martes, 18 de julio de 2017

#hemeroteca #gestacionsubrogada | “¡Cuidado, Gaychirulo!” El ‘movimiento LGTB’ ante el reto feminista

Imagen: Agora Alcorcón / Orgullo Crítico en Madrid
“¡Cuidado, Gaychirulo!” El ‘movimiento LGTB’ ante el reto feminista.
Ramón Martínez · Doctor en Filología. Activista LGTB | Tribuna Feminista, 2017-07-18
http://www.tribunafeminista.org/2017/07/cuidado-gaychirulo-el-movimiento-lgtb-ante-el-reto-feminista/

Más de dos semanas han pasado ya desde el 28 de junio y en la manifestación del Orgullo Crítico que se organiza en esa fecha me encontré una pancarta que llamó mi atención especialmente. Un joven de poco más de veinte años, alto, delgado, con gafas de buen lector, enarbolaba un cartón donde había escrito a mano “¡Cuidado, Gaychirulo!”. Acontecimientos recientes, como la negativa socialista a modificar la regulación en España de los vientres de alquiler -prohibida, por más que la postverdad insista- y el debate producido antes y después del congreso del PSOE, y el recentísimo error histórico de sus juventudes, que pretenden transformar la explotación reproductiva de las mujeres en un derecho de quienes la promueven vuelve a recordarme esa modesta y pequeña pancarta.

Desde hace unos años viene siendo costumbre habitual que en nuestro movimiento reivindicativo, que llamamos ‘LGTB’ a falta de otra denominación más certera, se emplee el concepto ‘heteropatriarcado’ para hablar, de manera específica, de cómo el sistema patriarcal se reconoce como exclusivamente heterosexual y trata de conculcar recurrentemente nuestros derechos. Y desde hace unas semanas algunas feministas han comenzado a evidenciar la ineficacia de ese concepto, pues es una obviedad, una redundancia, llamar hetero- al patriarcado que no puede ser otra cosa. Pero en este punto de nuestro devenir me pregunto, y me preguntan ya en no pocas ocasiones, si no sería preciso comenzar a emplear sin trabas dicho concepto de ‘heteropatriarcado’ cuando parece evidente que empieza a conformarse de forma bastante reconocible un patriarcado rearticulado en torno a unos supuestos de, principalmente, los varones gais. Es necesario plantearse si frente a ese heteropatriarcado es posible distinguir ya un homopatriarcado que sabe sostenerse sobre la irreflexividad de algunos varones que, a pesar de no ser heterosexuales, pueden -y así lo hacen- seguir perpetuando en su modo de reivindicar, en su modo de desear y convertir esos deseos en supuestos derechos, los patrones más arcaicos de una cultura que subyuga a las mujeres a la voluntad de los varones. No es necesario indicar a estas alturas del debate que el ejemplo más palmario de esta práctica es la pretendida demanda social de ese cambio en la regulación del vientre de alquiler, para convertirlo de un contrato nulo de pleno derecho en un pleno derecho de quienes quieren contratar.

Durante mucho tiempo una pequeña parte del movimiento que llamamos ‘LGTB’ ha ido avanzando en torno a esta reivindicación, sabiamente convencido por quienes más intereses guardan ante este gran negocio de que este era, fundamentalmente, un derecho fundamental de los gais. Si una pareja heterosexual, se decía, del mismo modo que una pareja de mujeres, pueden acceder a la descendencia biológica, no permitir esto mismo para una pareja de varones es una discriminación. No creo preciso dedicar espacio a desmontar la falacia de la afirmación, que constata fundamentalmente una interpretación bastante peregrina de qué significa lo biológico tanto en la literalidad como en cuanto a los patrones culturales que en torno a ello se articulan; pero sí me parece necesario dirigir el foco de nuestra atención a que, en tanto esta demanda minoritaria y carente de una fundamentación teórica bien formulada avanzada, se han ido olvidando, de manera bastante interesada a mi entender, reivindicaciones de otras formas de filiación por las que tanto luchó nuestro movimiento. La adopción y la acogida, derechos de la infancia en los que una vez fuimos referentes, han ido quedando relegados al olvido en buena parte por la nula atención que se les ha prestado desde el poder público en los últimos años. Y hay quien ha llegado a argumentar, incluso, que no son estos procedimientos tan adecuados para ejercer la crianza de un menor como la reproducción biológica tradicional con una mujer más o menos voluntaria puesta en medio. “Esos no son nuestros hijos”, parecen decir. “Esos son una labor social”, dijeron.

Mientras tanto, una gran parte de nuestro movimiento ‘LGTB’ ha permanecido en silencio. A pesar de oponerse de forma radical a la práctica de la explotación reproductiva, del vientre de alquiler o, en la neolingua de la postmodernidad liberal, ‘la gestación subrogada’, una parte importante de nuestras filas no ha querido manifestarse. La afirmación única de que este no es un tema específicamente LGTB ha servido para seguir aplazando un debate que se pensaba perdido, que se temía por las consecuencias que pudiera tener en cuanto a las relaciones con el movimiento feminista. Y, si bien ha servido para no ocasionar varios cismas en diferentes puntos de nuestra solidaridad interna y externa, es preciso señalar que ha permitido que el otro discurso siguiera calando ante el silencio de nuestros líderes, y llegara a pensarse que esta cuestión de los vientres son centrales en la agenda ‘LGTB’, a falta, claro está, de una reformulación de nuestra agenda tras la consecución del Matrimonio Igualitario.

Llegados a este punto, creo necesario romper el silencio, por fin, y manifestarnos. Son muchas, demasiadas, las personas involucradas en nuestro movimiento reivindicativo que evitan a toda costa posicionarse sobre la cuestión, manteniendo esa argumentación de que no es este un tema ‘LGTB’ y, ante todo, aterrorizadas por desacreditarse públicamente si expresan su opinión, apreciando entre nuestras filas individuos ya tan convencidos de que su individualidad permite convertir cualquier deseo en un derecho fundamental. Pero es urgente ya cambiar el paso, renovar nuestra estrategia, y no ceder ante la ofensiva de un naciente patriarcado entre nosotros mismos que lucha, quizá sin ser del todo consciente, por acabar con los derechos de las mujeres.

Si durante tanto tiempo hemos defendido que el vientre de alquiler no supone una cuestión ‘LGTB’, hemos de reunir ahora la valentía para afirmar que sí, que la explotación reproductiva de las mujeres es y debe ser una cuestión fundamental de nuestro discurso en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, y que nuestras ideas de reivindicación no nos permiten otra cosa que oponernos de manera radical, claramente y sin fisuras, ante tamaño ataque contra la dignidad de nuestras compañeras de batallas. El vientre de alquiler es un problema ‘LGTB’, y es preciso posicionarse en contra.

Y, como es tristemente posible que aún sea pertinente demostrar la vinculación entre los derechos de las mujeres y los de aquellas personas que no somos heterosexuales, creo necesario argumentar esta afirmación, para la que quizá haga falta, incluso, una redefinición de cuáles son los puntales sobre los que se asienta el discurso reivindicativo del movimiento ‘LGTB’. Hoy solemos pensar, tras tantos años sumidos en la política de las identidades, que nuestra tarea es la defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. Pero estas identidades tan nuestras suponen ya, según entiendo, más un obstáculo para seguir avanzando que una buena estrategia de reivindicación. No, nuestro movimiento no trata sobre las peticiones de cuatro letras fosilizadas. El movimiento que llamamos ‘LGTB’ busca erradicar la homofobia, la transfobia y la bifobia y, ante todo, persigue un objetivo que compartimos con el movimiento feminista. Si Simone de Beauvoir dio un paso clave en la vindicación feminista cuando afirmó que pretendía que el hecho biológico no supusiera un destino concreto para la mitad de la población mundial, nosotras y nosotros hemos de volver a ser conscientes, como lo fuimos hace algunas décadas, de que nuestro trabajo fundamental consiste en que una forma de desear o de comportarnos no se convierta en un destino similar. Más allá de la homosexualidad, de las identidades de lesbianas, gais y bisexuales, está el deseo hacia personas de nuestro mismo sexo que ha sido perseguido durante siglos y que, por ser una expresión del placer que consideramos rotundamente lícita, debe ser liberada. Más allá de la transexualidad o el transgenerismo, de todas las identidades abarcables bajo el concepto trans, está la necesaria abolición de los géneros que nos subdividen en dos o más clases de personas, está la reivindicación de que cualquiera pueda expresarse libremente, sin tener por qué responder a estereotipos concebidos hace más de mil años.

El nuestro, movimiento ‘LGTB’ o como se pretenda llamar, habla fundamentalmente del derecho al propio cuerpo, al deseo propio y a la propia expresión. El movimiento feminista habla de lo mismo, exactamente, y es muy necesario recordar que no es hasta que el Feminismo avanza en sus reivindicaciones y consigue, entre otros, el derecho al aborto, y así se evidencia que la sexualidad tiene más fines que el meramente reproductivo; no es hasta entonces que nuestros deseos no reproductivos, por pura biología, no pueden ser realmente liberados.

Aunque hoy se pretenda argumentar la postura favorable a través de la vindicación de ese derecho de las mujeres a disponer de su cuerpo la falacia cae por su propio peso. Cuando las mujeres firman, más o menos voluntariamente, un contrato cainita a través del que se comprometen a entregar sin rechistar el fruto de su vientre a una tercera persona no están disponiendo libremente de su cuerpo, sino cediendo su autonomía sobre él a otra persona que podrá controlarlo, aprobarlo y demandarlo a placer, por mucho solidario altruismo con que se pretenda disfrazar lo que, en otra parte del planeta a la que nos vinculamos de manera irrenunciable, no es sino un negocio millonario de explotación.

​Suele argumentarse, como digo, que malo es aquel Feminismo que defiende el derecho al aborto pero no el derecho a objetualizarse como máquina reproductora. Y casi parece que la sumisión a esta reproducción subrogada no es otra cosa que el precio que se exige pagar a las mujeres por haber tenido la osadía de defender la propiedad de sus propios cuerpos.

Llegado este momento, quienes trabajamos para que nuestros deseos y expresiones sean libres, quienes perseguimos también la autonomía de nuestros cuerpos, debemos manifestar sin lugar a duda nuestro apoyo a los derechos de las mujeres en su reivindicación. Porque si las mujeres pierden la autonomía sobre sus cuerpos ‘por decisión propia’, podremos ser los siguientes en ser obligados a renunciar a nuestra corporalidad. Porque si un contrato puede impedir a una mujer ejercer el derecho al aborto, podrá aparecer un futuro contrato laboral que nos obligue a renunciar ‘voluntariamente’ al derecho al matrimonio, a esconder nuestras plumas, a volver a comportarnos como se nos dijo que debíamos hacer en el momento de nuestro nacimiento. Porque Feminismo y movimiento ‘LGTB’ son, en realidad, un mismo movimiento social. El más antiguo, y el más liberador, que ha conocido nuestra civilización. No es viable un movimiento ‘LGTB’ que sostenga un homopatriarcado. No es sostenible una actitud machista por parte de un varón que desea a otros varones. El vientre de alquiler es un problema ‘LGTB’, porque pone en riesgo los derechos que ya hemos conseguido ver reconocidos. Hoy es una responsabilidad activista posicionarnos sin fisuras en contra de la explotación reproductiva de las mujeres. Los próximos podemos ser nosotros.

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