema educativo, ni en los medios de comunicación, ni en los libros de historia. Y es importante para que los jóvenes LGBT vean que no están solos/as, que vean que la diversidad sexual es una realidad y lo ha sido siempre”, explica.

Pero, es más, la mejor manera de definir el panorama actual del archivo y documentación de la disidencia sexual sería como una zona de ‘cruising’, sin límites definidos, con algunos claros y demasiada maleza.

MEMORIA

Se habla mucho de la fragilidad de la memoria y, seguramente, así será; pero hay otros aspectos que normalmente ‘se olvidan’ y que nos deberían preocupar bastante más. Así nos lo cuenta Andrea Momoitio en un breve, pero encantador, artículo sobre “La tienda de ultramarinos de Herminia”[21]: “Los procesos de recuperación de la memoria histórica, si no tienen perspectiva feminista, sólo sirven para afianzar la lógica patriarcal sobre la que se construye la historia. Recuperar sólo edificios vinculados a los poderes políticos como un ejercicio de memoria colectiva invisibiliza las vidas de las mujeres.” La memoria, como nos aclara tan acertadamente, es un ejercicio de poder, y éste siempre ha estado en manos masculinas. Nuestro activismo necesita, como dice Andrea sobre las mujeres, una genealogía propia “para no olvidar las huellas que hay en nuestros cuerpos”, esas que no se recogen en la historia ‘oficial’.

Tras un prolijo trabajo hace un par de años se presentó la obra en euskera “Gure genealogia feministak”[22], una crónica del Movimiento Feminista de Euskal Herria, cuyo resultado es modélico, por cuanto recoge la historia tanto de los diferentes grupos de mujeres como del activismo feminista, recopilando material gráfico y diferentes testimonios. En alguna ocasión, incluso, se ha querido negar no solo su importancia sino incluso la posibilidad de poder llevar a cabo esta tarea.

Miremos, por ejemplo, en la Biblioteca Digital Europeana, que dispone de más de 50 millones de documentos: la búsqueda del término “lgbt” no llega a 4.000 documentos, de los que únicamente 50 son documentos de texto; de éstos sólo 6 están en castellano y uno en catalán. Las búsquedas de otros términos son igual de decepcionantes: ‘queer’ (915 resultados), ‘homosexual’ (789), ‘lesbian’ (486) o ‘transexual’ (18). En el buscador de ciencia abierta ‘Recolecta’ los resultados, a día de hoy, tampoco son demasiados: ‘lgbt’ (61), ‘lgtb’ (42), ‘queer’ (206), ‘homosexual’ (131), ‘lesbiana’ (33) o ‘transexual’ (34). Los resultados en Dialnet son sensiblemente superiores, pero tampoco es que podamos presumir de una gran visibilidad.

Es cierto que en los últimos años se están realizando y publicaciones más investigaciones y estudios sobre la disidencia sexual y temas relacionados, pero nos siguen pareciendo insuficientes. Además hay que tener en cuenta que la documentación actual no se limita a documentación escrita sino que otros testimonios, como los audiovisuales, también son fundamentales y forman parte de nuestra memoria y deberemos intentar conservarlos en nuestros archivos.

Este año, como hemos indicado al principio, coincidiendo con el 40 aniversario de la primera manifestación ‘visible’ en nuestro país y la celebración del World Pride en Madrid, hemos asistido a una gran presencia de diferentes testimonios en los medios y a otras actividades, en especial exposiciones, que recuperan parte de nuestra memoria colectiva. Resulta imprescindible mantener y reactivar experiencias como ‘El porvenir de la revuelta’[23], ‘¿Archivo Queer?’, ‘Anarchivo Sida’ o el ‘Archivo transfeminista/kuir’ de La Neomudéjar. También debemos fijarnos en otras experiencias de gran interés, como ‘Queer Zine Archive Project’[24], que recoge en abierto infinidad de fanzines, publicaciones, panfletos y posters queer ‘cargados de nostalgia punk’.

Es suficiente repasar algunos de los testimonios o publicaciones que se han dado a conocer últimamente para percatarnos de la diversidad que debe abordar la nuestra genealogía:

· La reivindicación de la figura de María Telo[25], una feminista desconocida que impulsó en 1975 la reforma del Código Civil para eliminar la licencia marital y la obediencia al marido. Habría que recordárselo a Javier Marías, por ejemplo, que esta obediencia inhabilitaba a la mujer para tomar decisiones sin el permiso de “su hombre’.

· El estreno del documental ‘Vida i mort d’un arquitecte’, de Miguel Eck, sobre la figura de José Ferragut[26], homosexual olvidado que luchó contra el entonces incipiente turismo de masas en Mallorca -¡uf!, nada más actual, por cierto- y asesinado en 1968.

· El libro ‘La tinca del calamar’[27], en el que Miguel Barrero recupera la historia de Alberto Alonso Blanco ‘Rambal’, homosexual popular y querido personaje en el antiguo barrio de pescadores de Cimadevilla, en Gijón, que por las noches se travestía para actuar en locales de escasa reputación. ‘Rambal’ fue asesinado en 1976 en circunstancias que nunca fueron esclarecidas y que dieron lugar a la creencia popular de un complot para ocultarlas.

· El estreno del documental ‘Chavela’[28]: "El dolor forma todo lo que ella hizo. Sin ese sufrimiento no habría sido quien fue. Transmitía esa pena y la compartía. Transformaba su dolor en arte. Ella más que cantante era intérprete. Interpretaba sus canciones, les daba alma, las convertía en otra cosa; en algo que dolía", en palabras de Daresha Kyi.

· El testimonio de Coccinelle[29], mujer transexual a la que desde el pasado 18 de mayo Paris homenajea con un paseo. En los años 60 trabajó en la sala Pasapoga de Madrid y no era extraño verla paseando por la Gran Vía en su descapotable, con el aura de tabú y morbo que le acompañaba, pese a que la prensa de entonces la silenciaba por no resultar del agrado del régimen.

· El relato ilustrado sobre Carmen de Mairena[30] realizado por Carlota Juncosa –“es una persona que se considera indigna hacia sí misma y eso limita mucho las muestras de cariño y amor”-, la reedición de ‘Anarcoma’ de Nazario[31] –que reconoce que en los inicios "estaba disimulando dentro de mis historietas. Describía unas situaciones, pero como si las estuviera contemplando escondido dentro de un armario, sin poder expresar libremente mi ser homosexual, mis experiencias homosexuales y el mundo homosexual en que vivía”- o la película sobre Tom de Finlandia –que marcó “el decisivo punto de ruptura en un imaginario homosexual hasta entonces presidido por esa estética de la androginia que articuló Oscar Wilde”-.

· Tiempo también para recordar a otros pioneros, como Gilbert Baker[32], creador de la bandera arcoíris, y George Weinberg[33], el psicoterapeuta que acuñó el término ‘homofobia’ en 1965, después que sus colegas le pidieran que no invitara a una amiga lesbiana a una fiesta; pensó que no sólo les desagradaba la mujer, sino que experimentaban un miedo abyecto, una característica de las fobias.

La homofobia y todas sus variantes constituyen también parte fundamental de nuestra genealogía. En mayo de 2008, precisamente para conmemorar el Día contra la LGTBIfobia, EHGAM presentó una exposición que recogía 101 casos de homofobia, lesbofobia y transfobia[34]. Hasta entonces nos habíamos empeñado en preparar muestras que presentaran las caras ‘amables’ de la disidencia sexual o de nuestro activismo, pero nos dimos cuenta de que también era necesario recoger el odio que se desata contra la ‘diferencia’ y sus vivencias.

Presentamos, finalmente, el proyecto “IGLU Biblioteka”[35], archivo y documentación queer, LGTBI+ y transfeminista. Se trata de un blog personal que nació como necesidad de recoger aquellas lecturas que resultaban de interés para nuestro activismo: si en un principio no tenía más que la intención de recoger información sobre algunas publicaciones, especialmente libros, finalmente se ha ido enriqueciendo con información de hemeroteca, pues se considera que estas noticias también son relevantes y que, de algún modo, deben ser recogidas. En este momento el blog de IGLU dispone de más 7.000 entradas y reseñas de más de 700 libros.

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