lunes, 31 de julio de 2017

#hemeroteca #amores #gais | Diario de un gay empedernido: sexo, mentiras y una chaqueta roja

Imagen: El Mundo / Luis Parejo
Diario de un gay empedernido: sexo, mentiras y una chaqueta roja.
Javier Cid | Sex on the beach, El Mundo, 2017-07-31
http://www.elmundo.es/vida-sana/sexo/2017/07/31/597b188d468aeb6b788b45cb.html

Soy zurdo, géminis y homosexual. Y ando en esa edad rara, los taitantos, en la que hablar de sexo ya no es joven ni fresco, y aún no soy un anciano venerable como para escribir mis memorias. Desde este limbo, pues, trataré de encontrar mi punto zen.

Os voy a contar la historia de amor más triste del mundo. No hace mucho tiempo, en este muladar de sentimientos que es Madrid, conocí a un varón de los de lanza en astillero; o sea, de muy buen ver, con la libido chorreándole la osamenta y una cara preciosa, como de príncipe persa. Un sábado de lluvia, pues las grandes pasiones siempre llegan mojadas, nos citamos por vez primera en el edificio de Telefónica de la Gran Vía, que es donde quedan los turistillas y los maricones.

La tarde fue sucediéndose entre cervezas como lingotes y algunos besos, primero tímidos y después valientes. Justo antes o después de la cena, no lo recuerdo bien pues los tempos me bailan por la melopea, ya caminábamos bajo la tormenta cogidos de la mano, empapados y llenos de amor, con el vello de punta y Madrid a nuestros pies. Menuda boutade.

Mientras la noche se alargaba como una culebra, dimos con nuestros huesos en una de esas discotecas de zumbidos psicodélicos que roban la cordura a la marabunta gay. Y bailamos. Bailamos desquiciados, pura adrenalina, como enrolados en un exorcismo, hasta que la música dejó de sonar. Tanto bailamos, pues, que perdimos las cazadoras en el ir y venir de ginebras y canciones.

(Nota: tengo un gran expertisse en extraviar ropa cada vez que la noche se me complica, y no es extraño que vuelva a casa embriagado y en estado de semidesnudez. Lo maravilloso es que él también perdiese su abrigo, a mi vera misma, como si algún Dios ateo quisiera conchabar nuestros destinos. Pude pensar entonces que éramos dos borrachos inútiles, pero no; tan sólo creí que acababa de encontrar a mi alma gemela. En la salud y en la enfermedad. En las alegrías y, coño, también en las puñeteras penas).

Y así fue como regresamos a mi hogar, en paños menores y amándonos hasta los dientes. Ya en mi sofá, de amanecida, él me lanzó una pregunta que me heló la sangre:

-¿Y si lo intentamos, a ver qué pasa?

Yo, arrobado y en éxtasis, le dije que sí. Y mientras nos imaginaba casándonos de Emporio Armani en algún acantilado descalabrado del Egeo, el sueño acabó venciéndonos y tragándose la mejor noche de mi vida. A la mañana siguiente, con los tropezones del desayuno, me pidió prestada una chaqueta para volver a casa. Una chaqueta roja. Me prometió otra cita y se fue.

Jamás volví a verle. Algo debió suceder aquellos días de tremenda espera en los que estuve a punto de perder el sentido. Por más que le fundí el teléfono a llamadas desesperadas, en el precipicio mismo de la esquizofrenia, sólo recibí silencios que me dolieron como mordiscos. Mi chaqueta roja se convirtió entonces en el único hilo que me seguía atando a él. Como la morfina a los moribundos.

Y entonces sucedió algo.

Todos mis amigos me animaron en un bucle infinito a recuperar la chaqueta. Mis compañeros de trabajo me jalearon como hienas para ir en su búsqueda. Mi entrenador, que guarda unas musculaturas desaforadas, quiso hacerse pasar por un matón para que me la devolviese. Alguien promovió recoger firmas en Change_org para que la chaqueta regresara a mi hogar desangelado. Y hasta mi madre quiso personarse en Madrid para recogerla y, por aquello de aprovechar el viaje, cruzarle la cara al cabrón que estaba enajenando a su hijo. La cosa debió llegar a mis vecinos, que me traían restos de comida caliente para aliviarme el frío atroz de aquellos días tristes, como si fuese un sans-culotte sin mi chaqueta.

Resumiendo: la chaqueta roja se volvió una cuestión de Estado. Un fenómeno viral sin precedentes. Un eslabón perdido que estaba poniendo en jaque la armonía del cosmos, el equilibrio atmosférico, el devenir de la cultura occidental. Fracasado y exhausto, cedí a la presión y un buen lunes, por mensaje, le pedí la chaqueta, que ya entonces era el símbolo atávico de mi fracaso. Juro que nunca pretendí recuperarla, y sólo fue una excusa para volver a verle.

Tres días después recibí un paquete en la oficina. Dentro, perfectamente doblada en una bolsa de plástico de El Corte Inglés, como si fuera un puñetero exprimidor, estaba la chaqueta roja. Sin una nota, sin un "lo siento", sin su olor si quiera. Y entonces, sin más, me quise morir.

Han pasado algunos meses, y aún sigo esperando al hombre que quiera ponérsela. Todas las noches rezo a los dioses del otoño para que llegue la temporada de lluvias, y al próximo varón que se empape conmigo prometo regalársela por siempre jamás. Yo, de momento, no he sido capaz de sacarla de la bolsa de El Corte Inglés.

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